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Otra teoría de la felicidad

Cerca del castillo de Monfragüe se puede elaborar otra teoría más acerca de la felicidad...1
He aquí otra manera de ver a la especie humana. Aquella que traza una divisoria entre los hombres que rematan y los que no rematan, los que hacen los deberes y los que los dejan a medias, los que buscan la perfección o al menos la excelencia y los que se conforman con un aprobado, un pasar, un vivir desflecado y según y como, vaya, vale, sigamos adelante y no me toque usted las narices con escrúpulos ni tiquismiquis propios de perfeccionistas. A vivir, que son dos días.

El amigo Rafael estaba claramente en la primera categoría. Era un modelo en casi todos los ratios que las suegras de antaño puntuaban para conseguir el yerno soñado. Seriedad, buea cabeza, voluntad, espíritu de superación, elegancia y exquisitos modales, buena presencia. Y un pedigree de familia acomodada, buena plancha y mejor colonia. Alguien le llamó la atención un día a este bloguero sobre lo reveladoras que eran las porterías de las casas de Madrid. No hacía falta que hablaran las porteras o los porteros, gremio que siempre ha tenido la fama de cotilla impenitente. Hablaba por ellos la atmósfera que se respiraba apenas se entraba en el portal.

-Portal que huele garbanzo o a coliflor, malo. Portal que huele a lejía, regular. Portal que huele a maderas, a cera o a Netol, buenísimo.

Luego aclaraba que esa observación maliciosa no iba en absoluto contra el espíritu evangélico del amor a los pobres.

-Cristo dijo que los amáramos -precisó- y eso está bien. Pero eso no obliga en absoluto a ser feliz aspirando el olor a berza cocida.
El portal de la casa de Rafael seguro que estaba libre de esos pecados urbanos. El resto de los componentes de su personalidad no se sabe si vienen de los genes paternos o los maternos. La cosa es que dio en un tipo autoexigente y riguroso, poco dispuesto a conformarse con medianías. Pensaría que uno no tiene más que una vida para mostrarse. Fue un claro aspirante al homo perfectus.

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Ya cuando le conoció este duende había sin embargo en su biografía un dato chocante. Entonces la sociedad se había sofisticado, y ya no sólo queríamos ser felices, sino también guapos. A las mujeres de entonces les trastornaban los hombres altos y delgados, Gary Cooper y Gregory Peck a la cabeza. Rafael también era de raza fina, hombre deportista y sin apunte de tripilla, pero sin embargo era conocido como Gordo. Todo el mundo le llamaba Gordo.

Sorprendentemente, él, tan celoso de su imagen y de su autoestima, no esquivaba el apodo. Se diría incluso que lo defendía con un cierto orgullo, quizás consciente de que era el depósito de ternura y nostalgia del único momento de su vida en que fue rollizo y mofletudo, como un anuncio de Pelargón. Luego, viendo Ciudadano Kane, uno lo entendió mejor. Aquel magnate de la película muere con una palabra clave en sus labios que nos lleva a conocer el sentido de su existencia. La palabra es Rosebud, un enigma que vuelve locos a los investigadores hasta que descubren que tal era el nombre grabado en la madera del primer trineo que tuvo en su infancia el que llegaría a ser el hombre más poderoso de los Estados Unidos. Este, recreado en la película por Orson Welles, quiere recuperar al morir la única idea de felicidad pura de su vida, cuando lo tenía todo por delante, y todo aún por conquistar. Quizás quiso Rafael incorporar este sueño a su identidad, y llamarse Gordo para siempre aunque jamás un gramo de más afeara su percha. Gordo fue su Rosebud, y con ese trineo se deslizó por la vida en un slalom que seguramente facilitaría su búsqueda de la perfección.

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Gordo hizo una carrera brillante, y además tuvo la suerte de encontrar a una mujer como Luli,nacida Lucila, que con su encanto, su simpatía y su generosidad le dio aún más exuberancia a su vida. Además en uno de sus múltiples saltos adelante fue en Bruselas Director General Política de la Competencia, tal vez la nomenclatura que mejor le explica. De la competencia, o sea, del arte de competir. Pero también de todo lo otro que sugiere la polisemia de esta palabra: madurez, preparación, saber distinguir churras de merinas, priorizar objetivos, programar esfuerzos, saber vivir. Saber sobrevivir. Y, sobre todo, maña para superar obstáculos y proyectar al exterior una imagen de felicidad que, en los tiempos que corren, se recibe como un ungüento balsámico. Un triunfador prototipo puede llegar a molestar por su arrogancia. Un hombre contento, no. Un hombre contento estimula y reconforta el ánimo. Bienaventurados los Gordos que no cejan en su particular camino a la felicidad.

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Imagina uno que el aspirante a ser el homo perfectus es como un Karpov que sabe jugar simultáneamente varias partidas de ajedrez al mismo tiempo. En un tablero, su intimidad, el amor, la familia, los hijos, los nietos. En otro, su carrera profesional. En otro su papel en la sociedad que le ha tocado vivir. En otro, su dimensión humanista. En otro, el instinto de supervivencia, el saber ganarse la vida. En otro, su relación con los demás: amigos, compañeros, vecinos, colaboradores. En otro, piensa uno, su tira y afloja con Dios, o con cualquiera de esos sucedáneos que los hombres le hemos ido buscando a la idea de la divinidad…

Este hombre se asomó a todos los tableros, juega partidas en todos ellos y en todos, como poco, da jaque mate al desánimo. Como no debe de saber lo que significa perder, supo salir airoso de todas las lizas sin despeinarse ni perder la compostura. Si ha sufrido alguna derrota la ha sabido tan disimular tan bien que no ha dejado ni una sola cicatriz en su piel de hombre sonriente. Qué suerte la suya. O qué temple para saber lidiar con ella.

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Todas estas apreciaciones, a las que podría ponerse el correctivo de la amistad, le convencen a uno, aunque no le arrebaten. Lo que le llama la atención, y le gusta, y casi le enternece, es comprobar que a un hombre afortunado, como a él, lo que le hace vibrar e ilusionarse ahora es su circunstancia. Ya saben: la circunstancia de Ortega (no Ortega Cano, sino el otro, el de la calle, antes Lista). Podríamos precisar más: su circunstancia extremeña, pues fue en un lugar de Extremadura donde esta se le ha revelado. O su transformación eventual en hombre de campo, pues en él se refugia cada vez que tiene tiempo libre. O su circunstancia familiar, más esperanzadora que nunca ante una ristra de nietos a los que él enseña pacientemente a montar a caballo por los caminos mientras les va impartiendo lecciones elementales de naturaleza.

-¿Ves ese pájaro de colores tan bonito?…Es un abejaruco, que se llama así porque se come las abejas. ¿Y esa planta con la flor morada?…Se llama cantueso..,

Como un monitor celoso. Como un guardián que cuida al detalle su pequeño paraíso.

Uno ojo en el caballo, otro ojo en el pequeño jinete o la pequeña amazona. Y controlando al tiempo que el pequeño perro teckle de la casa no se escape y se meta entre las patas del caballo. Seguramente el amigo Gordo ha vivido pasos más importantes en su carrera. Pero ahora, en la tierra que él y Luli eligieron, y en la casa que construyeron, está viviendo los momentos más emocionantes.

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Uno fue invitado a su feudo y tuvo la suerte de verlo con sus propios ojos. Por si acaso, tomó apuntes para su propio futuro.

El tiempo corre, y los años del poder y del éxito –que fueron también los de la mayor responsabilidad- van quedando atrás. Entre las rosas del jardín y el encinar de la dehesa, rodeados por las crestas de la sierra de Las Corchuelas y bajo el techo mágico que ofrecen las noches estrelladas del parque de Monfragüe , Gordo y Lucila transitan ahora por un terreno más plácido y amable, jalonado de voces infantiles o presencias amigas. Tal vez sin darse cuenta, el hombre inquieto que buscaba la excelencia se acerca cada vez más a otro modelo de vida, próximo al beatus ille del clásico. Como decía el Quijote, mejor es el camino que la posada. No hay como no parar y seguir buscando en los valores y placeres más elementales de la vida para creer que la felicidad, que nunca acaba de llegar del todo, te está esperando sólo un poco más adelante. A la revuelta de esa curva, o más allá de ese cerro de encinas cuajadas en flor de primavera.

De boda en un pueblecito de los Cotswolds

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-Eso es como el que tiene un tío en Alcalá-escuchaba decir a sus mayores cuando hablaban de una quimera lejana.

Estaba también lo de hacerse castillos en el aire, que quedaba como más fino, más literario. Pero lo del tío en Alcalá resultaba más ingenuo, más castizo. Nunca le dijeron en cambio la segunda parte del aforismo: el que tiene un tío en Alcalá, ni tiene tío ni tiene ná. Cuando imagina uno que cuajó el dicho, Alcalá (se supone que de Henares) quedaba muy lejos de la Villa y Corte. Así las cosas, la frase se preñaba de razón..

-¿De qué sirve un tío que vive tan lejos que no te puede llevar al cine, al teatro o al fútbol alguna vez? –se preguntaba el aprendiz de duende- ¿Para qué quiere uno un tío que no le monta en moto, ni le sube al tiovivo, ni le invita a a merendar tortitas con nata al menos una vez en su vida?

Para ná. Un tío así no sirve de ná.

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Ahora, cosas de la edad y la globalización, el Duende ya no tiene tíos ni el Alcalá ni en ningún sitio, sino sobrinos lejanos. No por sangre, sino por distancia. Sobrinos que viven en Berlín, en Hannover, en Londres, en Edimburgo, en Niza, en Los Ángeles, en Shangái. También en Logroño, en Barcelona o en Oviedo.

 De la familia de su querida esposa, que es la quinta de siete hermanos y de la suya –él ocupa el mismo lugar en una lista de seis- se puede esperar cualquier cosa. A muchos de estos sobrinos a veces los ves  de bebés, cuando parecen una alubia con patucos de punto blanco, y no vuelves a saber de ellos hasta que te llega su invitación de boda. Naturalmente, tampoco se casan en Alcalá de Henares, sino en un pueblecito de otro perfil, y ligeramente más alejado. Por ejemplo, Oaksey, en el condado de Wiltshire, Reino Unido. Al borde de un parque natural inundado de pequeños lagos, bosques, deliciosos cottages sin enanitos de piedra artificial en sus jardines y amarillos campos de colza en flor. A este edén los ingleses llaman the Cotswolds.  El amor, como decía la canción de La perrita pekinesa, nada sabe ni de razas ni colores. Ni tampoco de dónde acabará uno poniéndose el chaqué o el vestido blanco para decir el sí quiero. Los novios eligieron este recóndito rincón, gracias a lo cual el Duende pudo perderse varias veces por sus encantadoras carreteras tan estrechas como mal señalizadas, desesperarse bucando en el mapa sus destinos y comprobar, una vez más, que nuca sabrá entenderse en la lengua de Shakespeare.

-Perdone-acabó por explicar en su precario inglés a los que abordaba para preguntarles dónde quedaba Oaksey – No  soy bri-tá-ni-co, y a-de-más es-toy al-go sor-do. Há-ble-me des-pa-cio y muy  cla-ra-men-te, please.

El please le quedaba maravillosamente. Como el inglés para sordos: el único que es capaz de entender en las conversaciones.

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A Isabel Spearman la conoció este bloguero en la canastilla, y luego le vio pasar de bebé a niña y de niña a mujer en Candeleda, a donde venía los veranos con su madre y sus hermanos para secarse, cargar baterías y disfrutar con el gazpacho, el jamón, los huevos fritos –con puntilla, y no a la inglesa- y las patatas fritas en aceite de oliva. En  Escocia, donde vivía,  Isabel parecía fundida a la grupa de un caballo, que montaba como una precoz amazona. Pero cuando llegaba a la España donde se crió su madre, hacía lo que ésta, que es lo mismo que tanto le gusta a los británicos y a los lagartos: tenderse al sol, cerrar los ojos y dejar pasar las horas. Luego la chica creció, se hizo muy guapa, muy lista y francamente exitosa. Ahora la criatura es la asistente personal de Mrs. Cameron, la mujer del primer ministro inglés. La chica  sabe lo que se hace, y además tiene un gusto personal exquisito.

-Para la entrega de premios en el orfanato que tenemos hoy -le dice- se ponga usted blusa camisera de Liberty, chaqueta de Carolina Herrera, falda tableada a juego y zapato oscuro. Y sólo besos y carantoñas a los tres premiados, que luego ha de inaugurar un hospital para ardillas en Richmond, y si se enrolla no le va a dar tiempo.

Rebosaba este orden y buen gusto en todo lo que caracteriza a una boda campestre en Inglaterra. Cielo plomizo y amenazante que, afortunadamente, no rompió en llanto, iglesia antigua, de piedra y verdín, rodeada de uno de esos cementerios donde dan ganas de ponerse a descansar eternamente ya mismo, vicario ceremonioso, adornos florales de estudiada sobriedad, señoras guapas, tules y sedas, pamelas, chaqués grises y negros, lluvia tan sólo de de pétalos de rosas sobre los recién casados (¡Qué inmenso error!: mientras escribe estas líneas el bloguero escucha de nuestro pontifex maximus en materia de modales y costumbres de gente bien, el inefable Josemi Rodríguez Sieiro, que eso es intolerable. Menos mal que los Spearman no escuchan Herrera en la onda).

