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A pesar de todo, ¡haz reir!

Intentarás seguir tomándotelo todo con cierto sentido del humor...

.Intentarás seguir tomándotelo todo con cierto sentido del humor..

1 Te ha vuelto a llamar Homper. Está leyendo un libro de Víctor Olmos sobre la vida y obra de Jardiel Poncela que se titula ¡Haz reír, haz reír!, la consigna que le inspiró desde que se dio cuenta de que quería ser escritor. -Esa consigna se la compraría ahora mismo- le dices tú- Yo también hubiera apostado por ¡haz reír, haz reír!…Pero últimamente me he amargado más de la cuenta. Ya sabes, el sentido del thumor… La realidad es que te afecta también ese otro cáncer de desvergüenza que ha hecho metástasis en España. No iba a curar tus males, pero seguro que vivirías mejor si, en lugar de desayunarte cada día con un memorial de agravios de los que debían ser personas ejemplares, sólo te alimentaras de noticias felices. -¡Y tanto! –confirma el Hombre Perplejo- El propio Jardiel tendría que reescribir ahora su novela Pero…¿hubo alguna vez once mil vírgenes? Cambiando a las vírgenes por los políticos honrados…¿hubo alguna vez once mil ejemplares de esta especie?

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Como a su edad el único tesoro que tiene es el tiempo, Homper fue la otra tarde a la residencia donde se aloja ahora la tía Albertina. En realidad esta anciana no es tía suya, sino la única prima de la tía Clota, aquella mujer que emigró a Estados Unidos para ganarse la vida como profesora de español y con la que el Hombre Perplejo sí guardaba una relación entrañable. Poco antes de morir en su casa de Vermont, y en el curso de una de esas conversaciones que mantenían a través de SKYPE, la tía le desveló un secreto entrañable largamente guardado. -Te acordarás de aquel coche de pedales que te regalé cuando cumpliste siete años, ¿verdad? -¡Cómo no me voy a acordar, si fue el mejor regalo que recibí en mi infancia! -Tú entonces no te preguntabas cómo una pobre maestra pudiera permitirse el lujo de comprarte aquel juguete tan caro, claro. -¿Yo?…Yo me subí como loco a aquel bólido de color rojo y empecé a pedalear por el pasillo creyéndome Fangio, ya te puedes imaginar… Entonces la tía Clota le contó que en realidad el coche de pedales no lo había comprado ella, sino que le tocó en una tómbola a su prima Albertina y ésta se lo puso como regalo de Reyes a su hijo Clementín. Sorprendentemente, la criatura no demostró por el coche de pedales el menor interés. Al contrario, lo que de verdad le gustaba era la Mariquita Pérez de su hermana Pilarín, a la que, con gran desesperación de la niña, secuestraba para cambiarle los vestiditos, darle de comer y acostarla en su camita con verdadera ternura. Así que, comprendiendo que el niño le había salido un poco nenita, un día Albertina se hartó, empaquetó el precioso coche de pedales y se lo envió a la tía Clota para que se lo regalara a ese sobrino tan especial que se asombraba por casi todo. -Ese chico eras tú, querido Homper –le confirmó la tía Clota – Si te pude regalar el coche de pedales fue gracias a ella. Por cierto, que Albertina enviudó joven, Clementín acabó saliendo del armario y murió poco después, y Pilarín se casó con un alemán y no ha vuelto por España. O sea, que mi pobre prima está sola, como tantas ancianas. Por favor te pido, no dejes de visitarla alguna vez…

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Homper encontró a Albertina insospechadamente feliz. Se presentó ante ella con un ramo de flores recordándole que él era el niño beneficiado por el coche de pedales, y le dijo que no se lo había agradecido antes porque no se enteró de su generosidad hasta poco antes de la muerte de la tía Clota. Por lo visto, Albertina mantiene muy buena cabeza. Casualmente está leyendo Angelina o el honor de un brigadier, porque ella también es una gran amante de la literatura de Jardiel, aunque precisó que le hubiera gustado que en lugar de Angelina la protagonista se hubiera llamado Albertina, como ella misma. Toda la vida ha buscado argumentos para la autoestima, y tener nombre de heroína literaria le hubiera ayudado mucho. Cierto que había una Albertina esencial en Á la recherche du temp perdu, pero ella se consideraba demasiado simple para embarcarse en la espesura de Proust, mientras que las comedias de Jardiel eran ligeras y frescas como un polo de menta, y ésta no hubiera perdido nada, incluso hubiera ganado, si la protagonista fuera Albertina. -Es una lástima –suspiró-Porque no hay que desaprovechar ni una ocasión para la autoestima.

