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La suerte del murgaño y la esperanza

Homper no pudo salvar la vida al murgaño, pero no pierde otras esperanzas...

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Aquel día Homper  se sorprendió al comprobar que en la especie humana cabe de todo. Cuántas sensibilidades distintas, a veces diametralmente opuestas. La radio conraba que un par de niños habían desaparecido en un parque de Córdoba donde paseaban con su padre, separado de la madre de las criaturas. Raro, raro. La madre estaba desconsolada, rota. La policía había investigado ya la finca de los abuelos paternos, donde habían observado detenidamente los restos de una hoguera en la que aparecían huesos.

Sólo era la macabra insinuación de una hipótesis, pero Homper sintió que un escalofrío le sacudía el cuerpo. ¿Sería posible que el padre hubiera asesinado a sus hijos y hubiera quemado sus cuerpos para deshacerse de la prueba de su crimen?  A continuación el informativo hizo un alto para dar paso a unas cuñas publicitarias. Una de ellas anunciaba un programa de la propia cadena, Como el perro y el gato, que presenta Carlos Rodríguez.

-Estoy preocupado porque a mi gato le huele el aliento –decía uno de los oyentes que habían llamado al consultorio del programa- ¿Tiene remedio?

A Homper le alivió que la halitosis gatuna tenga remedio. Los niños de Córdoba siguen sin aparecer, pero si un amante de los animales quiere dar un beso a tornillo a un minino puede encontrar una boca tan fragante como se supone que debe de ser la de  Scarlet Johansson. Algunas almas sensibles sí tienen la suerte de encontrar solución para sus problemas.

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Aquél día de sol veraniego Homper estaba en la Galicia profunda, en un precioso pazo del valle de Lemos, acompañando a un amigo que pasa momentos difíciles. Una casa solariega con varios siglos de piedra y pizarra a cuestas, verdes prados regados por el río Mao y un monte de frondosos carballos y arces en la orilla opuesta enmarcaban una vista ideal para el descanso y la meditación.

Los males que afligen al amigo no son ni mucho menos los del drama de los niños desparecidos. Tampoco los del amante preocupado por el aliento de los gatos. Homper tiene poco de psicólogo, y  tampoco mucho de director espiritual. Sólo es algo experto en auxilios mínimos: una conversación  con buenas intenciones, quizás un chiste, un par de huevos fritos con chorizo, la recomendación de un libro, de una música, de un paseo. Pero el amigo padece de un defecto muy extendido, y del que casi nadie está libre, y es creer que el mundo gravita únicamente alrededor de nuestro ego herido.

-Le voy a ser sincera –le confesaba a Homper el otro día su vecina- La deuda soberana, la quiebra de Grecia,  la crisis del euro y eso será muy grave. Pero a  mí lo que de verdad me arruina la vida es la ciática.

Todos vivimos obsesionados con nuestras ciáticas del alma. Ya sean graves, menos graves o, como en caso del dueño del gato, irrelevantes.

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Los niños de Córdoba seguían sin aparecer, la crisis económica no cedía, la depresión del amigo tardaba en asimilar la terapia que proponía, sin demasiada convicción, Homper. Quedaba la esperanza de que la vecina hubiera mejorado de su ciática, y que el gato maloliente hubiera convertido su halitosis en suspiros de fresa como los de la princea de Rubén Darío, que estaba triste, pero olía divinamente.

-Si no puedes arreglar los grandes males del mundo –recordó Homper que le dijo una vez el padre Ramiro- ayuda a solucionar ese pequeño problema que tienes a mano.

Después de haber corrido por el lecho seco del embalse de Vilasouto, por los bosques de Novelin, Rendar y Eirexalba y de haber saludado a par de corzos con los que se cruzó en el camino de aquel insólito día de otoño estival, el problema más inmediato se presentó en el fondo de la bañera. Ahí, mientras se duchaba después de la carrera, Homper descubrió un punto del tamaño de una lenteja que se desplazaba lentamente, como tratando de esquivar los chorros de agua que proyectaba la alcachofa de la ducha. Homper no se ducha con gafas, pero a pesar de ello estaba convencido de que se trataba de un murgaño. Por tal nombre se conoce a cualquiera de las seis mil quinientas especies de opilones, insectos, también llamados pataslargas, que se distinguen del resto de los arácnidos por la ausencia de estrechamiento entre el prosoma y el epistosoma y por la exagerada longitud de sus cuatro pares de extremidades.

-Hay que reconocer que el bicho es feo –pensó Homper en plan buenista- Y no se qué beneficios puede aportar a la humanidad. Pero…¿no tiene también su derecho a la vida? ¿Quién es uno para condenarle a muerte, si el animalito  no ha hecho nada malo?

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Estaba convencido de que iba a hacer un bien: evitar la muerte a un insecto inocente. Eso tal vez podría ser presagio de que los niños de Córdoba aparecerían, de que el amigo maltrecho remontaría y de que la ciática de la vecina y el aliento del gato dejarían de ser problemas. Sobre todo: estaba encantado  consigo mismo por haber procedido con ética. Ética raquítica, si se quiere, pero ética al fin y al cabo.

Así que salió de la ducha se secó y rescató delicadamente con el índice y el pulgar de su mano derecha el cuerpo mojado del opilón para dirigirse  a su habitación y depositar en el balcón al pequeño náufrago, que ya libre y en suelo seco despabiló pronto.

Lástima que los destinos del Señor sean ciertamente inescrutables.  E imprevisibles. En ese momento apareció una lagartija, vio al murgaño inocente y sin dudarlo un momento se lo tragó de un bocado. Tanta ética y tanto cuido para este final cruel como la vida misma.

Así que Homper va insistir con el amigo desanimado, que es alifafe que le queda más cerca. La esperanza no se pierde.  A ver si  puede darse el gusto de ayudar con buenos resultados.

Descubriendo bufones

El Duende confiesa que ni sabía de estos bufones ni suponía que se pudieran llamar así...

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Don Hilarión cantaba que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. No avisaba en cambio de las inquietudes que esto provoca en el alma humana. Estaba ayer la comunidad científica  revolucionada `por el último experimento del CERN cuando el incauto Duende que suscribe se empeñó en entenderlo y en leer lo que los periódicos divulgaban al respecto. Peor para él: más madera, que es la guerra. Cuanto más quiere saber, menos comprende.

-Es muy sencillo- le explicó su amigo Homper, ojiplático de tanto pasmo como nos traen los tiempos modernos- Los fotones  de la luz y los neutrinos, que no se muy bien lo que son, pero que también deben de viajar muy rápidamente, se han echado una carrera de 730 kilómetros por un tunelillo bajo tierra que va desde Ginebra a Gran Sasso, en el este de Italia. Y resulta que los neutrinos han llegado sesenta nanosegundos antes. O sea, la repanocha.

La repanocha. Qué encanto tiene recuperar vocablos de tebeos antiguos.

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Repitiendo lo que dicen los sabios, asegura Homper que con este experimento la Teoría de la Relatividad de Einstein queda en entredicho. Lo cual que, sin entender tampoco por qué carajo de relación de causa a efecto, significa que los viajes por el túnel del tiempo van a ser posibles. Así que, ni cortos ni perezosos, entraron en sus agendas marcha atrás y entrambos se pusieron a arreglar sus vidas y quién sabe si las del mundo.

-Enero de 2008- Voy a invitar a aquella estanquera que me gustaba tanto y a la que no me atrevía a llamar para decirle que si se toma un gin-tonic conmigo.

-Yo pienso más en el bienestar colectivo –le amonesta Homper- Contrataré a una panda de matones para que les rompa las piernas a los jefazos esos de Lehman Brothers . Así no podrán ir a la oficina  y seguir haciendo hipotecas subprime.

-Marzo de 2004. Me voy a quedar en casa con una ampolla de Urbason para  que no me triture el cólico nefrítico aquel que me sorprendió en Las Hurdes.

-Yo sigo pensando en los demás- le  vuelve a corregir Homper- Yo loq ue haré será presentarme ante ZP disfrazado de Azaña, que supongo que sabrá quién era, para aconsejarle que, antes de prometer como presidente de gobierno, se lea los papeles  fundamentales y repase las cuatro reglas.

Metidos en juerga, el Duende quiso regresar al año 1974 para que Schwarzembeck, futbolista del Bayern Munich, no metiera el gol de última hora que le arrebató al Atlético de Madrid la Copa de Europa que prácticamente tenía ya en sus manos. Y más aún, inmtentó colarse en el verano de 1963 y en la habitación de Marylin para convencerla de que, por lo que más quisiera, dejara de tomar pastillas y no se suicidase.

Pero no consiguieron nada. Porque aunque las ciencias adelanten, no avanzan tanto como para que tipos del corte de Homper o del propio Duende las entiendan y sepan valerse de ellas. Así que unos nanosegundos después de estos castillos en el aire, el bloguero ya estaba en otros descubrimientos.

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Por ejemplo, el de los bufones de la costa oriental de Asturias. El Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos dice que bufón es persona cuya intención o propósito es exclusivamente hacer reir. El propio Duende sabía que durante muchos años él mismo ha sido un bufón. Pero nada dice el tal diccionario del fenómeno vio con sus propios ojos en Vidiago, cerca de Llanes, donde el mar embravecido se comprime por unas chimeneas abiertas en la roca  caliza de los acantilados y bufa como la boca de un dragón proyectando al exterior columnas de agua pulverizada. Probablemente deberían de llamarles bufidos, pero los les dicen bufones.

-¿Y cómo no me habían hablado antes de esta maravilla? –se preguntaba el viajero como un Homper cualquiera.

Admite el Duende que puede ser la suya una sensibilidad muy infantil. Comprende que, aunque el fenómeno natural es sorprendente, sobre todo si está enrabietada la mar, resulta aún más vistoso por la espectacularidad de esta costa, con acantilados feroces desgajados a veces en diminutos islotes y perforados por grutas en las que  el agua hace toda clase de  diabluras. Es consciente de que el paisaje que se contempla mirando tierra adentro también influye: la Sierra de Cuera, entre los Picos de Europa y el Cantábrico, bosques de castaños y robles, prados felizmente llenos de vacas, caballos medio asturcones y algún corzo y nobles casonas de piedra que aún mantienen su dignidad frente al inicuo mal gusto del desarrollismo inmobiliario.

Ah, y uno de los campos de golf, el de Llanes por los que merece la pena aficionarse a este deporte que tanto le desesperó al bloguero (al punto de que lo aborreció apenas mandó al lago sus diez primeras bolas. ¿Por qué aprender a mis años algo que evidentemente se me niega?-se dijo).

Recapitulando: no era sólo la impresión de los monstruos marinos que por esas mágicas chimeneas desahogan su mal humor. Era el encanto del lugar.

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Otros datos para la agenda de inolvidables que uno guarda en su memoria. En Buelles, el pote y los tortos de  La Sauceda, el restaurante de un poeta llamado  Ramón Alzola que todos los años organiza un concurso de sonetos. En Llanes, los llamados Cubos de la Memoria de Ibarroladiscutibles- su señorial casino (pocas tertulias ya en el crepúsculo de la última tarde de verano), el espléndido Paseo de San Pedro, un tapiz de hierba al borde mismo del mar, y la senda costera que lo continúa. También la cocina de La Galería, donde una artista de la cuchara llamada Marisol se quedó estupefacta descubriendo la cara de aquella Doña María que conocía de la radio. En Buelna la caprichosa playa de Cobijero, donde bufa el mar de lo lindo En el umbrío y precioso Valle de Ardisana, aquella aldea con olmo en mitad de una diminuta plaza rodeada de hórreos centenarios. Qué lástima que el bloguero no recuerde su nombre. Y en Andrín, un pequeño pueblo en el que han conseguido controlar la horterada inmobiliaria, casas muy guapinas, una playa  tamaño joyero que parece un decorado de bonita que es y los restos del lienzo de una muralla junto a los que se levantaEl Norte, un conjunto de tres casas convertidas en deliciosos apartamentos. Queda por citar a sus dueños, Manolo y Bea, amigos emprendedores que hace más de veinte años decidieron cambiar el foro y la publicidad por la costa asturiana y el oficio de hosteleros refinados que les distingue. No han descuidado un detalle, pero se esmeran sobre todo en el buen gusto y en la cordialidad inteligente. A ella sin embargo  le chirría que le digan que sus apartamentos resultan muy coquetos.