A la salida, un cochecito de caballos tirado por un aguerrido pony que transportó a los novios  a una carpa en medio de un prado bellísimo. Una orquesta de jazz. Un servicio de té espléndido, que se podía tomar mientras se contemplaba el paisaje de los Cotswolds a través de las faldas transparentes de la inmensa carpa: aquello le daba al cuadro la pátina onírica de una pintura de David Hockney. Todo tan bonito. Se sospecha que la  abuela española de Isabel, que se llamaba Catalina, a la que tanto le gustaban esas cosas, sacó un periscopio invertido desde el más allá para espiarlo todo.

-¡Qué pena habérmelo perdido! –dicen que se escuchó bajo la espesa bóveda de nubes azulencas- Pero, pese a todo…`qué contenta estoy!

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Salvo el sector de infalibles de la rama española de esta familia, todos los demás asistentes a la boda eran británicos o de la órbita de la Commonwealth. Salvo a los propios Spearman, el Duende no conocía  a nadie. Mientras el vicario sermoneaba , se dedicó a espiar a las señoras y jovencitas guapas, y en ese menester dio con una cara no femenina que le sonaba de algo. Era el propio David Cameron, primer ministro del gobierno de Su Graciosa Majestad. No sólo se sentaba, como cualquier otro invitado, en las últimas filas. Sino que además tenía a su a cargo a un par de críos pequeños que, como todos los niños, se aburren mucho en las iglesias.

Ni dentro ni fuera de la iglesia se veían maderos o escoltas, al menos indisimulados. Tampoco coches de respeto o de policía por los alrededores. Los habría, seguro, pero sin hacer ostentación. Eso llamó la atención  a los españoles, tan acostumbrados al boato del poder. Seguramente la democracia también es considerar que a un presidente hay que guardarle respeto, pero sin que pase de ser en una boda un invitado más. Bienaventurados los poderosos que saben ser discretos.

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Después de haber visto Ivanhoe, Robín de los bosques y Las cuatro plumas aquel duende casi impúber empezó creer que los ingleses eran clase especial preferente. Luego conoció mejor su historia, y su literatura, y su país, y por unos años creyó que el Reino Unido era su segunda patria, que le gustaba casi más que la primera precisamente porque ésta siempre se tomó poco en serio todo aquello que cualquier británico, sea de donde sea, respeta: Dios, patria, bandera, reina, himno, historia, honor, tradición, formas y maneras, autoestima. Y a él, tan inseguro, le gustaba tener referencias claras. Su imaginario de ídolos iba de Cromwell a Monty Python, pasando por Dickens, R.L.Stevenson, Chesterton, Emily Bronte, Bertrand Russell,  Agatha Christie, Chaplin, Woodehouse, Peter Sellers, Los Beatles y Bobby Charlton. Ah, claro, y Guillermo Brown, que era de mentirijillas, como el Quijote, pero menos chiflado y mucho más divertido.

Luego la vida templó su anglofilia. Cuando contrastó la apabullante puesta en escena del gran Imperio Británico con su implacable flema, fría y cruel hasta donde haga falta (Churchill es el mejor ejemplo) comprendió que gran parte de sus valores son la simple parafernalia del poder. Y que en el fondo su pueblo es, más que romántico y épico como luce, simplemente pragmático. En este viajecillo a los Cotswolds al Duende le impresionaron pequeños detalles, como ver que en los deliciosos footpath que siguen el curso de un joven Támesis recién nacido, y alrededor de los lagos, había numerosos carteles indicando que había que llevar a los perros con correa, y bastantes contenedores para depositar en ellos sus caninas caquitas. Es todo un Parque Nacional de muchísimas hectáreas, y uno diría que en plena naturaleza, pero lo cuidan como El Retiro. Al igual que custodian la memoria de sus héroes: en cualquier pueblecillo, un solemne memorial en recuerdo de los muertos en las dos guerras mundiales. En cualquier iglesia, o cementerio, en cualquier lugar, una placa, una lápida o un busto en honor de Jonathan Hopkins, Comandandante del Regimiento de Coraceros de Chippenham, caído en Jartún, o de John Sondeston, Lugarteniente de Infantería del IV Cuerpo del Ejército muerto en la Batalla del Somme. Luego, en el Reino Unido, como en todas partes, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Pero sin  descuidar las formas.

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¿Hay algo que aprender de estos  peculiares seres rubitos –ahora ya menos- que durante siglos mangonearon a gusto en el planeta y que difícilmete perderán su flema?. La formalidad, la pompa y la circunstancia no son, ni mucho menos, la osamenta de esa convención que pueden ser sus costumbres y sus creencias. Pero cuando aquéllas se diluyen, la conciencia colectiva también se desfleca, pierde su identidad y puede acabar desapareciendo. El último himno que, de los novios al primer ministro, cantaron todos los asistentes a la boda de la sobrina Isabel trenzaba religión y patria con una letra del poeta William Blake que, después de preguntarse si el Cordero Divino pastó en los verdes pastos de Inglaterra –cosa verdaderamente improbable- o si Jerusalén fue construído entre las oscuras y satánicas fábricas británicas –seguro que no- acababa con esta pintoresca afirmación: no cesará mi lucha mental / ni dormirá la espada en mi mano/ hasta que hayamos construído Jerusalén/ en la placentera y verde tierra inglesa. Eso sí que es voluntarismo, y no lo de Zapatero. Qué diferencia con los españoles, que jamás cantamos en las iglesias, y sólo nos juntamos para corear la dichosa Macarena o, como mucho, Asturias patria querida.

No es fácil lo de construir Jerusalén en Gran Bretaña, seguramente no se lo creen. Pero los ingleses lo cantan como si lo creyeran. Y, con todos los achaques que sufre el mundo, les sigue yendo bien. Como les irá a Isabel y a Mark, recién casados en un pueblecito de Wiltshire de cuyo nombre y de cuyo paisaje este duende curioso siempre querrá acordarse.

El elefante

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Apenas se despierta Homper comprueba algo que le impone la estupefacción nuestra de cada día. Ahora resulta que, a su edad es un inmaduro, un frívolo y  un aprovechategui. Según algunos líderes de opinión de los que parlotean por la radio, el pueblo no debe  confundir las churras con las merinas, y cometer la ligereza de utilizar la cadera real rota para socavar a las instituciones, o sea, la Corona. Homper se considera parte del pueblo, y la presunción casi le ofende.

Así que una vez peinadas las greñas del bien dormir y tapadas las arrugas de su pijama con un batín que parece heredado de David Niven, o sea, una vez presentable, se pone firme ante el espejo, inclina respetuosamente la cabeza y reafirma su acatamiento al orden establecido.

-Dios salve al Rey –proclama- Y, a ser posible, le aficione al ajedrez.

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¿Han asesinado a Dumbo? ¿Han resucitado a la República setenta y cinco años después de su nacimiento? ¿Hemos descubierto los españoles al Robespierre que latía dentro de nuestros corazones?

Otra cuestión: ¿son las redes sociales y los periódicos digitales la voz más autorizada que hay que tener en cuenta?

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Dicho lo cual, considera Homper que lo cortés no debe quitar lo valiente. Y que admirando al Rey Juan Carlos porque parecía muy torpe y resultó bastante listo en el momento más decisivo de nuestra vida política, y creyendo firmemente que ha sido, quizás es, y aún podría ser el jefe de Estado más útil y menos costoso que nos inventemos, se atreve a decir que con la edad el monarca, como quizás nos pase a todos,  está hasta los mismísimos de casi todo: de la crisis, de su familia, de sus aburridísimas –por muy bien pagadas que sean- obligaciones, de los políticos, de la prensa, de sus inacabables alifafes y de la coña marinera en que últimamente se ha convertido su casa.

Y de vez en cuando, hastiado y pasota, pierde hasta los papeles más importantes.

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Alguien tendrá que recordarle, como si fuera un niño, Señor, eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca. Alguien podría sugerirle que hay otras formas de divertirse menos comprometidas que liquidar al representante del reino animal más querido, y que hay otras vidas incluso más apasionantes que las de los ricos. Si el Rey pierde a veces los papeles, alguien de responsabilidad tiene que recogérselos y ponérselos en orden. Porque la Monarquía tiene que ser una solución, no otro problema más.

El pueblo es –somos-  muy simple. Y de la misma manera que no entenderá los recortes hasta que éstos empiecen a dar frutos, tampoco entiende que matar un elefante sea lo mejor que se puede hacer en este momento para aliviar los males de la patria.

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Por lo demás, Homper prefiere recordar a Dumbo, a la vieja elefanta de la Casa de Fieras del Retiro, al venerable artista de tantos circos, al elefante de aquel papel higiénico que parecía papel Kraft, qué valor limpiarse el culete con esa lija disimulada, o al estupendo Coronel de El libro de la selva. Fueron los elefantes de su vida. Lo siente mucho por ese otro abatido en Botswana, como por todos los que caen víctimas de la vanidad superlativa de los cazadores de elite, pero no quería ser vecindona murmuradora y cruel y contribuir con sus críticas a la demagogia.

Es más, Homper intentará hacer caso de los gurúes de la meditación trascendente y, mientras no capee el temporal, no volverá a pensar más en elefantes.

Los calvarios de Inocencio

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Mi nombre es Inocencio, Ino para los amigos. Yo era muy de la Semana Santa. No es que fuera un católico ejemplar, pero que no me quitaran mi cofradía, mi Virgen, mi procesión, mi paso, mi capirote. Esa banda de música  y esa Señora a la que mecíamos con lágrimas en los ojos eran algo por lo que merecía la pena los sacrificios de todo un año. Además de Ino quizás sea eso, inocente, ingenuo, pero esas cosas me llegan muy dentro, y me emocionan. Los que son de fuera no lo entienden, pero es un sentimiento muy especial, algo que no se pué aguantá. No podría vivir sin mi Semana Santa.

Todos los de mi cofradía pensaban más o menos como yo. Nos poníamos el capirote, olíamos el incienso, escuchábamos las marchas procesionales, veíamos a nuestra Señora a hombros de los costaleros y no había nada para nosotros más importante que la madrugá, al cielo con ella, el alma, la salvación, el llanto de las saetas, el fervor, la devoción, todos los rollos esos de la religión. No los digo por orden, porque no lo tengo muy claro. Pero todo era muy auténtico, muy sentío, aunque luego cada cual  pues eso,   ca cuá e ca cuá. La mayoría éramos creyentes, no de misa ni de sacramentos, eso no, pero sí de corazón, auténticos, buenas personas.

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Eso sí, había alguno en la cofradía que tenía sus cosillas. Por ejemplo Vicente, que llevaba años pegándosela a su mujer con la mujer del hermano mayor.

-No lo puedo evitar, Ino –me decía- Pero ¿te has fijado en lo requetebuena que está?

También otro que era empresario tramposillo, de esos que contrataba a  empleados de aquella manera, para esquivar a la Seguridad Social. Y algún otro desahogao que, a pesar de que su hermanos trinaban,  tenía secuestrada a su madre para que le mejorase en la herencia y le dejara cuatrocientas hectáreas de olivas que según él le pertenecían por deseo de su abuela, que además de abuela fue su madrina. Ese era el Chufo, buena gente. Como Tomás, que era concejal de Izquierda Unida en su pueblo, y ateo por la gracias de Dios, pero mu comprometío con las tradiciones del pueblo. Ya me gustaba menos lo de Paco Celos, que le llamábamos porque no podía aguantar que su mujer su pusiera medio guapa para salir a la calle, y de vez en cuando nos contaba que tenía que calentarle la cara. No está bien eso, no nos gustaba, pero eran pecados humanos, casi tradicionales, y al fin al cabo para eso éramos penitentes: capirote, cirio, cadenas si hacía falta, sufrimiento y ganas de redimirnos de las miserias de esta vida. Todos más o menos teníamos es buen fondo, buenas intenciones. Pero es que veces, oiga, la la vía es una puta mierda, ya me entenderán, y como decía Cristo el que esté libre del pecado que tire la primera piedra.

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Pero velay las cosas, Ino viene de inocente, y yo debía de ser muy inocente, de veras. Porque a los veintisiete años, un chaval, ya currante en una empresa, que entonces aún parecía que iba a ser un trabajo para siempre, vino mi Reyes, me conquistó y nos casamos. Y hasta Chenchín, que es nuestro segundo hijo, pude seguir siendo un cofrade como mandan los cánones y respetar lo que yo entiendo que es una Semana Santa. Pero luego vinieron las gemelas y se acabó lo de escaquearse al pueblo, teníamos que ir a la casa de su madre, que es de la montaña de Palencia donde no vean lo bajo que vuela el grajo incluso en abril. Reyes es hija única, y me planteó: ¿qué es más importante, mi madre o tus tradiciones?…

Y tuve que olvidarme de mi Semana Santa, me cago en la hos…Perdón, que se me iba a escapar la blasfemia, y uno es muy católico para todas sus cosas. Así que tragué, todo por la familia, y cambié lo más grande que se pué viví, por otra semana santa que no me decía nada, ni las procesiones se parecían a las nuestras ni corría el sentimientos por las calles, como en mi pueblo. Y aquí el Ino, que antes vivía estos días con una mística y una intensidá que no se puede aguantá, no sentía por dentro más que el ruido de la carcoma de las vigas de madera de la casa de su suegra, que está que se cae de vieja.

