Archivos en la Categoría 'Política'

La carta final

¿Por qué es tan difícil seguir escribiendo cartas?...

1

Querida Elvira

Espero que al recibo de la presente estés bien. Por aquí todo como de costumbre, a Dios gracias. Estoy a la espera del tac ese que me mandó el médico, que está empeñado en que me lo haga, a pesar de que nunca he fumado. Y luego dirán que la sanidad es cara, como decía Joaquín Sorolla en su famoso cuadro de los pescadores.

Otra novedad es que reapareció el ratoncito aquel que acudió a comerse las migajas del roscón el último día que tomamos el te juntos. No se qué hacer para atraparlo. Quiero ponerle una trampa, pero me da pena. Siempre me acuerdo de Tom y Jerry. A veces me gustaría tener un alma tan fría como la de un ministro del interior, pero no lo consigo. Supongo que si Sanidad se entera de que convivo con un ratón me mandaría una brigada raticida, desinfectarían la casa, la precintarían y me recolocarían en una pensión de la calle del Pez, que es la típica operación humanitaria de los ayuntamientos. Qué obsesión por la salud pública. ¿Cómo les explico yo que cuando tú te vas sólo el ratón me hace compañía?

Aprovecho esta carta para decirte que estabas muy guapa la última tarde. Tan elegante como siempre. No se en cuántas cartas más podré piropearte, porque verás, se me habían acabado los sellos, he ido a mi estanco habitual y me han dicho que no les quedaban. ¿Que no les quedan?…¿Te imaginas a una farmacia que agota las tiritas? Raro, ¿no?. No me importó, ya sabes, el médico me dice que debo andar rodos los días al menos tres cuartos de hora. Busqué otro estanco, y me dijo, pásmate, que ya no venden sellos. Ni certificados de penales, ni esos impresos, timbres y esas cosas, que antes suministraban al personal. Se los ha quitado el estado, y claro, los estanqueros están que trinan. ¿Y cómo se compran sellos ahora, le pregunté? Pues en una estafeta de Correos, dijo. Dijo eso, la palabra estafeta, que ya no la dice nadie. Se ha quedado antiguo, como yo, que aún escribo cartas. Como las cartas, que ahora sólo llegan de los bancos, de las compañías de teléfono o de las eléctricas. Si es que a esos impresos horribles se les puede llamar cartas.

Ya sabes el afecto que te tengo, Elvira. Pero esta última carta es, entre otras cosas, para anunciarte que gracias a las medidas tan prácticas que imponen ahora, ya no voy a poder escribirte con la misma frecuencia. Además, con esta obsesión que tenemos por la seguridad es probable que los carteros, al ver una carta manuscrita, como a mí me gustaba hacerlo, crean que, lagarto lagarto, ahí hay un objeto postal no identificado, y lo manden a los Tedax. Y quizás no te llegue nunca. Ya sabes, el progreso.

Tendé que escribirte un SMS o un e-mail, como me recomiendan mis nietos. Perdona la grosería que voy a decir, impropia de un hombre de mi educación y de mi edad. Pero aunque tú seas una mujer maravillosa yo no podré decírtelo más por carta porque el progreso, que es tan útil, a veces se porta como un gilipollas. Y lo de retirar los sellos de los estancos es otra prueba más de ello.

En fin, no te entretengo más, pues supongo que tienes muchas ocupaciones. Deseándote que el año que acaba de empezar te conserve la salud y te traiga muchas buenas noticias para ti y los tuyos, queda de tí devoto y besa tu mano tu viejo amigo.

Homper

2
La carta final es una excelente película filmada en 1987 por un director poco conocido, David Hugh Jones. Está basada en la pequeña novela de Helen Hanff titulada 84 Charing Road Cross, que cuenta la entrañable historia de una relación algo más que amistosa forjada a lo largo de tres décadas por la correspondencia entre una americana y un adusto librero inglés. Ann Bancroft y Anthony Hopkins representan admirablemente sus papeles. Pero cuenta Homper que lo que en verdad le emocionó de esta historia es, valga la polisemia, el papel de la carta, el protagonismo de la literatura epistolar, el valor del mensaje escrito a otra persona. Ese depósito de confidencias y sentimientos que se abre con un rasgahojas con la misma emoción que la envoltura del mejor regalo.

Mejor dicho, que se abría.

Tempus fugit –piensa Homper- Y a veces, de la que huye, subraya con un toque humor amargo, tempus jodet.

Líbrame Señor de una muerte grotesca

/>1
Una de las ventajas de ir cumpliendo años es que vas asumiendo con naturalidad que esto se acaba. No es pesimismo, sino un realismo bien entendido, y que hasta suele coincidir con una sensación de fatiga. La fatiga de vivir.

La muerte alivia algunos notables inconvenientes. Y te libra de esos garbanzos en los zapatos que nos calzamos diariamente. Dejas de dormir poco para entrar en el sueño eterno, no hay que madrugar más, ganas la soñada exención de impuestos, no hay reuniones de la comunidad de vecinos en el más allá, no hay que leer el periódico ni castigarse soportando la gilipollez humana, no hay comisiones bancarias que medien en el tránsito, se deja de sufrir la ansiedad de la cultura o la necia dictadura de la moda, no hay que luchar más contra los abrefáciles que te amargan la vida. Tampoco se padecerá por la suerte del desempleo: estos parados no necesitan nada más que ser recordados. Y aunque no lo sean, tampoco se van a dar cuenta de ello.

2
No le importa tanto a este bloguero la muerte como las condiciones en que ésta se presente. La muerte digna no depende sólo de la ausencia de dolor, sino del momento y de las circunstancias. Hace años el Duende leyó en los periódicos una noticia casi surrealista que le dejó aterrado. Contaba una sección de sucesos que un campesino había muerto aplastado por una roca en el muy poco honorable trance de copular…¡con una gallina! Qué Némesis tan brutal, qué ridículo tan espantoso. Recientemente todos hemos contemplado, perplejos cual nuestro amigo Homper, cómo el pueblo norcoreano lloraba de forma histriónica la muerte de su líder Kim Jong-il. Al mundo occidental le resulta inexplicable semejante teatralización de la histeria colectiva por la desaparición de un dictador, pero los abducidos norcoreanitos quizás no lloraban por eso, sino porque, según se comentó en Herrera en la onda, la muerte le sobrevino al sátrapa mientras defecaba.

-¡Qué desprestigio! –se debía de lamentar su pueblo plañidero- ¡Pensar que nuestro líder ha muerto dando de cuerpo!…

Muerte, por favor: se más discreta cuando vengas a por el duende que suscribe.

3
La señora Olegaria era una mujer abnegada y trabajadora, y había dedicado sus últimos diez años a cuidar de su marido, un impedido que le anticipó a su amantísima esposa al menos cuatro años de purgatorio. Su marido había sido un borracho y un putero, pero eso no era eximente para el cariño de Olegaria, que era una buena cristiana. Se murió el marido, y Olegaria quedó viuda al borde de la indigencia. Días después de haber enterrado a su marido, su cruz y su llanto, murió en la calle de un ataque al corazón. Su cadáver fue levantado a las puertas del Monte de Piedad, y en el bolso de Olegaria se encontró una bolsita de papel que contenía dos alianzas matrimoniales y una dentadura postiza con tres piezas de oro. Tampoco fue la muerte digna que Olegaria se merecía.

La gallina violada, la muerte en el retrete y el triste bolso de Olegaria. Todo se le mezclaba en la cabeza al Duende cuando hacía algo aparentemente tan fácil como instalar unas protecciones de plástico en las esquinas de su plaza de garaje para proteger a su coche de roces y abolladuras de chapa. Qué ingenuidad la suya.

4
Doña María hablaba de las múltiples pequeñas cosas de espaldas al pueblo que le complican tontamente la vida al ciudadano. Y, puesto en faena, el Duende advirtió que las protecciones de plástico que la afamada firma Leroy Merlín le había vendido para proteger el cutis de su coche en el garaje pertenecían a ese género de ingenios imperfectos que no se explica cómo se venden. Para empezar –cosa tan obvia que se no se tomó la molestia de comprobar, craso error- uno esperaba que las protecciones formaran un ángulo recto, y se acoplaran a las esquinas como el dedal al dedo. Pero no: formaban un ángulo agudo, no se sabe en qué esquinas pensarían sus fabricantes. Durante la primera media hora de su ejercicio dominical, el Duende trató de abrir, primero manualmente, y luego a pisotones, el ángulo de las protecciones. Desgraciadamente, el grosor de las mismas las hacía demasiado rígidas.

