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Jueves Santo sin Mingote

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Le ha pedido el Duende explicaciones a su memoria. De repente no sabe si al Jueves Santo le corresponde el recuerdo de  un diluvio torrencial que vació las calles y convirtió Madrid en una ciudad fantasma, el sonido de las carracas, la visita a las iglesias con sus padres para rezar las estaciones o unas gambas al ajillo deliciosas que preparó su madre. La infancia guarda esas sorpresas: hasta un día crees que lo más sabroso que se puede esperar de la vida son las patatas fritas, el jamón de York y las natillas, pero ese día el menú se hace más adulto y se refina, y la madre prepara algo nuevo, que son las gambas al ajillo. Y a partir de entonces el Duende imberbe, de tan deliciosos como le parecieron esos bichitos del mar, creerá que las gambas al ajillo eran privilegio de los ricos de su tiempo: Aparicio, Litri, Di Stéfano, Sara Montiel y Pepín Fernández, que hacía entonces el mismo papel de empresario exitoso que ahora desempeña el señor de Mercadona. Por cierto, sic transit gloria mundi: ¿quién se acuerda ahora de Pepín Fernández?

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Memoría traidora, como empezaba diciendo.

Sí tiene claro el Duende en cambio que así como el Viernes Santo se ayunaba, el Jueves Santo se comía, y bien. Los católicos preparamos el gran duelo con buenos alimentos, y también celebramos las buenas nuevas como auténticos triperos. O sea que aunque probablemente creemos en Dios, aprovechamos cualquier trance en la vida de su divino Hijo para los placeres de la otra carne, que son menos excitantes, aunque también más perdonables. Que nace el Mesías, pavo y turrones. Que le prenden en el Huerto de los Olivos, y le flagelan, y le coronan de espinas, y le crucifican, torrijas, tirabuzones y flores de harina frita. Que resucita, cordero pascual asado, monas de Pascua y huevos de chocolate. Mens sana in córpore no se si sano, pero por lo menos gordo.

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Memoria, entendimiento y voluntad, decía el catecismo del padre Ripalda que eran las llamadas potencias del alma. La memoria, ya les digo, va fallando, pero el Duende sigue las huellas del tiempo perdido y se da cuenta de que no recuerda un solo Jueves Santo sin Mingote. Se lamentaba estos días pasados de cómo se borran las referencias, el oráculo Zoupon incluso advertía de que la mimísima Estrella Polar ya no es lo que era, pero sin embargo el maestro Antonio Mingote estaba siempre ahí, como el santo doméstico que las mujeres de pueblo entronizaban antiguamente encima de su receptor de radio para que, entre uno y otro, guiaran sus faenas domésticas y su vida entera.

-Te hago este dibujo para que pienses, luego existas-parecía decir el gran dibujante desde su ventanita el ABC.

Mingote divino, Mingote bueno, lúcido, tierno, generoso, elegante y paciente,  como hay que exigirle al mismísimo Dios que lo sea. Pero sobre todo afable, bien educado, simpático y bueno, sobre todo bueno. Podría el Duende caer en la vanidad de presumir de su amistad, pero sería de todo punto exagerado. Coincidió con él en actos, almuerzos, cenas, a veces incluso tuvo que hacer el payaso ante él, porque por medio estaba Ussía, y el propio Alfonso, que es un agitador, tiraba de uno para que  usara sus herramientas ad majorem regocijum Dei. Y el bueno de nuestro dios de los chistes sonreía. No cree el Duende que entendiera ni la mitad de la mitad, pues el ilustre académico estaba ya un poco teniente, pero el hombre asumía su papel de ídolo complaciente, y a fe que cumplía.

 Ni fue su amigo del alma, ni tiene el Duende  otros títulos que le permitan abusar de la necrológica del don Antonio, por más que ambos –como Forges, qué coincidencia- hubieran nacido un 17 de enero. Sólo puede recordar que es el primer Jueves Santo sin él, cosa impensable, porque uno creía que Mingote irradiaba ya su luz como si esta fuera imperecedera. Vale: llega la muerte porque se tiene que acabar la vida. Así las cosas, este menda se conformaría con ser discípulo de su señorío y de su   beatífica ironía, que le autorizaba a poner el dedo en casi todas llagas sin que nadie se sintiera humillado ni ofendido. Qué gran triunfo, morir y dejar discípulos. Debe de ser privilegio de los que mueren en Semana Santa.

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Memoria frágil y triste, por las circustancias, y entendimiento nublado, cosa habitual en las sucesivas encarnaciones de este bloguero. Pero queda la voluntad. Querer es poder, se dice el Duende, y como a pesar del día lloroso uno está alegre se traslada mentalmente al Retiro, por donde paseaba Mingote. Un día se vistió de guarda del Retiro, como los que recordamos los madrileños de una cierta edad, con un uniforme marrón y rojo, no se si de pana o de fieltro, sí que llevaban un sombrero de alas  y unas botas de media caña por las que remetían los bajos de los pantalones. Eso y la banda de cuero blanco con una reluciente chapa de latón daba a aquellos guardas de antaño un cierto aire de mosqueteros.

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Y de esta guisa sorprendió el Duende al genio, paseando bajo la lluvia, que falta hacía por el parque, anticipándose quizás a la estatua que algún día se erigirá en uno de sus rincones al visitante más ilustre que ha recibido el Retiro en último siglo. No le quiso molestar. Si ya estaba duro de oído en esta vida, cómo  le iba a oír Mingote desde el más allá, con la de risas y amables llantos que deja en esta tierra. Recordó de memoria algunas de sus lecciones magistrales, en formas de viñetas de distintas épocas. 1. Velázquez aburrido, de brazos cruzados y apoyado en el caballete, suspira con la mirada perdida mientras por su estudio corretean las Meninas con su perro. Fumetti que sale de la boca del pintor: Hay días en que no se le ocurre a uno nada que pintar… 2. Tres pordioseros bajo un puente se consuelan del hambre en torno a un fuego. Fumetti de la boca de uno de ellos: Según las estadísticas, una de cada tres personas come pollo. Uno de nosotros lleva doble vida…3. Un matrimonio burgués critica las veleidades de algunos obispos, o tal vez la osadía del Concilio Vaticano II. Fumetti en boca de la señorona: desengáñate, Pepe, digan lo que digan al cielo iremos los de siempre.

