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Por qué no soy del todo feliz

Lo ha dicho la Universidad de Michigan: somos bastante felices.

Primer dato interesante, cuando no hay  noticias, siempre surge algún científico chiflado o alguna universidad lejana que resuelve la papeleta y rescata algún tema pintoresco para el debate social. Unas veces apuntan que los meteorismos de una vaca contaminan más que un motor Diesel  a 100 kilómetros por hora. Otras, que el futuro de la masculinidad está seriamente amenazado por el alarmante  decrecimiento de la producción de espermatozoides. La causa no está clara: no se sabe si es por la invención de los calzoncillos sin bragueta que ha puesto de moda Calvin Klein o porque la testosterona quiere salir del armario. Un corolario de esta penosa realidad es  que, según las encuestas,  los hombres preferimos el fútbol al sexo.  Muchas mujeres ya lo intuían, pero algún estudio de la AFPT (Asociación de Fabricantes de Preservativos Tocapelotas), probablemente auspiciada por Bibiana Aído, nos lo recuerda. Más que nada para  avergonzarnos todavía más.

 Otro tema  muy socorrido el hongo ese que crece en Nuevo Méjico o por ahí, no lo recuerda exactamente el Duende: Se extiende tanto por el subsuelo que desborda el límite del estado donde nació.  También es muy interesante que las medusas molestan menos los años lluviosos, porque los ríos desembocan más agua fresca y las ahuyentan de la costa. Tan insensibles como nos parecía este bicho asqueroso y ahora resulta que el frío no le va bien para su flebitis.

 De un momento a otro se sabrá que un estudio de la universidad de Tubinga ha llegado a la conclusión de que la rana de san Antonio va perdiendo paulatinamente sus dotes de buena madre: últimamente  aborrece sus propios huevos, probablemente por el cambio climático. Y, para cuando ya no quede noticia con qué llenar el verano, siempre tendremos la aluminosis. Las apariencias engañan, usted ve su ciudad llena de edificios y cree que todo cemento es orégano, pero en realidad la mayoría de ellos están podridos por dentro. La culpa es esta misteriosa enfermedad de los materiales de construcción que, como la licuefacción de la sangre de san Pantaleón, se filtra en la actualidad tal que una serpientita de verano. Más que nada para inocularnos una preocupación suplementaria, como si cada quisque no tuviera suficiente con su propio marrón.

 Ahora resulta que somos felices, y que nuestra percepción de felicidad no deja de subir desde 1981. Parece que es de tal fecha la invención  del felicitómetro, ingenio que, como el famoso audímetro que mide las audiencias de TV, nadie sabe ni cómo funciona ni, mucho menos, dónde ha uno instalado. Interviene en esta apreciación muchos factores, sobre todo los referentes a la autoestima, así como los políticos y los económicos: percepción de la libertad, acceso a los servicios sociales del estado de bienestar, oportunidades de educación y de trabajo. Pero también otros como la salud, el clima, y, entrando en las variantes regionales, el desayunar churros, tostaítas con tomate o con manteca colorá  o, para bávaros, escoceses y otros pueblos del norte, el precio de la cerveza.

Sorprendentemente, el Duende no ha encontrado ningún estudio que refleje su caso: una felicidad, relativa pero posible, que no mella ni la inflación, ni el petróleo, ni el euribor. Sino una diabólica impresora BROTHER MFC-240 C que cuando le viene en gana, sin venir a cuento, deja de funcionar. Hay que volverla a configurar -le suele decir el Servicio de Atención Telefónica, quizás ya advertido de que la tecnología, lejos de solucionar problemas, tortura a menudo. Qué tormento escuchar cómo te explican lo que antes sabíamos poner en marcha con sólo leer instrucciones que se entendían.¿Se puede ser feliz con una  tecnología tan canalla y una impresora tan infiel?

¿Dónde queda la España casposa?

España casposa

(Foto de Dany 3D)

La vicepresidenta del Gobierno, que por su estilo Rottenmayer más parecería aficionada al bridge que al fútbol, saltaba de alegría como una niña en el palco.  Oh albricias,  España eliminaba a Italia y superábamos los cuartos de final.

Pérez Rubalcaba, el Fouchet del zapaterismo, aprovechaba una de sus habituales ruedas de prensa para ironizar con sus conocimientos tácticos.

Zapatero desafiaba a su fama nefasta para no perderse la final de Viena.

Y el mismo grupo de comunicación que puso a parir al alcalde -entonces quizá alcaldesa- de Madrid porque osó desplegar Colón una enorme bandera , ha inundado de españolismo esa plaza, el Campeonato de Europa y la actualidad jaleando el nombre de nuestra patria  y  repartido rojigualdas hasta el empalago. España, EspañaYo, soy español, español. español…

Como colofón, en la orgía del pasmo patriotero, contratan a Manolo Escobar para dedicar a nuestros héroes esa sublime canción que es Viva España.