-Pero qué caramba –pensaba el Duende/Doña María- Es que lo son.

Total, que estrellado ante imposibilidad de saber para qué nos sirve el último  expèrimento del CERN, este ha sido el último descubrimiento del bloguero curioso. No pierda el el lector  un solo nanosegundo y, en lugar de esperar a viajar por el túnel del tiempo vayan a esta singular costa de inolvidables bufones. Por cierto que, haciendo honor a su nombre, sus bufidos también parecen reirse de todos los que  han visitado los rincones más exóticos del mundo sin haberse acercado a verles. Ya ven, a cuatro horas de Madrid y el Duende  sin conocerlos hasta la fecha. Pero qué paletos somos a veces con nuestros propios tesoros.

Los miradores de las casas de Cádiz

Miradores en los tejados de las viejas casas de Cádiz, donde se asomaban para ver regresar los barcos...

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Conoció Cádiz este bloguero de la mano de su amigo Félix, que le enseñó orgulloso los territorios felices de su niñez.  Y él le explicó una de las peculiaridades arquitectónicas de las antiguas casas de la Tacita de Plata.

-Mira-le dijo señalando una especie de garita circular que corona los  tejados más vetustos de la ciudad- Ahí se asomaban los gaditanos de antaño para  otear el horizonte y ver si llegaban los barcos que esperaban.

Ha esperado el Duende meses para escribir estas líneas. Y en ese tiempo, en el duermevela que precede al sueño y donde uno se balancea entre la realidad y la ficción, se ha visto varias veces subiendo de dos en dos los escalones que conducían a uno de esos miradores gaditanos para escudriñar el mar.

Normalmente el horizonte está nebuloso, ocultando entre sus brumas sueños y esperanzas. Pero  no lo puede evitar, siempre espera que cuando despeje la niebla aparezca en lontananza una figura que le devuelva la alegría. De pronto se dibuja en la grisura la silueta de un barco. Y poco a poco se puede distinguir una figura menuda que saluda desde el castillo de proa y sonríe. Ha valido la pena. Es Félix, vestido como esos marineritos  que cantaba Alberti  en sus poemas de juventud. Es el amigo, que regresa al puerto que le vio nacer.

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Marinerito. Félix fue siempre un hombre pequeño y enjuto que añoraba discretamente la claridad salada de su infancia gaditana. Andaluz intermitente, según le llevaba el destino del norte al sur,  genio risueño y zumbón, gran corazón constante en el tic-tac de vivir y, sobre todo, dejar vivir.

Tranquilo, pausado, viendo pasar el tiempo antes que anticipándose a él.

-La prisa no va con el señorío-pensaba.- Y el señorío no va con la prisa.

Debió de escuchar aquello de que la vida es un valle de lágrimas que nos contaban en el colegio como quien oye llover. Porque la alegría y la bonhomie le llenaban el alma.

-La guasa que tiene el niño- le jaleaban en Cádiz.

Todo tranquilo, con elegancia natural, sin descomponer la figura. La placidez le llenaba el alma. Quizás pensaba que no vale la pena vivir si la ansiedad te destempla  y arruga tu dignidad.

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Legendaria, para los que le conocimos, era esa anécdota que  de él se contó tantas veces. Si non é vera, é ben trovata.

Tenía Félix mucho apego a las sábanas. O no desmesurado amor al esfuerzo, por decirlo de otra manera. También tenía la suerte de haber nacido en una familia de posibles y, sobre todo, aficionada al buen vivir. Para eso disponían en casa de una servidumbre fiel y abnegada que tenía como principal obsesión la felicidad de los niños de la casa. Y el príncipe heredero de ese amor doméstico era Félix, Felisín para algunos, el señorito Félix en boca de la Tata y Pepa.

Pepa, una guapa moza antaño, era el ama de los fogones y el hada de la sartén. Y la Tata, que era bajita gorda y feúca como una cría de rinoceronte, pero entrañable, se cuidaba del niño tal que si en ello le fuera la vida. Al niño le había salido ya bigote cuando, por aquello del horario de las clases en la universidad, tocaba despertarle en horas para él inusualmente tempranas.

-Señorito, que son las ocho –le anunciaba  la doncella, cumplidora.

Se cuenta que el hombre abría un ojillo, se estiraba perezosamente y después sacaba a pasear un pie para que la Tata, diligentemente preparada al efecto, le enfundara un calcetín. No permitiera Dios que el niño se llevara el sobresalto de tocar con un solo dedo el frío suelo.

-Tata –fue la respuesta de nuestro amigo- Si me llamas a las ocho, no me digas señorito. Y si me dices señorito, no me llames a las ocho.

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No menos fama tenía la generosidad de la familia, que a medida que crecía Félix iba acogiendo en su casa amigos. Este bloguero fue uno de ellos. Se conocieron en la Facultad de Derecho. Ambos admiraban más a  Gila que a Justiniano. Y los dos  pasaron en aquellas aulas más tiempo riendo chistes y parodiando catedráticos que tomando apuntes.

Así se forjó la amistad más confortable y grata que el Duende ha hecho a lo largo de su vida. Un día  el Duende entró en la casa de Félix, donde a partir de entonces siempre hubo un plato y una cama para él. No había otro lugar mejor para dejarse caer sin tener que dar más explicaciones.

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La mar es muy grande, y no pide permiso para rebasar fronteras. El mar de Cádiz se desparrama. Inopinadamente, sin darse cuenta, se convierte en el Cantábrico sin dejar de ser el mismo. Eran los dos amigos ya padres cuando el Duende tentó a Félix para que pasara el verano a su lado. En una casina del monte, cerca de una playa asturiana.

Te fuiste, marinerito/ en una noche lunada/. Tan alegre, tan bonito/ cantando a la mar salada- deecía Rafael Alberti en su Elegía del niño marinero.

La mar de Cádiz es la mar de Asturias. Mientras los hijos de los viejos amigos jugaban juntos con la pala y el cubo y hacían  castillos de arena, la playa de San Pedro de Ribera se llenaba de la sal de Félix. Su desparpajo y su donaire peinaba las olas del bravo mar, que parecían romper más contentas. La mar de Asturias, que era la mar de Cádiz, se devanó aquellos años en las mareas más felices que recuerdan los veraneantes del lugar.

Y un poco más arriba, en el monte, Félix y Begoña se hicieron una casa para ellos, para sus hijos y para sus nietos. Y naturalmente, también para sus amigos.

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En esa casa cerca del mar pasó el Duende los últimos días del último verano de Félix, que aunque ya estaba  herido de muerte trataba de mantener la guasa y el señorío. Y a esa playa ha regresado este verano. Se escuchaba allí el fragor de las olas. Pero por encima  de ellas resonaba en el recuerdo la voz del marinerito de Cádiz.

-¡Quillo, qué gracia tiene el jodío!- le coreaba la brisa.

Como la mar de Cádiz es la de Asturias, el Duende intentó repetir  lo del duermevela: escudriñar el horizonte y ver dibujarse sobre las brumas la silueta del amigo que regresa. Hoy hace justo un año que Félix murió. No es fácil que se embarque de vuelta hoy mismo, pues da la casualidad de que es martes y 13, y Félix, como buen andaluz, hacía de la superstición una religión.

Y sin embargo el Duende tiene la percepción de que Félix no sólo ha regresado, sino que  en realidad no se fue nunca. No lo podía asegurar hasta ahora, porque en las casas de aquí no hay miradores como los de las casas de Cádiz y no le  fue posible otear el horizonte. Pero se ha mirado en propia bodega del alma y ha constatado que su aliento navega con él.

Querido marinerito de Cádiz, amigo inolvidable, viento de vida y de alegría que alimenta nuestras velas. Sigue navegando tranquilo con los tuyos. Que a la Parca le haremos la pedorreta que recomienda Corintios: plantarse en jarras ante ella y decirle en tono chulesco. Oye, Muerte, ¿dónde está tu victoria?

 

El Duende de Verano (y 11) Un anfitrión de lujo

Fue una gran suerte ver Edimburgo desde la bonita casa de un buen amigo...

1. La moneda perdida

La última jornada del paseo por Escocia debe empezar por un aviso a viajeros. Dentro de poco será indispensable incorporar a los objetos que un conductor lleva normalmente en la guantera unas largas pinzas y un imán. Ya verán por qué.

El tres de agosto de 2011 a las las 16´45 aproximadamente dos personajes de esos que, según el libro de estilo de muchos periódicos, pueden llamarse ya ancianos, se bajaron de un coche ante la barrera de salida del aeropuerto de Edimburgo. Con el motor en marcha, y sin cerrar las puertas del  vehículo, ambos se pusieron en cuclillas y empezaron a buscar desesperadamente algo en esos espacios imposibles que quedan bajo las alfombrillas o entre los carriles de los asientos y la palanca del cambio de un automóvil. Lamentablemente, sus dedos no alcanzaban el tesoro perdido. Y éste no era otro que una moneda de una libra que se le escapó de la mano a uno de los dos ancianos cuando la sacó del bolsillo.

-La cagaste, Burt Lancaster –pensó el Duende sintiéndose culpable

Una libra es lo que ahora pide la maquinita de la barrera de salida del aeropuerto de la capital escocesa para dejar salir al incauto que ha tenido la amabilidad de acompañar a su amigo en su propio coche. No es mucho dinero, pero hay que tenerlo en forma de moneda. Y si no la llevas encima, o la llevas, pero se te cae en los fondos del coche y careces de unas pinzas o de un imán, puedes armar  un incómodo atasco como el que padecieron los coches que venían detrás.

En estos momentos trágicos los británicos demuestran más paciencia y comprensión que los españoles. Pero cuando los dos ancianos llevan tres minutos metiendo mano en cuclillas a los bajos del coche sin dar con la única moneda de libra que tenían, y bloqueando el paso a los coches que vienen detrás,  acaban comportándose como todo hijo de vecino. Tocan la bocina, levantan los brazos y te increpan en escocés. El Duende no entendía las imprecaciones, pero las imaginaba. Y pasó un rato horroroso, especialmente por su amigo amable, hasta que, alargando todo lo que pudo los dedos índices y pulgar de su mano derecha, y a riesgo de despellejárselos,  consiguió rescatar el óbolo resbaladizo.

-Qué gilipollez –se dijo- Pasar un mal rato por una libra que, además, estás dispuesto a pagar. Todo por otra nueva ocurrencia que hace aún más odiosos a los aeropuertos.

Ni un día sin que la modernidad nos complique la vida.Se supone que ya habrán incorporado el nuevo sacacuartos a muchos de los aeropuertos epañoles. Y que pronto lo veremos incluso en esos tan útiles que construyeron  en Ciudad Real y León para que no vuele casi nadie y, de paso, se agrande el déficit público. Como diría quien yo me sé, otro invento más de espaldas al pueblo. ¿Tantos fielatos hay que pagar por el progreso?

2. Una ciudad deliciosa, problemas aparte

No es esta bobada la única que incomoda la vida al turista en Edimburgo. La capital escocesa, aún con su pésimo clima, tiene muchos atractivos. Entre los cuales el bloguero incluye el aburrimiento que probablemente soportan los que en ella viven. Qué extraño, encontrarle encanto al aburrimientro: la edad (del bloguero) produce esas rarezas. Le venden a uno Nueva York o Londres como los avisperos del arte, la moda, los negocios y la vida fashion  y cool y el imperio del hedonismo. Y entonces siente deseos desesperados de ser vecino de Soria  o de Lugo. Lejos de este menda el mundanal ruido.