Le recordó esos buenos ratos, esos flashes de inteligencia y gracia que valían por mil columnas, otros tantos artículos y algún que otro tratado de filosofía Le dio las gracias por haber sido el pensador más agudo,  claro y conciso que había conocido. Y añadió el bloguero que no le importaría contarse algún día entre los de siempre, como vaticinaba la señorona de la viñeta. Siempre que, cuando lo vea sentado a la diestra del Padre, compruebe que Dios ha mejorado mucho en su sentido del humor.

 

 

 

  

Otro 18 de julio

¿Les sigue doliendo tanto a los alemanes la 2ª Guerra Mundial como nos duele aún a los españoles nuestra guerra, que queda más lejana?

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Inflamado de patriotismo, Dalmacio se vistió con su viejo uniforme de sargento de infantería, metió la pernera de los pantalones abombachados por dentro de las botas, se caló el gorro cuartelero con el borlón colgante, ciñó su correaje y sacó de la funda de pistola su Astra reglamentaria.

-Por Dios y por España –murmuró mientras la cargaba de balas – Ya está bien de asistir impávidos a la destrucción de la patria. Se va a enterar ese rojazo de lo que es un soldado de la 2ª Bandera de Castilla.

Se miró al espejo mientras retorcía la punta de sus bigotes, montó el arma y apuntó al frente, como si él mismo fuera el vecino al que tenía que matar.

-¡Viva Franco! –gritó- ¡Arriba España!…Muere, cabrón, por comunista y por masón.

Y simuló con la boca los tiros que pensaba descerrajar al enemigo que esperaba tras la puerta.

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Al otro lado, Miguel repasaba los cargos  contra el faccioso que vivía enfrente. Era monárquico confeso, perteneció a una familia de terratenientes que mangoneaban en la cooperativa de aceite de un pueblo de Jaén, iba a misa, se puso a defender al cura en una de las quemas de iglesias y por si fuera poco se proclamaba simpatizante de la CEDA.

-Es un traidor a laRepública. Así que si no se lo apiola la Brigada del Amanecer haremos justicia nosotros-dijo mientras abría el arcón donde guardaba el equipo con el que se hizo la última foto de campaña. A saber, el mono, el correaje, las alpargatas, la gorra, el mosquetón Mauser con la bayoneta.

-Eso de la bayoneta calada acojona mucho- farfulló- Además le diré que al párroco de mi pueblo le torearon y le estoquearon con un bayonetazo en todo lo alto, porque el volapié con la espada se hace muy difícil con  los curas, carajo.

Sacó un viejo disco de pizarra de su funda de papel  y lo puso en el plato del pikú. El disco empezó a girar.  Con mucho cuidado el miliciano posó el brazo de la aguja sobre  su borde y tras el sonido de unos chisporroteos empezaron a escucharse por el altavoz los acordes de La Internacional. Miguel se anudó al cuello un pañuelo de la CNT, colgó el fusil de uno de sus hombros,  levantó el puño de la mano derecha y al grito de viva la República y muerte a los fascistas abrió la puerta de su casa dispuesto a llevar a cabo la histórica misión de liquidar al vecino de enfrente.

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Los dos ancianos se encontraron en el descansillo y se dieron los buenos días. Dalmacio salía en ese momento del ascensor, y  traía bajo el brazo el ABC y EL PAÍS.

-Tome –dijo ofreciendo este último periódico a su vecino- Hoy se lo regalo yo con mucho gusto.

-¿Por ser el setenta y cinco aniversario del inicio del golpe de estado de los suyos?…

-Del Alzamiento –corrigió Dalmacio con una sonrisa- No, no. Le seré sincero: se lo subo como hago todos los días, porque yo soy madrugador y buen vecino. Pero hoy acabo de darme cuenta de que se me ha olvidado comprar el brick de leche.

-Anda, la leche, tiene gracia.

-Ya sabe –explicó Dalmacio bajando la mirada-  Desde que murió Agustina no me acostumbro a la idea de que he de hacer la compra yo solo, y se me ha olvidado que se me acabó la leche.

-La buena leche, querrá decir-matizó Miguel.

-Ya, comprendo-admitió el viejo soldado conteniendo una risa- El caso es que no me apetece un pimiento salir ahora para  poder desayunar mientras leo el ABC, como acostumbro. Así que, si le sobra,  le cambio un brick de leche por su periódico, que hoy vendrá con mucha memoria histórica de esa que tanto les gusta a ustedes…

-No me joda, Dalmacio, no me joda…-dijo Miguel con sorna mientras reabría la puerta de su casa para dejar su periódico.

Se hizo un silencio y los dos veteranos se miraron frente a frente. Dalmacio estaba delgado como un sarmiento. Mantenía su bigote con las guías en punta, pero estaba completamente calvo y llevaba unas gafas de culo de vaso que a Miguel le recordaron las que llevaba el general Mola. Miguel conservaba en cambio todo el pelo, blanco como el frente de Teruel de aquel endemoniado invierno donde se le congelaron los tres dedos que le faltaban en un pie.

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-¿Sabe lo que le digo?-dijo el viejo miliciano- Que me han mandado unas perrunillas de mi pueblo se me van a enranciar como no las despabile pronto. ¿Me deja que le invite yo a desayunar?

Dalmacio se quedó estupefacto.

-Es café de puchero, naturalmente-precisó Miguel- Como el que hacíamos en el frente.

Dalmacio vaciló. Jamás había traspasado el umbral de la puerta del vecino deln4º A. Ni aún cuando murió Manuela, la compañera de Miguel, que salio de casa para enterrarse en el cementerio civil a finales de los años noventa. Pero ese era un día muy especial, había dormido mal, con pesadillas. Soñó que revivía el glorioso alzamiento, y que él, que era un hombre pacífico, tenía que vestirse de guerrero y matar rojos. Por cojones. Luego se desveló, puso la radio y donde no recreaban como en un serial el 18 de julio de 1936 recordaban el aniversario de lo que él creyó que era una cruzada contra el mal y luego resultó ser una burrada y una carnicería, como todas las guerras.

