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Viajando por Euzkadi con una bolsa de higos secos…

San Juan de Gaztelugache, sobre un peñón que se adentra en el mar CantábricoNo era el consciente ni el subconsciente. Era el inconsciente, si es que existe, el que  le llamaba la atención.

-¿Pero tú estás chiflado?-le reprochaba- ¿Tú crees  que esa es manera de presentarse en la Casa de Juntas de Guernica?.

Hasta al inconsciente, que debe de ser por esencia un insensato, podría tener razón en este caso, frente al cual el Duende se encogía de hombros sin saber qué responder. Él mismo se acaba de clasificar como un absurdo andante cuando el sábado 5 de octubre de 2010, a eso de las cuatro de la tarde caminaba por las calles de Guernica comiendo deliciosos higos secos del Jerte que extraía de una bolsa de celofán transparente. Figues Séches, Getrocknete Feigen, decía el rótulo impreso en la bolsa. Nada  de cómo se dice higos secos ni en inglés ni en vascuence.

Resultaba difícil de explicar: ¿qué pinta uno comiendo higos secos por las calles solitarias de Guernica un sábado de febrero a las cuatro de la tarde? ¿Y cómo se atreve a visitar luego la Casa de Juntas, el sancta sanctorum del nacionalismo vasco, con un bultito entre las manos que, como mínimo, haría recelar al vigilante de la entrada?

La respuesta empieza en San Juan de Gaztelugache, un reto para los muslos y una meditación para el espíritu. No hace falta conocer todos los detalles que emparentan  a esta ermita con el monasterio de San Juan de la Peña en Huesca. Ni su papel en la historia del señorío de Vizcaya, explicada en los paneles turísticos que jalonan la ruta desde la carretera costera hasta lo alto del peñón donde se yergue el monumento. Ni las numerosas leyendas, macabras muchas de ellas, que dan fama a este lugar.  Desde hace unos años, y consciente de que es imposible recordar diez minutos después de haberla leído la historia de todas las piedras ilustres que el curioso ve a lo largo de su vida, el Duende mira, lee y olvida. Y luego recrea con la imaginación, medita y se pregunta. ¿Qué llevaba a los hombres a levantar esos templos en esos lugares tan bellos como inhóspitos? ¿De qué metal precioso era aquella fe que les movía? ¿Cómo aguantaban el esfuerzo de levantar piedra a piedra sus paredes para luego vivir  la soledad, el aislamiento y las privaciones que allí encontrarían?

El frío, sobre todo el frío…Se veía el Duende monje guardián de la ermita, en una oscura noche de invierno de la Edad Media…¿Cómo aguantarían, sobre todo, Señor, tanto frío?…

Para llegar a San Juan de Gaztelugache, en la costa entre Baquio y Bermeo, hace falta primero bajar al nivel del mar. Y luego ascender casi doscientos cincuenta escalones por una senda que zigzaguea hasta la cumbre del peñón. Una vez allí, y en un día luminoso y transparente como insospechadamente encontró el Duende, se desafía al viento del nordeste, se respira hondo, se mira el horizonte infinito, se escucha el rugir del Cantábrico que muerde los pies de aquel roquedal maravilloso, se tocan  trece  campanadas para que se cumpla algún deseo –por ejemplo, que no le falten a uno las ganas de seguir curioseando- y, después de todo ello se confirma lo sospechado: gracias a los que afirmaron su fe con piedras como esas uno puede seguir buscando la suya sin desesperar. Siempre se encuentra algo en el camino. Aunque a veces éste, como avisa Don Quijote, es mejor casi que la posada..

Así fue que después de tanta dosis de espiritualidad la carne pedía su vez. Y el Duende rindió culto a los pinchos de Bermeo y, sobre todo de Mundaca, en la boca de la ría donde la ola de la izquierda hace la gloria de los surfistas. Y se asomó a esa reserva de Urdaibai que anhelaba conocer. Y paró en Guernica, tan vacía y silenciosa a esa hora del sábado que aún parecía esconderse del fantasma de la Legión Cóndor. No encontró el viajero ni una cafetería ni una confitería abierta para llevarse a la boca un toque de dulce a modo de postre. Sólo un diminuto supermercado donde dio, por suerte, con una bolsa de higos secos del Jerte. Unas auténticas delicatesse de finísimo sabor y de probados resultados para algo tan importante cuando se viaja, como es regular el tracto intestinal. Desgraciadamente, y por no poner en circulación otra bolsa de plástico más que se lleve el viento, el Duende renunció a la que le ofrecía la cajera y  salió con la de higos en las manos. Mientras paseaba por el casco urbano de la histórica ciudad la abrió y comía de ellos. Cuando se topó con la Casa de Juntas, y quiso traspasar su umbral, se dio cuenta de su error. ¿Cómo se interpretaría la insólita carga que llevaba en sus manos? ¿No era una insolencia, una falta de respeto, una provocación?…

-¿Puedo?- preguntó el Duende muerto de vergüenza al celador de la entrada.

-Naturalmente –respondió éste con una sonrisa mientras le alargaba un folleto para guiar la visita.

Hay a la entrada de la Casa de Juntas una fila con las banderas reglamentarias. Y entre ellas, naturalmente, la de España. No se puede universalizar como signo de normalización, pero desde luego el Duende pasó con una bolsa de higos secos y vio el mítico roble viejo y el nuevo árbol mientras liquidaba su postre itinerante. Y no pasó nada.

Treinta y cinco años tampoco son nada

En algunos casos, te miras en las nubes que pasaron hace tanto tiempo y te sigues reconociendo en ellas...

Reencuentra  en Bilbao el Duende a uno de esos primos-amigos que van cosidos a su biografía con un hilo irrompible.

Incontables experiencias juntos. Memorias de asfalto y de campo. El mismo colegio en Madrid, el mismo paraíso entre los pinos de Arenas de san Pedro o en los encinares del Monte el Rincón. Recuerdos  de pan con chocolate, de pescar juntos, de perseguir lagartos antes de que fueran especie protegida,  de ir al cine, de colarse en alguna exposición con cocktail  que servía José Luis –entonces un canapé era un tesoro- de su primera motocicleta, de subir al  pico de la Mira y  compartir la tortilla de patata en el Prado de las Pozas, de leer al calor de la chimenea las viejísimas ediciones de las novelas de Julio Verne o los tomos de la maravillosa revista Alrededor del mundo encuadernadas en piel y ya casi desvencijadas por el uso, del Charco Verde, de alguna niña que ya apuntaba tetitas. (De esto, menos. Él era aún más piadoso y paradete que el Duende)

Pero aunque guardaban un cierto parecido físico, ambos rubiascos y cruditos, había entre elllos diferencias.  El primo-amigo Manuel tocaba a la guitarra el Romance Anónimo de Juegos prohibidos y estaba dotado de muy buena cabeza. Era lo que se dice un matriculín, y además con dieciseis año su padre le mandó a estudiar un verano en Inglaterra. Él firmaba la primera postal que el Duende recibió de esas tierras, que entonces se le antojaban tan lejanas y misteriosas como la Antártida. El Duende sabía que iba a tardar muchos años en viajar tan lejos,  de modo que guardó aquella postal tal que si fuera la pluma del gorro de Robin Hood.

El primo Manuel no era hombre de muchas palabras, pero todas las aplicó bien. Se hizo arquitecto y se casó con María, matrícula de Bilbao, como la película de  Wajda. Y se instaló a orillas de la Ría. Allí tuvo que apretar los dientes y aguantar  lo suyo, que fue lo fácilmente imaginable y algún tumor desaprensivo que aún le tuvo más amenazado. Pero  nunca se recibieron noticias de que desmayara. Entretanto, los dos viejos primos-amigos  apenas se vieron. Habían creado sendas vidas nuevas. Carreras por completo distintas, hijos que les  crecieron a cada uno sin que el otro apenas se apercibiera de ello, nietos de los que poco saben uno del otro.

-¿Te has fijado que apenas hemos nos hemos comunicado durante  más de treinta y cinco años? – comentó el Duende.

Y sin embargo ahí estaba, invitado en  la bonita casa del primo-amigo Manuel, tan fresco.  Manuel ya cumplió casi todos sus deberes, e  inicia ahora  con María  y con su barquito una plácida jubilación.

Hablaron entre ellos como si se hubieran visto la semana pasada, con una naturalidad que no dejaba de chocar después de tanto tiempo sin compartir aventuras.  Se acordó el Duende de la  letra del tango, y pensó que a veces  las fcanciones se quedan cortas.  Para unos buenos compañeros de infancia -esa edad prodigiosa donde el alma es aún se está horneando como un pan- veinte años  años no son nada. Pero treinta y cinco tampoco son demasiados.

