
¿Les sigue doliendo tanto a los alemanes la 2ª Guerra Mundial como nos duele aún a los españoles nuestra guerra, que queda más lejana?
1
Inflamado de patriotismo, Dalmacio se vistió con su viejo uniforme de sargento de infantería, metió la pernera de los pantalones abombachados por dentro de las botas, se caló el gorro cuartelero con el borlón colgante, ciñó su correaje y sacó de la funda de pistola su Astra reglamentaria.
-Por Dios y por España –murmuró mientras la cargaba de balas – Ya está bien de asistir impávidos a la destrucción de la patria. Se va a enterar ese rojazo de lo que es un soldado de la 2ª Bandera de Castilla.
Se miró al espejo mientras retorcía la punta de sus bigotes, montó el arma y apuntó al frente, como si él mismo fuera el vecino al que tenía que matar.
-¡Viva Franco! –gritó- ¡Arriba España!…Muere, cabrón, por comunista y por masón.
Y simuló con la boca los tiros que pensaba descerrajar al enemigo que esperaba tras la puerta.
2
Al otro lado, Miguel repasaba los cargos contra el faccioso que vivía enfrente. Era monárquico confeso, perteneció a una familia de terratenientes que mangoneaban en la cooperativa de aceite de un pueblo de Jaén, iba a misa, se puso a defender al cura en una de las quemas de iglesias y por si fuera poco se proclamaba simpatizante de la CEDA.
-Es un traidor a laRepública. Así que si no se lo apiola la Brigada del Amanecer haremos justicia nosotros-dijo mientras abría el arcón donde guardaba el equipo con el que se hizo la última foto de campaña. A saber, el mono, el correaje, las alpargatas, la gorra, el mosquetón Mauser con la bayoneta.
-Eso de la bayoneta calada acojona mucho- farfulló- Además le diré que al párroco de mi pueblo le torearon y le estoquearon con un bayonetazo en todo lo alto, porque el volapié con la espada se hace muy difícil con los curas, carajo.
Sacó un viejo disco de pizarra de su funda de papel y lo puso en el plato del pikú. El disco empezó a girar. Con mucho cuidado el miliciano posó el brazo de la aguja sobre su borde y tras el sonido de unos chisporroteos empezaron a escucharse por el altavoz los acordes de La Internacional. Miguel se anudó al cuello un pañuelo de la CNT, colgó el fusil de uno de sus hombros, levantó el puño de la mano derecha y al grito de viva la República y muerte a los fascistas abrió la puerta de su casa dispuesto a llevar a cabo la histórica misión de liquidar al vecino de enfrente.
3
Los dos ancianos se encontraron en el descansillo y se dieron los buenos días. Dalmacio salía en ese momento del ascensor, y traía bajo el brazo el ABC y EL PAÍS.
-Tome –dijo ofreciendo este último periódico a su vecino- Hoy se lo regalo yo con mucho gusto.
-¿Por ser el setenta y cinco aniversario del inicio del golpe de estado de los suyos?…
-Del Alzamiento –corrigió Dalmacio con una sonrisa- No, no. Le seré sincero: se lo subo como hago todos los días, porque yo soy madrugador y buen vecino. Pero hoy acabo de darme cuenta de que se me ha olvidado comprar el brick de leche.
-Anda, la leche, tiene gracia.
-Ya sabe –explicó Dalmacio bajando la mirada- Desde que murió Agustina no me acostumbro a la idea de que he de hacer la compra yo solo, y se me ha olvidado que se me acabó la leche.
-La buena leche, querrá decir-matizó Miguel.
-Ya, comprendo-admitió el viejo soldado conteniendo una risa- El caso es que no me apetece un pimiento salir ahora para poder desayunar mientras leo el ABC, como acostumbro. Así que, si le sobra, le cambio un brick de leche por su periódico, que hoy vendrá con mucha memoria histórica de esa que tanto les gusta a ustedes…
-No me joda, Dalmacio, no me joda…-dijo Miguel con sorna mientras reabría la puerta de su casa para dejar su periódico.
