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Invierno con mirlo y Montoro asomando las garras

También el honrado invierno tiene su encanto, a veces en forma de pájaro...

También el honrado invierno tiene su encanto, a veces en forma de pájaro…

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Te has retirado al campo, donde por primera vez te recibe el señor invierno. Supones que arriba, en las crestas del Almanzor, habrá nevado, pero en tu cota de los setecientos lo que ha caído es una manta de agua que se ha llevado por delante las hojas que aún se resistían en las ramas de los árboles. Adios, otoño, adiós. Llueve incesante, pero mansamente.

Agua bendita, al contrario de lo que ha caído en otras partes de España, que era agua cabreada, iracunda, como queriendo decir: ya que, a lo que se ve desde arriba, tenéis tan poca estima por lo que es vuestro país, o nación, o patria, llamadlo como queráis, allá va un temporal para ponerlo un poco más patas arriba. Los temporales no tienen ideología, pero a veces, son el quinto o sexto jinetillo del Apocalipsis. Afortunadamente en tu contornada se han portado. En lugar de estacazo y tentetieso el plomo del cielo se ha desleído en eso, en una suave, pero espesa y persistente manta de agua de las que calan la tierra y alimentan los acuíferos.

-Nieblas meonas –escuchaste hoy en el pueblo- Estas son las buenas.

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Porque al parecer el día de Nochebuena se pasaron de meonas.  En Madrigal de la Vera, en Candeleda y en Arenas cayeron por más doscientos litros por metro cuadrado, tres cuartas partes de lo que puede llover en Lorca en todo un año. Te duele que el temporal haya sido una pesadilla para los que perdieron su casa, su coche o alguna cabeza de ganado lejos de tu aquí, pero esta salutación mojada del invierno te encanta. Mientras escribes estas líneas junto al fuego tomas una taza de té y, siguiendo  el ritual de todas tus Navidades, escuchas el Mesías de Haendel y al fondo, el tamborileo de los goterones que resbalan del tejado. Estas esperando la llegada de tu familia, pero entretanto disfrutas tanto del momento que te empieza a preocupar. Piensas que de un momento a otro descenderá por el tubo de la chimenea Montoro disfrazado de Papá Noel, y querrá cobrarte el IMOFEI.

-¿Y eso qué es lo que es? –le preguntarás ingenuamente.

-¡Pardillo!- te dirá  frotándose las manos con cara de Mr. Scrooge y relamiéndose de gusto como si aún le quedaran en la barbilla restos de la sopa de almendra de la cena de Navidad- El novísimo Impuesto sobre Momentos Felices Imprevistos. ¿O es que crees que yo me toco los cojones?…

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El invierno muestra la honradez del campo, desnudo como queda de todas las hojas de los caducifolios y con el pasto agrisado por las heladas. La frialdad. Todas las otras estaciones son más gratas con él, pero así y todo aguanta el tipo sin engañar a nadie (la primavera y el otoño disfrazan incluso a la tierra más feúcha, que acaba dando el pego gracias a su maquillaje). Aún pintan de distintos verdes los pinos, los olivos, las encinas y, sobre todo, los madroños y los cítricos. Por cierto, te preguntas por qué no convertimos al naranjo y al madroño, tan coquetos en esta época gracias a sus  frutos de color vivo, en el árbol de Navidad autóctono, ahora que tanto se lucha por la marca España.

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Un día  como hoy hay bien poco que hacer en el campo, sobre todo a tu edad, demasiado avanzada para calzarte las katiuskas y patear los charcos. Travesuras inocentes de otros tiempos. Sólo escribes, escuchas música y  de vez en cuando te asomas a la ventana para ver a un mirlo picoteando las aceitunas.

Velay otra muestra de la honradez del invierno: sin ramas tras las que camuflarse, se ve nítidamente el plumaje negro brillante de este pájaro tan vulgar rematado por el llamativo contraste de su pico amarillo vivo, y te parece casi un ave aristocrática. En la sobriedad, la adustez y, a la postre, la honradez del paisaje invernal de un día frío y lluvioso, cualquier pequeño detalle de vida  animal se te antoja un prodigio de la naturaleza que merece ser guardado en el album de tus cromos favoritos. No se lo cuenten a Montoro, vaya a ser que se saque otro impuesto por observar al mirlo o deleitarse con el vuelo en escuadra de las grullas.  Otro regalo  por cierto, para no despericiar, que nos hace por estos pagos el honradísimo invierno.

 

La medicina del alma

La foto es un churro, pero la "instalación" tiene su aquel...

La foto es un churro, pero la “instalación” tiene su aquel…

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Viste en un ABC reciente que en algún lugar han inaugurado un busto en honor de Mingote. Recuerdas vagamente la foto de familia y autoridades que suele recoger este tipo de actos. Junto al busto aparecen todos los que lo admiraron con cara de circunstancias. Quizás sea por lo mismo que te ha llamado la atención a ti, y es que la presunta obra de arte no se parece en nada al original. Suele pasar. Nos asombran el Moisés de Miguel Angel y el Éxtasis Bernini por la asombrosa fidelidad de sus rasgos, pero lo cierto es  que nadie había visto la cara ni tiene la fotografía  de Moisés ni de santa Teresa para comparar. O sea, que el retrato de los personajes no deja de ser un suponer.

A Mingote le van a dedicar ahora una estatua en El Retiro. Ya han convocado un concurso: Dios nos coja confesados. Más valdría que le dedicaran una placa en la que se plasmara uno de los dibujos con los que se autorretrató. Sólo unas líneas de su lápiz serían para el gran público bastante más identificables y, sobre todo, más emotivas, que lo que probablemente elegirá el jurado municipalista. Basta cotejar la estatuaria conmemorativa que jalona las calles de las ciudades y pueblos de España. ¿No son sus mejores esculturas las de aquellos a los que nunca conocimos de carne y hueso?

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A tu tío Federico Larrarte le dedicaron cuando murió uno de esos recuerdos de bronce en los jardines de Arenas de san Pedro que llevan su nombre, pero tú pasaste por allí y comprobaste que aquel bajorrelieve podía ser él o cualquier otro tío. Mejor hubiera sido sólo la leyenda: al doctor Federico Larrarte, que atendió a tantos arenenses sin cobrarles una peseta. El tío Federico Larrate siendo poco tío –estaba casado con una prima segunda de tu madre, que era la  que daba las mejores comidas y meriendas de la familia- era un gran tío. Lo suyo eran los niños, aunque no sabes si a eso hay que llamarle puericultor, como se decía entonces, o pediatra, como prefieren decir ahora. De modo que tu primera noción de un galeno se fraguó sobre la imagen de un señor sonriente, muy pulcro, elegante y simpático vestido con camisa a rayas y cuello de celuloide blanco que iba a tu casa cuando te dolía la garganta o eructabas esencias de huevo duro.

-Este niño en cama, que no vaya el colegio –decía después de auscultarte y de palparte la tripa- Y de dieta, arroz blanco, jamón de York y yogur.

Entonces te daba un cachetito en el moflete, para restarle importancia al asunto, metía el estetoscopio en su maletín de mano y se despedía.

Eran tres de tus manjares favoritos, así que tú le quedabas muy agradecido, porque te sanaba, te libraba del colegio, le daba alegrías a tu paladar imberbe y encima, en verano, hasta te llevaba de excursión en su Renault 4/4  por las carreteras de Arenas.

El tío Federico se distinguía además por su voz, que tú, en una precoz ínfula de greguerista ramoniano, asociaste a la del bocadillo de jamón, como si los bocatas de jamón hablaran. No sabías por qué, pero estabas convencido de que el tío Federico tenía voz de esa delicia, sin precisar si el jamón era de Avilés, de Teruel o de Montánchez, porque entonces lo de ibérico pata negra no entraba en tus cabales. Otra de las peculiaridades del tío Federico es que exhalaba un perfume inconfundible, el de una colonia que no oliste nunca en ninguna otra persona, y que grabó tu memoria olfativa para siempre. También lucía  en el dorso de una mano  uno de esos grandes lunares que la edad desparrama por la piel humana.

-¿Qué es eso?- le preguntaste un día.

-Un caramelo –te respondió sin darle importancia.