-Se lo agradezco, Miguel. No sabe la pena que me da desayunar solo- dijo mientras atacaba la primera perrunilla con su dentadura desguarnecida y observaba los carteles de guerra y la reproducción del Guernica que ilustraban el comedor de su vecino.

-No me lo agradezca. Esta noche soñé que me volvía a poner el mono de miliciano para liquidarle a usted, que era el faccioso que me quedaba más cerca. Además, a mí también me da por culo la soledad.

-Vaya, qué coincidencia-dijo Dalmacio-Ahora sólo nos matamos cuando padecemos pesadillas, y no por tener ideas distintas…

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Se liaron a hablar de esas cosas raras que eran los ideales. Y con los ideales, también de las equivocaciones. Y, de las equivocaciones, las heridas que dejaron estas. Y de las heridas pasaron al  rencor, y luego del rencor, a la amargura. Y de la amargura, el desasosiego permanente de aquella guerra que había empezado hacía setenta y cinco años y que, aunque los que la hicieron la daban por concluida seguía alimentando eso que ahora se llama siempre  el debate político. Político tenía que ser el dichoso debate, como si no hubiera otros problemas que solucionar.

-¿Y si no leemos los periódicos de este 18 de julio?-sugirió Dalmacio.

-¿Y si damos por bien perdidos los dos euros y cuarenta céntimos que me han costado?-dijo Dalmacio mientras tiraba el ABC y EL PAIS a la papelera.

Y los vecinos se comprometieron a no leer más periódicos ni ver o escuchar más informativos del 18 de julio hasta que este día dejara de ser un tormento en su memoria. Y aunque no hay pruebas de que a partir de entonces los que antaño fueran enemigos mortales pasaran a ser amigos forever, parece que luego del desayuno compartieron unos chupitos de aguardiente del pueblo de Dalmacio, y luego a la tarde vieron juntos en el DVD de Miguel La diligencia de John Ford, que era otro monumento al valor y a la hombría,  y Éxtasis, que era una película de esa época ominosa en la que aparecía Hedy Lamarr  bañándose en las aguas completamente desnuda. Pues afortunadamente, y pásmese el lector,  todavía hay algunas cosas en las que  la que los españoles de distintas ideologías  suelen coincidir sin mayores problemas.

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El día de los laicos inocentes

La matanza de los Santos Inocentes según Daniele da Volterra

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28 de diciembre. Elvirita, que era una chica soñadora, se preguntaba si quedan inocentes.

Mientras aún de mañana oscura se desayunaba con un café, repasaba  la prensa digital. Y leía en EL MUNDO una noticia tragicómica que podría llevar la firma de Berlanga o a de Almodóvar: el rey Melchor de la Cabalgata de Reyes de Sevilla dimite por la denuncia de abusos sexuales que interpone su propia hija

Y Elvirita confirma que  España no necesita ya de las inocentadas. El esperpento, grotesco o siniestro según se mire, se ha adueñado ya de su realidad diaria.

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En la casa de Elvirita las inocentadas eran de lo más inocentes. Tal día como hoy llegaba el ABC y titulaba, por ejemplo, que el Real Madrid iba a construir su nuevo estadio en el Parque del Retiro, mientras que una emisora de radio aseguraba que la Rioja cambiaría sus bodegas por plantas para embotellar Coca-Cola. Así, como si tal cosa. Y la víctima de la inocentada, después de sorprenderse, se caía del guindo y sonreía.

Como sonreía su padre, hombre poco dado a bromas, cuando, al regreso de la oficina, se encontraba con un voluminoso regalo envuelto en papel periódico. Ceremoniosamente, se sentaba a desatar el paquete para seguir el paripé. Debajo de una primera hoja encontraba otra, y luego otra, y luego otra, y otra encerrando una última pelota de papel impreso. Y al final, ¡oh sorpresa!, nada.

Momento en que la chiquillada que veía el tinglado de la doméstica farsa por la puerta entreabierta, irrumpía en el salón y coreaba la cantinela del día.

-¡Inocente!, ¡inocente!…

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A Elvirita el episodio de la matanza de los Santos Inocentes le sobrecogió cuando se lo contaron. La monja desplegaba uno de aquellos lienzos de hule estampados con la Historia Sagrada en viñetas y señalaba con su puntero de goma las fechorías del rey celoso. Jolines, qué malo era Herodes, qué crueles aquellos soldados que degollaban a las criaturitas y qué sufrimiento el de aquellas madres que se arrastraban a los pies de los malvados solicitando clemencia. Ni siquiera se explica ahora Elvirita cómo al odioso infanticida aún se le ponen castillos en los nacimientos.

Tampoco sabe cómo aquella tragedia derivó en la tonta comedia de las bromas. La tradición de los belenes navideños vino de Nápoles con Carlos III, la de los regalos en la fiesta de Reyes data del siglo XIX –y la de las uvas de la suerte, de una cosecha excedentaria en la segunda década del pasado. Pero nadie sabe cómo se inventó la broma a costa de los Santos Inocentes, y además Elvirita piensa que  hoy ésta ha degenerado en  gamberreada. Cacas de cartón piedra, matasuegras, máscaras de monstruos, pica pica-pica y otras chorradas  que venden en los tenderetes de la Plaza Mayor. El engaño ingenioso, la burla inteligente y divertida ha caído en desuso.

-España ya no está para inocentadas –se dice mientras llega a la cola de la oficina del INEM.

