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El Duende sí tiene quien le escriba

En este cenobio lleba cincuenta y dos años Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, un monje que escuchaba la radio...

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De mi consideración y respeto D. Luis y a la vez muy querido amigo, admirado como persona y artista y lo que es más, mucho más, carísimo hermano en Nuestro Señor Jesucristo.

Ya es noticia que uno le escriban. No que reciba envíos de bancos, compañías telefónicas, eléctricas, gasísticas, supermercados, pizzerías, restaurantes chinos y tarjetas de cerrajero, sino una carta escrita  probablemente en una Hispano Olivetti de los años cuarenta. Con una cruz en el encabezamiento, y el membrete de la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia). Tres caras de folio a un espacio: esa es la segunda sorpresa. En esta época en que ya nadie manda cartas, el Duende sí tiene quien le escriba.

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Cuando nació el Duende –ya piensa que lo de la radio le sobra al pseudónimo- pensaba que todas sus ocurrencias hertzianas lanzadas al espacio durante casi un cuarto de siglo eran juguetes a los que dio cuerda y escaparon de su voz sin saber a dónde llegarían.

Nadie emite un mensaje universal que sea interpretado de igual forma por quienes lo reciben. La misma boutade que a este le puede hacer reir, a aquél puede que le haga llorar. Unos la considerarán inteligente, otros zafia e inoportuna. Para determinadas personas, puede ser humor. A otras quizás les parezca más dañino que un tumor. El bloguero cree que en algunos momentos habrá resultado, como poco, irreverente. Pero, sorprendentemente, para Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, que ingresó hace cincuenta y dos años en la Trapa, ni las impostaciones de Juan Pablo II y de Benedicto XVI son pecados de lesa religión. Más aún, hasta la burda caricatura de la clase de tropa eclesial le merece consideración. Su papel de P.Bonete me encantaba –escribe el monje- y me reía mucho, son dos grandísimos artistas los Sres. Javier Capitány Ud.

Al artista jubilado sólo se le ocurre apostillar: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo, V, 3-10)

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Un día, Julián García Candau, un veterano columnista deportivo de los no muchos que saben escribir con gusto, le dijo al Duende que había un paisano suyo que le seguía en la radio, y que suspiraba por unas fotografías suyas dedicadas. No era un paisano cualquiera: era un monje.

- Mi ilusión desde muy niño era casarme –dice en su carta el cenobita- tener una digna esposa y unos hijos, poseer una familia , un hogar, no en vano tuve una novia desde los 21, y luego reñí y tuve otra, desde los 21 a los 24, edad en la que me metí en la Trapa con una fuerte vocación, pues cuánto me costó dejar la novia y cuánto me lloró día tras día para que no me fuese, es lo que más me costó dejar…

El Duende le escribió, le mandó las fotos, y pidió su oración para que Dios le perdonara  las travesuras radiofónicas que pudieran  ofenderle. Fray Mª Vicente no sólo rezó por esas intenciones, sino que aquella Navidad envíó a la casa del Duende unos bricks de leche de las vacas abaciales y una caja de bombones de la Trapa.

Nunca imaginó aquel bromista radiofónico que su semilla pudiera caer en tierra tan fértil.

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Fray Mª Vicente es un fraile muy terrenal. Confiesa que aparte de las novias el fútbol es la única afición que yo he tenido en mi vida. Aunque luego matiza: también el circo, (por sus payasos).

 Pero todo lo dejó por el amor a Cristo, pues créame que sin Cristo en mi vida ya no sabría vivir, El lo es todo para mí, aunque me gustaba antes muchísimo oir la radio o transistor que me regalaron del cual gozaba mucho oyendo a Ud. y a D. Javier Capitán “El gran carnaval”, donde me moría de risa en mi celda y luego también me gustaba mucho oirles a los dos a las 8 de la mañana antes de empezar el parte, lo maravillosamente bien que imitaban a todos los personajes, recuerdo que Ud. imitaba al Caudillo Franco, que vamos, era el Caudillo mismo.

Muy terrenal, como les decía. En aquel cruce de cartas de la década pasada, aunque es natural del mismo pueblo castellonense de García Candáu, se declaraba hincha del Athletic de Bilbao. El bloguero le recordaba entonces su triste suerte de simpatizante del Atlético de Madrid, a lo que el buen monje le recordó que todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria.  O sea que hasta los del Aleti, que tanto pecan de ira y de escepticismo en este valle de lágrimas, podrán sentarse a la diestra del Jefe.

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Cincuenta y dos años levantándose a las cuatro de la madrugada, rezando, trabajando en la huerta, haciendo chocolate, encuadernando, cantando laudes, vísperas, salves, angelus… Aislado del mundo, pero escuchando la radio. Ni una palabra en su carta de palabras como crisis, Europa, prima de riesgo, paro, depresión, pesimismo. Les deseo con todo mi corazón y con todo mi cariño tanto a Ud. como a toda su querida familia unas felices, alegres y santas Pascuas de Navidad y que el Niño Dios nos conceda un venturoso y fecundo Año Nuevo 2012 y nos mande sus dones y gracias santificadoras para que redunde en nuestra santidad.

La carta es un dechado de caótica ternura. Como de otro tiempo, como de otro mundo. Y confiesa Fray Vicente que espera contestación, porque de verdad, D. Luis, que me han encantado sus cartas, sobre todo la más larga, no me canso de leerla, porque yo también aprecio y valoro en usted…Ojos que no ven, corazón que exagera.

Pero bienvenido Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, para recordarle al Duende que hay vida más allá de la crisis y Navidad más acá de El Corte Inglés, quizás donde nos recuerden que no sólo de pan debería vivir el hombre. Y más aún en estos tiempos en que cuesta tanto ganarlo.

 

Cristiano y Cerezo se mosquean

¿Crisis? ¿Cambio climático? ¿Reforma laboral?...Lo que de verdad nos importa es el fútbol

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Reconoce el Duende que lo de que su Atleti le gane al Madrid le parece ya un imposible metafísico. Resignación y mirar a otra parte: tampoco hay quien redima a la especie humana de su cuota de estulticia congénita, y la cosa se acaba soportando.

Si hay una subespecie del hombre que el bloguero odie sin remisión es precisamente la del llamado hincha de fútbol ultra, que suele reunir en sus comportamientos necedad, mala educación, pésimo gusto y a veces (como cuando se burlan a coro de jugadores del equipo contrario muertos) auténtica crueldad. El Duende dejó de ir a los estadios por no sufrirlos.  Pero toda regla tiene su excepción. Borricos son los ultra del Madrid, como todos los de cualquier otro equipo. Pero sin embargo el pasado sábado tiraron de ironía y de sentido del humor y, sorprendentemente, desplegaron una pancarta que tenía su gracia. Su mensaje era: SE BUSCA RIVAL DIGNO PARA DERBY DECENTE.

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Derby es una ciudad inglesa donde se corría una carrera de caballos que debió de ser muy importante. Sin duda por el interés que esa prueba despertaba, de allí extrapolaron los comentaristas deportivos el nombre de Derby, que, por enfatizar, aplicaron a los partidos de fútbol entre los grandes equipos de la misma ciudad. Para los ajenos al fútbol: en el argot futbolero, un Madrid-Atlético es un derby, mientras que un Madrid-Barça es un clásico. Y el drama del Atlético de Madrid es que hace ya doce años que no le gana un solo derby a su rival, el poderoso epulón de la calle Concha Espina. En muchos ellos perdió merecidamente, pues ante los blancos solían borrarse de miedo o por simple desinterés, cosa muy de este giliclub de ciclotimias exasperantes. En el último partido sin embargo presentaron mejor pinta, hasta que los imponderables le dejaron donde solía. Qué manera de perder, que canta Sabina.

El caso es que por unas cosas y otras perdía, como de costumbre. Y en estas que en el fondo donde se alojan los ultras merengones  exhibieron la pancarta de marras. Sin duda, lo mejor que podía esperarse de esta fauna, pero lo  más humillante para  los ultras rojiblancos que carezcan de sentido del humor.

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Lo que sigue se puede contar así. Dos días después se encuentran en un acto Cristiano Ronaldo, delantero del Madrid, y Enrique Cerezo, presidente del Atlético, hombre encantador y educado que se distingue sobre todo por no comprometerse casi nunca diciendo nada notable. Cristiano está dolido porque fue objeto de una tarascada de Perea, un defensa rojiblanco de los que siempre se adjetivan como “bravos”, y no se muerde la lengua.

-Quedan réditos de las patadas que me dieron –le dice al presidente quizás mostrándole el tobillo hinchado.

-Vosotros también pegáis- replicó el siempre sonriente Cerezo- Y a la pancarta sólo le faltó añadir: el árbitro lo ponemos nosotros.

O sea, que se enfadaron.

 

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Un enfado no es noticia. Alfonso Guerra  y Bono se han enfadado estos días con la ministra Chacón. Granados se ha enfadado con Esperanza Aguirre por destituirle. Los autores se han enfadado con Tedy Bautista porque este no había repartido la modesta cantidad de 145 millones de euros  acumulados por la SGAE que probablemente les corresponden. Y en Madrid los comerciantes chinos se enfadan con el Ayuntamiento porque no les da licencia para vender bebidas alcohólicas, un filón ahora que la juventud está más desesperada que  nunca.