El segundo inconveniente es que las protecciones venían sin adherencia. Y a falta de recomendaciones, uno pensó que un pegamento de contacto contundente las adheriría sin mayores problemas, incluso aunque las bandas de plástico no pegaran con la pared en toda su superficie. Compró un pegamento infalible que le recomendó un ferretero, recorrió con un reguero de pasta blanca los bordes de la protección y procuró encajarlo en su lugar. Al poco, el Duende comprobó que el pegamento de contacto necesitaba presión para hacer efecto, así que durante bastantes minutos presionó con manos, rodillas y pies esperando el éxito. Cuando ya empezaba a aburrirse de su vida, y a convencerse de que no merece la pena dedicar más tiempo a estas majaderías, dio por cumplido el trabajo y se dio la vuelta para subir a casa. Pero antes de llegar a la puerta del ascensor le sorprendió un ruido. Volvió la mirada y la protección de plástico estaba en el suelo.

5
Todo tiene su explicación –se dijo el Duende. El pegamento era demasiado denso, y la sección de salida del tubo no lo bastante ancha para que sirviera la cantidad suficiente. Subió a casa, cogió una sierra, bajó, seccionó el canutillo de aplicación por su base, apretó el tubo como si fuera un asesino de pegamentos, y como pudo embadurnó las paredes interiores de la puñetera protección de plástico para encajarla nuevamente y durante casi media hora presionarla para que se adosara definitivamente a la pared.

Entretanto sudaba, se irritaba y notaba que la la ira se iba apoderando de él. Empezó a acordarse de los padres y de las madres de Leroy y de Merlin, y también de las de los fabricantes de defensas, de las de los dependientes que no le advirtieron de que el plástico era rígido, y que de ángulo recto, nada. También invocó a la madre del que inventó ese pegamento de mierda, a la del ferretero que se lo colocó malamente y hasta a la del constructor del garaje, que no se sabe por qué con lo que cobró por venderlo no tomó la precaución de revestir las esquinas con blindaje de goma. Cuando parecía que la protección de plástico, al fin, quedaba fija, ésta empezó a alabearse por la mitad de su altura, y su base y su cabecera iniciaron un lento alejamiento de la pared, mostrando que aquellos hilillos de pasta blanca no servían para nada.

6
Entonces, la emprendió a patadas y a puñetazos contra la esquina. No se sabe si como postrer intento para pegar la protección y conseguir su objetivo de proteger el cutis de su coche o cabreado por aquella nueva demostración de que todo conspiraba contra él de espaldas al pueblo. Estaba indignado, enloquecido, poseso de una ira universal contra todo por haberle puesto en esa ridícula situación que le robó media mañana de un soleado domingo de enero. Por un momento pensó que en casos así a algunos les sobreviene un infarto de miocardio, y tienen que cerrar su biografía con una nota tan absurda como “murió tratando de poner, inútilmente, unas defensas en las esquinas de su garaje”. Luego se vio en la misma lista que el presunto follador de gallinas aplastado en el intento, o el dictador cagón, o la desdichada señora Olegaria.

Y se consoló pensando que, por el momento, se había librado de una muerte grotesca como la que, lamentablemente, podría sorprenderle en tantas situaciones peculiares que uno vive cada día.

Rajoy es la sorpresa del roscón

1
La sorpresa, piensa el Duende al despertar y escuchar las primeras noticias del día, no es que Mariano Rajoy nos suba los impuestos. Sabemos que estamos de vacas flacas. La sorpresa es que un tipo tan prudente como él y que ha tenido ocho años para estudiar los vicios de los gobernantes y los penosos efectos de sus compromisos incumplidos no se mojara un poquito menos en lo que ahora se vuelve en su contra..

-Yo os aseguro -podría haber remarcado con el silbido característico de sus eses deshilachadas- que si los números que nos cuenta este gobierno del PSOE son reales y el déficit público es el publicado oficialmente, no subiremos los impuestos.

Así de claro. La mayoría estaba tan convencida de que Zapatero era, sobe todo, un confitero de utopías, que no le hubieran regateado su voto. Y él no tendría que tragarse su primer marrón.

Pero es impepinable, hay piedras en el camino de los políticos en las que ninguno deja de tropezar.

2
Así que, por no amargarse el día, el bloguero decide desayunarse con algo que según el libro de Antonio San José, podría traerle una miajita de alegría. El libro se llama La felicidad de las pequeñas cosas, y en él hay un capítulo titulado: Comer churros. No es el mismo producto, pero sí parecido placer. Ahora, que se va a acabando la Navidad, aún nos queda esa otra gran pequeña cosa que es el roscón de Reyes. Sin relleno de nata, ni de crema pastelera, ni de marrón glasé.. El auténtico, el de siempre: el que hay que mojar en chocolate o en café con leche con la esperanza de que no se le vayan los churretones, barbilla abajo, a la pechera de la camisa. Y con la suerte añadida de que el buda de cristal que figura como sorpresa no le haga saltar alguno de sus empastes.

3
Los políticos siempre acaban sorprendiendo con sus bravatas, sus mentiras o sus donde dije digo, digo Diego. Las sorpresas de los roscones son más inocentes.

La del primer roscón de este año no era un hada Campanilla, ni un pez, ni un conejo, ni un rey mago, ni un caballito de mar, ni una mariposa, ni un caracol, figuritas exóticas que los reposteros van recogiendo en los bazares chinos para alimentar la fantasía de su roscón. La sorpresa es una ovejita de resina sintética sentada en la misma postura que poníamos en el cole cuando teminaba la etapa de las chapas o los cromos y llegaba la de las bolas. Puesto que estamos en época de vacas flacas, debe de ser una oveja flaca, como queriendo decir.

En aquel juego colegial el que tenía una bola de cristal vistosa, muy cotizada, la plantaba en el suelo y marcaba con pasos la distancia a la que había que golpearla con otra bola de piedra para poder ganarla. Si tenía suerte el lanzador, cascaba la bola de cristal con una de de las suyas y se la llevaba. Pero entretanto, el apostante iba acumulando proyectiles para poder salir luego a cazar otras bolas de cristal más preciadas.

El apostante de bolas se sentaba exactamente como la ovejita sorpresa del roscón. O sea, despatarrado en el suelo detrás de la bola en juego. Sus piernas abiertas recogían las bolas erradas que se estrellaban contra ellas. Una vez a Gómez, que llevaba pantalón corto, se le coló por la pernera una pedrada redonda lanzada por García, que era un poco bestiajo, y en lugar de cascar la bola de cristal le cascaron un huevo. Y eso dolía, qué caramba.

3
Pese a lo tonta que era la sorpresa del roscón, al Duende le ha ha hecho más gracia que la desagradable sorpresa que nos acaba de dar Rajoy. Este ha despatarrado innecesariamente a la oveja flaca demasiado pronto y muy descaradamente, exponiéndose a perder crédito por no haber sido un poco más perspicaz. Parece mentira, con lo matriculín que era en el cole, y lo brillantemente que ganó sus oposiciones a registrador de la propiedad. Pero la política es otra cosa. Los hay muy listos para los libros que luego fallan en los recados.

Paciencia. Y a ver si el próximo recado le sale mejor al presidente.

Feliz como el pavo que indultó Obama

En el campo donde el Duende pasaba las vacaciones de su infancia había ua tropa de pavos. Había que criarlos con mucho mimo: a los pavos pequeños, por ejemplo, no se les alimentaba con cualquier cosa. Se les suministraba leche cuajada con hortigas. Luego, de adultos, los pavos paseaban por el encinar y se ponían morados de bellotas. Pobres, finalmente se les asaba con manzanas, castañas y mucho coñac y estaban buenísimos.

A los pavos les gustaba pasearse en comitiva, con los machos al frente, que se vez en cuando se inflaban orgullosos y lucían su ridícula cascada de moco rojo que les colgaba como un chorro de gelatina por encima del pico. Parecían la corte de los Austria -por lo negro del plumaje- camino de una coronación. Orgullosos. El jefe de la comitiva cacareaba -no recuerda uno que exista palabra específica para el canto del pavo- y los demás le coreaban como unos pelotas. Al Duende le divertía mucho aquel desfile. Entonces imitaba el canto del pavo jefe, y la tropa le respondía como si en la realidad lo fuera.

