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Un gran día de cerezas

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Llevaba tantos días, tantos años intentando arreglar el mundo sin éxito que aquel día, al despertar, decidió dedicar sus primeros pensamientos a naderías.

-No hay que esperar que este día vaya a ser lo que cantaba Serrat- se dijo- En realidad, llevo casi veinticuatro mil días vividos y nunca se me ha aparecido un hada para hacerme el lazo de los cordones de los zapatos. Que eso sí que sería una gran cosa.

Atarse los cordones de los zapatos era para el pensador casi tan odioso como desvirgar el rollo de papel higiénico por el lugar justo para que no se deshaga en capas de celulosa.

No le dio más vueltas al asunto. Amanecía en el campo. Así que apenas se arregló abrió las puertas y se dirigió a los cerezos.

2

Veintitrés mil y pico días atrás, los cerezos y las cerezas casi siempre eran de otros. Es verdad que  entonces la emoción de robar fruta le añadía más emoción a cualquier paseo por el campo. Pero hasta eso le impedía la buena educación.

-Niño, eso no hace, eso no se dice, eso no se toca.

Así que esa mañana no se anduvo con remilgos. Había caído un chaparrón nocturno, y el día despertaba envuelto en frescor. El esplendor de la primavera estaba a punto de entrar en decadencia. Y en esa atmósfera deliciosa, dio un paseo matinal entre los cerezos  mientras tomaba de su propia mano diversas especies de su fruto favorito.  Las cerezas  pasaban directamente de la rama a su boca.

-Gracias, Señor -musitó como oración- por este refinamiento de tu divina obra.

Fue un placer indescriptible que consideraba necesario transmitir a toda la humanidad. Nadie le decía que tuviera cuidado, que le sentaría mal, que se iba a indigestar. Se hartó de disfrutar comiendo cerezas. Incluso imaginó que, por entre los cerezos, aparecía Kelly le Brock, aquella maravillosa Mujer de Rojo,  y se llamaba a la parte. Lo cual era lógico, pues hay frutas que podrían identificarse con algún tipo de mujer, y mujeres que son la alegoría de un fruto. Y estaba claro que Kelly fue en aquella película la encarnación de la cereza.

Total, que aunque el hombre no esperaba nada, a lo tonto a lo tonto las cerezas hicieron de aquel lunes un gran día para él.

Georgi Dann ataca de nuevo

Si el Corte Inglés es el espejo del sueño de los españoles, esta vez nos ha fallado...

1

Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

2

La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

3

Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

4

Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y , así las cosas, ahora quería  morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Georgi Dann ataca de nuevo

1

Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

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La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

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Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

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Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y se quiso morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Ecos de una Novena de Beethoven

Según algunos estudiosos del alma humana, resulta más fácil morirse si se ha cantado la Novena Sinfonía de Beethoven

1

En algún momento, Homper  creyó que su alma estaba en una sauna, abría sus poros a toda clase de sensaciones profundas y así se limpiaba sus impurezas. Notó que esa sobredosis emocional le abrumaba, le atornillaba al poder mágico que tiene la música.

-Gracias, Dios, por haber dado tanto talento a quien supo aprovecharlo.

Instantes después, en el segundo movimiento, se sentía volar. De repente su conciencia era un canguro que, dando saltos atrás a ritmo de marcha, recorría las vivencias más placenteras de su vida. ¿Cómo un arte sin soporte visual puede sugerir tal variedad de imágenes?

Llegaba el tercer tiempo de la sinfonía, el más íntimo y lírico. Y cuando después de un lento desarrollo del primer tema las violas enunciaban el segundo, el hombre concluyó que ese fraseo genial de Beethoven, repetido luego por la madera en otra tonalidad,  resumía en apenas medio minuto el sentido de su vida: la pregunta constante, la ansiedad de la belleza y de la armonía,  el amor siempre latente que, como las nubes, viene, va, se concentra, se disipa, reaparece. Se hace invisible y al cabo de unos días vuelve a dibujarse en el cielo. Y la certeza de no saber ni cómo interpretarlo ni qué pinta él en medio de tanto misterio que rodea al ser humano y que lleva también dentro de sí.

-Demasiado para el body, querido Ludwig.

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Hasta que llegó el cuarto tiempo y Homper se puso de pie, porque era uno de los muchos voluntarios que tenía que cantar la celebérrima Oda a la alegría. Allí, parte del coro en el Auditorio Nacional, con una gran orquesta sinfónica y un director sensible y meticuloso llamado Janos Kovács que es titular de la Ópera de Budapest. Estaba obsesionado por no perder el compás, el resuello y una dicción en alemán medianamente decorosa. Pero aún así le quedó lucidez para agarrarse a las barbas del Creador y ver desde su ojo privilegiado lo pequeñito que con aquella música quedaba el mundo en la inmensidad del espacio. Tan azul, tan indefenso, tan contradictorio, tan injusto.

Y, sin embargo, precisamente en ese momento, y desde su insignificante punto de vista, tan grandioso, tan hermoso y tan capaz de seguir emitiendo destellos de inmensa felicidad.

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Dos días, después, cuando aún no se habían apagado los ecos de esta Novena Sinfonía de Beethoven, la humanidad celebraba alborozada la desaparición de Bin Laden, y buena parte de España, también el frenazo inicial que el Tribunal Supremo ha puesto a las aspiraciones electorales de los amigos de ETA.

Sin embargo,  sigue la trifulca en todos los niveles.

Unos empiezan a decir que el difunto líder de Al Qaeda también hubiera merecido un juicio justo. Otros, que hay que pasar la bayeta definitivamente por los crímenes etarras para que el independentismo deje de ser el coñazo nacional. Homper, como es natural, sigue confuso y perplejo ante estos espinosos asuntos. Pero, aún a riesgo de parecer egoísta e irresponsable, confiesa que después de haber vivido la gran música dentro de ella,  le parecen temas menores. Chocante hablar de Beethoven para acabar en Julio Iglesias, pero, evidentemente, la vida sigue igual.

Meditando un lunes santo

Todo son preguntas. Y algunas veces, reacciones inesperadas...

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Despierta Homper el lunes santo ante un bosque de pinos, encina y castaños que vierten hacia el valle, y un horizonte de montañas limpias que se alzan al otro lado del río que discurre por su lecho. Homper tiene un amigo que de vez en cuando se retira a este lugar, donde construyó una gran casa de campo. El amigo es un hombre pausado. De vez en cuando le invita a acompañarle y a no hacer otra cosa que lo propio de un monasterio para ejercicios espirituales laicos. Aquí se juntan los dos en plan Sócrates y Platón o como Tip y Coll, según se lo pide el cuerpo y el tenor más o menos caprichoso de las horas. Conversan mucho, repasan recuerdos de la lejana amistad que nació en la universidad, leen y pasean. Más él que el amigo, poco partidario de castigar al cuerpo con ejercicios exagerados.

El amigo no es madrugador, y Homper se sorprende del lujo que son unos maitines en solitario para escribir una sencilla meditación.

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Él no se tiene por un gran filósofo. Sólo sabe sorprenderse por casi todo, especialmente por lo menos denso y significativo. Le complacen las oportunidades que ofrecen las pequeñeces de la vida. misma. Piensa, porque tampoco la mollera le sirve para cosas más útiles, pero no muy profundamente. Quisiera arreglar entuertos y reformar el mundo. Quisiera hacer cosas más útiles para los demás. Pero su pensamiento más sublime se le derrite como un helado de vainilla, y se va en un pispás sin haber germinado en nada. Luego va al blog y levanta acta de su curiosidad fugaz.

-Queridos lectores incautos-escribe-Hoy voy ahorrarle tiempo y esfuerzo intelectual a la humanidad. Porque tampoco tengo nada importante que deciros.

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Antes de sentarse a escribir, escuchó por  la radio que ocho de cada diez españoles no se moverán de casa para disfrutar de las vacaciones de Semana Santa. La crisis.  Entre ésta y los días feriados, la actualidad se destensa, y, como en Navidad,  cunde la sensación de que hay que serenarse, aparcar las preocupaciones y ventilar el espíritu. Si no se le quiere buscar sentido a la pasión de Cristo, que es la que nos ha dado el asueto, se puede reposar y vaguear en el dolce far niente. A veces, oh sorpresa, en estos estados ya casi milagrosos uno acaba descubriendo recónditos rincones del alma. E incluso encontrándose a sí mismo.

