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La belleza que te corresponde

Algunos hombres, quizás un tanto raros, empezaron a notar que las mujeres que saben cumplir años con naturalidad no pierden su encanto...

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Mi amigo me dijo que su padre había dicho basta. Ya estaba harto de trabajar y de ganar dinero, así que iba cumplir su gran sueño. El veterano y afamado doctor Ivo Abella Se embarcaría con su novia y con su inseparable amigo y gran navegante  Michel Pataque para dar la vuelta al mundo en velero.

Mi amigo César no tenía muchas ganas de hacerse cargo de la clínica. Una cosa es ser cirujano plástico al lado de un divo como su padre y otra el reto de convertir a todas las damas maduras y adineradas de la ciudad en perfectas muñecas de biscuit. Desde el pelotazo que supuso la transformación de la ex vicepresidenta de gobierno, el negocio de la clínica se había disparado, y ahora su padre se quería cortar la coleta y ponerlo en sus manos.

Menuda responsabilidad. Según sus cálculos no debían de quedar muchas patas de gallo, ni labios, ni bolsas, ni ojeras, ni lorzas, ni pechos por arreglar. Y me dijo que las mujeres jóvenes no envejecerían a la velocidad suficiente como para  mantener la progresión de las ganancias. Su padre quería divertirse, aprovechar sus últimas reservas de testosterona, soltar amarras y evadirse. Dijo que no quería saber nada de la marcha de la clínica, que César y el resto de su equipo lo harían estupendamente.

Aunque, como todos los ricos sobrevenidos súbitamente, en el fondo esperaba que a su regreso del año sabático su heredero  le hubiera hecho multimillonario.

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Mira que valía mi amigo César. Era el más listo del colegio, fue el más brillante en su carrera, ganó becas y premios extraordinarios, arrasó en el doctorado y perfeccionó sus prácticas trabajando dos años con el famoso doctor Knother, un famoso quiruplástico canadiense que según las malas lenguas había modelado las momias vivas más bonitas de la época dorada de Hollywood. Su padre confiaba ciegamente en el hijo preclaro. Pero caramba con el compromiso que le endosó. Yo jamás entenderé cómo lo consiguió, pero mi amigo lo cumplió con creces. El  primer día que su padre volvió a la clínica después de haber dado la vuelta al mundo en barco y de despedirse de su última novia  se quedó pasmado con los resultados aparentes. Porque al pasar ante la sala de espera pudo ver a un tropel de mujeres maravillosamente  retocadas por él que hojeaban ejemplares de Hola mientras guardaban pacientemente su turno.

-¿Qué hacen estas mujeres aquí? –preguntó a la recepcionista confundido- ¡Si estaban encantadas con lo que les hice!…

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La recepcionista se excusó con un gesto. Estaba tan ocupada que no podía atenderle. El teléfono no paraba de sonar, ni ella de dar citas para la consulta. Como César estaba en el quirófano, el viejo doctor aprovechó el entretanto para que el contable le pusiera al día de la cuenta de resultados. Eran magníficos. Cuando mi amigo salió de operar, y después de abrazarle efusivamente, César le contó el secreto de su éxito. Parece ser que después de que todas las mujeres  retocadas deslumbraran con su new look, a los hombres de la ciudad les empezó a fatigar el modelo de maciza plastificada, protuberante y de morritos que había hecho sido marca de la casa. Sorprendentemente en algunos de ellos incluso se registraban rasgos de sensibilidad, como si en lugar de importarles sólo el continente de sus esposas, novias o amantes les importara también el contenido. Y  tanto había degenerado el macho ibérico tradicional que muchos caballeros incluso veían más encanto en las mujeres que sortean con gracia y naturalidad los años que en aquellas que pactan su eterna juventud con el diablo del bisturí. Increíble, pero cierto.

-El tuyo fue un trabajo magistral –le dijo César a su padre- Las dejaste con palmito tan perfecto, tan artificial, tan iguales entre sí y tan falsas, que ellas mismas regresan para que las estropeemos un poco y recobren su personalidad. Una patita de gallo, una discreta arruguita en el lugar oportuno y vuelven a confiar en su poder de seducción….

El padre comprendió que, además de un gran cirujano plástico, César era un maestro de la psicología y un genio del marketing. Cuando ambos salieron y atravesaron juntos el jardín, los rayos del lubricán patinaban en dorado el cartel publicitario que anunciaba la clínica.. Aquí también se notaba lo que valía mi amigo, pues junto a las palabras Clínica Abella, Cirugía Plástica, había añadido este slogan: Mantenemos la belleza que te corresponde.    

La vida es llama

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En medio de la confusión de ideas propia de estos tiempos, más en aún en una mujer de carácter tímido y apocado como ella, Silvia tenía claras al menos tres cosas. La primera es que no es fácil coser una relación de amistad o de amor cuando él vive en una ciudad y ella en otra. La segunda es que había dejado escapar muchos trenes en la vida, y no había sido capaz de dar los pasos firmes de su antigua amiga Irene. Y la tercera es que, precisamente por eso, no iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que Claudio se plantara en Santander para pedirle que compartiera su vida con él.

-Ya no somos jovencitos –pensó- Jovencitos o jovencitas tontos y tontas, ñoños o ñoñas, como nos educaron ¿A quién le va a importar que sea yo la que tome la iniciativa?

A diferencia de Silvia, Irene se puso el mundo por montera bien pronto, e hizo de su vida una apasionante novela de pasión y aventuras. A los dieciocho años, y pese a la oposición de sus padres, aprovechó su magnífica figura para ganar un buen dinero como modelo de lencería fina. Luego se enamoró de un italiano llamado Aldo y se fue a vivir con él a la isla de Elba durante un par de años. Allí conoció a un holandés que le ofreció otro amor distinto, y durante los años siguientes vivió en Ámsterdam, tuvo un hijo y puso un negocio de sofisticadas antigüedades. Ganó después bastante dinero vendiendo propiedades inmobiliarias en Mallorca. Y mientras tanto, con representaciones de firmas de moda y unas franquicias, forjó un pequeño imperio de negocios que le daban aún más aplomo y seguridad. Los dos hijos siguientes, claro, no fueron del mismo padre, sino de un aguerrido piloto, lejanamente parecido al Robert Redford previo a los desmanes del bisturí, que hacía servicios de urgencias transportando órganos para trasplantes.

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-Ha sido maravilloso ser tan lanzada –le dijo Irene cuando se encontraron en Madrid treinta años después y tomaron un café juntas- Ahora, después de mi estancia en la India, me he abierto mucho a la vida espiritual, ¿sabes?…Así que he mandado a los hombres a la mierda y he puesto una tienda de velas maravillosas en el Barrio de las Letras

La vida parecía haber sido para Irene coser y cantar. Y Silvia no podía dejar de mirarla fascinada, como si su valiente amiga fuera una aparición.

-Ya sabes –decía Irene- todo cambia, y ahora estoy eso, en lo esotérico, lo espiritual, lo que sube, lo que emborracha los sentidos…Lo aprendí en la India, porque me lo explicó un gurú. Me dijo que toda nuestra existencia está en una vela aromática, ¿no te parece genial?… La vida es llama, la vida es aroma, la vida es humo, Silvia, yo lo tengo clarísimo, ¿no?

Y ella tan trabajadora y tan competente, con un cierto complejo de provinciana, funcionaria desde los veintitrés años y con nivel 27, romántica y soñadora, pero siempre demasiado discreta. Así era Silvia Díaz Troncoso, al borde de cumplir el medio siglo y sin un michelín del que avergonzarse. Francamente atractiva a los ojos de su estanquero de Santander, tan diferente en todo de Irene. Con dos amores fracasados, que clavó en la caja del recuerdo como si fueran mariposas disecadas. Pero con las puertas del corazón aún entreabiertas a una esperanza que nunca acababa de llegar.

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Silvia sin embargo se dio cuenta de que la vida se escapa por un signo aparentemente anecdótico. Las tiendas de su barrio o habían desaparecido o se habían transformado. De niña, creía que la cara de una calle jamás mutaba, y que la confitería Mariví o aquella tienda de moda llamada París, debajo de cuyo rótulo se leía en letra inglesa modelada en latón la palabra Novedades, serían eternas. Pero ya en la década de los sesenta desapareció la carbonería, y poco después aquél Avícola Nogales que mostraba a un ejército de pollitos bajo una lámpara de calor fue sustituido por una cafetería. Qué lástima. Aquel de los pollitos era el escaparate que más le gustaba. Aplastaba contra él su naricilla infantil y los rizos dorados de su frente, y allí pasaba las horas muertas.

Lamentablemente los pollitos también acabaron volando. La palabra novedades se borró de los rótulos de las tiendas de moda, como la de ultramarinos y coloniales de las de alimentación, porque no había nada menos nuevo que eso, una palabra decimonónica en letra inglesa. Ni nada más contradictorio que una gran faja de color café con leche o un jamón de Montánchez presentados como novedades o ultramarinos y coloniales, cuando todo el mundo sabía que la faja era una antigualla, y que Extremadura no estaba al otro lado del mar.

