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Saulo, ¿por qué me persigues?

Incluso los más virtuosos necesitan alguna vez una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el  camino de la perfección... (La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

Incluso los más virtuosos necesitan  una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el camino de la perfección…
(La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

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No engañes a nadie que se asome por aquí. Al principio esto podrá parecer uno de esos cuentos tontorrones con los que inicias algunos post, pero debes dejar bien claro que es un alegato. Un alegato en re sostenido mayor por ejemplo, que así sonará como más dulcificado por la música, pero no menos firme y solemne que esas proclamas altisonantes de los indignados. Es un alegato contra la estulticia, la hipocresía y el desprecio por los demás, aunque el protagonista del mismo no sea más que lo que en los relatos clásicos llamaban “un hombrecillo”.

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Ya has citado el asunto que motiva tu alegato, la música. ¿Y por qué al hombrecillo le atraía tanto la música? Dice que sintió su hechizo cuando vio en Fantasía al legendario Leopoldo Stokowsky dirigiendo un ballet de hipopótamos dibujados por Disney mientras la orquesta tocaba la Danza de las horas. Qué encanto aquello de poder jugar con melodías y ritmos, y revestirlos de imágenes tan divertidas como imaginativas. Qué delicia, esquivar así las miserias de la vida.

Había otro motivo para añorar y desear la música. Llegó el hombrecillo a su primera juventud, y observaba que un colega que rasgueaba una guitarra susurrando suramericanadas de María Dolores Pradera y sus Gemelos mientras le hacía ojitos a una chica mona ligaba bastante más que él. Otro amigo mayor, más serio y preparado, le inició en la música clásica. Fue en verano, cuando los poros de la sensibilidad primeriza se abren y están amorosos. Aquel amigo, que poco después tomaría los hábitos de cartujo, ponía por las noches la Quinta Sinfonía de Beethoven en un primitivo tocadiscos que instalaba bajo una higuera, e invitaba a escucharla mientras el hombrecillo y su pandilla miraban las estrellas. Ahora a los momentos así se les llama iniciáticos, esdrújula que entonces no existía, pero que los que van de intelectuales gastan mucho. El hombrecillo, absorto en ese milagro conjunto que obraban la noche estrellada y el genio de Bonn sólo sabía entonces que no le gustaría morirse sin haber intentado antes ser música.

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Sin enseñanza alguna, y manifiestamente inepto para engañar siquiera al instrumento más simple, el hombrecillo acabó cantando en un coro. Primero piezas sencillas y populares: que si eres como la nieve, que si tiro el pañuelico al agua, que si río arriba, río abajo, que si la bella Lola, que si se enamoró la paloma, y luego se equivocaba, que si no te vayas de Pamplona, que si los campanilleros y otras sonrojantes letras regionales o populares. Más tarde, en un salto de calidad y de criterio, música sacra a capella. Y de ahí, feliz  como el torero que se doctora en Las Ventas, a cantar con orquesta piezas de clásicos.

Entonces el hombrecillo se vestía de smoking, iba a la iglesia de turno con sus partituras, se incrustaba en la obra que siglos antes habían compuesto Vivaldi, Bach, Mozart o Beethoven y cumplía sus sueños. Aquello de aprender una partitura clásica sin apenas saber leer una nota exigía muchas horas de ensayo, pero el hombrecillo creía que valía la pena. Al fin se sentía por lo menos una parte infinitesimal  del tinglado de la hermosísima farsa. Ya no escuchaba la música, sino que estaba en ella.

Y era feliz, a qué negarlo.

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Un día, al hombrecillo le contaron que el Coro del CEU San Pablo buscaba voces para conciertos importantes, y allá que se apuntó. Aparte de formar excelentes universitarios, el CEU tiene a gala inculcar en su alumnado el espíritu humanista y cristiano de su santo patrono. También –a Dios rogando y con el mazo dando- ha hecho suyo el ritual de las universidades anglosajonas distinguidas, y gusta de adobar sus actos académicos con coros que realzan su solemnidad, y mitigan en los padres de los graduados el dolor de pagar la pasta gansa que cuestan sus matrículas.

El pacto que le ofrecieron al hombrecillo y a los demás cantantes ajenos a la institución era claro.

-Mira, vas a tener que cantar en varias misas solemnes con obispos y autoridades, y en ocho o diez graduaciones por temporada. Pero a cambio también podrás hacerlo en el gran concierto anual que celebramos el día de la Conversión de san Pablo. Un gran evento cultural y social del que estamos orgullosísimos. Vaya lo uno por lo otro.

Gracias a ese intercambio de prestaciones el hombrecillo empezó a sentirse importante. Es cierto que los actos litúrgicos y académicos le resultaban tan aburridos que en esos momentos se hubiera cambiado por un corista del Teatro Chino de Manolita Chen, pero el fin justificaba los medios.

Así que el hombrecillo se tragaba los denuestos y cumplía como buenamente podía.

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Esta temporada al coro se le pidió un esfuerzo más. El CEU iba a investir como Doctor Honoris Causa al presidente de la Comisión Europea Van Rompuy, con Rajoy de padrino y presencia de múltiples personalidades. Había que engalanar el acto añadiendo al repertorio habitual  el Himno a la Alegría  de la Novena Sinfonía –por aquello de Europa, a ver si caen- y el Aleluya del Mesías de Haendel, como colofón del acto que a todo el orbe cristiano llenaba de gozo.  Para eso hubo que programar horas extras de ensayo y dedicar prácticamente una mañana entera ad majorem gloriam de la institución. Como si en ello les fuera la vida a los cantantes, y no  a todos los prebostes que, al reclamo de la notoriedad del evento, atestaban el aula magna con sus vistosas mucetas, birretes y demás parafernalia. El hombrecillo y sus compañeros cantaron disciplinadamente. Les gusta cantar, no salir en la foto, y aún esperaban ilusionados el gran concierto del año.

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Mala suerte fue que la crisis también hiciera mella en el espíritu generoso que alienta en el CEU. Y que considerando que este año no había dinero bastante para montar el Requiem de Mozart,  que era lo previsto, los jefes pidieran que se apañara un concierto de piezas a capella, que resultaba más baratito. Eso sí, había que desplazarse a la Universidad que la institución tiene en Montepríncipe -20 kilómetros desde el centro de Madrid- y con los hombres de smoking y las mujeres de largo, que lo exigía la dignidad del evento y la de los asistentes. Tal cual si en lugar de un coro menesteroso estuviéramos hablando del New Philarmonía, qué carambas.

Y peor suerte aún fue que, tras comprobar que su sueño quedaba en el alero, y cabreado por el trágala de un programa de emergencia, el coro se encontrase el día del concierto con el aforo del gran aula magna ocupado por diez personas. Había reservadas cuatro filas para las autoridades, pero sólo una de las que levitaron aplaudiendo a Van Rompuy y Rajoy consideró que merecía la pena escuchar al coro ese día. No había cámaras de televisión, no había dignidades europeas, no había políticos de relumbrón. Sólo se ofrecía música coral. Por tanto, ni era necesario molestarse en buscar figurantes para cubrir el expediente. ¿Cabe mayor desprecio que no hacer aprecio?

El  hombrecillo asegura que nunca se había sentido tan humillado.

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Como pacta sunt servanda, y al día siguiente tocaba misa del santo patrón, las huestes corales volvieron a la capilla de la Universidad a cumplir su compromiso. Todos los barandas que el día interior faltaron al concierto deben de ser buenísimos cristianos, porque al acto religioso no faltaron. Haciendo de tripas corazón, el maltratado coro cantó lo mejor que pudo, aguantando estoicamente una plúmbea homilía en la que el oficiante recabó la necesidad de que el espíritu de San Pablo se encarnara en todos los presentes. El hombrecillo entretanto tragaba bilis, y se preguntaba cómo era posible que con tan eximio patrón  sus pupilos ignorasen aquello de los sepulcros blanqueados, y mostraran con los pobres cantantes que ellos mismos habían solicitado tan poquísima delicadeza. Ofuscado en su humillación aún caliente, el hombrecillo se notaba poseído por una ira nada cristiana. Y aunque comprendía que el santo de Tarso no tenía la culpa, sentía la necesidad de expresar ante sus homónimos del CEU un lamento parecido al que sonara en el camino de Damasco.

-Saulo, Saulo…-dijo el hombrecillo- Si no querías que cante…¿por qué me persigues para que adorne tus festejos? Y si de verdad quieres un coro… -añadió para no callarse nada- ¿por qué nos das el coñazo y nos machacas con tu desprecio?

El primer estrago de la Navidad

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No sueles recordar tu pasado publicitario. Sin embargo, la pura curiosidad te obliga a tragar anuncios, y algunos de estos excitan tu sensibilidad sobremanera. Recientemente te ha llamado la atención una campaña de Castilla y León, tierra de sabor. Escuchaste los mensajes de radio y te parecían una tontada, algo que se no se entendía, una señora hablando castellano con acento americano y un par de bobos diciendo cosas ininteligibles con ese tono que ponen los titiriteros del Retiro cuando sale el ogro o la bruja. Un espanto sin maldita la gracia. Luego viste un día un spot de dibujos animados de la misma campaña y comprendiste que las cuñas sólo eran su banda de sonido. Eran vacas las que hablaban, lo que no se adivina escuchando la radio. Los creativos no tuvieron en cuenta este pequeño detalle, pero a los que pagan la campaña no pareció importarles la cosa. Incompetencia. Irresponsabilidad.

Ahora, peor es lo del spot de la Lotería de Navidad. Hará más de treinta años que tus compañeros de Clarín inventaron el Vuelve a casa de Navidad, cuando aún era original que la publicidad jugara con las emociones, y los spots de El Almendro pellizcaban el corazón de la honrada clase media. Ahora uno de los anunciantes más potentes, una da las campañas inevitables que a la gente le suele gustar quiere exprimir el mismo zumo sentimental para que compremos Lotería Nacional. Y como gran aportación a la historia de la publicidad se le ocurre inventar una inenarrable cursilada que cierra un Raphael que parece un miembro de la familia Monsters entonando el sonsonete de Los Niños de San Ildefonso.

-Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo- dijo tu amigo Homper con los ojos fuera de las órbitas al ver el spot.

A ti no te gusta hablar mal, pero cojones con la nueva creatividad. Tanta modernidad para esto. Casi te dan ganas de gastar tu presupuesto de lotería en beber para olvidar.

El tiempo entre basuras

rata92Empezaré por agradecer a la especie humana su generosidad. Estuvo la mar de acertada cuando elaboró lista aquella de Derechos Humanos, y cuando declaró que la libertad por encima de todo. Luego aún se puso más estupenda, y se inventó  para sus individuos (e individuas, que una debe ser políticamente correcta ante todo) aquello del derecho de huelga. O sea, que no estás conforme con tus condiciones de trabajo, pues no trabajas y el empresario que se fastidie. Estuvo lo que se dice iluminada.

A veces se fastidia bastante más gente que los empresarios. Por ejemplo, en la huelga de la limpieza de las calles de Madrid los madrileños dicen que están hasta las narices de la huelga, y que no hay derecho a que los empresarios y los obreros se peguen patadas en su culo. Pero nosotras no. Nosotras encantadas.

Encantadas de que la alcaldesa Botella se tome una relaxing cup of camomyle o de lo que sea mientras que unos y otros se tiran de los pelos y se pasan por el forro de los caprichos su contratos de limpieza. Más encantadas aún estamos con esos amables sindicatos que tanto se empeñan en informar a los desinformados a través de los piquetes, verdadero prodigio de competencia y de sentido cívico. Y qué decir de los vandalitos y de los pirómanos que van derramando papeleras, incendiando contenedores y de paso algún que otro vehículo que quede cerca. Es que no podemos estar más contentas con ese despiporren de mondas, restos de comidas, latas, envases, cartones, compresas usadas, bolsas de plástico, papeles y cartones que inunda la capital. Qué mierda de ciudad. ¿Cabe mayor felicidad para nosotras?…

Es verdad que el hombre (y la mujer) nos debía una ocasión como ésta, quizás la más alta que vieron los siglos desde la famosa peste de París que cuenta El perfume. Bien que se han cebado con nuestra especie para sus experimentos en laboratorios, que joden bastante más que una huelga. Por cierto, que hablando de perfume casi nos gusta más a mí y a mis coleguis el que empieza a adueñarse de Madrid. La señora alcaldesa dice que eso no quiere que sea peligroso para la salud de los ciudadanos (y ciudadanas, que no se me escape), pero todo se andará. Ya nos encargaremos nosotras de que la cosa empeore, y de que acaben asustándose hasta esos soletes de sindicalistas a los que tan agradecidas estamos.

De momento, a ver lo que pasa. Unas amigas del barrio de Lavapiés encontraron ayer un montón de basura tan alto que treparon por él y llegaron hasta una ventana por donde se veía a una familia mirando a la tele como atontada. Seguían un serial que dicen que es muy bonito y entretiene mucho. Se titula El tiempo entre costuras. Pero no tienen ni idea: para mí, que al fin soy  una rata en ese momento de gloria al que todas las criaturas tenemos derecho, el serial que está dabuti  es El tiempo entre basuras, coproducido por el Ayuntamiento, las empresas de limpieza, los sindicatos y los delincuentes sin fronteras. Una delicia.

Sólo me preocupa que con tanta tentación por las calles me eche a perder y acabe siendo una rata puta, en lugar de una puta rata  como me decían hasta ahora. Y es que nunca puede ser completa la felicidad. Eso sí, mientras dure, campando por  la capital como si fuera la chulapa aquella de los nardos, caballero, que ya habrá tiempo de volver a las alcantarillas.

Espérame en el cielo, Manolo

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Sigue el desfile. Estás en una edad en que se te mueren hasta los inmortales, y lo peor de todo es que ni siquiera te afecta como crees que te debería afectar. Procesas con naturalidad el instinto de supervivencia: si hay otra vida, seguramente pasará menos tiempo para que te encuentres con el difunto en el más allá que el que pasaría aquí hasta que volvieras a saludarlo.  Así que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, o aquí paz y después gloria. Debe de ser que, aunque no lo quieras, se te acorchan los sentimientos. Lo que otros llaman simplemente ley de vida, que como apostillaban los romanos es dura lex, sed lex. Se muere Manolo Escobar y su España sigue a lo suyo. De imprescindibles está lleno el reino de los cielos.

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A ti, reconócelo, la muerte de los famosos te suela afectar poco. Incluso la de aquellos a los que, sin ser amigos tuyos, has conocido de algo. Pero no todos los famosos han sido iguales, incluso en la breve y superficial relación que mantuviste con ellos. Cuando desapareció sigilosamente Tola te dio verdadera pena, porque te parecía un verdadero talento televisivo, una auténtica revolución como presentador incisivo y mordaz, y además fue de los que indirectamente más te ayudó en tu carrera radiofónica. Te entristecía ver que, lejos ya su magnífico Si yo fuera presidente, la gente apenas se acordaba de él. Murió Juan Luis Galiardo y de verdad que lo sentiste, pues después  de haber soportado una bronca suya –por un asunto un tanto divertido- y de haber vacilado con él un par de veces en la radio te parecía un tipo simpático, ingenioso y de gran honestidad intelectual, capaz de convertir su pasado de seductor en una caricatura de la insoportable levedad del ser. No sabes si antes o después también voló Antonio Mingote, que a base de ver sus chistes tantos años era como de la familia, y como otra muerte de buenazos puedes catalogar la de José Luis Borau, personaje que te despertaba infinita ternura y al que recordabas de cuando rodaba para tu agencia spots publicitarios en su casa antes de lanzarse a ser figura del cine.

En ese mismo orden preferente colocas a Manolo Escobar.

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Ni una sola de sus canciones estaría en la lista de tus 500 favoritas. El Ejido, Badalona, Benidorm, su famoso tupé, una troupe de hermanos como palmeros y guitarristas, todo el argumentario de tópicos españolistas en unas letras sin el perfume de Quintero, León y Quiroga…Nada de lo que le ha subido al pedestal de la gloria popular te emociona particularmente, incluso caería en el caleidoscopio del sinete folklórico que hacía en la radio una tal Esmeralda Clamores nacida de tu repertorio. Y sin embargo le admirabas. Admirabas la sinceridad de su vida y de su cante, deseoso siempre de dejar en el aire una fragancia amable y positiva. Admirabas al hombre machadianamente bueno que habitaba en esa alma que respiraba honradez y una casi conmovedora ingenuidad.

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Cuando se le pide a un personaje famoso su participación en una campaña de publicidad es muy normal que éste exija un cojón de mico primero y luego, con la boca chica, cumpla sin dar demasiadas facilidades. Vanitas vanitatis Tú viviste esa misma experiencia con otros personajes públicos, que decían veinte segundos de mensaje para un banco sin cambiar su cara de marmolillo y en una hora de rodaje se llevaban lo que cobraba Curro Romero por una corrida de entonces. Ninguno te había dado las gracias porque te acordaras de él para proponerlo como prescriptor, y, de paso ganarse una pasta. Ya creías que eso era lo normal entre las celebridades. Por eso te sorprendió que unos meses después de acabada una campaña para anunciar los PAC de la Unión Europea a través del Banco Santander en la que aparecía Manolo Escobar cantando desde lo alto de un tractor Billetes, billetes verdes/ pero qué bonitos son, recibieras una llamada de teléfono en tu agencia.

-Hola –te dijeron al otro lado del teléfono- Soy XX, sobrino de Manolo Escobar y su representante. Que mi tío dice que le gustaría ir a hacerte una visita.

Se presentaron tío y sobrino en tu despacho. Y, como si el ilustre cantante fuera un debutante feliz por haber ganado sus primeras pesetas gracias a ti, te abrazó sonriente y ceremonioso.

-Toma-dijo entregándote  un bonito cuadro a pastel- Y muchas gracias por haberte acordado de mí.

Manolo Escobar era un buen coleccionista de arte moderno. No sabes, ni te importa, qué cotización tiene la firma de aquel pastel. Cuando lo miras, sólo piensas en lo que valía el hombre que lo regaló, un ídolo de masas que nunca perdió la perspectiva de la normalidad. Un buen tipo que sabía estar a la altura de su fama.

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En el campo, un poco triste, pero contento de otra parte. No sabes si es por la muerte de Manolo Escobar , pero qué manera de llorar el cielo. Desafías al temporal y sales a pasear bajo la lluvia removiendo los erizos de las castañas por si descubres un boletus. En estas te llama por teléfono tu amigo M.G.

-Qué alegría me da escucharte –te dice- Y menudo el susto que me he llevado…¿Creerás que me han llamado para decirme que habían escuchado por la radio que te habías muerto?…

Desde que va hacer un año pensaste que te podías morir en breve plazo, a ti estos despistes no te dan ningún yuyo. Por lo que te cuentan, hoy Javier Capitán evocaba en su programa de RNE la colaboración que mantuvisteis él y tú con el fallecido Manolo en un programa bastante horribilis de Tele 5. No sabes cómo se expresó Capitán, que no suele hacerse líos, pero alguien lo escuchó a medias, se precipitó en sus conclusiones y creyó que el difunto eras tú, hasta el punto de llamar a tu amigo ya citado para darle el pésame. Que la noticia no sea cierta te da una doble alegría. De una parte, ya te consta que los pocos que recibieron la mala nueva lo sintieron de verdad. De otra, sigues vivo. Y con ánimo para cantarle a tu admirado Manolo Escobar  el bolero aquel de Espérame en el cielo…

La ruta de los buscadores de fe

la pequeña iglesia románica de Estaron, una de las muchas que podrían integrarse en esta nueva ruta...

La pequeña iglesia románica de Estaron, una de las muchas que podrían integrarse en esta nueva ruta…

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Los grandes viajeros clásicos iban por el mundo con el afán de descubrir y ser los primeros. Los de ahora, seguís la sendas de otros. Parece que os reconforta, como si no tuvierais la seguridad de que lo que uno avista por primera vez, aunque sea maravilloso, pueda ser de interés general. Si se sabe de personajes históricos que han  ido marcando el camino, mejor. Como que le sacas más partido al viaje, velay lo que es la falta de criterio.

