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La mula y los mil ducados

Algunos nacionalistas inflamados reclaman lo que parece imposible...

Algunos nacionalistas inflamados reclaman lo que parece imposible…

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Homper es el Hombre Perplejo: no nació para otro cometido. Y a fe que cada día, con su nuevo afán, acaba dando muchas oportunidades a  la hompericidad. La de ayer vino motivada por unas declaraciones del presidente de ERC Oriol Junqueras.

-¡Ah, carambas!- dice parodiando lo que ha dicho por el ínclito catalán- Como que el nacionalismo no concibe que por el hecho de separarse de España Cataluña deje de ser estado miembro de la Unión Europea, la solución ha de ser la doble nacionalidad….Porque, óigame, hay mucho nacionalista que ama la lengua castellana, y el Quijote, oh, ya ya, y  las tradiciones españolas, y la tortilla española, y tot aixó. Y no sería justo privarle de este  legado cultural y sentimental…Así que ya está, cap de problema, doble nacionalidad, doble pasaporte y tothom content, pero dentro de la Unión Europea.

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Amores sospechosos. Hasta hace un ratito, España les robaba: ahora es tan maca que hasta sigue mereciendo la pena no dejar de ser español de alguna manera. La quimérica propuesta le sonó a Homper en un principio como una muestra más del bon seny, pero a poco de repensarlo asomó la oreja el piensa mal y acertarás. Llegando entonces a la conclusión de que lo que Junqueras sugería era una variante más del conocido por el interés te quiero, Andrés.

-Pues el Oriol se ha quedado corto- matizó la Venancia, vecina de L´Hospitalet de Llobregat- Mi marido el Magín es mes catalá que la botifarra, y como que nos han prometido que aixó de la independencia va a ser Jauja, quiere la mula y los mil ducados. O, con perdón de la expresión, el sueldo del general y la verga del teniente. Así que puestos a pedir, quiere no la doble, sino la triple nacionalidad.

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Sostiene Homper que no daba más de sí su capacidad de asombro, y que pidió a la Venancia que le presentara al Magín por si, conociendo de primera mano su original tesis, podía ayudarle a que sentara jurisprudencia. Quizás los sabios constitucionalistas que tratan de arreglar el desmadre identitario originado por el presidente Mas y sus compañeros de viaje de la leal oposición pudieran encontrar en la tesis de la triple nacionalidad más fundamento para cuadrar el círculo y conseguir que los catalanes sean nación independiente, españoles, europeos y todo lo que se les antoje.

-Que por pedir a nadie  meten en la cárcel, óigame- le explicó el Magín a un Homper ya más que turulato- Y yo a más a más de catalán y español, que ya me bastaría para seguir siendo europeo, quiero ser sueco.

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Además, la nacionalidad sueca. Así de sopetón ya no cabía más disparate. Pero Magín se explicó y a medida que hablaba sus argumentos cobraban tanto peso como los de Junqueras. Porque Magín decía que desde joven fue un enamorado de Anita Ekberg, y practicante de la gimnasia sueca, y amante del aquavit y del smorgassbord, y devoto delas niñitas que, por Santa Lucía, abren paso a la Navidad con la corona de velas encendidas ciñendo su linda cabecita, y coleccionista de todos los premios Nobel de Literatura editados a todo lujo por Planeta.

-¿Pero de verdad que también quiere la nacionalidad sueca? –le preguntó Homper pasmado.

-¡Y tant!- replicó el Magín- Así cuando me pidan que pague impuestos ni hará falta que me haga el sueco.

Todo por la patria-pensó Homper- Nunca hubiera sido capaz de imaginar por mí mismo la nobleza que late en el sentimiento de quien busca su auténtica nacionalidad.

El hombre obsesionado con las reformas

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-Si no te importa, podíamos jugar la partida en casa, ¿no? Hace una mañana demasiada fresca, y así te enseño los cambios, que te van a divertir.

Normalmente, Homper y Damián jugaban su partida de ajedrez en el parque. Privilegio de la vejez inteligente.  Pero las mañanas de abril tienen eso, que un día amagan verano y al siguiente refrescan o incluso te riegan con un chaparrón. Así que a Homper no le importó acudir a casa de su viejo amigo Damián, inspector de trabajo jubilado, viudo, sin hijos a su cargo. Damián vivía en la vieja casa que heredó de su madre con un gato y con Leonisa, una sirvienta gallega que le cuidaba desde hacía treinta y dos años.

-Buenos días, señor Homper –le dijo al abrir la puerta- Pase, aunque lo va a encontrar todo muy cambiado- dijo mientras miraba de reojo a Damián, que avanzaba renqueante por el pasillo.

Ver a su viejo amigo visiblemente transformado fue el primer sobresalto del día para el pobre Homper. Damián se había cortado el pelo como un futbolista. Cráneo afeitado con una cresta  de Pájaro Loco y patillas como hachones. Llevaba puestos unos vaqueros rotos y una llamativa camiseta de color rojo con esta leyenda: Ya no se si soy yo ni mi circunstancia. Debajo, la firma del autor de la sublime frase: Ortega Coño. La metamorfosis se completaba con una mosca en la barbilla un piercing en la oreja derecha y otro detalle no menos sorprendente. La gata de angora Mimí, que salió huyendo despavorida nada más ver a la visita, llevaba el pelo teñido de morado, como la cabellera de la en otro tiempo nellísima Lucía Bosé.

