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Amadas primas

(Foto de Merkur)

Aquel tipo adoraba a las primas. A ello contribuía la literatura. Había leído todas las novelas propias de la primera juventud. En casi todas aparecían primas guapas, primas seductoras, primas con las que  se viajaba en tren o en barco, o con las que se veraneaba en el Tirol o en una isla griega. También había primas mas cercanas, primas de Albacete, de La Bañeza o de Valladolid, con las que primero se juega a las casitas o a las familias y luego se acaba descubriendo el esplendor en la hierba. Quien tenía una prima maciza y con las mejillas como manzanas, tenía un tesoro.

  Sus amigos, por cierto, también tenían primas. Gustavo, en particular, estaba enamorado de una de ellas, año y medio mayor que él. Se llamaba  Sofía, y justo aquel verano se le había puesto el pecho lleno de tetas. Las novelas y el cine hablaban mucho de episodios así.  Un día de verano cogieron la merienda, se escaparon de casa,  le  robaron el chinchorro al tío Tomás y se lanzaron a pescar en la ría. Ella hizo un movimiento peligroso y cayó al agua. Gustavo no lo dudó y se zambulló tras ella. Recordando  lo que había visto en el Tarzán de Johny Weissmuller, cruzó su brazo derecho por debajo la axila de la chica y nadando a duras penas con el brazo izquierdo le ayudó a ganar la orilla. El chinchorro, a la deriva, fue arrastrado por la corriente hasta perderse en la mar. La chiquilla, presa de un ataque de nervios, se arrebujó en el hombro del muchacho y no paró de llorar hasta que el sol secó sus ropas y ambos se encontraros enredados en besos y abrazos.

  Gustavo nunca olvidaría esa tarde, pero la edad no perdona. Ella completó su desarrollo mientras él seguía buscando desesperadamente en el espejo motivos para afeitarse. Ella se enganchó en la pandilla de los mayores y acabó casándose con un ingeniero de caminos. Gustavo siguió amando a su prima, pero no volvió a verla hasta que, veinte años después se celebró el funeral  por el usurpador, muerto repentinamente mientras se calzaba unas botas de esquí. Gustavo entonces acompañó a la prima Sofía todo lo largo del camino de cipreses que cruzaba el cementerio, y antes de despedirse se le ocurrió emplazarla  para  el verano. Le propuso salir otra vez a pescar en la ría. Pero  no lo harían en el chinchorro del tío Tomás, sino en un pequeño barquito de su propiedad.

 Y aquél verano, salvando las distancias,  se pareció bastante al Verano del 42  que entonces triunfaba en las pantallas.

 Gustavo era amigo del Duende, que no tuvo primas como Sofía. Todas eran mucho mayores que él. Pero alguna de ellas no obstante da para una historia luminosa y tierna que contaremos otro día.

La imprescindible luna llena

(Foto de JPStanley, una de muchas fotos increíbles)

(Reflexiones al conjuro de una luna llena que embobaba al Duende)

No se llena sólo por qué. Sino también para algo.

Por ejemplo, para que mucha gente sencilla sueñe que algo va a cambiar en su vida.Para que imaginen que su ilusión se va a cumplir.

( En estas lunas de junio,  el Duende solía creer que aprobaría el Derecho Aministrativo, cognazo máximo, cosa casi imposible que, aún así, acabó ocurriendo. También soñaba que aquella chica  respondería cuando él se lanzara a coger su mano. Y que él la apretaría lo justito para  que se notara que no era una amiga como las demás. Sucedió igualmente).

Asoma otra vez la luna llena.

Y hay millones de ojos que siguen redimiéndose en ella, como si esa oblea luminosa fuera al mismo tiempo el santo Grial, la piedra filosofal, el bálsamo de Fierabrás, la purga de Benito y la panacea universal.

Porque  todo el mundo tiene derecho a creer que la luna llena es mucho más que lo que nos enseñaron Armstrong y sus colegas en 1969.

Y que no se llena sólo porque lo manden las leyes del cosmos. Sino porque  la necesitamos.