En el monasterio laico del amigo hay  muchos libros, y el lujo un de un soberbio equipo musical que se extiende discretamente en altavoces camuflados por las distintas estancias. Hoy nos trae untema de Henry Purcell que toca a la flauta Alvaro Marías. Sobre este mismo tema Benjamín Britten compuso en el pasado siglo unas variaciones y fuga que tituló como Guía de Orquesta para Jóvenes,  una composición admirable que ilustra los sonidos de los distintos instrumentos integrados en una orquesta sinfónica. Muy recomendable para curiosos de la magia de la música, como era el propio Homper en su primera juventud.

-Gracias, música-reza calladamente en sus maitines-Por venir a aliviarnos a incluso en tiempos de zozobra.

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Lamentablemente un blog acaba degenerando en un diario. Sostiene Homper que las personas de vida gris deberían de guardar recato ante la tentación de escribir sobre sí mismos.

-Eso es para tipos como Hemingway o la Mata Hari, que sí tenían algo interesante que contar.

Pero si la carne es débil, cómo no lo va a ser el ego. Admitida esta premisa, se pone en la piel de los pocos demás que haya por ahí y piensa que quien peine su blog estos días no querrá disquisiciones hegelianas, sino impresiones ligeras. Aunque sean sinceras. Por ejemplo, el periódico cuenta que uno de los etarras excarcelados apodado Gatza es recibido en su pueblo como un héroe. Lo muestra en el balcón de su casa alzando los brazos jubiloso, en ademán de victoria. Qué estimulante: le acompañan los papás, la esposa y la hijita, orgullosos de la criatura. Para ellos el chico es tan meritorio como  Alexander Fleming o Teresa de Calcuta, aunque haya matado o colaborado con los matarifes de personas que, como él, tenían padres, esposas e hijos.

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Quiere parecer conciliador, demócrata y flemático, pero la noticia le revuelve las tripas. El próximo jueves será el día del amor fraterno, y la grandeza del cristiano es poner la otra mejilla, perdonar y olvidar. Pero hoy, incluso en este idílico ambiente, tan propicio a la meditación trascendente, no puede reprimir Homper un odio razonable hacia estos troitiños y compañía que, cumplida su condena, siguen apuñalando la memoria de los muertos que nos dejaron.

Por explicarse lo inexplicable, invoca las palabras de Cristo en la cruz.

-Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen.

Y añade a continuación.

-Y a mí también, por derramar tanta bilis en un lunes santo tan plácido como este.  

Ateos, creyentes e insignificantes

1

Después de pensárselo mucho, los ateos se dieron cuenta de que difícilmente podían hacer profesión de fe, pues carecían de ella. Sentían en cambio la necesidad imperiosa de hacer procesión de no fe, que suena parecido, pero no es lo mismo.

-Salgamos en procesión –dijo el baranda- Como los cofrades, las hermandades y esa gente tan rara que manifiestan así sus creencias. Proclamemos el orgullo de ser ateos.

Podían haber elegido cualquiera día del año. Pero escogieron el día de jueves santo, cuando por la ciudad desfilaban los pasos procesionales de la Semana Santa.

-Todo por la sagrada libertad de expresión –apostillaron en su comunicación a la autoridad competente- Pedimos permiso para echarnos a la calle y manifestar nuestro ateísmo, que ya está harto de ser tan discretito.

2

A veces la  autoridad competente tiene que hacer filigranas para respetar el estado de derecho sin  molestar a unos cuantos. Esos cuantos, que son numerosos en Madrid, se llaman católicos. A esos pueden sumarse otros más, que no son especialmente creyentes, pero a los que les desagrada la falta de respeto a cualquier sentimiento religioso. El ateísmo no ha hecho culto jamás de sus héroes, ni de sus mártires, ni de sus verdades reveladas. El ateísmo no tiene cruz. Podrían manifestarse: como los ingenieros de minas, o como los amigos de la capa, o los partidarios de la homeopatía, o los enemigos de la caza de la foca. Pero si quieren hacerlo  el día de jueves santo, y por las mismas calles donde tradicionalmente desfilan los pasos de la Pasión, no parece que sea sólo por una necesidad de conciencia.

-Hombre –se lamentaba una amiga monjita de las que pasa su vida atendiendo a los sintecho- En un día tan especial para la comunidad católica…Podían tener más sensibilidad, ¿no?

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Una de las enseñanzas que más sorprendió a Homper cuando estudiaba su carrera fue la teoría del abuso del derecho, según la cual éste se desnaturaliza cuando se ejerce no para bien de su titular, sino especialmente en perjuicio de otros. Según esta teoría, la acción abusadora puede ser legal, pero es injusta si va contra el espíritu de la propia ley. Allá la autoridad competente para interpretar ésta en sus términos justos.

-A ver quién es capaz de ponerle ese cascabel al gato, con lo crecido que está este.

Puede ser un trago para Gallardón, y para la delegada de Gobierno, que tratan de evitara  toda costa un choque de trenes entre ateos arrogantes y católicos ofendidos. Pero piensa Homper que alguien tiene que recordar de vez en cuando que el andamiaje esencial del estado de derecho es el sentido común y la sensibiliad social. Algo que en ocasiones  se echa en falta.

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Hay otra cuestión que le inquieta a Homper en este asunto.

-¿Por qué diablo ahora todo el mundo quiere ser protagonista?- se pregunta estupefacto..

Piensa que lo que antes era civilización y buenas costumbres se ha descosido irremediablemente. Piensa que la sociedad se ha vulgarizado Piensa que la política se ha degradadado, que la cultura se ha prostituido, y que ya no hay una moral colectiva, sino siete mil y pico de millones de morales subjetivas a las que, por convención internacional, el mundo ha decidido respetar. Y está convencido de que la exaltación del individuo y de los llamados derechos humanos ha generado en aquél una desmesurada autoestima.

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-Por cierto, Homper, hablando de autoestima –le recuerda su amigo Ricardo interrumpiendo sus meditaciones- Mañana tenemos la manifestación de la L.I.

También se queda sorprendido al enterarse, porque no contaba con ello. La L.I. es la Liga de los Hombres y Mujeres Insignificantes. Su fundador es Ricardo, un hombre tímido de 1, 60 de estatura que durante cuarenta años tomó café en la misma cafetería sólo por ver a una camarera de la que, al cabo de este tiempo, terminó enamorándose. Nunca le dijo nada, pero un día, ya madurito ambos, se toparon en traje de baño paseando por la playa de Laredo.

-Hola, ¿no me reconoce?-le preguntó él dispuesto a declarar a continuación su amor.

-Pues no la verdad- dijo ella mientras huía de una olita que quería romper contra sus tobillos blancos.

A partir de entonces Ricardo comprendió que era un hombre tan insignificante que se siente un fenómeno extraordinario,  y está orgulloso de proclamar su insignificancia.

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También pertenece a la Liga Pavesa. En realidad se llama Juana, y es una poetisa que escribe una poesía tan ligera, fugaz e insignificante como su pseudónimo. Otro insignificante es Natalio, un arquitecto que sólo hace catedrales al estilo Norman Foster, pero con palillos. A la L.I. también pertenece Jerónimo, el autor del  libro Nada sobe blanco. El día de su presentación –ni un libro sin su presentación- no había nadie para escucharle, pero a él le dio igual. Era un libro en blanco, pese a lo cual le dedicó dos horas de soliloquio. Lo cual, por otra parte, le hizo dudar de su insignificancia intelectual.

-¿A ver si va a resultar que tengo algo que decir?-se preguntó preocupado.

Le consoló Begoña, una pintora minimalista que sólo hace arte con granos de alpiste, alas de mosca, resguardos del tinte y esmalte de uñas incoloro.

-No creas- le razonó-  Hay muchos  que están en los museos a  los que han consagrado como artistas y son tan insignificantes como nosotros.

Otro insignificante notorio, el científico Bártulo Dueñas, dice haber inventado una goma de borrar que recicla sus propias virutas.  El último que ha ingresado en la la Liga de los Insignificantes es un descendiente de Joseph Pujol, aquel marsellés cuya vida contó Cela en su libro El pedómano. Joseph era un virtuoso del esfínter anal y de las ventosidades, armas con las que tanto interpretaba La Marsellesa como apagaba una vela a cinco metros de la retambufa. Así se ganó la vida. Pero su descendiente, llamado Bernard, es tan insignificante que no sólo ventosea poco, sino que además sus pedos llevan aroma de azahar.

-No somos nadie-proclamó sollozando cuando solicitó su ingreso en la Liga de los Insignificantes- ¿A dónde va ir un pedómano con fragancia?…

A donde quiera. Pero tampoco pasa nada si se queda en casa, porque se puede mantener la autoestima sin  vocearla por las calles ni provocar al personal.