-El imperativo categórico del momento –subrayó Damián justificando las novedades como la solemnidad y la prosopopeya de un actor de la vieja escuela- Reformar o morir.

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Del salón con el que Homper estaba familiarizado había desaparecido casi todo. El viejo y deprimente tresillo isabelino, el piano, el escritorio de tío Leonardo, el archivador, la vitrina que exhibía abanicos, bibelots de marfil, huevos de Fabergé, , cajitas de porcelana, pastilleros de plata, relicarios, el guardapelos de la tía Dorita, los bisquits y porcelanas tan cursis que coleccionaba mamá, los viejos quevedos de marco de oro y los anteojos de nácar que usaba la abuela Adela cuando iba al Teatro Real a escuchar a Miguel Fleta. Se veía que Damián había optado por el minimalismo y el vintage, que Homper no sabía exactamente qué es –Damián tampoco-, pero debía de molar mucho. Ahora sólo había  dos sillones extensibles suecos, lo último en relajación corporal, un par de flexos de madera de pie articulado como robados del despacho del doctor Freud, un velador de hierro fundido de los de los bares de toda la vida, sobre la que posaba el tablero del ajedrez con el que iban a jugar, y un primitivo futbolín con los jugadores de hierro pintados con los colores del Madrid y del Atleti. Las espesas cortinas de damasco habían desaparecido, susitituidas por modernos estores que dejaban pasar la luz y redimían al salón de su penumbra de sacristía.

-¿Y la tele? –preguntó Homper visiblemente estupefacto.

-La he mandado al cuarto de baño. Así sólo la veo el tiempo que me dura el aliviarme.

También he instalado allí la librería con la Enciclopedia Británica. He regalado el resto de mis libros. Cuando estoy estreñido, cojo u tomo al azar y leo la vida de Linneo, por ejemplo. Eso no cambia, ¿sabes?…

Homper observó entonces que también habían desaparecido los cuadros. En su lugar, las paredes de las habitaciones y el pasillo que iban recorriendo aparecían empapelados con fotografías a tamaño natural de las mujeres que más le habían gustado a Damián. Desde la Ursula Andrés en bikini del primer James Bond y la Marilyn Monroe con las faldas revueltas sobre el enrejado del metro de La tentación vive arriba, a las modelos desnudas de Newton. Pasando por la B.B. de Y Dios crió a la mujer, la Anita Ekberg de La Dolce Vita, el revolcón playero de Deborah Kerr con Burt Lancaster en De aquí a la eternidad y aquel escote con audaz exhibición del canalillo del entrepecho que mostraba la impar Sofía Loren en Madame sans Gêne.<Reformas, reformas, reformas…-se explicaba Damián- Todo lo que oigo hablar es de reformas para salir de la crisis&…¿Y cómo no iba a estar yo en crisis con lo que veía que en esta casa y en el propio espejo del baño?…Un aburrido inspector de trabajo jubilado, santos de la familia, muebles de almoneda, una copia infame de Herodías llevando en bandeja la  cabeza del Bautista, un paisaje atroz con bandidos de Sierra Morena…Y un retrato que pintó el peor discípulo de Madrazo a la tía Eugenia, que tenía una papada como un pavo, y su marido, que era talmente una lechuza en un cuerpo humano.. Así que lo he reformado todo. Todo.

Jugaron la partida de ajedrez. Naturalmente la ganó Damián. Homper no podía concentrarse.

-Lo siento- se excusó- Esas mujeres desnudas que me están mirando…

-¡Qué cuerpos!, ¿verdad?…Menudo ojo tenía el Newton ese…No me las he puesto en mi habitación, por no turbar mi sueño. Por cierto, también he hecho reformas en ella. Déjame que te las enseñe.

Recorrieron hasta el final el largo pasillo de las beldades y entraron en la habitación de Damián, cuyas paredes estaban completamente empapeladas con recortables: de húsares de Pavía, de granaderos del Rey, de soldados de la Guardia Real, de ejércitos de todas las guerras conocidas, de toreros. Recortables, recortables rescatados de los desvanes de su infancia,  recortables que entretenían sus horas muertas, más recortables.

-Estoy obsesionado-se explicó atropelladamente- Ya no pienso más que en lo que escucho. Nos dice la Merkel  que hacen falta más reformas, nos pide el BCE que se sigan profundizando en las reformas, dice un catedrático de economía por la radio que aún queda por reformar la Banca, las Cajas de Ahorro, la Administración, las Autonomías, el Gobierno nos anuncia más recortes…

Se detuvo un armario, resoplando, como si la ansiedad se hubiera apoderado de él y perdiera el control.

-No puedo más, ayúdame –dijo mientras extraía de las baldas del armario una Termomix, un cuadro de una Sagrada Cena en madera sobreplateada, dos bombines antiguos y  una cubertería de plata que compró su madre muy barata gracias a una imposición a plazo fijo que le ofreció el el BBV- ¡Ayúdame en las reformas, por favor Homper!…

Se adelantó Leonisa, que se acercó hacia ellos con un gran capazo de los que venden los chinos insinuando con un dedo sobe su sien que Damián no estaba en su mejor momento.

