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Todos marionetas

Homper se sigue quedando perplejo por lo que hay que ver...

Homper se sigue quedando perplejo por lo que hay que ver…

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Excusatio non petita…Nadie te echará de menos por espaciar tanto tus entradas en este blog, pero que no te acusen de vago. Ocurre que las cosas cambian, y que tu mala salud de hierro se ha oxidado ligeramente. Nada grave, salvo que a la radiología actual no se le escapa una. Una resonancia magnética tiene la culpa. Qué invento este: te dejan en calzoncillos y en calcetines, taponan tus oídos –o al menos eso creen ellos- te ponen a dormitar en un túnel de acero y descargan sobre tu maltrecha columna una especie de concierto para martillo neumático, metralleta, sonar de submarino y tuneladora que podría firmar Stockhausen. Entre estruendo y estruendo programan silencios de imprevisible duración. Quizás para que cuando vuelva el escándalo sonoro te acojones todavía más. El concierto dura unos veinticinco minutos.
No es tan molesto como parece. Aún bajo ese bombardeo de decibelios, hay veces que hasta consigues conciliar el sueño. Debe de ser que no estás tan mal como presumes.
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Y sin embargo lees días después el informe de la resonancia magnética y casi te sorprendes de poder seguir manteniéndote en pie. El jodío bichito, como le dicen algunos a tu neoplasia, había hincado ya el diente en varias piezas de la columna, y ahora ha dejado su tarjeta de visita en la Dorsal 7. Vas a necesitar radioterapia.
Al enterarte, la verdad, no te hace gracia. Te anima mucho sin embargo cruzar la Puerta del Sol y ver a ese presunto hombre invisible uniformado de marino que lleva gorra de oficial flotando en el aire, porque el pobre no tiene cabeza, y se hace fotos junto a las turistas japonesas que se le ponen al lado. Quizás tú también consigas mantener el tipo, con una cara sonriente a pesar de asentarte en una columna frágil. Al mítico David de Miguel Angel, que durante más de cuatrocientos años exhibió su cuerpo apolíneo en la Plaza de la Señoría de Florencia también se le ha quebrado un tobillo, con ser de mármol de Carrara. Al parecer Buonarotti no tuvo en cuenta que cargar la mayor parte del peso de la escultura sobre uno de sus tobillos iba a pagar su precio al cabo de cuatro siglos. Tu osamenta se conformaría con menos tiempo. Tampoco hay que abusar.
En la Plaza de Oriente hay otra atracción callejera que te fascina cada vez que pasas por allí. Un artista hace bailar claqué a una marioneta con tal gracia, ritmo y precisión que el muñeco parece Fred Astaire. Es otra idea: que alguien desde arriba maneje tus hilos y te siga manteniendo en pie como esa marioneta viva del destino que somos desde que nacemos.
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Lo que nadie te quita es la capacidad de sorpresa. Esta vez la agitó tu amigo Homper, perplejo al ver que el ganador de esa arcaica horterada llamada Festival de la Canción de la Eurovisión había sido Conchita Wurst. Lo de menos, según el hombre perplejo, era la canción que triunfó. Lo que le realmente le dejó pasmado es que con ese nombre cantaba una mujer barbuda. O así.
-No sé a dónde vamos a llegar –decía escandalizado- Dejé de interesarme por el porno cuando comprobé que todas sus artistas se depilan para exhibir un monte de Venus tan inocente como el de las muñequitas de Famosa. Y ahora parece que lo que mola, no te fastidia, son las mujeres con barba…¿Y si los hombres nos implantamos tetas?
Ironizaba Homper, pero no estaba muy contento, no. Le recordaste entonces que todos somos marionetas. Del destino, desde luego, pero también de esa creciente dictadura de la estupidez que es la moda y el no saber ya qué hacer para llamar la atención.

Saulo, ¿por qué me persigues?

Incluso los más virtuosos necesitan alguna vez una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el  camino de la perfección... (La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

Incluso los más virtuosos necesitan  una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el camino de la perfección…
(La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

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No engañes a nadie que se asome por aquí. Al principio esto podrá parecer uno de esos cuentos tontorrones con los que inicias algunos post, pero debes dejar bien claro que es un alegato. Un alegato en re sostenido mayor por ejemplo, que así sonará como más dulcificado por la música, pero no menos firme y solemne que esas proclamas altisonantes de los indignados. Es un alegato contra la estulticia, la hipocresía y el desprecio por los demás, aunque el protagonista del mismo no sea más que lo que en los relatos clásicos llamaban “un hombrecillo”.