Tú, como buen niño, no entendías el sentido del humor. Pero te quedaste con la idea del caramelo para redondear la imagen del hombre que te ayudó a crecer. Todo positivo, todo amable. Un mal día el tío Federico se murió, y tú mojaste la  pluma en la tinta de los recuerdos para escribir El retorno del tío Federico, una semblanza imaginaria en la que resucitaba para seguir vigilando la salud de sus pacientes. Supones que aquellas cuartillas pecarían de sensibleras, pero a su hijo Adolfo, que heredó el maletín y luego te ayudaría a criar a tus hijos, le emocionaron mucho.

-Muchas gracias- te dijo por teléfono con la voz temblorosa. Era la única vez en su vida que te llamó él, porque siempre eras tú o tu mujer la que le llamaba para atender a los niños.

Ese recuerdo te estimula. Pensabas que los médicos, tan familiarizados al cabo con las glorias y miserias de la vida y de la muerte, no deben de ser propicios  a la emoción. Sin embargo muchos años después repites en cierto modo la experiencia con otro médico y te das cuenta de lo contrario. Les cuesta, probablemente están educados para la frialdad y la templanza, pero, como cada quisque, tienen su corazoncito.

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Que la fuerza te acompañe, decía Darth Vader. Pero luego te acompaña o no, según le da. A Constantino Romero, que era quien daba voz al tal Darth, le ha acompañado sólo hasta los 65 años, dos menos de los que tú has cumplido con largueza. Sigue el desfile…

Eso quiere decir que estás en edad de riesgo, y que nada agradeces tanto como ese médico amigo que, saltándose el severo protocolo y la burocracia que hoy exige la medicina, pública o privada, te ofrece su teléfono móvil y te atiende a cualquier hora del día y de la noche. Se habla mucho de los progresos de la moderna medicina, pero a ti te nacieron en la época de los médicos de cabecera, cuando Mahoma aún iba a la montaña, y no era esta la que tenía que acudir al hospital o al ambulatorio para revisar sus debilidades. O sea, que echabas de menos al médico cercano. En más de cuarenta años de cotizante de la Seguridad Social ni siquiera recibiste la visita de ninguno de sus galenos.

-Con la de trabajo que tendrán- pensabas-¿Cómo les voy a llamar por una simple vomitera?

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La fuerza de Darth Vader quebró con tu puñetera neoplasia y dejó de acompañarte, pero como no hay mal que por bien no venga fue entonces cuando perdiste el pudor y solicitaste la ayuda de esos médicos que, dentro o fuera de tu seguro eran tus amigos. A tu otorrino de confianza, Paco Isasa, a quien no veías desde el colegio, te lo reencontraste veinte años después trotando a tu lado entre la nube de corredores que corríais la Maratón de Madrid, y desde entonces lo llamas sin reparo alguno cuando lo necesitas. Vitín L. Barrantes, que es dermatólogo, te hace encantado la ITV de la carrocería, y te anima cariñosísimo con la autoridad añadida de haber superado su propio susto y ser un hombre feliz. El cirujano Vicente F. Nespral te arregló en su día la fontanería interior (e inferior), y es tan eléctrico atajando tus males como poniéndote en contacto con el especialista que haga falta. José Antonio Serra, que es geriatra, está abierto hasta al amanecer `para examinar tus vergüenzas y despacharte recetas adobadas con sentido del humor.

-Lo del reconstituyente  me parece bien. Lo de la muñeca hinchable –dice sin perder un ápice de su ironía- excesivo.

Y finalmente tienes a Quico L.I., que es psiquiatra,  que lleva años luchando denodadamente contra su propio bichito  y que coincide contigo en el campo los fines de semana. Tal vez por eso se ha convertido en tu mentor y supervisor, como si él fuera el prior y tú el misacantano tumoral. Qué cosas.

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A Quico le debías un detalle, pero no es hombre fácil de regalar, pues él bebe Coca-Cola en lugar de vino, y además se ha comprado ya todos los caprichos más o menos útiles que normalmente apetecemos los hombres. Así que decidiste que más que un regalo le cuadraba un homenaje. Podías haberle encargado un busto, con el riesgo de que al artista de turno le saliera un engendro como aquel del pobre Mingote que se cita en este post, y además no tenías presupuesto Tiraste de imaginación y entonces se te ocurrió una instalación, que ese neologismo mágico con el que los artistas modernos presentan sus creaciones o sus camelos, que pueden ir desde una docena de latas de tomates ensartadas por un alambre en torno a la escafandra de un buzo –qué genial- hasta tres escarabajos peloteros disecados sobre un tablero de parchís. Asombroso, sobre todo si los escarabajos van pintados de turquesa y oro y el título de la instalación es Tres lanceros bengalíes.

 

-No te pongas estupendo- sentiste que te decía entonces Pepito Grillo- y no te comas el coco. Que Quico es más sencillo de lo que tú piensas.

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Entonces pensaste en lo mismo que probablemente te hubiera gustado a ti, un modesto juguete de hojalata y un mensaje ad hoc, como queriendo decir que lo importante no es el valor del objeto en sí, sino su significado. Pillaste una ambulancia de los años sesenta, una caricatura suya, una foto de Gredos como marco de vuestros encuentros, y con la ayuda de tu sobrina Alicia y tu sobrino Ramón instalaste, y valga en palabro, todo esto en una caja de madera cerrada por una tapa de cristal. Lo demás fue leer el soneto en medio de un pequeño festejo entre amigos. El soneto, titulado La ambulancia de Quico, dice así

¿Por qué será que Quico, o don Francisco,

doctor en los problemas de la mente

siempre te atiende, amigo y diligente,

te duela tu locura o tu menisco?

¿Por qué no hay nieve ni rayos ni pedrisco

que frenen su atención hacia el paciente?

¿Por qué cura su optimismo impenitente

Hasta el mal más dañino y levantisco?…

La respuesta no está sólo en su ciencia,

sino en algo de aún más importancia.

Buen galeno, acude con urgencia

y para atajar cual sea tu dolencia

te acoge en su mágica ambulancia

y te inyecta cariño en abundancia.

La instalación no es para que figure en el Reina Sofía, y el soneto no hace sombra a los de Quevedo. Pero con ellos no hablaba un artista, sino sólo un amigo agradecido que mejora día a día gracias a la medicina del alma.

La chica del Austin

...Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai

…Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai lleno de buenos deseos

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Tú no controlas. Es imposible que sigas el devenir de toda la gente que has ido conociendo a lo largo de tu vida, de aquellos amigos de la infancia con los que jugaste, tus compañeros de colegio, tus colegas en la mili, en la Universidad, en el trabajo, de las chicas a las que admiraste o con las que saliste Digamos que a todos los has ido filtrando por el colador chino de la memoria. Unos se escurrieron sin dejar rastro y otros se quedaron agazapados en el cedazo de tus recuerdos, y se convirtieron en materia de tu inconsciente. Porque resulta que tú no crees ser más que tú, una isla, pero nadie es una isla absoluta, y todos mantenemos, aún sin saberlo, un punto de contacto con alguien.

A veces ese alguien reaparece inesperadamente.

-¿Don Luis Figuerola-Ferretti?-preguntan por el telefonillo-Traemos un envío para usted.

Hace falta ser un auténtico sabueso del Madrid arrabalero para descubrir tu palomar en ese barrio dédalo donde vives. Pero el mensaje debe de estar guiado por el radar del cariño, y aunque a esas horas tardías de un viernes de Dolores nunca se espera ya reparto alguno, te han dejado en casa un bonsái bien guapo con un mensaje lleno de buenos deseos para tu curación. Lo firma una chiquilla –ya no tanto- a la que en cincuenta años no habrás visto más de dos o tres horas, una en Madrid, otra en un Rastrillo de Oviedo, ciudad en la que reside y desde la que se ha movilizado por ese imperativo categórico  de  nostalgia amable que impone la recherche du temp perdu.

-Riégalo, recórtale las puntas y cuídalo con cariño. Te ayudará a curarte- dice el tarjetón.

Añade un beso y la firma de Cristina Palau.