-Donde esté una buena ruta de famosos –piensa el Juan Español turista-que se quite la del Románico, porque al final, detrás de una iglesias de esas medio rota siempre hay una virgen, un santo, un noble o un obispo. Y eso ya lo tenemos muy visto…

En los Pirineos , torpe de ti, no encontraste la senda de Aníbal, que tanto te intrigaba. Te hubiera encantado visualizar in situ lo que imaginabas a partir de una película hollywoodiense que viste de niño, con el inefable Víctor Mature de protagonista. Nada. Ni un solo cartel o folleto publicitario recordando el paso de tu héroe. Sí encontraste en cambio otras huellas menos triunfales de nuestra memoria histórica. En Areu, al fondo de la Vall de Ferrera, varios paneles informativos punteaban las rutas por las que en 1939 escapaban rumbo al exilio francés muchos españoles que habían perdido la Guerra Civil. Lo que no significaba que todos los que se quedaban en España la hubieran ganado.

Esta guerra da mucho argumento a lo largo de la cordillera pirenaica. En Tavascan, último pueblo de la Vall de Cardós también se invita a recorrer los mismos caminos por los que transitaron los perseguidos por el ejército de Franco y los efectivos del Maquis, que hacían incursiones desde Francia y seguían dando batalla porque no se resignaban a perder. El turista puede hacer esas duras marchas de montaña como un saludable ejercicio físico o como un vía crucis de tristes recuerdos. Tú sospechas que el morbo también alimenta a la fe del caminante.

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-Pero ya le digo –insiste el turista prototipo- Donde esté un famoso, que se quiten las barbas de la historia…

La fama hoy es la televisión y el cine. La primera ha generado en los últimos años cantidad de series que sin duda han calado en los gustos de la mayoría de los españoles. A falta de grandes temas de actualidad, las pocas veces que has escuchado la radio este verano te ha sorprendido que varios programas debatieran sobre las series de televisión de los últimos años, y pidieran a los oyentes que contaran cuáles fueron o son sus series favoritas.

Como aquí el más tonto hace relojes dormido, algunas consejerías de turismo han tomado buena nota de este interés público. Una vez que dejaste el Pirineo y te plantaste en la costa asturiana has podido ver en el Concejo de Llanes paneles que ponen en un mapa hasta veintitrés puntos distintos de lo que podría llamarse la Ruta de los Rodajes famosos. Al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios: la Santina y Don Pelayo, seguirán siendo los que eran, pero Isabel, el Doctor Mateo, el Gran Hotel, Águila Roja  y las películas de Garci o de Gonzalo Suárez también venden lo suyo. Y no es cosa de desperdiciar un turista por un quítame allá esos pelos  de la historia.

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En el pequeño pueblo de La Granja, a unos kilómetros de Salas, das en uno de tus paseos con un espléndido palacio rehabilitado en el más puro estilo de casona asturiana. Junto a él una iglesia, y rodeando ambos edificios, un frondoso y umbrío parque que cae hacia el valle y rodea un muro almenado. Ves a la entrada un gran cartel que anuncia el Hotel de los Condes de Toreno, pero las puertas para el paso de los coches están cerradas. No te resistes a la curiosidad. Encuentras otra puerta y penetras en el noble recinto con la emoción contenida, esperando ver en el jardín al espíritu de la condesa haciendo macramé o a los de las niñas del conde lanzando al aire su diávolo. Pero sólo ves bajo una pérgola de mármol a un tipo repantigado en una butaca de mimbre mientras habla por su teléfono móvil.

-Perdone –le dices por justificar tu allanamiento de morada- Es que pasaba por aquí quería hacerme una idea de lo que es el hotel…

El tipo del teléfono  te cuenta amablemente que el hotel cerró el pasado invierno. Lo había comprado un grupo sevillano del que supones, por su acento, que él forma parte, pero la crisis pudo con sus buenas intenciones, y ahora está a la espera de un nuevo destino como otro testimonio más del antiguo esplendor de la nobleza. También te dice que en el palacio se instaló durante la guerra el General Aranda, dato que no habías leído en ninguna guía. Seguramente porque las huellas de un general golpista, aunque fuera masón, atraen poco al turista de nuestro tiempo

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Recuerdas en cambio con cierta ternura esas iglesias y ermitas solitarias ancladas desde hace siglos en la piel de España, a mundo olvidadas de casi todos, comprometidas tan sólo con el tiempo y con la historia que se va escurriendo por sus huecos y espadañas. Muchas de ellas medio derruidas, otras desacralizadas, la mayoría visitadas tan sólo el día de la romería de la virgen o el santo a los que están consagradas. Bastantes, definitivamente abandonadas.

Recuerdas la ermita de San Beado en el valle de Unarre, en medio de un monte flanqueado por dos espectaculares cascadas que brillan a lo lejos como dos cintas blancas descolgadas desde las cumbres, la de Santa María de las Neus de Arreu, tan pequeña y humilde en un paraje arrebatadoramente hermoso, el diminuto templo románico de Nasarre, una aldea abandonada hace años en la sierra de Guara. Como ante tantas joyas de nuestra arquitectura religiosa pretérita, te impresionaron su soledad y su silencio. Y se te ocurrió pensar que, puesto que el turismo es en buena parte mitomanía, bien podrían señalarse estos enclaves con una placa que dijera algo así:

En este templo hoy  olvidado habitó Dios y alguno de su corte celestial

Puede que esta Ruta de los Buscadores de Fe –es título provisional-, si no tanto glamour como la de los rodajes famosos, también  tuviera su pequeño éxito entre los creyentes inquietos.

 

Esplendor y desmán de los Pirineos

¿Desmán o "instalación" de algún artista genial?...Habrá que averiguarlo, aunque uno prefiriría el paisaje sin más adornos.

¿Desmán o “instalación” de algún artista genial?…Habrá que averiguarlo, aunque uno prefiriría el paisaje sin más adornos.

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Mea culpa. No tienes nada más que hacer, sino disfrutar del verano en un paraíso inhabitual para ti. Todo en él te sorprende, como si fueras un Homper itinerante. Tu único plan es moverte, supervisar montañas, valles, pueblos, arquitectura popular e iglesias. Recorrer caminos, bosques, prados y, de vez en cuando, trochas de cabra. Procurando esquivar ascensiones muy pronunciadas. Senderismo amable, como te ha dado por denominarlo, que es lo que crees recomendable para tu espalda. Mea culpa. Con tan raquítica escaleta de obligaciones lo mínimo que podías estar haciendo para compensar tu molicie es escribir, no hacer tantas pellas en tu blog, dar señales de vida y contar algo interesante de  tu escapada de verano. Pero por primera vez en tu vida has sujetado tus inquietudes en vacaciones y sólo descansas, te cansas andando, regresas agotado y vuelves a descansar. No funciona la tele, no hay wi-fi disponible. Ideal para olvidar que hace sólo unos meses creías que no llegarías a  disfrutar así en los Pirineos.

Y sin embargo, ni aún con tan plácido far niente te estiras y eres capaz de subir algún post nuevo.

-Mea culpa –reconoces- Lo malo de abandonarte al ocio total es que a poco que te descuides te conviertes en irrecuperable.

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En el pueblecillo donde te escondes hay diez o doce casas de piedra, la mayor parte de ellas bordas reconvertidas por amantes del esquí que ahora, en verano, tal vez prefieran la Costa Brava. Casi todas las casas están vacías. En lo más alto se yergue una pequeña iglesia con su torre coronada por un tejado en forma de sombrero de bruja, característico de la zona, y, anejo a ésta, un diminuto cementerio un tanto descuidado del que ya conoces a todos sus muertos. Es parte de tu morbo inconfesable. Te gusta escrutar los nombres de los enterramientos, por si entre ellos conectas con algunas de tus raíces catalanas.  La carretera, apenas transitada, pasa por debajo del pueblo, y al otro lado de ella, en el lecho del valle, el vigoroso río  Noguera Pallaresa ha tallado entre rocas una profunda poza de aguas oscuras ideal para bañarse a la temperatura preferida por el bacalao de Terranova. No hay ni bar ni ningún otro establecimiento donde se pueda comprar nada. La paz y el silencio es lo único que llena sus cuatro calles y su –qué ironía de rótulo-  pequeña y entrañable Plaza Mayor.

Por si estos encantos no fueran suficientes, tras tres jornadas soleadas esta noche llueve. No podrás ver a las Perseidas, mala cosa, pero a cambio dormirás con edredón y con la fragancia mojada del bosque entrando por tu ventana. O sea, que no es tu culpa el no escribir. Es que todo invita a relajarte y, si se tercia, soñar que todos los días podrían transcurrir así.

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Cuando no descansas, ni sueñas, ni lees, ni estudias música, ni sales de senderismo en la mejor compañía, te subes al coche y te dejas llevar por carreteras que raramente recogen los mapas.

-Quisiera que me nombraran Inspector General de Pueblos Perdidos y de Carreteras Imposibles-dijiste al llegar a Escart.

Lo dijiste, pero no te nombrarán. Aunque prefieras mil veces más ese cargo que el de ministro.

Escart es uno de esos pueblos perdidos al que se llega por una estrechísima carretera de tres kilómetros que conviene hacer rezando. Rezando para que no se te aparezca un coche de frente, porque entonces o conduces marcha atrás el camino recorrido o te precipitas al   angosto fondo del Valle del Escart, en cuyo caso también viene bien morir rezado. Sin embargo, tuviste suerte, y llegaste al pueblecillo más atrevido y vertical de la península sin que a ningún lugareño se le ocurriera mientras subías bajar a por tabaco a Escaló, que es el pueblo con comercio más cercano.

Del inverosímil pueblo de Escart sale un sendero que conduce a la ermita de Santa María de la Roca, en un risco tan peligroso que sólo mirarlo desde abajo da vértigo. Se te ocurre pensar que los eremitas medievales competían en riesgos por llegar cuanto antes a presencia de Dios. El ermitaño de ésta lo tenía bien fácil: si no alcanzaba con su oración, bastaba con que saliera a hacer pis y diera un paso en falso para encontrarse con Él por la vía rápida.

