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Farrah Fawcet y Michael Jackson: “sic transit”…

Desde aquí, dice la tía Clota que se percibe menos lo efímero de la gloria terrenal...(foto de FREDERIC ALVAREZ)

Desde aquí, dice la tía Clota que se percibe menos lo efímero de la gloria terrenal...(foto de FREDERIC ALVAREZ)

Dice la tía Clota que Jerome, el hijo de Thelma, se ha negado a abrir la tienda de la gasolinera  de Tinmouth, Rutland County, Vermont (USA). Trabaja, o trabajaba ahí, No es otra consecuencia más de la virulenta crisis económica. Según interpreta Homper, el cartel que ha colgado en la puerta equivale a ese cerrado por defunción que antiguamente se colocaba en los pequeños comercios.

-Ha sido demasiado, sobrino-le aclaraba –En una misma semana mueren Farrah Fawcett y Michael Jackson. Y no sabes lo que eso puede significar para este pobre chico.

La tía Clota dice que Jerome no es precisamente un chico normal. Un chico, para la tía Clota, puede ser un hombre que no es de su edad. Y Jerome, que ya ha cumplido los cincuenta y pesa ciento veinte kilos, se ha distinguido siempre por esa vehemencia inocente que a veces distingue a los hijos del tío Sam. Quiso ser, sucesivamente, globetrotter, pastor evangelista, angel del infierno, pintor en Marruecos y novelista. La única novela que presentó a las editoriales se llamaba El guardián entre la cebada, que era exactamente igual que El guardián entre el centeno salvo el cambio de cereal, que a su juicio dotaba a su obra de una intención crítica muy digna de elogio. Los editores, tan cortos de miras, se la tiraron a la cabeza. En vista de lo cual Jerome se encerró en el garaje de la casa de sus padres y se pasó dos años tratando de inventar el sándwich del siglo, que era un sándwich de una pasta que fundía el sabor del hot dog con el de la Coca-Cola, y que debía ser servido envuelta en una servilleta con las barras y estrellas. Tampoco se encontró a sí mismo en este intento y abandonó sus experimentos. Luego se casó con una negra de Missouri, que le abandonó aduciendo que le engañaba: Jerome se iba a pescar y jamás traía ningún salmón. De nada sirvió que alegase en el tribunal que siempre iba a pescar fuera de temporada. La esposa de color de ébano le despidió de mala manera, porque estaba probado que le engañaba. De repente se vio solo, desesperado, y se hizo fetichista. Por las noches de verano, cuando ya había cerrado la tienda de la gasolinera, último puerto donde ancló su alma errática, miraba las estrellas y después de contar las cincuenta primeras, que reservaba para la bandera de su patria, sólo veía las caras de esas estrellas que redimen a los mortales de sus miserias.

-Pobrecillo-comentaba la tía Clota- Aún está en esa edad en la que crees que los ídolos populares te hacen mejor…Y claro, perder en una misma semana a una belleza como Farrah y a un artista como Michael Jackson…

A Homper le sorprendió la crudeza del análisis de la tía Clota. Recordó que a él también se le abrió el mundo bajo sus pies cuando murieron Pier Angeli y Audrey Hepburn.

-¿Sabes?-desvió la conversación-Me fui de viaje a ver unos amigos que viven en un pueblecito del sur de Francia …Me llamó la atención lo entrañable que era la plaza de su pueblo, y el interés con el que observaban a una pareja de mirlos que han anidado a sólo tres metros de su ventana…

-Eso es otra cosa –subrayó la tía Clota- Ver pasar la vida no es lo mismo que lamentar que sic transit gloria mundi.

Y se despidió porque, según dijo, el brownie que tenía en el horno se le estaba pasando.

Yo quiero un paisaje con burros

Cuánto más bonito es un paisaje con burros que sin ellos...Sueña a veces el Duende que es multimillonario. A lo bestia: estratosféricamente mega-rico, insultantemente poderoso. La sabiduría popular lo dice: pagando, san Pedro canta. Y ante tantas posibilidades de disfrutar de la vida como ofrece el club de los Bill Gates, Warren Buffet, y Amancio Ortega, se le plantea  al hombre el problema de jerarquizar los caprichos. Con lo poco acostumbrado que está al dinero.

Quién sabe por donde empezar. ¿Emprender una expedición a la Antártida con el mago Tamariz al cuidado de los perros y los trineos? ¿Contratar un crucero de lujo hasta el Perito Moreno exclusivamente para sus amigos inclyendo además a Cristine Scottt-Thomas y Naomi Watts? ¿Comprar un ático en Ile de Saint Louis y llenarlo de libros, instrumentos de astronomía antiguos y juguetes de hojalata comprados a los mejores coleccionistas? ¿Construir una sala de conciertos junto a su cuarto de baño y crear el Festival de Música para el WC ennobleciendo así eso tan poco honorable que es aliviarse? Qué placer, qué categoría: sentarse a despachar con el Sr. Roca mientras al lado la Filarmónica de Berlín interpreta la Obertura 1812 de Tchaikowsky o    La cabalgata de las valkirias de Wagner, músicas incidentales muy apropiadas para la ocasión. Ah, se le olvidaba, otro capricho aún más rebuscado y exquisito: remontar el curso del Nilo hasta sus fuentes tomando gin tonics  en unas andas con aire acondicionado que son llevadas por Cristiano Ronaldo y Kaká vestidos a la federica. Tampoco es que sean sueños tan extravagantes. Lo que ocurre es que a los ricos de siempre les falta imaginación, y siguen la misma receta de lujos y de placeres prohibitivos. Qué falta de personalidad.

Sin embargo el sueño de esta noche fue mucho más pobretón. El Duende sólo llegaba a millonario normalito que compra un buen cuadro en una sala de subastas. El problema de elección esta vez surgía en torno a dos lienzos. Uno de ellos era un óleo  de Camille Pissaro que representaba un paisaje con un camino blanquecino flanqueado por sendas hileras de chopos. El otro, un lienzo de las mismas medidas y parecida coloración de Darío de Regoyos,  ofrecía un panorama muy similar. Donde el francés ponía chopos, Regoyos habían pintado quizás robles y castaños. Había otra gran diferencia. Por el camino del pintor vasco iba un hombre llevando del ramal a un borriquillo. El Duende se quedaba con el segundo cuadro. No porque fuera mejor pintado, ni más asequible. Sino porque era un paisaje animado. Nunca entendería a los que, en la misma tesitura, eligen lo primero.