Pero la vida pasaba sus páginas inexorablemente, y ya casi nada era lo mismo.

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Para Claudio en cambio, el tiempo tenía otro valor. Desde que Loli le dejó solo tan prematuramente y aquella caída absurda en una escalerilla de la fragata le dañó una vértebra y acabó retirándolo del servicio activo, se había encerrado en sí mismo, y apenas veía a nadie. Le hubiera gustado dedicarse a su hija y a su nieto, pero Cristina tuvo la mala idea de casarse con un suizo, vivir en Zurich y fiar demasiado la educación del niño a un muy particular sentido de la pedagogía. Algún psicólogo le había metido enla cabeza que a su hijo, muy dotado para la música y para las ciencias, no había que distraerle demasiado. Y Claudio, que hubiera invertido la mitad de su retiro por ver crecer a su nieto, se encontró que cuando no era el fas del violonchelo era el nefas de los estudios lo que le alejaba de él.

-No vengas ahora, papá- le decía Cristina casi siempre que el hombre planeaba su viaje a Zurich- Claude está preparando una sonata de Telemann, y tiene un examen de física este mes. Déjalo para más adelante, ¿ok?

A Claudio no le consolaba nada que su nieto llevara su propio nombre. En francés, eso sí, porque no era Claudio, como él, sino Claude. Y mucho menos que su hija edulcorase todas sus negativas con ese estúpido ¿ok? de viejo telefilme norteamericano. Pero comprendió que debía construir su nueva vida sobre otros pilares si no quería caer en la melancolía y, peor aún, en la pereza de vivir. Se apuntó a una ONG, donde colaboraba en labores de administración, fue arrastrado por uno de sus compañeros a un club de viajes culturales baratitos que le paseaba por ahí tres veces al año. En uno de ellos, por cierto, fue donde conoció a Silvia. También leía mucha historia y algo de poesía, y acababa llenando sus largos días de marino varado construyendo pacientemente maquetas de barcos mientras por Radio Clásica escuchaba música como la que algún día interpretaría su nietecillo.

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Silvia y Claudio empezaron a sentirse atraídos paseando por Mahón. Allí Silvia, que había viajado a su lado en el autobús, reparó en que aquel hombre alto, enjuto y de pelo blanco que renqueaba al andar le miraba por el rabillo del ojo mientras hablaba -poco- con nostagia de sus años de marino y despiezaba mentalmente algunos de los barcos atracados en el puerto.

-Ese yate en maqueta tiene novecientas piezas. Ese clipper unas dos mil. –le decía- Sería capaz de hacerlos. Pero todavía no me atrevo a meterme con el Juan Sebastián Elcano…Fue mi barco, ¿sabes?-apuntó con añoranza.

Como tantos hombres, no era muy partidario Claudio de aventar sus sentimientos. Creía que el amor era una cosa de la juventud, y que sus rescoldos se apagaron cuando el cáncer arrebató a su adorada Loli. Sin embargo, aún sin llegar a arrepentirse de su soledad, lo cierto es que Silvia le ganaba sutilmente. Aquella compañera de viajes no era de una belleza deslumbrante, pero le atraía. Le escuchaba, se acomodaba a su paso lento como si fuera su andar natural, le seguía en sus aficiones, aguantaba sus lecturas de poesía en voz alta, que escuchaba con devoción aunque no le interesara nada, y compartía con él como si fuera ambrosía la ensalada de patatas con melva, que era su aperitivo favorito. La realidad es que le hacía la vida más grata. Su problema es que cerraba a cal y canto su corazón cuando volvía a Madrid. Entonces él se replegaba en su mundo, en sus maquetas y en sus libros, y se olvidaba de todo. Al regreso del viaje `por Menorca se encontró además con un largo correo de su hija Cristina. Le decía que en el mes de mayo Claude iba a tocar la sonata de Telemann en un concierto escolar que se iba a celebrar en el Rathaus de Zurich. Con tal motivo le invitaban a pasar una semana con ellos. Podría ver en directo los progresos de su nieto y luego, para culminar el festejo, tomarían un vapor que les llevaría a cenar a un restaurante al otro lado del lago… Tiene gracia-pensó el viejo marino- premiarme ahora con una singladura en barco para turistas por un estanquito suizo.

-Esto de los viajes le ablanda a uno-dejó caer en una ocasión a su fiel Silvia mientras paseaban por el Peine del Viento de San Sebastián- ¿Sabes?…Luego, en casa, las ilusiones se amansan. Y uno se empereza, y acaba olvidándose de ellas. Ya es demasiado tarde para…Bueno, Muy facilito me lo tendrían que poner, sí…

Ese Claudio dubitativo, parsimonioso, pasota y egoísta hacía que a Silvia se la llevaran los demonios.

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Su amiga Irene no se anduvo con rodeos

-Déjate de historias –le reprochó- Mira, nos vemos poco, pero yo se mucho de hombres, y te lo tengo que decir. Tu Claudio será un encanto y estará cojito, vale. Pero por muy especial que te parezca y mucho respeto que le tengas, o es el clásico pichafría o es un cojonazos. Así que pónselo fácil: vente a Madrid unos días, vente a casa. Y llámale, le pones las pilas y le propones un plan clarito, clarito. Que no tenga pretexto para decir que no, ¿comprendes?. Y aprovecha, que ya nos quedan pocas alegrías y con esta crisis dentro de poco no salimos ni a por aceite para el candil. ¿Estamos, cariño?

A Irene se le notaba que era una mujer segura de sí mismo porque soltaba palabrotas y la palabra cariño sin ningún rubor, y eso marca. Silvia la miraba estupefacta.

-¡Si ya lo dice el rótulo de mi tienda! -remachó Irene marcando lentamente cada sílaba- La-vi-da-es-lla-ma. La vida se consume, la vida es la pasión ardiente, la vida se esfuma como el humo…¿No comprendes Silvia? Tienes que tomar la iniciativa.

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Silvia tardó dos meses más en comprender y a atreverse a quedar con Claudio en Madrid. Tenía que acudir a la boda de un sobrino y no era cosa de desperdiciar la ocasión. Pensó que el pretexto para sacarlo de su refugio podría ser que en el restaurante de unos amigos suyos se celebraba una semana de la cocina gaditana, y que Trini la cocinera hacía las papas con melva como nadie. Eso, las papas con melva. Aunque el plan le pareciera una puñalada de pícaro no podría negarse.

-Anda, Claudio. Anímate –insistió- Te va a gustar…

Por el largo silencio que siguió a su propuesta notó que a Claudio le había pillado de sorpresa, y que dudaba.

-Estaba rematando el castillo de proa del Soleil Royal, el buque insignia de Luis XIV-titubeó- Y no me gustaría…

-Bobadas –interrumpió Silvia con una audacia de la que inmediatamente se arrepintió- Oh, perdona, no quería…Pero…¿qué le puede importar a Luis XIV que remates su barco hoy o mañana?

A Claudio le debió de hacer gracia la salida de Silvia, porque esta escuchó perfectamente su carcajada.

-Bueno, pónmelo fácil –dijo el hombre después de muchas vacilaciones – Dime dónde nos citamos. Un sitio reconocible, que me quede cerca y que no me equivoque. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me portaré como un hombre-ironizó.

Podía haber dicho en la puerta del Museo del Prado, o en la de los leones del Congreso, o bajo el reloj de autómatas frente al chaflán del Palace, que todo el mundo conoce. Pero, tonta de ella, Silvia se empeñó en añadir un pellizco de poesía a la cita, un segundo sentido a la propuesta. Y recordando el mensaje de Irene y que, además, su tienda le quedaba más cerca a Claudio, le citó a las ocho y media allí, en la vecina calle Lope de Vega, 26, en el Barrio de las Letras.

-Es la tienda de una amiga mía, ¿sabes?…Se llama La vida-da-es llama –remachó lentamente- Y está a dos pasos del restaurante.

-¿La vida es llama?….¿Eso es una tienda?

-Si,ya sabes cómo son los nombres de las tiendas modernas… Es una tienda de velas aromáticas muy original. No sabes cómo es mi amiga Irene de imaginativa y de apasionada. Por eso se llama así. Así, recuerda: La vida es llama a las ocho y media.

-Bueno –dijo Claudio con un laconismo que afectaba alguna desconfianza- La vida es llama, Lope de Vega 26. Allí estaré… Con puntualidad, ya sabes…Yo soy marino, un militar…

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Mientras Silvia se dirigía en metro hacia Antón Martín y callejeaba después rumbo a la cita largamente esperada se felicitaba a sí misma por lo bien que había hecho las cosas. Esta vez Claudio no le podría fallar. No tendría el menor problema para encontrarse con ella, irían andando después, despacito, al restaurante de Trini, tomarían unas copitas de manzanilla y una ensalada de patatitas con melva. Luego cenarían, saludarían a algunos amigos, beberían más vino, se pondrían contentos, le acompañaría después, sin prisas, al puerto de amparo donde el marino construía sus barquitos y a saber si aquello, como en Casablanca, se convertiría en el principio de algo más que una amistad. El tiempo huye –pensó- el tiempo pasa, pero los sentimientos de verdad no se desvanecen como nubes pasajeras.