Y menos mal, porque al menos la carcoma le recordaba aquello que decía el cura cuando el Miércoles de Ceniza le hacía la cruz en la frente: Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás. Que eso es uno de los mensajes de la Semana Santa grande, la que me va a mí, que es penitencia y expiación, mucho sentimiento, pero con arte, con gracia, con duende. Para no olvidarla jamás.

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Ino no la olvidará nunca, pero a la fuerza ahorcan.

-Ahora ha cambiado mi Vía crucis –dice para sus adentros- Primera estación: cargar el coche con los cuatro niños, el equipamiento habitual y el hamster.. Segunda estación: recoger a la suegra y comprimirla, con su máquina de coser incluída, el monoespacio coreano, que es bueno, pero no elástico. Tercera estación, atasco en la A-1. Cuarta estación, cambio de pañales a las gemelas en un área de servicio donde hay que guardar cola  de media hora en el cuarto de baño. Quinta estación: me saquean por un Cola-Cao para los niños y unos pinchos de tortilla que parecen fraguados con cemento. Sexta estación: me flagelan con los peajes. Qué pasta gansa. Séptima estación: lleno el depósito de gasolina y revivo en mis carnes la corona de espinas. Octava estación: parada obligada en la abadía de San isidro de Dueñas, donde mi suegra necesita recibir la bendición de su primo Onofre, monje trapense. Novena estación: Chenchín vomita en el presbiterio cuando el tío Onofre nos enseñaba la abadía. Tierra, trágame. Décima estación: empieza a diluviar y el limpiaparabrisas no funcionan. Hora y media  hasta que viene una asistencia técnica mientras las gemelas tiritan de frío, la abuela sigue las procesiones que transmite la radio del coche a todo volumen y Reyes me pone a parir, como las turbas que insultaban a Cristo, por no haber sido previsor. Undécima estación: primera caída en mi calvario particular. Llegamos al pueblo de mi suegra y descargamos. No funciona la caldera de la calefacción. Duodécima estación: hay que poner la primera lavadora, calentar biberones y cabiar dodotis al tiempo que la abuela, empeñada en hacernos unas sopas castellanas, exige que le pele los ajos, porque ella no ve, se corta y además le molesta el olor que le dejan en los dedos. Decimotercera estación:  oficios con la suegra y familia y por la noche hay que invitar a los primos palentinos en el asador del pueblo. Lanzazo como el que le dieron a Cristo, pero en la cartera. Decimocuarta estación: crucifixión. El tiempo sigue tan malo que volvemos a Madrid para al menos librarnos del atasco. A mi suegra le  da una lipotimia y tenemos que parar en Urgencias de Palencia y hacer noche en un hotel. Tiembla, Inocencio. Decimoquinta estación: emprendemos camino a Madrid y, zaca,  el temible atasco.

 Y yo, recordando mis antiguas semanas santas y las de ahora, me pregunto dónde había más Calvario. Si en las de antaño, tan hipócritas, pero aparentemente tan cristianas, o en estas de ahora, que, aún sin ponerme el capirote, sufro como Cristo, y me invitan a morir levantando la mirada al cielo y repitiendo la más famosa de las siete palabras. Padre, ¿por qué me has abandonado?…   

Despertar bajo la lluvia

Desde hace tiempo, este bloguero cree que no hay cuadro más hermoso que ver llover...

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¿Cuántos ruidos caben en una vivienda dormida? ¿Qué puede romper el silencio nocturno de un pequeño piso apartado de las grandes vías urbanas, si no habita en él un gato, ni un loro, ni un ratón que forma parte ya de la familia? Pero qué familia, si uno vive solo.

La madera tarda en morir, le dijeron cuando empezó a escuchar sus quejidos en la casa del campo, que tiene el aire de una casa rural, pero sin turistas. De repente algo cruje en esa casa lejana. Y el dormido abre un ojo, y por un momento se siente en una película de  miedo. Ya está, el asesino, que viene a por mí. Pero no, es el alma de la casa, ratones, carcomas, pájaros que anidan bajo las tejas, inclusos salamanquesas, tan delicadas, el viento que de vez en cuando despierta y da señales de vida. Y la madera, que creemos que es materia inerte, pero que o está viva o alberga vida. Vigas de castaño, entarimado, carpintería de pino que envejece precipitadamente para parecerse a la humilde casa de cabreros en la que se instaló, escalera de las que acusan hasta el paso ligero de las niñas madrugadoras.

-Buenos días, abuelo –le despierta a veces al Duende una voz delicada y susurrante que  ni siquiera espera al clarear del día. Entre seis niñas siempre hay una madrugadora que que necesita conversación.

Pero qué niñas, si en este palomar urbano uno vive solo. Y qué ratones, o pajaritos, o salamanquesas, o carcomas, si en este pisito alto apenas hay carpintería natural, y la poca que hay está blindada de barnices plásticos poco agradables de roer. Y qué madera se va a atrever a crujir en estas condiciones.

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O sea, que el ruido era un ladrón, que venía a por el televisor o a por la cubertería de IKEA, pues no cree el Duende que le interese la Enciclopedia Británica, que pesa tanto en el saco y ya no interesa a casi nadie. O si no es el ladrón, será el sádico ese que de vez en cuando necesita asesinar y salir en la prensa. Porque el ruido no está claro, pero ruido es, y esta vivienda es tan poca cosa que no puede permitirse el lujo de fantasmas que cierran las puertas y marcan pasos misteriosos. Ah, claro, seguro que es el sueño, que no tiene por qué tener lógica. Una noche uno sueña que la vecina es Romy Schneider, cuando es evidente que no puede ser, porque Romy Schneider, aunque fuera maravillosa, murió hace muchos años, y porque la vecina, además, es de Cantimpalos, y de darse un aire con alguna actriz conocida sería más bien otra Gracita Morales, que en paz descanse también. Los sueños mienten, pero es que además el Duende está seguro de haber despertado, y sin embargo algo araña su silencio habitual.

Se pellizca, no lo cree, ¿será posible?…Lo acaba de reconocer, es la lluvia, que tamborilea sobre la carcasa del aparato de aire acondicionado. Epur piove…, que diría Galileo, más maravillado aún de que a  esta España condenadamente seca, que, como es lógico, también gira con el resto del planeta, no se le haya olvidado el sonido del llover.

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El encantador ruidito de la lluvia, qué delicia. El reloj marca las seis y media, no son horas de levantarse. El bloguero trata de conciliar el sueño. Pero empieza a imaginar el indescriptible olor de la tierra mojada, y el pasto que empieza a verdear, y  los árboles que ya encuentran motivos para que estallen las yemas de sus hojas, y la bendición que esto supone para los cereales, y para las vacas, y para las ovejas, y para las pobres cabras que aún resisten en las laderas de Gredos y para el caballito que ve desde su ventana  en el campo, y que ya debe de tener el morro en carne viva de tanto besar el suelo buscando algún tallito fresco que llevarse a la boca. El bloguero está despierto, pero se atreve a soñar que quizás incluso habrá nevado en las cumbres, y volverán a correr los arroyos, y puede que hasta se animen los ríos.

Y salta de la cama.

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No eran horas de levantarse, pero cómo se va a perder uno el espectáculo. Es tan emocionante como el amanecer del día de Reyes. De modo que uno se sienta ante la ventana, con el ordenador de por medio, y contempla el desperezar del 21 de marzo, la fachada occidental de la capital sacudiéndose la noche para emerger de entre la niebla de la lluvia menuda. Va descubriendo poco a poco el Palacio Real, la catedral de la Almudena, San Francisco el Grande, el rascacielos de Telefónica, el Círculo de Bellas Artes más lejos, el Pirulí, una silueta apenas perceptible en el gris panza de burro que uniforma el horizonte. Todo ello envuelto en el elegante velo de la lluvia.

Es fácil la comparación, imagínense esos paisajes húmedos y nebulosos, entre dos luces, de Turner, de Monet, de Utrillo. Uno ve este amanecer, imagina, lo valora todo y lo escribe como lo imagina. Y no es fanfarronada, pero puede asegurar que si alguno de estos cuadros tan valiosos colgara hoy de las paredes de su  vivienda, seguiría mirando embobado la lluvia que cae sobre Madrid.

-Lluvia, cuánto te quiero -le dice – Espera que me ponga un impermeable, que salgo a darte un beso.

La suerte del murgaño y la esperanza

Homper no pudo salvar la vida al murgaño, pero no pierde otras esperanzas...

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Aquel día Homper  se sorprendió al comprobar que en la especie humana cabe de todo. Cuántas sensibilidades distintas, a veces diametralmente opuestas. La radio conraba que un par de niños habían desaparecido en un parque de Córdoba donde paseaban con su padre, separado de la madre de las criaturas. Raro, raro. La madre estaba desconsolada, rota. La policía había investigado ya la finca de los abuelos paternos, donde habían observado detenidamente los restos de una hoguera en la que aparecían huesos.

Sólo era la macabra insinuación de una hipótesis, pero Homper sintió que un escalofrío le sacudía el cuerpo. ¿Sería posible que el padre hubiera asesinado a sus hijos y hubiera quemado sus cuerpos para deshacerse de la prueba de su crimen?  A continuación el informativo hizo un alto para dar paso a unas cuñas publicitarias. Una de ellas anunciaba un programa de la propia cadena, Como el perro y el gato, que presenta Carlos Rodríguez.

-Estoy preocupado porque a mi gato le huele el aliento –decía uno de los oyentes que habían llamado al consultorio del programa- ¿Tiene remedio?

A Homper le alivió que la halitosis gatuna tenga remedio. Los niños de Córdoba siguen sin aparecer, pero si un amante de los animales quiere dar un beso a tornillo a un minino puede encontrar una boca tan fragante como se supone que debe de ser la de  Scarlet Johansson. Algunas almas sensibles sí tienen la suerte de encontrar solución para sus problemas.

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Aquél día de sol veraniego Homper estaba en la Galicia profunda, en un precioso pazo del valle de Lemos, acompañando a un amigo que pasa momentos difíciles. Una casa solariega con varios siglos de piedra y pizarra a cuestas, verdes prados regados por el río Mao y un monte de frondosos carballos y arces en la orilla opuesta enmarcaban una vista ideal para el descanso y la meditación.

Los males que afligen al amigo no son ni mucho menos los del drama de los niños desparecidos. Tampoco los del amante preocupado por el aliento de los gatos. Homper tiene poco de psicólogo, y  tampoco mucho de director espiritual. Sólo es algo experto en auxilios mínimos: una conversación  con buenas intenciones, quizás un chiste, un par de huevos fritos con chorizo, la recomendación de un libro, de una música, de un paseo. Pero el amigo padece de un defecto muy extendido, y del que casi nadie está libre, y es creer que el mundo gravita únicamente alrededor de nuestro ego herido.

-Le voy a ser sincera –le confesaba a Homper el otro día su vecina- La deuda soberana, la quiebra de Grecia,  la crisis del euro y eso será muy grave. Pero a  mí lo que de verdad me arruina la vida es la ciática.

Todos vivimos obsesionados con nuestras ciáticas del alma. Ya sean graves, menos graves o, como en caso del dueño del gato, irrelevantes.

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Los niños de Córdoba seguían sin aparecer, la crisis económica no cedía, la depresión del amigo tardaba en asimilar la terapia que proponía, sin demasiada convicción, Homper. Quedaba la esperanza de que la vecina hubiera mejorado de su ciática, y que el gato maloliente hubiera convertido su halitosis en suspiros de fresa como los de la princea de Rubén Darío, que estaba triste, pero olía divinamente.

-Si no puedes arreglar los grandes males del mundo –recordó Homper que le dijo una vez el padre Ramiro- ayuda a solucionar ese pequeño problema que tienes a mano.

Después de haber corrido por el lecho seco del embalse de Vilasouto, por los bosques de Novelin, Rendar y Eirexalba y de haber saludado a par de corzos con los que se cruzó en el camino de aquel insólito día de otoño estival, el problema más inmediato se presentó en el fondo de la bañera. Ahí, mientras se duchaba después de la carrera, Homper descubrió un punto del tamaño de una lenteja que se desplazaba lentamente, como tratando de esquivar los chorros de agua que proyectaba la alcachofa de la ducha. Homper no se ducha con gafas, pero a pesar de ello estaba convencido de que se trataba de un murgaño. Por tal nombre se conoce a cualquiera de las seis mil quinientas especies de opilones, insectos, también llamados pataslargas, que se distinguen del resto de los arácnidos por la ausencia de estrechamiento entre el prosoma y el epistosoma y por la exagerada longitud de sus cuatro pares de extremidades.

-Hay que reconocer que el bicho es feo –pensó Homper en plan buenista- Y no se qué beneficios puede aportar a la humanidad. Pero…¿no tiene también su derecho a la vida? ¿Quién es uno para condenarle a muerte, si el animalito  no ha hecho nada malo?