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No era precisamente un hotel sofisticado del Club Mediterranée, sino más bien una colonia de veraneo popular en medio de un pinar a los pies de Gredos, en  Arenas de san Pedro. Las pequeñas casas se alineaban en forma de U formando una especie de patio de cortijo, en medio del cual crecían seis enormes plátanos que sombreaban los juegos de la chavalería, y que permitía a ésta, cuando ya picaba la pubertad, trepar a las ramas y tallar en su corteza a punta de navaja los amores del verano. Juan y Teresa, decía una inscripción con un corazón atravesado por una flecha. Alvarito y Carmen, decía otra. Mariví y Chiqui, indicaba otra. Y otra, y otra, y otra. Los viejos árboles, tan frondosos, no sabían si llorar las cicatrices por el dolor que les marcaba la piel o por la ilusión que albergaban en su ramaje.

-Juventud, divino tesoro-silbaba el viento entre las ramas de los plátanos poblados de púberes rampantes.

Veraneaban en aquella colonia varias familias  fijas desde hacía años. Entre otras, la tuya propia. Pero crees que fue en julio de 1960 cuando apareció por primera vez por allí un Austin verde del año 1950 cargado de novedades

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El Austin era de Antonio Palau, un inquieto leonés de La Bañeza que había inventado un método fotosilábico para iniciar a los niños en la lectura, un genio de la pedagogía. Antonio estaba casado con Loli, y tenía cinco hijos: Toñín, Mariví, Cristina. Montse y Mónica. Salvo Toñín, que jugaba al fútbol en los partidos de por las tardes, y Mariví, melena rubia de muchacha en flor, los hijos del maestro Palau te quedaban muy pequeños, incluida Cristina, que era de la edad de tu hermana la menor.

Pero los años igualan. Me dio siglo después la amiga de tu hermana, es la señora que te envía el bonsái para que te repongas pronto. Ella también tiene lo suyo: desde hace tiempo sufre demasiado por la vida, sin más razones que la propia sinrazón que es muchas veces la existencia.

-Yo tampoco estoy bien -te dice- Pero me ha impresionado saber que estás como estás, porque en aquellos veranos de Arenas yo ya admiraba tus imitaciones. Y quería animarte.

No sabes qué partido le podría sacar una niña de entonces a una caricatura de Franco, que no era precisamente gracioso como los payasos de la Tele. Tampoco tienes claro en qué medida, do ut des, puedes ayudarle ahora a que queme los demonios que le rondan y se anime, y se libere finalmente de su depresión. Así que sólo te has atrevido a decirle que muchas gracias, que el bonsái te ha emocionado por lo que significa. Y que por un momento, al verlo tan verde, has creído que volvía el Austin modelo 1950 en el que la conociste, que también era verde.

Le dijiste que escribirías de esto en tu blog, y no le vas a fallar. Así que el viejo Austin, que ya entonces era casi una antigüedad y por eso te gustaba tanto, llega, se detiene, se abren sus puertas y de él se baja Cristina. Tras ella, un inmenso cargamento de ternura que cambia tu desazón por esperanza. Qué suerte que vuelvan también las amiguitas de la infancia.

Boccherini se salva de los tigres

Frente al edificio donde se celebraba el concierto había un par de tigres como este, pero cenaron su dieta normal…

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Frente al edificio del Centro Cultural Josefina Carabias se podía ver una pareja de enormes tigres que esperaban paseando de un lado a otro de su pequeña jaula su turno para el numerito de las fieras. La villa de Arenas de San Pedro ofrecía eL pasado sábado alternativas. Los niños y los adultos con espíritu de Ramón Gómez de la Serna seguramente elegirían la función de un circo ambulante que paraba en la noble villa abulense. A sólo unos pasos de los malabaristas, los clowns, los augustos y las fieras, los amantes de la música clásica tendrían la oportunidad de asistir al concierto que cerraba el IV Festival Boccherini, en el que el conjunto La Ritirata iba a interpretar más de una docena de piezas de músicos italianos en la Corte Española. Entre ellas, naturalmente, el célebre pasacalle de la Música nocturna delle strade di Madrid. Sí, claro, ese que interpretaban al final de Master and Comander los dos oficiales de la marina británica. Otros tiempos, otros gustos.

Antes del concierto, y después de leer al público una breve biografía del grupo ejecutante, este bloquero, que hacía las veces de presentador, cedió el micrófono a Josetxu Obregón, director artístico y cellista del grupo. Josetxu es un joven mocetón bilbaíno con un currículo brillante, y una técnica y un gusto musical exquisitos. Tampoco le falta el sentido del humor.

-Estamos encantados de tocar en este festival –dijo con una gran naturalidad- Pero si no les gusta nuestra actuación nos pueden echar a los tigres, que les quedan muy cerca.

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El bloguero se acordaba de que en los pueblos españoles como la Arenas de san Pedro que conoció de niño lo de los tigres era un lujo inalcanzable. A los toreros malos lo tradicional era echarlos al pilón. También recordaba el griterío de las mujeres del pueblo en las capeas de las fiestas de agosto. Allí no se tiraban cabras por el campanario de la iglesia, como en otros pueblos, ni se alanceaban toros como en Tordesillas, pero sí recuerda que en una verbena en el interior del recinto del Castillo se lanzó desde las almenas a un pollo por el que peleaban los mozos del lugar. En aquellos tiempos un pollo era el sueño de Carpanta, y un premio importante. Pobre pollo, a saber qué final tan cruel le esperaría..

Afortunadamente la actuación de la Ritirata fue impecable, el concierto fue un éxito, y los músicos no sólo no fueron arrojados a los tigres, sino que recibieron aplausos y bravos. Y comprobaron que aunque pintan bastos para los espíritus sensibles –para todos, más bien- aún sopla un hálito que mantiene viva la llama de la cultura.

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Visto que este duende vuelve a aparecer tímidamente en los medios ya está haciendo hueco en su apretadísima agenda para los importantísimos encargos que en poco tiempo le van a llover. Presentador de los Juegos Florales de Valdenabos de Arriba, pregonero de la Makro Karrera de Sakos de Uzkarrandieta, miembro del jurado de Miss Villalejos, mantenedor de las Justas del Membrillo en Celemín del Segorbial, tertuliano de honor del casino de Capamulas, etc. Todos serán para para presumir, seguro, y no rechazará ninguno. Pero este de haber sido presentador del Festival de Boccherini en el pueblo de sus ancestros y en un momento de tanta penuria económica y de decaimiento de la moral colectiva le llena de particular orgullo.

Porque no todo va tan mal, caramba. Ahí, en esa villa abulense un par de mujeres llamadas Carina e Isabel han agitado la memoria del compositor italiano y de su mecenas, el Infante Don Luis, para movilizar al Ayuntamiento y a siete comerciantes del lugar y financiar un fin de semana musical que daría lustre y prestigio allí donde se celebrara. Sorprendentemente, dos conciertos a precios popularísimos -el ya comentado y el del Cuarteto Armónico, también estpendo, que actuó el viernes- una conferencia y la organización de una cena de clausura en el elegantísimo Palacio de la Mosquera fueron posibles con un presupuesto que debe de equivaler a lo que se gasta cualquier futbolista del Madrid o del Barça en una noche de cubatas.

La conclusión es que aún en tiempos de crisis habrá cultura mientras sobreviva la sensibilidad y haya gente ilusionada por hacerla accesible al pueblo. Porque este sabe apreciarla, y no echaría los músicos a los tigres aunque estos estuvieran tan cerca de Boccherini como lo estuvieron el pasado sábado.

Verano 14. Un interludio de Boccherini

El Festival Boccherini se celebrará en Arenas de san Pedro los días 28 y 29 de septiembre de 2012. Una conferencia a cargo Paloma Olmedo sobre “Boccherini y el Infante Don Luis”, dos conciertos, una Cena Dieciochesca en el palacio de la Mosquera y una Excursión al Monasterio de Yuste integran el programa. Los precios son popularísimos. Y este Duende es el encargado de presentarlo…

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Viajar en soledad no sólo te le lleva a los lugares que espontáneamente te pide el cuerpo. Esa es la ventaja de no tener que dar explicaciones a nadie: te permite también asomarte a las regiones del alma a las que te puede invitar un recuerdo, un pensamiento, un nombre que ves en un cartel, una noticia, una llamada de teléfono.