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A su lado, junto al libro, había sobre el sofá un ABC en cuya portada aparecía la foto del sospechoso del día. -¿Ves?- dijo Albertina mirándola de reojo- A mí el escándalo de Rato por una parte me desanima, pero por otro lado me arroja lastre de remordimientos antiguos…¿Sabes?…Una vez, cuando él estaba en la cumbre coincidí en un te benéfico con una de sus admiradoras fanáticas, una señorona muy encopetada. Pasamos la velada juntas y charlamos mucho, casi que nos hicimos amigas. Y así, contando anécdotas y recuerdos se me ocurrió confesarle ingenuamente que yo después de la guerra lo había pasado tan mal que llegué a falsificar dos cartillas de racionamiento para poder criar mejor a mis hijos. Entonces ella dio un respingo y me soltó esto: ¿Cómo pudiste caer tan bajo?…¡La gente bien jamás robamos! Yo me excusé alegando que no debía de ser tan bien, porque mi marido era un perfecto inútil y en casa pasábamos hambre, pero lo cierto es que a partir de entonces siempre que nos encontramos desvió su mirada mientras yo fustigaba a mi conciencia repitiendo para mis adentros: ¡ladrona!…¡Estafadora!..¡Eres una delincuente! La tía Albertina se echó a reír con estrépito -¿Ves?-le dijo a Homper señalando a la portada del ABC- Como todo es relativo, hoy me siento rehabilitada, y mi autoestima ha subido muchos puntos.

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Se quedó asombrado Homper de que en una residencia de ancianos se respirase tanta alegría. -Es sobre todo porque tenemos un grupo que nos reunimos todas las tardes para contarnos sólo cosas alegres y jugar al parchís –dijo Albertina mientras iba presentando a sus componentes- Nos llaman los Positivos, y somos Sagrario, Florestán, Bernabé y servidora. Sagrario está encantada porque desde hace meses no ve los informativos de televisión y porque ha podido desempeñar la sortija de rubíes que heredó de su madre. Florestán es un viejo tenor que está radiante: al fin le han hecho unos implantes que le permiten cantar arias y romanzas sin que se le caiga la dentadura en los sobreagudos, como le sucedía antes para bochorno propio y ajeno. Albertina se ha liberado de su mala conciencia de falsificadora de cartillas de racionamiento y de la adicción a Jorge Javier Vázquez. Además cuando acabe Angelina o el honor de un brigadier se hará más jardielera todavía leyendo el ¡Haz reir, haz reir! que le ha recomendado el propio Homper.

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Claro que, para hacer reír de verdad, nada como el desparpajo y la desinhibición del cuarto de los Positivos, Bernabé, comandante jubilado y socio del Atlético de Madrid. -Yo les comuniqué a mis compañeros que padecía un cáncer de vejiga y que, con perdón de las señoras, lo iba a afrontar con espíritu militar-dijo-: punto uno, con dos cojones. Punto dos: optimizando los recursos. Punto tres, explotando el éxito. Reconozco que los del punto uno se me pusieron de corbata cuando me explicaron que la operación consistía en una resección transuretral, oséase, que el bisturí mágico me lo iban a meter por el mismísimo canutillo del regocijo, que sólo recordarlo me pone los pelos como escarpias. Al respective, y demostrando que había captado la metáfora, la amiga Albertina observó con malicia que el canutillo no siempre da satisfacciones, a lo que yo respondí con laconismo castrense: negativo. Pues salvo en el caso de gatillazo, que, como hombre de armas ni puedo concebir, el canutillo, en su doble función excretora y propiamente sexual, es fuente de máximo regocijo, mayormente en nuestra edad provecta. Von Clausewitz, Maquiavelo y otros tratadistas mantienen que el concepto de poder en el hombre evoluciona con la edad, siendo así que en la juventud el poder es, sobre todo, y con perdón por la expresión, poder follar, en la madurez poder mandar, y en esta vejez en que tanto luchamos por mantener enhiesto el pabellón, consiste mayormente en poder…¡mear! Y no vean ustedes el miedo que tenía yo al bloqueo miccional después de la anestesia, la jodida sonda y todas esas travesuras que menoscaban la gallardía de una verga militar…

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En este punto el comandante Bernabé hizo un alto, bebió medio vaso de agua, secó su bigote con un pañuelo y prosiguió su discurso en un tono menos épico y con los ojos abrillantados por el esmalte de la emoción. -Ilusionado al saber que la que me iba operar era una uróloga de muy buen ver –continuó el ilustre soldado- quise optimizar los recursos y explotar el éxito intentando retrasar la acción de la anestesia al objeto de sentir unas manos femeninas maniobrando en misión de servicio sobre mi intimidad…Luché como un jabato, pero no pudo ser. Eso sí, cuando veinticuatro horas después de operado otras manos angélicas me retiraron la dichosa sonda y este menda tuvo que quedarse sólo ante el peligro…tuve la satisfacción y el orgullo de sentir que el regocijo fluía de nuevo por el canutillo en forma torrencial. Primero, del color de un reserva de Rioja, al cabo de un rato como rosado de Navarra, después tal que un amontillado, luego cual manzanilla y a los dos días claro como el agua del arroyo… Al comandante Bernabé se le saltaron las lágrimas. -Y la verdad, no se qué guerra seguirá dando el puñetero cáncer, pero esta batalla la hemos ganado.

