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La plegaria de la hermana Julia

La hermana Julia aspiraba a ser una monjita tan ideal como Audrey Hepburn, y no dudaba an orar a Dios para que la pensión de su madre no sufriera más amenazas...

La hermana Julia aspiraba a ser una monjita tan ideal como Audrey Hepburn, y no dudaba en orar a Dios para que la pensión de su madre no sufriera más amenazas…

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La hermana Julia tenía muy claro que Dios está ahí, con todos nosotros, y que es amor, y que toda su vida estaba consagrada al prójimo y a amarle a Él sobre todas las cosas. Pero no tenía la clarividencia de Santo Tomás de Aquino, ni había caído de ningún caballo, como Saulo, que le advirtiera de sus errores y disipara sus dudas. Ella era sólo una monjita de pueblo. Ni siquiera estaba segura de que habría tomado los hábitos si a los diecisiete años no le hubiera plantado Marcelo, el sobrino del señor notario, que la cambió por otra novia,  por una señorita de Madrid que según él le pasaba los apuntes a limpio, y además era muy buena mujer. Fue un batacazo moral, y un sopapo en lo más  sensible de su alma.

-Refúgiate en el amor de Dios- le dijo su madre, que se desayunó desde siempre con agua bendita.

Su padre se había muerto hace años, su hermano Blas parecía asentado en el pueblo, su madre no necesitaba cuidados, puesto que no andaba mal de cuartos y además confiaba en el amparo de la divina Providencia. Y ella, incluso cuando  bebía los vientos por el Marcelo, vivía sin vivir en ella, esperando que una señal le marcara el camino más directo para ser una monjita como Teresa de Calcuta, a la que tanto admiraba.

Así que dejó de ser Juli, la del Demetrio, y se convirtió en la hermana Julia.

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Pero reconocía que no era una mujer culta, que no sabía nada de teologías, ni entendía apenas los misterios de la fe.  Cuando se hincaba de rodillas y se recogía en oración, tanto leía para sus adentros los rezos de rigor como los mezclaba con pensamientos y refranes del saber común, sin apenas distinguir churras de merinas. Dios aprieta pero no ahoga, por ejemplo, este sí, decía, este es un refrán, pero…¿y los caminos del Señor son inescrutables?…Sin embargo ella anotaba lo que le dejaba ver y escuchar del mundo la clausura del convento, que ya no era tan estricta como antaño, pero era clausura al fin y al cabo, lo pasaba por el filtro de su fe y, pese a todo, no le quedaban muchas cosas claras.

-Señor, Señor –suspiraba- Buena voluntad si me diste, y no me quejo. Pero ¿por qué me has hecho tan cortita?

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Esa misma ingenuidad no le hacía nada cortita para otras cosas. Había pedido permiso a la madre superiora para vestir el Niño Jesús que le regaló su madre cuando profesó y que presidía su celda con una camiseta del Atlético de Madrid, que era el club de sus amores. Y mucho antes de la llegada del audaz papa Francisco, cuando se restauró la capilla del convento gracias al legado testamentario de una feligresa adinerada, fue capaz de convencer a toda la comunidad de que los dos putti que adornaban las ménsulas sobre las que se apoyaba el órgano merecían un tratamiento especial.

-¿Por qué ha de ser los dos angelitos blancos? –planteó- ¿Por qué no pintamos uno de los dos negro?…No es porque lo cantara Antonio Machín. Es que las imágenes de las iglesias deben reflejar que también se van al cielo todos los negritos buenos.

Al escuchar la propuesta la madre superiora torció el bigote. Pero el resto de las monjitas la celebró con  aplausos y cánticos de alabanza. Y desde entonces, en la capilla del convento de la hermana Julia hay un angelito negro para recordar que todos somos iguales a los ojos de Dios.

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Menos claro tenía la hermana Julia que la llamada global fuera como la doctrina del cuerpo místico, en razón de la cual lo que hace un hombre gracia de Dios beneficia a toda la comunidad cristiana, y lo que acomete un hombre en pecado la perjudica. El caso es que aquella mañana la hermana Julia oraba sin poder evitar que las últimas noticias que recibía del mundo atormentaran su conciencia. Las cosas habían cambiado mucho en su casa. Seducido por una rubia que le hizo perder el sentido y sus pocos dineros, el Blas malvendió las tierras que dejó el señor Demetrio para mantener a su madre y abandonó el pueblo. Desde entonces la anciana beata sobrevivía con una modestísima pensión que, después de ser puesta en entredicho y recortada sucesivamente por enemigos tan insospechados y desconocidos para la hermana Julia como Lehman Brothers, Grecia, Portugal, Chipre, la señora Merkel, el déficit, los presupuestos del Estado, los Hombres de Negro y la madre que los parió, sufría ahora otro sobresalto más a cuenta de la crisis de gobierno en Italia.