Que no se alarme nadie, Edimburgo también tiene sus zonas de hormigueo comercial por donde procesionan millones de turistas con su botellita de agua y su cámara de fotos. No cita el Duende la mochila porque resulta que él también se la echa a la espalda en estos viajes. La Royal Mile es como la Oxford Street londinense o la madrileña calle Fuencarral, pero con mucho kilt abarrotando las tiendas de souvenirs. Por cierto, que cuando el bloguero se empezaba a fijar en las muchachas en flor, éstas se ponían los domingos falditas escocesas cuidadosamente cerradas por un gran imperdible forrado de cuero. Lo cual que las tiendas para turistas de Edimburgo le traían recuerdos felices de sus amadas de otro tiempo, alguna de las cuales igual desfilaba en esa muchedumbre que baja constantemente desde el Castillo hasta  Holyrood. Viva la marabunta. Salvada esta nota que confirma el principio de que ningún lugar hermoso lo sigue siendo cuando es invadido abusivamente por la especie humana,  desde las calles estrechas y tétricas de la vieja ciudad hasta los barrios que en el siglo XVIII nacieron al norte para que los edimburgueses poderosos huyeran del lumpen y del puterío, es un placer andar esta ciudad como si tú fueras el único observador que pasea por sus calles. En esas zonas quizás haya menos tiendas, pero más misterio y más novela de la vida

No se abundará en cualquier cosa que venga sobradamente explicada y ponderada en las guías. A este viajero, por el contrario, le sorprendió la cantidad de pordioseros que  se apostan en sus calles. Algo que choca en un país que, como todos los del Reino Unido y hasta la irrupción de esta crisis salvaje, había hecho del estado de bienestar una auténtica bicoca. Le contaron al Duende que aquí, aparte de la enseñanza, la sanidad y del subsidio de desempleo, se subvenciona el transporte y se ofrece vivienda por cuenta del erario publico a estudiantes y parados. A juzgar por la cantidad de limosneros –muchos de ellos completamente beodos-que invaden las calles de Edimburgo, es evidente que los presupuestos se han quedado cortos.

Un fleco más de la crisis afea aún más las calles de esta bonita ciudad. Parece ser que, por economizar, el servicio de recogida de basuras municipal sólo trabaja  dos días por semana. No obstante lo cual, como ocurre aquí, la gente sigue depositando sus desechos diarias en esos grandes cubos dispuestos en las calles, que  luego son asaltados, saqueados y asquerosamente desperdigados  por las voraces gaviotas del vecino Fith of Forth. Para que luego nos quejemos en Madrid de los restos del botellón. La conclusión: qué difícil es gobernar una ciudad. Aunque sea pequeña y presuntamente civilizada, como Edimburgo.

3. El perro del Cónsul

El personaje que despedía al Duende en el aeropuerto y que compartió con él la afanosa búsqueda de la libra perdida había sido su anfitrión en Edimburgo. Después de ocho días en pequeños hoteles donde el viajero  debía estudiar cuidadosamente cómo colocar su maleta para dejar libre el acceso a la cama, la generosidad de sus amigos Javier y Mercedes le procuró dos noches en una habitación cuadradas de techos altísimos en la que casi cabría la carpa de un pequeño circo.

La casa del Cónsul de España es un noble edificio de principios del siglo XIX situada en una de esas plazas ovaladas con un frondoso parque en el centro al que sólo tienen acceso los vecinos de las viviendas de la plaza. La casa tiene cuatro pisos y enormes ventanales desde los que sólo se divisa un Edimburgo elegante, tranquilo y muy verde. Lo más destacable de la residencia no es su arquitectura, ni la exquisitez de elementos como la barandilla de la escalera, del entarimado, de las chimeneas  y del suelo de cerámica de la época, que hay que preservar por tratarse de un inmueble catalogado y protegido. Lo verdaderamente notable, a juicio de este observador, es que en el cuarto de baño principal hasta un prostático puede pasar un ratito feliz. Por encima de la cisterna del WC se abre un ventanal con un panorama tan espectacular que da pena que hacer pis dure tan poco. Nunca encontró el Duende tal lujo de vistas en lo que normalmente es el lugar más discreto de una vivienda.

Sostiene el Cónsul que hay destinos más apasionantes que Edimburgo para un diplomático, y probablemente discrepe con la teoría del aburrimiento que acaba de enunciar este  bloguero. Pero entre su trabajo, que no es poco, el golf, su pasión por los libros y su actividad como traductor, que ya ha volcado en varias publicaciones, da la sensación de dar por bueno esta etapa de sosiego en su carrera. Javier y Mercedes trataron a su huésped con cariño y generosidad, le llevaron de exposiciones y le invitaron a cenar en uno de los restaurantes más de moda en la ciudad.

Por la tarde, a la vuelta de su trabajo, el Cónsul sacaba a pasear a su perro. Y en uno de esos paseos dio con su huésped, que regresaba a casa después de patear la ciudad.

-¿Y cómo no lo paseas por ese maravilloso parque? –le preguntó el Duende señalando al precioso recinto verde protegido por una verja- ¿No tienes la llave?

-Sí, claro. Pero no está permitido pasear con perros.

Curioso. Todo el mundo sabe que en el Reino Unido hay cementerios para perros con mausoleos y lápidas que en nada envidian a los de los héroes. Pero en estos parques privados no se les deja pasar. Todo lo contrario que en el pub vecino, donde el Cónsul y el Duende entraron a tomar una cerveza. A ellos les sirvieron un gin tonic y media pinta de cerveza. Al perro le recibieron con caricias y allí mismo, sobre la moqueta, le pusieron un cuenco con agua. Estos británicos, tan románticos para unas cosas y tan pragmáticos para tantas otras, son difíciles de entender.

El Duende de verano (9) Sorpresas en Edimburgo

Edimburgo ofrece más sorpresas que ver al reverendo Walker patinando sobre el hielo...

1. ¿Cómo imaginamos el mundo que no conocemos?

En sus jugosas memorias que tituló El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta cómo imaginaba la ciudad a la que iba a hacer su primer viaje desde el Madrid que le vio nacer. Se trataba de Zaragoza, y entonces es probable que el chico no tuviera a mano ni tan siquiera la postal del Pilar para darle una pista. Así que tiró de la fantasía y del deseo y se hizo a la idea de que Zaragoza era un paisaje idílico con casa como el que etiquetaba la tapa del conocido Queso el Caserío, que tanto le gustaba.

-Yo creía que todo lo que no era Madrid era así –se lamentaba- Pero cuando mi madre me llevó a Zaragoza me encontré con que Zaragoza era asfalto, calles, casas, tranvías y y coches, como Madrid. Y me llevé una decepción.

Todos dibujamos mentalmente a priori los lugares que no conocemos. Y uno de los encantos del viaje es superponer el modelo real al boceto que de él traíamos en la cabeza. Es verdad que ahora hay infinidad de herramientas para hacer casi un viaje virtual antes de pisar el lugar elegido. Pero aún así siempre hay variables que acaban sorprendiendo al viajero: la topografía, la atmósfera, las dimensiones, la luz, el diseño y el color humano de la ciudad. Antes de pisar por primera vez Edimburgo el Duende se imaginaba un castillo en un roquedal, mal tiempo, los cien pipers  del whisky patrullando por las calles, señores vestidos como Sherlock Holmes y señoras que levaban al perrito a la peluquería y luego se reunían a tomar el te con las galleas de nata que venden todas las tiendas de souvenirs.

También barruntaba lóbregos museos decimonónicos. Y en ellos se exhibía el primer motor de vapor de Watts, el gabinete de estudios de Darwin con esqueletos de monos, pitecaontropus y de algún náufrago innominado de la época, y la pata de palo y el loro disecado de John Silver, como legado más elocuente de Robert L. Stevenson y de La Isla del Tesoro. El bloguero, al cabo, era tan primario como Fernando Fernán-Gómez en su tiempo amarillo. Aunque Edimburgo no resultó tan diferente de lo que pensaba como lo es Zaragoza respecto a la etiqueta de quesitos El Caserío.

2. Cuadros con singular encanto

El primer dato amable de Edimburgo es su tamaño. Da la sensación de que, a poco que te apliques, puedes ser allí algo más que un simple turista. Si el viajero tiene buenas piernas y le guía un espíritu curioso, tomará las medidas y se hará una idea general del estilo de la ciudad en un sólo día. Todo gusta, nada abruma. Y su tesoro artístico hasta parece diseñado para no aplastar por exceso la capacidad de sorpresa del pobre turista.  La prueba de ello es su National Gallery, un Prado en pequeñito que hace muy productivas las dos horas de atención que un viajero medio puede dedicar al arte si desea algo más que pasar ante los cuadros y contar sólo que los ha visto.

Siempre pone especial atención este viajero en el arte local que es difícil hallar en otros museos. Pero al margen de los paisajistas románticos  escoceses y de los retratos exquisitos de John Singer Sargent, hay dos cuadros de esta National que le hacen especial gracia al bloguero. Uno es la Vieja friendo huevos de  la primera etapa de Velázquez. Puro costumbrismo con la luz tenebrista de la España de los Austrias. ¿Se imaginaba el maestro cuando lo pintó que ese lienzo –la única pieza velazqueña de la colección- iría a parar a la lejana Escocia? Item más: ¿qué pinta esa ilustre sartén aceitosa en un país donde fríen los huevos con mantequilla? La vida caprichosa de los cuadros. El otro es El reverendo Robert Walker patinando, un insólito retrato de un ministro de la iglesia anglicana que en lugar de aparecer predicando o rezando disfruta deslizándose como Toni Sailer sobre las heladas aguas del lago Duddingston. El cuadro lo pintó sir Henry Raeburn en 1790. La que se hubiera armado en la católica España si en ese mismo año Goya hubiera  pintado al obispo de Cuenca  de tal guisa. Pero es lo que tiene el pueblo británico: aunque su soberbia le haga insoportable, su aprecio por la libertad y  su sentido del humor le hacen envidiable. Además, ¿dónde dicen las escrituras que un ministro de Dios no pueda patinar sobre el hielo?

3. Un paseo muy recomendable

Al oeste de Edimburgo, y sobre una montaña rocosa, se alza efectivamente el poderoso castillo que el Duende ya creía conocer sin haberlo visto. Lo que hacer fijarse en todos los cromos. No es agradable sentirse hormiga –algo inevitable en la capital escocesa, y más en el mes de su Festival- pero aún a riesgo de ello es recomendable recorrer la ciudad de oeste a este partiendo del castillo y bajando por la Royal Mile (una especie de calle Fuencarral con encanto), que parte del castillo y llega hasta Hollyrood Park.

Ahí, amen del Palacio y de un parlamento que es el obligado tributo a la arquitectura contemporánea, el asfalto se convierte en un muestrario de la misma naturaleza escocesa que acababa de disfrutar el bloguero en las Highlands. Además de verde para jugar incontables partidos de fútbol, de cricket o de rugby, y fantásticos caminos para la bicicleta, el parque alberga el lago donde patinaba el reverendo Walker, y una montaña en cuya cresta está Arthur´s Seat, que es como nuestra Silla de Felipe II, pero que en lugar de vistas sobe El Escorial, Madrid y la Sierra de Guadarrama abre un panorama excepcional sobre la capital escocesa y el estuario del río Forth  en el que se ubica.

Esto lo conocen todos los que han visitado Edimburgo alguna vez. No es tan popular un paseo delicioso que descubrió el Duende al norte de la ciudad, desde Stockbridge hasta el Museo de Arte Moderno. Ahí un severo edificio decimonónico acoge una estupenda colección de pintura que abarca desde el Impresionismo hasta nuestros días. El bloguero echó una mañana en el paseo y en la visita cultural. Pero tuvo la suerte de dar con una ruta boscosa y umbría que sigue el curso del río Lye y muere precisamente en la colina del museo, atravesando puentes por un curso de agua abundante que culebrea caprichosamente y alimenta viejos molinos. Algo asombroso, a veinte minutos a pie desde Princess Street. La colección, insiste el bloguero,  vale la pena. Aunque el placer del camino casi la deja en este caso en un lugar secundario. No es que la naturaleza imite al arte, como subrayaba Oscar Wilde. Es que cuando se muestra tan viva, tan fresca y tan vehemente, y a tres pasos de casa, simplemente lo supera.