Es terrible cruzarse media España en un viaje y comprobar, por ejemplo que en el inmenso solar que media entre Madrid y el pueblo turolense de Alcañiz uno no ha visto ni un burro. El campo de hoy que no se ha vendido a los polígonos industriales es un puro desierto de vida animal. Tampoco vio el Duende ninguna otra caballería. Es más, ni siquiera una vaca, o una cabra, o una oveja. Eso sí, muchas alquerías ruinosas, majadas semiderruidas, casas que antaño fueron ocupadas por labriegos y que hoy sólo alojan fantasmas del pasado. En lo alto de un risco del Maestrazgo, en una carretera jalonada por preciosas iglesias mudéjares, sí alcanzó a distinguir a un buitre. ¿De qué se alimentará la criatura?

Otro más de los muchos problemas que asedian a los sabios arregladores del mundo. Además de cambiar el modelo económico, combatir el cambio climático y otros marrones, problema nº 325: cómo reanimar el campo en un país que, como España, tiene tanto y, sin embargo, se ha olvidado del mismo.

Espíritu de croqueta, alma de esponja

Así, pero sin colores otoñales, vieron la Abadía de san Martín del Canigó Lola, Fred y el Duende

Así, pero sin colores otoñales, vieron la Abadía de san Martín del Canigó Lola, Fred y el Duende

Anotador inseguro de lo que ve y lo que siente, el Duende cree que de vez en cuando viene bien acuñar una frase, o colgarse de algunos versos ya famosos. Los más socorridos son los del poeta Paul Éluard: hay otros mundos, pero están en éste. Interprétense como se quieran.

Mientras hacía camino, como un viajante de comercio jubilado y nostálgico, por algunas carreteras y desfiladeros gloriosamente perdidos en la geografía del Pirineo oriental, el Duende arrimaba el ascua a su sardina. Puede haber otros viajes, pero el gozo lo llevo dentro. Y descubrir que ese rincón, tal vez desconocido para la mayoría, me estaba esperando para sorprenderme con su belleza tan humilde y poco pretenciosa me llena de felicidad. Hay otros mundos más espectaculares. Pero también más concurridos, y por tanto menos interesantes. Las auténticas estrellas de lujo son las que  da el sosiego y el silencio.

Atravesar la Cerdaña, entrar en el Rousillon francés por una puerta estrecha y como olvidada del tiempo y de la grandeur, peinando carreteras descarnadas y atravesando pueblos grises, desportillados y con apariencia fantasmal, reptar por puertos que deslomarían al Bahamontes de hace medio siglo –en ese momento parece anclada esta región- meditar sobre el peso del tiempo y la levedad del ser en la Abadía de San Martín del Canigó. Y al final del camino, al pie de este monumental macizo, encontrar reposo en la casa de unos amigos que el Duende encontró en este blog. Las fotos se perdieron en los recovecos imposibles de su cámara digital, pero las impresiones permanecen.

Frases. Ya sean los mundos del poeta, o cualesquiera otros por los que aún pueda rodar, este Duende propone verlos con espíritu de croqueta y alma de esponja. Rebozarse en las tierras que pise. Que toda hermosura, por pequeña que sea, se le imprima, le esponje el alma y pueda contarla a su manera. Animando tal vez a algún curioso a comprobar  que el mejor viaje, a veinte kilómetros o en el cabo de Hornos, es preparar la mirada.

Con un pie en el estribo

Road Movie

Habrá que dar explicaciones.

Por una parte, el ordenador empieza a hacer sus extravagancias. Ahora, cada vez que el Duende lo enciende, le sale uno de esos avisos inquietantes que lanza no el Gran Hermano, sino el Hermano Cabrito en que se ha convertido la informática. Después de haber trabajado con  el aparato sin cables durante el fin de semana, el primer mensaje, sobre fondo oscuro y con esa tipografía de vieja máquina de escribir con que suele avisarte de las meteduras de pata, dice que por culpa de la batería –no se sabe qué tendrá que ver el culo con las témporas- debe apretarse la tecla a  F1 para empezar a operar. Lagarto, lagarto. Además se ha desformateado –perdón por el palabro- el correo. Y también le han salido nuevas ventanas, trámites, trampas, putaditas para entrar en nternet. Todas estas irregularidades le asustan al Duende. Le parece la nueva versión de ese terror psicológico del que tiran ahora las películas de miedo como El sexto sentido.

De otra parte, finist est Carcajada. O, como poco, cerrada hasta septiembre. Váyase a saber si es la crisis, el tedio o la necesidad de refrescarse. Ya no hay que grabar todas las mañanas. Ya no es indispensable estar en casa.

Finalmente el Duende se escapa. Del calor, de Madrid, de todo lo demás. Y emprende viaje al feudo de los que aquí llamaban  la reina del bosque, que también conocidos como Lola y Fred. Lo primero suena a película de Walt Disney , lo segundo a película de Fellini. Aunque al final vaya a ser una road movie, una de esas historias donde el protagonista es precisamente el viaje.

El Duende mete en la mochila el ordenador. Y procurará no ausentarse demasiado: el silencio es la agonía. Pero el viajero propone y Dios dispone. Intentará seguir escribiendo. Así y todo, y por pura deformación de  lo que casi fue una profesión, escucha la radio mientras escribe este post. Caso Gürtel, Ahmadineyad, otro zulo de ETA, nuevas boqueadas de la crisis, Villa se aleja del Madrid…Qué aburrimiento.

Y el níspero de ayer ya no tenía más jugo. Hay que ver nuevos horizontes.

Ser más breve para evitar no ser nada

El Duende tendría que hacerle caso y ser más breve...

El Duende tendría que hacerle caso y ser más breve...

Quizás olvida el Duende lo que aprendió de Gracián en el bachillerato. La Historia de la Literatura de Díaz-Plaja, contaría sin duda mucho más, pero la frase que se le atribuía a don Baltasar era tan fácil de entender y recordar que fue lo único que se le grabó, junto a esta misma estampa de clérigo con bonete. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Así despachaban al conceptismo.