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Ya has citado el asunto que motiva tu alegato, la música. ¿Y por qué al hombrecillo le atraía tanto la música? Dice que sintió su hechizo cuando vio en Fantasía al legendario Leopoldo Stokowsky dirigiendo un ballet de hipopótamos dibujados por Disney mientras la orquesta tocaba la Danza de las horas. Qué encanto aquello de poder jugar con melodías y ritmos, y revestirlos de imágenes tan divertidas como imaginativas. Qué delicia, esquivar así las miserias de la vida.

Había otro motivo para añorar y desear la música. Llegó el hombrecillo a su primera juventud, y observaba que un colega que rasgueaba una guitarra susurrando suramericanadas de María Dolores Pradera y sus Gemelos mientras le hacía ojitos a una chica mona ligaba bastante más que él. Otro amigo mayor, más serio y preparado, le inició en la música clásica. Fue en verano, cuando los poros de la sensibilidad primeriza se abren y están amorosos. Aquel amigo, que poco después tomaría los hábitos de cartujo, ponía por las noches la Quinta Sinfonía de Beethoven en un primitivo tocadiscos que instalaba bajo una higuera, e invitaba a escucharla mientras el hombrecillo y su pandilla miraban las estrellas. Ahora a los momentos así se les llama iniciáticos, esdrújula que entonces no existía, pero que los que van de intelectuales gastan mucho. El hombrecillo, absorto en ese milagro conjunto que obraban la noche estrellada y el genio de Bonn sólo sabía entonces que no le gustaría morirse sin haber intentado antes ser música.

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Sin enseñanza alguna, y manifiestamente inepto para engañar siquiera al instrumento más simple, el hombrecillo acabó cantando en un coro. Primero piezas sencillas y populares: que si eres como la nieve, que si tiro el pañuelico al agua, que si río arriba, río abajo, que si la bella Lola, que si se enamoró la paloma, y luego se equivocaba, que si no te vayas de Pamplona, que si los campanilleros y otras sonrojantes letras regionales o populares. Más tarde, en un salto de calidad y de criterio, música sacra a capella. Y de ahí, feliz  como el torero que se doctora en Las Ventas, a cantar con orquesta piezas de clásicos.

Entonces el hombrecillo se vestía de smoking, iba a la iglesia de turno con sus partituras, se incrustaba en la obra que siglos antes habían compuesto Vivaldi, Bach, Mozart o Beethoven y cumplía sus sueños. Aquello de aprender una partitura clásica sin apenas saber leer una nota exigía muchas horas de ensayo, pero el hombrecillo creía que valía la pena. Al fin se sentía por lo menos una parte infinitesimal  del tinglado de la hermosísima farsa. Ya no escuchaba la música, sino que estaba en ella.

Y era feliz, a qué negarlo.

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Un día, al hombrecillo le contaron que el Coro del CEU San Pablo buscaba voces para conciertos importantes, y allá que se apuntó. Aparte de formar excelentes universitarios, el CEU tiene a gala inculcar en su alumnado el espíritu humanista y cristiano de su santo patrono. También –a Dios rogando y con el mazo dando- ha hecho suyo el ritual de las universidades anglosajonas distinguidas, y gusta de adobar sus actos académicos con coros que realzan su solemnidad, y mitigan en los padres de los graduados el dolor de pagar la pasta gansa que cuestan sus matrículas.

El pacto que le ofrecieron al hombrecillo y a los demás cantantes ajenos a la institución era claro.

-Mira, vas a tener que cantar en varias misas solemnes con obispos y autoridades, y en ocho o diez graduaciones por temporada. Pero a cambio también podrás hacerlo en el gran concierto anual que celebramos el día de la Conversión de san Pablo. Un gran evento cultural y social del que estamos orgullosísimos. Vaya lo uno por lo otro.

Gracias a ese intercambio de prestaciones el hombrecillo empezó a sentirse importante. Es cierto que los actos litúrgicos y académicos le resultaban tan aburridos que en esos momentos se hubiera cambiado por un corista del Teatro Chino de Manolita Chen, pero el fin justificaba los medios.

Así que el hombrecillo se tragaba los denuestos y cumplía como buenamente podía.

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Esta temporada al coro se le pidió un esfuerzo más. El CEU iba a investir como Doctor Honoris Causa al presidente de la Comisión Europea Van Rompuy, con Rajoy de padrino y presencia de múltiples personalidades. Había que engalanar el acto añadiendo al repertorio habitual  el Himno a la Alegría  de la Novena Sinfonía –por aquello de Europa, a ver si caen- y el Aleluya del Mesías de Haendel, como colofón del acto que a todo el orbe cristiano llenaba de gozo.  Para eso hubo que programar horas extras de ensayo y dedicar prácticamente una mañana entera ad majorem gloriam de la institución. Como si en ello les fuera la vida a los cantantes, y no  a todos los prebostes que, al reclamo de la notoriedad del evento, atestaban el aula magna con sus vistosas mucetas, birretes y demás parafernalia. El hombrecillo y sus compañeros cantaron disciplinadamente. Les gusta cantar, no salir en la foto, y aún esperaban ilusionados el gran concierto del año.