Ay, Señor, qué fes las de aquellos tiempos. Y cuánto menos rico sería nuestro patrimonio arquitectónico si no fuera por la chifladura de reyes, nobles, santos, monjes y otros poseídos por el afán de quedar bien contigo.

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Te quedas pasmado ante la iglesia románica de San Juan de Isil, que hunde sus cimientos en el mismo lecho del río. A unos kilómetros de aquí, la reciente crecida y desbordamiento del Garona se llevó por delante en Arties muros enteros de otras casas de piedra, hoy apuntaladas por andamios como si fueran un decorado teatral. Pero el  caudaloso Noguera, que lame este singular templo,  parece haber respetado durante siglos su ábside, que sigue ahí incólume, valiente e impasible.  Demostrando entre otras cosas que el románico disponía de muy buenos albañiles, y que el Santísimo es inmune al frío, a las humedades y al reúma. El lugar donde se erige esta joya de piedra es una delicia. Dan ganas de hacerse santo sobre la marcha.

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En otro paseo os cruzáis con un corzo, tan campante en estos pagos de naturaleza exultante. A ti te gustaría avistar a un oso de los veinticinco que viven por aquí. Y aún más que eso, te divertiría ver a un bichito autóctono de cuya existencia no tenías la menor idea hasta que lo descubriste en El hombre y la tierra. Se trata del desmán de los Pirineos, un pequeño y raro híbrido de topo, y ornitorrinco  que tiene su hábitat privilegiado en los ríos de estos valles.

No debe de ser fácil verlo, seguramente no caerá esa breva. Pero incluso en estos pueblos, extraordinariamente bien conservados y restaurados si se comparan con la media nacional, se descubre otros desmanes. En Llavorre, un conjunto de vecinos que en invierno sufrirán lo suyo para montar una partida de cartas, alguien ha plantado varios cadáveres de coches junto a las añosas y nobles casas de piedra de la pequeña villa. Duro golpe para el entorno paisajístico. No te lo explicas, al punto de que dudas si no se tratará de alguna de esas “instalaciones” que se gastan los artistas modelnos, y que, contrariamente a lo que piensas, los del pueblo exhiben con orgullo. Tú por si acaso fotografías ese contraste como curiosidad, y lo subes al blog para que conste que conseguiste ver al menos un desmán de los Pirineos. Algo extraordinario, como te va pareciendo casi todo en este viaje.

 

Francisco, un buen día de verano

Francisco en sello1

Las razones por las que un hombre más bien escéptico pasa un buen día de verano pueden ser muy diversas. Además, tú ni tan siquiera  tienes ya tan seguro lo que es un buen día de verano. Años atrás no lo hubieras concebido sin darte un chapuzón en el mar, en un río o como poco en la piscina. Y sin esperar al menos una mirada de esa moza que salía del agua recogiendo sus formas de mujer y caminando tímidamente mientras se sacudía el cuerpo como una gacela mojada.

Ahora ni necesitas refrescarte con una zambullida. Estás en Madrid, y en el foro nunca se te ocurre que hay que bañarse. Asimilaste en su día aquella definición de Madrid como poblachón manchego lleno de subsecretarios (Cela). Desenfocada definición al día de hoy, cuando cualquier pueblo manchego seguro que dispone de una piscina municipal gloriosa financiada por la Unión Europea, que por ahí también se debe de haber desaguado la Europa de los mercaderes. Tampoco es grave lo de tu afición al secano. Con los años uno acaba reconciliándose hasta con sus manías más extravagantes.

2

Sorprendentemente en este julio tan exageradamente caluroso el fin de semana refresca y el domingo amanece en Madrid nublado. Era una buena noticia. También lo era que ya no necesita España el posado en bikini de Ana Obregón para sentirse feliz. Santo cielo, qué madurez la de este pueblo.  No se sabe si porque la musa de las revistas del corazón ya no está para esos numeritos  o porque tiran más dos camisetas (las de Neymar y la de Isco)  que dos tetas, el caso es que ahora vemos mucho más futbolistas fichados y las barbas de Rajoy que el tanga de la sonriente actriz, lo que puede que tampoco sea buen síntoma.

Una llamada de teléfono de mujer te quebró las lucubraciones.

-Abuelo-  que si me llevas al Retiro, porque me aburro.

Marina tiene una voz diamantina y ocho años muy redichos. Como encabeza un pelotón de seis mujercitas  y la pequeña de las nietas sólo ha cumplido dos, te parece ya tan madura que a menudo crees pasear con una licenciada en lugar de una niña. La mañana está fresca, cuasi otoñal. Sólo un par de días antes habías escuchado por la radio que se celebraba el día de los abuelos, una de esas advocaciones estúpidas con las que se da jabón sucesivamente a casi todo y  casi todos: día de la madre, del padre, de la mujer, de los niños, del corazón, de esta o aquella enfermedad, de la música, del agua, del ahorro de energía, de los animales de compañía, del orgullo  gay, del teatro… Se te ocurre proponer que se consagre ya el Día Internacional de los que no tienen día, y se acabe con el baboseo mediático de estos homenajes. También te da por pensar que ya has hablado con la primogénita de tus nietas cien veces más de lo que tu abuelo Pablo pudo compartir contigo, y que en estos momentos un niño con abuelos es un niño con más padres y madres. Tú en particular no necesitas que te dediquen un día, porque ya lo hacen tus nietas cada vez que te reclaman como lazarillo para los días de vacaciones.

-A mí me gustaría vivir en el campo-dice la criatura mientras dais un larguísimo paseo por El Retiro- porque sales de casa y no necesitas a los mayores para pasear. Y además juegas con la perra, y te bañas, y recoges los huevos de las gallinas…

La vuestra es una mañana de conversación peripatética. A su tierna edad Marina, como cualquier niño de ahora, entre muchas observaciones y pintorescas historias que cuenta, también plantea cuestiones que te ponen en un brete.

-Abuelo, ¿por qué hay tantos pobres en la calle?…

Te callaste. Tu excusa es que era el día de los abuelos sin respuesta.

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Cuando esta España que al modo unamuniano tanto nos duele aún se lame las heridas del Avia descarrilado en Santiago, salta otra mala noticia. Tan típica del verano como expresiva de la secular estupidez humana. Un agricultor se pone a quemar rastrojos y provoca el incendio que arrasa dos mil hectáreas –hasta el momento- en la Sierra de la Tramuntana de Mallorca, declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad. Nunca aprenderemos. Sin embargo la mañana te había dejado una huella amable, y estabas dispuesto a ver el vaso medio lleno. Aunque no eres especialmente vaticanista, sino más bien al contrario, te ha llamado la atención la claridad y la rotundidad con la que se está pronunciando el papa Francisco en Brasil, donde entre otras broncas a los políticos, a los ricos y al propio cuerpo de servicio de la Iglesia ha clamado por la laicidad del Estado. A ti, tan influido por el poder del lenguaje, te parecía que este papa era como esos entrenadores argentinos tipo Valdano que se devanan en volutas de filosofía hueca. Pero ahora has cambiado de opinión.

-¿Será Francisco el promotor de la perestroika que la Iglesia necesita?-te preguntas esperanzado.

La noticia te parece verdaderamente importante, y te ha dejado el alma contenta. Así que como en Unitel Classic –un canal de música clásica que descubriste hace poco y que te tiene entusiasmado- ofrecen por la noche una Novena de Beethoven dirigida por Daniel Barenboim y nadie vigila tus excesos, porque es otra de las ventajas de vivir solo, buscas tu partitura de la Oda de la Alegría y te sumas al coro cantando desde tu palomar como si estuvieras en el mismísimo Albert Hall donde se celebra el concierto. Ya insinuabas al principio que nunca se sabe cómo acabará un buen día de verano.

La mirada del autómata

Las apariencias engañan, pero esta mirada no parecía humana...

Las apariencias engañan, pero esta mirada no parecía humana…

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Caos en tu vida. No lo querías, pero has tenido que cambiar de ordenador. Ha sido un sinvivir. Notabas que las tripas se te rebelaban, no podías conciliar el sueño, porque pensabas  que tirarías por la borda la poca informática que habías aprendido hasta ahora. Por  lo visto cinco años de vida es demasiado para cualquier aparato que hoy se precie. Todos nacen programados para que se conviertan en obsoletos cuando aún los creías niños, así que hale, a sufrir, a hacerte con otro teclado, otros iconos, otros interfaces, que llaman. Nuevos programas, descargas, claves, contraseñas, actualizaciones. Tierra, trágame.

-¿Seré capaz de escribir otro post más?- te preguntas- ¿Cuánto tardarás en implementar (horrible neologismo, por cierto) una nueva entrada en tu blog?

Y además, el verano furioso. Y por si fuera poco, ley de orden en tu casa. Hay que vaciar armarios, embalar libros y objetos, trasladarlos, deshacerse de los trastos inservibles, que son casi todos. Por una parte es una buena oportunidad para calcular el  dinero tonto que gastamos en inutilidades que luego acaban irremisiblemente en la basura. Pero con este calor…

Lo dicho, tierra, trágame.

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Vas al cine para evadirte y sacudirte de encima el insoportable stress de cambiar de ordenata, hacer orden en casa y soportar el calor. Aunque cada día te cueste más encontrar en la cartelera una película que verdaderamente te apetezca.

Después de leer las críticas de El cine según Atticus, que son una guía breve y directa para no equivocarte demasiado, ves La mejor oferta, que te parece, por cierto, también  la mejor oferta cinematográfica de bastante tiempo a esta parte. Por no destripársela al lector te limitarás a contar aquí que es un guión muy inteligente para contar una historia de intriga, amor y lujo que se sale del marco habitual en los thriller. Y además tiene su punto de ternura, algo impensable en un personaje tan snob y antipático como el que encarna el actor Geoffrey Rush. Hay que verla.