Y quizás se niega a aceptar que el lenguaje de Internet debe ser, sobe todo, conceptismo.

¿Tiene tiempo el lector para recrearse en la forma? ¿Prende la literatura en el lector cuando le llega en este soporte? ¿Se asoma éste a la red para informarse o para pasarlo bien? ¿No será que la clave del éxito de una web y, desde luego, de un blog, es la brevedad? El caso es que tras el sarpullido de la novedad que aportó este invento, los cuadernos de bitácora personales se van apagando.

Ayer se enteraba el Duende de que Maria Amelia Sánchez, la bloguera gallega que consiguió atraer lector por millares contando Mi vida a los 95 años, cerraba su blog definitivamente. Como avisaban antiguamente los letreros del comercio, por defunción. Tuvo éxito por lo insólito: una anciana que se atrevió a manejar una herramienta de comunicación que es, sobre todo, joven. Seguro que su blog le habrá ayudado a morir feliz. Más triste se presenta el cierre del blog de Eduardo Madinaveitia, otro fenómeno de la red que abandona su página, dicen, por las presiones de un grupo de comunicación. El Duende no cree eso. Al aludido grupo, que es PRISA, le sacuden a diario voces y plumas más conocidas y de más largo alcance. Un blog sólo hace cosquillas. ¿O no?

Verán, ha llegado el calor y al Duende le sorprendió con la cama aún vestida de edredón. No ha dormido bien. Inopinadamente, y como consecuencia de una conversación reciente en la que se abordaba el tema de los hombres que cuidan su aspecto personal, soñó que era pianista de hotel, y que aspiraba a ser contratado en el Hotel Carlton de Cannes. El director le hacía una prueba en un piano que estaba en la terraza, al aire libre. Y mientras iba tocando ese continuo de melodías románticas como La vie en rose o Les feuilles mortes que tanto le entusiasman, sentía que el calor y los nervios perlaban su frente con gruesas gotas de sudor. Y que el tinte ala de cuervo con el que disimulaba la nieve de su cabellera se diluía en espesos churretes como los del profesor Von Aschenbach de Muerte en Venecia. Qué vergüenza. Qué humillación. Qué mal rato.

Y qué fiasco. Porque el puesto se lo daban a otro candidato más joven y metrosexual que iba de musculitos de gimnasio depilado, se daba cremas y, para quitarse el cuidado, llevaba el cráneo afeitado como una reluciente bola de billar. Para ser justo, es cierto que también fue más breve, como debía ser este blog. Y en un pispás supo pasar de un nocturno de Chopin a Macarena.

El Duende quiso suicidarse en el mar al modo de Alfonsina Storni, y se ató al cuello el pesadísimo pie de una sombrilla. Pero la playa de la Croisette es mansita y tiene muy poco fondo, y sólo consiguió que las  pequeñas olas terminaran de disolver el negro de su cabellera, como un calamar que suelta su tinta para ocultar su edad.

Una cena en la Ribeira Sacra

Al final de un camino como éste se divisa el pazo...

Al final de un camino como éste se divisa el pazo...

De vez en cuando el Duende tiene la suerte caer en una cena de esas tan interesantes  que parecen de película. Más exactamente, de película de Eric Rohmer o de Chabrol. Una cena en una casa de muchos siglos restaurada con cariño, buen gusto y cierto atrevimiento. Fue en viejo pazo gallego en un campo de idílica belleza, asomado a la Ribeira Sacra lucense, en el término de Ferreira de Panton, entre castaños, robles, fresnos y auténticos bosques de retamas que en primavera alegran el verde intenso con sus crestas amarillas. No se debe quedar uno en lo insólito del escenario, -el marco incomparable, que diría el cronista- en la calidad de la mesa  y en el bouquet especial de los vinos. Aunque, como en este caso, sean producidos por los propios anfitriones y en los viñedos de la propiedad. La gran diferencia, como casi siempre, son las personas.

La que había convidado a los buenísimos amigos que, a su vez,  habían invitado al Duende era Isabel Aguirre de Urcola, una arquitecta que es Premio Nacional de Arquitectura. Entre otros muchos trabajos que la han acreditado como urbanista y paisajista de primer orden, Isabel ha diseñado junto con Alvaro Siza el Parque Bonaval de Santiago de Compostela, así como los Parques Oeste Vale/Grande y Sul de Lisboa. Isabel era además profesora de la ETS de Arquitectura de La Coruña ( que, por cierto, ya no se sabe si es con La, con A o sin artículo alguno, como ahora proponen algunos puristas). Lo admirable deIsabel es que comenzó a estudiar la carrera de arquitectura a los cuarenta años. Ya no da clases porque, pese a su figura de actriz y su cutis de jovencita,  ha cometido el error de superar la edad de jubilación.  Para más osadía por su parte, es de las que se molestaba cuando un alumno escribía con faltas ortografía. Y de las que levantan la voz cuando una de esas maquinotas-destroyer de obras públicas arrambla con los muros de piedra centenarios de una corredoira para ampliarla y permitir así que los coches de los aldeanos atraviesen el bosque sin arañarse la carrocería, que sufre tanto. O sea, una provocadora.

-¿Pero habéis sometido el proyecto a información pública y pedido el informe de impacto ambiental?- le preguntó al Conselleiro de Medio Ambiente, a la sazón del Bloque cuando vio aquella tropelía paisajística que, por lo visto, requería el progreso.

-¡Mujer!-se excusó el baranda-Es que si seguimos los trámites legales no podemos hacerlo, como quieren los paisanos…

O sea, razón de estado y aguantoformo. Si antes teníamos que soportar las melonadas del gobierno central, ahora debemos añadir a éstas las de diecisiete gobiernos autónomos. El protagonista de Las siete columnas, una de las mejores novelas del gran novelista gallego Wenceslao Fernández Flórez, se llamaba precisamente Acracio. A lo mejor era porque estas cacicadas invitan a ser ácrata permanente.