-Señor, Señor –musitó la hermana Julia hincada de rodillas ante la imagen de su Niño Jesús atlético- Ya sé que los designios de tu Padre son inescrutables…También sé que Dios aprieta, pero no ahoga. Incluso puedo aceptar eso de que la economía sea algo tan difícil de entender como la doctrina del Cuerpo Místico, que ya tiene tela. Pero por favor, por no arruinar nuestra fe y, sobre todo, por el propio prestigio de tu divina Providencia –y suspiró profundamente antes culminar su súplica-…¡no permitas que la pensión de mi pobre madre dependa también de un tipo como Berlusconi!

Creyó distinguir la hermana Julia que por las mejillas de su Niño Jesús rojiblanco se deslizaban un par de lagrimillas. Pero no estaba segura de si eran de emoción por su plegaria, de alegría por los últimos triunfos de su Aleti o de angustia por la incierta suerte de nuestra economía global.

Santa Águeda Jolie

Santa Águeda de Zurbarán1

Por empezar el día jugando a la ficción imaginas que eres una pluma autorizada, y que uno de los grandes periódicos espera tu columna. Entonces decides que la actualidad es la mastectomía de  los pechos de Angélica Jolie y el incierto porvenir de los escarabajos, ahora que se abre la veda y la alimentación sostenible empieza a considerar a los insectos como gran reserva proteínica del planeta. Dentro de poco no habrá pollos, cerdos, vacas y pescado para que comamos todos y, por lo que cuentan los que ya los han probado en fogones exóticos, los hélitros, las patas y las antenas de los escarabajos son muy sabrosos. O sea, debes escribir de tetas y dietas.

Admites que el  primer tema te tienta más que la el de los insectos, y más incluso que la severidad de la Merkel y la financiación de las autonomías.

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Imaginas que tú también te quieres adelantar a los acontecimientos, y que por aquello de que quien evita la ocasión evita el peligro has introducido un bisturí invisible en tus interiores, has rebañado tus tumorcillos, los has extraído por ósmosis y los has enterrado en una maceta de geranios. Muerto el perro, dicen, se acabó la rabia. Piensas cuánto hay de valentía en la estrella del cine que ha tomado tan drástica decisión en detrimento de su probada belleza natural, y cuánto de obsesión por la salud. La divulgación médica ¿no está inoculando dosis excesivas de prevención en el cuerpo social?

El cuerpo social. No sabes muy bien qué es este eufemismo, pero la verdad es que hoy viene al pelo.

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Recuerdas cuando un pecho de mujer era lo más fascinante de lo prohibido. No lo veías entonces más que cuando tu padre te llevaba al Museo del Prado, y tú contemplabas atónito a la Maja Desnuda, a Susana en el Baño, a las Tres Gracias y a otras regordetas desnudas que te habían legado los genios de la pintura.

-¿Y por qué estas mujeres enseñan sus tetas y Maria B. no te deja ver las suyas?- te preguntabas como un Homper cualquiera.

María B. servía en tu casa natal. Era menuda, y redonduela, de piel blanquísima, labios perfectamente dibujados y ojos claros. Tu hermana Rosa, que es muy buena fisonomista, diría más tarde que podría haber sido La joven de la Perla de Vermeer, aunque a esta no luce sus pechos en el famoso cuadro, que luego fue también famosa novela y finalmente famosa película. Los pechos de María eran monumentales, de esos globos opalinos que rebosan por el escote y que a cualquier recental de hombre le pueden volver loco, pero ella no consentía en enseñártelos. Te gustaban mucho más que los que pintaron Rafael, Tiziano, Rubens o Goya. Muchos años después Serrat cantaba: niño, que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca. Hasta decir algunas cosas era pecado,  pero al menos la transgresión así tenía menos trascendencia. De modo que a veces buscabas un rincón de la casa donde nadie te escuchaba, cerrabas los ojos, pensabas en María y te desahogabas verbalmente.

-Teta, teta, teta, teta-te repetías despacio marcando el ritmo de las sílabas  y  con la misma ansiedad con la que deseabas la leche condensada.

La edad de la inocencia. Te forjaste en una cultura tan pacata y bien almidonada que cuando el habla se desmelenó y se anunció en la tele Sin tetas no hay paraíso creías estar en Sodoma y Gomorra.

