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Almas sin traductor

Hay momentos en que casi todas las almas necesitan traductor...

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Ayer por la tarde el  bloguero bajó de su entorno serrano a darse un paseo por la dehesa que florece junto al Tiétar. Acababa de caer el enésimo chaparrón, por fin el azul del cielo le ganaba la partida a los densos nubarrones, y el sol quería anticipar tímidamente que hoy es domingo de Resurrección. Con las encinas pujando poderosas entre el pasto verde, las jaras en flor, los tomillos, la retama y el lentiscar eclosionan estos días en  una sinfonía de aromas difíciles de explicar. El suyo es un masaje de salud y fragancia que tonifica el espíritu y ventila hasta lo más profundo del sentimiento. Un soplo de felicidad delicada, un momento que el observador querría atrapar en su cazamariposas sensorial para estudiarlo detenidamente, diseccionarlo y así podérselo contar a sus amigos y compartir el regalo que constantemente nos ofrece la naturaleza.

Pero se encuentra incapaz de expresarlo adecuadamente.

-Necesitaría un buen traductor – piensa.

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Escuchar y verlo todo en su estado original, directamente,  o buscar un experto intermediario que lo entiende mejor para que te lo interprete, ese es el dilema.

El bloguero recuerda que estos días ha leído en varios periódicos diversas necrológicas sobre un tipo de profesional al que raramente se le presta gran atención, que es el traductor. En Garrucha, Almería, donde residía, ha muerto Miguel Martínez Lage, Premio Nacional de Traducción y, a decir de los muchos, un minucioso orfebre de las palabras que otros como Faulkner, Beckett, Evelyn Waugh, el doctor Samuel Johnson  o el biógrafo de éste, Samuel Boswell, dejaron escritas también para los que no conocemos a la perfección su idioma. Miguel, al parecer se ponía en la piel del autor, de lo que este quiso decir en su época y con las palabras que entonces se usaban. Luego adoptaba una segunda piel, que era la del lector, y trasladando los datos anteriores a su psicología, su lenguaje y su tiempo, que es el nuestro. Digamos que fundía el oro del talento original y lo troquelaba en el molde que el buscador de tesoros literarios necesita para apreciarlo con todo su valor y su brillo.

Todos los críticos dicen que la obra de Miguel no sólo no desmerecía la de sus traducidos, sino que  probablemente la mejoraba.

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Habrá algún traduttore, traditore, cierto. Pero cuando son tan numerosos los matices y los arabescos del lenguaje que se pierden si no se conoce este a la perfección, uno agradece infinito la labor de una figura como la de Miguel.

-Siempre me dará más de lo que encontrarían yo en un libro no escrito en mi idioma-admite el Duende.

Aplica la teoría no sólo a los libros, sino también al cine. Su amiga Rosi desde que vio La mujer del teniente francés y escuchó la voz de Jeremy Irons mantiene que todas las películas deben verse en su idioma original. Seguramente le ganó el espíritu romántico de aquella película, sus playas bravías, sus cielos tormentosos. Quizás –no lo recuerda- aquel fuera un filme en el que hablaran más las imágenes que los personajes. En muchos otros en los que el conocimiento del idioma es fundamental y los personajes hablan como metralletas –Woody Allen  es un buen ejemplo- ni su precario conocimiento del inglés ni la ayuda de los subtítulos le dan lo que un buen doblaje le aporta. No es intelectualmente  correcto confesarlo, aunque así lo sienta.

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Miguel Martínez Lage era, además de un espléndido traductor, sobrino de un buen amigo e hijo del neurólogo José Manuel Martínez Lage. Que el amigo se asome de vez en cuando por este blog –usando siempre seudónimos- no tiene tanto de particular, pues para eso, entre otras cosas, están los amigos. Más le sorprendió al Duende ver que hace algún tiempo, y con ocasión de un post dedicado a Antonio Mercero y a su película ¿Y tú quién eres?, en la que los protagonistas padecen el mal de Alzheimer, le enviara el galeno un comentario propio de quien es un gran especialista en la materia. El bloguero, simplemente, no podía imaginar que una eminencia con tanto trabajo tuviera un minuto para él.

Quisiera trasladarle el sentimiento de dolor que le ha producido la muerte de su hijo. El bloguero,  que sólo conocía  a Miguel por sus libros, sí dispone en cambio de todos los minutos  para glosar su muerte y tratar de consolar a sus padres, a su esposa, a sus hijos y a su tío Santiago. Lo que le ocurre es lo mismo que insinuaba al principio de este post. Hay veces que ante el fenómeno de la muerte los sentimientos nos desbordan, se precipitan en tropel y uno es incapaz de decantarlos ordenadamente y expresarlos como se merecen. Cree saber vagamente qué hay que decir, pero ignora las palabras adecuadas para hacerlo. Será que muchas almas  necesitamos en algún momento un traductor como Miguel.

Espera a que termine de escribir, Alzheimer

Se acuerda uno del viejo chiste del inevitable Jaimito cuando le explicaban la maestra las costumbres de la hiena. La hiena es un cánido que vive en el centro de Africa, se aparea una vez al año,  come carroña y emite un sonido parecido a la risa de los humanos, decía la profe. Y el indomable impertinente le replicaba: no lo entiendo, señorita. Si vive tan lejos, come carne podrida y folla tan poco…¿de qué se ríe la hiena?