Así y todo Isabel proyecta una imagen de felicidad que se respiraba en la cena y que parece ser la argamasa que une los sillares del vetusto pazo. Es tan buena anfitriona que hasta dijo que añoraba a Doña María, cosa que al Duende le llenó primero de estupor, y luego de indisimulable orgullo. Tan lejos han llegado esos muñecos radiofónicos a los que daba un poquito de cuerda todos los días. Alrededor de la mesa se sentaban sus hijos, los amigos que nos llevaron allí y otros invitados, se oían voces de nietos y también rondaba un perrito parecido al de la Reina de Inglaterra. La hospitalidad era tan natural que el Duende, que había recorrido la finca con un calzado inapropiado para un día de lluvia y se había calado los pies, perdió la vergüenza y le pidió a Antonio Yordi, el hijo de Isabel, un par de calcetines secos.

-Es porque el enfriamiento se me va a la garganta-se excusó.

Nunca pensó que se atrevería a hacerlo, pero si no se cambia los calcetines hubiera perdido la voz. Y no hubiera podido contar hoy que fue una noche muy grata, y que sólo le faltóaprovechar  las parladeiras, unos poyetes de piedra encastrados en el muro de poniente de los pazos donde los gallegos se sentaban a hablar mientras tomaban hasta el último sol que entra por la ventana. Otra vez será. Si Dios y la ilustre arquitecta gallega quieren.

Cómo hacer fotos imborrables

Cabo Vidio, como lo vio el autor de esta foto. A Homper le pareció otra cosa...

Cabo Vidio, como lo vio el autor de esta foto. A Homper le pareció otra cosa...

No lo pudo aguantar por más tiempo. Recordaba Homper haberse hecho una foto de niño a las puertas del Retiro. Había allí un fotógrafo prehistórico, con bigote y bata blanca, de aquellos con cámara y trípode que se refugiaban en la oscuridad de una lona para decir mira niño, que va a salir un pajarito. Disparaba y sonaba el click, y el niño Homper quedaba para la posteridad con su cara redondita y sus ojos de `pez bobo, subido a lomos de un caballo de cartón. Como un generalito que no sabe a qué guerra va.

Se acordó de la foto, y del caballito. Y de otra fotografía que se hizo allí de soldado, dentro de un corazón traspasado por la flecha de Cupido, y que él, en un alarde de audacia, envió a su compañera de facultad Paquita con esta leyenda: Adivina en quién pensaba este soldado. Vano intento. Paquita ya se daba unos filetes de época a la sombra de los rododendros del jardín trasero de la facultad con el más estirado del curso, que luego sería notario de Mercedes y safaris. Tanto romanticismo para nada.

Se acordó de todo eso cuando un día, paseando por la puerta de Alcalá vio a tres vacas de colores de la Cow Parade. Y le vino el deseo de hacerse una foto junto  a ellas, con el Retiro al fondo y en el mismo lugar que antaño ocupaba el caballo de  cartón. Eres más parado que el caballo de un fotógrafo, se decía. Acababa de descubrir que su teléfono móvil  incorporaba una pequeña cámara de fotos con la que pidió a un turista que le retratara. Luego, en su conversación a distancia con  la tía Clota., le mostró la foto en la pantalla del ordenador.

-¿Tú también, sobrino?

Como de costumbre, Homper se quedó perplejo con la reacción de su tía.

-¿También perteneces a ese grupo de gente que lo fotografía todo?-insistió la anciana.

No era Homper especialmente aficionado a la fotografía. Pero en este caso  había querido rendir un homenaje al fotógrafo de su propia infancia, cambiando el caballo de cartón por las vistosas vacas que adornaban Madrid.

-¿Te parece mal?-preguntó el hombre sin poder ocultar su decepción.

-Me parece… Hacer fotos a tontas y a locas…Si no las ordenas, ¿cómo verlas?… Mira Hom…Tengo por ahí fotos de toda la vida. Desde la clásica desnudita de bebé hasta la del último viaje con tu tío Oscar, en las cataratas del Niágara…Yo primero las pegaba, luego las metía en cajas y finalmente pasaba de ellas…Ya se que ahora se pueden guardar en el ordenador, pero yo nunca lo voy a abrir para eso. Así que ahora sólo hago fotos con mis ojos y las archivo en el recuerdo.

No era tan mala idea. Pensaba en lo que había vivivo este fin de semana en la costa asturiana, al pie del faro del cabo Vidio. Un sol resplandeciente, nordeste, la mar brava bañando de espuma los acantilados y algunas florecillas moteando de color el espeso manto verde del suelo. No era sólo un cuadro espléndido, era el vigoroso golpe del viento en la cara, la luz única, la inmensidad del horizonte y las sensaciones que todo eso despertaba. Tenía razón la tía Clota. Para un instante imborrable no hay mejor cámara que la mirada, ni más fiel archivo que la memoria.

La novela que no pudo escribir Corín Tellado (2)

...Y siguió viendo a Esmeralda en las olas de aquel mar embravecido...

...Y siguió viendo a Esmeralda en las olas de aquel mar embravecido...

(VIENE DEL POST ANTERIOR)

Aquella mañana el corazón le dio un vuelco. Se había llegado hasta el cabo un flamante Mercedes, del que se apearon cuatro niños y dos personajes que él identificó como sus antiguos compañeros de facultad.  Mientras los niños jugaban con la videoconsola del automóvil de lujo, Rodrigo y Esmeralda se asomaron a la barandilla del mirador para ver la rompiente enfurecida. Aún mirándoles discretamente camuflado, nuestro héroe leyó en sus labios una conversación no por breve menos reveladora.

-¡Qué bonito y eterno es el mar!, ¿verdad?-dijo Esmeralda.

-Para bonitas y eternas, las vajillas de Porsesa, cariño-replicó él-¿Te has fijado que los bucles del Cupido que adorna el modelo Amorosa que usamos cuando hay invitados siguen luciendo el oro del primer día?…

A nuestro héroe se la cayó el alma a los pies. Vio el gesto de educada resignación de la bella Esmeralda y se maldijo así mismo por no haberle declarado su amor en el mismo momento en que encontró el mejillón en el fondo de su taza de café con leche.

En sus contados viajes a la ciudad, se documentó sobre la vida de su antiguo amor. Mientras Pedro seguía haciendo cábalas sobre el arte de la seducción, siguió sus pasos, buscando en ellos consuelo y algo de pasión atenuada. Averiguó dónde vivía Esmeralda con su marido, dónde estaba el despacho de éste, a qué colegio iban sus hijos, en qué villa veraneaban. Un día, en la sección de sociedad del periódico local que le llegaba al faro dos días después, leyó que el notario Rodrigo Miramolín de Oñoro, presidente y principal accionista de PORSESA había fallecido de un infarto de miocardio. Se le disparó el corazón: era el momento de dar curso tardío a su amor por Esmeralda.