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Vuelva a amar a 110 kilómetros/hora

Una limitación de velocidad puede ser una magnífica oportunidad1

Guapo, rico y distinguido, Polín (nacido Policarpo) no concebía otra cosa que vivir a toda velocidad. Así que una vez cumplidos los años reglamentarios para sacarse el carnet de conducir, apuró al máximo el par motor de todos y cada uno de los coches que papá ponía a  su disposición y lo pasó pipa.

-¿Te vienes a merendar al Escorial?-le decía a Pilu (nacida Pilar, de ahí Piluca y de ahí Pilu) a la salida de la Facultad.

Y Pilu no sabía decir que no. Polín erea alto, de cabello castaño y de ojos verdes. Se daba un aire con James Dean y lucía gafas Ray Ban. Además, en los guateques sacaba la guitarra y cantaba cosas de los Brother Four, de Gilbert Becaud y de Domenico Modugno. Pilu no sabía resistirse.

Aunque una vez en el coche, Polín pisaba a fondo el acelerador, cambiaba de velocidad diez veces por minuto aproximadamente, ponía la vista en la carretera y no decía palabra hasta que llegaba al Escorial, a La Granja o incluso, a un asador de Tordesillas donde hacían un cordero estupendo y siempre le recibían como tanto le gustaba.

-Don Polín, qué alegría volver a verle. ¿Su mesa de siempre?

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Por las manos de Polín pasó un 600 preparado que era de lo más. Y luego un Renault Daphine Gordini al que pronto llamaron el coche de las viudas, por lo potente que era su motor y lo juguetona que era su estabilidad. Y luego un Mini Cooper, y un SEAT 124, que a mediados de los sesenta arrasó entre los chicos bien con posibles. Hasta que, visto que Polín cumplía como retoño de oro, había acabado su carrera, obtenido un master en Inglaterra y se `perfilaba como digno sucesor de Papá en la poltrona presidencial de La Espléndida, Compañía de Seguros,  éste le regaló el descapotable que marcaba el top del pijerío: un Morgan de color verde inglés.

-Eso sí, hijo-precisó don Policarpo padre por justificar el detallito-Que la velocidad no te haga perder los papeles. No olvides que eres un hombre responsable.

A partir de entonces a Pilu, le sucedió Bego. Y a Bego le sucedió Eva. Y a Eva, Bea. Y a Bea, Greta, y a Greta, Ivette, que era francesa. Y a Ivette, Yolanda, y a Yolanda Chipi, y a Chipi, Nora, que era una modelo norteamericana. Y a Nora, Belinda, colombiana y heredera de un imperio cafetero. Y a Belinda, Beluca, que era de muy buena familia de Santander. Toda prestaron su palmito para componer una postal cinematográfico donde lo más romántico era el momento en el que Polín paraba su Morgan, se bajaba, recibía a su chica con un beso y le abría la portezuela quitándose su gorra de tweed irlandés.

-Señora-decía con una sonrisa de galán ofreciéndole  el asiento tapizado en cuero- Póngase cómoda.

Era todo lo que decía. Una vez al volante, Polín recordaba que la velocidad es una expresión de poderío social. No van despacio más que los viajantes de comercio y los taxistas –decía su amigo y compañero de cacerías Josito. Algunas de sus acompañantes, que habían visto la película de Stanley Donen Dos en la carretera, esperaban aventuras fascinantes y divertidas como las de Albert Finney y Audrey Hepburn. Pero para Polín la única emoción de la vida era huir en coche hacia no se sabe dónde para no hacer nada. Pero, eso sí, con una mujer guapa a su lado y a toda velocidad.

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Polín creía que había sido feliz hasta que a los cincuenta años, después de miles de kilómetros tumbando la aguja, dos matrimonios fracasados y de que La Espléndida hubiera sido comprada por una multinacional norteamericana, cambió de opinión.

-Te sigo viendo estupendo –le dijo entre risas Veronique,  uno de sus antiguos ligues que reencontró en un cocktail- ¿Te acuerdas de cuando fuimos a Ávila?.

-¡Ah sí!-sonrió forzadamente-Gracias a ti que te pusiste pesadísima y me hiciste mirar a los lados me di cuenta de que hay unas muralla bastante antiguas, ¿no?

En la misma fiesta Polín se pasó de copas y se sinceró con ella.

-Creía que molaba eso de ir deprisa, como Pancho López. Creía que era guapo, rico, distinguido y feliz. Pero ya ves,´no acerté en el amor. Y además murió papá, vendimos La espléndida y los americanos me han puesto de patitas en la calle. Creía que era feliz, pero en realidad soy un gilipollas.

Afortunadamente aquella noche volvió a casa en taxi.

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Harto de la velocidad y del cambio de marchas, y de aburrirse no teniendo poltrona presidencial, sino sólo millones, aparcó para siempre sus deportivos y se compró un coche con cambio automático. Poco a poco, y a medida que conducía cada vez más despacio, observó que le dejaban de llover las multas. Y que se fijaba en el paisaje. Es más: hasta hablaba en los viajes.

-¿Verdad que este puente podría ser un escenario de Dos en la carretera?-le comentó a Veronique- Va la pareja, saca la cesta de picnic y se tumban junto al río a merendar mientras ven pasar al agua bajo el puente…

Ella se echó a reír.

-C´est pas la même chose que autrefois!- pensó.

No le contó que durante años, al acabar su clase de restauración, y después de quitarse barnices y pinturas de las manos, salía a fumarse un cigarrillo al balcón y al escuchar a lo lejos el rugido del motor del Morgan agitaba los brazos para llamar su atención. Aunque el taller estaba en un primero, y ella era una chica más que atractiva, y chillaba a todo pulmón Polín, Polín (en realidad sonaba Polén, Polén) el piloto de la gorra de tweed jamás levantó la mirada de la carretera.

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El día en el que el gobierno de la nación, en su loable afán de ahorrar energía y, de paso, seguir protegiendo nuestra seguridad, rebajó el límite de velocidad máxima en las carreteras a 110 kilómetros por hora, Polín tuvo que hacer el paripé ante sus amigos del club de golf.

-Otra cabronada más-dijo solemnemente mientras pateaba la primera bola-No se a dónde vamos a llegar.

Pero en el fondo, estaba encantado. Ahora emprendía una nueva vida mucho más sosegada. Y empezaba a apreciar todo lo que la urgencia, la velocidad y el afán de emulación le habían negado hasta ahora.

-¿Vamos a Cuenca?- le propuso a Veronique una mañana dulce y soleada del mes de marzo.

A ciento diez por hora, y con el cambio automático, Polín creyó que era el momento de extender el brazo a su derecha. Quería saber si a la reaparecida Veronique le gustaba el paisaje que veían, o hablar del amor y de otras cosas, mientras hacían manitas como los novios antiguos.

Así lo hizo, y la cosa funcionó, puesto que ahora Polén y Veronique se consideran bastante felices.

Y lo seguirán siendo hasta que el gobierno considere que, aparte de un residuo de ñoñería romántica impropia de un estado progresista, lo de hacer manitas con el coche en marcha, incluso a menos de 110 km/h,  atenta gravemente contra la seguridad vial.

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Emociones, gripes y pálpitos

A veces, emociones y pálpitos se encadenan entre la realidad y el sueño sin solución de continuidad

1

Se acostó Homper aquella noche bajo el poderoso influjo del piano de Bach. Uno hará recuento al final de sus días de los momentos emocionales más singulares de su existencia. Y entre los de Homper, el hombre eternamente perplejo, siempre quedará ese ratito en que un joven chino llamado Lang Lang salió al escenario del Auditorio de Madrid se sentó ante un Steinway y desgranó las notas de la Partita nº 1 del genio de Eisenach.

-Bach es la Summa Teológica de la música- escuchó  en una ocasión.

A tal señor, tal honor. Lang Lang es otro prodigio de la música. Tocó en el concierto inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín y le escucharon miles de millones de personas. Gracias su proyección mundial ha conseguido que cuarenta y cinco millones de niños chinos se pongan a estudiar piano y solfeo. Buen negocio para Yamaha y para Steinway. Después de escuchar a Bach interpretado por Lang Lang  el alma  del pobre Homper estaba tan sanamente exhausta y limpia como si saliera de la sauna. Aunque las almas jamás vayan a ninguna sauna.

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Los pretextos para la emoción salen cada mañana a pasear y van encontrando a quien les haga caso para germinar espontáneamente. Hay explosiones emocionales previsibles, como las que surgen en los cumpleaños, las bodas, los funerales, las despedidas y los homenajes. Un paisaje, una obra de arte o una música maravillosa también provocan emociones digamos razonables.  Pero de cuando en cuando saltan chispazos  inesperados de sucesos insignificantes. Hace muchos años Homper se encontró a un viejecito recién llegado del pueblo vendiendo ramilletes de manzanilla serrana delante del edificio del Banco de España. A su alrededor pasaba mucho ejecutivo con cartera, ciudadanos apresurados que sin duda tenían gestiones que hacer, guiris que se fotografiaban sobre el fondo de la Cibeles y andadores coronarios. Nadie le hacía caso. El viejo abría sus ojos azules y voceaba tenuemente en medio del fragor del tráfico.

-¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete!

Qué monumento vivo a la ingenuidad humana. Homper se acercó a él, le  pagó las 25 pesetas y se alejó rumbo a Recoletos con su compra. Cualquiera que se le hubiera cruzado y le hubiera visto con un ramillete de manzanilla mientras, disimuladamente, se secaba unas lágrimas, hubiera pensado: qué gilipollez. Los pensamientos son libres. Pero mucho más las emociones, que a menudo barajan motivos caprichosos e irrelevantes para dar señales de vida.

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Por la noche, el sueño de la emoción de Bach se desordenó y degeneró en pesadilla. Tenía fiebre. La mejor ilustración de un sueño en estado febril es el Jardín de las Delicias del Bosco superpuesto sobre un cuadro de Dalí de esos que mezclan relojes derretidos, caracolas y pedazos de carne sanguinolenta en un horizonte infinito. Su música –porque también los sueños tienen sonido- lejos del Bach mágico es el dodecafonismo torturador.

Aunque lo de ponerse malo también tiene su puntito.  A sus años, Homper redescubrió que, si bien no hay nada peor que encontrarse mal, tampoco lo hay mejor que saber que tienes a mano una cama mullida y caliente para hundirte en ella y dormir la modorra después de una buena ingesta de antipiréticos.

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En las primeras caricias de la almohada, el subconsciente el Homper rebobinó al modo de Proust los duermevelas enfermizos de su infancia.  Recordaba las gripes, o  las anginas, o las escarlatinas, o aquellas tripoteras que eructaban con sabor a huevo duro y si no te vaciaban por la retambufa.

Pero recordaba también que se libraba del cole. Y que le trasladaban a dormir a la alcoba de sus padres. Y que pasaba los largos días leyendo cuentos de la Condesa de Segur o novelas de Salgari , y que por la tarde le ponían la radio para escuchar a Matilde, Perico y Periquín o a Pañolín Rompenubes. Anhelaba el momento de recuperar el apetito, porque entonces tenía derecho a  arroz blanco y a jamón de York, que era lujo total, y al delicioso yogur en tarrito de cristal con tapa de papel de estraza ceñido por una goma. Era tan mágico que entonces se despachaba en farmacias. Como mágica era  esa atmósfera inquietante y tenebrosa, pero también dulce acogedora que sellaba cada noche el dorso de la mano materna posándose sobre su frente.

-Buenas noches- decía su madre mientras le palpaba la última fiebre, le daba un beso en la mejilla y apagaba la luz.

Qué curioso. Homper asegura que ese pálpito misterioso y sobrecogedor latía también en la partita de Bach que Lang Lang tocó aquellla tarde.

La vida y sus navajazos

Nadie lo tenemos en el guión, pero todos debemos esquivar los navajazos que de vez en cuando larga la vida...

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Sestea el Duende en su sillón de IKEA mientras le aturden las noticias del Telediario. Disturbios en Libia y Marruecos. Esperanza Aguirre tiene cáncer. Ha muerto Odón Alonso.

No obstante, se duerme: esta mañana ha empezado su mañana corriendo por el Parque de San Isidro y el nuevo salón de pinos –qué nombre tan pretencioso- que arbola la orilla del Manzanares, y está cansado. Madrid, por cierto, amanecía limpio y con un cielo transparente. Cuando lo ve recortado en el horizonte y antes de que el sueño le baje las persianas seguía muy presentable.

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Esperanza Aguirre es la mujer de temple intermitente. Quiere ser del mismo hierro que su admirada Margaret Thatcher, pero de cuando en cuando sucumbe a la emoción y quiebra su palabra con inflexiones que le manda el corazón. Hoy intentaba un discurso firme y sereno para anunciar su cáncer de mama. Como el que habitualmente modula en sus declaraciones. Pero se le cruzaba el llanto, y a su fraseo le patinaba el embrague. Qué cosa más natural, incluso en una mujer de tanto carácter.

-Quiero animar a todas las madrileñas-decía abundando en el mensaje preventivo- para que se no dejen de hacer sus revisiones ginecológicas.

Los famosos afectados, como Josep Carreras, o como Plácido Domingo y Luz Casal, se convirtieron en los mejores agentes propagandísticos de la vigilancia activa contra la enfermedad que ya es no es innombrable. Ellos la vencieron, como ojalá lo venza Espe, con ese nombre de virtud tan poderosa.

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Pero lo uno no quita lo otro. El bloguero paró la carrera en seco al escuchar la noticia, Por razones largas de explicar –entre las que cuenta el implacable marcaje al que le someten sus enemigos- guarda una especial simpatía por esta política tan brava. Al menos da la sensación de currarse su cargo más que ningún otro representante del pueblo. No es sutil, pero es inasequible al desaliento, consecuente y simpática.  Por eso, al enterarse de su enfermedad el bloguero, se detuvo y le dedicó un recuerdo mientras, acodado en la barandilla de uno de esos nuevos puentes que cruzan nuestro pequeño río,  veía nadar a los patos, ajenos al mundanal desasosiego.

Todos tenemos un cáncer en alguna vecindad del corazón. Más cercana o más lejana. De ella se defiende bastante bien el Duende gracias a que su psique debe de padecer una cierta  bipolaridad sentimental. Lo cual le hace a ratos frío y tan áspero como la lija del 9, y a ratos cursi y de lacrimal fácil, como si fuera una heroína de Corín Tellado. En el paseo matinal, y escuchando la noticia de boca de la protagonista, le dio por lo segundo. Alivió con un suspiro. Y siguió trotando por el parque porque, según la propia presidenta, nada debe detenerse por culpa de su percance.

Salvo el cáncer, claro.

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Odón Alonso coleccionaba gallos. Gallos de cerámica, de barro, de hojalata, de basalto, de cristal, de plata, de madera. Lo leyó una vez el Duende en una entrevista que le hicieron al recientemente fallecido director de orquesta. Y esta confesión le produjo un efecto de simpatía hacia el maestro. No se imaginaba a Toscanini coleccionando enanitos en su jardín, ni a Von Karajan exhibiendo su tesoro de sorpresas de roscón en la vitrina de su mansión en Gstaad.

De alguien capaz de producir el milagro de la buena música a este bloguero le interesa casi todo, hasta los detalles más insignificantes de su vida. En un libro apasionante titulado El mito del maestro su autor, un crítico llamado Norman Lebrecht, hace un análisis de la personalidad de los grandes directores del pasado siglo. No aparece en la lista, cree recordar el lector, ningún director español, ni siquiera Ataúlfo Argenta. Deberían agradecérselo. Porque los grandes de la batuta resultaban ser, según Lebrecht, tan magníficos músicos como vanidosos, despóticos e insoportables personajes. La simpatía y la naturalidad raramente hace divos.

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Por muy fino que se ponga el bloguero, tiene que reconocer que tampoco él se libra del poderoso influjo del star system. Una novena de Beethoven dirigida por Metha, Mutti, Maazel o Giulini siempre le merecía más atención que una de Odón. A Odón le saludó un par de veces en su vida, y parecía un tipo amable, simpático y cercano. Nada que ver con los que Lebrecht disecciona tan cruelmente en su libro. Jamás le decepcionó musicalmente (los snobs no pensaban lo mismo), pero probablemente pesaba en su biografía la ausencia de glamour, que es el lo que parece que pedimos los ignorantes a los artistas. Coleccionaba gallos, recordemos, y era de La Bañeza.

Un día le sonó el teléfono al Duende.

-Hola, Luis-escuchó por el auricular-Soy Odón Alonso…Te llamaba porque hace mucho tiempo que no nos vemos.

El bloguero se quedó literalmente estupefacto. Jamás había sido amigo del maestro, se conocían sólo de un par de cenas con amistades comunes. Alguien le habló entonces de Alzheimer. Hoy una necrológica  recoge otra causa por la que, al cabo moriremos  casi todos: insuficiencia cardiorrespiratoria. Da igual. Una de las ventajas de la edad es que te enseña que la enfermedad y hasta la muerte forman parte de la vida. La  vida, con sus navajazos.

Así que a la cama, que mañana será otro día.

Aguirre, el no tan magnífico, y la lectura rodante

Lo mejor de Jesús Aguirre probablemente sea lo que Manuel Vicent ha escrito sobre él. Un magnífico libro para la lectura rodante...