El león que recuperó su autoestima

Hay ciertas bajezas que cualquier león con autoestima no podría soportar...

Cuando se sentaba ante el ordenador, tenía por costumbre encogerse de hombros cerrar los ojos y esperar a la inspiración. Pero ese día en lugar de la inspiración sintió un dolor de cuello espantoso. Un dolor  espontáneo muy punzante,  de esos que se te prenden del cuerpo caprichosamente, como los murciélagos, y no te permiten pensar en nada más. El compromiso es el compromiso, de manera que el Duende no lo dudó y sin pensárselo dos voces llamó a su amigo Fulgencio Dalmer, prestamista de ideas.

-Fulgencio –le dijo- Tengo un dolor de cuello horroroso. Me tiene tan obseso que soy incapaz de que se me asome la musa. Así que si no te sirve de molestia te pediría que me prestes una idea para el post de hoy. Te quedaré muy agradecido.

Fulgencio Dalmer era un escritor compulsivo que escribía un mínimo de veinticinco folios al día. Era tan exuberante en la creación de imágenes y personajes  que dejaba muchas ideas colgando.  Como no sabía qué hacer con ellas, las guardaba en el congelador hasta que se las pedían los que las necesitaban.

-¿Te interesa el caso de Didier de Morentin? Es una idea magnífica.

Y como el Duende no conocía la base de datos, Fulgencio le explicó que Didier de Morentin fue un sacamantecas de la Guyena del siglo XVIII tan cuellicorto que, después de ser condenado a muerte por haber matado a catorce niños de su aldea, no pudo ser guillotinado.

-El verdugo se negó a ejecutarlo –explicó Fulgencio- Argumentaba que no había espacio para que la cuchilla de la guillotina separase limpiamente la cabeza del cuello del criminal, y no estaba dispuesto a que su inmaculada hoja de servicios quedara mancillada por una chapuza.

El Duende ponderó mucho la originalidad de la idea, pero excusó su utilización.

-No sé, Fulgencio…Con este dolor de cuello me da  mal rollo tirar de Morentin…¿No tienes otra?

Fulgencio Dalmés acudió a su archivo y entresacó una ficha.

-Esta también te puede valer-dijo- Habla de un león de la sabana africana que se ha quedado impotente y ha caído en una profunda depresión. Ya sabes, hay que buscarle un nuevo sentido para su vida…¿Te gusta?

El Duende meditó su respuesta.

-¿Y qué se puede hacer con un león impotente?-preguntó antes de mojase.

-Hombre, en un extremo, puedes hacer de él la bestia más feroz y sádica que uno es capaz de imaginar. En el otro extremo, puedes convertirle en un león ONG. Eso ya es asunto de tu incumbencia.

El Duende se quedó con el león impotente y, como no sabía qué hacer con él, se lo llevó de turismo a Venecia. Allí el león paseó por la Plaza de san Marcos, admiró al colega alado que vigila la laguna desde lo alto del obelisco y después se dirigió al palacio Ducal , donde topó con otras fauces que siglos atrás hicieron leyenda.

-Estamos ante la famosa Boca di Leone escuchó decir a una guía de turismo-, un buzón donde cualquier veneciano podía depositar  una denuncia anónima contra la persona que le pareciera.

Una de los turistas que rodeaba a la guía era un tipo calvo, con gafas y un enorme bigotón. Tomaba  nota de todo, y parecía literalmente fascinado por el gran servicio social que prestó en su tiempo aquella Boca delatora. Cuando reparó en que junto ella, y también con la boca abierta,  había un león de verdad que le miraba embobado y que  tenía la pinta de estar a la espera de mejor destino, no lo dudó ni un instante.

-¿Qué le agradaría trabajar en Barcelona?- le preguntó el señor del bigotón.

El león impotente pensó que se trataba de una oferta para trabajar en un circo. No era lo mismo que ser el rey de la sabana, pero quizás le ayudaría a recuperar su autoestima. Sin embargo, cuando llegó a Barcelona le plantaron en un cubículo que sólo daba a la calle por un diminuto ventanuco. Ahí debía permanecer día y noche, con su boca abierta para cumplir su cometido. Igual que se hacía  en la Serenísima República de Venecia, debía recibir en su boca  la denuncia de cualquier catalán contra cualquier otro  que cometiera el terrible delito de rotular su comercio en una lengua que no fuera la vernácula.

Osti, tú, Carod!- esuchó decir una de las autoridades el día que le inauguraron como buzón- ¡Quina gran idea! ¡Aixó si que es una boca!

El león impotente podía convertirse en una pieza más de una máquina estúpida que castigaba  de manera injusta a quien sólo ejercía un derecho constitucional. Pero aunque, como el del Porrompompero, él ni entendía ni sabía de leyes, un día se hartó de su innoble trabajo,  y de un bocado se comió la mano que quería acusar a la dueña de Lencería Marceditas por no haber rotulado su tienda como ordenaba  la Generalitat.

-¡Anticatalán!.-le dijeron cuando le despidieron-¡So facha!…¡Españolista!

Pero aquel mismo día  olfateó a una leona en celo que trabajaba en un circo acampado en los arrabales de la ciudad, y lanzó un poderoso rugido. Ahora ya no era un león impotente, sino  un león libre, feliz y con la autoestima en lo más alto.

A Fulgencio Dalmer, el prestamista de ideas, no le pareció mal final para su historia.

La caprichosa estructura del placer

¿Imaginan que este personaje de Friedrich, además de admirar este paisaje, hubiera estado haciendo uno de esos pises que tanto placer dan al cuerpo?...

Sueltas un pececillo de colores en el blog, se abre el debate, aparece el elenco de comentaristas habituales, lanzas la caña y sacas una merluza maravillosa. De la anécdota a la categoría en un pispás. Todo depende de la parroquia.

Al Duende a veces le acompleja el calado de las reflexiones que precipitan sus comentaristas. Quisiera ser filósofo de profundidad, y formular de vez en cuando una reflexión de peso para estar a su altura. Pero está la mañana resplandeciente, y aunque las noticias siguen siendo pesimistas, se le va a la cabeza a pájaros (ya verán por qué). Sólo, y por refutar levemente a uno de nuestros más conspicuos agitadores – con nombre de escritor de novelas de misterio-, diría algo que pretende explicar la debacle del estado de bienestar que se anticipa. Allá va: en este mundo donde la economía de lo superfluo se ha convertido en esencial, todos debemos engañar un poco a todos para sobrevivir. A ver cómo atan esa mosca por el rabo.

Ayer el Duende se entretenía estudiando la estructura del placer. De momento, ha llegado a la conclusión de que hay placeres simples y placeres compuestos. Pero nunca ha tenido claro si un torrezno recién frito o una de las Variaciones Goldberg de J.S. Bach –placeres simples- son menos gratificantes para los sentidos que una ensaladilla rusa o la muerte de Tristán, modelos de creación donde varios elementos se coordinan para obtener resultados asombrosos. A veces el placer sublime es una yuxtaposición de circunstancias que concurren en un instante mágico. Naderías bonitas, y muy oportunas, que si se atrapan al vuelo dan otra idea de lo que es calidad de vida.

Verán. Pasó el Duende el fin de semana en Asturias con sus amigos Félix y Begoña, en las verdes laderas de San Martín de Luiña En uno de los pocos ratitos que dejó de llover escapó corriendo a la playa de San Pedro de la Ribera. Había marejadilla. Cuando las olas rompen con violencia, la mar parece más sincera, el olor del yodo y de las algas se hace más penetrante y la marina se le antoja a uno más limpia. La barra iba del azul plomizo del agua aborregada  al violeta algodonoso de un cielo de temporal. Por el horizonte parecía que iba a asomar la proa del buque fantasma. El Duende recorrió la playa por el suelo de arena endurecida que le alisaba la marea baja, y se llegó hasta la desembocadura del río Esqueiro, en el extremo opuesto al camino de llegada. Allí se plantó frente a aquel cuadro digno del mejor Caspar Friedrich y se puso a escuchar la incomparable música de la mar agitada.

No fue bastante. Embelesado estaba cuando escuchó a sus espaldas otra musiquilla singular. Volvió la cabeza y se llevó la alegría de comprobar que venía de una bandada de jilgueros que picoteaban y revoloteaban por la orilla del río. Cuánto tiempo hacía que no los veía ni escuchaba su canto, les creía huídos del desarrollo, pero allí estaban, frente al mar, dando su pintoresca fe de vida.