Y entonces recordó que Corín Tellado, que vivía  no lejos de su faro,  había escrito nada menos que cuatro mil novelas románticas, todas ellas de gran  éxito. Pensó que a lo mejor, si le ofrecía el tema para la cuatro mil una, ella a cambio le aconsejaba qué paso seguir para poder sellar su historia de amor con Esmeralda, ya no le importaba nada la cursilada del nombre. Le escribió una carta contándoselo todo. Estaba dispuesto, incluso, a omitir la anécdota del mejillón en el café con leche, por no faltar a su perfumado estilo. Corría el mes de abril de 2009.  Corin Tellado nunca llegó a leer la carta. Cuando la repartió el carter,  la novelista romántica más leída acababa de morir.

A partir de entonces, Pedro se encerró en su faro y pasó el resto de su vida amando a Esmeralda en las olas del mar. De vez en cuando le torturaban los versos que García Lorca dedicó a Ignacio Sánchez Mejía. Descansa, Ignacio, también se muere el mar. Pero Federico no era más que un poeta, y decía muchas tonterías. No como Corín Tellado, que sabía que el mar permanecerá mientras haya vida, y que hubiera escrito del farero Pedro y de la bella Esmeralda una historia sencillamente inmortal.

Mozart en Candeleda

La Iglesia Parroquial donde se escuchó a Mozart, según versión del pintor local Juanra

La Iglesia Parroquial donde se escuchó a Mozart, según versión del pintor local Jua.Ra

Aunque su autor no es santo de la devoción de la crítica, probablemente la película que mejor refleja lo que debió de ser la pasión de Cristo es la que filmó  Mel Gibson. Tan fiel fue a lo que significa la palabra pasión/padecimiento, que sus escenas de extrema violencia suscitaron el rechazo del mismísimo Vaticano, al que por lo visto le horrorizaba ver en carne viva que el fundador de su Iglesia hubiera sufrido tanto. Quizás era un contraste demasiado evidente con la vida muelle que hoy tiene que llevar la alta curia.

No eran estos los únicos detalles de respeto de Gibson por el relato evangélico. En la película, que en España no fue doblada y se estrenó con subtítulos, los judíos hablaban arameo, y los soldados romanos latín clásico. El Duende creía que latín era lo que le enseñaba el padre Cayo, un robusto marianista que recitaba los versos de la Eneida con la voz estentórea de un sargento de cuchara. A pesar del su entusiasmo, la pronunciación del bueno del padre Cayo distaba de la correcta. Según le aclaró años después al Duende un catedrático, la c latina no se decía en la antigua Roma como nuestra ch, sino como nuestra q. A tenor de esta regla, el sanctus de la misa no debe sonar gloria in exchelsis Deo, sino gloria in exquelsis Deo.

 Ese detalle lo observaban escrupulosamente los romanos de la película de Gibson y lo ignoramos olímpicamente todos los que cantamos música sacra en coros. Con la sorprendente excepción del Coro Polifónico de Candeleda, que anoche inició las celebraciones de la Semana Santa con un concierto de un nivel que este menda no podía siquiera sospechar.  El mismo pueblo que va de rondalla  y se desgañita en las capeas o gritando al toro de fuego se convierte en un milagro de sensibilidad  cantando con exquisita dicción no sólo seis comprometidos números del Réquiem de Mozart, sino piezas de auténtica orfebrería polifónica. Desde el Ave María  del padre Tomás Luis de Victoria a un motete delicadísimo de Christopher Tye, compositor inglés del siglo XVI que, desde luego, el Duende desconocía.

El prodigio se debe en buena medida a José Antonio Muñoz, un músico de Huete,  provincia de Cuenca,  que ha recalado por la zona. Nadie sabe con qué trabajo y qué dotes de persuasión ha conseguido inocular en la gente del lugar su amor a la música. El Duende confiesa que escuchar a Nines -la carnicera con la que normalmente trata de chuletitas y carrilleras-cantando el Lacrimosa del Réquiem mozartiano en vísperas de la pasión de Cristo, hace más por su devoción que muchos de esos desfiles procesionales que embriagan a multitudes. Todo colabora: mientras sonaba esa música coral, contemplaba el magnífico retablo de cerámica talaverana del siglo XVI que es la joya de la Iglesia Parroquial. Artesanía popular y música sublime cantada por los mismos que uno se encuentra por las calles del pueblo. Esos hilvanes acaban cosiendo muchos desgarros del alma, y ayudan alguna luz en las tinieblas.

 Entretanto, de cumbre en cumbre, Zapatero pasea su orgullo porque España se ha sentado en la codiciada mesa del G-20. Es un punto de vista. Otra medida del progreso es ver que Mozart y compañía se puedan presentar en Candeleda y cosechar tantas ovaciones como Bisbal. Como diría el tío Jacinto, que fue guarda jurado por estos pagos, Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo…

La Velo Solex

¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?...

¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?...

De vez en cuando aparece una pavesa  del pasado y nos recuerda que el tiempo vuela. Suele ser un flash amable, porque la memoria es selectiva, y borra fácilmente las huellas tristes.  Hace unos días el Duende evocaba cómo a los diecisiete años dio en la mesa de trabajo de compañero Pepe Cruz Novillo con  un juguete ya imposible de encontrar en las jugueterías.  Era el autobús de hojalata de RICO, amarillo y rojo, tan patriótico, tan sencillo, tan bonito. A esas alturas de la vida, se había convertido casi en una antigüedad. Fue verlo y emprender lo que Marcel Proust describía tan minuciosamente después de morder la magdalena famosa. O sea, la búsqueda del tiempo perdido.