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Sin embargo Elvirita se pregunta cómo es posible que los políticos profesionales vayan de inocentes. El lunes 27 escucha en la SER una voz vieja y cavernosa que le resulta familiar. Es la de Santiago Carrillo, que critica a Zapatero por haber ganado las elecciones prometiendo una política de izquierdas para acabar  poniendo una práctica unas reformas de derechas. Elvirita se lo comenta a su madre

-Sorprendente, ¿no?… Los viejos rockeros de la izquierda se resisten a aceptar que el mundo avanza sobre las ruedas del capitalismo. Qué ingenuidad… Que lo creyera Zapatero, que no sabía de la misa la media cuando llegó a presidente, lo podría entender, pero que Carrillo aún siga creyendo en la utopía socialista…

-Yo también creía, no vayas a pensar-dice la madre-Pero ahora que gobierna la utopía y ya ti también te toca el paro, tú verás.

-Ya ves madre –sonríe Elvirita para desdramatizar-  Son los nuevos Santos Inocentes.

-De santos, nada –corta la anciana- Querrás decir laicos inocentes, que es lo que se lleva.

Silencio.

-Aunque quizás la inocencia- matiza a continuación- no sea lo que más le cuadre al personaje, qué quieres que te diga…

La pesadilla de una noche de tórrido verano

Los sueños de la sinrazón, y más en verano, engendran monstruos...

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Jura Eliseo por lo más sagrado que cuando conoció a Alabe en el mes de agosto  y se quedó prendado de ella no mediaba ningún interés bastardo. Antes al contrario, pues él era un hombre de posición económica desahogada, empleado de una poderosa empresa del sector eléctrico, sección PYMES, viudo sin hijos, y sin más dependencia sentimental que la que marcaba Matilde, su anciana madre, a la que todos los días le llevaba el ABC y, de vez en cuando, un par croissant o unas flores.

-Qué buen hijo eres, Eli-le decía la señora mientras mojaba un cuerno del bollo en su café con leche descafeinado.

-Mamá, ni bueno ni malo-le replicaba sonriendo-Soy tu único hijo.

No jura en cambio que de vez en cuando cae en fase crítica con su propia vida, y lejos de verse como un héroe de nuestro tiempo, pues no es ni héroe ni mucho menos contemporáneo, se deprime, se va a Zángano´s Blue y se entretiene mirando en la tele programas rosáceos con Belén Esteban y un homosexual serie locatis mientras se homenajea a sí mismo con uno, dos, y a veces tres, gin-tonics que prepara el barman con mucho limón y unas hojitas de menta. De resultas de sus soledades alcohólicas Eliseo es de los de tripa generosa, pronunciada aún más por el cinturón apretado por debajo del estómago.

Una de estas tardes en la barra del Zángano´s, normalmente bastante tranquila, descubrió a Alba.

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Alba acababa de pagar a su madre la dentadura postiza más cara y lucida que la buena señora soñó jamás. Alba era una hija excelente. Había pospuesto su sueño de estudiar astronomía y ganar una plaza en el Observatorio del Monte Palomar –donde estaba segura de que descubriría una nueva galaxia y se enamoraría de un astrónomo que se pareciese a Hugh Jackman- por complacer a su madre. Su madre era una actriz frustrada. De joven dominaba a la perfección el repertorio de los hermanos Quintero, pero un director de escena muy moderno le dijo que para dar el salto a actriz de calidad debía de cambiar dos cosas fundamentales.

-Primero, cambiar de repertorio, porque los Quintero están apolillados y ya no venden nada. Y luego cambiarte los piños, hija, que los tienes en rompan filas.

Aquel director de escena sin escrúpulos destrozó a la madre de Alba, y su hija, tan buena chica, se propuso aplazar sus sueños hasta que su madre pudiera competir en sonrisa con Rita Hayworth. Aprovechó su palmito para ganar mucho dinero como chica de compañía de esas que aparecen por los vestíbulos de los hoteles de lujo. Cuando ahorró lo suficiente Rita Hayworth había muerto, y a su madre sólo le daban papeles de castañera o de figurante en las zarzuelas. Lo peor es que no sólo se le había pasado el arroz a su madre, sino también a ella, que ya no estaba para empezar a estudiar nada, sino sólo para entretener, y en buena parte con mucha conversación,  las horas perdidas de hombres como Eliseo.

-Te apasiona la azarosa vida de Belén Esteban, ¿no? –fue su aproximación al caballero..

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Ligaron.

Eliseo pareció no darle demasiada importancia al pasado que Alba sólo disfrazó superficialmente, y empezó a espaciar más las visitas a su madre. Alba se dejaba caer dos o tres veces en semana por el Zángano´s, lo suficiente para que Eliseo, un hombre malgo misógino y despegado de los negocios del amor, sintiera que había en su vida otros argumentos que la electricidad, las pymes, Zángano´s y aquella madrecita del alma querida que en su pecho (el del hijo) llevaba una flor.  Alba y Eliseo hablaban, tomaban los gin tonics juntos y alguna vez, como dos o tres por trimestre,  continuaban la conversación en la chaise-long de su casa. Entponces dialogaban largo y tendido, mayormente tendidos y livianos de ropa. Pero antes, no dejaban de ver juntos aquel programa del corazón con mariquita incluído que mantenía en vilo a toda España y que en el fondo era lo que les había unido.

-Este Coto Matamoros es un hacha –decía él- ¿Verdad que parece que acaba de decapitar a Ana Bolena?

-A mí me apasiona más Carmen Rossi-comentaba ella- Me da mucha moral vela tan gordita y tan segura de sí misma. Y , sobre todo, flipo con mi tocaya…

-¿Tu tocaya?

-Claro, Cayetana, la duquesa de Alba.

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En mala hora dijera semejante cosa. Ya se sabe lo caprichosos y turbulentos que son los sueños, y sobre todo en verano. Las tórridas noches de aquel estío de 2010 precipitaron la crisis. Porque sucede que a veces, Morfeo visualiza criaturas monstruosas como las del Bosco y te las incrusta por sorpresa entre tus personas queridas o en las aspiraciones que tienes más cerca. Nadie sabe por qué, porque los sueños carecen de razón inmediata. Pero apareceny no dejan su sádica huella en vano.

Y a Eliseo aquella noche le  aconteció  en su sueño algo espantoso.