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Parece que lo dijo en tono heroico, pero lo cierto es que los Positivos se lo tomaron a risa, y al poco tiempo el jolgorio del comandante y de toda la residencia que había seguido su discurso era un puro disparate. Como la vida y la obra de Jardiel que ahora, en forma de libro, tenía entre sus manos tía Albertina. –¡Haz reír, haz reír!-decía mostrando la portada al aguerrido Bernabé. Tengas lo que tengas, aunque sea un cáncer.  

Volando como Nils

Viste tan cerca a las grullas, que te dieron ganas de subirte a una de ellas e iniciar un viaje como el de Nils Holgersson...

Viste tan cerca a las grullas, que te dieron ganas de subirte a una de ellas e iniciar un viaje como el de Nils Holgersson…

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Era cuando Javier Capitán y tú estabais en el candelero, y os reclamaban para animar cualquier ceremonia de esas en las que inevitablemente hay que aguantar discursos. El evento en cuestión era una especie de premios naranja y limón que las Sudacas Unidas entregaba a las personalidades que ese año habían sido amables y comprensivos o, por el contrario, antipáticos y esquivos con sus reivindicaciones. Javier y tú ibais llamando a los galardonados, para bien o para mal, y estos, haciendo gala de un notable fair play y de sentido del humor, recogían su diploma y su trofeo. Os alternabais en ese protocolo mil veces repetido a partir de que se universalizó la entrega de los Oscar de Holllywood. Llamabais al personaje, le recibíais con una cuchufleta de vuestro repertorio, le dabais el engendro de rigor –una metopa, un cenicero, una bandejita, una estatuilla indescriptible, el catálogo de horrores conmemorativos es extensísimo- el galardonado agradecía la atención y a otra cosa, mariposa.

No todo era tirar de vuestras imitaciones, que también las dejasteis caer. Había que hacer de presentadores y animadores al uso, es decir, simpáticos, no histriónicos. Y tú perdiste los papeles. Parece que Fraga aquel año había sido sorprendentemente amable con las sedicentes sudacas, y se merecía el premio naranja. A ti te traicionó el subconsciente y ante el pasmo de la organización, de Capitán y del propio galardonado le otorgaste el limón. No pasó nada. Metida la patita, la sacaste, arreglaste el entuerto con una faena de aliño y la gente se rió más que si lo hubieras hecho bien. ¿Sentido del humor o simple sentido común?

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Invocas este recuerdo porque el Director de Emisiones y Continuidad de Canal Sur ha tenido que dimitir. ¿Su delito?: un fallo humano en la retransmisión de las campanadas de fin de año sustituyó siete de estas por dos spots publicitarios que se colaron de rondón en el tradicional protocolo. Parece que las siete uvas sustraídas eran fundamentales para la suerte colectiva de Andalucía. Primera uva eliminada: se va acabá el paro, quillo. Segunda uva: nos va a tocá er Gordo, pishita. Tercera uva: vas a triunfá en el amor, tío, de lo juro por mis muertos. Cuarta uva: vamo a tené una Feria y un Rocío que no se va a podé a aguantá. Quinta uva: la cosesha va a sé demasiado. Sexta uva: se va acabá con la corrución, digo. Séptima uva: se eliminan los impuestos, por la gloria de mi madre. Parece que lo que se les guindó a los andaluces que se quedaron compuestos y sin campanadas era el paraíso. Años atrás TVE mandó al ostracismo a Marisa Naranjo por cometer una fechoría parecida: ¡haber confundido las campanadas de los cuartos con los de las cuatro primeras horas del año nuevo!

Hay cosas que sencillamente no se pueden tolerar, ¿no?

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La ilusión, cuando no la superstición, es la droga más barata para amansar al pueblo. Lo piensas cuando cruzas andando la Puerta del Sol y ves las colas que aguantan impávidos los devotos de Doña Manolita, como si esta tuviera el monopolio del Gordo de la Lotería. Creemos que la sociedad de la información lo está desmitificando todo, pero hay zonas a donde jamás llegarán la razón ni la lógica. Lo ratificas viendo la rapidez con que ruedan cabezas responsables por un asunto, como de estas desdichadas uvas de la suerte, que no pasa de ser una torpeza convertida en anécdota.

¿O es que realmente creen los andaluces soliviantados que las uvas escatimadas iban a cambiar sus vidas?

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Tú hace tiempo que pasas de las uvas, y que sólo alimentas ilusiones pequeñitas, que se pueden cumplir y están al alcance de cualquiera, o ilusiones tan imposibles que son pura fantasía. Cuando viste el amanecer este último 1 de enero entre encinas, en medio de la escarcha que alfombraba el posío, tu ilusión era echarte a pasear al sol de la mañana y escuchar el crunch crunch del dibujo de la suela de tus zapatos al romper la virginidad del pasto helado.