Y aún hubo más. Un vaso de agua al despertar, un café, un zumo, otro café. A veces el Duende se echa a la naturaleza y se olvida de que los riñones siguen trabajando. Pero qué diablos, quién iba a haber por ahí espiando, con ese día, qué otro loco iba a estar enhebrar la marina bravía,  el buque fantasma, las atmósferas mágicas de Friedrich, y los huidizos jilgueros. Estaba solo, era completamente libre, y sólo sentía, por añadidura, unos deseos irreprimibles de hacer un inocente, pero largo, larguísimo  placentero pis inexplicablemente contenido hasta ese momento tan especial.

Y, totalmente desinhibido, descubrió  otro componente eventual de  la singular estructura del placer compuesto.

El Ponton de la Oliva y otras maneras de ser feliz

Una vista del paseo, captada por el ingeniero feliz...

No le gusta al Duende su mirada pesimista de la vida. Le aburre, le desespera, le cabrea comparecer ante los demás con la careta del lamento o de la nostalgia. A vivir, que son dos días. Y más ahora, que va a ser Navidad, y que seguramente saldrá la Vicepresidenta Fernández de la Vega, tan salerosa ella, a felicitarnos las fiestas. Qué subidón.

Por eso de vez en cuando rebobina, lo piensa con detenimiento y se siente en el deber de refutar a Jorge Manrique recordando por qué cualquiera tiempo pasado no sólo no fue mejor, sino que fue notablemente peor.

Argumento nº 376. Si se ve con perspectiva, una de las grandes ventajas del presente es que te permite ser al mismo tiempo lo que eres y algo de lo que te hubiera  gustado ser. Eso no pasaba en la España donde apareció el Duende, tan previsible como el destino que nos habían reservado. Aquella aburrida burguesía en la que se crió, lo más exótico y pintoresco que hacía era  coleccionar sellos,  apostar en las carreras del hipódromo y, si era muy aventurera, subir a esquiar a La Bola del Mundo los domingos. Ahora ya apenas hay burguesía, y aunque los privilegiados de verdad siguen siendo los mismos, todo el mundo puede glasear su cruda realidad con almíbar de algún sueño y hacer su camino más feliz.

Ese es el caso de José Miguel García Ponte, un pedazo de ingeniero industrial de 1´90 de estatura que, ya en la edad madura, descubrió la música de Juan Sebastián Bach. Antes de ese feliz hallazgo, José Angel ya era pescador de paisajes, que capturaba compulsivamente con su cámara de fotos. Hace tiempo que descubrió que perderse por cualquiera de las infinitas patas de gallo de la piel de España es un placer  que, no por asequible, resulta menos gratificante. Ahora se ha decidido a recorrer también las trochas y vericuetos de la música clásica. El Duende le conoció en el concierto del pasado sábado de la Orquesta y Coro de la Capilla Real que, como todos los meses desde hace años, regala al pueblo de Madrid las Cantatas y Motetes de Bach en unas versiones de tanta calidad que podrían escucharse en Leipzig. Y gratis, por cierto,  como muchas de las mejores cosas de la vida. Al ingeniero humanista, el Viejo Peluca –asi le apodaba a Bach  Fernando Argenta- le sedujo tanto que repitió el domingo.

José Miguel levitó escuchando  a Bach. Acabado el concierto y una vez en tierra, le contó al Duende que a la mañana siguiente  iría de excursión al Pontón de la Oliva, uno de esos enclaves bucólicos protegidos de la voracidad del ladrillo que aún atesora la provincia de Madrid. Le invitó al Duende  y a otros melómanos a sumarse a la marcha. Y por allí, mientras caminaban a lo largo del curso del río Lozoya, se empaparon de naturaleza y disfrutaron caminando. Hasta tuvieron la suerte de ver corzos.

Qué maravilloso es asomarse, al menos, a  otras vidas como la de los músicos, los naturalistas o los exploradores. Fabiola, la mujer de Jose Miguel, también escribe cuentos por el placer de sentirse escritora, cosa muy explicable si se recuerda que tiene nombre de novela y de reina. Y habrá muchos más que son felices jugando a ser atra cosa que lo que son. Pese a lo que escribiera Jorge Manrique,  uno se queda parafraseando a Paul Éluard: hay otros mundos, pero están en lo que tú quieras imaginar que eres.

Pellizcos de Zamora

Al Duende también le gustaría haber nacido en Zamora, y en una casa asomada al Duero...

Grande, bella, variada, siempre apasionante España. Zamora parece quedar a trasmano de muchas rutas. Pero cuando se la ve gran señora del Duero, tan discreta y tan hermosa en su adustez castellana, capaz de decirte ven, quédate,  pasea, estudia, piensa, escribe sobre mí, búscate una Urraquita amorosa –aunque seguramente ya no habrá zamoranas llamadas así- , pásale el brazo sobre sus hombros y acércala a ti mientras juntos veis correr el río desde las murallas recitando romances y evocando la historia, Zamora se desborda y te empapa el alma. Además  de otros muchos atractivos, Zamora tiene la mejor postal sobre río de España. A su paso por la vieja ciudad castellana, el Duero fluye tan ancho que casi alcanza la opulencia de un río francés.  Señor, por qué tardamos tanto en caer por Zamora.

Al Duende le hechizan las ciudades y pueblos donde nunca podría encontrarse a Belén Esteban, a Ernesto de Hannover o a los Albertos. Y eso que esta vez el Duende ya no vio por Zamora lo que tanto le impresionó la primera vez: curas con sotana paseando por las calles. Zaras, Mangos, Springfields, Häagen Dazs, están muy bien. No son lo de uno, pero animan, dan modernidad, crean puestos de trabajo. Pero que no nos quiten ese sello de identidad de la España eterna que es una ciudad con las calles empedradas, una vieja lencería donde aún reza Novedades en su rótulo de metal con letra inglesa, una vetusta fábrica de paraguas –cuando está claro que ya no llueve nunca- que además vende el Calendario Zaragozano y algún cura con sotana o monja con hábito engalanando el paisaje urbano. Santos, reyes y guerreros de leyenda, pero también el espíritu de Galdós,  de Delibes, de Buñuel y de Berlanga flotando en el aire. Es otro pálpito de la diferencia.

Caía el Duende por Zamora el finde –vamos a modernizanos algo- cuando llamó a su viejo amigo Julio César Iglesias, hijo predilecto de la ciudad. Julio dice que de niño aún buscaba por el Portillo de la Traición el venablo con el que Bellido Dolfos mató al rey don Sancho. La leyenda sugiere que, además de traidor, el tal Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, fue inoportuno, pues sorprendió al rey en un momento especialmente delicado, y agachado por añadidura. Julio César dice que su padre mantenía que en las paredes de la iglesia de Santiago del Burgo había una inscripción que decía: Malditos los zamoranos/  nacidos y por nacer/ que mataron al Rey Sancho/ haciendo su menester. Lo quiso comprobar el Duende, pero la susodicha iglesia estaba cerrada, e introducidos los versos romanceados en el buscador de Google, éste no los halló. Julio inventa la historia con mucha gracia, pues hay que reconocer que, una vez más, si non é vero e ben trobato.

El menester del Duende cuando viaja es otro.  Toma las medidas al lugar corriendo. Un chándal, calzado deportivo y a huronear por donde los guías turísticos no llegan a asomar. Esta vez, mañana luminosa y clara después de una noche de cuatro gotas, cosió la muralla de Zamora, saliendo y entrando por diversos portillos hasta dar junto al río, extramuros, con la iglesia de San Claudio de Olivares, y ciento y picos de metros más allá, con el templo de Santiago de los Caballeros o Santiago el Viejo, donde la tradición dice que armaron caballero al Cid. Es tan diminuto que mal cabría la Tizona. No para el Duende en estos monumentos románicos para acumular datos históricos o arquitectónicos que pronto ya borrará su frágil memoria. Sino por recordar lo poco que es uno para la historia, por tratar de comprender nuestras raíces, por darle otra vuelta a eso que llaman fe y por  ese pellizco de emoción que deja en el alma el pasmo del tiempo detenido y la música del silencio.

Fuera, flanqueado por chopos y fresnos que amarillean de otoño, seguía pasando mansamente el Duero. Cuántos lugares hay en España para perderse. Casi tantos como para quedarse en ellos.

¿Nacionalismo o memez?

La iglesia románica de Pla de Santa María es una joya. Pero su alcalde es manifiestamente mejorable...

La iglesia románica de Pla de Santa María es una joya. Pero su alcalde es manifiestamente mejorable...

Al señor Mateu Montserrat, alcalde de Pla de Santa María, provincia de Tarragona, le llamaron ayer 11 de septiembre del programa La mañana de la COPE. Se celebraba la Diada de Cataluña, y comoquiera que en la mañana del viernes se suele conectar con alcaldes de varios pueblos para que inviten a visitar el suyo el fin de semana, se consideró que al señor Montserrat le gustaría difundir los encantos de esta villa tarraconense precisamente en un día tan especial para todos los catalanes.