Parte buena: soñaba que al fin el amor había vencido sus prejuicios y doblegado sus reticencias. Soñaba que se casaba con Alba, y a la boda acudían su madre, feliz de que su querido hijo al fin llenara su vida con algo más que  su trabajo y sus gin-tonics, y la madre de ella, más feliz todavía de encontrar sentido para aquella sonrisa de Rita Hayworth que, desgraciadamente,  ya no podría lucir en la escena.

Parte mala: Alba era Alba, pero no la deliciosa criatura que había descubierto en Zángano´s Blue. Sino un  híbrido de ella con esa pintoresca duquesa que se asomaba a los programas de corazón usurpando en su título el bello y poético nombre de su amada.

-¡Santo cielo! –resopló sudoroso al despertar de su pesadilla- ¡Yo quería casarme con Alba, no con la niña de El exorcista!…

Y Eliseo decidió volver a ser un tipo solitario, anodino y bebedor de gin-tonics,  hasta que los sueños del otoño o del invierno le propiciaran mejores sensaciones.

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Homper visita a sus primas

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Homper también se quedó perplejo cuando descubrió que sus primas  mayores, registradas en su memoria infantil con melenita y curvas de artistas de cine de la época, no iban a permanecer  así de por vida. Las primas cumplen años, llegan a ancianitas, y sufren alifafes propios de su edad. Además, a la que no vive postrada en el sofá o en la silla de ruedas se le va la olla de cuando en cuando. Tempus fugit.

Esto último no es grave, también le sucede ya a él mismo, veintidós año más joven que la menos joven de ellas. En el caso de la prima Tere lo es quizás aún menos, pues, profesora de instituto jubilada, fue siempre machacona y repetitiva. Por darle marcha a una de esas visitas que los fines de semana veraniegos se hacen más necesarias, sacó a colación Homper que se había encontrado por la calle a Enrique Maderuela, un sobrino que  dejó de ver de bebé y  al que reencontró por la calle  hace una semana convertido en un elegante ejecutivo de banca. Enrique Maderuela es un hijo de Julita, otra prima lejana con la que, sin embargo, las primas hermanas mantenían mucho trato.

-¿Sabéis algo de la prima Julita? –preguntó a Homper a sus primas las ancianitas.

La prima Mary, acurrucada en el sofá como una gatita delicada, asintió con la cabeza. La prima Tere, más vigorosa y vehemente, abrió su amplia sonrisa y ratificó lo que su hermana, muy débil, no atinaba a decir de viva voz.

-¡Siiii!….Está muy bien.

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Todos deberíamos estudiar un tratado de conversación con ancianos. O por falta de fuerzas, caso de  una prima, o por dificultad para fijar el tema y avanzar en él, caso de la otra, Homper se vio a menudo empantanado en marasmos de silencios o de respuestas absurdas que le acababan generando muy mala conciencia. Imagínense el cuadro, tarde de sábado de verano en la gran ciudad, calles desiertas, mucho calor. Una habitación penumbrosa decorada con algún mueble decimonónico, silloncitos y sofá, cuadros de naturalezas muertas, paisajitos y retratos de antepasados. Sobre la mesa baja, un ABC, una jarra de agua con medidas de volumen marcadas y un vaso al lado. Silencio.

-¡Fíjate! –decía la prima Tere rompiendo el silencio- El médico me ha dicho que tengo que beber cinco vasos al día. Y no se cómo, porque yo bebo muy poco, ¿sabes?

Los cinco vasos de agua dieron para alegrar diez minutos de visita. Homper teorizó sobre lo que esta manía de que bebamos a toda costa ha influido en el aspecto de los transeúntes en general y de los turistas en particular. Ahora el turista no sólo debe llevar mochila y cámara de fotos, sino también una botella de agua en la mano.

-Cinco vasos de agua –insistía la prima Tere ante el silencio resignado y pasota de su hermana Mary- Cinco vasos de agua….

Por delante de las cortinas de la ventana, casi completamente corridas para detener el lamparazo del sol, había una mesita auxiliar con un televisor apagado. A las primas ancianitas no les interesaba nada ni el Tour de Francia ni la etapa contrarreloj de Contador. Antes veían alguna película de esas de media tarde con actrices como Deborah Kerr, Vivien Leigh y Katharine Hepburn, que les gustaban mucho, o con galanes como Gary Cooper, Cary Grant y Clark Gable, que les gustaban aún más. Ahora ni siquiera eso.

De vez en cuando un leve golpe de aire movía las cortinas. No alivió mucho la sensación de espesura de la habitación, pero  entretuvo el silencio que envolvía la visita a aquellas primas que Homper conoció jóvenes y que ya no lo son tanto.

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Las campanas de una iglesia le recordaron a Homper que, como todo es relativo, él era el joven de la reunión, y su deber era esforzarse en la conversación. Pensaba que así al menos las primas ancianas se sentirrían más animadas, y apreciarían la diferencia entre el tiempo de soledad compartida y el tiempo de visita. Para Homper éste empezaba  a pesar como una grave responsabilidad. Creía que si no era capaz de que la prima Tere, normalmente muy locuaz, pegara  la hebra, es que él no era una visita de recibo.

Pero en ese momento tuvo una inspiración.

-¿Cuántos hijos tiene la prima Julita? –preguntó.

Y la respuesta  llenó el resto de la visita. La prima Tere habló de Irene, que se casó con un alemán y vive en Alemania. Además de Irene estaba Enrique, promotor involuntario de la conversación, pero luego -¡ay problema!- estába el pequeño, que se acababa de separar de su mujer. Leve inciso para lamentarse de las muchas separaciones de esta sociedad moderna.

-Porque Irene –recordó Tere- se casó con un alemán, y vive en Alemania. Pero el pequeño se ha separado

Homper era consciente de que la hija de la lejana, aunque muy querida, prima Julia, se llama Irene, se casó con un alemán y vive en Alemania. También era consciente de que había otro hijo separado y Enrique, que es ejecutivo del BBVA.

-Ese está casado y tiene hijos –repitió la prima Tere- Pero el pequeño se ha separado. Y luego está Irene, que es mayor, pero que se casó y vive en Alemania.

