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Por qué no soy del todo feliz

Lo ha dicho la Universidad de Michigan: somos bastante felices.

Primer dato interesante, cuando no hay  noticias, siempre surge algún científico chiflado o alguna universidad lejana que resuelve la papeleta y rescata algún tema pintoresco para el debate social. Unas veces apuntan que los meteorismos de una vaca contaminan más que un motor Diesel  a 100 kilómetros por hora. Otras, que el futuro de la masculinidad está seriamente amenazado por el alarmante  decrecimiento de la producción de espermatozoides. La causa no está clara: no se sabe si es por la invención de los calzoncillos sin bragueta que ha puesto de moda Calvin Klein o porque la testosterona quiere salir del armario. Un corolario de esta penosa realidad es  que, según las encuestas,  los hombres preferimos el fútbol al sexo.  Muchas mujeres ya lo intuían, pero algún estudio de la AFPT (Asociación de Fabricantes de Preservativos Tocapelotas), probablemente auspiciada por Bibiana Aído, nos lo recuerda. Más que nada para  avergonzarnos todavía más.

 Otro tema  muy socorrido el hongo ese que crece en Nuevo Méjico o por ahí, no lo recuerda exactamente el Duende: Se extiende tanto por el subsuelo que desborda el límite del estado donde nació.  También es muy interesante que las medusas molestan menos los años lluviosos, porque los ríos desembocan más agua fresca y las ahuyentan de la costa. Tan insensibles como nos parecía este bicho asqueroso y ahora resulta que el frío no le va bien para su flebitis.

 De un momento a otro se sabrá que un estudio de la universidad de Tubinga ha llegado a la conclusión de que la rana de san Antonio va perdiendo paulatinamente sus dotes de buena madre: últimamente  aborrece sus propios huevos, probablemente por el cambio climático. Y, para cuando ya no quede noticia con qué llenar el verano, siempre tendremos la aluminosis. Las apariencias engañan, usted ve su ciudad llena de edificios y cree que todo cemento es orégano, pero en realidad la mayoría de ellos están podridos por dentro. La culpa es esta misteriosa enfermedad de los materiales de construcción que, como la licuefacción de la sangre de san Pantaleón, se filtra en la actualidad tal que una serpientita de verano. Más que nada para inocularnos una preocupación suplementaria, como si cada quisque no tuviera suficiente con su propio marrón.

 Ahora resulta que somos felices, y que nuestra percepción de felicidad no deja de subir desde 1981. Parece que es de tal fecha la invención  del felicitómetro, ingenio que, como el famoso audímetro que mide las audiencias de TV, nadie sabe ni cómo funciona ni, mucho menos, dónde ha uno instalado. Interviene en esta apreciación muchos factores, sobre todo los referentes a la autoestima, así como los políticos y los económicos: percepción de la libertad, acceso a los servicios sociales del estado de bienestar, oportunidades de educación y de trabajo. Pero también otros como la salud, el clima, y, entrando en las variantes regionales, el desayunar churros, tostaítas con tomate o con manteca colorá  o, para bávaros, escoceses y otros pueblos del norte, el precio de la cerveza.

Sorprendentemente, el Duende no ha encontrado ningún estudio que refleje su caso: una felicidad, relativa pero posible, que no mella ni la inflación, ni el petróleo, ni el euribor. Sino una diabólica impresora BROTHER MFC-240 C que cuando le viene en gana, sin venir a cuento, deja de funcionar. Hay que volverla a configurar -le suele decir el Servicio de Atención Telefónica, quizás ya advertido de que la tecnología, lejos de solucionar problemas, tortura a menudo. Qué tormento escuchar cómo te explican lo que antes sabíamos poner en marcha con sólo leer instrucciones que se entendían.¿Se puede ser feliz con una  tecnología tan canalla y una impresora tan infiel?

¿Dónde queda la España casposa?

España casposa

(Foto de Dany 3D)

La vicepresidenta del Gobierno, que por su estilo Rottenmayer más parecería aficionada al bridge que al fútbol, saltaba de alegría como una niña en el palco.  Oh albricias,  España eliminaba a Italia y superábamos los cuartos de final.

Pérez Rubalcaba, el Fouchet del zapaterismo, aprovechaba una de sus habituales ruedas de prensa para ironizar con sus conocimientos tácticos.

Zapatero desafiaba a su fama nefasta para no perderse la final de Viena.

Y el mismo grupo de comunicación que puso a parir al alcalde -entonces quizá alcaldesa- de Madrid porque osó desplegar Colón una enorme bandera , ha inundado de españolismo esa plaza, el Campeonato de Europa y la actualidad jaleando el nombre de nuestra patria  y  repartido rojigualdas hasta el empalago. España, EspañaYo, soy español, español. español…

Como colofón, en la orgía del pasmo patriotero, contratan a Manolo Escobar para dedicar a nuestros héroes esa sublime canción que es Viva España.

