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Una primera comunión original

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La primera comunión de Igor David se puede decir que marcó un hito memorable. Igor David era hijo de Lolinchi y de Silverio, un artesano de forja y chapista imaginativo y rompedor. Lo mismo fabricaba farolillos, alcuzas, lecheras, embudos, candiles y aceiteras que reproducciones de la armadura de Carlos V. Su última aportación a la forja decorativa, que había causado furor entre los guiris que hormigueaban por Toledo los fines de semana era un Cid Campeador a lomos de su Babieca blandiendo no ya la Tizona reglamentaria,  sino la espada que Obi Uan Kenobi puso de moda en La guerra de las galaxias. O sea, una de estas fusiones entre tradición y modernidad que conmueven al mundo.

-He hecho una obra de arte que es la hostia –presumía en el bar vecino de su taller – La he llamado El Cid de las galaxias, y es mitad escultura, mitad lámpara futurista. ¡No veais qué puntazo!…

El Cid galáctico se vendía como churros.

Eso sucedió en los gloriosos tiempos de vacas gordas. Aquellos en los que, como dijo el entonces ministro Solchaga, era fácil hacerse rico en España. Así que Silverio prosperó y se convirtió en millonario de la noche a la mañana.

-Lo que es tener oficio y  pesqui-presumió ante sus distinguidos invitados la noche que inauguró su fabuloso chalet con jardín de fuentes versallescas-He dado un pelotazo de la hostia.

Estaba tan ocupado en su éxito, que el pobre Silverio no tenía tiempo para buscar adjetivos.

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Pese a que la hostia no se le caía de la boca, Silverio no puso especial interés en la educación religiosa de sus hijos. Pero, como es natural en cualquier padre que pretenda lo mejor para los suyos, no quiso privarle a su primogénito de la gran fiesta en que por aquellos años se habían convertido ya las primeras comuniones. Los tiempos del traje de marinerito o de novia para las niñas, la medalla de oro como regalo, y el desayuno familiar de chocolate con churros para los invitados como toda celebración habían quedado muy atrás. Ahora los caprichos se habían multiplicado en todos los capítulos de gastos. Afortunadamente Silverio y Lolinchi se los podían permitir, y, desde luego, estaban dispuestos a montar por su hijo una fiesta muy especial de la que los invitados se acordarían durante décadas.

-Va a ser una primera comunión de la hostia- proclamó Silverio sin saber que, por una vez, hablaba con propiedad.

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En el colegio no aceptaron sus novedosas ideas sobre el extraño vestido de la criatura, porque decían que rompía la uniformidad y no podían admitirse diferencias entre los comulgantes.  Así que Lolinchi decidió celebrar la primera comunión en la parroquia de la urba a cuyo mantenimiento ella, muy piadosa, contribuía con jugosas dádivas. Y todo resultó original y espectacular. Mientras los invitados esperaban a la puerta de la iglesia la llegada del niño, como se espera la llegada de la novia en las bodas, un grupo de raperos escenificaba una versión pop de La primera comunión de  Juanito Valderrama, que unía a su entrañable sentido religioso una coreografía inspirada en Michael Jackson. Cuando el arreglo abordaba el final de la pieza con esos emocionantes versos de Para un padre y una madre/ no hay alegría mayor / que ver hacer a su hijo/ la primera comunión se detuvo ante la iglesia el fabuloso Mercedes de Silverio, se abrieron las puertas del coche y de él descendieron los padres, elegantemente vestidos, y algo del tamaño de un niño envuelto de arriba abajo en una capa forrada de raso carmesí de la que sólo sobresalía  lo que parecía la cabeza de un robot futurista. Ya en el suelo, y cuando, con torpe andar de autómata. aquello enfilaba la puerta de la iglesia, Silverio tiró de la capa  con el ceremonial propio de un presentador de circo y descubrió el traje de primera comunión de Igor David.

-¡Hostia! –dijo un chaval de entre los invitados- ¡Si va vestido de RoboCop!

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Lo que más les costó a Silverio y Lolinchi de esta primera comunión no fue el banquete, pese a que incluía mariscos de Galicia, jamón de Jabugo y caviar de beluga para los adultos y un sinfín de puestos de pizzas, hamburguesas de Mac Donalds y de chuches diversas para la chiquillería. Tampoco la legión de camareros vestidos de tortugas Ninja para la ocasión. Ni los payasos que amenizaron la sobremesa. Ni la orquesta Ni el alquiler de dos autocares para desplazar a los invitados. Ni las cien pulseritas del Parque de Atracciones para que se celebrar el fin de fiesta en los cacharritos. Lo que más les costó fue convencer al cura que inicialmente no se mostró muy partidario de aquel atuendo metálico para el sacramento de la comunión.

-¡Pero es tanta la ilusión de nuestro Igor David!- explicó Lolinchi para convencerle-¡Es que, aparte de Jesús, claro, porque el niño es muy piadoso,  su héroe es RoboCop!- ¡Y es tanto el amor y el trabajo que ha puesto Silverio en llevar a la realidad ese sueño tan bonito!…

-Bueno, lo entiendo –farfulló el sacerdote- Pero entiendan ustedes también que la Iglesia….En fin,  vestirse así, de justiciero de ciencia ficción, para recibir la sagrada forma…¿Creen que es posible una primera comunión así?…

-Oiga, padre –le interrumpió Silverio sacándose la chequera del bolsillo interior de su chaqueta- Que yo, cristiano, como el que más…Pero además soy chapista de nuevas tecnologías, artista y, sobre todo,  profesional. Y le garantizo que cuando  usted se acerque a Igor David con el copón, el casco se abre automáticamente y usted no tiene más que depositar la sagrada forma en la boquita abierta del niño, que ya lo tenemos ensayado y va quedar niquelao.

Silverio le alargó al párroco un cheque. Entonces el bueno del cura comprendió que lo importante de los sacramentos no es tanto la forma como el espíritu de los mismos, y admitió que gracias RoboCop quizás los pobres de su parroquia iban a comer caliente el próximo mes.

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Igor David tomó su primera comunión en 1989. De entonces acá se dio la paradójica circunstancia de que, mientras en España decrecía el número de practicantes católicos, aumentaban  prodigiosamente los gastos de celebración de las primeras comuniones. En el año 2011, y antes de que la crisis nos dejara en cueros, el gasto medio por familia en estas celebraciones dicen que alcanzó los 2.500 €. Entretanto, el imperio que había creado Silverio a partir de su oficio y su imaginación se había ido al garete. Lolinchi murió prematuramente, al pobre Silverio le acabaron matando la pena y las hipotecas y cuando Igor David  empezó a organizar la primera comunión de su hija Shakira Sofía comprendió que él también estaba arruinado.

-¡Qué putada! –suspiró desesperado la noche en que conoció el mísero estado de las cuentas de la empresa que forjó su padre y que él había heredado.

Miró el retrato de su pequeña Shakira Sofía, que le contemplaba desde su escritorio, se acordó de los fastos de su propia primera comunión y sintió que las lágrimas anegaban sus ojos.

-Pensar  que aquello fue la hostia- clamó entre sollozos mientras se mesaba los cabellos y levantaba su mirada- ¿Y qué le voy a prometer yo a mi niña para celebrar la suya?…

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De repente atronaron los cielos, y por la ventana penetró un haz de luz que inundó el despacho.

-Pues eso –reverberó una voz profunda y solemne que parecía provenir de los espacios infinitos- Prométele justamente la hostia, que es lo importante. Luego lo celebráis con un desayuno de chocolate con churros, y tan ricamente…

Igor David, atónito, no acababa de entender de dónde venía ese mensaje. Pero de repente se sintió libre de penas y de culpa, y poseído por una infinita paz. Y respiró profundamente como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

 

 

 

 

 

 

García Lorca, el pudor y la intimidad

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Querido Juanito

Sabes lo mucho que te quiero, y justo por eso puedes imaginar lo que lamento la publicación de la última carta que te escribí. Fue también la última carta de mi vida, y quizás presintiéndolo, intenté plasmar en ella las sensaciones y los recuerdos que vienen a mí cada vez que pensaba en ti. El aroma del jazmín y de la dama de noche, los murmullos del agua de las fuentes de La Alhambra, el ventalle de las hojas de los chopos de la vega de Granada, que te abanicaban por verte sonreir…¡Pues cómo no iba a estar loco por ti!

Yo  llamé a eso el amor oscuro, que iinspiró algunos de mis mejores sonetos. Entonces lo nuestro no se podía ni reconocer en público. Pero aunque hubiera podido hacerlo, si no en la completa oscuridad, lo hubiera protegido en la penumbra.

¿A cuento de qué hay que ser exhibicionista en el amor? Si los derechos de autor se protegen…¿por qué no también nuestro derecho a la intimidad? ¿Qué legitima a los curiosos del futuro para atreverse a violar nuestra correspondencia y a saquear nuestra relación cuando ya no podemos decir nada? ¿Han hablado con un médium para consultarnos al respecto?…

Nada podemos hacer ya ni tú ni yo. Los que ahora aventan  nuestro idilio, que no pudo ser, lo argumentan en nombre de la verdad histórica y de la libertad. Como si eso fuera necesario para agrandar mi talla de poeta o para aclarar el crimen que me llevó a la tumba. Se equivocan. Eso no me devolverá la vida que me quitaron mis asesinos, como tampoco la alegría que me diste tú, chiquillo, ni me vendrá más fama por eso. Escribirán libros, guiones, rodarán películas sobre la carta y lo que en ella cuento. Y nuestro amor dejará de ser oscuro…¿No sientes tú también sensación de impudor?¿Ha de ser la historia tan cotilla para considerarse rigurosa?

Bueno Juanito, disculpa. Son manías de tu gordinflón, que es casi te dobla en edad y que te quiere más que a la luna que bajó a la fragua con su polisón de nardo. No te enfades: como te dije en mi última carta,  es preciso que vuelvas a reír.

Tuyo siempre, como la brisa que besa tu mejilla

Federico

La carta viene con remite del más allá, y va destinada a Juan Ramírez Lucas, sin domicilio conocido, pero también del mismo barrio. La firma, como es fácil imaginar, el poeta español más reconocido del siglo XX.