El Duende es tan mayor que recuerda a los pavos en el mercadillo de la Plaza Mayor. Los madrileños compraban allí su cena de Nochebuena, como si los pavos de verdad fueran figurillas de nacimiento.Luego venía el sainete tgragicómico de la degollina: alguien tenía que ejecutar al pavo en casa. A veces el pavo rebelde se escapaba de las manos del verdugo y salía corriendo por el pasillo con la cabeza colgando y dejando a su paso un reguero de sangre. Todo muy goyesco, muy solanesco, muy de Berlanga. En una de las primeras películas del gran director valenciano se veían estas escenas de la Navidad de entonces.La película era tan tierna y tan ingenua que se titulana Felices Pascuas, ahora que hasta los católicos fetén olvidan el origen religioso de la celebración y felicitan “las fiestas”. ¿De qué fiestas se trata?, pregunta uno. ¿Tanto molesta la Navidad?

Más tarde se enteraría el bloguero de que los norteamericanos anticipan este ritual navideño el Día de Acción de Gracias. Los estadounidenses se comen ese día pavos grandes como avestruces, quizás para que quede claro que a pesar de las crisis siguen siendo la primera potencia mundial. Y de esa sacrosanta fiesta que tan magníficamente pintó Norman Rockwell y tantas veces hemos visto en el cine, lo que más le impresiona al Duende es que el presidente abandone por un momento sus altísimos quehaceres y que indulte a un pavo elegido no se sabe cómo entre todos los pavos de los estados de la unión.QUé privilegio.

Bueno, pues todo esto es para decir simplemente que en vísperas de la Navidad de 2011 el Duende se siente como el pavo indultado por Obama. Con la misma cara de pavo que tanto sorprende a los que le conocen, que, no sin razón, le consideran generalmente un tipo frío e inexpresivo. Pero también con la felicidad interior de sentirse librado de los males de nuestro tiempo. Libre de la enfermedad, libre del paro,libre del desánimo,libre de grandes depresiones. Sólo prisionero de afectos o amores de distinto matiz a los que quizás no sabe corrresponder precisamente por ser como un pavo Y, pese a las triquiñuelas de la informática, centro aún de la mirada de algunos amigos blogueros que todavía se aventuran a leerle.

Debería de confesar paladinamente que él si que puede sentir una Feliz Navidad, y que le gustaría que todos los que le felicitan en sus comentarios vivieran al menos algo parecido. Debería decirlo sin timidez, con alegría y firmeza, como anunciaron los ángeles aquéllo de paz a los hombres de buena viluntad Pero ya lo ha recordado varias veces: es tan pavisoso y está tan sorprendido por la serenidad de su estado de ánimo que no es capaz de ser más elocuente que el pavo indultado por el presidente de Estados Unidos

Pues eso: Feliz Navidad les desea un pavo afortunadamente indultado.

Un conocido llamado Jesús Posada

Señor Presidente del Congreso: que Dios le conserve la salud para domeñar a esas fieras que van a por usted...

1

Creía el Duende de niño que los presidentes del Congreso, como los ministros de Fomento o de Instrucción Pública, debían lucir bigote y gruesas patillas, cuello duro y levita. Pensaba que sólo vivían en medallones o en fotografías de los libros de Historia, acaso modelados en piedra, el en rincón de un parque o al lado de una fuente. Pero lo mismo que ahora el Rey se accidenta como cualquier humano y tiene que salir a la calle disfrazado de vendedor de cupones de la ONCE, el presidente del Congreso actual parece un señor de lo más normal, aunque con abrigo bueno de piel de camello. Así se lo encontró por la calle la última vez, en los aledaños del Retiro.  Es deSoria, aunque si se le mira bien tiene cara de primer ministro egipcio.

El Duende da fe de que fue joven. Fueron jóvenes los dos: Jesús Posada y él, aunque ninguno de los dos parezca que lo fueran, porque hay gente que abrochamos directamente la infancia con la madurez otoñal, y pasamos por la etapa de la rebeldía como el sol por el cristal. En su memoria se ve compartiendo con  taxi con él una madrugada de la década de los 60,  con alguien más, para abaratar el viaje. Regresaban de algún guateque en casa de algún amigo o amiga común. No es que fueran en taxi por haber libado en demasía, sino porque entonces casi nadie tenía coche. Hasta entonces  no se conocían de nada, aunque tuvieran la sensación de conocerse de algo. Luego se lo reencontró en la radio, cuando Posada ya era presidente de Castilla y León o ministro aznariano y el Duende sólo un peón de brega en la cuadrilla de Gabilondo, en la de Julio César Iglesias, en la de Antonio Jiménezel hombre  que no conoce las canas- o en la de Olga Viza.

Tanto le falla la memoria al Duende que no sabe si quizás el superpadre de la patria fuera invitado alguna vez  a la añorada Verbena de la Moncloa. Pero el caso es que aquel día de marras se cruzaron por la calle de Alfonso XII, se sonrieron, se detuvieron y se saludaron.

-No se si te acordarás de mí, Jesús- dijo el Duende presentándose con su nombre.

-Oh, sí, claro- respondió el político- Cómo no me voy a acordar.

2

No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que no tenía ni puñetera idea de quién era el ciudadano que le saludaba. Pero el hombre estuvo afable, soportó la historia del taxi, llegamos a la conclusión de que no podíamos haber coincidido en Soria, ni en Zurich, donde este menda no ha estado nunca, ni en el mismo pupitre del colegio, porque esas cosas no se olvidan nunca. Y el Duende recordó las veces que a él mismo le habían saludado oyentes de la radio adictos –ahora en RNE les llaman escuchantes, eufemismo que le resulta de insoportable cursilería- sin ser él capaz de fingir que les conocía como si fueran imprescindibles para su vida. Es la servidumbre de los que alguna vez se han subido a un estrado, o han hablado en público, o han salido en la tele, o han sido conocidos, famosuelos, chisgarabises de distinto nivel, personajillos. Tienen la necesidad de seguir cayendo bien, porque se deben al llamado respetable. Gulp.

3

Luego el Duende, a solas consigo mismo, se preguntaba: ¿a cuántas personas llamamos conocidas, aunque no conozcamos de ellas más que su nombre, o a veces ni siquiera eso? ¿Obliga eso a  saludarlas por la calle, a felicitarlas por Navidad? ¿Hay que alegrarse de sus éxitos y llorar sus fracasos? ¿Deberemos ir a su funeral si mueren antes que nosotros? Y se ponía la mano en el corazón para responder al siguiente dilema moral: qué preferirías, que te tocara la lotería…¿o que a este conocido que no lo es tanto le atropellara un repartidor de pizzas y le partiera una pierna?…El final lamentable de la truculenta hipótesis es que el actual Presidente del Congreso debía apoyar una de sus muletas en el pupitre de la Biblia, porque tenía que jurar su cargo con la pierna escayolada. Qué inconfesable miseria moral la del Duende.

Por cierto, casi mejor que no le haya pasado nada. Mejor que esté sano y con fuerzas para no permitir que los diputados de Amaiur, qué buenos amigos, le retuerzan esos  honorable cataplines que nos representan a todos. Bastará con que el nuevo Presidente del Congreso aplique el reglamento. Por imperativo legal,  valga la redundancia.

Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

1

Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

2

Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

3

Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

4

No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

Cristiano y Cerezo se mosquean

¿Crisis? ¿Cambio climático? ¿Reforma laboral?...Lo que de verdad nos importa es el fútbol

1

Reconoce el Duende que lo de que su Atleti le gane al Madrid le parece ya un imposible metafísico. Resignación y mirar a otra parte: tampoco hay quien redima a la especie humana de su cuota de estulticia congénita, y la cosa se acaba soportando.

Si hay una subespecie del hombre que el bloguero odie sin remisión es precisamente la del llamado hincha de fútbol ultra, que suele reunir en sus comportamientos necedad, mala educación, pésimo gusto y a veces (como cuando se burlan a coro de jugadores del equipo contrario muertos) auténtica crueldad. El Duende dejó de ir a los estadios por no sufrirlos.  Pero toda regla tiene su excepción. Borricos son los ultra del Madrid, como todos los de cualquier otro equipo. Pero sin embargo el pasado sábado tiraron de ironía y de sentido del humor y, sorprendentemente, desplegaron una pancarta que tenía su gracia. Su mensaje era: SE BUSCA RIVAL DIGNO PARA DERBY DECENTE.