El señor Mateu Montserrat se mostró encantado de participar en el programa.  Naturalmente, se expresó en castellano con la productora que le preparó el contacto. Pero cuando fue entrevistado por Ely del Valle y Enrique Campo para toda España sólo contestó en catalán.

Enrique Campo le dijo en antena que él mismo era catalán y que entendía su lengua. Pero que por cortesía para los que no lo entienden y por puro sentido práctico sería mejor que se expresara en el lenguaje común de todos los españoles, que es el castellano. Pero el señor Mateu Montserrat consideró más importante que la audiencia levitara ante su pertinez demostración de nacionalismo, hizo oídos sordos y continuó expresándose en catalán. Los que no entienden esta lengua se quedaron sin saber nada de Pla de Santa María.

Conocida es la anécdota del pique entre Ortega y Gasset y el escritor y embajador Madariaga. Alardeaba éste de su mayor talla intelectual por hablar muchas lenguas, a lo que el filósofo, con mucha coña y evidente exageración, acuñó la famosa coletilla de que don Salvador de Madariaga es tonto en cinco idiomas.

Mucho era. Algunos, como este alcalde que desperdició una buena ocasión para hacer amigos, parece que sólo saben ser bobos, y además maleducados, en su lengua vernácula.

El tercer Alberto/ Cuento surrealista

Inesperadamente, España se enteró de que tampoco cuando se trata de Albertos hay dos sin tres... sin tres...La gran noticia de aquel verano en Puerto Pollensa es que los dos Albertos habían ocultado que tenían un tercer primo con el mismo nombre. Y que el tercer Alberto había aparecido reclamando su sitio en la historia.

La primicia se la disputaron entre Jesús Cacho, en representación del periodismo económico,  y Jorge Javier Vázquez,  Jesús Mariñas y Karmele Merchante por el llamado periodismo del corazón. Se trataba de un hombre de unos sesenta y cuatro años de edad, uno ochenta de altura, buena planta, gran surtido de trajes y un fondo de armario inagotable de gabardinas blancas. Tenía los mofletes de Alberto I y las crenchas del cabello como Alberto II, y podía pasar por ser el eslabón perdido entre uno y otro, con los que guardaba un inconfundible parecido familiar.

Lógicamente, también era multimillonario. Y, como es normal en esos casos, había  estado casado varias veces con otras tantas beldades que pertenecían sucesivamente a la familia de los descendientes  del sommelier del rey Leopoldo II de Bélgica, con inmensas propiedades en Sudáfrica,  a otra familia no menos multimillonaria del Paraguay y a una familia de clase media-baja de Quintanar de la Orden. Esta tercera familia, sin embargo, fabricaba el famoso aguardiente marca El furriel, del que el Alberto desconocido era un notable consumidor. La tercera esposa, que se llamaba Toñi, se la pegó con futbolista del Getafe mientras él cazaba el oso en Alaska. Con la mala suerte  de que el oso contratado cayó antes de la cuenta, el marido adelantó el regreso y, para darle una sorpresa a su esposa, se presentó en casa con un sortijón de esmeraldas de regalo y vestido de esquimal. Toñi casi muere del sobresalto, y el futbolista del Getafe, del tajo que le largó el engañado con su cuchillo de caza poco antes de que  aquel, un hombre punta de gran velocidad, huyera despavorido por el jardín sin más protección que un MARCA para ocultar malamente el cuerpo del delito, a la sazón un tanto disminuido por el susto.

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A partir de ahí el tercer Alberto se divorció de Toñi. Y mientras su inmensa fortuna prosperaba al mismo ritmo que la de sus primos, se casó varias veces más. En alguna ocasión incluso con alguna secretaria que no era ni rica, ni guapa, ni famosa. Esta circunstancia, unida a la imperdonable vulgaridad de no haber sido condenado jamás por un delito de estafa millonaria y de falsedad en documento público, con la prescripción de rigor que suele asistir a los granujas de postín, había merecido el desprecio de sus famosos primos. Así que entre unas cosas y otras, el tercer Alberto, que tenía exactamente la misma participación que sus primos en los sustanciosos negocios familiares, decidió abandonar España  e instalarse en Francia, donde vivía en un molino lujosamente arreglado a orillas de un afluente de la Dordogne. Desde ahí, y acompañado por Ivette, una tragasables escapada de un circo ruso con la que había encontrado la felicidad, siguió incrementando su fortuna y disfrutando de la vida. Ivette reunía la triple habilidad de resolver los sudoku, dominar todas las posturas del Kamasutra y cocinar la ratatouille como nadie, y junto a ella el tercer Alberto controlaba sus inversiones, navegaba a vela,  pescaba barbos y carpas y era feliz sin echar de menos a sus homónimos

-¿Ya tienes más que ellos?- le preguntaba de vez en cuando  la tragasables mientras le besaba el cuello con pasión moscovita.

-Lo voy a tener- respondió un día apretando las mandíbulas para subrayar con el gesto su firmeza.

La cosa es que al tercer Alberto, harto de todo lo que se puede tener cuando se es inmensamente rico y es difícil destacar sobre sus iguales, no se le ocurrió más que hacerse la cirugía estética más audaz y escandalosa.

-Arréglemelo. Quiero algo especial- dijo abriéndose la camisa y mostrando el pecho al especialista que estiraba a todos los galanes de Hollywood .

-¿Quiere que le reafirmemos los pectorales? –preguntó el cirujano.

-No. Quiero que me ponga tetas.

-¿Cómo? –titubeaba el galeno- ¿Quiere que aumentemos el volumen  de sus pectorales?…¿Lo que llamamos un pecholobo Schwarzeneger?…

-No-cortó con malos modos el tercer Alberto mientras ponía ante los ojos del cirujano un cheque en blanco con su  firma- No quiero fortalecer mi pecho: quiero tetas.

El cirujano cogió el cheque con su mano temblorosa y se sentó visiblemente confundido.

-Toda  mi vida he estado aguantando esta palabra  porque en mi familia no era correcto decirla-le explicaba el tercer Alberto mientras gesticulaba ostentosamente- Pero ahora que las tetas nos invaden y hasta las ministras hablan de ellas, deseo tener más que mis primos los Albertos. Ellos sólo tienen tetillas. Pues bien, yo quiero tener tetas, sí. Tetas grandes, turgentes, zeppelines exuberantes, como los de las películas de Russ Meyer

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Dicen que, pagando, san Pedro canta. El cirujano se esmeró y logró que el tercer Alberto exhibiéndose top-less dejara en nada la ya gastada  imagen de sus primos.

También dicen que en el Club Náutico de Palma, y una vez que las barbas reales no daban más de sí, no  se escuchó otro comentario que la aparición de este insólito personaje del que no se sabía nada hasta entonces.

El caso es que el tercer Alberto no sólo tenía ya más que sus primos. Sino que aún acumularía muchísimo más cuando los programas de televisión y las grandes estrellas del periodismo nacional –incluída Mercedes Milá- se disputaran su presencia. Y sería esta una presencia notable y singularísima, algo asombroso que en verdad enorgullecería a un país culto y refinado como España, y que vendría a engrandecer  aún más a una saga de por sí tan digna de admiración  como la de los famosísimos Albertos.

Cómo mejorar muchas cosas por diez euros al mes

Rafael Selas es un JASP que ha entendido lo que son las prioridades...

Rafael Selas es un JASP que ha entendido lo que son las prioridades...

Regresaron de sus vacaciones la tía Clota y sus amigas, como había regresado antes el perplejo permanente llamado Homper. Nunca pasa nada, o ya vuelven los clásicos por do solían. Aunque siempre creamos que cada pausa veraniega da paso a un movimiento germinal.

De niño, Homper estaba convencido de que el año se dividía en dos mitades: el invierno frío, gris, monótono y, peor aún, colegial,  de su Madrid natal, y la otra mitad alegre y al aire libre, que transcurría en su lugar de veraneo. Sol, ríos o mar donde bañarse, juegos, aquellas chiquillas a las que de repente les apuntaban dos cerezas por debajo de su blusita, noches estrelladas, bailongos por las fiestas de finales de agosto, helados de mantecado más o menos gruesos,  desde los diez céntimos a la peseta, algún titiritero ambulante y, un caballito de cartón o un motorista de hojalata en la feria y sobre todo, nada de colegio. Al regreso a la mitad horrible del año –qué suerte, creer que el año se dividía en colegio y vacaciones- tenía la esperanza de que la vida en Madrid renacería distinta. Pero nunca cambiaba. Todo seguía igual.