La noticia es que este rifirrafe futbolístico, que hoy reproduce MARCA en su edición digital, había  provocado a esta hora la  cantidad de …¡3.166 comentarios!

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El Duende estaba orgulloso comprobando que su post de hace unos días titulado Espejos rotos había recibido nada menos que 18 comentarios, gracias, sobre todo, a la oleada emocional que provocó la muerte de un perro surrealista llamado Bob de C´as Barber. Qué ternura la de aquel colaborador con el que contaba el Duende. Lo mismo hablaba del sol, del mar, de los higos dulsesitos, de la primavera o del sinvivir de los días, destilando en su lenguaje esencias de poeta. Pero se ve que, con ser importante su mensaje y triste la noticia de su muerte, aquí lo que de verdad interesa no es ni la crisis, ni el déficit ni el cambio climático. Y menos aún la poesía.

Fútbol, fútbol, fútbol, panem et futbolenses para el presunto homo sapiens. Lo demás y los demás somos mucho, o creemos serlo. Pero para qué engañarnos, al lado de Cristiano Ronaldo y demás pobrecitos del orbe futbolero,  no somos nadie.

Punset y el meñique dolorido

Eduard Punset es un genio que tiene remedios para casi todo...

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La puñalada trapera que cada día nos tiene reservada la existencia puede sobrevenir de la manera más tonta. Por ejemplo, esta mañana el incauto Homper no se acordó de que andaba descalzo por su habitación, y de que la pata de la cama estaba justo allí, velada por un edredón generoso que llegaba hasta el suelo. Hizo un movimiento inoportuno, metió el pie izquierdo por la zona prohibida y de repente el dedo meñique chocó violentamente contra ese obstáculo criminal y dolorosísimo que sustenta la paz de nuestro sueño.

-La madre que la parió –clamó para sus adentros mientras veía las estrellas.

Qué absurdo, invocar a la madre que parió a una pata de una cama desalmada. Pero en esos momentos de dolor intenso y súbito, sin saber qué harán los demás, Homper presume que la reacción natural del hombre es desahogarse con algún insulto, algún exabrupto, algún epíteto malsonante. Durante algún tiempo, en ocasiones como esas, Homper prefería una frase tan absurda como me cago en los cojones de Witiza, pero ahora es consciente de que ese desahogo puede no ser respetuoso, ojito con los radicales, que siempre hay un integrista de mal carácter dispuesto a amargarte la vida por una chorrada de este jaez. Así que cargó contra la pobre madre de la pobre pata de la pobre cama, qué culpa tendría ella de estar allí, y se sentó sobre el lecho para apretarse el meñique contusionado mientras trataba de imaginar qué remedio cerebral aplicaría el gran Eduard Punset en este trance.

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Punset no dejó una profunda huella en el recuerdo de los españoles mientras fue ministro. Es cierto que le aureolaba una cierta fama de tipo original y genialoide, y que irradiaba simpatía, pero posiblemente esta no trascendió de la clase política o de los sectores empresariales entre los que se movía. Sin embargo supo alejarse del poder y reciclarse como divulgador científico. No sólo eso: gracias a su personalidad ha caído en gracia  hasta haberse convertido en un icono mediático. Suena un poco gilipollesca la expresión, pero es así.

Homper confiesa que nunca sabe si lo que divulga tiene mucha base, pero está convencido de sin duda tiene mucho encanto, y de que la gente está deseosa de escuchar remedios casi esotéricos como los que él predica. Eduardo Punset, que ahora es Eduard, hace uso de su magnífica voz, de su expresión de niño maravillado , de su limpia sonrisa y de ese cráneo einsteniano que envuelve su indudable talento para vender felicidad a nuestro alcance con el mismo poder de seducción que si fuera un genio bueno de El señor de los anillos. No sabe Homper si ha sanado con  sus charlas y sus libros muchas almas malheridas o si es la  reencarnación de un placebo colectivo, pero algo tendrá su agua cuando tantos la bendicen y hasta Bimbo le convierte en estrella publicitaria para vender más pan de molde. Nunca nadie pudo imaginar que un ex ministro llegara a tanto. Homper recuerda que hace unos años le escuchó a Antonio Gala sorprenderse del enorme impacto popular y emocional que inopinadamente había conseguido con su literatura.

-En muchos sitios donde voy a firmar mis libros –dijo el escritor- me quieren, me aclaman y me pasean como si fuera un santo.

Afortunadamente, piensa nuestro Hombre Perplejo, no sólo de artistas de cine y de futbolistas se alimenta nuestro imaginario.

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La esperanza es que ayer mismo, Homper había leído en un  colorín dominical el consultorio en el que Eduard Punset hace de Señorita Francis, pero más ilustrado, y responde a los seguidores que le cuentan su problema. ¿Qué hacer para superar el desamor? –le planteaba alguien. Y Punset responde: “según los neurocientíficos, volver a enamorarse”. O sea, algo tan viejo como aquello de que una mancha de mora con otra mancha se quita. Pero luego viene lo novedoso, el hallazgo de los sabios del alma y del cerebro. “Para volver a enamorarse, hay que desaprender”.

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Desaprender es la clave. Se podría decir olvidar, que es más sencillo, pero psicólogos y publicitarios se han tomado la molestia de enrevesar lo evidente y ahora no olvidamos, sino que desaprendemos, que queda mucho más científico y mucho más fino.

Y Homper se ha quedado perplejo de la eficacia de tal simpleza, pero la receta de Punset le ha despejado el horizonte. Ahora él sólo tiene que desaprender a moverse descalzo alrededor de las patas de la cama. Y, por qué no pedir más peras al olmo, solicitar a las terminales nerviosas del cerebro que, si no les sirve de molestia, le permitan también desdolerse de ese golpe que le ha machacado el meñique.

Películas pequeñas

Para hacer una crítica de una película, pequeña o grande, no hace falta hacer un alarde de erudición1

De vez en cuando los críticos de cine descubren una película pequeña. No se trata de un cortometraje, ni de cine para niños. Tampoco de un filme necesariamente de producción barata, por más que en la mayoría de los casos así sea. Llaman así a las películas sin pretensiones, amables, fáciles de ver y de entender. De las que no buscan hacer filosofía ni revoluciones, arreglar el mundo o contribuir a la náusea universal fustigando nuestras conciencias. A lo sumo, fina ironía y sátira que se queda en cosquillas.

No suelen firmarlas cineastas de renombre, y raramente actúan en ellas actores oscarizables. Nos cuentan la vida de un guardagujas, los amores de una peluquera o la vida en un aburrido pueblo de Gales o en un cuartelillo de la Guardia Civil.. Salen actores gordos, ancianos que cultivan sus flores y hortalizas con verdadero mimo, señoras cocinando salchichas, trenes de cercanías,  niños que tiran piedras al río, conflictos de portería y demás cuadros costumbristas que, por puro contraste con el mundo que podemos ver diariamente a través de los medios, provocan la sonrisa y despiertan la ternura. Tras muchas de esas películas pequeñas  hay talentos notables, y generalmente bastante más sensibilidad que la que necesitan Oliver Stone  o James Cameron para arrasar con sus superproducciones.

Es bueno interpretar igual nuestros días. Cada despertar viene a ser una película, y últimamente al bloguero no le alivian más que las películas pequeñas.

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Ayer se encontró en el supermercado a Homper, que metía en su carrito dos cartuchos de Filipinos.

-Nunca imaginé que una simple rosquillita de galleta bañada en chocolate me pudiera suponer tanto- se excusa como si aún fuera un niño.

El Hombre Perplejo es un alter ego disciplinado. Sostiene que lo que ve y escucha cada día del mundo alrededor  la hace sentirse en el epicentro de un cataclismo,  y que sólo busca sus particulares películas pequeñas para seguir manteniendo la afición a la supervivencia.

-A Dios me lo escondieron entre brumas. A la patria me la borraron. La política y la economía, a las que adorábamos como si fueran el becerro de oro, se derrumban tal que un castillo de naipes. Al amor me lo ha bastardeado el egoísmo de este ser humano que se cree el rey del mambo. Ya sabes, tantos derechos le han hecho perder el oremus. Y ahora, con lo de Grecia, hasta la democracia parece haberse vuelto gilipollas.

El día le ha deparado, amen de otras malas noticias, un insulto a la dignidad llamado Txapote y el referéndum de Papandreu, una buena solución para que el pueblo griego pegue patadas a la desvergüenza  de sus políticos en el culo del resto de Europa.

-Ya ves –concluye a la manera de Groucho Marx- Cuanto más conozco a la especie humana, más necesito la droga de mis Filipinos.

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El bloguero agradece tanto las películas pequeñas como las críticas pequeñas. Sobre la función de la crítica se han escrito muchos libros,  pero ahora que se redimensiona todo, bueno sería que los plumillas que se ocupan de este menester  recordaran que una de sus funciones es guiar al ignorante.

El bloguero reconoce que una de sus  contadas claudicaciones al sadomasoquismo es leer las críticas de cine en EL PAÍS. A excepción del valiente Carlos Boyero no hay ni uno solo de su equipo de críticos que desperdicie la película más tonta para dejar un poso de su sabiduría en un ensayo que se adentra en muchos laberintos sin aclarar al final si la película es buena o mala, divertida o aburrida, para frívolos o para torturados, para verla en compañía de de niños o mejor con  gerentes de pompas fúnebres. Desesperantes. El marqués de Betanzos, que fue quien inventó el neologismo de eruditos a la Googleta, les diría  ahora a estos cátedros eruditos a la claqueta.