-Deme, señor Homper –yo le ayudaré a llevarlo hasta el taxi –dijo mientras iba metiendo en el capazo los inopinados regalos.

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Faltaban por descubrir las últimas reformas.

-¡Espera, espera, no te vayas  aún!- terció Damián dirigiéndose a un rincón del gran recibidor en el que, como si fueran obras de arte de ese Cristo que empaqueta los monumentos, había dos bultos tapados con sendas sábanas- ¿Qué te parece si colgamos esto en lugar de la vieja lámpara de bronce holandesa que había en el techo?

Damián tiró de la primera y apareció un caimán de tamaño mediano perfectamente disecado, herencia oculta hasta entonces del tío Genaro, un naturalista que pasó en Guinea lo mejor de su vida.

-Lo voy a pintar de oro y lo colgaremos volando por encima de nuestras cabezas –dijo gestualizando con los brazos lo que presumiblemente sería como una instalación artística de la colección Saatchi.

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-Y aún queda lo mejor –añadió Damián, al que sólo le faltó anunciar con un ta-ta-chán- la última sorpresa- ¿Cómo no iban a llegar las reformas al Sagrado Corazón al que tanto rezaba la pobre mamá?…

Retiró la segunda sábana y al pobre Homper se le quedaron los ojos como cuadros. Doña Angustias, la madre de Damián, había sido muy devota  del Sagrado Corazón de Jesús, y un día compró en un anticuario un cuadro en el que su imagen aparecía en una auténtica ventana cordobesa, con su enrejado, sus macetas de bellos e inmarchitables geranios de plástico y sendos farolillos con velones a los lados. Hasta la muerte de doña Angustias aquella joya colgaba de las paredes de su habitación, pero luego fue al trastero. Damián la había rescatado del olvido para hacer en ella las pertinentes reformas que pedían las circunstancias. Ahora el propio Jesús, entre esos brazos que según la iconografía clásica se abren generosamente ofreciendo el perdón, transportaba a una joven con un traje de baño a rayas fotografiada así en el la playa del Sardinero en 1930. El efecto del montaje era impactante, porque, activando un interruptor oculto bajo una de las macetas, el sagrado corazón que quedaba por encima de las curvas de la joven Doña Angustias se encendía y latía aceleradamente, mientras de los ojos de la heroína salían destellos intermitentes y comenzaba a sonar un cover de la conocida canción de Manolo Escobar que ahora decía así:

Madrecita María Angustias / Hoy te canto está bellá canción…/Y obediente cual si fuera un niiiño/ Yo reformo con todo cariño/ Así a tu Sagrado Corazón…

 

Al conjuro de aquella escena de teatro pánico, la gata Mimí lanzó un maullido espantoso, pasó como una exhalación entre las piernas de Homper y Leonisa, que esperaban el ascensor y se escapó escaleras abajo.

 

Cuando Homper y Leonisa salían por el portal con todos los desechos de las reformas de Damián, la portera les salió al paso asustada.

 

-Y ahora la gata morada se escapa…Les digo yo que  a don Damián  esto de las reformas le ha hecho enloquecer.

Y Homper pensó que, más o menos, como a todos…

Inés de la Fressange, mon amour

Ella nos tranquiliza confesando que hasta las musas de la gente guapa puede combrar sus bragas en H&M...

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El Duende no puede ocultar que esde hace ya varios años guarda una cierta prevención contra los suplementos dominicales de los periódicos. Siempre le ha parecido que los editores juegan con ellos a engañar al lector. Le quieren convencer de que es ideal de la muerte, y de que lo estúpido es no entrar en Pijolandia cuando, como demuestran sus expertos en  moda, viajes, gastronomía, vinos, chateaux-relais, balnearios, sexo, gente guapa y otros elementos fundamentales de la buena vida, todo está en sus páginas. Espléndidamente expuesto, con bellas fotografías y unas no menos bellas modelos (y modelas) que quitan el sentido. La vida es hermosa, sobre todo si puedes pagar la que te ofrecen los elegidos de la fortuna que marcan paquete, digo tendencias.

Por cierto, vintage, chill out y outlet que no falten en ese equipaje de lo que ya es cultura imprescindible. Como diría Millán, el más simpático de Martes y 13, ¿me comprenden la gilipollez?

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El periódico EL PAÍS brilló desde sus inicios en esta nueva faceta del periodismo de información. Inenarrables eran  las páginas de su colorín dominical en las que aparecían, todavía en pesetas, los precios de las última novedades que podían encontrar los exquisitos en el mercado. Coctelera de titanio diseñada por Mariscal, 25.000 pesetas. Rizapestañas de oro de 20 Kilates  reproducción del que llevaba Greta Garbo en su neceser, 65.000 pesetas. Estilográfica Montblanch de colmillo de morsa, conmemorativa de la firma del final de la Guerra de Secesión, 200.000 pesetas. Copas para helado en cristal de Murano soplado sobre el molde de los pechos de Anita Ekberg, 24.000 pesetas.  Detector de uvas en platino iridiado, para saber qué vino bebes sin leer la etiqueta de la botella, muy práctico: 28.000 pesetas. Funda de corbatas  en madera de olivo de Sicilia, 18.000 pesetas. Pastillero para Viagras de carey con la firma de Nacho Vidal,  20.000 pesetas. Pero cómo es posible que pudiéramos vivir sin estos artículos de primera necesidad.