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Las pinturas religiosas también tienen su busilis. En una de Zurbarán aparece una Santa Águeda de hermoso rostro llevando en un plato un par de tetas femeninas tan perfectamente moldeadas como si fueran de arroz. Lo curioso es que pueden ser las suyas propias, rebanadas en sádica venganza  al no claudicar ante un procónsul pecador que quiso abusar de su virtud. Qué paradoja de cuadro, y qué pruebas exigía la santidad entonces.

Santa Aguéda, santa Aguéda/ que a los idólos no quisiste adorar/ te cortarán las tetas/ como se corta un pan –ironizaba el maestro para que sus alumnos no acentuaran mal las esdrújulas. De Santa Águeda, bien acentuada, a Angelica Jolie va un trecho en la exigencia. Hoy los ídolos son otros, y puede que uno de los más venerados, aunque no  del todo falso ni perverso,  es el de la salud a toda costa. Se puede y se debe prevenir las enfermedades, aunque tú seas tan antiguo que prefieras  esperar a que aparezca la gangrena para amputarte la pierna.

En ocasiones oigo voces…

Quién podía imaginar que una simple advertencia de la megafonía del metro londinense pudiera convertirse en un mensaje de amor...

Quién podía imaginar que una simple advertencia de la megafonía del metro londinense pudiera convertirse en un mensaje de amor…

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El sábado llovía, y a pesar de ello estabas razonablemente contento.

Es más, se te ocurrió pensar que te gustaría ser Dios, aunque te aburriera mucho la condena a ser eterno. Qué horror, imaginar una eternidad en la que se seguiría hablando de la crisis, y de Bárcenas, y de Urdangarín, y de la intransigente señora Merkel,  y de las independencias de los que están encoñados con la independencia, y de la doctrina Parot y del incierto futuro de las pensiones, y de la sanidad, y de todo el estado del regularestar, porque ya no se puede hablar de estado del bienestar.

En realidad sólo envidiabas de Dios su omnisapiencia. Y no la deseabas para desentrañar las grandes incógnitas que planean sobre nuestro futuro, y que por lo visto sólo Él sabe. Sino para conocer exactamente el número de gotas de lluvia que habían caído sobre ese trozo de campo donde apacientas tus horas de retiro. Un capricho: la sabiduría inútil. Los sabios de la tierra acaban queriendo saberlo todo, e incluso encuentran explicación para cualquier fenómeno,  pero ninguno sabrá el número exacto de gotas que derrama un chaparrón. Para eso sólo debe de estar Dios, piensas tú.

Que también sepa, quizás, cuando se acabarán las molestias digestivas que comporta el tratamiento de tu enfermedad, esos torpedos de gas que te estallan en la boca entre quimioterapia y quimioterapia. Además de dañino, qué mal educado y que poco fino es el cáncer, caramba, siempre obligándote a disimular los eructos por aquí y por allá, como don Augusto, aquel profesor de literatura que tuviste en el bachillerato. Era un buen maestro y una gran persona, y te ponía muy buenas notas. Pero debía de padecer también malas digestiones, y se quedó en tu recuerdo tanto por sus saberes como por sus indisimulables flatulencias. Qué puñetera y sectaria acaba siendo a veces la memoria.

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El domingo hacía un día luminoso, espléndido. Con las cumbres de Gredos nevadas y el ancho Valle del Tiétar  más verde y encharcado de diamantes que  nunca, tenía la vista desde tu casa algo de postal alpina, la luz de de esos paisajes de películas tipo Sonrisas y lágrimas, tan bonitos y cursis que a veces parecen falsos.

Debías por tanto sentirte feliz. Además, estabas dispuesto a escribir sobre la tierna historia de Mrs. Oswald, la viuda de aquel actor inglés cuya hermosa voz  dejó grabado para el metro de Londres  unos avisos para prevenir a los viajeros.

-Mind the gap –decía la voz del actor- And stand clear of the door, please.

Mrs. Oswald no vivía cerca de Embankment, pero a menudo tomaba el metro hasta allí sólo para escuchar a su marido, que murió hace once años. Su voz le reconfortaba el corazón y le traía recuerdos vivos del amor de su vida. En lugar de ir al cementerio y rezar por él, iba a esa estación –la única  de la red de metro que aún emitía sus grabaciones, porque en las demás sonaba ya una de esas voces de mentirijillas que producen los ordenadores- y veía llegar trenes y entrar y salir viajeros mientras escuchaba a su querido marido aconsejando a los viajeros que tuvieran cuidado de no meter el pie en el hueco entre el andén y el vagón y despejaran las puertas. El texto no era  un verso de Shakespeare precisamente, pero Mrs. Oswald probablemente suspiraba al escucharlo, e incluso puede que se le humedecieran los ojos por la emoción.

