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Dios entre E.T. y Einstein

(Foto de Max Sparber)

Los periódicos del pasado 14 de mayo hacían coincidir dos noticias llamativas. Por una parte, una afirmación de la Iglesia de Roma con algunas repercusiones en su doctrina oficial. Y, por otra, unas revelaciones de Albert Einstein sobre la religión de las que hasta ahora no se sabía nada. Más picadillo para la empanda mental que en materia religiosa siempre se está cocinando el Duende.

 La fuente en el primer caso es el astrónomo del Vaticano. Este jesuita, un argentino llamado José Gabriel Funes, parece tener más predicamento que el referido específicamente a su ciencia. Escudriñando el cielo con su preclaro telescopio, ha llegado a la conclusión de que se puede creer al mismo tiempo en Dios y en los extraterrestres. La afirmación ha llenado de gozo a gran parte de la grey católica militante en la zona gris de la fe, o sea, la fe fetén ma non troppo. Este tipo de creyentes vivía francamente atormentada por la obligación de creer que E.T. era menos criatura divina que canallas como los que integran junta militar de Birmania o pájaros como el jefe de la policía local de Coslada. No podía admitirse tanto contradios. 

 Pero claro, cualquier reforma en la doctrina viste un santo para desnudar a otra. A un creyente  a machamartillo, como los que tanto le gustan al padre Bonete, le asaltan ahora dudas que nunca tuvo. ¿En cuál de los siete días que relata el Génesis creó Dios a los extraterrestres? Otrosi,  si la oración del credo habla del Dios creador del cielo y de la tierra, en ella no caben estas extrañas criaturas, que tampoco estaban censados en el arca de Noé. Por otra parte, si es cierto que  Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, ¿a semejanza de quién se le ocurrieron los extraterrestres?. Más dudas: cuando el astrónomo da carta naturaleza a los extraterrestres es porque, en buena lógica, tiene prueba de ello. Y si éstos se han manifestado es en razón de su inteligencia superior, puesto que el hombre no ha sido capaz de hacerlo sino en la Luna y en Marte, donde no hay bicho viviente. ¿Quién es ese Superdios que pilota a los extraterrestres? Jesús, qué lío.

 Al mismo tiempo, se desvela ahora que el gran cerebro del siglo XX creía que Dios y la religión no son más que una expresión de la debilidad humana. Y que la Biblia es una  colección honorable, pero primitiva (sic) de leyendas infantiles. Lo anota así en una carta enviada al filósofo Eric Gutkind el 3 de enero de 1954, y publicada esta misma semana por el diario The Guardian. Tal como se reproduce, parece que las afirmaciones del sabio alemán lo son para escándalo de los creyentes. Al Duende, que está lleno de buenas intenciones, pero que sólo cree que cree, no le escandalizan nada, y le parecen bien traídas. El encaje entre las grandes verdades de las religiones y las aún más enormes y sangrantes contradicciones que uno ve en este mundo son tan difíciles de racionalizar como el ratón Pérez o los Reyes Magos.

  Claro que Dios es muy superior a estos cuentos, y presenta mejor hoja de servicios. Pero hay que reconocer que, para ser tan bueno y tan sabio, a menudo se expresa bastante mal.

El ejemplo de Juan José Cortés

Juan Jose Cortes

Que sean felices, que Dios les bendiga y que sigamos creyendo en Dios y en la justicia. Estas palabras que se escuchaban hace minutos por la radio no provienen de un creyente o de un buen ciudadano cualquiera. Sino de un padre que acaba de saber que el asesino de su hija perpetró el crimen por un espantoso error del aparato judicial. Así se despedía de la entrevista que le hacía Jesús Cintora en el informativo Hora 25.

No sabe uno qué es más asombroso, si el grado de indolencia al que, en su obsesión por no penalizar en exceso al delincuente, puede llegar nuestro estado de derecho, o la lección de sentido común, de temple y de nobleza de espíritu de Juan José Cortés. Así lo hace constar el Duende: a partir de este momento, este padre inconsolable es uno de sus héroes.

Siempre son admirables aquellos que, habiendo visto morir a alguno de sus hijos, mantienen el ánimo y tratan de salir adelante sin humillarse al destino. El Duende conoce a varios, y siempre ha pensado que deberían de sentar cátedra para enseñar a vivir reprimiendo el llanto. Son terapia inexcusable ante cualquier aflicción que pueda uno sufrir.

Pero en este caso la lección va más lejos. No ha sido el azar, sino la mano del criminal y la torpeza del juez. Y, a la postre, la negligencia de un sistema que, confesaba Cortés, he respetado siempre y quiero seguir respetando. Sin embargo agradecía la llamada del presidente Zapatero, y sigue proclamando su fe en la convivencia y en el estado de derecho como si en lugar de un humilde trabajador fuera un doctor en leyes o un padre de la patria. Sencillamente increíble.

Creía el Duende que las circunstancias del crimen y la ira popular que ha levantado el presunto asesino harían mella en él. Pero sin duda, además de ser tan cortés como dice su apellido, este hombre es generoso, noble y a todas luces ejemplar. El Duende le ha escuchado emocionado y está convencido de que es un santo.

Cosas que hacer en viernes santo

Semana Santa en MadridViernes Santo en Madrid 

(Foto de Zokete

Una planificación a contrapelo le ha permitido al Duende disfrutar del viernes santo en Madrid. Soledad, descanso, meditación, música. El ritual le obliga a buscar en su discoteca los tesoros del Viejo Peluca, como afectuosamente le llama nuestro imprescindible Fernando Argenta. No es nada original: de la misma forma que las orquestas programan  El Mesías handeliano por Navidad y La Pasión según San Mateo por cuaresma, él alimenta su rescoldito religioso siguiendo el mismo esquema. Hace un par de años, en una liquidación de  grabaciones de orquestas rusas o centroeuropeas que de cuando en cuando aparecen por ahí, el Duende completó sus pasiones bachianas con las de San Marcos, San Lucas y San Juan. Si John Coltrane y Pedro Iturralde no suministran suficiente dosis de divinidad -alguno de nuestros amigos comentaristas levitan escuchándolos- el Duede se permite recomendar especialmente la de San Lucas.