-Nunca pasa nada, sobrino-remachó la tía Clota en el primer diálogo posveraniego que acaba de mantener Homper con ella- Y, si pasa, es para peor…¿También te vas a quedar pasmado porque te recuerde eso?

Le chafó el pesimismo anticipado de su tía, porque esta vez le iba a leer a distancia algo que a él, oh, sorpresa le había asombrado muy positivamente. En un suplemento del ABC de este mes de agosto había leído una entrevista con Rafael Selas, un madrileño que marchó a Estados Unidos con diecinueve años, hizo una prometedora carrera de productor y realizador  televisión y de discos y de repente sintió la llamada de lo que él llama “los niños rotos de África”. Con algunos de ellos aparecía  en la foto del ABC, barbado y sonriente, un rostro que recuerda vagamente al del Ché Guevara.

-Y es que este chico también es un revolucionario-le aclaró a la tía Clota-Ya ves, podría haberse convertido en un yuppy de los negocios, un empresario rico en España, y lo ha dejado todo  por echar una mano a los niños de Lamu…Para que luego digas que los jóvenes  sólo piensan en divertirse.

Rafael Selas se instaló en Lamu, una isla al norte de Kenia. Desde su ONG llamada ANIDAN ya ha a creado un orfanato donde viven doscientos cincuenta niños, y se ocupa de que otros cien sean atendidos diariamente en el hospital pediátrico. Rafael es muy crítico con las ONG de grandes presupuestos y poco operativas, y prefiere optimizar sus recursos trabajando sobre el terreno para defender de la malaria y otras enfermedades a unos cuantos de sus niños rotos. Estudió en un colegio heredero del Instituto Escuela, y no recibió una gran  formación religiosa. Pero allí había un padre Ramiro con las ideas muy claras. Si no eres capaz de arreglar el mundo –decía el cura-  procura ayudar al menos al que tienes más cerca. Lamu está muy cerca, porque Rafael está allí.

-Caramba –musitó la tía Clota después de conocer la historia de Rafael Selas- ¿Y dices que es joven?…

Rafael Selas debe de estar en la treintena, y es otra clase de JASP (Jóvenes Aunque Suficientemente Preparados). Su caso dejó perplejo no sólo a Homper, sino también a la tía Clota, que, arrepentida de sus prejuicios, se ha dado de alta como socia de ANIDAM, con una cuota de sólo diez euros al mes.

-No es cierto que las cosas siempre cambien a peor, tía-concluyó Homper. Tú misma has mejorado mucho desde que conoces esta historia…

El caso de los meteorólogos asesinados

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

1

El informe de la policía era tan escueto como elocuente. En el curso de veinticuatro horas habían sido asesinados tres meteorólogos y dos meteorólogas. Todos ellos prestaban sus servicios en otras tantas emisoras de televisión. Ellos habían sido muertos con un cuchillo jamonero, ellas estranguladas. Algún conspicuo Poirot avanzó la primera tesis: estábamos ante el típico caso de un asesino en serie.

2

Ulises Mann había conocido a Alfonsina en un viaje, y se enamoró de ella apenas la vio perfilada contra la superficie del Lago de Como. Era una mujer muy guapa. Por entonces Ulises se llamaba Avelino García, y era un empleado de Telefónica sin demasiadas aspiraciones ni refinamientos. Pero el amor es lo que tiene. Al poco de regresar, él se atrevió a llamarla para salir. Alfonsina se reveló como una mujer culta y exigente, incapaz de enamorarse de cualquiera. Para atraerla,  Avelino estudió y leyó todo lo que no había estudiado y leído en su juventud, e incluso tomó clases de buenas maneras. La muerte sin hijos de la única  hermana de su madre le deparó una sustanciosa herencia que facilitó su puesta a punto final. Contrató un entrenador personal, eliminó algunas lorzas en el gimnasio, depuró su silueta y renovó su fondo de armario. También se compró un Morgan con el que en la primavera se iban a las terrazas de los pueblos de la sierra a ver anochecer. Ella era tan clásica que tomaba una granadina y él, por no ser menos, un vermut. Pronto se distinguieron como una pareja  singular con un cierto halo de romanticismo decadente.

3

Desde que Alfonsina confesó que Homero y Thomas Mann eran sus autores favoritos, Avelino no paró hasta que consiguió mudar por completo su identidad. Un día le reveló a Alfonsina que en realidad se llamaba Ulises Mann, y que había tenido que adoptar el nombre falso de Avelino García porque durante una etapa de su vida fue agente del CESID, y su patronímico era demasiado sofisticado para pasar inadvertido. Entretanto, y puesto que se daba cuenta de que, aunque evidentemente le caía bien a Alfonsina ella no parecía estar del todo enamorada, fue urdiendo un golpe de efecto que necesariamente le abriría los ojos y le permitiría descubrir al hombre de su vida. A Alfonsina, además de la literatura,  le fascinaba el mar, las flores la música clásica, y de ella en particular el piano de Beethoven, y más concretamente la sonata Claro de Luna. Avelino tomó nota.

4

Alfonsina fue invitada a un viaje sorpresa con final feliz. La tarjeta especificaba que se trataba de un destino con mar, un largo espigón y un faro, que siempre queda muy romántico. Ella esperaba VeneciaAlejandría, Rodas o algún pueblecito de Cornualles, que pega mucho en estas aventuras románticas. Pero el destino le hizo volar a Alicante, , donde le esperaba un chófer con librea que la llevó hasta Denia. Allí Alfonsina, vestida para la ocasión con una preciosa pamela y un traje de tules vaporosos, vio en el espigón donde fue depositada un puntito blanco al pie del faro, y entre el puntito y ella, a un cuarteto de cuerda que tocaba  la conocida canción popular francesa Au clair de la lune, mon ami Pierrot . El puntito blanco era un hombre elegantemente vestido de tal color y con sombrero de Panamá, que avanzaba hacia ella con un ramo de rosas rojas en las manos y una sonrisa seráfica –toda arreglada por el más caro especialista maxilofacial-en los labios.

5

Avelino García/Ulises Mann había oído campanas, pero no sabía exactamente donde. Confundió a Thomas Mann con Thomas Wolf, y se había vestido como el famoso escritor norteamericano. Y tan identificado estaba con Ulises, que había escuchado cantos de sirena y también le habían despistado. Cuando en la casa Hazen se negaron a llevar un Steinway de cola al espigón del faro de Denia para que lo tocara Daniel Baremböhm, como, en su ignorancia, él pretendía, se dirigió al primer grupo musical que encontró por la calle y les contrató para que se apostaran en el espigón y, a la aparición de una bella dama, interpretaran el famoso tema del Claro de Luna. No sería lo mismo sin el piano, pero menos daría una piedra. Los músicos, a la sazón ucranianos, entendieron  regular el mensaje, y pidieron que se lo silbara. A Avelino/Ulises la primera luna musical que le vino a la memoria fue la del famoso tema de Au clair de la lune. Así lo silbó y así lo hizo suyo el bien intencionado cuarteto de cuerda. Y en realidad todo habría quedado muy bien, y probablemente, habría conseguido su objetivo de no ser por un pequeño detalle que arruinó los planes del animoso enamorado.

6

En aquel verano de 2009 se estaban dando unas temperaturas  altísimas mantenidas semana tras semana. Los hombres y las mujeres del tiempo de las distintas televisiones, no obstante, siempre prometían que dentro de dos días se produciría un alivio térmico. Concretamente en la semana del 15 al 22 de agosto, y según sus pronósticos, deberían haber bajado los termómetros el martes y el jueves. Pero no sólo no bajaron, sino que subieron, lo cual perjudicó gravemente los planes de Avelino/Ulises. Pues a medida que  Alfonsina avanzaba hacia el hombre vestido como Tom Wolf y veía el ramo de rosas prematuramente rojas  a los inexplicables acordes de Au clair de la lune -disparates que, hasta cierto punto, le hacían gracia y le hacían sentirse protagonista de una comedia  surrealista- descubrió un pequeño detalle que desinfló sus románticas buenas intenciones. Un churretón de sudor de color ala de cuervo se había deslizado por la patilla del hombre que la amaba, y, sin que él se diera cuenta, maculaba su impecable camisa blanca y la solapa de su elegante americana.

7

A pesar de todo, ella hizo un esfuerzo y le besó en la mejilla como una amiga. Pero no fue capaz de ser tan excelente actriz como probablemente requería aquella puesta en escena.

-Me da igual que seas Avelino que Ulises, espía o empleado de Telefónica, culto o inculto- le dijo a su pretendiente en un arranque de sinceridad- Pero nunca podría enamorarme de un hombre que disfrace sus canas…

Se acordaba Alfonsina del patético profesor Von Aschembach destiñéndose ante el bello muchacho Taszio en Muerte en Venecia. Y pensaba que el  sombrero de Panamá del bueno de Ulises Mann cubría sobre todo una notable empanada mental.

