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El gozo de hacer un jardín

Como esta dama del cuadro de Monet, la protagonista de esta historia también ha sabe del gozo de pasear por el jardín que has ido haciendo con tanto cariño....

Según Bondovío de Parpignac, filósofo, poeta, y polemista del siglo XVIII –no buscar en las enciclopedias, porque este nombre se acaba de inventar ahora para darle más autoridad al pensamiento que sigue- una de las vías más seguras hacia la felicidad que puede emprender el hombre es construirse un paisaje a su gusto.

Algunos elementos de éste, cierto es, escapan a sus posibilidades. Un mar, una montaña, una sierra, un desierto, un lago, una playa, un acantilado, un lago o un río son caprichos del Gran Arquitecto. Pero la voluntad y la mano humanas pueden acotar un punto de vista de la naturaleza que las rodea y embellecerla. Otros llaman a esto jardinería. O, más pretenciosamente, arquitectura del paisaje.

A eso se dedica afanosamente desde hace cuarenta años la señora Belén Bardají, que en algún directorio de la nobleza de España figurará como Condesa Viuda de Pinofiel, pero que en su pueblo, que es Arenas de san Pedro, aún es conocida como la Maribel. La Maribel era una moza morena, espigadísima y reidora. Se casó con un primo del Duende en una boda a la que éste acudió de pantalón corto, y hoy es una floreciente abuela mantenedora de uno de los jardines más hermosos y meritorios que uno recuerda. Por eso lo de floreciente, observen la perspicacia.

La señora Belén se ha propuesto ir a contrapelo de la tendencia natural de su pueblo que, como muchos otros de España, ha hundido sus encantos en los horrores de la moderna construcción urbana. ¡Ay si Don Álvaro de Luna, el de su castillo, y el infante Don Luis de Borbón, el de su palacio neoclásico, levantaran la cabeza! Y qué decir de la Triste Condesa. Vamos, que resucita ahora y solicita cambio de nombre.

-Por favor, señores munícipes. Si no les sirve de molestia, llámenme la Desesperada Condesa.

Afortunadamente para la señora Belén –que, aunque es condesa viuda no es nada triste ni desesperada, sino todo lo contrario- Arenas de san Pedro queda a sus pies. En una pequeña tierra que heredó de su padre en los alrededores del pueblo, justo antes de que la carretera caiga en el hoyo donde se erige el casco urbano, se hizo una casa y, a su alrededor, un auténtico paraíso botánico que es el oasis del viajero estival. Por ahí se dejó caer también este observador itinerante, que aún recuerda su momento germinal. Apenas había entonces unos pinos –hoy enormes-, algún membrillo y, cómo no, la fabulosa higuera con tronco en forma de sirena mitológica que hoy es una de las peculiaridades  más asombrosas del jardín.

Lo demás es el milagro de los que saben construirse un paisaje a su medida. No se sabe si será la corriente de agua  que circula bajo tierra o la mano amorosa de su cuidadora. El caso es que desde ahí el paisaje de Arenas de san Pedro consigue eludir las miserias del cemento y el ladrillo para ofrecer una estampa única de la sierra de Gredos festoneada por las flores de color fucsia de los árboles de Júpiter y los verdes variados de las múltiples especies arbóreas; arces, cipreses, melias, tilos, robles de Virginia aclimatados al tórrido verano arenense, acacias. Y arbustos como el rododendro, o el camelio. Y flores, miles de flores.

Lo grande de todo esto es que, según la señora del jardín, un bosque como el que crece ahí puede hacerse en sólo cuarenta años. Es algo más que el plazo que se tomó el Señor para crear el mundo. Pero no hay atajo sin trabajo, y, como diría Bondovío de Parpignac -y si no lo dijo él, lo dice este menda- hace falta la paciencia, voluntad y, sobre todo, el cariño de Belén para emular la obra del Creador. O sea, para  dibujar los pequeños paisajes  hermosos (léase jardines) que Él no tuvo tiempo de hacer.

Treinta y cinco años tampoco son nada

En algunos casos, te miras en las nubes que pasaron hace tanto tiempo y te sigues reconociendo en ellas...

Reencuentra  en Bilbao el Duende a uno de esos primos-amigos que van cosidos a su biografía con un hilo irrompible.

Incontables experiencias juntos. Memorias de asfalto y de campo. El mismo colegio en Madrid, el mismo paraíso entre los pinos de Arenas de san Pedro o en los encinares del Monte el Rincón. Recuerdos  de pan con chocolate, de pescar juntos, de perseguir lagartos antes de que fueran especie protegida,  de ir al cine, de colarse en alguna exposición con cocktail  que servía José Luis –entonces un canapé era un tesoro- de su primera motocicleta, de subir al  pico de la Mira y  compartir la tortilla de patata en el Prado de las Pozas, de leer al calor de la chimenea las viejísimas ediciones de las novelas de Julio Verne o los tomos de la maravillosa revista Alrededor del mundo encuadernadas en piel y ya casi desvencijadas por el uso, del Charco Verde, de alguna niña que ya apuntaba tetitas. (De esto, menos. Él era aún más piadoso y paradete que el Duende)

Pero aunque guardaban un cierto parecido físico, ambos rubiascos y cruditos, había entre elllos diferencias.  El primo-amigo Manuel tocaba a la guitarra el Romance Anónimo de Juegos prohibidos y estaba dotado de muy buena cabeza. Era lo que se dice un matriculín, y además con dieciseis año su padre le mandó a estudiar un verano en Inglaterra. Él firmaba la primera postal que el Duende recibió de esas tierras, que entonces se le antojaban tan lejanas y misteriosas como la Antártida. El Duende sabía que iba a tardar muchos años en viajar tan lejos,  de modo que guardó aquella postal tal que si fuera la pluma del gorro de Robin Hood.