Los familiares y amigos del Duende respetan escrupulosamente la festividad del viernes santo. Telefónica, la amable señorita que vende tarjetas o planes de pensiones para el Banco de Sabadell y que, sin duda sin mala intención, acostumbra a llamar a la hora de la siesta, también. El móvil, cómplice del silencio que antaño nos imponían en este día, no dice ni pío. De modo que uno aprovecha para abordar esos asuntos pendientes que siempre quedan pendientes. Por ejemplo, romper papeles y ordenar libros. Y aquí  descubre uno puntos oscuros de su pasado, y retos difíciles de asumir para su siempre riguroso sentido de la responsabilidad.

Choix de nouvelles modernes  es un librillo alemán editado en 1898 por Velhagen & Klashing, y reproduce cuentos de autores franceses como Alfonso Daudet. ¿De dónde ha salido este libro? ¿Por qué para en esta modesta biblioteca, si no hay  antecedentes alemanes en la prosapia del Duende? Las Máquinas agrícolas, en dos volúmenes, es una guía de los adelantos tecnológicos que podían ayudar al agricultor…¡el 1899!. Los firma M. Ringelmann, director de la Estación de Ensayo de Máquinas Agrícolas de París. El Método Cortina para aprender inglés, con un prólogo de Emilio Castelar, es un precioso volumen encuadernado en tela y con estampaciones en oro que demuestra la obsesión de alguno de los ancestro del Duende por aprender la lengua de Shakespeare. Este es moderno: está editado en 1920. The arts of Japan, publicado en la preciosista colección Little Books on Art, otra perlita de 1906 que luce mucho en la librería por su coqueta presentación, obedece sin duda a las inquietudes artísticas de la madre del Duende, que pintaba, tejía alfombras y escribía poesía y cuentos surrealistas. Mal le deja sin embargo el ex libris estampado en el volumen, pues éste era el nº 1027 de la Biblioteca de Bellas Artes de Antonio Canovas y Vallejo. Si alguno de los herederos de este bibliófilo lo reclama, el Duende reparará encantado el desliz de su madre restituyéndolo a su legítimo propietario. Ella lo hizo, sin duda, por amor al arte. Más preocupante aún es una Breve historia del lanzamiento y el tiro editado por la fábrica de armamento Oerlikon Buehrle & Cía. Contiene una prolija explicación sobre materiales explosivos. Si no tenemos antecedentes militares en la familia…¿quién de los predecesores del Duende quiso emular a Mateo Morral?

Desgraciadamente, a los hijos de la galaxia Gutemberg nos enseñaron que cualquier libro es un objeto de valor. Y al Duende le falta precisamente eso, valor, para deshacerse de estos libros La pregunta es por qué si se establecen Puntos Limpios para recoger los aceites fritos, no se crean otros Puntos de Depuración Cultural donde uno pueda entregar estas extrañas herencias y librarse del peso de ser su  inútil custodio.

Agobiado por tal responsabilidad, y a pesar de lo anunciado días atrás, se va de procesiones por la tarde luminosa y fría de Madrid. Ve la salida del Cristo de los Alabarderos, dignamente escoltado por la Guardia Real, se encuentra con el  Divino Cautivo, y se planta en la calle Toledo para ver pasar a María Santísima de los siete Dolores una dolorosa tan guapa y bien ataviada como las que causan pasmo en Sevilla. No desfila en olor de santidad, ni del sahumerio, sino de la fritanga de calamares de las tascas circundantes. Da igual, la corteja una banda primorosa, y la buena música lo refina todo. El Duende se calla lo de ¡guapa, guapa!, pero, en su escepticismo, admite el pellizquito de la semana santa.

Domingo de Ramos con Bach

Musica en Iglesia Bach

No colgó la palma del balcón, como se hacía antaño el domingo de Ramos. No estrenó nada, como mandaba la tradición entonces. Nada: ni tan siquiera un pañuelo, o unos calcetines, que era la forma de cumplir sin disparar el presupuesto familiar.

No hará esta semana santa las estaciones, que ni sabe si sobreviven en el ritual católico: se iba de iglesia en iglesia y en cada una de ellas se conmemoraba cada uno de los capítulos de la pasión y muerte de Cristo. Se les podía ver en casi todos los templos, plasmados en unos cuadritos de escayola policromada en relieve, como diseñados por el art director de Cecil B. de Mille. La flagelación, la corona de espinas, la primera caída, el paño de la VerónicaAlabámoste, Cristo, y te bendecimos -rezaba la primera parte de la jaculatoria inicial de cada estación. ¡Que por tu santa cruz redimiste al mundo!- se respondía a sí misma. Olía a incienso.

No escuchará más el raca-raca de las carracas, que, como no son de tecnología digital ni necesitan pilas, no deben de interesar ni a los chiquillos.

No hará por catar las torrijas, el potaje o el bacalao a las trancas -plato típico de Zamora, muy cuaresmal él. Mal que le pese al padre Bonete.

Y no asistirá a los oficios ni a las procesiones. Sin dejar por ello de sentir ni más ni menos que los que, aún llevando una vida poco ejemplar el resto del año, se abrirían las venas si no pudieran pasear su sentimiento bajo los capirotes o transportar el paso de su hermandad sobre sus doloridos hombros. Lo de nuestra semana santa -suelen decir para fortalecer tan vigorosa expresión religiosa- hay que entenderlo. Hay que entenderlo todo. La fe en el ser supremo, en las dolorosas, en los cristos. La fe en la nada. La fe de los melocotones en almíbar. Y la meditación del funámbulo que duda. Y hasta la de quien cree que todo es una lectura poética del hombre y su historia. Un glaseado de azúcar espiritual para no dejar al alma en mal lugar.