Aún era rosado el tono de la nieve que corona Gredos, pero ya hacía horas que las grullas picoteaban por el amplio Valle del Tiétar, en busca de bellotas. Una de ellas se dejó aproximar tanto que te acordaste del maravilloso viaje de Nils Holgersson a bordo de un ganso y quisiste emularlo. Imaginaste entonces que, al igual que el protagonista del cuento de Selma Lagerlöff, te subías a lomos del ave y la grulla te llevaba volando a ver el mundo. Buena experiencia para comprobar lo poco que somos a vista de pájaro y lo conveniente que es hilvanar las ilusiones con lo que realmente queda a nuestro alcance. Volar y hacer volar a la imaginación, pero sin perder la perspectiva.

Todos marionetas

Homper se sigue quedando perplejo por lo que hay que ver...

Homper se sigue quedando perplejo por lo que hay que ver…

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Excusatio non petita…Nadie te echará de menos por espaciar tanto tus entradas en este blog, pero que no te acusen de vago. Ocurre que las cosas cambian, y que tu mala salud de hierro se ha oxidado ligeramente. Nada grave, salvo que a la radiología actual no se le escapa una. Una resonancia magnética tiene la culpa. Qué invento este: te dejan en calzoncillos y en calcetines, taponan tus oídos –o al menos eso creen ellos- te ponen a dormitar en un túnel de acero y descargan sobre tu maltrecha columna una especie de concierto para martillo neumático, metralleta, sonar de submarino y tuneladora que podría firmar Stockhausen. Entre estruendo y estruendo programan silencios de imprevisible duración. Quizás para que cuando vuelva el escándalo sonoro te acojones todavía más. El concierto dura unos veinticinco minutos.
No es tan molesto como parece. Aún bajo ese bombardeo de decibelios, hay veces que hasta consigues conciliar el sueño. Debe de ser que no estás tan mal como presumes.
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Y sin embargo lees días después el informe de la resonancia magnética y casi te sorprendes de poder seguir manteniéndote en pie. El jodío bichito, como le dicen algunos a tu neoplasia, había hincado ya el diente en varias piezas de la columna, y ahora ha dejado su tarjeta de visita en la Dorsal 7. Vas a necesitar radioterapia.
Al enterarte, la verdad, no te hace gracia. Te anima mucho sin embargo cruzar la Puerta del Sol y ver a ese presunto hombre invisible uniformado de marino que lleva gorra de oficial flotando en el aire, porque el pobre no tiene cabeza, y se hace fotos junto a las turistas japonesas que se le ponen al lado. Quizás tú también consigas mantener el tipo, con una cara sonriente a pesar de asentarte en una columna frágil. Al mítico David de Miguel Angel, que durante más de cuatrocientos años exhibió su cuerpo apolíneo en la Plaza de la Señoría de Florencia también se le ha quebrado un tobillo, con ser de mármol de Carrara. Al parecer Buonarotti no tuvo en cuenta que cargar la mayor parte del peso de la escultura sobre uno de sus tobillos iba a pagar su precio al cabo de cuatro siglos. Tu osamenta se conformaría con menos tiempo. Tampoco hay que abusar.
En la Plaza de Oriente hay otra atracción callejera que te fascina cada vez que pasas por allí. Un artista hace bailar claqué a una marioneta con tal gracia, ritmo y precisión que el muñeco parece Fred Astaire. Es otra idea: que alguien desde arriba maneje tus hilos y te siga manteniendo en pie como esa marioneta viva del destino que somos desde que nacemos.
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Lo que nadie te quita es la capacidad de sorpresa. Esta vez la agitó tu amigo Homper, perplejo al ver que el ganador de esa arcaica horterada llamada Festival de la Canción de la Eurovisión había sido Conchita Wurst. Lo de menos, según el hombre perplejo, era la canción que triunfó. Lo que le realmente le dejó pasmado es que con ese nombre cantaba una mujer barbuda. O así.
-No sé a dónde vamos a llegar –decía escandalizado- Dejé de interesarme por el porno cuando comprobé que todas sus artistas se depilan para exhibir un monte de Venus tan inocente como el de las muñequitas de Famosa. Y ahora parece que lo que mola, no te fastidia, son las mujeres con barba…¿Y si los hombres nos implantamos tetas?
Ironizaba Homper, pero no estaba muy contento, no. Le recordaste entonces que todos somos marionetas. Del destino, desde luego, pero también de esa creciente dictadura de la estupidez que es la moda y el no saber ya qué hacer para llamar la atención.

Saulo, ¿por qué me persigues?