Afortunadamente hay en la red otros críticos sin pretensiones que hacen de la síntesis y la claridad su norma. Busquen la web de El cine según Atticus y descubrirán con Pepe García Berdoy muchas películas, grandes o pequeñas, comentadas con sensibilidad y con criterio. Another year y Criadas y señoras han sido dos de sus últimas recomendaciones más que atinadas. En tiempos de zozobra, nada como zambullirse en la fábrica de sueños sabiendo que el sueño va a ser de nuestro gusto. Fuera, en la vida de verdad, hace demasiado frío.

 

Memento goloso

A unos muertos se les llora. Pero hay otros que dejan uns recuerdos tan dulces que...

Como es tradición, tal día como hoy  tendría que acordarse este sedicente duende de sus difuntos. Fieles o infieles: ya les pedirá cuentas quien proceda, que a uno no le va a mudar su recuerdo por lo que hicieron o dejaron de hacer en vida. El día amaneció nublo y llorón, otoñal, como convenía a la fecha. Al sedicente duende le pareció romántico y un punto emocionante. No es un fiel cumplidor de los titos habituales, pero, como es natural, desfilaron por su memoria las personas que quiso y que, por cierto,  ya desfilaron definitivamente.

Cada año es más largo el desfile. Se acaban muriendo hasta los que no se morían nunca.

No es más que un pensamiento, pero uno cree que se va olvidando de sus muertos más afectos porque en realidad nunca acaban de morir, y están vivos. Cuanto más queridos lo fueron,  más incrustados los lleva en el alma. Por eso no llevará flores a su madre justamente hoy. Tal vez otro día. Se acordará de ella cuando, a los postres, pruebe uno de sus favoritos, que son los buñuelos típicos de estos días.

-Madre, tú los hacías más ricos.

Ella celebrará también el día de los vivos difuntos.

 

Un 20 de octubre, por fin…

Este 20 de octubre ha traído sonrisas, lágrimas y arcadas...

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Pepa había esperado ese día con una paciencia y un espíritu irreprochables. Ni siquiera ver a su marido asesinado por las pistolas de ETA  quebró su dignidad. Como tampoco su fe en que la especie humana es capaz de admitir sus errores y regenerarse de sus crímenes.

-Te prometo que, a pesar de todo, seguiré creyendo en la democracia, Chuchi -musitó entre lágrimas al antes de arrojar la  última rosa sobre su tumba.

Ese 20 de octubre podía ser el gran día. De una parte se anunciaba la muerte de Gadaffi, otro dictador, otro terrorista como los que le habían convertido en una viuda. De otra, a las pocas horas ETA, su tormento,  anunciaba el “cese definitivo de la actividad armada”.

-Qué alivio, Chuchi –le dijo al retrato que le miraba desde lo alto del televisor- El mundo es hoy un poco más respirable.

Y le sonreía mientras por sus mejillas se deslizaban dos lágrimas.

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Pero al poco tiempo el propio televisor le ofreció el comunicado  de unos siniestros encapuchados.  Tras el esperado anuncio,  rendían homenaje a sus caídos y a sus presos, que tanto sufren, y reclamaban negociación a los gobiernos de España y Francia para solucionar “el conflicto”. Ni una palabra de recuerdo, ni una mísera disculpa a las familias de sus más de ochocientos cincuenta asesinaos. ¿Tienen enmienda los criminales? ¿Se puede seguir creyendo en la regeneración de canallas  así?

Y poco después, en las noticias internacionales, las imágenes del otro gran terrorista intentando zafarse de sus ejecutores y ya muerto a tiros y ensangrentado, ojo por ojo, diente por diente. El pueblo libio exigía ver a su sátrapa caído, y mostraban a Gadaffi semidesnudo sobre una manta como a los gladiadores muertos en el circo de Roma. Qué aleccionador: un cadáver ensangrentado, desgreñado y agujereado servido para saciar la sed de venganza de los patriotas libios. Y todo el mundo viendo el fabuloso programa doble.

Debería de haber sido un gran día para la gente de bien. Quizás de sonrisas, o de sonrisas y lágrimas. Qué cosas, sin embargo no fue exactamente así. Pepa no quiso aguarle la fiesta a nadie, ni menos poner barrotes entre las ruedas al optimismo oficial. Quizás fuera por  exceso de sensibilidad, pero a lo que ella sintió, sobre cualquier otra cosa, ese anhelado 20 de octubre sólo se le podía llamar arcadas.

Nos ponemos estupendos

Aún nos sacamos los mocos cuando conducimos y tenemos que parar en un semáforo rojo. Pero no hay duda de que nos estamos poniendo estupendos...

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El disco se puso rojo, y Alicia aprovechó la pausa para observar a los demás automovilistas que se habían detenido a su alrededor. En una foto instantánea, a base de imaginación y con la única pista que daba su aspecto y la distinta calidad y cilindrada de sus vehículos, Alicia  había creído reconocer  a un alto ejecutivo, a un jefe de compras de de un supermercado, a un administrativo, a un jubilado, a dos estudiantes, a un carnicero, a un músico de jazz, a una secretaria, a un catedrático y a un musculitos de gimnasio.

No todos guardaban la misma compostura. Dos de los hombres hablaban, se supone que por el teléfono sin manos de su coche, uno se rascaba una ceja, la señora se miró al espejo de cortesía y se pasó el lápiz de labios, y uno de los presuntos estudiantes se manipulaba sus partes sin el menor pudor.

El resto se sacaba mocos con la mirada perdida.

-Con esa cara tan trascendente que ponen podrían aprovechar para filosofar-pensó Alicia- Pero no hay manera. Hasta los de los coches de lujo se entretienen en hacer albondiguillas.

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Alicia era licenciada en derecho y económicas, y hablaba bien el inglés el francés y el italiano. También se desenvolvía en alemán. Sólo había conseguido sin embargo un contrato temporal como ayudante de la subdirección de marketing de una multinacional del automóvil. Viajaba en coche de empresa por la largueza de su director financiero, que le había conseguido un anticipo de tres mil euros para que comprara un utilitario de tercera mano y pudiera desplazarse diariamente a la oficina, a veintitres kilómetros del centro de la capital. El cascajo, coloradito y sin tapacubos, era literalmente un coche de empresa. Al menos hasta que Alicia devolviera el préstamo.

Pero eso no desanimaba a la joven trabajadora. Consciente de que hoy día las fábricas de automóviles compiten en ofrecer en todos sus modelos de lujo extras, muchos de los cuales ni se sabe para qué sirven ni se ponen en funcionamiento jamás, se había atrevido a mandar un memorando al departamento de diseño de la central en Alemania sugiriendo que incorporaran a la consola de mando de los coches un invento revolucionario e indispensable para el automovilista español que se le acababa de ocurrir.

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El invento lo tituló: PROYECTO SNOTER.

Snot en inglés significa moco. Dado que el argot automovilístico está lleno de anglicismos y que además snoter sonaba (y nunca mejor dicho lo de sonar) más elegante que moquero, Alicia creía que un pequeño aspirador de secreciones nasales con terminal adaptada al tamaño de los orificios de la nariz podía evitar el penoso espectáculo de los conductores sacamocos y el deterioro de la imagen de marca de los coches que conducían.

-Bastará con que introduzcan la boquilla del aspirador en el orificio obstruido y aprieten un botón para que las molestias nasales desaparezcan en un instante- explicaba en su memorando- Así, en lugar de sacarse los mocos a dedo limpio (malo) o tocarse los cojones (peor aún), los conductores podrían aprovechar los discos rojos para liberarse de ese engorro nasal con la misma discreción y coquetería con la que, por ejemplo, perfilan sus labios  las señoras que cuidan su aspecto.

-Todo sea por nuestra imagen de marca –concluyó en su informe.

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Un mes después de haber enviado su memorando,  los discos rojos que se interponían entre su casa y su oficina seguían dando diariamente el penoso espectáculo de los conductores sacamocos. En opinión de Alicia, la determinación de éstos era directamente proporcional al lujo de sus automóviles. A mejor marca y modelo de más alta gama, más aplomo y actitud desafiante se observaba en las maniobras digitales.

-Estos son mis mocos, ¿pasa algo?-parecían decir los conductores poderosos con su cochino gesto.

Lamentablemente, Alicia no había recibido de Alemania respuesta alguna a su proyecto. No es que la promocionaran de puesto, ni que le mejorasen un euro su sueldo miserable. Es que su propio jefe le había avisado de que estas iniciativas siempre iban directamente a la papelera de cualquier dirección que se precie.

-Ali, guapa –le dijo- Tú eres una chica lista, y si no me escuchara nadie te diría que estás buenísima. Pero lo del  PROYECTO SNOTER es una gilipollez. ¿Cómo le vamos a insinuar al comprador que es un maleducado y que se saca los mocos en el coche?

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Un disco rojo más allá, y en el informativo que transmitía la radio de su cascajo coloradito, Alicia escuchó tres noticias que le dieron qué pensar. Una noticia hablaba de la gobernanza del consejo regulador de nosequé.

-Antes se decía gobierno, o gobernación. ¿Mola más la palabra gobernanza? ¿Tiene más estilo?