Al Duende le gustaría comprenderlo todo. Pero lo que mejor le cose la trascendencia a a los fondillos de su almario es la música de ese sumo pontífice que fue Juan Sebastián Bach. Ayer, y dentro del IV Ciclo de Música en las Iglesias que programa el Ayuntamiento de Madrid, escuchó en directo dos de sus cantatas en la iglesia de la Milagrosa. Los artífices fueron la Orquesta y Coro de la Capilla Real de Madrid y Oscar Gershensohn. Qué calidad de versión. Qué belleza tan sublime. En la cuerda de sopranos, cantaba una mujer rubia y espigada con cuello de garza que se llama Sonsoles Espinosa.

Una contradicción para su importante marido, tan firme en su no fe. Como comentaba a la salida uno del público, transfigurado, quien es capaz de hacer esta música, no necesita más Dios. Porque está en Él.

Sobre la marcha

 El niño aquél no acababa de entender qué era la fe. La fe, le enseñaban, es creer en Dios. ¿Y cómo es Dios? -preguntaba el chiquillo. No tiene cara ni cuerpo, nadie sabe donde está, aunque está en todas partes -le decían- pero es lo más importante. Es el creador de todo, y  el dueño de nuestros destinos, ¿lo entiendes?. Tienes que creer en El. ¿Y cómo voy a creer, si no le veo? -replicaba el niño, inocente. Tampoco en una lata de melocotones en almíbar ves los melocotones, y sin embargo sabes que están allí. Vale, pensó el niño. En adelante, cuando le preguntaban cómo se imaginaba a Dios, respondía  que como los melocotones en almíbar.

Sospecho que muchos de los que revolotean por este blog están entre el niño de los melocotones y el unamuniano creo en Dios porque lo necesito. O, dicho de otra forma, si no hubiera Dios, habría que inventarlo. De tiempo inmemorial viene la controversia entre la fe y la razón, pero mira por donde la razón matemática ha venido a echar una mano a aquélla, y de paso a llenar las alforjas de Michael Heller, un filósofo y matemático, profesor de la facultad de Teología de Cracovia, que acaba de embolsarse 1.069.000 € en forma de premio otorgado por la Fundación Templeton de Nueva York. Al parecer ha demostrado que con fórmulas matemáticas se puede llegar a concluir que Dios no es ninguna broma.

Al leer la noticia, el Duende saltó de gozo. En parte por ver reforzado el argumentario del padre Bonete. Sin que salga de aquí, diremos que al mosén nunca le dejaron del todo convencido las cinco famosas vías con las que santo Tomás de Aquino pretendía demostrar la existencia de la divinidad. Parece mentira que fuera tan docto y asentara tales simplezas - dicen que llegó a afirmar en una ocasión Pero el júbilo duendal fue pronto ensombrecido por las dudas. Si él fue siempre de letras, y no llegó siquiera a entender ni la ecuación de segundo grado ni la demostración del teorema de Pitágoras, ¿cómo iba a llegar a Dios a través de las matemáticas?

La respuesta, como tantas veces, la hallado en los boleros. Caminemos, tal vez nos veremos después…, cantaban melancólicos los incombustibles Panchos. Pues eso: hagamos la marcha propuesta y, si no nos vemos con Dios sobre la marcha,  al menos nos veremos entre nosotros. Por contrastar, entre otras cosas, si los amigos de este blog responde a la imagen que uno se ha forjado de ellos a través de sus comentarios.

Le cuenta Candil al Duende que muchos esperaban su confirmación para cerrar sus planes. Pues por él, adelante, 19 de abril en primera y única convocatoria. Sólo se atreve a sugerir al guía que el camino sea asequible para una mayoría, o al menos gradual en el esfuerzo, de forma que el que flojee pueda retirarse y esperar o regresar tranquilamente al punto de partida.

Claro que, si llegar a la meta es cuestión de fe, bastará con llevarse una calculadora. Después de haber ascendido a Dios, como ha hecho el profesor Heller, lo de subir a la Pedriza seguro que es pan comido.

Un caldo siempre cae bien

Caldo rico

(Foto de VJ_pdx)

No llegará la sangre al río. Pelillos a la mar, se encontraron el nuncio del Vaticano y el presidente ZP en un acto público y éste se quejó de los obispos. Con talante, pero se quejó. Monseñor Monteiro, muy diplomático, le recordó al presidente Zapatero que tenían pendiente un caldito. ¿Será en Moncloa o en la nunciatura? Da igual, con un caldito se puede arreglar casi todo.

Si le nombran asesor al efecto a nuestro querido padre Bonete dirá que, como poco, el caldito ha de tomarse con con jerez, y mejor con yema de huevo. Eso sí, como el nuncio es sobrio y austero, pero de fino paladar, mejor si se enriquece el caldo con unas fruslerías más. Acaso unos taquitos de jabugo, por qué no unos huevos duros troceados, quizás unas finas hebras de pechuga de faisán, tal vez unos corruscos de pan frito. Poca cosa, unas naderías, pero que sin duda harán más sabroso el caldo y facilitarán el diálogo.

Eso sí, como el presidente es de León y hay que dar al césar lo que es del césar, qué tal si se acompaña el caldito con una fuente de cecina debidamente rociada de aceite de oliva. ¿Y si añadimos unas rodajitas de chorizo del Bierzo? -puede que sugiera monseñor. Hombre, presidente, pues ya, metidos en juerga, permítame que ya que don Manuel Monteiro es portugués se ofrezca en su honor algo típico de su país. Poca cosa, un platito ligero, a tono con la sobriedad eclesiástica. Por ejemplo un bacalao dourado, que pueda servir de pórtico, es una idea, a un foie de pato con puré de manzana, como queriendo decir a su eminencia reverendísima que nadie en el gobierno quiere sacarle los hígados a la Iglesia, antes al contrario.