Alguien, no se sabe si la prima Mary por señas o el propio Homper, divina inconsciencia, lanzó una nueva hipótesis. Pudiera ser que la prima Julita no tuviera sólo tres, sino cuatro hijos, porque Tere había lanzado el nombre de Curro y el recuerdo de un mocetón que sabíamos que no es Enrique,  al que  tenemos perfectamente identificado,  ni el pequeño. Este hasta ahora siempre había sido llamado “el pequeño”.

-Es una pena que se haya separado-insistió Tere-Porque Enrique no, Enrique está casado y tiene una mujer estupenda y un  magnífico trabajo. Lo mismo que Irene, lo que pasa es que Irene se casó con un alemán, y por eso vive en Alemania…

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El tiempo, que afortunadamente no fue de silencio, se le echó encima a Homper, y llegó  el momento de despedirse  de sus ancianas primas.

La vuelta a su casa fue un camino de dudas y preguntas. Algunas poético-filosóficas, desde el tempus fugit, aforismo clásico, al verso coplero de Jorge Manrique: cómo se pasa la vida, tan callando. Otras, de moral práctica, le planteaban si el suyo fue un buen comportamiento con sus primas mayores. Volvió a pensar que la asignatura  de Educación para la Ciudadanía debería, por ejemplo,  enseñar a hacer compañía y a dar conversación a los ancianos. Luego se imaginó a sí mismo en esa edad. ¿Sobreviviría para entonces esta costumbre de las visitas? ¿Tendrá la gente entonces un solo minuto para dedicárselo a los demás?

Y, por encima de esos, otros enigmas menores que no por ello dejaron  de preocuparle. ¿Era Curro el hijo pequeño de Julita, aunque fuera  un mocetón? ¿O es que los Madderuela tienen un cuarto hermano que no tenemos bien perfilado?. Porque lo que está claro es que Irene se casó con un alemán y vive en Alemania, y que Enrique está muy bien casado, bien colocado  y tiene unos hijos estupendos. ..

Cómo mejorar muchas cosas por diez euros al mes

Rafael Selas es un JASP que ha entendido lo que son las prioridades...

Rafael Selas es un JASP que ha entendido lo que son las prioridades...

Regresaron de sus vacaciones la tía Clota y sus amigas, como había regresado antes el perplejo permanente llamado Homper. Nunca pasa nada, o ya vuelven los clásicos por do solían. Aunque siempre creamos que cada pausa veraniega da paso a un movimiento germinal.

De niño, Homper estaba convencido de que el año se dividía en dos mitades: el invierno frío, gris, monótono y, peor aún, colegial,  de su Madrid natal, y la otra mitad alegre y al aire libre, que transcurría en su lugar de veraneo. Sol, ríos o mar donde bañarse, juegos, aquellas chiquillas a las que de repente les apuntaban dos cerezas por debajo de su blusita, noches estrelladas, bailongos por las fiestas de finales de agosto, helados de mantecado más o menos gruesos,  desde los diez céntimos a la peseta, algún titiritero ambulante y, un caballito de cartón o un motorista de hojalata en la feria y sobre todo, nada de colegio. Al regreso a la mitad horrible del año –qué suerte, creer que el año se dividía en colegio y vacaciones- tenía la esperanza de que la vida en Madrid renacería distinta. Pero nunca cambiaba. Todo seguía igual.

-Nunca pasa nada, sobrino-remachó la tía Clota en el primer diálogo posveraniego que acaba de mantener Homper con ella- Y, si pasa, es para peor…¿También te vas a quedar pasmado porque te recuerde eso?

Le chafó el pesimismo anticipado de su tía, porque esta vez le iba a leer a distancia algo que a él, oh, sorpresa le había asombrado muy positivamente. En un suplemento del ABC de este mes de agosto había leído una entrevista con Rafael Selas, un madrileño que marchó a Estados Unidos con diecinueve años, hizo una prometedora carrera de productor y realizador  televisión y de discos y de repente sintió la llamada de lo que él llama “los niños rotos de África”. Con algunos de ellos aparecía  en la foto del ABC, barbado y sonriente, un rostro que recuerda vagamente al del Ché Guevara.

-Y es que este chico también es un revolucionario-le aclaró a la tía Clota-Ya ves, podría haberse convertido en un yuppy de los negocios, un empresario rico en España, y lo ha dejado todo  por echar una mano a los niños de Lamu…Para que luego digas que los jóvenes  sólo piensan en divertirse.

Rafael Selas se instaló en Lamu, una isla al norte de Kenia. Desde su ONG llamada ANIDAN ya ha a creado un orfanato donde viven doscientos cincuenta niños, y se ocupa de que otros cien sean atendidos diariamente en el hospital pediátrico. Rafael es muy crítico con las ONG de grandes presupuestos y poco operativas, y prefiere optimizar sus recursos trabajando sobre el terreno para defender de la malaria y otras enfermedades a unos cuantos de sus niños rotos. Estudió en un colegio heredero del Instituto Escuela, y no recibió una gran  formación religiosa. Pero allí había un padre Ramiro con las ideas muy claras. Si no eres capaz de arreglar el mundo –decía el cura-  procura ayudar al menos al que tienes más cerca. Lamu está muy cerca, porque Rafael está allí.

-Caramba –musitó la tía Clota después de conocer la historia de Rafael Selas- ¿Y dices que es joven?…

Rafael Selas debe de estar en la treintena, y es otra clase de JASP (Jóvenes Aunque Suficientemente Preparados). Su caso dejó perplejo no sólo a Homper, sino también a la tía Clota, que, arrepentida de sus prejuicios, se ha dado de alta como socia de ANIDAM, con una cuota de sólo diez euros al mes.

-No es cierto que las cosas siempre cambien a peor, tía-concluyó Homper. Tú misma has mejorado mucho desde que conoces esta historia…

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba – germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.