Lamentablemente, un día echó en falta esa voz. Cosas de la modernización: los avisos que antes repetía Lawrence Oswald habían sido regrabados por una voz mecánica e impersonal. Entonces Mrs. Oswald escribió a la dirección del metro londinense y les pidió un favor.

-Si pudieran facilitarme una copia de la grabación de mi marido, Lawrence…-suplicó- Si no, no volveré a escuchar su preciosa voz, y me daría mucha pena.

Dice la prensa que a los burócratas del Tube les enterneció tanto la demanda de la anciana que están intentando hacer una excepción a los sistemas telemáticos que impone la modernidad. Harán bien si reponen la voz de Oswald, porque la estación de Embankment será entonces para los turistas  un hito tan romántico como el que marcaron  Robert Taylor y Vivian Leigh cuando se besaban apasionadamente en el Puente de Waterloo.

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Te fuiste a la cama con la esperanza de que tus sueños fueran variaciones sobre esta bonita historia de amor póstumo. Mala cosa fue que se te ocurriera escuchar las noticias de última hora, y, entre ellas, las que brinda a los agoreros Chipre, que antes era una isla, un país pequeño, y el menos significativo en términos económicos para la Unión Europea, pero que ahora se ha convertido para España  en un nódulo diminuto tan peligroso como los que conviven contigo en los pulmones. Lo cual que con esta metáfora, y teniendo en cuenta que hoy empezabas un nuevo ciclo de quimioterapia y tenías que madrugar para el consabido análisis, la esperanza se rebozó de pesadilla, y acabaste por no pegar ojo.

Eso si, la vigilia te dio la oportunidad de acordarte de que si alguno de tus lectores es tan devoto de las reliquias de voz como Mrs. Oswald, no tiene que ir a ninguna estación de metro para escuchar la tuya. Basta con que pinche –aquí mismo, en la columna de la derecha- el podcast de la entrevista que te hizo semanas atrás Pilar Socorro en su programa Siluetas de Radio Nacional de España y escuche.  Sabes que tu dicción  no es tan pulcra y bien timbrada como la de Lawrence Oswald, pero como el personal ya está advertido de que no hay que meter la pierna en el hueco ni agolparse en las puertas del metro, cuentas otras cosas que a lo mejor distraen de Chipre y otros fantasmas de actualidad que nos inquietan.

El sueño de un infierno de verano

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Durante los tres últimos días el calor en Madrid está siendo insoportable. Hoy se decía que la temperatura de anteayer había sido la más alta registrada en un mes de junio desde que se hacen mediciones meteorológicas. Oh, qué alegría. Entretanto, claro, lo que preocupaba era la prima de riesgo, el rescate, las especulaciones sobre si Del Bosque sacará otro falso 9 para intentar ganar a Portugal y el temor de que Cristiano Ronaldo reedite el espíritu de Aljubarrota en la semifinal de mañana. A nadie le se le ha ocurrido denunciar que el mundo sea cada día más un horno.

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Homper está convencido de que este comportamiento del clima es un castigo divino. Un castigo merecido por el abuso del planeta. Homper ha querido facilitar el correctivo a la divina Providencia lanzándose a la calle para atravesar Madrid. Tiene gestiones pendientes, y cree que si pasa la mañana sudando la gota gorda por las calles de la capital, esperando su turno en la Mutua para que hagan un duplicado del carnet de conducir, que ha perdido estos días, y para que le cambien el domicilio que consta en el permiso de circulación del coche, un engorro de documentos, certificados, escrituras y la madre que parió a la administración, el sufrimiento descontará dos o tres años de purgatorio.

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Luego hace otra cola en un ambulatorio de la Seguridad Social para que conviertan su tarjeta azul en otra de pensionista, que es lo que le corresponde. Calcula que el sufrimiento será equivalente otros tres años más de purgatorio. Lo cual le dará derecho a poner el aire acondicionado en casa y lanzar un poco más de CO2 a la atmósfera. El podrá sobrevivir, aunque sea a costa de calentar un poco más la tierra con su climatizador. En la oficina de la Mutua hay muchas personas, y ninguna de ellas es una chica guapa que entretenga la espera. En el ambulatorio hay numerosos inmigrantes, y varias señoras gordas que abren y cierran el abanico a la vez que suspiran.

-‘¡Ay, Señor, qué calor!- dicen, como si fueran figurantes de una película de Almodóvar.