Eso no dejaba de ser una anécdota semántica con tufillo a eufemismo tonto . Pero las dos noticias siguientes eran menos frívolas. A Miguel Carcaño, confeso violador y asesino de Marta del Castillo al que se le debía empezar a juzgar hoy, no se le pudo tomar declaración por las hábiles maniobras dilatorias de sus abogados defensores. Pobre chico, no se vaya a quedar sin garantías. Y entretanto se inauguraba en San Sebastián un consejo de notables en materia de terrorismo para pedir a ETA que deje de matar, y a los gobiernos de España y de Francia que, si no les sirve de molestia, se pongan a hablar con los asesinos de ETA y arreglen los problemas pendientes. Mayormente los de sus presos, que como no tuvieron la suerte de morir, como sus víctimas, ahora se aburren mucho en las prisiones lejanas. Nuestra sociedad, que  de pura exquisitez moral se está poniendo tan estupenda como Max Estrella.

-Jó, qué sensibles somos -suspiró Alicia mientras se acordaba de aquel principio de in dubio pro reo que estudió en Derecho Penal- In dubio pro reo, in dubio pro getas, in dubio pro frescos…¿Como van a escuchar  lo que piense una chica como yo?

In dubio pro idiotas. Pero contentos, sabiéndonos estupendos.

La suerte del murgaño y la esperanza

Homper no pudo salvar la vida al murgaño, pero no pierde otras esperanzas...

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Aquel día Homper  se sorprendió al comprobar que en la especie humana cabe de todo. Cuántas sensibilidades distintas, a veces diametralmente opuestas. La radio conraba que un par de niños habían desaparecido en un parque de Córdoba donde paseaban con su padre, separado de la madre de las criaturas. Raro, raro. La madre estaba desconsolada, rota. La policía había investigado ya la finca de los abuelos paternos, donde habían observado detenidamente los restos de una hoguera en la que aparecían huesos.

Sólo era la macabra insinuación de una hipótesis, pero Homper sintió que un escalofrío le sacudía el cuerpo. ¿Sería posible que el padre hubiera asesinado a sus hijos y hubiera quemado sus cuerpos para deshacerse de la prueba de su crimen?  A continuación el informativo hizo un alto para dar paso a unas cuñas publicitarias. Una de ellas anunciaba un programa de la propia cadena, Como el perro y el gato, que presenta Carlos Rodríguez.

-Estoy preocupado porque a mi gato le huele el aliento –decía uno de los oyentes que habían llamado al consultorio del programa- ¿Tiene remedio?

A Homper le alivió que la halitosis gatuna tenga remedio. Los niños de Córdoba siguen sin aparecer, pero si un amante de los animales quiere dar un beso a tornillo a un minino puede encontrar una boca tan fragante como se supone que debe de ser la de  Scarlet Johansson. Algunas almas sensibles sí tienen la suerte de encontrar solución para sus problemas.

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Aquél día de sol veraniego Homper estaba en la Galicia profunda, en un precioso pazo del valle de Lemos, acompañando a un amigo que pasa momentos difíciles. Una casa solariega con varios siglos de piedra y pizarra a cuestas, verdes prados regados por el río Mao y un monte de frondosos carballos y arces en la orilla opuesta enmarcaban una vista ideal para el descanso y la meditación.

Los males que afligen al amigo no son ni mucho menos los del drama de los niños desparecidos. Tampoco los del amante preocupado por el aliento de los gatos. Homper tiene poco de psicólogo, y  tampoco mucho de director espiritual. Sólo es algo experto en auxilios mínimos: una conversación  con buenas intenciones, quizás un chiste, un par de huevos fritos con chorizo, la recomendación de un libro, de una música, de un paseo. Pero el amigo padece de un defecto muy extendido, y del que casi nadie está libre, y es creer que el mundo gravita únicamente alrededor de nuestro ego herido.

-Le voy a ser sincera –le confesaba a Homper el otro día su vecina- La deuda soberana, la quiebra de Grecia,  la crisis del euro y eso será muy grave. Pero a  mí lo que de verdad me arruina la vida es la ciática.

Todos vivimos obsesionados con nuestras ciáticas del alma. Ya sean graves, menos graves o, como en caso del dueño del gato, irrelevantes.

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Los niños de Córdoba seguían sin aparecer, la crisis económica no cedía, la depresión del amigo tardaba en asimilar la terapia que proponía, sin demasiada convicción, Homper. Quedaba la esperanza de que la vecina hubiera mejorado de su ciática, y que el gato maloliente hubiera convertido su halitosis en suspiros de fresa como los de la princea de Rubén Darío, que estaba triste, pero olía divinamente.

-Si no puedes arreglar los grandes males del mundo –recordó Homper que le dijo una vez el padre Ramiro- ayuda a solucionar ese pequeño problema que tienes a mano.

Después de haber corrido por el lecho seco del embalse de Vilasouto, por los bosques de Novelin, Rendar y Eirexalba y de haber saludado a par de corzos con los que se cruzó en el camino de aquel insólito día de otoño estival, el problema más inmediato se presentó en el fondo de la bañera. Ahí, mientras se duchaba después de la carrera, Homper descubrió un punto del tamaño de una lenteja que se desplazaba lentamente, como tratando de esquivar los chorros de agua que proyectaba la alcachofa de la ducha. Homper no se ducha con gafas, pero a pesar de ello estaba convencido de que se trataba de un murgaño. Por tal nombre se conoce a cualquiera de las seis mil quinientas especies de opilones, insectos, también llamados pataslargas, que se distinguen del resto de los arácnidos por la ausencia de estrechamiento entre el prosoma y el epistosoma y por la exagerada longitud de sus cuatro pares de extremidades.

-Hay que reconocer que el bicho es feo –pensó Homper en plan buenista- Y no se qué beneficios puede aportar a la humanidad. Pero…¿no tiene también su derecho a la vida? ¿Quién es uno para condenarle a muerte, si el animalito  no ha hecho nada malo?

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Estaba convencido de que iba a hacer un bien: evitar la muerte a un insecto inocente. Eso tal vez podría ser presagio de que los niños de Córdoba aparecerían, de que el amigo maltrecho remontaría y de que la ciática de la vecina y el aliento del gato dejarían de ser problemas. Sobre todo: estaba encantado  consigo mismo por haber procedido con ética. Ética raquítica, si se quiere, pero ética al fin y al cabo.

Así que salió de la ducha se secó y rescató delicadamente con el índice y el pulgar de su mano derecha el cuerpo mojado del opilón para dirigirse  a su habitación y depositar en el balcón al pequeño náufrago, que ya libre y en suelo seco despabiló pronto.

Lástima que los destinos del Señor sean ciertamente inescrutables.  E imprevisibles. En ese momento apareció una lagartija, vio al murgaño inocente y sin dudarlo un momento se lo tragó de un bocado. Tanta ética y tanto cuido para este final cruel como la vida misma.

Así que Homper va insistir con el amigo desanimado, que es alifafe que le queda más cerca. La esperanza no se pierde.  A ver si  puede darse el gusto de ayudar con buenos resultados.

La Virgen del Pilar y otras devociones

El orden celestial es a veces tan complicado como el desorden del corazón...

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Se lo decía Pepito Grillo, agazapado en el fondo del alma.

-Y la tesis de esta obra que es la fé…¿no sería  más sencillita si hubiera menos personajes?

El pequeño Duende repasaba el reparto de su religión. Primer actor, Dios. Junto a El, los otros componentes de la Santísima Trinidad, o sea, el Hijo y el Espíritu Santo. Luego la Virgen, los ángeles, los santos. Entre estos, apóstoles y santos del montón. Y entre los ángeles, los arcángeles, los querubines, los serafines. (Aquí seguía la retahíla con otras criaturas celestiales que ya no recuerda). Ah, y los beatos, que también tenían su papelito.

Rondaban también por ahí las ánimas del purgatorio. Y los padres de la Iglesia Y en el orden de los afectos que uno debía priorizar con sensibilidad cuando rezaba, por no ofender a la jerarquía, el ángel de la guarda y los patronos. El o la  que nos daba su nombre, la virgen o el santo de nuestro pueblo o de nuestro cole. Todos eran padres o madres nuestros, luces espirituales, guías de nuestras vidas, salvavidas de nuestras almas. Y probablemente a todos debería encomendarse antes de que, llegado el momento final, sus ojos se cerraran para siempre.

-¡Santo cielo!- le avisaba Pepito Grillo alarmado- ¿Te acordarás de todos?…¿Será tan largo el momento final como para que te de tiempo a cumplir con el elenco completo?

Menos mal que los diez mandamientos se cerraban en dos, y que con amar a Dios sobre todas las cosas y a Dios como a ti mismo parece que salvabas el expediente.

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La virgen que el Duende creía que le correspondía era la del Pilar, patrona del colegio donde se educó, que se distinguía a la legua por la columna sobre la que se apareció. Eso, y que además normalmente se modelaba en metal, le daba un aspecto de virgen fuerte, blindada y guerrera. Además salía mucho en Agustina de Aragón, una película obligada que echaban en el cole o el 12 de octubre o el día de la Inmaculada, patrona de la infantería. Primer lío: ya había que amar también a la Purísima, que era más etérea, y volaba sobre nubes mientras, como quien no quiere la cosa, pisaba la media luna del turco. No entendía tampoco el Duende que nos hubiera ayudado a ganar la batalla de Lepanto y que luego apadrinara a la fiel infantería.  Otro lío es que había que amar mucho también a la Virgen de Fátima, que era la misma madre de Dios, pero vestida con manto claro y corona, y con un toque más humilde, porque se aparecía a pastorcitos portugueses que entonces aún vivían y podían dar testimonio de su fe.