Qué lástima que las obras en un colector que afectaba a su línea retrasaran el servicio de trenes quince minutos, y que Silvia llegara a Antón Martín casi sin aliento y a las nueve menos diez de la noche. Qué mala suerte que nadie le esperase delante del número 26 de la calle Lope de Vega, seguramente porque ni la cojera de Claudio ni su propósito de la enmienda podían estirarse mucho más. Y qué gran verdad lo que le dijo su amiga: la vida pasa, la vida se consume, la vida es llama. Así debía rezar el rótulo de aquel prodigio de buen gusto, de espiritualidad, de meditación y de refinamiento que según Irene era su tienda de velas aromáticas importadas de la India. Pero claro, aunque tempus fugit la crisis no, la crisis seguía devorándolo todo. Incluso esos comercios que de niña creía Silvia que iban a estar ahí para siempre.

Este de las velas ya no estaba, no. Y su amiga ni siquiera había tenido el detalle de advertírselo. En el escaparate donde hasta hacía nada se podía leer La vida es llama ni se veía luz alguna ni esperaba ningún amor otoñal apoyado en su bastón. Sólo un gran cartel adhesivo que sellaba la puerta anunciaba Local en Alquiler y daba el número de teléfono de Exclusivas Ganímedes. Silvia comprendió entonces que la llama ardiente de la vida había quemado también su último delirio.

El abrazo del frío

En su rigor implacable, el frío que regresa tiene un punto de entrañable...

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Le dice su consejera literaria al Duende que no se enrolle, que esto del blog no es para ganar un premio literario, sino para dar un sopapo, hacer un volatín o meter el cepillo de carpintero en el alma y sacar unas virutas que luego se puedan quemar y convertirse en pavesas incandescentes. Pavesas en la noche. O sea, algo así como pequeños fuegos de artificio con los que encender un debatito o entretener un rato tonto que casi todo el mundo acaba encontrando a lo largo del día.

 Se lo dice cuando el bloguero se excusa por sus cada vez más frecuentes y largos silencios. Y el bloguero se explica.

-Unas veces no escribo porque me doy cuenta de que lo quería escribir lo han escrito mejor otros. Otras porque, como no se escribir novelas,  trato de escribir cuentos cortos. Y como considero que los cuentos cortos son como un pavo sin relleno, me pongo a cocinarlos, y cuando ya he metido varios ingredientes más, sin darme cuenta se han convertido en cuentos demasiado largos para un blog.

-Pues tú verás.

Verá el bloguero.

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De repente, cuando lo habíamos olvidado, regresó el frío. El frío era el primer compañero de los despertares niños. Abría los ojos el duende en aquella habitación gélida donde dormía con sus hermanos y lo primero que hacía era juntar los labios con la punta de la nariz helada y graduar el tormento que le esperaba hasta pasar por el lavabo, lavarse con agua del tiempo y vestirse para salir a la calle. El agua caliente era un lujo: llenaba la bañera no más de una cuarta, y sólo  los jueves y los domingos. No es que fueran los niños especialmente valientes. Era lo que había.

El frío era el colega que le acompañaba camino del colegio. El que le dejaba los cachetitos internos de los muslos escocidos y rojos como el roast-beef. El Duende entonces iba al colegio con pantalón corto de pana recia. Pantalones cortos, pero crecederos. Porsi, les llamaba el compañero. ¿Porsi?…Por si creces. Y entre el bajo del pantalón corto, que se estiraba hasta las rodillas, y el borde de la media circulaban a su aire las navajas glaciales que soplaban de Guadarrama. Jopé, qué fresquito en las pequeñas intimidades. Eso se aliviaba con body milk, pero…¿qué era esa mariconada? El frío amenazaba en el primer recreo, cuando el pelotazo de goma en la oreja se convertía en la Némesis del destino, y le dejaba a aquel niño desgraciado la cara tan encendida como la del pelele de Goya.

-Por tonto, por haberte puesto en medio.

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Pero no hay frío sin  consuelo. En aquella casa sin más calefacción que una salamandra de carbón en el recibidor y algunas estufas repartidas por las habitaciones, el cielo calentito se escondía bajo la camilla. Aquella mesa redonda con amplias faldas albergaba un brasero de cisco, y hacía el oficio de gallina que enclocaba a seis polluelos, dos padres y una pareja de abuelos. Pobre camilla, tan pasada de moda. La de servicios que habrá prestado al bienestar de varias generaciones de españoles.

A veces se aprovechaba tan estrecha unión familiar para hacer caso al padre Peyton,  la familia que reza unida permanecerá unida. Pero el Duende disfrutaba más cuando en lugar de los misterios del rosario lo que se escuchaba por el inmenso receptor de radio marca Philips no era la voz del padre Venancio Marcos, sino a Gila que quería aplazar la guerra hasta después del fútbol o que transmitía una delirante operación del riñón como si fuera Matías Prats. Qué risa, qué buenos ratos, todos juntos y apretados, a ver quién pillaba el mejor sitio en el sofá o en el sillón. Quién iba a imaginar que aquel frío, que amanecía fustigando nuestras caras como un látigo despiadado, hoy vuelva a ceñirse a nuestro cuerpo como si fuera un viejo  amigo. Y lo que son las cosas: el antipático frío de entonces, qué paradoja, nos ha dejado ahora en su abrazo la  impresión, la grata huella de un cierto calor que habíamos perdido.

La inigualable belleza de lo efímero

La belleza que llega al alma, fluye y se escapa adquiere una jeraquía superior...

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Manolito era un florista encantador Entraba el Duende en su tienda de la mano de su madre y veía como aquel personaje un poco zarzuelero la recibía como si fuera la archiduquesa Zita de Pomerania.

-Ay, doña Carmen, qué alegría verla por aquí-le decía con un repertorio sonrisas y cucamonas ligeramente sarasas- ¿Qué le ponemos?

La madre del Duende compraba flores, pero sin excesos. En casa del Duende la palabra exceso era justamente eso, un exceso. El Duende lo lamentaba sobre todo a la hora de la cena, y especialmente cuando había croquetas. No había placer mayor que la croqueta del día siguiente, pero no siempre las había en exceso suficiente como para alimentar a toda la familia y permitir que durmieran sobrantes en la fresquera. Lo de las flores era otra suerte de austeridad. Doña Carmen juntaba cuatro flores del campo con un par de ramilletes verdes en el florero y lo convertía en un bodegón de Cezanne. Sin embargo Manolito, gran profesional que sabía que doña Carmen no le iba a hacer rico, le seguía prodigando sus buenas maneras. A Manolito se le veía luego en todos los estrenos teatrales, y era en Madrid como un Lucio de la época, pues se hartaba de saludar a todas las damas de alto copete y, sobre todo a las artistas, que eran las que de verdad le encargaban ramos y centros de postín. Los grandes tenderos de entonces podían vender telas, flores o somberos, pero lo envolvían todo en amabilidad.

Al Duende le aburría sobremanera acompañar a su madre a la floristería. Las flores no le interesaban entonces. Un día, por aquello de aprender algo, le preguntó a Manolito cuál era la flor más cara.

-Esa –dijo señalando a una orquídea- Esa cuesta cien pesetas.

El precio del maravilloso coche-pulga de Payá en El paraíso de los niños, que era la juguetería más cercana, era diez pesetas. Y el pequeño Duende no comprendía cómo se podía pagar lo mismo por una flor que por diez unidades de su juguete favorito.

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-Es la belleza de lo efímero –le explicó su padre después.

Luego de enterarse qué significaba esa palabra, tardó varios años más en comprender que la sensibilidad humana puede hallar un placer más intenso en lo que pasa fugazmente que en una piedra preciosa o en un lienzo de Leonardo. Es más bella la orquídea o el crepúsculo que el Koh-i-Noor. Dice más la mirada de una mujer hermosa que el Extasis de Bernini. Y al menos para este duende es superior la emoción que le transmite un instante de música sublime que la que pueden sumarle tres horas en el Museo del Prado..

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Ayer el Duende y sus compañeros del Coro y la Orquesta del CEU con un exquisito director llamado José María Álvarez dieron alma a una partitura de Félix Mendelssohn que cuenta la historia de Pablo de Tarso. Es el oratorio Paulus. Para ofrecer este concierto un grupo de cantantes aficionados y una orquesta de jóvenes profesores habían trabajado intensamente más de cuatro meses. Se lo curraron a fondo, pero no lo disfrutaron menos.

Muchos de ellos se lamentaban de que tanto esfuerzo se hubiera consumido en sólo dos horas y media y para no más de cuatrocientas personas que se desplazaron hasta el auditorio de Alcorcón. Pero que les quiten lo cantado. Habrá que invocar lo etéreo del momento, lo irrepetible de cada ejecución musical, lo escurridizo del crepúsculo, lo efímero de la orquídea de Manolito el florista. El concierto fue como el agua que cae por la cascada y se desliza por debajo del puente. La música, que fluye y huye. Recordarla acaba consolando, porque no hay nada tan bello como lo que nos llega al alma y no puede volver a pasar.