2

Derby es una ciudad inglesa donde se corría una carrera de caballos que debió de ser muy importante. Sin duda por el interés que esa prueba despertaba, de allí extrapolaron los comentaristas deportivos el nombre de Derby, que, por enfatizar, aplicaron a los partidos de fútbol entre los grandes equipos de la misma ciudad. Para los ajenos al fútbol: en el argot futbolero, un Madrid-Atlético es un derby, mientras que un Madrid-Barça es un clásico. Y el drama del Atlético de Madrid es que hace ya doce años que no le gana un solo derby a su rival, el poderoso epulón de la calle Concha Espina. En muchos ellos perdió merecidamente, pues ante los blancos solían borrarse de miedo o por simple desinterés, cosa muy de este giliclub de ciclotimias exasperantes. En el último partido sin embargo presentaron mejor pinta, hasta que los imponderables le dejaron donde solía. Qué manera de perder, que canta Sabina.

El caso es que por unas cosas y otras perdía, como de costumbre. Y en estas que en el fondo donde se alojan los ultras merengones  exhibieron la pancarta de marras. Sin duda, lo mejor que podía esperarse de esta fauna, pero lo  más humillante para  los ultras rojiblancos que carezcan de sentido del humor.

3

Lo que sigue se puede contar así. Dos días después se encuentran en un acto Cristiano Ronaldo, delantero del Madrid, y Enrique Cerezo, presidente del Atlético, hombre encantador y educado que se distingue sobre todo por no comprometerse casi nunca diciendo nada notable. Cristiano está dolido porque fue objeto de una tarascada de Perea, un defensa rojiblanco de los que siempre se adjetivan como “bravos”, y no se muerde la lengua.

-Quedan réditos de las patadas que me dieron –le dice al presidente quizás mostrándole el tobillo hinchado.

-Vosotros también pegáis- replicó el siempre sonriente Cerezo- Y a la pancarta sólo le faltó añadir: el árbitro lo ponemos nosotros.

O sea, que se enfadaron.

 

4

Un enfado no es noticia. Alfonso Guerra  y Bono se han enfadado estos días con la ministra Chacón. Granados se ha enfadado con Esperanza Aguirre por destituirle. Los autores se han enfadado con Tedy Bautista porque este no había repartido la modesta cantidad de 145 millones de euros  acumulados por la SGAE que probablemente les corresponden. Y en Madrid los comerciantes chinos se enfadan con el Ayuntamiento porque no les da licencia para vender bebidas alcohólicas, un filón ahora que la juventud está más desesperada que  nunca.

La noticia es que este rifirrafe futbolístico, que hoy reproduce MARCA en su edición digital, había  provocado a esta hora la  cantidad de …¡3.166 comentarios!

5

El Duende estaba orgulloso comprobando que su post de hace unos días titulado Espejos rotos había recibido nada menos que 18 comentarios, gracias, sobre todo, a la oleada emocional que provocó la muerte de un perro surrealista llamado Bob de C´as Barber. Qué ternura la de aquel colaborador con el que contaba el Duende. Lo mismo hablaba del sol, del mar, de los higos dulsesitos, de la primavera o del sinvivir de los días, destilando en su lenguaje esencias de poeta. Pero se ve que, con ser importante su mensaje y triste la noticia de su muerte, aquí lo que de verdad interesa no es ni la crisis, ni el déficit ni el cambio climático. Y menos aún la poesía.

Fútbol, fútbol, fútbol, panem et futbolenses para el presunto homo sapiens. Lo demás y los demás somos mucho, o creemos serlo. Pero para qué engañarnos, al lado de Cristiano Ronaldo y demás pobrecitos del orbe futbolero,  no somos nadie.

Punset y el meñique dolorido

Eduard Punset es un genio que tiene remedios para casi todo...

1

La puñalada trapera que cada día nos tiene reservada la existencia puede sobrevenir de la manera más tonta. Por ejemplo, esta mañana el incauto Homper no se acordó de que andaba descalzo por su habitación, y de que la pata de la cama estaba justo allí, velada por un edredón generoso que llegaba hasta el suelo. Hizo un movimiento inoportuno, metió el pie izquierdo por la zona prohibida y de repente el dedo meñique chocó violentamente contra ese obstáculo criminal y dolorosísimo que sustenta la paz de nuestro sueño.

-La madre que la parió –clamó para sus adentros mientras veía las estrellas.

Qué absurdo, invocar a la madre que parió a una pata de una cama desalmada. Pero en esos momentos de dolor intenso y súbito, sin saber qué harán los demás, Homper presume que la reacción natural del hombre es desahogarse con algún insulto, algún exabrupto, algún epíteto malsonante. Durante algún tiempo, en ocasiones como esas, Homper prefería una frase tan absurda como me cago en los cojones de Witiza, pero ahora es consciente de que ese desahogo puede no ser respetuoso, ojito con los radicales, que siempre hay un integrista de mal carácter dispuesto a amargarte la vida por una chorrada de este jaez. Así que cargó contra la pobre madre de la pobre pata de la pobre cama, qué culpa tendría ella de estar allí, y se sentó sobre el lecho para apretarse el meñique contusionado mientras trataba de imaginar qué remedio cerebral aplicaría el gran Eduard Punset en este trance.

2

Punset no dejó una profunda huella en el recuerdo de los españoles mientras fue ministro. Es cierto que le aureolaba una cierta fama de tipo original y genialoide, y que irradiaba simpatía, pero posiblemente esta no trascendió de la clase política o de los sectores empresariales entre los que se movía. Sin embargo supo alejarse del poder y reciclarse como divulgador científico. No sólo eso: gracias a su personalidad ha caído en gracia  hasta haberse convertido en un icono mediático. Suena un poco gilipollesca la expresión, pero es así.

Homper confiesa que nunca sabe si lo que divulga tiene mucha base, pero está convencido de sin duda tiene mucho encanto, y de que la gente está deseosa de escuchar remedios casi esotéricos como los que él predica. Eduardo Punset, que ahora es Eduard, hace uso de su magnífica voz, de su expresión de niño maravillado , de su limpia sonrisa y de ese cráneo einsteniano que envuelve su indudable talento para vender felicidad a nuestro alcance con el mismo poder de seducción que si fuera un genio bueno de El señor de los anillos. No sabe Homper si ha sanado con  sus charlas y sus libros muchas almas malheridas o si es la  reencarnación de un placebo colectivo, pero algo tendrá su agua cuando tantos la bendicen y hasta Bimbo le convierte en estrella publicitaria para vender más pan de molde. Nunca nadie pudo imaginar que un ex ministro llegara a tanto. Homper recuerda que hace unos años le escuchó a Antonio Gala sorprenderse del enorme impacto popular y emocional que inopinadamente había conseguido con su literatura.

-En muchos sitios donde voy a firmar mis libros –dijo el escritor- me quieren, me aclaman y me pasean como si fuera un santo.

Afortunadamente, piensa nuestro Hombre Perplejo, no sólo de artistas de cine y de futbolistas se alimenta nuestro imaginario.

3

La esperanza es que ayer mismo, Homper había leído en un  colorín dominical el consultorio en el que Eduard Punset hace de Señorita Francis, pero más ilustrado, y responde a los seguidores que le cuentan su problema. ¿Qué hacer para superar el desamor? –le planteaba alguien. Y Punset responde: “según los neurocientíficos, volver a enamorarse”. O sea, algo tan viejo como aquello de que una mancha de mora con otra mancha se quita. Pero luego viene lo novedoso, el hallazgo de los sabios del alma y del cerebro. “Para volver a enamorarse, hay que desaprender”.

4

Desaprender es la clave. Se podría decir olvidar, que es más sencillo, pero psicólogos y publicitarios se han tomado la molestia de enrevesar lo evidente y ahora no olvidamos, sino que desaprendemos, que queda mucho más científico y mucho más fino.