Incluso los más virtuosos necesitan alguna vez una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el  camino de la perfección... (La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

Incluso los más virtuosos necesitan  una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el camino de la perfección…
(La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

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No engañes a nadie que se asome por aquí. Al principio esto podrá parecer uno de esos cuentos tontorrones con los que inicias algunos post, pero debes dejar bien claro que es un alegato. Un alegato en re sostenido mayor por ejemplo, que así sonará como más dulcificado por la música, pero no menos firme y solemne que esas proclamas altisonantes de los indignados. Es un alegato contra la estulticia, la hipocresía y el desprecio por los demás, aunque el protagonista del mismo no sea más que lo que en los relatos clásicos llamaban “un hombrecillo”.

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Ya has citado el asunto que motiva tu alegato, la música. ¿Y por qué al hombrecillo le atraía tanto la música? Dice que sintió su hechizo cuando vio en Fantasía al legendario Leopoldo Stokowsky dirigiendo un ballet de hipopótamos dibujados por Disney mientras la orquesta tocaba la Danza de las horas. Qué encanto aquello de poder jugar con melodías y ritmos, y revestirlos de imágenes tan divertidas como imaginativas. Qué delicia, esquivar así las miserias de la vida.

Había otro motivo para añorar y desear la música. Llegó el hombrecillo a su primera juventud, y observaba que un colega que rasgueaba una guitarra susurrando suramericanadas de María Dolores Pradera y sus Gemelos mientras le hacía ojitos a una chica mona ligaba bastante más que él. Otro amigo mayor, más serio y preparado, le inició en la música clásica. Fue en verano, cuando los poros de la sensibilidad primeriza se abren y están amorosos. Aquel amigo, que poco después tomaría los hábitos de cartujo, ponía por las noches la Quinta Sinfonía de Beethoven en un primitivo tocadiscos que instalaba bajo una higuera, e invitaba a escucharla mientras el hombrecillo y su pandilla miraban las estrellas. Ahora a los momentos así se les llama iniciáticos, esdrújula que entonces no existía, pero que los que van de intelectuales gastan mucho. El hombrecillo, absorto en ese milagro conjunto que obraban la noche estrellada y el genio de Bonn sólo sabía entonces que no le gustaría morirse sin haber intentado antes ser música.

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Sin enseñanza alguna, y manifiestamente inepto para engañar siquiera al instrumento más simple, el hombrecillo acabó cantando en un coro. Primero piezas sencillas y populares: que si eres como la nieve, que si tiro el pañuelico al agua, que si río arriba, río abajo, que si la bella Lola, que si se enamoró la paloma, y luego se equivocaba, que si no te vayas de Pamplona, que si los campanilleros y otras sonrojantes letras regionales o populares. Más tarde, en un salto de calidad y de criterio, música sacra a capella. Y de ahí, feliz  como el torero que se doctora en Las Ventas, a cantar con orquesta piezas de clásicos.

Entonces el hombrecillo se vestía de smoking, iba a la iglesia de turno con sus partituras, se incrustaba en la obra que siglos antes habían compuesto Vivaldi, Bach, Mozart o Beethoven y cumplía sus sueños. Aquello de aprender una partitura clásica sin apenas saber leer una nota exigía muchas horas de ensayo, pero el hombrecillo creía que valía la pena. Al fin se sentía por lo menos una parte infinitesimal  del tinglado de la hermosísima farsa. Ya no escuchaba la música, sino que estaba en ella.

Y era feliz, a qué negarlo.

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Un día, al hombrecillo le contaron que el Coro del CEU San Pablo buscaba voces para conciertos importantes, y allá que se apuntó. Aparte de formar excelentes universitarios, el CEU tiene a gala inculcar en su alumnado el espíritu humanista y cristiano de su santo patrono. También –a Dios rogando y con el mazo dando- ha hecho suyo el ritual de las universidades anglosajonas distinguidas, y gusta de adobar sus actos académicos con coros que realzan su solemnidad, y mitigan en los padres de los graduados el dolor de pagar la pasta gansa que cuestan sus matrículas.

El pacto que le ofrecieron al hombrecillo y a los demás cantantes ajenos a la institución era claro.

-Mira, vas a tener que cantar en varias misas solemnes con obispos y autoridades, y en ocho o diez graduaciones por temporada. Pero a cambio también podrás hacerlo en el gran concierto anual que celebramos el día de la Conversión de san Pablo. Un gran evento cultural y social del que estamos orgullosísimos. Vaya lo uno por lo otro.

Gracias a ese intercambio de prestaciones el hombrecillo empezó a sentirse importante. Es cierto que los actos litúrgicos y académicos le resultaban tan aburridos que en esos momentos se hubiera cambiado por un corista del Teatro Chino de Manolita Chen, pero el fin justificaba los medios.

Así que el hombrecillo se tragaba los denuestos y cumplía como buenamente podía.

