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Naderías sorprendentes (2)

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Uno, afortunadamente, pasea para llenar el dietario de su vida y se va encontrado estas naderías. O más. A veces uno sale de casa con sesenta y seis años y en el camino, aparte de personajes y paisajes, da con el tiempo que corre del revés. Esta semana, y gracias a esta experiencia, Homper se topó con su niñez, con el tiempo aquel en el que los marinos eran héroes impolutos y bien planchados hasta que un cañonazo les arrancaba la pierna y les salpicaba de sangre el uniforme o el palo de mesana roto les aplastaba la sesera y acababan en el fondo del mar. Homper a veces ve la vida como si toda ella fuera cine. Y  en el acto de marras, en la presentación del libro Marejadilla, comprobó que  la épica del cine de piratas, de barcos y de aventura de la mar aparecía ahí, como telón de fondo, en aquel salón de actos del Cuartel General de la Armada, un espléndido edificio del centro de Madrid en el que poco se repara, junto a aquellos profesionales de  la marina a los que uno tenía que convencer con sus naderías.

El hombre cumplió como pudo. Los marinos de guerra suelen ser gente seria, pero tienen su corazoncito, y a veces incluso demuestran sentido del humor.

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Luego llegó la hora de las almendritas con cava, o del cava con almendritas, de los saludos y las conversaciones con gente a la que no veía desde hacía mucho tiempo, quizás desde nunca, y poco después la hora de abrirse. Por cierto, abrirse, vocablo marinero: zarpa la flota del puerto y según van ganando la mar los barcos se abren buscando su rumbo. Y entonces, cuando se abría, ya en la calle, le llegó lo más sorprendente, lo que certificaba que aquella tarde el tiempo corría hacia atrás. De repente se escucharon los acordes de una banda de música,  se abrieron las puertas laterales del Cuartel general de la Armada y por ella salió desfilando una compañía de honores que formó ante la bandera que ondea a la entrada principal, en la calle Montalbán, frente por frente al edificio de Palacios que hoy ocupa el Ayuntamiento. Los soldaditos y soldaditas formaron muy serios, y a los acordes del himno nacional, y ante la mirada atónita de paseantes y turistas que ya no recordaban estas ceremonias, arriaron la bandera. A continuación la desengancharon del mástil, un infante y una infanta de marina la doblaron y la recibieron en sus  brazos con mucho mimo.

Y la banda remató el homenaje a los caídos de la Armada española con una emocionante y hermosa marcha fúnebre que el público escuchó en respetuoso silencio, quizás preguntándose, como Homper, si lo que veían y escuchaban se estaba produciendo en este país tan iconoclasta y tan escéptico como es España con sus símbolos y sus glorias o en una país europeo de solera democrática que sabe que con las cosas de comer no se juega.

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La cosa es que aquella estampa le sorprendió a Homper, le dejó tan estupefacto como muchas otras de las cosas sigue descubriendo, tal que si aún se estuviera debutando en el tobogán de la vida.

Ya lo decía antes, salió Homper de casa con sesenta y seis años y de repente se encontró con su infancia, cuando todo eran naderías, pero las naderías eran las referencias importantes que le guiaban. Ahora , en estos momentos en que el mundo es mutación, en el que todo se revisa y no acaba de estar seguro  uno ni de que el sol saldrá por el este y la estrella polar seguirá marcando el norte, el inseguro Homper se sintió inesperadamente reconfortado viendo aquel cuadro. Una banda militar, el himno nacional, una bandera arriada, unos soldados serios y bien uniformados y un público respetuoso que contemplaba el singular espectáculo en un elegante rincón urbano del centro de Madrid. Se puede pensar que es otra nadería, y que esos numeritos no arreglan ni uno solo de los numerosos entuertos que nos afectan, pero a Homper, como poco, le pellizcó el alma, y la cosa le pareció bonita.

(Por cierto, para los coleccionistas de naderías: el arriado de bandera con banda y honores se celebra los últimos martes de cada mes a la hora del crepúsculo ante la puerta principal del Cuartel General de la Armada, calle Montalbán, 2).

Naderías curiosas (1)

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Uno nunca tiene claro cuál es la misión de un blog. La misión de su propio cuaderno de bitácora. A veces cree que ventilar intimidades en él es grosero, poco elegante, facilón. Otras veces piensa que eso humaniza su escritura. Cuando el bloguero no cree que su doctrina sea capaz de convencer, se refugia en el relativismo de su pensamiento. Malos tiempos para dudar. La escapatoria  que tiene más a mano es en ese caso contar su experiencia de funámbulo, de transformista, de camaleón. El bloguero entonces acaba comprendiendo lo que fue su vida: se dio a conocer como Lon Chaney de la radio porque en realidad no sabía con qué cara quedarse. Quería quedarse con todas y con ninguna al mismo tiempo.

El caso es que como no sabe pontificar sobre los grandes problemas de la patria y, más aún, del alma, se refugia en las naderías. Nadería es una palabra percha llena de encanto. Un helado es una nadería. Una sonrisa amable de una guardia municipal a la que uno le pregunta por una calle y que sabe responder amablemente es otra nadería Un árbol florecido de primavera, como se ven ahora tantos es los parques de Madrid es una nadería. Un pellizquito en el alma es otra nadería. Pero a veces no pasa tan rápido, no deja de ser un pellizco, y tampoco de sentirse en el alma.

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Les hablaré de una nadería curiosa que le pasó esta semana al bloguero. Como tantos de se edad, él se echa a andar y se va encontrando muchas cosas o personas de las que toma nota. Amigos jubilados, amigas que amortizan lorzas y michelines a paso ligero, parejas pasadas de colesterol, amigos coronarios, amigos lamentosos que quisieran estar en activo y no aguantan en casa, andadores o corredores anónimos, turistas, empleados de la limpieza municipal – qué mérito el suyo- manifestaciones, indignados, indigentes, chicas en flor, árboles en flor, arbustos en flor, meones en la vía pública, encuestadoras, jóvenes mamás con sus bebés al sol, policías municipales montados en unos caballos imponentes, paseantes de perros, perros, cagadas de perros, artistas callejeros, funcionarios que salen a tomar su legítimo café con churros, croissant o pulguita a media mañana.

Como telón de fondo, las preocupaciones. El clima, el meteorológico, tan deprimente, y el político, social y económico, más sombrío todavía. La manera de ser de este pueblo, que es el suyo, sobrado de vehemencia, tan poco consecuente a veces. Recuerda el bloguero que España anhelaba la democracia, la abrazó con entusiasmo, eligió con fe ciega a sus representantes, a su gobierno y, a través de ellos, sus leyes y su modo de vida. Se pregunta ahora para qué los elegirá tan convencido, si cuando gobiernan a su disgusto le quiere parar los pies sin esperar a las próximas elecciones. Democracia sin paciencia, democracia según y como. Quizás necesitemos un parlamento en nuestra mesilla de noche, para que, mientras dormimos, legisle lo que nos gustaría encontrar al día siguiente. Y sin amenazar nuestro sueño, por supuesto,

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Menos mal que el bloguero, el Homper eternamente perplejo, tenía otras cosas en las que ocuparse. Van surgiendo a su paso obligaciones y trances que jamás pensó que le daría la vida. Como, por ejemplo, presentar el libro de anécdotas de la mar que ha escrito con mucho cariño un almirante de nuestra Armada, un amigo ya jubilado: Luis Carrero-Blanco Pichot. Y qué iba a decir el pobre Homper, que no sabe de la mar sino lo que aprendió en los libros de Salgari, en los de VerneKipling y Conrad viendo Capitanes intrépidos, El hidalgo de los mares, El temible burlón, El pirata Barbarroja, Duelo en el Atlántico, Rebelión en la Bounty, Master and comander, Titanic y otras películas de barcos, marinos, piratas y naufragio que han engrandecido al cine..

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Las presentaciones de libros son una de las ceremonias sociales más peligrosas para el asistente a las mismas, pues en ellas es normal que el autor quiera demostrar por qué era necesario su libro, mientras que los que se sientan a su lado se empeñen en recordarnos que lo necesario no es el libro, sino escuchar su opinión. Competición de vanidades, egos revueltos.

 

En este caso, afortunadamente, el autor y el primer interviniente fueron la mejor expresión del laconismo castrense. El autor se mostró tan lacónico que sólo dijo gracias, y al final. Mientras que el presidente de la mesa, director del Museo Naval, donde se celebró el acto, se limitó a extraer una cuartilla y leer lo que había escrito en ella por una cara y la mitad de la otra, cediendo los trastos a Homper. Homper habló, nunca mejor dicho, de la mar y los peces de colores, pero entre estos dejó caer un verso de Paul Valery – la mer, toujours recomencé-, para recordar que la fascinación de la mar radica en ese continuo movimiento de las olas que, en definitiva, es la mejor metáfora plástica de la eternidad e Dios. Experto en mezcla churras con merinas, luego se metamorfoséo en <strongFranc>o, que reconocía que en el Azor había atunes de madera que lanzaba por la popa de su yate para que los de verdad los siguieran y acabaran picando. Franco luego precisaba que los atunes con los que posaba en el NODO no eran de pega, sino auténticos, y aún coleaban cuando fueron filmados. Como la anécdota la cuenta el propio autor en su libro –aunque la explicación de Franco fuera inventada- y Homper venía de citar a Dios y a Paul Valery, la chanza  sobre el difunto patrón del Azor no les pareció de mal gusto, sino divertida. Si a eso se añade que en menos de treinta y cinco minutos se dio por terminada la presentación y se pasó a la copa de cava con almendritas, porque la crisis no da para más, la sensación general es que aquel ratito quizás fuera otra nadería más de la vida, pero al menos había sido tan ligero como la brisa que sopla en cubierta un día de primavera.

(Continuará)

 

Inés de la Fressange, mon amour

Ella nos tranquiliza confesando que hasta las musas de la gente guapa puede combrar sus bragas en H&M...

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El Duende no puede ocultar que esde hace ya varios años guarda una cierta prevención contra los suplementos dominicales de los periódicos. Siempre le ha parecido que los editores juegan con ellos a engañar al lector. Le quieren convencer de que es ideal de la muerte, y de que lo estúpido es no entrar en Pijolandia cuando, como demuestran sus expertos en  moda, viajes, gastronomía, vinos, chateaux-relais, balnearios, sexo, gente guapa y otros elementos fundamentales de la buena vida, todo está en sus páginas. Espléndidamente expuesto, con bellas fotografías y unas no menos bellas modelos (y modelas) que quitan el sentido. La vida es hermosa, sobre todo si puedes pagar la que te ofrecen los elegidos de la fortuna que marcan paquete, digo tendencias.