En el cine, por cierto, te encuentras al propio Atticus, que no es el abogado de Matar un ruiseñor, sino el pseudónimo de Pepe García Berdoy. Pepe es un señor barbado, rubicundo y de ojos claros, sonriente y con buenos modales. Bien vestido, pulquérrimo, y con eso que las madres de tu tiempo llamaban buen aire, parece un millonario que amasó su fortuna comerciando con el café de Colombia o  comprando a precio de saldo la patente de un tratamiento de llanto de culebra para acabar con la celulitis. Su imagen exporta felicidad. Tal vez por eso, porque no va de intelectual torturado y porque incluso se le entiende casi todo, no llegará a ser un gurú de la crítica, pero le dará igual, porque las celulíticas del mundo le dan para pagarse una semana en el Festival de Cannes con estancia en el Hotel Carlton y cenas ad libitum en restaurantes con muchas estrellas Michelin. Para qué liarnos entonces con una crítica al uso, si no necesita epatar al burgués.

Eso sí, dado que es tan amable hubiera sido muy de agradecer que te esperase a la salida, para preguntarte si te había gustado. El vio otra película en la sala contigua, y pronto nos hará una nueva recomendación.

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Fuera del cine, en un banquillo de los acusados, el protagonista era José Bretón, al que un jurado popular había considerado esa misma tarde culpable del asesinato de sus hijos. Tu horror al hablar de este crimen sólo es comparable al recelo que te inspira la institución del jurado en esa clase de delitos. No entiendes por qué se le adjudica al pueblo esta función y no la de juzgar quién debe pagar el déficit de tarifa de las eléctricas, por ejemplo o las pérdidas por el timo de las preferenciales de la banca. ¿Somos más demócratas porque un ferroviario o una esteticienne decidan la inocencia o la culpabilidad de un presunto asesino? No. Tú crees que lo que somos es más utopistas. ¿Qué especial lucidez va a tener un ciudadano de la calle sobre la de aquellos que se formaron como jueces?

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Pero ves esta otra película siniestra de la vida misma y adviertes que hay un punto de contacto con La mejor oferta. En la película de Tornatore hay otro protagonista además del experto en arte que no es persona, pero sí un extraño personaje. Se trata de un autómata, uno de esos muñecos mecánicos que construían los relojeros del siglo XVIII y que hoy son piezas codiciadas por los coleccionistas de antigüedades. A ti estos autómatas, como los siniestros muñecos de los ventrílocuos, siempre te dieron un poco de repelús. Sobre todo por su cara, de mejillas finas como estucadas, y muy especialmente por sus ojos, generalmente saltones, inquietantes e inspiradores de terror…

Las apariencias engañan, y en ningún caso prefigurarán la sentencia que aún le aguarda a Bretón. Pero tú le viste en el banquillo y a fe que su rostro terso y su gestualidad de esfinge te estremecieron. Te parecían las propias de un hombre sin entrañas, de corazón mecánico. Un muñeco que albergase resortes y ruedas dentadas en lugar de sentimientos, y que proyectara al exterior una mirada tan fría y aterradora como la mirada del autómata.

SÁKMAYDI, el perfume del éxito

Imagen prestada de la web www.taringa.net Con nuestro más efusivo agradecimiento

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El día 13 de junio de 2013, cuando el verano propinó su primer gran sartenazo, Roderick se acordó de lo que le había dicho a su madre Jovita, heredera directa de la  famosa Sibila de Cumas.

-Parirás a un hijo artista que será el rey de la canción. No cantará demasiado bien, pero eso dará lo mismo, porque será guapete, resultón y acabará convirtiéndose en ídolo de multitudes. Sonreirá  y abrazará más que Julio Iglesias, seducirá a más teenagers que Justin Bieber, venderá más que Elton John y será perseguido por las mujeres, por los poderosos y por las marcas de todo el mundo para patrocinarle hasta el negro de las uñas.

Aunque también recordó que la pitonisa había advertido de que el triunfo no le  sería fácil.

-El destino no regala nada –añadió Jovita con expresión adusta y tono admonitorio-Para cumplir con sus designios, tu hijo, el elegido, deberá superar una pequeña anomalía física que a cualquier otro hombre le lastraría, pero que hará de él un precursor, un trending topic, un icono social.

Y el presagio de la pitonisa se cumplió.

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Roderick se hizo un muchacho alto, rubio, lánguido y adorablemente desgarbado, que cantaba,  o así, retirando constantemente de su rostro, con un gesto afectado, más bien afeminado, amariconado perdido dirían los menos sensibles, una cortina flequillo triangular que le tapaba sistemáticamente la mitad de su cara cada vez que saltaba como un mono epiléptico para interpretar sus temas.  Entonces desataba el rugido de su legión de seguidoras, compuesta básicamente de muchachos atolodrados jovencitas zangolotinas,  pitongas y  pijas.

Algunas de ellas habían reparado en  algo que le hacía inconfundible en el panorama de la música pop, y que probablemente tenía sus raíces en la advertencia que ya hizo la pitonisa cuando Roderick sólo era un proyecto en el vientre de su madre. La anomalía se reveló en su cuerpo desde bebé. Entonces la pediatra observó que la criatura sudaba mucho, aunque sólo por las glándulas sudoríparas de la axila derecha. Mamá se acostumbró a darle la teta con una pinza en las narices, porque el chiquitín en lugar de oler a esa dulce mezcla de talco, agua de colonia y leche un poquito agria que es el perfume típico de los bebés derramaba precoces aromas de mozo de cuerda, de camiseta de aceitunero o de cabo de infantería en las maniobras veraniegas de Cerro Muriano.

-Este niño apesta – denunció nada sutilmente su padre el primer día que su amada esposa tuvo que pinzarse el olfato.

-Es el olor del triunfo, Alfredo, que ya me lo anunció la pitonisa Jovita- Es el perfume del éxito.

El olor del triunfo acaso se confundía en el furor colectivo que provocaban sus actuaciones. Pero cualquier observador avezado a los relámpagos y oscuridades intermitentes de las discotecas y otros tugurios juveniles se habría dado cuenta de que la axila de Roderick, además de estos efluvios mefíticos, dejaba una mancha húmeda de sudor que al final de sus actuaciones empapaba casi por completo su chaquetilla vaquera.

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Roberto y Elisa, los padres de Roderick, hubieran apostado porque el niño hiciera Teleco o les saliera notario. Eran opciones más acordes con su mentalidad de gente bien, católica, burguesa y conservadora. Pero cuando vieron que el joven se aupaba sobre su desagradable peculiaridad sudorípara y se convertía primero en personaje popular, después en famoso de verdad, a continuación en multimillonario cuasi imberbe y, como colofón, en paladín ultramoderno para renovar ante el mundo la marca España tampoco le hicieron ascos. Elisa se transformó en una versión moderna y fina de la mamá de la Pantoja, en tanto que Roberto adoptó el rol de manager, como los padres de las estrellas del deporte.

-Todo sea por el chico- se justificaban ante sus amigos- ¿Cómo vas a frenar la ascensión de un genio de la música moderna?…¿Qué derecho tenemos los padres a imponerle nuestras ideas a un chico que también es hijo de la cultura de su tiempo?…

Esto de “hijo de la cultura de su tiempo” le parecía al matrimonio un argumento de mucho peso, y junto con el escandaloso caché que exigía la criaturita por cantar donde fuera con su grupo de rockeros estruendosos, acabó siendo el ansiolítico definitivo de  sus conciencias.

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-La verdad es que en la música pop debe de dar igual oler bien o mal – comentó Roberto al cerrar la contabilidad de su primer año como manager del fabuloso Roderick

Así era, en efecto. La profecía de la pitonisa se cumplió gracias al éxito de un solo tema, conocido popularmente como Sákmaydi, que pronto rebasó los límites conocidos en los hit parade de medio mundo y dejó en nada a los grandes éxitos de Los del Río. Los mismos padres y madres que habían contoneado su cuerpo al ritmo de la Macarena  lo hacían ahora, cierto que con una gestualidad un poco más provocadora, al ritmo de Sákmaydi, la palabra mágica que consagró el pelotazo orbital del niño de la axila especial.

Nadie sabía sin embargo qué significaba Sákmaydi. En primer lugar porque no ha habido dios que haya escuchado completa una letra de un rock, generalmente ahogada por las guitarras, las baterías el teclado del grupo y la marabunta atronadora de los fans, y además porque Roderick, como cualquier ídolo del pop que se precie, sólo cantaba en inglés. Cantaban el inicio de su tema las chiquillas y los chicos jóvenes a todas horas,  cantaban Sákmaydi y tarareaban  todo lo demás, que no conocían.

Esta misma curiosa palabra, Sákmaydi figuraba en la portada del CD y en los carteles de las actuaciones. Poco importó que un curioso, un raro estudioso de las letras de los grandes éxitos del pop contemporáneo hubiera investigado hasta deducir que  Sákmaydi se trataba de una corrupción simplificada y españolizada de la expresión inglesa suck my dick, que no es precisamente alta poesía. Y tampoco fue gran problema que el sick my dick  continuara con las palabras Sundy, becouse I´ve come from France, para completar una segunda estrofa que decía sick my dick, Sundy, becouse it has substance. El moderno erudito llegó a la conclusión de que el tema revelación de Roderick, que ya era disco de platino y había arrasado en los Grammy, era en realidad una versión sui generis de la conocida jotilla picarona Chúpame la minga, Dominga/ que vengo de Francia/ Chúpame la minga, Dominga/ que tiene sustancia.

-No se si su hijo se pasó con esta letra- les avisó en plan amistoso el erudito cuando, como puro analista y gestor cultural (era asesor del ministro de Cultura) les reveló su contenido a los padres.

-En modo alguno –respondió Roberto sin torcer el gesto-No se le pueden poner bridas a la cultura.