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Mala suerte fue que la crisis también hiciera mella en el espíritu generoso que alienta en el CEU. Y que considerando que este año no había dinero bastante para montar el Requiem de Mozart,  que era lo previsto, los jefes pidieran que se apañara un concierto de piezas a capella, que resultaba más baratito. Eso sí, había que desplazarse a la Universidad que la institución tiene en Montepríncipe -20 kilómetros desde el centro de Madrid- y con los hombres de smoking y las mujeres de largo, que lo exigía la dignidad del evento y la de los asistentes. Tal cual si en lugar de un coro menesteroso estuviéramos hablando del New Philarmonía, qué carambas.

Y peor suerte aún fue que, tras comprobar que su sueño quedaba en el alero, y cabreado por el trágala de un programa de emergencia, el coro se encontrase el día del concierto con el aforo del gran aula magna ocupado por diez personas. Había reservadas cuatro filas para las autoridades, pero sólo una de las que levitaron aplaudiendo a Van Rompuy y Rajoy consideró que merecía la pena escuchar al coro ese día. No había cámaras de televisión, no había dignidades europeas, no había políticos de relumbrón. Sólo se ofrecía música coral. Por tanto, ni era necesario molestarse en buscar figurantes para cubrir el expediente. ¿Cabe mayor desprecio que no hacer aprecio?

El  hombrecillo asegura que nunca se había sentido tan humillado.

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Como pacta sunt servanda, y al día siguiente tocaba misa del santo patrón, las huestes corales volvieron a la capilla de la Universidad a cumplir su compromiso. Todos los barandas que el día interior faltaron al concierto deben de ser buenísimos cristianos, porque al acto religioso no faltaron. Haciendo de tripas corazón, el maltratado coro cantó lo mejor que pudo, aguantando estoicamente una plúmbea homilía en la que el oficiante recabó la necesidad de que el espíritu de San Pablo se encarnara en todos los presentes. El hombrecillo entretanto tragaba bilis, y se preguntaba cómo era posible que con tan eximio patrón  sus pupilos ignorasen aquello de los sepulcros blanqueados, y mostraran con los pobres cantantes que ellos mismos habían solicitado tan poquísima delicadeza. Ofuscado en su humillación aún caliente, el hombrecillo se notaba poseído por una ira nada cristiana. Y aunque comprendía que el santo de Tarso no tenía la culpa, sentía la necesidad de expresar ante sus homónimos del CEU un lamento parecido al que sonara en el camino de Damasco.

-Saulo, Saulo…-dijo el hombrecillo- Si no querías que cante…¿por qué me persigues para que adorne tus festejos? Y si de verdad quieres un coro… -añadió para no callarse nada- ¿por qué nos das el coñazo y nos machacas con tu desprecio?

El primer estrago de la Navidad

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No sueles recordar tu pasado publicitario. Sin embargo, la pura curiosidad te obliga a tragar anuncios, y algunos de estos excitan tu sensibilidad sobremanera. Recientemente te ha llamado la atención una campaña de Castilla y León, tierra de sabor. Escuchaste los mensajes de radio y te parecían una tontada, algo que se no se entendía, una señora hablando castellano con acento americano y un par de bobos diciendo cosas ininteligibles con ese tono que ponen los titiriteros del Retiro cuando sale el ogro o la bruja. Un espanto sin maldita la gracia. Luego viste un día un spot de dibujos animados de la misma campaña y comprendiste que las cuñas sólo eran su banda de sonido. Eran vacas las que hablaban, lo que no se adivina escuchando la radio. Los creativos no tuvieron en cuenta este pequeño detalle, pero a los que pagan la campaña no pareció importarles la cosa. Incompetencia. Irresponsabilidad.

Ahora, peor es lo del spot de la Lotería de Navidad. Hará más de treinta años que tus compañeros de Clarín inventaron el Vuelve a casa de Navidad, cuando aún era original que la publicidad jugara con las emociones, y los spots de El Almendro pellizcaban el corazón de la honrada clase media. Ahora uno de los anunciantes más potentes, una da las campañas inevitables que a la gente le suele gustar quiere exprimir el mismo zumo sentimental para que compremos Lotería Nacional. Y como gran aportación a la historia de la publicidad se le ocurre inventar una inenarrable cursilada que cierra un Raphael que parece un miembro de la familia Monsters entonando el sonsonete de Los Niños de San Ildefonso.

-Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo- dijo tu amigo Homper con los ojos fuera de las órbitas al ver el spot.

A ti no te gusta hablar mal, pero cojones con la nueva creatividad. Tanta modernidad para esto. Casi te dan ganas de gastar tu presupuesto de lotería en beber para olvidar.

El tiempo entre basuras

rata92Empezaré por agradecer a la especie humana su generosidad. Estuvo la mar de acertada cuando elaboró lista aquella de Derechos Humanos, y cuando declaró que la libertad por encima de todo. Luego aún se puso más estupenda, y se inventó  para sus individuos (e individuas, que una debe ser políticamente correcta ante todo) aquello del derecho de huelga. O sea, que no estás conforme con tus condiciones de trabajo, pues no trabajas y el empresario que se fastidie. Estuvo lo que se dice iluminada.

A veces se fastidia bastante más gente que los empresarios. Por ejemplo, en la huelga de la limpieza de las calles de Madrid los madrileños dicen que están hasta las narices de la huelga, y que no hay derecho a que los empresarios y los obreros se peguen patadas en su culo. Pero nosotras no. Nosotras encantadas.

Encantadas de que la alcaldesa Botella se tome una relaxing cup of camomyle o de lo que sea mientras que unos y otros se tiran de los pelos y se pasan por el forro de los caprichos su contratos de limpieza. Más encantadas aún estamos con esos amables sindicatos que tanto se empeñan en informar a los desinformados a través de los piquetes, verdadero prodigio de competencia y de sentido cívico. Y qué decir de los vandalitos y de los pirómanos que van derramando papeleras, incendiando contenedores y de paso algún que otro vehículo que quede cerca. Es que no podemos estar más contentas con ese despiporren de mondas, restos de comidas, latas, envases, cartones, compresas usadas, bolsas de plástico, papeles y cartones que inunda la capital. Qué mierda de ciudad. ¿Cabe mayor felicidad para nosotras?…

Es verdad que el hombre (y la mujer) nos debía una ocasión como ésta, quizás la más alta que vieron los siglos desde la famosa peste de París que cuenta El perfume. Bien que se han cebado con nuestra especie para sus experimentos en laboratorios, que joden bastante más que una huelga. Por cierto, que hablando de perfume casi nos gusta más a mí y a mis coleguis el que empieza a adueñarse de Madrid. La señora alcaldesa dice que eso no quiere que sea peligroso para la salud de los ciudadanos (y ciudadanas, que no se me escape), pero todo se andará. Ya nos encargaremos nosotras de que la cosa empeore, y de que acaben asustándose hasta esos soletes de sindicalistas a los que tan agradecidas estamos.

De momento, a ver lo que pasa. Unas amigas del barrio de Lavapiés encontraron ayer un montón de basura tan alto que treparon por él y llegaron hasta una ventana por donde se veía a una familia mirando a la tele como atontada. Seguían un serial que dicen que es muy bonito y entretiene mucho. Se titula El tiempo entre costuras. Pero no tienen ni idea: para mí, que al fin soy  una rata en ese momento de gloria al que todas las criaturas tenemos derecho, el serial que está dabuti  es El tiempo entre basuras, coproducido por el Ayuntamiento, las empresas de limpieza, los sindicatos y los delincuentes sin fronteras. Una delicia.

Sólo me preocupa que con tanta tentación por las calles me eche a perder y acabe siendo una rata puta, en lugar de una puta rata  como me decían hasta ahora. Y es que nunca puede ser completa la felicidad. Eso sí, mientras dure, campando por  la capital como si fuera la chulapa aquella de los nardos, caballero, que ya habrá tiempo de volver a las alcantarillas.

Espérame en el cielo, Manolo

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Sigue el desfile. Estás en una edad en que se te mueren hasta los inmortales, y lo peor de todo es que ni siquiera te afecta como crees que te debería afectar. Procesas con naturalidad el instinto de supervivencia: si hay otra vida, seguramente pasará menos tiempo para que te encuentres con el difunto en el más allá que el que pasaría aquí hasta que volvieras a saludarlo.  Así que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, o aquí paz y después gloria. Debe de ser que, aunque no lo quieras, se te acorchan los sentimientos. Lo que otros llaman simplemente ley de vida, que como apostillaban los romanos es dura lex, sed lex. Se muere Manolo Escobar y su España sigue a lo suyo. De imprescindibles está lleno el reino de los cielos.