En pleno horno veraniego al bloguero le sorprendió una llamada de Carina Ferrer Sauermann, canaria de origen alemán residente en Arenas de San Pedro. Estas mezclas de orígenes distintos y distantes, que diría Leopoldo Calvo-Sotelo, enraizadas donde menos se espera, siempre le han interesado al bloguero. Cree que con fenómenos migratorios semejantes se forjaron los Estados Unidos, primera potencia mundial a pesar de todo, y quizás por la riqueza que aportan los mestizajes. Carina apareció por esos pagos por una cuestión de amor. Al que sería su marido, un hijo de Arenas al que el valor y otras virtudes se le suponían, se lo rifaban las lugareñas y las señoritas de Madrid, mayormente cuando le veían pasear con su uniforme de piloto militar. Ahora Carina alimenta en Arenas otros amores. Tiene hijas y nietas que paran por ahí, en una de las pocas casas tradicionales del pueblo antiguo que permite ver por sus ventanas únicamente lo mejor de la villa: el pico de la Mira al fondo, el paisaje de roca y pinos de la sierra de Gredos, el Palacio de la Mosquera en el lado opuesto del valle y la torre renacentista que remata la iglesia parroquial de la Asunción, edificada sobre una base gótica. También tiene otra pasión que es también una dedicación de muchas horas. Se llama Boccherini.

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-¿Te gustaría ser el presentador del Festival Boccherini?-le dijo por teléfono a este bloguero errante.

Carina es la presidenta de la Asociación Boccherini de Arenas de San Pedro. Si la presencia de una canaria hija de alemana en un pueblo del sur de Ávila puede resultar curiosa, no digamos lo sorprendente que debió de ser en el siglo XVIII la de un compositor italiano nacido en Lucca que vino a España siguiendo a una soprano y se enroló en la corte de don Luis de Borbón, que también –oh casualidad- eligió este lugar para establecerse. Cherchez la femme y el temor de Carlos III por las posibles aspiraciones al trono de los descendientes de su hermano y se encontrará respuesta a lo que a priori parece un cierto enigma. Ahora que se escriben tantas novelas históricas, aquí hay una muy palaciega de amor, de celos, de recelos reales, de viajes y de sueños de cortes paralelas. Y todo con el protagonismo de figuras humanistas como las de Don Luis y la de Boccherini, que compuso precisamente en Arenas su famoso Quinteto que convirtió la Música nocturna para las calles de Madrid en una de las piezas dieciochescas más recordadas por el personal. ¿Verdad que promete?

Como promete, incluso en tiempos de vacas no ya flacas, sino medio anoréxicas, el Festival por el que tanto trabaja la amiga Carina.

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Al final, como la Torre de la Iglesia de la Asunción, como el anclaje de Boccherini en Arenas, como Carina o como este mismo bloguero, todos somos depósito de los siglos y fruto de los mestizajes.

-¿Y por qué me invitan a presentar ese festival? –se preguntaba el Duende- ¿Y qué pinto yo allí?…

Porque él es aficionado a la música clásica, cierto, pero no un especialista. Y amante de la historia, cierto, pero nada ilustrado. Y algo así como periodista o comunicador, pero sin cara televisiva, que es lo que vende. Y además veraneó muchos años de su infancia en Arenas, seguro, pero como tantos otros. Y fue pregonero de sus fiestas cuando realmente se le escuchaba en la radio, aunque ya quizás nadie se acuerde del pregón. ¿Bastan esos títulos para hablar del gran Boccherini con un mínimo de solvencia?

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En esas dudas estaba cuando se le ocurrió bucear en su linaje y recordar que un cuarto de sí mismo procede de un contemporáneo de Don Luis y de Boccherini que sin duda convivió con ellos en el Palacio de la Mosquera. Pues sucede que él lleva el apellido Lletget en cuarto lugar, y es chozno de don Diego Lletget y Maixer, que según unos libros fue sotaayudante de la furriera en la corte de don Luis de Borbón. Este hombre casó con una arenense, fue padre de don Diego Lletget y Pérez del Olmo, catedrático de Farmacia, y murió en la villa de la Triste Condesa probablemente después de haber servido al autor del famoso Minuetto y de la Ritirata más de un aperitivo, pues aquel cargo tan rimbombante debía de ser algo así como jefe de intendencia o, como mínimo, sommelier de palacio. Menos prosapia da una piedra.

Para más curiosidad enrevesada Lletget y Maixer era un catalán de pura cepa. ¿Qué hacía en siglo XVIII un catalán por Arenas de San Pedro? Item más: ¿por qué se llamaba Lletget, que en catalán significa literalmente Feíto, siendo así que en la familia, aunque no constan misses de belleza reconocida ni Apolos notorios tampoco éramos tan horrorosos? Misterios de la vida misma, y de algunos países tan ricos en sociología variada como es España.

Hé ahí el sedimento de los siglos y el mestizaje, la misma historia de la Torre de la Iglesia de Arenas, de la estirpe de Carina y de la de este presentador del Festival Boccherini, para servirles. Sin negar que él también se llama Lletget, que significa feíto, puede asegurarles que tanto la historia de Don Luis de Borbón, de Boccherini, y del palacio de la Mosquera, como el Festival de Música que el último fin de semana de septiembre se celebrará en recuerdo suyo quedarán muy requetebonitos. Hay planes mejores, pero probablemente no tan dieciochescos y mucho más caros.

VERANO III. De los titiriteros a Shostakovich

Aquellos títeres de verano no tenían ni el glamour ni el encanto que tenían los de la película Lilí…

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De repente una noche de verano aparecían los títeres.

Aquel aprendiz de contribuyente creía que los títeres tenían más lustre. Quizás había visto ya la película Lilí, y esperaba a la encantadora Leslie Caron bailando con Reinaldo, que era un títere humanizado, cosas del cine. Ay Lilí, ay Lilí, ailó, era lo que cantaban y luego repetíamos a coro después de ver la película..

Era una película muy cursi, pero bonita, de las que se quedan grabadas en la memoria. Al día siguiente de verla, el Duende se quería casar con la artista, o sea, con Leslie Caron, cosa que le pasaba cada vez que la heroína era guapa y le gustaba. Nunca se casó con ninguna. Ni con Leslie Caron, ni con Pier Angeli, ni con Audrey Hepburn, su favorita. Ni siquiera con Encarnita Fuentes, que era la protagonita de Recluta con niño, una de las películas más maravillosas de aquellas infancias. En la película, Encarnita hacía de ciega, lo que le añadía a su encanto aún más ternura. Además la actriz era española, como de Salamanca, lo que a priori le situaba más asequible. Pero nada, no la conoció personalmente, no dio con ella, no tuvo ocasión de declararse. Estaba de Dios que las artistas de cine no eran para él.

Aunque hablábamos de los títeres. ¿Quién puede imaginarse lo que era una función de títeres en aquel paraíso para las chicharras que era Arenas de san Pedro en 1953?

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Los títeres eran en la casa de Román. El Duende nunca supo quién era Román, sólo que este tenía una casa algo más aparente que las de entonces con una torre y un jardín muy simple:unos geranios flanqueando y una pista de tierra donde se celebraba la función. Allí, bajo la luz de una única bombilla un titiritero tocaba la trompeta y otro jaleaba a una cabra para que se subiera a un taburete. Eso eran los títeres. Sin Leslie Caron, ni muñecos humanizados, ni princesas, ni fantasías, ni nada que recordara a eso que después se llamó glamour. Los veía el Duende en una silla de paja de esas que usan las viejas de los pueblos para coser a la puerta de su casa. Como en tantas cosas en la vida, era mucho más la ilusión que la realidad. En realidad, los títeres sólo servían para que a los niños les dejaran trasnochar.

Unos cuantos veranos después apareció por allí Daja Tarto, nombre artístico de un tal Tortajada Ese sí que era un artistazo. Llevaba incluso un frac abrillantado por el uso, rompía bombillas y se comía sus añicos como si fueran cañamones fritos. Era el único fakir que el Duende conoció en su vida, pero en lugar de vestir como Gandhi se trajeaba como un gentleman venido a menos. Un toque de distinción. Por cierto, si las bombillas que se comía eran Osram quizás no supiera que su fabricante también enrevesó su apellido. Osram al revés es Marso, probablemente con acento en la ó, como el marido de Concha Velasco que en paz descanse.