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La música pop era pues un potro desbocado. Pero si se le desbocaban a Roderick las letras de sus canciones no se le desbocaba menos su mancha de sudor. Poco a poco, después de que hasta la Duquesa de Alba en uno de sus conocidos arranque populistas cantó y bailó el Sákmaydi en el programa televisivo de Jorge Javier Vázquez, la música de Roderick y el peculiar aroma que expandían sus canciones en vivo formaron una emulsión que envolvía al enjambre de fans transportándoles a un nirvana sensorial de indescriptible placer. Además de artista original, Roderick era de esos ídolos untuosos que no para de besar y abrazar a los que se le acercaban y de posar así para los fotógrafos. De modo que pronto no hubo miembro de las elites económicas, sociales y culturales del país que no quedara encantado de la pringue mirífica que desprendía la axila del ídolo. Este exhalaba, simplemente, el aroma del éxito.

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La clave de la ascensión a la gloria de Roderick fue que obedeció a la pitonisa Jovita y supo hacer de la necesitad virtud. Pero la guinda de su consagración como artista único y original la puso el marketing, que aprovecha cualquier Pisuerga que pase por donde sea para embobar al personal con un nuevo antídoto  contra la infelicidad. Pugnaron por los derechos sobre su peculiar fragancia Chanel, Dior, Rochas, Paco Rabanne y otros magnates del perfume, pero al final fue él mismo quien contrató a los mejores perfumistas para lanzar al mercado en un envase de lujo su propia colonia, símbolo del éxito y del triunfo, rotulada así:

     Sákmaydi                EAU DE SOBAQUE                      By Roderick

-By Roderick, sí –remachó la mamá del ídolo con orgullo- Porque en eso de la cultura no hay que ser egoístas, y los padres de los genios no tenemos derecho a quedárnoslo todo para nosotros.

                                                            

                                       

 

 

 

El Atlético te hace más que fuerte

Imagen que tomamos prestada de chotysalazarpmmc.blogspot.com Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

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Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

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-Venga, Peque –le dijo su padre- Bájate los cascos de cerveza y los tiras en el contenedor, que hoy sí que estarás contento.

Como el Peque era un buen muchacho y un bienmandado recogió el bolsón de IKEA donde iban a parar los envases de vidrio e hizo lo que habitualmente en estos casos: acercarse al contenedor verde e imitar a Pau Gasol encestando por el agujerito, uno a uno, los innumerables  cascos de cerveza que había que eliminar después de cualquier partido de fútbol.

-¡Joder, otra vez!- exclamó mientras un goterón de cerveza le recorría la parte inferior del brazo derecho en dirección al sobaco.- Si se criaron con tanta austeridad como dicen…¿por qué no apuran toda la cerveza antes de tirar el casco?

Desde sus jóvenes y un tanto ingenuos catorce años el Peque sacó del bolsillo un pañuelito de papel, se limpió como pudo la pringue cervecera y se dijo que no comprendía a los mayores. Se habían pasado buena parte del partido contraponiendo lo miserable que era la España de su infancia con el despelote de gasto que trajeron los años de falso esplendor y ahorano tenían el detalle de bebérselo todo antes de desechar los botellines.

-Mira que se lo he dicho veces, leche- rezongó entre dientes.

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El Peque era el menor de una familia de cinco hijos. Nació por uno de aquello errores de cálculo distanciado once años del hermano precedente, o sea, que no le sirvió de nada  llamarse Bruce en homenaje al boss, al que tanto admiraban sus padres, porque siempre fue el pequeño, y con Peque se quedó como único nombre. Mimado, sí. Pero para los efectos, el último mono, el chico de los recados. Los padres del Peque hacían de pegamento en una complejo organigrama familiar que incluía una bisabuela en silla de ruedas con la cabeza funcionándole como un Omega, dos abuelos maternos en buena forma, seis tíos con sus respectivas parejas y una ristra de primos y primas que se juntaban en el chalé de su padre en número variable según la categoría del evento deportivo que se transmitiera por la tele.

Y el de esa noche había sido uno de alta expectación.

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-Aún recuerdo lo emocionada que estaba mi madre la primera vez que pudo votar- había comentado entre suspiros la Bisa a lo largo de la noche- cuando alguien habló de lo difícil que es cumplir sueños.

Los mayores son así-pensaba el Peque. Dan el coñazo con el rollo de la austeridad  y con lo que sdespilfarraron las autonomías y Zapatero, pero al tiempo recuerdan sus sueños cumplidos. Eso sí, luego voy yo, les digo que no quiero ni un culín de líquido en las botellas vacías y como quien oye llover.

A lo largo de la velada, entre un ¡ay! por ese entradón a los tobillos un uy por esos balones al poste, un oh por las paradas de Courtoistres explosiones de júbilo por los goles y varios mierdas repartidos entre los numerosos madridistas, muchos de los mayores habían contado algunos de sus sueños cumplidos. Quién la llegada del hombre a la luna, quién las primeras elecciones libres que trajo la democracia, quién la caída del Muro. A la abuela Pilar le emocionó que el papa Juan XXIII le regalara un rosario bendecido de su mano, al abuelo la primera moto Sanglas que se pudo comprar con sus ahorros, a la tía Elena el autógrafo que le firmó Charlton Heston cuando vino a Madrid para rodar El Cid, y al tío Vidal haber aprobado las oposiciones de letrado del Consejo de Estado. Hasta a su hermana Carmen, enamorada de Pelocho desde el primer día que le vio montando a caballo en el Club de Campo confesó que, cuando años más tarde se le declaró, ella recordó lo que acababa de decir José Luis Garci  en su desastroso inglés tras recibir el  Oscar.

O sea, eso tan manido de que sometimes dreams come trooth.

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El Peque seguía cabreado cuando regresaba a casa. Por la falta de delicadeza de los bebedores que no apuran sus botellas y por lo que le costaba apretar el botón de la fuente pública donde se lavaba los churretones de cerveza. Esas fuentes deben de estar hechas para Mazinger Z –pensó. Pero lo cortés no quitaba lo valiente. En el fondo, y a pesar de que el  mundo seguía estando contra él en tantas cosas, se sentía  más feliz que la Bisa, que los abuelos, que la tía Elena, que el tío Vidal, que Carmencita y que el mismísimo Garci cuando tuvo en sus manos la codiciada estatuilla del Oscar. Por fin había encontrado razones aplastantes para contestar con la cabeza bien alta a todos sus compañeros de colegio que le seguían martirizando después de catorce años de derbies entre  Madrid y Aleti.

-Oye, Peque…-le decían invariablemente restregándole por los morros el fiasco de aquellos partidos-¿Por qué coño sigues siendo del Aleti?…

El Peque les iba a contestar que no sólo porque el Aleti había acabado con la maldición guindándoles la cuarta final de Copa que jugaba contra el Madrid en su propia casa. Ni tampoco porque los indios sí habían conseguido su Décima, y no como los vikingos, que habían sido incapaces de conquistar la suya. Sino porque además lo habían hecho con la misma  suerte y las mismas ayuditas del árbitro que tantas veces beneficiaron a los merengues.

-El Aleti te hace fuerte –murmuró el Peque mientras plegaba la bolsa de IKEA vacía y volvía a sonreír- Pero ni santo, ni gilipollas…

 

 

Santa Águeda Jolie

Santa Águeda de Zurbarán1

Por empezar el día jugando a la ficción imaginas que eres una pluma autorizada, y que uno de los grandes periódicos espera tu columna. Entonces decides que la actualidad es la mastectomía de  los pechos de Angélica Jolie y el incierto porvenir de los escarabajos, ahora que se abre la veda y la alimentación sostenible empieza a considerar a los insectos como gran reserva proteínica del planeta. Dentro de poco no habrá pollos, cerdos, vacas y pescado para que comamos todos y, por lo que cuentan los que ya los han probado en fogones exóticos, los hélitros, las patas y las antenas de los escarabajos son muy sabrosos. O sea, debes escribir de tetas y dietas.

Admites que el  primer tema te tienta más que la el de los insectos, y más incluso que la severidad de la Merkel y la financiación de las autonomías.

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Imaginas que tú también te quieres adelantar a los acontecimientos, y que por aquello de que quien evita la ocasión evita el peligro has introducido un bisturí invisible en tus interiores, has rebañado tus tumorcillos, los has extraído por ósmosis y los has enterrado en una maceta de geranios. Muerto el perro, dicen, se acabó la rabia. Piensas cuánto hay de valentía en la estrella del cine que ha tomado tan drástica decisión en detrimento de su probada belleza natural, y cuánto de obsesión por la salud. La divulgación médica ¿no está inoculando dosis excesivas de prevención en el cuerpo social?

El cuerpo social. No sabes muy bien qué es este eufemismo, pero la verdad es que hoy viene al pelo.

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Recuerdas cuando un pecho de mujer era lo más fascinante de lo prohibido. No lo veías entonces más que cuando tu padre te llevaba al Museo del Prado, y tú contemplabas atónito a la Maja Desnuda, a Susana en el Baño, a las Tres Gracias y a otras regordetas desnudas que te habían legado los genios de la pintura.

-¿Y por qué estas mujeres enseñan sus tetas y Maria B. no te deja ver las suyas?- te preguntabas como un Homper cualquiera.

María B. servía en tu casa natal. Era menuda, y redonduela, de piel blanquísima, labios perfectamente dibujados y ojos claros. Tu hermana Rosa, que es muy buena fisonomista, diría más tarde que podría haber sido La joven de la Perla de Vermeer, aunque a esta no luce sus pechos en el famoso cuadro, que luego fue también famosa novela y finalmente famosa película. Los pechos de María eran monumentales, de esos globos opalinos que rebosan por el escote y que a cualquier recental de hombre le pueden volver loco, pero ella no consentía en enseñártelos. Te gustaban mucho más que los que pintaron Rafael, Tiziano, Rubens o Goya. Muchos años después Serrat cantaba: niño, que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca. Hasta decir algunas cosas era pecado,  pero al menos la transgresión así tenía menos trascendencia. De modo que a veces buscabas un rincón de la casa donde nadie te escuchaba, cerrabas los ojos, pensabas en María y te desahogabas verbalmente.

-Teta, teta, teta, teta-te repetías despacio marcando el ritmo de las sílabas  y  con la misma ansiedad con la que deseabas la leche condensada.

La edad de la inocencia. Te forjaste en una cultura tan pacata y bien almidonada que cuando el habla se desmelenó y se anunció en la tele Sin tetas no hay paraíso creías estar en Sodoma y Gomorra.

