
Aquella Navidad, Homper hizo más honor a su nombre que nunca. Se quedó literalmente convertido en el Hombre Perplejo cuando desde el otro lado del teléfono la anciana tía Clota, temblando de la emoción, le contó esta bonita historia.
-Iba a comer sola, hijo. Sólo una sopa caliente y un panettone que me había regalado el tractorista que nos trabajaba la propiedad. Ya sabes, es italiano. ¡Cómo nevaba!…Puse la radio para escuchar algún villancico, ya sabes…Aunque aquí no se estila, yo siempre ponía el Misterio al pie del árbol. A tu tío Oscar le gustaba, ¿recuerdas?…Estaba emocionada, pero triste, ya sabes…
La tía Clota huyó a Estados Unidos porque no quiso ser una poyetona. Así llamaban en el pueblo a las maduritas que, por las tardes, se sentaban en los poyetes de la alameda a ver pasar los mozos. La tía Clota no estaba dispuesta a dar pena a nadie. Hizo carrera, se doctoró en Literatura y Filología y fue contratada en una universidad norteamericana. Cuando ya había cumplido cuarenta y cinco años conoció a un viudo granjero de Vermont llamado Oscar, se enamoraron y se casaron. Ya jubilados los dos, vivían en una hermosa propiedad en medio del bosque y cerca de un río donde él pescaba las mejores truchas del condado. Un día, forcejeando con una de ellas especialmente vigorosa, sufrió un infarto y murió dejando a tía Clota sola, aunque rica.
-¿Te acuerdas de aquel banquero joven tan encantador que me gestionaba eso que?…-la tía Clota no entendía de dinero, y dejaba incompletas las frases. La tía Clota enseñaba literatura, y cosas de esas de las palabras que no sirven para hacer negocios.
Desde la muerte del tío Oscar, Homper había visitado a la tía Clota en dos ocasiones. La primera la tía le presentó al encantador Will Bevan, un joven bostoniano, MBA y ejecutivo de un banco de negocios. Era su hombre de confianza. La segunda, cenaron los tres un asado junto a la chimenea mientras caían las primera nieves del invierno. Los ojos de la tía Clota hacían chiribitas cuando miraban a Will. Will le devolvía sus miradas con el cariño que exigía una cartera de valores tan sustanciosa como la que le dejó el tío Oscar.
-Ya sabes Hom -le gustaba llamarle por su apócope-Desde que me arruiné en eso que…
-Los fondos de inversión, tía Clota-interrumpió Homper.
-Si, eso, ya sabes, ¿no?…Desde entonces, y puesto que ya no vienes tú, no he vuelto a celebrar nada. Y el día de Navidad se me venía encima, ya sabes…Apenas el Misterio, ningún adorno, sólo la sopa y el panettone en la mesa. Y sobre todo, ya sabes, la soledad…Encendí la chimenea y me quedé mirando por la ventana cómo caía la nieve…Y en éstas oí el motor de un coche…Un portazo, dos golpes en el llamador…Abro la puerta y…
-¿Era un ángel de esos que se inventaba Frank Capra?-bromeó Homper.
-Bueno…-titubeó la tía Clota-Era un joven muy bien parecido que llevaba traje oscuro, camisa blanca, zapatos abotinados y uno de esos abrigos de cuello de terciopelo…Era Will, sí…Me dijo que había desafiado la tormenta de nieve para compartir conmigo su menú de Navidad…Lo traía en el coche, perfectamente preparado…Él mismo extendió el mantel, calentó el pavo y el relleno, las salsas, aliñó las ensaladas, el pudding de postre…¡Qué gran corazón! Al brindar con champán y desearnos feliz Navidad, le di un beso. Y él me sonrió.
-¿Y por qué te eligió precisamente a ti para almorzar en Navidad?
-¡Porque era un ángel!…Tuvo la dignidad de decirme que, puesto que había sido él el que me había recomendado los fondos que me arruinaron, no podía consentir que me quedara sola y sin celebrar la Navidad por su culpa…¡Hasta me regaló un reno de porcelana precioso!…
Homper recordó entonces que gracias a las trampas y a la devergüenza del encantador Will Bevan, la tía Clota había perdido los veinticinco millones de dólares que heredó del tío Oscar. Pero dio igual. La tía Clota advirtió que Will no apartaba la mirada de la magnífica cubertería de plata que, con un mueble ad hoc de madera de roble y cajoneras y bandejas tapizadas en terciopelo azul, le había colocado el propio banco por su primera imposición a plazo fijo. Y no teniendo mejor regalo para responder al detallazo de la cena y el reno, se la ofreció como regalo de Navidad.
-Lévesela-dijo dulcemente-Es de buena calidad, porque me la dio su banco. Y yo ya no la voy a necesitar.
En vista de lo cual el joven ejecutivo la besó agradecido, recogió la mesa, guardó todos los cacharros en las cajas correspondientes, cargó luego el mueble con la cubertería de plata en el coche y volvió a perderse en la tormenta de nieve de aquel 25 de diciembre.
-Es bonito que aún haya ángeles así, ¿no, Homper? Ya sabes, cuando una sufre la soledad…
La tía Clota insistía que había sido un ángel como los de las películas de Frank Capra. Mientras que Homper, más prosaico, opinaba que fue más bien un caprón con pintas en el lomo.
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