La necesitamos para que mejore nuestro amigo Félix, que hoy empezaba su tratamiento. Y para que madure un mes más su nieto, al que  hoy veíamos en el escáner ya impaciente por conoce al abuelo

Y también para que la pequeña  Marina, que es la nieta del Duende, se asome a la terraza, desde donde se ve la marejadilla de tejados del viejo Madrid, y vea en ella una galleta tan maravillosa que ni Dios se atreve a comérsela.

Y para que el centinela se sienta acompañado mientras hace guardia. Y el celador reciba de ella el beso que no le puede dar su novia, que está dormida y se levanta a las seis de la mañana para llegar a tiempo al trabajo.

Y para que Alfonsina, tan seriamente preocupada por el dolor ajeno, que le es tan cercano, se alivie y sonría.

Y para que la brigada de la limpieza de todas  las ciudades y pueblos de España  pueda hacer un descanso, y en lugar de mirar al suelo, levanten los ojos al cielo y le den las gracias. Tan guapa y redonda, y encima no hay que recogerla en el camión de la basura ni reciclarla, porque se mantiene inmarchitable.

Y para que en Estepona se consuelen pensando que no llegará hasta la luna el larguísimo brazo de la corrupción que hoy les aflige.

Y para que Beatriz siga recordando que fue la musa del Dante. Y que otros poetas tienen que recurrir a la luna porque no han tenido la suerte de dar con una Beatriz.

Para todo eso -y muchos sueños más, propios o de sus lectores-que este duende fatigado es incapaz de resumir, seguimos necesitando a la luna llena. Oye, Señor, nuestro clamor y mantenla guapa y con  buena salud por los siglos de los siglos. Amén.

Hijos de los Rousseau

Juan Jacobo Rousseau dijo aquello de que el hombre era bueno por naturaleza, y que era la sociedad quien lo estropeaba. Su homónimo Henry Rousseau, conocido como el aduanero, se limitó a pintar un mundo naïf. Los españoles parecemos hijos de ambos.

 El último barómetro del CIS  apunta que la diferencia de votos entre PSOE y PP duplicaría ahora la registrada el 9 de marzo. Normal. Con la que está cayendo, qué otra cosa se podía esperar. También dice que el miembro del Gobierno mejor valorado (a) es Carmen Chacón, ministra de Defensa. Sencillamente candoroso. A la ministra no le ha dado tiempo para mucho más que viajar a Afganistán y saludar a las tropas españolas allí destacadas. Apenas unos discursos llenos de buenas intenciones, ninguna medida de las que definen un programa ministerial. No hace falta ser muy agudo para ver que lo que realmente seduce a los encuestados es la maternidad de la ministra, una mujer, por otra parte, muy bien valorada por los que la conocen de  cerca. Viva la ternura.

 Pero al mismo tiempo, el Latinobarómetro, que el Duende no sabe exactamente ni lo que es ni quién lo pilota, dice que el coronel Hugo Chávez es el líder peor valorado por los españoles, seguido por Fidel Castro. Sorprendentemente, el tan denostado George Bush es el tercero de la lista, cuando normalmente nuestra sociedad pacifista suele identificarlo con el mismísimo Belcebú. Tampoco hace falta ser un  lince para asociar la mala nota de Chávez con la trifulca que provocó el por qué no te callas del Rey. Las demás tropelías del caudillo bolivariano probablemente han pesado poco.

 Se deduce así que vivimos una sociedad  contradictoria y naïf, que quiere conjugar la realidad y la utopía sin que rechine en su encaje ni una sola pieza del argumentario. Por una parte  queremos que lo más feo de la gestión gubernamental, que son los asuntos de la guerra, se resuelvan en la imagen más pacífica que se puede ver, que es una madre amamantando a un niño. Por otra, aún siendo como somos los más demócratas del mundo, no soportamos que falten a nuestro rey, que, con todos sus muchos valores,  sirve a la institución menos explicable desde criterios democráticos.