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Al tiempo que el último de los amores oscuros de Federico García Lorca, y gracias a la publicación de la novela titulada así de Manuel Francisco Reinaaparecía por primera vez  en la prensa con nombre, apellidos y cara, cualquier observador que zapease por la tele podría haber visto un programa de Tele 5 que dirige Jorge Javier Vázquez verdaderamente asombroso. En ese programa una periodista del corazón y una actriz ya talluditas contaban con emocionante sinceridad –valga la ironía- y delante de la hija de la actriz,  cómo, sin ser homosexuales, ambas amigas de juventud se habían encamado juntas varias veces. Unas ocasiones acompañadas por tres hombres –uno de ellos presentador del programa Cine de Barrio- , en lo que cualquiera definiría como una una cama redonda. O más bien, una plaza de toros, por la abundancia de cuernos que concurrían y que quedabanen los corrales. Pero otras, las dos a solas. Cuando algún  tertuliano  deslenguado habló de orgías (para la corrida a cinco) y de bollería fina (para las maniobras a dos) la periodista dio un respingo y le corrigió.

 -¡Oh no! –dijo- Fue  algo distinto…Todo  resultó muy espontáneo, muy bello, muy limpio. Y la verdad, yo no me avergüenzo de nada.

Avergonzarse…¿Pero aún se conjuga ese verbo?

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Da cierto reparo hablar de los amores oscuros de García Lorca o de cualquier otro que haya vivido su pasión dignamente y a continuación mentar el exhibicionismo grosero del que se alimenta la telebasura. Pero lo cierto es  que tanto en todo lo que rodea la vida del poeta, como en ese submundo televisivo que entontece al personal con relatos escabrosos, juega un papel abusivo el morbo de lo sexual. Gracias a la libertad y a la tolerancia hoy se entra o se sale del armario, se cambia de pareja, se repudian amantes, se montan escenas de celos e insultos en directo,  se hace girar el tiovivo de la promiscuidad, se engolfa uno en cualquier experimento con desparpajo, provocación y manifiesta osadía y no pasa nada. Luz y taquígrafos hasta en la mesilla de noche y en el bidé. Todo se dará por bueno si se envuelve en ese celofán engañoso que siguen llamando amor y, además, vende. Todo vale si vende.

Para el autor de Los amores oscuros, como para el propio Ian Gibson , que a fuerza de investigar y escribir sobre el poeta acabará por creerse su papá, desvelar los detalles  de su último romance era algo fundamental que esclarecerá los misterios que aún envuelven su asesinato. Como si el mundo, que ya divinizó su pluma, ignorase los matices sentimentales de Federico. Uno reconoce que también es víctima de la curiosidad morbosa, y acabará leyendo la novela. Pero con cierta sensación de estar allanando la morada sentimental del poeta de Fuentevaqueros.

Pobre gordinflón, como, con ternura infantil, se describía él mismo  en su última carta. A lo mejor pensaba ingenuamente que el amor, claro u oscuro, es pudoroso y tiene derecho a preservar su intimidad. Incluso más allá de la muerte.

Felices avechuchos

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Como diría Carlos Herrera, qué hartible lo de la crisis. Este adjetivo andaluz, o sevillano, o de esa jerga especial que maneja el irónico comunicador, cambia el sentido de los modos adverbiales tradicionales. No es que la crisis sea susceptible de hartarse de sí misma -¡ojalá!- sino que nos ha hartado a todos. Santo cielo, qué aburrimiento, qué desesperación nos trae. El Duende siempre anduvo con las musarañas, de aquí para allá, de una nube a un juguete de hojalata, de un suspiro por Marilyn Monroe (acaba de escuchar que se cumplen ahora 50 años del rodaje de Con faldas y a lo loco) a un verso de cualquier poeta que se posa al borde de una copa de helado y se derrite con él. O sea, huyendo. Pero cuando su globo empieza a cobrar altura, va el sentido de la responsabilidad, que ha agotado ya el cable, y se tensa para recordarle que no, que sigue anclado a este mundo.

-La puta realidad –que diría un ciudadano nada simbolista.

Y en estas, aparece inopinadamente ante sus ojos un ave rapaz y se posa en el alféizar de su ventana.

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Qué alegría. Está ahí, a metro y medio del escribidor, como mirándole de reojo, pues no deja de dar el pico al pinar que tiene a sus pies, y parece más interesado en ver Madrid a vista de Goya que el espectáculo de un señor que ha levantado sus ojos del ordenador y le mira estupefacto. El pajarraco es de tamaño mediano tirando a pequeño, de plumaje pardo-rojizo jaspeado en negro, pico y patas amarillas. El Duende piensa que tal vez es un azor, pero luego rastrea por internet y   empieza a creer más bien que se trata de un cernícalo. En se momento recuerda que su móvil incopora también una cámara de fotos, y, aunque no sabe si saldrá, y si, en el caso de que se haga la foto, será capaz de guardarla, y, más aún, de subirla a este post, está tan sorprendido y emocionado que dispara. Dos, tres, hasta cuatro veces. Sólo en una de ellas el cernícalo, o lo que sea, da el perfil, pues él sigue prefiriendo ignorarle y mirar el paisaje urbano.

No puede hacer más por captar el momento feliz, porque el avechucho que sin duda tiene menesteres más apetitosos, abre las alas y levanta el vuelo. Pero al Duende le ha cambiado el día. Aunque no es muy firme el andamiaje que aguanta su fe, se ha acordado de aquel pasaje de San Lucas: Mirad los pájaros del cielo: ellos no siembran, ni cosechan ni acumulan en graneros, y sin embargo el Padre los alimenta…¿No valéis acaso más que ellos?…(Lucas 12, 22-31)

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Hace años hubo un halcón que se hizo famoso por anidar en la torre que el arquitecto Sainz de Oíza construyó en el Paseo de la Castellana para el BBV. Pese a los lamentos constantes de los ecologistas, la rapaz, como tantas consumidoras, se sentía feliz viviendo a cien metros de un lugar tan poco bucólico como El Corte Inglés. Hace poco, en el cauce de ese río de maqueta en que se ha convertido el Manzanares, y al pie mismo del estadio del Aleti  este bloguero vio una garza. Parecía tan contenta como si estuviera en Doñana. Más al sur, donde Madrid Río prolonga su camino hacia Rivas, este caminante ha visto volar al martín pescador. Las cotorras verdes que se han hecho dueñas de los parques de Madrid. Y ahora hasta el cernícalo se atreve a posarse ante las narices de este bloguero.

No es mala cosa ser ave en Madrid. Hasta las palomas y las siniestras urracas se sienten a gusto aquí, y sin saber nada del Evangelio de Lucas.   Pidamos pues al M.B.O.C. (Máximo Baranda del Orden Celestial) que, si no arregla esta crisis, al menos  nos convierta a todos en felices avechuchos.

Las lamentaciones del profeta Q´Agonías

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En la primera década del siglo XXI vendrán las vacas flacas, y el mundo entero se rasgará las vestiduras y temblará de miedo. Y los sabios se empeñarán explicar por qué las vacas enflaquecerán, y, día tras día, lanzarán diagnósticos sobre su enfermedad, y formularán esperanzas para que las vacas engorden y el estado del bienestar vuelva a ser beneficiado por el cuerno de la abundancia.

Y, en busca de esa quimera, apuntando a las causas de la ruina y a sus remedios, empezarán hablando de una cosa llamada “hipotecas subprime”. Y luego traerán a colación la quiebra de Lehman Brothers. Y a partir de ahí, como si los asuntos económicos fueran fichas de dominó que van cayendo y derribando a las precedentes para acaparar la atención, el temor y la esperanza de los pobres ignorantes que integran eso que se llama “pueblo”, hablarán de Irlanda, y de Grecia, y de Portugal, y de Italia, y de España. Durante semanas sucesivas, el tema de debate será el déficit público, y la subida de impuestos, y el hundimiento de la construcción, y la quiebra de las empresas, y la morosidad, y los impagos, y el paro, la barbaridad de casi cinco millones de parados. Y luego darán otra vuelta de tuerca a las medidas que exigirá una señora llamada Angela Merkel, y a la consolidación fiscal, y a los recortes “indispensables”. Venga de recortes.

Pero la cosa seguirá sin arreglarse, y, como a falta de resultados, buena es la palabrería,, seguirán engarzando problemas y posibles soluciones que volverán locos perdidos a todos los que padecen la crisis. Y entonces se hablará de los presupuestos restrictivos, y del límite del despilfarro para las autonomías, y de los rescates, y de los bonos europeos, la ruina de las empresas, y la ausencia de crédito, y los recortes de Rajoy, y los ajustes, y del límite del déficit, y de la necesaria reforma de la banca, y del famoso banco malo (como si los hubiera buenos, con los abusos que habrán cometido ya cuando estalle esa crisis).

Y para remate, lo último: Bankia. Para que los sabihondos, los líderes de opinión y hasta el sufrido pueblo llano tenga otra cosa de la que hablar

-¿Qué nos contarán mañana para justificar esta catástrofe de la economía? –se preguntarán sus víctimas.

Y entonces los españoles, hartos de la irresponsabilidad de los políticos, que se cayeron del guindo y se enteraron de la crisis como si esta se hubiera presentado de la noche a la mañana, después de constatar el estado de postración al que les habrá llevado la frivolidad y la la falta de honradez de los gestores de la “res pública”, y tras confirmar la incompetencia de los banqueros y de los economistas, que llevan años mareando la perdiz sin acertar ni por casualidad, saldrán a las puertas de sus casas –si estas no han sido sacrificadas en la dación en pago- y lanzarán al unísono una pedorreta cósmica que resonará por todos los rincones de los espacios siderales.

-¡A LA MIERDAAAA! – será lo único que se escuche…

Y esto será así, por mucho que nos pese. Pues si, como recuerda la sabiduría popular, “la jodienda no tiene enmienda”, no vean ustedes la poca enmienda que tiene la estupidez humana.

(Fragmentos de Las lamentaciones del profeta Q´Agonías)

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Cuando estas profecías llegaron a conocimiento de la periodista Begoña Ortúzar, que tiene muy buena cabeza, esta sintetizó así los lamentos del profeta.

-Tiene razón Q´Agonías. Aquí los que nos mandan piensan que una mancha de mora, con otra mancha se quita. Y lo que hacen es ir encadenando sucesivamente comeduras de coco para narcotizarnos esperando que, entretanto, escampe.