Se despertaba el Duende del sueño y por un momento se echó las manos a la cabeza. ¡Cielos!…Esta no es mi España progre, que me la han cambiado. Repasó la prensa, los diarios digitales, escuchó las emisoras de radio, peinó la televisión. Al tercer día de éxtasis, los más flemáticos comenzaban a enfermar al ver camisetas rojas y al comprobar que la exuberancia verbal de Luis Aragonés podía alumbrarnos un nuevo Boris Yzaguirre. Sálvese el que pueda. Pero el milagro continuaba. Aunque pareciera imposible, a estas alturas nadie había mencionado aún el adjetivo tabú. Estábamos ante la España joven, con desparpajo, la que con sólo jugar bien al fútbol había echado siete llaves al sepulcro del Cid enterrado para siempre la Contrarreforma, el fantasma de la Armada Invencible, la leyenda negra, las sombras de Torquemada, el recuerdo de Aljubarrota, la pérdida de Cuba, los últimos de Filipinas, el desastre de Annual, la Marcha Verde, la ominosa dictadura franquista, la pifia de Cardeñosa, la cagada de Arconada y el episodio de Perejil. Todo de una tacada, y en nombre de algo que la progresía pronunciaba con cautela, porque hasta nos hacían dudar de que existiera. ¡España, España, España!…¡Ra, ra, ra!…

El Duende observa, constata, subraya atónito. ¿Se han fijado que, a todas éstas, nadie haadjetivado este estado de embriaguez colectiva como casposo? ¿No es ya casposo hablar de España? ¿No es casposa la bandera? ¿No es casposo tanto fútbol? ¿No es casposo Manolo Escobar? ¿No es casposo ese seleccionador nacional que tan sólo meses atrás era acusado de viejo, torpe, racista, machista y mal educado?

Por el interés te quiero, Andrés. Desde hace mucho tiempo los profetas de la utopía se han dedicado a romper las costuras de ese sentimiento colectivo que aúna a la gente. Dios, patria, lengua, religión, historia. Todo es relativo, hasta la noción de nación. El que tenga un hecho diferencial y quiera un estatuto, un río y una financiación propia que levante el dedo, y maricón el último. Si ganamos las elecciones, aunque se descomponga lo que nos unía, ya se arreglará con diálogo: abriremos la boca para decir al que venga detrás, que arree.

Afortunadamente, no hará falta.  Hoy, gracias al fútbol, se puede decir viva España sin caer en lo casposo, porque esto es otra cosa. Confirmado: somos como niños.

Pilar Cernuda y la “poblemática” de las duchas pequeñas

Pilar CernudaNadie que haya seguido la trayectoria profesional de Pilar Cernuda diría que es una pipiola. Tantos años de vuelo cubriendo viajes reales y acontecimientos políticos, quince libros publicados, infinitas crónicas, incontables entrevistas e intervenciones en tertulias radiofónicas y televisivas, numerosos premios profesionales. Proyectando siempre en su trabajo un estilo sencillo y directo,  un criterio político sereno y aseado y una sensibilidad social característica de lo que llamamos buena gente. Nadie pensaría, cierto, que Pilar es una niña. Pero tampoco nadie que la vea en vaqueros, con su carita de rasgos pequeños y bien dibujados, sus ojos claros y su melenita corta imaginaría que ha cumplido los sesenta. La respuesta la dio su colega Raúl Heras mientras nuestra amiga periodista bailaba como una loca. Pilar insiste en que son sesenta, pero yo creo que en realidad está cumpliendo por segunda vez los treinta.

 Para tal acontecimiento nos había invitado Pilar la noche del pasado sábado a un montón de amigos en Naturavila, un complejo deportivo provisto de varios pequeños hoteles rurales a dos kilómetros de la ciudad amurallada. El Duende se quedó pasmado de su capacidad de convocatoria: había políticos con mando en plaza, políticos cesantes, rebeldes con causa y melena rubia, figuras emergentes, periodistas compañeros, periodistas de otros medios, grandes comunicadores, gente de la tele y de la radio. Y amigos. Pilar es posiblemente una de las más trabajadoras de su profesión, pero aunque haya conseguido un merecido prestigio con la pluma, aún es superior su cosecha de afectos. Todos la celebramos, algunos nos aventuramos al bailoteo con ella, perseguimos la croqueta, quizás nos pasamos de copas. Y nos dimos cuenta de que hasta  en verano se agradece tener a mano un jersey cuando se pone el sol y asoma la noche abulense.

 No podría quedar el post en la crónica mundana sin aportar al menos crítica de utilidad social. Resulta que se alojó el Duende en un hotel rural más bien modesto que aprovecha una de las antiguas dependencias agrícolas del complejo. Uno exige lo justo para pasar una noche, pero lamentablemente, en los espacios pequeños como el de aquella habitación, siempre se acuerda de doña María y sus poblemáticas. Por ejemplo, la obsesión de optimizar cada centímetro cuadrado del cuarto de baño plantando un plato de ducha  de sesenta por sesenta. Pretende el  avariento constructor que una dama gruesa de los nervios, como nuestra gladiadora del hogar, pueda girar en esa cuadrícula y ducharse con normalidad. Y lo haría conteniendo la respiración si no fuera porque el mando de la ducha, que es de tipo picaporte, queda perpendicular a la pared y le roba, por tanto unos quince centímetros a su masa corporal. Resultado: cuando gira para enjuagar su cuerpo enjabonado, sus michelines mueven el mando y cambian la temperatura del agua. Qué agradable, qué bien inventado. Dirá el Duende lo mismo que dijo respecto a las lámparas de cabecera de las camas hoteleras: ¿hay alguien que las pruebe antes de instalarlas?

 La cosa es que este post era, sobre todo, como homenaje a Pilar Cernuda y para agradecer su invitación a la fiesta. Y siente el Duende que haya derivado en queja. Pero sabe que una periodista de raza como ella, tan solidaria con los humildes,  entenderá que doña María aproveche para felicitarla y, de paso, denunciar las duchas hechas de espaldas al pueblo.

  

Ensueño y pesadilla

Sabe el Duende que la parroquia no está para nada. Campeones, campeones, oé, oé, oé. Lástima que estos triunfos hagan salir a la calle a tanto descerebrado. En la calle Goya de Madrid, a casi un kilómetro de la maltratada plaza de Colón, un niño toreaba  a los coches que pasaban con una bandera española mientras el irresponsable del padre jaleaba el lance como si fueran verónicas de José Tomás. Como para que hubiera acabado en un enganchón mortal.