Y a la vista de que con estas pequeñas delicatessen debidamente regadas con los vinos procedentes se va a cocinar un arreglo, pues nada mejor que añadir a este ligero tentempié un botillo, un cocido maragato, un buey estofado, empanadas de anguila del Arlanzón y, eso sí, como monseñor es goloso como un niño y el presidente pura dulzura, un repertorio de gourmandissses todo santidad: un San Marcos, puede que unos deliciosos tocinos de cielo, piononos de Granada, el Saint Honoré, sin duda una tarta de Santiago, unos suspiros de monja y, como concesión al leonesismo y el laicismo de Zapatero, unos nicanores de Boñar y cómo no, unos siempre deliciosos mantecados de Astorga.

La presunta glotonería de lo que doña María llama el cuerpo de servicio de la Iglesia es un socorrido tópico en el que abundaron desde Galdós a Berlanga. El Duende guarda memoria de un chocolate en onzas que merendaba de niño junto a un trozo de pan. No era Elgorriaga, ni Valor, que eran las marcas de la época, sino Los Canónigos. Supongo que era algo más barato. En la envuelta, se veía a unos orondos frailes despachando un cuenco de aquel chocolate que, si bien no era de los que parecían hechos con arena -así sonaba triturar aquellas tabletas de cacao con azúcar sin refinar- tampoco era una delicia como los de ahora. Pero, junto al chocolate, nada tan clerical como el caldo. Archifamosa es la anécdota de aquella cena en una casa de prosapia en la que el obispo era el invitado de honor. Como quiera que, por su natural modestia cristiana, el dignatario se sirviera el consomé sin apenas hundir el cucharón en la sopera, la doncella, apercibida de ello y deseosa de dejar bien a sus señores, le advirtió diligente: ajonde, ajonde, su divina majestad, que en el culo está lo bueno.

Bueno sería que el presidente y el nuncio ajondaran en este otro caldo de la concordia. Y que en su culo, con perdón, encontraran un puntito de sosiego que deje a cada cual en paz con su dios.

Señor, ¿qué hacemos con las sorpresas del roscón?

 Pasado el tiempo de jolgorios, el Duende se adentra hoy en teologías delicadas. Para empezar ha llegado a la conclusión de que uno de los grandes inconvenientes de ser Dios es que hay acreditar sabiduría absoluta. No es moco de pavo.

A continuación vendría la gran cuestión, el arcano por antonomasia, la prueba definitiva de que esa abstracción tan maravillosa que es ese  ens a se, no ab alio  (padre José María Unzueta dixit) es una verdad, y no una patraña. Atención, teólogos, pensadores y filósofos, que aquí os queremos ver. Si existe Dios, y éste posee la sabiduría absoluta…¿sabe qué carajo hay que hacer con la legión de sorpresas de roscón de Reyes que se van acumulando en los cajones a lo largo de una vida?

Hubo un tiempo en que estas figuritas que señalan caprichosamente al comprador del próximo roscón eran de cristal, y tenían cierto encanto. También entonces España era más pobretona, y se consumían menos roscones. Pero de un tiempo a esta parte reina en estas fechas el furor rosconero. Los obradores y reposterías de prestigio se estiran en grandes colas de consumidores ávidos e inasequibles al desaliento, como si fueran clientes adictos a la lotería de La Bruja de Sort o a la de Doña Manolita. O como si el kilo de esa codiciada pieza no lo cobraran a precio de cojón de mico, que es por el que los  reposteros despabilados han decidido tasar esta pieza de bollería. Reyecitos, vikingos, piezas de nacimiento, focas, sirenas,  vacas, patitos,  caballitos de mar, mariquitas, tortugas, tigres, hadas, gnomos, ranitas, burros, enanos, guerreros, robots, magos…Cada uno de su padre y de su madre.

En el caso del Duende, todos acaban en el cajón de los horrores, donde uno ha ido acumulando los regalos que doña María llamaría suntuarios, y que pretenden ser un recuerdo, un homenaje o un testimonio de gratitud por este o aquel programa de radio que hicimos allí. Una metopa de esta universidad, una bandejita de plata (de la gata) donde consta que fuimos pregonero de unas fiestas, una placa de bronce, una reproducción en pequeña escala y en estilo más que relamido de la estatua emblemática de la ciudad, un pisapapeles de metacrilato… Horror inútil tras horror más inútil todavía. Ahí reposarán  años, hasta que un día nos de un ataque, cojamos un taxi y pidamos que recorra toda la ciudad con las ventanillas abiertas para ir tirando por ellas, sin que se note que somos iconoclastas hipocondríacos, todas las bobadas insignes que la gente y las instituciones se empeñan en regalar aunque nadie sepa qué hacer con ellas.

Por qué y para qué se hacen estas cosas. Y cuál es la responsabilidad que ante ellas compete al consumidor responsable.   Ay, Señor, qué sinvivir más tonto. Ilumínanos, tú que lo sabes todo. Y ya que eres todopoderoso, convence a los reposteros de que inventen otra cosa, o  muéstranos si no el camino para que tanta sorpresa de roscón horrenda y estúpida no nos haga enloquecer.

Una cuestión muy seria

 Una de la noche. El Duende reflexiona. ¿No estará poniendo demasiado énfasis en mirar la vida siempre a través del kaleidoscopio amable? Pasa un día y otro. Gira el kaleidoscopio y los cristalitos componen un nuevo panorama. Geometrías de colores caprichosas y aristadas. La vida vida a través de un prisma complaciente y amable. Como si en realidad fuera así, ya te digo.   Los inasequibles al desaliento reciben estas visiones de buen grado, no van a comentar para decir qué  chorrada. Son gente educada y animosa.  ¡Animo, Duende, que no decaiga!