Por cierto, vintage, chill out y outlet que no falten en ese equipaje de lo que ya es cultura imprescindible. Como diría Millán, el más simpático de Martes y 13, ¿me comprenden la gilipollez?

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El periódico EL PAÍS brilló desde sus inicios en esta nueva faceta del periodismo de información. Inenarrables eran  las páginas de su colorín dominical en las que aparecían, todavía en pesetas, los precios de las última novedades que podían encontrar los exquisitos en el mercado. Coctelera de titanio diseñada por Mariscal, 25.000 pesetas. Rizapestañas de oro de 20 Kilates  reproducción del que llevaba Greta Garbo en su neceser, 65.000 pesetas. Estilográfica Montblanch de colmillo de morsa, conmemorativa de la firma del final de la Guerra de Secesión, 200.000 pesetas. Copas para helado en cristal de Murano soplado sobre el molde de los pechos de Anita Ekberg, 24.000 pesetas.  Detector de uvas en platino iridiado, para saber qué vino bebes sin leer la etiqueta de la botella, muy práctico: 28.000 pesetas. Funda de corbatas  en madera de olivo de Sicilia, 18.000 pesetas. Pastillero para Viagras de carey con la firma de Nacho Vidal,  20.000 pesetas. Pero cómo es posible que pudiéramos vivir sin estos artículos de primera necesidad.

Menos mal que siempre hay elites de privilegiados que nos enseñan el camino. A dónde íbamos a llegar, siendo tan paletos, sin todas esas luminarias que van despojándonos del pelo de la dehesa y puliendo nuestro modales. Moda, viajes, gastronomía, joyas, bañeras con grifería de oro por las que, además del agua, chorrea la voz de Pavarotti  cantando Rigoletto y vajillas de porcelana `pintadas por Barceló, no aptas para el lavaplatos. Su precio, más o menos, el de un coche familiar. No se sabe si la cultura y el ocio se sofistican  o si es que, simplemente, la humanidad se agilipolla del todo.

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Junto a esa galería de excentricidades para snobs enriquecidos han dejado escritos sus artículos algunas de las mejores firmas del periodismo y de la literatura actuales. Cercas, Javier Marías, Muñoz Molina, Millás, Maruja Torres, el magnífico Enrique Vilá-Matas Son tan buenos que desafían el riesgo de ser asimilables a esa pseudocultureta de valores convenidos por sanedrines invisibles. Hay un sabio llamado Harold Bloom  que nos dice lo que debemos leer, un americano llamado Parker que pontifica sobre lo que hay que beber y un rosario de artistas, gastrónomos, modistas, estilistas, arquitectos, decoradores, enólogos, dietólogos, virtuosos del pan, filósofos, gurúes y profesores de felicidad, como el incomparable Eduard Punset, dispuestos a admitir que hay otras vidas, pero peores que las suyas. O sea, cómo llegar al nirvana por un camino pavimentado de placeres superfluos, de placebos engañosos o, simplemente de milongas que quedan guay.

Se diría que el Duende no cree en ese nirvana, y hasta la mira con desdén. Se diría también que, aún así, le encantaría escribir tan bien como algunos de los articulistas que completan el escaparate dominical. Es verdad. Todo es cochina envidia. No tanto por no ser ni tan rico ni tan pijo. Sino, sobre todo, por no ser  tan listo como los reyes de la pomada.

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Por eso no deja de ser un consuelo que la que fue una de las musas de ese mundo tan lejano para el pueblo llano, pasados sus años de gloria, se caiga del pedestal de Chanel  y de Karl Lagerfeld y haga  unas declaraciones el EL PAÍS SEMANAL que podría suscribir cualquier mujer normalita.

-No se trata de decir que con diamantes las mujeres estarán estupendas –afirma Inés de la Fressange, la primera “modelo global”- sino de que comprendan que con vaqueros del supermercado se está muy bien. Las que miden 1,80 y pesan 55 kilos no me necesitan. Pienso en las mujeres profundas y frívolas a la vez, no importa el país o la clase social. No todas somos  Simone de Beauvoir  o Brigitte Bardot. Vamos, que no pasa nada si nos compramos bragas en H&M.
Qué alivio para este Duende, saber que a pesar de todo no queda tan distante de la beautiful people. Y qué confianza le da que sus calzoncillos sean de la misma marca que las bragas de La Fressange. Cómo, a su pesar, se va refinando uno, y sin darse cuenta.

Cuando Haendel da que pensar

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Al día siguiente de haber cantado con sus compañeros de coro del CEU y con la orquesta Quórum el Mesías de Haendel el bloguero se despertó como un niño. Un niño en la escuela.  Lo malo es que la profesora le había puesto una tarea bien difícil.

-Cuéntame lo que sentías ayer cuando cantabas

Casi hubiera preferido algo más sencillo, la fórmula de la circunferencia, la lista de los reyes godos, el nombre de los asesinos de Viriato, pastor lusitano, lo que dijo Julio César cuando cruzó el Rubicón, el principio de Arquímedes. Pero la música es algo indefinible, y qué iba a decirle uno a la profesora, cómo podría  expresarle lo que se siente/ piensa/ sueña/desea/ disfruta cuando es capaz de infiltrarse en una de las obras más conocidas y grandes, en todos los sentidos, de la historia de la música. Stefan ZweigMomentos estelares de la humanidad- escribió un imaginario proceso de creación de este famoso oratorio. Dice que don Jorge Federico compuso el Mesías  en sólo tres semanas. El bloguero no daba crédito a semejante record.

-Tres años al menos necesitaría yo para responderle todo lo que me sugiere escucharlo, señorita –le diría a su profesora- Y tres años más para referirle lo que siente uno cantándolo.

-Bueno, tampoco necesito tanto…Cuéntame algo, sin entrar en detalles.

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De todas las facetas de la creación humana, la música es probablemente la más ágil, la nás versátil y la que más rápidamente encadena atmósferas distintas y muy variadas entre sí sin dar ni exigir explicaciones. La música vuela  como esos trapecistas que pasan de un trapecio a otro haciendo volatines, triples saltos mortales, equilibrios inverosímiles y salto angélicos.  La música de ese Mesías del 25 de marzo en Madrid nacía en el suelo del templo donde cantaba el coro y tocaban los profesores y subía hasta la misma bóveda del cielo. Escapaba de las líneas del pentagrama y se reflejaba en las caras del público asistente, aunque la atención del bloguero oscilase entre la obsesión por ser fiel a la batuta de José María Alvarezy el deseo de entregarse a los pálpitos de su corazón. O sea, ilusión, poesía, emoción, intuición de lo trascendente. Qué disparate, qué desbarre. Cursilerías  del alma, cuando ésta  se suelta la melena y olvida el pudor.

Y la imagen que le ponía a eso era un inmenso arco del que colgaban todos sus recuerdos y sentimientos. Por ejemplo Paloma, la chica de los ojos absolutos que a uno le sorbían el seso cuando tenía diecisiete años. Tal vez dieciocho. Sus ojos  y la luna llena de un viernes santo coincidieron con él en un pueblo de la sierra de Madrid donde también había ido a parar el chisgarabís del Duende. El que muchos años más tarde habría de cantar a Haendel no era capaz entonces de imaginar que su vida pudiera tener sentido lejos de aquellos satélites maravillosos: los ojos de Paloma y la luna de todos.

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Ahora, casi  medio siglo después, y cuando la vida, evidentemente, tiene otro sentido, Paloma reaparecía en la tercera o cuarta fila de bancos de aquella iglesia. Paloma se casó con un italiano llamado Cesare, se fue a vivir a la isla de Elba, que seguramente es más bella que el pueblo donde el bloguero y ella se conocieron, tuvo un hijo y superó un cáncer de mama. Se podía decir que era una vida lejana. Y si embargo se sentaba a unos metros, un poco más allá de los violonchelos, allí, con su hermana Silvia, las dos tan guapas y, creía el cantor, transidas de la emoción.

Debía de ser otro milagro de ese monumento musical que es El Mesías. Milagro al que, modestamente él también contribuía prestando su voz.

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Hay que apreciar la música, como cualquier arte, y olvidarse de los músicos y de los artistas. El Duende hacía las veces de artista, puesto que cantaba una gran composición. Pero mientras la música se elevaba al cielo él, aparte de flipar arañando lo sublime, cotilleaba, sudaba, se daba masajes en la espalda entre número y número y suspiraba por una silla donde sentarse. Qué detalles tan asquerosamente humanos Tres horas cantando de pie sin moverse del sitio y debiendo guardar la compostura fatigan mucho. Y todos tenemos debilidades.

Por eso reparó también en el templo, la iglesia del Espíritu Santo de Madrid, Serrano 125. Sölo doscientas ochenta personas caben en sus bancos, y sólo esas y unas cuantas más, en unas pocas sillas supletorias, pudieron escuchar el concierto. Las demás fueron cortésmente rechazadas. El pasillo central y los laterales estaban prácticamente vacíos. Qué pena. Hace un año, en un concierto similar que el Duende cantó en San Francisco el Grande, donde se ofrecía el Requiem de Mozart,  la gente abarrotó la basílica, y los que no pudieron obtener sitio sentados en los bancos se sentaron en el suelo, subieron al púlpito o se encamaron a la balaustrada que separa el altar. Todo el mundo quedó encantado Pero los curas del Opus Dei administran la Iglesia del Espíritu Santo con una cautela digna de mejor causa.

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La enésima mirada del Duende cantor no iba destinada ni a la partitura, ni a la batuta del director ni a ninguna de las damas interesantes que se incrustaban entre el público, sino a la estatua imponente de Monseñor Escrivá de Balaguer, justo a la izquierda de la entrada de la iglesia, y frente por frente del coro. El fundador del Opus, claro, no movió un músculo mientras duró la interpretación del Mesías.

 El Duende se sintió vigilado por don Josemaría, y aprovechó la ocasión para decirle que, ya que es santo, podría haber convencido a sus curitas de que su iglesia debe mantener abiertas sus puertas siempre, y más cuando lo que reza es la música de Haendel.

 También pensó que ya ha pasado el tiempo de la estatuaria santoral, al menos para los contemporáneos. Los santos de Berrruguete o de Gregorio Fernández quedaban divinos. pero cuando te has hartado de ver al modelo original en tantas fotos, reportajes y telediarios, la imagen del prócer de la Iglesia recién canonizado, por muy fiel y venerada que sea, siempre acaba pareciendo un ninot indultat.

 

 

 

Despertar bajo la lluvia

Desde hace tiempo, este bloguero cree que no hay cuadro más hermoso que ver llover...