 Pero nobleza obliga. Aunque las alergias primaverales o el aire acondicionado le tienen mermado al Duende, guarda un listado de temas pendientes que pretende abordar  poco a poco. Ha cabado la Eurocopa, el Duende sigue.

 Por cierto, que no se quejen tanto los vecinos del centro de Madrid por la noche que les espera. Peor lo deben de estar pasando los ciudadanos Urkullu y Puigcercós. Menos mal que les quiere contratar el Instituto Dale Carneggie como profesores del master de Cómo ganar amigos.

Los derechos del moscardón

moscardon

(Foto de Gustavo)

Hay que ser responsables. Alguien tiene que escribir esta noche de algo que no sea el triunfo de España contra Rusia en fútbol. Enhorabuena, lo han hecho muy bien, fue la cena más agradable que el Duende ha vivido en mucho tiempo (se puede cenar mientras se ve el partido). Pero no podemos soltar también nosotros el botafumeiro. Sobrarán turiferarios, ya verán.

Así las cosas, y por contribuir a la oxigenación del cerebro, llama la atención el Duende sobre los derechos humanos de los simios, que así lo ha visto escrito en algún periódico. Sin entenderlo, claro, pues si son humanos no pueden pertenecer a la especie de los simios, y si son simiescos no podrían ser humanos. Da igual, aquí con tal de mejorar el mundo nominalmente consagramos cualquier absurdo. Desde que Sigourney Weaver nos sensibilizó a todos con la historia de Gorilas en la niebla, los monos tienen derechos humanos. Vale.

Comentaba doña María en la radio esta mañana que entre los precios del mercado y la sensibilización por los animales van a conseguir hacerle vegetariana. Eso no es nada al lado de las poblemáticas de conciencia que se le plantean ante cualquiera de esos bichitos que de vez en cuando aparecen por casa. ¿Se puede matar un ratón de un zapatazo sin ofender a la nueva moral? Si las cucarachas son también criaturas de Dios…¿no merecen también vivir? ¿Tiene un minuto de nuestro sueño más valor ético que el vuelo de un mosquito de trompetilla con el que acabamos de un manotazo? Hasta doña María, que no es precisamente mujer de cultura, sabe que animalitos son todos. Asín que a ver quién marca las normas -resume- pa que una pueda vivir sin sobresaltos y no parecer una asesina.

De momento Oscar Luis, el mayor de sus hijos, que es un ecologista de raza, ha liberado a todos los periquitos, los canarios y los hamsters del Bloque los Arándanos. A última hora de la tarde, aún había varios de los roedores bajando las escaleras. El próximo objetivo es Kentucky Fried Chicken, que para abastecer a su negocio de comida rápida sacrifica a siete millones y medio de pollos (no se sabe cada cuánto tiempo) sin el menor miramiento.

Total, que esta noche María lo pasó fatal. No puede ir contra corriente, y menos contra su propio hijo. Mientras dormía se filtró un moscardón en su habitación y le dio la noche. Porque Manolo, su esposo, como buen sindicalista y sufridor del Atlético de Madrid, dormía profundamente roncando como un motor Perkins, pero ella no pegaba ojo. Podía haberlo pulverizado con el insecticida, o incluso aplastarlo con la zapatilla. Sin embargo la defensa de los derechos de los animales le ha llegado muy dentro.

Y aunque el moscardón es bastante asqueroso, tuvo la paciencia de atraparlo con una toalla, cogerlo con los dedos, abrir la ventana y liberarlo para que continúe el ciclo de la vida donde Dios le dio a entender. Absurdo, pero edificante, ¿no?

De patriotas, forofos y “Eau de meade”

(Foto de Scaamanho)

Se entiende que el fútbol sea, incluso a estas alturas de la película, un saludable opio del pueblo. Una variante del panem et circensis con el que los césares adormecían al pueblo. Se comprende que gane España a Italia, después de ochenta años de conjuras e ignominias y que lo celebremos del Rey abajo casi todos los españoles. Mayormente los gobernantes, que así se libran un par de días de que los gurúes de la opinión les pongan a parir. Estamos en crisis, pero no nos importa, porque entre Casillas y Cesc nos han hecho recuperar el orgullo de ser españoles. El fútbol hace patria.

  Si ayer éramos un detritus de sociedad sin héroes, hoy somos los más grandes, y hay que desmelenarse. Moncloa respira aliviada. Los patrocinadores del campeonato se frotan las manos. Los medios, mucho más. Más consumo de TV, más venta de periódicos. La gente sólo compra con pasión los éxitos y el glamour, los perdedores, que en el cine quedan tan bien, son unos desgraciados. Quince millones de espectadores vieron por televisión la serie de penaltis. En Madrid, el consumo de agua en ese momento crítico se redujo en más del 50%: lo que ahorramos en fregoteos y en las cisternas que no vaciamos. Los anunciantes no se rascan la mollera demasiado, y sólo han tardado horas en arrimar el ascua a su sardina. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Viena, TOYOTA insertaba hoy un anuncio de página con una foto del equipo de Luis junto a uno de sus coches y este ambicioso titular: Queremos seguir haciendo historia. Lagarto, lagarto.  Hacer historia por haber llegado a las semifinales, caramba. A cualquier cosa llamaban chocolate las patronas, que se decía antiguamente. Pero el sentimiento de patria exige estas proclamas bobaliconas. por España.