El Duende tiró de él con un cordel invisible que arrastraba una ristra de juguetes ya fuera del mercado. Otros amigos suyos miran a otro tipo de juguetes. Manuel Gasset, por ejemplo, pertinaz conservador de todo brillo crepuscular, mima con esmero un precioso Morris Minor de mitad del siglo pasado. Es de color verde, coqueto y proporcionado, fiel representante de una estética donde el utilitarismo todavía convivía las formas clásicas de las berlinas. Se abrían sus puertas y de él podía salir David Niven, Trevor Howard o James Mason, galanes ingleses de la época. Hoy el que sale -y sólo en ocasiones solemnes, como bodas y bautizos- es Manuel. Peina y viste más o menos como aquellos, porque sigue mirándose en los escaparates de Saville Row, pero se ve que es actual porque ahora lleva en su coche joyita un GPS. Renovarse o morir.

Este puente Manuel y Tatala, su encantadora y más que santa esposa, le habían invitado al Duende a  su bonita casa de San Sebastián. Oficialmente el pretexto era disfrutar de unos días que el INM pronosticaba soleados y tranquilos. La realidad es que Manuel quería pasar a Francia y rescatar ese ciclomotor prehistórico cuidadosamente restaurado por un manitas en Bayona. Como el Duende  también tiene el MNI  (Mastes en Nostalgias Inútiles), aceptó de buen grado.

Esta bicicleta con motor que transmite su potencia a la rueda delantera es negra, y  tiene una estética parecida a la de las hormigas voladoras. En realidad se asimila más a aquella motocicleta con la que los héroes del Alcázar de Toledo molían la harina para hacer el pan que a otras míticas, como las  de Easy rider o aquella otra con la que se fugaba Steve Mac Queen en La gran evasión. Pero las motos antiguas, como los juguetes, quedan en el corazón por los recuerdos que traen del pasado. Y el Duende no olvida la envidia que le daba otro amigo de los veranos de la infancia, también llamado Manuel -más bien Manolón- propietario de una Velo Solex en la que iba de Madrid a Arenas de San Pedro. Tardaba cinco horas por la carretera Alcorcón-Plasencia , y viajaba, naturalmente, sin casco, porque no era obligatorio, y no había mayor placer para el motorista que sentir el golpe de aire en la cara y respirar así  la libertad.

Claro que entonces éramos más que jóvenes. Y a ver quién le explica a Manuel Gasset que, a la velocidad de su flamante Velo Solex, es difícil volver atrás por el túnel del tiempo.

Paseando por la Ruta del Colesterol

Qué estarán pensando esos que nos cruzamos cuando caminamos...

Qué estarán pensando esos que nos cruzamos cuando caminamos...

Una carta  no publicitaria ni encerrada en el sobre de un organismo oficial era ya un suceso en la vida de la tía Clota. La última que había recibido venía fechada en su pueblo natal, allá en la provincia de Granada. Era de Vidal,  el hijo del peluquero. Y le decía que aunque el pueblo seguía careciendo de depuradora para las aguas residuales, había inaugurado un flamante camino peatonal que rodeaba la villa, bordeaba el río a lo largo de seis kilómetros y estaba flanqueado por árboles de nueva plantación. La nueva ruta turístico/ deportiva ofrecía bancos para sentarse a tomar el sol y aparatos de gimnasia, para aquéllos que quisieran seguir un programa  de mantenimiento.

-Estaba encantado- recordaba la anciana a su sobrino Homper- También  estaba orgulloso de que  en la entrada del pueblo unos flamantes carteles anunciaran que el viajero entraba en un municipio no nuclearizado, hermanado, además, con una villa sueca de nombre imposible. Y que en el paraje del Canchal, donde hay un bosquecillo de pinsapos, hubieran creado un Centro de Interpretación de la Naturaleza…¿Es que a la naturaleza hay que interpretarla? ¿No sería más útil lo de la depuradora?

Homper le recordó que desde que ella se marchó a vivir a Estados Unidos, los pueblos de España habían cambiado mucho. El milagro de los Fondos de Cohesión, de los FEDER y de esa chistera que los alcaldes encuentran en el endeudamiento público. Cualquier villa gozaba ya de biblioteca pública, de polideportivo y, sobre todo,  de piscina municipal. Aunque, efectivamente, aún había muchos que carecían de depuradora.

-Pero la verdad es que esos caminos peatonales han tenido mucho éxito -le contaba  Homper a su tía- Se llenan de hombres y mujeres que antes  no habían dado un paso y que ahora hacen deporte y creen que además prolongan su vida. En algunos sitios les ponen nombres graciosos. La ruta del Colesterol, la Alameda Coronaria, el Paseo de los Infartados…

Homper  le confesó a la tía Clota que él también ha comenzado a andar a cien pasos por minuto, el ritmo que le recomendó el cardiólogo. Su gran  problema es que no sabe qué cara poner mientras camina. Observa que la mayoría de los paseantes con los que se cruza lucen una expresión seria, con el ceño fruncido y un rictus de determinación en los labios, como si hacer kilómetros fuera un empeño que va a salvar el mundo. Y no quiere tener esa cara.

-Ya lo habíamos pensado nosotras -dijo Clota refiriéndose a ellas y a sus amigas-Nosotras también paseamos, ¿sabes?…Para lo de la osteoporosis…Y cuando vemos a alguien de lejos, jugamos a ponerle cara…Ese se parecerá a Henry Fonda…Esa, a Katherinne Hepburn…Ese seguro que se da un aire con Sean Connery…Luego, al cruzarnos con ellos, acaban siendo muy vulgarcitos, pero hasta ese momento nos mueve la ilusión, y pensamos que estamos más monas…

Este puente los nuevos caminos peatonales se habrán abarrotado de paseantes. Bonita experiencia interpretar sus rostros mientras caminan. Qué pensarán, qué querrán decir con su gesto. Y cómo nos verán cuando, cruzándose con nosotros, comprueben que tampoco sabemos con seguridad de qué huimos y adónde vamos.

Cuando lo pequeño es lo más grande

Algunas cosas pequeñas nos pueden parecer grandes...

Algunas cosas pequeñas nos pueden parecer grandes...

Nunca sabe uno qué importa más, si lo que pasa o lo que nos pasa. A veces nos pasa algo pequeño, acaso insignificante para la mayoría. Y para nosotros eso es lo grande, lo verdaderamente importante.