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Qué locas noches de verano. Se acordaba de ellas el Duende mientras en la iglesia de Soto de Luiña, una pequeña aldea asturiana, escuchaba al cuarteto Arché interpretando el Cuarteto de los pájaros de Haydn y, más sorprendente todavía en un programa que uno hubiera presumido facilón, un cuarteto –precioso, por cierto- de Shostakovich, que no es precisamente José Luis Perales. El clero no siempre es partidario de la música clásica en las iglesias. A veces prefiere el guitarreo y los desafines en mi bemol mayor de las beatas, pero se equivoca, porque un buen concierto, aparte de envolverte en esa oración universal que es la inspiración de los genios, te ofrece el tiempo para estudiar detenidamente cada una de las imágenes, retablos, pinturas y símbolos que adornan los templos. Incluso puede proyectar las almas a las alturas, y dejarlas a las puertas del cielo. No es mala ayuda para quien busca la fe. Quizás por eso el público escuchó al cuarteto Arché con una devoción y un respeto imponentes.

El bloguero, además, reflexionaba y comparaba con aquellas lejanas noches de titiriteros. Cuánto han cambiado España, cuánto la sensibilidad popular. Cuánto él mismo, observador de veranos, y cuánto sus propios gustos. Ahora en este país casi todo es sombrío, pero en algunos aspectos podría decirse – y perdón por la provocación- que estamos mejor que nunca.

El gozo de hacer un jardín

Como esta dama del cuadro de Monet, la protagonista de esta historia también ha sabe del gozo de pasear por el jardín que has ido haciendo con tanto cariño....

Según Bondovío de Parpignac, filósofo, poeta, y polemista del siglo XVIII –no buscar en las enciclopedias, porque este nombre se acaba de inventar ahora para darle más autoridad al pensamiento que sigue- una de las vías más seguras hacia la felicidad que puede emprender el hombre es construirse un paisaje a su gusto.

Algunos elementos de éste, cierto es, escapan a sus posibilidades. Un mar, una montaña, una sierra, un desierto, un lago, una playa, un acantilado, un lago o un río son caprichos del Gran Arquitecto. Pero la voluntad y la mano humanas pueden acotar un punto de vista de la naturaleza que las rodea y embellecerla. Otros llaman a esto jardinería. O, más pretenciosamente, arquitectura del paisaje.

A eso se dedica afanosamente desde hace cuarenta años la señora Belén Bardají, que en algún directorio de la nobleza de España figurará como Condesa Viuda de Pinofiel, pero que en su pueblo, que es Arenas de san Pedro, aún es conocida como la Maribel. La Maribel era una moza morena, espigadísima y reidora. Se casó con un primo del Duende en una boda a la que éste acudió de pantalón corto, y hoy es una floreciente abuela mantenedora de uno de los jardines más hermosos y meritorios que uno recuerda. Por eso lo de floreciente, observen la perspicacia.

La señora Belén se ha propuesto ir a contrapelo de la tendencia natural de su pueblo que, como muchos otros de España, ha hundido sus encantos en los horrores de la moderna construcción urbana. ¡Ay si Don Álvaro de Luna, el de su castillo, y el infante Don Luis de Borbón, el de su palacio neoclásico, levantaran la cabeza! Y qué decir de la Triste Condesa. Vamos, que resucita ahora y solicita cambio de nombre.

-Por favor, señores munícipes. Si no les sirve de molestia, llámenme la Desesperada Condesa.

Afortunadamente para la señora Belén –que, aunque es condesa viuda no es nada triste ni desesperada, sino todo lo contrario- Arenas de san Pedro queda a sus pies. En una pequeña tierra que heredó de su padre en los alrededores del pueblo, justo antes de que la carretera caiga en el hoyo donde se erige el casco urbano, se hizo una casa y, a su alrededor, un auténtico paraíso botánico que es el oasis del viajero estival. Por ahí se dejó caer también este observador itinerante, que aún recuerda su momento germinal. Apenas había entonces unos pinos –hoy enormes-, algún membrillo y, cómo no, la fabulosa higuera con tronco en forma de sirena mitológica que hoy es una de las peculiaridades  más asombrosas del jardín.

Lo demás es el milagro de los que saben construirse un paisaje a su medida. No se sabe si será la corriente de agua  que circula bajo tierra o la mano amorosa de su cuidadora. El caso es que desde ahí el paisaje de Arenas de san Pedro consigue eludir las miserias del cemento y el ladrillo para ofrecer una estampa única de la sierra de Gredos festoneada por las flores de color fucsia de los árboles de Júpiter y los verdes variados de las múltiples especies arbóreas; arces, cipreses, melias, tilos, robles de Virginia aclimatados al tórrido verano arenense, acacias. Y arbustos como el rododendro, o el camelio. Y flores, miles de flores.

Lo grande de todo esto es que, según la señora del jardín, un bosque como el que crece ahí puede hacerse en sólo cuarenta años. Es algo más que el plazo que se tomó el Señor para crear el mundo. Pero no hay atajo sin trabajo, y, como diría Bondovío de Parpignac -y si no lo dijo él, lo dice este menda- hace falta la paciencia, voluntad y, sobre todo, el cariño de Belén para emular la obra del Creador. O sea, para  dibujar los pequeños paisajes  hermosos (léase jardines) que Él no tuvo tiempo de hacer.

Treinta y cinco años tampoco son nada

En algunos casos, te miras en las nubes que pasaron hace tanto tiempo y te sigues reconociendo en ellas...

Reencuentra  en Bilbao el Duende a uno de esos primos-amigos que van cosidos a su biografía con un hilo irrompible.

Incontables experiencias juntos. Memorias de asfalto y de campo. El mismo colegio en Madrid, el mismo paraíso entre los pinos de Arenas de san Pedro o en los encinares del Monte el Rincón. Recuerdos  de pan con chocolate, de pescar juntos, de perseguir lagartos antes de que fueran especie protegida,  de ir al cine, de colarse en alguna exposición con cocktail  que servía José Luis –entonces un canapé era un tesoro- de su primera motocicleta, de subir al  pico de la Mira y  compartir la tortilla de patata en el Prado de las Pozas, de leer al calor de la chimenea las viejísimas ediciones de las novelas de Julio Verne o los tomos de la maravillosa revista Alrededor del mundo encuadernadas en piel y ya casi desvencijadas por el uso, del Charco Verde, de alguna niña que ya apuntaba tetitas. (De esto, menos. Él era aún más piadoso y paradete que el Duende)

Pero aunque guardaban un cierto parecido físico, ambos rubiascos y cruditos, había entre elllos diferencias.  El primo-amigo Manuel tocaba a la guitarra el Romance Anónimo de Juegos prohibidos y estaba dotado de muy buena cabeza. Era lo que se dice un matriculín, y además con dieciseis año su padre le mandó a estudiar un verano en Inglaterra. Él firmaba la primera postal que el Duende recibió de esas tierras, que entonces se le antojaban tan lejanas y misteriosas como la Antártida. El Duende sabía que iba a tardar muchos años en viajar tan lejos,  de modo que guardó aquella postal tal que si fuera la pluma del gorro de Robin Hood.

El primo Manuel no era hombre de muchas palabras, pero todas las aplicó bien. Se hizo arquitecto y se casó con María, matrícula de Bilbao, como la película de  Wajda. Y se instaló a orillas de la Ría. Allí tuvo que apretar los dientes y aguantar  lo suyo, que fue lo fácilmente imaginable y algún tumor desaprensivo que aún le tuvo más amenazado. Pero  nunca se recibieron noticias de que desmayara. Entretanto, los dos viejos primos-amigos  apenas se vieron. Habían creado sendas vidas nuevas. Carreras por completo distintas, hijos que les  crecieron a cada uno sin que el otro apenas se apercibiera de ello, nietos de los que poco saben uno del otro.

-¿Te has fijado que apenas hemos nos hemos comunicado durante  más de treinta y cinco años? – comentó el Duende.

Y sin embargo ahí estaba, invitado en  la bonita casa del primo-amigo Manuel, tan fresco.  Manuel ya cumplió casi todos sus deberes, e  inicia ahora  con María  y con su barquito una plácida jubilación.

Hablaron entre ellos como si se hubieran visto la semana pasada, con una naturalidad que no dejaba de chocar después de tanto tiempo sin compartir aventuras.  Se acordó el Duende de la  letra del tango, y pensó que a veces  las fcanciones se quedan cortas.  Para unos buenos compañeros de infancia -esa edad prodigiosa donde el alma es aún se está horneando como un pan- veinte años  años no son nada. Pero treinta y cinco tampoco son demasiados.

