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Las Fallas, los perros y el silencio

No le gustaría a uno ser un perro y estar en Valencia en época de Fallas...

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A veces los recuerdos de lo intrascendente se graban con tanta o más nitidez que otros que se consideran más importantes. Pescaba Juan al atardecer a orillas de una playa de Almería. Juan es el hijo menor del Duende, y por entonces dividía sus pasiones entre tocar el saxo, pescar y pasear con la perra de la familia, una simpática fox-terrier llamada Alfa. Alfa no se separaba de él. Se sentaba en la arena y miraba atentamente las olas mientras se echaba la noche y el pescador esperaba pacientemente a ese pez que nunca pica cuando lo deseamos.

(A propósito, frustración nº 36.982. No sabe el bloguero si esto mismo le pasará al lector, pero él cuando camina por la playa o por la orilla de un río y da con un pescador, siempre desea que en ese momento éste rebobine el carrete y traiga del anzuelo un magnífico pez. Y eso no pasa nunca, demonios,  nunca. Muchas veces coincide con que el pescador recoge el sedal, y que a veces arrastra un alga, o con los plomos, el flotador la cucharilla y el cebo artificial produce el falso efecto óptico de que ha picado algo gordo. Pero siempre acaba todo en falsa alarma, nunca  con la captura del pez. Y no me digan que no exasperante, tener tan mala suerte, haber visto miles de pescadores a orillas del río de la vida y no sorprenderles jamás en el momento de la suerte suprema).

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El bloguero pasaba por ahí cuando, ya noche cerrada, en el vecino pueblo de Garrucha empezaron a quemar un castillo de fuegos artificiales. La fiesta piroténica no tenía lugar muy cerca, puede que a más de de un kilómetro. A pesar de ello, no bien explotó el primer cohete Alfa salió corriendo despavorida, ¿alma de perro que se lleva el diablo? Dos horas después Juan la encontraba, aún temblando, escondida debajo de su cama.

El espectáculo de verano era bien bonito, noche lunada junto al mar, un muchacho pescando, la perra tranquila, mirando las olas al pie de su amo, y al fondo ese plus de glamour que espolvorean sobre el cielo los fuegos artificiales. Pero el Duende recordó que él también, cuando era un niño, abría la boca de asombro al ver los fuegos al tiempo que se tapaba los oídos. Le espantaban las explosiones.

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Nunca había estado el Duende en Valencia en tiempo de Fallas. Pero entonces aún hacía diabluras por la radio, y los programas de RNE en los que participaba estaban para eso. Oye -llamaban  a los jefes de una ciudad de importancia o de una comunidad autónoma, que aún estaban de bien ver-. Que se inaugura la Exposición Universal de Rosas Exóticas. Que se celebra la Feria del Melocotón, muy importante para la economía de la zona. Que se ha cumplido el quinto centenario del otorgamiento de carta de ciudadanía a Villapendejo, un evento histórico de honda huella en la región. Que el Consejo regulador de la Denominación de Origen de la Nuez Moscada necesita un poquito de notoriedad. Que por primera vez alojamos en esta ciudad al Congreso Europeo de Entomólogos. Y allá que nos mandaban: a Doña María, a Capitán, al padre Bonete, al Gran Carnaval, a Julio César Iglesias, a Carlos Herrera, a Antonio Jiménez o a Olga Viza, según quién llevara la batuta.Y lo mismo teníamos que hablar de embutidos que de juguetes o de  historia, para acabar haciendo la pelota al lugar que nos recibía y diciendo por antena cosas tan originales como: encrucijada de culturas (esto se decía mucho), ciudad hospitalaria donde nadie es forastero (esto también), la gran desconocida (todas las ciudades y pueblos de España son los grandes desconocidos, pero se sigue abusando de semejante tópico, debe de ser muy resultón), y aquéllo de de “donde a un patrimonio histórico y cultural excepcional  y un dinamismo social y económico admirable se une una oferta turística, de ocio y gastronomía, que la hacen sencillamente insuperable. Aunque, para qué engañarnos, lo mejor de este sitio donde hoy hacemos el programa es su gente: gente abierta, sencilla y campechana que recibe a cualquier visitante con los brazos abiertos”…Todo eso decíamos, por eso pagaban a los parlanchines de la radio. Y la cosa gustaba tanto a los anfitriones que acababan invitando al equipo humano del tinglado de la radiofónica farsa a un buen almuerzo, regalaban a cada uno un bonito cenicero de cerámica con el escudo de la ciudad estampado en su fondo y luego invitaban a presenciar desde lugar preferente el acontecimiento o el objeto que justificaba aquel despliegue de medios.