Mucha mierda para Paulus

Se puso a soñar que los carruajes de los aficionados a la música clásica iban a agolparse ante el teatro donde cantaba su coro y al final no pudo pegar ojo...

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Quería soñar en el final de la crisis, o en un viaje en el Bugatti de Isadora Duncan para recogerle el “foulard” antes de que éste se enrollara en el eje de las ruedas y la estrangulara de forma tan estúpida como la que le causó la muerte.  Pero al final su particular obsesión convirtió el sueño en un teatro.. Un teatro en una plaza. En la plaza, muchos coches  de caballos. Y sobre el pavimento, boñigas, muchas boñigas, una cantidad ingente de boñigas equinas perfumando el ambiente.

-Mucha mierda- le deseó una bella soprano al acabar el último ensayo.

Ya se sabe, lo de mucha mierda en el argot teatral es un deseo de mucho éxito. Viene de cuando los espectadores iban al teatro en carruaje: si la representación tenía éxito, acudían más y más carruajes, y al final el estercolero reflejaba el favor del público.

Lástima que ya no haya coches de caballos, y que incluso aunque los hubiera fuera bastante poco probable que se acercaran hasta el Teatro Buero Vallejo de Alcorcón. Lástima que lo efímero de la representación –sólo un día- no diera para tanta mierda.

 Lástima también que la soprano no fuera tan hermosa como en el sueño.

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El caso es que este duende vive sin vivir en él por culpa del estreno. Estreno y única representación. No es una obra de teatro, es un concierto. Un gran concierto, eso sí,  el oratorio Paulus de Mendelssöhn. Una orquesta de casi cien ejecutantes. Un coro de cincuenta cantores ilusionados. Cuatro meses trabajando lo indecible para cantar en un alemán más que decente cómo Saulo, en el camino de Damasco, se cae del caballo, reflexiona, arregla su vida, sigue a Cristo en lugar de perseguirle y se dedica a escribir epístolas para ayudar a los náufragos de la vida.

Como ésta, más o menos. Epístola de San Pablo ad coreutas comprometidos. En verdad, en verdad os digo que para cantar afinado y en alemán fetén, debeis empezar por estar descansados, bien dormidos, bien alimentados y con la voz clara.

Y una mierda. Le pasa a uno como cuando se examinaba en la facultad. Tiene que descansar y el alma intranquila, tiene que dormir y los ojos como ascuas, tiene que olvidarse del compromiso y sueña carruajes, caballos, boñigas. Y por si fuera poco la soprano, que  es que no sea guapa, sino que es feísima.

Mierda, mierda, mierda. Y encima el smoking que se le ha quedado estrecho al duende barítono, y que puede reventar por la pechera en cuanto ponga demasiado énfasis en los forte...Mierda, mierda, mucha mierda.

El bucle de The Artist

De cómo una película muda puede decir lo más importante...

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En la penumbra de la sala de proyección, el bloguero creyó distinguir a tres personas conocidas. Dos de ellas eran claramente pareja. Ella, que era una señorita menuda, mantenía sobre su regazo el bolso y un coqueto sombrero. Él escrutaba la pantalla con la mirada ligeramente torturada de un intelectual, intentando encontrar en aquello que empezaban a llamar el séptimo arte concomitancias con las artes plásticas, que tanto le atraían. Como la película era de Murnau, de Von Strohein o de Fritz Lang, imaginaba que el director de fotografía era Caravaggio. Pero entretanto se las daba de teórico, y después de comprobar que la tercera persona se quedaba traspuesta en una butaca de la fila de atrás, alargaba disimuladamente su mano izquierda y buscaba la mano derecha de la joven. Mientras el pianista al pie de la pantalla subrayaba con un nocturno de Chopin el romanticismo de la escena de amor de la película, el sombrerito y el bolso de la chica disimulaba discretamente la audacia de los amantes del cine.

Qué escándalo. Aprovechando que la carabina dormía, estaban haciendo manitas.

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El bloguero se pellizcó. Por un momento creyó haber dado marcha atrás en el túnel del tiempo y regresar al siglo pasado. Aquellos dos arcos de escayola patinada en oro que enmarcaban la pantalla le recordaron las tardes de cine, dos películas en sesión continua, que eran el paraíso de su infancia. Estaba otra vez en el desaparecido Príncipe Alfonso, pero quince o veinte años antes de haber nacido. Y sin apercibirse de ello espiaba a sus propios padres, que no podían ir al cine juntos sin la supervisión de Pura, la antigua ama de cría de su madre.

-Una señorita tiene que comportarse decentemente-decretó la Yaya- Así que, si quereis ir al cine, que vaya Pura de carabina.

Pura, para hacer honor a su nombre. En la pantalla, una película muda en blanco y negro de la que sólo se escuchaban las ilustraciones musicales del pianista. El padre se quejó siempre de tener que pagar tres entradas para poder llevar a su novia al cine. Otros tiempos, otras costumbres, otro cine. Como el de The Artist.

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Lo que más le ha gustado al bloguero de esta película es que en ella está la esencia del cine y de la vida. Es comedia y es drama. Aparte de la inteligencia y el refinamiento de un director con nombre difícil como Hazanavicius  hay en ella sonrisas, lágrimas y un perrito mucho más tierno que Milu, que Lassie o que Rintintin. La guinda de su ilusión se macera con la tensión entre el paso del tiempo y el alma del que no sabe caminar por él. Y deja al principio un egusto ligeramente agridulce. El bloguero se identificaba con George: le costó enterarse de lo que iba la vida y cuando ya creía andar seguro viene el futuro, le tira de la alfombra  y le derriba. Una historia triste que se convierte en una película maravillosa.

Porque, naturalmente, luego viene el amor y rescata al artista malherido. La moraleja eterna: queremos huir de la nostalgia y sin darnos cuenta volvemos a caer en ella. Qué bien nos viene esta pirueta del cine para redimir el pasado y, de paso, humanizar la modernidad y hacer un poco más risueño el futuro. Es un bucle caprichoso, y parece pura magia, pero hay que tener en cuenta que hablamos de The Artist.     

Un Mini para evadirse

Cómo no se va a aprovechar la posibilidad de evadirse en ese coche maravilloso en el que ni un contorsionista era capaz de hacer el amor...

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De repente, al despertar, notó lo mismo que aquellas mañanas de invierno en el campo, cuando el peso de las cuatro o cinco mantas de lana gruesa  le oprimía las puntas de los pies.y le costaba doblar las rodillas. Dios, qué frío entonces. La radio despertador entretanto le ponía al día: el Fondo Monetario Internacional, nos lo pintaba aún más negro. Ya no podríamos cumplir nuestros objetivos de déficit, y el número de parados rebasaría los cinco millones. Ahmadineyad amenazaba a Occidente, y especialmente a las economías menos autosuficientes. España se dividía nuevamente por el proceso a un juez. Qué oportuno, desenterrar a Montesquieu, ponerle en la mesa de autopsias y despiezarle para ver qué parte de él nos interesa y qué hay que arrojar definitivamente al crematorio.

Ah, y continuaba la pertinaz sequía. Qué divertido,  Éramos pocos y parió la abuela: en cuanto nos quejamos un poco de la lluvia, porque nos ensucia el coche recién lavado, aparece el anticiclón y nos recuerda que estamos más cerca del norte de África que de la verde Europa.

Se podía vivir al margen de eso. Incluso de la suerte de ese amigo herido por la enfermedad, o de ese otro angustiado por la incierta suerte de su familia. Pero aunque el invierno era de pacotilla, y el edredón tan caliente como ligero, su conciencia le anunciaba la insoportable gravedad del día. Era el efecto de no sentirse un ajeno, de querer ser solidario con el inconsciente colectivo. Era, como le enseñaron desde pequeño, el peso de la responsabilidad social.

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El ciudadano responsable se puso el abrigo, cogió su cartera, metió su MP3 en el bolsillo, le conectó sus auriculares y se echó a la calle. No podía quedar al margen de la realidad, porque al fin y al cabo era estadístico, y milagrosamente aún conservaba su puesto de trabajo y éste le permitía sobrevivir. Pero ser responsable no significaba ser masoquista. Aún no clareaba el día, y no era cosa de profundizar en la noche oscura de su alma. Así que se detuvo ante un paso de peatones con el disco en rojo, pulsó a la búsqueda de su pequeño aparato y abandonó las noticias para aliviarse con una radio fórmula.

Se puso el disco en verde. Algo todavía funcionaba. Se detuvieron los coches para que cruzara la calle el ciudadano responsable. Y en ese momento, qué respiro, se produjo una triple coincidencia. Primero el hombre atormentado pasó delante de un Mini Cooper conducido por una niña pija muy mona. A continuación pasó por delante de un Mini Cooper antiguo primorosamente conservado. Lo conducía un tipo canoso y bien trajeado que se había encogido lo bastante como para caber en aquella joyita automovilística de época que, junto al modelo actual, parecía un coche de pedales.