 Supone el Duende que esa es la única excusa para autorizar la cobertura vergonzante que se da a la figura del hincha, omnipresente estos días en los telediarios y en los papeles. Nada tiene de malo ser aficionado, ni animar al equipo nacional. Es justo, digno y saludable. Pero de ahí a creer que cualquier grupo de gamberros borrachos envueltos en la bandera o vestidos de lagarteranas son tan mediáticos como los Luthier o las chirigotas de Cádiz y merecen que los demás escuchemos sus canciones y sus gritos como si fueran  Grammy de oro o genios del humor, va un abismo. El pueblo es más o menos sano, pero en las mejores familias hay un borrico que se convierte en energúmeno en cuanto le dan una oportunidad.

 Todo lo que tiene de bonito el fútbol -al Duende le encanta- lo tiene de abominable la vulgaridad del hincha embrutecido. Y por muy modelno que sea el alcalde y muy potente el grupo de comunicación que patrocina eso de ver la Eurocopa en la plaza de Colón, no hay razón para ofrecerles la calle a precio de saldo sabiendo, como se sabe, que los bárbaros acabarán haciendo de las suyas. O sea, cortando el tráfico, asaltando a la pobre Cibeles, zarandeando a los automovilistas que no insultaban a Italia, ocasionando sesenta y cinco intervenciones del SAMUR, vomitando por las esquinas, provocando a la policía y perfumando los aledaños de Colón con ese delicado Eau de Meade que deja cualquier concentración  de vándalos y guarros.

 por España, como decíamos. Aún  con el marrón de soportar que, a fin de cuentas, la necedad y la mala educación siguen siendo tan rentables como políticamente correctas.

Que viva Italia

Le despejó la carretera. Venía el Duende de viaje y apenas encontró coches que dificultaran su llegada a Madrid. Toda España vibraba viendo a la selección de fútbol de España jugando contra Italia.

 Le ha solucionado al Duende su día de radio. Y prácticamente su jornada de trabajo: ¿quién se atreverá  a dudar de que no ha habido más noticias que la victoria de España sobre Italia?

 Además, al Duende, pelín sádico, le encanta ver que los azzurri, que iban de blanco, mueren de la misma forma que otras veces nos mataron.

 Pero lo que más le ha gustado han sido los fuegos artificiales. Terminó el partido y sobre el horizonte nocturno de la capital de España se pudieron ver varias de estas alegrías pirotécnicas que tanto alegran las noches de verano. Breves y fugaces, como deben ser. Pero bonitos: siempre se sueña algo cuando se contemplan fuegos artificiales.

 Por cierto, los más generosos por la zona de Moratalaz. Y ni uno sólo por la Plaza de Colón, donde la 4 ha instalado toda su fanfarria mediática y populachera pagando al Ayuntamiento de Madrid  sólo 4.000 € por jornada de fútbol. Se podían haber estirado, ¿no?

 En fin, lo siento por Rajoy, al que mañana le oscurecerá al fútbol. Pasar a semifinales de la Copa de Europa no sujeta la inflación, ni baja el euribor, no ajusta el precio de los alimentos, ni resolverá la crisis económica. Pero menos da una piedra: todos somos simples y como nos han dicho que somos más felices si pasamos de cuartos de final, pues somos más felices. Mañana puede que uno se quede sin trabajo, pero por si acaso, esta noche, banderas ondeando y claxons atronando el sueño de los madrileños. Podemos elegir, como nana, entre el espantoso ¡Que viva España!  de Manolo Escobar o el aún más horrible ¡A por ellos! armonizado por Luis Aragonés.

  Así que enhorabuena, España, y gracias a nuestros adversarios eliminados. Eso: que viva, que viva Italia.  

 

El valle de Arán y la claridad del instante

El primo Juan Manuel, que en paz descanse, se había construido una casa entre los pinares de Arenas de san Pedro, frente al macizo de Gredos que corona el pico de la Mira. Allí, el arquitecto José Luis Fernández del Amo, que ya había creado un estilo propio en los muchos pueblos diseñados para el Instituto Nacional de Colonización  -un organismo cuyo solo nombre provocaría ahora un infarto en Moncloa- levantó un edificio que ofrecía, sobre todo, vistas. No es el pino resinero el árbol favorito del Duende, pero hay que reconocer que en multitud,  a lo lejos, y cubriendo de verde la inmensa mole rocosa  que en su día pintara Goya, componía una  hermosa  postal. Los desmadres urbanísticos  aún no habían destrozado el pueblo, y  además el primo se debía a sus raíces, que arraigaban en la zona. Quizás por eso, y por su muy británico sentido de la ironía, de vez en cuando miraba el horizonte desde su jardín y proclamaba feliz: Yo he viajado por casi todo el mundo, y os aseguro que no he visto muchos sitios más bonitos que Arenas de san Pedro.

 Recuerda el Duende con cierta ternura esta osadía, tan disculpable como todo exceso que nace del cariño. También nuestros hijos nos suelen parecer los más guapos. Lo recuerda porque atendiendo a la invitación de su buen amigo Santiago lió el petate el jueves y se vino a hilvanar senderos por el Valle de Arán. Escribe estas líneas, de mañana,  ante la balconada de una típica casa aranesa. Es de piedra y madera,  cubierta por un tejado de pizarra levemente curvado hacia fuera para escupir la nieve. Frente a la casa de Garós, en el fondo de la zona más oriental del valle, un monte tupido de árboles va graduando la intensidad de los verdes de abajo arriba. A medida que asciende la empinada ladera, los abedules, las hayas, los fresnos y los nogales van cediendo al tono más oscuro de las coníferas.  Silencio. Sólo rasgado por el viento meciendo las copas de los árboles y por el trinar de los pájaros.