Se despertaba el Duende del sueño y por un momento se echó las manos a la cabeza. ¡Cielos!…Esta no es mi España progre, que me la han cambiado. Repasó la prensa, los diarios digitales, escuchó las emisoras de radio, peinó la televisión. Al tercer día de éxtasis, los más flemáticos comenzaban a enfermar al ver camisetas rojas y al comprobar que la exuberancia verbal de Luis Aragonés podía alumbrarnos un nuevo Boris Yzaguirre. Sálvese el que pueda. Pero el milagro continuaba. Aunque pareciera imposible, a estas alturas nadie había mencionado aún el adjetivo tabú. Estábamos ante la España joven, con desparpajo, la que con sólo jugar bien al fútbol había echado siete llaves al sepulcro del Cid enterrado para siempre la Contrarreforma, el fantasma de la Armada Invencible, la leyenda negra, las sombras de Torquemada, el recuerdo de Aljubarrota, la pérdida de Cuba, los últimos de Filipinas, el desastre de Annual, la Marcha Verde, la ominosa dictadura franquista, la pifia de Cardeñosa, la cagada de Arconada y el episodio de Perejil. Todo de una tacada, y en nombre de algo que la progresía pronunciaba con cautela, porque hasta nos hacían dudar de que existiera. ¡España, España, España!…¡Ra, ra, ra!…

El Duende observa, constata, subraya atónito. ¿Se han fijado que, a todas éstas, nadie haadjetivado este estado de embriaguez colectiva como casposo? ¿No es ya casposo hablar de España? ¿No es casposa la bandera? ¿No es casposo tanto fútbol? ¿No es casposo Manolo Escobar? ¿No es casposo ese seleccionador nacional que tan sólo meses atrás era acusado de viejo, torpe, racista, machista y mal educado?

Por el interés te quiero, Andrés. Desde hace mucho tiempo los profetas de la utopía se han dedicado a romper las costuras de ese sentimiento colectivo que aúna a la gente. Dios, patria, lengua, religión, historia. Todo es relativo, hasta la noción de nación. El que tenga un hecho diferencial y quiera un estatuto, un río y una financiación propia que levante el dedo, y maricón el último. Si ganamos las elecciones, aunque se descomponga lo que nos unía, ya se arreglará con diálogo: abriremos la boca para decir al que venga detrás, que arree.

Afortunadamente, no hará falta.  Hoy, gracias al fútbol, se puede decir viva España sin caer en lo casposo, porque esto es otra cosa. Confirmado: somos como niños.

Los derechos del moscardón

moscardon

(Foto de Gustavo)

Hay que ser responsables. Alguien tiene que escribir esta noche de algo que no sea el triunfo de España contra Rusia en fútbol. Enhorabuena, lo han hecho muy bien, fue la cena más agradable que el Duende ha vivido en mucho tiempo (se puede cenar mientras se ve el partido). Pero no podemos soltar también nosotros el botafumeiro. Sobrarán turiferarios, ya verán.

Así las cosas, y por contribuir a la oxigenación del cerebro, llama la atención el Duende sobre los derechos humanos de los simios, que así lo ha visto escrito en algún periódico. Sin entenderlo, claro, pues si son humanos no pueden pertenecer a la especie de los simios, y si son simiescos no podrían ser humanos. Da igual, aquí con tal de mejorar el mundo nominalmente consagramos cualquier absurdo. Desde que Sigourney Weaver nos sensibilizó a todos con la historia de Gorilas en la niebla, los monos tienen derechos humanos. Vale.

Comentaba doña María en la radio esta mañana que entre los precios del mercado y la sensibilización por los animales van a conseguir hacerle vegetariana. Eso no es nada al lado de las poblemáticas de conciencia que se le plantean ante cualquiera de esos bichitos que de vez en cuando aparecen por casa. ¿Se puede matar un ratón de un zapatazo sin ofender a la nueva moral? Si las cucarachas son también criaturas de Dios…¿no merecen también vivir? ¿Tiene un minuto de nuestro sueño más valor ético que el vuelo de un mosquito de trompetilla con el que acabamos de un manotazo? Hasta doña María, que no es precisamente mujer de cultura, sabe que animalitos son todos. Asín que a ver quién marca las normas -resume- pa que una pueda vivir sin sobresaltos y no parecer una asesina.

De momento Oscar Luis, el mayor de sus hijos, que es un ecologista de raza, ha liberado a todos los periquitos, los canarios y los hamsters del Bloque los Arándanos. A última hora de la tarde, aún había varios de los roedores bajando las escaleras. El próximo objetivo es Kentucky Fried Chicken, que para abastecer a su negocio de comida rápida sacrifica a siete millones y medio de pollos (no se sabe cada cuánto tiempo) sin el menor miramiento.

Total, que esta noche María lo pasó fatal. No puede ir contra corriente, y menos contra su propio hijo. Mientras dormía se filtró un moscardón en su habitación y le dio la noche. Porque Manolo, su esposo, como buen sindicalista y sufridor del Atlético de Madrid, dormía profundamente roncando como un motor Perkins, pero ella no pegaba ojo. Podía haberlo pulverizado con el insecticida, o incluso aplastarlo con la zapatilla. Sin embargo la defensa de los derechos de los animales le ha llegado muy dentro.

Y aunque el moscardón es bastante asqueroso, tuvo la paciencia de atraparlo con una toalla, cogerlo con los dedos, abrir la ventana y liberarlo para que continúe el ciclo de la vida donde Dios le dio a entender. Absurdo, pero edificante, ¿no?

De patriotas, forofos y “Eau de meade”

(Foto de Scaamanho)

Se entiende que el fútbol sea, incluso a estas alturas de la película, un saludable opio del pueblo. Una variante del panem et circensis con el que los césares adormecían al pueblo. Se comprende que gane España a Italia, después de ochenta años de conjuras e ignominias y que lo celebremos del Rey abajo casi todos los españoles. Mayormente los gobernantes, que así se libran un par de días de que los gurúes de la opinión les pongan a parir. Estamos en crisis, pero no nos importa, porque entre Casillas y Cesc nos han hecho recuperar el orgullo de ser españoles. El fútbol hace patria.