8

Al cabo, el culpable del desastre  había sido el calor. Avelino, ya otra vez definitivamente Avelino, se vengó de manera implacable de los meteorólogos que habían arruinado su proyecto. Fue localizando uno a uno a los meteorólogos de las cinco emisoras que le habían engañado con sadismo, premeditación y alevosía –eso declaró ante el juez instructor- y ejecutándoles sin piedad. Y consiguió que su defensa se apuntalara con la misma tesis que un crimen pasional: alguien indignado que reacciona violentamente ante la certeza de que ha sido engañado.

9

Desde la cárcel, escribió muchas cartas a Alfonsina. Mejor cada vez, porque aprovechó la condena para leer muchos y buenos autores, y  conseguir así estar a la altura de su amada. También  le prometió que si en el entretanto  no encontraba al hombre de su vida, la próxima vez que  se vieran quedarían en el estanque del Retiro,  un mar en pequeño que no exigía desplazamiento alguno y le daba cierto encanto naïf a la cita. Él iría con una simple camisa, unos chinos y la Sonata Claro de Luna en el MP3.  También luciría .el cabello natural que le quedara por entonces.

El cuento de una noche de verano

Si no tienes con quien dialogar, habla con las estrellas...

Si no tienes con quien dialogar, habla con las estrellas...

Parece ser que la tía Clota cerró por vacaciones. Como si fueran las Chicas de Oro, ella, Edwina y Thelma decidieron invertir sus ahorros en un viaje por Europa. Hubo que convencer a Thelma, que pensaba gastar los suyos en una casa de muñecas para sus nietas. La casa era carísima, porque reproducía, habitación por habitación, una de las mansiones de  Michael Jackson, y todas sus ocupantes eran muñequitas y muñequitos de rasgos negroides, aunque con la piel de biscuit cuidadosamente blanqueada. Un juguete muy auténtico.

-Es una bobada-le dijo la tía Clota para convencerla- No lo entenderán, y si lo entienden no te lo agradecerán. Me han dicho que han lanzado una Barbie con tres tallas de pechugas de recambio y  entrenador personal. Cómpraselo, que es mucho más barato y te quedará para venirte de viaje con nosotras.

Querían ir a Viena para seguirle la pista a Sissi. Pero entretanto a Edwina se le había ocurrido ir a una vidente que le había dicho algo maravilloso. Veía en su próximo viaje un idilio otoñal con un  descendiente bastardo del duque de Spoletto, que aunque no ocupó el trono, fue nombrado rey de Croacia en 1941. Edwina había jurado y perjurado que nunca un hombre más en su vida, pero una cosa era un agente de seguros de Montana retirado como el que le había pretendido una vez y otra un noble del viejo Imperio Austro Húngaro. A la tía Clota no le parecía una razón suficiente.

-Si hubo alguna vez un príncipe en Croacia –bromeó con su inveterado escepticismo-se habrá convertido en rana, como procede en un país que se llama así…

Sin embargo luego se documentó en una agencia de viajes y descubrió que Croacia era precioso, de manera que cerraron el viaje y se embarcaron en su romántica aventura europea. Sólo se ha sabido de ellas a través de Algondosina, que dio con las tres ancianas  de Vermont en las espectaculares Cascadas de Plitvice, donde se juntan los ríos Kapela y Plisevitza. Algodonsina, asidua de este blog, ha vuelto entusiasmada de Croacia, pero duda de que Edwina consiga hacer bueno el vaticinio de la vidente. Aunque iba  maquillada como una vedette –de hecho, se le corría la sombra de los ojos por el calor- y con zapatos de tacón para enaltecer su silueta, allí no quedaba ni rastro del glamour que se le supone a un descendiente de un duque.

Sin interlocutora con la que dialogar sus perplejidades veraniegas, Homper aceptó la invitación de su amiga Anita para pasar tres días en su casa de campo. Anita está  restaurando  el techo de la capilla de la casa que heredó de una tía abuela. El fresco de la cúpula reproducía  a la Virgen con San Roque, pues Roque se llamaba el bisabuelo de Anita, que fue quien construyó la casa. Desgraciadamente, las humedades habían deteriorado la parte trasera de la figura del famoso perro de san Roque, y a la hora de reinterpretar el original Anita tenía sus dudas.

-¿Lo pinto con rabo, o sin rabo?

Homper, estupefacto, no había sabido qué decirle. Tampoco sabía por qué los tubitos del riego gota a gota se habían obturado y no habían regado el huerto de plantas aromáticas del que tanto presumía Anita.

-Ven –le había prometido- te mostraré mis lavandas y mis hierbaluisas, y cenaremos bajo el emparrado escuchando el chorrito de agua de mi fuente, que no se seca nunca..

Se habían medio secado casi todas las plantas aromáticas. Sin embargo el goteo de la fuente era tan eficaz que a lo largo de la cena –gazpacho y tortilla de patata-  y la tertulia bajo el emparrado, Anita se excusó cuatro veces para ir al cuarto de baño. Con todo, la cena hubiera sido deliciosa sino fuera porque la perrita Paca, una teckle inasequible al desaliento, se pasó toda la noche ladrando al emparrado, por donde había sido vista una rata haciendo equilibrismo. Anita se mostraba orgullosa del pedigree de su perrita, sin percatarse de que una perra ladrando a lo largo de una cena es un coñazo, ya sea de pura raza o simple chucha. Homper sugirió poner matarratas en los palos del emparrado, pero Anita le dejó bien claro que no era partidaria de fertilizantes, pesticidas y otros compuestos químicos que alteran los designios de la naturaleza.

-¿Por qué no salimos fuera y miramos las estrellas? –sugirió Anita.

Fue una gran idea. Asombrosamente, en ese lugar del centro de esta España africanizada por un verano implacable, y aún con la espesa calima que provocan durante el día las altísimas temperaturas, resplandecían las estrellas. Y como el ruidito de la fuente no cesaba, y las ganas de hacer pipí de Anita tampoco,  Homper aprovechó los ratos en soledad para plantear al cielo las preguntas de la jornada que no le podría preguntar a la ausente tía Clota. Cómo es posible que la contaminación y el cambio climático no hayan conseguido velarnos el milagro de una noche estrellada. Por qué ya no hay príncipes ni batracios convertibles en Croacia. Con qué criterio hay que restaurar  las imágenes del perro de San Roque, si con rabo o sin rabo. Quién era ese Ramón Ramírez que se lo cortó. Por qué siempre se acaban obturando los tubitos del goteo, y justo en la planta o el arbolito que más nos interesa. De qué materia tan sensible estaban hechos los riñones de Anita. Cómo librarse de las ratas de un emparrado sin dañar a la naturaleza. Cómo callarle la boca una perrita competente que no hace sino cumplir su deber.

Demasiadas interrogantes para el firmamento. Y mira que había estrellas  para contestar.

Anita se excusó y se retiró. Y después de media hora más de contemplar las estrellas, Homper hizo lo mismo y durmió estupendamente gracias a que la perrita Paca, que seguía al pie del emparrado, se había quedado afónica.

Por otros territorios de la soledad

El Valle de las Luiñas visto desde el Viaducto de san Pedro

El Valle de las Luiñas visto desde el Viaducto de san Pedro

La carretera/autovía Gijón-Ribadeo cruza el que levanta del suelo unos cincuenta metros, a vista de señor bajito. Salva así en menos de un kilómetro de funambulismo hormigonado un tramo que evita al viajero pasar `por San Martín de Luiña y Soto de Luiña. Como efecto colateral, a los que tenían su casita en las laderas del monte les ha cambiado el panorama. Ya no ven un valle verde y bucólico que cerraba en una uve abierta sobre el fondo azul del mar. Por la barra líquida del  horizonte lejano sólo pasaba, muy de cuando en cuando, un buque. Ahora, aunque se sigue viendo el Cantábrico al fondo, alguien  ha cerrado la parte superior de la uve con una raya blanca por la que a menudo pasa un trailer, una moto, muchas caravanas, más turismos y algún camión distribuidor de leche. También es bonito, pero distinto.

Todo es opinable. En general, la irrupción del llamado progreso en la naturaleza le produce al Duende rechinar de dientes. El mismo que debió de producir a los habitantes del París decimonónico cuando vieron sobresalir de su perfil urbano esa monstruosa torre que diseñó Eiffel. Esta novedad en la postalita del occidente asturiano aporta sin embargo un matiz curioso. En una primera mirada superficial es un paisaje alterado por la insolente mano del hombre. Pero si aplicas otra óptica, admiras ese encanto inquietante que se adivina en los cuadros de Edward Hopper: la soledad del individuo en la amplitud de los grandes paisajes abiertos a los que, con toda naturalidad, se incorpora el contorno de una fábrica, un inmenso depósito de gas o un tren supersónico. Un cuadro actual, en definitiva.