Y mira que se abona uno a la anécdota, y lo creo. Pero de vez en cuando dialogamos en serio. Oye, Duende, le pregunto. ¿Tú tienes ideas propias? ¿Tienes opinión política? ¿Te sientes con autoridad para defender la tuya? ¿Te arriesgarás alguna vez a perder amigos si te mojas? No interesan tus opiniones sobre la longitud ideal de los cordones de los zapatos. O sobre si deben desterrarse las perchas adhesivas, que siempre acabarán resbalando. O sobre la condena a cadena perpetua que debe recaer en el inventor de los calzoncillos sin bragueta. O sobre si hay que cambiar el lenguaje judicial para que los jueces nunca fallen, sino que siempre acierten. Todo eso son tonterías.

Y ponemos sobre el tapete el escabroso, delicadísimo tema del aborto, cuya regulación se vuelve a debatir en precampaña electoral. Entre dos tendencias opuestas. O primar la libertad de la mujer embarazada a decidir sobre la suerte de la vida que, más o menos desarrollada, lleva dentro, o preservar sobre todo los derechos del nasciturus.

Uff…Uno no entra ni sale sobre varios aspectos espinosos. ¿Cuándo empieza la persona, aún en fase germinal? ¿Cuáles y quién define los valores superiores que pesan más que la personita? El ciudadano que no es ni científico, ni moralista ni catedrático de Derecho Natural sólo señala, sin entenderla, lo que parece una gran contradicción en las ideologías que se dicen progresistas. Y que hacen de los derechos humanos su norte y guía. Noble escudo éste, por cierto que ampara generosamente incluso al terrorista más despreciable. Pero que, cuando se refiere al feto, que ni sale en las fotos ni protesta, se suele dejar  a un lado. Velay el sarcasmo, y, de rebote, el pasmo.

 No se suele subrayar mucho en los interminables y fervorosos discursos que se cruzan entre los partidarios y los enemigos de la llamada Ley del Aborto. Por lo que en estas vísperas de Navidad, el Duende, tan escurridizo en materias fundamentales, quería echar un cuarto espadas por el nasciturus. Es lo que aprendió cuando estudió derecho. Aún no ha encontrado razón suprema que le haya convencido de lo contrario.

Y el próximo post, de villancicos, serpentinas y matasuegras, que estas disquisiciones filosóficos levantan mucha polvareda en el blog.

Abetos, madroños y naranjos

Arbol de Navidad en Madrid

(Foto de Daquella Manera, con algunos derechos reservados)

Sugiere algún amigo de este blog que todos, aún los más críticos, somos hijos del colonialismo cultural. A veces sin darnos cuenta, como cuando nos ponemos la americana o la rebeca. ¿Por qué no la chaqueta o el jersey de punto abierto, que era lo que en realidad se echaba encima la malograda esposa invisible del acaudalado señor De Winter? Entre la descripción de Daphne du Maurier, el suspense de Hitchcock y en encanto bobalicón de Joan Fontaine nos lo colaron impunemente. El caso es que ardió Manderley y las chicas españolas no volvieron a cubrir sus hombros con la chaquetita de punto, sino con la rebeca. Colonialismo inocente ese, por cierto. Más ofende que nos haya conquistado el sandwich cuando el conde de Sandwich lo que en realidad se inventó para aplacar la gazuza de sus cacerías era algo tan conocido por estos pagos como el bocadillo. Será que comiendo esa palabra, aunque se engorde igual, se parece más fino.

El Duende, tan puntilloso él generalmente, fustiga las modas importadas innecesariamente. Pero si uno mira atrás se da cuenta de que todo, desde el lenguaje hasta los hábitos de vida se han impregnado siempre de costumbres extrañas. Y no siempre para mal, ni mucho menos. En SU primera empresa, el Duende trabajaba aún los sábados por la mañana. En el lenguaje popular, el sábado libre se decía sábado inglés. Algo bueno pues aprendimos de la pérfida Albión, como desde la derrota de la Armada Invencible denominábamos a la Gran Bretaña.

Bueno para la decoración o malo para nuestros bosques, contra lo que ya no vale oponerse es contra el árbol de Navidad. No tiene nada que ver con raíz cristiana de la pascua que nos contaron de niños. Pero desde Navidades blancas -primero la famosísima canción de Irving Berlin y luego la película que protagonizaron Bing Crosby y Dany Kaye- su encanto parece irresistible. Tan incrustado está en nuestra cultura doméstica, que a una maestra contumaz cristiana le oyó el Duende entronizarlo en la natividad que describe san Marcos para que sus alumnos no lo vieran como un simple adorno caprichoso. Según ella, y probablemente para santificar la tradición pagana, del árbol sacó san José la madera para hacerle la cuna Jesús. Difícil que lo encontrara en los aledaños de Belén, pero si non é vero é miracolosamente trovato…

Le magnetiza al Duende el otoño porque pinta éste el crepúsculo de la vida vegetal en colores maravillosos. Viene de ver en los bosques asturianos y leoneses cuadros naturales que serían impagables si se subastaran en Sothebys. Desde la misma ventana del cuarto donde escribe se divisa un Madrid otoñal parapetado tras los ocres, amarillos, rojizos y verdes de distintas tonalidades que le ofrecen chopos, plátanos, liquidámbares, pinos, cipreses, cedros, olmos y cianamomos de un parque que espera plácidamente la caída de la hoja.

Llegará el invierno con sus barbas blancas y sólo permanecerán vestidos los de hoja perenne. Algunos de ellos, como el perfumado naranjo y el bravo madroño, con la propina excepcional de un fruto que pronto será de vivos colores. Está muy bien que hoy reproduzcamos en plástico el tannembaun o el christmas tree, porque así no deforestamos y, pese a ello, nos sentimos como en un cuento de Dickens. Pero el naranjo y el madroño no necesitan en esta época ni un adorno, porque se llenan de bolas rojas o naranjas y se ponen preciosos. Podíamos habernos fijado en ellos antes para que los copiaran los chinos. Así, en lugar de ser colonizados por la estética del norte, podríamos sorprender a todo el mundo con la gracia natural que tienen en España nuestros auténticos árboles de Navidad.