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¿Cuántos ruidos caben en una vivienda dormida? ¿Qué puede romper el silencio nocturno de un pequeño piso apartado de las grandes vías urbanas, si no habita en él un gato, ni un loro, ni un ratón que forma parte ya de la familia? Pero qué familia, si uno vive solo.

La madera tarda en morir, le dijeron cuando empezó a escuchar sus quejidos en la casa del campo, que tiene el aire de una casa rural, pero sin turistas. De repente algo cruje en esa casa lejana. Y el dormido abre un ojo, y por un momento se siente en una película de  miedo. Ya está, el asesino, que viene a por mí. Pero no, es el alma de la casa, ratones, carcomas, pájaros que anidan bajo las tejas, inclusos salamanquesas, tan delicadas, el viento que de vez en cuando despierta y da señales de vida. Y la madera, que creemos que es materia inerte, pero que o está viva o alberga vida. Vigas de castaño, entarimado, carpintería de pino que envejece precipitadamente para parecerse a la humilde casa de cabreros en la que se instaló, escalera de las que acusan hasta el paso ligero de las niñas madrugadoras.

-Buenos días, abuelo –le despierta a veces al Duende una voz delicada y susurrante que  ni siquiera espera al clarear del día. Entre seis niñas siempre hay una madrugadora que que necesita conversación.

Pero qué niñas, si en este palomar urbano uno vive solo. Y qué ratones, o pajaritos, o salamanquesas, o carcomas, si en este pisito alto apenas hay carpintería natural, y la poca que hay está blindada de barnices plásticos poco agradables de roer. Y qué madera se va a atrever a crujir en estas condiciones.

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O sea, que el ruido era un ladrón, que venía a por el televisor o a por la cubertería de IKEA, pues no cree el Duende que le interese la Enciclopedia Británica, que pesa tanto en el saco y ya no interesa a casi nadie. O si no es el ladrón, será el sádico ese que de vez en cuando necesita asesinar y salir en la prensa. Porque el ruido no está claro, pero ruido es, y esta vivienda es tan poca cosa que no puede permitirse el lujo de fantasmas que cierran las puertas y marcan pasos misteriosos. Ah, claro, seguro que es el sueño, que no tiene por qué tener lógica. Una noche uno sueña que la vecina es Romy Schneider, cuando es evidente que no puede ser, porque Romy Schneider, aunque fuera maravillosa, murió hace muchos años, y porque la vecina, además, es de Cantimpalos, y de darse un aire con alguna actriz conocida sería más bien otra Gracita Morales, que en paz descanse también. Los sueños mienten, pero es que además el Duende está seguro de haber despertado, y sin embargo algo araña su silencio habitual.

Se pellizca, no lo cree, ¿será posible?…Lo acaba de reconocer, es la lluvia, que tamborilea sobre la carcasa del aparato de aire acondicionado. Epur piove…, que diría Galileo, más maravillado aún de que a  esta España condenadamente seca, que, como es lógico, también gira con el resto del planeta, no se le haya olvidado el sonido del llover.

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El encantador ruidito de la lluvia, qué delicia. El reloj marca las seis y media, no son horas de levantarse. El bloguero trata de conciliar el sueño. Pero empieza a imaginar el indescriptible olor de la tierra mojada, y el pasto que empieza a verdear, y  los árboles que ya encuentran motivos para que estallen las yemas de sus hojas, y la bendición que esto supone para los cereales, y para las vacas, y para las ovejas, y para las pobres cabras que aún resisten en las laderas de Gredos y para el caballito que ve desde su ventana  en el campo, y que ya debe de tener el morro en carne viva de tanto besar el suelo buscando algún tallito fresco que llevarse a la boca. El bloguero está despierto, pero se atreve a soñar que quizás incluso habrá nevado en las cumbres, y volverán a correr los arroyos, y puede que hasta se animen los ríos.

Y salta de la cama.

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No eran horas de levantarse, pero cómo se va a perder uno el espectáculo. Es tan emocionante como el amanecer del día de Reyes. De modo que uno se sienta ante la ventana, con el ordenador de por medio, y contempla el desperezar del 21 de marzo, la fachada occidental de la capital sacudiéndose la noche para emerger de entre la niebla de la lluvia menuda. Va descubriendo poco a poco el Palacio Real, la catedral de la Almudena, San Francisco el Grande, el rascacielos de Telefónica, el Círculo de Bellas Artes más lejos, el Pirulí, una silueta apenas perceptible en el gris panza de burro que uniforma el horizonte. Todo ello envuelto en el elegante velo de la lluvia.

Es fácil la comparación, imagínense esos paisajes húmedos y nebulosos, entre dos luces, de Turner, de Monet, de Utrillo. Uno ve este amanecer, imagina, lo valora todo y lo escribe como lo imagina. Y no es fanfarronada, pero puede asegurar que si alguno de estos cuadros tan valiosos colgara hoy de las paredes de su  vivienda, seguiría mirando embobado la lluvia que cae sobre Madrid.

-Lluvia, cuánto te quiero -le dice – Espera que me ponga un impermeable, que salgo a darte un beso.

Fatigado por el “dolce far niente”…

Qué difícil, y qué fatigoso, es no hacer nada...

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No sabe el Duende cuánto tiempo hace que pasa un día sin salir de casa. No ha sido por motivos de salud, ni por inclemencias del tiempo –qué más quisiéramos- ni por la obligación de ordenar papeles, o preparar la declaración de la renta, o montar un mueble de IKEA, o de cocinar un bacalao al pil-pil. Era pereza, fatiga. O tal vez sentirse a gusto en su palomar. Según transcurría la jornada se iba adueñando de su alma calvinista una preocupación.

-¿No será que estoy sucumbiendo a la tentación de dolce far niente?

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Y a continuación repasó su comportamiento, por si respondía al canon de lo que entiende por no hacer nada. Había hecho su cama. Había ordenado su cocina. Había hecho unas tostadas y un café, había leído el periódico en su teléfono móvil, cosa bastante incómoda por cierto. Se había puesto el chándal para salir a correr. Se lo quitó después, porque no le apetecía, estaba como cansado, y por primera vez en su vida consideraba que el cuerpo merecía un respeto. Se duchó, se afeitó.

Había buscado libros, que luego había cambiado de sitio, había mirado muchas veces por la ventana, observando: 1. Varias bandadas de cacatúas verdes volando. 2. Un gato trepando por el tronco de un pino. 3. Al menos dos autobuses urbanos semivacíos. Qué gracioso: todos los personajes igual que los de su autobús de hojalata marca RICO, juguete de los años cuarenta del pasado siglo, silueteados sobre el vacío. 4. La ciudad latiendo bajo el sol implacable que nos permite hablar de “buen tiempo, tiempo primaveral”. Cuánto le irrita al Duende que al tiempo africano le llamen buen tiempo, cuando el buen tiempo en esta época  sería fresco y algo de las lluvias que no han querido ni hisoparnos en invierno. 5. El parque sediento, implorando compasión.

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También ha pensado. Por cierto, ¿pensar es hacer algo? Pensaba que uno va haciendo su vida como quien  compone un puzzle. En un puzzle hay algunas piezas clave, de cuya correcta colocación depende en buena parte el éxito del cuadro final. Hoy el Duende pensaba que tocaba poner una pieza tonta, poco esclarecedora, un pedazo de cielo, un retazo de mar, unas hierbas. Nada que le condicione o le cambie el puzzle de la existencia.

Ha escuchado la radio, ha mandado varios correos electrónicos, ha puesto unos garbanzos a remojo, ha quitado una mancha, ha introducido un CD en su aparato de música, ha repasado los coros del Mesías que cantará en diez días, ha tomado un te, ha buscado, sin éxito, a un calcetín desaparecido, ha completado un soneto que había empezado el día anterior en el autobús, un soneto dedicado a una dama que cumple años inconfesables y que sigue pareciendo una chica ye-yé, las cosas.  Ha visto dos partidos de fútbol, el Athletic-Manchester United y el Besiktas-Atlético de Madrid. Si uno mira en los rojiblancos bilbainos sólo un club de fútbol, qué admirable, qué categoría, qué ejemplo de equipo el suyo. Qué partidazos  los que nos regala últimamente, y que hazaña la de eliminar a los líderes de la Premier League El maestro Ansón dice, seguramente con retranca, que él es del Athletic de Bilbao porque es el único club de nuestra liga que juega siempre con once españoles. Españoles y vascos, españoles o vascos, qué mérito el de ese conjunto de bilbainos, guipuzcoanos, alaveses, navarros y riojanos –cada vez se amplían más las fronteras futbolísticas del País Vasco- en una liga donde hasta el club más modesto es una multinacional. Ya podían aprender los que sólo hacen plantillas a golpe de talonario.

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Según los códigos morales del Duende, el fútbol no puede ni debe ser excluyente de otras actividades. Así que mientras lo miraba,  hojeaba, de paso, la prensa digital. Qué contradicción, hojear sin pasar una hoja. Luego cenó. Y en todo ese tiempo se obsesionaba recordando aquel ojo vigilante de Dios insertado en un triángulo que aparecía en el catecismo, al tiempo que tarareaba por lo bajini una canción que sonaba cuando era niño por aquellos receptores de radio antediluvianos.

Mira, niño, que la Virgen lo ve todo…

Espera el Duende que Dios y la Virgen se hayan dado cuenta de que aunque   casi todos, unos por falta de trabajo y otros por sobra de años, estemos inactivos, es imposible no hacer nada.   Acabó el Duende tan cansado de ese menester, que a las once y media de la noche se le caían los párpados, y sentía que la cama le llamaba para recogerse en ella y ponerse a no hacer nada de verdad

 

 

Cómo salir de dudas

A veces ni los sueños son capaces de sacarte de dudas...

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A Homper, que es bastante antiguo, le siguen sorprendiendo los avances de la ciencia. Le deja estupefacto que un cirujano pueda operar desde este lado del  Atlántico el riñón de un paciente de Nueva York, y que el fenómeno de Internet pueda convertir a cualquiera en un pequeño sabio instantáneo. También le pasma que los padres puedan elegir el sexo de los hijos y que ahora algunas cadenas de televisión de pago ofrezcan al cliente la posibilidad de elaborar una programación a la carta.

Sólo echa de menos que no se haya inventado todavía el método para programar los sueños favoritos.