  Si ayer éramos un detritus de sociedad sin héroes, hoy somos los más grandes, y hay que desmelenarse. Moncloa respira aliviada. Los patrocinadores del campeonato se frotan las manos. Los medios, mucho más. Más consumo de TV, más venta de periódicos. La gente sólo compra con pasión los éxitos y el glamour, los perdedores, que en el cine quedan tan bien, son unos desgraciados. Quince millones de espectadores vieron por televisión la serie de penaltis. En Madrid, el consumo de agua en ese momento crítico se redujo en más del 50%: lo que ahorramos en fregoteos y en las cisternas que no vaciamos. Los anunciantes no se rascan la mollera demasiado, y sólo han tardado horas en arrimar el ascua a su sardina. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Viena, TOYOTA insertaba hoy un anuncio de página con una foto del equipo de Luis junto a uno de sus coches y este ambicioso titular: Queremos seguir haciendo historia. Lagarto, lagarto.  Hacer historia por haber llegado a las semifinales, caramba. A cualquier cosa llamaban chocolate las patronas, que se decía antiguamente. Pero el sentimiento de patria exige estas proclamas bobaliconas. por España.

 Supone el Duende que esa es la única excusa para autorizar la cobertura vergonzante que se da a la figura del hincha, omnipresente estos días en los telediarios y en los papeles. Nada tiene de malo ser aficionado, ni animar al equipo nacional. Es justo, digno y saludable. Pero de ahí a creer que cualquier grupo de gamberros borrachos envueltos en la bandera o vestidos de lagarteranas son tan mediáticos como los Luthier o las chirigotas de Cádiz y merecen que los demás escuchemos sus canciones y sus gritos como si fueran  Grammy de oro o genios del humor, va un abismo. El pueblo es más o menos sano, pero en las mejores familias hay un borrico que se convierte en energúmeno en cuanto le dan una oportunidad.

 Todo lo que tiene de bonito el fútbol -al Duende le encanta- lo tiene de abominable la vulgaridad del hincha embrutecido. Y por muy modelno que sea el alcalde y muy potente el grupo de comunicación que patrocina eso de ver la Eurocopa en la plaza de Colón, no hay razón para ofrecerles la calle a precio de saldo sabiendo, como se sabe, que los bárbaros acabarán haciendo de las suyas. O sea, cortando el tráfico, asaltando a la pobre Cibeles, zarandeando a los automovilistas que no insultaban a Italia, ocasionando sesenta y cinco intervenciones del SAMUR, vomitando por las esquinas, provocando a la policía y perfumando los aledaños de Colón con ese delicado Eau de Meade que deja cualquier concentración  de vándalos y guarros.

 por España, como decíamos. Aún  con el marrón de soportar que, a fin de cuentas, la necedad y la mala educación siguen siendo tan rentables como políticamente correctas.

Buitres en Candeleda

Cuando la ley es tonta, ¿merece el respeto del pueblo soberano?

  El Tribunal Supremo confirma la prescripción del delito que cometieron los primos comúnmente conocidos como los Albertos. Pero no por ello el delito de los magnates se borra, como no deja de ser una estafa la sufrida por los socios engañados. La sentencia de indulto es producto de una interpretación de los plazos de prescripción del delito favorable a los encausados. Alguien antepuso la letra al espíritu de la ley: alguien cometió una terrible tontería judicial.

 La chorizada es chorizada un mes antes o un mes después. Pero aunque es difícil que los Albertos reembolsen el dinero estafado a sus socios motu propri, aún hay otras tonterías legales cuyos efectos nocivos pueden evitarse sin que dejen en ridículo a la justicia. O, más aún, a la pura lógica.

 Por ejemplo, la urbanización que trata de construir cuatrocientos chalets en una zona llamada Navalpilón, del pueblo de Candeleda, tan querido por el Duende. Un proyecto que, aunque puede ser legal, quizás acabe siendo el mayor disparate que, en nombre de la libertad de mercado y del espejismo del mal llamado desarrollo puede  cometer esta villa abulense.

 Al Duende la mala noticia le sorprende con poca información del asunto y menos de lo que las leyes juegan en él. Reconoce que no conoce la maraña de normas, planes de ordenación del territorio y competencias que afectan al proyecto. Tampoco entiende de procedimientos administrativos. Ni de coordinación entre las administraciones locales y autonómicas. Ni de cómo un grupo de despabilados puede valerse de la ignorancia de unos ediles o de la connivencia de otros para dar un pelotazo con todas las de la ley y, de paso, marbellizar un entorno que sólo se queda unos metros por debajo del Parque Regional de Gredos. Cuatrocientos chalets adosados ( o acosados, como dice doña María, o quizás acosadores) en ese lugar es un horror y una barbaridad. Y si ese es el modelo de desarrollo turístico que  se quiere para Candeleda -por cierto, un pueblo de 5.000 habitantes que  sigue vertiendo sus aguas residuales al Tiétar, porque aún no cuenta con depuradora- apaga y vámonos. La propia Confederación Hidrográfica del Tajo, que ha concedido la correspondiente autorización para que la nueva urbanización beba del Arroyo Castañarejo podría  ser más exigente en este punto, porque las aguas bajan sucias. Y nunca mejor dicho.

 Lógicamente, no todos los candeledanos están contra el proyecto. Algunos creen que es lo que el pueblo necesita, como si Candeleda -cuyo término municipal es multimillonario en metros cuadrados- careciera de espacio para otra construcción  más razonable. Pero hay que entenderlo: es muy goloso comprar terrenos a  euro y medio el metro cuadrado y conseguir que una mano inocente que sólo persigue el progreso del pueblo los recalifique después. Todo dentro de la ley, parece. Aunque en este caso, como en de Urbanor, o la ley sea tonta, o nos toma por tontos.

 El Duende confiesa que le encantaría que alguien revisara a fondo ese proyecto. Más que nada porque, cuando va por allí y levanta la mirada hacia el pico Almanzor aún ve a menudo volar a las rapaces. Y estas inocentes aves quizá se batan en retirada cuando vean que unos buitres, que no son ni el negro ni el leonado, les disputan el territorio de lo que podría haber sido un paraíso natural.