 Queremos paz y seguridad pero sin molestar demasiado a los terroristas y criminales. Queremos ser campeones del desarrollo y de la cultura pero también que nuestros escolares pasen curso con cuatro cates. Queremos petróleo asequible, pero a costa de otros. Queremos que no suba la electricidad, pero sin centrales nucleares. Queremos viviendas asequibles, pero no el paro de los que no tienen qué construir porque no se venden casas. Queremos televisión sin anuncios y no pagar canon . Queremos que baje el precio de los alimentos, pero también que ganen lo suyo los ganaderos, los agricultores y los pescadores. Queremos laicismo y que no muevan de su sitio ni al crucifijo ni a la Macarena ni a la Virgen del Rocío. Queremos que viaje el agua sin que haya trasvases. Queremos ser buenos, justos y ricos, pero que los marrones se los coman otros.

 O sea, la mula y los mil ducados. O, con la jerga más propia de la tropa que manda la ministra favorita,   queremos el sueldo del general y la verga del teniente. Los Rousseau,  a nuestro lado, unos escépticos, ya les digo.

El Chiki, Rajoy y el efecto aspirador

Contaba esta mañana doña María en la radio que sus vecinos Lolinchi y Silverio estaban bastante decepcionados con el resultado de Chikilicuatre en el festival de Eurovisión. Silverio es artista chapista. Hace años deslumbró a los vecinos porque su hijo Igor David  hizo la primera comunión con un traje de Robocop II fabricado en su pequeño taller. El cura se mosqueó bastante, pero el niño se salió con la suya. Para Christian Jesús, que es el hijo pequeño, Silverio no ha tenido  ni que encender el soplete. El niño se emperró en tomar la primera comunión disfrazado de Chikilicuatre. Cuando se lo dijeron al cura, éste armó la de Dios es Cristo, y nunca mejor dicho,  y Lolinchi casi le estrangula por maltratar psicológicamente al niño. La verdad es que esperaban mejor resultado en Belgrado. Ahora, visto que aún con el 60% de audiencia televisiva el tal Rodolfo sólo ha conseguido ser el decimosexto, dudan si merece la pena apurar el órdago al párroco. Ellos querían que el traje del niño fuera original y suntuario -explica doña María-, pero después del sábado ya no lo es  tanto.

 La decepción de Silverio y Lolinchi es la de muchos. Los mismos que hasta el sábado veían en este personaje un artista provocador y revolucionario capaz hacer una falla de esa eurohorterada musical con la que nos afligen año tras año, le ven ahora como un ninot que no merece indulto alguno. Lo que podríamos denominar como efecto aspirador se ha detenido. Ahora parece que hay vida fuera de la órbita de Chikiicuatre.

 Todos somos un  poco Vicente, aquél que iba donde iba la gente. Nos convierten en dogma de fe a Pedro Almodóvar, a  Ferrán Adriá, a Javier Bardem, a Penélope Cruz o a Chikilicuatre y, si no nos gustan, quzás nos atrevamos a pasar de ellos. Hasta que un día el Duende mira a su alrededor y se ve solo. Entonces entra en funcionamiento el efecto aspirador, que tira de de él para cambiar su inseguridad por el respaldo de la masa. No es que le apasione el Chikilicuatre: es que le  da miedo no ser como los demás. Si no baila como un egipcio y no repite perrea, perrea - que ni siquiera sabe lo que significa-, es que no es de este mundo. Pues ea: se hace entusiasta del friki y pone su el alma en paz.

 Claro que las ovejitas campan por todas partes. ¿Qué me dicen de lo de Génova 13? Alguien levantó la voz en contra del jefe y cada día son más los que se suman al pim-pam-pum. ¿Pero hay alguien que creyera alguna vez en Rajoy? -me pregunta el Duende. Y no se qué decirle, salvo que me acuerdo de la insoportable levedad del ser.

Huyendo del fantasma de Josef Fritzl

Hace tiempo que el Duende se pregunta cómo  no viviendo precisamente los mejores años de su vida mira al futuro con aplomo, e incluso con una cierta dosis de optimismo. Podría ser ese kaleidoscopio feliz con el que Zapatero invita a ver su utopía, pero el voluntarismo seguramente no basta.   La razón es más bien una especie de esquizofrenia benigna que le permite ser y no ser él mismo, y adoptar sucesivamente personalidades múltiples, según convenga.