-No vean lo sencilla que es- dirían Lucía, Jacinto y otro pastorcito cuyo nombre no recordamos ahora.

La Virgen de Fátima deslumbraba además porque su imagen era fosforecente. Apagabas la luz de la mesilla de noche y ella te seguía iluminando mientras conciliabas el sueño. Qué tranquilidad te daba eso. Podías estar pensando en Pepi, una chica del colegio de Loreto que te gustaba. Podías incluso desear que el sueño te reuniera con ella paseando de la mano por el Retiro, que con suerte no era más que pecado venial. Pero entretanto, luce que te luce, la Virgen de Fátima irradiaba la su mágico resplandor  amarillo y verdoso que te reconfortaba el alma. No era la virgen titular del Duende, digamos, pero hay que reconocer que tenía mucho predicamento y despertaba devociones sin límite.

La cosa se le complicó al Duende porque cuando hizo la primera comunión sus padres le regalaron una medalla de oro. Y la medalla no era ni de la Virgen del Pilar ni de la de Fátima, sino de la Virgen del Perpetuo Socorro, que era como más bizantina, más exótica y de estampa más rica. Quizás el joyero también la vendía más barata. El caso es que mientras el Duende imberbe iba asimilando que madre no hay más que una, no paraba de descubrir que las niñas de entonces llevaban nombres de muchas madres de Dios. Pilar, Fátima, Inmaculada, Socorro, Reyes, Camino, Macarena, Almudena, Blanca, Regla, Covadonga, Montserrat, Mercedes, Amparo, Fuencisla, Dolores, Angustias, Milagros, Loreto…Cada una con su cuento, con su espacio, con su memorial de milagros, con sus específicas virtudes. San Blas te curaba la garganta, santa Lucía te protegía la vista, Santo Domingo de la Calzada hacía cantar a la gallina después de asada.

-Qué lío, Señor, qué lío –suspiraba el pequeño Duende en su empanada celestial- ¿No podías haber hecho tu reino un poco más sencillito?

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Pero el día del Pilar era fiesta, y había misa solemne en el patio central del colegio. Y allí niños como Luis María Ansón, o Juan Luis Cebrián, o Javier Solana, o José María Aznar, o Alfredo Pérez Rubalcaba o el mismo Duende voceaban al final de la misa en honor de su patrona uno de esos himnos de la época, que si  no era de Pemán, de Foxá o de Sánchez Mazas pudiera haberlo sido. Pues decía cosas tan enfáticas e imperiales como Españoles, hidalgos, valientes/ con la edad nos queremos mostrar/ y este voto ofrezcamos fervientes/ a María del santo Pilaar…/Él será nuestro apoyo constante/ en las lides diaria labor/ santo faro, fanal vigilante/ que nos guíe por sendas de honor…El Duende lo cantaba, como todos, a voz en cuello, y golpeando los finales en ente y ante, cosa que le cabreaba sobremanera al don Antonio Farrás, que era el padre superior. No sabía el pequeño pilarista lo que era un hidalgo, ni mucho menos que lo fuera él, ni tampoco lo que significaba ferviente, ni fanal, ni una lid de diaria labor, que manda castañas las servidumbres de las rimas, ni una senda de honor. Sólo sabía que era la fiesta de España, y que acabada la misa era día de vacaciones, que probablemente hubiera paella de comida  en casa, y que era el santo de todas las Pilares y Pilarines, que por entonces abundaban en los parques y jardines.

-Pilarín, que vamos a jugar a la comba- se escuchaba en  el Retiro.

¿Dónde se ocultan ahora las pilarines?

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Cuesta creerlo en este verano africano que se quiere adueñar del otoño, pero el Duende jura y perjura que un día del Pilar de `principios de los sesenta del pasado siglo llovía en Madrid. Como todos los doce de octubre, cantó Españoles, hidalgos valientes. El no se sentía particularmente valiente, más bien al contrario. Pero probablemente estaba deslumbrado por el recuerdo de una Pilar que había descubierto ese verano. Era bastante mayor que él , rubia , vistosa y reidora, simpatiquísima. Adorable. El Duende insiste en que él no era nada hidalgo, pero sí que era aún era un chico bien educado, tímido, más parado que el caballo de un fotógrafo. Algo cursi: de otro siglo. Así que se acabó la misa y él se fue a una bombonería de la calle de Goya, y con sus ahorros compró  una caja de lenguas de gato. Y se fue andando bajo la lluvia hasta la calle del Conde de Valle Suchil, donde vivía ella, y se presentó en su casa, y le ofreció su regalo romántico y goloso.

-Muchas felicidades. ¿No es tu santo hoy?

Ella se quedó pasmada. Un adolescente casi imberbe convertido en admirador de quien ya era una señorita, qué cosas pasaban entonces. Pero no fue, claro, Verano del 42. Aquella Pilar se casó con un ingeniero que era un tipo estupendo, tuvo tres hijas y murió muy joven por un cáncer traidor que arrebató prematuramente su impagable sonrisa. Hay muchas más pilares en la vida del Duende, entre otras dos primas hermanas que también murieron  jóvenes. De todas ellas se acuerda cada vez que llega el día del Pilar.

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Entretanto, en la cabecera de su cama cuelga un grabado antiguo con la imagen de una virgen bien poco conocida, sencilla y adusta. Es la Virgen de Cubillo, de un pueblecito de Soria, que también tiene derecho a figurar en el devocionario con tantos méritos como la del Pilar. Todas, al cabo, no deben ser más que una. No sabe el Duende de qué le protege la de Cubillo, ni cuáles fueron sus milagros, pero la compró en el Rastro por cinco duros de hace años y le tiene mucho cariño.

Por lo demás, el orden de la jerarquía celestial le sigue pareciendo un lío de padre y muy señor mío. Igual que los sentimientos, que van de aquella llorada Pilar a otras devociones,  según le peta a la veleta de la memoria y a los impulsos del corazón. Alma de duende, navegando pacíficamente entre la ignorancia y la duda.

La baba nacional

Se puede mirar con respeto. Pero también con estupor, con ternura, con guasa, con piedad. Y, no se ofenda nadie, con rubor...

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Homper vuelve a quedarse perplejo. Super, super, super, superperplejo, como diría una niña pija. Hace ya tiempo que no hablaba de la tía Clota, la tía andaluza que fue profesora de español en Estados Unidos, casó con un granjero americano de Vermont, enviudó de él y se quedó a vivir para siempre en Nueva Inglaterra. Era la única tía que le quedaba, y hablaba con ella una vez a la semana utilizando el Skype. Pero anteanoche ella se despidió de él.

-Puede que sea para siempre, sobrino- le dijo mientras se tomaba una infusión en un mug decorada con la cara de Leonardo di Caprio- Ya me ha dicho el cirujano que este corazón tiene muy difícil arreglo. Fíjate qué pena si me muero en la mesa de operaciones sin haber visto nada de la boda.

-¿De qué boda, tía?

-De cuál va a ser…De la boda de la Duquesa. La gran fiesta de la baba nacional, ¿no?

No parece que le apenase mucho. La anciana está ya muy debilitada, y hecha a la idea de que su suerte final está al caer.

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Se quedó perplejo, como no podía ser de otra forma. La gran fiesta de la baba nacional…Qué manera de expresarse. Pero pronto comprendió que su tía conservaba su lucidez,  y que desde sus años y desde la distancia no tenía por qué andarse con rodeos.

-Se casa por tercera la Duquesa de Alba, 85 años –rumió Homper en sus pensamientos-  Está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, el amor tiene razones que la razón desconoce (Pascal) y el amor no tiene edad, que lo cantaban en la zarzuela Don Manolito. Todo muy comprensible. Incluso plausible.

Y ella, la Duquesa, es una mujer liberada que a pesar de sus años aún cree creer en el amor. Y es simpática. Y generosa, según cuentan las personas han sido beneficiarias de su caridad y que hoy le felicitaban por la radio. Y divertida. Y pintoresca. Y es verdad que empieza a acusar su edad en algunos detalles poco amables para su imagen. Pero Homper está seguro de que lo de la fiesta de la baba nacional no lo decía la tía Clota porque a Cayetana se le pueda caer la baba, cosa que nos podrá pasar a cualquier a su edad. Sino por todas las demás babas que supuran de su boda.

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La mala baba (portada deINTERVIU, mensajes de Twitter poco piadosos con la noble enamorada). La baba de los aduladores profesionales. El baboseo asqueroso de los que se chotean de ella y luego la jalean como heroína del pueblo para vender sus revistas, sus programas de radio y televisión y los libros que se escriben a cuenta del personaje. Y la baba, la simple baba del tonto de baba que somos todos.

-¿Por qué voy a decir que el pueblo siempre es sensible e inteligente, si no soy político?-se dice el Hombre Perplejo.

Últimos detalles del esperpento. Los balcones con vistas al Palacio de Dueñas se llegan a pagar a 8.000 €. Y la eterna chiquilla que cree ser la novia se marca una rumba tambaleante ante la iglesia que  si, por una parte es ternura,  por otra parte resulta patética. Dos flashes iluminan el confuso pensamiento de Homper: el recuerdo de la cara de El bobo de Coria que pintó Velázquez. Y a continuación, la cínica razón con la que el fénix de los ingenios Lope de Vega justificaba su producción de comedias alimenticias en serie: El vulgo es necio y, pues lo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto.