 

 

Lo no revelado de la huelga del transporte

¿Dónde estaban los malabaristas que lanzan bolos al aire en el disco de Abascal con Paseo de la Castellana?

 ¿Dónde los que en los pasos de peatones juegan con el amor de las tres naranjas que, de mano en mano, parecen una?

  ¿Dónde la inoportuna cuadrilla de limpiaparabrisas que siempre te asedian cuando no tienes una moneda en el bolsillo, y se empeñan en pasar la bayeta a mitad de disco, y te angustian porque ves venir que se pone verde, y ellos erre que erre, enjabonándote el cristal, y tú desesperado pensando que te lo van a ensuciar más de lo que estaba, y si te lo limpian no van a evitar en ningún caso que los demás  se impacienten y se quejen a sonoros bocinazos?

 ¿Dónde los que venden kleenex? ¿Y los que se convierten en estatuas vivientes? ¿Y el payaso escarchado de oro? ¿ Y la bailarina enharinada con su tutú de gasa?¿Y los músicos callejeros? ¿Y los trovadores del asfalto?

 ¿Por qué no aprovechaban las colas que la huelga de transporte ha formado ante las gasolineras para amenizar a los que, por una vez siquiera, hubieran agradecido su presencia?

 No hay ninguna cara más tonta que la que se le pone al automovilista guardando cola en su coche para llenarlo de gasolina. No hay amenaza menos estética que la del desabastecimiento. Todos con cara seria, porque el asunto no tiene guasa. Todos con gesto avinagrado, porque quien lo tendría que prever no cayó en la cuenta. Todos con un rictus de soberbia, porque nos molestan con las cosas de comer, y uno no está para esas gilipolleces. Y todos, además, cabreados con los que han tenido la puñetera idea de acudir con su coche al mismo sitio y a la misma hora.

 Si el Duende -travieso- hubiera ejercido de notario del Sumo Hacedor, que como es omnisciente lo conoce todo y hasta en sus más pequeños detalles, nos podría contar el número más pintoresco de este primer gran episodio de la crisis. Perdón, léase desaceleración.

 Piénsenlo. ¿Se imaginan cuántas  de esas albondiguillas nasales tan típicas del automovilista  aburrido se han fabricado en estos dos días de huelga?

Bienvenida, Alfonsina

Dicen que va a subir la luz un 11% y la noticia no causa particular indignación. Se disparan el paro y la inflación y los sindicatos no mascullan ni una palabra de protesta. Se desmorona el PP y hasta sus propios votantes lo contemplan con flemática resignación. El gobierno del Lendakari sigue ofendiendo al sentido común y da la sensación de que ya ni siquiera irrita a nadie. O al menos eso parece. Destrasvasamos el trasvase que no era tal y nadie tiene que perdonar nada a los que juegan con el Plan Demagohidrológico Nacional. Debe de ser que miramos para otra parte.

 Se diría que España pasa de España. O más exactamente, de eso que llamamos la política. Elegimos lo que queríamos el 9 de marzo y en dos meses el maravilloso globito se nos empieza a desinflar. ¿De qué nos vamos a quejar? ¿Cómo vamos a protestar contra nosotros mismos? Una buena dosis de aguantoformo y a distraerse  esperando el vuelo de la oropéndola.

 No es tan malo, convénzanse. En este estado de bienestar que, querámoslo o no, acaba siendo un opiáceo  para la conciencia, hay que aprender a desmarcarse y a buscarse la vida y la felicidad por cuenta propia. Hoy, por ejemplo, el Duende encuentra miguitas de ésta en Alfonsina, una nueva comentarista a la que da la más cordial bienvenida.

  Está convencido de que, con comentarios tan bien traídos como los suyos, incluso podría superar el trauma de que el arte del Chikilicuatre  no fuera reconocido por el Festival de Eurovisión.

Contra ETA y otros motivos para la náusea

La bella dama confesaba que no podía vivir sin flores alrededor, sin ir a todas las fiestas y sin lucir su palmito en el hipódromo los domingos. Y al final se preguntaba si no debería de aprender algo de inglés para no parecer tan tontita. No se preocupe -le aconsejaba un anciano con  canotier, monóculo y perilla. Siga siendo una frívola: vivirá más feliz y dentro de cien años nadie se acordará de ello.

 Se acordaba en cambio el Duende de esta escena de película cuando repasaba los marrones generales y particulares que uno se tiene que tragar cada día. La bestialidad de ETA, el cinismo de sus defensores, la eterna patraña de los políticos encubridores, la crueldad inconsciente de los tifones y los seísmos, las angustias que nos trae la crisis económica, las guerras que ya casi nos resbalan, la intolerancia, la memez,  la miseria moral, la ceguera de buena parte del género humano.  La náusea existencial. Y lo que te rondaré, morena: cada cual con su problema, con su dolor particular, con la esquirla de una obsesión o una preocupación clavada en su alma.

 Y en estas que su Vespa, que enfilaba la Gran Vía, se elevaba como las bicicletas de los niños amigos de E.T. y seguía el recorrido de la calle a esa altura en la que uno puede ver uno de los paisajes urbanos más bonitos de España, que es la estatuaria que corona los edificios representativos de Madrid. Cuántos romanos, cuántas cuadrigas, cuantos ángeles, cuantas deidades, cuantos escudos y medallones. Qué bonito, qué sugerente, qué estimulante pasar a su lado y rascarles las barbillas de piedra. Qué sensación de pequeño dios.

 Y qué trampa. Todo era producto de la pura imaginación. Y de una estrategia que consiste en estrangular la Ley de Murphy a tu favor: toda situación grave es susceptible de ser burlada con una o varias cataplasmas de frivolidad.