-Todo cambia…¿a mejor? –pensó comparando los dos modelos- Pero…¿por qué se empeñan también los fabricantes de coches en desnaturalizar lo que estaba tan bien inventado?

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Y en ese momento por la emisora de radio fórmula, empezó a sonar aquella vieja canción tan gamberra como ingeniosa que decía Qué difícil es hacer el amor en un SIMCA 1.000. Y velay, la triple coincidencia de Mini antiguo, Mini actual y canción evocadora fue mano de santo, y le aligeró el plúmbeo manto de responsabilidad social que le oprimía

Pues su alma de estadístico le llevó a extrapolar la canción de su contexto. Y el ciudadano responsable hizo el resto del camino a su oficina especulando sobre qué porcentaje de privilegiados conductores del Mini Cooper original habrían conseguido la difícilísima hazaña de echar un polvo en este diminuto coche.

-Vete a saber –pensó mientras el día se iluminaba del todo- A lo mejor es por eso por lo que ha pasado a la historia del automovilismo.

No te mueras nunca, Audrey

Cada vez que queremos huir de la nostalgia, regresa Audrey Hepburn y vuelve a atraparnos...

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La nostalgia será un error, cierto. Y sólo mirar adelante tiene sentido. Pero el caso es que despierta uno este domingo dispuesto a la catarsis necesaria y  lo primero que escucha es la voz de Audrey Hepburn recién salida de la ducha cantando Moon River.

 Ya lo ha señalado este bloguero en otras ocasiones, es una de las escenas de más ternura que recuerda en la otra vida que era el celuloide. Ella allí, en albornoz, sentada en la escalerilla de incendios de un bloque de Manhattan, abrazada a una guitarra mentras encandilaba al universo con su cara de ángel, si es que los ángeles tuvieran sexo. Ella allí y el Duende joven aquí, tan lejos de cualquier paraíso, en el insignificante Madrid de la época, casi imberbe, estudiando ese coñazo inmisericorde que se llamaba Derecho Procesal mientras perseguía la sombra huidiza de las muchachas en flor. Qué injusticia. Para qué carajo quería uno el derecho procesal cuando lo que necesitaba era salir con ella.

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La inmortal Audrey anunciaba que EL PAÍS regalará durante los domingos que haga falta las mejores películas de nuestra época, las indispensables, las que, entre otras cosas, nos hacen pensar en los momentos de debilidad que no todo cualquier tiempo pasado fue peor. Hepburn, Peppard, Blake Edwards, Henry Mancini, Desayuno con diamantes. El desayuno del bloguero no llega a tanto. Un café, unas tostadas y unas cuantas ilusiones.

Entre ellas, la de desembarazarse definitivamente de cualquier compromiso sentimental con el pasado. Tirar por la borda todo lo que ya no puede ser. Pero va la SER y para arreglarlo lanza a Plácido Domingo cantando Maitechu mía, una de las grabaciones contenidas en el doble CD de melodías eternas que no debemos dejar de comprar.

Joder con la modernidad. No las tiene todas consigo, y al cabo casi recela tanto como este bloguero de lo que está por llegar. Tanta apología del futuro para acabar sujetándonos con los lazos de siempre. ¿No será otra milonga?…

Por si acaso, please, Audrey, no te mueras nunca.

Un SMS comprometido

A veces hay SMS que despisten un poco...

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No acaba de hacerse el Duende con un nuevo teléfono móvil Galaxy nosequé. de esos que utilizan un sistema táctil. El terminal se ilumina o se apaga cuando le parece, y le deja cuando no lo espera la pantalla a oscuras. Gran faena cuando uno necesita llamar de urgencia. Se le resbalan las aplicaciones. Le marca espontáneamente a quien no pensaba llamar. Le muda el sistema  de escribir SMS sin saber por qué. O por los mismos movimientos inadvertidos le presenta de repente un plano de donde está cuando en realidad lo que necesita es llamar al dentista.

Cosas de la las nuevas tecnologías. O de la edad, según se mire. Los jóvenes se ríen de estas peripecias. Así que el bloguero aprovecha los contados encuentros con sus ocupadísimos hijos para solicitar lecciones de supervivencia.

-Por ejemplo…¿cómo carajo se borran los mensajes?

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Y el primero que pasó revista era uno enviado por María Luisa que decía  literalmente así.

Ya sabes que de vez en cuando tenemos que hacer alguna cochinada…Y llámame sieeempre. Un beso!

Los jóvenes de ahora no se extrañan por nada. Pero el Duende no sabía qué cara poner. Estuvo a punto de seguir el ritual tradicional en las escenas comprometidas de las comedias de enredo.

- Ojo. No es lo que parece.

Pero comprendía que la cosa no colaría fácilmente.

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Así es si así os parece, escribió Pirandello. Hay cochinadas de muchas clases, pero estas no tenían nada que ver con lo que sugería el mensaje de María Luisa. María Luisa Nuñez, aparte de una mujer encantadora y una excelente amiga, es una periodista que fue durante años la jefa de producción de los programas de RNE en los que revoloteaba este duende. Una buena jefa de producción es una profesional  capaz de remover cielo y tierra hasta localizar, por ejemplo, al capitán del Costa Concordia para una entrevista mañanera. Ahora María Luisa está en el equipo de Herrera en la Onda, y es una de esas `piezas esenciales para al buen funcionamiento del  programa.

-Localízame a la Merkel para una entrevista a las nueve –dice Herrera- Y al ama de cría de Urdangarín para mañana.

Va María Luisa infatigable y acaba ajustando entrevistas hasta con el lucero del alba. Carlos Herrera parece un apóstol del Greco cuando entrevista a  monseñor Rouco, y con la misma sublime sensibilidad puede emular a continuación un policía grasiento y casposo para vacilar con Torrente. El fino camaleón de las ondas va del cielo a las alcantarillas de la radio sin perder un ápice de su flema y de su compostura. Le sobra labia, retranca e ironía, y siempre parece contar con los datos suficientes para abordar los temas más sublimes, delicados o escabrosos sin que le tiemble la voz. Hasta las diez de la mañana de su programa es un periodista solvente. Después de esa hora a menudo libera el Jaimito que lleva dentro, eructa con toda corrección un culo, teta, caca, `pis, e invita a los oyentes a que, so pretexto de una investigación de alto interés social –periodismo valiente, decía el otro día disimulando su risita-se desinhiban contando las marranadas más asombrosas que uno ha escuchado jamás por las ondas.

El pueblo siempre es respetable. Pero cuando se lanza…

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El 15 de enero de 2012  Herrera en la onda dedicó una histórica hora de radio a recabar las opiniones y anécdotas de los oyentes sobre algo tan singular como los tampones higiénicos para la mujer. Cosas escucharedes, Sancho. Sabedor de que al pueblo se le da la mano y se toma hasta mucho más allá del codo, y de que la desinhibición se ha convertido de la noche a la a la mañana en poco menos que en virtud social, el repertorio de confidencias que empezaron a escucharse al respecto confirma que el pueblo será respetable, pero su mal gusto es a veces más que detestable. Fue entonces cuando este  duende, que compartió años de radio con el magnífico Herrera y con algunos de sus tertulianos y adláteres como Lorenzo Díaz y el simpático José Antonio Naranjo no pudo resistirse y abusando de de la amistad con la Núñez, que le cuela sus llamadas cuando quiere opinar de algo, le escribió este SMS.

-¿El tampón?…Este Carlos ha perdido la cabeza.
Muchas gracias por tu gestión de ayer (le había facilitado entrar en antena el día anterior) y bs.

A lo que María Luisa, que siempre ha sido especialmente cariñosa, respetuosa y delicada con su antiguo compañero, contestó lo de esas cochinadas que, por lo escuchado, venden mucho. Le faltó añadir al tenemos que hacer algo así como en este programa, para redimir al mensaje de toda sospecha. Pero ya se sabe que el lenguaje de los SMS exige economía.

 Además, qué diablos, a lo mejor le prestigia a uno que le consideren un buen discípulo del famoso marqués de Sade.

El bosón y el progreso me acabarán matando

Anulado por las coImagensas que se inventan y por el bosón de Higgs.

 

Esa podría ser la diagnosis de este Duende. Tan encantado que estaba de haber aprendido a subir sus post, y va el servidor y cambia el método.

 

Como lo del bosón de Higgs, que hace unos años eran completamente desconocido y ahora está todos los días en los papeles. ¿Qué es un bosón? ¿Quién es Higgs? Peter Ware Higgs es un físico que nació en Newcastle en 1929, pero… ¿no les sirve a los científicos otro bosón? No bien había empezado a comprender lo que es la prima de riesgo cuando de repente irrumpe en su vida el bosón. Ya no puede vivir sin tener claro qué es un bosón.  Virgen santa qué vida tan complicada.

 

Podría plantear como tema de debate algo así: qué haría haría usted con Higgs  si este se presentara en su casa con su bosón en el bosillo. Pero da igual, es una memez, no sirve de nada. Además, ya les digo que aunque averigüe algo tampoco estoy seguro de poderlo convertir en un post como los de antes. Qué fatiga de progreso. Tan aburrido está que el Duende se siente incapaz de escribir una tontería más.