 -Tiene razón la tía Clota- concluye Homper- Todos necios, todos formamos parte del tinglado de la nueva farsa. Hasta yo, por entrar al juego y creer que mi punto de vista sobre la boda de la Duquesa puede ser de interés. Qué disparate.

Y al día siguiente de la boda, aún es noticia preferente la gran fiesta de la baba nacional.

Tristeza, balcón y gato

No le busquemos demasiados pies al gato...

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Mientras Obama se mosqueaba con la vieja Europa y la regañaba por no saber cómo combatir la crisis, algunos se entretenían analizando una foto de la ministra Carmen Chacón con la piernas cruzadas.

Presuntamente cruzadas, debe añadir este bloguero. Según algunos observadores maliciosos,EL PAÍS había trucado la foto, jugando con las piernas de la ministra para que parecieran otra cosa que lo que en realidad son. No se sabe si para favorecer su imagen o para fastidiarla y agradar a Pérez Rubalcaba, que le disputó la candidatura del PSOE y ahora es el favorito del periódico.

El Duende, alertado por un confidencial que denunciaba que ahí había busilis,  pasó un buen rato ante  la foto. Se acordaba de una extraña corbata de seda estampada que durante años se exhibió en el escaparate de una tienda de la calle Alcalá, junto al Teatro AlcázarEn el estampado de la corbata, bastante fea por cierto, se veía a una dama mirándose ante un espejo. Y a su lado, un letrero: “No es lo que parece”. El Duende se la quedaba mirando un rato y de repente, por no se sabe qué macabro efecto óptico, la dama ante el espejo se transformaba en una calavera. El Duende en este caso vio las piernas de la ministra algo forzadas por el deseo, tan femenino, de lucir lo mejor posible. Pero no advirtió nada raro en la foto.

Pensó que a veces nos empeñamos en buscar cinco pies al gato a casi todo.

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El día de un hombre jubilado se llena con experiencias variadas. Por ejemplo, con paseos, gestiones en la calle, conversaciones llamadas telefónicas, apretar los tornillos a la butaquita giratoria de IKEA en la que se sienta para escribir, pequeñas compras para la supervivencia, recuerdos que van y vienen y observaciones varias. También con noticias que a veces son buenas y, más frecuentemente, malas. Aparte de la bronca de Obama y de las piernas de la ministra Chacón, el día de ayer le sorprendió al Duende con una noticia tremenda. Unos amigos que habían sufrido la muerte de una nieta hace tan sólo cuatro cuatro meses, perdían en accidente de coche a otro nieto que estaba estrenando la juventud.

-Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa- dijo Woody Allen, probablemente en una ocasión como esta.

Dolor, indignación, confusión, tristeza. Vana curiosidad: ¿quién le explica a uno todos los trágicos porqués que nos va planteando la vida?

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Para momentos así, el Duende tiene un remedio impagable. Es sólo un balcón. Mejor dicho, algo más: es un horizonte panorámico, un paisaje que tiene historia y que probablemente alienta muchas pequeñas historias de los que ahí viven. Oxígeno para el alma aturdida. El horizonte abarca desde  los edificios históricos del viejo Madrid hasta su pequeño palomar, con el Manzanares de por medio, mucho arbolado y un pinar  que se extiende a sus pies.

-¿Y por qué pasan estas cosas?-suspira asomándose al balcón.

Se acodaba ayer en su barandilla y miraba el panorama mientras por dentro seguía hurgando en sus porqués. Creyó que las lágrimas le iban a nublar la vista, pero pudo distinguir entre los pinos a un gato negro  que retozaba con un papel que volaba al soplo del viento. Cuando el minino se cansó, se tumbó a dormitar entre la pinaza y la hierba seca. Cuánta paz ajena a cualquier dolor respiraba el momento. Entonces el Duende se acordó de Morito, el gato negro que ya vivía en la casa de sus padres cuando él nació. Morito ronroneaba junto al fogón de leña, y luego se estiraba y afilaba sus garras en las patas de la mesa de la cocina. Era muy manso, muy bueno, y se dejaba acariciar con el mismo mimo con el que ahora repasa uno sus recuerdos de la infancia.

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Caía la tarde. El gato negro del parque  seguía sesteando en la última mancha de sol mientras cruzaba volando una de esas bandadas de cacatúas verdes que ya se han hecho madrileñas. Y de repente la mirada hacía de ungüento: la vista le consolaba, el gato le distraía, la memoria le sonreía. Y aunque la trágica noticia le pesaba en el alma, sentía un cierto alivio. Quizás haya que aceptar con naturalidad que la carne de la vida se meche de amargura. Y respetando el sufrimiento ajeno, puede que  no haya más remedio que contemplarlo como la foto de la Chacón, sin sacar cinco `pies al gato del destino que nos entretiene.

(*) Hay quien busca “tres pies al gato”. Incluso parece que el propio Quijoteutiliza esta expresión. Pero huroneando en internet constatamos queSebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana mantiene que llo correcto y lógico  es hablar de cinco. Y lo legitima en verso: El normal, cuatro presenta/ Tres, si le falta una sola/ Y cinco si, quien la cuenta,/ toma por pata la cola

Bomberos del alma

A veces el Duende debería llevar un retén de bomberos en el bolsillo del alma...

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“Tengo sesenta y cinco años, una operación de apendicitis, tres de fontanería inferior, un cráneo al que se le ve el cartón y la manía de deslomarme los  fines de semana con la hoz, la azada y la podadera para ordenar la naturaleza que me rodea …Y a veces me pregunto: ¿qué hace un madrileño como yo  en esos afanes impropias de mi edad? No se… Será que pienso que hay que salirse de lo convencional”.

El Duende parafrasea a su modo un anuncio de la tele en el que un anciano que parece solitario y aventurero  se decide a comprar un exótico producto congelado de La Sirena. Al Duende hace ya tiempo que no le interesa nada la publicidad, pero lo cortés no quita lo valiente, y a veces reconoce que algunos anuncios son inteligentes y están bien traídos. El Duende, como el del anuncio, es un hombre que no sabe explicarse la mayoría de los porqués de su vida. Por eso admira a los que tienen respuesta para todos ellos y son positivos, están encantados de haberse conocido, dicen obviedades llenas de verdad, siempre saben lo que tienen que hacer y encima lo  hacen. Son felices, o al menos lo aparentan, y aún podrán serlo más.  De ellos, supone, será el reino de los cielos. Un reino, por cierto, que  él tampoco tiene nada claro.

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Partamos de la base de que airear estas cosas no le gusta al bloguero. ¿Y qué le importa a los demás lo que pasa por su mente? Pero hay días en que ni le tientan las noticias ni le apetece demasiado la ficción pura. Días o momentos, que el alma del Duende es como el filo de una sierra, un sube y baja constante, y a lo largo de las veinticuatro horas pasa del nirvana al infierno sin apenas darse cuenta. Despierta y a menudo se pregunta por el sentido de su vida. Luego juega con sus nietas  y se lo encuentra. Se van todos, se queda solo en el campo mirando la puesta del sol. Y cuando todo es quietud y la noche parece querer llegar en paz, algo se enciende en el valle. Es un incendio.

Lo peor no es este otro infierno de las llamas que devoran en un instante lo que la naturaleza y el hombre tardan tantos años y esfuerzo en crear. Lo peor es que ha sido la obra de un pirómano que este mismo fin de semana ya lo había intentado tres o cuatro veces en el término municipal de Candeleda. Como para terminar de animarle, vaya. Pirómanos. Maltratadores que apuñalan y matan a sus parejas. Terroristas e encubridores de los mismos. Cacos financieros e incompetentes que están arruinando la esperanza de muchos. Cínicos. Majaderos. Y uno, incapaz de sujetar esa marea que nos inunda, siente que está de sobra.

Se acuerda de la lucidez de Groucho Marx, que, como el Duende, no podría ser político.

-Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Y, hastiado de que hay que seguir conviviendo con ella, está a punto de imitar a Dylan pidiendo al mundo que se pare, porque quiere bajarse.

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“Tengo sesenta y cinco años, buena salud, gente a mi alrededor que me aprecia,  como caliente todos los días, también me alimento de letras y de música y, aunque no lo parezca, me río a menudo.  Sólo tengo la funesta manía de pensar de cuando en cuando, y casi me da vergüenza decirlo”.

Sin embargo a veces, como el del anuncio, el Duende descubre cosas nuevas que le animan. Por ejemplo,  anoche soplaba viento del noroeste, y parecía imposible dominar aquel fuego endemoniado sin aviones ni helicópteros. Pero los bomberos forestales, qué merito el suyo, lo habían controlado a la una de la madrugada, y él pudo dormir tranquilo porque también le habían apagado su fuego interior.

-Cuanto más conozco a la especie humana –rectificando, que es gerundio- más hay que amar a los bomberos- pensó.

El lunes amaneció fresco y luminoso. Las rosas del jardín lucían como las mejillas coloreadas de la Blancanieves de Walt Disney. Y el bloguero deseaba sobre todo rematar este `post para salir a cortar las rosas secas,  recoger los huevos del gallinero, barrer las primeras hojas caedizas del otoño que se avecina y ponerse a luchar contra las zarzas. Activo como el viejo del anuncio, que va de surfista,  pero menos sofisticado. Menos mal que  contra la funesta manía de pensar se levanta la dichosa costumbre de vivir.