Y Homper se ha quedado perplejo de la eficacia de tal simpleza, pero la receta de Punset le ha despejado el horizonte. Ahora él sólo tiene que desaprender a moverse descalzo alrededor de las patas de la cama. Y, por qué no pedir más peras al olmo, solicitar a las terminales nerviosas del cerebro que, si no les sirve de molestia, le permitan también desdolerse de ese golpe que le ha machacado el meñique.

Espejos rotos

Definitivamente, no eran de fiar esos espejos maravillosos que vendieron al pueblo ingenuo...

1

Aquella mañana a Homper le dejó perplejo la imagen que le reflejaba el espejo. Donde antes veía a un hombre mayor pero alto y bien parecido, tipo Clint Eastwood o Harrison Ford, ahora se veía él. Un ciudadano corriente que no guardaba más parecido con las maduras estrellas de Hollywood que el color de su cabellera. Qué decepción.

Llamó a la vecina de arriba, Barbarita.

-Hola buenos días, vecina.

-Por decir algo.

-¿Cómo te ves?

-Fatal. Me estaba mirando al espejo cuando por detrás apareció  un motorista y me entregó la carta de cese.

-No me digas.

-Ya te digo. Y no sólo eso, sino que a continuación me requisó el coche oficial para subastarlo

Barbarita había sido hasta ese momento Consejera de Buen Rollito, un departamento fundamental para vertebrar las políticas sociales de la Comunidad Autónoma. Hasta ese momento había llenado muchos reportajes en revistas y colorines  dominicales con sus audaces propuestas para hacer más moderno y progresista nuestro estado de bienestar. Pero ahora la carta de cese citaba argumentos como la crisis, el déficit y la ejemplaridad para amortizar su puesto y darle la patada.

-Indignante –rezongó entre sollozos- Tan mal me ha sentado que he lanzado contra el espejo el tarro de caviar que abrimos anoche.

2

Los espejos parecían haberse vuelto locos, y se rebelaban contra los que en ellos se miraban. En lugar de reflejar la Arcadia feliz, el país de Jauja y el cuerno de la abundancia se empeñaron en devolver la imagen de una cruda realidad que nos remitía a los años de posguerra.

Alarmado por lo que le había contado Barbarita, Homper siguió llamando a sus vecinos, y se fue enterando de otros casos anómalos de espejos insurrectos. Benito Córcoles, que había conseguido una beca oficial  para desarrollar en Nueva Zelanda su tesis doctoral sobre Una muestra de la evolución de las especies de baile en el marco de la globalización: afinidades rítmicas entre la jota aragonesa y la danza de los maoríes vio esa mañana en el espejo algo bien distinto.

-Es la ostia, Homper- dijo. No le bastaba con el acabose, o el colmo, tenía que ser la ostia, que es la palabra/comodín de moda para los que hablan mal- Yo que soñaba en vivir como un príncipe y pasarme un año de puta madre en las antípodas me he visto a mí mismo labrando un campo de cebollas en los alrededores de Parla. Y no creas, con azada. Ni siquiera un tractor ni un motocultor…¿A dónde vamos a llegar?

Finalmente Homper se enteró de que al pequeño Iván, un niño que esperaba pedir a los Reyes un videojuego, una bicicleta y una pulserita para Disneylandia, el espejo también le dio una desagradable sorpresa. Salió el chaval de la ducha, y al limpiar con la toalla el vapor de agua que lo empañaba, distinguió entre las brumas a un tipo barbado con aspecto de Melchor de pacotilla de esos que improvisan en los comercios de medio pelo cuando llega la Navidad. El fantasma traía en sus manos un caballo de cartón.

-Lo siento, Ivancito –le dijo mientras se lo daba al niño- No es lo que esperabas, pero de verdad que no hay para más.

3

Todo parecía reflejar una desagradable realidad. Pero aún fue peor lo que pasó a continuación. De repente, el espejo de Homper, el de Barbarita, el de Benito Córcoles, el de Ivancito y todos los demás espejos en los que se miraba la gente estallaron en mil pedazos mientras atronaba desde la bóveda celeste una voz burlona con ecos apocalípticos.

- Todos como Ivancín…¡Sois como niños!–dijo la voz tonante antes de prorrumpir en una siniestra carcajada.

Y en lugar  de aquella utopía engañosa que habían venido reflejando hasta entonces, por la ventana de los espejos rotos asomaron los espectros de todos los irresponsables, políticos, banqueros, especuladores, mercachifles y demás tramposos que habían suministrado al pueblo ese otro opio llamado por algunos estado de bienestar.

Un rayo de sentido común

Rajoy de niño ya tenía cara de empollón. Mejor: si alguien quiere ser presidente de gobierno, que se lea antes los papeles...

1

Homper hacía tiempo que no se quedaba perplejo por un motivo así. Cuando comunicaron los resultados del escrutinio, primero se pellizcó para comprobar que estaba despierto, y luego se rascó la cabeza con gesto de catador de vinos. O sea, pasmo, extrañeza, cierta sensación de que el triunfo de Rajoy tenía más gato encerrado que el deber de enfrentarse al caos. Finalmente Homper ensayó postura de pensador de Rodin  y dijo solemnemente para sí mismo la filosófica frase del día.

Ergo quedaba sentido común!….

Como Homper está jubilado y es de esos pelmas que se empeña en hablar de todo con el primero que se encuentra, repitió la frase cuando el tendero del barrio, luego de despacharle el pan, el periódico y la leche, le preguntó su opinión sobre el resultado de las elecciones. Y comprendiendo que el tendero no sería partidario seguramente del triunfador, añadió que lo del sentido común no era tanto porque el pueblo haya elegido la mejor opción como porque, desde luego, ha querido reprochar al PSOE sus dos legislaturas de desafueros.

-Va a se que sí, señor Homper –le dijo el tendero- Mi madre al principio de escuchar a ZP le parecía muy majo. Pero de la que empezó a romper todo lo que ya teníamos medio arreglado en España dijo: este chico no se ha leído los papeles.

2

Leerse los papeles, pensó Homper. No está mal visto, caramba. Mariano Rajoy no ilusiona, no vende glamour, no dice frases hermosas como aquello de que la tierra sólo es del viento, es visceralmente incapaz de seducir a Ana Belén, a Bosé y a Almodóvar. Pero da la impresión de haberse leído muchos papeles antes de rechazar su plácido futuro de registrador de la propiedad para embarcarse en el arriesgado empeño de presidir un gobierno en España.

-Y mira que el ZP tenía labia. Pero…¿por qué no se leyó los papeles que hay que leer para saber donde te metes y qué terrenos pisas?

3

No se leyó libros de economía y le estalló la crisis. No hizo las cuentas bien, ni se tomó el trabajo de calcular lo que tenía para gastar. Política energética, Plan Hidrológico, Informes PISA sobre Educación…¿de verdad leyó algo de todo eso?  Tampoco debió de haber leído a fondo la Constitución, pues la reventó él mismo después alentando estatutos imposibles. Pasó de Europa y de toda política exterior que no fuera Castro, Chávez y su fantasmagórica Alianza de Civilizaciones y así nos luce el pelo. Y, oh, sorpresa, en su gobierno y en su partido no hubo nadie con el suficiente peso y el valor necesario para darle un toque de atención y recordarle que hay que leerse bien los papeles antes de tomar decisiones importantes.

-¿Era lógico que el pueblo confiara en Rubalcaba, el mismo que ha secundado sin chistar todos los disparates de un jefe que se creía como Alicia en el país de las maravillas?

Faltó en los derrotados preparación y percepción de la realidad. Y faltó valor y autocrítica en el partido que los apoyaban. Homper piensa en cambio que lo que  no ha faltado es sentido común en el electorado, que harto ya de vendedores de crecepelo y utopistas de cristal prefiere ahora a un tipo serio que al menos se leerá los papeles.

 

 

Primas de riesgo y nietas de alivio

El Duende espera que sus nietas también consideren algún día que lo más importante de su vida fue aprender a leer...

1

Oye hablar uno ahora de la prima de riesgo y se echa a temblar. Pero qué distinta era la cosa entonces, cuando una prima de riesgo sólo podía ser una chica maciza y repintada, con melena larga, un jersey de punto bien ajustado y una de esas minifaldas con las que Mary Quant perturbaba a la juventud de la década de los sesenta del pasado siglo. Mini pool y mini falda, o sea, mucha pechera y generoso muslamen. Cuanto más se reducía la ropa de ellas más se agrandaba la tentación. Qué peligro.