Trapiello y las largas noches de noviembre

Este hombre es capaz de hacer literatura de una lenteja. Qué pena que uno lo haya descubierto tan tarde, y que dude de que le de tiempo a leer todos sus libros...

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Las noches de noviembre deben de ser demasiado largas. La última de ellas se acostó el Duende con la cabeza despiezada como un puzzle y luego se metió en tantos líos que acabó su sueño sufriendo por un cocodrilo, como luego se verá. Demasiado largas las noches de noviembre.

Y lo dice después de tantos días sin saber por donde hundir el bisturí de la pluma. No obstante le habían ocurrido esta semana cosas interesantes, sobre todo si se tiene en cuenta el vuelo alicorto de su dietario actual. Desde hace tiempo, por ejemplo, le carcome una inquietud: ¿qué hacer con ese legado paterno de papeles, cartas, documentos, artículos y hasta poemas amarillos por el tiempo que este mismo ha ido depositando en sus manos? ¿Tienen algún interés más allá del que pueda despertar en él? ¿Se puede considerar uno buen hijo si entrega al fuego la memoria escrita de sus padres veinte años antes de que esta acabe en un contenedor de papeles, esperemos  al menos que reciclables? Sus padres: muy decentes, muy dignos, muy discretos, muy queridos por sus hijos, muy considerados por los que les conocieron. Pero al cabo tan parcos de gloria como todos los que no traspasamos el umbral de las enciclopedias. Y detrás, la legión de devoradores de futuro. Lo imponen los tiempos, y lo secundan entusiastas los sabelotodos actuales, los políticos, los gurúes de la comunicación y hasta las escuelas de negocios: sólo importa el futuro. El presente se está yendo antes de acabar esta frase, y el pobre pasado ni siquiera es políticamente correcto. Tonto el que vuelva la vista atrás.

Problema al canto. ¿Qué hace uno con su almoneda particular, cuando, pese a la urgencia de futuro, tiene en ella sus afectos?

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Mantienen algunos amigos del Duende que sus hijos aún se interesan por las raíces de su familia. Sobre todo si esta ha aportado algo más que un buen nombre y una sangre limpia. Pero son los menos. De repente, los cuadros de los antepasados y el tesoro literario que nos han legado encuadernado con guardas de papel de aguas y lomos de cuero labrados y estampados en oro han dejado de tener sentido, y sólo esperan su momento para ir a parar al Rastro o a la Cuesta de Moyano.

-Si tú no eres nadie- parecen lamentarse en su silencio-nosotros tampoco somos nada.

La alerta por lo que ya suponía vino esta vez de ese clarividente observador e infatigable anotador que es Andrés Trapiello. Cuanto más lo lee este duende, más le asombra. Recuerda el escritor y poeta que buena parte del arsenal de su gran ensayo Las armas y las letras, que a este bloguero se le antoja indispensable para su generación, lo ha ido encontrando en libros, documentos y epistolarios de hombres y mujeres ilustres cuyos herederos tuvieron que sacar la escoba y barrer cualquier pasado no  amparado en el banco o en el registro de la propiedad.

Nuevos tiempos. ¿Qué pinta un legajo de papeles color sepia o una primera edición de los Episodios nacionales  en esa casa que IKEA nos presenta como una maravillosa república independiente de ochenta metros cuadrados?

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Le quemaban al Duende en particular unas cartas  que el poeta Gabriel Celaya se había cruzado con su padre después de la guerra. Ambos habían compartido el primer premio en un concurso de poesía que organizó el Lyceum Club  de Madrid. El fallo del premio tuvo lugar el 13 de julio de 1936, justo el día en que asesinaron a Calvo-Sotelo. Al ya reconocido Celaya le dieron las 500 pesetas del premio, al padre del Duende, un novel sin publicaciones, sólo el accesit honorífico. No pudo recibirlo porque la ceremonia de entrega estaba prevista para el 18 de julio…¿Adivinan las causas?

Eran malos tiempos `para la lírica, pero de aquel certamen poético nació entre los dos concursantes una cierta amistad. Y como entonces se escribían cartas, fueron varias las que en los años cuarenta se cruzaron entrambos hablando de poesía, de las cosas de la vida, de la mar y de los peces de colores. Curiosamente, y a pesar de que Celaya era comunista, ni una sola palabra de política. Llámenle prudencia o miedo. Celaya no es Lorca, pero sus cartas tienen interés documental para cualquier estudioso de la literatura  española de aquella época. Y al Duende se le abrió un claro en el cielo oscuro pensando que el archivo de Trapiello podría ser el mejor destino para ellas. Esa fue  la gatera por la que escapó su mala conciencia por librarse del pasado.

Tampoco Trapiello, con ser a juicio de este lector un ejemplo deslumbrante de talento y de trabajo, es Ken Follet o, más cerca aún, Pérez Reverte.  El Duende dio con su teléfono, le llamó, le dejó su recado en el contestador y a los pocos recibió su respuesta.

-Gracias por acordarte de mí. Me interesa mucho, ¿Nos vemos en casa?

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Ni aún en sus mejores años de radio se creyó este bloguero al otro lado de vitrina ideal que separa a la gente notable del resto de los contribuyentes. Sigue por tanto manteniendo, además de un espíritu de cotilla porteril, un cierto sentido reverencial por los que unge la fama, ya sean estrellas de cine, futbolistas, políticos o inventores. El respeto del paleto. Más aún quizás por los escritores, pues al cabo de más de seis décadas de dudas y naufragios cree que ese sería su destino en la próxima reencarnación.

Algo de fascinación tiene el asomarse al escritorio y la biblioteca de los que le guían a uno el pensamiento. Con esa curiosidad acudió el Duende a la cita, esperando encontrar, entre el obligado ordenador del plumista moderno y sus  libros, carpetas, mapas, planos, cuadros, lápices, plumas y otros objetos de escritorio, algún icono que le ilumine en los momentos de cerrazón. En el sancta sanctorum de Trapiello hay un busto de Galdós y tres imágenes más de sus principales referentes: Dickens, Stendhal y Tolstoi. Al visitante le reconfortó especialmente descubrir entre tanta sabiduría alguna muestra más elocuente de sus afinidades electivas. Y la encontró: en uno de sus anaqueles vio un diminuto autobús rojo del London Transport como el que el propio bloguero guarda en su pequeño despacho/palomar.

Qué guiño tan simpático, qué consuelo, qué coincidencia. ¿Será Rilke, el que acuñó la idea de infancia como patria, otro de los lazarillos de Trapiello?

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Días antes el bloguero se había embarcado en  Las inclemencias del tiempo, tomo nº 10 de esa experiencia única en la literatura española actual que es Salón de pasos perdidos, un diario que debe de ir ya por más de cinco mil páginas en el que Trapiello hace literatura de lo que le pasa, de lo que piensa y todas y cada una de las pequeñas cosas en las que deberíamos reparar los demás para exprimir el zumo inagotable de la vida. Y, por aquello de alimentar el venero de libros dedicados que algún día irán a parar a las librerías de viejo, sobre los que tanto ironiza el autor, buscaba afanosamente Días y noches, su novela que mejor complementa la reciente lectura de Las armas y las letras. La buscó el Duende en La casa del libro, en FNAC, en El Corte Inglés y, la mañana misma de la cita, en Antonio Machado. No la encontró en ninguna de estas librerías, pero en la última, oh casualidad,  tuvo la suerte de dar con el propio autor que huroneaba novedades editoriales, y que además de pedir por favor un adelanto de media hora en la cita vespertina se la regalaría después debidamente dedicada de su puño y letra.

-Quizás tus descendientes encuentren algún día  este mismo libro en Moyano o en el Rastro-le advirtió serenamente el Duende.

No le debió de importar al autor, consideraría que el impacto del pasado es legítimo que se vaya difuminando en las nuevas generaciones. Cogió su estilográfica y con letra pulcra, pequeña y picuda escribió: A Luis Figuerola-Ferretti, con la amistad de Andrés Trapiello. Al dedicado le sobrevino un ataque súbito de vanidad. ¿Cabrá tanto en los pasos perdidos de Trapiello como para que recoja este momento? Fue una hora larga de conversación apasionante. Cómo tendrá tiempo para hablar de algo, con lo que escribe este hombre, pensaba el duende vulgaris. Se mezclaba la avidez del lector reverencial con la emoción curiosa de otro observador que recorrería otros pasos perdidos tan atinados como los de su  nuevo amigo. Luego, por la noche, varios sueños con imágenes de este otoño de Candeleda que, desde su casa, entre castaños, liquidámbares, cerezos, arces y robles que van del rojo cinabrio al amarillo, parece un cuadro de Eliseo Meifrén. Sueños de color mezclados con otros más turbulentos que culminaban en lo más inexplicable de sus últimas aventuras oníricas. Con grave riesgo, porque no es fácil, el Duende mataba al final de la noche a un cocodrilo pisándole la cabeza, que ya tiene mérito. El saurio se resistía, pero a base de pisar fuerte acababa muriendo.