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Cuando su querida prima Teresita era una prometedora adolescente, mantenía que si lanzabas una zapatilla al aire y antes de que cayera al suelo te metías en la cama con los ojos cerrados y un deseo, esa noche soñabas lo que habías deseado. Homper había comprado te en El Corte Inglés, donde le atendió una dependienta encantadora y muy guapa. Pues qué tipo de te quiere usted, el breakfast te, el de toda la vida, no me gustan nada las variedades aromáticas. A esas les llamaría, simplemente, infusiones, no te. ¿Alguna marca determinada? No. Que sepa a te como el que te sirve cualquier hotel de Inglaterra sin dar más explicaciones. Compre usted el de granel, es muy bueno. ¿No es mejor el Twinings? Bueno, usted paga la marca y la lata. Pero si tiene en casa una lata donde guardarlo, llene una bolsita de papel del te de granel y verá cómo le gusta este. Se lo digo yo, que soy una gran aficionada al te. Y ya que es usted tan amable, ¿cómo se llama? Margarita. Me llamo Margarita.

La dependienta era, como recuerda Hom, muy guapa. No muy robusta, menuda, pero de fino talle y cuello largo, aprincesado, rubio cabello y un rostro que recordaba a la Debie Reynolds de Cantando bajo la lluvia (luego ésta se cardó el pelo, se apasteló y se convirtió en un icono yanki algo cursi). La chica valía un sueño. Homper se preguntó si conservaría a sus años la agilidad suficiente como para repetir el ejercicio que recomendaba su prima Teresita, teniendo en cuenta, además, que la altura del  techo de su apartamento no daba para que la zapatilla volase muchos segundos. Se permitió una pequeña trampa: abrió el edredón, se sentó en la cama, cerró los ojos, pensó en Margarita, lanzó una de las zapatillas al aire, y antes de escuchar el ruido de su caída al estrellarse contra el suelo ya estaba tapado y dispuesto a soñar.

Pero el experimento no funcionó. El día –su vida entera, más bien- acumulaba muchas dudas por despejar. Y en lugar de soñar con la encantadora Margarita soñó con Sócrates.

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-Sólo se que nada se –le anunció el filósofo, fiel a sí mismo.

Pues buena la hemos hecho, pensó Homper.

Y el sueño se fue en repasar con el genio de la filosofía la ristra de dudas que le acometían en los últimos días. 1. La reforma laboral, ¿es tan necesaria como dice Rajoy o tan perversa como corean oposición y sindicatos? 2. El 11 M, ¿lo cabal es pasar página o seguir investigando? 3. Manifestarse contra la reforma laboral el día de tan nefasto aniversario: ¿necesidad o agravio? 4. ¿Es imprescindible ajustar el déficit, o es más recomendable seguir primando el gasto social y el que venga detrás que arree? 5. ¿Es tan grave lo que dijo Gallardón sobre el aborto como para tanta trapatiesta? 6. ¿Dónde hay más chorizos, en torno a Gurtel o alrededor de los ERE de la Junta de Andalucía? 7. ¿Qué es peor, pagar la energía a su precio o hacer la vista gorda sobre la amenaza nuclear? 8. ¿A quién favorecen más los árbitros, al Barça o al Madrid? 9. ¿Qué vicepresidenta elige mejor sus cirujanos estéticos, Soraya o María Teresa? 10. ¿Cuándo se irá el anticiclón a hacer puñetas y lloverá de una puñetera vez?

Sócrates le aseguró que estaba en plan colaborador, pero todo lo que hizo fue encogerse de hombros ante cada dilema. En vista de lo cual, y dado que su heroína ni había asomado por el sueño, Homper decidió al despertar que lo mejor era volver al Corte Inglés, comprar un poco más de te, que despabila mucho, y preguntarle a Margarita si tenía libre el próximo sábado para invitarle a remar en las barcas del Retiro.

 

Gracias, luna

Es fantástico pensar que hay una luna panacea para cada uno de los que la miran embelesados...

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Hacía fresco, no exactamente frío. Y la luna iba a despuntar por el pequeño  monte que guardaba la casa por levante. Antes de iluminar del todo el amplio valle, la sierra que quedaba a espaldas de la casa y todos los escondrijos de la noche, debía desenmarañar una masa de rocas y robles, pues se trataba de un monte tupido y caprichoso, el monte donde si la muchacha fuera sólo una niña tendría su cabaña, su osito durmiendo el invierno en el tronco vacío del árbol más viejo, un sapo hibernando, tan bueno y simpático que luego despertaba y se convertía en príncipe, su bruja. Sus sueños.

Veinte minutos antes de asomar, la luna ya había fumigado el cielo con esos polvitos mágicos que usa Hollywood para pintar las noches de las películas de Tim Burton: un sutil velo de plata traslúcida, una  niebla delicada de misterio, una pátina  de poesía cósmica que anunciaba su definitiva salida.

-Yo no me muevo de aquí hasta que asome del todo –dijo la muchacha mientras se echaba encima su plumas- A ver si la luna lo cura todo.

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La muchacha estaba en esa edad curiosa en la que se pregunta casi todo, y vivía en una familia  que facilitaba los porqués.

-¿Por qué todo el mundo habla de eso que llaman crisis? ¿Por qué papá está tan angustiado y  se enfada con todos? ¿Por qué llora mamá cuando viene de la compra? ¿Por qué el tío Blas dice que está en el paro? ¿Por qué a la tía Petra le ha salido un cáncer? ¿Por qué internaron al primo Roberto en una clínica, si se ponía él solo las inyecciones? ¿Por qué dice la abuela que Dios le está fallando?…

Se arrebujaba en el calor mullido de su plumas mientras se lo preguntaba, cara a cara, a la luna, que ya lucía completa sobre el cielo estrellado. Primero había lanzado las preguntas más sombrías. Pero luego su corazón le planteó sus legítimas  demandas.

-¿Y por qué Jaime, que es el chico que me gusta, no me escribe, o por lo menos no me llama, y me invita a merendar tortitas con nata? ¿Por qué no puedo ser feliz, como en los cuentos?

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La muchacha había escuchado por la radio que la luna llena sería el broche del Día de la Mujer. Cuando su padre llegó a casa por la noche estaba descompuesto. Dijo que habían despedido a cuatro de su departamento, y que el próximo podría ser él. También protestó por la cena: qué miseria de cena. Y se lo decía a su madre como si su madre, que debería celebrar el dichoso Día de la Mujer con una sonrisa, fuera culpable de todo: de los despidos de la empresa, del recorte del sueldo de su padre, de los precios de la cesta de la compra, del cáncer de la tía Petra, del paro del tío Blas, de las sospechosas inyecciones del primo Roberto y hasta de la chochera de la pobre abuela, que estaba destrozando con su silla de ruedas todas las esquinas de la casa.

Fue entonces cuando su madre se encaró con su padre y le dijo.

-Lo siento, Pedro. Pero yo no puedo ser la panacea de todos los males.

La muchacha tuvo que esperar a que su madre sofocara el llanto para hacerle una última pregunta.

-Mamá, ¿qué es una panacea?

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Su madre se calmó, se secó las lágrimas, sacó el diccionario de la estantería del salón y se lo dejó abierto a la muchacha en la página donde venía panacea. Medicamento al que se atribuye eficacia para curar diversas enfermedades / Remedio o solución general para cualquier mal.

Y ahora, viendo la luna en su esplendor, lo entendía todo. La luna era solución mágica que todos estaban esperando. Por eso tenía forma de pastilla, y por eso era tan bonita y no había nadie que no la mirase con fascinación, porque hacía olvidar los males, iluminaba todos los sueños que quedaban por cumplir y alimentaba todas las esperanzas.

Y lo que más le gustaba a la muchacha era que este medicamento se suministraba sin recortes para nadie. Porque había más de siete mil millones de personas sobre la tierra. Pero,  a pesar de todos los infortunios, también había una luna panacea, una pastilla milagrosa para cada una de ellas.

 Así que, como además arreciaba el relente, la muchacha se despidió.

 -Gracias, luna- dijo lanzándole un beso.

 Y se fue a la cama a soñar feliz.    

 

Artistas callejeros y otros disparates

El artista callejero tiene mucho mérito, pero a veces seguro que preferiría un modesto puesto fijo como operador de TELEFÓNICA...

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Madrid era la corte de los milagros. En cierto modo lo sigue siendo.

Como cualquier jubilado, el Duende da con frecuencia largos paseos por sus calles. Y observa con curiosidad a los  múltiples artistas callejeros que tratan de ganarse la vida a su manera. En la Plaza de Oriente se encuentra  con un torero que hace la estatua, un tipo plegado como un acordeón que hace las veces de enanito y una siniestra cabeza plantada sobe una mesa. La mesa está cubierta por un tapete que llega hasta el suelo, para tapar al pobre artista arrodillado que sólo aspira a ser la cabeza del Bautista, con su sangre a medio cuajar y todo. El morbo atrae mucho.

Un poco más allá, se da de bruces  con el Hombre Invisible uniformado de marino, menos conseguido que el que componía Claude Rains en la película del mismo nombre. En la calle Arenal hay un par de cantantes de ópera que cantan arias famosas a capela. La muchedumbre no les hace demasiado caso, pero ellos, inasequibles al desaliento, actúan con la misma intensidad que si lo hicieran en el vecino Teatro Real. En la Plaza Mayor,  se exhiben una cabra vestida con tiras de papel de plata y un Gato con Botas  bastante aburrido. En la calle Postas, un cowboy pintado en oro, como la chica de Goldfinger, y un Charlot inmóvil y muy triste: es natural, es, o quiere serlo,  una escultura de presunta piedra, un homenaje al desasosiego.

En la Puerta del Sol se mezclan con el gentío Mickey y Minnie Mouse repartiendo globitos, y también pululan por ahí Hellow Kitty, un soldado de terracota y un mariachi mejicano. En la esquina del Banco de España monta su show una especie de hombre ingrávido, suspendido en el aire por un ingenioso soporte poco visible. En el Paseo del Prado se encuentra al más original: una mujer que friega de rodillas con una bayeta y que pretende ser un monumento a la mujer trabajadora. A su lado, un cartel reivindicando la igualdad de sexos en el trabajo.

Se supone que de vez en cuando los artistas tendrán que suspender su trabajo callejero para hacer pis. O para aliviar la gazuza con un bocata. Son pintorescos, qué duda cabe, aunque no deben de ser los trabajos más deseables ni más lucrativos. Como los payasos de los circos, y a pesar de que sin duda sueñan con provocar la sonrisa, acaban inspirando una cierta pena. Da igual, la crisis obliga.

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A veces el paseante aprovecha estos andares para hacer algunas llamadas. Hoy en particular llamó a su cuñada Belén para preguntar por su marido Gonzalo, que está seriamente enfermo. Como ella no pudo coger el teléfono saltó el contestador con ese nuevo truquito que se ha inventado Movistar para facilitarnos la vida (versión de la operadora) o para sacarnos más perras (versión del cliente): grabe su mensaje a partir de la señal y nosotros enviaremos su texto en un SMS.