 Tanto le abruma ser él mismo que hasta hubo una época que decidió cambiar de nombre. Corrían los últimos años de la década de los cincuenta y, quizás porque el Athletic de Bilbao -entonces obligado a llamarse Atlético- vivía  su etapa  más gloriosa, lo vasco estaba de moda entre los chavales. El Duende se sabía de memoria la alineación más habitual del equipo del Bocho, y aún la puede recitar: Carmelo. Orúe, Garay, Canito. Mauri, Maguregui. Arteche, Uribe Arieta, Merodio (o Marcaida) y Gainza.  La delantera era la sucesora del quinteto más añorado por los buenos aficionados de San Mamés, que estaba compuesto por Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y  el mismo Gaínza. Pero, en su obsesión por la arqueología de lo inútil, el Duende se sabía hasta la línea de ataque del Athletic de antes de la guerra, que la integraban Lafuente, Iraragorri, Bata (o Unamuno), Chirri y Gorostiza. Héroes a rayas eran para él. Y eso que sólo les conocía de los cromos.

 El Duende decidió entonces que su apellido catalán debía  ser cambiado por uno vasco. Como los de los leones eran demasiado conocidos, se fijó en los de dos pelotaris del frontón Madrid que le hicieron gracia: Salsamendi y Echegoyen. Lo de Salsamendi le pareció más propio de un cocinero, y él aspiraba a ser gloria del deporte. Así que se quedó con Echegoyen, a lo que, en un exceso de autoestima impropio de él, añadió el sobrenombre de el magnífico. Con tal seudónimo firmaba sus escritos de entonces: crónicas de fútbol en el mural de la clase, algún articulillo en la revista del colegio y otro mural veraniego que mantenía con sus amigos de Arenas de San Pedro. Gran parte de estos no le consideran ahora nada magnífico, pero le siguen llamando Echegoyen cuando se lo encuentran.

 El habla es otro de los disfraces que ha usado el Duende para camuflarse. No domina ninguna lengua ni jerga, pero imita su pronunciación, su cadencia y su ritmo. Y tiene amigos con los que sólo habla catalán (medio inventado), andalú  de  señorito jerezano,  o alemán macarrónico. Con otro, Angel Gortázar,  mantenía conversaciones hablando  al revés - es decir, pronunciando las palabras como si se leyeran de derecha a izquierda. Y con su siempre fiel Félix Bragado, cascaban ambos la voz y se pasaban los veranos en Asturias conversando como dos viejos excombatienes tertulianos de la Gran Peña. Últimamente ya no lo hacen: se han dado cuenta de que los años pasan y, como recordaba Oscar  Wilde, la naturaleza acaba imitando a la ficción.

 Esto de llevar un tiovivo de personalidades en el cerebro desconcierta a muchos, y suele acabar mosqueando a la persona que comparte tu vida. Pero mientras que no asome por ahí alguien como el abominabe Josef Fritzl, se puede aguantar. Qué excremento humano.  Asusta pensar que todos somos de su misma especie. Y que el espíritu mutante del Duende, en lugar de un  Braulio o una doña María, pudiera alumbrar  un espanto como el llamado monstruo de Amstetten. Oración final:Virgencita,  Virgencita, que me quede  como estoy.

 

 

Soneto vago al Día del Libro

 

                               Se fue el día del libro sin mi rosa

                               y sin el libro que, cual Bertelby escribiente,

                               sigue siendo ese asunto pendiente

                               negado por mi musa, puntillosa

                              

                               Y se escurre, además, sin que la prosa

                               del Duende concurra puntualmente.

                               ¿Es fatiga, empanada de la mente,

                               o es la lira, que le tienta envidiosa?

 

                                El dilema se aclara en dos tercetos:

                                si te ha aplastado el plomo de este día,

                                ponle alas y vuele la poesía

 

                                Catorce versos es cuanto comprometo,

                                lo justo para ver con alegría

                                el post del Duende en forma de soneto

                               

¿Por qué me olvida Radio la Colifata?