La polémica del conservacionismo a ultranza versus progreso no es lo que más le preocupa a Toya, que vio crecer a los hijos del Duende, y a los de WaterI y a los de Félix Bragado cuando éstos recalaron en unas casas cercanas a la suya a finales de los años setenta para pasar las vacaciones de verano. Toya es vecina de San Cosme, una aldea muy guapina agazapada en el monte a tan sólo un kilómetro y medio de San Martín de Luiña. Regenta un pequeño comercio donde desde macarrones a cordones para los zapatos puedes encontrar casi de todo. Fue siempre la proveedora de chuches de los niños de la zona. También se reúnen en su tienda paisanines que  si antes hablaban de les vaques ahora hablan del regreso del Sporting a primera, porque ya no queda ni una vaca. Cuando el Duende apareció por ese lugar tan idílico el cartero venía a caballo, y sus hijos se iban a segar con un vecino y regresaban montados en un carro de hierba. Ahora apenas se ven tres o cuatro caballos en la contornada, nadie necesita hacer heno, no hay quien siegue los prados y, para colmo, si encuentras alguien que lo haga, no sabes qué hacer con la hierba, porque tampoco se puede esperar a que se seque y quemarla. A Hopper le querríamos ver pintando este problema. Con todo, a Toya lo que más le entristece no es el progreso, sino el final del verano.

-¡Se queda tan sólo el valle cuando se van los veraneantes!…-suspira melancólica.

Todo es relativo. La última parada de la tournée del Duende por el norte fue en un recóndito lugar llamado Tresmonte, entre el Sueve y los Picos de Europa. Ahí, en la ladera de un valle inaccesible en invierno cuando nieva, al fondo del cual, al salir el sol entre las paredes verticales de piedra  y las nieblas, parece que va a asomar el ojo de Dios, han pasado medio mes Guillermo, Sofía  y su hija Olivia. Olivia es la más pequeña de las nietas del Duende, pero ya podrá presumir de haber visto esa especie en vías de extinción que son las vacas asturianas en su ambiente. Todo gracias a Boni, único paisano que se aventura a apacentarlas por ahí. La vida de Boni transcurre entre su mujer enferma en el hospital y sus vacas pastando en el prau que queda por bajo de la casa de Guillermo y Sofía. Estos días estaba feliz, porque tenía vecinos.

-Si notas que te falta presión en la ducha, aguanta un poquito-le advirtieron éstos al Duende- Es que Boni está dando de beber a las vacas.

Guillermo, Sofía y Olivia llevan muy bien esta pequeña pega. Y se quedaron muy impresionados cuando Boni se les echó a llorar el día que le anunciaron su  próxima marcha.

-¡Ye tan largísimo el invierno, aquí solo, con mis vaques!…-dicen que dijo entre sollozos.

Levantaría Bécquer la cabeza, miraría a Toya y a Boni, y seguro que cambiaría su famosa rima: Dios mío…¡Qué solos se quedan los campos!

Homper visto por un artista

El Hompre Perplejo ante la infatigable inmensidad del mar, según versión del artista WaterI

El Hompre Perplejo ante la infatigable inmensidad del mar, según versión del artista WaterI

Hay personas que no pueden llamarse sino como se llaman. Será que el nombre condiciona sus rasgos, pero a todo el mundo le ha pasado que va por la calle y se cruza con un tipo con una cara de llamarse Nemesio que no se puede negar. Luego se lo presentan y de verdad se llama Nemesio. O una señorita a la que le cuadra llamarse Silvia, y no Úrsula ni Pepa, y acaba llamándose Silvia.

¿Determinismo onomástico? Eso es lo que le pasa a Homper. Su nombre es el apócope de dos palabras, hombre y perplejo. Y su estampa es la de un hombre ya madurito que cree saberse lo bastante ignorante como para asombrarse aún por muchas cosas. No tiene otra cara que la de llamarse Homper.

Por ejemplo, este verano se echó a la carretera para viajar a su aire. Y se quedó estupefacto de descubrir muchos paisajes y monumentos po los que había pasado de largo sin prestarles quizás demasiada atención. La Puebla de Sanabria, el Lago de Sanabria, el Monasterio de Oseira en Orense, la pequeña iglesia románica de San Miguel de Eiré en la misma provincia, el castillo de Castro Caldelas, el parque de la Sierra del Courel, la Ribeira Sacra, el  Cañón del Sil, la desembocadura del Miño. Y, ya en Asturias, la imponente majestad de los Picos de Europa, y el placer de andar por la cuerda de la Sierra del Sueve viendo a su derecha el mar y a la izquierda el pico Pienzo. Aquella noche había dormido en una casita de Tresmonte, en un valle donde no se veía por la noche una sola bombilla encendida. Y regresó a Madrid por el Puerto del Pontón, paisaje romántico de  un dramatismo sobrecogedor donde los haya, culebreando por un Desfiladero  de los  Beyos que debería de ser patrimonio de la humanidad, de la UNESCO y de cualquier ser con algo de sensibilidad.

Entretanto, Homper había tenido tiempo de elaborar la teoría de las mondas, muy aconsejable para viajeros curiosos. Según ella, España está llena de pueblos y ciudades a las que hay que pelar mentalmente ese tal vez necesario, pero horroroso, cinturón de progreso que las rodeas. A saber, te aproximas a ellas y la primera imagen dista mucho de la clásica postal de un lugar bonito. Ves sobre todo edificios industriales, hospitales de la Seguridad Social, silos, fábricas, polígonos, polideportivos, estaciones de autobuses, aparcamientos para trailers… Hay que saberlas ver sin ese premio tan antiestético que supone el bienestar: en su corazoncito, todo pueblo o ciudad siempre ofrece algo bonito.

Homper mondó mentalmente la ciudad de Orense, superó su envoltura y se quedó perplejo al descubrir en su centro una ciudad hermosa, con una catedral sencilla, pero bellísima, unos edificios de noble arquitectura y un pasear muy agradable. El mismo Homper, que había pasado de largo por Avilés cientos de veces, se paró esta vez a separarle su cáscara industrial y conocer su centro urbano, inesperable cuando lo primero que impresiona al viajero es el penacho de humos oscuros que aún lanzan las chimeneas de la vieja ENSIDESA. ¿Quién puede sospechar que en su interior guarda una joya verde como el Parque Ferrera? Créanlo, aunque resulte un slogan audaz, Avilés tiene encanto.

Y Homper, naturalmente, se quedaba perplejo mirando las olas del mar barriendo sus pies. Se puede pasar horas contemplando ese sencillo espectáculo que se renueva infatigable a cada instante, y que nunca deja de sorprender. Es la metáfora perfecta de los grandes misterios: la relatividad del tiempo, la eternidad, la intuición de Dios o de sus sucedáneos, la pequeñez del hombre, la maravilla de la libertad…Los pies sobre la arena, las olas acariciando sus piernas y el golpe de brisa marina en la cara. No necesita más.

En esas estaba cuando pasó por ahí WaterI, que es un artista , y le captó en su penúltima meditación. Iba ésta sobre la suerte que es tener tantos amigos. Y el beneficio añadido de que algunos de  éstos, además, sean tan rápidos y finos observadores como este arquitecto que disfraza su identidad en su enigmático nombre.

Lo que no podrá contar Josemi de La Toja

Desde esta pacífica islita, recrearon José y su primo el Duende la suerte de aquellos marinos que surcaban el Atlántico en un velero...

Desde esta pacífica islita, recrearon José y su primo el Duende la suerte de aquellos marinos que surcaban el Atlántico en un velero...

Cuando el Duende era arrebatado por las grandes novelas de aventuras, buscaba en su propia familia referentes próximos a sus héroes. Como guerrero, contaba con el capitán Figuerola-Ferretti, caído en el campo de batalla,   una foto de color sepia y un sable de recuerdo que normalmente descansaba en el paragüero. Pero para emular al capitán Akab o a Lord Jim tenía que recurrir a un tío más lejano que era marino y se llamaba Pepito Pena.