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A ti, reconócelo, la muerte de los famosos te suela afectar poco. Incluso la de aquellos a los que, sin ser amigos tuyos, has conocido de algo. Pero no todos los famosos han sido iguales, incluso en la breve y superficial relación que mantuviste con ellos. Cuando desapareció sigilosamente Tola te dio verdadera pena, porque te parecía un verdadero talento televisivo, una auténtica revolución como presentador incisivo y mordaz, y además fue de los que indirectamente más te ayudó en tu carrera radiofónica. Te entristecía ver que, lejos ya su magnífico Si yo fuera presidente, la gente apenas se acordaba de él. Murió Juan Luis Galiardo y de verdad que lo sentiste, pues después  de haber soportado una bronca suya –por un asunto un tanto divertido- y de haber vacilado con él un par de veces en la radio te parecía un tipo simpático, ingenioso y de gran honestidad intelectual, capaz de convertir su pasado de seductor en una caricatura de la insoportable levedad del ser. No sabes si antes o después también voló Antonio Mingote, que a base de ver sus chistes tantos años era como de la familia, y como otra muerte de buenazos puedes catalogar la de José Luis Borau, personaje que te despertaba infinita ternura y al que recordabas de cuando rodaba para tu agencia spots publicitarios en su casa antes de lanzarse a ser figura del cine.

En ese mismo orden preferente colocas a Manolo Escobar.

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Ni una sola de sus canciones estaría en la lista de tus 500 favoritas. El Ejido, Badalona, Benidorm, su famoso tupé, una troupe de hermanos como palmeros y guitarristas, todo el argumentario de tópicos españolistas en unas letras sin el perfume de Quintero, León y Quiroga…Nada de lo que le ha subido al pedestal de la gloria popular te emociona particularmente, incluso caería en el caleidoscopio del sinete folklórico que hacía en la radio una tal Esmeralda Clamores nacida de tu repertorio. Y sin embargo le admirabas. Admirabas la sinceridad de su vida y de su cante, deseoso siempre de dejar en el aire una fragancia amable y positiva. Admirabas al hombre machadianamente bueno que habitaba en esa alma que respiraba honradez y una casi conmovedora ingenuidad.

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Cuando se le pide a un personaje famoso su participación en una campaña de publicidad es muy normal que éste exija un cojón de mico primero y luego, con la boca chica, cumpla sin dar demasiadas facilidades. Vanitas vanitatis Tú viviste esa misma experiencia con otros personajes públicos, que decían veinte segundos de mensaje para un banco sin cambiar su cara de marmolillo y en una hora de rodaje se llevaban lo que cobraba Curro Romero por una corrida de entonces. Ninguno te había dado las gracias porque te acordaras de él para proponerlo como prescriptor, y, de paso ganarse una pasta. Ya creías que eso era lo normal entre las celebridades. Por eso te sorprendió que unos meses después de acabada una campaña para anunciar los PAC de la Unión Europea a través del Banco Santander en la que aparecía Manolo Escobar cantando desde lo alto de un tractor Billetes, billetes verdes/ pero qué bonitos son, recibieras una llamada de teléfono en tu agencia.

-Hola –te dijeron al otro lado del teléfono- Soy XX, sobrino de Manolo Escobar y su representante. Que mi tío dice que le gustaría ir a hacerte una visita.

Se presentaron tío y sobrino en tu despacho. Y, como si el ilustre cantante fuera un debutante feliz por haber ganado sus primeras pesetas gracias a ti, te abrazó sonriente y ceremonioso.

-Toma-dijo entregándote  un bonito cuadro a pastel- Y muchas gracias por haberte acordado de mí.

Manolo Escobar era un buen coleccionista de arte moderno. No sabes, ni te importa, qué cotización tiene la firma de aquel pastel. Cuando lo miras, sólo piensas en lo que valía el hombre que lo regaló, un ídolo de masas que nunca perdió la perspectiva de la normalidad. Un buen tipo que sabía estar a la altura de su fama.

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En el campo, un poco triste, pero contento de otra parte. No sabes si es por la muerte de Manolo Escobar , pero qué manera de llorar el cielo. Desafías al temporal y sales a pasear bajo la lluvia removiendo los erizos de las castañas por si descubres un boletus. En estas te llama por teléfono tu amigo M.G.