Buñuelos con apetito desordenado

 Como tantos españoles de su tiempo, el Duende recibió una educación religiosa. Ni que decir tiene que se lo creía todo. Dado que desde el principio le contaban que el hombre es un animal racional, procuraba analizar las verdades difíciles que a veces impone la fe a la luz de su inteligencia. No sería ésta muy larga, pero era lógica. Y sobre todo curiosa. Se fijaba, por ejemplo en lo que querían decir las palabras. Especialmente las que definían o adjetivaban muchas de las inquietudes del alma.

Hablo de la tentación, hijos -padre Bonete dixit. Cuántos conceptos nebulosos y cuántas palabras a mi modo de ver inadecuadas en torno a este espinoso tema. Recuerdo aquéllos libros que preparaban para el sacramento de la penitencia: propósito de la enmienda, dolor de corazón, decir los pecados al confesor, contrición perfecta…EL Duende se arrodillaba ante el confesionario del padre Cayo y, preocupado, se llevaba la mano al pecho. Qué horror, el corazón le latía tan pancho, y no le dolía nada. ¿Merecería a pesar de ello el perdón divino?

Peor era aún cuando desmenuzaba la diagnosis de pecado que facilitaban, a modo de guía, los piadosos libros de religión. Vayamos al sexo, que es lo que interesará todos. En el catálogo de horrores, junto a miradas lascivas y tocamientos libidinosos, se hablaba de posturas torpes. Yo miraba a Anita, una niña gorda que tropezaba en la comba cuando hacía doubles, y pensaba pobrecilla, qué torpeza, y lo peor es que no sabe que está pecando.

Además de las posturas, también prevenían los manuales contra los apetitos desordenados. Y aquí el Duende se rebelaba: ¿qué le importaba a Dios el orden de los platos en la mesa? Según eso, los maragatos, que empiezan por los garbanzos y rematan con la sopa su famoso cocido, eran todos pecadores. Menos mal que la mente va evolucionando. Ahora al Duende los apetitos no le asustan., y aunque conviva con algunos de los que los guardianes de su conciencia llamaban desordenados, cultiva muchos otros perfectamente ordenados.

Ejemplos de apetitos ordenados, todos ellos inocuos. Hay momentos en el que el cuerpo apetente del Duende pide bocadillo. No un manjar exquisito, no, sino precisamente un bocata, porque el organismo es así de caprichoso y tal hora, tal lugar o tal situación, está ordenada a ese apetito. Hay otros marcados por el síndrome de abstinencia del café con porras, y sólo esas porras, calientes y crujientitas esponjando el café con leche por el gaznate abajo pueden llenar ese momento de placer. En verano manda  para merendar el apetito de Cola Cao frío con galletas maría, y aunque las haya mejores, han de ser esas, las de la clase maría. Hay horas para desmandarse y morder apasionadamente un bloque de buen jamón cocido.  En otras debilidades más espartanas se echa de menos el huevo duro. Y cuando en las mantequerías de postín se exhibían esos monumentales quesos Emmental  partidos por la mitad -eran los años del hambre- el Duende soñaba en traspasar el escaparate y comérselo todo. Dentro de un orden, claro.

Hoy, día de Todos los Santos, solemos recordar a nuestros muertos. La edad es tan sabia que, a medida que tienes más boletos para su rifa, le vas perdiendo miedo y respeto a  la parca. De tal manera que al Duende, lejos de la melancolía, le invaden sobre todo recuerdos dulces de los que ya no están con él. Será deformatio patris Bonetensis, pero es invocar la memoria de su madre y volver a paladear aquellos buñuelos de crema que tal día como hoy preparaba. Colmaban un apetito más que ordenado- sólo se tocaba a tres o cuatro, problemas de la familia numerosa- pero sabían tan ricos y amorosos que gustaban como el más placentero de los pecados. Menos mal que la misericordia de Dios es infinita, porque hoy, en memoria de su madre, piensa engullir buñuelos de santo con apetito desordenado.

Beatus ille

Balarrasa

El Duende recuerda una película que impactó mucho a los niños de su generación. Se llamaba Balarrasa, de José Antonio Nieves Conde. La estrella era un joven Fernando Fernán Gómez, que encarnaba a un crápula convertido después en sacerdote. Empieza el film como pecador impecable y acaba su vida como misionero en Alaska, entregando su vida Dios en medio de una tormenta de nieve. La película parecía concebida para ser proyectada en el cine de un colegio religioso. Era emocionante, ejemplar, y encerraba un impactante mensaje: hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por cien justos que perseveran…

En las secuencias iniciales de Balarrasa, unos milicianos fusilan a un grupo de sacerdotes a orillas del mar. De los muros de aquel colegio donde veíamos la película, pendían retratos de antiguos alumnos muertos en la guerra. Una expresiva vidriera en la estética de la época les presentaba ofreciendo sus vidas a la Virgen del Pilar, con palmas del martirio incluídas. Sus nombres rodeaban esa vidriera. Los marianistas tenían razones para denigrar la guerra, pero sin embargo nunca nos hablaron de ella. El Duende se acaba de enterar ahora de que cuatro compañeros suyos sufrieron la misma suerte que aquellos curas de Balarrasa fusilados en la playa. Los padres marianistas, de los que tanto se quejaba el Duende entonces, se quedaban con el mensaje esencial de la película, y no hurgaban en las heridas de nuestra historia que tanto nos desprestigian. No se si sería sensibilidad o pragmatismo, pero muchos que nos educamos allí pensamos que eran detalles de una buena pedagogía.