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Estaba convencido de que iba a hacer un bien: evitar la muerte a un insecto inocente. Eso tal vez podría ser presagio de que los niños de Córdoba aparecerían, de que el amigo maltrecho remontaría y de que la ciática de la vecina y el aliento del gato dejarían de ser problemas. Sobre todo: estaba encantado  consigo mismo por haber procedido con ética. Ética raquítica, si se quiere, pero ética al fin y al cabo.

Así que salió de la ducha se secó y rescató delicadamente con el índice y el pulgar de su mano derecha el cuerpo mojado del opilón para dirigirse  a su habitación y depositar en el balcón al pequeño náufrago, que ya libre y en suelo seco despabiló pronto.

Lástima que los destinos del Señor sean ciertamente inescrutables.  E imprevisibles. En ese momento apareció una lagartija, vio al murgaño inocente y sin dudarlo un momento se lo tragó de un bocado. Tanta ética y tanto cuido para este final cruel como la vida misma.

Así que Homper va insistir con el amigo desanimado, que es alifafe que le queda más cerca. La esperanza no se pierde.  A ver si  puede darse el gusto de ayudar con buenos resultados.

Descubriendo bufones

El Duende confiesa que ni sabía de estos bufones ni suponía que se pudieran llamar así...

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Don Hilarión cantaba que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. No avisaba en cambio de las inquietudes que esto provoca en el alma humana. Estaba ayer la comunidad científica  revolucionada `por el último experimento del CERN cuando el incauto Duende que suscribe se empeñó en entenderlo y en leer lo que los periódicos divulgaban al respecto. Peor para él: más madera, que es la guerra. Cuanto más quiere saber, menos comprende.

-Es muy sencillo- le explicó su amigo Homper, ojiplático de tanto pasmo como nos traen los tiempos modernos- Los fotones  de la luz y los neutrinos, que no se muy bien lo que son, pero que también deben de viajar muy rápidamente, se han echado una carrera de 730 kilómetros por un tunelillo bajo tierra que va desde Ginebra a Gran Sasso, en el este de Italia. Y resulta que los neutrinos han llegado sesenta nanosegundos antes. O sea, la repanocha.

La repanocha. Qué encanto tiene recuperar vocablos de tebeos antiguos.

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Repitiendo lo que dicen los sabios, asegura Homper que con este experimento la Teoría de la Relatividad de Einstein queda en entredicho. Lo cual que, sin entender tampoco por qué carajo de relación de causa a efecto, significa que los viajes por el túnel del tiempo van a ser posibles. Así que, ni cortos ni perezosos, entraron en sus agendas marcha atrás y entrambos se pusieron a arreglar sus vidas y quién sabe si las del mundo.

-Enero de 2008- Voy a invitar a aquella estanquera que me gustaba tanto y a la que no me atrevía a llamar para decirle que si se toma un gin-tonic conmigo.

-Yo pienso más en el bienestar colectivo –le amonesta Homper- Contrataré a una panda de matones para que les rompa las piernas a los jefazos esos de Lehman Brothers . Así no podrán ir a la oficina  y seguir haciendo hipotecas subprime.

-Marzo de 2004. Me voy a quedar en casa con una ampolla de Urbason para  que no me triture el cólico nefrítico aquel que me sorprendió en Las Hurdes.

-Yo sigo pensando en los demás- le  vuelve a corregir Homper- Yo loq ue haré será presentarme ante ZP disfrazado de Azaña, que supongo que sabrá quién era, para aconsejarle que, antes de prometer como presidente de gobierno, se lea los papeles  fundamentales y repase las cuatro reglas.

Metidos en juerga, el Duende quiso regresar al año 1974 para que Schwarzembeck, futbolista del Bayern Munich, no metiera el gol de última hora que le arrebató al Atlético de Madrid la Copa de Europa que prácticamente tenía ya en sus manos. Y más aún, inmtentó colarse en el verano de 1963 y en la habitación de Marylin para convencerla de que, por lo que más quisiera, dejara de tomar pastillas y no se suicidase.

Pero no consiguieron nada. Porque aunque las ciencias adelanten, no avanzan tanto como para que tipos del corte de Homper o del propio Duende las entiendan y sepan valerse de ellas. Así que unos nanosegundos después de estos castillos en el aire, el bloguero ya estaba en otros descubrimientos.

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Por ejemplo, el de los bufones de la costa oriental de Asturias. El Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos dice que bufón es persona cuya intención o propósito es exclusivamente hacer reir. El propio Duende sabía que durante muchos años él mismo ha sido un bufón. Pero nada dice el tal diccionario del fenómeno vio con sus propios ojos en Vidiago, cerca de Llanes, donde el mar embravecido se comprime por unas chimeneas abiertas en la roca  caliza de los acantilados y bufa como la boca de un dragón proyectando al exterior columnas de agua pulverizada. Probablemente deberían de llamarles bufidos, pero los les dicen bufones.

-¿Y cómo no me habían hablado antes de esta maravilla? –se preguntaba el viajero como un Homper cualquiera.

Admite el Duende que puede ser la suya una sensibilidad muy infantil. Comprende que, aunque el fenómeno natural es sorprendente, sobre todo si está enrabietada la mar, resulta aún más vistoso por la espectacularidad de esta costa, con acantilados feroces desgajados a veces en diminutos islotes y perforados por grutas en las que  el agua hace toda clase de  diabluras. Es consciente de que el paisaje que se contempla mirando tierra adentro también influye: la Sierra de Cuera, entre los Picos de Europa y el Cantábrico, bosques de castaños y robles, prados felizmente llenos de vacas, caballos medio asturcones y algún corzo y nobles casonas de piedra que aún mantienen su dignidad frente al inicuo mal gusto del desarrollismo inmobiliario.

Ah, y uno de los campos de golf, el de Llanes por los que merece la pena aficionarse a este deporte que tanto le desesperó al bloguero (al punto de que lo aborreció apenas mandó al lago sus diez primeras bolas. ¿Por qué aprender a mis años algo que evidentemente se me niega?-se dijo).

Recapitulando: no era sólo la impresión de los monstruos marinos que por esas mágicas chimeneas desahogan su mal humor. Era el encanto del lugar.

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Otros datos para la agenda de inolvidables que uno guarda en su memoria. En Buelles, el pote y los tortos de  La Sauceda, el restaurante de un poeta llamado  Ramón Alzola que todos los años organiza un concurso de sonetos. En Llanes, los llamados Cubos de la Memoria de Ibarroladiscutibles- su señorial casino (pocas tertulias ya en el crepúsculo de la última tarde de verano), el espléndido Paseo de San Pedro, un tapiz de hierba al borde mismo del mar, y la senda costera que lo continúa. También la cocina de La Galería, donde una artista de la cuchara llamada Marisol se quedó estupefacta descubriendo la cara de aquella Doña María que conocía de la radio. En Buelna la caprichosa playa de Cobijero, donde bufa el mar de lo lindo En el umbrío y precioso Valle de Ardisana, aquella aldea con olmo en mitad de una diminuta plaza rodeada de hórreos centenarios. Qué lástima que el bloguero no recuerde su nombre. Y en Andrín, un pequeño pueblo en el que han conseguido controlar la horterada inmobiliaria, casas muy guapinas, una playa  tamaño joyero que parece un decorado de bonita que es y los restos del lienzo de una muralla junto a los que se levantaEl Norte, un conjunto de tres casas convertidas en deliciosos apartamentos. Queda por citar a sus dueños, Manolo y Bea, amigos emprendedores que hace más de veinte años decidieron cambiar el foro y la publicidad por la costa asturiana y el oficio de hosteleros refinados que les distingue. No han descuidado un detalle, pero se esmeran sobre todo en el buen gusto y en la cordialidad inteligente. A ella sin embargo  le chirría que le digan que sus apartamentos resultan muy coquetos.

-Pero qué caramba –pensaba el Duende/Doña María- Es que lo son.

Total, que estrellado ante imposibilidad de saber para qué nos sirve el último  expèrimento del CERN, este ha sido el último descubrimiento del bloguero curioso. No pierda el el lector  un solo nanosegundo y, en lugar de esperar a viajar por el túnel del tiempo vayan a esta singular costa de inolvidables bufones. Por cierto que, haciendo honor a su nombre, sus bufidos también parecen reirse de todos los que  han visitado los rincones más exóticos del mundo sin haberse acercado a verles. Ya ven, a cuatro horas de Madrid y el Duende  sin conocerlos hasta la fecha. Pero qué paletos somos a veces con nuestros propios tesoros.

Los miradores de las casas de Cádiz

Miradores en los tejados de las viejas casas de Cádiz, donde se asomaban para ver regresar los barcos...

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Conoció Cádiz este bloguero de la mano de su amigo Félix, que le enseñó orgulloso los territorios felices de su niñez.  Y él le explicó una de las peculiaridades arquitectónicas de las antiguas casas de la Tacita de Plata.

-Mira-le dijo señalando una especie de garita circular que corona los  tejados más vetustos de la ciudad- Ahí se asomaban los gaditanos de antaño para  otear el horizonte y ver si llegaban los barcos que esperaban.

Ha esperado el Duende meses para escribir estas líneas. Y en ese tiempo, en el duermevela que precede al sueño y donde uno se balancea entre la realidad y la ficción, se ha visto varias veces subiendo de dos en dos los escalones que conducían a uno de esos miradores gaditanos para escudriñar el mar.

Normalmente el horizonte está nebuloso, ocultando entre sus brumas sueños y esperanzas. Pero  no lo puede evitar, siempre espera que cuando despeje la niebla aparezca en lontananza una figura que le devuelva la alegría. De pronto se dibuja en la grisura la silueta de un barco. Y poco a poco se puede distinguir una figura menuda que saluda desde el castillo de proa y sonríe. Ha valido la pena. Es Félix, vestido como esos marineritos  que cantaba Alberti  en sus poemas de juventud. Es el amigo, que regresa al puerto que le vio nacer.

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Marinerito. Félix fue siempre un hombre pequeño y enjuto que añoraba discretamente la claridad salada de su infancia gaditana. Andaluz intermitente, según le llevaba el destino del norte al sur,  genio risueño y zumbón, gran corazón constante en el tic-tac de vivir y, sobre todo, dejar vivir.

Tranquilo, pausado, viendo pasar el tiempo antes que anticipándose a él.

-La prisa no va con el señorío-pensaba.- Y el señorío no va con la prisa.

Debió de escuchar aquello de que la vida es un valle de lágrimas que nos contaban en el colegio como quien oye llover. Porque la alegría y la bonhomie le llenaban el alma.

-La guasa que tiene el niño- le jaleaban en Cádiz.

Todo tranquilo, con elegancia natural, sin descomponer la figura. La placidez le llenaba el alma. Quizás pensaba que no vale la pena vivir si la ansiedad te destempla  y arruga tu dignidad.

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Legendaria, para los que le conocimos, era esa anécdota que  de él se contó tantas veces. Si non é vera, é ben trovata.

Tenía Félix mucho apego a las sábanas. O no desmesurado amor al esfuerzo, por decirlo de otra manera. También tenía la suerte de haber nacido en una familia de posibles y, sobre todo, aficionada al buen vivir. Para eso disponían en casa de una servidumbre fiel y abnegada que tenía como principal obsesión la felicidad de los niños de la casa. Y el príncipe heredero de ese amor doméstico era Félix, Felisín para algunos, el señorito Félix en boca de la Tata y Pepa.

Pepa, una guapa moza antaño, era el ama de los fogones y el hada de la sartén. Y la Tata, que era bajita gorda y feúca como una cría de rinoceronte, pero entrañable, se cuidaba del niño tal que si en ello le fuera la vida. Al niño le había salido ya bigote cuando, por aquello del horario de las clases en la universidad, tocaba despertarle en horas para él inusualmente tempranas.

-Señorito, que son las ocho –le anunciaba  la doncella, cumplidora.

Se cuenta que el hombre abría un ojillo, se estiraba perezosamente y después sacaba a pasear un pie para que la Tata, diligentemente preparada al efecto, le enfundara un calcetín. No permitiera Dios que el niño se llevara el sobresalto de tocar con un solo dedo el frío suelo.

-Tata –fue la respuesta de nuestro amigo- Si me llamas a las ocho, no me digas señorito. Y si me dices señorito, no me llames a las ocho.

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No menos fama tenía la generosidad de la familia, que a medida que crecía Félix iba acogiendo en su casa amigos. Este bloguero fue uno de ellos. Se conocieron en la Facultad de Derecho. Ambos admiraban más a  Gila que a Justiniano. Y los dos  pasaron en aquellas aulas más tiempo riendo chistes y parodiando catedráticos que tomando apuntes.

Así se forjó la amistad más confortable y grata que el Duende ha hecho a lo largo de su vida. Un día  el Duende entró en la casa de Félix, donde a partir de entonces siempre hubo un plato y una cama para él. No había otro lugar mejor para dejarse caer sin tener que dar más explicaciones.