 Al encanto germinal de estas primeras horas de la mañana se suman los recuerdos de las rutas  de ayer y anteayer. Ascenso por la cuenca del Aiguamog  hasta el circo de Colombers  y amable paseata desde el Plan de Beret hasta el pueblo abandonado de Montgarry. Según los conocedores del lugar, ha tenido el Duende la inmensa suerte de dar con el momento más glorioso de la primavera del valle. Es el primer golpe de calor después de dos meses de nieve y lluvias. Los cursos de agua fluyen desbordantes por el deshielo precipitado. A menos de un kilómetro de su nacimiento, en el Llobató, el Garona, que luego nos pone los cuernos con Francia, baja poderoso y barroco. La naturaleza está como para inspirar a Dios si le falla la memoria y quiere probar con otro paraíso. El verdor exultante  hace miles de guiños en forma de flores silvestres: botones azules, árnicas amarillas, campanillas moradas, torviscos purpurados, violetas, lirios, ranúnculos blancos…No es cultura del Duende, sino de Asunción Sobredo, la mujer de Santiago, que es bióloga y de botánica sabe la tira. En estas, cruza el sendero un rebeco y se pierde en la espesura dando saltos. Uno quiere vivir, sobre todo, para ver cosas así. Más horizontes que los que le hacían suspirar al primo Juan Manuel.

 Qué lástima de tan poco tiempo para tan hermoso valle. Por consejo del amigo Santiago, que es refinado y culto, se ha dejado guiar el Duende por la exquisita prosa del Viaje al Pirineo de Lérida de Camilo José Cela. Qué lectura tan deleitosa, caramba. Pero al poco de iniciar este post, le ha sorprendido una estrofa  de un libro abierto sobre la misma mesa del despacho donde escribe. Es de Versos i proses de la Vall D´Arán, de Pere Benavent, publicado en Barcelona en1958. Dice así:

                                               Oh prats florits!, magnífica ventura

                                              d´aquesta tofa de vellut fragant

                                              polícrom esplendor, nuesa pura,

                                             perqué l´ocell del viure no es detura

                                             en el clar branquilló d´aquest instant?

 Le falta al Duende entender palabras como tofa y branquilló, pero cree interpretar lo fundamental, y está de acuerdo. Al pasear por sitios así, y en momentos como éste, uno se pregunta por qué el ruiseñor de la vida no se detiene en la claridad de un instante tan gozoso como el que acaba de vivir.         

Cómo colocar los pies en la cama y soñar con Cyd Charisse

Buenas señales. El doliente amigo Félix dormía habitualmente boca abajo. Para ello deslizaba su cuerpo hasta que los empeines de los pies reposaban en el borde del colchón y bajaba la almohada hasta la altura que reclamaba su cabeza. La cicatriz que le ha quedado de su operación  se lo impide ahora, por lo que ha de hacerlo boca arriba.

Esta postura le ha permitido diagnosticar que, a pesar de los muchos siglos de cultura camera que soporta la civilización occidental, el diseño de las sábanas de arriba, mantas y colchas es manifiestamente mejorable. Su razón es, desde luego, digna de doña María: si en la pastelería, protegen la bandeja de pasteles con unos cartones que abovedan el paquete…¿por qué no inventar algo parecido para los pies de la cama?

Ya digo, si tiene humor para este tipo de disquisiciones es que se siente mejor.

El Duende, tan aficionado a debates de este orden, confiesa que no había caído antes en la cuenta. Apenas se acuerda de dónde y cómo coloca sus pies en el momento de conciliar el sueño. Cree, más bien, que con los talones apoyados en el colchón. Sólo hace años, cuando hacía más frío y la mantas eran de lana pura, le molestaba su peso presionando sobre los dedos y forzando la articulación del empeine en forma antinatural. Luego venía Morfeo y lo arreglaba en un abrir y cerrar de ojos. No los abría, los cerraba y en paz.

Más cuidado que la postura del cuerpo, casi siempre a gusto en cualquier cama, ponía en preparar el sueño. Suponía que , si se le invitaba con astucia,  no podría fallar el más deseado. Esa  es desgraciadamente una de esas asignaturas pendientes que todavía no ha podido solucionar la ciencia Se clonan ovejas, se investiga con células madre, se llega a Marte, se obtiene energía de los frijoles. Pero aún no hay invento para poderse programar a la medida lo que uno quiere vivir en sus sueños. El Duende lo intentaba. Antes de apagar la luz, se concentraba en el objeto del deseo, se sumía en un duermevela y caía dormido. Su gozo en un pozo. Normalmente soñaba que aún le quedaban pendientes asignaturas de la carrera. O, peor aún, días de mili.

Esta noche no reparará en  los pies sino por consideración a Félix. En cambio sí volverá a provocar el sueño más anhelado. De momento, va imaginar que la inolvidable Cyd Charisse estira una de sus maravillosas piernas y sube por ella como si fuera una escalera hasta alcanzar la luna. Allí, con las clases de baile de  Fred Astaire, y tras dejar de lado  a Gene Kelly, baila con la genial bailarina la coreografía de Brigadoon. Dicen hoy los papeles que Cyd Charisse acaba de morir, pero, a diferencia de mi amigo Félix, ella sí sabía cómo poner los pies. Y  sólo con eso ha acabado alcanzando la inmortalidad.

Amadas primas

(Foto de Merkur)

Aquel tipo adoraba a las primas. A ello contribuía la literatura. Había leído todas las novelas propias de la primera juventud. En casi todas aparecían primas guapas, primas seductoras, primas con las que  se viajaba en tren o en barco, o con las que se veraneaba en el Tirol o en una isla griega. También había primas mas cercanas, primas de Albacete, de La Bañeza o de Valladolid, con las que primero se juega a las casitas o a las familias y luego se acaba descubriendo el esplendor en la hierba. Quien tenía una prima maciza y con las mejillas como manzanas, tenía un tesoro.