Tan incomprensible como la hiena  para el procaz  Jaimito se siente a veces  el bloguero frente a los internautas a los que no ve.  Solitario, gritador en la noche, buscando las sobras de las noticias diarias para guisar su condumio literario…. ¿Por qué escribe? ¿Le interesa a alguien? ¿Hay tiempo para que los demás se detengan en tu bitácora? ¿No estamos sobrados de periodistas, observadores, críticos, analistas y orfebres de la pluma? ¿Qué hay de necesidad de comunicar algo? ¿Cuánto de narcisismo?

Una vez escuchó el Duende que Chillida se había hecho escultor porque no manejaba la palabra con la destreza suficiente para expresarse como quería. El Duende se siente cómodo con la palabra escrita, aunque a veces no sepa qué expresar, y halle su razón devanando la primera tontería que se lo ocurre. Léase así: el placer de escribir, la búsqueda de compañía con afinidades electivas, la terapia de abrir el almario y ventilar desde las impresiones más frívolas a las dudas más profundas, la gimnasia intelectual de practicar la lengua. Aunque hasta ahora no supiera que, además, hacía algo muy sano.

Porque un blog es una bitácora personal. Eso que toda la vida llamamos diario. Y ahora han descubierto que escribir el diario es una buena defensa para prevenir el mal de Alzheimer.

Los blogueros no son pues seres tan absurdos como lo era la hiena  para Jaimito. Con sus delirios personales, y aún a costa de dar la brasa para que les visiten, mantienen vivas y despejadas sus neuronas, y con algún orden sus ideas. Aleluya, aleluya: mientras haya Duende, habrá una víctima menos de esa y cruel enfermedad que tanto obsesiona la medicina actual.

El ocaso de Charlton Heston

Charloton Heston

Teresita era una prima del Duende bastante más que adorable. En la pandilla había varios que habían llegado a esta misma conclusión. Su risa blanca y compacta como la del cuarzo, y el puntito de gracia en el habla que aún le quedaba de su Jerez natal alegraban lo mejor del verano. El resto lo ponían la fiebre de la primera juventud, el Dúo Dinámico, Adamo, Pat Boone y Ricky Nelson sonando en el pikú, algo de sangría, un cuerno de la luna arrastrando el telón de la noche y la emoción sin igual del estar de vacaciones y de que, agotados los vinilos, aún quedaba el canto de los grillos y de los alacranes cebolleros. Si Teresa rondaba cerca, no había mayor felicidad que tumbarse en el pasto seco -en los veraneos de la España interior de entonces apenas había césped- y esperar a las estrellas fugaces para desear aún más cercanía. Las debilidades humanas. Una pena que aquella criatura llena de encantos tuviera un defecto: estar enamorada de Charlton Heston.

Los años no fueron generosos con este galán desaparecido que arrasó en España. En la década de los sesenta. Charlton parecía hecho a placas, como el Guggenheim o como las esculturas de Amadeo Gabino, y fue magnífico mientras la edad respetó su cuerpo de atleta. En realidad no se sabía si era un hombre, el caballo de Troya en acero, o uno de esos monumentos al trabajo que entonces erigían los países del este. A las niñas les impresionaban sus ojos y su sonrisa limpísima, a los chicos nos acomplejaban sus pectorales, sus bíceps y su mandíbula, que en cualquier momento podría triturar incluso la Sierra de Guadarrama. Había otros galanes más elegantes, como Gary Cooper, Gregory Peck o incluso Paul Newman, que ya empezaba a provocar desmayos. Pero a diferencia de aquellos, que no rodaron en España, Charlton Heston había sido sorprendido paseando por los alrededores del Hotel Castellana Hilton de Madrid cuando vino hacer El Cid. O sea, que era carne mortal, lo cual excitaba más a las fans. Quizás por ello la prima Teresa lo proclamó patrimonio de la humanidad, aunque la humanidad fueran sólo las chiquillas que veraneaban en Arenas de san Pedro. Luego pasó lo que pasó: la misma noche que Charlton Heston acababa de morir, ardieron muchas hectáreas de pinar en la noble villa abulense. Una plaga tan bíblica como los grandes éxitos del ídolo definitivamente caído.

La última vez que lo vio el Duende en el cine fue en Bowling for Columbine, de Michael Moore, un muy premiado documental sobre la paranoia de las armas en Estados Unidos. Su secuencia más celebrada era una entrevista con el viejo héroe, convertido ahora en el estandarte de los que defienden el derecho a tener armas para la defensa personal. Al Duende la postura Heston le pareció tan disparatada como cruel el acoso de Michael Moore. El audaz director ya no se enfrentaba a un héroe enloquecido, sino a un anciano con claros síntomas de Alzheimer. Qué falta de respeto con Moisés, con Ben Hur, con el Cid y con la prima Teresa. El Duende le hubiera pedido disculpas.

Y, de paso, le hubiera preguntado si á él también se le rozaban los cuellos de las camisas con la misma facilidad que al menda. Que uno puede no ser ni la mitad de macho que lo era el difunto Charlton. Pero, aún sin  ese cogote  de coloso que envidiaba el pérfido Mesala  en su cuadriga tuneada para derrotar a Ben Hur, de verdad que no es normal la cantidad de camisas que desecha por culpa de unos cuellos que se deshilachan a las primeras de cambio. Un engaño, otra cosa más de espaldas alpueblo. Como el delirio armamentista que, a la vejez viruelas, emborronó la gloria del héroe de la prima Teresa.


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