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Esta temporada al coro se le pidió un esfuerzo más. El CEU iba a investir como Doctor Honoris Causa al presidente de la Comisión Europea Van Rompuy, con Rajoy de padrino y presencia de múltiples personalidades. Había que engalanar el acto añadiendo al repertorio habitual  el Himno a la Alegría  de la Novena Sinfonía –por aquello de Europa, a ver si caen- y el Aleluya del Mesías de Haendel, como colofón del acto que a todo el orbe cristiano llenaba de gozo.  Para eso hubo que programar horas extras de ensayo y dedicar prácticamente una mañana entera ad majorem gloriam de la institución. Como si en ello les fuera la vida a los cantantes, y no  a todos los prebostes que, al reclamo de la notoriedad del evento, atestaban el aula magna con sus vistosas mucetas, birretes y demás parafernalia. El hombrecillo y sus compañeros cantaron disciplinadamente. Les gusta cantar, no salir en la foto, y aún esperaban ilusionados el gran concierto del año.

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Mala suerte fue que la crisis también hiciera mella en el espíritu generoso que alienta en el CEU. Y que considerando que este año no había dinero bastante para montar el Requiem de Mozart,  que era lo previsto, los jefes pidieran que se apañara un concierto de piezas a capella, que resultaba más baratito. Eso sí, había que desplazarse a la Universidad que la institución tiene en Montepríncipe -20 kilómetros desde el centro de Madrid- y con los hombres de smoking y las mujeres de largo, que lo exigía la dignidad del evento y la de los asistentes. Tal cual si en lugar de un coro menesteroso estuviéramos hablando del New Philarmonía, qué carambas.

Y peor suerte aún fue que, tras comprobar que su sueño quedaba en el alero, y cabreado por el trágala de un programa de emergencia, el coro se encontrase el día del concierto con el aforo del gran aula magna ocupado por diez personas. Había reservadas cuatro filas para las autoridades, pero sólo una de las que levitaron aplaudiendo a Van Rompuy y Rajoy consideró que merecía la pena escuchar al coro ese día. No había cámaras de televisión, no había dignidades europeas, no había políticos de relumbrón. Sólo se ofrecía música coral. Por tanto, ni era necesario molestarse en buscar figurantes para cubrir el expediente. ¿Cabe mayor desprecio que no hacer aprecio?

El  hombrecillo asegura que nunca se había sentido tan humillado.

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Como pacta sunt servanda, y al día siguiente tocaba misa del santo patrón, las huestes corales volvieron a la capilla de la Universidad a cumplir su compromiso. Todos los barandas que el día interior faltaron al concierto deben de ser buenísimos cristianos, porque al acto religioso no faltaron. Haciendo de tripas corazón, el maltratado coro cantó lo mejor que pudo, aguantando estoicamente una plúmbea homilía en la que el oficiante recabó la necesidad de que el espíritu de San Pablo se encarnara en todos los presentes. El hombrecillo entretanto tragaba bilis, y se preguntaba cómo era posible que con tan eximio patrón  sus pupilos ignorasen aquello de los sepulcros blanqueados, y mostraran con los pobres cantantes que ellos mismos habían solicitado tan poquísima delicadeza. Ofuscado en su humillación aún caliente, el hombrecillo se notaba poseído por una ira nada cristiana. Y aunque comprendía que el santo de Tarso no tenía la culpa, sentía la necesidad de expresar ante sus homónimos del CEU un lamento parecido al que sonara en el camino de Damasco.

-Saulo, Saulo…-dijo el hombrecillo- Si no querías que cante…¿por qué me persigues para que adorne tus festejos? Y si de verdad quieres un coro… -añadió para no callarse nada- ¿por qué nos das el coñazo y nos machacas con tu desprecio?

El primer estrago de la Navidad

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No sueles recordar tu pasado publicitario. Sin embargo, la pura curiosidad te obliga a tragar anuncios, y algunos de estos excitan tu sensibilidad sobremanera. Recientemente te ha llamado la atención una campaña de Castilla y León, tierra de sabor. Escuchaste los mensajes de radio y te parecían una tontada, algo que se no se entendía, una señora hablando castellano con acento americano y un par de bobos diciendo cosas ininteligibles con ese tono que ponen los titiriteros del Retiro cuando sale el ogro o la bruja. Un espanto sin maldita la gracia. Luego viste un día un spot de dibujos animados de la misma campaña y comprendiste que las cuñas sólo eran su banda de sonido. Eran vacas las que hablaban, lo que no se adivina escuchando la radio. Los creativos no tuvieron en cuenta este pequeño detalle, pero a los que pagan la campaña no pareció importarles la cosa. Incompetencia. Irresponsabilidad.

Ahora, peor es lo del spot de la Lotería de Navidad. Hará más de treinta años que tus compañeros de Clarín inventaron el Vuelve a casa de Navidad, cuando aún era original que la publicidad jugara con las emociones, y los spots de El Almendro pellizcaban el corazón de la honrada clase media. Ahora uno de los anunciantes más potentes, una da las campañas inevitables que a la gente le suele gustar quiere exprimir el mismo zumo sentimental para que compremos Lotería Nacional. Y como gran aportación a la historia de la publicidad se le ocurre inventar una inenarrable cursilada que cierra un Raphael que parece un miembro de la familia Monsters entonando el sonsonete de Los Niños de San Ildefonso.

-Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo- dijo tu amigo Homper con los ojos fuera de las órbitas al ver el spot.

A ti no te gusta hablar mal, pero cojones con la nueva creatividad. Tanta modernidad para esto. Casi te dan ganas de gastar tu presupuesto de lotería en beber para olvidar.

El tiempo entre basuras

rata92Empezaré por agradecer a la especie humana su generosidad. Estuvo la mar de acertada cuando elaboró lista aquella de Derechos Humanos, y cuando declaró que la libertad por encima de todo. Luego aún se puso más estupenda, y se inventó  para sus individuos (e individuas, que una debe ser políticamente correcta ante todo) aquello del derecho de huelga. O sea, que no estás conforme con tus condiciones de trabajo, pues no trabajas y el empresario que se fastidie. Estuvo lo que se dice iluminada.

A veces se fastidia bastante más gente que los empresarios. Por ejemplo, en la huelga de la limpieza de las calles de Madrid los madrileños dicen que están hasta las narices de la huelga, y que no hay derecho a que los empresarios y los obreros se peguen patadas en su culo. Pero nosotras no. Nosotras encantadas.

Encantadas de que la alcaldesa Botella se tome una relaxing cup of camomyle o de lo que sea mientras que unos y otros se tiran de los pelos y se pasan por el forro de los caprichos su contratos de limpieza. Más encantadas aún estamos con esos amables sindicatos que tanto se empeñan en informar a los desinformados a través de los piquetes, verdadero prodigio de competencia y de sentido cívico. Y qué decir de los vandalitos y de los pirómanos que van derramando papeleras, incendiando contenedores y de paso algún que otro vehículo que quede cerca. Es que no podemos estar más contentas con ese despiporren de mondas, restos de comidas, latas, envases, cartones, compresas usadas, bolsas de plástico, papeles y cartones que inunda la capital. Qué mierda de ciudad. ¿Cabe mayor felicidad para nosotras?…

Es verdad que el hombre (y la mujer) nos debía una ocasión como ésta, quizás la más alta que vieron los siglos desde la famosa peste de París que cuenta El perfume. Bien que se han cebado con nuestra especie para sus experimentos en laboratorios, que joden bastante más que una huelga. Por cierto, que hablando de perfume casi nos gusta más a mí y a mis coleguis el que empieza a adueñarse de Madrid. La señora alcaldesa dice que eso no quiere que sea peligroso para la salud de los ciudadanos (y ciudadanas, que no se me escape), pero todo se andará. Ya nos encargaremos nosotras de que la cosa empeore, y de que acaben asustándose hasta esos soletes de sindicalistas a los que tan agradecidas estamos.

De momento, a ver lo que pasa. Unas amigas del barrio de Lavapiés encontraron ayer un montón de basura tan alto que treparon por él y llegaron hasta una ventana por donde se veía a una familia mirando a la tele como atontada. Seguían un serial que dicen que es muy bonito y entretiene mucho. Se titula El tiempo entre costuras. Pero no tienen ni idea: para mí, que al fin soy  una rata en ese momento de gloria al que todas las criaturas tenemos derecho, el serial que está dabuti  es El tiempo entre basuras, coproducido por el Ayuntamiento, las empresas de limpieza, los sindicatos y los delincuentes sin fronteras. Una delicia.

Sólo me preocupa que con tanta tentación por las calles me eche a perder y acabe siendo una rata puta, en lugar de una puta rata  como me decían hasta ahora. Y es que nunca puede ser completa la felicidad. Eso sí, mientras dure, campando por  la capital como si fuera la chulapa aquella de los nardos, caballero, que ya habrá tiempo de volver a las alcantarillas.

Espérame en el cielo, Manolo

Escobar1

Sigue el desfile. Estás en una edad en que se te mueren hasta los inmortales, y lo peor de todo es que ni siquiera te afecta como crees que te debería afectar. Procesas con naturalidad el instinto de supervivencia: si hay otra vida, seguramente pasará menos tiempo para que te encuentres con el difunto en el más allá que el que pasaría aquí hasta que volvieras a saludarlo.  Así que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, o aquí paz y después gloria. Debe de ser que, aunque no lo quieras, se te acorchan los sentimientos. Lo que otros llaman simplemente ley de vida, que como apostillaban los romanos es dura lex, sed lex. Se muere Manolo Escobar y su España sigue a lo suyo. De imprescindibles está lleno el reino de los cielos.