Mi Bahamontes de cabecera

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Los más viejos lectores de MARCA recordarán Marcelino pan y vino, primero cuento y luego película. Era un niño imaginado por José María Sánchez Silva que aparece abandonado a la puerta de un convento, se cría al amor de los frailes y, que,  además de fantasías en su cabeza, guarda en una cajita  sus tesoros particulares: el tres de copas de la baraja, unos botones metálicos de uniforme militar, un cepo para pájaros y una pata de gallina. Qué ternura, lo que podía ilusionar a un galopín de entonces.

Muchos años después, Amelie, la exitosa heroína de la película de Jean Pierre Jeunet, descubre bajo una losa de su cuarto de baño una cajita de hojalata. La caja contiene otros tesoros  guardados cuarenta años atrás. Entre ellos, un ciclista de plástico… ¡exactamente igual al que veneraba yo cuando Bahamontes ganó  el primer tour de Francia para España! Qué recuerdos.

Mi ciclista tenía su historia. En la década de los cincuenta sólo se podía seguir el ciclismo por el MARCA, la radio y el NO-DO. Para jugar a ciclistas, se juntaban las puntas de los dedos de las manos, se plantaban éstas sobre el terreno del patio del colegio y se trazaba una carretera en la tierra. En ella, percutiendo el dedo índice sobre las chapas bautizadas con nombres de ciclistas, se simulaba, golpe a golpe, la etapa del día. Para hacer más vistosa la carrera, compramos unos ciclistas de plástico que acompañaban el viaje de las chapas. Y así reproducíamos en miniatura la famosa “serpiente multicolor”. Ni el Scalextric, ni las  videoconsolas, ni  el IPOD  de moda habrán podido resultar tan apasionantes como nos parecía a nosotros aquel juego de niños.

En 1959 el abajo firmante pasaba el tórrido verano arrullado por las chicharras de los pinares de Arenas de San Pedro. Para bañarnos en el Charco Verde, había que subir por una carretera estrecha y tortuosa. Aquel mes de julio se barruntaba que Bahamontes, el Aguila de Toledo, ya varias veces Rey de la Montaña en el Tour, podía subir al podium del Parque de los Príncipes luciendo el anhelado maillot amarillo. Qué emoción. Nosotros seguíamos jugando a las chapas y sudando la gota gorda a lomos de una bicicleta Orbea. Pero algo sublimaba nuestro esfuerzo. En realidad, aunque íbamos a bañarnos, creíamos coronar, con Federico, el Puy de Dôme o el Galibier. Resoplábamos como cerdos conducidos a la matanza, y llegábamos al río Pelayo exhaustos. Era el precio de querer ser copartícipes de la hazaña.

Supimos que ésta se había consumado porque un domingo, al regreso, paramos en  el pueblo y los padres, que nos esperaban allí y que normalmente sólo invitaban a un vaso de gaseosa y patatas fritas, aquel día se estiraron y nos pagaron una Coca-Cola y unas gambas al ajillo. O sea, el despiporren. Lógico: un tipo enteco y renegrido que se había forjado en carreteras como las nuestras era el primer español en ganar el mítico Tour de Francia. Ese mismo día cogí mi Bahamontes de plástico que tantas metas había había cruzado de mi mano, y utilizando un pincelito de esmalte de uñas le pinté el maillot amarillo con el que ya pasaba a la historia. Puede parecer ridículo, pero durante años figuró en mi mesilla de noche junto a la Virgen de Fátima fosforescente que velaba mi inocente sueño. Dios, su madre y “el Aguila de Toledo”, todos me parecían la misma inmortalidad.

Se lo diré el martes, cuando acuda al merecido homenaje que le va tributar MARCA por el medio siglo de su proeza. Al igual que el niño de Amelie, perdí con los años a mi ciclista de juguete, mi Bahamontes de cabecera. Pero como compensación habré podido saludar al hombre que hace medio siglo se convirtió en el primer mito de nuestro ciclismo.

La Velo Solex

¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?...

¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?...

De vez en cuando aparece una pavesa  del pasado y nos recuerda que el tiempo vuela. Suele ser un flash amable, porque la memoria es selectiva, y borra fácilmente las huellas tristes.  Hace unos días el Duende evocaba cómo a los diecisiete años dio en la mesa de trabajo de compañero Pepe Cruz Novillo con  un juguete ya imposible de encontrar en las jugueterías.  Era el autobús de hojalata de RICO, amarillo y rojo, tan patriótico, tan sencillo, tan bonito. A esas alturas de la vida, se había convertido casi en una antigüedad. Fue verlo y emprender lo que Marcel Proust describía tan minuciosamente después de morder la magdalena famosa. O sea, la búsqueda del tiempo perdido.

El Duende tiró de él con un cordel invisible que arrastraba una ristra de juguetes ya fuera del mercado. Otros amigos suyos miran a otro tipo de juguetes. Manuel Gasset, por ejemplo, pertinaz conservador de todo brillo crepuscular, mima con esmero un precioso Morris Minor de mitad del siglo pasado. Es de color verde, coqueto y proporcionado, fiel representante de una estética donde el utilitarismo todavía convivía las formas clásicas de las berlinas. Se abrían sus puertas y de él podía salir David Niven, Trevor Howard o James Mason, galanes ingleses de la época. Hoy el que sale -y sólo en ocasiones solemnes, como bodas y bautizos- es Manuel. Peina y viste más o menos como aquellos, porque sigue mirándose en los escaparates de Saville Row, pero se ve que es actual porque ahora lleva en su coche joyita un GPS. Renovarse o morir.

Este puente Manuel y Tatala, su encantadora y más que santa esposa, le habían invitado al Duende a  su bonita casa de San Sebastián. Oficialmente el pretexto era disfrutar de unos días que el INM pronosticaba soleados y tranquilos. La realidad es que Manuel quería pasar a Francia y rescatar ese ciclomotor prehistórico cuidadosamente restaurado por un manitas en Bayona. Como el Duende  también tiene el MNI  (Mastes en Nostalgias Inútiles), aceptó de buen grado.

Esta bicicleta con motor que transmite su potencia a la rueda delantera es negra, y  tiene una estética parecida a la de las hormigas voladoras. En realidad se asimila más a aquella motocicleta con la que los héroes del Alcázar de Toledo molían la harina para hacer el pan que a otras míticas, como las  de Easy rider o aquella otra con la que se fugaba Steve Mac Queen en La gran evasión. Pero las motos antiguas, como los juguetes, quedan en el corazón por los recuerdos que traen del pasado. Y el Duende no olvida la envidia que le daba otro amigo de los veranos de la infancia, también llamado Manuel -más bien Manolón- propietario de una Velo Solex en la que iba de Madrid a Arenas de San Pedro. Tardaba cinco horas por la carretera Alcorcón-Plasencia , y viajaba, naturalmente, sin casco, porque no era obligatorio, y no había mayor placer para el motorista que sentir el golpe de aire en la cara y respirar así  la libertad.

Claro que entonces éramos más que jóvenes. Y a ver quién le explica a Manuel Gasset que, a la velocidad de su flamante Velo Solex, es difícil volver atrás por el túnel del tiempo.

Bermejo o el arte de callarse y hablar a tiempo

mariano-fernandez-bermejo-ministro-de-justiciapreview1Lo malo del poderoso es que impresiona tanto a su alrededor, que nadie se atreve a denunciar sus excesos

-¿Por qué nadie le paró los pies a este ministro?-le preguntaba la tía Clota a su sobrino.

-El poder nos ciega a todos. Hasta que se pasó, e incluso los suyos empezaron a fallarle.

La tía Clota le guardaba una cierta simpatía a Mariano Fernández Bermejo. Más que nada, porque es de pueblo, como ella, y aún en los años en que nació el hoy ex ministro eso de ser de pueblo y llegar tan alto era un meritazo. Además, una vez que fue de excursión a la Villa de Mombeltrán con unos amigos y pararon en la gasolinera de Arenas de san Pedro, ella tuvo que hacer uso del cuarto de baño y lo encontró limpísimo.

-Buena señal, y más en España -puntualizó la tía- Pero claro, la cacería, lo de no tener licencia, cenar con ese juez…¡Matar ciervos cuando a tu presidente aún le llaman Bambi…

Bendita ingenuidad.