 Al final, ya en casa, y no sin mirar un instante el estupendo coche de bomberos de hojalata que le ha regalado uno de los lectores del blog, el Duende se premió con una chocolatina 72% de cacao, se lavó los dientes, y con el spray de espuma de afeitar escribió en el espejo el cuarto de baño: ¡Viva la frivolidad!

 Si no falla la terapia, dormirá como un príncipe.

Nuevos milagros por san Isidro

(Foto de iesluisvelez)

Por san Isidro, a doña María le gustaba asomarse a ver los labrantíos que aún se divisaban desde el bloque Los Arándanos. A estas fechas, la siembra de primavera en estos pagos verdea de algo más que dos cuartas, y con el vuelo de los tordos, las cogujadas y las abubillas,  hacen una bonita postal que le evocaba al campo de su pueblo. Jura doña María que, recién instalados en el bloque, aún había algún labriego que faenaba en su tierra con una yunta de mulas, cosa difícil de creer si hablamos de los primeros años setenta, que fue cuando pararon por allí. Pero sí nos creeremos sus buenas intenciones.  Abría la ventana, se acodaba en ella, ensanchaba los pulmones, respiraba un aire de poniente que soplaba puro y creía ver entre las nubes mofletudas y azulencas que riegan la primavera madrileña al ángel que venía a echarle una mano a San Isidro.

Parece el inicio de una película de Jean Perre Jeunet (Amelie). Pero era la película que se hacía la pobre María, tan llena de ilusión como de sentido común, dos valores que se neutralizan. En realidad, la buena mujer soñaba que si hay justicia en el cielo, el ángel currante no vendría ahora a ayudar a los pocos isidros que quedan en esta contornada, sino a las numerosas gladiadoras del hogar como ella que llevan generaciones y generaciones trabajando como esclavas sin sueldo, seguridad social ni merced alguna de las que hasta las elecciones prodigó Zapatero.

 Ya conocen la leyenda: encargado el patrón de Madrid de labrar  las tierras de don Iván de Vargas, recibió la visita de un  ángel agricultor que se hizo cargo de los trabajos mientras el santo, se supone, sesteaba a la sombra de una encina. El sueño de san Isidro es, en rigor, el sueño de cualquier trabajador. Puesto que el campo se abandona a ojos vista, cada vez hay menos agricultores y el campesino es especie en extinción, bueno será que los ángeles de ahora cumplan su benéfica función echando una mano  a María y sus colegas.

 Claro que, como María sólo es creyente correlativamente, y es más bien escéptica ante milagro tan gordo, tiene pensado formular esta oración sustitutoria. San Isidro, bonito, si no mandas a un ángel que me resuelva toda la faena casera, haz que mis rodillas doblen al contrario,  como las de las cigüeñas. A  ver si al menos así llegan mis manos a remeter como Dios manda las sábanas del otro lado de la cama, que siempre me quedan fatal.

 Sabia conformidad con su condición, eso de pedirle un milagro menor. Pues por mucho que se haya transformado España, siempre habrá pastores y señores, añade la doña. Y cualquier manita de Dios o de san Isidro en favor de los más humildes, será bien recibido por esta su segura servidora y gladiadora del hogar. Amén.    

Dos hamburguesas para William Lynd

Era el Duende tan ingenuo que creía que toda América es orégano. O, más bien, que esos Estados Unidos que inconscientemente identificamos como la América por antonomasia, eran los que se imaginó a partir de tres visiones maravillosas de su primera juventud.

 La primera se la ofreció una novela de un escritor hoy casi olvidado, llamado William Saroyan. Nunca sabe uno si el encanto de una obra literaria está más en el talento del autor o en talante y el momento de quien lo lee. A los diecisiete años el Duende era hijo espiritual de Peter Pan y de Alicia en el país de las maravillas, o sea, que estaba dispuesto a idealizarlo todo. De modo que sorbió las páginas entrañables de La comedia humana -el mismo título que el novelón de Balzac para un relato mucho más ligero- y creyó ingenuamente que si la felicidad tenía patria, estaba situada en el país de Homero Macaulay, su protagonista.

 Esta América de bombonería -presagio de  Forest Gump- conectaba directamente con las películas de Frank Capra, que empezaba a conquistar los corazones ilusos de la generación duendera  proyectando su célebre ¡Qué bello es vivir! por la tele todas las navidades. El Duende la ha visto tantas veces que incluso está investigando por qué Búfalo no puede dormir (un guiño a los lectores cinéfilos).

 La tercera versión risueña del gran país americano -parece uno José María Carrascal- es la que nos dejó Norman Rockwell, un fantástico ilustrador del Saturday Evening Post que con su estética luminosa y ternurista ha ejercido una influencia decisiva en la dirección de arte, la publicidad, el cine y la fotografía de nuestro tiempo. Quizás muchos no conocieran su nombre, pero sin duda reconocerán sus obras. Tienen el marchamo de esos genios costumbristas que, por haberse forjado como artesanos, tardan en ser considerados artistas. Rockwell sufrió por ello, pero las últimas cotizaciones de sus obras, astronómicas, le han vengado con largueza.

 Tras la admiración de Europa por el papel de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y el Plan Marshall subsiguiente, y cuando ya nos había deslumbrado el american way of life, se oscureció la estrella del imperio americano. Qué les va a contar el Duende que ustedes no sepan. Hace uno una ensalada ideológica con recortes de Hiroshima, Vietnam, My Lai, Guantánamo, Irak, Afganistán, Bush, Schwarzenegger y el integrismo de la América profunda, lo baña con salsa Ketchup y como que se le revuelve el estómago.