Fuera, Madrid se cuece a unos 40º. Homper mira el panorama, no sabe ya si perplejo o fundido por el paseo, por la africanada de la temperatura o por el espectáculo. Esto es sufrir a conciencia.

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Por la tarde, el cielo arenoso tiñe el horizonte de gris panza de burra. Es como si Madrid estuviera sumergido en una sopa asquerosa. Homper no se atreve a salir de casa. Repasa la cartelera y comprueba asombrado que apenas programan películas para niños, él que pensaba rescatar a sus nietecillas del sartenazo y pasar dos horas con ellas en un cine refrigerado. No lo hará porque, al final, los cines de Madrid no quieren niños en verano.

En la tele sestea viendo la odisea de los pingüinos emperador, a los que supone felices de vivir en la Antártida. También nuevas malas noticias, esta vez por culpa de Moody´s. Y entonces el sueño se apodera de él y se duerme.

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Al final, la reacción nacional ha sido estruendosa. Se ganó a Portugal, pero los ilustrados saben que eso no era suficiente para lavar la afrenta que nuestros enemigos nos afligen. Lo publicaron los confidenciales, lo difundieron las emisoras de radio y televisión, y las dichosas redes sociales terminaron de caldear el ambiente. Como si hicieran ahora el mismo papel que la judeo-masónica y el contubernio de Munich en tiempos de Franco, la conspiración de Merkel, los mercados y las agencias de calificación se cebaba con España.

-Nos tienen envidia por ser Campeones del Mundo de Fútbol, por Nadal, por Alonso.

-Nos odian porque la roja arrasa.

-¿Y quién es Moody´s para poner nuestros bancos a los pies de los caballos?

-¿Y cómo pueden tratar así a nuestros bonos?

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Los teléfonos zumbaban como metralletas. Se llamaban Rajoy y Rubalcaba, los ministros, los líderes de los partidos, los periodistas económicos, los presidentes de los bancos, el Banco de España, la CEOE, los sindicatos. Todos indignados.

Y tenía razón. Ahora las agencias de calificación no sólo rebajaban el valor de nuestra deuda y ponía a nuestros bancos a la altura de los bonos-basura. Esta vez fueron demasiado lejos. Ahora osaban afirmar que los españoles la teníamos muy pequeñita, y que por muchas reformas que hiciéramos, nunca llegaríamos a mear tan lejos como los alemanes.

Menos mal que Homper despertó de la siesta y advirtió que todo había sido el mal sueño de una tarde de verano

Las lamentaciones del profeta Q´Agonías

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En la primera década del siglo XXI vendrán las vacas flacas, y el mundo entero se rasgará las vestiduras y temblará de miedo. Y los sabios se empeñarán explicar por qué las vacas enflaquecerán, y, día tras día, lanzarán diagnósticos sobre su enfermedad, y formularán esperanzas para que las vacas engorden y el estado del bienestar vuelva a ser beneficiado por el cuerno de la abundancia.

Y, en busca de esa quimera, apuntando a las causas de la ruina y a sus remedios, empezarán hablando de una cosa llamada “hipotecas subprime”. Y luego traerán a colación la quiebra de Lehman Brothers. Y a partir de ahí, como si los asuntos económicos fueran fichas de dominó que van cayendo y derribando a las precedentes para acaparar la atención, el temor y la esperanza de los pobres ignorantes que integran eso que se llama “pueblo”, hablarán de Irlanda, y de Grecia, y de Portugal, y de Italia, y de España. Durante semanas sucesivas, el tema de debate será el déficit público, y la subida de impuestos, y el hundimiento de la construcción, y la quiebra de las empresas, y la morosidad, y los impagos, y el paro, la barbaridad de casi cinco millones de parados. Y luego darán otra vuelta de tuerca a las medidas que exigirá una señora llamada Angela Merkel, y a la consolidación fiscal, y a los recortes “indispensables”. Venga de recortes.

Pero la cosa seguirá sin arreglarse, y, como a falta de resultados, buena es la palabrería,, seguirán engarzando problemas y posibles soluciones que volverán locos perdidos a todos los que padecen la crisis. Y entonces se hablará de los presupuestos restrictivos, y del límite del despilfarro para las autonomías, y de los rescates, y de los bonos europeos, la ruina de las empresas, y la ausencia de crédito, y los recortes de Rajoy, y los ajustes, y del límite del déficit, y de la necesaria reforma de la banca, y del famoso banco malo (como si los hubiera buenos, con los abusos que habrán cometido ya cuando estalle esa crisis).