-Es una prima segunda a la que yo no conocía- dijo su amigo Luis- Pero está buenísima.

Luis.G.G., hoy un honorable abogado en ejercicio, era entonces una manada de búfalos concentrado el cuerpo de un fornido jugador de rugby. Como a Terencio, tampoco nada humano le era ajeno, pero lo menos ajeno de todo le era justamente aquello, que a poco que se desmandara se convertía en estampida. Recibió a la prima segunda con una alegría inusitada, como si se hubieran esperado el uno al otro toda una vida. Ella venía a Madrid a estudiar, como hacía  entonces las chicas bien de provincias. Algo estudiaría, pero los fines de semana se refugiaban en las oscuridades de lo que entonces se llamaban bôites y él le aplicaba el saber del pulpo para recuperar en una noche todo el tiempo perdido durante tantos años de no conocerse.

-Se va a dejar las gafas en el escote –avisó una amiga de la prima, que era la que hacía pareja con el Duende aquella tarde.

La pasión, que le cegaba al primo.

La amiga de la prima era otra cosa, y por eso iba de pareja del Duende, que no sabía qué hacer cuando se veía en un antro de aquellos y no le gustaba lo suficiente la chica como para bailar con ella. Además, se sentía carabina. Mientras los primos, inmisericordes, se metían mano, y hasta las gafas, la amiga, que era hija de un coronel, le contaba cómo era su vida en Lérida, bastante aburrida por cierto. La prima de León tenía riesgo, entonces alguna también se quedaba embarazada. Pero a la amiga el único riesgo que uno le veía era el aburrimiento. Como además no se parecían en nada a Audrey Hepburn, el Duende sólo quería escapar de ella y de aquella cueva oscura para ventearse en el aire fresco y libre de la noche.

2

Se sorprende a menudo el Duende repasando la mutación de las palabras por el abuso de las mismas. Nadie que no fuera economista  sabía  hasta hace poco qué era una prima de riesgo. Pero ahora el Duende se despierta a las siete de la mañana y lo primero que escucha son noticias de la prima de riesgo. La prima de riesgo nos persigue.

Podían contar que ha posado en Interviú como Terelu Campos, que se ha inyectado mármol en polvo para quedarse con cara de biscuit como  Nicole Kidman o que estrenará un tanguita con sabor a cereza la noche de San Silvestre. Pero todo lo que podía ser una fantasía más o menos sugerente se convierte en una puñalada a la moral patria. Esta prima y este riesgo nada tienen que ver con las del refrán (ya se sabe: a la prima, se le arrima). La crisis que nadie entiende pero de la que todos hablan, ha hecho que la prima de riesgo de España se salga de madre, que todos seamos más pobres y que el futuro nos espere con la guadaña más afilada que nunca. El Duende se ha olvidado las primas con curvas provocadoras y ya le ha puesto  a esta cara de malvada. Ahora la prima de riesgo es como Judith Anderson, aquella pérfida con nariz de rapaz, verruga y moño que hacía de señora Danvers enRebeca.

-Jesús, qué prima más insoportable –se dice mientras ventila la habitación antes de hacerse la cama.

Nunca mejor dicho.

3

¿Habrá también nietas de riesgo? –se pregunta el Duende mientras se sienta al lado de su querida Marina. Si se va a generalizar la costumbre de acompañar a la palabra que designa a un familiar una característica o un adjetivo, esta niña es ahora más que nunca una nieta no de riesgo, sino de ilusión o así.

-Abuelo, ya se leer –le anunció el otro día con la voz trémula y febril. La niña era prisionera de unas feroces anginas.

No ha sido nada precoz, porque va a un colegio de esos que considera que cada cosa a su tiempo, y que no hay que precipitarse. Modernidades. El abuelo de Marina aprendió a leer a los cuatro años. A esta misma edad su nieta, como cualquier niño de hoy, sabía manejar el mando de la tele, del DVD, el I Pad, o como se escriba, y, cómo no, el móvil. Pero ha tenido que esperar a los seis para sentir la emoción de decir las palabras escritas. También cambia la pedagogía.

4

La criatura no estaba para celebraciones. En realidad era su abuelo el que lo estaba, pues se acordaba de las anginas que padeció en su infancia, y de lo mucho que leyó a cuenta de ellas en la cama, y le emocionaba pensar que ahora su nieta iba a entrar en el maravilloso mundo de Andersen, de los hermanos Grimm o de Perrault con sólo seguir el camino que dejan las letras.

-Ya verás qué bonito cuando leas los cuentos-le dijo mientras acariciaba sus mejillas calientes,

Tampoco estaba Marina para historias, porque la modorra le cerraba los párpados. Pero como quería mostrar sus habilidades, hizo un esfuerzo y, conteniendo el moqueo, consiguió leer los primeros versos de su vida que alguien le había escrito en su cuaderno:

LA NIÑA MARINA / HOY TIENE ANGINAS/QUE SE VA A CURAR/ CON MEDICINAS

Los leyó lenta, muy lentamente, y con los previsibles titubeos. Pero al acabar sonrió.

El autor no era precisamente García Lorca, sino un tipo feliz de ver que la niña manejaba ya la llave mágica de las palabras. Menos mal, porque puede que tengamos que seguir soportando a esas  primas de riesgo que nos tienen el alma en vilo. Mas para compensar tanta zozobra, tambien aparecerán cada día nietas   de alivio,  niños  y niñas que acaban   de descubrir el encanto  de la lectura y que a partir de ese momento podrán emocionarse como nosotros con el ensueño de la literatura.

 

El cuento de Rubalcaba y el colador chino

Fui el primer escritor que identificó a Rubalcaba con un colador chino, pero la cultura oficial no supo apreciar mi imaginación...

1

Debo decir que soy un aprendiz de escritor. Me apunté a una escuela de Escritura  Creativa, donde una profesora muy atractiva y un argentino calvo me contaron más o menos que escribir puede ser sólo cuestión de estilo, pero que para ser escritor hace falta haber viajado, haber leído muchísimo, conocer algo de algún tema interesante  y, como poco, tener mucha imaginación. Lo primero y lo segundo quedaban fuera de mi alcance,  de lo tercero  sólo se que no se casi nada. Y  no me puedo imaginar cómo se gana la imaginación. Al nacer me encontré con lo puesto, y no se si he sido capaz de desarrollarla. Sólo se que se me ocurren algunas cosas que los demás consideran extravagantes.

Por ejemplo, veo una cara y enseguida  la interpreto de una manera original. Muchas de las caras me llevan a objetos. Algunas otras, a especies animales y, más aún,  a otras ideas inverosímiles.  He visto caras de  de ardilla, de picaporte, de nenúfar, de cumulonimbus  y de signo de interrogación. Otras caras me sugieren procesos químicos o incluso sucesos históricos. La dueña de una papelería de mi barrio tenía cara de electrólisis, y el sastre que  hizo mis primeros pantalones a medida llevaba en su rostro el Compromiso de Caspe. Se que es difícil que en un rostro se pueda ver el Compromiso de Caspe, pero eso es porque no nos lo proponemos. Si a alguien  te dice que hay que ponerle una cara humana a ese  hito histórico, encontrarás a algún Compromiso de Caspe andante en el mismo tramo de la calle  donde vives.

2

Lamentablemente, este es tiempo de decepciones. Pensaba que ahora que  con la crisis se recorta todo se iba a primar al menos la imaginación. Eso pensaba  cuando mi escuela de Escritura Creativa  convocó entre sus alumnos un certamen de cuentos imaginativos. Lo de imaginativo ya se que es una redundancia, pero la secretaria de la escuela no lo tuvo en cuenta, y lo incluyó en las bases del concurso. El cuento ha de ser imaginativo.

No pareció muy serio, pero lo di por bueno porque quería ganar el premio como fuera.

Inicialmente se me ocurrió una historia de trasfondo político. La historia era la de un tirano sudamericano que después de haber abusado de todas sus secretarias y de haber violado a varias campesinas previamente aleccionadas por un corrupto funcionario del Catastro, empieza a notar que le gusta uno de los centinelas del cuerpo de guardia del palacio presidencial. Entonces el tirano se da cuenta de que no es que haya salido del armario, sino que desde niño llevaba encapsulado en su cuerpo un organismo de mujer.  Se va a Nueva York  para que le hagan una operación de cambio de sexo, y una vez convertido en señora presidenta se casa con el centinela.