Begoña, viuda desde hace años, sacó adelante a sus hijos trabajando como redactora-jefe de una revista de decoración para Alfred Brown, uno de esos maravillosos empresarios que ganó dinero cuando se ataban los perros con longaniza y no dudó en trampear cuando asomaron las vacas flacas. Primero fue difiriendo las pagas extraordinarias de Begoña y del resto de sus empleados. Luego retrasó el pago de las ordinarias. A continuación redujo éstas. Finalmente despidió a Begoña y al resto del personal. Y cuando Begoña, que siempre fue una ciudadana ejemplar, ya estaba en el paro y, a pesar de todo, se disponía hacer la Declaración de la Renta, solicitó su borrador a la Agencia Tributaria y comprobó atónita que en él figuraban como ingresos pagados por la empresa de mister Brown todo lo que el muy geta les había regateado antes de darles la patada.

Begoña es muy consciente de que su caso es un caso más. Otra tropelía del sistema que no va a inquietar particularmente a nadie. Pero le hace ilusión pensar que, como una mancha de mora, con otra mancha se quita, a lo mejor era más original que, en lugar de hablarse hoy de los problemas y las soluciones que lamenta Q´Agonías, de las que ya estamos todos más que hartos, se conocieran las suyas propias. Pues como las desgracias nunca vienen solas, ayer, además, resbaló en la ducha y se rompió la muñeca de la mano izquierda. Lo cual que, como se la tenían que escayolar, y aún a pesar de que siempre ha sido una mujer de modales exquisitos, se permitió la libertad de hacerle al traumatólogo esta singular sugerencia.

-Si no le sirve de molestia, escayóleme la mano dejando el dedo anular bien estiradito, para que se note que quiero hacerle una peseta al mundo.

Esto no lo había previsto el profeta Q´Agonías.

Homper escribe (*) a una votante de Sarkozy

Ma cherie Violette

Je m´ai enteré de la victoire de François Hollande. Quél pene, penite péne. Quél contrarieté. Vous si charmante, si elegante, si riche propietaire, si seductriz, et voilá, menaçée par la politique du nouvel sauvateur de la France, de l´Europe..¡ et  même de l´Espagne, oú nous dejá ne savons pas quél cogne il faut faire pour sortir de la pugnetére crisis!…

Vous voyez. Nous pensions que monsieu Rajoy etait capable de apreter le  torniquet, cerrer la sangrie du despilfarr et finir avec le monstre du déficit. Mais malgré les recortes –il a recorté tout sauf sa barbe- l´impression general, mal que nos pése, c´est que l´Espagne s´est allant au caraje. Le peuple, ´dont on ne sait pas s´il est savant o gilipoulet, commence á croir que nous sortîmes de Guatemala Soulier pour entrer en Guatepeor Rajoy. Et a la fin du tout, mois personalment pense que aux soufriteurs de la politique –o soit, nous mêmes- cette cataplasme de l´austerité que predique la Merkel et que aplique avec sumission son fidéle Mariano c´est comme le chien de l´hortelain, que ni mange ni laisse manger.

Mois  comprend bien que vous, comme française acaudalé, en plus de charmante et requetebuéne, est que trines avec le propose de Holland de payer hasta le soisante dix par cent de vôtre ingreses en impôts. Quél barbarité. Mais soiyez tranquille. Comme on dit normalmente, les peuple de la France a son coeur a la gauche, mais la cartiére a la drôite, et dejás viendront les elections legislatives pour ajuster la folie progresiste a monsier Holland et le souvenir:

-François, François, mon ami. Moins loups, Caperucitte. Un peut de relajement presupuestaire, bien, mais ne te passes  pas avec les impôts, porque ça nous touche les cataplins de la grandeur, et ça ne mole pas.

Ainsi que ne vous preocupe pas. L´unique conseil savant que je donne a mes amis est de traitre de vivre malgré les politiques. La vie c´est un promenade, et il faût le jouir en oubliant les barandes de turne que toujours s´empeñent en nous marquer le chemin. Et, hereusement, le pire gouvernement de la democracie n´est ce pas unne dictadure como celles de Hitler, de Stalin ou même de Franco. D´une parte, il n´y a pa mal que dure cent ans. D´autre,  si mois fai memoire de les moments de bonneur que j´ai vecu dans ma vie, je jamais sai si ces moments lá apartenaient a un gouvernment de la drôite o de la gauche.

Au grain. Une foi digeré que Sarkozy  c´est fini, et que l´Occident a perdu la belle image de Carla Bruni a l´Elisée…voulez vous profiter cette beau matin de le printemps pour promener avec mois par le Retire?

En attendant vôtre reponse, je vous souhaite un bon jour  el reste vos fidéle admirateur.

Avec l´expressions de mes sentiments les meilleurs

Homper

 (*) En français macarronique, naturelment.

Un feliz despertar

Cuando se metió en la cama Homper no estaba seguro de poder conciliar el sueño. Su  sensibilidad social le torturaba, y las brumas nublaban su conciencia. Las últimas noticias no eran para menos: céntimo sanitario, euro por receta, rebajas en el sueldo de los trabajadores en baja, subida del IVA, impuestos especiales sobre tabaco y alcohol. Y lo último: un impuesto extraordinario sobre el uso de las autovías.

No fue el mejor de sus sueños, pero podría haber sido peor. Mientras dormía, podría haberse infiltrado por la rejilla del gas un agente confiscador  secreto para entrar silenciosamente en su dormitorio y ejecutar el último sacrificio que exigía el dichoso déficit.

-¡Jó, qué suerte tengo!- exclamó sorprendido cuando, nada más despertar, se incorporó de la cama dispuesto a levantarse y miró al suelo antes de pisarlo.

 Afortunadamente, la alfombrilla de pie de cama todavía estaba ahí.

De boda en un pueblecito de los Cotswolds

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-Eso es como el que tiene un tío en Alcalá-escuchaba decir a sus mayores cuando hablaban de una quimera lejana.

Estaba también lo de hacerse castillos en el aire, que quedaba como más fino, más literario. Pero lo del tío en Alcalá resultaba más ingenuo, más castizo. Nunca le dijeron en cambio la segunda parte del aforismo: el que tiene un tío en Alcalá, ni tiene tío ni tiene ná. Cuando imagina uno que cuajó el dicho, Alcalá (se supone que de Henares) quedaba muy lejos de la Villa y Corte. Así las cosas, la frase se preñaba de razón..

-¿De qué sirve un tío que vive tan lejos que no te puede llevar al cine, al teatro o al fútbol alguna vez? –se preguntaba el aprendiz de duende- ¿Para qué quiere uno un tío que no le monta en moto, ni le sube al tiovivo, ni le invita a a merendar tortitas con nata al menos una vez en su vida?

Para ná. Un tío así no sirve de ná.

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Ahora, cosas de la edad y la globalización, el Duende ya no tiene tíos ni el Alcalá ni en ningún sitio, sino sobrinos lejanos. No por sangre, sino por distancia. Sobrinos que viven en Berlín, en Hannover, en Londres, en Edimburgo, en Niza, en Los Ángeles, en Shangái. También en Logroño, en Barcelona o en Oviedo.

 De la familia de su querida esposa, que es la quinta de siete hermanos y de la suya –él ocupa el mismo lugar en una lista de seis- se puede esperar cualquier cosa. A muchos de estos sobrinos a veces los ves  de bebés, cuando parecen una alubia con patucos de punto blanco, y no vuelves a saber de ellos hasta que te llega su invitación de boda. Naturalmente, tampoco se casan en Alcalá de Henares, sino en un pueblecito de otro perfil, y ligeramente más alejado. Por ejemplo, Oaksey, en el condado de Wiltshire, Reino Unido. Al borde de un parque natural inundado de pequeños lagos, bosques, deliciosos cottages sin enanitos de piedra artificial en sus jardines y amarillos campos de colza en flor. A este edén los ingleses llaman the Cotswolds.  El amor, como decía la canción de La perrita pekinesa, nada sabe ni de razas ni colores. Ni tampoco de dónde acabará uno poniéndose el chaqué o el vestido blanco para decir el sí quiero. Los novios eligieron este recóndito rincón, gracias a lo cual el Duende pudo perderse varias veces por sus encantadoras carreteras tan estrechas como mal señalizadas, desesperarse bucando en el mapa sus destinos y comprobar, una vez más, que nuca sabrá entenderse en la lengua de Shakespeare.

-Perdone-acabó por explicar en su precario inglés a los que abordaba para preguntarles dónde quedaba Oaksey – No  soy bri-tá-ni-co, y a-de-más es-toy al-go sor-do. Há-ble-me des-pa-cio y muy  cla-ra-men-te, please.

El please le quedaba maravillosamente. Como el inglés para sordos: el único que es capaz de entender en las conversaciones.

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A Isabel Spearman la conoció este bloguero en la canastilla, y luego le vio pasar de bebé a niña y de niña a mujer en Candeleda, a donde venía los veranos con su madre y sus hermanos para secarse, cargar baterías y disfrutar con el gazpacho, el jamón, los huevos fritos –con puntilla, y no a la inglesa- y las patatas fritas en aceite de oliva. En  Escocia, donde vivía,  Isabel parecía fundida a la grupa de un caballo, que montaba como una precoz amazona. Pero cuando llegaba a la España donde se crió su madre, hacía lo que ésta, que es lo mismo que tanto le gusta a los británicos y a los lagartos: tenderse al sol, cerrar los ojos y dejar pasar las horas. Luego la chica creció, se hizo muy guapa, muy lista y francamente exitosa. Ahora la criatura es la asistente personal de Mrs. Cameron, la mujer del primer ministro inglés. La chica  sabe lo que se hace, y además tiene un gusto personal exquisito.

-Para la entrega de premios en el orfanato que tenemos hoy -le dice- se ponga usted blusa camisera de Liberty, chaqueta de Carolina Herrera, falda tableada a juego y zapato oscuro. Y sólo besos y carantoñas a los tres premiados, que luego ha de inaugurar un hospital para ardillas en Richmond, y si se enrolla no le va a dar tiempo.