 Igual que ante una noticia de esta semana, apenas reseñable entre el cúmulo de desgracias que nos afligen. Parecía apetitosa: una bandeja con un plato que contiene dos hamburguesas, pimiento y cebolla fritos, dos patatas asadas con crema y un gran batido de fresa. Podía ser la comida de Homero Macauley, o un primer plano de Capra, o una ilustración de Rockwell. Pero si uno abre el zoom  se entera de que esa ha sido la última cena de William Lynd. Rechazadas todas las apelaciones, y después de la moratoria de más de siete meses en la aplicación de la pena de muerte,  este americano fue ejecutado anteayer en Georgia por haber matado a su novia hace veinte años. El sueño americano desvirtuado: aunque el cocinero de la penitenciaría se esmeró, la salsa de las hamburguesas sabía a amargo sarcasmo.

Sin Calvo-Sotelo, menos Duende

Todos los que han seguido al Duende desde su paso por la SER saben los motivos por los que le debía estar tan agradecido a Leopoldo Calvo-Sotelo (así, con guión, que no se sabe por qué se tiende a suprimir ahora en los apellidos compuestos). El caso es que aquel presidente de gobierno que después de la labia de Felipe González y el gracejo malvado de Alfonso Guerra, tan fácilmente imitables, aparecía como la dignidad marmórea inasequible a la caricatura, propició algunos de los chispazos más hilarantes de la larga colaboración entre Javier Capitán y el Duende. Primero haciendo un dúo de expresidentes con Adolfo Suárez, luego con un pintoresco representante que promocionaba al aparentemente severo Calvo-Sotelo como humorista. Qué buenos ratos pasamos con el Poldo Mix.

Está muy feo echarle de menos sólo por la punta que le sacamos en la radio. Sin embargo lo bueno de la caricatura es que te obliga a fijarte en el personaje y garrarte a sus flecos amables. Dejando a un lado sus rasgos más fácilmente parodiables, uno estudia su biografía y los breves contactos que tuvo con él no puede evitar el respeto y hasta el afecto. El Duende le escribió dos o tres ocasiones. Siempre respondía con un tarjetón escrito a mano, y con detalles que individualizaban el mensaje. Es decir, que se tomaba la molestia de recordar a quién se estaba dirigiendo para no hablar con simple cortesía formularia.

En una de mis misivas le pedía disculpas por un exceso que no se si fue de los imitadores o de Julio César Iglesias, tan amigo de poner en riesgo el temple de su entrevistado con una humorada no siempre oportuna. Acababa de salir Leopoldo bis en una de las viñetas matinales que hacíamos hace unos años. Y a continuación había preparada una entrevista con Calvo-Sotelo, el de verdad. Evidentemente, éste había escuchado la parodia y, ni corto ni perezoso, Julio, para abrir boca, le preguntó qué le parecía. Como toda caricatura -contestó el ex presidente con su sorna habitual- evidentemente exageradaPero si tiene usted tan buena imitación, no se para qué quiere el original. No fue nuestro mejor día en la radio. Pese a la buena educación y a la tolerancia para la ironía de don Leopoldo, el hielo se cortaba. Julio, como su tocayo Aparicio, tuvo que hacer faena de aliño.

Pero el almario del Duende es a veces muy escrupuloso. Y, no pudiendo acallar su mala conciencia le escribió disculpándose por el rato incómodo que le habían hecho pasar. Utilizó para ello una frase un poco afectada, algo así como me encocora que a usted le pueda haber sentado mal la imitación. A lo que él contestó: me encocora que te encocore, y que no encocore a quien debería encocorar.

Hoy el Duende siente muy suyas las famosas palabras de John Donne: nadie es una isla, lo que le pasa a otro también te afecta a ti, la muerte de todo hombre te disminuye. Don Leopoldo, tan maltratado en su día por la suerte política y por un pueblo que no repara en los matices, se va quizás sin el afecto que España le debía. Y se lleva una de las cuerdas del violín que más le gustaba tocar a uno. Lo que decía el poeta, que al final las campanas acaban doblando por todos, y que al mosaico de las ilusiones radiofónicas del Duende se le van cayendo teselas irreemplazables.

Nuestra adorable Jocelyn

Entre los recientes comentaristas del blog ha descubierto el Duende a Joce. Joce  es el apócope de Jocelyn, la íntima amiga de doña María, cuya novelesca historia es todo un ejemplo de superación. Los curiosos podrán conocer sus peripecias -no siempre ejemplares- en el capítulo 8 de Las poblemáticas de doña María, pero quizás aún haya quien la recuerde de sus intervenciones en Hoy por hoy. Jocelyn entraba de cuando en cuando por teléfono,  y era el pasmo de Iñaki Gabilondo. ¿Quién es? -le preguntaba al Duende- ¿De dónde has sacado a esta chica tan graciosa?. Por cierto, viéndole ahora como severo observador de la realidad en la 4, nadie diría que este hombre  se reía a mandíbula batiente escuchando a las dos vecindonas de Los Arándanos. Qué pena que Aznar le cambiara el metabolismo.