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La mar es muy grande, y no pide permiso para rebasar fronteras. El mar de Cádiz se desparrama. Inopinadamente, sin darse cuenta, se convierte en el Cantábrico sin dejar de ser el mismo. Eran los dos amigos ya padres cuando el Duende tentó a Félix para que pasara el verano a su lado. En una casina del monte, cerca de una playa asturiana.

Te fuiste, marinerito/ en una noche lunada/. Tan alegre, tan bonito/ cantando a la mar salada- deecía Rafael Alberti en su Elegía del niño marinero.

La mar de Cádiz es la mar de Asturias. Mientras los hijos de los viejos amigos jugaban juntos con la pala y el cubo y hacían  castillos de arena, la playa de San Pedro de Ribera se llenaba de la sal de Félix. Su desparpajo y su donaire peinaba las olas del bravo mar, que parecían romper más contentas. La mar de Asturias, que era la mar de Cádiz, se devanó aquellos años en las mareas más felices que recuerdan los veraneantes del lugar.

Y un poco más arriba, en el monte, Félix y Begoña se hicieron una casa para ellos, para sus hijos y para sus nietos. Y naturalmente, también para sus amigos.

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En esa casa cerca del mar pasó el Duende los últimos días del último verano de Félix, que aunque ya estaba  herido de muerte trataba de mantener la guasa y el señorío. Y a esa playa ha regresado este verano. Se escuchaba allí el fragor de las olas. Pero por encima  de ellas resonaba en el recuerdo la voz del marinerito de Cádiz.

-¡Quillo, qué gracia tiene el jodío!- le coreaba la brisa.

Como la mar de Cádiz es la de Asturias, el Duende intentó repetir  lo del duermevela: escudriñar el horizonte y ver dibujarse sobre las brumas la silueta del amigo que regresa. Hoy hace justo un año que Félix murió. No es fácil que se embarque de vuelta hoy mismo, pues da la casualidad de que es martes y 13, y Félix, como buen andaluz, hacía de la superstición una religión.

Y sin embargo el Duende tiene la percepción de que Félix no sólo ha regresado, sino que  en realidad no se fue nunca. No lo podía asegurar hasta ahora, porque en las casas de aquí no hay miradores como los de las casas de Cádiz y no le  fue posible otear el horizonte. Pero se ha mirado en propia bodega del alma y ha constatado que su aliento navega con él.

Querido marinerito de Cádiz, amigo inolvidable, viento de vida y de alegría que alimenta nuestras velas. Sigue navegando tranquilo con los tuyos. Que a la Parca le haremos la pedorreta que recomienda Corintios: plantarse en jarras ante ella y decirle en tono chulesco. Oye, Muerte, ¿dónde está tu victoria?

 

El Duende de Verano (y 11) Un anfitrión de lujo

Fue una gran suerte ver Edimburgo desde la bonita casa de un buen amigo...

1. La moneda perdida

La última jornada del paseo por Escocia debe empezar por un aviso a viajeros. Dentro de poco será indispensable incorporar a los objetos que un conductor lleva normalmente en la guantera unas largas pinzas y un imán. Ya verán por qué.

El tres de agosto de 2011 a las las 16´45 aproximadamente dos personajes de esos que, según el libro de estilo de muchos periódicos, pueden llamarse ya ancianos, se bajaron de un coche ante la barrera de salida del aeropuerto de Edimburgo. Con el motor en marcha, y sin cerrar las puertas del  vehículo, ambos se pusieron en cuclillas y empezaron a buscar desesperadamente algo en esos espacios imposibles que quedan bajo las alfombrillas o entre los carriles de los asientos y la palanca del cambio de un automóvil. Lamentablemente, sus dedos no alcanzaban el tesoro perdido. Y éste no era otro que una moneda de una libra que se le escapó de la mano a uno de los dos ancianos cuando la sacó del bolsillo.

-La cagaste, Burt Lancaster –pensó el Duende sintiéndose culpable

Una libra es lo que ahora pide la maquinita de la barrera de salida del aeropuerto de la capital escocesa para dejar salir al incauto que ha tenido la amabilidad de acompañar a su amigo en su propio coche. No es mucho dinero, pero hay que tenerlo en forma de moneda. Y si no la llevas encima, o la llevas, pero se te cae en los fondos del coche y careces de unas pinzas o de un imán, puedes armar  un incómodo atasco como el que padecieron los coches que venían detrás.

En estos momentos trágicos los británicos demuestran más paciencia y comprensión que los españoles. Pero cuando los dos ancianos llevan tres minutos metiendo mano en cuclillas a los bajos del coche sin dar con la única moneda de libra que tenían, y bloqueando el paso a los coches que vienen detrás,  acaban comportándose como todo hijo de vecino. Tocan la bocina, levantan los brazos y te increpan en escocés. El Duende no entendía las imprecaciones, pero las imaginaba. Y pasó un rato horroroso, especialmente por su amigo amable, hasta que, alargando todo lo que pudo los dedos índices y pulgar de su mano derecha, y a riesgo de despellejárselos,  consiguió rescatar el óbolo resbaladizo.

-Qué gilipollez –se dijo- Pasar un mal rato por una libra que, además, estás dispuesto a pagar. Todo por otra nueva ocurrencia que hace aún más odiosos a los aeropuertos.

Ni un día sin que la modernidad nos complique la vida.Se supone que ya habrán incorporado el nuevo sacacuartos a muchos de los aeropuertos epañoles. Y que pronto lo veremos incluso en esos tan útiles que construyeron  en Ciudad Real y León para que no vuele casi nadie y, de paso, se agrande el déficit público. Como diría quien yo me sé, otro invento más de espaldas al pueblo. ¿Tantos fielatos hay que pagar por el progreso?

2. Una ciudad deliciosa, problemas aparte

No es esta bobada la única que incomoda la vida al turista en Edimburgo. La capital escocesa, aún con su pésimo clima, tiene muchos atractivos. Entre los cuales el bloguero incluye el aburrimiento que probablemente soportan los que en ella viven. Qué extraño, encontrarle encanto al aburrimientro: la edad (del bloguero) produce esas rarezas. Le venden a uno Nueva York o Londres como los avisperos del arte, la moda, los negocios y la vida fashion  y cool y el imperio del hedonismo. Y entonces siente deseos desesperados de ser vecino de Soria  o de Lugo. Lejos de este menda el mundanal ruido.

Que no se alarme nadie, Edimburgo también tiene sus zonas de hormigueo comercial por donde procesionan millones de turistas con su botellita de agua y su cámara de fotos. No cita el Duende la mochila porque resulta que él también se la echa a la espalda en estos viajes. La Royal Mile es como la Oxford Street londinense o la madrileña calle Fuencarral, pero con mucho kilt abarrotando las tiendas de souvenirs. Por cierto, que cuando el bloguero se empezaba a fijar en las muchachas en flor, éstas se ponían los domingos falditas escocesas cuidadosamente cerradas por un gran imperdible forrado de cuero. Lo cual que las tiendas para turistas de Edimburgo le traían recuerdos felices de sus amadas de otro tiempo, alguna de las cuales igual desfilaba en esa muchedumbre que baja constantemente desde el Castillo hasta  Holyrood. Viva la marabunta. Salvada esta nota que confirma el principio de que ningún lugar hermoso lo sigue siendo cuando es invadido abusivamente por la especie humana,  desde las calles estrechas y tétricas de la vieja ciudad hasta los barrios que en el siglo XVIII nacieron al norte para que los edimburgueses poderosos huyeran del lumpen y del puterío, es un placer andar esta ciudad como si tú fueras el único observador que pasea por sus calles. En esas zonas quizás haya menos tiendas, pero más misterio y más novela de la vida

No se abundará en cualquier cosa que venga sobradamente explicada y ponderada en las guías. A este viajero, por el contrario, le sorprendió la cantidad de pordioseros que  se apostan en sus calles. Algo que choca en un país que, como todos los del Reino Unido y hasta la irrupción de esta crisis salvaje, había hecho del estado de bienestar una auténtica bicoca. Le contaron al Duende que aquí, aparte de la enseñanza, la sanidad y del subsidio de desempleo, se subvenciona el transporte y se ofrece vivienda por cuenta del erario publico a estudiantes y parados. A juzgar por la cantidad de limosneros –muchos de ellos completamente beodos-que invaden las calles de Edimburgo, es evidente que los presupuestos se han quedado cortos.

Un fleco más de la crisis afea aún más las calles de esta bonita ciudad. Parece ser que, por economizar, el servicio de recogida de basuras municipal sólo trabaja  dos días por semana. No obstante lo cual, como ocurre aquí, la gente sigue depositando sus desechos diarias en esos grandes cubos dispuestos en las calles, que  luego son asaltados, saqueados y asquerosamente desperdigados  por las voraces gaviotas del vecino Fith of Forth. Para que luego nos quejemos en Madrid de los restos del botellón. La conclusión: qué difícil es gobernar una ciudad. Aunque sea pequeña y presuntamente civilizada, como Edimburgo.

3. El perro del Cónsul

El personaje que despedía al Duende en el aeropuerto y que compartió con él la afanosa búsqueda de la libra perdida había sido su anfitrión en Edimburgo. Después de ocho días en pequeños hoteles donde el viajero  debía estudiar cuidadosamente cómo colocar su maleta para dejar libre el acceso a la cama, la generosidad de sus amigos Javier y Mercedes le procuró dos noches en una habitación cuadradas de techos altísimos en la que casi cabría la carpa de un pequeño circo.

La casa del Cónsul de España es un noble edificio de principios del siglo XIX situada en una de esas plazas ovaladas con un frondoso parque en el centro al que sólo tienen acceso los vecinos de las viviendas de la plaza. La casa tiene cuatro pisos y enormes ventanales desde los que sólo se divisa un Edimburgo elegante, tranquilo y muy verde. Lo más destacable de la residencia no es su arquitectura, ni la exquisitez de elementos como la barandilla de la escalera, del entarimado, de las chimeneas  y del suelo de cerámica de la época, que hay que preservar por tratarse de un inmueble catalogado y protegido. Lo verdaderamente notable, a juicio de este observador, es que en el cuarto de baño principal hasta un prostático puede pasar un ratito feliz. Por encima de la cisterna del WC se abre un ventanal con un panorama tan espectacular que da pena que hacer pis dure tan poco. Nunca encontró el Duende tal lujo de vistas en lo que normalmente es el lugar más discreto de una vivienda.

Sostiene el Cónsul que hay destinos más apasionantes que Edimburgo para un diplomático, y probablemente discrepe con la teoría del aburrimiento que acaba de enunciar este  bloguero. Pero entre su trabajo, que no es poco, el golf, su pasión por los libros y su actividad como traductor, que ya ha volcado en varias publicaciones, da la sensación de dar por bueno esta etapa de sosiego en su carrera. Javier y Mercedes trataron a su huésped con cariño y generosidad, le llevaron de exposiciones y le invitaron a cenar en uno de los restaurantes más de moda en la ciudad.

Por la tarde, a la vuelta de su trabajo, el Cónsul sacaba a pasear a su perro. Y en uno de esos paseos dio con su huésped, que regresaba a casa después de patear la ciudad.

-¿Y cómo no lo paseas por ese maravilloso parque? –le preguntó el Duende señalando al precioso recinto verde protegido por una verja- ¿No tienes la llave?

-Sí, claro. Pero no está permitido pasear con perros.

Curioso. Todo el mundo sabe que en el Reino Unido hay cementerios para perros con mausoleos y lápidas que en nada envidian a los de los héroes. Pero en estos parques privados no se les deja pasar. Todo lo contrario que en el pub vecino, donde el Cónsul y el Duende entraron a tomar una cerveza. A ellos les sirvieron un gin tonic y media pinta de cerveza. Al perro le recibieron con caricias y allí mismo, sobre la moqueta, le pusieron un cuenco con agua. Estos británicos, tan románticos para unas cosas y tan pragmáticos para tantas otras, son difíciles de entender.

El Duende de verano (9) Sorpresas en Edimburgo

Edimburgo ofrece más sorpresas que ver al reverendo Walker patinando sobre el hielo...

1. ¿Cómo imaginamos el mundo que no conocemos?

En sus jugosas memorias que tituló El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta cómo imaginaba la ciudad a la que iba a hacer su primer viaje desde el Madrid que le vio nacer. Se trataba de Zaragoza, y entonces es probable que el chico no tuviera a mano ni tan siquiera la postal del Pilar para darle una pista. Así que tiró de la fantasía y del deseo y se hizo a la idea de que Zaragoza era un paisaje idílico con casa como el que etiquetaba la tapa del conocido Queso el Caserío, que tanto le gustaba.

-Yo creía que todo lo que no era Madrid era así –se lamentaba- Pero cuando mi madre me llevó a Zaragoza me encontré con que Zaragoza era asfalto, calles, casas, tranvías y y coches, como Madrid. Y me llevé una decepción.

Todos dibujamos mentalmente a priori los lugares que no conocemos. Y uno de los encantos del viaje es superponer el modelo real al boceto que de él traíamos en la cabeza. Es verdad que ahora hay infinidad de herramientas para hacer casi un viaje virtual antes de pisar el lugar elegido. Pero aún así siempre hay variables que acaban sorprendiendo al viajero: la topografía, la atmósfera, las dimensiones, la luz, el diseño y el color humano de la ciudad. Antes de pisar por primera vez Edimburgo el Duende se imaginaba un castillo en un roquedal, mal tiempo, los cien pipers  del whisky patrullando por las calles, señores vestidos como Sherlock Holmes y señoras que levaban al perrito a la peluquería y luego se reunían a tomar el te con las galleas de nata que venden todas las tiendas de souvenirs.