Rebosaba este orden y buen gusto en todo lo que caracteriza a una boda campestre en Inglaterra. Cielo plomizo y amenazante que, afortunadamente, no rompió en llanto, iglesia antigua, de piedra y verdín, rodeada de uno de esos cementerios donde dan ganas de ponerse a descansar eternamente ya mismo, vicario ceremonioso, adornos florales de estudiada sobriedad, señoras guapas, tules y sedas, pamelas, chaqués grises y negros, lluvia tan sólo de de pétalos de rosas sobre los recién casados (¡Qué inmenso error!: mientras escribe estas líneas el bloguero escucha de nuestro pontifex maximus en materia de modales y costumbres de gente bien, el inefable Josemi Rodríguez Sieiro, que eso es intolerable. Menos mal que los Spearman no escuchan Herrera en la onda).

A la salida, un cochecito de caballos tirado por un aguerrido pony que transportó a los novios  a una carpa en medio de un prado bellísimo. Una orquesta de jazz. Un servicio de té espléndido, que se podía tomar mientras se contemplaba el paisaje de los Cotswolds a través de las faldas transparentes de la inmensa carpa: aquello le daba al cuadro la pátina onírica de una pintura de David Hockney. Todo tan bonito. Se sospecha que la  abuela española de Isabel, que se llamaba Catalina, a la que tanto le gustaban esas cosas, sacó un periscopio invertido desde el más allá para espiarlo todo.

-¡Qué pena habérmelo perdido! –dicen que se escuchó bajo la espesa bóveda de nubes azulencas- Pero, pese a todo…`qué contenta estoy!

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Salvo el sector de infalibles de la rama española de esta familia, todos los demás asistentes a la boda eran británicos o de la órbita de la Commonwealth. Salvo a los propios Spearman, el Duende no conocía  a nadie. Mientras el vicario sermoneaba , se dedicó a espiar a las señoras y jovencitas guapas, y en ese menester dio con una cara no femenina que le sonaba de algo. Era el propio David Cameron, primer ministro del gobierno de Su Graciosa Majestad. No sólo se sentaba, como cualquier otro invitado, en las últimas filas. Sino que además tenía a su a cargo a un par de críos pequeños que, como todos los niños, se aburren mucho en las iglesias.

Ni dentro ni fuera de la iglesia se veían maderos o escoltas, al menos indisimulados. Tampoco coches de respeto o de policía por los alrededores. Los habría, seguro, pero sin hacer ostentación. Eso llamó la atención  a los españoles, tan acostumbrados al boato del poder. Seguramente la democracia también es considerar que a un presidente hay que guardarle respeto, pero sin que pase de ser en una boda un invitado más. Bienaventurados los poderosos que saben ser discretos.

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Después de haber visto Ivanhoe, Robín de los bosques y Las cuatro plumas aquel duende casi impúber empezó creer que los ingleses eran clase especial preferente. Luego conoció mejor su historia, y su literatura, y su país, y por unos años creyó que el Reino Unido era su segunda patria, que le gustaba casi más que la primera precisamente porque ésta siempre se tomó poco en serio todo aquello que cualquier británico, sea de donde sea, respeta: Dios, patria, bandera, reina, himno, historia, honor, tradición, formas y maneras, autoestima. Y a él, tan inseguro, le gustaba tener referencias claras. Su imaginario de ídolos iba de Cromwell a Monty Python, pasando por Dickens, R.L.Stevenson, Chesterton, Emily Bronte, Bertrand Russell,  Agatha Christie, Chaplin, Woodehouse, Peter Sellers, Los Beatles y Bobby Charlton. Ah, claro, y Guillermo Brown, que era de mentirijillas, como el Quijote, pero menos chiflado y mucho más divertido.

Luego la vida templó su anglofilia. Cuando contrastó la apabullante puesta en escena del gran Imperio Británico con su implacable flema, fría y cruel hasta donde haga falta (Churchill es el mejor ejemplo) comprendió que gran parte de sus valores son la simple parafernalia del poder. Y que en el fondo su pueblo es, más que romántico y épico como luce, simplemente pragmático. En este viajecillo a los Cotswolds al Duende le impresionaron pequeños detalles, como ver que en los deliciosos footpath que siguen el curso de un joven Támesis recién nacido, y alrededor de los lagos, había numerosos carteles indicando que había que llevar a los perros con correa, y bastantes contenedores para depositar en ellos sus caninas caquitas. Es todo un Parque Nacional de muchísimas hectáreas, y uno diría que en plena naturaleza, pero lo cuidan como El Retiro. Al igual que custodian la memoria de sus héroes: en cualquier pueblecillo, un solemne memorial en recuerdo de los muertos en las dos guerras mundiales. En cualquier iglesia, o cementerio, en cualquier lugar, una placa, una lápida o un busto en honor de Jonathan Hopkins, Comandandante del Regimiento de Coraceros de Chippenham, caído en Jartún, o de John Sondeston, Lugarteniente de Infantería del IV Cuerpo del Ejército muerto en la Batalla del Somme. Luego, en el Reino Unido, como en todas partes, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Pero sin  descuidar las formas.

5

¿Hay algo que aprender de estos  peculiares seres rubitos –ahora ya menos- que durante siglos mangonearon a gusto en el planeta y que difícilmete perderán su flema?. La formalidad, la pompa y la circunstancia no son, ni mucho menos, la osamenta de esa convención que pueden ser sus costumbres y sus creencias. Pero cuando aquéllas se diluyen, la conciencia colectiva también se desfleca, pierde su identidad y puede acabar desapareciendo. El último himno que, de los novios al primer ministro, cantaron todos los asistentes a la boda de la sobrina Isabel trenzaba religión y patria con una letra del poeta William Blake que, después de preguntarse si el Cordero Divino pastó en los verdes pastos de Inglaterra –cosa verdaderamente improbable- o si Jerusalén fue construído entre las oscuras y satánicas fábricas británicas –seguro que no- acababa con esta pintoresca afirmación: no cesará mi lucha mental / ni dormirá la espada en mi mano/ hasta que hayamos construído Jerusalén/ en la placentera y verde tierra inglesa. Eso sí que es voluntarismo, y no lo de Zapatero. Qué diferencia con los españoles, que jamás cantamos en las iglesias, y sólo nos juntamos para corear la dichosa Macarena o, como mucho, Asturias patria querida.

No es fácil lo de construir Jerusalén en Gran Bretaña, seguramente no se lo creen. Pero los ingleses lo cantan como si lo creyeran. Y, con todos los achaques que sufre el mundo, les sigue yendo bien. Como les irá a Isabel y a Mark, recién casados en un pueblecito de Wiltshire de cuyo nombre y de cuyo paisaje este duende curioso siempre querrá acordarse.

El hombre obsesionado con las reformas

1

-Si no te importa, podíamos jugar la partida en casa, ¿no? Hace una mañana demasiada fresca, y así te enseño los cambios, que te van a divertir.

Normalmente, Homper y Damián jugaban su partida de ajedrez en el parque. Privilegio de la vejez inteligente.  Pero las mañanas de abril tienen eso, que un día amagan verano y al siguiente refrescan o incluso te riegan con un chaparrón. Así que a Homper no le importó acudir a casa de su viejo amigo Damián, inspector de trabajo jubilado, viudo, sin hijos a su cargo. Damián vivía en la vieja casa que heredó de su madre con un gato y con Leonisa, una sirvienta gallega que le cuidaba desde hacía treinta y dos años.

-Buenos días, señor Homper –le dijo al abrir la puerta- Pase, aunque lo va a encontrar todo muy cambiado- dijo mientras miraba de reojo a Damián, que avanzaba renqueante por el pasillo.

Ver a su viejo amigo visiblemente transformado fue el primer sobresalto del día para el pobre Homper. Damián se había cortado el pelo como un futbolista. Cráneo afeitado con una cresta  de Pájaro Loco y patillas como hachones. Llevaba puestos unos vaqueros rotos y una llamativa camiseta de color rojo con esta leyenda: Ya no se si soy yo ni mi circunstancia. Debajo, la firma del autor de la sublime frase: Ortega Coño. La metamorfosis se completaba con una mosca en la barbilla un piercing en la oreja derecha y otro detalle no menos sorprendente. La gata de angora Mimí, que salió huyendo despavorida nada más ver a la visita, llevaba el pelo teñido de morado, como la cabellera de la en otro tiempo nellísima Lucía Bosé.

-El imperativo categórico del momento –subrayó Damián justificando las novedades como la solemnidad y la prosopopeya de un actor de la vieja escuela- Reformar o morir.

2

Del salón con el que Homper estaba familiarizado había desaparecido casi todo. El viejo y deprimente tresillo isabelino, el piano, el escritorio de tío Leonardo, el archivador, la vitrina que exhibía abanicos, bibelots de marfil, huevos de Fabergé, , cajitas de porcelana, pastilleros de plata, relicarios, el guardapelos de la tía Dorita, los bisquits y porcelanas tan cursis que coleccionaba mamá, los viejos quevedos de marco de oro y los anteojos de nácar que usaba la abuela Adela cuando iba al Teatro Real a escuchar a Miguel Fleta. Se veía que Damián había optado por el minimalismo y el vintage, que Homper no sabía exactamente qué es –Damián tampoco-, pero debía de molar mucho. Ahora sólo había  dos sillones extensibles suecos, lo último en relajación corporal, un par de flexos de madera de pie articulado como robados del despacho del doctor Freud, un velador de hierro fundido de los de los bares de toda la vida, sobre la que posaba el tablero del ajedrez con el que iban a jugar, y un primitivo futbolín con los jugadores de hierro pintados con los colores del Madrid y del Atleti. Las espesas cortinas de damasco habían desaparecido, susitituidas por modernos estores que dejaban pasar la luz y redimían al salón de su penumbra de sacristía.

-¿Y la tele? –preguntó Homper visiblemente estupefacto.

-La he mandado al cuarto de baño. Así sólo la veo el tiempo que me dura el aliviarme.