El Duende de verano (8) Una boda en Escocia

Hasta esta iglesia de Pertshire se llegó el bloguero por asistir a la boda de una sobrina muy querida

1. Los hijo de la globalización

Manda uno a sus hijos a estudiar en el extranjero y sigue pretendiendo que se casen con gente de su barrio. No cae en que los ligues de esta generación ya no se llaman Piluca o Josete, como antaño, sino Wolfgang o Silvie, o Lang, o Christopher, o Yannis, o  Kathe, o Solomon, o Brigitte, o Johannes. Son los posibles novios o novias de la globalización, y así pasa lo que pasa. La nieta mayor de este bloguero, es un ejemplo, tiene un apellido griego, un padrino escocés y una madrina alemana. Su padrino es el profesor MacCrorie, con el que anduvo por las Tierras Altas sin entender muy claramente lo que decía en su cerrado inglés scotch.

-¿Sabes que está Sabina en Saint Adrews?-le dijo apenas se encontraron en el aeropuerto de Edimburgo. Saint Andrews es la ciudad en cuya universidad  imparte sus enseñanzas el profesor Mac Crorie, famosa también por ser la cuna del golf.

-Buen músico –le respondió el Duende un tanto sorprendido porque el profesor siguiera a nuestro cantautor y su presencia allí le llamara la atención

- ¿Pero conoces sus canciones?

Daba igual la pregunta.  Rod MacCrorie tampoco le entendía nada, aunque , como él, trataba de disimular lo que a menudo era un diálogo de besugos. Su respuesta siempre era un ¡oh! de sorpresa y una sonrisa. -No tenía ni idea de que Sabina jugara al golf –aclaró entonces el Duende- Es más, en España nadie se lo imaginaría. Como va de ácrata, jamás se podría esperar que viniera a un sitio tan especial como Saint Andrews a practicar el deporte favorito de Esperanza Aguirre, que seguramente será una de sus bestias negras. Rod volvió a sonreir. -¡Oh!, ¿yes?… Ha venido con su novio – farfulló en su peculiar inglés de Glasgow. ¿Con su novio?…El Duende no le daba crédito. Ahora resultaba que, además de ser adicto al golf  Sabina tenía no novia, como siempre se le ha de presumir, sino novio. Eso sí que era el notición del verano: Joaquín Sabina se  había llegado hasta el norte de Escocia  para salir del armario. Y le habían dado las dos, y las tres, y las cuatro y las cinco y las seis, y desnudos al amanecer les sorprendió la luna a él y a un jayán con aspecto de cabo gastador, que era su amor hasta entonces inconfeso. Claro, no podía fugarse con él a Valderrama  o a Pedreña porque ahí le cazaría un paparazzi y echaría por tierra su leyenda canalla de golfo, libertino y mujeriego. Tenía que escapar a Saint Andrews, donde el profesor MacCrorie, acostumbrado a otras referencias como Elton John,  consideraba de lo más normal que una estrella de la música “pop” jugase al golf con su pareja del mismo sexo. Qué poca vergüenza.

Y así de  confundido estaba el Duende cuando un rayo de lucidez iluminó su mente. Y recordó entonces que estamos en un mundo globalizado. Y que que además de un apellido griego y un padrino escocés, su nieta Marina tiene una madrina alemana, casualmente llamada Sabine, que en boca del profesor MacCrorie tanto podía ser la guapa moza tedesca de la que su hija se hizo amiga cuando ambas coincidieron en la London School of Economics, donde también estudió su actual marido, como nuestro egregio cantautor de cuya virilidad resulta casi ofensivo dudar.

Jesús, qué alivio. No es que esté uno contra la internacionalización de la familia ni mucho menos contra los mestizajes. Es que nos educaron así de paletos y pequeñoburgueses. Y por tradición conservadora, piensa uno que lo suyo es que sus hijos se acaben emparejando o nombrando padrinos y madrinas entre gente cercana. Y si no, entre  los Martínez o los Echeveste, que eran de su barrio, de su colegio o feligreses de su misma parroquia. Más vale mal conocido que bueno por conocer. ¿O no?

2. Lo que duran las bodas de ahora

Las primeras bodas a las que asistió el Duende, entre la ceremonia y la fiesta,  duraban tres o cuatro horas.  Ahora pone uno el contador cuando empieza a acicalarse en casa y lo detiene cuando se quita el traje para meterse en la cama y no han pasado menos de diez. Desplazamiento al lugar del casorio, ceremonia, traslado al lugar de celebración, primeras copas, aperitivo. Generalmente larguísimo.

Aquí el Duende ya daría por terminada la boda, al fin y al cabo no se casaban los hijos del jede del estado, ni de una familia real, ni tan siquiera los archiduques de Pomerania, y tampoco hay que epatar a nadie. Pero no, ahora la categoría de las bodas parece medirse en horas, y para qué aliviar cuando podemos alargar la cosa para que la gente se de cuenta de que aquí no se escatima nada. Así que después de dos horas de pie, sentamos a los invitados, y les ofrecemos una cena, no menos de dos horas. Y luego discursos, muchos discursos. En las bodas de antes hablaba mayormente  San Pablo a través de su famosa Epístola a los Corintios. Y, como mucho, el cura. Ahora hablan los corintios, el cura, el concejal por lo civil, el padre, el padrino, los amigos de ella, los amigos del novio, las amigas de la novia , los del equipo rugby de él, y unos Pitufos vestidos de principitos y princesitas que son los sobrinos de ella. Afortunadamente no en todas las bodas aparece la Tuna para darle más realce a la celebración.

Y Homper, el Hombre Perplejo,  ha enunciado así esta otra paradoja de nuestro tiempo: cuanto más  se alargan las bodas, porque mucha gente vive de ellas, más se abrevian los matrimonios, porque los cónyuges aguantan mucho menos. A ver quién ata esa mosca por el rabo.

3. La boda de Natalie y Johannes

Cuando la boda a la que uno tiene que asistir es en Escocia, es verdad que al invitado le toma mucho más tiempo que las ocho o diez horas de una boda convencional. Pero no hay mal que por bien no venga. Para un señor de edad, como empieza a ser el bloguero, una boda normal puede ser magnus cognazus. Pero una boda en Escocia es la oportunidad ideal para montarse este agradable viaje sobre el que ha girado su verano. El día de la boda de Natalie, inglesa hija de madre española, con Johannes, novio alemán, fue además un día limpio, fresco y, sobre todo, soleado, primer detalle de lujo en esas húmedas latitudes. La iglesia, el monasterio de St Mary´s de Kinnoull era un monumento. Los novios llegaron en carruaje. La novia, y buena parte de las invitadas, estaban muy guapas. Había varios invitados escoceses luciendo su kilt. Y casi todos los invitados ingleses vestían chaqué, como es costumbre allí. A partir de Cuatro bodas y un funeral todos sabemos, además, que lo verdaderamente chic es conciliar la severidad de este atuendo, siempre negro en España y gris en el Reino Unido, con una corbata o un chaleco de colores chillones. Había cuatro pequeñas maiden bride (¿se dice así?) que llevaban la cola a la novia. Suele ser muy cursi, pero en este caso no se puede criticar, porque tres de ellas eran nietas del bloguero.

En la iglesia al Duende no le sorprendió que aparecieran sobre los bancos de los invitados los textos de las lecturas y las letras de los himnos y salmos que incluía la ceremonia. Le sorprendió que todos, británicos y alemanes, los cantaban vehementemente, sin esa vergüenza con que los españoles, aún los más creyentes, arrastran la voz con la boca chica en las celebraciones religiosas. Luego hubo cocktail en la casa de la novia. Sobre el césped había una carpa, bajo la que un grupo de jazz tocaba  jazz y música de Cole Porter. Los niños y las maien bride correteaban por la hierba, daban volteretas y jugaban al croket mientras los invitados departían entre sí en inglés, en alemán o en español. Mucha gasa en los sombreros y los tocados de las señoras y las chicas jóvenes, algunas de ellas francamente atractivas y sabiamente escotadas. Antes de la cena, en otra carpa, pasaron unas bandejas de jamón ibérico y de Rioja Contino.

Al Duende le sentaron luego entre una dama británica y otra alemana. Ambas le sacaban una cuarta de estatura, pero sentados los tres se notaba menos. Consiguió conversar con ellas a ratos en francés a ratos en inglés, y de vez en cuando hasta se tiraba el pegote de chapurrear palabros en alemán. La  dama alemana también canta en un coro, y eso une mucho. A los postres, discursos, muchos discursos: en alemán y en inglés. Primer baile de los esposos sin guardar el protocolo del vals ni nada que pueda recordar la ineptitud de los jóvenes de ahora para el baile agarrado. Tres o cuatro piezas nostálgicas para complacer a los más añejos y luego, como en todos las bodas, atronadores decibelios discotequeros , marcha y barra libre hasta el alba.

El exceso se ha universalizado, aunque el Duende, que ya se lo conoce, se retirase en cuanto el personal empezó a desmelenarse. Lo que se apuntaba antes, que no hay mal que por bien no venga. Bodas así pueden parecer largas, fatigosas y hasta un poco caras. Pero si tienes en cuenta que te sirven para viajar, hacer turismo y aprender idiomas, hay que reconocer que la de Natalie y Johannes fue una suerte. Pues que vivan los novios, ea.

El Duende de verano (7) Este sí es país para árboles

Podría recordarse a Dunkeld por su catedral, pero cualquiera que pasee por el bosque que la rodea se quedará sin duda con el recuerdo de sus árboles gigantescos...

1.Los árboles monumentales

El Duende siempre estuvo muy contento de su tío Augusto. Sólo coincidieron en este mundo cinco meses, por lo que apenas tuvieron tiempo para conversar, pero heredó de él algo de extravagancia y parte de su espíritu curioso y juguetón. También  un legado de libros que le entretenían cuando guardaba largos días de anginas en la cama. Cosas de aquel tiempo sin televisión.

El tío Augusto Gil Lletget se dedicaba a algo tan singular en su tiempo como la ornitología, y mantuvo durante toda su vida la inquietud del intelectual. En su biblioteca, además de los libros propios de un zoólogo, había muchos ejemplares antiguos del National Geographic Magazine, que este bloguero devoraba sin entender ni una palabra de inglés. Correspondían a revistas de los años veinte y treinta, impresas  con una extraordinaria calidad en blanco y negro y en un papel couché  con el tacto del estuco.

-Toma, niño-le decían cuando se los llevaban a la cama donde apacentaba a la fiebre- Mira los santos.

Entonces, ver las imágenes de los libros era mirar los santos. Como si no se pudiera imaginar que hubiera oro tipo de ilustraciones.

De aquellos maravillosos NGM  el Duende admiraba hasta los anuncios, generalmente de lujosos automóviles Cadillac descapotables  o Ford con ahítepudras en los que viajaban parejas vestidas como Ronald Colman y Greta Garbo. Todo lo que ofrecían aquellas publicaciones parecía lujo, exotismo y aventura. Y en una de ellas vio el sobrino del ornitólogo una foto que se le quedó grabada para siempre. Correspondía a una gigantesca sequoia de uno de los grandes parques norteamericanos (¿Yosemite? ¿Yellowstone?) a través de cuyo tronco se había horadado un túnel por el que pasaba un automóvil de la época.

Al Duende ya le parecían grandes los árboles del Retiro, así que aquella visión le dejó con los ojos como platos. Y desde entonces se emociona cuando ve árboles monumentales en lo que podrían anidar todos los pájaros que estudió su tío Augusto. Definitivamente, hay por el mundo árboles que parecen universos. Su espeso ramaje invita ser ardilla para ver desde lo más alto las puestas de sol y dialogar de cerca con las primeras estrellas. Y muchos de estos árboles crecen en la contornada de un delicioso pueblecito de Pertshire llamado Dunkeld.