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El primer compañero de pupitre de este bloguero tenía un hermano que se llamaba Gonzalo. Y éste a su vez era muy amigo de un chico rubiasco y de ojos claros que se llamaba Enrique Ruano. Nunca llegó a tratarle el bloguero, pero coincidían en la casa de los amigos comunes, por los pasillos del cole, en el patio del recreo y haciendo cola ante la pipera  que vendía chuches a la entrada de aquel feo edificio neogótico de la calle Castelló donde domesticaban su infancia.

No volvió a saber de este muchacho hasta la década siguiente. Enrique Ruano, estudiante, como él, en la Facultad de Derecho de Madrid, había sido atrapado por la policía por supuestas actividades subversivas, cuando este eufemismo podía significar algo tan simple como reunirse y planear sueños contra la dictadura del general Franco. Le interrogaron, le amenazaron, le sacudieron de lo lindo. Parece que quiso escapar, y que recibió un tiro. No debió de ser suficiente, porque la causa de su muerte fue una caída desde un sexto piso. La versión oficial fue que se había suicidado.

Al día siguiente, junto al relato del suceso convenientemente maquillado, aparecía su foto en los periódicos. La misma mirada clara e infantil que el Duende recordaba del colegio. Se estremeció. Era una de las primeras tragedias públicas que le pasaban a alguien que conocía, aunque sólo fuera de vista. Y esas cosas en la edad de la inocencia (entonces se tardaba mucho más que ahora en perderla) dejan una profunda muesca en el alma.

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Un par de años después el Duende, que ponía en las clases de derecho el interés justito, descubrió un rostro femenino que llamó su atención. Era una chica de tez muy  blanca y grandes ojos azules y cabello de color castaño, con un tipo de belleza romántica algo triste, como de retrato ovalado firmado por Madrazo. Sólo había entonces en Madrid una facultad de Derecho, pero aún así la promoción juntaba a más de cuatrocientos estudiantes. No era fácil por tanto sentarse en el aula al lado de la alumna que uno escogía. Lo más que pudo aquel tímido duende fue enterarse de su nombre.

-Se llama Loli –le dijeron.

Luego supo también que Loli González Ruiz había sido la novia de Ruano, y pertenecía a uno de esos grupos activistas que agitaban la resistencia universitaria contra el franquismo. De ella arrancó la policía, con esa habilidad interrogatoria que pone los pelos de punta imaginar, el paradero del desdichado Enrique. Aquella compañera estaba marcada por la tragedia. Se casó después con Javier Sauquillo, uno de los abogados asesinados en la matanza de la calle Atocha que hizo trastabillar a los primeros pasos de nuestra vacilante democracia. Loli sobrevivió de milagro a aquella salvajada. La última vez que la  vio este bloguero tenía su cara destrozada por un balazo. Los asesinos no acabaron con su vida. Pero consiguieron desfigurar el romántico retrato de mujer joven  que uno guardaba en el museo de su memoria.

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De un tiempo a esta parte, el público ha descubierto que la literatura enriquece más si ha sido tejida sobre el cañamazo de la historia. De la historia lejana o de la más reciente. Todas esos lectores, fundamentalmente mujeres, que uno puede ver en el metro leyendo novelones históricos se quedan encantados sabiendo que, además de entretenerse leyendo los amores de la Princesa de Éboli o las granujadas de Godoy, o han ampliado sus conocimientos o han refrescado su cultureta. Este mismo año ha habido grandes éxitos editoriales –El tiempo entre costuras y Riña de gatos, sin ir más lejos- por los que uno transita cómodamente al reconocer en ellos algunos personajes, rincones y sucesos que habitan en su memoria cercana.

No es exactamente una novela, pues debería de encuadrarse más bien en el género biográfico. Pero de ese material que combina lo vero con lo ben trovatto está hecho también Aguirre, el magnífico, el último libro que ha escrito Manuel Vicent. Maravillosamente, por cierto. Lo de menos, a juicio de este lector, es que la figura central sea un personaje tan discutible como el último Duque de Alba. Lo verdaderamente meritorio es cómo el autor, de la mano de aquel cura reconvertido en noble merced al sublime braguetazo,  nos pasea por ese cuadro de luces y sombras, de miedos y esperanzas, de hazañas y de méritos y, por contra, de sinvergonzonería y de gilipollez  divinizada que ha sido la modernísima historia de España.

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El cura Aguirre, faro de los católicos progresistas del tardofranquismo  fue el director espiritual de Enrique Ruano. Tardofranquismo: extraño sustantivo inventado por los columnistas de la época para la dictadura decadente. Quizás el franquismo era tardío –más bien anacrónico, se diría- pero no por ello dejaba de ser tenaz en su tiranía. Allí un cura liberal, audaz y algo insolente  brillaba como una luminaria y ejercía de pulmón para muchas conciencias jóvenes atormentadas. Esa es la parte buena de Aguirre, el cura capaz de convertir una homilía en la Capilla de la Ciudad Universitaria de Madrid en un dardo directamente dirigido al Pardo. La menos buena la resumiría el cruel desparpajo del pueblo en tres palabras.

-Era un jeta, un trepa y un gilipollas.

Cuesta mucho creer que un fino intelectual forjado junto al padre Sopeña en la música de Mozart, en la teología de Ratzinger y en la Escuela de Frankfurt cayera en los brazos de Cayetana de Alba, por simpática, jaranera y puede que aún mollar que estuviera la duquesa entonces. Es difícil creer que no hubiera impostura en ese amor, con la cantidad de feligresas maduritas, pero discretas, que habría conocido en sus años de ejercicio sacerdotal. Como llamativo fue el esnobismo de quien quiso erigirse en el más ducal de los duques por disimular su origen. Lo más cruel del libro es lo que cuenta sobre el comportamiento del personaje con su madre y con los que pagaron su educación. Cría cuervos…

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Pero todo queda sublimado por la prosa precisa y hermosísima de Manuel Vicent, un biógrafo/cronista que escribe a punta de diamante. Usa su palabra como un implacable escalpelo capaz de diseccionar el personaje y el momento histórico, y sólo edulcora su mordaz ironía con un ritmo y un repertorio de metáforas que destilan fragancia e invitan a la sonrisa. E incluso a la carcajada. Qué país, Miquelarena, que dicen que dijo Pedro Mourlane. O ¡joder, qué tropa!, que adjudican al Conde de Romanones en un monumental cabreo por ser rechazado en la RAE.

Es el creciente encanto de la literatura sobre la historia cercana. Uno conoce el cuadro sobre el que se arma la trama. Uno le pone cara a los personajes, algunos de los cuales ha llegado a conocer personalmente. Uno se solidariza o discrepa con la tesis del autor, pero con la seguridad de saber de lo que piensa. Y acaba paseando por  la novela cómodo, confiado y feliz, como Pedro por su casa. Lo saben bien María Dueñas, Eduardo Mendoza o Manuel Vicent, tres de los últimos exponentes de este nuevo modo de novelar que ha convertido a los vagones de metro y a los autobuses en salas de lectura rodantes.

Galletas del alma por Navidad

Si no hubiera Navidad, habría que inventarla y darle las gracias por venir...

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Un ejecutivo de empresas que tenía que tomar un avión entretuvo su obligado retraso comprando los periódicos y un paquete de sus galletitas saladas favoritas. Se sentó a leer frente a la puerta de embarque, dejó su bolsa de viaje en el asiento de al lado y mientras hojeaba el repertorio de amarguras que últimamente suministran los papeles, abrió mecánicamente el cartucho de galletas y empezó a comérselas. Al poco, advirtió que otra mano procedente del asiento siguiente al de la bolsa iba haciendo lo mismo que la suya. Esto es, se alargaba hasta las galletas, cogía de cuando en cuando una y se la llevaba a una boca que, por el momento, el viajero ni siquiera había mirado.

Al principio no le dio mayor importancia. Pensó que sería un despiste y continuó comiendo sus galletas mientras seguía leyendo sus periódicos. Pero ante la insistente desfachatez de aquella mano que no cedía turno, no pudo resistirse y torció su cabeza buscando ver la cara al ladrón.

-Me lo temía –se dijo con resignación- Es el signo de los tiempos…

Sus sospechas se confirmaron. La mano furtiva pertenecía a un joven mochilero con barbas y pendiente que, impávido, se aprovechaba de él para aliviar su gazuza o su aburrimiento. Se indignó sobremanera, pero pensó que no valía la pena provocar un incidente por unas galletas saladas. Sólo se tensó cuando ambos llegaron a la última galleta. Entonces el joven la partió por la mitad, tomó la que creía que le pertenecía y, sin decir palabra, se levantó de su asiento y se fue.