También he instalado allí la librería con la Enciclopedia Británica. He regalado el resto de mis libros. Cuando estoy estreñido, cojo u tomo al azar y leo la vida de Linneo, por ejemplo. Eso no cambia, ¿sabes?…

Homper observó entonces que también habían desaparecido los cuadros. En su lugar, las paredes de las habitaciones y el pasillo que iban recorriendo aparecían empapelados con fotografías a tamaño natural de las mujeres que más le habían gustado a Damián. Desde la Ursula Andrés en bikini del primer James Bond y la Marilyn Monroe con las faldas revueltas sobre el enrejado del metro de La tentación vive arriba, a las modelos desnudas de Newton. Pasando por la B.B. de Y Dios crió a la mujer, la Anita Ekberg de La Dolce Vita, el revolcón playero de Deborah Kerr con Burt Lancaster en De aquí a la eternidad y aquel escote con audaz exhibición del canalillo del entrepecho que mostraba la impar Sofía Loren en Madame sans Gêne.<Reformas, reformas, reformas…-se explicaba Damián- Todo lo que oigo hablar es de reformas para salir de la crisis&…¿Y cómo no iba a estar yo en crisis con lo que veía que en esta casa y en el propio espejo del baño?…Un aburrido inspector de trabajo jubilado, santos de la familia, muebles de almoneda, una copia infame de Herodías llevando en bandeja la  cabeza del Bautista, un paisaje atroz con bandidos de Sierra Morena…Y un retrato que pintó el peor discípulo de Madrazo a la tía Eugenia, que tenía una papada como un pavo, y su marido, que era talmente una lechuza en un cuerpo humano.. Así que lo he reformado todo. Todo.

Jugaron la partida de ajedrez. Naturalmente la ganó Damián. Homper no podía concentrarse.

-Lo siento- se excusó- Esas mujeres desnudas que me están mirando…

-¡Qué cuerpos!, ¿verdad?…Menudo ojo tenía el Newton ese…No me las he puesto en mi habitación, por no turbar mi sueño. Por cierto, también he hecho reformas en ella. Déjame que te las enseñe.

Recorrieron hasta el final el largo pasillo de las beldades y entraron en la habitación de Damián, cuyas paredes estaban completamente empapeladas con recortables: de húsares de Pavía, de granaderos del Rey, de soldados de la Guardia Real, de ejércitos de todas las guerras conocidas, de toreros. Recortables, recortables rescatados de los desvanes de su infancia,  recortables que entretenían sus horas muertas, más recortables.

-Estoy obsesionado-se explicó atropelladamente- Ya no pienso más que en lo que escucho. Nos dice la Merkel  que hacen falta más reformas, nos pide el BCE que se sigan profundizando en las reformas, dice un catedrático de economía por la radio que aún queda por reformar la Banca, las Cajas de Ahorro, la Administración, las Autonomías, el Gobierno nos anuncia más recortes…

Se detuvo un armario, resoplando, como si la ansiedad se hubiera apoderado de él y perdiera el control.

-No puedo más, ayúdame –dijo mientras extraía de las baldas del armario una Termomix, un cuadro de una Sagrada Cena en madera sobreplateada, dos bombines antiguos y  una cubertería de plata que compró su madre muy barata gracias a una imposición a plazo fijo que le ofreció el el BBV- ¡Ayúdame en las reformas, por favor Homper!…

Se adelantó Leonisa, que se acercó hacia ellos con un gran capazo de los que venden los chinos insinuando con un dedo sobe su sien que Damián no estaba en su mejor momento.

-Deme, señor Homper –yo le ayudaré a llevarlo hasta el taxi –dijo mientras iba metiendo en el capazo los inopinados regalos.

5

Faltaban por descubrir las últimas reformas.

-¡Espera, espera, no te vayas  aún!- terció Damián dirigiéndose a un rincón del gran recibidor en el que, como si fueran obras de arte de ese Cristo que empaqueta los monumentos, había dos bultos tapados con sendas sábanas- ¿Qué te parece si colgamos esto en lugar de la vieja lámpara de bronce holandesa que había en el techo?

Damián tiró de la primera y apareció un caimán de tamaño mediano perfectamente disecado, herencia oculta hasta entonces del tío Genaro, un naturalista que pasó en Guinea lo mejor de su vida.

-Lo voy a pintar de oro y lo colgaremos volando por encima de nuestras cabezas –dijo gestualizando con los brazos lo que presumiblemente sería como una instalación artística de la colección Saatchi.

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-Y aún queda lo mejor –añadió Damián, al que sólo le faltó anunciar con un ta-ta-chán- la última sorpresa- ¿Cómo no iban a llegar las reformas al Sagrado Corazón al que tanto rezaba la pobre mamá?…

Retiró la segunda sábana y al pobre Homper se le quedaron los ojos como cuadros. Doña Angustias, la madre de Damián, había sido muy devota  del Sagrado Corazón de Jesús, y un día compró en un anticuario un cuadro en el que su imagen aparecía en una auténtica ventana cordobesa, con su enrejado, sus macetas de bellos e inmarchitables geranios de plástico y sendos farolillos con velones a los lados. Hasta la muerte de doña Angustias aquella joya colgaba de las paredes de su habitación, pero luego fue al trastero. Damián la había rescatado del olvido para hacer en ella las pertinentes reformas que pedían las circunstancias. Ahora el propio Jesús, entre esos brazos que según la iconografía clásica se abren generosamente ofreciendo el perdón, transportaba a una joven con un traje de baño a rayas fotografiada así en el la playa del Sardinero en 1930. El efecto del montaje era impactante, porque, activando un interruptor oculto bajo una de las macetas, el sagrado corazón que quedaba por encima de las curvas de la joven Doña Angustias se encendía y latía aceleradamente, mientras de los ojos de la heroína salían destellos intermitentes y comenzaba a sonar un cover de la conocida canción de Manolo Escobar que ahora decía así:

Madrecita María Angustias / Hoy te canto está bellá canción…/Y obediente cual si fuera un niiiño/ Yo reformo con todo cariño/ Así a tu Sagrado Corazón…

 

Al conjuro de aquella escena de teatro pánico, la gata Mimí lanzó un maullido espantoso, pasó como una exhalación entre las piernas de Homper y Leonisa, que esperaban el ascensor y se escapó escaleras abajo.

 

Cuando Homper y Leonisa salían por el portal con todos los desechos de las reformas de Damián, la portera les salió al paso asustada.

 

-Y ahora la gata morada se escapa…Les digo yo que  a don Damián  esto de las reformas le ha hecho enloquecer.

Y Homper pensó que, más o menos, como a todos…

El dilema de Nepomuceno de Nicea

1

La más misteriosa de las amigas del Duende tiene nombre de poetisa o de árbol, según se mire. Se llama Acacia, como Acacia Uceta o como ese árbol africano con tantos ejemplares plantados por las calles de Madrid. Como no tiene ramas –aunque se va por ellas, especialmente si son cinematográficas (en realidad ella misma es una película)- ni ofrece esa flor blanca y dulce que los niños de la edad de este bloguero llamaban  pan y quesillo y que comían como si fuera un chuche de la misma naturaleza, supone el bloguero que esta Acacia es más bien poetisa, o poeta, como se dicen ahora las que antes llamábamos así. (Por cierto, rara cosa: las feministas quieren ser miembras y cuando resulta que había una palabra precisa para el poeta de sexo femenino, que era poetisa, reniegan de él y revindican ser poetas).

 

Pues ya lo tengo más que meditado.

Como me llamo Duende, yo os prometo

que si soy capaz de hacer dos pareados

en vez de poeta, me diré `poeto

2

Poeta o poetisa, la amiga misteriosa vive entre gatos y DVD en blanco y negro de la época dorada de Hollywood, pues considera que de Cary Grant y Humphrey Bogart  a esta parte ya no hay hombres. También colecciona búhos, pero de mentirijillas: de cerámica, de madera, de turquesa, de papier maché. El Duende prácticamente no la ve nunca, pero recibe de ella, de cuando en cuando, asistencia espiritual, que se materializa de la siguiente forma: abre su correo electrónico y lee un mensaje que dice más o menos

A fulanito le gusta un enlace en el que se te ha etiquetado.

El Duende se mira y no se ve etiquetado por ninguna parte de su cuerpo. Pero haciendo un esfuerzo intelectual, y después de un oportuno click en el mensaje de marras, se le abre una puerta a esa especie de arcano que sigue siendo para él FACEBOOK. See enlace, le dice la ventanita. Y ésta le conduce a otro mensaje que le comunica que su buena amiga Acacia ha recomendado a algunos de estos seres evanescentes que pululan  en el proceloso mundo de las llamadas redes sociales que lean el post escrito por este bloguero que a ella, la enigmática amiga, le ha gustado. También encuentra una larga lista de amigas, amigos, amigas de amigas, amigos de amigos, amigos de amigas, amigas de amigos. No sabe qué quieren o que esperan de él. No tiene ni idea de para qué sirven, ni si él puede serles útiles. ¿Quién le guiará al Duende por estas cañadas oscuras?

Gracias, Acacia.

3

Hasta ahora eso no ha cambiado la vida del bloguero. Sin embargo cada día más el Duende despistatus constata que el  mundo gira ahora en torno a las redes sociales, y que Twitter, Facebook y todas estas herramientas misteriosas que él desconoce son la savia y el maná que alimenta eso tan importante que es el debate social. Rajoy descubre entusiasmado que aún nos puede recortar el oxígeno que respiramos y lo comunica por Twitter. A Cristiano Ronaldo le ponen las costillas con salsa de barbacoa y difunde la importantísima noticia por el mismo canal. MadonNa decide teñirse el vello púbico de color malva y lo pone en su muro de Facebook. Finalmente, el Rey quiere anunciar que está tomando clases de parchís para vencer su adición a la caza (y a otras cosas) y lo publica en un postito a través de Linked in.

Desengáñate, Duende: fuera de las redes sociales, no hay salvación.

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Así que, consciente de que, le guste o no, y como diría Baroja, el mundo es ansí, el Duende lanza un SOS desesperado a su queridísima amiga y protectora para que le ayude a comprobar que él también puede estar en ese mundo, y contribuir a su enriquecimiento moral e intelectual haciendo que las redes sociales le ayuden a despejar el dilema de Nepomuceno de Nicea que tanto le tortura.

La cuestión no es baladí. Ya se lo planteó este filósofo y moralista en el siglo IV, y esta es la fecha en la que la humanidad, con todo lo que ha progresado, no ha sido capaz de despejarlo. Por favor, Acacia, que la sabiduría de las redes sociales nos libre de esta angustia existencial que nos corroe a los que aún tenemos la funesta manía de pensar.