  Sus amigos, por cierto, también tenían primas. Gustavo, en particular, estaba enamorado de una de ellas, año y medio mayor que él. Se llamaba  Sofía, y justo aquel verano se le había puesto el pecho lleno de tetas. Las novelas y el cine hablaban mucho de episodios así.  Un día de verano cogieron la merienda, se escaparon de casa,  le  robaron el chinchorro al tío Tomás y se lanzaron a pescar en la ría. Ella hizo un movimiento peligroso y cayó al agua. Gustavo no lo dudó y se zambulló tras ella. Recordando  lo que había visto en el Tarzán de Johny Weissmuller, cruzó su brazo derecho por debajo la axila de la chica y nadando a duras penas con el brazo izquierdo le ayudó a ganar la orilla. El chinchorro, a la deriva, fue arrastrado por la corriente hasta perderse en la mar. La chiquilla, presa de un ataque de nervios, se arrebujó en el hombro del muchacho y no paró de llorar hasta que el sol secó sus ropas y ambos se encontraros enredados en besos y abrazos.

  Gustavo nunca olvidaría esa tarde, pero la edad no perdona. Ella completó su desarrollo mientras él seguía buscando desesperadamente en el espejo motivos para afeitarse. Ella se enganchó en la pandilla de los mayores y acabó casándose con un ingeniero de caminos. Gustavo siguió amando a su prima, pero no volvió a verla hasta que, veinte años después se celebró el funeral  por el usurpador, muerto repentinamente mientras se calzaba unas botas de esquí. Gustavo entonces acompañó a la prima Sofía todo lo largo del camino de cipreses que cruzaba el cementerio, y antes de despedirse se le ocurrió emplazarla  para  el verano. Le propuso salir otra vez a pescar en la ría. Pero  no lo harían en el chinchorro del tío Tomás, sino en un pequeño barquito de su propiedad.

 Y aquél verano, salvando las distancias,  se pareció bastante al Verano del 42  que entonces triunfaba en las pantallas.

 Gustavo era amigo del Duende, que no tuvo primas como Sofía. Todas eran mucho mayores que él. Pero alguna de ellas no obstante da para una historia luminosa y tierna que contaremos otro día.

Días de zarzuela y rosas

(Foto de La Sombra del Viento)

España ya no es lo que era. Compra el Duende en un pequeño colmado barrial donde aún es posible llevarse el pan, un brick de leche, y un par de berenjenas sin tirar de chequera -no se sabe cuánto durará este chollo, al paso que vamos- y se encuentra a Daniel  vestido  de camisa blanca, chalequillo, parpusa y pañuelo al cuello. Daniel es el dueño de la tienda, y la parpusa es la gorra de los chulos madrileños. Se supone que en cualquier otra comunidad autónoma  la incluirían entre los llamados hechos diferenciales, pero tampoco es tan diferente. Y además en Madrid lo diferencial es que estas cosas nos tienen sin cuidado: no se conoce a más de diez madrileños que sepan explicar por qué nuestra bandera es roja con estrellas blancas ni, mucho menos, cantar una sola palabra de nuestro himno. Y tan frescos.

 Daniel está hoy contento, porque canta en una función benéfica y va a poder demostrar su arte. Es que en realidad yo soy barítono -puntualiza- Pero la vida no me ha dejado ser artista, ya ve usted…Y mientras le despacha al Duende, se estira con aquella famosa romanza del maestro Serrano:

                                                 Junto al Puente de la Peña,

                                                  la otra tarde la encontré…

                                                  Y su guante, chiquitito,

                                                  me cayó a los pies

 En éstas entra en el colmado el señor Celedonio, que se jubiló de sargento de la Policía Municipal hace años. Celedonio es viudo y vive solo, pero tiene nietas a las que lleva a ver los desfiles de la escuadra de coraceros del cuerpo, tan vistosa, con los guardias a caballo luciendo sus cascos de plumero y sus lanzas. También pasea por la Casa de Campo y busca setas, cardillos y hasta espárragos silvestres. Celedonio es adusto en sus modales, y habla como si fuera un telegrama. Llega a la tienda con tres churros enhebrados en un junco,  al estilo antiguo. Así aparece todos los días.  Pero, hoy, sorprendentemente,  en la mano lleva también un diminuto ramo de flores anudado por un lazo. Por un momento, el colmado respira la fragancia de las flores. Celedonio advierte en un pispás que Daniel viste de artista, y lo considera. Pero eso no altera su flema de policía jubileta, por lo que  hace su pedido con  su habitual laconismo castrense. Buenos días, Plácido Domingo.  Tres pimientos, paquete arroz, pan y MARCA. ¿Se debe?… El tendero barítono le vacila con fina ironía. ¿Y las flores, también son de la Casa de Campo?…Celedonio baja los ojos y farfulla entre dientes. No. Son rosas de pitiminí, una joya de la botánica…

 Celedonio se despide, se  da la vuelta y se va. Daniel le mira, sonríe al Duende y, haciendo un gesto hacia el viejo policía, dice un vamos que vamos. Hasta que otra parroquiana apunta un nuevo dato. Son de la mercera, te  lo digo yo…Se les ha visto paseando juntos, le lleva los churros todas las mañanas, y siempre ha presumido en el barrio de un  rosal mu especial que crece en su patio.

 España ya no es lo que era. Un comerciante de ultramarinos que canta romanzas y un viejo policía desarmado por un ramillete de rosas de pitiminí. Si don Pelayo levantara la cabeza…

 

 

Buitres en Candeleda

Cuando la ley es tonta, ¿merece el respeto del pueblo soberano?

  El Tribunal Supremo confirma la prescripción del delito que cometieron los primos comúnmente conocidos como los Albertos. Pero no por ello el delito de los magnates se borra, como no deja de ser una estafa la sufrida por los socios engañados. La sentencia de indulto es producto de una interpretación de los plazos de prescripción del delito favorable a los encausados. Alguien antepuso la letra al espíritu de la ley: alguien cometió una terrible tontería judicial.