Radio la Colifata 

Una de las asiduas de este blog que no puede permitirse el lujo de ser antisistema y que conoce al dedillo el oscuro pasado colaboracionista del Duende ha soltado la liebre. Habla de una tal Sra. Rushmore, y de una pintoresca emisora de radio argentina llamada Radio la Colifata. En principio, todas las señoras le interesan al Duende, y también lo que afecta a cualquier radio. Como decía el corrido mejicano, arrieros somos, y en el camino andamos. Ángela, que es como se llama la comentarista,  sugiere que ponga atención en ambos. Y avanza los oportunos enlaces de internet para que se entere el Duende de qué estamos hablando. 

No es sin embargo la Sra. Rushmore la que más puede estimular a éste. Bajo este nombre de personaje de Ágata Christie opera una agencia de publicidad conocida por sus atrevidas y originales campañas. Algunas de ellas, muy premiadas, para el Atlético de Madrid. Esto en principio debería de despertar todas las simpatías del Duende, pero olvidado su pasado publicitario, preferiría que su equipo hiciera peores campañas y mejor fútbol. Y que le perdonen el Kun Agüero y Diego Forlán, dos futbolistas que son lo mejor que ha pasado por el Manzanares desde los tiempos de Gárate. Por si el Atleti, a pesar de sus joyitas,  resulta tan sospechoso en su calidad de cliente como lo es en su eterna aspiración de equipo importante, la señora se ha buscado alternativas más fiables. Y una de ellas ha sido  enganchar la cuenta de una bebida de Coca-Cola que ahora se asoma a TV anunciando Radio la Colifata.

Colifato en lunfardo es loco, y Radio la Colifata  quiere decir sencillamente Radio la Loca. Aunque hace unos años nos tragamos lo de Cacao Maravillao, y todo quedó en un artificio para demostrar que la ansiedad del consumidor de televisión puede crear un producto que no existe, Radio la Colifata sí existe. Y es el invento de  Alfredo Olivera, un psiquiatra del Hospital Neuropsiquiátrico de Buenos Aires, para rehabilitar a sus pacientes. El spot  de Aquarius que cuenta la historia de este galeno y de su singular emisora donde colifatos y colifatas son los locutores, es una propuesta  generosa. No dedica una sola palabra a vender su producto, sino un mensaje muy en la línea del, digamos, positivismo crítico en boga. Las burbujas de los productos de Coca-Cola ya no ofrecen ñoñería de la América rica y bobalicona, sino simpatía, ternura y naturalidad. Lo dicen los protagonistas del spot: los colifatos queremos que todo sean felices, el mundo está loco. Aunque, por si acaso, el último chiflado, más sensato, encierra los pájaros en la jaula y puntualiza: No…¡El ser humano es extraordinario!

Pide mi muy querida  Ángela que, como creata que trabajó para Coca-Cola y como Duende de la Radio se moje el susodicho y ponga nota al spot. Y el susodicho refunfuña y tiene que expresar su indignación porque ni Marcos de Quinto, presidente de Coca-Cola, ni Miguel García Vizcaíno, fundador de la agencia, con quien además comparte devoción colchonera, hayan contado con él. Podrán excusar que no está del todo colifato. Pero el Duende entonces utilizará al revés el mismo argumento que empleó Víctor Mature en el Hotel Ritz cuando le negaban la admisión porque  aquel establecimiento tan distinguido no aceptaba actores. Puedo aportarles -dijo el fornido galán- cientos de críticas que me han negado siempre esa condición, así que dénme habitación y déjense de tonterías.

 Lo mismo el Duende. Veinte años escuchando de sus compañeros de la radio que estaba loco y ahora nace Radio la Colifata y va a resultar que no le fichan por cuerdo. Vamos que vamos.