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Recapitulemos. El buen Nepomuceno se preguntó cuál de estas realidades podría proporcionar más felicidad al alma humana.

a)      Pelar una gamba a la plancha y comérsela sin que nos deje en los dedos el olor a gamba.

b)      Ver la aurora boreal con los pies metidos en un barreño con agua de sifón templada.

c)      Atrapar con la uña del meñique el imposible de ese moco escamoso y seco que se ha escondido en lo más profundo de la caverna nasal.

d)      Que esta noche el Madrid gane al Barça, o viceversa, en el último minuto y de penalti injusto.

Sabe este Duende que Acacia lo conseguirá. Espera que ella lance la pregunta en las redes sociales, y que las múltiples respuestas le hagan sentirse a él importante en la comunidad internauta. Que este alto tribunal invisible de valores universales resuelva al fin el dilema de Nepomuceno de Nicea. Y que la luz de la razón, derramada sobre los ignorantes, redima a este pobre Duende de su estigma de megatorpe electrónico por el que tanto sufre. Amen. 

Siempre nos quedará Beethoven

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Eran sólo las 9´30 de la mañana cuando sonó el teléfono. Por el auricular se escuchaba la inconfundible voz amiga de Bibí Herrero.

-¿Qué te debo? –preguntó el Duende.

-No –respondió ella conteniendo la risa- Sólo te llamo por si esta tarde no tienes plan y querías ir a  un concierto con un argentino.

Apenas unos minutos antes el Duende había escuchado por la radio que la presidenta Kirchner había decidido expropiar a REPSOL el cincuenta y uno por ciento de sus acciones. Bibi también es argentina, psicoanalista, para más señas,  y está casada con un compatriota que no es precisamente el mejor amigo de la veleidosa mandataria peronista. Él es el profesor Carlos Rodríguez Brown, que a veces españoliza su segundo apellido y lo escribe Braun.

El profesor es un conspicuo y exigente liberal, famoso por sus azotes doctrinales a las políticas económicas de la izquierda y por sus vaciles radiofónicos con Carlos Herrera.  Estos, aparte del consabido saludo –¿Cómo estás, Herrera, a pesar del gobierno?- incluyen adivinanzas económicas, adivinanzas musicales, canciones a dos voces manifiestamente mejorables y todo un ritual que los oyentes de Herrera en la onda esperan como esperaba la infancia de hace treinta años el ¿Cómo están ustedes? de los payasos de la Tele. Somos como niños, y la economía pura y dura es un bodrio. Por la tarde, en La brújula de Carlos Alsina, el profesor Rodríguez Brown también recita  a veces a Rubén Darío.

Los datos adicionales es que el programa de Juventudes Musicales incluía dos conciertos de piano –uno de ellos el del Emperador- y dos oberturas de Beethoven. El solista era nada menos que Lang  Lang “el artista más de moda en el planeta de la música clásica”, según rezaba el programa de mano. Un virtuoso, un genio del teclado. El Duende no se lo dijo a Bibí, pero hubiera asistido entusiasmado a ese concierto con un argentino, con un turco o con la momia de la hija del doctor Velasco en la butaca de al lado. No están las cosas como para desperdiciar invitaciones así.

2

El profesor Rodríguez Brown debe de ser el mejor economista del mundo. Al menos con su tiempo. Este no sólo le da para leerlo todo sobre su materia y enseñarlo en su cátedra de la Universidad Autónoma de Madrid, sino para pasar diariamente varias horas en Onda Cero, asistir a tertulias televisivas, a numerosos actos culturales y sociales y cultivar una lista de amistades entre las que cabe hasta este bloguero jubilado, que escribe algo pero ya no pinta nada. El y su encantadora esposa son además cinéfilos y melómanos, al punto de que tienen una perrita a la que llaman Brunilda, como si en lugar de una teckle fuera una valkiria de Wagner.  También tienen hijos con nombres de evangelistas, Lucas y Juan. Y nietos. No hay argentino que pueda abandonar su acento, pero los Rodríguez Brown, que hablan como argentinos, han puesto un océano de por medio para poder juzgar al gobierno de la señora Kirchner con cierta perspectiva. Al igual que el cura vasco de aquel chiste que se posicionaba frente al pecado claramente, el profesor tampoco es partidario de su presidenta.

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La música clásica sigue atrayendo a las clases ilustradas. Pero cuando sus ejecutantes son auténticas estrellas, mucho más. Los aficionados entonces  van a escuchar, a ver a los que van y a dejarse ver. Hoy hay tanta oferta musical en Madrid que en muchos conciertos no es infrecuente ver claros en las butacas del Auditorio Nacional. Pero cuando dirigen Mutti, Dudamel o Metha o actúan divos de la categoría de Lang Lang, Cecilia Bartoldy o Ann Sophie Mutter no cabe un alfiler. Anteayer ir con el profesor era como ir con una de esas estrellas. Muchos abonados le miraban con curiosidad morbosa, pues su cara es conocida por aparecer en algunas tertulias de televisión, y los amigos le saludaban con retintín, como si su sangre argentina le hiciera corresponsable del saqueo a REPSOL. El Duende tuvo que justificar su presencia en la localidad que normalmente ocupa Bibi.

-Es que vengo de escolta –decía.

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Pero vaya de lo que vaya, el Duende agradece mucho cualquier invitación a un concierto. Uno ve a unos músicos que hilvanan con precisión sonidos mágicos, y escucha maravillado lo que compusieron hace siglos los elegidos de los dioses. Pero entre tanto…¿qué visualiza nuestro cerebro? Del concierto del Emperador de Beethoven que interpretó Lang Lang veía surgir el bloguero el recuerdo del primer tocadiscos que entró en casa de sus padres, al que se le recibió con la misma devoción con la que un día apareció el ESPASA. O sea, como un gran acontecimiento. Uno de los primeros vinilos que giró en su plato fue precisamente el Concierto del Emperador. El Duende soñaba entonces con ser Toscanini, y, a falta de batuta, dirigía a su orquesta imaginaria con un macarrón robado de la despensa. Cuando Lang Lang atacó con indescriptible delicadeza el segundo tiempo del concierto, el Duende evocó la primera vez que en el Teatro Real escuchó al gran Vladimir Ashkenazy interpetando esa misma pieza con la ONE, que entonces se hospedaba en lo que hoy es el templo de la ópera nacional. Ese adagio profundo es de lo más lírico e intenso del genio de Bonn, y se debe recomendar a cualquier alma sensible que crea en el poder balsámico de la música. El Duende recordaba que en aquella ocasión cada pulso del ejecutante era el metrónomo de las dudas provocadas por la muchachita de la butaca de al lado, a la que había invitado porque es probable que le hiciera tilín.

-¿Le acaricio la mano o no? –se preguntaba mientras iban cayendo, como copos de nieve, las prodigiosas notas beethovenianas..

El piano de Beethoven como panacea. Ahora sonaba otra vez gracias a  Lang Lang el mismo día en el que el país, consternado, vivía otro día de miserias y disgustos por un quítame allá una compañía petrolífera. Qué inmensa suerte, poder refugiarse en la música. A la pareja de Casablanca les aliviaba pensar que siempre les quedaría París. Al bloguero, abrumado por tanto desbarajuste, le consuela que siempre le queden Beethoven, Lang Lang…y amigos como los Rodríguez Brown que le inviten a escucharlos. Por muchos años.

 

  

 

El elefante

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Apenas se despierta Homper comprueba algo que le impone la estupefacción nuestra de cada día. Ahora resulta que, a su edad es un inmaduro, un frívolo y  un aprovechategui. Según algunos líderes de opinión de los que parlotean por la radio, el pueblo no debe  confundir las churras con las merinas, y cometer la ligereza de utilizar la cadera real rota para socavar a las instituciones, o sea, la Corona. Homper se considera parte del pueblo, y la presunción casi le ofende.

Así que una vez peinadas las greñas del bien dormir y tapadas las arrugas de su pijama con un batín que parece heredado de David Niven, o sea, una vez presentable, se pone firme ante el espejo, inclina respetuosamente la cabeza y reafirma su acatamiento al orden establecido.

-Dios salve al Rey –proclama- Y, a ser posible, le aficione al ajedrez.

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¿Han asesinado a Dumbo? ¿Han resucitado a la República setenta y cinco años después de su nacimiento? ¿Hemos descubierto los españoles al Robespierre que latía dentro de nuestros corazones?

Otra cuestión: ¿son las redes sociales y los periódicos digitales la voz más autorizada que hay que tener en cuenta?

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Dicho lo cual, considera Homper que lo cortés no debe quitar lo valiente. Y que admirando al Rey Juan Carlos porque parecía muy torpe y resultó bastante listo en el momento más decisivo de nuestra vida política, y creyendo firmemente que ha sido, quizás es, y aún podría ser el jefe de Estado más útil y menos costoso que nos inventemos, se atreve a decir que con la edad el monarca, como quizás nos pase a todos,  está hasta los mismísimos de casi todo: de la crisis, de su familia, de sus aburridísimas –por muy bien pagadas que sean- obligaciones, de los políticos, de la prensa, de sus inacabables alifafes y de la coña marinera en que últimamente se ha convertido su casa.

Y de vez en cuando, hastiado y pasota, pierde hasta los papeles más importantes.

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Alguien tendrá que recordarle, como si fuera un niño, Señor, eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca. Alguien podría sugerirle que hay otras formas de divertirse menos comprometidas que liquidar al representante del reino animal más querido, y que hay otras vidas incluso más apasionantes que las de los ricos. Si el Rey pierde a veces los papeles, alguien de responsabilidad tiene que recogérselos y ponérselos en orden. Porque la Monarquía tiene que ser una solución, no otro problema más.

El pueblo es –somos-  muy simple. Y de la misma manera que no entenderá los recortes hasta que éstos empiecen a dar frutos, tampoco entiende que matar un elefante sea lo mejor que se puede hacer en este momento para aliviar los males de la patria.

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Por lo demás, Homper prefiere recordar a Dumbo, a la vieja elefanta de la Casa de Fieras del Retiro, al venerable artista de tantos circos, al elefante de aquel papel higiénico que parecía papel Kraft, qué valor limpiarse el culete con esa lija disimulada, o al estupendo Coronel de El libro de la selva. Fueron los elefantes de su vida. Lo siente mucho por ese otro abatido en Botswana, como por todos los que caen víctimas de la vanidad superlativa de los cazadores de elite, pero no quería ser vecindona murmuradora y cruel y contribuir con sus críticas a la demagogia.