También barruntaba lóbregos museos decimonónicos. Y en ellos se exhibía el primer motor de vapor de Watts, el gabinete de estudios de Darwin con esqueletos de monos, pitecaontropus y de algún náufrago innominado de la época, y la pata de palo y el loro disecado de John Silver, como legado más elocuente de Robert L. Stevenson y de La Isla del Tesoro. El bloguero, al cabo, era tan primario como Fernando Fernán-Gómez en su tiempo amarillo. Aunque Edimburgo no resultó tan diferente de lo que pensaba como lo es Zaragoza respecto a la etiqueta de quesitos El Caserío.

2. Cuadros con singular encanto

El primer dato amable de Edimburgo es su tamaño. Da la sensación de que, a poco que te apliques, puedes ser allí algo más que un simple turista. Si el viajero tiene buenas piernas y le guía un espíritu curioso, tomará las medidas y se hará una idea general del estilo de la ciudad en un sólo día. Todo gusta, nada abruma. Y su tesoro artístico hasta parece diseñado para no aplastar por exceso la capacidad de sorpresa del pobre turista.  La prueba de ello es su National Gallery, un Prado en pequeñito que hace muy productivas las dos horas de atención que un viajero medio puede dedicar al arte si desea algo más que pasar ante los cuadros y contar sólo que los ha visto.

Siempre pone especial atención este viajero en el arte local que es difícil hallar en otros museos. Pero al margen de los paisajistas románticos  escoceses y de los retratos exquisitos de John Singer Sargent, hay dos cuadros de esta National que le hacen especial gracia al bloguero. Uno es la Vieja friendo huevos de  la primera etapa de Velázquez. Puro costumbrismo con la luz tenebrista de la España de los Austrias. ¿Se imaginaba el maestro cuando lo pintó que ese lienzo –la única pieza velazqueña de la colección- iría a parar a la lejana Escocia? Item más: ¿qué pinta esa ilustre sartén aceitosa en un país donde fríen los huevos con mantequilla? La vida caprichosa de los cuadros. El otro es El reverendo Robert Walker patinando, un insólito retrato de un ministro de la iglesia anglicana que en lugar de aparecer predicando o rezando disfruta deslizándose como Toni Sailer sobre las heladas aguas del lago Duddingston. El cuadro lo pintó sir Henry Raeburn en 1790. La que se hubiera armado en la católica España si en ese mismo año Goya hubiera  pintado al obispo de Cuenca  de tal guisa. Pero es lo que tiene el pueblo británico: aunque su soberbia le haga insoportable, su aprecio por la libertad y  su sentido del humor le hacen envidiable. Además, ¿dónde dicen las escrituras que un ministro de Dios no pueda patinar sobre el hielo?

3. Un paseo muy recomendable

Al oeste de Edimburgo, y sobre una montaña rocosa, se alza efectivamente el poderoso castillo que el Duende ya creía conocer sin haberlo visto. Lo que hacer fijarse en todos los cromos. No es agradable sentirse hormiga –algo inevitable en la capital escocesa, y más en el mes de su Festival- pero aún a riesgo de ello es recomendable recorrer la ciudad de oeste a este partiendo del castillo y bajando por la Royal Mile (una especie de calle Fuencarral con encanto), que parte del castillo y llega hasta Hollyrood Park.

Ahí, amen del Palacio y de un parlamento que es el obligado tributo a la arquitectura contemporánea, el asfalto se convierte en un muestrario de la misma naturaleza escocesa que acababa de disfrutar el bloguero en las Highlands. Además de verde para jugar incontables partidos de fútbol, de cricket o de rugby, y fantásticos caminos para la bicicleta, el parque alberga el lago donde patinaba el reverendo Walker, y una montaña en cuya cresta está Arthur´s Seat, que es como nuestra Silla de Felipe II, pero que en lugar de vistas sobe El Escorial, Madrid y la Sierra de Guadarrama abre un panorama excepcional sobre la capital escocesa y el estuario del río Forth  en el que se ubica.

Esto lo conocen todos los que han visitado Edimburgo alguna vez. No es tan popular un paseo delicioso que descubrió el Duende al norte de la ciudad, desde Stockbridge hasta el Museo de Arte Moderno. Ahí un severo edificio decimonónico acoge una estupenda colección de pintura que abarca desde el Impresionismo hasta nuestros días. El bloguero echó una mañana en el paseo y en la visita cultural. Pero tuvo la suerte de dar con una ruta boscosa y umbría que sigue el curso del río Lye y muere precisamente en la colina del museo, atravesando puentes por un curso de agua abundante que culebrea caprichosamente y alimenta viejos molinos. Algo asombroso, a veinte minutos a pie desde Princess Street. La colección, insiste el bloguero,  vale la pena. Aunque el placer del camino casi la deja en este caso en un lugar secundario. No es que la naturaleza imite al arte, como subrayaba Oscar Wilde. Es que cuando se muestra tan viva, tan fresca y tan vehemente, y a tres pasos de casa, simplemente lo supera.

El Duende de verano (8) Una boda en Escocia

Hasta esta iglesia de Pertshire se llegó el bloguero por asistir a la boda de una sobrina muy querida

1. Los hijo de la globalización

Manda uno a sus hijos a estudiar en el extranjero y sigue pretendiendo que se casen con gente de su barrio. No cae en que los ligues de esta generación ya no se llaman Piluca o Josete, como antaño, sino Wolfgang o Silvie, o Lang, o Christopher, o Yannis, o  Kathe, o Solomon, o Brigitte, o Johannes. Son los posibles novios o novias de la globalización, y así pasa lo que pasa. La nieta mayor de este bloguero, es un ejemplo, tiene un apellido griego, un padrino escocés y una madrina alemana. Su padrino es el profesor MacCrorie, con el que anduvo por las Tierras Altas sin entender muy claramente lo que decía en su cerrado inglés scotch.

-¿Sabes que está Sabina en Saint Adrews?-le dijo apenas se encontraron en el aeropuerto de Edimburgo. Saint Andrews es la ciudad en cuya universidad  imparte sus enseñanzas el profesor Mac Crorie, famosa también por ser la cuna del golf.

-Buen músico –le respondió el Duende un tanto sorprendido porque el profesor siguiera a nuestro cantautor y su presencia allí le llamara la atención

- ¿Pero conoces sus canciones?

Daba igual la pregunta.  Rod MacCrorie tampoco le entendía nada, aunque , como él, trataba de disimular lo que a menudo era un diálogo de besugos. Su respuesta siempre era un ¡oh! de sorpresa y una sonrisa. -No tenía ni idea de que Sabina jugara al golf –aclaró entonces el Duende- Es más, en España nadie se lo imaginaría. Como va de ácrata, jamás se podría esperar que viniera a un sitio tan especial como Saint Andrews a practicar el deporte favorito de Esperanza Aguirre, que seguramente será una de sus bestias negras. Rod volvió a sonreir. -¡Oh!, ¿yes?… Ha venido con su novio – farfulló en su peculiar inglés de Glasgow. ¿Con su novio?…El Duende no le daba crédito. Ahora resultaba que, además de ser adicto al golf  Sabina tenía no novia, como siempre se le ha de presumir, sino novio. Eso sí que era el notición del verano: Joaquín Sabina se  había llegado hasta el norte de Escocia  para salir del armario. Y le habían dado las dos, y las tres, y las cuatro y las cinco y las seis, y desnudos al amanecer les sorprendió la luna a él y a un jayán con aspecto de cabo gastador, que era su amor hasta entonces inconfeso. Claro, no podía fugarse con él a Valderrama  o a Pedreña porque ahí le cazaría un paparazzi y echaría por tierra su leyenda canalla de golfo, libertino y mujeriego. Tenía que escapar a Saint Andrews, donde el profesor MacCrorie, acostumbrado a otras referencias como Elton John,  consideraba de lo más normal que una estrella de la música “pop” jugase al golf con su pareja del mismo sexo. Qué poca vergüenza.

Y así de  confundido estaba el Duende cuando un rayo de lucidez iluminó su mente. Y recordó entonces que estamos en un mundo globalizado. Y que que además de un apellido griego y un padrino escocés, su nieta Marina tiene una madrina alemana, casualmente llamada Sabine, que en boca del profesor MacCrorie tanto podía ser la guapa moza tedesca de la que su hija se hizo amiga cuando ambas coincidieron en la London School of Economics, donde también estudió su actual marido, como nuestro egregio cantautor de cuya virilidad resulta casi ofensivo dudar.

Jesús, qué alivio. No es que esté uno contra la internacionalización de la familia ni mucho menos contra los mestizajes. Es que nos educaron así de paletos y pequeñoburgueses. Y por tradición conservadora, piensa uno que lo suyo es que sus hijos se acaben emparejando o nombrando padrinos y madrinas entre gente cercana. Y si no, entre  los Martínez o los Echeveste, que eran de su barrio, de su colegio o feligreses de su misma parroquia. Más vale mal conocido que bueno por conocer. ¿O no?

2. Lo que duran las bodas de ahora

Las primeras bodas a las que asistió el Duende, entre la ceremonia y la fiesta,  duraban tres o cuatro horas.  Ahora pone uno el contador cuando empieza a acicalarse en casa y lo detiene cuando se quita el traje para meterse en la cama y no han pasado menos de diez. Desplazamiento al lugar del casorio, ceremonia, traslado al lugar de celebración, primeras copas, aperitivo. Generalmente larguísimo.

Aquí el Duende ya daría por terminada la boda, al fin y al cabo no se casaban los hijos del jede del estado, ni de una familia real, ni tan siquiera los archiduques de Pomerania, y tampoco hay que epatar a nadie. Pero no, ahora la categoría de las bodas parece medirse en horas, y para qué aliviar cuando podemos alargar la cosa para que la gente se de cuenta de que aquí no se escatima nada. Así que después de dos horas de pie, sentamos a los invitados, y les ofrecemos una cena, no menos de dos horas. Y luego discursos, muchos discursos. En las bodas de antes hablaba mayormente  San Pablo a través de su famosa Epístola a los Corintios. Y, como mucho, el cura. Ahora hablan los corintios, el cura, el concejal por lo civil, el padre, el padrino, los amigos de ella, los amigos del novio, las amigas de la novia , los del equipo rugby de él, y unos Pitufos vestidos de principitos y princesitas que son los sobrinos de ella. Afortunadamente no en todas las bodas aparece la Tuna para darle más realce a la celebración.

Y Homper, el Hombre Perplejo,  ha enunciado así esta otra paradoja de nuestro tiempo: cuanto más  se alargan las bodas, porque mucha gente vive de ellas, más se abrevian los matrimonios, porque los cónyuges aguantan mucho menos. A ver quién ata esa mosca por el rabo.

3. La boda de Natalie y Johannes

Cuando la boda a la que uno tiene que asistir es en Escocia, es verdad que al invitado le toma mucho más tiempo que las ocho o diez horas de una boda convencional. Pero no hay mal que por bien no venga. Para un señor de edad, como empieza a ser el bloguero, una boda normal puede ser magnus cognazus. Pero una boda en Escocia es la oportunidad ideal para montarse este agradable viaje sobre el que ha girado su verano. El día de la boda de Natalie, inglesa hija de madre española, con Johannes, novio alemán, fue además un día limpio, fresco y, sobre todo, soleado, primer detalle de lujo en esas húmedas latitudes. La iglesia, el monasterio de St Mary´s de Kinnoull era un monumento. Los novios llegaron en carruaje. La novia, y buena parte de las invitadas, estaban muy guapas. Había varios invitados escoceses luciendo su kilt. Y casi todos los invitados ingleses vestían chaqué, como es costumbre allí. A partir de Cuatro bodas y un funeral todos sabemos, además, que lo verdaderamente chic es conciliar la severidad de este atuendo, siempre negro en España y gris en el Reino Unido, con una corbata o un chaleco de colores chillones. Había cuatro pequeñas maiden bride (¿se dice así?) que llevaban la cola a la novia. Suele ser muy cursi, pero en este caso no se puede criticar, porque tres de ellas eran nietas del bloguero.

En la iglesia al Duende no le sorprendió que aparecieran sobre los bancos de los invitados los textos de las lecturas y las letras de los himnos y salmos que incluía la ceremonia. Le sorprendió que todos, británicos y alemanes, los cantaban vehementemente, sin esa vergüenza con que los españoles, aún los más creyentes, arrastran la voz con la boca chica en las celebraciones religiosas. Luego hubo cocktail en la casa de la novia. Sobre el césped había una carpa, bajo la que un grupo de jazz tocaba  jazz y música de Cole Porter. Los niños y las maien bride correteaban por la hierba, daban volteretas y jugaban al croket mientras los invitados departían entre sí en inglés, en alemán o en español. Mucha gasa en los sombreros y los tocados de las señoras y las chicas jóvenes, algunas de ellas francamente atractivas y sabiamente escotadas. Antes de la cena, en otra carpa, pasaron unas bandejas de jamón ibérico y de Rioja Contino.