Y para remate, lo último: Bankia. Para que los sabihondos, los líderes de opinión y hasta el sufrido pueblo llano tenga otra cosa de la que hablar

-¿Qué nos contarán mañana para justificar esta catástrofe de la economía? –se preguntarán sus víctimas.

Y entonces los españoles, hartos de la irresponsabilidad de los políticos, que se cayeron del guindo y se enteraron de la crisis como si esta se hubiera presentado de la noche a la mañana, después de constatar el estado de postración al que les habrá llevado la frivolidad y la la falta de honradez de los gestores de la “res pública”, y tras confirmar la incompetencia de los banqueros y de los economistas, que llevan años mareando la perdiz sin acertar ni por casualidad, saldrán a las puertas de sus casas –si estas no han sido sacrificadas en la dación en pago- y lanzarán al unísono una pedorreta cósmica que resonará por todos los rincones de los espacios siderales.

-¡A LA MIERDAAAA! – será lo único que se escuche…

Y esto será así, por mucho que nos pese. Pues si, como recuerda la sabiduría popular, “la jodienda no tiene enmienda”, no vean ustedes la poca enmienda que tiene la estupidez humana.

(Fragmentos de Las lamentaciones del profeta Q´Agonías)

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Cuando estas profecías llegaron a conocimiento de la periodista Begoña Ortúzar, que tiene muy buena cabeza, esta sintetizó así los lamentos del profeta.

-Tiene razón Q´Agonías. Aquí los que nos mandan piensan que una mancha de mora, con otra mancha se quita. Y lo que hacen es ir encadenando sucesivamente comeduras de coco para narcotizarnos esperando que, entretanto, escampe.

Begoña, viuda desde hace años, sacó adelante a sus hijos trabajando como redactora-jefe de una revista de decoración para Alfred Brown, uno de esos maravillosos empresarios que ganó dinero cuando se ataban los perros con longaniza y no dudó en trampear cuando asomaron las vacas flacas. Primero fue difiriendo las pagas extraordinarias de Begoña y del resto de sus empleados. Luego retrasó el pago de las ordinarias. A continuación redujo éstas. Finalmente despidió a Begoña y al resto del personal. Y cuando Begoña, que siempre fue una ciudadana ejemplar, ya estaba en el paro y, a pesar de todo, se disponía hacer la Declaración de la Renta, solicitó su borrador a la Agencia Tributaria y comprobó atónita que en él figuraban como ingresos pagados por la empresa de mister Brown todo lo que el muy geta les había regateado antes de darles la patada.

Begoña es muy consciente de que su caso es un caso más. Otra tropelía del sistema que no va a inquietar particularmente a nadie. Pero le hace ilusión pensar que, como una mancha de mora, con otra mancha se quita, a lo mejor era más original que, en lugar de hablarse hoy de los problemas y las soluciones que lamenta Q´Agonías, de las que ya estamos todos más que hartos, se conocieran las suyas propias. Pues como las desgracias nunca vienen solas, ayer, además, resbaló en la ducha y se rompió la muñeca de la mano izquierda. Lo cual que, como se la tenían que escayolar, y aún a pesar de que siempre ha sido una mujer de modales exquisitos, se permitió la libertad de hacerle al traumatólogo esta singular sugerencia.

-Si no le sirve de molestia, escayóleme la mano dejando el dedo anular bien estiradito, para que se note que quiero hacerle una peseta al mundo.

Esto no lo había previsto el profeta Q´Agonías.

Cabecitas perdidas

Hasta el hombre más tranquilo y optimista se siente obligado a compartir el desasosiego de la crisis...

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El hombre inasequible a la depresión recibió una llamada de su amigo Celestino. No sabía de él desde hacía bastante tiempo. Y como es lógico le preguntó por su familia. La familia de Celestino estaba bien, a Dios gracias. Sus tres hijos conservaban sus puestos de trabajo, criaban unos nietos muy sanos, y Adela había superado sus neuralgias, por lo que tenía motivos de queja. Además, él había vendido su pequeña empresa de calderas de calefacción y podía afrontar tranquilamente una jubilación acomodada.

-Eso sí –precisó Celestino- ¿Te acuerdas del Opel Kapitán del año 59 en el que íbamos de excursión con las chicas que nos gustaban?…El otro día subiendo el Puerto de Navacerrada se le gripó el motor.

-Caramba –ironizó el hombre inasequible al desaliento- Eso sí que es grave.

-Claro, hombre….No vayas a creer que todo el monte es orégano… Pero a lo que iba, que es el motivo de mi llamada. ¿Sabes que se murió don Leoncio?

-No me digas…¿Don Leoncio Apolín, nuestro profesor de latín? Grave pérdida para la cultura.