La del alba sería cuando despertó el bloguero. Las noches de noviembre son, efectivamente, tan largas que hasta cabe en ellas la sinrazón de un cocodrilo. Y al soñador le mordía no el cocodrilo, sino la curiosidad de saber por qué este absurdo había aparecido en el sueño del lector curioso que posiblemente se había entretejido la tarde anterior.

Más aún, le picaba una pregunta  que desde aquí  se atreve a plantear a su autor de referencia. Oye, Andrés, ¿cómo enjaretarías tú a un cocodrilo en tus pasos perdidos sin que estos pierdan definitivamente el sano juicio?

El Duende de verano (4) Tierras Altas… y limpias

Las Tierras Altas de Escocia son también el lujo de la soledad...

1 El encanto de la soledad…y de 35 ml. de malta

A los poetas les debe de encantar Escocia. Desde la cumbre del Bouchaille Etive Mor el profesor Mc Crorie le mostró a su acompañante, el bloguero, una extensa llanura verde que se abría entre las montañas. Sólo pasto y manchas de agua de pequeños lagos festoneados al fondo por más crestas.

-Se llama  Rannoch Moor- le dijo como si fuera Moisés mostrando a los israelitas la Tierra de Promisión- Y es la zona despoblada más vasta de Gran Bretaña..

(Por cierto, qué era la Tierra de Promisión? Hablaban de ella sin cesar en la Historia Sagrada que le enseñaban al Duende cuando era niño y nadie le explicó donde quedaba y qué cosechas daba para ser tan apetecida).

Supone el viajero que en provincias como nuestra amada Soria cabrían varias extensiones solitarias así. Pero en el Reino Unido, que soporta la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado de toda Europa, esta reserva de naturaleza y, sobre todo, de soledad, es un auténtico lujo. El panorama, tan bello, tan frío, tan limpio de toda impureza del desarrollo –apenas un único y agradable hotel, el asfalto de la carretera y los postes de la luz que se pierden en la lontananza- tiene su mística. Le entran a uno deseos de ponerse a fundar conventos en plan Santa Teresa o San Juan de la Cruz, aunque los turistas se limitan a hacer senderismo o a pescar. No almas, sino truchas o salmones.

También se emborrachan de oxígeno, de perspectivas cuando ayuda el weather, de pensamiento y filosofía de la vida. Lo pide el cuadro. No es descartable que también lo hagan con el malt que producen  las turbas de este suelo en las que, dicen los expertos, radica el secreto de su exquisito bouquet. Aunque en Escocia los 35 mililitros de su ración autorizada de whisky de malta los vendan a precio de cojón de mico, caramba.

Por cierto, que el bloguero, que jamás toma whisky, confiesa su devoción por esta joya de la destilería, insuperable remate de una cena en la que se comentan las incidencias de la jornada. La toma solo, sin añadirle hielo ni agua. Y la paladea y disfruta como cualquier turista burgués: nadie es perfecto.

2. Un paisaje austero, limpio de casi todo

Creía el viajero que también se iba a emborrachar de fauna, y en especial de aves. Todas las guías de viajes de Escocia hacen especial hincapié en su riqueza ornitológica. Pero tal vez las criaturitas, tan acostumbradas a la niebla y a la lluvia, se asusten cuando brilla un sol despampanante como al que le acompañó por estos pagos. Lo cual que los días de senderismo por las Highlands los viajeros sólo pudieron contabilizar, literalmente, un par de cuervos que graznaban sobrevolando Kintail, una mariposilla, no más de tres o cuatro moscas y algunos mosquitos. Afortunadamente, al tercer día, y a media ladera, vieron varios ciervos pastando tranquilamente en la distancia. Pero ni una lagartija, ni una culebrilla, ni un solo reptil ni bichito de ninguna otra especie animando el paisaje. Y, por supuesto, tampoco más aves. El propio profesor Mac Crorie se sorprendió de que, con ese tiempo tan esplendoroso, la naturaleza pareciera yerta.

Abundando en soledades, apenas se cruzaron los viajeros  con otros montañeros. Ni mucho menos vieron latas vacías, envases, papeles y otros restos de basura como la que normalmente jalonan nuestras rutas de senderismo. Impresionado por tal pulcritud, ni las mondas de mandarina o de plátano se atrevió a dejar a la intemperie el bloguero. Sólo el último día, y en el lecho de un glen (valle), donde sí coincidieron con otros paseantes, algunas toallitas higiénicas moteaban el limpio verde de las Highlands.

-Oh-dijo el profesor Mc Crorie visiblemente contrariado.

Ya ha confesado el Duende que no es fácil entender el inglés que con cerrado acento escocés chamulla su compañero de viaje. Pero en este caso le quedó muy claro que, aunque sus compatriotas sean muy limpios en la montaña, ninguno está libre de un apretón. Y no es lo mismo cargar en la mochila con las mondas de las frutas que con desagradable recuerdo de que no somos cuerpo glorioso. Es lo que tiene la condición humana.

Martita pide perdón

Hay rachas en las que casi hay que pedir perdón por ser afortunado...

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La pobre Marta no se lo podía creer cuando recibió la llamada.

-Contamos contigo –le dijeron- Preséntate mañana a las doce y pregunta por el señor Santovenia.

El señor Santovenia la recibió amablemente, aunque afectando una actitud algo puntillosa. Mientras rebasaba el expediente, se apretó por dos veces la corbata de pajarita, y se rascó la ceja derecha en cinco ocasiones.

-Ha gustado mucho su currículo –subrayó forzando una sonrisa- Y su buena predisposición- Le pagaremos 1.200 € y un variable del 2% en función de resultados.

Volvió a casa corriendo como una chiquilla, más contenta que unas pascuas.

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En casa estaba tomando un café el tío Gerardo, que no paraba de lamentarse del dineral que había perdido este año con los pepinos y con la bolsa. En medio de su larga letanía de quejas, anunció que no estaba dispuesto ni a hacerse cargo de la abuela ni a pagar la parte que le correspondía de la residencia de verano de Benidorm, como le había propuesto su hermano.

-No puedo, Fidel, no puedo –se excusaba- Es más, Susana me dice que si no os importa que os dejemos una semana a Arabella. Este verano compartimos la caravana con los Tomares, y Pepa Tomares tiene alergia a los perros. Es lamentable que sea tan egoísta y no piense que los perros también tienen derecho a veranear, pero qué le vamos a hacer.  Así que si no tenéis inconveniente….Además, Arabela le hará compañía a Mamá.No sabes con qué interés sigue los seriales de la tele.

Arabella era la perrita del tio Gerardo y la tía Susana. Fidel, el padre de Marta,  tenía fama de santo, pero, desde que le rebajaron el sueldo y estaba amenazado de despido le había cambiado el carácter. Además aquella mañana le había salido un molesto uñero. No se negó abiertamente a la tutela de la perra, pero algo rezongó entre dientes. La madre de Martita se llamaba Valentina. Aunque no lo había declarado nunca, odiaba a Arabella porque un día la perrita le lamió las uñas del pie derecho recién pintadas, sin que ni siquiera le sentara mal el esmalte. Además estaba de los nervios con la abuela. Hasta el momento había apechugado con ella con resignación y hasta algo de cariño, pero ahora la anciana se quejaba de malos tratos, porque según ella su nuera le complicaba los guiones de los seriales de la tele a propósito para que ella no los entendiera.

-Estoy de vuestra madre hasta el moño-les espetó a los dos hermanos- Ahora voy a ser yo la responsable de Bandolera, ¿no te digo?  Como para hacerme cargo ahora de la puñetera Arabella, vamos, hasta ahí podíamos llegar.

- ¿Puñetera Arabella?…-reaccionó Gerardo indignado- Deberías de mostrar más respeto por tu cuñada. Eso no te lo tolero.

El tío ofendido se levantó de la silla,  se despidió con un gesto que no se sabía bien si era un adios o un corte de mangas y salió dando un portazo. Afortunadamente, se llevó a aArabella entre sus brazos. La abuela se echó a llorar, Fidel se asomó al balcón dando bufidos  y en ese momento, mientras las noticias de la radio confirmaban que la crisis económica se agravaba, ahora por culpa de Italia, y que la Bolsa se daba el enésimo batacazo,  un berrido de  Valentina desde la cocina anunció que, además, se le había cortado la mayonesa.

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Así  las cosas, Marta no se atrevió a dar la buena noticia. Ella no se había distinguido por ser precisamente una chica precisamente afortunada. Sabía que no era una belleza despampanante, y había tenido que sufrir muchas veces la poca delicadeza de su madre, que la apremiaba para que se echase un novio de porvenir. Cuando por fin hacía un mes que anunció ilusionada su noviazgo con Joaquín, que era empleado deTelefónica, su madre le echó un jarro de agua fría.