Al Duende le sentaron luego entre una dama británica y otra alemana. Ambas le sacaban una cuarta de estatura, pero sentados los tres se notaba menos. Consiguió conversar con ellas a ratos en francés a ratos en inglés, y de vez en cuando hasta se tiraba el pegote de chapurrear palabros en alemán. La  dama alemana también canta en un coro, y eso une mucho. A los postres, discursos, muchos discursos: en alemán y en inglés. Primer baile de los esposos sin guardar el protocolo del vals ni nada que pueda recordar la ineptitud de los jóvenes de ahora para el baile agarrado. Tres o cuatro piezas nostálgicas para complacer a los más añejos y luego, como en todos las bodas, atronadores decibelios discotequeros , marcha y barra libre hasta el alba.

El exceso se ha universalizado, aunque el Duende, que ya se lo conoce, se retirase en cuanto el personal empezó a desmelenarse. Lo que se apuntaba antes, que no hay mal que por bien no venga. Bodas así pueden parecer largas, fatigosas y hasta un poco caras. Pero si tienes en cuenta que te sirven para viajar, hacer turismo y aprender idiomas, hay que reconocer que la de Natalie y Johannes fue una suerte. Pues que vivan los novios, ea.

El Duende de verano (7) Este sí es país para árboles

Podría recordarse a Dunkeld por su catedral, pero cualquiera que pasee por el bosque que la rodea se quedará sin duda con el recuerdo de sus árboles gigantescos...

1.Los árboles monumentales

El Duende siempre estuvo muy contento de su tío Augusto. Sólo coincidieron en este mundo cinco meses, por lo que apenas tuvieron tiempo para conversar, pero heredó de él algo de extravagancia y parte de su espíritu curioso y juguetón. También  un legado de libros que le entretenían cuando guardaba largos días de anginas en la cama. Cosas de aquel tiempo sin televisión.

El tío Augusto Gil Lletget se dedicaba a algo tan singular en su tiempo como la ornitología, y mantuvo durante toda su vida la inquietud del intelectual. En su biblioteca, además de los libros propios de un zoólogo, había muchos ejemplares antiguos del National Geographic Magazine, que este bloguero devoraba sin entender ni una palabra de inglés. Correspondían a revistas de los años veinte y treinta, impresas  con una extraordinaria calidad en blanco y negro y en un papel couché  con el tacto del estuco.

-Toma, niño-le decían cuando se los llevaban a la cama donde apacentaba a la fiebre- Mira los santos.

Entonces, ver las imágenes de los libros era mirar los santos. Como si no se pudiera imaginar que hubiera oro tipo de ilustraciones.

De aquellos maravillosos NGM  el Duende admiraba hasta los anuncios, generalmente de lujosos automóviles Cadillac descapotables  o Ford con ahítepudras en los que viajaban parejas vestidas como Ronald Colman y Greta Garbo. Todo lo que ofrecían aquellas publicaciones parecía lujo, exotismo y aventura. Y en una de ellas vio el sobrino del ornitólogo una foto que se le quedó grabada para siempre. Correspondía a una gigantesca sequoia de uno de los grandes parques norteamericanos (¿Yosemite? ¿Yellowstone?) a través de cuyo tronco se había horadado un túnel por el que pasaba un automóvil de la época.

Al Duende ya le parecían grandes los árboles del Retiro, así que aquella visión le dejó con los ojos como platos. Y desde entonces se emociona cuando ve árboles monumentales en lo que podrían anidar todos los pájaros que estudió su tío Augusto. Definitivamente, hay por el mundo árboles que parecen universos. Su espeso ramaje invita ser ardilla para ver desde lo más alto las puestas de sol y dialogar de cerca con las primeras estrellas. Y muchos de estos árboles crecen en la contornada de un delicioso pueblecito de Pertshire llamado Dunkeld.

2. El paisaje que eligen los cuentos y las películas

El camino que hizo el viajero desde Killin a Dunkeld permanecerá como uno de los recorridos más bellos y agradables que recuerda. Fue una plácida inmersión en esa naturaleza verde, frondosa y tranquila que los paisajistas escoceses del siglo XIX reflejaban tan precisamente en sus cuadros. La preciosa carretera bordea lagos y atraviesa puentes sobre ríos que el español mesetario no puede menos que  envidiar sanamente. Prados con vacas y caballos pastando plácidamente, ovejas de esas que parecen llevar leotardos negros. Algún corzo. Bosques espesos. Árboles aislados abriendo sus ramas como ángeles protectores de las laderas de hierba.  Y las casas esas siempre tan clásicas y acopladas al paisaje que las niñas llaman casitas. De nuevo el misterio: ¿dónde ponen y cómo camuflan los escoceses los talleres, las fábricas y esos horribles almacenes agrícolas o industriales que uno encuentra a la entrada de cualquier pueblo español que se precie? En esos lugares de Escocia el paisaje es postal, cuento o película. Aún se adivina por ahí el espíritu de una heroína de Jane Austen paseando en coche de caballos.

3. El duque que también amaba a los árboles

Tal `parece también el diminuto pueblo deDunkeld,  feudo que fue de los duques  de Atholl, unos nobles que a tenor de su legado arquitectónico y ambiental  de verdad que imprimieron carácter.

Dunkeld es un coqueto caserío trazado en el siglo XVIII junto al espléndido río Tay. Alberga además una catedral que hunde sus raíces en la edad media, unos bonitos parques, una fuente muy historiada y repleta de símbolos masónicos que regaló el duque de turno en el siglo XIX para llevar agua potable al pueblo, tres o cuatro hoteles –uno de ellos, el Hilton, en un emplazamiento de ensueño- y un asombroso bosque con hayas, sequoias, pinsapos, abetos, robles y fresnos como para albergar a todas las leyendas misteriosas que a uno le han contado a lo largo de su vida.

Claro es que un paraíso así no se improvisa: un cartel primorosamente enmarcado en madera del bosque advierte al turista de que en el siglo XVIII el duque de Atholl del momento sembró en la comarca nada menos que diez  millones de larches, que es como inglés se llama a los alerces. Tres siglos después muchos sobreviven como cíclopes del bosque, frente a los que el observador se convierte en poco menos que un liliputiense. Bajo uno de ellos tocaba Niel Gow, el mejo violinista escocés de la época. Una senda botánica cuidadosamente marcada así lo recuerda: Paseo del Violinista, dice el cartel. No es lo más impresionante que se puede ver por el mundo, pero, definitivamente, qué placer tan especial siente el duende viajero cuando transita por  estos insignificantes recovecos de la historia.

El Duende de verano (6) La larga pausa

En esta larga pausa de verano entre post y post, el Duende vio entre otras cosas un martín pescador en el Manzanares...

1. Excusas

Le gratifica sobremanera a este duende saber que al menos una persona llamada Acacia lee sus contados posts de verano. Qué encanto. Últimamente incluso introduce algún comentario. El duende viajero se pone en su pellejo y la valora doblemente. Por buena amiga y por su coraje. Piensa que, en su lugar, lo último que a él se le ocurriría un día de este aplastante verano que nos aflige sería buscar consuelo en el blog de un ciudadano que ni es VIP, ni es sabio, ni es  ni es figura política, ni es futbolista, ni tampoco atro del cine, ni es un gran escritor, ni periodista de opinión reconocida, ni hace más viajes o emprende más aventuras que las esperables en un pequeñoburgués.

A falta de más noticia que  la visita del Papa, la ruina de la economía y la descomposición del orden mundial, que ya no se sabe si es nuevo, viejo o simplemente desorden, los periódicos y revistas rebobinan y regalan relatos de ilustres que se las tienen que arreglar para llenar el vacío estival. Resucitan a Borges y Bolaño, exprimen a Vargas Llosa, a Javier Marías y a Maruja Torres y aprovechan recetas y postales de estrellas o estrellitas: Ana Obregón, Belén Esteban, Bertín Osborne,  Rosa Benito. (A fuer de sincero, confiesa que esta última no sabe exactamente quién es: sólo le consta que es rubia y que sale por la tele, ergo presume que al menos será famosa). Frente a plumas de esta categoría, qué les iba a contar un simple observador de naderías.

Así y todo, otros veranos pasaba el cepillo de carpintero sobre la actualidad y sacaba  virutas de la nada. Ya no. Algo le dice que está pasando el momento de los blogs (ahora, todo pasa a toda leche). Él será de los últimos que se recicle en los formatos esos de Twiter o Facebook, pero no ha tenido más remedio que dosificarase. Por cierto, que la culpa de eso no siempre ha sido de este bloguero. Él metió el ordenador en la mochila sin acordarse de que aún hay muchos lugares sin cobertura de wi-fi, y muchos hoteles sin siquiera una mesita en la habitación sobre la que ponerse a escribir. Pensaba en los demás, haciendo surf, navegando, haciendo castillos de arena en la playa , jugando al golf o viajando por Finlandia (qué suerte, ahí estarán fresquitos). También descubría, oh, sorpresa, que a su edad el lujo de no hacer nada ni siquiera le produce remordimientos de conciencia. Y así ha pasado lo que ha pasado.

2. Puntos por tratar

Pero hay materia, ya lo cree este chamarilero de la observación. No ha tomado notas por escrito de lo que ha visto y ha pensado, pero así a vuelapluma, más tarde o más temprano, algo dirá de lo que ha sido este verano de la vida en general y de su peripecia particular. Como por ejemplo:

-De la visita del Papa. Ya anticipa el bloguero que a la luz de su conciencia cristiana y de su fe católica  -con visibles grietas, eso sí- lo menos que le inspira este fenómeno es estupor. Doscientos confesionarios montados en el Paseo de Coches del Retiro…¿Asesoraban Buñuel y Fellini desde el más allá a los organizadores del JMJ?

-Del sálvese el que pueda. Mientras el bloguero vagaba por ahí oxigenándose, la economía se hacía el hara-kiri, y los informativos nos avisaban de que el sunami económico arrasaba la enésima esperanza de recuperación. No somos nadie, y si lo somos podemos dejar de serlo en cualquier momento.

-De una villa llamada Obanos. Se ha movido bastante este duende. Y después de haberlo hecho por Escocia, paseó luego por Navarra y hasta por el sur de Francia. Uno de esos días paró en Obanos, en la tierra de Estella, y se acordó de Angelus Pompaelonensis, maestro de profesión, fino humanista, antiguo seguidor de este blog y vecino de esta  villa. Le hubiera  gustado encontrárselo por las calles de su pueblo, y hablar con él, pero no tenía su número de teléfono. El Duende a veces se arrepiente de ser un improvisador. ¿Angelus, estabas ahí?…

-Del martín pescador que sorprendió en el Manzanares. No es lo más importante, pero sí una de las experiencias más emocionantes del verano, y en una pausa madrileña entre un viaje y otro. Fue en el Manzanares que queda después de pasar por Madrid, entre la capital y Rivas Vaciamadrid. No se lo creerán, pero este bloguero les jura que vio multitud de anátidas nadando por sus aguas. Y, más aún, que un martín pescador, con su inconfundible plumaje turquesa y su largo pico, sobrevoló fugazmente por entre los fresnos y chopos que arbolan sus riberas. El martín pescador, un pájaro señorito que dicen que siempre exige aguas limpias…Cosas veredes, Sancho.  Ahora va a resultar que el Manzanares es un río de verdad, como  cree Gallardón.

El Duende de verano (5) Lugares para aburrirse felizmente

Hay que buscar el encanto de lo británico en esos pequeños pueblos donde no caben multitudes...

1.En busca del encanto de lo británico

Mientras el Duende rumiaba las notas de su pequeño viaje por Escocia para volcarlas en el blog, en las principales ciudades de la vieja Inglaterra se registraban las más graves revueltas populares de este siglo. A causa de la crisis y de los recortes sociales del primer ministro Cameron, indignados, marginales o delincuentes, a saber, habían puesto a Londres y a Scotland Yard patas arriba. Where have the british flema go?, que cantaría Joan Báez . Nadie lo sabe. Ya nada ni nadie es lo que era.

Con tal motivo, en Herrera en la onda  los tertulianos y oyentes contaban sus recuerdos y vivencias de la que antaño fue llamada la capital del mundo y hoy es un hervidero. Y había coincidencia general en que, por su tamaño desmesurado, por los atascos de tráfico, por el exceso de turismo, por sus altísimos precios y por la aparente fagocitación de su población autóctona a cargo de los que antaño fueron colonizados y, ahora más aún, por estos desagradables sucesos,  buena parte del encanto de Londres se ha diluído. Londres es un mundo, pero aunque algunos de sus bobbis aún son pelirrojos,   ya no parece una ciudad británica. Hace falta alejarse de su centro para sentirse en algo parecido a  lo que la literatura, el cine y hasta los comics de la primera mitad del siglo pasado nos mostraban que era la capital del Reino Unido.