-Qué alegría me da escucharte –te dice- Y menudo el susto que me he llevado…¿Creerás que me han llamado para decirme que habían escuchado por la radio que te habías muerto?…

Desde que va hacer un año pensaste que te podías morir en breve plazo, a ti estos despistes no te dan ningún yuyo. Por lo que te cuentan, hoy Javier Capitán evocaba en su programa de RNE la colaboración que mantuvisteis él y tú con el fallecido Manolo en un programa bastante horribilis de Tele 5. No sabes cómo se expresó Capitán, que no suele hacerse líos, pero alguien lo escuchó a medias, se precipitó en sus conclusiones y creyó que el difunto eras tú, hasta el punto de llamar a tu amigo ya citado para darle el pésame. Que la noticia no sea cierta te da una doble alegría. De una parte, ya te consta que los pocos que recibieron la mala nueva lo sintieron de verdad. De otra, sigues vivo. Y con ánimo para cantarle a tu admirado Manolo Escobar  el bolero aquel de Espérame en el cielo…

La ruta de los buscadores de fe

la pequeña iglesia románica de Estaron, una de las muchas que podrían integrarse en esta nueva ruta...

La pequeña iglesia románica de Estaron, una de las muchas que podrían integrarse en esta nueva ruta…

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Los grandes viajeros clásicos iban por el mundo con el afán de descubrir y ser los primeros. Los de ahora, seguís la sendas de otros. Parece que os reconforta, como si no tuvierais la seguridad de que lo que uno avista por primera vez, aunque sea maravilloso, pueda ser de interés general. Si se sabe de personajes históricos que han  ido marcando el camino, mejor. Como que le sacas más partido al viaje, velay lo que es la falta de criterio.

-Donde esté una buena ruta de famosos –piensa el Juan Español turista-que se quite la del Románico, porque al final, detrás de una iglesias de esas medio rota siempre hay una virgen, un santo, un noble o un obispo. Y eso ya lo tenemos muy visto…

En los Pirineos , torpe de ti, no encontraste la senda de Aníbal, que tanto te intrigaba. Te hubiera encantado visualizar in situ lo que imaginabas a partir de una película hollywoodiense que viste de niño, con el inefable Víctor Mature de protagonista. Nada. Ni un solo cartel o folleto publicitario recordando el paso de tu héroe. Sí encontraste en cambio otras huellas menos triunfales de nuestra memoria histórica. En Areu, al fondo de la Vall de Ferrera, varios paneles informativos punteaban las rutas por las que en 1939 escapaban rumbo al exilio francés muchos españoles que habían perdido la Guerra Civil. Lo que no significaba que todos los que se quedaban en España la hubieran ganado.

Esta guerra da mucho argumento a lo largo de la cordillera pirenaica. En Tavascan, último pueblo de la Vall de Cardós también se invita a recorrer los mismos caminos por los que transitaron los perseguidos por el ejército de Franco y los efectivos del Maquis, que hacían incursiones desde Francia y seguían dando batalla porque no se resignaban a perder. El turista puede hacer esas duras marchas de montaña como un saludable ejercicio físico o como un vía crucis de tristes recuerdos. Tú sospechas que el morbo también alimenta a la fe del caminante.

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-Pero ya le digo –insiste el turista prototipo- Donde esté un famoso, que se quiten las barbas de la historia…

La fama hoy es la televisión y el cine. La primera ha generado en los últimos años cantidad de series que sin duda han calado en los gustos de la mayoría de los españoles. A falta de grandes temas de actualidad, las pocas veces que has escuchado la radio este verano te ha sorprendido que varios programas debatieran sobre las series de televisión de los últimos años, y pidieran a los oyentes que contaran cuáles fueron o son sus series favoritas.

Como aquí el más tonto hace relojes dormido, algunas consejerías de turismo han tomado buena nota de este interés público. Una vez que dejaste el Pirineo y te plantaste en la costa asturiana has podido ver en el Concejo de Llanes paneles que ponen en un mapa hasta veintitrés puntos distintos de lo que podría llamarse la Ruta de los Rodajes famosos. Al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios: la Santina y Don Pelayo, seguirán siendo los que eran, pero Isabel, el Doctor Mateo, el Gran Hotel, Águila Roja  y las películas de Garci o de Gonzalo Suárez también venden lo suyo. Y no es cosa de desperdiciar un turista por un quítame allá esos pelos  de la historia.

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En el pequeño pueblo de La Granja, a unos kilómetros de Salas, das en uno de tus paseos con un espléndido palacio rehabilitado en el más puro estilo de casona asturiana. Junto a él una iglesia, y rodeando ambos edificios, un frondoso y umbrío parque que cae hacia el valle y rodea un muro almenado. Ves a la entrada un gran cartel que anuncia el Hotel de los Condes de Toreno, pero las puertas para el paso de los coches están cerradas. No te resistes a la curiosidad. Encuentras otra puerta y penetras en el noble recinto con la emoción contenida, esperando ver en el jardín al espíritu de la condesa haciendo macramé o a los de las niñas del conde lanzando al aire su diávolo. Pero sólo ves bajo una pérgola de mármol a un tipo repantigado en una butaca de mimbre mientras habla por su teléfono móvil.