Pertenece el Duende a lo que doña María llama católicos porsi. Por si fuera verdad todo lo que le contaron sus educadores. Su fe se parece a la de Unamuno: creo en Dios porque lo necesito. Pero tan lastrado por sus limitaciones intelectuales como la gladiadora del hogar de Los Arándanos, se abona a veces a juicios simplistas. Por ejemplo, mantiene que la Iglesia es como una obra de teatro donde la tesis y el argumento son maravillosos, pero falla a veces con los actores y la puesta en escena. Dice Roma que lo suyo son sólo los negocios de Dios, pero, para empezar, tiene status político.

Pues bien, no hacía falta ni sentido de la política para que la beatificación de ayer se hubiera extendido también a otros mártires de la fe. Por ejemplo, los sacerdotes fusilados por no plegarse a los que se habían rebelado contra un gobierno constitucional. ¿No merecían también un beatus ille? Se han escuchado las palabras paz, piedad y perdón, y eso incluye generosidad de miras. Muchos católicos a machamartillo, y otros más escépticos, hubieran deseado que esa lista incluyera a todos los eclesiásticos víctimas de cualquier intolerancia en aquel trienio negro. Y no hubiera sido rendirse a la memoria histórica unilateral que pretenden algunos, sino aplicar naturalmente el mensaje de Cristo.

Claro que, si los designios de Dios son inescrutables, cómo no lo van a ser los de su Iglesia, tan humana -y por tanto tan imperfecta- como este irreverente Duende.

Por cierto, aviso final a navegantes. Recuerden que hablamos de paz, piedad y perdón. Si hay comentarios, que sean para enterrar definitivamente el hacha de esta guerra interminable.

La castritis oratoria

Fidel Castro

Por si no fuera poco su pecado de lesa democracia, los dictadores son unos pelmas de siete suelas. O se aburren mucho. No de otro modo se explica que, dominando todos los resortes del poder, tengan que largar discursos de hasta diez horas (Fidel Castro) o programas de radio que son maratones de demagogia (Chávez). Y perdón si a un presidente elegido en las urnas le ofende lo de dictador, pero recuerdo a este respecto que Hitler también podría haberse mosqueado por lo mismo.

El general Franco, que según el pensamiento dominante era casi más tiránico que Nerón, Stalin y Pol Pot juntos, fue a este respecto más comedido. No se puede decir que tuviera precisamente la oratoria de Demóstenes. Su voz aflautada, su dicción ceceante y la monotonía de su fraseo aburrían a las ovejas. Pero una vez que repasaba los pantanos, la conspiración judeomasónica y la vigencia de los principios del Movimiento -que eran por su propia esencia intangibles e inalterables- aliñaba y remataba la faena en una hora como mucho. Un suspiro al lado de los masajes dialécticos de Castro.

A menudo, cuando el Duende escucha a los que en una empresa, en una junta de vecinos, o en un comité de la Asociación de Amigos de las Setas de Colmenilla toman la palabra, piensa que quizás todos llevemos un dictador dentro. Al menos en lo que se refiere al abuso de la oratoria. Porque hay que ver lo que nos cuesta hablar bien, en corto y por derecho. La docta doña María, experta en humanidades (todas sus poblemáticas son muy humanas) suele decir de la iglesia católica que su mensaje es impecable, pero que le falla su cuerpo de servicio. Y es verdad: le faltan buenos predicadores. Al párroco de la iglesia donde el Duende canta, se le cronometran homilías de veintidós minutos. La palabra de Cristo es sublime, pero la de sus ministros en la tierra es a menudo tan pobre como la de este menda, que suspendió la mayoría de los exámenes orales de su carrera. Hace falta ser un virtuoso de expresión verbal para mantener la atención del público más allá de diez minutos. A partir de ese momento, hasta al parroquiano más fiel se le queda la fe traspuesta.

Todo esto viene a cuento de que hoy día 18 de octubre el Duende tiene que dar un pregón. Ya les contaré si es capaz de hacer caso a Gracián o confunde cantidad con calidad para acabar sucumbiendo a la castritis oratoria.

Padre nuestro, que estás en el pendrive…

Pendrive Solbes

¿Se acuerdan de la ceremonia de la presentación de los presupuestos en el Congreso? Iba el ministro de Hacienda de turno, se bajaba de una furgoneta, abría sus puertas traseras y mostraba un montón de libracos que contenían, departamento por departamento, los números previstos. Era la foto más proletaria de un miembro del gobierno, porque en ese momento en lugar de ministro podía ser el transportista de un notario que trasladaba su protocolo. Las ciencias adelantan que es una barbaridad. Ayer Solbes posaba junto a sus edecanes con unas cuentas que reparten aún más millones. Pero en lugar de un furgón, cabían todas en ese adminículo llamado pendrive que el señor Vicepresidente Económico sacó de una cajita y mostró sonriente al fotógrafo. Tantísimos números en treinta gramos de hardware, el pastón que necesita un país de cuarenta millones de ciudadanos en el bolsillo del abuelito de Heidi, como con humor se definió el sesudo don Pedro. El tío Jacinto, un campesino con boina y cachava pero con alma de hidalgo y lengua de poeta rural, que fue uno de los maestros de pensamiento del Duende, hubiera dicho santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo. El tío Jacinto aún usaba la trilla cuando Armstrong pisó la luna, y no se terminaba de creer que aquellas imágenes que con tanto entusiasmo comentaba Cirilo Rodríguez no fueran un montaje. Uno no sabe qué resulta más difícil de creer, si el hombre en la luna o la ley más importante del año y las cuentas de las que dependen tantas vidas concentradas en un ingenio que abulta lo que un cortaúñas. Tanto cuando eran miles de folios, como ahora, que se posan en invisibles bytes, la pregunta del Duende, era y es la misma: ¿dónde está mi parte del queso? ¿Qué se lleva la boquita de mis nietas? ¿Cuánto el cuidado mi pobre tía víctima del Alzheimer? ¿Cabrá ahí la pensión de la viuda del tío Jacinto?…El sueño de millones de españoles es que ese pendrive, a través de pensiones, subvenciones o servicios gratuitos, nos resuelva todo. Queremos y aspiramos a que el estado del bienestar sea siempre la vaca ubérrima que nos prometen los políticos. Es más, el año que viene pediremos que la traigan al portal, que la ordeñe un funcionario y que nos suba la leche a casa ya pasteurizada y sin haber derramado una gota por la escalera. Todos queremos más, y también que nos lo curren los demás. Aunque posiblemente la auténtica medida de la felicidad no es depender de nadie, sino poder prescindir de casi todo. El Duende envidia a los pájaros del cielo y a los lirios del campo que invocaba san Mateo para que no nos obsesionemos por el alimento ni por el vestido. Lástima que ahora el Dios protector no está en los cielos, sino el pendrive de Solbes.