Menos mal que siempre hay elites de privilegiados que nos enseñan el camino. A dónde íbamos a llegar, siendo tan paletos, sin todas esas luminarias que van despojándonos del pelo de la dehesa y puliendo nuestro modales. Moda, viajes, gastronomía, joyas, bañeras con grifería de oro por las que, además del agua, chorrea la voz de Pavarotti  cantando Rigoletto y vajillas de porcelana `pintadas por Barceló, no aptas para el lavaplatos. Su precio, más o menos, el de un coche familiar. No se sabe si la cultura y el ocio se sofistican  o si es que, simplemente, la humanidad se agilipolla del todo.

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Junto a esa galería de excentricidades para snobs enriquecidos han dejado escritos sus artículos algunas de las mejores firmas del periodismo y de la literatura actuales. Cercas, Javier Marías, Muñoz Molina, Millás, Maruja Torres, el magnífico Enrique Vilá-Matas Son tan buenos que desafían el riesgo de ser asimilables a esa pseudocultureta de valores convenidos por sanedrines invisibles. Hay un sabio llamado Harold Bloom  que nos dice lo que debemos leer, un americano llamado Parker que pontifica sobre lo que hay que beber y un rosario de artistas, gastrónomos, modistas, estilistas, arquitectos, decoradores, enólogos, dietólogos, virtuosos del pan, filósofos, gurúes y profesores de felicidad, como el incomparable Eduard Punset, dispuestos a admitir que hay otras vidas, pero peores que las suyas. O sea, cómo llegar al nirvana por un camino pavimentado de placeres superfluos, de placebos engañosos o, simplemente de milongas que quedan guay.

Se diría que el Duende no cree en ese nirvana, y hasta la mira con desdén. Se diría también que, aún así, le encantaría escribir tan bien como algunos de los articulistas que completan el escaparate dominical. Es verdad. Todo es cochina envidia. No tanto por no ser ni tan rico ni tan pijo. Sino, sobre todo, por no ser  tan listo como los reyes de la pomada.

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Por eso no deja de ser un consuelo que la que fue una de las musas de ese mundo tan lejano para el pueblo llano, pasados sus años de gloria, se caiga del pedestal de Chanel  y de Karl Lagerfeld y haga  unas declaraciones el EL PAÍS SEMANAL que podría suscribir cualquier mujer normalita.

-No se trata de decir que con diamantes las mujeres estarán estupendas –afirma Inés de la Fressange, la primera “modelo global”- sino de que comprendan que con vaqueros del supermercado se está muy bien. Las que miden 1,80 y pesan 55 kilos no me necesitan. Pienso en las mujeres profundas y frívolas a la vez, no importa el país o la clase social. No todas somos  Simone de Beauvoir  o Brigitte Bardot. Vamos, que no pasa nada si nos compramos bragas en H&M.
Qué alivio para este Duende, saber que a pesar de todo no queda tan distante de la beautiful people. Y qué confianza le da que sus calzoncillos sean de la misma marca que las bragas de La Fressange. Cómo, a su pesar, se va refinando uno, y sin darse cuenta.

El amor que reivindicó a la coliflor

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Aquel ciudadano corriente escuchó un día por la radio que la cena de nochebuena típica de los gallegos –puede estar equivocado- era coliflor hervida y besugo. El ciudadano corriente agradeció entonces no ser gallego, o al menos no haber sido gallego cuando era niño. Odiaba la col blanca y el acantopterigio, un pez que siempre presenta una cara triste y demasiadas espinas para un chaval.Y no era capaz de imaginar que para la cena más importante del año alguien hubiera consagrado como menú preferente justo los dos últimos platos en su escala de preferencias.

-Además la coliflor es pedorra –le dijo Corraliza, su compañero de pupitre.

La cosa es que aunque no fuese tan ordinaria, la coliflor se hacía odiar en cuanto caía en la olla hirviendo.

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A los treinta y tres años el ciudadano se enamoró perdidamente de una bibliotecaria irresistiblemente guapa. La bibliotecaria amaba tanto su oficio que no lo abandonó a pesar de ser tentada por el cine, porque los productores veían en ella una sucesora de Stella Avery, la gran estrella de Hollywood. Stella Avery fue atacada por un cocodrilo cuando hacía turismo de placer por un río tropical. El cocodrilo, sin duda más selectivo que el que dejó manco al Capitán Garfio se llevó de un bocado sus dos pechos y un par de dedos, en uno de los cuales lucía un sortijón con rubí regalado por un maharajá y valorado en un millón de dólares. A Stella le reconstruyeron el busto con creces ( es decir, le aumentaron la talla, para asimilarla a Anita Ekberg, otra estrella de la época), y le disimularon los dedos perdidos con una delicadísima prótesis articulada qu le permitía seguir seduciendo también con otras sortijas deslumbrantes. Pero el trauma de aquel terrible accidente le hizo perder la confianza en sí misma. Nunca volvió a ser la que era.