Demasiado viejo para ser amado

Spain Injection
(Foto de Torchondo)

En una canción nostálgica  de los años sesenta cantaba el Dúo Dinámico que murió muy joven para amar. Al nuevo himno nacional, si es que llega a nacer, le pasará lo contrario: nació muy viejo para ser amado. Al margen de las reticencias siempre interesadas de los partidos nacionalistas, la nueva letra es tan políticamente correcta como conceptualmente equivocada. Además de anacrónica, porque los himnos se heredan de otra época, y en estos tiempos de escepticismo, relativismo e individualismo tienen mal encaje.Suena antiguo, pero otros dicen cosas peores. La gloriosa Marsellesa es siempre emocionante, sobre todo cuando la coreaba Víctor Lazslow frente a las autoridades nazis que copaban el café Rick´s en Casablanca. Pero si se traduce la letra apela a las armas, y pide que la sangre impura empape los surcos de los campos. La que armarían los pacifistas y los apóstoles del talante si fuera así la aprobada ahora por la SGAE. El Asturias patria querida recuerda al asturiano de pro que tiene que subir al árbol y coger la flor, dársela a la su morena para que la ponga en el balcón. Es una manera de hacer patria que al resto de los españoles no se nos había ocurrido. Si no fuera porque lo aprobó todo un parlamento, uno diría que cualquier engendro de esos que se presenta en la Eurovisión tiene más sentido. El del colegio del Duende decía españoles, hidalgos, valientes, con la edad nos queremos mostrar. Lo cierto es que en sus aulas la mayoría no éramos hidalgos, sino plebeyos, y nos mostrábamos como éramos, con edad o con pantalones de pana. Ardor (guerrero) que brota de pechos que son tuyos, cantaba uno cuando era soldadito de infantería y en las misas solemnes debía sonar el himno del cuerpo. Uf, uf, uf, qué retórica rebuscada, qué exhibicionismo patriotero. Y no sigo, por no abrumar, no sea que el lector se me abra las venas con el bono-bus.

Así las cosas, la letra que ayer desvelaba el ABC no está tan mal.  Todos los himnos suelen decir muchas más bobadas que el elegido por el Comité Olímpico, pero el problema es que España no está para esas lindezas. Los sabios aún no se han puesto de acuerdo sobre su identidad, unos la ven compacta, otros desmadejada, unos la quieren simplemente, otros la detestan. Para algunos España es un afán, para otros, una mamandurria. Y con tantos debates filosóficos sobre lo que la mayoría creíamos resuelto desde hace siglos, la pobre España, con perdón por la rudeza de la expresión, no tiene el coño para ruidos.

Con todo, la polémica tiene un punto ingenuo. A estas alturas donde todo se desmenuza con colmillo retorcido, sorprende que alguien rompa una lanza por las formas, tan maltratadas por la costumbre y tan decisivas para modular la convivencia democrática. Casi todo lo que armoniza la vida de una comunidad está basado en el poder simbólico de las formas. Los padres de la patria no son los más listos de cada cole, pero les atribuimos la representación popular y debemos aceptar sus leyes. España no es el mejor de los mundos, pero es el que tengo más cerca, me soluciona muchos problemas, y por tanto y me debo a ella. Mi bandera no es la santa sábana, pero me identifica con muchos otros, y creo que me representa. Son las reglas de este juego. Mi himno no tiene remedio, pero hubiera hecho mejor su función con una letra que esta sociedad resabiada no va a aceptar aunque la firme Bob Dylan.

La solución sería que se aprobara esta o cualquier otra similar, se enseñara en las escuelas a las almas cándidas y calláramos los adultos hasta que toda una nueva generación la pudiera cantar sin complejos cuando juega la Selección Nacional o se iza la rojigualda. Porque, al cabo, toda canción es también un símbolo y hasta las de Dylan, Joan Báez, John Lennon o el mismo Serrat si se escuchan con detalle son tan voluntaristas, pretenciosas e idealistas como la que ahora ponemos a parir. Sin embargo está claro que cantar juntos refuerza la unidad. Y a uno, además le gusta cantar lo que sea. El nuevo himno llega demasiado tarde, pero qué lastima que no lo inventaran antes.

Lea el post anterior con buenos ojos

El post anterior era un artículo que nunca le publicaron al Duende. No es el único, claro. Pero uno, que no es un dechado de perspicacia, se dio cuenta de que más que políticamente incorrecto, era incómodo. Aludía a las esquelas como esa badila que remueve el cisco de un brasero lamentable en nuestra historia reciente. ¿No hay muchos periódicos que podían haberla manejado con más mesura?

Lo mandó a dos periódicos, y ambos lo lanzaron a la papelera. Uno de ellos se excusó con el peregrino argumento de que hablaba demasiado de la competencia, como si lo que uno sugiere de ella fuera precisamente elogioso. Al margen de la opinión del autor sobre la memoria histórica, el Duende advirtió que criticar estas esquelas -que habrán dejado una fortuna en las cuentas de publicidad- es como subrayar la inmensa hipocresía que encubren los anuncios de putiferio. Qué pocos periódicos les hacen ascos.

No le gustaría al Duende que el post anterior levantara la polémica del ombligo de Ibarreche. Si se lee con ojos serenos, coincidirán en que hay tema para comentarios con sólo repasar las muchas esquelas pintorescas o incluso divertidas que uno recuerda. Pero si, a pesar del deseo del Duende de provocar más sonrisas que urticarias, se quiere destilar opinión sobre el espinoso tema de fondo, ruego al lector que se fije sólo en último párrafo, que juega con los versos de John Donne. Aquel que ve el vaso medio lleno, y recuerda que, si las esquelas fueran campanas, hoy deberían repicar. Paz y buen humor, por favor.