 

Los miradores de las casas de Cádiz

Miradores en los tejados de las viejas casas de Cádiz, donde se asomaban para ver regresar los barcos...

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Conoció Cádiz este bloguero de la mano de su amigo Félix, que le enseñó orgulloso los territorios felices de su niñez.  Y él le explicó una de las peculiaridades arquitectónicas de las antiguas casas de la Tacita de Plata.

-Mira-le dijo señalando una especie de garita circular que corona los  tejados más vetustos de la ciudad- Ahí se asomaban los gaditanos de antaño para  otear el horizonte y ver si llegaban los barcos que esperaban.

Ha esperado el Duende meses para escribir estas líneas. Y en ese tiempo, en el duermevela que precede al sueño y donde uno se balancea entre la realidad y la ficción, se ha visto varias veces subiendo de dos en dos los escalones que conducían a uno de esos miradores gaditanos para escudriñar el mar.

Normalmente el horizonte está nebuloso, ocultando entre sus brumas sueños y esperanzas. Pero  no lo puede evitar, siempre espera que cuando despeje la niebla aparezca en lontananza una figura que le devuelva la alegría. De pronto se dibuja en la grisura la silueta de un barco. Y poco a poco se puede distinguir una figura menuda que saluda desde el castillo de proa y sonríe. Ha valido la pena. Es Félix, vestido como esos marineritos  que cantaba Alberti  en sus poemas de juventud. Es el amigo, que regresa al puerto que le vio nacer.

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Marinerito. Félix fue siempre un hombre pequeño y enjuto que añoraba discretamente la claridad salada de su infancia gaditana. Andaluz intermitente, según le llevaba el destino del norte al sur,  genio risueño y zumbón, gran corazón constante en el tic-tac de vivir y, sobre todo, dejar vivir.

Tranquilo, pausado, viendo pasar el tiempo antes que anticipándose a él.

-La prisa no va con el señorío-pensaba.- Y el señorío no va con la prisa.

Debió de escuchar aquello de que la vida es un valle de lágrimas que nos contaban en el colegio como quien oye llover. Porque la alegría y la bonhomie le llenaban el alma.

-La guasa que tiene el niño- le jaleaban en Cádiz.

Todo tranquilo, con elegancia natural, sin descomponer la figura. La placidez le llenaba el alma. Quizás pensaba que no vale la pena vivir si la ansiedad te destempla  y arruga tu dignidad.

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Legendaria, para los que le conocimos, era esa anécdota que  de él se contó tantas veces. Si non é vera, é ben trovata.

Tenía Félix mucho apego a las sábanas. O no desmesurado amor al esfuerzo, por decirlo de otra manera. También tenía la suerte de haber nacido en una familia de posibles y, sobre todo, aficionada al buen vivir. Para eso disponían en casa de una servidumbre fiel y abnegada que tenía como principal obsesión la felicidad de los niños de la casa. Y el príncipe heredero de ese amor doméstico era Félix, Felisín para algunos, el señorito Félix en boca de la Tata y Pepa.

Pepa, una guapa moza antaño, era el ama de los fogones y el hada de la sartén. Y la Tata, que era bajita gorda y feúca como una cría de rinoceronte, pero entrañable, se cuidaba del niño tal que si en ello le fuera la vida. Al niño le había salido ya bigote cuando, por aquello del horario de las clases en la universidad, tocaba despertarle en horas para él inusualmente tempranas.

-Señorito, que son las ocho –le anunciaba  la doncella, cumplidora.

Se cuenta que el hombre abría un ojillo, se estiraba perezosamente y después sacaba a pasear un pie para que la Tata, diligentemente preparada al efecto, le enfundara un calcetín. No permitiera Dios que el niño se llevara el sobresalto de tocar con un solo dedo el frío suelo.

-Tata –fue la respuesta de nuestro amigo- Si me llamas a las ocho, no me digas señorito. Y si me dices señorito, no me llames a las ocho.

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No menos fama tenía la generosidad de la familia, que a medida que crecía Félix iba acogiendo en su casa amigos. Este bloguero fue uno de ellos. Se conocieron en la Facultad de Derecho. Ambos admiraban más a  Gila que a Justiniano. Y los dos  pasaron en aquellas aulas más tiempo riendo chistes y parodiando catedráticos que tomando apuntes.

Así se forjó la amistad más confortable y grata que el Duende ha hecho a lo largo de su vida. Un día  el Duende entró en la casa de Félix, donde a partir de entonces siempre hubo un plato y una cama para él. No había otro lugar mejor para dejarse caer sin tener que dar más explicaciones.

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La mar es muy grande, y no pide permiso para rebasar fronteras. El mar de Cádiz se desparrama. Inopinadamente, sin darse cuenta, se convierte en el Cantábrico sin dejar de ser el mismo. Eran los dos amigos ya padres cuando el Duende tentó a Félix para que pasara el verano a su lado. En una casina del monte, cerca de una playa asturiana.

Te fuiste, marinerito/ en una noche lunada/. Tan alegre, tan bonito/ cantando a la mar salada- deecía Rafael Alberti en su Elegía del niño marinero.

La mar de Cádiz es la mar de Asturias. Mientras los hijos de los viejos amigos jugaban juntos con la pala y el cubo y hacían  castillos de arena, la playa de San Pedro de Ribera se llenaba de la sal de Félix. Su desparpajo y su donaire peinaba las olas del bravo mar, que parecían romper más contentas. La mar de Asturias, que era la mar de Cádiz, se devanó aquellos años en las mareas más felices que recuerdan los veraneantes del lugar.

Y un poco más arriba, en el monte, Félix y Begoña se hicieron una casa para ellos, para sus hijos y para sus nietos. Y naturalmente, también para sus amigos.

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En esa casa cerca del mar pasó el Duende los últimos días del último verano de Félix, que aunque ya estaba  herido de muerte trataba de mantener la guasa y el señorío. Y a esa playa ha regresado este verano. Se escuchaba allí el fragor de las olas. Pero por encima  de ellas resonaba en el recuerdo la voz del marinerito de Cádiz.

-¡Quillo, qué gracia tiene el jodío!- le coreaba la brisa.

Como la mar de Cádiz es la de Asturias, el Duende intentó repetir  lo del duermevela: escudriñar el horizonte y ver dibujarse sobre las brumas la silueta del amigo que regresa. Hoy hace justo un año que Félix murió. No es fácil que se embarque de vuelta hoy mismo, pues da la casualidad de que es martes y 13, y Félix, como buen andaluz, hacía de la superstición una religión.

Y sin embargo el Duende tiene la percepción de que Félix no sólo ha regresado, sino que  en realidad no se fue nunca. No lo podía asegurar hasta ahora, porque en las casas de aquí no hay miradores como los de las casas de Cádiz y no le  fue posible otear el horizonte. Pero se ha mirado en propia bodega del alma y ha constatado que su aliento navega con él.

Querido marinerito de Cádiz, amigo inolvidable, viento de vida y de alegría que alimenta nuestras velas. Sigue navegando tranquilo con los tuyos. Que a la Parca le haremos la pedorreta que recomienda Corintios: plantarse en jarras ante ella y decirle en tono chulesco. Oye, Muerte, ¿dónde está tu victoria?

 

El Duende de verano (10) Huyendo del pesimismo

Sal a caminar y busca cualquier pretexto para huir de la crisis...

1.Se regalan motivos para la estupefacción

Pendiente aún de volcar en el blog sus últimas impresiones del viaje por Escocia –hay que ver qué galbana trae el verano- se topa el  Duende al viejo amigo Homper en una de las múltiples rutas coronarias que han  nacido del nuevo Manzanares. Homper anda porque está jubilado y es algo hipocondríaco. Como de coronarias no tiene ningún problema, su nivel de colesterol es perfecto y los indicadores del PH tranquilizadores, se ha empeñado en obsesionarse con una venitas moradas que le afloran en la cara anterior del muslo derecho.

-Carlomagno  también padecía de esto-aclara.

Nadie sabía que Carlomagno sufriera de las varices, que suele ser cosa de señoras. Pero a Homper le gusta fundar sus obsesiones en argumentos. Reales o inventados, se sospecha.

El Duende por su parte también anda bastante. Sus días de corredor de fondo van  convirtiéndose en largos paseos que le sirven para creerse que se mantiene en forma y, entretanto, observar. Hoy por ejemplo observa que, pese a su perplejidad permanente, Homper camina con la boca cerrada.

-Es para que no me entren las moscas –explica el Hombre Perplejo- Porque iría con la boca tan abierta que seguro que alguna me comía.

Y añade que ya no sabe qué le sorprende más, si la terrible prima de riesgo, la reforma de la Constitución, la indignación que produce el mismo consenso PP/PSOE por el que todo el mundo clamaba hasta ahora, la pelea por la tabarra de la lengua vehicular, los calambres en directo del pobre Nadal o la desfachatez de ese ojo público bastante más que indiscreto en que se ha convertido Internet. A este propósito,  Homper dice que no es normal que una dama que fue alcaldesa de una ciudad belga se ponga a fornicar con su amante en lo alto de una torre del Castillo de Olite. Pero aún considera más asombroso que hubiera alguien allí para grabarlo en su video y un baranda de un periódico digital dispuesto a ofrecer a los internautas los aspavientos de los amantes parapetados tras una almena.