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Las pinturas religiosas también tienen su busilis. En una de Zurbarán aparece una Santa Águeda de hermoso rostro llevando en un plato un par de tetas femeninas tan perfectamente moldeadas como si fueran de arroz. Lo curioso es que pueden ser las suyas propias, rebanadas en sádica venganza  al no claudicar ante un procónsul pecador que quiso abusar de su virtud. Qué paradoja de cuadro, y qué pruebas exigía la santidad entonces.

Santa Aguéda, santa Aguéda/ que a los idólos no quisiste adorar/ te cortarán las tetas/ como se corta un pan –ironizaba el maestro para que sus alumnos no acentuaran mal las esdrújulas. De Santa Águeda, bien acentuada, a Angelica Jolie va un trecho en la exigencia. Hoy los ídolos son otros, y puede que uno de los más venerados, aunque no  del todo falso ni perverso,  es el de la salud a toda costa. Se puede y se debe prevenir las enfermedades, aunque tú seas tan antiguo que prefieras  esperar a que aparezca la gangrena para amputarte la pierna.

Dormir cableado, vivir cabreado o mejor soñar

Nunca supo si dormía, soñaba o simplemente deseaba, pero comprendió que entre la áspera realidad y la ensoñación siempre era esta más agradecida…

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La salud es un estado transitorio del organismo que no presagia nada bueno. Desde el la frase de Pascal de que el corazón tiene razones que la razón desconoce, no había dado con un pensamiento tan atinado. El caso es que uno despertó en una cama de hospital, y como el sufrimiento genera solidaridad, a partir de ese momento se acordó de Frankestein y empezó a justificar su mal genio y a comprender sus desmanes. El desdichado monstruo también había despertado a la vida cableado de arriba abajo, y no hay nada más molesto que descansar aherrojado por electrodos, amenazado por unos kilovatios que a saber si se desmandan, y encima controlado desde un monitor por un experto que luego te dice.

-Pues sí. Tiene usted apnea del sueño.

Es decir, que tu dormir es una mierda. Vamos, que roncas, que no te relajas, ni oxigenas el cerebro ni nada, y que a poco que te descuides te puedes levantar de la cama desmemoriado, incapaz de rellenar una quiniela, o víctima de eso que llaman un ictus.

O sea, que aparte de dolor espaldas, que si no es crónico ya va para medio año, este bloguero que hasta hace nada se creía Peter Pan y tan sano como el negrito del Cola Cao, empieza a encontrarse ligeramente artificial, mechado de la realidad que vive y de los sueños que, como no duerme bien, le vienen incluso en la vigilia. Como si fuera un Arlequín vestido con los cuadritos multicolores de lo poco que ve, lo mucho que imagina y lo nada que sabe.

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¿Desde cuándo dejó de dormir bien? De pronto le aaltan a uno las dudas. ¿Qué habrá habido de realidad y qué de sueño en lo que ha vivido hasta el momento? ¿Somos lo que creemos o Segismundos mal informados? Recordaba el bloguero que en las noches de su niñez cruzaba las grandes avenidas de París, que no conocía, pedaleando en una bicicleta que tampoco tenía. También volaba a menudo sobre Madrid en un aerostato que de repente se pinchaba y le precipitaba al vacío por la zona de Rosales. Qué alivio despertar segundos antes de estrellarse contra el suelo, y al fin y al cabo en un barrio tan bonito. Peor era pasear por la calle de Serrano, el tontódromo donde se chicoleaba a las niñas pijas de entonces, y descubrir que la única camiseta que le vestía no daba de sí para tapar sus vergüenzas, expuestas a la mofa pública.

-¡Qué indecencia! ¡Qué niño tan golfo!- le remordía el subconsciente integrista.

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Y el sueño más persistente y más turbador, anticipado siglos ha en los dos o tres cuadros que Tiziano dedicó a Venus y la música. ¿Qué se escondía en ese rincón de la entrepierna femenina que entonces sólo tenían licencia para ver los los casados, los pecadores o los ginecólogos? La misma curiosidad que denota el músico del cuadro –fíjense en la dirección de su mirada- atizaba los sueños del bloguero. Claro, que como Venus quedaba muy lejana era mejor especular con Pilarín, que era un nombre de niña muy de la época. ¿Cómo tendría su cosita Pilarín? No lo contaba Tiziano, ni Botticcelli, ni Rubens, que bien que trabajaban a pincel la carne fresca, pero que donde no ponían una hoja de parra colocaban un pliegue de tela de damasco o la guedeja de una nube con tal de no contar el misterio. Y así tenía que inventarse uno la realidad, a base de sueños. La cosita de Pilarín podía ser lo que quisiera, porque entonces no había manera de verla. Sólo quedaba el recurso de echarse a dormir y soñar lo justo.

4
Pero uno salió del hospital después de su estudio del sueño y se encontró con que ese día concurrían noticias extravagantes. Algunos fustigaban a Amancio Ortega por haber donado veinte millones de euros a CARITAS, otros zurraban la badana al escritor Javier Marías por renunciar al Premio Nacional de Narrativa, gesto que se entiende aún mejor si se recuerda que su padre, un buen filósofo y un excelente ensayista en cuyos artículos de La Gaceta Ilustrada sobre el cine y la vida uno aprendió mucho, murió a los 92 años sin un solo premio oficial. Había sido el anciano profesor maltratado por el franquismo, pero no se sabe por qué tampoco cayó especialmente bien a la progresía, así que, con toda la razón, su hijo aprovechaba que el Pisuerga del éxito pasaba por su bolsillo para decir las verdades del barquero y cabrear a unos cuantos custodios de la cultura oficial.

5
Había más cosas chocantes. Como gran argumento de autoridad, el veterano periódico monárquico ABC mostraba en portada el rostro de la Duquesa de Alba diciendo (sic) que la independencia de Cataluña es muy poco patriótica. Ante la escandalera provocada por los últimos suicidios de deudores hipotecarios, otro titular afirmaba algo tan surrealista como que “la banca se humaniza y paraliza los desahucios”. Hasta el sobaco tendría que meter el brazo el mismísimo Santo Tomás en la llaga para creer que la banca se haya enternecido de la noche a la mañana. Realidad o ficción, esta tele que no para de regenerarse en aras de la autoestima y so pretexto del déficit, devolvía al primer plano al eximio Giménez Arnáu, español ejemplar donde los haya, que contó con gran desparpajo cómo se había tirado a treinta famosas y hasta se le había insinuado su suegra, la Duquesa de Franco. Si no hay dinero público en esa tele que le promociona, habrá pasta de anunciantes honorables y connivencia de directivos respetables. ¿Quedará cal para blanquear tanto sepulcro?…

6
No sabía si seguía cableado y era sueño o estaba en la realidad y por tanto no cableado, sino cabreado. Pero deambulaba como Frankestein, desesperado y sin rumbo, hasta que en la portada de un periódico se encontró con que el Guadiana vuelve a las Tablas de Daimiel por primera vez en más de veinticinco años.

No entiende nada, hace apenas un mes atravesábamos la sequía más espantosa de cincuenta años y en un solo un otoño de lluvias se regenera ese paraíso ecológico. Con todo, lo bueno no es que con el agua regresen las avocetas, las malvasías, los azulones, las garzas, las grullas y la cigüeña negra. Lo más emocionante es que a la orilla de las Tablas una niña soñada también recogía flores, que algunas hay en otoño, y por ahí, no sabiendo si despierto o en fase onírica, apareció el monstruo con apnea que uno lleva dentro

Se acercó a la criatura y esta, lejos de asustarse, le sonrió y le ofreció una flor. Y mi Frankestein particular, que ya no distingue la realidad de la ficción, imitó el gesto más tierno y seductor de Richard Gere, cosa no fácil, mientras una lágrima de emoción le rodaba por su mejilla remendada de cadáver.

Faletesofía para el escapismo

Faletesofía, o cómo filosofar sobre lo inescrutable de los destinos del hombre a partir de la figura del insigne Falete…

1
Cuando despertó aquella mañana del 8 de octubre el filósofo buscó en su panal de ideas y comprobó con cierto desasosiego que estaba huero de miel, Ni un pequeño resto para endulzarle el pensamiento y avalar su conciencia de hombre pensante con toda la jerarquía, ninguna luz que le aclarase las grandes incógnitas en las que se debatía el ser humano.

-¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Soy nacional? ¿Soy federal? ¿Soy Europa? ¿Soy descontento? ¿Soy rescatado? ¿Soy elite privilegiada por poder dedicarme a rastrillar pensamientos? ¿Soy víctima del sistema?…

Apuntaban en el horizonte algunos rasgos que le podían precipitar en el más profundo pesimismo de Schopenhauer. De un lado había buscado desesperadamente la lima para pulir una uña del pie ezquierdo astillada que se le enganchaba en la sábana y no la encontraba. De otra, se había fundido la lámpara del techo, y se daba cuenta de que un insidioso dolor de espalda situado bajo la escápula derecha amenazaba con provocarle un espasmo si levantaba el brazo y hacía el movimiento de desenroscar la bombilla.

2
Esto no sólo era filosóficamente malo y angustioso per se, sino también per accidens, pues, de confirmarse, no le quedaría más remedio que llamar a su hermana Micaela, única familiar cercana a la que acudir en casos de urgencia, y con la que, a pesar de todo, no se hablaba desde que ella arrambló con “Desayuno de las tropas de Aníbal a las puertas de Capua, el único cuadro historicista del siglo XIX, con más valor sentimental que artístico, firmado por un desconocido Hipólito Carotte, que había pertenecido a sus padres y que según lo dispuesto en el testamento y lo recomendado por el albacea debió adjudicarse por sorteo.

-Lo siento, Micaela, -le diría con la respiración entrecortada por el dolor- Pero aunque afanaste de mala manera el Aníbal a las puertas de Capua te suplico que me lleves a urgencia, `porque me muero.

-Primero, lo de afanaste no me gusta nada. Me lo quedé porque mamá siempre dijo que iba a ser para mí, porque yo siempre me había manifestado muy cartaginesa para todas mis cosas.