Por quién doblan las esquelas

Cementerio

(Foto de saksa2000, con algunos derechos reservados)

No es el año más oportuno para proclamarlo, pero aún así confieso que yo también soy lector de esquelas. Sobre la presunta malsana morbosidad de tal costumbre, debo argumentar que la esquela permite espiar discretamente a la condición humana a través de un ojo de cerradura privilegiado. Cualquier avezado lector de ellas, y los hay por miles, sabe interpretar los nombres, el orden de los mismos, los oficios o profesiones del fallecido, sus cargos, honores y condecoraciones, los adjetivos, los versos, las citas literarias y las oraciones que encierra esa orla negra que fuera, hasta hace bien pocos años, uno de los signos distintivos del veterano ABC. Conozco a algunos coleccionistas de esquelas, que las exhiben cual documentos tan expresivos como lo fueron las fotos de Alfonso o de Agustí Centelles para mostrarnos la España de su tiempo. También me contaron que en un kiosco de Madrid había un cliente que diariamente pagaba cinco duros al kiosquero sólo por permitirle leer las esquelas. Del ABC, naturalmente. Se ponía al día, y después de constatar encantado cómo iban cayendo los amigos de su promoción devolvía el ejemplar para su venta normal. Del ABC proceden también estas perlas con las que se homenajeaba en una esquela a un ser querido. Tras el nombre del difunto, tres palabras inmarcesibles que son, sin duda, expresión de un cariño impagable: tiíto, gordito y pocholín. Sin embargo, la que más me ha impactado es la que leí hace apenas un mes. Aparte de la fecha del óbito, de los nombres de los familiares y de los datos del funeral, decía sólo Fulanita de Tal y Tal, inmejorable persona. Con el fuego cruzado que se dispara este año desde la esquelas, me pareció emocionante su ingenuidad y su ternura.

Estoy seguro de que el Año de la Memoria Histórica llegaba cargado de buenas intenciones. Cierto que quedaban agravios por reparar, y muchos más en la España de los vencidos que en la de los vencedores. Para un lego en la materia como el que esto suscribe, lo más difícil de entender es por qué no se borran de una vez en los archivos judiciales los expedientes que convirtieron a tantos defensores del orden constitucional en condenados por rebelión. Ni por qué no se equiparan con los gloriosos caídos por Dios y por España a aquéllos que cayeron por la República, que, por cierto, también eran España y podían tener su Dios. Que se laven las manchas de honor, que se rinda homenaje a las víctimas, muertas en el frente o a cuenta de lo más encanallado que acompaña a cualquier guerra. Pero, por favor: que no recuerden lo peor de nosotros mismos esas truculentas crónicas retroactivas en las que se han convertido muchas esquelas de este año crucial. Si un día aparece en un periódico el memento a un inocente abatido por las hordas marxistas, al siguiente asoma en el de signo contrario el aniversario de un ciudadano de bien asesinado por las tropas facciosas del general Queipo de Llano. No irá en su propósito, pero…¿cómo no va a creer el lector que se trata del inevitable y tú más? Una de estas horrendas esquelas ha servido para enterarnos a muchos de que, mientras los restos de este militar descansan en la catedral de Sevilla y su fajín procesiona con la imagen de la Macarena -extraño maridaje que sorprenderá a muchos hombres de armas y escandaliza a no pocos creyentes-, varios miembros de una misma familia fusilados por sus tropas en aquel nefasto verano del treinta y seis reposan en lugar desconocido. Algunas revelan su porqué anteponiendo al nombre del difunto, con palmario retintín, el aviso de que estamos en el año de la memoria histórica. Una de las más escandalosas data del lunes 16 de octubre de 2006, y está dedicada a unos mineros muertos en la represión de la revolución de Asturias en 1934. Formará parte de cualquier antología de las esquelas, pues la pieza lo tiene todo: el nombre de las víctimas, el de los parientes que los recuerdan, el del capitán que mandaba las tropas, el de los responsables del gobierno de entonces y, para que no falte nadie, el del presidente Rodríguez Zapatero, a la sazón nieto del capitán de marras y desenterrador, pala en mano, de lo más triste y cruel de nuestra memoria. Por no cargar demasiado las tintas, la esquela recuerda que el propio capitán Rodríguez Lozano, ejecutado después por las tropas de Franco, pudo morir en Asturias tiroteado en una emboscada, y conjetura que, de haber sido así, su nieto no hubiera alentado este año de la memoria que por ahora es más bien el año de la gran tangana. Nunca las esquelas habían sido tan dramáticas.

Son muchos los que opinan que el llamado Año de la memoria histórica o no es la más brillante idea del presidente Zapatero o, como poco, se ha interpretado mal. Pero justo es decir que en esa interpretación intervenimos todos, y muy especialmente los periódicos que dan cabida al afán de vendetta que sangran estas esquelas. Uno de ellos, EL PAÍS, receló en su día de informar sobre la fiesta de los toros, y creo que jamás ha acogido crónicas de un combate de boxeo, por considerar que este deporte denigra al ser humano. El mismo código ético o libro de estilo podría haberse aplicado para, advertido que el juego de las esquelas se convertía en un macabro toma y daca, no publicar al menos algunas de las más descorazonadoras. Una joven inglesa que estudia filología hispánica y es una apasionada de nuestro país se quedó estupefacta después de haber leído unas cuantas. ¿Cómo es posible-me preguntaba- que, setenta y cinco años después, se sigan ustedes odiando tanto?

La mayoría creíamos que la transición había suturado con notable éxito las heridas de la guerra civil. Si estábamos en un error, procédase a curar las que aún queden abiertas con urgencia y, sobre todo, con discreción y delicadeza. Porque la mayoría de los españoles perciben aquella guerra del 36 tan lejana como los de mi generación la de Africa, y probablemente les desalienta y les espanta reconocer a alguno de los suyos entre las víctimas, o peor aún, entre los verdugos. Todos tenemos algo de ángeles y de diablos, y en aquél infausto trienio negro nos poseyó el lado satánico. Por eso se echa de menos que en este año de la memoria histórica no abunden más en las esquelas conmemorativas palabras como perdón y, sobre todo, reconciliación. Algunas nobles excepciones ha habido en este sentido, pero me temo que se pierden en el fragor del memorial de atrocidades. Al cabo, parafraseando los famosos versos de John Donne, esas esquelas tremendistas también doblan por todos nosotros. Cuando, al contrario de la novela de Hemingway, si fueran campanas deberían repicar. Repicar de alegría por haber enterrado una guerra y una dictadura para dar paso a una democracia.


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