Un postit con amigas de la facultad

Cristina Alberdi Don José María Naharro llegaba tarde a la clase en un SEAT 1.500 de color verde botella, que en la época era un gran coche. Vestía siempre de traje gris y camisa blanca impecablemente cerrada al cuello por un elegante nudo de corbata. Se sentaba en el estrado, doblaba una rodilla, se estiraba el calcetín, repetía la maniobra en la otra pierna, fruncía el ceño y, sin levantar la mirada más allá de las primeras filas del aula de la Facultad de Derecho comenzaba pausadamente y en voz apenas perceptible su lección de Economía Política. Gracias a él aprendió el Duende que la alternativa entre cañones o mantequilla es importantísima, y que mientras la de ataúdes es el mejor ejemplo de demanda rígida, porque la muerte no falla, la de la moda es demanda elástica, porque depende de muchos factores variables. No se quedó con mucho más.

O sí: ahora que lo recuerda, también atrapó la gestualidad del profesor, su timbre de voz y la cadencia de su discurso. Gracias a eso debutó como su imitador en la Fiesta del Rollo, una parodia del claustro de profesores de Derecho que se celebraba en el aula magna el día de santo Tomás de Aquino . Y gracias a eso, muchos de sus compañeros de aquella promoción de 1968 le recuerdan y le celebran cada vez que se lo encuentran.

Ignorante enciclopédico, el Duende es, justo decirlo, un riguroso cultivador de la anécdota. Se morirá sin dar lecciones, pero sin embargo habrá dejado muchos postit con sus chorradicas en la memoria de multitud de amigos y compañeros que acumuló sin apenas darse cuenta.

Uno de ellos, que es una, le llamó ayer para invitarle a una copa con otras compañeras. Era Cristina Alberdi, abogada matrimonialista, ex ministra de Asuntos Sociales, desengañada de ciertos aspectos de la política, mujer valerosa y llena de vida a la que ni la reciente muerte de su marido ha hecho perder la sonrisa. Era de las más simpáticas y gamberras de la clase. La acompañaban Paloma Abarca, hoy profesora de Derecho Civil y entonces alumna en la que se perdían tantas miradas masculinas, y Carmen Fernández de Bobadilla, que además de tener bufete propio es o ha sido diputada en el Colegio de Abogados de Madrid. Y el Duende con un expediente académico más bien penoso. Daba igual, porque no era una pandilla de colegas de la facultad. También estaba María del Valle Jover, que es activista en Manos Unidas.

Había jamón de ibérico, sandwiches de Embassy, cava brut de calidad, surtido de recuerdos de juventud y conversaciones que fluían por meandros amables evitando la nostalgia, el desencanto y la alarma que tanto cunde a nuestra edad. Afortunadamente, la música, el cine o el senderismo, que nuestra amiga Cristina practica habitualmente, ocuparon mucho más espacio que Zapatero y Rajoy, apenas mencionados una vez. ¿Y qué es de tu vida?, le preguntaban al Duende. Pues mi vida es un blog. ¿Y qué pones ahí? Pues algo así como los postit que uno va dejando en su mesa de trabajo o en la puerta de la nevera. Solo que en lugar de recordar el teléfono del fontanero o la cita con el director del banco, se centran en momentos como los que un duende mirón puede disfrutar al atardecer de un 13 de febrero.

Que el rey Baltasar sea negro de verdad

 ¿Era el Duende un observador precoz? ¿O es que los mayores nos tomaban por tontos a los niños de entonces? De no ser así…¿por qué nos presentaban  como rey Baltasar a un concejal  de finos labios y ojos claros  con el rostro tan mal embetunado?

 Pobre Baltasar de guardarropía. No sabía lo ridículo que quedaba cuando estiraba sus brazos para acoger al niño de turno y éste veía por el cuello del sayal una pechuga blanca como la bechamel de una croqueta. Qué farsa, qué desprecio por el mito. Y todo por la vanidad de subirse a un camello, sentirse aclamado por la multitud, desfilar en una cabalgata junto la banda de música y las majorettes y ser entrevistado en la tele autonómica correspondiente. Apunten frases originales que escucharemos de su boca este sábado: todos los niños de ……..(aquí debe ponerse el nombre de la ciudad o pueblo correspondiente) han sido buenos. Y  hay juguetes para todos ellos. ¡Pero deben seguir obedeciendo a sus papás y haciendo los deberes!, ¿eh? No hace falta ser Demóstenes para decir tales sandeces. Sólo se precisa ser concejal  y que te toque esta disputada prebenda.