Estaba el Duende encantado porque al fin Paco Gil había abierto su Casa de las Flores de Candeleda al Museo del Juguete de Hojalata, y exponía en ella su propia infancia, Una infancia de hojalata. Fue un acto simpático, con encanto, como es esa casa convertida ahora en una versión lúdica de la de Hansel y Gretel, pero sin bruja. En ese cuento la casa era de caramelo, de chocolate, de golosinas. Aquí la ilusión es el juguete de hojalata, tan bonito, tan ingenuo, enhebrado con los sueños de un tiempo en el que un botón de ancla o la caja de hojalata de Laxen Busto o de las agujas de la Voz de su Amo, con el perrito escuchando el gramófono, eran un tesoro para un niño.

-Los he cedido para que los vea más gente-le comentó el Duende a Homper- ¿Qué sentido tiene guardar algo que te parece bonito si no puedes compartirlo con los demás?

-Bien pensado- dijo Homper- Además así no tienes que limpiarles el polvo.

En este caso el que se quedó perplejo fue el Duende. Incluso admitiendo que quitando el polvo de estos juguetes delicadísimos había arrancado la cola de un caballito o el la figurita del Espíritu del Éxtasis de un Rolls Royce que se habían enganchado en la gamuza. Un desastre.

En la inauguración intervino Javier Capitán, y estuvo sembrado. Es capaz de aplicar la enjundia de sus personajes a los juguetes de hojalata, a la física cuántica o al Código de Hamurabbi, y siempre logra sorprender. También acudió Raimundo Payá, uno de los herederos de la firma que para los amantes de los viejos juguetes de hojalata es casi un mito. Raimundo sueña con restaurar la fábrica de sus mayores, pero de momento se entretiene escribiendo en revistas especializadas y brujuleando por Internet. Le preguntó al Duende por Clota, esa anciana que de vez en cuando asoma por este blog.

-¿Dónde está?-se preguntaba-¿Cómo no ha venido, con la curioidad que tengo por conocerla?

Todos vemos el mundo desde nuestro particular punto de vista. El Duende y Paco pensaban que este fin de semana el mundo era un juguete de hojalata, pero la tía Clota estaba en otra cosa. Por ejemplo, hace un ratito le llamó Icíar, una compañera de estudios que vive en el País Vasco desde cuarenta años y no era feliz.

-¡Clota!-le gritaba por teléfono- ¡Que a lo mejor nos quitamos de encima al PNV!

-Caramba -respondió la tía-Pensaba que llamabas para decirme que ya ha florecido la mimosa.

Todo era verdad. Unas elecciones, un pequeño museo de juguetes de hojalata y la mimosa estallando en amarillo, precursora de la primavera. Pero es legítimo que a veces lo pequeño, siendo una ilusión tan nuestra, nos parezca lo más grande del mundo.

Todos damos la lata

imagen12El Duende se confiesa al modo clásico.

-Me acuso, padre de dar la vara de forma inmisericorde con lo que me obsesiona. Desproporcionadamente, reconozco. Me acuso de estar volcado en el Museo del Juguete de Hojalata.

Museo según la enciclopedia es un edificio o lugar destinado para el estudio de las ciencias, letras humanas y artes liberales, primera acepción. Y, en segunda, lugar en que se guardan objetos notables pertenecientes a las ciencias y artes, como pinturas, esculturas, medallas, máquinas, armas, etc. Parecía, en principio, pretencioso para esta causa, pero no. Entra en el etcétera.

Debería de ocupar su mente en otras cosas, pero velay que el próximo sábado su amigo Paco Gil y él inauguran en la Casa de las Flores de Candelada un pequeño museo cuyo principal contenido son los juguetes. Juguetes de otro tiempo, juguetes de hojalata. Y más juguetes que se siguen fabricando por el mundo con el mismo espíritu ingenuo e incluso con la misma matricería. Y dale que dale, no piensan en otra cosa.

-Me acuso, padre, de dar la lata, la barrila, la brasa, la paliza a todo el que pase a su lado con este monotema. Ponga penitencia.

Pero el cura ha sido indulgente. ¿Dar la paliza con tu tema? Eso es el pan nuestro de cada día. Este periódico, esta tele y esta radio lo dan con la corrupción del PP. Estos otros con la intolerable cacería de Bermejo. Aquellos con la incompetencia del gobierno para atajar la crisis. Aquellos otros con la obsesión de la oposición por distraer sus problemas internos aventando los pequeños deslices del gobierno. Los empresarios, con su lucha por el crédito y sus problemas laborales. Los jueces se quejan de la situación que les lleva a la huelga. Los cineastas lloran por su industria ruinosa. Los ecologistas por el desprendimiento de una gigantesca placa de hielo en la Antártida. Los hoteleros por el descenso de turismo.  Aquél con su handicap de golf, ésta con sus dolores de espalda. Cada loco con su tema. Y mi prima Tere con los discos verdes, que duran demasiado poco para  cruzar tranquilitos sin que nos arrollen los coches.

-Todos hablamos de lo nuestro hasta aburrir a las cabras -le dijo el cura al Duende con la absolución final- Así que no te aflijas, hijo si, en lugar de dar la lata, tú nos cuentas lo que fue tu Paraíso de hojalata…

El discreto encanto del invierno

Nada como ver nevar al abrazo del calor...

Nada como ver nevar al abrazo del calor...

Días duros para los aquellos que, como el Duende, tienen la costumbre de moverse sobre dos ruedas.

Un amigo ciclista le confesó una vez que antes de salir a pedalear bajo cero, se enfundaban sus partes pudendas en gruesos calcetines de lana. Primero los calcetines, y por encima las culottes, las mallas, el casco amelonado y todos esos aditamentos que hacen del ciclista el deportista menos favorecido por el atuendo. El no llega a tanto. Alguien le regaló una especie de manta-cobertor-impermeable para su Vespa, algo que en teoría hace el oficio de las antiguas faldas de la camilla y te protege de cintura para abajo. Pero como cualquier invento que se precie ahora, es tan complicado de montar que aún no ha sido capaz de estrenarlo. Esta vez ni siquiera vienen instrucciones en griego, en ruso o en sueco, tan útiles para el personal. Así que, manitas con muñones, desafía al frío con su pobre equipamiento personal y confirma que no hay beneficio más evidente del progreso que el agua caliente y calefacción. Marañón hablaba del dolor de muelas, que tampoco es mal baremo para visualizar lo agradable que es el siglo XXI. Imagínense el cuadro en una aldea medieval: el paciente aterido de frío, con un flemón, y el dentista preparando las tenazas para la extracción de una muela picada. Eso era vida.