A Celestino le molestó la coletilla.

-Chico, parece como si te tomaras a pitorreo las desgracias ajenas. Yo creía que conservabas tus sentimientos religiosos, y un buen cristiano…

-Hombre, lo del Opel lo comprendo –interrumpió el hombre de la conciencia tranquila- Pero lo de don Leoncio….¿Cuántos años tendría? ¿Noventa y nueve quizás?

-Ciento cuatro….Pero eso no quita. Me da la sensación de que no te tomas en serio las desgracias  ajenas. Cuando precisamente ahora que estamos en lo más profundo de la crisis, hay que ser solidarios y sentir todo dolor del mundo como si fuera propio. ¿O es que crees que está medio bien ser feliz a todas horas?

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El hombre inasequible al desaliento encajó mal el reproche y le colgó el teléfono a Celestino. Recibir lecciones morales a su edad, hasta ahí podíamos aguantar. Luego, más sereno, hizo examen de conciencia y pensó que tal vez su antiguo amigo tenía razón, que en los momentos actuales era claramente insolidario no sentir un gusano interior que le reconcomiera a uno la conciencia. Amar al prójimo –pensó- era también sufrir por sus vacas flacas.

Fue entonces cuando cruzó las piernas y al posar la derecha por encima de la rodilla izquierda sintió como una piedrecilla alojada en la vuelta del pantalón. Introdujo los dedos pulgar e índice de su mano derecha para extraer el chinarro, lo sacó y cuando lo pudo ver de cerca  se llevó una sorpresa mayúscula.

-¡Santo cielo! –y nunca mejor dicho- ¿Qué hace esto aquí?

Su memoria de ex niño cristiano no le podía fallar. No era un chinarro, ni una lenteja, ni una cuenta de collar, pequeñas cosas todas que no resultarían chocantes encontradas en la vuelta de una pernera de pantalón. El extraño corpúsculo era la cabecita de un Niño Jesús de diminuto tamaño.

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Y el hombre con la conciencia tranquila  recordó que la última Navidad, mientras montaba el nacimiento, su nieta María, que le ayudaba,  se empeñó en ser ella misma la que colocara al Niño Jesús en el pesebre. Lamentablemente la figurita se le escurrió de entre los dedos, y el divino Niño fue a estrellarse contra el suelo, rompiéndose en pedazos. Entre estos, oh misterio, nunca fue encontrada la cabeza. Nadie advirtió entonces que había ido a parar a la vuelta de la pernera derecha del un pantalón que llevaba aquel día, y que se había vuelto a poner dos meses después.

Desde entonces, el hombre despreocupado no ha tenido valor de desprenderse de la cabeza de marras. Todas las noches la deja sobre la repisa de su galán de noche con la seguridad de que al día siguiente será capaz de tirarla en cualquier papelera o contenedor de basura. Pero llegado el momento de la verdad le pueden los restos de su fe. No es ningún meapilas, pero en parte por sus creencias y en parte por superstición, piensa que, si hay Dios, no le perdonaría semejante falta de respeto con la imagen de su Hijo.

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La realidad es que actualmente  esta menudencia se ha convertido para él en una obsesión. Todos los días tiene que salir a la calle con ella  en alguno de sus bolsillos, y está convencido de que si alguna vez la olvida en casa se le desprenderá una cornisa encima o morirá atropellado por un autobús de la EMT  No sabe cuál será el destino final de la reliquia, pero ya no se le podrá llamar más el hombre tranquilo, sino el hombre torturado por su sensibilidad. Lo cual, aunque no le garantiza la salvación eterna, al menos le da argumentos para cuando Celestino le vuelva a reprochar su desprecio por las desgracias ajenas.

-¿Qué no es capaz uno de  sufrir como los demás? –se pregunta el hombre responsable-….Que me diga si conoce a alguien con este sinvivir.

Y es verdad. Ni de la Merkel, ni de Rajoy, ni de Rubalcaba, ni de lo sindicatos, ni de la CEOE, ni de los de la ceja, ni de los poderes mediáticos, ni de la opinión pública ni del mismo cardenal Rouco, que tanto pían, se ha conocido nunca la menor preocupación por esas divinas cabecitas rotas que seguramente se pierden a diario en cualquier rincón del mundo.

Un SMS comprometido

A veces hay SMS que despisten un poco...