Pero ¡ay!, la feminidad suaviza sus formas y cambia sus sentimientos. En el filo del  bisturí del cirujano debía de haber una semilla de ternura que fructificó dentro de ella. Así que se convierte en una mujer sensible, delicada y volcada en los demás, por lo cual pierde categoría como tirano/a. ¿Dónde voy ahora siendo una tirana de buen corazón? –se pregunta desolado/a ante el espejo al ver que ha perdido su identidad.  Consciente de que su personalidad se ha desleído y de que ya no es nadie, se tira a su amado centinela por última vez, lo estrangula en el momento del orgasmo y continuación se mete en la bañera llena de agua caliente y se abre las venas con el canto de un CD de Armando Manzanero. La tirana descafeinada muere desangrada mientras escucha Esta tarde vi llover.

Lamentablemente, aunque se me ocurrió, no llegué a escribir el cuento. Lo que propició la siguiente decepción.

3

En cuento que presenté al concurso, el protagonista es un asesor de imagen de Rubalcaba. Se podría decir que, como yo, es un hombre de ideas desconcertantes. Pero,  a diferencia de mí, él es osado y persuasivo, capaz de venderle hielo a un esquimal. Un día mientras compra unas pilas en un bazar  ve en la sección de menaje del hogar un colador chino y siente que su mente se ilumina. De repente ha descubierto que Rubalcaba tiene cara de colador chino. Hasta el momento le veía un cierto aire de Fu-Manchú de película de serie B, pero ahora comprende que en realidad es un colador chino humanizado.

-Eso será el mensaje que debe transmitir en la campaña. Y así es como debe presentarse en el debate, porque los coladores chinos hacen maravillas.

El asesor convence al jefe de campaña de Rubalcaba para que el candidato corrija los ya conocidos movimientos de sus manos de la siguiente forma: en una de ellas mantendrá el colador chino por el mango, mientras con la otra hará la mímica de coger los problemas que tiene España, meterlos en el colador y depurarlos en éste manejando el émbolo de madera con el que los machaca hasta reducirlos a algo suave y ligero que la crisis sí puede digerir. Rubalcaba es un experto ilusionista, y con su colador chino los males de la patria pasarán fácilmente.

4

En el cuento le compraron la idea, y Rubalcaba no sólo ganaba el debate con Rajoy, sino también las elecciones generales. Rajoy, por cierto sólo tenía cara de puño de paraguas antiguo, a la que era difícil sacarle partido. Es comprensible que pierda: sólo llueve de de vez en cuando, y además los puños de paraguas de ahora ya no dicen nada.

Pero el jurado del Premio del Cuento Imaginativo no le prestó la menor atención a mi cuento. Uno de sus miembros me comentó off the record  que era una soplapollez, y que lo del realismo mágico o el surrealismo hiperbólico estaba pasado de moda. El premio se lo acabaron dando a un cuento titulado El transexual de las flechas. Era una historia calcada de la que yo deseché, con la única diferencia de que el protagonista, en lugar de tirano sudamericano, era una falangista de los que tiñeron de sangre nuestra agitada memoria histórica.

-Eso ahora vende mucho más, muchacho.

5

Qué  nueva decepción. Tanto fomento de la escritura creativa para acabar en esto.

Y qué falta de perspicacia la mía. Ahora sólo soy un aprendiz de escritor, y la cosa puede pasar. Pero cuando sea un escritor de verdad no volveré a obcecarme con metáforas como la del colador chino, que sólo los tipos raros como yo apreciamos. Únicamente escribiré más  historias truculentas del franquismo, que es el venero más seguro de la literatura actual y, además,  lo que se premia.

Es una pena claudicar así a la moda. Porque si, valga la redundancia,  llego a colar lo del colador chino de Rubalcaba,  quizás los expertos en comunicación se habrían dado cuenta de que hay formas de animar esa cosa tan aburrida y previsible que son los debates electorales.

Películas pequeñas

Para hacer una crítica de una película, pequeña o grande, no hace falta hacer un alarde de erudición1

De vez en cuando los críticos de cine descubren una película pequeña. No se trata de un cortometraje, ni de cine para niños. Tampoco de un filme necesariamente de producción barata, por más que en la mayoría de los casos así sea. Llaman así a las películas sin pretensiones, amables, fáciles de ver y de entender. De las que no buscan hacer filosofía ni revoluciones, arreglar el mundo o contribuir a la náusea universal fustigando nuestras conciencias. A lo sumo, fina ironía y sátira que se queda en cosquillas.

No suelen firmarlas cineastas de renombre, y raramente actúan en ellas actores oscarizables. Nos cuentan la vida de un guardagujas, los amores de una peluquera o la vida en un aburrido pueblo de Gales o en un cuartelillo de la Guardia Civil.. Salen actores gordos, ancianos que cultivan sus flores y hortalizas con verdadero mimo, señoras cocinando salchichas, trenes de cercanías,  niños que tiran piedras al río, conflictos de portería y demás cuadros costumbristas que, por puro contraste con el mundo que podemos ver diariamente a través de los medios, provocan la sonrisa y despiertan la ternura. Tras muchas de esas películas pequeñas  hay talentos notables, y generalmente bastante más sensibilidad que la que necesitan Oliver Stone  o James Cameron para arrasar con sus superproducciones.

Es bueno interpretar igual nuestros días. Cada despertar viene a ser una película, y últimamente al bloguero no le alivian más que las películas pequeñas.

2

Ayer se encontró en el supermercado a Homper, que metía en su carrito dos cartuchos de Filipinos.

-Nunca imaginé que una simple rosquillita de galleta bañada en chocolate me pudiera suponer tanto- se excusa como si aún fuera un niño.

El Hombre Perplejo es un alter ego disciplinado. Sostiene que lo que ve y escucha cada día del mundo alrededor  la hace sentirse en el epicentro de un cataclismo,  y que sólo busca sus particulares películas pequeñas para seguir manteniendo la afición a la supervivencia.

-A Dios me lo escondieron entre brumas. A la patria me la borraron. La política y la economía, a las que adorábamos como si fueran el becerro de oro, se derrumban tal que un castillo de naipes. Al amor me lo ha bastardeado el egoísmo de este ser humano que se cree el rey del mambo. Ya sabes, tantos derechos le han hecho perder el oremus. Y ahora, con lo de Grecia, hasta la democracia parece haberse vuelto gilipollas.

El día le ha deparado, amen de otras malas noticias, un insulto a la dignidad llamado Txapote y el referéndum de Papandreu, una buena solución para que el pueblo griego pegue patadas a la desvergüenza  de sus políticos en el culo del resto de Europa.

-Ya ves –concluye a la manera de Groucho Marx- Cuanto más conozco a la especie humana, más necesito la droga de mis Filipinos.

3

El bloguero agradece tanto las películas pequeñas como las críticas pequeñas. Sobre la función de la crítica se han escrito muchos libros,  pero ahora que se redimensiona todo, bueno sería que los plumillas que se ocupan de este menester  recordaran que una de sus funciones es guiar al ignorante.

El bloguero reconoce que una de sus  contadas claudicaciones al sadomasoquismo es leer las críticas de cine en EL PAÍS. A excepción del valiente Carlos Boyero no hay ni uno solo de su equipo de críticos que desperdicie la película más tonta para dejar un poso de su sabiduría en un ensayo que se adentra en muchos laberintos sin aclarar al final si la película es buena o mala, divertida o aburrida, para frívolos o para torturados, para verla en compañía de de niños o mejor con  gerentes de pompas fúnebres. Desesperantes. El marqués de Betanzos, que fue quien inventó el neologismo de eruditos a la Googleta, les diría  ahora a estos cátedros eruditos a la claqueta.

Afortunadamente hay en la red otros críticos sin pretensiones que hacen de la síntesis y la claridad su norma. Busquen la web de El cine según Atticus y descubrirán con Pepe García Berdoy muchas películas, grandes o pequeñas, comentadas con sensibilidad y con criterio. Another year y Criadas y señoras han sido dos de sus últimas recomendaciones más que atinadas. En tiempos de zozobra, nada como zambullirse en la fábrica de sueños sabiendo que el sueño va a ser de nuestro gusto. Fuera, en la vida de verdad, hace demasiado frío.