La verdad, no se si llevar el asunto al Defensor del Pueblo. Y pedirle que, por respeto a la reza negra, al mito de los Reyes Magos y a los niños,  se prohíba a los concejales chalanear con el papel de Baltasar para que éste recaiga en un negro de verdad  Hace cincuenta años aún cabía el pretexto de que no había tantos en España. Pero en la aldea global ya no hay necesidad de imposturas, porque cualquier localidad tiene negritos en  abundancia. Inmigrantes o no, estarán encantados de ser objeto de una discriminación positiva. Aunque sólo sea para la tarde de un cinco de enero.

La iniciativa no es baladí. Por una parte,  ayudará a que los niños sigan creyendo en los Reyes Magos. Por otra, a que no pierdan prematuramente la fe en los munícipes y, más aún, en la especie humana. Porque a ver quién entiende que primero se les ofrezca los papeles y luego se les niegue el único que de verdad merecen sólo por su color. Antes de que sean Angelitos negros, como cantaba Machín, dejemos que sean el rey negro que cuenta la tradición.

 Y que nos traiga a todos el regalo soñado.  

El arcano de la guinda

 Se habla de todo, se escribe acerca de cualquier materia, se hacen estudios -científicos, políticos, económicos, sociológicos, semiológicos, antropológicos y lo que te rondaré morena- sobre todas las parcela de la realidad. De vez en cuando una universidad, generalmente norteamericana, descubre que la fertilidad de la lubina de criadero aumenta los años bisiestos. Dato en apariencia irrelevante, pero que a alguien le da pie para elaborar una teoría y aspirar al premio Nobel. O sea, se acaba sabiendo lo necesario y lo innecesario. Pero aún así sigue habiendo arcanos inexplicables.

Recuerda el Duende que en su colegio estudiaron la figura del padre Feijóo, autor de escritos tan singulares como los que se refería al arte cisoria (arte de cortar) o el de la vara adivinatoria o zahoríes. No son materias de interés prioritario, evidentemente.  A nadie se le había ocurrido hasta entonces descender a estas minúsculos detalles de nuestra civilización. ¿Fue antes el huevo o la gallina? Creo que  durante la Segunda República, en el Congreso se sometió a votación la existencia de Dios. La sabiduría popular aún no tiene claro si el caracol es carne o pescado. En el siglo XIX un sesudo comité de científicos debatió sobre el grado de temperatura que llega a alcanzar el infierno.

Y aún habrá  más incógnitas que queden por despejar.

Pero  hoy el Duende quiere interesarse por la guinda. Esa pequeña fruta tan cursi que queda olvidada al final de tarta. La que se presenta engalanando a las anguilas de mazapán, la que pone glamour a los cócteles. La que sigue dando una nota de color en la copa de cristal cuando el helado se ha despedido. ¿Sabemos de alguien que se las tome?  Si no es así, ¿qué pintan  en el plato o en la copa? ¿Actúan como excitante de la líbido? ¿Pagan IVA?

Cuánta carnaza para el comentarista. Pues nada, ni una palabra más. Al Duende se le caen los párpados de sueño. Así que le hacemos caso a Zoupon y, si no es molestia, se dignen explicar por qué, sin servir para nada, la guinda, roja o verde, glaseada o al natural, sobrevive al paso del tiempo.

También vale pensar que el absurdo es precisamente una guinda.