Por eso los productores se fijaron en la bibliotecaria, que era tan guapa como Stella y del mismo estilo que la gran diva, aunque de Polán, provincia de Toledo.

-No puedes negarte- le dijeron- Tienes un deber con el séptimo arte. Te quiere la cámara, y el mundo te querrá aún mucho y te cubrirá de oro si dejas que hagamos de ti otra Stella.

Pero la bella bibliotecaria dijo que no. Estaba encantada de ser una chica de Polán, una bibliotecaria ejemplar, una mujer sencilla enamorada del ciudadano corriente que la cortejaba. Y era feliz cuando en su casa se comía coliflor.

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El ciudadano corriente no estaba exento de virtudes, pero era eso, un tipo corriente que no había nacido en Galicia, y no podía soportar el olor de la coliflor hirviendo. El amor hace milagros, y al principio el encanto de la bibliotecaria hacía olvidar aquella atmósfera mefítica que perfumaba la casa de su amada. Pero cuando fue ganando confianza, no se lo pudo callar.

-No querrás que en nuestra casa se cocine la coliflor, ¿no?

-Claro, mi amor. Es mi vida, mi infancia, mi familia. Es, como decía aquel anuncio, el aroma de mi hogar.

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El ciudadano corriente estaba destrozado. Amaba a la bibliotecaria desesperadamente. Tanto como odiaba el olor de la coliflor. Su alma se debatía en una duda: ¿cómo puede una mujer tan bella y tan virtuosa ser insensible a ese pestazo vecinal que durante generaciones se había asimilado a las porterías de las casas del Madrid de Galdós y de Arniches?

Hasta que un día una buena amiga llamada Cuba Calderón le contó el truco.

-Dile que añada al agua de hervir un buen chorretón de leche. La enriquece y neutraliza su olor característico de portería antigua.

Así lo hizo. Y para que aquella saludable familia de la chica de Polán conociera una variante culinaria más de su verdura favorita, le transmitió esta sencillísima receta de crema de coliflor: 1. Se hierve la coliflor con agua y leche. 2. Se retira y se reserva el líquido resultante de la cocción. 3. A la coliflor se le añade un poquito de sal y pimienta, y queso de cabra al gusto del consumidor. 4. Se la bate con una Minipimer añadiéndosele el líquido para conseguir la densidad deseada.

Se casaron. Es más, abrieron con esta crema la primera cena de Navidad que pasaron como marido y mujer y, sin ser gallegos ni tener que tomar de segundo plato toledanas perdices, fueron muy felices.

El Rey de las buenas intenciones

Un rey inflamado de patriotismo quiere servir de componedor. Pero no todos le entienden...(Caricatura de ENEKO prestada de su blog en 20 Minutos)

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Estaba el hombre tan decepcionado por el fracaso de su oferta, que había pedido a su secretaría que le pasaran cualquier llamada solicitando audiencia.

-Tanto poder arbitral, tanto poder arbitral…-suspiraba mosqueado ante el espejo- ¡Con lo bien que lo haría yo y lo que ganaría España!…

El caso es que le pasaron la llamada. Y la pareja desavenida que se había atrevido de marcar el teléfono de palacio se quedó tan sorprendida como esperanzada cuando el mismísimo Rey de España aceptó escucharles para dirimir sus diferencias.

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Las de Alberto y Elisa no eran nada del otro mundo. Sino más bien las  de muchas parejas burguesas que conviven desde décadas. Él, naturalmente, se comunicaba sobre todo con las perdices, la bola de golf y sus compañeros de abono en el fútbol. También era particularmente locuaz con Lupita, de Recursos Humanos,  una compañera rubia y torneada a la manera de una potente Anita Ekberg, que presumía de dormir desnuda en unas sábanas estampadas con la imagen de Che Guevara.  Sólo un vacile, porque es muy simpática –aclaraba el hombre para ahuyentar cualquier sospecha.

Su mujer a su vez hablaba mucho con amigas. Las tenía de encuadernación, de restauración, de pilates, y del curso de conferencias sobre Carlos Martel, a quien, según alguna de esas amigas poco ilustradas, se debía el invento del papel martelé. Ambos estaban seguros de que se querían. Y por consejo en el que coincidían sorprendentemente tanto sus amigos más progres como el padre Arteta, director espiritual que les guió para sacramentar su unión, seguían practicando asiduamente el sexo. Sin embargo los resultados no eran satisfactorios.

-Yo creo que esto un desastre- se quejaba él- No te veo motivada.

-Tú, que eres un egoísta- protestaba ella- No piensas más que en ti…

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Con estas credenciales, y vestidos correctamente como marca el protocolo, fueron recibidos por el Rey, que pidió que expresaran con sinceridad los motivos de sus desavenencias para llegar más fácilmente a un arreglo. Así, el Jefe del Estado se enteró de que Laura Alejandra, la hija mayor del matrimonio, había estudiado arte dramático a pesar de que el padre la veía más como TAC. Su madre le comió el coco, Señor-explicaba él-. Ha acabado la carrera hace tres años y sólo ha podido hacer de aldeana de relleno en Fuenteovejuna. Y es que Elisa se pasó, como se pasó seis pueblos en el presupuesto de las cortinas..¡Seis mil euros!…Ella por su parte no le perdonaba que se metiera en la cama con una camiseta de los Lakers de Gasol ni su resistencia a internarse una noche en el hospital para que le diagnosticaran la apnea que, frecuentemente, le despertada a ella sobresaltada de su sueño poscoital.