 La chorizada es chorizada un mes antes o un mes después. Pero aunque es difícil que los Albertos reembolsen el dinero estafado a sus socios motu propri, aún hay otras tonterías legales cuyos efectos nocivos pueden evitarse sin que dejen en ridículo a la justicia. O, más aún, a la pura lógica.

 Por ejemplo, la urbanización que trata de construir cuatrocientos chalets en una zona llamada Navalpilón, del pueblo de Candeleda, tan querido por el Duende. Un proyecto que, aunque puede ser legal, quizás acabe siendo el mayor disparate que, en nombre de la libertad de mercado y del espejismo del mal llamado desarrollo puede  cometer esta villa abulense.

 Al Duende la mala noticia le sorprende con poca información del asunto y menos de lo que las leyes juegan en él. Reconoce que no conoce la maraña de normas, planes de ordenación del territorio y competencias que afectan al proyecto. Tampoco entiende de procedimientos administrativos. Ni de coordinación entre las administraciones locales y autonómicas. Ni de cómo un grupo de despabilados puede valerse de la ignorancia de unos ediles o de la connivencia de otros para dar un pelotazo con todas las de la ley y, de paso, marbellizar un entorno que sólo se queda unos metros por debajo del Parque Regional de Gredos. Cuatrocientos chalets adosados ( o acosados, como dice doña María, o quizás acosadores) en ese lugar es un horror y una barbaridad. Y si ese es el modelo de desarrollo turístico que  se quiere para Candeleda -por cierto, un pueblo de 5.000 habitantes que  sigue vertiendo sus aguas residuales al Tiétar, porque aún no cuenta con depuradora- apaga y vámonos. La propia Confederación Hidrográfica del Tajo, que ha concedido la correspondiente autorización para que la nueva urbanización beba del Arroyo Castañarejo podría  ser más exigente en este punto, porque las aguas bajan sucias. Y nunca mejor dicho.

 Lógicamente, no todos los candeledanos están contra el proyecto. Algunos creen que es lo que el pueblo necesita, como si Candeleda -cuyo término municipal es multimillonario en metros cuadrados- careciera de espacio para otra construcción  más razonable. Pero hay que entenderlo: es muy goloso comprar terrenos a  euro y medio el metro cuadrado y conseguir que una mano inocente que sólo persigue el progreso del pueblo los recalifique después. Todo dentro de la ley, parece. Aunque en este caso, como en de Urbanor, o la ley sea tonta, o nos toma por tontos.

 El Duende confiesa que le encantaría que alguien revisara a fondo ese proyecto. Más que nada porque, cuando va por allí y levanta la mirada hacia el pico Almanzor aún ve a menudo volar a las rapaces. Y estas inocentes aves quizá se batan en retirada cuando vean que unos buitres, que no son ni el negro ni el leonado, les disputan el territorio de lo que podría haber sido un paraíso natural.

 

 

Freud también cura a los gordos

Ha encontrado el Duende un pretexto para no caer hoy en varios lugares comunes. A saber, la victoria de España ante Rusia en el campeonato de Europa de fútbol, la desdichada huelga del transporte por carretera, los hallazgos lingüísticos de la ministra Bibiana Aído, el ilusionismo semántico de Pepín Blanco y José Antonio Alonso (por cierto, ¿no se han dado cuenta ustedes de que no hay crisis?) y la bronca de Zapatero al BCE por la irresponsabilidad de no ponerle bridas al euribor. Tiembla, Trichet… No más de quinientos o seiscientos editoriales/ artículos de fondo/ columnas/ comentarios en televisión o en tertulias  radiofónicas se van a dedicar en un par de días a estos asuntos. Aparte de poca originalidad, qué  osadía hubiera demostrado el Duende si los tratara con su ligereza habitual.

 El pretexto para la fuga se lo ha dado doña María. Hoy comentaba en la radio la absurdidez (sic) del cuadro contemporáneo que ha alcanzado más alto precio en una subasta. No era un paisaje amable, ni una composición abstracta de originales efectos cromáticos, ni un hombre extraño de Bacon, que por lo menos resulta intrigante. Ha sido una silueta de lo más vulgar: una  señora aún más gruesa que ella, completamente desnuda, reposando en el diván. La gorda fue pintada por Lucien Freud, y fue rematada en Christies por el magnate ruso Abramovich a cambio de treinta y tres millones y medio de dólares.  A este paso don Sigmundo será más reconocido como padre del pintor que como padre del psicoanálisis. Mientras que su hijo habrá conseguido que el psicoanalista pase a ser, sobre todo, el padre del pintor.

 Lo mismo que las gordas de Botero, ya te digo…-pesaba doña María en voz alta- Toda la vida sacrificándonos pa no engordar y haciendo toda clase de sacrificios y luego te enteras que lo que más desean los millonarios es una como nosotras. Si lo llego a saber a tiempo, hace dietas su tía, ¿no te fastidia?…

 Qué contradicción, admirar tanto a tipazos juncales como el de Carla Bruni y colgarse en el salón un océano carnal como la modelo de don Lucien. Sin embargo, esta curiosa paradoja que, grosso modo, plantea doña María puede ser una buena terapia contra el complejo de gordo o gorda.. Los psicoanalistas y psiquiatras ya no tendrán que recurrir al odio al padre, al  complejo de Edipo o a la represión de la líbido para justificar tanto desarreglo del alma como genéricamente se ampara bajo el concepto freudiano. Sabemos que los desmadres curvilíneos del cuerpo deprimen bastante, y sobre todo a las damas. Hasta ahora, claro, porque a partir de este momento bastará que recordemos lo que se cotizan sus kilos cuando son retratados por un artista para que recupere su buen tono vital.