Es más, Homper intentará hacer caso de los gurúes de la meditación trascendente y, mientras no capee el temporal, no volverá a pensar más en elefantes.

Yo soy dos tontos

1

Yo era madrileño, y lo que he visto me ha hecho doblemente madrileño –piensa Homper mientras se afeita ante el espejo-Nacido en Madrid y hecho mayorcito en la comunidad autónoma de Madrid.

No sabía muy bien para qué había que ser de la autonomía de Madrid. A los de Madrid casi nos daba igual ser de Madrid que de Albacete. Aparte de los castizos de salón, pocos alardean de la condición de nacidos en el foro. Las más de las veces se nace en Madrid  porque hay que nacer en algún sitio, y aquí dejan nacer a cualquiera. Luego se vive, se pasea en primavera o en otoño por el Retiro o por los jardines de Aranjuez y hasta se le coge gusto a la ciudad y a la provincia.

Pero vino la fiebre autonomista, aquello de culo veo, culo quiero, y mariquita el último y hale, a inventarse una comunidad autónoma, una nueva bandera roja con estrellitas blancas, un himno que no conoce nadie y a sacar pecho. Además del Madrid de Carlos III, de Mesonero Romanos, de Chueca, de Arniches y de Gómez de la Serna, ahora teníamos el membrete de madrileños autonómicos. Jó qué gustirrinín, ¿no?

Aunque luego hablé con amigos que además de murcianos eran murcianos, otros que además de asturianos pasaban a ser ciudadanos del principado de Asturias, canarios duplicados por su autonomía y logroñeses que se sentían a gusto como tales, aunque ahora fueran riojanos, y me dijeron que no era para tanto.

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Ya se sospechaba que un gobierno central más diecisiete gobiernos autonómicos más diputaciones y ayuntamientos eran mucho mantel para tan poca merienda. No era cosa de hacer arqueología con el espíritu de Isabel y Fernando, ni nostalgia imperial del haz y las flechas, pero algunos se preguntaban si por aquello de las economías de escala no hubiera resultado más práctico seguir administrando los servicios esenciales de la comunidad nacional desde el estado central.

Ahora viene Esperanza Aguirre y reconoce una verdad palmaria: el estado de las autonomías se inventó para reconducir a los nacionalismos históricos e intentar mantener a Cataluña, País Vasco y Galicia en buena armonía dentro del estado español. No ha servido para eso. Item más: alguien decidió que café para todos y ahora, además de cornudos,  los gobiernos autonómicos nos han dejado arruinados.

-Se veía de venir- dice Homper emulando al pueblo soberano- Como lo de una Unión Europea alegre y confiada, que derrama el cuerno de la abundancia sobre los pigs y no marcó desde el principio las normas de control sobre la economía de sus  miembros. Como el despelote de la banca, como la dictadura de los mercados…¿Pero no están para esas cosas los que dicen saber? ¿No se preparan para eso los  políticos? ¿O es que no se leen los papeles antes de ser elegidos por los que no sabemos de esas cosas?

Y recapitula el Hombre Perplejo: yo era español y ahora soy europeo, español, madrileño, doblemente madrileño y engañado.  O, como escribió Alberti en uno de sus poemas gamberros, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.

 

Sin perdón para el desánimo

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Cantaba Don Hilarión que el aceite de ricino ya no es malo de tomar/ Se administra en pildoritas y su efecto es siempre igual.  Para acabar concluyendo  que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, una bestialidad, una brutalidad. Algo así pensó Homper cuando se enteró de que ahora los médicos cuando a un niño le sube la fiebre en demasía, en lugar de ponerle a sudar bajo una capa de mantas le sumergen en un baño de agua fría. Que el niño tirita de frío por la fiebre, pues más frío para el cuerpo todavía. Pasmoso: una barbaridad, una bestialidad, una brutalidad.

Y a nuestro Hombre Perplejo, cada vez más abatido por la malsana costumbre de leer periódicos y seguir las noticias, se le ocurrió que el pesimismo que diariamente nos inyectan la economía, Europa, los gobiernos y los dichosos mercados quizás podría combatirse de igual forma que la fiebre. O sea, con algo peor. Si creemos que la situación actual es mala, reflexionemos recordando la barbaridad, la bestialidad y la brutalidad que era este mismo mundo cuando la generación de Homper puso sus pies en él.

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Todo esto viene a cuento porque anoche veía Homper Sin perdón en la primera cadena de TVE y cuando despertó –no puede ver películas después de cenar, porque acaba durmiendo hasta las obras maestras- se encontró en pleno Apocalipsis de esa pesadilla que fue la Segunda Guerra Mundial. La gran película de Clint Eastwood se fundía con la película de aquel desastre que debería avergonzar a la condición humana. Eso sí que no tuvo perdón. Le tuvo en vilo hasta las dos y cuarto de la madrugada.

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La serie Apocalipsis, quizás refrito ampliado de aquel impagable El mundo en guerra que produjo la BBC en la década de los 70 del pasado siglo es el mejor exponente de la capacidad  de barbarie de la especie humana. Pero después de repasar la orgía de sangre y fuego que ofrecen sus asombrosas filmaciones, uno se queda estupefacto pensando  que los mismos que desataron el desastre fueron capaces luego, pelillos a la mar, de ponerse de acuerdo, recomponer Europa y diseñar un nuevo orden mundial que, con todos sus fallos, es bastante mejor que lo que nos hubiera deparado el triunfo de los totalitarismos.

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Así que Homper, que nació cuando la acabó la guerra y Europa era un erial y una ruina, piensa que esta serie debería de ser de obligada visión para recuperar el ánimo colectivo. Dice que vivimos tiempos inseguros, de zozobra y de angustia, pero que les hablaran de nuestros problemas actuales a los judíos, a los polacos, a las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, a los marines que desembarcaron en Europa para morir en las playas de Normandía, a los que ardieron bajo las bombas inglesas en Stuttgart, a los que murieron aplastados en Londres por las V-1 y V-2, a los veinticinco millones de rusos que se cobró, entre otros muchas más víctimas, ese conflicto disparatado. A todos los que soportaron aquel horror o murieron en él.

-Recortes, sacrificios, renuncias, austeridad, copago sanitario… –medita Homper- Es verdad que los políticos de estas últimas décadas nos vendieron la Arcadia feliz y que cabrea bajarse del guindo y pisar tierra firme. Pero también lo es que si recordamos lo que era el mundo hace apenas setenta años, hay que quejarse lo justo y creer que está en nuestra mano mejorarlo sin pasarnos de llorones y caer en el desánimo. Porque eso tampoco tendría perdón.  

Los calvarios de Inocencio

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Mi nombre es Inocencio, Ino para los amigos. Yo era muy de la Semana Santa. No es que fuera un católico ejemplar, pero que no me quitaran mi cofradía, mi Virgen, mi procesión, mi paso, mi capirote. Esa banda de música  y esa Señora a la que mecíamos con lágrimas en los ojos eran algo por lo que merecía la pena los sacrificios de todo un año. Además de Ino quizás sea eso, inocente, ingenuo, pero esas cosas me llegan muy dentro, y me emocionan. Los que son de fuera no lo entienden, pero es un sentimiento muy especial, algo que no se pué aguantá. No podría vivir sin mi Semana Santa.

Todos los de mi cofradía pensaban más o menos como yo. Nos poníamos el capirote, olíamos el incienso, escuchábamos las marchas procesionales, veíamos a nuestra Señora a hombros de los costaleros y no había nada para nosotros más importante que la madrugá, al cielo con ella, el alma, la salvación, el llanto de las saetas, el fervor, la devoción, todos los rollos esos de la religión. No los digo por orden, porque no lo tengo muy claro. Pero todo era muy auténtico, muy sentío, aunque luego cada cual  pues eso,   ca cuá e ca cuá. La mayoría éramos creyentes, no de misa ni de sacramentos, eso no, pero sí de corazón, auténticos, buenas personas.

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Eso sí, había alguno en la cofradía que tenía sus cosillas. Por ejemplo Vicente, que llevaba años pegándosela a su mujer con la mujer del hermano mayor.

-No lo puedo evitar, Ino –me decía- Pero ¿te has fijado en lo requetebuena que está?

También otro que era empresario tramposillo, de esos que contrataba a  empleados de aquella manera, para esquivar a la Seguridad Social. Y algún otro desahogao que, a pesar de que su hermanos trinaban,  tenía secuestrada a su madre para que le mejorase en la herencia y le dejara cuatrocientas hectáreas de olivas que según él le pertenecían por deseo de su abuela, que además de abuela fue su madrina. Ese era el Chufo, buena gente. Como Tomás, que era concejal de Izquierda Unida en su pueblo, y ateo por la gracias de Dios, pero mu comprometío con las tradiciones del pueblo. Ya me gustaba menos lo de Paco Celos, que le llamábamos porque no podía aguantar que su mujer su pusiera medio guapa para salir a la calle, y de vez en cuando nos contaba que tenía que calentarle la cara. No está bien eso, no nos gustaba, pero eran pecados humanos, casi tradicionales, y al fin al cabo para eso éramos penitentes: capirote, cirio, cadenas si hacía falta, sufrimiento y ganas de redimirnos de las miserias de esta vida. Todos más o menos teníamos es buen fondo, buenas intenciones. Pero es que veces, oiga, la la vía es una puta mierda, ya me entenderán, y como decía Cristo el que esté libre del pecado que tire la primera piedra.

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Pero velay las cosas, Ino viene de inocente, y yo debía de ser muy inocente, de veras. Porque a los veintisiete años, un chaval, ya currante en una empresa, que entonces aún parecía que iba a ser un trabajo para siempre, vino mi Reyes, me conquistó y nos casamos. Y hasta Chenchín, que es nuestro segundo hijo, pude seguir siendo un cofrade como mandan los cánones y respetar lo que yo entiendo que es una Semana Santa. Pero luego vinieron las gemelas y se acabó lo de escaquearse al pueblo, teníamos que ir a la casa de su madre, que es de la montaña de Palencia donde no vean lo bajo que vuela el grajo incluso en abril. Reyes es hija única, y me planteó: ¿qué es más importante, mi madre o tus tradiciones?…

Y tuve que olvidarme de mi Semana Santa, me cago en la hos…Perdón, que se me iba a escapar la blasfemia, y uno es muy católico para todas sus cosas. Así que tragué, todo por la familia, y cambié lo más grande que se pué viví, por otra semana santa que no me decía nada, ni las procesiones se parecían a las nuestras ni corría el sentimientos por las calles, como en mi pueblo. Y aquí el Ino, que antes vivía estos días con una mística y una intensidá que no se puede aguantá, no sentía por dentro más que el ruido de la carcoma de las vigas de madera de la casa de su suegra, que está que se cae de vieja.