-Cómo no va quedarse estupefacto uno- precisa con un deje de amargura.

No se queda en estas cuestiones. Para Homper, por ejemplo, también es motivo de sorpresa al estado de gracia permanente que han conseguido algunos, muy pocos, representantes de la vituperada clase política.

-Por ejemplo,Durán i Lleida, que es el político con mejor imagen entre los españoles. Ahora acusa a Zapatero de irresponsable por querer contener el déficit con una reforma de la Constitución que a él y a su partido no les gusta. Y no se acuerda de que ellos mismos aplaudieron muchas de las medidas irresponsables del presidente que han sido parte del problema. ¿No es sorprendente?

Queda la pregunta en el aire.

2. La depre de la crisis

Al Duende por su parte no le afectan tanto los motivos para el pasmo como el peso del pesimismo general que nos acecha. Feo vicio este de informarse: lees el periódico, escuchas la radio, ves la tele y casi te dan ganas de quedarte en el programa de Vázquez, Lozano, Esteban y Matamoros. Dichos así hasta podrían parecer los autores de un diccionario  etimológico. Pero, como decíaOrtega, no es esto, no es esto.

-Estoy tan obseso yo con e la crisis –comenta el Duende- que esta noche soñé que Elena Salgado me consultaba sobre qué impuesto sería más efectivo. Si un impuesto sobre la felicidad, un impuesto extraordinario sobre las pipas de girasol o un impuesto sobre los pasos andados.

-No des ideas –advierte Homper-Cada vez somos más los paseantes.

Debe de ser por eso, porque pasamos y vemos pasar la vida. Afortunadamente vivimos unos días de verano particularmente amables en Madrid. Y hasta hoy, que empieza a a subir el termómetro, daba gusto pasear y pasar, que como decía Machado, es lo único verdaderamente nuestro. Qué quedará en la historia de este pedazo de crisis y cómo influirá en nuestras vidas, sigue siendo una incógnita.

-No puedo más de tanta trascendencia, te dejo-le dice el Duende a Homper.

-Pero ¿a ti no te afligen las dudas? –pregunta Homper desasosegado por la aparente insustancialidad de su amigo- Antes de irte, dímelo, por favor, que no quiero sentirme un ser extraño.

-Cómo no me van a torturar- le calma el Duende- Con la que se nos viene encima a los abuelos esta primera quincena de septiembre…Esta tarde tengo que invitar a mis nietas al llevo dos días pensando si debo llevarlas a Los Pitufos o a Animals United. Me despido, que tengo que salir de dudas antes de que empiece la película.

Pasear, soñar, dudar. Todo vale con tal de huir del pesimismo que nos invade.

El Duende de verano (9) Sorpresas en Edimburgo

Edimburgo ofrece más sorpresas que ver al reverendo Walker patinando sobre el hielo...

1. ¿Cómo imaginamos el mundo que no conocemos?

En sus jugosas memorias que tituló El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta cómo imaginaba la ciudad a la que iba a hacer su primer viaje desde el Madrid que le vio nacer. Se trataba de Zaragoza, y entonces es probable que el chico no tuviera a mano ni tan siquiera la postal del Pilar para darle una pista. Así que tiró de la fantasía y del deseo y se hizo a la idea de que Zaragoza era un paisaje idílico con casa como el que etiquetaba la tapa del conocido Queso el Caserío, que tanto le gustaba.

-Yo creía que todo lo que no era Madrid era así –se lamentaba- Pero cuando mi madre me llevó a Zaragoza me encontré con que Zaragoza era asfalto, calles, casas, tranvías y y coches, como Madrid. Y me llevé una decepción.

Todos dibujamos mentalmente a priori los lugares que no conocemos. Y uno de los encantos del viaje es superponer el modelo real al boceto que de él traíamos en la cabeza. Es verdad que ahora hay infinidad de herramientas para hacer casi un viaje virtual antes de pisar el lugar elegido. Pero aún así siempre hay variables que acaban sorprendiendo al viajero: la topografía, la atmósfera, las dimensiones, la luz, el diseño y el color humano de la ciudad. Antes de pisar por primera vez Edimburgo el Duende se imaginaba un castillo en un roquedal, mal tiempo, los cien pipers  del whisky patrullando por las calles, señores vestidos como Sherlock Holmes y señoras que levaban al perrito a la peluquería y luego se reunían a tomar el te con las galleas de nata que venden todas las tiendas de souvenirs.

También barruntaba lóbregos museos decimonónicos. Y en ellos se exhibía el primer motor de vapor de Watts, el gabinete de estudios de Darwin con esqueletos de monos, pitecaontropus y de algún náufrago innominado de la época, y la pata de palo y el loro disecado de John Silver, como legado más elocuente de Robert L. Stevenson y de La Isla del Tesoro. El bloguero, al cabo, era tan primario como Fernando Fernán-Gómez en su tiempo amarillo. Aunque Edimburgo no resultó tan diferente de lo que pensaba como lo es Zaragoza respecto a la etiqueta de quesitos El Caserío.

2. Cuadros con singular encanto

El primer dato amable de Edimburgo es su tamaño. Da la sensación de que, a poco que te apliques, puedes ser allí algo más que un simple turista. Si el viajero tiene buenas piernas y le guía un espíritu curioso, tomará las medidas y se hará una idea general del estilo de la ciudad en un sólo día. Todo gusta, nada abruma. Y su tesoro artístico hasta parece diseñado para no aplastar por exceso la capacidad de sorpresa del pobre turista.  La prueba de ello es su National Gallery, un Prado en pequeñito que hace muy productivas las dos horas de atención que un viajero medio puede dedicar al arte si desea algo más que pasar ante los cuadros y contar sólo que los ha visto.

Siempre pone especial atención este viajero en el arte local que es difícil hallar en otros museos. Pero al margen de los paisajistas románticos  escoceses y de los retratos exquisitos de John Singer Sargent, hay dos cuadros de esta National que le hacen especial gracia al bloguero. Uno es la Vieja friendo huevos de  la primera etapa de Velázquez. Puro costumbrismo con la luz tenebrista de la España de los Austrias. ¿Se imaginaba el maestro cuando lo pintó que ese lienzo –la única pieza velazqueña de la colección- iría a parar a la lejana Escocia? Item más: ¿qué pinta esa ilustre sartén aceitosa en un país donde fríen los huevos con mantequilla? La vida caprichosa de los cuadros. El otro es El reverendo Robert Walker patinando, un insólito retrato de un ministro de la iglesia anglicana que en lugar de aparecer predicando o rezando disfruta deslizándose como Toni Sailer sobre las heladas aguas del lago Duddingston. El cuadro lo pintó sir Henry Raeburn en 1790. La que se hubiera armado en la católica España si en ese mismo año Goya hubiera  pintado al obispo de Cuenca  de tal guisa. Pero es lo que tiene el pueblo británico: aunque su soberbia le haga insoportable, su aprecio por la libertad y  su sentido del humor le hacen envidiable. Además, ¿dónde dicen las escrituras que un ministro de Dios no pueda patinar sobre el hielo?

3. Un paseo muy recomendable

Al oeste de Edimburgo, y sobre una montaña rocosa, se alza efectivamente el poderoso castillo que el Duende ya creía conocer sin haberlo visto. Lo que hacer fijarse en todos los cromos. No es agradable sentirse hormiga –algo inevitable en la capital escocesa, y más en el mes de su Festival- pero aún a riesgo de ello es recomendable recorrer la ciudad de oeste a este partiendo del castillo y bajando por la Royal Mile (una especie de calle Fuencarral con encanto), que parte del castillo y llega hasta Hollyrood Park.

Ahí, amen del Palacio y de un parlamento que es el obligado tributo a la arquitectura contemporánea, el asfalto se convierte en un muestrario de la misma naturaleza escocesa que acababa de disfrutar el bloguero en las Highlands. Además de verde para jugar incontables partidos de fútbol, de cricket o de rugby, y fantásticos caminos para la bicicleta, el parque alberga el lago donde patinaba el reverendo Walker, y una montaña en cuya cresta está Arthur´s Seat, que es como nuestra Silla de Felipe II, pero que en lugar de vistas sobe El Escorial, Madrid y la Sierra de Guadarrama abre un panorama excepcional sobre la capital escocesa y el estuario del río Forth  en el que se ubica.

Esto lo conocen todos los que han visitado Edimburgo alguna vez. No es tan popular un paseo delicioso que descubrió el Duende al norte de la ciudad, desde Stockbridge hasta el Museo de Arte Moderno. Ahí un severo edificio decimonónico acoge una estupenda colección de pintura que abarca desde el Impresionismo hasta nuestros días. El bloguero echó una mañana en el paseo y en la visita cultural. Pero tuvo la suerte de dar con una ruta boscosa y umbría que sigue el curso del río Lye y muere precisamente en la colina del museo, atravesando puentes por un curso de agua abundante que culebrea caprichosamente y alimenta viejos molinos. Algo asombroso, a veinte minutos a pie desde Princess Street. La colección, insiste el bloguero,  vale la pena. Aunque el placer del camino casi la deja en este caso en un lugar secundario. No es que la naturaleza imite al arte, como subrayaba Oscar Wilde. Es que cuando se muestra tan viva, tan fresca y tan vehemente, y a tres pasos de casa, simplemente lo supera.

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