El cabreo del ejecutivo contra aquel pícaro de aeropuerto sólo cedió cuanto tuvo que subirse al avión. En ese momento, al abrir su bolsa para sacar la tarjeta de embarque, se dio cuenta de que el cartucho de galletas que había comprado en la tienda permanecía intacto donde lo guardó, y que era él con su despiste quien se había aprovechado de la generosidad de un mochilero al que ni siquiera dio ni las gracias.

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La anécdota se la contaron al Duende hace unos días, y éste se le quedó grabada porque parece un cuento de Navidad de nuestro tiempo. A los cristianos nos enseñaron que esta es una fiesta para compartir. Y se puede compartir de todo con todos. Van pasando las navidades de nuestras vidas y, a falta de tiempo y de recursos para compartir algo con las personas a las que uno quisiera susurrar un cálido feliz Navidad a la oreja – afortunadamente son muchas- uno sueña con  Dickens para dejarles al menos una emoción o una sonrisa.

Dickens, please. Échale una mano a este duende.

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Nada, o quizás algo así, tiene que ver esto con lo que pasó por él durante la última experiencia musical que vivió el domingo en el Monasterio de Yuste, donde, con la Orquesta y el Coro del CEU cantaba El Mesías de Haendel. Leer una partitura te permite, entre otras cosas, entender textos que normalmente, y más cantados en coro, permanecen ininlteligibles para el oyente. La gran música coral gusta y conmueve, pero raramente se entiende. Este bloguero ni sabía que existía la palabra zaragatero (bullicioso, zalamero) hasta que tuvo que cantar la Mazurca de las Sombrillas de Luisa Fernanda. La había oído antes mil veces, pero, sencillamente, no la había escuchado con claridad. Mucho menos El Mesías, cuyo libreto original es en inglés del siglo XVIII.

Y sin embargo, a fuerza de repetirlo en los ensayos y por una triple coincidencia, doce palabras, doce, se le van a quedar  prendidas con imperdibles en el corazón de esta Navidad.

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Por la mañana había recibido en su correo una felicitación de su entrañable Inés Velasco y Vidal-Abarca, que ha sido siempre, el espíritu de la Navidad con faldas. Alegre, positiva, generosa, encantadora. Una joya de mujer. Casualmente, menudo contraste, luego el Duende se topaba en  las páginas de El Mundo con un dramático reportaje sobre la muerte del Jesús Velasco Zuazola, su padre. Los hijos que mordió ETA, pretitulaba el periódico. Inesita sólo tenía doce años cuando los terroristas tirotearon y asesinaron al comandante Velasco tras dejarla  a ella y a sus hermanas en el colegio.

Finalmente por la tarde, después de haber cantado el Aleluya que celebra la resurrección de Cristo, este bloguero seguía emocionado una de las arias más bellas del Mesías, aquélla en la que tenor y contralto se alternan cantando unos versículos de la Epístola a los Corintios: Oh death, where is thy sting? Oh grave, where is thy victory? (Oh, muerte, ¿donde está tu aguijón? Oh, tumba, ¿Dónde está tu victoria?) Estas doce palabras le hicieron meditar. Se acordó de los injustamente arrebatados por el asesinato, como el padre de Inés. Y de su amigo Félix, que se fue tres meses atrás por culpa del cáncer. ¿Murieron realmente, con tanta vida como nos han dejado a su paso?…

Qué suerte ser un cristiano, aunque sea nebuloso, y poder recibir el mensaje vitalista de la Navidad. Y qué emoción compartirlo con tantos, como si fueran esas galletitas saladas que el mochilero ofreció en el aeropuerto sin decir esta boca es mía. Afortunadamente, seguirá habiendo cuentos de Dickens a todas las escalas. For ever ande ver, como se canta en el Aleluya.

Un buen día para soñar

Aprovechemos lo que Blake Edwards nos ha dejado para ser felices por un ratito...

Frío. A una semana del solsticio de invierno, lo que tarda en amanecer.

Se despierta uno después de haber tenido un sueño feliz. Le costó retirarse el edredón de ternura que le cubría por una noche, pero el bloguero pertenece a esa parte del género humano que no sabe estar en la cama más allá de lo que pide Morfeo. Y eso que respiraba ternura.

Hace tiempo que se ocultó la media luna, y en la oscura noche invernal, las luces de Madrid parecen sólo las de un pueblote grande: un inmenso dinosaurio que duerme. Cómo podrá albergar tanto dolor y tanta locura, con lo pacífico que se deja ver. Pero el bloguero hoy quiere ser positivo, optimista, decía, prolongando el espíritu inocente del sueño que ha quedado atrás. Y lo primero que hace es encender la luz zenital que ilumina al niño de su nacimiento. No es por nada, pero el contraste entre luces y sombras de su portal no lo mejora ni Caravaggio. Está imaginándose un día bonito, que es un adjetivo trasnochado y un poco cursi, pero muy expresivo. Quiere creer que todo lo que pasará este 17 de diciembre será bonito. Qué contradicción, después de procesar la última noticia que escuchó por la radio antes de cerrar los ojos, la muerte de Blake Edwards.

No quedan muchos cineastas de esos a  los que no hay que interpretar, Dichoso cine aquel que se entendía todo, que gustaba, que emocionaba, que te hacía reir o llorar. Uno se va haciendo viejo, y ha perdido el interés por cine de diseño: efectos digitales, personajes sucios, diálogos malsonantes, historias disparatadas, violencia, casquería y regüeldo contra lo que antes llamábamos buen gusto. (Supone el bloguero que el buen gusto es un concepto tan caduco como el adjetivo bonito).   Apareció en los años sesenta del pasado siglo Blake Ewards, rodó un buen número de películas de casi todos los géneros y en todos cumplió con buena nota. Emocionante y dramático en Días de vino y rosas. Desternillante en La pantera rosa y, sobre todo, en El guateque. Entretenido y brillante en comedias como La gran carrera o Darling Lily. Elegante, sensible y seductor en esa perla que es Desayuno con diamantes.

Pero este post sólo pretendía ser un soplo de sentimentalismo sencillo y asequible. Una píldora de ternura en un día helador. Una oportunidad para ese rescoldo de corazón que todos llevamos dentro, y que pide aire cuando se acerca la Navidad. Busquen a aquel ángel con cuello de cisne que se llamó Audrey Hepburn cantando Moon River en Breakfast at Tiffany´s y tengan, gracias también a Blake Edwards,  un día feliz.

Las ovejas descarriadas de El Mesías

Doctor, me preocupan más las ovejas que se pierden en El Mesías que otras cosas más importantes...¿Es grave?

La gran paradoja de este duende tan atípico es que se preocupa, sobre todo, por las cuestiones menores que no deberían de impedirle dormir tranquilo.

No es músico, no es cantante, sólo es un simple aficionado que, como tantos ahora, se atreve a participar en ese coto de la música clásica que hasta hace bien poco era sólo para los profesionales o para los superdotados. El caso es que hoy se ha despertado a las cinco de la mañana y ya no ha podido reconciliar el sueño. Recordaba una cita bíblica: Todos, como ovejas, nos hemos descarriado y hemos seguido nuestro propio camino. Y el Señor ha cargado sobre Él todas nuestras culpas. (Isaías, LIII, 6) Lo dice el profeta, y lo incluye Haendel en uno de los más bellos coros de su gran oratorio El Mesías.

La cosa es que los más de cuatrocientos coreutas que, junto con la Orquesta Europa Galante, el Coro Accentus, cuatro solistas, y todos bajo la dirección de Fabio Biondi no se descarriaron, como las ovejas del profeta, en este coro (All we like sheep, en el inglés de la época). Sino en el maravilloso Amen que cierra la obra. El director lo lleva, como toda su versión del monumental oratorio, muy deprisa. Y con sólo esa palabra, amen, que se repite una y otra vez a lo largo de unos cuatro o cinco minutos, las ovejas aficionadas  se hicieron un lío. Y, como dice el profeta, el Señor cargó sobre este  Mesías todas nuestras culpas.

El Duende cantaba en la segunda fila de las sillas de coro, justo el mismo eje central del Auditorio Nacional y a pocos metros de Biondi. Y mientras intentaba encontrar al pastor, se sentía el único culpable del despiste colectivo.

-Te he visto entre los que cantaban El Mesías. Maravilloso, me ha emocionado- leyó en un SMS que le llegó a su teléfono después del concierto.

Da igual, no le consoló bastante comprobar que estas imperfecciones pasan inadvertidas a la mayoría del público. La grandeza de Haendel y de su obra y la calidad de los ejecutantes profesionales salvaba el mal trago, pero el Duende no estaba conforme con ser oveja perdida y despertó a las cinco de la mañana decidido a enmendarlo en el concierto que se repite hoy.