Y menos mal, porque al menos la carcoma le recordaba aquello que decía el cura cuando el Miércoles de Ceniza le hacía la cruz en la frente: Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás. Que eso es uno de los mensajes de la Semana Santa grande, la que me va a mí, que es penitencia y expiación, mucho sentimiento, pero con arte, con gracia, con duende. Para no olvidarla jamás.

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Ino no la olvidará nunca, pero a la fuerza ahorcan.

-Ahora ha cambiado mi Vía crucis –dice para sus adentros- Primera estación: cargar el coche con los cuatro niños, el equipamiento habitual y el hamster.. Segunda estación: recoger a la suegra y comprimirla, con su máquina de coser incluída, el monoespacio coreano, que es bueno, pero no elástico. Tercera estación, atasco en la A-1. Cuarta estación, cambio de pañales a las gemelas en un área de servicio donde hay que guardar cola  de media hora en el cuarto de baño. Quinta estación: me saquean por un Cola-Cao para los niños y unos pinchos de tortilla que parecen fraguados con cemento. Sexta estación: me flagelan con los peajes. Qué pasta gansa. Séptima estación: lleno el depósito de gasolina y revivo en mis carnes la corona de espinas. Octava estación: parada obligada en la abadía de San isidro de Dueñas, donde mi suegra necesita recibir la bendición de su primo Onofre, monje trapense. Novena estación: Chenchín vomita en el presbiterio cuando el tío Onofre nos enseñaba la abadía. Tierra, trágame. Décima estación: empieza a diluviar y el limpiaparabrisas no funcionan. Hora y media  hasta que viene una asistencia técnica mientras las gemelas tiritan de frío, la abuela sigue las procesiones que transmite la radio del coche a todo volumen y Reyes me pone a parir, como las turbas que insultaban a Cristo, por no haber sido previsor. Undécima estación: primera caída en mi calvario particular. Llegamos al pueblo de mi suegra y descargamos. No funciona la caldera de la calefacción. Duodécima estación: hay que poner la primera lavadora, calentar biberones y cabiar dodotis al tiempo que la abuela, empeñada en hacernos unas sopas castellanas, exige que le pele los ajos, porque ella no ve, se corta y además le molesta el olor que le dejan en los dedos. Decimotercera estación:  oficios con la suegra y familia y por la noche hay que invitar a los primos palentinos en el asador del pueblo. Lanzazo como el que le dieron a Cristo, pero en la cartera. Decimocuarta estación: crucifixión. El tiempo sigue tan malo que volvemos a Madrid para al menos librarnos del atasco. A mi suegra le  da una lipotimia y tenemos que parar en Urgencias de Palencia y hacer noche en un hotel. Tiembla, Inocencio. Decimoquinta estación: emprendemos camino a Madrid y, zaca,  el temible atasco.

 Y yo, recordando mis antiguas semanas santas y las de ahora, me pregunto dónde había más Calvario. Si en las de antaño, tan hipócritas, pero aparentemente tan cristianas, o en estas de ahora, que, aún sin ponerme el capirote, sufro como Cristo, y me invitan a morir levantando la mirada al cielo y repitiendo la más famosa de las siete palabras. Padre, ¿por qué me has abandonado?…   

Jueves Santo sin Mingote

1

Le ha pedido el Duende explicaciones a su memoria. De repente no sabe si al Jueves Santo le corresponde el recuerdo de  un diluvio torrencial que vació las calles y convirtió Madrid en una ciudad fantasma, el sonido de las carracas, la visita a las iglesias con sus padres para rezar las estaciones o unas gambas al ajillo deliciosas que preparó su madre. La infancia guarda esas sorpresas: hasta un día crees que lo más sabroso que se puede esperar de la vida son las patatas fritas, el jamón de York y las natillas, pero ese día el menú se hace más adulto y se refina, y la madre prepara algo nuevo, que son las gambas al ajillo. Y a partir de entonces el Duende imberbe, de tan deliciosos como le parecieron esos bichitos del mar, creerá que las gambas al ajillo eran privilegio de los ricos de su tiempo: Aparicio, Litri, Di Stéfano, Sara Montiel y Pepín Fernández, que hacía entonces el mismo papel de empresario exitoso que ahora desempeña el señor de Mercadona. Por cierto, sic transit gloria mundi: ¿quién se acuerda ahora de Pepín Fernández?

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Memoría traidora, como empezaba diciendo.

Sí tiene claro el Duende en cambio que así como el Viernes Santo se ayunaba, el Jueves Santo se comía, y bien. Los católicos preparamos el gran duelo con buenos alimentos, y también celebramos las buenas nuevas como auténticos triperos. O sea que aunque probablemente creemos en Dios, aprovechamos cualquier trance en la vida de su divino Hijo para los placeres de la otra carne, que son menos excitantes, aunque también más perdonables. Que nace el Mesías, pavo y turrones. Que le prenden en el Huerto de los Olivos, y le flagelan, y le coronan de espinas, y le crucifican, torrijas, tirabuzones y flores de harina frita. Que resucita, cordero pascual asado, monas de Pascua y huevos de chocolate. Mens sana in córpore no se si sano, pero por lo menos gordo.

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Memoria, entendimiento y voluntad, decía el catecismo del padre Ripalda que eran las llamadas potencias del alma. La memoria, ya les digo, va fallando, pero el Duende sigue las huellas del tiempo perdido y se da cuenta de que no recuerda un solo Jueves Santo sin Mingote. Se lamentaba estos días pasados de cómo se borran las referencias, el oráculo Zoupon incluso advertía de que la mimísima Estrella Polar ya no es lo que era, pero sin embargo el maestro Antonio Mingote estaba siempre ahí, como el santo doméstico que las mujeres de pueblo entronizaban antiguamente encima de su receptor de radio para que, entre uno y otro, guiaran sus faenas domésticas y su vida entera.

-Te hago este dibujo para que pienses, luego existas-parecía decir el gran dibujante desde su ventanita el ABC.

Mingote divino, Mingote bueno, lúcido, tierno, generoso, elegante y paciente,  como hay que exigirle al mismísimo Dios que lo sea. Pero sobre todo afable, bien educado, simpático y bueno, sobre todo bueno. Podría el Duende caer en la vanidad de presumir de su amistad, pero sería de todo punto exagerado. Coincidió con él en actos, almuerzos, cenas, a veces incluso tuvo que hacer el payaso ante él, porque por medio estaba Ussía, y el propio Alfonso, que es un agitador, tiraba de uno para que  usara sus herramientas ad majorem regocijum Dei. Y el bueno de nuestro dios de los chistes sonreía. No cree el Duende que entendiera ni la mitad de la mitad, pues el ilustre académico estaba ya un poco teniente, pero el hombre asumía su papel de ídolo complaciente, y a fe que cumplía.

 Ni fue su amigo del alma, ni tiene el Duende  otros títulos que le permitan abusar de la necrológica del don Antonio, por más que ambos –como Forges, qué coincidencia- hubieran nacido un 17 de enero. Sólo puede recordar que es el primer Jueves Santo sin él, cosa impensable, porque uno creía que Mingote irradiaba ya su luz como si esta fuera imperecedera. Vale: llega la muerte porque se tiene que acabar la vida. Así las cosas, este menda se conformaría con ser discípulo de su señorío y de su   beatífica ironía, que le autorizaba a poner el dedo en casi todas llagas sin que nadie se sintiera humillado ni ofendido. Qué gran triunfo, morir y dejar discípulos. Debe de ser privilegio de los que mueren en Semana Santa.

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Memoria frágil y triste, por las circustancias, y entendimiento nublado, cosa habitual en las sucesivas encarnaciones de este bloguero. Pero queda la voluntad. Querer es poder, se dice el Duende, y como a pesar del día lloroso uno está alegre se traslada mentalmente al Retiro, por donde paseaba Mingote. Un día se vistió de guarda del Retiro, como los que recordamos los madrileños de una cierta edad, con un uniforme marrón y rojo, no se si de pana o de fieltro, sí que llevaban un sombrero de alas  y unas botas de media caña por las que remetían los bajos de los pantalones. Eso y la banda de cuero blanco con una reluciente chapa de latón daba a aquellos guardas de antaño un cierto aire de mosqueteros.

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Y de esta guisa sorprendió el Duende al genio, paseando bajo la lluvia, que falta hacía por el parque, anticipándose quizás a la estatua que algún día se erigirá en uno de sus rincones al visitante más ilustre que ha recibido el Retiro en último siglo. No le quiso molestar. Si ya estaba duro de oído en esta vida, cómo  le iba a oír Mingote desde el más allá, con la de risas y amables llantos que deja en esta tierra. Recordó de memoria algunas de sus lecciones magistrales, en formas de viñetas de distintas épocas. 1. Velázquez aburrido, de brazos cruzados y apoyado en el caballete, suspira con la mirada perdida mientras por su estudio corretean las Meninas con su perro. Fumetti que sale de la boca del pintor: Hay días en que no se le ocurre a uno nada que pintar… 2. Tres pordioseros bajo un puente se consuelan del hambre en torno a un fuego. Fumetti de la boca de uno de ellos: Según las estadísticas, una de cada tres personas come pollo. Uno de nosotros lleva doble vida…3. Un matrimonio burgués critica las veleidades de algunos obispos, o tal vez la osadía del Concilio Vaticano II. Fumetti en boca de la señorona: desengáñate, Pepe, digan lo que digan al cielo iremos los de siempre.

Le recordó esos buenos ratos, esos flashes de inteligencia y gracia que valían por mil columnas, otros tantos artículos y algún que otro tratado de filosofía Le dio las gracias por haber sido el pensador más agudo,  claro y conciso que había conocido. Y añadió el bloguero que no le importaría contarse algún día entre los de siempre, como vaticinaba la señorona de la viñeta. Siempre que, cuando lo vea sentado a la diestra del Padre, compruebe que Dios ha mejorado mucho en su sentido del humor.

 

 

 

  

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