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No acaba de hacerse el Duende con un nuevo teléfono móvil Galaxy nosequé. de esos que utilizan un sistema táctil. El terminal se ilumina o se apaga cuando le parece, y le deja cuando no lo espera la pantalla a oscuras. Gran faena cuando uno necesita llamar de urgencia. Se le resbalan las aplicaciones. Le marca espontáneamente a quien no pensaba llamar. Le muda el sistema  de escribir SMS sin saber por qué. O por los mismos movimientos inadvertidos le presenta de repente un plano de donde está cuando en realidad lo que necesita es llamar al dentista.

Cosas de la las nuevas tecnologías. O de la edad, según se mire. Los jóvenes se ríen de estas peripecias. Así que el bloguero aprovecha los contados encuentros con sus ocupadísimos hijos para solicitar lecciones de supervivencia.

-Por ejemplo…¿cómo carajo se borran los mensajes?

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Y el primero que pasó revista era uno enviado por María Luisa que decía  literalmente así.

Ya sabes que de vez en cuando tenemos que hacer alguna cochinada…Y llámame sieeempre. Un beso!

Los jóvenes de ahora no se extrañan por nada. Pero el Duende no sabía qué cara poner. Estuvo a punto de seguir el ritual tradicional en las escenas comprometidas de las comedias de enredo.

- Ojo. No es lo que parece.

Pero comprendía que la cosa no colaría fácilmente.

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Así es si así os parece, escribió Pirandello. Hay cochinadas de muchas clases, pero estas no tenían nada que ver con lo que sugería el mensaje de María Luisa. María Luisa Nuñez, aparte de una mujer encantadora y una excelente amiga, es una periodista que fue durante años la jefa de producción de los programas de RNE en los que revoloteaba este duende. Una buena jefa de producción es una profesional  capaz de remover cielo y tierra hasta localizar, por ejemplo, al capitán del Costa Concordia para una entrevista mañanera. Ahora María Luisa está en el equipo de Herrera en la Onda, y es una de esas `piezas esenciales para al buen funcionamiento del  programa.

-Localízame a la Merkel para una entrevista a las nueve –dice Herrera- Y al ama de cría de Urdangarín para mañana.

Va María Luisa infatigable y acaba ajustando entrevistas hasta con el lucero del alba. Carlos Herrera parece un apóstol del Greco cuando entrevista a  monseñor Rouco, y con la misma sublime sensibilidad puede emular a continuación un policía grasiento y casposo para vacilar con Torrente. El fino camaleón de las ondas va del cielo a las alcantarillas de la radio sin perder un ápice de su flema y de su compostura. Le sobra labia, retranca e ironía, y siempre parece contar con los datos suficientes para abordar los temas más sublimes, delicados o escabrosos sin que le tiemble la voz. Hasta las diez de la mañana de su programa es un periodista solvente. Después de esa hora a menudo libera el Jaimito que lleva dentro, eructa con toda corrección un culo, teta, caca, `pis, e invita a los oyentes a que, so pretexto de una investigación de alto interés social –periodismo valiente, decía el otro día disimulando su risita-se desinhiban contando las marranadas más asombrosas que uno ha escuchado jamás por las ondas.

El pueblo siempre es respetable. Pero cuando se lanza…

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El 15 de enero de 2012  Herrera en la onda dedicó una histórica hora de radio a recabar las opiniones y anécdotas de los oyentes sobre algo tan singular como los tampones higiénicos para la mujer. Cosas escucharedes, Sancho. Sabedor de que al pueblo se le da la mano y se toma hasta mucho más allá del codo, y de que la desinhibición se ha convertido de la noche a la a la mañana en poco menos que en virtud social, el repertorio de confidencias que empezaron a escucharse al respecto confirma que el pueblo será respetable, pero su mal gusto es a veces más que detestable. Fue entonces cuando este  duende, que compartió años de radio con el magnífico Herrera y con algunos de sus tertulianos y adláteres como Lorenzo Díaz y el simpático José Antonio Naranjo no pudo resistirse y abusando de de la amistad con la Núñez, que le cuela sus llamadas cuando quiere opinar de algo, le escribió este SMS.

-¿El tampón?…Este Carlos ha perdido la cabeza.
Muchas gracias por tu gestión de ayer (le había facilitado entrar en antena el día anterior) y bs.

A lo que María Luisa, que siempre ha sido especialmente cariñosa, respetuosa y delicada con su antiguo compañero, contestó lo de esas cochinadas que, por lo escuchado, venden mucho. Le faltó añadir al tenemos que hacer algo así como en este programa, para redimir al mensaje de toda sospecha. Pero ya se sabe que el lenguaje de los SMS exige economía.

 Además, qué diablos, a lo mejor le prestigia a uno que le consideren un buen discípulo del famoso marqués de Sade.


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