Qué paradoja de hombre. Tan chapucero para todas sus cosas y ahora buscando la excelencia en las anécdotas de su vida. ¿Será que sólo importa de verdad lo que no le importa a casi nadie?

No comas sandwich de berros si vas a cantar a Haendel

Como subraya este cuento, una soprano debe cuidar siempre su sonrisa

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Manolita era una chica soñadora. Se sentó ante aquella luna llena de octubre, y como cualquier heroína romántica, pensó  en voz alta.

-Por qué será tan difícil la felicidad. Por qué el azar es tan caprichoso, y a unas se lo pone fácil cuando a mí, que soy tan mirada para todas mis cosas, me escatima la suerte.

Tan mirada para todas sus cosas…Así resumía ella el pensar en casi todo y concluir que, por mucho cuidado que pongamos, siempre se nos puede negar el éxito por una pequeñez incontrolable. Manolita tendía a ver la botella medio vacía, casi nunca medio llena. Pero la plenitud de la luna de otoño puso esta vez alas a sus sueños. Siempre había buscado en la música un camino para la felicidad. Tenía buen oído, pero carecía de formación musical, y sabía que a su edad era demasiado tarde para aprender a tocar un instrumento, por lo que decidió afrontar un reto contra el apocamiento de su vida modosita y provinciana. Y dio el paso a.delante de apuntarse a un coro de parroquia y  ponerse a cantar con gente quizás menos acomplejada.

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Cuando, a pesar de su timidez precisamente cerval la soprano Manolita se hartó de que el ciervo a la fuente de agua fresca fuera veloz –que, por cierto, no es una letra de beatas, sino de un salmo de Isaías- tomó la decisión de subir un nivel en su pasión de cantatriz. Así pues, abandonó su coral BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) y se apuntó a uno de esos gigantescos “coros participativos” que se habían puesto de moda para que los cantantes aficionados se acerquen a ese momento de gloria que es ser parte de un monumento musical

-Qué miedo-le confesó a su intrépida amiga Teresa, que era la que le animó a integrarse-Cantar ante un director reconocido que estará acostumbrado a dirigir profesionales.

-Tranquila, no pasa nada –le decía su amiga- Somos multitud. Si te equivocas no se va a notar,  no te va a regañar el director, de verdad.

-¿De veras?…Me podría morir de vergüenza.

Alguien le había contado alguna vez que el gran Arturo Toscanini había parado un ensayo general de la Novena Sinfonía de Beethoven para echar a una soprano que tenía un mal día y no llegaba al fa. Según el relator de la historia, el maestro era tan iacundo que la puso en evidencia ante sus compañeros de coro. Manolita pensaba que le podía haber pasado a ella. Recordó que cuando tenía la regla cantaba mucho peor, y que un director puñetero podría revelar ese detalle de su intimidad en tono acusatorio.

-Por favor-se decía-Que  el director no haga por mí, que no me mire, que no me controle…

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Y entretanto se afanaba en estudiar la partitura, en seguir escrupulosamente las indicaciones del maestro de canto y en afinar cada nota cuando éste se lo solicitaba al coro.

Manolita era tímida, pero no fea, sino todo lo contrario. Cuando se llenaba de energía, sacudía levemente su melena rubia, estiraba su cuello de gacela para alcanzar las notas más altas, y abría su boca ofreciéndola a las brillantes coloraturas barrocas del Mesías de Haendel había algún tenor que perdía el compás. Ella sin embargo, tan amante de la música, y estimulada además por el privilegio de poder cantar una gran obra  con una orquesta sinfónica, sólo se concentraba en la música. Y cuanto más se metía en ella, más  seductora parecía. Ya no se sentía una soprano vulgar llamada Manolita, sino una diva como la Callas, o la Tebaldi, o la Simionato.

-El tenor segundo por la izquierda de la tercera fila-apuntó el director en el primer ensayo conjunto- ¿En qué está pensando?…Concéntrese o abandone el coro, pero no se me distraiga.

Manolita bajó los ojos como queriendo desaparecer. No es que fuera consciente de ser la responsable indirecta del reproche del director. Es que se daba cuenta de que éste era tan meticuloso como Toscanini, y en cualquier momento podría fijarse en sus imperfecciones.

Pero sucedió todo lo contrario.

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Sucedió que el director contratado para dirigir ese Mesías gigantesco al que Manolita se entregaba con tanta ilusión era un autraliano joven y guapo que, además de prestigio musical, tenía fama de  buen observador y, como tantos batutas legendarios, de impenitente conquistador.

-La riqueza de la  gran música –explicó en su rudimentario castellano- se basa en los pequeños detalles…¡Hay que cuidarlo todo, hasta lo que se come!…No me descuiden ni una de las indicaciones que les voy diciendo, porque les vigilaré uno a uno y obraré en consecuencia.

Cualquiera a distancia hubiera concluido que, a pesar de su aviso, a quien de verdad observaba con detenimiento era a Manolita.

-No me extraña, hija-le decía su amiga Teresa-Tienes locos a varios tenores y a un par de bajos, y además cantas divinamente.

Y Manolita, que jamás había pensado que era una mujer atractiva, se sobrepuso a su tradicional timidez y empezó a venirse arriba. Por las noches, en casa, ensayaba a conciencia. Y cuando, ebria de entusiasmo y desmelenada, se daba cuenta de que dominaba con su limpia voz todas las articulaciones de la complicadas fugas haendelianas, se plantaba ante el espejo con los brazos en jarras y bromeaba consigo misma.

-¡Brava, Manolita!…Vas a tener que cambiar de nombre y ponerte otro más cantábile para una soprano de fama internacional…¿Ingrid?…¿Selma? ¿Renata?  ¿Iwa?…

Luego se asomaba a la ventana, miraba a la luna coquetona que empezaba a decrecer y soñaba despierta que el joven director le invitaba a una cena íntima y romántica.

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En el descanso de uno de los ensayos le había dicho que su voz tenía un timbre precioso, y que debía marcar más los stacattos. Otra vez le destacó la excelente colocación, y le habló de la magia de Joan Sutherland. Manolita no sabía quién era Joan Sutherland, pero luego, mientras cantaba ya casi de memoria y sin despegar la mirada del maestro, advirtió que éste la seguía vigilando  casi obsesivamente. El día del concierto, por la mañana, se celebró el ensayo general en el auditrio. Al terminar el joven director dio los últimos consejos.

-Coman algo, descansen y una hora y media antes del concierto todos reunidos en la sala para ejercicios de vocalización.

Y cuando el coro se desparramaba se acercó a Manolita, la cogió del brazo y un discreto aparte le susurró.

-Primero: cuando cante the glory, sonríame…You have to realize that you singing the glory of the Lord!…Segundo: marque bien los stacattos. Tercero: no se ponga demasiada sombra en los ojos, y si se pinta los labios, only slightly. Por último: míreme, míreme constantemente…

A Manolita casi le da un desmayo.

6

-¿Qué te pido?- le preguntó Teresa- Porque desde que el maestro te mira tanto, estás como ida…

A pesar de que el joven y atractivo director no daba puntada sin hilo, Manolita no recordaba que hubiera dicho nunca qué  deben comer las sopranos hendaelianas antes de un concierto.

-Una Coca-Cola y un sandwich vegetal-dijo pensando que algo tan ligero en nada perjudicaría su voz.

Las sopranos estaban animadísimas, y el sándwich vegetal, que combinaba lechuga con berros, y juliana de rábanos y zanahoria en un aliño de mahonesa, bastante bueno. Pero Manolita, lo fue tomando pausadamente, ensimismada, sin mezclarse en la conversación con sus compañeras de cuerda. Sólo pensaba en su voz, en la música, en su maestro y  en la posibilidad de rozar la gloria si nada interfería en el esplendor de su canto.

7

Todos los que tocan un instrumento o cantan delante de un director piensan que ellos van a ser los únicos en los que el maestro pone su atención. Todos se sienten como si fueran los únicos protagonistas de ese momento mágico que es un concierto. Pero Manolita tenía más razones que nadie para creer que, en su caso, no era una obsesión personal, sino un hecho. Fueron veintinueve corales las de aquel glorioso Mesías que significaba su consagración como soprano. Fueron veintinueve entradas que el apuesto director dio con rigurosa exactitud,  pero mirando siempre a su cara, observando la sombra de sus ojos, el tono del lápiz de labios y hasta el color de aquella sonrisa que, como había ordenado, debían exhibir todos en el famoso Aleluya. Al principio, cada mirada del maestro, pensaba Manolita, era como un beso apasionado. Pero a medida que avanzaba el concierto, ella, que tenía un ojo puesto en la partitura  y el otro en el que empezaba a ser el hombre de sus sueños, advirtió que algo no le terminaba de gustarle. Su expresión de gozo triunfal empezó a demudarse  después del Aleluya, precisamente donde todos debían sonreír exultantes. A partir de ahí, y aunque el público, arrollado por la grandiosidad y la belleza de la obra no lo percibía, algo raro en el gesto del maestro denotaba que algo no iba al gusto del maestro.