 Jocelyn era un ejemplo puro de radio  natural, tan fresca y espontánea como la persona que le daba vida. No se trataba de una actriz ni de una periodista, sino de una pipiola recién graduada en Ciencias de la Información  que buscaba trabajo como creativa en la agencia del Duende, donde pronto se integró y se entendió  las mil maravillas con todos. El guión era tan  sencillo como llegar a la oficina a las nueve, echar un vistazo a los periódicos, y decirle a Joce: doña María cuenta contigo para hablar de la poblemática  de las carreras de las medias. No hacía falta más, porque a la chica le sobraba desparpajo. El Duende se subía a la Vespa y diez minutos después estaba en la SER tan pancho. Ya le sacarían las castañas del fuego María y la simpar Jocelyn

 La verdadera identidad de las voces de la radio es siempre un reto para el oyente. Nadie escuchando a aquella criatura tan simpática y divertida podría imaginar el drama que había vivido de niña. Inés -que así se llamaba en realidad- era la hija del comandante Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980. También lo es de Ana Vidal-Abarca, una auténtica heroína civil que, al menos para el Duende, está en el apartado de mujeres admirables sólo un poco por detrás de Santa Teresa, Agustina de Aragón o Manuela Malasaña. Y aún no sabe uno si es peor haber luchado contra el miedo y la insensibilidad que provocaba el terrorismo entonces que contra el gabacho invasor. Porque en 1808 se levantó el pueblo en armas, pero cuando esos canallas que algunos llaman gudaris mataron al padre de Inés, había que contemporizar. Han tenido que pasar veintiocho años para que un tribunal prohíba que un parque infantil lleve el nombre del asesino. Hay que ser  santo para resistir con dignidad tanto dolor e incomprensión.

 Fuera la mano de esa madre estupenda, o de ese Dios que dicen que tuerce los renglones para escribir recto, el caso es que Inés ha resultado ser una de las mujeres más alegres y felices que uno conoce. Aún en la agencia, ocultaba discretamente su llanto cada vez que la ETA reabría su herida infantil con un nuevo atentado. Pero su carácter -de casta le viene al galgo- podía con todo. Después de haberse casado con un tipo cabal y de haber criado tres recentales que parecen la defensa del Alavés, hoy es creativa free lance a tiempo parcial, y amiga generosa y entusiasta  mañana, tarde y noche. Su alegría y su contagioso deseo de disfrutar la vida son un bálsamo para los pusilánimes, y un fracaso para los terroristas que mataron a Chus Velasco.

 Muerte, ¿dónde está tu aguijón?…Infierno…¿dónde tu victoria?  Esta cita   de Corintios  se incluye en el Réquiem Alemán de Brahms  que el Duende canta este fin de semana. Y al ensayarlo con sus compañeros de coro, se acordaba de  la invencible sonrisa de Inés. Ese sol de  chiquilla que para doña María, más de Manolo Escobar que de  Brahms, siempre será la adorable Jocelyn.      

El fantasma del frigorífico y otras desazones

 Sorpresa en el frigo

(Foto de Daveybot)

Una lectora del Duende le manda un mensaje que es un dardo a su conciencia aburguesada. Dice que le preocupa que no cumpla con la costumbre de subir un post diario. Y saca la conclusión de que algo pasa por el almario de mi alter ego. Da a elegir entre un bache en el camino o un simple ataque de galbana. Un primer diagnóstico superficial se inclinaría más bien por la segunda tesis. Pero es una sorpresa grata: al menos hay alguien que espera estas obleas de pensamiento como si fueran  las porras mañaneras o un placebo para la serotonina. Estimulante.

 Son varias las concausas. De una parte, ayer se le detuvo el motor del frigorífico. O más exactamente,  una fuerza misteriosa accionó el pequeño botón del panel de control y el aparato dejó de enfriar. Cuando se dio cuenta de ello, el  Duende se limitó a pulsar con la yema del índice el diminuto botón del tamaño de una lenteja, se encendió un piloto verde de ON y el trasto volvió a trabajar.

  El incidente es una chorrada,  pero con él, han asomado una serie de fantasmas que al Duende  le  tienen en vilo. ¿Quién desactivó el frigorífico, si no había nadie en casa? Si el aparato lo hizo sólo…¿es que está ocupado por algún espíritu que quiere contribuir a aliviar el calentamiento climático aún a costa de que se pudra la merluza congelada al Duende? ¿No será un fenómeno de poltergeist? Si definitivamente el frigorífico tiene alma propia, y puede saltar cuando hay una sobrecarga o, simplemente, cuando le peta, ¿por qué no lo avisa el libro de instrucciones, en lugar de dar tantos consejos bobos en portugués, en polaco o en griego?. Qué desasosiego. La famosa náusea de Sartre seguramente  sobrevenía en casos así.

 Aún hay algo peor. Puede ser que la mano alevosa fuera la del propio Duende, y que su memoria no lo haya registrado. En tal caso estaríamos hablando de un primer síntoma de demencia senil. Pero tampoco encaja: si uno está tan demenciado que maltrata a su nevera, ¿por qué le habría de preocupar el post nuestro de cada día?

 En realidad el ánimo del Duende describe continuamente un movimiento pendular, y tan pronto rebosa optimismo como se cuelga de una farola a la luz de la nada. Hoy padeció una alferecía responsable, y le dio por recordar lo poco que se recuerda la patética suerte de Ingrid Betancourt, tan torturada por las FARC y tan olvidada de todos. Incluso de uno, que diluye la angustia de vivir en frívolos confettis. Vergüenza la da al Duende de cuando en cuando bromear por casi todo.

 Claro que la aparente lasitud puede obedecer también a un simple ataque de cuernos. La nueva ministra de Igualdad, Bibiana Aído, arrasa internet. Al Duende no le da envidia que sea ministra, ni siquiera que sólo tenga treinta y un años, sino que consiga 37.000 entradas en su blog. Criaturita. Pues ya que lo suyo es la igualdad, que predique con el ejemplo y tenga la bondad de desviar la mitad de sus visitantes al Duende. Ya verá nuestra amiga qué pronto recupera la autoestima.

 

 

¿Y por qué no un Ministerio de Felicidad?