La tía Clota sabe que el hoy  ex ministro es hijo del dueño de la gasolinera de Arenas de san Pedro, y que el señor Fernández estaba en las antípodas ideológicas de su hijo. Porque la sangre izquierdista le viene de su abuelo materno, don Emiliano Bermejo, dueño del Colegio del Carmen, un edificio con mucho encanto y un gran jardín que fue derribado por la piqueta para albergar unos horribles bloques de viviendas.

-Pero ya ves, tía. Legalizaba o ilegalizaba ANV, a conveniencia del Gobierno. Comprometía a Montesquieu a dos por tres. Y como era mordaz y daba caña a la derechona le jaleaban. Uno deslumbrado por el poder y otros porque no quieren ver…

-Pues acabo de escuchar a Victoria Prego, que tiene muy buen criterio, y dice que es un hombre muy inteligente y de gran preparación…

-Y simpático -añadió Homper-Que me lo ha dicho un amigo que le conoció en su juventud.

También le contó el amigo que el ex ministro tiene una hermana que se llama Pepita y era de las más guapas de Arenas de san Pedro. De cara muy bien dibujada, piel muy blanca  y silueta perfectamente proporcionada, tenía el aire delicado de un retrato de Madrazo o de una heroína de Chejov. Al contrario que su hermano, parecía tan discreta y tímida que el amigo no se atrevió a decirle que le gustaba, por si se asustaba. Tampoco se lo recordó cuando la encontró cuarenta años después, casada y profesora de matemáticas en un instituto de Valladolid.

-Lo que es no hablar a tiempo-concluyó tía Clota-Si alguien lo hubiera hecho, el ministro a lo mejor había salvado la silla, y tu amigo quizás hubiera acabado con Pepita.

Quién lo sabe. Pero es tan difícil saber callarse o hablar a tiempo…

Las montañas azules y otras verdades relativas

Desde  Arenas de san Pedro, el Duende miraba a la sierra de Gredos en verano y veía las montañas azules. Luego ingresó en aquella cárcel educada que era el colegio, vino don Pedro, un marianista dentón y con una nuez prominente como el torreón de los Galayos y mandó pintar en la clase de dibujo un paisaje. Aquel niño inocente pintó una cordillera de azul y su compañero Javier Camuñas le corrigió.

 -Están mal. Los montes son marrones.

 El Duende se defendió tímidamente. Los montes, de cerca, pueden ser marrones, grises, pardos, verdes, según la época y la latitud del planeta donde se alcen. Pero de lejos son azules, como apuntó el capitán sir Richard Burton cuando se empeñó  en demostrar que el Nilo tenía sus fuentes en las montañas de Etiopía. Hace unos diez o quince años se estrenó una buena película sobre este tema que se llamaba Las montañas azules, y aquella coincidencia de puntos de vista apasionó al Duende por el asunto y el personaje de este aventurero.

Entonces leyó una magnífica biógrafa suya firmada por Edward Rice, altamente recomendable para todos aquellos que, al contrario que el capitán, sean, como este bloguero, viajeros teóricos, de secano o de libro. O sea, que se limitan a volar con la imaginación. Ahora acaba de salir otro libro que se llama precisamente El coleccionista de mundos, de Ilija Trojanow. Novela la vida del capitán, si es que personaje tan culto, vigoroso, intrépido y de tal exuberancia creadora cabe en la cabeza de un escritor. No la ha leído el Duende, pero ha se tirado el farol de regalárselo a su amiga Beatriz, que, a su manera, también colecciona mundos, exteriores e interiores. Se iba de viaje a Salta y a Bariloche, por donde no fue nuestro héroe porque seguramente no tenía tiempo para esquiar.

En el fondo uno admira a los que saben recomendar libros, y se siente a menudo tentado por la vanidad de hacerlo sin más razones que el puro olfato. Cree ver montañas azules donde, a lo mejor, sólo hay peñascos de  granito. Le hubiera gustado revisar el debate con su compañero de colegio, pero no volvió verle nunca desde los tiempos de escuela, y hace unos meses se enteró de que había muerto de cáncer. Quizá él lo vea ahora todo más claro, mucho más allá de las lejanas montañas azules.

Por no acabar en clave nostálgica debo mencionar a otra amiga estupenda que lee mucho y sabe recomendar libros. Se llama Aurora, es corresponsal en Berlín, y el otro día, ante una librería, señaló uno que lleva por título algo así como Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.

-Te lo recomiendo -le dijo al Duende- Es una novela magnífica y muy amena.

 ¿Reflexión objetiva? ¿Denuncia? ¿Reproche elegantemente disfrazado? En esta ocasión no está uno tan seguro como la primera vez que advirtió que las montañas son azules.

Verano del 52

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Si uno volviera a ser niño y tuviera que elegir su veraneo favorito elegiría el que describe Gerald Durrell en Mi familia y otros animales. No sabe el Duende si es éste un libro para todas las edades o si cuando lo leyó, hará veinte o veinticinco años, aún latía mucha infancia bajo su aparente madurez. El caso es que lo recuerda como uno de los más apasionantes y divertidos de su biblioteca particular. Hubiera dado oro por atravesar marcha atrás el túnel del tiempo, reencarnarse en Geraldito y repetir la inolvidable aventura de viajar en los años veinte del pasado siglo desde su Inglaterra natal a la isla de Corfú. El libro, por lo demás, no tiene desperdicio: es la descripción con muy fino humor de una pintoresca familia británica, una crónica de viajes retrospectiva minuciosa y amenísima, y la narración del fascinante proceso de descubrir de la naturaleza por parte de un chaval despierto y capaz de asombrarse por casi todo. Durrell habla del mar Egeo, de algún paisano que creo que se llama Spyros, de burros, ratones, sapos, lagartos, lagartijas y peces, pero lo hace con tal genio y gracia que las criaturitas acaban siendo tan fascinantes como Ana Karenina o el comisario Maigret.

El Duende no llegaban en barco a su paraíso estival, sino en el directo, un autocar que hacía el trayecto Madrid-Arenas de san Pedro por la misma carretera que Pío Baroja siguió para escribir su novela La dama errante. El directo, normalmente cargado de paisanos y paisanas, cestos y hasta gallinas era infiel a su apodo, pues paraba en casi todos los pueblos. Y el viaje se hacía tan interminable como el de Durrell. Sorprendentemente uno no recuerda el calor, pero es fácil imaginar lo insoportable que se nos haría ahora un viaje así en un viejo autobús de línea renqueante con las ventanas abiertas como toda refrigeración. Una vez, al cruzar el puente sobre el Guadarrama que estaba en obras, el conductor detuvo el vehículo.

-Se bajen los viajeros -dijo en el mejor de los tonos posibles- Y, si no les sirve de molestia, lo pasen a pie, que la empresa no responde.

Todo lo compensaba, sin embargo, llegar a la casa de señor Paco, que era el casero. El señor Paco León era el guardia civil encargado de vigilar la cárcel, porque entonces en España aún había malvados y se les condenaba, qué cosas. Pero además tenía un hotelito de tres pisos. En el bajo vivia su familia y mantenían un bar con pista de baile y pikú. El del medio lo ocupaba la familia del Duende a la que se sumaban la tía Toly y el primo Juan. Y el alto estaba alquilado a otros veraneantes.

En la casa de al lado vivían dos gemelas que se llamaban Isabel y Pilarín, y un niño más pequeño que se llamaba Felisín. No había Cristianes, ni Sorayas, ni Vanessas entonces. Si había suerte nos invitaban a bañarnos en albercas para riego que había en las fincas vecinas. Si sólo había fuerzas -porque coches no había-nos estirábamos hasta el río Cuevas, que pasa por el pueblo, o hasta el Pelayo. Ahí había una poza natural de color esmeralda que ofrecía un baño de príncipes. Le llamaba el Charco Verde. Junto con Valen y Toñi, n dos de los hijos del señor Paco y la señora Mercedes, íbamos a los aserraderos de pinos y cogíamos listones sobrantes para construirnos puñales y espadas de madera. Por la mañana, dábamos vuelta al manubrio de la heladera del señor Paco para fabricar la leche helada. Creo que echábamos horas, pero al final nos lo premiaban con un vasito de aquella ambrosía de dioses, deliciosa y refrescante. Eso sí, era el vaso más pequeño, de diez céntimos. Por la tarde regábamos la pista terriza para preparar el baile. Por el pikú sonaban las hermanas Fleta, La Cumparsita, España Cañí y puede que Gloria Lasso y Luis Mariano. En uno de esos veranos el primo Juan, que ya era un mozo y tenía una nuez prominente, se echó novia.