 Sursum corda, gordos y gordas de todo el mundo.  Freud ha muerto: ¡viva Freud!.

Lo no revelado de la huelga del transporte

¿Dónde estaban los malabaristas que lanzan bolos al aire en el disco de Abascal con Paseo de la Castellana?

 ¿Dónde los que en los pasos de peatones juegan con el amor de las tres naranjas que, de mano en mano, parecen una?

  ¿Dónde la inoportuna cuadrilla de limpiaparabrisas que siempre te asedian cuando no tienes una moneda en el bolsillo, y se empeñan en pasar la bayeta a mitad de disco, y te angustian porque ves venir que se pone verde, y ellos erre que erre, enjabonándote el cristal, y tú desesperado pensando que te lo van a ensuciar más de lo que estaba, y si te lo limpian no van a evitar en ningún caso que los demás  se impacienten y se quejen a sonoros bocinazos?

 ¿Dónde los que venden kleenex? ¿Y los que se convierten en estatuas vivientes? ¿Y el payaso escarchado de oro? ¿ Y la bailarina enharinada con su tutú de gasa?¿Y los músicos callejeros? ¿Y los trovadores del asfalto?

 ¿Por qué no aprovechaban las colas que la huelga de transporte ha formado ante las gasolineras para amenizar a los que, por una vez siquiera, hubieran agradecido su presencia?

 No hay ninguna cara más tonta que la que se le pone al automovilista guardando cola en su coche para llenarlo de gasolina. No hay amenaza menos estética que la del desabastecimiento. Todos con cara seria, porque el asunto no tiene guasa. Todos con gesto avinagrado, porque quien lo tendría que prever no cayó en la cuenta. Todos con un rictus de soberbia, porque nos molestan con las cosas de comer, y uno no está para esas gilipolleces. Y todos, además, cabreados con los que han tenido la puñetera idea de acudir con su coche al mismo sitio y a la misma hora.

 Si el Duende -travieso- hubiera ejercido de notario del Sumo Hacedor, que como es omnisciente lo conoce todo y hasta en sus más pequeños detalles, nos podría contar el número más pintoresco de este primer gran episodio de la crisis. Perdón, léase desaceleración.

 Piénsenlo. ¿Se imaginan cuántas  de esas albondiguillas nasales tan típicas del automovilista  aburrido se han fabricado en estos dos días de huelga?

Por no saber escuchar

El hombre fino, manual completo de urbanidad, cortesía y buen tono. Traducido del francés al castellano por Don Mariano Rementería y Fica. Tercera edición, aumentada  (sic) con las reglas de Educación y decoro para las Señoras. Esta pequeña joya, editada en Madrid en 1837 y perfectamente encuadernada en piel con estampaciones en oro, era revisada por aquel caballero cada vez que era invitado a una boda en la que no sabía con quién acabaría sentado a la mesa del banquete.

  El sumario del libro era elocuente.1. El hombre de gusto en su casa- 2. Entre sus iguales-3. En casa de los superiores-4. En la de los artistas-5. En una tertulia-6. En el teatro-7. En el baile.-8. En la mesa- 9. En una boda 10.En visitas- 11.Corbata-12. Guantes, etc- 13. Equitación- 14 . Reglas y axiomas morales sobre el espíritu de sociedad. El caballero, en su infinita ingenuidad, daba por hecho que el gobierno incluiría sin duda todos estos epígrafes, a modo transversal, en la compleja y novedosa asignatura de Educación para la Ciudadanía.

 Sin embargo, se lamentaba de que sus muchos afanes le hubieran impedido esta vez profundizar en el muy importante capítulo de las conversaciones: modo adecuado de emprenderlas y dirigirlas `para el mayor agrado de los invitados. Según La Bruyère, muy impuesto en estos saberes,  el talento de la conversación no tanto consiste en manifestar el propio como el de hacer brillar el de los demás. Y el caballero no estaba seguro de haber cumplido con tal principio. Ya se sabe: el ego. Siempre demasiado ocupado en hablar de sí mismo. Incluso cuando la dama que se sentaba a su lado tuviera mucho que contar.

 La dama era, casualmente  experta en el arte de la encuadernación. Se decía que era tan sumamente  perfeccionista en estos menesteres, que según algunos había recibido del mismísimo rey el encargo de encuadernar  en piel de carnero la  Memoria descriptiva de las troneras de los castillos de la frontera, donde, entre datos técnicos aburridísimos que sólo interesaban al arquitecto real y a sus alarifes, se  podía leer en clave los nombres de todas las doncellas que cada jueves del año habían tenido el privilegio de servir a su majestad su postre favorito: piononos de Granada con una copa de malvasía. La dama también había encuadernado varios beatos -no a los mismísimos hombres de Dios, sino a los libros así designados supuestamente escritos por ellos- de altísimo valor bibliográfico, así como el supuesto Diario del palafrenero de la reina Victoria, ejemplar único, encontrado casualmente en la caja de té del deán de la catedral de Canterbury cuando su sastre se pretendía resarcir del impago de una sotana que le debía desde el diaconado. Este libro era   de contenido tan escandaloso que por decencia cristiana hubo de encuadernarlo a ciegas. Mérito que  sin duda apreció el jurado para concederle el Premio Nacional de Encuadernaciones Exquisitas altamente Meritorias.

 De todas estas apasionantes pinceladas biográficas de la dama se habría enterado el caballero si hubiera hecho caso  de lo que aconseja El hombre fino. Pero el caballero, como tantos de nuestro tiempo, no había sabido escuchar.

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