2. El paisaje que eligen los cuentos y las películas

El camino que hizo el viajero desde Killin a Dunkeld permanecerá como uno de los recorridos más bellos y agradables que recuerda. Fue una plácida inmersión en esa naturaleza verde, frondosa y tranquila que los paisajistas escoceses del siglo XIX reflejaban tan precisamente en sus cuadros. La preciosa carretera bordea lagos y atraviesa puentes sobre ríos que el español mesetario no puede menos que  envidiar sanamente. Prados con vacas y caballos pastando plácidamente, ovejas de esas que parecen llevar leotardos negros. Algún corzo. Bosques espesos. Árboles aislados abriendo sus ramas como ángeles protectores de las laderas de hierba.  Y las casas esas siempre tan clásicas y acopladas al paisaje que las niñas llaman casitas. De nuevo el misterio: ¿dónde ponen y cómo camuflan los escoceses los talleres, las fábricas y esos horribles almacenes agrícolas o industriales que uno encuentra a la entrada de cualquier pueblo español que se precie? En esos lugares de Escocia el paisaje es postal, cuento o película. Aún se adivina por ahí el espíritu de una heroína de Jane Austen paseando en coche de caballos.

3. El duque que también amaba a los árboles

Tal `parece también el diminuto pueblo deDunkeld,  feudo que fue de los duques  de Atholl, unos nobles que a tenor de su legado arquitectónico y ambiental  de verdad que imprimieron carácter.

Dunkeld es un coqueto caserío trazado en el siglo XVIII junto al espléndido río Tay. Alberga además una catedral que hunde sus raíces en la edad media, unos bonitos parques, una fuente muy historiada y repleta de símbolos masónicos que regaló el duque de turno en el siglo XIX para llevar agua potable al pueblo, tres o cuatro hoteles –uno de ellos, el Hilton, en un emplazamiento de ensueño- y un asombroso bosque con hayas, sequoias, pinsapos, abetos, robles y fresnos como para albergar a todas las leyendas misteriosas que a uno le han contado a lo largo de su vida.

Claro es que un paraíso así no se improvisa: un cartel primorosamente enmarcado en madera del bosque advierte al turista de que en el siglo XVIII el duque de Atholl del momento sembró en la comarca nada menos que diez  millones de larches, que es como inglés se llama a los alerces. Tres siglos después muchos sobreviven como cíclopes del bosque, frente a los que el observador se convierte en poco menos que un liliputiense. Bajo uno de ellos tocaba Niel Gow, el mejo violinista escocés de la época. Una senda botánica cuidadosamente marcada así lo recuerda: Paseo del Violinista, dice el cartel. No es lo más impresionante que se puede ver por el mundo, pero, definitivamente, qué placer tan especial siente el duende viajero cuando transita por  estos insignificantes recovecos de la historia.

El Duende de verano (6) La larga pausa

En esta larga pausa de verano entre post y post, el Duende vio entre otras cosas un martín pescador en el Manzanares...

1. Excusas

Le gratifica sobremanera a este duende saber que al menos una persona llamada Acacia lee sus contados posts de verano. Qué encanto. Últimamente incluso introduce algún comentario. El duende viajero se pone en su pellejo y la valora doblemente. Por buena amiga y por su coraje. Piensa que, en su lugar, lo último que a él se le ocurriría un día de este aplastante verano que nos aflige sería buscar consuelo en el blog de un ciudadano que ni es VIP, ni es sabio, ni es  ni es figura política, ni es futbolista, ni tampoco atro del cine, ni es un gran escritor, ni periodista de opinión reconocida, ni hace más viajes o emprende más aventuras que las esperables en un pequeñoburgués.

A falta de más noticia que  la visita del Papa, la ruina de la economía y la descomposición del orden mundial, que ya no se sabe si es nuevo, viejo o simplemente desorden, los periódicos y revistas rebobinan y regalan relatos de ilustres que se las tienen que arreglar para llenar el vacío estival. Resucitan a Borges y Bolaño, exprimen a Vargas Llosa, a Javier Marías y a Maruja Torres y aprovechan recetas y postales de estrellas o estrellitas: Ana Obregón, Belén Esteban, Bertín Osborne,  Rosa Benito. (A fuer de sincero, confiesa que esta última no sabe exactamente quién es: sólo le consta que es rubia y que sale por la tele, ergo presume que al menos será famosa). Frente a plumas de esta categoría, qué les iba a contar un simple observador de naderías.

Así y todo, otros veranos pasaba el cepillo de carpintero sobre la actualidad y sacaba  virutas de la nada. Ya no. Algo le dice que está pasando el momento de los blogs (ahora, todo pasa a toda leche). Él será de los últimos que se recicle en los formatos esos de Twiter o Facebook, pero no ha tenido más remedio que dosificarase. Por cierto, que la culpa de eso no siempre ha sido de este bloguero. Él metió el ordenador en la mochila sin acordarse de que aún hay muchos lugares sin cobertura de wi-fi, y muchos hoteles sin siquiera una mesita en la habitación sobre la que ponerse a escribir. Pensaba en los demás, haciendo surf, navegando, haciendo castillos de arena en la playa , jugando al golf o viajando por Finlandia (qué suerte, ahí estarán fresquitos). También descubría, oh, sorpresa, que a su edad el lujo de no hacer nada ni siquiera le produce remordimientos de conciencia. Y así ha pasado lo que ha pasado.

2. Puntos por tratar

Pero hay materia, ya lo cree este chamarilero de la observación. No ha tomado notas por escrito de lo que ha visto y ha pensado, pero así a vuelapluma, más tarde o más temprano, algo dirá de lo que ha sido este verano de la vida en general y de su peripecia particular. Como por ejemplo:

-De la visita del Papa. Ya anticipa el bloguero que a la luz de su conciencia cristiana y de su fe católica  -con visibles grietas, eso sí- lo menos que le inspira este fenómeno es estupor. Doscientos confesionarios montados en el Paseo de Coches del Retiro…¿Asesoraban Buñuel y Fellini desde el más allá a los organizadores del JMJ?

-Del sálvese el que pueda. Mientras el bloguero vagaba por ahí oxigenándose, la economía se hacía el hara-kiri, y los informativos nos avisaban de que el sunami económico arrasaba la enésima esperanza de recuperación. No somos nadie, y si lo somos podemos dejar de serlo en cualquier momento.

-De una villa llamada Obanos. Se ha movido bastante este duende. Y después de haberlo hecho por Escocia, paseó luego por Navarra y hasta por el sur de Francia. Uno de esos días paró en Obanos, en la tierra de Estella, y se acordó de Angelus Pompaelonensis, maestro de profesión, fino humanista, antiguo seguidor de este blog y vecino de esta  villa. Le hubiera  gustado encontrárselo por las calles de su pueblo, y hablar con él, pero no tenía su número de teléfono. El Duende a veces se arrepiente de ser un improvisador. ¿Angelus, estabas ahí?…

-Del martín pescador que sorprendió en el Manzanares. No es lo más importante, pero sí una de las experiencias más emocionantes del verano, y en una pausa madrileña entre un viaje y otro. Fue en el Manzanares que queda después de pasar por Madrid, entre la capital y Rivas Vaciamadrid. No se lo creerán, pero este bloguero les jura que vio multitud de anátidas nadando por sus aguas. Y, más aún, que un martín pescador, con su inconfundible plumaje turquesa y su largo pico, sobrevoló fugazmente por entre los fresnos y chopos que arbolan sus riberas. El martín pescador, un pájaro señorito que dicen que siempre exige aguas limpias…Cosas veredes, Sancho.  Ahora va a resultar que el Manzanares es un río de verdad, como  cree Gallardón.

El Duende de verano (5) Lugares para aburrirse felizmente

Hay que buscar el encanto de lo británico en esos pequeños pueblos donde no caben multitudes...

1.En busca del encanto de lo británico

Mientras el Duende rumiaba las notas de su pequeño viaje por Escocia para volcarlas en el blog, en las principales ciudades de la vieja Inglaterra se registraban las más graves revueltas populares de este siglo. A causa de la crisis y de los recortes sociales del primer ministro Cameron, indignados, marginales o delincuentes, a saber, habían puesto a Londres y a Scotland Yard patas arriba. Where have the british flema go?, que cantaría Joan Báez . Nadie lo sabe. Ya nada ni nadie es lo que era.

Con tal motivo, en Herrera en la onda  los tertulianos y oyentes contaban sus recuerdos y vivencias de la que antaño fue llamada la capital del mundo y hoy es un hervidero. Y había coincidencia general en que, por su tamaño desmesurado, por los atascos de tráfico, por el exceso de turismo, por sus altísimos precios y por la aparente fagocitación de su población autóctona a cargo de los que antaño fueron colonizados y, ahora más aún, por estos desagradables sucesos,  buena parte del encanto de Londres se ha diluído. Londres es un mundo, pero aunque algunos de sus bobbis aún son pelirrojos,   ya no parece una ciudad británica. Hace falta alejarse de su centro para sentirse en algo parecido a  lo que la literatura, el cine y hasta los comics de la primera mitad del siglo pasado nos mostraban que era la capital del Reino Unido.

Puedes consolarte mirando el Big Ben, la imponente cúpula de la Catedral de San pablo,  o la estatua de Nelson de Trafalgar Square. Pero a poco que bajes la vista  te sentirás un corpúsculo más de esa sopa global en la que se mezclan ciudadanos de todas las razas que, no se sabe por qué, hicieron de Londres su destino preferido e invaden sus calles. Londres ahora resulta excesiva, fatigosa y abrumadora. Las últimas veces que este bloguero, que en otra época se declaraba anglófilo y reconocido admirador de Londres, estuvo allí, ya no quería ser una hormiguita consumidora más. Rescató su espíritu andarín y se refugió en esos espacios, parques o calles menos conocidos que aún quedan a salvo de la marabunta universal. La Courtauld Gallery, por ejemplo, el Sir John Soane´s Museum, o, desplazándote hacia el norte, el espléndido Hampsted Heath. Y, cómo no, alguna recoleta tienda de antiques especializada en juguetes antiguos o un discreto salón de te donde aún se puede escuchar a un par de viejecitas con sombrero hablando de sus gatos o ver a un caballero con aspecto de escribiente de Dickens leyendo la crónica de un apasionante partido de cricket. Si el cogollito de Londres, con todos sus gloriosos museos y parques, va a acabar siendo como nuestra calle Fuencarral, pero con más hijos la Torre de Babel de todos los colores posibles, a este viajero de papel le va a dejar de interesar.  Y se marchará, como ha hecho este verano, a buscar el tradicional encanto de lo británico a otra parte.

2.Un tranquilo pueblo escocés donde pasar la corta noche

Las tardes de verano en Escocia parece que no van a acabar nunca, pero eso no evita que a las 9 p.m no haya manera de cenar otra cosa que no sea una pinta de cerveza. Mala cosa que los británicos no necesiten empaparla. Más de una noche le sorprendió al duende  sin más alimento sólido que las galletitas que le dejaban en la habitación del hotel junto a la kettle del te.

Tampoco es bueno vagar sin reserva de habitación y esperar que en cualquier momento puedas dar con un pueblo encantador donde, a buen seguro, te recibirán con una sonrisa aunque sean las diez de la noche (que no es noche). Uno tiende a fiarse demasiado de las películas, y aspira a que aquella fina comedia de Stanley Donen, Audrey Hepburn y Albert Finney llamada Dos en la carretera se repita fácilmente. Pero  a estas alturas del viaje el profesor Mc Crorie había vuelto a sus aulas, y los viajeros ya no eran dos, sino uno. El coche tampoco era un Morgan, como el de la película, sino un Vauxhall Corsa. Y  el objetivo, lástima,  no era conquistar a la Audrey, que no existía, sino  caer en un sitio que en algo se asemejara a la imagen amable, cuidada y acogedora que tenemos como estereotipo de los pueblos británicos.