-Mira, el Juan ye le muerde la oreja a la Maribel-comentaba la Merce mientras les veía bailar agarraditos.

No escuchaba el rumor de las olas, como Gerald Durrell, sino el insistente cantar de las chicharras, que era el animalito que teníamos más a mano. Aquello no era Saint Tropez ni Costa de los Pinos, ni el Duende navegaba en más barcos que los que moldeaba con la navajilla en cortezas de los pinos resineros. No era un veraneo literario, ni propio de la beautifull people, pero era un tiempo feliz. Quizás porque, cuando despertaba por la mañana, sólo había que pensar en jugar, y además tenía toda la vida por delante.

Huyendo del fantasma de Josef Fritzl

Hace tiempo que el Duende se pregunta cómo  no viviendo precisamente los mejores años de su vida mira al futuro con aplomo, e incluso con una cierta dosis de optimismo. Podría ser ese kaleidoscopio feliz con el que Zapatero invita a ver su utopía, pero el voluntarismo seguramente no basta.   La razón es más bien una especie de esquizofrenia benigna que le permite ser y no ser él mismo, y adoptar sucesivamente personalidades múltiples, según convenga.

 Tanto le abruma ser él mismo que hasta hubo una época que decidió cambiar de nombre. Corrían los últimos años de la década de los cincuenta y, quizás porque el Athletic de Bilbao -entonces obligado a llamarse Atlético- vivía  su etapa  más gloriosa, lo vasco estaba de moda entre los chavales. El Duende se sabía de memoria la alineación más habitual del equipo del Bocho, y aún la puede recitar: Carmelo. Orúe, Garay, Canito. Mauri, Maguregui. Arteche, Uribe Arieta, Merodio (o Marcaida) y Gainza.  La delantera era la sucesora del quinteto más añorado por los buenos aficionados de San Mamés, que estaba compuesto por Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y  el mismo Gaínza. Pero, en su obsesión por la arqueología de lo inútil, el Duende se sabía hasta la línea de ataque del Athletic de antes de la guerra, que la integraban Lafuente, Iraragorri, Bata (o Unamuno), Chirri y Gorostiza. Héroes a rayas eran para él. Y eso que sólo les conocía de los cromos.

 El Duende decidió entonces que su apellido catalán debía  ser cambiado por uno vasco. Como los de los leones eran demasiado conocidos, se fijó en los de dos pelotaris del frontón Madrid que le hicieron gracia: Salsamendi y Echegoyen. Lo de Salsamendi le pareció más propio de un cocinero, y él aspiraba a ser gloria del deporte. Así que se quedó con Echegoyen, a lo que, en un exceso de autoestima impropio de él, añadió el sobrenombre de el magnífico. Con tal seudónimo firmaba sus escritos de entonces: crónicas de fútbol en el mural de la clase, algún articulillo en la revista del colegio y otro mural veraniego que mantenía con sus amigos de Arenas de San Pedro. Gran parte de estos no le consideran ahora nada magnífico, pero le siguen llamando Echegoyen cuando se lo encuentran.

 El habla es otro de los disfraces que ha usado el Duende para camuflarse. No domina ninguna lengua ni jerga, pero imita su pronunciación, su cadencia y su ritmo. Y tiene amigos con los que sólo habla catalán (medio inventado), andalú  de  señorito jerezano,  o alemán macarrónico. Con otro, Angel Gortázar,  mantenía conversaciones hablando  al revés – es decir, pronunciando las palabras como si se leyeran de derecha a izquierda. Y con su siempre fiel Félix Bragado, cascaban ambos la voz y se pasaban los veranos en Asturias conversando como dos viejos excombatienes tertulianos de la Gran Peña. Últimamente ya no lo hacen: se han dado cuenta de que los años pasan y, como recordaba Oscar  Wilde, la naturaleza acaba imitando a la ficción.

 Esto de llevar un tiovivo de personalidades en el cerebro desconcierta a muchos, y suele acabar mosqueando a la persona que comparte tu vida. Pero mientras que no asome por ahí alguien como el abominabe Josef Fritzl, se puede aguantar. Qué excremento humano.  Asusta pensar que todos somos de su misma especie. Y que el espíritu mutante del Duende, en lugar de un  Braulio o una doña María, pudiera alumbrar  un espanto como el llamado monstruo de Amstetten. Oración final:Virgencita,  Virgencita, que me quede  como estoy.

 

 

El ocaso de Charlton Heston

Charloton Heston

Teresita era una prima del Duende bastante más que adorable. En la pandilla había varios que habían llegado a esta misma conclusión. Su risa blanca y compacta como la del cuarzo, y el puntito de gracia en el habla que aún le quedaba de su Jerez natal alegraban lo mejor del verano. El resto lo ponían la fiebre de la primera juventud, el Dúo Dinámico, Adamo, Pat Boone y Ricky Nelson sonando en el pikú, algo de sangría, un cuerno de la luna arrastrando el telón de la noche y la emoción sin igual del estar de vacaciones y de que, agotados los vinilos, aún quedaba el canto de los grillos y de los alacranes cebolleros. Si Teresa rondaba cerca, no había mayor felicidad que tumbarse en el pasto seco -en los veraneos de la España interior de entonces apenas había césped- y esperar a las estrellas fugaces para desear aún más cercanía. Las debilidades humanas. Una pena que aquella criatura llena de encantos tuviera un defecto: estar enamorada de Charlton Heston.

Los años no fueron generosos con este galán desaparecido que arrasó en España. En la década de los sesenta. Charlton parecía hecho a placas, como el Guggenheim o como las esculturas de Amadeo Gabino, y fue magnífico mientras la edad respetó su cuerpo de atleta. En realidad no se sabía si era un hombre, el caballo de Troya en acero, o uno de esos monumentos al trabajo que entonces erigían los países del este. A las niñas les impresionaban sus ojos y su sonrisa limpísima, a los chicos nos acomplejaban sus pectorales, sus bíceps y su mandíbula, que en cualquier momento podría triturar incluso la Sierra de Guadarrama. Había otros galanes más elegantes, como Gary Cooper, Gregory Peck o incluso Paul Newman, que ya empezaba a provocar desmayos. Pero a diferencia de aquellos, que no rodaron en España, Charlton Heston había sido sorprendido paseando por los alrededores del Hotel Castellana Hilton de Madrid cuando vino hacer El Cid. O sea, que era carne mortal, lo cual excitaba más a las fans. Quizás por ello la prima Teresa lo proclamó patrimonio de la humanidad, aunque la humanidad fueran sólo las chiquillas que veraneaban en Arenas de san Pedro. Luego pasó lo que pasó: la misma noche que Charlton Heston acababa de morir, ardieron muchas hectáreas de pinar en la noble villa abulense. Una plaga tan bíblica como los grandes éxitos del ídolo definitivamente caído.

La última vez que lo vio el Duende en el cine fue en Bowling for Columbine, de Michael Moore, un muy premiado documental sobre la paranoia de las armas en Estados Unidos. Su secuencia más celebrada era una entrevista con el viejo héroe, convertido ahora en el estandarte de los que defienden el derecho a tener armas para la defensa personal. Al Duende la postura Heston le pareció tan disparatada como cruel el acoso de Michael Moore. El audaz director ya no se enfrentaba a un héroe enloquecido, sino a un anciano con claros síntomas de Alzheimer. Qué falta de respeto con Moisés, con Ben Hur, con el Cid y con la prima Teresa. El Duende le hubiera pedido disculpas.

Y, de paso, le hubiera preguntado si á él también se le rozaban los cuellos de las camisas con la misma facilidad que al menda. Que uno puede no ser ni la mitad de macho que lo era el difunto Charlton. Pero, aún sin  ese cogote  de coloso que envidiaba el pérfido Mesala  en su cuadriga tuneada para derrotar a Ben Hur, de verdad que no es normal la cantidad de camisas que desecha por culpa de unos cuellos que se deshilachan a las primeras de cambio. Un engaño, otra cosa más de espaldas alpueblo. Como el delirio armamentista que, a la vejez viruelas, emborronó la gloria del héroe de la prima Teresa.


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