Ministerio de la Felicidad

(Foto de Noodlefish, bajo licencia de Creative Commons)

El término buenismo  es un neologismo de invención reciente. Alguien se lo sacó de la manga y se lo colocó  al presidente Zapatero. Con razón.  Existía el llamado socialismo utópico, que al pie de la letra podría ajustarse mejor a su ideario, pero eso ya no mola.  Suena a Karl Marx , a Owen, a Fourier y a otros pensadores en almoneda, y trae ecos de carcundia prerrevolucionaria. El socialismo de nuestro tiempo es otra cosa, le pone correctivos al capitalismo, pero sin reñir con él. Además, lo de la utopía no va con ZP. El quiere ser como el Lope de Vega de la política. El Fénix de los Ingenios  alardeaba de rapidez en la fabricación de comedias: …Y más de ciento, en horas venticuatro/ pasaron de las musas al teatro. Bueno, pues el presidente, igual: quiere convertir la utopía en realidad en un par de legislaturas.

 Además, a Zapatero todo lo que sea reformar le pone No cree en Dios ni en sus verdades reveladas, pero sí en el hombre (y en la mujer, claro). Y se va a afanar en nosotros más que Moisés al transcribir del cielo las Tablas de la Ley de Dios. Mírenle con detenimiento: es un poco menos musculitos que el recientemente fallecido Charlton Heston, pero hay en sus ojos la misma nobleza y ambición mística que brillaba en este actor hollywoodense cuando ofrecía a Israel la tierra de promisión

 Tanto buenismo, tan ilimitado afán de mejorar al género humano acaba nublando en Zapatero su razón. y puede que hasta sus ojos.  Quizá por eso, en lugar de analizar a fondo el contenido de sus departamentos ministeriales, se pone el reformismo por montera y los improvisa de nuevo cuño para que deslumbren al personal.

 Esto viene a cuento del recién creado Ministerio de Igualdad, condición que es la base de otro ministerio de toda la vida, el de Justicia.  Aún adivinando los problemas que trata de solucionar el nuevo, cualquiera diría que lo propio sería crear una nueva dirección general, o a lo sumo una secretaría de estado dentro de aquél. Pero no, luce más como ministerio independiente. Parece que se acota un problema o un desideratum y que  todo se soluciona si se le dedica un ministerio. Y mira que hay virtudes cívicas que lo merecerían: ¿se imaginan un Ministerio de Solidaridad, otro de Probidad, otro de Generosidad, otro de  Sensatez, otro de Incorruptibilidad?

 Pues, tirando de  utopía, no se a qué espera ZP para llevar al gobierno la panacea universal. Créese y olvidémonos de problemas. ¿Para cuándo, querido presidente, el Ministerio de Felicidad?

El cuento de la mala pipa

No volvía el Duende a comprar una bolsa de pipas desde  la mili. Craso error,  seguramente. Si la gran felicidad no existe, y se apuesta por los pequeños placeres como terapia sustitutoria, no se explica cómo puede haber dejado de lado a este que es tan diminuto como sabroso. La pipa en sazón bien tostada y salada tiene un sabor característico delicioso. Las pipas de girasol, como quien no quiere la cosa, distraen las hambres con mucho ingenio. Ramón Garrigues, un arquitecto que es además experto en chuches,  mantiene que sirven además para no dormirse cuando se conduce por la noche. Hace décadas las pipas no tenían ni denominación de origen ni siquiera marca, hasta que vino Facundo y consagró su nombre como si fuera un Davidoff de esta popular oleaginosa. Inolvidable y digno de conservarse en el Museo de los Hallazgo Publicitarios si lo hubiere es su mensaje más famoso, en el que con una imagen de cómic primitiva y una grafía un tanto rústica  se ve a un pobre toro estoqueado agonizando con este  lamento en su boca: ¡Y pensar que dejo el mundo/ sin probar Pipas Facundo!…

 Ya extraña que aún no se haya destapado algún estudio de la universidad de Osaka, de Maguncia, o de Glasgow  que nos amargue la vida anunciando sus preocupantes conclusiones. Por ejemplo: que más de cien pipas de girasol a la semana son terribles para el colesterol, amariconan a los espermatozoides o precipitan la osteoporosis precoz. También tememos que el Gran Hermano nos recuerde de un momento a otro que esa es la dieta que necesita una tórtola turca para sobrevivir, con lo cual nos hará cómplices de la posible extinción de la especie si seguimos abonados a la nefasta costumbre. Finalmente vendrá la Organización Mundial de la Energía para advertir que, además, la afición a las pipas encarece el girasol y, por ende, el bioetanol. Con lo que ciegan el camino a las energías alternativas que han de redimir a la humanidad. Ni un día sin flagelarnos: incluso nuestra respiración acabará siendo irresponsable e insolidaria.

 Entretanto, y hasta a que nazca el CROPCOPI (Comité Regulador de la Producción y el Consumo de Pipas) se preguntaba el Duende  a las puertas del cine donde las compró cómo consumirlas sin dejar de ser buen ciudadano. ¿Cómo abrir ese paquete sin tener que luchar contra ese odioso termosellado que se niega a despegarse? ¿Dónde depositar sus cáscaras para no ensuciar la vía pública? ¿Molestan tanto  en el cine como el olor a cotufas? ¿Ante qué organismo hay que protestar por el exceso de pipas vanas en el paquete?…

 Esas dudas atormentaban al Duende mientras veía Todos estamos invitados, la nueva película de Manuel Gutiérrez Aragón.  Va de ETA, de sus métodos y de esos buenos vascos que hacen la del avestruz y ni ven ni escuchan nada anómalo que amargue la vida -hasta quitársela-a los discrepantes. Así que no está seguro de que el mal sabor de boca  con el que salió del cine se deba a las buenas pipas de girasol de toda la vida. Sino a este otro cuento de la mala pipa que, lamentablemente, tampoco acaba nunca. 

 

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