 

Un 20 de octubre, por fin…

Este 20 de octubre ha traído sonrisas, lágrimas y arcadas...

1

Pepa había esperado ese día con una paciencia y un espíritu irreprochables. Ni siquiera ver a su marido asesinado por las pistolas de ETA  quebró su dignidad. Como tampoco su fe en que la especie humana es capaz de admitir sus errores y regenerarse de sus crímenes.

-Te prometo que, a pesar de todo, seguiré creyendo en la democracia, Chuchi -musitó entre lágrimas al antes de arrojar la  última rosa sobre su tumba.

Ese 20 de octubre podía ser el gran día. De una parte se anunciaba la muerte de Gadaffi, otro dictador, otro terrorista como los que le habían convertido en una viuda. De otra, a las pocas horas ETA, su tormento,  anunciaba el “cese definitivo de la actividad armada”.

-Qué alivio, Chuchi –le dijo al retrato que le miraba desde lo alto del televisor- El mundo es hoy un poco más respirable.

Y le sonreía mientras por sus mejillas se deslizaban dos lágrimas.

2

Pero al poco tiempo el propio televisor le ofreció el comunicado  de unos siniestros encapuchados.  Tras el esperado anuncio,  rendían homenaje a sus caídos y a sus presos, que tanto sufren, y reclamaban negociación a los gobiernos de España y Francia para solucionar “el conflicto”. Ni una palabra de recuerdo, ni una mísera disculpa a las familias de sus más de ochocientos cincuenta asesinaos. ¿Tienen enmienda los criminales? ¿Se puede seguir creyendo en la regeneración de canallas  así?

Y poco después, en las noticias internacionales, las imágenes del otro gran terrorista intentando zafarse de sus ejecutores y ya muerto a tiros y ensangrentado, ojo por ojo, diente por diente. El pueblo libio exigía ver a su sátrapa caído, y mostraban a Gadaffi semidesnudo sobre una manta como a los gladiadores muertos en el circo de Roma. Qué aleccionador: un cadáver ensangrentado, desgreñado y agujereado servido para saciar la sed de venganza de los patriotas libios. Y todo el mundo viendo el fabuloso programa doble.

Debería de haber sido un gran día para la gente de bien. Quizás de sonrisas, o de sonrisas y lágrimas. Qué cosas, sin embargo no fue exactamente así. Pepa no quiso aguarle la fiesta a nadie, ni menos poner barrotes entre las ruedas al optimismo oficial. Quizás fuera por  exceso de sensibilidad, pero a lo que ella sintió, sobre cualquier otra cosa, ese anhelado 20 de octubre sólo se le podía llamar arcadas.

El hombre que ponía notas en Encanto

Aquella mujer que sacó tan buenas calificaciones a lo largo de su carrera, necesitaba ahora buenas notas en lo que fuera. Aunque sólo fuera en Encanto...

1

Sonó el teléfono mientras él desayunaba sus tostadas y por la línea del horizonte aún no había despuntado el sol de otoño.

-Ponme  una buena nota , por lo que más quieras -escuchó que le decía al otro lado de la línea una voz trémula y delicada, casi al borde del sollozo – De verdad que lo necesito.

Javier se quedó helado. No había dado ni los buenos días, y sólo alguien de mucha confianza se atrevería a ser tan directo. Intentó localizar el origen de esa llamada angustiada. ¿Era ella?…¿La más famosa del curso?. Sí, tenía que serlo. La reconocía porque  raro era el día en que esa misma voz no tenía que dar explicaciones a la opinión pública. Ella, tan tímida, tan discreta, aparentemente tan fría.

-¿Elena?-titubeó a- ¿Eres tú?…¿Cómo has dado conmigo?

No podía ser otra. Según ese ranking que de vez en cuando reproducen los colorines dominicales para recordarnos el creciente peso de la mujer en nuestra sociedad, Elena era, después de Ana Patricia Botín, Rosalía Mera y las Koplowitz una de las mujeres más poderosas de España. No le habría costado mucho por tanto localizarle.

-Eso es lo de menos, Javier-dijo ella- No importa saber cómo he dado con tu teléfono. Sólo quiero que abras tu libreta y me repitas la buena nota que me pusiste en marzo de 1969. Y te prometo que no volveré a amargarte el bocadillo de mejillones, como aquel día…

2

Es verdad, ella fue tan borde y cortante que le amargó su desayuno favorito, café con leche y bocata de mejillones, siete pesetas de la época en el bar de la Escuela de Ingenieros Industriales. En esa escuela coincidieron los dos, con distintas visiones de la vida, por cierto. Él se apuntó esa carrera por tradición familiar y por inseguridad propia, pues ya había descubierto que lo que le hubiera gustado es ser funcionario del Cuerpo de Señales Marítimas, ganar una plaza de farero y escribir poesía frente al mar. Ella no daba puntada sin hilo: era inteligente, bajo su apariencia frágil ocultaba un temperamento fuerte, y quería reivindicar el papel de la condición femenina y demostrar que  una mujer podía llegar más lejos y mandar mejor que cualquier hombre. No estaba en la Escuela para frivolidades.

Y frivolidad, casi un insulto, le pareció que Javier, que lo aprobaba todo sin aparente esfuerzo, pero que confesaba que la ingeniería le importaba un bledo, se dedicara a observar a las compañeras y a calificarlas semanalmente en una asignatura inventada por él.

-Esta semana te he dado un 9- le dijo aquella mañana de marzo de 1969.

-¿Cómo?-preguntó ella mientras untaba la mermelada en su tostada- ¿Que me has dado un 9?…¿En qué?

El carraspeó y sacó del bolsillo de su chaqueta una libreta de octavo con las cubiertas de hule negro. La puso sobre la mesa y se la alargó mientras  bajaba la mirada.

-En encanto –susurró sin atreverse  a mirarle a los ojos. Y mientras ella ojeaba el insólito libro de calificaciones el siguió explicándose- Yo ponga notas a mis compañeras en una asignatura llamada Encanto. Verás, me fijo en todo…En fin, en su aspecto personal, en su sonrisa, en su actitud, en su misterio para inspirarle a uno…

Javier hubiera querido llegar a insinuar: en su atractivo. Hubiera querido decirle, sin rodeos: pongo la nota más alta a la que me gusta más, y la que me gusta más es una chica de Orense rubia, menuda, de apariencia frágil y de sonrisa limpia que se llama Elena. Y que además es lista, aunque quizás no sea la más simpática del curso…

Hubiera querido decírselo. Pero casi cuarenta y dos años después de aquel desayuno, Javier sólo recordaba que, ante semejante ocurrencia, ella puso cara de señorita Rottenmeyer, le tiró la libreta a la cara y le dejó plantado sin darle siquiera las gracias por el café.

-¡Machista!-fue lo último que le escuchó.

3

Lamentablemente el mundo era ahora una confabulación contra la única ingeniera industrial que había llegado a ser vicepresidenta de Asuntos Económicos de un gobierno europeo. Lamentablemente, de un tiempo a esta parte, a Elena Salgado sólo le daban muy malas notas, y cada vez que comparecía ante las cámaras y los micrófonos para justificarlas parecía que su rostro de fina esfinge iba a romper a llorar. Era una desgracia, pero en tres días FITCH, STANDARD & POORS y MOODY´S le habían rebajado la calificación de la deuda soberana de España, por lo mal que esta hacía sus deberes.

-Ponme buena nota, aunque sea en Encanto-suplicaba por el teléfono con la voz entrecortada por el llanto- No aguanto más, Javier. Olvida el pasado y ponme buena nota, aunque sea mentira…

4

Al fin y al cabo él era ahora sólo un jubilado, y su vieja libreta de calificaciones se leía tan poco como los libros de poesía que había publicado. O sea, nada. ¿Qué más daba mentir?

-Tranquila, Elena. Te he puesto un diez.

-¿Mejor nota que la que me pusiste entonces?

La voz del teléfono parecía ahora la de una mujer ilusionada.

-Claro –afirmó Javier- Ahora he tenido en cuenta que, además de lista y mona, eres dulce y simpática.

Le faltó añadir que era una chica muy maja. Pero comprendió que tampoco hay que pasarse, que eso le sonaría a piropo antiguo y vulgar, e incluso podía ofenderla. Y que, además,  hasta lo inverosímil tiene sus límites.

Página siguiente »


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 799,460 hits

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.