
Hasta el lugar más impresionante del mundo puede convertirse en un horror cuando millares de turistas caen sobre él al mismo tiempo...
Francia es el país más grande de la Unión Europea. Es casi 140.000 km2 más extensa que España, pero sostiene este bloguero que la diferencia psicológica puede ser aún mayor.
Ocurre, en efecto, que en España la mirada del curioso se puede conformar con sobrevolar determinadas zonas para darles por conocidas. Tal es caso de las mesetas y llanuras castellanas, o de las vasta zonas semidesérticas de Los Monegros, Murcia y Almería, o de la llamada Siberia Extremeña, o de los mares de olivos del plateado Jaén, o de las muchas montañas o abruptos serrijones que son, cuando menos, tortuosos y difícilmente accesibles. Tanto terreno que uno no podrá andar, y que, abarcado a veces en una sola mirada, cree absorber de un solo golpe de vista. A estas alturas de la vida, y aún valorando sobremanera los dramáticos y, quizás por ello, fascinantes contrastes de nuestra tierra, uno agradece mucho los paisajes mansos. A veces demasiado previsibles, pero casi siempre bonitos.
-Me gustaría morir después de haber recorrido todos los caminos –dijo una vez el Duende.
Francia está llena de caminos. Casi todos gratos. De hecho, una de las conclusiones de este viaje estival es que en agosto se debe huir de cualquier punto señalado en la guía con tres estrellas. Por curiosidad, por paletería, por aprovechón, por aquéllo de al menos poder contarlo y, en definitiva, por falta de personalidad, este viajero no se quiso perder, en vivo y en directo, una de las postales más famosas del mundo. Y alargó su itinerario hasta el Mont Saint Michel.
-Me quiero morir- se dijo cuando, después de sortear una masa multirracial de turistas consiguió penetrar la muralla que lo rodea.
No llegó a entrar siquiera en el recinto de la abadía. Fue sólo asomarse a la ciudadela que la guarda para sentirse tan agobiado como en el primer día de rebajas de El Corte Inglés. Se dio la vuelta, escapó del gentío que se agolpaba en una única calle atestada de tiendas de souvenirs y, aprovechando la marea baja, dio un paseo circular alrededor del famoso monte para ver ese monumento de la Humanidad desde el único punto que podía evocar su razón de ser. Sólo desde el mar sugería el Mont Saint Michel la soledad y el misterio que uno busca en esos lugares. Lo de dentro, arte y piedras aparte, que apenas se podían disfrutar, era sencillamente un espanto.
Así que anduvo el bloguero por otros caminos menos transitados. En todos ellos vio cosas interesantes. Y en todos se preguntó cómo siendo Francia tan grande, tan bella, tan cercana, tan rica en su oferta cultural, tan placentera en la mesa y, fuera de París, no mucho más cara que España, despierte en los españoles menos interés que muchos otros destinos turísticos más complicados.
¿Pasó el encanto y la fascinación que la France despertaba en la generación del Duende? El aroma de la libertad, la cultura, el cine, la canción, el arte y el buen gusto que tanto nos embobaban entonces…¿dicen algo ahora a los jóvenes de hoy? Todos saben o quisieran saber inglés, pero…¿se molestan siquiera en aprender nociones básicas de francés?
Malgré tout, piensa el bloguero, Francia sigue siendo grande en todo. Tanto, que uno puede perderse por sus entrañas y olvidar que el mes de agosto es el peor para echarse a la carretera y ver mundo. No aburriremos con muchos pequeños detalles, pero aún contaremos algunas impresiones más que anotamos en nuestro cuaderno de ruta.



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