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La virgen de mi pueblo

Se preguntaba Jardiel Poncela con su guasa surrealista por algunos números aparentemente exagerados de las parábolas evangélicas.¿Hubo alguna vez  once mil vírgenes? Incluso en los tiempos del relativismo que tanto fustiga Benedicto XVI debe de haber en España  muchas. Y no se refiere el Duende al número de personas sin relaciones sexuales, sino al de advocaciones de la virgen María que se veneran en los distintos pueblos de nuestro país. De ahí nacen cantidad de nombres femeninos, unos cosidos al topónimo donde la Virgen se apareció, otros dedicados a la virtud que propician o al milagro de su propia vida  y otros, como Pilar, evocando pedestal. Concepción, Carmen, Begoña, Angustias, Remedios, Rosario, Icíar, Macarena, Asunción, Ascensión, Esperanza, Mercedes, Montserrat, Valvanera, Fuensanta, Almudena, Nuria, Blanca, Amparo -supongo que el que prestaba la Virgen de los Desamparados- Coro, Rocío, Regla, Camino, Magdalena, Guadalupe, Socorro….Ni el padre Bonete, tan sabio de sacristía, me ha sabido decir por qué la Virgen de la buena Leche, protagonista de algún cuadro de Murillo, no se ha traducido en nombre de pila, ni por qué otras, como la de Atocha, se olvidan habitualmente. Más que lo de las advocaciones de la Virgen le intriga al Duende el creciente fervor popular que despiertan sus fiestas. El fenómeno del salto de la verja que protege a la virgen del Rocío en Almonte -un numerito donde la devoción probablemente se mezcla con el deseo de protagonismo ante las cámaras-  se ha convertido para mí en la expresión más nítida de las paradojas del sentimiento religioso en España. Resulta que vivimos en un estado laico, que somos cada vez menos religiosos, y que sólo un quince por ciento de los católicos son practicantes. Pero amigo, llega la fiesta de mi pueblo, que suele fijarse por la de la virgen del lugar, y ahí estamos todos como una piña para reafirmar que, para guapa, virtuosa y milagrera, la nuestra es la primera. Ni el hecho diferencial, ni la cultura propia, ni el club de fútbol local. Yo podré ser agnóstico o tibio, pero donde este mi virgen que se quiten las demás. ¿Fervor religioso auténtico, o afán de subrayar que, aunque sólo sea en lo sobrenatural,  también somos diferentes? No conviene ser tan analítico cuando se va de romería, me dijo ayer al Duende en la de la virgen de Chilla. Fuimos andando a ese lugar del término municipal de Candeleda donde, según la tradición, a un cabrero llamado Finardo se le murieron las cabras que apacentaba por morder alguna mala hierba. Debía de ser el hombre un buen cristiano, porque, atendiendo a sus súplicas, la Virgen se apareció en lo alto de una peña y las resucitó. Del milagro surgió el santuario, y en su entorno umbroso, al amparo de fresnos y olmos centenarios, que supervisa desde sus dos mil seiscientos metros el imponente pico Almanzor, se celebra una misa y una procesión. No faltan coro, banda de música, damas vestidas de gala ofreciendo sus flores, niños vestidos con trajes típicos, subasta de banzos para el honor de portar a la Virgen, y al volver ésta a su sitial, los acordes del himno nacional. Hay después jotas y rondallas, sangría y picoteo con las autoridades y las gentes del lugar. Podría ser un cuadro de Rafael Zabaleta o una secuencia de las Crónicas de un pueblo. Pero el Duende le ve su puntito, confiesa que le gusta, y que incluso siente  un pellizco de emoción ingenua. Por encima de sus dudas y rarezas, allí coincide con mucha gente, y son esos los hilos que le hilvanan al alma del pueblo. 

¿ Dónde está la firma de Dios?

Terremoto en Perú

Ni un día pasa uno sin leer los renglones torcidos de Dios. Cuando no es un jinete del Apocalipsis cabalgando por Irak es un terremoto de muchos grados en la escala Richter y miles de víctimas, generalmente lejos de la rica y noble Europa y casi siempre  pobres. En un tiempo le buscaba raíces razonables a la fe, y recuerdo que leí un ensayo, creo que de Jacques Maritain, que trataba de conciliar la existencia de Dios con la del mal. Debo de ser algo corto de mollera, pero no salí nada convencido. Algún padre Bonete que me encontré en el camino le echaba la culpa de todo al pecado, como si en Perú, en Irak o en Darfour se acumulasen muchos más pecadores que en Saint Tropez o en Mallorca. Qué pena, porque buenas intenciones para entender tanto contradios como ofrece el mundo no me faltaron nunca. Recuerdo ahora a Lobo Antunes, un escritor al que he leído poco, pero al que admiraré siempre por esta frase que encabezaba uno de sus artículos: el azar es el pseudónimo que utiliza Dios cuando no quiere firmar. Y acabo con una oración improvisada:

¡Oh Señor todopoderoso!

Tú que eres perfecto,

haz un mundo del que no tengas que avergonzarte

Los demás haremos lo que podamos,

Pero, por favor…

…¡firma con tu propio nombre

al pie de la página de cada día!

AMEN

 

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