Pepito era ya entonces un hombre con la cabeza plateada por los años, pero mientras vivió la abuela Mercedes Pena, que era su tía carnal y su gran agente propagandista, nadie le apeó el diminutivo. Los Pena fueron una familia catalana que en los comienzos del siglo pasado, y a pesar de su patronímico, no daban ninguna ídem. Mientras los abuelos cuentan batallitas, las abuelas gustan de evocar el esplendor de los tiempos mejores. Mejores para ellos, claro. La abuela Mercedes no presumía de dinero, pero sí de que viajaba con sus hermanos, incluído el padre de Pepito Pena, a Bayreuth para ver y escuchar a Wagner en el teatro que él mismo creó. El famoso festival quizás no fuera un lujo tan privativo como lo es ahora, pero tampoco sería una ganga. El caso es que los Pena escuchaban a Tristan e Isolda, a Lohengrin, Tanhäuser y Parsifal sin saber que presagiaban el canto del cisne. Poco después, uno de esos jamacucos financieros que de vez en cuando sacuden a las familias arruinó  a la de estos wagnerianos catalanes, y a partir de entonces ya fueron Pena con algo más de razón.

José María Pena emigró a Argentina en busca de fortuna. Allí echaron raíces todos sus descendientes salvo Pepito. Este se hizo marino y navegó por medio mundo. Primero en barcos de vapor, y cuando la Gran Guerra requisó el carbón para usos militares, en uno de esos cliper como los de los grandes relatos de aventuras que el Duende había leído. Pepito Pena, que era un hombre menudo, gran conversador y muy simpático, resultó más despabilado que el tenaz capitán Akab. En lugar de perseguir a la ballena blanca puso sus ojos en una sueca con la que se casó, sacó provecho a sus múltiples travesías y, ya pie a tierra en España, timoneó una extensa familia y varios negocios que devolvieron con creces la alegría a los Pena. A los noventa años, y ya viudo,  aún viajaba en autobús a su casa de Biarritz para reunirse con jóvenes y jovencitas de su edad que disfrutaban jugando a las cartas y con bailes de salón. A quien tuvo que capear tantos temporales en alta mar, la vejez  le debía de parecer una marejadilla de broma.

El José María Pena actual descubrió un día que el primo de su generación que le quedaba más a mano era el Duende, que sólo es primo segundo. Todos su primos hermanos vivían en Argentina, y a algunos ni siquiera les conocía. Al Duende le conoció en la Facultad de Derecho, carrera a la que él dio bastante más lustre que éste. Gran custodio de los valores de la familia, ahora que ya ha vencido algún contratiempo de salud –estado transitorio del cuerpo que, como es sabido, no presagia nada bueno- y que es un feliz abuelo, le ha abierto a su primo las puertas de su casa de La Toja. Casi todo en la vida le ha sonreído, pero le faltaba un primo Pena (tercer apellido del Duende) en la tripulación. El también es un experto navegante. Tiene un barquito amarrado en La Toja para salir a pescar, y un buque de línea imaginario en el que viajamos los que recoge ese aspirador de cariño que José maneja con tanta elegancia.

Qué va a decir uno de La Toja, después de tener esta islita el singular privilegio de ser visitada por Josemi Rodríguez Sieiro. Se queda el Duende con el recuerdo de un paseo matinal en bicicleta con Nuria, prima consorte, que le llevó al mercado del Grove a elegir berberechos, mejillones y percebes entre un brillante muestrario de joyas de la mar. Y con la ruta por La Lanzada y los pueblines de los alrededores para contemplar, con su primo de cicerone, el panorama de la ría de Arosa y del Atlántico por el que navegaba en cliper su padre. A veces, lo mejor de los viajes es mirar hacia dentro, y descubrir otras cosas que no vienen en las guías turísticas. Por ejemplo, un marinero en tierra que sabe lo que es echar un cabo en todos los sentidos. Se trata de José, hijo de aquel viejo marino mercante al que –¡oh paradoja!-aún llamábamos Pepito cuando zarpó definitivamente.

El gran conversador de Sanjenjo

sanxenxo

Aquí veranea un amigo del Duende del que habría que hablar largo, largo y tendido...

Cada maestrillo tiene su librillo. O sea,  su propia receta para ser feliz. Hay quien hace catedrales Burgos con mondadientes, otros que convierten su mesa de trabajo en un astillero y reproducen en maqueta el buque Juan Sebastián Elcano y muchos otros que se evaden de las miserias humanas dándole al naipe. En el pazo de Lugo donde pasó el Duende sus primeros días de vacaciones Teresa se ponía un poncho y salía al fresco de la galería con su ordenador,  porque ese era el único rincón de la casa donde llegaba Internet. Sólo quería el acceso de la red para jugar al bridge con un chino, un estadounidense de San Francisco y un italiano.En O Rosal, provincia de Pontevedra, Angeles, además de pescar, entretenía el resto de sus tiempos libres en otra timba multinacional del mismo juego. Y Katy, la anfitriona del Duende en la siguiente parada, que fue Sanjenjo, no sólo jugaba al bridge, sino que da clases a quien lo quiere aprender.

En este pueblo  además de la pesca, la navegación y la playa, las otras grandes pasiones del veraneante son  el bridge,  y el mus, juego de naipes que uno, desgraciadamente, ni entiende ni sabe practicar. Rara avis este duende: sabe hablar y cantar al revés y no es capaz de entender el mus, que lo gozan desde los chispas y paletas hasta los catedráticos y los ministros. Ca cuá es ca cuá. De repente se sentía un huésped raro y ligeramente incómodo. Nada pescador, navegante sólo de papel (con Conrad, Melville, Stevenson y otros patrones), poco amigo de la playa y tontito para las cartas…¿cómo iba a ser bien acogido en Sanjenjo?

El Sanjenjo actual debe mucho a los ávidos constructores, pésimos urbanistas  y peores políticos que debieron de meterle mano. No sabe uno si el responsable de su afrenta arquitectónica es munícipe, autonómico o de la administración central, pero, sea lo que sea, es de esperar que pase un largo purgatorio junto con el inventor de los calzoncillos sin bragueta y el de los grifos redondos, que no hay manera de manipular cuando se tienen las manos enjabonadas, (cosa, por otra parte, normal en la ducha). Para imaginar el Sanjenjo ideal no hay más que contemplarlo desde el monte, asomado a la ría en un enclave natural verdaderamente excepcional. Pero es preciso además borrar con una goma imaginaria los llamativos desmanes que, seguramente en nombre del desarrollo, se han ido cometiendo en su solar. De los salvapatrias y ganapastas compulsivoss, liberanos Dómine. Menos mal que el cemento no puede taparlo todo.

Por ejemplo, no ha tapiado del todo el mar, ni algunos monumentos entrañables –como la Iglesia de San Xes- milagrosamente salvados en el propio casco urbano, ni la brisa, ni la luz del sol respladeciendo en sus verdes montes, ni el espíritu  de algunos de los veraneantes de Sanjenjo. No puede tampoco  sellar la boca de Javier Rodríguez-Gimeno, alias Rodri, conversador infatigable y navegante sentimental que pesca a la cacea amigos que naufragan en el desánimo. Rodri es un compañero del colegio que ni siquiera era de la clase del Duende. Jamás fueron al cine, jugaron a las chapas o espiaron a las chicas del Loreto juntos. Rodri fue, además,  un figura del equipo de jockey sobre patines y un buen futbolista, con ese puntito de orgullo peleón que le hace antipático al que tiene que competir contra él, como era el caso de uno. Además es del Madrid, y se sospecha que raulista: cuántos puntos negros en la biografía de un gran hombre. Sin embargo, reapareció en la vida del Duende en dos momentos de apuros con una inusitada generosidad y una sonrisa abierta y generosa. La gente a la que le contaba su invitación –tú vienes a pasar unos días este verano a nuestra casa en Sanjenjo, seamos amigos desde la infancia o desde antes de ayer- no entendía que el Duende no vacilara en aceptarla. También fue al Rousillon a intimar con Lola y Fred, dos amigos forjados en este blog. Afortunadamente, las sirenas de Ulises no paran a cantar aquí.

Fueron un par de días de largas, inacabables conversaciones que anudaban un tema con el siguiente, un recuerdo con otro aún más amable, una sonrisa con alguna pincelada de filosofía práctica para vivir, dejar vivir y, aún así, ser moderadamente felices en estos tiempos convulsos. Al final, muchas carcajadas, cenas con amigos del amigo, paseos, tintos de verano, y la única frustración de ser invitado inútil para el bridge y, peor aún, para el mus. La casa de piedra de Rodri, Katy y su hijo Antonio, un modelo de la arquitectura tradicional que  nunca debería haber abandonado Sanjenjo,  se alza junto a un sencillo cruceiro que él, hombre de fe, divisa desde su habitación.

-Debes volver –le dijo al Duende cuando se despedían con un caluroso abrazo al pie del Cristo de granito.

Seguramente quiso añadir que él, como le enseñó el Maestro, siempre está dispuesto a esperar a cualquier amigo con los brazos abiertos.

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