Un concierto de Navidad con mucho Angel

 Era bajito, vestía siempre traje oscuro con camisa de cuello de celuloide, corbata de lazo, y bombín, y se llamaba don Angel Martín Pompey. Gustaba de tocar sin dejar de fumar, siempre con el cigarrillo encendido entre los labios. Y como el humo cegaba sus ojos, leía sus partituras con éstos tan cerrados que casi parecía dormido. Entraba en la sala de canto, abría el piano, estiraba los dedos apoyándolos en los extremos del teclado y, sin más, tras una introducción del tema, decía ¡arriba todos! y nos arrancábamos como Dios nos daba a entender. Tengo un arbolito/ quén lo regará/ con agua de los cielos/ ¡cuándo lloverá….Se cantaban, o así, canciones populares regionales, coros de zarzuela o romancillos de los que grabó el propio Federico García Lorca. De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía/ que van al río, que van al río…Algunos los escucharía después dignamente interpretados nada menos que por Victoria de los Ángeles: Al paño fino en la tienda/ al paño fino en la tienda/ una mancha le cayó…Aunque lo que más alborozaba a aquella partida de pequeños analfabetos musicales eran sin duda los estribillos de enigmático significado: Una y una dos/ dos y una son tres/ dale a la palanca, mete la palanca, quita la palanca Andrés. O este otro: machácala chácala Pedro, machácala chácala Juan/ Qué palabritas vienen, qué palabritas van.

 Aquel personaje que sólo veíamos como un pianista de salón del Oeste  resultó ser un músico más que notable. Muchos años después recibió la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, y el Duende se enteró entonces de que se había iniciado a la música de la mano de un hombre culto y refinado, autor de oratorios, zarzuelas, conciertos e incluso sinfonías al que no le dábamos la menor importancia. Tan poco se valoraba la música y la educación musical entonces. Un gran músico para apacentar un rato a un gallinero de mozalbetes que pasaron por un colegio prestigioso sin saber ni lo que era la clave de sol.

En la casa del Duende se escuchaba el Concierto de la Noche de RNE en un gran receptor Philips instalado junto a la camilla. Bajo las faldas de ésta calentaba un brasero, que entonces era un tesoro. Un día de prosperidad -no hubo muchos- el padre se presentó en casa con un pikú, y tres o cuatro discos negros. El Duende no sabía ni quién era Juan Sebastián Bach ni donde quedaba el Brandemburgo que bautizaba aquéllos conciertos del vinilo. Pero se los aprendió de memoria, y los silbaba por los pasillos. El Duende recuerda con emoción la primera vez que escuchó a la ONE en una matinée dominical del  Monumental Cinema de Madrid. Por fín veía en directo el nacimiento de esos sonidos que integran una orquesta. Por fin descubría las tripas de la música clásica. No había Auditorio Nacional, el Teatro Real, como los Nuevos Ministerios, era una de esas obras de reforma que al igual que la Sagrada Familia de Barcelona, uno cree que no acabará nunca. El Duende se resignó entonces. El privilegio de hacer música era una quimera.

Y se consoló como tantos de su generación. Pandilla veraniega, noche de luna, a ver si  hacemos manitas con Pepita, amigo despabilado que acompañaba a la guitarra, rancheras, Duo Dinámico, los  Brother Four, Paul Anka,  Charles Aznavour, María Dolores Pradera y los Gemelos, Boby Darin, Ricky Nelson, Gloria Lasso, Adamo…Y el inevitable Clavelitos que nos marcó a todos.

Espinita clavada hasta que alguien le dijo que, si es difícil dominar un instrumento, no es imposible sacar partido a la voz si la juntas con otras. La mayoría de ellas tampoco sabe lo que es una negra, una corchea o una semifusa. Pero con buen oído y memoria musical, buena mano directora,  ensayo y mucha ilusión se consiguen resultados que sorprenden a quien nunca supo música. Mañana, a las ocho y media de la tarde en la Iglesia de Los Jerónimos, es el concierto del año para el Duende y sus compañeros  de coro. Junto con una orquesta de jóvenes profesores cantan fragmentos del Oratorio de Navidad de Bach y del Mesías de Haendel, y luego un repertorio de villancicos españoles que, maravillosamente orquestados, suenan a música celestial. No es el sonido del Orfeón Donostiarra, ni el  del coro de Saint Martín on the Fields. Pero para un modesto aficionado, sentirse en él es tocar el cielo. Donde, por cierto, al igual que Clarence-el angelito de segunda clase de Qué bello es vivir, otro Angel- Martín Pompey, se asoma al balcón por ver si estos frutos tardíos de su enseñanza le ganan las alas y sube en el escalafón.    


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