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A ti, reconócelo, la muerte de los famosos te suela afectar poco. Incluso la de aquellos a los que, sin ser amigos tuyos, has conocido de algo. Pero no todos los famosos han sido iguales, incluso en la breve y superficial relación que mantuviste con ellos. Cuando desapareció sigilosamente Tola te dio verdadera pena, porque te parecía un verdadero talento televisivo, una auténtica revolución como presentador incisivo y mordaz, y además fue de los que indirectamente más te ayudó en tu carrera radiofónica. Te entristecía ver que, lejos ya su magnífico Si yo fuera presidente, la gente apenas se acordaba de él. Murió Juan Luis Galiardo y de verdad que lo sentiste, pues después  de haber soportado una bronca suya –por un asunto un tanto divertido- y de haber vacilado con él un par de veces en la radio te parecía un tipo simpático, ingenioso y de gran honestidad intelectual, capaz de convertir su pasado de seductor en una caricatura de la insoportable levedad del ser. No sabes si antes o después también voló Antonio Mingote, que a base de ver sus chistes tantos años era como de la familia, y como otra muerte de buenazos puedes catalogar la de José Luis Borau, personaje que te despertaba infinita ternura y al que recordabas de cuando rodaba para tu agencia spots publicitarios en su casa antes de lanzarse a ser figura del cine.

En ese mismo orden preferente colocas a Manolo Escobar.

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Ni una sola de sus canciones estaría en la lista de tus 500 favoritas. El Ejido, Badalona, Benidorm, su famoso tupé, una troupe de hermanos como palmeros y guitarristas, todo el argumentario de tópicos españolistas en unas letras sin el perfume de Quintero, León y Quiroga…Nada de lo que le ha subido al pedestal de la gloria popular te emociona particularmente, incluso caería en el caleidoscopio del sinete folklórico que hacía en la radio una tal Esmeralda Clamores nacida de tu repertorio. Y sin embargo le admirabas. Admirabas la sinceridad de su vida y de su cante, deseoso siempre de dejar en el aire una fragancia amable y positiva. Admirabas al hombre machadianamente bueno que habitaba en esa alma que respiraba honradez y una casi conmovedora ingenuidad.

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Cuando se le pide a un personaje famoso su participación en una campaña de publicidad es muy normal que éste exija un cojón de mico primero y luego, con la boca chica, cumpla sin dar demasiadas facilidades. Vanitas vanitatis Tú viviste esa misma experiencia con otros personajes públicos, que decían veinte segundos de mensaje para un banco sin cambiar su cara de marmolillo y en una hora de rodaje se llevaban lo que cobraba Curro Romero por una corrida de entonces. Ninguno te había dado las gracias porque te acordaras de él para proponerlo como prescriptor, y, de paso ganarse una pasta. Ya creías que eso era lo normal entre las celebridades. Por eso te sorprendió que unos meses después de acabada una campaña para anunciar los PAC de la Unión Europea a través del Banco Santander en la que aparecía Manolo Escobar cantando desde lo alto de un tractor Billetes, billetes verdes/ pero qué bonitos son, recibieras una llamada de teléfono en tu agencia.

-Hola –te dijeron al otro lado del teléfono- Soy XX, sobrino de Manolo Escobar y su representante. Que mi tío dice que le gustaría ir a hacerte una visita.

Se presentaron tío y sobrino en tu despacho. Y, como si el ilustre cantante fuera un debutante feliz por haber ganado sus primeras pesetas gracias a ti, te abrazó sonriente y ceremonioso.

-Toma-dijo entregándote  un bonito cuadro a pastel- Y muchas gracias por haberte acordado de mí.

Manolo Escobar era un buen coleccionista de arte moderno. No sabes, ni te importa, qué cotización tiene la firma de aquel pastel. Cuando lo miras, sólo piensas en lo que valía el hombre que lo regaló, un ídolo de masas que nunca perdió la perspectiva de la normalidad. Un buen tipo que sabía estar a la altura de su fama.

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En el campo, un poco triste, pero contento de otra parte. No sabes si es por la muerte de Manolo Escobar , pero qué manera de llorar el cielo. Desafías al temporal y sales a pasear bajo la lluvia removiendo los erizos de las castañas por si descubres un boletus. En estas te llama por teléfono tu amigo M.G.

-Qué alegría me da escucharte –te dice- Y menudo el susto que me he llevado…¿Creerás que me han llamado para decirme que habían escuchado por la radio que te habías muerto?…

Desde que va hacer un año pensaste que te podías morir en breve plazo, a ti estos despistes no te dan ningún yuyo. Por lo que te cuentan, hoy Javier Capitán evocaba en su programa de RNE la colaboración que mantuvisteis él y tú con el fallecido Manolo en un programa bastante horribilis de Tele 5. No sabes cómo se expresó Capitán, que no suele hacerse líos, pero alguien lo escuchó a medias, se precipitó en sus conclusiones y creyó que el difunto eras tú, hasta el punto de llamar a tu amigo ya citado para darle el pésame. Que la noticia no sea cierta te da una doble alegría. De una parte, ya te consta que los pocos que recibieron la mala nueva lo sintieron de verdad. De otra, sigues vivo. Y con ánimo para cantarle a tu admirado Manolo Escobar  el bolero aquel de Espérame en el cielo…


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