No sería mal invento si funcionara. Pero o el robot del  contestador o es sordo y no entiende bien los mensajes grabados o es un guasón. Lo que grabó el Duende decía Llamaba para preguntar por Gonzalo. El que recibió Belén, transcrito por los sabios que atienden al contestador, decía: Llamaba para preguntar por saberlo. Preguntar por saberlo, qué majadería, pues claro, para qué si no se pregunta.  Gonzalo y saberlo tampoco suenan tan parecido, pero aún así la confusión es menos grotesca que la que le contó al Duende una compañera de su coro.

-Yo llamé mi marido y le dejé este mensaje: Llego tarde, dale la papilla a Cristina. Y un minuto después el nuevo servicio de Movistar me confirmaba que lo que había mandado era Llego tarde vale la capilla sixtina. Así, sin mayúsculas.

Deberían de tener la decencia de llamar a este nuevo invento el Servicio de Mensajería Surrealista o Así.

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Bajo los soportales de la Plaza Mayor, el soldado de falsa terracota despacha unas lentejas que le deben de haber suministrado en uno de los bares vecinos. Para tal menester el hombre se ha despintado las manos y el rostro, al menos lo bastante para poder observar en él la fatiga y el desaliento.

-¿Y esto es arte? -parece preguntarse- ¿Y esto es vida?

El Duende sabe que ya nadie ata los perros con longaniza. Pero se pregunta si algunos de estos artistas callejeros, que tanto sufren la fatiga, el hambre el frío y la indiferencia,  no vivirían un poco mejor y serían más útiles atendiendo la nueva mensajería para la que Movistar ha dispuesto voces artificiales y cerebros más virtuales todavía. A saber cómo se implementa –así lo dirán en la compañía, se supone- el servicio. Qué desperdicio. Qué desajuste de recursos.

Y, en los despachos de las grandes empresas, como en las calles, qué ridículo, cuánto disparate.

 

 

Cabecitas perdidas

Hasta el hombre más tranquilo y optimista se siente obligado a compartir el desasosiego de la crisis...

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El hombre inasequible a la depresión recibió una llamada de su amigo Celestino. No sabía de él desde hacía bastante tiempo. Y como es lógico le preguntó por su familia. La familia de Celestino estaba bien, a Dios gracias. Sus tres hijos conservaban sus puestos de trabajo, criaban unos nietos muy sanos, y Adela había superado sus neuralgias, por lo que tenía motivos de queja. Además, él había vendido su pequeña empresa de calderas de calefacción y podía afrontar tranquilamente una jubilación acomodada.

-Eso sí –precisó Celestino- ¿Te acuerdas del Opel Kapitán del año 59 en el que íbamos de excursión con las chicas que nos gustaban?…El otro día subiendo el Puerto de Navacerrada se le gripó el motor.

-Caramba –ironizó el hombre inasequible al desaliento- Eso sí que es grave.

-Claro, hombre….No vayas a creer que todo el monte es orégano… Pero a lo que iba, que es el motivo de mi llamada. ¿Sabes que se murió don Leoncio?

-No me digas…¿Don Leoncio Apolín, nuestro profesor de latín? Grave pérdida para la cultura.

A Celestino le molestó la coletilla.

-Chico, parece como si te tomaras a pitorreo las desgracias ajenas. Yo creía que conservabas tus sentimientos religiosos, y un buen cristiano…

-Hombre, lo del Opel lo comprendo –interrumpió el hombre de la conciencia tranquila- Pero lo de don Leoncio….¿Cuántos años tendría? ¿Noventa y nueve quizás?

-Ciento cuatro….Pero eso no quita. Me da la sensación de que no te tomas en serio las desgracias  ajenas. Cuando precisamente ahora que estamos en lo más profundo de la crisis, hay que ser solidarios y sentir todo dolor del mundo como si fuera propio. ¿O es que crees que está medio bien ser feliz a todas horas?

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El hombre inasequible al desaliento encajó mal el reproche y le colgó el teléfono a Celestino. Recibir lecciones morales a su edad, hasta ahí podíamos aguantar. Luego, más sereno, hizo examen de conciencia y pensó que tal vez su antiguo amigo tenía razón, que en los momentos actuales era claramente insolidario no sentir un gusano interior que le reconcomiera a uno la conciencia. Amar al prójimo –pensó- era también sufrir por sus vacas flacas.

Fue entonces cuando cruzó las piernas y al posar la derecha por encima de la rodilla izquierda sintió como una piedrecilla alojada en la vuelta del pantalón. Introdujo los dedos pulgar e índice de su mano derecha para extraer el chinarro, lo sacó y cuando lo pudo ver de cerca  se llevó una sorpresa mayúscula.

-¡Santo cielo! –y nunca mejor dicho- ¿Qué hace esto aquí?

Su memoria de ex niño cristiano no le podía fallar. No era un chinarro, ni una lenteja, ni una cuenta de collar, pequeñas cosas todas que no resultarían chocantes encontradas en la vuelta de una pernera de pantalón. El extraño corpúsculo era la cabecita de un Niño Jesús de diminuto tamaño.

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Y el hombre con la conciencia tranquila  recordó que la última Navidad, mientras montaba el nacimiento, su nieta María, que le ayudaba,  se empeñó en ser ella misma la que colocara al Niño Jesús en el pesebre. Lamentablemente la figurita se le escurrió de entre los dedos, y el divino Niño fue a estrellarse contra el suelo, rompiéndose en pedazos. Entre estos, oh misterio, nunca fue encontrada la cabeza. Nadie advirtió entonces que había ido a parar a la vuelta de la pernera derecha del un pantalón que llevaba aquel día, y que se había vuelto a poner dos meses después.

Desde entonces, el hombre despreocupado no ha tenido valor de desprenderse de la cabeza de marras. Todas las noches la deja sobre la repisa de su galán de noche con la seguridad de que al día siguiente será capaz de tirarla en cualquier papelera o contenedor de basura. Pero llegado el momento de la verdad le pueden los restos de su fe. No es ningún meapilas, pero en parte por sus creencias y en parte por superstición, piensa que, si hay Dios, no le perdonaría semejante falta de respeto con la imagen de su Hijo.

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La realidad es que actualmente  esta menudencia se ha convertido para él en una obsesión. Todos los días tiene que salir a la calle con ella  en alguno de sus bolsillos, y está convencido de que si alguna vez la olvida en casa se le desprenderá una cornisa encima o morirá atropellado por un autobús de la EMT  No sabe cuál será el destino final de la reliquia, pero ya no se le podrá llamar más el hombre tranquilo, sino el hombre torturado por su sensibilidad. Lo cual, aunque no le garantiza la salvación eterna, al menos le da argumentos para cuando Celestino le vuelva a reprochar su desprecio por las desgracias ajenas.

-¿Qué no es capaz uno de  sufrir como los demás? –se pregunta el hombre responsable-….Que me diga si conoce a alguien con este sinvivir.

Y es verdad. Ni de la Merkel, ni de Rajoy, ni de Rubalcaba, ni de lo sindicatos, ni de la CEOE, ni de los de la ceja, ni de los poderes mediáticos, ni de la opinión pública ni del mismo cardenal Rouco, que tanto pían, se ha conocido nunca la menor preocupación por esas divinas cabecitas rotas que seguramente se pierden a diario en cualquier rincón del mundo.

La honradez de la mirada

Tímida y asustadiza, la flor del almendro no podía imaginarse que, si no llueve pronto, la primavera también entrará en crisis...

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Cuando uno se siente romo de ingenio y no tiene nada importante que decir, abre el cajón de las frases célebres que han ido pespunteando miles de columnas o artículos y juega con ellas. Si uno quiere abundar ante lo confuso de la postración nacional puede tirar de Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible (atribuída al torero El Guerra).  Qué país, Miquelarena (Pedro Mourlane).  Joder, qué tropa (Romanones, a propósito de los académicos que, habiéndole prometido su voto para la RAE, le dejaron con al trasero al aire). No es esto, no es esto (Unamuno, ante los excesos a los que se entregó la República en manos del Frente Popular). El nacionalismo se cura viajando (Baroja). O a los consabidos avisos en verso de Antonio Machado: Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.

Si pica más alto y quiere elevar la categoría de sus dudas, hay otro repertorio: Sólo se que nada se (Sócrates, al que este bloguero complementa diciendo Lo único que tengo claro es que no tengo nada claro). Pienso, luego existo (Descartes). El corazón tiene razones que la razón desconoce (Pascal). Yo soy yo y mi circunstancia (Ortega). Y otras más que no por venir de gente presuntamente divertida dejan de serde lo más serio que jamás se ha dicho: Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro (Groucho Marx) o Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa (Woody Allen).

No dejan de ser sólo frases.

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El dibujo es la honradez de la pintura. Un no es tan erudito como para presumir de haber hallado esta frase leyendo a Eugenio D´Ors. Leía a Umbral y en uno de sus numerosos libros entreverados de memorias o ensayos éste  citaba al que fue llamado Xenius, hoy perfectamente olvidado. Sin embargo, caramba, qué frase tan sutil, tan expresiva. Mire usted, soy lo que soy, no pierda el tiempo en interpretarme -parece decir el dibujo en la desnudez de su trazo-yo  no pretendo engañar al que me mira con artificio alguno.

Le vino a la mente esta frase al bloguero porque se escapó de la ciudad y se vino al campo. Donde uno cree que está más cerca de lo que en realidad es la vida, y a donde cree que hay asomarse de vez en cuando para poner en su sitio a ese entramado de cemento, de pompas y vanidades, de ambiciones y frustraciones que habitan en la ciudad. Y así, en plan filósofo tipo Xenius, le dio por parafrasear.

-El campo es la honradez de la mirada.

Explicaciones: se contempla y, para empezar, distingues el cielo de la tierra, las caras de las distintas estaciones, la llanura de la montaña, el bosque del prado, el regadío del secano, el mar dorado de los trigales de la mar  salada y azul, toujour recommencé, que cantaba Valery (no se asusten, Le cimetier marin es el único poema suyo que recuerda el Duende, y se lo aprendió en sexto de bachillerato). Distingues las aves que vuelan del ganado que motea el paisaje. Y si te miras hacia dentro diferencias también en el alma las churras de las merinas. Qué buenos son los horizontes abiertos para meditar sobre qué eres, a quién de verdad quieres, qué es lo bello y lo feo, cómo la hermosura se pasea a nuestro lado y tantas veces pasa inadvertida, cuáles son los problemas reales de la vida, qué pintamos aquí, qué pensará Dios en este momento,  cuántas cosas superfluas sobrevaloramos, cómo nos olvidamos de otros detalles realmente importantes. Qué  relativo es todo. Y cuánto misterio. Y todo  se intuye  en el campo, donde el alma  toma distancias, suelta amarras y entre la quietud y el silencio derrama la honradez de su mirada.