Manifestarse muy cartaginesa para todas sus cosas –repitió con retintín para sus adentros mientras barruntaba otro arrechucho traidor- Peregrina razón filosófica para explicar el “me lo quedo por lo que me da la gana”. Pues la verdad es que el cuadro lucía cierta pátina amarillenta y, en él aparecía un paisaje con murallas, columnas, y caballos, y carruajes, y mucho pueblo mezclado con la soldadesca, y quedaba muy decorativo en cualquier comedor.

-Pero…¿no me llevarías a urgencias?- inquirió el filósoso atormentado a pesar de todo.

-Claro que no, hermano. Afanaste, afanaste…Qué poco estilo el tuyo. Además, te recuerdo que no sólo no nos hablamos, sino que además me han retirado el carnet de conducir. Los dichosos puntos, ya sabes…

3
Por olvidar estos penosos asuntos, abrió su correo electrónico y vio que tenía un mensaje conminatorio: esperamos tu columnita semanal. Se lo mandaba Lola, la secretaria de Virutas de Filosofía, una revista on line de filosofía sin pretensiones que contaba con él como principal colaborador. Naturalmente, por amor a la filosofía. Claro que no por el hecho de ser gratuito su trabajo dejaba de comprometerle. Pero, caramba, de qué filosofar en esas condiciones. La duda, el desasosiego, la soledad del filósofo, el desánimo, la rebelión contra el super ego, la imposible búsqueda de la felicidad, la náusea, la nada.

O el gran dilema que en verdad le corroía: ¿desenroscar la bombilla del techo y desafiar el riesgo del dolor, o no desenroscarla?…

4
Sin embargo algo sucedió en ese horizonte plano y sombrío que se abría ante los ojos del filósofo sin asuntos. De repente, y por buscar evasión, encendió la tele y descubrió a un fenómeno que se llamaba Falete, una gran voz en un cuerpo orondo del que no se sabía claramente si pertenecía a hombre o a mujer, pero sí a un artista, y el arte es lo más grande que hay. Falete estaba en uno de esos programas apasionantes que invitan a los famosos a que conecten con sus difuntos en el más allá.

El filósofo no esperó a saber si Falete llegó a hablar con su padre, que en paz descanse, ni a ver si le cantaría coplas vestido de reinona y con la cara maquillada como si un Ernest Borgnine jovencito hubiera dejado de ser duro del cine para convertirse en Ernestina de Utrera. Pero la visión de aquel fenómeno reactivó milagrosamente su pensamiento. Se sentó ante el ordenador y sin vacilar comenzó a escribir su colaboración:

Entre el nihilismo de Nietzsche y el pesimismo schopenhaueriano no cabe hablar de determinismo. Falete demuestra que la diagnosis orteguiana de que el hombre es el hombre y su circunstancia no tiene límites conocidos. En caso de dudas sobre nuestra identidad y de zozobra por no saber encontrar el sentido de nuestra existencia, faleteémonos y distorsionemos lo imposible atando esa mosca por el rabo.

Se lo publicaron, naturalmente (no hay que olvidar que no le pagaban ni un euro por ello). Y llenó el ingrato afán de cada día del filósofo sin arriesgarse a desenroscar la bombilla del techo ni a pelearse con la miserable de su hermana Micaela por un desayuno de las tropas de Aníbal que, bien mirado, bien podían estar a las puertas de Capua o a las de cualquier otro pueblo de menor categoría.

Diez pollitos

1
En ese baúl de imágenes cinematográficas donde uno guarda lo que acumula a lo largo de su vida, el Duende recuerda un zoom de ida y vuelta que le impresionó particularmente. Pertenecía a esa época en la que todavía los efectos digitales no nos habían familiarizado con lo imposible. La cámara retrataba un corpúsculo indescriptible, que resultaba ser la raíz de un cabello, y a continuación el cuero cabelludo del joven al que pertenecían ambos. Se alejaba la cámara un poco más y aparecía el joven sobre una alfombra de césped abrazado a una chica, se alejaba un poco más y veíamos la terraza ajardinada del edificio donde retozaba la pareja. Un poco más y Manhattan. Desde más altura, Nueva York, y a continuación los Estados Unidos, el continente americano y finalmente el planeta Tierra, que cuando se iba perdiendo en la distancia era sólo un puntito en el espacio similar al que abría la secuencia.

Todo en unos segundos. Entonces la cámara vertiginosa deshacía el camino hecho y nos retrotraía a la raíz del cabello inicial. Quizás para recordar –oh sorpresa- que lo micro y lo macro son iguales, y que todo depende del punto de vista.

2
Recordó esta secuencia el Duende al despertar el pasado miércoles. De repente veía que la casa/mundo donde vivía había sido bombardeada por los macroproblemas habituales. Aún ardían entre los escombros la crisis, los recortes, el paro, la prima de riesgo, el déficit, la pobreza, la irritación callejera, los devastadores incendios del verano. Y Siria, que también duele. La casa Usher casi daba envidia.

Entretanto, en la suya aún pasaba algo casi peor. Por si no tuviéramos bastante con la mundial, una fuga de la lavadora había inundado la habitación a la vecina del cuarto, mientras el ordenador le hacía pedorretas y le negaba el acceso a Internet. O sea, microproblemas. Que, al cabo son casi peores que los macroproblemas, pues ante estos el Duende, como casi todo el mundo, se inhibe por incompetencia, mientras que nadie responsable puede esquivar la obligación de buscar un fontanero o un técnico que solucione las chapuzas informáticas.

3
Lo macro y lo micro. Esperaba el Duende- no sabe si en vano- que Dios se encarnara en sí mismo y con la infinita bondad y sabiduría que le caracterizan, si no curaba el mundo, al menos se pusiera el mono de trabajo y arreglara sus entuetos domésticos. Pero en tanto se producía el milagro, se aliviaba con una micro buena noticia que también puede ser macro, según se mire.

-Abuelo –le decía por teléfono su nieta Marina rebosante de ilusión- ¡Hemos tenido pollitos!…

Es la primera noticia de este calado que se registra en la familia. A ciento ochenta kilómetros de las averías, en esa casa de campo donde se ha organizado un campamento de verano para nietas, primitos y otros niños agregados, el horizonte no se ve tan oscuro. Han nacido diez pollos de gallina, y aunque el mundo entero es una pollada, las nietas lo celebran como si el acontecimiento fuera el natalicio de diez exóticos rinocerontes blancos o de diez extinguidos tigres de Tasmania.

Tienen razón las chiquillas. Lo micro es igual que lo macro, todo depende del punto de vista y del criterio. Hasta este abuelo descreído está dispuesto a admitir que el piar de un pollito y la ilusión de unas niñas puede mitigar el clamor del cabreo universal.

Bienvenido, mister Higgs


1
El audaz y preclaro director de marketing de Iberdrola se presentó ante el director general anunciando con rotundidad el eje de su próxima campaña de publicidad.

-No podemos quedar al margen de este suceso. Debemos abanderarlo desde ya mismo.

El comité apenas le discutió nada. Estaban encantados no sólo del resultado que les había dado la Selección Nacional de Fútbol como sujeto publicitario. Sino de la eficaz estrategia de motivar a los consumidores en torno a una ilusión, un objetivo común que uniera a los españoles y les ayudara a creer aún más en sus posibilidades.

-Y este es un país moderno, con un enorme potencial…¡Un país con energía!

Después de haber emborrachado a España con esos escorzos de nuestros futbolistas de la Roja entre colosales molinos de energía eólica, el comité de dirección no le discutió nada. Estaban ante todo un lince de la comunicación.

2
El primer spot de la serie que programó Horacio Marketino era muy ilustrativo de la madurez del pueblo español. En él un maestro se rascaba la barba y le preguntaba a un alumno.

-Oye Tomasín…¿Tú que crees que es más importante, la Triple Corona que ha conquistado nuestro fútbol o el último hallazgo del Laboratorio Europeo de Física de Partículas?

El chaval se levanta del pupitre como impulsado por un resorte y respondía sin dudar.

-Hombre, es facilísimo…¡El Laboratorio!

-Y eso ¿por qué?

-¡Jo!…Porque eso anuncia que de un momento a otro va a aparecer el bosón de Higgs.

3
Ni el director Horacio Maketino ni casi nadie en la compañía sabía muy bien quien era Higgs, ni qué era un bosón, ni qué significaba el nuevo hallazgo del CERN, ni si el descubrimiento de una nueva partícula que explicaba el origen de la materia y del universo iba reanimar la economía y a crear empleo, que era lo más importante. Pero la cosa era distraer, animar, motivar, ilusionar, encandilar, hacer levitar al personal con el pretexto que fuera.

Y aunque pareciera una quimera, después del fútbol nos quedaba la ciencia.

4
Se creó un bosón de dibujos animados tomando como referencia a Bob Esponja. El propio Horacio reescribió de su puño y letra el bellísimo himno –casi comparable al Va pensiero – de Yo, soy español, español, español para que las nobles masas cantaran Yo soy el Bosón, el Bosón, el Bosón cada vez que las radios y las televisiones les dieran paso. O sea, unas doscientas veces al día, que eso gusta mucho al personal. Y se distribuyeron millones de camisetas con los colores corporativos de la compañía y la leyenda Todos con el Bosón.

También se contrataron a unas esculturales mamachichos para que, semivestidas de partículas aceleradas, se subieran a un autobús descapotable y ofrecieran al pueblo de Madrid y al mundo entero el bosón de Higgs recién descubierto. Esta vez fueron Manolo Escobar, María Dolores Pradera y Los Panchos los encargados de animar musicalmente la fiesta, para que quedara bien claro que la tradición también acogía con entusiasmo el progreso. Y aunque el gentío, alborozado por otro pretexto para que corriera la cerveza, no sabía muy bien de qué iba aquello, todo el mundo se quedó reconfortado. Pues entre unas conquistas y otras iban pasando los días, se olvidaban las miserias y éramos más felices después de saber, o de creer que sabemos, el origen de los desafueros de este mundo.

Ah, y lo más importante. Al egregio Horacio Marketino le subieron el sueldo.


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