Hay que decir que en estos casos al bloguero nunca le asiste la suerte, y que, al menos en España, la improvisación suele acabar situándolo en un horrible hostal de camioneros con un puticlub paredaño de esos que inundan de luces de neón la noche. Por una vez sin embargo tuvo suerte.

3. Cosas de otro tiempo que los británicos saben conservar

Después de muchas millas embelesado en un jugoso paisaje de bosques, prados y lagos, aunque preso de la ansiedad por no saber qué sería de su suerte en esa noche sin reserva, vio a su izquierda unas preciosas cataratas, más bien rápidos muy accidentados, que precipitaban un furioso caudal de agua hacia el lochTay. Se anunciaban como The falls of Dochart, río que desemboca en el lago unos centeneras de metros más adelante. Tras una curva a la izquierda, y después de salvar aquella maravilla líquida por un largo puente de piedra, el viajero entró en Killin, un pueblecito británico refugio de pescadores y senderistas digno de la mejor postal. Ahí sí se debía de vivir todavía como los personajes del modelo tradicional que el viajero tenía la cabeza. Aún lucía el sol, pero ya no se veía a nadie en sus calles, de una arquitectura popular milagrosamente anclada en el tiempo, como si el pueblo no necesitase almacenes ni edificios industriales para su supervivencia. Ahí, junto a un remanso del lago, y rodeado de una espesa arboleda,  se alza un hotel decimonónico de tejado de pizarra y gruesos muros de piedra. Su interior, fácilmente imaginable, se adornaba con profusión de fotografías de la difunta Reina Madre saludando al personal del hotel, en el que fue ilustre huésped en el ya lejano año de 1953. La madre de la reina Isabel II ya tenía entonces más aspecto de cocinera que de personaje de la realeza. Quizás por eso, por haber permanecido en Londres con su marido el rey tartamudo bajo las bombas de Hitler y por su humanísima afición al Beefeater fue tan querida de su pueblo.

La uniformidad del personal del Hotel Killin ha cambiado desde entonces. Ya ningún camarero lleva frac. Pero las cortinas, alfombras y edredones y la decoración en general tienen todo el aspecto de ser los mismos de aquella época. Al Duende le dio igual. Incluso lo agradeció: en la cabecera de las camas, por ejemplo no había esas odiosas lámparas de moderno diseño que sólo arrojan luz a la pared, y que no iluminan el libro que tratas de leer. (Cuánto decorador actual debía de ir a la cárcel por ello, caramba). Tuvo la suerte de sentarse en el bar del hotel justo cinco minutos antes de que cerraran la cocina. Los sillones y las sillas, naturalmente, estaban tapizados de tartan. Pidió una cerveza y una hamburguesa de venison (venado) que, sorprendentemente, le pareció un manjar exquisito. No sabe si fue el hambre o el deseo de haber acertado con su elección.

Y a continuación, después de un paseo solitario entre dos luces por aquel pueblo encantador donde las ancianitas con gatos y los coroneles retirados ya dormían, se metió en la cama y él también durmió como un príncipe. Definitivamente, estaba satisfecho de haber dado con un lugar como el que buscaba. Killin  resultó ser, efectivamente, ese pueblo tranquilo, de paisaje bellísimo y edificios de carácter, sin tiendas de moda, establecimientos de comida rápida  ni discotecas, donde cualquier ser educado en el amor a lo británico aún podrá aburrirse  felizmente hasta el final de sus días.

El Duende de verano (3) Más batallitas de Escocia

Valles verdes, horizontes lejanos, largas caminatas, posadas solitarias...

1 No aprendemos nunca

Bernard Garel-Jones había servido al ejército inglés en La India antes de instalarse en España. Buscaba aquí un clima más beneficioso que la humedad de las islas británicas para los delicados pulmones de su esposa. Primero vivió en Canarias, para fijar después su residencia en Madrid y abrir a principios de los años sesenta del pasado siglo en la Plaza de Salamanca una academia de idiomas que se llamó La Casa Inglesa. Bernard no presumía de lince en los negocios, pero mantenía  que una buena escuela para aprender su idioma sería suficiente para que él y su familia se ganaran la vida.

-Los españoles no aprenden inglés nunca- mantenía-¡Nunca!

Pasaron por su academia muchos alevines distinguidos de la sociedad madrileña. Y cuando creían dominar a la perfección la lengua de Shakespeare, Bernard testaba sus conocimientos presentándoles un simple titular de un periódico británico: Bride to be strangled in  well.

Puede entretenerse el lector en comprobar su nivel de inglés tratando de traducir esta muestra de los jeroglíficos con que a menudo nos sorprende la prensa del Reino Unido. No es fácil, ya se avisa. Pero aunque Bernard exagerase, es verdad que los españoles no parecemos particularmente despabilados para los idiomas extraños. Compárese a este respecto la rapidez con que los numerosos futbolistas eslavos afincados en nuestro país aprenden el castellano. Tan cierta es nuestra torpeza para el inglés es como que este es un idioma escurridizo, veleidoso y puñetero.

El Duende reconoce que no habla ningún idioma extranjero. Sólo imita bastante bien su música, su sonido, y a fe que le gusta recrearse en ello. Pero es consciente de sus limitaciones cuando trata de entender cualquier película de habla inglesa que no esté protagonizada por actores de la escuela de John Gielgud, Michael Gambon, Ian Holm y otros maestros de la dicción. Sólo empieza a cazar la lengua de la calle cuando tiene que acabar su viaje, así que probablemente morirá, como otros tantos españoles, sin hablar nunca medianamente bien el inglés.

2 Buen tiempo en el Pico de los Españoles

Se entendía, no obstante, lo justo con su guía como para coincidir en que hacer senderismo por las Highlands escocesas bajo el sol,  a 19º y sin nube alguna en el amplio horizonte, fue un regalo. La suerte añadida es que en esas latitudes los días de verano son tan larguísimos que puedes subir montañas, perderte, vagar sin rumbo –como así fue- rectificar, dar con el camino perdido y regresar al hotelito para estar tomando una pinta de cerveza  a las ocho de la tarde. Y con tres horas aún de luz solar antes de comprobar, oh maravilla, que en el cielo escocés también pueden lucir las estrellas.

Todo esto ocurría en un lugar llamado Glen Shiel, un valle largo y verde, sólo pasto, brezo, helechos y casi totalmente desnudo  de árboles, donde se libró en el siglo XVIII una batalla entre los clanes escoceses que apoyaban a Jacobo III para el trono de Inglaterra y  Jorge I de Hanover que estaba en sentado en él y no estaba por la labor de cederlo. Por aquello de debilitar algo a la que ya pintaba como primera potencia del momento, la España de Felipe V decidió enredar apoyando a los revoltosos, entre los que, al parecer, estaba nada menos que el famoso Rob RoyY allá que mandó un pequeño contingente de soldados, esperando que con Jacobo como nuevo rey las cosas le fueran mejor a nuestra patria y recuperase así migajas de la hegemonía perdida.

Tristemente, a los aliados nos dieron para el pelo. Entre eso, y que el balance de víctimas no superó los cien muertos, nadie teníamos ni idea de que nuestros gloriosos ejércitos también habían peleado en  Escocia. Tampoco podíamos imaginar qué diablos pintábamos allí: cosas de la `política, igual que siempre. Glen Shiel se extiende de este a oeste. Los españoles se apostaron en una montaña que queda en el lado norte del valle, y que hoy lleva el nombre de peak of the Spaniards, único honor que les quedó a nuestros muertos en combate.

El viajero se enteró de todo eso tras haber coronado la cumbre, a la que se accede a pie, cómodamente, sin tener que ayudarse tan siquiera con las manos. Desde allí se divisaba un panorama hermosísimo. No sospechaba el viajero que hubiera tantísimas montañas en las Tierras Altas de Escocia. A vista de pájaro el panorama puede parecer el de unos pequeños Alpes verdes. Triste que los soldados españoles ascendieran hasta su pico sólo para morir o ser hechos prisioneros. De  haberlo sabido a tiempo, les hubiera dedicado una oración. Pobres compatriotas, caídos por la patria sin conseguir apenas mención en nuestra memoria histórica. Lo que le gustaría a don José Bono decir que la bandera de Ejjjspaña también hizo patria en Ejjjscocia. Lástima que todo quedara en otra batallita perdida.

Por cierto, que mucha novela de Walter Scott y mucho biopic heroico en el  cine, pero la Wilkipedia asegura  que Rob Roy salió de naja cuando lo vio todo perdido sin dar la cara, como se espera de un caudillo legendario. Así se escribe la historia. Eso sí: ¿sabemos quién cuenta la verdad?

3. Hoteles con el té en la mesilla de noche

La noche de la gran marcha por el campo de batalla, el profesor MacCrorie y este duende durmieron en Cluany Inn, único establecimiento hotelero en muchas millas a la redonda. La posada resultaba a primera vista tan solitaria e inquietante como aquel motel de carretera que regentaba Norman Bates.  Por dentro, como casi todos los hoteles modestos del Reino Unido, ambienta al viajero en una confortable atmósfera  de lavanda, perfume de margarina y de brown sauce y esencia de moho de libro viejo.

Las habitaciones de estos hoteles parecen a menudo decoradas por una prima de Agatha Christie estilista. No ha habido concesiones a la modernidad.  En ninguna habitación de ellos faltó, lamentablemente, la moqueta. Ni tampoco, afortunadamente, esa kettle con provisión de de te, chocolate o café soluble, a menudo acompañado por tres galletitas, para que el viajero pueda tomarse un primer desayuno o una discreta merienda en su habitación. Ese detalle le reconcilia a uno con la hostelería británica, manifiestamente mejorable en su cocina a partir de la hora del apetecible breakfast. Los herederos del Imperio han saqueado para sus museos pirámides, templos griegos y restos arqueológicos de medio mundo. Pero han sido incapaces de hacer suya alguna gracia gastronómica foránea que pueda alternar con su roast beef  con verduras hervidas y su sheperd´s pie. Supone uno que siempre se sintieron demasiado superiores como para admitir que otros puedan tener mejor gusto que el suyo.

En el cajón de todas las mesillas de noche siempre esperaba una Biblia. Al huésped de aquel Cluany Inn le hubiera gustado leer algún texto sagrado antes de dormirse, por si luego aparecía la madre de Norman Bates y le apuñalaba como a la bella viajera de Psicosis. Mejor tener algo que comentar con  Dios por si a uno le asesinan una noche de verano.  Pero no lo hizo: estaba tan cansado, que después de la ducha sólo pudo cerrar los párpados  y soñar que, entre el deporte, la naturaleza y la historia, había vivido una jornada inolvidable.

El Duende de verano (2) Escoceduras

Buachaille Etive Mor.Es más fácil casi subir esta cumbre escocesa que pronunciar su nombre, palabra...

1 Viajero de letras

Le encantaría serGerald Durrell, y escribir otra delicia de libro como Mi familia y otros animales, que además de extravagancias familiares cuenta al detalle cómo era un vereno en Corfú en los principios del pasado siglo.   Más cercano aún,  se hubiera conformado con ser un buen imitador de Javier Reverte, que ha publicado varios libros magníficos sobre sus recorridos por medio mundo. Hubiera dado riñón y medio por acercarse a maestros de la observación y de la literatura de viajes como Gerald Brenan, George Borrow o el gran Camilo José Cela. (Ya se habla menos de él, las cosas. Somos tan sensibles a las modas como propicios al olvido). Pero en los tiempos modernos han aumentado tanto las facilidades de viaje como, en la misma proporción, la audacia de los viajeros. De tal manera que ahora se lanza cualquiera a viajar y a escribir de sus peripecias por tierra, mar o aire, y hasta un aburrido funcionario amigo de la pluma se siente Lamartine, el abate Ponz o Henry Miller, que además de viajar por todos los recovecos del sexo nos legó un precioso libro de viajes titulado El coloso de Marusi. Todo está viajado, y casi todo pasado al papel y publicado.