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La honradez obligaba hoy a al campo a ser solidario con el estado de postración nacional. Se lo contó un pajarito a este duende.

-Han brotado las flores del almendo y se se han asustado..¿Pero qué país es este?, dijeron.

Y así están los emisarios de la primavera. Así pintan las flores del almendro y los botones amarillos de la mimosa, tímidos y asustadizos. Natural. Tanta crisis, tanta miseria, tanto abatimiento se respira en el ambiente, que hasta la naturaleza se ha contagiado y nos ha traído el invierno más extremo y seco que se recuerda en medio siglo. Otros años por estas fechas al menos al menos el pasto permanecía húmedo, y algo de verde alfombraba el suelo. Ahora lo que no está helado está frito por la sequía.

-Me llegaron a decir las flores –continuó el pajarito- que si lo llegan a saber, no nacen.

Lo cual que al Duende se le ocurrió que a lo mejor habría que decorar el escenario, y, para alegrar el ambiente, traerse esas Meninas corpóreas diseñadas por Manolo Valdés que se ven en algunas tiendas muy finas de decoración. Qué majas esas meninas, tan atentas y delicadas en su actitud, como cuidando con atención al personaje que tenían al lado en el cuadro y que ahora les falta. Habría que traerlas e instalarlas junto al almendro acojonado.

-No se asuste, por favor –le dirían – aguante usted con sus flores. Vamos a hacer todo lo posible por traer una primavera algo más decente que la que impone la crisis.

El campo, eternamente sacrificado, la honradez de su mirada. Menos mal que al final siempre acaba lloviendo.

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La política no tiene alma

A los ciudadanos nos cuesta admitir algo que Homper tiene claro, y es que la política no puede andarse con remilgos de conciencia...

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-Qué escándalo –dice la tía Clota sin ocultar que sus muchos años no le han matado la ironía- Yo creía que esas cosas no pasaban en España

-¿A qué te refieres, tía? –pregunta su sobrino Homper.

-Dos políticos que se han atrevido a criticar a su partido…¿Pero cuando se había visto semejante cosa?

Desde su casita en Vermont la ancianísima profesora jubilada sigue escuchando la radio española por Internet. Y luego comenta las noticias con su sobrino. Homper no tiene particular añoranza de España. La vive, la soporta, la disfruta. No siente por tanto nada que añorar. Pero desde que la realidad se ha tornado tan áspera lee menos periódicos y escucha menos informativos que nunca. Se ha convencido ya de que hay otras alternativas para alimentar el espíritu. Como tantas otras cosas, la noticia de tía Clota le ha hecho caer del guindo, y entrar una vez más en ese estado de perplejidad permanente que da lugar a su nombre.

-Nunca, tía. Decían que el que se movía no salía en la foto. Pero los partidos tampoco son lo que eran.

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Resulta que a Josep Borrell, ex ministro y ex candidato del PSOE se le ocurrió declarar en público que algunas medidas que ha tomado el gobierno del PP las tenía que haber tomado antes su partido. Por ejemplo,  poner cortapisas a los sueldazos de aquellos banqueros cuyos desafueros pagamos todos o facilitar la dación en pago para que los hipotecados insolventes se libren así de la insaciable sanguijuela de la sacrosanta banca. Resulta que casi el mismo día Esperanza Aguirre, que no se caracteriza precisamente por su templanza verbal, ha criticado al gobierno de su partido por las maneras un tanto abruptas con las que las autoridades pretendieron ejecutar un deahucio. Como si los gobiernos del PP, por muy legales que sean, no puedan tener eso que la gente llama consideración.

-Tenga usted consideración, agente. Déjeme que vista al niño y no nos desahucie en pijama, que está la mañana fría.

No fueron tan comprensivos los agentes y la presidenta del PP madrileño tuvo el atrevimiento de criticar a Interior.

-Qué escándalo, tía. Tienes razón. ¿Cuándo se dará cuenta el personal de que la política no puede tener alma?

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Mayorías. Estrategias. La imagen: unidad de doctrina, prietas las filas en torno al líder.Y pavor al qué dirán, aunque se supone que los electores, cuando votan, ya son lo bastante mayorcitos como para saber que donde los suyos dicen digo luego dirán Diego y se quedarán tan frescos. Tanto la tía Clota como su sobrino el Hombre Perplejo saben que el gobierno del PSOE debería de haber tomado muchas de las medidas que ahora está tomando el del PP. Como están de acuerdo en que este metió la gamba, por exceso de rigor en el asunto que provocó la ira de la señora Aguirre. Pero la política es la política, y los partidos son los partidos.

-Debe de ser así de simple, tía –concluye Homper- O somos, o no somos. ¿Qué pintamos los que tenemos dudas y comprendemos las medias tintas?

El hermano cerdo y otras animaladas

No renunciará el Duende al chorizo, pero cree que se está haciendo objetor de conciencia de cochinillos asados...

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Incluso en las mañanas de invierno se escuchan los trinos de los mirlos o de los rabilargos. Es uno de los premios del campo. Estos pájaros que tocan a maitines cuando el Duende despierta allí muestran ser los más despabilados: desayunan con aceitunas, cerezas o higos, según la época, y de paso rapiñan los granos del pienso que la perra, aburrida de su dieta, deja en su plato.

Pero aquel fue un despertar mucho más dramático. En la finca vecina había matanza, y lo que cortaba el aire gélido como si fuera una motosierra demenciada era el berrido que emite el cerdo cuando le hunden el cuchillo en el cuello y se rebela contra la cruel agonía. No vale con despacharle de un tiro, o de un certero mazazo en el cráneo. La tradición dice que ha de desangrarse lentamente. A los españoles nos gusta legitimar la crueldad con los animales aprovechando cualquier pretexto, ya sea arte, costumbre, necesidad o puro afán de marcar superioridad. Mientras el cerdo ajusticiado aún se mueve, su sangre cae a chorros en un barreño, y una matancera la mueve con la mano para que no cuaje.  Nunca se acuerda el Duende de este drama cuando luego come la deliciosa morcilla. Pero ahora que se critica a las damas que lucen abrigo de pieles y se proscriben las corridas de toros, llama la atención que nadie levante una voz para ahorrarle sufrimientos al hermano puerco. ¿Está probado que sus productos resulten menos exquisitos si su muerte es tan cruel?

En otra matanza este menda recuerda haber visto algo aún más salvaje. El reo era un verraco como un tranvía, un macho de respeto. Un forzudo le clavó un gancho por debajo de lo que sería nuestra barbilla y, sujetas sus orejas y rabo por tres fornidos mozos, fue arrastrado a la mesa de ejecución. En el tránsito, un cuarto elemento, fino estilista, sacó una navaja cabritera y de un certero corte le afeitó los testículos al pobre cerdo. Peor final  aún que el del cuento del Decamerón. El animal acabó cornudo y apaleado, sino eunuco y ejecutado.

-Es que si no,  la carne puede saber a semen –le explicaron  al atónito Duende.

Con la de sacrificados que exige la crisis y ahora  se le ocurre al bloguero apiadarse de los pobres animales. Da igual que vivamos tiempos de vacas flacas o de vacas gordas, porque siguen inmolando su vida por todos nosotros. Señor, cuánto sufrimiento siempre en beneficio de otros.

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A menudo busca el Duende sus minutos de siesta viendo los documentales sobre la naturaleza que emite a esas horas la 2 de Televisión Española. Ninguna aventura del reino animal es capaz de quitarle al menos unos minutos de sueño, pero, cuando despierta, a veces se queda horrorizado viendo la muerte de un knut engullido por un cocodrilo, el trágico final  de una cebra despedazada por hienas o el siniestro banquete del búho. Esta era un ave que le caía bien, quizás por el aspecto bonachón que le dan los dibujos animados y por ser el símbolo de la inteligencia. Pero desde que le vio cómo mataba a un conejo picotazo a picotazo, al ritmo que solicitaban los polluelos  que tenía que alimentar, le ha tomado mucho respeto. Se empiezan a ver esos documentales por amor a los animales y por ese mismo cariño se acaba siendo más indulgente con los cazadores. El Duende fue siempre más bien crítico con la caza, y sobre todo con algunos cazadores fatuos y ventajistas. Pero a la vista de lo cruel que acaban siendo las leyes de la naturaleza, cree que si perteneciera al reino animal casi consideraría una bendición morir de un tiro.

Al día siguiente del dramático lamento del cochino ejecutado las nietas del Duende fueron a coger los huevos de las gallinas, momento emocionante para cualquier criatura. Y se encontraron con otra muestra de la cruda realidad. La gineta se había colado en el corral y había decapitado a dos gallinas más. Las pobres gallinas, tan poco protegidas por el gobierno y los sindicatos: a ver cómo le explicaba el abuelo a sus queridísimas niñas que no fue Walt Disney el que diseñó a los animales, y que la vida pide a diario millones de muertes de todas las especies. ¿Cómo se le razona a un párvulo la conversión del corderito que ven en el monte en un exquisito asado? ¿Quién es capaz de recordarle que las vaquitas mueren niñas para poder llamarse en el plato ternera, y que los afamados cochinillos de Cándido o de Duque son bebés de cerdo? No es una reserva puramente moral, porque tampoco fue nunca uno de sus platos preferidos, pero el Duende empezó a hacerse objetor de cochinillos asados el día que el maestro asador José María  le contó a a él y a sus compañeros de RNE que los pobre cerditos deben de ser sacrificados a la semana de vida para ser el bocado perfecto. Desde entonces siempre desea que todos esquiven su destino y emulen a Babe, el cerdito valiente.