Manolita consiguió sobreponerse y cantó lo mejor que pudo, quizás con más sentimiento y arte que nunca. Cuando terminó el impresionante Amen que corona la obra y el director, como todos los que quieren saborear el triunfo, bajó los brazos y la cabeza para recibir las aclamaciones habituales, el  coliseo se vino abajo de aplausos, vítores y bravos. Y estos se hicieron aún más estentóreos cuando, sin dejar de lanzar miradas a Manolita –ahora, ciertamente, más severas-levantó al coro para que compartiera con él y con la orquesta los honores del éxito.

8

No sabía si eran los nervios del éxito o del fracaso, haber coronado el sueño de su vida de cantar en un gran teatro como una profesional o haberle agriado avinagrado el rostro al hombre del que quizás se había enamorado como una tonta. El caso es que fue volver a los vestuarios, abrazarse a su amiga Teresa y a las demás sopranos de su fila y romper a llorar como una magdalena. Hasta que uno de los ujieres del teatro se le acercó, y le dio una tarjeta mientras le daba un recado al oído.

-El director ha dicho que tiene mucho interés en cenar con usted, y que le espera en una hora en el restaurante de su hotel.

9

Hizo todo lo posible por serenarse. Le ayudaron a ello sus compañeras y amigas, que sin duda ignoraban el final de esta apasionante aventura musical. Nuevamente, se sobrepuso. Se despidió de sus colegas, que como suele suceder en estos casos, se iban de cañas, se refugió en el aseo, se retocó ante el espejo y, procurando sentirse más María Callas o Joan Sutherland que Manolita Pérez, soprano aficionada, se presentó en el hotel a la hora indicada. Ahí le esperaba él, alto, delgado, rubio, con esa sonrisa tipo Redford  y esa cabellos largos divididos en dos crenchas que en los tutti bailaban ballet alrededor de la batuta. Vestía una camisa blanca de seda y un pantalón negro.

-My beloved sopran- se presentó tendiendo la mano sonriente- I´am Christian, your conductor…

-I am Manolita- dijo ella ofreciendo su mano mientras bajaba la mirada.

-Bonita voz, bonito timbre, bonita todo- le vaciló el maestro.

Cenaron una ensalada y un pescado, y bebieron vino blanco del Rhin. Bastante. A la altura de la cuarta copa y antes del postre habían hablado de la música, del amor, del amor a la música, del amor por excelencia y de casi todo lo demás. Él había hecho hincapié otra vez en la necesidad de observarlo todo para ser perfecto. Y ella insinuaba que se sentía como una Cenicienta a punto de perder el zapato de cristal.

-Pero…¿por qué me mirabas así?…-se atrevió a preguntarle- Primero tan entusiasmado, y luego, no se, tan raro…

El la miró con intensidad y deseo mal enmascarado.

-¿Qué tomaste antes del concierto? –fiue bsu desconcertante pregunta a modo de respuesta.

-No se…-balbuceó ella-Creo que un sándwich de berros…

- ¿No te diste cuenta?…¿Nadie te lo advirtió?-dijo insinuando una sonrisa- You should  know that I would only look at your mouth .Y una soprano debe tener en cuenta todos los detalles.

El director aproximó su rostro al de la soprano.

-Smile, please-le susurró.

Primero sujetó el bello rostro de Manolita con una mano. Luego pasó el pico de la servilleta de hilo sobre el segundo incisivo de la izquierda, extrajo algo verde   que  había visto durante el concierto en la sonrisa  de la soprano. Y después la besó con misma vehemencia que habían volcado ambos hacía apenas una hora en el concierto..

Cuando separaron sus caras, aún resonaba el Aleluya del Mesías en la cabeza de Manolita al tiempo que dos lágrimas se le deslizaban  por sus mejillas. El director, riguroso como Toscanini, apretó la mano temblorosa de aquella apasionada amante de la música coral .

-My love!…-le dijo como ultimo consejo- If you are singing to Haendel, never eat a salade sándwich.

Las infidelidades de Homper

 

Como demuestra este "Venus y el organista" de Tiziano, los amantes de la música a veces se distraen y acaban mirando donde no deben...

1

Lo bueno y lo malo de la pasión amorosa, pensaba Homper, es que nos iguala a todos los humanos. Creemos siempre que el nuestro es un amor único, distinto, absorbente y de tal fuerza que no cabe resistirse a él. En consecuencia, justificaremos en su nombre cualquier tipo de locuras.

Homper despreciaba las frivolidades en este terreno. Estuvo enamorado en su día de Liz Taylor, pero le reprochaba íntimamente su versatilidad sentimental y su catálogo de maridos. Nunca aspiró  a  ser uno más de la lista. No menos decepciones en este terreno le había proporcionado uno de sus mâitres á penser, Bertrand Russell. Cuando leyó su Autobiografía él era aún un joven idealista, y a pesar de que descubrió a un filósofo, un matemático y un escritor admirable se le cayeron los palos del sombrajo al saber de su conducta personal. Bertie, como le llamaban sus amigos, era un modelo de pensamiento claro y de ética social, quizás el cerebro más preclaro del sigloXX..  Pero se la pegó a su esposa con lady Ottoline Morrell.

-Tan infiel como la mayoría de los hombres –apuntó en su diario íntimo.

Y añadió a continuación que cuando llegara su verdadero amor él nunca sería así.

2

No le gustaba reconocerlo, pues quería considerarse un hombre independiente e inmune, por tanto, a los deliquios que suele traer el amor. Pero era hombre al fin y al cabo, y todo cambió cuando bien metido en la edad madura conoció a Ana Krusa. Entonces  perdió el seso.

-Aunque puede que encontrara el sexo –le reconoció a su confesor.

No se ha encontrado en sus escritos más referencia a Ana Krusa que estas breves notas. “Nunca nadie me enajenado así. Es un trémolo constante que altera mi corazón, pero sin el que no puedo vivir. Me hace feliz cuando la siento, la amo sobre todas las cosas, porque es la música de mi vida”.También escribió que con este amor, el único y verdadero, no cabía la infidelidad.

Se equivocó.

3

Cayó arrebatado por Ana Krusa, que a pesar de su nombre de princesa polaca o de espía rusa con melena tipo Marlene Dietrich con la que pasarse secretos en las sombras de la noche bajo la Puerta de Brandemburgo, no resultó ser sino la música misma. Está claro que en ese epígrafe se incluye todo, desde Chikilicuatre y el Koala a los grandes compositores de siempre, pasando por funerales cadenciosos como el gran Leonard Cohen, melaza de almíbar como Armando Manzanero o desgarro sufridor como Camarón. Pero Homper, tan antiguo, se volcó en la música clásica. Como casi todo el mundo hubiera querido ser director de orquesta, pianista, o divo del bel canto, pero al fin no pudo llegar más que a corpúsculo  de ese chopped musical que es un coro.

-Y soy bastante feliz, amándote –le decía a su amada Ana Krusa- Pero voy a acabar siendo tan infiel como la mayoría de los hombres.

4

Pues ocurrió que, cantando Sociedad Coral Bach de una iglesia protestante, fue tentado para sumarse al de un monumental Mesías de Haendel que prometía ser apasionante. Y que, ya comprometido con éste, fue seducido por otro coro que iba a cantar el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven en el Auditorio Nacional. Y que repartiendo ya sus amores entre Ana Krusa, Bach, Haendel y Beethoven, fue seducido por un Requiem de Verdi que se preparaba para la primavera. Y entretanto, otro coro que también ensayaba un Mesías para Navidad, le invitó a que aprovechara que ya se lo sabía para disfrutarlo en un singular concierto que se celebrará en el monasterio de Yuste…

Le ha jurado a Ana Krusa que ella es la única música de su vida. Pero que, como cualquier músico, debe tocar más que ningún otro amante, aunque sólo sea con su voz de relleno de chopped. Y, como todos los amantes dispersos, niega que le haya sido infiel.

-No es lo que parece –le dijo cuando ella le pilló poniéndole los cuernos con el Freude, freude de Beethoven.

Y era verdad. Pues, al cabo, la única infidelidad de Homper es fallarle a los que de cuando en cuando merodean por este blog y se dan cuenta de que  está ausente y vive sin vivir en él. Como todos los enamorados, está loco por la música…

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