-Qué bonito, qué interesante –había que decir- ¿Cómo es posible que el mundo entero no sea consciente de este privilegio que todos tenemos al alcance de la mano?

Así eran las cosas en el entonces de la vida de este bloguero.

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El programa fue en Valencia, la época la de las Fallas, y el acontecimiento La Mascletá.  El Duende creyó que de repente el cielo se abría y una de dos: o Zeus tonante  había despertado más furioso que nunca o se celebraba el cumpleaños de Paul Tibets y del Enola Gay. ¿Sonarían más fuerte aún las bombas de Hiroshima y Nagasaki?

Este incauto e ignorante bloguero no entendía que esa serie de explosiones insoportables para cualquier oído ligeramente sensible fueran causa de tanta algarabía. Podía haberse acordado de la alegría de vivir, del gozo de la fiesta callejera, de los que viven esperando todo el año su tradición más famosa, de lo liberador que es liarse la manta a la cabeza y caer en cualquier exceso. Algo de ese efecto narcótico incluyen las fiestas populares. Pero no, parecía que el Ayuntamiento, y la Plaza de la Constitución y Valencia entera iban a ser engullidos por el centro de la tierra, que volvíamos a la guerra, y que si aquello no era un raid aéreo estábamos en el epicentro de un terremoto.

Y entonces se acordó de la pobrecita Alfa, y de lo mal que lo deben pasar los perros de Valencia cuando llegan la Fallas y la pólvora y las explosiones se hacen dueñas de la fiesta.

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Qué horror, los petardos, las tracas, las bombas, los tiros y los truenos. ¿Por qué gustan tanto? Uno cree que siempre le pillan con el alma desprevenida, y que nunca podrá superar el pavor a su estampido. 

Alfa murió de viejecita, en el campo. Un día de verano, cuando sentía que ya no estaba para vivir más, se alejó de la casa y se echó sobre la tierra para dejarse morir.

Pero murió en silencio. Que es como, con las solas excepciones de los sonidos de la naturaleza, los de una conversación inteligente o los de una música sublime, le gustaría vivir a este bloguero el resto de la fiesta de la vida.

Cambiando de aires 4/ Francia, grande

Hasta el lugar más impresionante del mundo puede convertirse en un horror cuando millares de turistas caen sobre él al mismo tiempo...

Francia es el país más grande de la Unión Europea. Es casi 140.000 km2 más extensa que España, pero sostiene este bloguero que la diferencia psicológica puede ser aún mayor.

Ocurre, en efecto, que en España la mirada del curioso se puede conformar con sobrevolar determinadas zonas para darles por conocidas. Tal es caso de las mesetas y llanuras castellanas, o de las vasta zonas semidesérticas de Los Monegros, Murcia y Almería, o de la llamada Siberia Extremeña, o de los mares de olivos del plateado Jaén, o de las  muchas montañas o abruptos serrijones que son, cuando menos, tortuosos y difícilmente accesibles. Tanto terreno que uno no podrá andar, y que, abarcado a veces en una sola mirada, cree absorber de un solo golpe de vista. A estas alturas de la vida, y aún valorando sobremanera los dramáticos  y, quizás por ello,  fascinantes contrastes de nuestra tierra, uno agradece mucho los paisajes mansos. A veces demasiado previsibles, pero casi siempre bonitos.

-Me gustaría morir después de haber recorrido todos los caminos –dijo una vez el Duende.

Francia está llena de caminos. Casi todos gratos. De hecho, una de las conclusiones de este viaje estival es que en agosto se debe huir de cualquier punto señalado en la guía con tres estrellas. Por curiosidad, por paletería, por aprovechón, por aquéllo de al menos poder contarlo y, en definitiva, por falta de personalidad, este viajero no se quiso perder, en vivo y en directo, una de las postales más famosas del mundo. Y alargó su itinerario hasta el Mont Saint Michel.

-Me quiero morir- se dijo cuando, después de sortear una masa multirracial de turistas consiguió penetrar la muralla que lo rodea.

No llegó a entrar siquiera en el recinto de la abadía. Fue sólo asomarse a la ciudadela que la guarda para sentirse tan agobiado como en el primer día de rebajas de El Corte Inglés. Se dio la vuelta, escapó del gentío que se agolpaba en una única calle atestada de tiendas de souvenirs y, aprovechando la marea baja, dio un paseo circular alrededor del famoso monte para ver ese monumento de la Humanidad desde el único punto que podía evocar su razón de ser. Sólo desde el mar sugería el Mont Saint Michel la soledad y el misterio que uno busca en esos lugares. Lo de dentro,  arte y piedras aparte, que apenas se podían disfrutar, era sencillamente un espanto.