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El Cuento de Pedro Juan

Cuestión difícil, contar a los niños que los animalitos que tanto aman son parte de su y de nuestra dieta. Y quizás quiso poner un paño caliente, pero algo explicó a las nietas del Duende un cuento muy especial, un cuento a la medida, que les trajeron los Reyes Magos. Pues siendo que, según su abuela, lo que más las entretiene es que ella les cuente no la historia de Caperucita o de Blancanieves, sino la del pequeño trozo de campo donde van despertando a la naturaleza, la abuela pidió a sus Majestades de Oriente la historia de  aquel campo en el que las niñas son las protagonistas. Y el cuento que trajeron los magos el 6 de enero narra en sencillos cuartetos  la historia del encuentro familiar con ese lugar, y algunas de las que el admirado poeta Muñoz Rojas llamaba Las cosas del campo</ Entre ellas los árboles que allí crecen, y el agua que corre por el arroyo, y el ruido de la fuente, y los cielos estrellados, y las flores, y los frutos, y los animalitos que allí conviven, y el juego de las niñas con ellos. Así que después de hablar de la burra y las cabras de Pin, que es uno de les vecinos, repasan la letanía animal con estos versos:

En Pedrojuan también viven/ muchos otros animales/ Reptiles, ranas, lagartos,/en el cielo muchas aves,/   Ratones que entran en casa,/ a veces, hasta alacranes,/ patitos en el pantano/ y ardillas de tarde en tarde/  También se crían gallinas/que van poniendo sus huevos, /y algún zorro peligroso! que se come sus polluelo/ Mala suerte, pobrecitos,/  lo mismo que Kokorós, /aquel gallo de Marina /que un día desapareció.

Fue la consternación de la familia. Llegó a manos de la niña  cuando era pollito y  en cuanto se hizo grande y le salió la cresta se lo afanó la zorra. Menos mal que los Reyes Magos, que son sabios, le quitaron importancia, y con una simpleza  sorprendente dijeron lo que el torturado educador no se atrevía a decir: Pero son cosas del campo,/ reglas del reino  animal:/ unos bichos son felices/ y otros lo pasan fatal.

Se puede ser mejor poeta, pero quizás no mucho mejor moralista.

La vida es llama

1
En medio de la confusión de ideas propia de estos tiempos, más en aún en una mujer de carácter tímido y apocado como ella, Silvia tenía claras al menos tres cosas. La primera es que no es fácil coser una relación de amistad o de amor cuando él vive en una ciudad y ella en otra. La segunda es que había dejado escapar muchos trenes en la vida, y no había sido capaz de dar los pasos firmes de su antigua amiga Irene. Y la tercera es que, precisamente por eso, no iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que Claudio se plantara en Santander para pedirle que compartiera su vida con él.

-Ya no somos jovencitos –pensó- Jovencitos o jovencitas tontos y tontas, ñoños o ñoñas, como nos educaron ¿A quién le va a importar que sea yo la que tome la iniciativa?

A diferencia de Silvia, Irene se puso el mundo por montera bien pronto, e hizo de su vida una apasionante novela de pasión y aventuras. A los dieciocho años, y pese a la oposición de sus padres, aprovechó su magnífica figura para ganar un buen dinero como modelo de lencería fina. Luego se enamoró de un italiano llamado Aldo y se fue a vivir con él a la isla de Elba durante un par de años. Allí conoció a un holandés que le ofreció otro amor distinto, y durante los años siguientes vivió en Ámsterdam, tuvo un hijo y puso un negocio de sofisticadas antigüedades. Ganó después bastante dinero vendiendo propiedades inmobiliarias en Mallorca. Y mientras tanto, con representaciones de firmas de moda y unas franquicias, forjó un pequeño imperio de negocios que le daban aún más aplomo y seguridad. Los dos hijos siguientes, claro, no fueron del mismo padre, sino de un aguerrido piloto, lejanamente parecido al Robert Redford previo a los desmanes del bisturí, que hacía servicios de urgencias transportando órganos para trasplantes.

2
-Ha sido maravilloso ser tan lanzada –le dijo Irene cuando se encontraron en Madrid treinta años después y tomaron un café juntas- Ahora, después de mi estancia en la India, me he abierto mucho a la vida espiritual, ¿sabes?…Así que he mandado a los hombres a la mierda y he puesto una tienda de velas maravillosas en el Barrio de las Letras

La vida parecía haber sido para Irene coser y cantar. Y Silvia no podía dejar de mirarla fascinada, como si su valiente amiga fuera una aparición.

-Ya sabes –decía Irene- todo cambia, y ahora estoy eso, en lo esotérico, lo espiritual, lo que sube, lo que emborracha los sentidos…Lo aprendí en la India, porque me lo explicó un gurú. Me dijo que toda nuestra existencia está en una vela aromática, ¿no te parece genial?… La vida es llama, la vida es aroma, la vida es humo, Silvia, yo lo tengo clarísimo, ¿no?

Y ella tan trabajadora y tan competente, con un cierto complejo de provinciana, funcionaria desde los veintitrés años y con nivel 27, romántica y soñadora, pero siempre demasiado discreta. Así era Silvia Díaz Troncoso, al borde de cumplir el medio siglo y sin un michelín del que avergonzarse. Francamente atractiva a los ojos de su estanquero de Santander, tan diferente en todo de Irene. Con dos amores fracasados, que clavó en la caja del recuerdo como si fueran mariposas disecadas. Pero con las puertas del corazón aún entreabiertas a una esperanza que nunca acababa de llegar.

3
Silvia sin embargo se dio cuenta de que la vida se escapa por un signo aparentemente anecdótico. Las tiendas de su barrio o habían desaparecido o se habían transformado. De niña, creía que la cara de una calle jamás mutaba, y que la confitería Mariví o aquella tienda de moda llamada París, debajo de cuyo rótulo se leía en letra inglesa modelada en latón la palabra Novedades, serían eternas. Pero ya en la década de los sesenta desapareció la carbonería, y poco después aquél Avícola Nogales que mostraba a un ejército de pollitos bajo una lámpara de calor fue sustituido por una cafetería. Qué lástima. Aquel de los pollitos era el escaparate que más le gustaba. Aplastaba contra él su naricilla infantil y los rizos dorados de su frente, y allí pasaba las horas muertas.

Lamentablemente los pollitos también acabaron volando. La palabra novedades se borró de los rótulos de las tiendas de moda, como la de ultramarinos y coloniales de las de alimentación, porque no había nada menos nuevo que eso, una palabra decimonónica en letra inglesa. Ni nada más contradictorio que una gran faja de color café con leche o un jamón de Montánchez presentados como novedades o ultramarinos y coloniales, cuando todo el mundo sabía que la faja era una antigualla, y que Extremadura no estaba al otro lado del mar.

Pero la vida pasaba sus páginas inexorablemente, y ya casi nada era lo mismo.

4
Para Claudio en cambio, el tiempo tenía otro valor. Desde que Loli le dejó solo tan prematuramente y aquella caída absurda en una escalerilla de la fragata le dañó una vértebra y acabó retirándolo del servicio activo, se había encerrado en sí mismo, y apenas veía a nadie. Le hubiera gustado dedicarse a su hija y a su nieto, pero Cristina tuvo la mala idea de casarse con un suizo, vivir en Zurich y fiar demasiado la educación del niño a un muy particular sentido de la pedagogía. Algún psicólogo le había metido enla cabeza que a su hijo, muy dotado para la música y para las ciencias, no había que distraerle demasiado. Y Claudio, que hubiera invertido la mitad de su retiro por ver crecer a su nieto, se encontró que cuando no era el fas del violonchelo era el nefas de los estudios lo que le alejaba de él.

-No vengas ahora, papá- le decía Cristina casi siempre que el hombre planeaba su viaje a Zurich- Claude está preparando una sonata de Telemann, y tiene un examen de física este mes. Déjalo para más adelante, ¿ok?

A Claudio no le consolaba nada que su nieto llevara su propio nombre. En francés, eso sí, porque no era Claudio, como él, sino Claude. Y mucho menos que su hija edulcorase todas sus negativas con ese estúpido ¿ok? de viejo telefilme norteamericano. Pero comprendió que debía construir su nueva vida sobre otros pilares si no quería caer en la melancolía y, peor aún, en la pereza de vivir. Se apuntó a una ONG, donde colaboraba en labores de administración, fue arrastrado por uno de sus compañeros a un club de viajes culturales baratitos que le paseaba por ahí tres veces al año. En uno de ellos, por cierto, fue donde conoció a Silvia. También leía mucha historia y algo de poesía, y acababa llenando sus largos días de marino varado construyendo pacientemente maquetas de barcos mientras por Radio Clásica escuchaba música como la que algún día interpretaría su nietecillo.

5
Silvia y Claudio empezaron a sentirse atraídos paseando por Mahón. Allí Silvia, que había viajado a su lado en el autobús, reparó en que aquel hombre alto, enjuto y de pelo blanco que renqueaba al andar le miraba por el rabillo del ojo mientras hablaba -poco- con nostagia de sus años de marino y despiezaba mentalmente algunos de los barcos atracados en el puerto.

-Ese yate en maqueta tiene novecientas piezas. Ese clipper unas dos mil. –le decía- Sería capaz de hacerlos. Pero todavía no me atrevo a meterme con el Juan Sebastián Elcano…Fue mi barco, ¿sabes?-apuntó con añoranza.

Como tantos hombres, no era muy partidario Claudio de aventar sus sentimientos. Creía que el amor era una cosa de la juventud, y que sus rescoldos se apagaron cuando el cáncer arrebató a su adorada Loli. Sin embargo, aún sin llegar a arrepentirse de su soledad, lo cierto es que Silvia le ganaba sutilmente. Aquella compañera de viajes no era de una belleza deslumbrante, pero le atraía. Le escuchaba, se acomodaba a su paso lento como si fuera su andar natural, le seguía en sus aficiones, aguantaba sus lecturas de poesía en voz alta, que escuchaba con devoción aunque no le interesara nada, y compartía con él como si fuera ambrosía la ensalada de patatas con melva, que era su aperitivo favorito. La realidad es que le hacía la vida más grata. Su problema es que cerraba a cal y canto su corazón cuando volvía a Madrid. Entonces él se replegaba en su mundo, en sus maquetas y en sus libros, y se olvidaba de todo. Al regreso del viaje `por Menorca se encontró además con un largo correo de su hija Cristina. Le decía que en el mes de mayo Claude iba a tocar la sonata de Telemann en un concierto escolar que se iba a celebrar en el Rathaus de Zurich. Con tal motivo le invitaban a pasar una semana con ellos. Podría ver en directo los progresos de su nieto y luego, para culminar el festejo, tomarían un vapor que les llevaría a cenar a un restaurante al otro lado del lago… Tiene gracia-pensó el viejo marino- premiarme ahora con una singladura en barco para turistas por un estanquito suizo.

-Esto de los viajes le ablanda a uno-dejó caer en una ocasión a su fiel Silvia mientras paseaban por el Peine del Viento de San Sebastián- ¿Sabes?…Luego, en casa, las ilusiones se amansan. Y uno se empereza, y acaba olvidándose de ellas. Ya es demasiado tarde para…Bueno, Muy facilito me lo tendrían que poner, sí…

Ese Claudio dubitativo, parsimonioso, pasota y egoísta hacía que a Silvia se la llevaran los demonios.