Se hizo un silencio y los dos veteranos se miraron frente a frente. Dalmacio estaba delgado como un sarmiento. Mantenía su bigote con las guías en punta, pero estaba completamente calvo y llevaba unas gafas de culo de vaso que a Miguel le recordaron las que llevaba el general Mola. Miguel conservaba en cambio todo el pelo, blanco como el frente de Teruel de aquel endemoniado invierno donde se le congelaron los tres dedos que le faltaban en un pie.
4
-¿Sabe lo que le digo?-dijo el viejo miliciano- Que me han mandado unas perrunillas de mi pueblo se me van a enranciar como no las despabile pronto. ¿Me deja que le invite yo a desayunar?
Dalmacio se quedó estupefacto.
-Es café de puchero, naturalmente-precisó Miguel- Como el que hacíamos en el frente.
Dalmacio vaciló. Jamás había traspasado el umbral de la puerta del vecino deln4º A. Ni aún cuando murió Manuela, la compañera de Miguel, que salio de casa para enterrarse en el cementerio civil a finales de los años noventa. Pero ese era un día muy especial, había dormido mal, con pesadillas. Soñó que revivía el glorioso alzamiento, y que él, que era un hombre pacífico, tenía que vestirse de guerrero y matar rojos. Por cojones. Luego se desveló, puso la radio y donde no recreaban como en un serial el 18 de julio de 1936 recordaban el aniversario de lo que él creyó que era una cruzada contra el mal y luego resultó ser una burrada y una carnicería, como todas las guerras.
-Se lo agradezco, Miguel. No sabe la pena que me da desayunar solo- dijo mientras atacaba la primera perrunilla con su dentadura desguarnecida y observaba los carteles de guerra y la reproducción del Guernica que ilustraban el comedor de su vecino.
-No me lo agradezca. Esta noche soñé que me volvía a poner el mono de miliciano para liquidarle a usted, que era el faccioso que me quedaba más cerca. Además, a mí también me da por culo la soledad.
-Vaya, qué coincidencia-dijo Dalmacio-Ahora sólo nos matamos cuando padecemos pesadillas, y no por tener ideas distintas…
5
Se liaron a hablar de esas cosas raras que eran los ideales. Y con los ideales, también de las equivocaciones. Y, de las equivocaciones, las heridas que dejaron estas. Y de las heridas pasaron al rencor, y luego del rencor, a la amargura. Y de la amargura, el desasosiego permanente de aquella guerra que había empezado hacía setenta y cinco años y que, aunque los que la hicieron la daban por concluida seguía alimentando eso que ahora se llama siempre el debate político. Político tenía que ser el dichoso debate, como si no hubiera otros problemas que solucionar.
-¿Y si no leemos los periódicos de este 18 de julio?-sugirió Dalmacio.
-¿Y si damos por bien perdidos los dos euros y cuarenta céntimos que me han costado?-dijo Dalmacio mientras tiraba el ABC y EL PAIS a la papelera.
Y los vecinos se comprometieron a no leer más periódicos ni ver o escuchar más informativos del 18 de julio hasta que este día dejara de ser un tormento en su memoria. Y aunque no hay pruebas de que a partir de entonces los que antaño fueran enemigos mortales pasaran a ser amigos forever, parece que luego del desayuno compartieron unos chupitos de aguardiente del pueblo de Dalmacio, y luego a la tarde vieron juntos en el DVD de Miguel La diligencia de John Ford, que era otro monumento al valor y a la hombría, y Éxtasis, que era una película de esa época ominosa en la que aparecía Hedy Lamarr bañándose en las aguas completamente desnuda. Pues afortunadamente, y pásmese el lector, todavía hay algunas cosas en las que la que los españoles de distintas ideologías suelen coincidir sin mayores problemas.
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