-Fú, qué feo es-dijo al ver la foto que Marta le mostró- Se parece a Rubalcaba. Claro, que si eres incapaz de encontrar trabajo…

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Su novio se había afeitado la barba de chivo. Y es verdad que lucía entradas en la cabeza, pero no era ni de lejos tan calvo como Rubalcaba, ni tenía sus ojos achinados ni su sonrisita de malvado de película de la serie B. Además era un cielo. Y por si fuera poco su madrina, que no tenía hijos, le había regalado un pisito en Las Tablas que estaban equipando con muebles de IKEA. Ya habían hablado de casarse, y ahora, además, a ella le había salido el trabajo por el que llevaba dos años luchando. Pero comprendía que en su casa paterna no estaba  el horno para bollos.

-Tengo que deciros una cosa –musitó durante la comida sin atreverse a levantar la vista del plato de gazpacho.

Fidel se echó las manos a la cabeza, y Valentina quiso ponerse la venda antes de la herida.

-¿No nos irás a decir que te has quedado embarazada sin quererlo?

Marta suspiró profundamente por no llorar.  Cerró los ojos y pensó lo que tenía que decir. Y cuando ya se sintió con fuerzas, habló de esta manera.

-He conseguido trabajo. Y como además Joaquín no se parece a Rubalcaba, y tiene empleo y piso propio, y le quiero, y  a pesar de la que está cayendo nos queremos casar, quiero pediros algo muy especial.

Fidel y Valentina se miraron alarmados.

-Qué quieres, hija- dijeron al unísono- Suéltalo de una vez.

Marta levantó la mirada del gazpacho y sonrió tímidamente.

-Sólo quiero pediros perdón por ser feliz.

Terapia de evasión con Luis Buñuel al fondo

La atención del bloguero repara a veces en detalles que no todo el mundo considera. Por ejemplo, un Yorkshire terrier que tiene nombre de cineasta...

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Al invitado le sorprendió  el nombre de uno de los perros de la casa, un pequeño Yorkshire al que llamaban Luis.

-No es por ti, no te asustes-le explicaron- En realidad se llama Luis Buñuel.

Al invitado le hizo gracia la precisión.

Sin embargo, a Luis Buñuel II no le hacía tanta la presencia del invitado, que veinte años atrás era el presunto jefe de la anfitriona y propietaria del perrito. El almuerzo, en el coqueto cenador entoldado de un pequeño chalet al este de Madrid, se completaba con la presencia de la madre de la anfitriona, una mujer encantadora, y de Lola, otra compañera de trabajo de tiempos pretéritos. También rondaba por ahí una galga, tan estilizada como la que se adivinaba al trasluz en los papeles de la marca Galgo.

 -Pobrecita-dijo la anfitriona, que se llama Acacia-La rescaté de una perrera donde languidecía de tristeza.

Acacia tiene nombre árbol, un árbol muy madrileño y de flor blanca con sabor dulce que nos comíamos los niños de posguerra cual si fuera maná urbano. Era el pan y quesillo, algo que suena tan arcaico que uno parece un niño callejero de cuadro de Murillo, nada que ver con  la realidad.

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El alma de Acacia, esta mujer tan especial como su propio nombre, se divide entre el amor al fantasma de Cary Grant  y el homenaje animal a Josephine Baker, aquella artista del cabaret que en los años treinta seducía a Europa bailando ritmos tropicales con una faldita de bananas que cubría sus intimidades. Josefine Baker se retiró rica, y a partir de entonces recogía niños de la calle y los adoptaba como hijos suyos. Acacia ha hecho lo mismo con su galga. La galga es buena, pero un rabo de galga alrededor de unvelador con copas de vino no deja de tener su riesgo.

-Pobrecita- decía su dueña mientras la acariciaba.

La galga se portó bien y no derramó una copa, aunque el invitado, la verdad, fue incapaz de hacerle ni un arrumaco. La perra se amansaba al sentir la mano de su benefactora. Quizás barruntaba que su especie en España sólo sirve para alimentar la necia discusión de la fábula –galgos o podencos- y para cazar liebres. Cumplido su servicio, en el campo o en los canódromos, no es infrecuente ver a galgos y galgas ahorcados de la rama de una encina, como si fueran proscritos medievales atrapados in fraganti. El mundo, según dicen, es maravilloso. Pero hay que ver  cuántos desalmados caben en él.

3

La madre de la anfitriona se empeñó en pelarle al invitado los langostinos. Detalle maternal que él valoró no sólo por lo delicioso del bocado y por ser huérfano de madre desde hace casi veinte años, sino porque además se había cortado las uñas esa misma mañana, y ya glosó la dificultad e enfrentarse a los crustáceos con los dedos mochos.

-Gracias, muchas gracias –dijo el invitado.

No añadió aquel quijotesco nunca fuera caballero de damas tan bien servido, porque, aparte de pedantería, la frase ahora puede interpretarse mal.

Todo lo demás también fue muy agradable. Incluso Luis Buñuel II, que por su nombre le recordó al pequeño porquero con el que hizo migas cuando iba al campo hace más de medio siglo. Paquito se ocupaba de apacentar a los cerdos, pero acababa de descubrir el cine, y vivía fascinado por el séptimo arte. Como a pesar de ello no sabía quién era Buñuel, porque los niños no piensan en directores, bautizaba los cerdos poniéndoles directamente títulos de películas. Sobe todo de películas de romanos y de capa y espada.

-¿Ves?-le decía señalando a los cochinos- Ese es Ivanhoe…Ese otro, Quo vadis. Y aquél de allá Tierra de faraones.

Al que suscribe le pareció entrañable y surrealista que un zagal desarrapado pudiera llamar a un cerdo Tierra de Faraones. Pero la vida te da sorpresas así. Almuerzos con tres damas en un coqueto velador de jardín, Luis Buñuel II y una galga rondando por allí, el aroma del pan y quesillo y el recuerdo del porquerito más original que se puede imaginar…Terapia de evasión. Todo vale para huir de estos días tan ásperos  y deprimentes que nos está tocando vivir. Va por el que se asome a este post, y le quede humor para interpretarlo. Va por ustedes.

.

Dominique. Listo, pero no tanto

Parece mentira, pero hasta los políticos más listos siguen sin conocer los principios más elementales de su oficio...

1

Lo dijo muy finamente y en francés, que es su lengua, pero no dejó lugar a dudas.

-Dominique fue siempre muy listo para el polinomio. Pero algo tonto para los recados.

Fue la declaración de la portera de la casa natal de Dominique Strauss-Kahn a la revista chismosa  Le lapin déchâiné.

Y sin embargo lo hechos habían desmentido hasta entonces. Dominique había hecho una gran carrera política, los matrimonios más provechosos y un prestigio que le permitía vivir como un pachá y ser la gran esperanza blanca de la izquierda francesa.

-Vous savez, mon ami-subrayaba en su diario inconfesable- El corazón a la izquierda, pero el bolsillo a la derecha.

Lo otro en el centro, entre las dos piernas. Y muy en forma, según se adivinaba en su hoja de servicios especiales.

2

Al otro lado del Atlántico, en una prisión del Estado de Nueva York, el viejo profesor del M.P.S. (Master de Politiques pour la Survivance) monsieur Brocarde visitaba al que había sido su alumno favorito.

-Pero hombre de Dios…-le dijo- Mira que te lo avisé. .

-No me percaté.

-Sí, ¿no te acuerdas? Te conté un chiste que era toda una lección.

-No me acuerdo del chiste.

-Aquella madre que despierta al hijo: levántate, hijo, que son las siete. No quiero, madre. Recuerda que tienes que asearte, vestirte, desayunar y coger el autobús. Que no, madre, que tengo mucho sueño. Recuerda que debes ir al colegio. Que no me da la gana, madre, que no voy. Hijo…¡recuerda que eres el profesor!

Dominique le miró con cara de pavo. Se acababa de caer del guindo, y evidentemente estaba atontado por el golpe. No se podía imaginar lo que le había pasado. Entre rejas, que no eran las del cabecero de la cama de un hotel de lujo. Qué injusticia, qué atropello. Qué falta de consideración-pensó.

3

-También os dije que lo escribierais en vuestros cuadernos y lo grabarais bien en vuestra conciencia-volvió a la carga monsieur Brocarde.

-El qué.

-El aforismo latino sobre la ejemplaridad de los políticos: la mujer del César…

 -No me diga más:¡Calpurnia!-interrumpió Dominique visiblemente excitado- La ví en unos mosaicos…Qué buena estaba… Y cómo me ponía, me la hubiera tirado.

Monsieur Brocarde pensó que el director del FMI no tenía remedio. Tampoco se explicaba cómo era posible que los políticos olvidaran que hay cosas que no se pueden hacer. Y que, si se hacen, no se pueden saber. Y que, si se saben, acaban con el político que las hizo.

-Tan listo no será –murmuró al despedirse de su antiguo alumno-O será que tenía razón la portera. Listo para los libros, tonto de remate para los recados y además más rijoso que un macaco…

Y salió de la calle preguntándose por qué, y a pesar de que el ojo público cada día deja pasar menos granujadas,  los tipos así se siguen metiendo  en política.

 

 

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