Quiere decir esto que a uno, demasiado mayor para ser trotamundos mochilero y en exceso aburguesado para mutar en intrépido aventurero, todos sus viajes le parecen carentes de interés para los demás. Vienen a ser variaciones y fugas sobre lo más obvio que se le pueda ocurrir a quien se despierte, se quite las legañas y vea un poco del mundo alrededor. Sólo escribe para consolarse de su condición de viajero sobre papel, de hombre que hace caminos sobre todo con la imaginación. Y casi siempre de la mano de otros que tuvieron el doble arrojo de viajar en tiempos difíciles y de escribirlo cuando su crónica sangraba realismo.

2 ¿Quién recomienda un buen libro de viajes sobre Escocia?

Seguramente lo mejor que se ha escrito sobre Escocia está en alguno de los millones de blogs que se publican hoy, y que, paradójicamente, este bloguero no sabe huronear. Buscó no guías, sino libros de viajes sobre el país del whisky y el golf y Google sólo le avisó de la existencia de dos que deben de ser tan estimables desde el punto de vista literario como poco prácticos para el momento actual. Uno es Viaje a contrapelo por Inglaterra y Escocia, nada menos que d Julio Verne. El otro es Viaje a las islas occidentales de Escocia, de Samuel Johnson, una especie de pontífice de las letras inglesas que sin embargo apenas aparecía en el manual de Guillermo Díaz Plaja, el lazarillo literario de este modesto viajero cuando aún era aprendiz de todo.

De este  segundo libro, centrado por otra parte en unas islas a las que no llegaría,  ni siquiera había existencias en la Casa del Libro. Así que acabó pasando de ambos y decidió no reinventar Escocia, sino contar de ella unas cuentas impresiones sueltas a vuelapluma, como escribían los antiguos. Entretanto, leía por las noches –y no mucho, por el cansancio-el libro que actualmente le acompaña en la mesilla de noche, que casualmente trataba otras tierras bien lejanas. Se llama En las antípodas, y es el tipo de libro de viajes que más disfruta este bloguero. Describe un largo recorrido por Australia, y su autor es el admirado Bill Bryson, un maestro en el arte de contar lo que ve con mucha documentación y no menos sentido el humor. En realidad, gracias a él, el  Duende puede presumir de un viaje astral que le permitía pasar de la verde Escocia a la a menudo olvidada Australia con sólo pasar un par de páginas. Ya les digo: viajar sobre lo que cuenta un buen viajero es muy placentero y muchísimo más barato.

Montañas, valles, lagos

El pretexto del viaje era otra boda más. Cada día se casa la gente más lejos, caramba. Si bien en este caso lejos era el lugar donde vive la familia de la novia. La boda era en Perth, una pequeña capital de provincias  más o menos en el centro del país por la que discurre el río Tay tras desaguar el loch (lago) del mismo nombre y regar un largo valle rodeado de montes y bosques de exuberante arbolado. Cuántos paraísos así, y especialmente en días soleados como los que gozó el viajero, no le quedarán por conocer.

Así que, como había que desplazarse mucho y una de las cosas que más le gusta a este viajero es rebozarse en los paisajes como una croqueta, alquiló un coche, y en compañía de Rod Mc Crorie se dirigió cuatro días antes de la boda a las llamadas Highlands, y precisamente a la zona del oeste donde se concentran las montañas más altas del Reino Unido. Por ahí treparon tres días, subiendo a cumbres como the Five Sisters  of Kintail  y alguna de nombre impronunciable, como casi todas las palabras gaélicas.

4 Problemas de entendimiento

El gaélico es una especie de estropajo fonético impronunciable para los españoles, y abunda en la toponimia de Escocia. Lo cual dificulta enormemente los recuerdos de viaje, pues uno es consciente de que ha estado en un lugar maravilloso,  pero luego no sabe cómo contarlo. El Duende tardó varios días en estar seguro de que la montaña  que había trepado el segundo día de la excursión  era  Bouchaille Etive Mor, nombre, como se ve, bastante más complicadito que el Aneto, el  Moncayo,  el Mulhacén, el Abantos, o el Almanzor.

Su topónimo se oscurecía aún más en la boca de Rod, prestigioso profesor de economía de la Universidad de St. Andrews. Este lo pronunciaba como si fuera un pavo ligeramente tartamudo hablando árabe: Buj´l Éte Móh. A ver quién le pone el cascabel a ese gato. Rod es un escocés hasta las cachas que en los años que lleva visitando España sólo ha aprendido a decir ” jamón”  y “gazpacho”. Rubio, barbado y con 110 kilos de peso, es amable, servicial y generoso, pero no deja de ser un británico, y, como tal, de la misma manera que está convencido de que el porridge es un logro gastronómico,  considera que todo el mundo debe hablar y entender el inglés por principio.

Y uno lo intenta, a fe que lo intenta. Lástima que el inglés de los escoceses no es el que el bloguero escuchaba en los discos del Método Asimil  que le empezaron a guiar por este idioma imposible. O sea, problemas de entendimiento, que pueden a amargarle a uno cualquier aventura de verano. Pero de eso y de otras cosas más hablaremos en el próximo post.

El Duende de verano. Un suspiro por Escocia (1)

Confiesa este viajero que se morirá sin haber aprendido a hacer una puñetera maleta...

1 La dichosa maleta

Cree este viajero que se morirá sin haber sabido hacer una maleta. Y añora el día en el que sepa elegir y colocar en ella lo justo, lo necesario, ni más ni menos. Cuántas veces le  acaban sobrando a uno camisas o jerseys, cuántas más echa en falta otras cosas elementales. Ay, el cortaúñas, por ejemplo. Ay, el adaptador de los enchufes: estos malditos hijos de la pérfida Albión, siempre tan originales, tan snobs, tan ternes en sus diferencias. Recuérdelo: esta gente que antes era rubia y que, a medida que avanza la globalización, se va tostando con el moreno de otras razas, sigue manteniendo orgullosa su “espléndido aislamiento” en muchas tonterías que te pueden hacer la vida más incómoda. Así que ponga siempre en su equipaje un adaptador de tres clavijas si quiere enchufar su secador o, como es el caso, su ordenador.

No había caído en ello. Ni seguramente en otras necesidades. Lo cual que, teniendo todo un domingo por delante antes de emprender viaje, empezó a hacer la maleta a las nueve de la mañana y la dejó abierta sobre la cama contemplándole  por si levantaba una voz razonable y le decía lo que es menester para una excursión por Escocia de diez días, boda incluida. Santo Dios, qué dudas, qué tortura. No sabe uno qué poner y, cuando cree saberlo, no encuentra el lugar donde lo guardaba. Cuánto desearía uno ser en estos casos una mente sencilla, capaz de clasificarlo todo y colocarlo en sus cajones o estanterías, capaz de ordenar sus tupperware y sus latas de tomate frito en el armario de su cocina. Capaz de que una maleta ajuste sólo lo necesario con la precisión de un puzzle.

Pero la maleta permaneció abierta casi veintidós horas. Y durante todas ellas fue un testigo incómodo que le recordaba a uno lo largo y tortuoso que es, en todos los órdenes de la vida, el camino de la perfección.

2 El vuelo en una “low cost”

Los abuelos creían que siempre se pierde el tren si no te presentas un par de horas antes en la estación. El viajero pensaba que eso era cosa de los abuelos de antaño, pero uno es abuelo ogaño y sigue manteniendo la misma obsesión. Había cambiado el tren por el avión, y por convencerse de que el madrugar no era cosa de viejos, sino de precavidos, tuvo muy presente la mala fama que rodea a las compañías aéreas llamadas de bajo coste: como son tan baratas, te cobran por todo lo que no es estrictamente el billete. Y como no hay reserva de asiento, tienes que despabilar si no deseas viajar como si fueras un hamster.

El viajero esta vez estaba literalmente aterrado: si IBERIA, que es una compañía tan estupenda, y no barata, optimiza sus costes reduciendo la dignidad humana al hueco que merece una gallina ponedora, qué no haría EASY JET.

No sabe el viajero cómo se comportará otros días. Y la verdad es que, como abuelo en ejercicio, se lo tomó con mucho adelanto y toda clase de precauciones: midió su equipaje de mano, pesó el que iba a facturar, imprimió antes de salir de casa la tarjeta de embarque, se presentó en el aeropuerto con casi dos horas de antelación…

Pero la vida te da sorpresas. Y no todas desagradables. El avión de EASY JET –no importa qué modelo, en el que jamás se fija este viajero: volaba, que es lo único que le importa- era más espacioso que cualquiera de IBERIA. Cabían las piernas en el hueco del asiento sin tener que practicar el contorsionismo. Este inocente, que raramente consigue un buen asiento cuando se lo adjudican, encontró por sí solo uno libre en la salida de emergencia precisamente en la compañía que no los reserva. Más espacio para sus piernas, qué suerte.

Item mas: el avión despegó y aterrizó en la hora anunciada: ¿no es maravilloso? Cierto que a bordo te cobraban un refresco como si fuera un trasplante de riñón, como por otra parte ya es habitual en toda compañía aérea que se precie. Pero en punto a buenos modos y simpatía del personal de vuelo, matrícula de honor. Pregunta obligada del viajero ignorante: ¿por qué tienen tan mala fama las compañías de bajo coste?

 

Un paisaje, una boda y un calcetín

Atravesé aquellas tierras intentando camuflar un espantoso tomate en el calcetín... (extracto del "Diario del duende viajero")

1

Cada cual ve en el paisaje lo que quiere ver o imaginar, pero hay un inmenso pedazo de nuestro país que cada vez que lo atraviesa este duende le sugiere poesía caballeresca o guerra canalla. Son tierras yermas, cerros y llanuras calcáreas tristes y apenas moteadas por arbustos y, de cuando en cuando, por algún pino valiente que tanto desafía el fuego del verano como el rigor del frío invierno. Este tipo de terreno se ve en media España. En Aragón, en todo el Levante,  en Murcia, en Almería, en buena parte de Castilla La Mancha, y al suroeste de la comunidad de Madrid, por ejemplo. Ahí son felices los cardos y, si quedan, los lagartos. Suerte para ellos, porque la verdad es que para el viajero estos pagos resultan inhóspitos.

Sin embargo, cada paisaje tiene su lírica y, si no, su épica. Cuando uno se adentra en ellos y deja atrás toda clase de edificios, fábricas, polígonos industriales obras públicas y toda otra huella del desarrollo, se imagina que por el horizonte, tras una loma,  va a aparecer el Cid con sus mesnadas. El ciego sol, la sed y la fatiga/ por la terrible estepa castellana/ al destierro, con doce de los suyos! Polvo, sudor y hierro,  el Cid cabalga, que escribía  el otro Machado.

-Esos eran hombres –que decía don Celestino, el profesor de literatura- Si piensan que hace calor en Madrid, imagínense lo que sudaría el Cid bajo su armadura atravesando la estepa castellana a 35º.

Cuánto sehabrá sudado en España para hacer historia.

2

La otra estampa no es de cabalgadas heroicas, sino de simple guerra canalla. Y viene simbolizada por la fotografía del miliciano abatido que inmortalizó Robert Capa en la Guerra Civil. Le suena a uno que fue captada en un cerro de Albacete, aunque ahora, como la otra célebre fotografía del beso en las calles de París que tomó Doisneau, dicen que fue un montaje preparado. El caso es que tanto la de Capa como la mayoría de las instantáneas y reportajes filmado de nuestra guerra, tienen como escenario tierras pobres y baldías. Quizás para subrayar con la desnudez de su decorado el dramatismo y lo miserable de aquella contienda.