-Hum- farfulló el Rey- No se qué deciros…Los hijos, las cortinas, la camiseta…A mí me va más el pijama de popelín y el batín de seda, tipo Cary Grant , pero una de nuestras grandezas es la diversidad de los hombres de España. Eso sí, lo de los ronquidos y la apnea deberías de mirártelo, hombre- dijo dirigiéndose Alberto- Claro que…¿cómo decís que os lleváis tan mal si seguís durmiendo juntos?…

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No hubo más remedio que entrar en detalles. Elisa se quejaba de que Alberto se comportaba como un funcionario del sexo incapaz de esmaltar las noches de amor con una sola palabra romántica. Para suplir esa carencia de sensibilidad y de fantasía -le explicó a Su Majestad- ella había instalado junto a la cabecera de su cama un atril de brazo articulado que terminaba en una placa de metacrilato sobre la que se ponía el libro abierto.

-Está muy bien pensado, Señor-le decía al Rey que la miraba con los ojos muy abiertos-, porque así él va a lo suyo en silencio, como le gusta,  mientras yo sigo leyendo la trilogía de MilleniumEs tan apasionante que no se puede dejar uno sólo instante, ¿no, Majestad?

El Rey confesó que no la había leído, que desde que era rey sólo leía informes y cosas pesadísimas, pero que lo que a él le entretenía de verdad eran las novelas de Agatha Christie y las del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía.

-¿Y tú como llevas lo de la novela ésa?- le preguntó a Alberto.

-Bastante bien, Señor…Pero al final ha sobrevenido la crisis…¡Es tan larga!

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El Rey se iba quedando tan turulato que ambos se afanaron en explicarle la extrema dificultad de pasar páginas en plena coyunda. Es casi más difícil que hacer el amor en un Simca 1000bromeó Elisa para quitarle hierro al asunto. Al principio, y puesto que el metacrilato sobre el que posaba el libro abierto quedaba  aproximadamente detrás del hombro derecho de Alberto, era éste el que, a instancia de Elisa, hacía un alto en los vaivenes del amor  para levantar el libro, pasarle la página y ponérselo cómodo a la lectora.

-Pero hubo un momento en que Alberto se negó- explicaba Elisa visiblemente contrariada.

-Demasiado humillante, Señor, ¿no le parece?-protestó el aludido- Aguanté el primer tomo, pero cuando llegamos a la chica del bidón de gasolina…

-¡Jo, qjué resistencia!- se limitó a decir el monarca mientras movía la mano expresivamente.

-No importa, Majestad -terció Elisa- No soy una mujer orgullosa, y para mí el amor lo es todo. Así que decidí pasarlas yo. Era más incómodo, pues tenía que estirar los brazos y actuar con él encima, y mire vuestra majestad cómo está de gordo…Pero lo intenté. Lo que pasa es que, con los nervios, el borde de las páginas me resbalaba en las yemas de los dedos…

-Ya entiendo –aclaró Su Majestad- Yo debo hacer un esfuerzo por entender los problemas de todos los españoles.

-Pero no se si entenderá lo mío, Señor –intervino Alberto-Porque ella, para arreglarlo, se puso en dedil de goma…Un dedil como el que llevaban los antiguos cobradores del autobús para agarrar aquellos minibilletes impresos en papel Biblia. ¿Se acuerda, Señor?…

-Bueno- se excusó el Rey- Es que yo en España no he viajado mucho en autobús urbano…

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-Pero lo entenderá, Señor –continuó Alberto, crecido por el interés que parecía mostrar el Rey- Entenderá lo que me pasa…Resulta que el dedil me trajo la memoria del cobrador del 27, que era el autobús que tomaba yo para ir a la universidad…Era un tipo sucio y grasiento, con una nariz punteada de espinillas y una dentadura, muela de oro incluída, en la que se incrustaba siempre un palillo casi verde por el uso y el abuso…Te subías, abría la cartera de chapa, atrapaba un billete del taco que sujetaba una goma, lo sacaba, cerraba la cartera con estrépito y voceaba al conductor con voz aguardentosa: ¡Agita la mercancía, Marcelino, que vamos pa Arguelles!…

-Ya…-dejó caer el Rey  mientras sus dedos tamborileaban sobre el brazo de su sillón y su expresión daba pistas de que su paciencia se acababa- El pueblo llano, que es muy ocurrente… ¿Y qué?…

-Pues que me estoy viniendo abajo, Señor- confesó Alberto bajando la cabeza avergonzado- Debe de ser el rollo de Freud, o algo así. Pero el caso  es que el dichoso dedil de goma me inhibe la líbido…

-Mariconadas, majestad –interrumpió Elisa visiblemente irritada- ¡Si es que ya no quedan hombres en España!…

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El Rey la calmó como pudo proclamando que, según sus noticias, y a pesar de la crisis, el ratio de hombría nacional seguía recibiendo excelente calificación. Luego animó a Alberto a que superase su problema. Y finalmente  agradeció a ambos su esfuerzo por mantener la unidad familiar y `la confianza  depositada en su poder arbitral. Les prometió estudiar el problema y dijo que les llamaría para darles sus conclusiones. Lo cual fue una especie de bálsamo para calmar momentáneamente la crispación latente en la pareja. Esta se despidió muy agradecida y, a pesar de enzarzarse a continuación en una pelotera sobre el dedil y el turno de pasapáginas de esa noche, se quedó encantada del comportamiento del monarca.