El frío. Y pensar que uno es de los que, como Luis Buñuel, siempre tiene querencia por lo que los meteorólogos llaman mal tiempo: los días cortos, los cielos grises jaspeados por las gotas de lluvia o los copos de nieve, los termómetros asustando, los charcos helados. Recuerda uno lo que le impresionó el monasterio de San Juan de la Peña, incrustado bajo un imponente peñasco del pirineo jacetano. Le contaron entonces que un caballero llamado Voto perseguía a un ciervo y éste se precipitó por un barranco. El caballo tampoco pudo frenarse, pero, cual Pegaso alado, se posó en el fondo del barranco suavemente. Una señal divina que al bueno de Voto le llevó a fundar el monasterio que hoy admiramos y profesar en él. Lo del caballo volador tiene algo de mágico, pero lo auténticamente milagroso es que Voto y todos los frailes y eremitas que en el mundo han sido no perecieran de frío en los gélidos inviernos monacales.

Ya lo anticipaba Joaquín Calvo Sotelo, un comediógrafo de buen gusto academicista, tío de Leopoldo. Hoy ya le recuerdan pocos, pero Una muchachita de Valladolid gustó en su tiempo, quizás porque la encarnaba Analía Gadé, que junto con Alberto Closas formaba una magnífica pareja de comediantes. Don Joaquín decía que quería morirse en primavera, porque le espantaba el frío y ni muerto quería verse sepultado bajo el hielo. Y la muerte tuvo el detalle de esperar a la primavera.

Se puede amar el frío por la expectativa gozosa del calor. El seis de enero el Duende se pasó un buen rato acariciando a un oso de tacto suave y amoroso que los Reyes habían traído a una de sus nietas. Al día siguiente, a la salida de un funeral vespertino, se abrazó a su prima Mary con más entusiasmo que nunca. La quiere, y mucho, pero el pasmo del termómetro y el abrigo de piel que llevaba aún la hacía más abrazable que la Lara de Doctor Zhivago. Ahora mismo, mientras escribe estas líneas y apura una taza de café caliente, contempla desde su palomar cómo nieva sobre Madrid. Saldrá a correr por el parque alfombrado de blanco, y luego volverá a tomar otro café caliente, quizás hasta con algo de roscón que aún le queda, y se arrebujará bajo una manta para la siesta mientras al otro lado de la ventana el severo invierno sigue meciendo sus barbas canas. Hay otras formas de ser feliz, pero ésta es de las más sencillas y una de las más bonitas.

Año nuevo junto al alcornoque más viejo

Qué pequeño se ve uno junto a ese coloso que es el tiempo...

Qué pequeño se ve uno junto a ese coloso que es el tiempo...

Fíjate -le decían a aquel pobre niño el día de Nochevieja- Hoy verás por la calle a un hombre con trescientos sesenta y cinco narices, trescientos sesenta y cinco bocas, trescientas sesenta y cinco ojos…

Y así de todo. Trescientos sesenta y cinco manos, pies, brazos, cabezas…Y el chico era tan ingenuo que se lo creía. El Año Viejo era un anciano monstruoso y multiorgánico que salía a la calle para despedirse. Pero qué casualidad, cuando los hermanos mayores señalaban a una esquina y gritaban mírale, ahí está, y él volvía la cabeza para echarle un ojo, el monstruo se había escondido. No había manera de verle, imposible…Tampoco al Año Nuevo, que era un bebé tierno y sonrosado. Ni al Ratoncito Pérez. Puaff, puaff…Uno empezaba a sospechar que en la mitología de los niños había gato encerrado.

Y, lamentablemente, la había.

Desapareció el monstruo y uno entendió rápidamente que el día 1 de enero es exactamente igual que el 31 de diciembre anterior, pero con más resaca, más legañas y más deseos de dormir la mona. No había cambiado nada alrededor, y nuestras vidas eran las mismas, porque aunque corren los años casi nunca pasa nada, y lo que sucede en el transcurso de doce campanadas es un pasar discreto que no llama la atención. Años más tarde, en su primer viaje a Londres, el Duende se llegó a la colina por donde alguien marcó en el suelo la línea del meridiano de Greenwich, y creyendo que iba a hacer historia plantó un pie en el este y otro en el oeste. Ni un sístole arrebatado en el corazón ni una cosquillita especial en la entrepierna. Como cuando en la frontera de Tuy pisó al mismo tiempo Portugal y España. Nos marcamos artificialmente cortes mágicos en la realidad, como si fuera posible pasar de sapo a príncipe en un pispás o vernos listos, altos y ricos por un viaje astral a otro lugar del mundo donde todo lo soñado es posible. Y luego resulta que no. Ya lo advertía Segismundo encadenado: la vida es sueño, pero los sueños, sueños son.

Todo eso le rondaba al Duende momentos antes de las doce campanadas de Nochevieja. No era producto del desencanto, sino de la maceración de conocimientos y de pensamientos que es privilegio de la edad. Por eso, lejos de los petardos y los fuegos de artificio, saltó de un año a otro con los que quizás podrían considerarse sus amigos más tranquilos, Ramón y Ana de Miguel y José Pedro y Teresa Sebastián de Erice. Les habían acogido los primeros en su casa de campo extremeña, en medio de un encinar cuyo silencio sólo se rompe en estas fechas por el lejano grito de las grullas que hibernan en la contornada. Tanto Ramón como Jose Pedro son diplomáticos, y los cuatro se han pasado media vida viajando. Y tienen claro lo que Paul Éluard consagró en uno de los versos más citados: hay otros mundos, pero están en éste. A una edad, uno lleva ya para siempre su propio mundo en la mochila del alma.

Al día siguiente dieron un paseo y se retrataron junto al que según algunos es el alcornoque más grande de España, justo en la raya de Castilla la Mancha con Extremadura. Ahí, al pie de un majadal, mutilado por los años y por el abandono de todos, se yergue este coloso varias veces centenario. Él nos volvió a recordar que el tiempo es relativo, y que, aunque sigamos acariciando la quimera, tampoco es seguro que 2009 traiga la felicidad absoluta. Así y todo, feliz lo que sea al que nos lea.

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