-Perdone –le dices por justificar tu allanamiento de morada- Es que pasaba por aquí quería hacerme una idea de lo que es el hotel…

El tipo del teléfono  te cuenta amablemente que el hotel cerró el pasado invierno. Lo había comprado un grupo sevillano del que supones, por su acento, que él forma parte, pero la crisis pudo con sus buenas intenciones, y ahora está a la espera de un nuevo destino como otro testimonio más del antiguo esplendor de la nobleza. También te dice que en el palacio se instaló durante la guerra el General Aranda, dato que no habías leído en ninguna guía. Seguramente porque las huellas de un general golpista, aunque fuera masón, atraen poco al turista de nuestro tiempo

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Recuerdas en cambio con cierta ternura esas iglesias y ermitas solitarias ancladas desde hace siglos en la piel de España, a mundo olvidadas de casi todos, comprometidas tan sólo con el tiempo y con la historia que se va escurriendo por sus huecos y espadañas. Muchas de ellas medio derruidas, otras desacralizadas, la mayoría visitadas tan sólo el día de la romería de la virgen o el santo a los que están consagradas. Bastantes, definitivamente abandonadas.

Recuerdas la ermita de San Beado en el valle de Unarre, en medio de un monte flanqueado por dos espectaculares cascadas que brillan a lo lejos como dos cintas blancas descolgadas desde las cumbres, la de Santa María de las Neus de Arreu, tan pequeña y humilde en un paraje arrebatadoramente hermoso, el diminuto templo románico de Nasarre, una aldea abandonada hace años en la sierra de Guara. Como ante tantas joyas de nuestra arquitectura religiosa pretérita, te impresionaron su soledad y su silencio. Y se te ocurrió pensar que, puesto que el turismo es en buena parte mitomanía, bien podrían señalarse estos enclaves con una placa que dijera algo así:

En este templo hoy  olvidado habitó Dios y alguno de su corte celestial

Puede que esta Ruta de los Buscadores de Fe –es título provisional-, si no tanto glamour como la de los rodajes famosos, también  tuviera su pequeño éxito entre los creyentes inquietos.

 

Esplendor y desmán de los Pirineos

¿Desmán o "instalación" de algún artista genial?...Habrá que averiguarlo, aunque uno prefiriría el paisaje sin más adornos.

¿Desmán o “instalación” de algún artista genial?…Habrá que averiguarlo, aunque uno prefiriría el paisaje sin más adornos.

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Mea culpa. No tienes nada más que hacer, sino disfrutar del verano en un paraíso inhabitual para ti. Todo en él te sorprende, como si fueras un Homper itinerante. Tu único plan es moverte, supervisar montañas, valles, pueblos, arquitectura popular e iglesias. Recorrer caminos, bosques, prados y, de vez en cuando, trochas de cabra. Procurando esquivar ascensiones muy pronunciadas. Senderismo amable, como te ha dado por denominarlo, que es lo que crees recomendable para tu espalda. Mea culpa. Con tan raquítica escaleta de obligaciones lo mínimo que podías estar haciendo para compensar tu molicie es escribir, no hacer tantas pellas en tu blog, dar señales de vida y contar algo interesante de  tu escapada de verano. Pero por primera vez en tu vida has sujetado tus inquietudes en vacaciones y sólo descansas, te cansas andando, regresas agotado y vuelves a descansar. No funciona la tele, no hay wi-fi disponible. Ideal para olvidar que hace sólo unos meses creías que no llegarías a  disfrutar así en los Pirineos.

Y sin embargo, ni aún con tan plácido far niente te estiras y eres capaz de subir algún post nuevo.

-Mea culpa –reconoces- Lo malo de abandonarte al ocio total es que a poco que te descuides te conviertes en irrecuperable.

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En el pueblecillo donde te escondes hay diez o doce casas de piedra, la mayor parte de ellas bordas reconvertidas por amantes del esquí que ahora, en verano, tal vez prefieran la Costa Brava. Casi todas las casas están vacías. En lo más alto se yergue una pequeña iglesia con su torre coronada por un tejado en forma de sombrero de bruja, característico de la zona, y, anejo a ésta, un diminuto cementerio un tanto descuidado del que ya conoces a todos sus muertos. Es parte de tu morbo inconfesable. Te gusta escrutar los nombres de los enterramientos, por si entre ellos conectas con algunas de tus raíces catalanas.  La carretera, apenas transitada, pasa por debajo del pueblo, y al otro lado de ella, en el lecho del valle, el vigoroso río  Noguera Pallaresa ha tallado entre rocas una profunda poza de aguas oscuras ideal para bañarse a la temperatura preferida por el bacalao de Terranova. No hay ni bar ni ningún otro establecimiento donde se pueda comprar nada. La paz y el silencio es lo único que llena sus cuatro calles y su –qué ironía de rótulo-  pequeña y entrañable Plaza Mayor.