Apenas hacía un minuto que se habían  marchado Elisa y Alberto, cuando entró  en la sala el secretario y depositó en las manos del Rey un nuevo dossier.

-Señor –dijo el funcionario- Le recuerdo que a continuación recibe a la  Asociación de Amigos de la Capa. Ya sabe, parece que no se ponen de acuerdo en la reforma de sus estatutos…

El Rey dibujó un gesto de fatiga y suspiró. Pero pronto sonrió  esperanzado.  Inflamado de patriotismo, se consolaba pensando que, al menos  en temas de capa y espada, España sí apreciaría su competencia y sus buenas intenciones.

Un respeto a los Reyes Magos

Que las Cabalgatas respeten la dignidad de los Magos...

Que las Cabalgatas respeten la dignidad de los Magos...

Durante años, el concejal Filomeno, de Izquierda Unida, había criticado la Cabalgata de los Reyes Magos. Le parecía, en primer lugar, innecesariamente monárquica, en segundo lugar anacrónica, en tercer demasiado cara para el erario público y finalmente poco solidaria con los más necesitados. La Cabalgata discurría por la zona más céntrica de la ciudad, donde justamente se ubicaban las viviendas más caras. Y mientras los ricos podían ver a los Magos desde sus terrazas y balcones, aprovechando incluso el acontecimiento para abrir salones y hacer relaciones públicas con sus amigotes, las clases humildes pugnaban entre el gentío por hacerse un hueco en la calle, abrir su escalera portátil y encaramar a sus críos a tan inestable observatorio. Muchos eran  los llamados a los fastos del acontecimiento, pero pocos los elegidos que acababan viéndolo en condiciones.

-Qué claudicación intolerable-comentó la primera vez que uno de sus correligionarios aceptó el dudoso privilegio de encarnar a Baltasar.

La tradición decía que el partido del alcalde elegía la persona que encarnaría a Melchor, el segundo partido en número de concejales la que haría el papel de Gaspar e Izquierda Unida se encargaba de designar al rey negro. Aunque Filomeno era, como es lógico, agnóstico, africanista, partidario del Frente Polisario, devoto de Martin Luther King y simpatizante de Obama, como pedagogo de profesión no se mostraba partidario de prolongar la ingenuidad de los niños con un ritual que además tenía sus raíces en lo que contaban los Evangelios. Además, él no había superado la frustración que las huellas del engaño y la simulación habían dejado en su personalidad. A los siete años descubrió con sólo fijarse en la pechuga banca que asomaba por el cuello de la túnica del Baltasar de su pueblo que éste en realidad era Vitillo, el alguacil, indecorosamente embetunado. Y años después padeció un trauma aún más grave cuando, creyendo haberse ligado a una sueca tipo Anita Ekberg comprobó al tacto que en realidad se estaba enrollando con un travelo que de día repartía butano y de noche hacía servicios especiales. Así que este año que, por fin, le había caído en suerte el discutible honor de ser él el rey negro, se comportó con coherencia y le ofreció a Ambrosio Bongueme su puesto.

-Ambrosio, ¿no decías que te hacía tanta ilusión ser rey mago?…Pues ea, aquí tienes la oportunidad. Y sin tener que teñirte ni nada…Porque hay que ser coherente, y si Baltasar era negro, lo lógico es que sea encarnado por uno como tú.

En realidad, ese cinco de enero el concejal Filomeno había sido invitado a una montería a la que iba a asistir Marianín, el ministro de Justicia, al que le quería pedir un favor. Y temía no regresar a tiempo para la cabalgata. Además, así podría cumplirse uno de los sueños más largamente acariciados por el pobre Ambrosio.

Ambrosio Bongueme era un médico guineano huído de la tiranía de Teodoro Obiang. Deslumbrado, como todo el tercer mundo, por la prosperidad de Europa, se había ganado la vida en España como jardinero, camarero, paseador de perros, enfermero de de ancianos impedidos y últimamente como secretario in péctore de Filomeno, al que servía como conductor, recadero, pinche de cocina eventual y chapuzante cuando se obstruía el bote sifónico del cuarto de baño o había que montar un mueble de IKEA. Bongueme no aspiraba a ejercer su profesión, no, porque no pedía tanto a la vida. Se limitaba a soñar que algún día demostraría que un negro puede ser mejor que un blanco. Además, estaba muy ilusionado porque le habían dicho que cuando los Reyes Magos visitan los hogares la noche del cinco al seis de enero, solían encontrarse una bandeja con roscón, turrones, y otras golosinas, y el hombre estaba canino. Así que se tomó muy en serio su papel, y durante una semana estuvo ensayando sonrisas, modales mayestáticos y lanzamientos de caramelos. La tarde decisiva, Ambrosio se probó el disfraz, se miró al espejo y se sintió tan identificado con Baltasar que pidió a Dori, la secretaria de Filomeno, que le hiciera una foto de recuerdo para mostrar a sus descendientes la altísima dignidad a la que había llegado. En esas estaba, cuando sonó el móvil de Dori. Fue una conversación breve, en la que ella sólo emitió monosílabos y un tranquilo, jefe, no te preocupes para cerrar la conversación.