6

Su amiga Irene no se anduvo con rodeos

-Déjate de historias –le reprochó- Mira, nos vemos poco, pero yo se mucho de hombres, y te lo tengo que decir. Tu Claudio será un encanto y estará cojito, vale. Pero por muy especial que te parezca y mucho respeto que le tengas, o es el clásico pichafría o es un cojonazos. Así que pónselo fácil: vente a Madrid unos días, vente a casa. Y llámale, le pones las pilas y le propones un plan clarito, clarito. Que no tenga pretexto para decir que no, ¿comprendes?. Y aprovecha, que ya nos quedan pocas alegrías y con esta crisis dentro de poco no salimos ni a por aceite para el candil. ¿Estamos, cariño?

A Irene se le notaba que era una mujer segura de sí mismo porque soltaba palabrotas y la palabra cariño sin ningún rubor, y eso marca. Silvia la miraba estupefacta.

-¡Si ya lo dice el rótulo de mi tienda! -remachó Irene marcando lentamente cada sílaba- La-vi-da-es-lla-ma. La vida se consume, la vida es la pasión ardiente, la vida se esfuma como el humo…¿No comprendes Silvia? Tienes que tomar la iniciativa.

7
Silvia tardó dos meses más en comprender y a atreverse a quedar con Claudio en Madrid. Tenía que acudir a la boda de un sobrino y no era cosa de desperdiciar la ocasión. Pensó que el pretexto para sacarlo de su refugio podría ser que en el restaurante de unos amigos suyos se celebraba una semana de la cocina gaditana, y que Trini la cocinera hacía las papas con melva como nadie. Eso, las papas con melva. Aunque el plan le pareciera una puñalada de pícaro no podría negarse.

-Anda, Claudio. Anímate –insistió- Te va a gustar…

Por el largo silencio que siguió a su propuesta notó que a Claudio le había pillado de sorpresa, y que dudaba.

-Estaba rematando el castillo de proa del Soleil Royal, el buque insignia de Luis XIV-titubeó- Y no me gustaría…

-Bobadas –interrumpió Silvia con una audacia de la que inmediatamente se arrepintió- Oh, perdona, no quería…Pero…¿qué le puede importar a Luis XIV que remates su barco hoy o mañana?

A Claudio le debió de hacer gracia la salida de Silvia, porque esta escuchó perfectamente su carcajada.

-Bueno, pónmelo fácil –dijo el hombre después de muchas vacilaciones – Dime dónde nos citamos. Un sitio reconocible, que me quede cerca y que no me equivoque. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me portaré como un hombre-ironizó.

Podía haber dicho en la puerta del Museo del Prado, o en la de los leones del Congreso, o bajo el reloj de autómatas frente al chaflán del Palace, que todo el mundo conoce. Pero, tonta de ella, Silvia se empeñó en añadir un pellizco de poesía a la cita, un segundo sentido a la propuesta. Y recordando el mensaje de Irene y que, además, su tienda le quedaba más cerca a Claudio, le citó a las ocho y media allí, en la vecina calle Lope de Vega, 26, en el Barrio de las Letras.

-Es la tienda de una amiga mía, ¿sabes?…Se llama La vida-da-es llama –remachó lentamente- Y está a dos pasos del restaurante.

-¿La vida es llama?….¿Eso es una tienda?

-Si,ya sabes cómo son los nombres de las tiendas modernas… Es una tienda de velas aromáticas muy original. No sabes cómo es mi amiga Irene de imaginativa y de apasionada. Por eso se llama así. Así, recuerda: La vida es llama a las ocho y media.

-Bueno –dijo Claudio con un laconismo que afectaba alguna desconfianza- La vida es llama, Lope de Vega 26. Allí estaré… Con puntualidad, ya sabes…Yo soy marino, un militar…

8
Mientras Silvia se dirigía en metro hacia Antón Martín y callejeaba después rumbo a la cita largamente esperada se felicitaba a sí misma por lo bien que había hecho las cosas. Esta vez Claudio no le podría fallar. No tendría el menor problema para encontrarse con ella, irían andando después, despacito, al restaurante de Trini, tomarían unas copitas de manzanilla y una ensalada de patatitas con melva. Luego cenarían, saludarían a algunos amigos, beberían más vino, se pondrían contentos, le acompañaría después, sin prisas, al puerto de amparo donde el marino construía sus barquitos y a saber si aquello, como en Casablanca, se convertiría en el principio de algo más que una amistad. El tiempo huye –pensó- el tiempo pasa, pero los sentimientos de verdad no se desvanecen como nubes pasajeras.

Qué lástima que las obras en un colector que afectaba a su línea retrasaran el servicio de trenes quince minutos, y que Silvia llegara a Antón Martín casi sin aliento y a las nueve menos diez de la noche. Qué mala suerte que nadie le esperase delante del número 26 de la calle Lope de Vega, seguramente porque ni la cojera de Claudio ni su propósito de la enmienda podían estirarse mucho más. Y qué gran verdad lo que le dijo su amiga: la vida pasa, la vida se consume, la vida es llama. Así debía rezar el rótulo de aquel prodigio de buen gusto, de espiritualidad, de meditación y de refinamiento que según Irene era su tienda de velas aromáticas importadas de la India. Pero claro, aunque tempus fugit la crisis no, la crisis seguía devorándolo todo. Incluso esos comercios que de niña creía Silvia que iban a estar ahí para siempre.

Este de las velas ya no estaba, no. Y su amiga ni siquiera había tenido el detalle de advertírselo. En el escaparate donde hasta hacía nada se podía leer La vida es llama ni se veía luz alguna ni esperaba ningún amor otoñal apoyado en su bastón. Sólo un gran cartel adhesivo que sellaba la puerta anunciaba Local en Alquiler y daba el número de teléfono de Exclusivas Ganímedes. Silvia comprendió entonces que la llama ardiente de la vida había quemado también su último delirio.

Un SMS comprometido

A veces hay SMS que despisten un poco...

1
No acaba de hacerse el Duende con un nuevo teléfono móvil Galaxy nosequé. de esos que utilizan un sistema táctil. El terminal se ilumina o se apaga cuando le parece, y le deja cuando no lo espera la pantalla a oscuras. Gran faena cuando uno necesita llamar de urgencia. Se le resbalan las aplicaciones. Le marca espontáneamente a quien no pensaba llamar. Le muda el sistema  de escribir SMS sin saber por qué. O por los mismos movimientos inadvertidos le presenta de repente un plano de donde está cuando en realidad lo que necesita es llamar al dentista.

Cosas de la las nuevas tecnologías. O de la edad, según se mire. Los jóvenes se ríen de estas peripecias. Así que el bloguero aprovecha los contados encuentros con sus ocupadísimos hijos para solicitar lecciones de supervivencia.

-Por ejemplo…¿cómo carajo se borran los mensajes?

2
Y el primero que pasó revista era uno enviado por María Luisa que decía  literalmente así.

Ya sabes que de vez en cuando tenemos que hacer alguna cochinada…Y llámame sieeempre. Un beso!

Los jóvenes de ahora no se extrañan por nada. Pero el Duende no sabía qué cara poner. Estuvo a punto de seguir el ritual tradicional en las escenas comprometidas de las comedias de enredo.

- Ojo. No es lo que parece.

Pero comprendía que la cosa no colaría fácilmente.

3
Así es si así os parece, escribió Pirandello. Hay cochinadas de muchas clases, pero estas no tenían nada que ver con lo que sugería el mensaje de María Luisa. María Luisa Nuñez, aparte de una mujer encantadora y una excelente amiga, es una periodista que fue durante años la jefa de producción de los programas de RNE en los que revoloteaba este duende. Una buena jefa de producción es una profesional  capaz de remover cielo y tierra hasta localizar, por ejemplo, al capitán del Costa Concordia para una entrevista mañanera. Ahora María Luisa está en el equipo de Herrera en la Onda, y es una de esas `piezas esenciales para al buen funcionamiento del  programa.

-Localízame a la Merkel para una entrevista a las nueve –dice Herrera- Y al ama de cría de Urdangarín para mañana.

Va María Luisa infatigable y acaba ajustando entrevistas hasta con el lucero del alba. Carlos Herrera parece un apóstol del Greco cuando entrevista a  monseñor Rouco, y con la misma sublime sensibilidad puede emular a continuación un policía grasiento y casposo para vacilar con Torrente. El fino camaleón de las ondas va del cielo a las alcantarillas de la radio sin perder un ápice de su flema y de su compostura. Le sobra labia, retranca e ironía, y siempre parece contar con los datos suficientes para abordar los temas más sublimes, delicados o escabrosos sin que le tiemble la voz. Hasta las diez de la mañana de su programa es un periodista solvente. Después de esa hora a menudo libera el Jaimito que lleva dentro, eructa con toda corrección un culo, teta, caca, `pis, e invita a los oyentes a que, so pretexto de una investigación de alto interés social –periodismo valiente, decía el otro día disimulando su risita-se desinhiban contando las marranadas más asombrosas que uno ha escuchado jamás por las ondas.

El pueblo siempre es respetable. Pero cuando se lanza…

4
El 15 de enero de 2012  Herrera en la onda dedicó una histórica hora de radio a recabar las opiniones y anécdotas de los oyentes sobre algo tan singular como los tampones higiénicos para la mujer. Cosas escucharedes, Sancho. Sabedor de que al pueblo se le da la mano y se toma hasta mucho más allá del codo, y de que la desinhibición se ha convertido de la noche a la a la mañana en poco menos que en virtud social, el repertorio de confidencias que empezaron a escucharse al respecto confirma que el pueblo será respetable, pero su mal gusto es a veces más que detestable. Fue entonces cuando este  duende, que compartió años de radio con el magnífico Herrera y con algunos de sus tertulianos y adláteres como Lorenzo Díaz y el simpático José Antonio Naranjo no pudo resistirse y abusando de de la amistad con la Núñez, que le cuela sus llamadas cuando quiere opinar de algo, le escribió este SMS.

-¿El tampón?…Este Carlos ha perdido la cabeza.
Muchas gracias por tu gestión de ayer (le había facilitado entrar en antena el día anterior) y bs.

A lo que María Luisa, que siempre ha sido especialmente cariñosa, respetuosa y delicada con su antiguo compañero, contestó lo de esas cochinadas que, por lo escuchado, venden mucho. Le faltó añadir al tenemos que hacer algo así como en este programa, para redimir al mensaje de toda sospecha. Pero ya se sabe que el lenguaje de los SMS exige economía.

 Además, qué diablos, a lo mejor le prestigia a uno que le consideren un buen discípulo del famoso marqués de Sade.

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