Por si estos encantos no fueran suficientes, tras tres jornadas soleadas esta noche llueve. No podrás ver a las Perseidas, mala cosa, pero a cambio dormirás con edredón y con la fragancia mojada del bosque entrando por tu ventana. O sea, que no es tu culpa el no escribir. Es que todo invita a relajarte y, si se tercia, soñar que todos los días podrían transcurrir así.

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Cuando no descansas, ni sueñas, ni lees, ni estudias música, ni sales de senderismo en la mejor compañía, te subes al coche y te dejas llevar por carreteras que raramente recogen los mapas.

-Quisiera que me nombraran Inspector General de Pueblos Perdidos y de Carreteras Imposibles-dijiste al llegar a Escart.

Lo dijiste, pero no te nombrarán. Aunque prefieras mil veces más ese cargo que el de ministro.

Escart es uno de esos pueblos perdidos al que se llega por una estrechísima carretera de tres kilómetros que conviene hacer rezando. Rezando para que no se te aparezca un coche de frente, porque entonces o conduces marcha atrás el camino recorrido o te precipitas al   angosto fondo del Valle del Escart, en cuyo caso también viene bien morir rezado. Sin embargo, tuviste suerte, y llegaste al pueblecillo más atrevido y vertical de la península sin que a ningún lugareño se le ocurriera mientras subías bajar a por tabaco a Escaló, que es el pueblo con comercio más cercano.

Del inverosímil pueblo de Escart sale un sendero que conduce a la ermita de Santa María de la Roca, en un risco tan peligroso que sólo mirarlo desde abajo da vértigo. Se te ocurre pensar que los eremitas medievales competían en riesgos por llegar cuanto antes a presencia de Dios. El ermitaño de ésta lo tenía bien fácil: si no alcanzaba con su oración, bastaba con que saliera a hacer pis y diera un paso en falso para encontrarse con Él por la vía rápida.

Ay, Señor, qué fes las de aquellos tiempos. Y cuánto menos rico sería nuestro patrimonio arquitectónico si no fuera por la chifladura de reyes, nobles, santos, monjes y otros poseídos por el afán de quedar bien contigo.

4

Te quedas pasmado ante la iglesia románica de San Juan de Isil, que hunde sus cimientos en el mismo lecho del río. A unos kilómetros de aquí, la reciente crecida y desbordamiento del Garona se llevó por delante en Arties muros enteros de otras casas de piedra, hoy apuntaladas por andamios como si fueran un decorado teatral. Pero el  caudaloso Noguera, que lame este singular templo,  parece haber respetado durante siglos su ábside, que sigue ahí incólume, valiente e impasible.  Demostrando entre otras cosas que el románico disponía de muy buenos albañiles, y que el Santísimo es inmune al frío, a las humedades y al reúma. El lugar donde se erige esta joya de piedra es una delicia. Dan ganas de hacerse santo sobre la marcha.

5

En otro paseo os cruzáis con un corzo, tan campante en estos pagos de naturaleza exultante. A ti te gustaría avistar a un oso de los veinticinco que viven por aquí. Y aún más que eso, te divertiría ver a un bichito autóctono de cuya existencia no tenías la menor idea hasta que lo descubriste en El hombre y la tierra. Se trata del desmán de los Pirineos, un pequeño y raro híbrido de topo, y ornitorrinco  que tiene su hábitat privilegiado en los ríos de estos valles.

No debe de ser fácil verlo, seguramente no caerá esa breva. Pero incluso en estos pueblos, extraordinariamente bien conservados y restaurados si se comparan con la media nacional, se descubre otros desmanes. En Llavorre, un conjunto de vecinos que en invierno sufrirán lo suyo para montar una partida de cartas, alguien ha plantado varios cadáveres de coches junto a las añosas y nobles casas de piedra de la pequeña villa. Duro golpe para el entorno paisajístico. No te lo explicas, al punto de que dudas si no se tratará de alguna de esas “instalaciones” que se gastan los artistas modelnos, y que, contrariamente a lo que piensas, los del pueblo exhiben con orgullo. Tú por si acaso fotografías ese contraste como curiosidad, y lo subes al blog para que conste que conseguiste ver al menos un desmán de los Pirineos. Algo extraordinario, como te va pareciendo casi todo en este viaje.

 


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