Puedes consolarte mirando el Big Ben, la imponente cúpula de la Catedral de San pablo,  o la estatua de Nelson de Trafalgar Square. Pero a poco que bajes la vista  te sentirás un corpúsculo más de esa sopa global en la que se mezclan ciudadanos de todas las razas que, no se sabe por qué, hicieron de Londres su destino preferido e invaden sus calles. Londres ahora resulta excesiva, fatigosa y abrumadora. Las últimas veces que este bloguero, que en otra época se declaraba anglófilo y reconocido admirador de Londres, estuvo allí, ya no quería ser una hormiguita consumidora más. Rescató su espíritu andarín y se refugió en esos espacios, parques o calles menos conocidos que aún quedan a salvo de la marabunta universal. La Courtauld Gallery, por ejemplo, el Sir John Soane´s Museum, o, desplazándote hacia el norte, el espléndido Hampsted Heath. Y, cómo no, alguna recoleta tienda de antiques especializada en juguetes antiguos o un discreto salón de te donde aún se puede escuchar a un par de viejecitas con sombrero hablando de sus gatos o ver a un caballero con aspecto de escribiente de Dickens leyendo la crónica de un apasionante partido de cricket. Si el cogollito de Londres, con todos sus gloriosos museos y parques, va a acabar siendo como nuestra calle Fuencarral, pero con más hijos la Torre de Babel de todos los colores posibles, a este viajero de papel le va a dejar de interesar.  Y se marchará, como ha hecho este verano, a buscar el tradicional encanto de lo británico a otra parte.

2.Un tranquilo pueblo escocés donde pasar la corta noche

Las tardes de verano en Escocia parece que no van a acabar nunca, pero eso no evita que a las 9 p.m no haya manera de cenar otra cosa que no sea una pinta de cerveza. Mala cosa que los británicos no necesiten empaparla. Más de una noche le sorprendió al duende  sin más alimento sólido que las galletitas que le dejaban en la habitación del hotel junto a la kettle del te.

Tampoco es bueno vagar sin reserva de habitación y esperar que en cualquier momento puedas dar con un pueblo encantador donde, a buen seguro, te recibirán con una sonrisa aunque sean las diez de la noche (que no es noche). Uno tiende a fiarse demasiado de las películas, y aspira a que aquella fina comedia de Stanley Donen, Audrey Hepburn y Albert Finney llamada Dos en la carretera se repita fácilmente. Pero  a estas alturas del viaje el profesor Mc Crorie había vuelto a sus aulas, y los viajeros ya no eran dos, sino uno. El coche tampoco era un Morgan, como el de la película, sino un Vauxhall Corsa. Y  el objetivo, lástima,  no era conquistar a la Audrey, que no existía, sino  caer en un sitio que en algo se asemejara a la imagen amable, cuidada y acogedora que tenemos como estereotipo de los pueblos británicos.

Hay que decir que en estos casos al bloguero nunca le asiste la suerte, y que, al menos en España, la improvisación suele acabar situándolo en un horrible hostal de camioneros con un puticlub paredaño de esos que inundan de luces de neón la noche. Por una vez sin embargo tuvo suerte.

3. Cosas de otro tiempo que los británicos saben conservar

Después de muchas millas embelesado en un jugoso paisaje de bosques, prados y lagos, aunque preso de la ansiedad por no saber qué sería de su suerte en esa noche sin reserva, vio a su izquierda unas preciosas cataratas, más bien rápidos muy accidentados, que precipitaban un furioso caudal de agua hacia el lochTay. Se anunciaban como The falls of Dochart, río que desemboca en el lago unos centeneras de metros más adelante. Tras una curva a la izquierda, y después de salvar aquella maravilla líquida por un largo puente de piedra, el viajero entró en Killin, un pueblecito británico refugio de pescadores y senderistas digno de la mejor postal. Ahí sí se debía de vivir todavía como los personajes del modelo tradicional que el viajero tenía la cabeza. Aún lucía el sol, pero ya no se veía a nadie en sus calles, de una arquitectura popular milagrosamente anclada en el tiempo, como si el pueblo no necesitase almacenes ni edificios industriales para su supervivencia. Ahí, junto a un remanso del lago, y rodeado de una espesa arboleda,  se alza un hotel decimonónico de tejado de pizarra y gruesos muros de piedra. Su interior, fácilmente imaginable, se adornaba con profusión de fotografías de la difunta Reina Madre saludando al personal del hotel, en el que fue ilustre huésped en el ya lejano año de 1953. La madre de la reina Isabel II ya tenía entonces más aspecto de cocinera que de personaje de la realeza. Quizás por eso, por haber permanecido en Londres con su marido el rey tartamudo bajo las bombas de Hitler y por su humanísima afición al Beefeater fue tan querida de su pueblo.

La uniformidad del personal del Hotel Killin ha cambiado desde entonces. Ya ningún camarero lleva frac. Pero las cortinas, alfombras y edredones y la decoración en general tienen todo el aspecto de ser los mismos de aquella época. Al Duende le dio igual. Incluso lo agradeció: en la cabecera de las camas, por ejemplo no había esas odiosas lámparas de moderno diseño que sólo arrojan luz a la pared, y que no iluminan el libro que tratas de leer. (Cuánto decorador actual debía de ir a la cárcel por ello, caramba). Tuvo la suerte de sentarse en el bar del hotel justo cinco minutos antes de que cerraran la cocina. Los sillones y las sillas, naturalmente, estaban tapizados de tartan. Pidió una cerveza y una hamburguesa de venison (venado) que, sorprendentemente, le pareció un manjar exquisito. No sabe si fue el hambre o el deseo de haber acertado con su elección.

Y a continuación, después de un paseo solitario entre dos luces por aquel pueblo encantador donde las ancianitas con gatos y los coroneles retirados ya dormían, se metió en la cama y él también durmió como un príncipe. Definitivamente, estaba satisfecho de haber dado con un lugar como el que buscaba. Killin  resultó ser, efectivamente, ese pueblo tranquilo, de paisaje bellísimo y edificios de carácter, sin tiendas de moda, establecimientos de comida rápida  ni discotecas, donde cualquier ser educado en el amor a lo británico aún podrá aburrirse  felizmente hasta el final de sus días.

El Duende de verano (3) Más batallitas de Escocia

Valles verdes, horizontes lejanos, largas caminatas, posadas solitarias...

1 No aprendemos nunca

Bernard Garel-Jones había servido al ejército inglés en La India antes de instalarse en España. Buscaba aquí un clima más beneficioso que la humedad de las islas británicas para los delicados pulmones de su esposa. Primero vivió en Canarias, para fijar después su residencia en Madrid y abrir a principios de los años sesenta del pasado siglo en la Plaza de Salamanca una academia de idiomas que se llamó La Casa Inglesa. Bernard no presumía de lince en los negocios, pero mantenía  que una buena escuela para aprender su idioma sería suficiente para que él y su familia se ganaran la vida.

-Los españoles no aprenden inglés nunca- mantenía-¡Nunca!

Pasaron por su academia muchos alevines distinguidos de la sociedad madrileña. Y cuando creían dominar a la perfección la lengua de Shakespeare, Bernard testaba sus conocimientos presentándoles un simple titular de un periódico británico: Bride to be strangled in  well.

Puede entretenerse el lector en comprobar su nivel de inglés tratando de traducir esta muestra de los jeroglíficos con que a menudo nos sorprende la prensa del Reino Unido. No es fácil, ya se avisa. Pero aunque Bernard exagerase, es verdad que los españoles no parecemos particularmente despabilados para los idiomas extraños. Compárese a este respecto la rapidez con que los numerosos futbolistas eslavos afincados en nuestro país aprenden el castellano. Tan cierta es nuestra torpeza para el inglés es como que este es un idioma escurridizo, veleidoso y puñetero.

El Duende reconoce que no habla ningún idioma extranjero. Sólo imita bastante bien su música, su sonido, y a fe que le gusta recrearse en ello. Pero es consciente de sus limitaciones cuando trata de entender cualquier película de habla inglesa que no esté protagonizada por actores de la escuela de John Gielgud, Michael Gambon, Ian Holm y otros maestros de la dicción. Sólo empieza a cazar la lengua de la calle cuando tiene que acabar su viaje, así que probablemente morirá, como otros tantos españoles, sin hablar nunca medianamente bien el inglés.

2 Buen tiempo en el Pico de los Españoles

Se entendía, no obstante, lo justo con su guía como para coincidir en que hacer senderismo por las Highlands escocesas bajo el sol,  a 19º y sin nube alguna en el amplio horizonte, fue un regalo. La suerte añadida es que en esas latitudes los días de verano son tan larguísimos que puedes subir montañas, perderte, vagar sin rumbo –como así fue- rectificar, dar con el camino perdido y regresar al hotelito para estar tomando una pinta de cerveza  a las ocho de la tarde. Y con tres horas aún de luz solar antes de comprobar, oh maravilla, que en el cielo escocés también pueden lucir las estrellas.

Todo esto ocurría en un lugar llamado Glen Shiel, un valle largo y verde, sólo pasto, brezo, helechos y casi totalmente desnudo  de árboles, donde se libró en el siglo XVIII una batalla entre los clanes escoceses que apoyaban a Jacobo III para el trono de Inglaterra y  Jorge I de Hanover que estaba en sentado en él y no estaba por la labor de cederlo. Por aquello de debilitar algo a la que ya pintaba como primera potencia del momento, la España de Felipe V decidió enredar apoyando a los revoltosos, entre los que, al parecer, estaba nada menos que el famoso Rob RoyY allá que mandó un pequeño contingente de soldados, esperando que con Jacobo como nuevo rey las cosas le fueran mejor a nuestra patria y recuperase así migajas de la hegemonía perdida.

Tristemente, a los aliados nos dieron para el pelo. Entre eso, y que el balance de víctimas no superó los cien muertos, nadie teníamos ni idea de que nuestros gloriosos ejércitos también habían peleado en  Escocia. Tampoco podíamos imaginar qué diablos pintábamos allí: cosas de la `política, igual que siempre. Glen Shiel se extiende de este a oeste. Los españoles se apostaron en una montaña que queda en el lado norte del valle, y que hoy lleva el nombre de peak of the Spaniards, único honor que les quedó a nuestros muertos en combate.

El viajero se enteró de todo eso tras haber coronado la cumbre, a la que se accede a pie, cómodamente, sin tener que ayudarse tan siquiera con las manos. Desde allí se divisaba un panorama hermosísimo. No sospechaba el viajero que hubiera tantísimas montañas en las Tierras Altas de Escocia. A vista de pájaro el panorama puede parecer el de unos pequeños Alpes verdes. Triste que los soldados españoles ascendieran hasta su pico sólo para morir o ser hechos prisioneros. De  haberlo sabido a tiempo, les hubiera dedicado una oración. Pobres compatriotas, caídos por la patria sin conseguir apenas mención en nuestra memoria histórica. Lo que le gustaría a don José Bono decir que la bandera de Ejjjspaña también hizo patria en Ejjjscocia. Lástima que todo quedara en otra batallita perdida.

Por cierto, que mucha novela de Walter Scott y mucho biopic heroico en el  cine, pero la Wilkipedia asegura  que Rob Roy salió de naja cuando lo vio todo perdido sin dar la cara, como se espera de un caudillo legendario. Así se escribe la historia. Eso sí: ¿sabemos quién cuenta la verdad?

3. Hoteles con el té en la mesilla de noche

La noche de la gran marcha por el campo de batalla, el profesor MacCrorie y este duende durmieron en Cluany Inn, único establecimiento hotelero en muchas millas a la redonda. La posada resultaba a primera vista tan solitaria e inquietante como aquel motel de carretera que regentaba Norman Bates.  Por dentro, como casi todos los hoteles modestos del Reino Unido, ambienta al viajero en una confortable atmósfera  de lavanda, perfume de margarina y de brown sauce y esencia de moho de libro viejo.

Las habitaciones de estos hoteles parecen a menudo decoradas por una prima de Agatha Christie estilista. No ha habido concesiones a la modernidad.  En ninguna habitación de ellos faltó, lamentablemente, la moqueta. Ni tampoco, afortunadamente, esa kettle con provisión de de te, chocolate o café soluble, a menudo acompañado por tres galletitas, para que el viajero pueda tomarse un primer desayuno o una discreta merienda en su habitación. Ese detalle le reconcilia a uno con la hostelería británica, manifiestamente mejorable en su cocina a partir de la hora del apetecible breakfast. Los herederos del Imperio han saqueado para sus museos pirámides, templos griegos y restos arqueológicos de medio mundo. Pero han sido incapaces de hacer suya alguna gracia gastronómica foránea que pueda alternar con su roast beef  con verduras hervidas y su sheperd´s pie. Supone uno que siempre se sintieron demasiado superiores como para admitir que otros puedan tener mejor gusto que el suyo.

En el cajón de todas las mesillas de noche siempre esperaba una Biblia. Al huésped de aquel Cluany Inn le hubiera gustado leer algún texto sagrado antes de dormirse, por si luego aparecía la madre de Norman Bates y le apuñalaba como a la bella viajera de Psicosis. Mejor tener algo que comentar con  Dios por si a uno le asesinan una noche de verano.  Pero no lo hizo: estaba tan cansado, que después de la ducha sólo pudo cerrar los párpados  y soñar que, entre el deporte, la naturaleza y la historia, había vivido una jornada inolvidable.

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