Así que anduvo el bloguero por otros caminos menos transitados. En todos ellos vio cosas interesantes. Y en todos se preguntó cómo siendo Francia tan grande, tan bella, tan cercana,  tan rica en su oferta cultural, tan placentera en la mesa y, fuera de París, no mucho más cara que España, despierte en los españoles menos interés que muchos otros destinos turísticos más complicados.

¿Pasó el encanto y la fascinación que la France despertaba en la generación del Duende? El aroma de la libertad, la cultura, el cine, la canción, el arte y el buen gusto que tanto nos embobaban entonces…¿dicen algo ahora a los jóvenes de hoy? Todos saben o quisieran saber inglés, pero…¿se molestan siquiera en aprender nociones básicas de francés?

Malgré tout, piensa el bloguero, Francia sigue siendo grande en todo. Tanto, que uno puede perderse por sus entrañas y olvidar que el mes de agosto es el peor para echarse a la carretera y ver mundo. No aburriremos con muchos pequeños detalles, pero aún contaremos algunas impresiones más que anotamos en nuestro cuaderno de ruta.

Doce uvas escépticas

Un consejo: si no le apetecen cuando den las doce campanas, no las tome. Con uvas o sin ellas, los años siguen haciendo lo que les da la gana.

Se despierta el Duende el último día del año con mal cuerpo. Al abrir los ojos, el techo le da vueltas, tiene sudores  y  siente espasmos en el estómago. Dios, qué mal se encuentra uno cuando se encuentra mal. Cómo es posible que por unas arcadas  pasen a segundo plano el resto de los problemas. Trata de hacer de tripas corazón, pero sólo puede constatar que no está muy católico. Después de haber cenado sólo fruta y un yogur…¿qué será?

Quizás  el balance de este quinto año triunfal que ayer hizo el presidente de gobierno ante las cámaras de televisión. Lo escuchó el Duende y una vez más, como Homper, se quedó estupefacto. Menos mal que “estamos en el tránsito entre la desaceleración y la recuperación”. Menos mal que la única obsesión de este ilustre taumaturgo es la salud de nuestra economía y la creación de empleo.

Mientras escribe estas líneas, el Duende escucha por la radio a Jesús López Terradas, el guardián del reloj de la Puerta del Sol. Dice que mientras cae la bola, dan los cuartos y suenan las campanadas, no toma las uvas, y que luego tampoco lo hace. El Duende dejó la costumbre hace ya varios años, cuando comprobó que el plus de suerte que pueden dar esas uvas no compensan el plus de asco que es engullirlas como un pavo una hora después de haber cenado. Además, las uvas en esta época son poco sabrosas, y la tradición no tiene ni un siglo. Dicen que fue en 1916 cuando nació, y como consecuencia de los excedentes que había dejado una gran cosecha de la uva de Almería. Desde que Martes y Trece desaparecieron de la tele, y una vez comprobado año tras año el nivel de horterada de la mise en scéne, el Duende ha borrado esta fiesta de su santoral particular.

Jesús López Terradas tiene su relojería en la calle Alberto Bosch de Madrid, y le ha arreglado varios relojes al Duende, a quien seguía por la radio.  Mantiene también el reloj de la Catedral de Toledo, que es otro ingenio de tripas complicadas. Un día le invitó a que le acompañara a la revisión.

-No veas lo bonito que es esa maquinaria –decía para animarle- Y el panorama que se ve desde lo alto de la catedral…

La tontería de no encontrar nunca el hueco adecuado, con lo interesante que debe de ser esa experiencia. Otro año será. Otro año mejor, se supone. Como el que deseamos, pese a todo, a los curiosos que incluso en vacaciones se asoman por este blog. Feliz, o así, 2010. Como dice el profeta, lo peor ya ha pasado…

¿De quién es el Ródano?

 Rio Rodano

(Foto de Antonio)

Caramba, qué cosas tan difíciles de entender para el pueblo llano. Y sin embargo, de entre los políticos y los periodistas que tanto saben y polemizan, nadie ha dado la menor explicación al respecto.

 Se dice que no al PLAN Hidrológico Nacional primero. Se vende la teoría de las desaladoras como solución alternativa. Se quiere abolir la palabra trasvase, como si fuera mentar a la bicha. Cuando se prolonga la sequía y le vemos las orejas al lobo, algunos en Cataluña lo empiezan a demandar, aunque sea con otro nombre.

 No pudiendo tocar el Ebro, porque lo prohíbe el Estatuto de Aragón, se vende la milonga del Segre, que vierte en él. O sea, que se le quitará agua al Ebro ates de que ésta llegue a su cauce. Otra incoherencia.