-Lo siento, Ambrosio-le dijo al rey Baltasar después de colgar- Pero el ministro se ha descolgado de la montería, y además al final de la cabalgata hay una recepción a la que tiene interés en asistir el jefe, porque van los patrocinadores y Vanessita, su hija, está moviendo el currículum…Ya sabes, otro año será.

La cabalgata de aquel año mostró al rey negro más deslucido que se recuerda. Unas barbas postizas impresentables, un embetunado que no engañaba a nadie, un turbante improvisado con un foulard de Loewe y la cortina del despacho del concejal a modo de costrosa capa. Además, mientras Melchor y Gaspar cabalgaban sobre camellos, Filomeno tuvo que conformarse con un jaco que le prestó un policía municipal. Mientras tanto, por los arrabales de la ciudad, Ambrosio Bongueme, repartía caramelos a manos llenas mientras proclamaba a voz en cuello desde el camello robado que él era el auténtico rey Baltasar, y que no hay que creer en los Reyes Magos cuando quienes los representan no les respetan como se merecen.

…Y, para desengrasar, chocolate

Tableta de chocolate

(Foto de pablokdc)

No sabe el Duende por qué le gusta tanto el chocolate. Quizás porque fuera la golosina por excelencia en la España de posguerra, sobre todo si se hacía con azúcar refinada y no dejaba en los molares la desagradable sensación de que masticabas tierra. Cierto que en otro post se trató del tema, pero si dicen que todos los escritores  reescriben siempre su único libro, qué no va a hacer un chatarrero de observaciones. Pues eso: volver hoy sobre uno de esos placeres que la Iglesia de Roma nunca catalogó como pecado, por más que  le de a uno tantas satisfacciones como algunos de los que prohíbe el sexto mandamiento.

  Chocolate, chocolate, qué delicia. En las noches de orgía, el aprendiz de Duende, en lugar de soñar que perdía en la topografía rubia y exuberante del cuerpo de Anita Ekberg  o de Sofía Loren, que eran las tentaciones de la época, imaginaba que se podía despachar a solas una tableta de chocolate y almendra de Elgorriaga. Desgraciadamente, la ración de la merienda -pan con mantequilla y chocolate, era la oficial de su casa- era una onza, medida que, además de al chocolate, sólo ha visto aplicarse al oro. Y es que, en la escala de valores de entonces, el chocolate servía para calibrar la riqueza y, por ende, la felicidad. Uno lo asociaba al oro de Moscú, creía que  el tío Gilito acumulaba, sobre todo, chocolate y que algunas de las habitaciones del suntuoso palacio de los March en la calle de Lista estaba literalmente llena de chocolatinas, bombones y tabletas. Por cierto, este fin de semana un reportaje de EL MUNDO que firma Esteban Urreiztieta atribuía a un sicario del magnate mallorquín el asesinato del presunto amante de su esposa,  un joven apellidado Garau, que murió de dieciséis puñaladas en 1916. Y el Duende inocente, pensando que el mayor delito del financiero mallorquín sería acumular chocolate sin repartirlo con los chiquillos del barrio.  Además, una prima suya -del Duende, no de March ni del asesinado- llamada Pili, fue durante una breve etapa dependienta de una bombonería. Y desde entonces, la miró siempre de otra manera, como a una santa que hubiera estado en contacto con Dios, aunque la esencia de Dios fuera sólo cacao y azúcar. La imaginación infantil.

 Se ignora cómo era el chocolate de la casita que sedujo a  Hansel y Gretel, pero el canon chocolatero del Duende habla de un chocolate negro, con un máximo del 80% de cacao. Por encima de  ese porcentaje uno siente la boca como si hubiera engullido alquitrán. Le gusta tanto el chocolate que le sobran sus maridajes, aunque los soporta bien, y los agradece incluso, cuando son con frutos secos  y trufa oscura o praliné de café. No comparte en cambio el entusiasmo por el famoso After Eight, porque le sabe a relleno de pasta de dientes, y cree que la mayoría de las fórmulas sofisticadas que ha probado en las bombonerías de última generación no hacen sino estropear una delicatesse que estaba muy bien inventada.

 Forest Gump decía, no sin razón, que la vida es una caja de bombones, y a saber qué  depara el que tú eliges. El Duende se levanta todos los días implorando que no le toque el de licor, que es, a su juicio la mayor perversión  y la más desagradable sorpresa que puede ocultar una delicia.  Woody Allen metió en su infierno particular al inventor de los muebles de metacrilato, y el Duende añadiría al sádico que  profanó el chocolate  mezclándolo con marraskino, anisette o licor de café. Puaff, puaff…

 Pero no quiere extenderse en más atrocidades, porque llevaba muchos post en plan cursi o de pretendida trascendencia bucólico-sentimental. Y hoy, pásmense, traía a colación el chocolate, más que nada, para desengrasar…¿Lo entienden? 


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