Era el paisaje monótono y desasosegante, pero esta vez tampoco le importó tanto al Duende. Pues aunque él viaja con los ojos bien abiertos, y siempre le saca partido a todo lo que ve por la ventanilla, esta vez estaba ocupado en otros menesteres. Iba a una boda en el pueblo conquense de Barajas de Melo, la boda del hijo de unos amigos muy queridos. Y se había vestido con la etiqueta que requería la ocasión cuando, al subir al autobús que habían dispuesto los novios desde Madrid para que los invitados no se ocupen ni del alcohol  ni del volante –qué sabia medida- observó que por encima del borde posterior de su zapato del pie de derecho asomaba  un  roto de su elegante calcetín largo color azul marino. No un clarito, como apunta cuando los talones empiezan a desgastarse, sino un impresentable tomate del tamaño de un euro.

En el mundo habían ocurrido sucesos terribles aquel 23 de julio. Y en la fiesta se comentaría, sobe toda otra cosa, el original traje de novia que diseñó Nacho Aguayo, hermano del contrayente. Pero el alma de este bloguero es tan neurótica y caprichosa que durante el viaje hasta el lugar de celebración estaba convencido de que sólo habría ojos para denunciar el imperdonable fallo de aquel invitado de pelo blanco que bajo la pernera de su traje azul marino ocultaba un oprobioso tomate en el calcetín.

3

Así que no pudo entretenerse en aquel paisaje manchego tan desasistido de gracias de la naturaleza. Ni recrear la épica de las batallas de nuestra historia. Ni pudo preparar las palabras que en clave sentimental y satírica –a saber lo que queda de aquél duende de la radio- que debía pronunciar a los postres del banquete, para felicitar a los contrayentes. Pues se pasó todo el viaje ensayando cómo camuflar el entuerto, o sea, descalzándose, replegando la zona del tomate por debajo del talón, poniéndose el zapato de nuevo, y estirando el pie varias veces para comprobar que ni aún en el peor de los casos, y aunque el calcetín luciera a media asta, se notaría  el desaguisado y quedaría por los suelos su prestigio.

No fue así. El calcetín se disimuló, y el paisaje, a llegar al lugar de la celebración,  había mudado como por ensalmo. Pues de repente la Mancha triste y blanquecina dio con un cerro mágico donde brota un manantial que alimenta al río Riansares. Y en ese cerro, en medio de un parque poblado de árboles, fuentes, terrazas, paseos umbríos, estanques, y canales que vierten en un lago inesperado se casaron Carlos Aguayo Martín y Beatriz Valdecantos Montes. Fue en una capilla diminuta, todo muy romántico, muy original y divertido, y Juan, el hijo del bloguero, tocó con su saxo soprano dos piezas de Haendel, y este transformista cumplió en su discurso, quizás mejor que si lo hubiera preparado, y hubo fiesta y baile hasta que apuntaron las claras del día. Pero eso ya no lo vio este duende, que volvió a cruzar los yermos paisajes de Castilla la Mancha para dormir en Madrid no sin antes arrojar a la basura el calcetín indigno que estuvo a punto de amargarle el día.

Cerca de la inmortalidad

Hasta este lugar se acercó su coro para cantar la 9ª de Beethoven. Y no era el Castillo de Wartburg tantomcomo el cielo, pero la verdad es que el hombe se sintió cerca de la inmortalidad...

1

Dreams sometimes come trooth, dijo José Luis Garci con su refinado inglés de la calle de Narváez cuando le entregaron el Oscar. A veces es cierto. Ni de coña podía imaginar este duende que iba a cantar la 9ª Sinfonía de Beethoven con una orquesta sinfónica alemana y precisamente en Einsenach, la cuna de Bach. Estas experiencias tienen su visión optimista: cualquier hombre sin educación musical puede, a base de estudio, ser parte de una obra de arte tan sublime como esta joya de la música. Pero también su contrapartida realista, como corresponde a un escéptico de solera: si eso lo consigo yo, que no soy precisamente Caruso, es que la cosa no tiene tanto mérito.

2

Mérito fue el de Carlos Domínguez-Nieto, director musical de la Landeskapelle de Eisenach, capaz de incrustar al Coro de San Jerónimo el Real en su formación sin que el alemán que pronunciamos lo españoles cantase fuera de lo que mandaba la partitura. El idioma alemán es para los españoles un borbotón continuo de consonantes y estornudos guturales o palatales, según le peta a la lengua de Goethe. Pasarlo por las cuerdas vocales de un conjunto aficionado sin que el mensaje de la Oda a la Alegría desmerezca tiene sus bemoles. Y nunca mejor dicho.

3

No merece menos elogios Conchita Nieto, mater amantísima del director, y soprano ella misma en Los Jerónimos. Suya fue la idea de convencer a su hijo para que organizara el concierto, y suyo el enorme de esfuerzo de estimular a sus compañeros de formación para llegar al nivel requerido.  Imagínense interpretar esta pieza esencial en la historia de la música en el marco de un monumento único y, como se dice ahora, emblemático. En el Castillo de Wartburg, erguido en una montaña cubierta de bosques de cuento,  tradujo Martín Lutero al alemán el Nuevo Testamento. Para compensar este agravio a los partidarios de la Contrarreforma, entre sus muros habitó también Santa Isabel de Hungría, santa piadosísima. La base del castillo es románica, pero el remate del complejo actual proviene del siglo XIX, con evidentes homenajes pastiche a la estética medieval que late en los dramas líricos de Wagner. Tal parece que Tanhäuser se hubiera hospedado en alguna de sus estancias, y el turistas tiene impresión de que en cualquiera de ellas puede encontrarse con Isolda depilando sus lindas piernas mientras Tristán afila su espada o prepara su sublime declaración de amor.

4

En un larguísimo Festsaal auf der Wartburg de recargada decoración, con un imponente artesonado de madera en el techo por el que asomaban cabezas de dragones y de rapaces poco amistosos, mucho fresco de colores, pan de oro, escudos medievales, frases en latín escritas en letra gótica, metopas, banderas y otros elementos representativos, este menda y sus  compañeros siguieron las vehementes instrucciones de Carlos Domínguez-Nieto y cantaron una muy digna 9ª de Behetoven que fue celebrada por el público como si todos  los ejecutantes fuéramos profesionales consagrados. Este joven dirigent es un excelente comunicador, y una batuta expresiva que controla orquesta y coro utilizando para ello todos los músculos de su cuerpo. No sólo dirige con las manos y los brazos, sino que comunica sus órdenes hasta con las cejas. De Toscanini a Von Karajan, casi todos los divos de la batuta han tenido fama de déspotas, soberbios e intratables. Carlos Domínguez-Nieto, por el contrario, es un tipo sencillo, accesible, simpático y encantador. Parafraseando otra vez a Garci, sometimes genious are nice. Ojalá pronto podamos escucharle al frente de una orquesta española.

5

La ilusión de vivir se alimenta de pequeños sueños que a veces se cumplen. A este bloguero, que tanto le ha fascinado escuchar, reelaborar los sonidos y las voces y cantarlas por esa boquita, se le escapó en la infancia la oportunidad de una buena educación musical. A él también le hubiera gustado ser un Carlos Domínguez Nieto, o un profesor como su hermana Regina, que igualmente toca la viola una orquesta alemana. Cantar en un coro es suplir en buena parte esa carencia musical que siempre llevó dentro, y que hasta que se sacudió su timidez no ha conseguido llenar. Al regreso de Eisenach, tantos días sin comparecer en su blog, le quedan muchas cosas por contar de la poderosa Alemania. Pero hoy se limitará a recordar a su tío abuelo Joaquim Pena,  ilustre musicólogo y miembro de una familia catalana, wagneriana hasta las cachas,  que era asidua a Bayreuth. Contaba la abuela Mercedes, su hermana, que cuando, a finales del siglo XIX  asistió por primera vez al famoso Festival dedicado a su ídolo y escuchó en la meca del wagnerianismo la Tetralogía, exclamó.

-¡Ja em puc   morir!

Uno se conforma con haber cantado la 9ª  Sinfonía de Beethoven en la patria del genio y en la cuna de ese otro dios que es Bach. Tampoco es cosa  por ello de despabilar a la parca para que se precipite en llevarle.  Pero conste que, cuando llegue,  dará con un simple aficionado a la música que, gracias a experiencias como esta,  se siente casi inmortal.

Cómo mola Querétaro

Con motivo del Día del Español el Instituto Cervantes invita a encontrar la palabra más bonita de nuestro idioma. Y a propuesta del actor Gael García Bernal, es elegida Querétaro. Pues vale.

1

A veces es verdad que los árboles no dejan ver el bosque. Desde la distancia transoceánica que marca su casita en Nueva Inglaterra la tía Clota, que cada vez espacia más sus conexiones con Homper, ve cosas en las que aquí apenas reparamos. No vamos a aburrir con los múltiples motivos de estupefacción que nos depara la actualidad. Ayer la anciana se ceñía simplemente a una muy menor que estos días recuerdan los medios

-¿Así que Querétaro es la palabra más bonita de nuestro idioma según el Instituto Cervantes?

Homper no supo qué decirle.

A Homper la noticia también le pareció una ocurrencia, una genialidad de un mago de las redes sociales para promocionar a una ciudad que en principio, no figura en el diccionario, sino en las enciclopedias. Aunque los topónimos también son palabras, el hablador tiende a pensar que en una encuesta así iba a salir cualquier otra más hermosa y biensonante que el esdrújulo nombre de una ciudad mejicana.

2

Comentaba  Homper las razones de tan extraña elección y se las explicaba a su tía.

-Sobre todo, el creciente poder de Internet, que va a acabar siendo el parlamento inmediato del pueblo. Ya ves tía, las redes sociales lo mismo te organizan un 15 M que acabará otorgando los premios Nobel, ya verás. Y luego, la pusilanimidad del personal para atreverse a nadar contra corriente. Se empieza a difundir una consigna y cuando quieres decir tu opinión te recuerdas aquello de que tanta gente pensando lo mismo no puede equivocarse…

-Ya –cortó la anciana- En m tiempo decíamos: ¿dónde va Vicente? Donde va la gente.

3

La gente confunde en esta cuestión fondo y forma. Sorprende que en el primer botepronto de una entrevista rápida  para la tele dos personas con tan buena cabeza como Mario Vargas Llosa y Vicente del Bosque dijeran obviedades como libertad y fútbol. Algo que sin duda significa mucho en su escala de valores, pero que, por obvio,  no es de esperar en mentes tan privilegiadas. El escritor sobre todo debería apreciar que la belleza de una palabra no tiene por qué estar unida a su significado.

-Coño-pensó Homper-no es una palabra especialmente bonita. Pero clítoris, que le queda tan cerca, a mí si me lo parece. Como pan, como delirio, como donaire, como añoranza, como berbiquí, como alfeñique.

A Homper le gustan sobre todo las palabras juguetonas.

4

En Querétaro fue fusilado uno de los emperadores más breves de la historia, Maximiliano de Méjico, que pocos sabrán qué pintaba allí. Incluso él, cordero pascual de intereses supranacionales. Leyó Homper su triste historia en la novela Noticias del Imperio, del escritor  Fernando del Paso, y reconoce que quizás ese drama pesa en su estupor por el momentáneo esplendor de esta palabra. Como pesa el considerar que en esa ciudad Butragueño metió cuatro goles con la Selección Nacional de Fútbol, en uno de los mejores partidos de la larga etapa en la que España nunca ganaba casi nada. Naturalmente, en los considerandos del fallo, se decía que Querétaro significaba “la isla de las salamandras azules”. Aunque en purépecha parece significar sólo “juego de pelota”. Al final querían darle la razón a Del Bosque, aunque para vestir el muñeco aireasen lo de las salamandras azules, como si los hispanoparlantes fuéramos ante todo poetas y naturalistas, y tuviéramos especial predilección por esta clase de reptiles y `por el color azul.

-Se ve que había que echarle cuento, tía.

-Quizás-admitió la anciana- O cara de algún despabilado para promocionar el lugar…¿Por qué sí Querétaro y no Alba de Tormes, con lo bonito que es ese nombre?…

Lo dicho, el poder del sexto poder, que es Internet. La moda. El irresistible mimetismo de lo  políticamente adecuado. Las ganas de epatar al burgués. Cómo mola todo.

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