 Eso si no prosperan las otras soluciones tan difíciles de  comprender por este Duende.

  Solución primera,   algo así como el desembarco de Normadía de buques cisterna cargados de agua desalada. Tantos barcos como los del día D -no harían falta menos para solucionar la sequía-  navegando con su preciosa carga desde Almería a Cataluña. Y uno se vuelve a preguntar: ¿por qué no las desaladoras en la costa catalana?

 Solución segunda, trasvase de agua desde el Ródano.

 De los ríos que nacen y corren en nuestro territorio no podemos disponer porque nos lo prohibimos nosotros mismos. Pero del gran río del país vecino, sí.

 Y lo curioso es que nadie se ha preguntado lo que pensará Francia. ¿Será que, aunque el Ebro sea sólo de Aragón, el Ródano es de todos y no lo sabíamos?

 

De Vicky y otros entrañables cuentos de Navidad

 Miraba entre dos luces la silueta de Madrid amaneciendo al primer día de invierno, y distinguió el Duende en el alba brumosa a una especie de hada encantadora. Peinaba plácidamente, como es lo propio en ángeles y otros seres etéreos, las cúpulas y los tejados de la ciudad. Era la mañana de la lotería. Dicen que eso marca el inicio de la Navidad. Luego es de esperar que, a falta de ese puñetero gordo que nunca nos toca,  envíen algún heraldo  encantador para anunciar las buenas nuevas como mandan los cánones. Ese debía de ser.

Oteó el horizonte el Duende con los prismáticos y advirtió que aquella figura juguetona que dibujaba cabriolas y loopings  en el aire era la de Vicky. Vicky  es una chica rubia y de ojos azules que tiene una cara sólo comparable en hermosura a lo que debe de haber dentro de su corazón. El Duende tiene muchas referencias del coraje, entrega y  generosidad de esta criatura. Hace no mucho tiempo había conocido a uno de los hombres más afortunados del mundo, porque le declaró rendido que estaba enamorado de ella, y ella a su vez le dijo que sentía lo mismo por él. A Vicky le iba a recompensar el amor una vida exportando cariño, pero se cruzó el destino en motocicleta y él murió. Uno, con sus años, no sabe qué decirle a una mujer en esos casos. No hizo falta: cuando se vieron por primera vez después del día fatídico, ella se le anticipó con un beso, tal parecía que fuera el Duende quien necesitara consuelo. El Duende se quedó desarbolado: qué entereza la de algunos espíritus privilegiados.

Recientemente se encontró el Duende a José  y a María José, un matrimonio amigo que sufríó también en sus carnes el mismo hachazo del destino. Su único hijo, Iván, un arquitecto de sólo veintitrés años con un prometedor futuro, encontró la muerte  con su novia en otro accidente de moto. Lloraron lo infinito, le dedicaron un libro, jamás llenaron su hueco. Pero consiguen mantener el tipo. De vez en cuando, dicen, hasta son requeridos para charlas en las que deben animar a padres que han padecido la misma desgracia.

De igual forma murió uno de los tres hijos de Sara y Juan Uña, otro matrimonio admirable que marca el zénit del infortunio. Vieron  cómo morían sucesivamente por distintas causas sus tres hijos, y aún tenían fuerzas para sonreírte cuando te saludaban. Sara y Juan formaban una pareja de belleza, elegancia y simpatía casi cinematográficas. En verano, iban con sus nietos a las playas de Vera, en Almería, y era emocionante ver pasear su espigada figura sin que la ignominia que el destino hizo con ellos viciara la firmeza de su paso ni la nobleza de su mirada. El Duende les dedicó un soneto agradeciéndoles su ejemplo. Eran -Sara lo es todavía- una referencia tan hermosa, tan serena y fiable como la línea azul del mar en el horizonte que recortaba su perfil.

En Navidad se recuerda muy especialmente a los seres queridos que ya no están con nosotros. Hoy quería recordar el Duende a algunos de los que, a pesar de que no podrían vivir sin ellos, siguen su camino. Hay mucha literatura y mucho cine al respecto, pero quizás son la encarnación más cercana de aquel héroe  fabricado por Frank Capra y  James Stewart, y que, como señalaba un lector de este blog, es la película por excelencia de las Navidad. Gracias, entre otros, a Viky, a José, a María José y a  Sara, aún podemos poemos proclamar con cierta emoción ¡Qué bello es vivir!

Feliz Navidad a todos. La vida sigue, y el capón relleno que está en el horno está diciendo que no me ponga tan sentimental.


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