El primo Manuel no era hombre de muchas palabras, pero todas las aplicó bien. Se hizo arquitecto y se casó con María, matrícula de Bilbao, como la película de  Wajda. Y se instaló a orillas de la Ría. Allí tuvo que apretar los dientes y aguantar  lo suyo, que fue lo fácilmente imaginable y algún tumor desaprensivo que aún le tuvo más amenazado. Pero  nunca se recibieron noticias de que desmayara. Entretanto, los dos viejos primos-amigos  apenas se vieron. Habían creado sendas vidas nuevas. Carreras por completo distintas, hijos que les  crecieron a cada uno sin que el otro apenas se apercibiera de ello, nietos de los que poco saben uno del otro.

-¿Te has fijado que apenas hemos nos hemos comunicado durante  más de treinta y cinco años? – comentó el Duende.

Y sin embargo ahí estaba, invitado en  la bonita casa del primo-amigo Manuel, tan fresco.  Manuel ya cumplió casi todos sus deberes, e  inicia ahora  con María  y con su barquito una plácida jubilación.

Hablaron entre ellos como si se hubieran visto la semana pasada, con una naturalidad que no dejaba de chocar después de tanto tiempo sin compartir aventuras.  Se acordó el Duende de la  letra del tango, y pensó que a veces  las fcanciones se quedan cortas.  Para unos buenos compañeros de infancia -esa edad prodigiosa donde el alma es aún se está horneando como un pan- veinte años  años no son nada. Pero treinta y cinco tampoco son demasiados.

Mi Bahamontes de cabecera

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Los más viejos lectores de MARCA recordarán Marcelino pan y vino, primero cuento y luego película. Era un niño imaginado por José María Sánchez Silva que aparece abandonado a la puerta de un convento, se cría al amor de los frailes y, que,  además de fantasías en su cabeza, guarda en una cajita  sus tesoros particulares: el tres de copas de la baraja, unos botones metálicos de uniforme militar, un cepo para pájaros y una pata de gallina. Qué ternura, lo que podía ilusionar a un galopín de entonces.

Muchos años después, Amelie, la exitosa heroína de la película de Jean Pierre Jeunet, descubre bajo una losa de su cuarto de baño una cajita de hojalata. La caja contiene otros tesoros  guardados cuarenta años atrás. Entre ellos, un ciclista de plástico… ¡exactamente igual al que veneraba yo cuando Bahamontes ganó  el primer tour de Francia para España! Qué recuerdos.

Mi ciclista tenía su historia. En la década de los cincuenta sólo se podía seguir el ciclismo por el MARCA, la radio y el NO-DO. Para jugar a ciclistas, se juntaban las puntas de los dedos de las manos, se plantaban éstas sobre el terreno del patio del colegio y se trazaba una carretera en la tierra. En ella, percutiendo el dedo índice sobre las chapas bautizadas con nombres de ciclistas, se simulaba, golpe a golpe, la etapa del día. Para hacer más vistosa la carrera, compramos unos ciclistas de plástico que acompañaban el viaje de las chapas. Y así reproducíamos en miniatura la famosa “serpiente multicolor”. Ni el Scalextric, ni las  videoconsolas, ni  el IPOD  de moda habrán podido resultar tan apasionantes como nos parecía a nosotros aquel juego de niños.

En 1959 el abajo firmante pasaba el tórrido verano arrullado por las chicharras de los pinares de Arenas de San Pedro. Para bañarnos en el Charco Verde, había que subir por una carretera estrecha y tortuosa. Aquel mes de julio se barruntaba que Bahamontes, el Aguila de Toledo, ya varias veces Rey de la Montaña en el Tour, podía subir al podium del Parque de los Príncipes luciendo el anhelado maillot amarillo. Qué emoción. Nosotros seguíamos jugando a las chapas y sudando la gota gorda a lomos de una bicicleta Orbea. Pero algo sublimaba nuestro esfuerzo. En realidad, aunque íbamos a bañarnos, creíamos coronar, con Federico, el Puy de Dôme o el Galibier. Resoplábamos como cerdos conducidos a la matanza, y llegábamos al río Pelayo exhaustos. Era el precio de querer ser copartícipes de la hazaña.

Supimos que ésta se había consumado porque un domingo, al regreso, paramos en  el pueblo y los padres, que nos esperaban allí y que normalmente sólo invitaban a un vaso de gaseosa y patatas fritas, aquel día se estiraron y nos pagaron una Coca-Cola y unas gambas al ajillo. O sea, el despiporren. Lógico: un tipo enteco y renegrido que se había forjado en carreteras como las nuestras era el primer español en ganar el mítico Tour de Francia. Ese mismo día cogí mi Bahamontes de plástico que tantas metas había había cruzado de mi mano, y utilizando un pincelito de esmalte de uñas le pinté el maillot amarillo con el que ya pasaba a la historia. Puede parecer ridículo, pero durante años figuró en mi mesilla de noche junto a la Virgen de Fátima fosforescente que velaba mi inocente sueño. Dios, su madre y “el Aguila de Toledo”, todos me parecían la misma inmortalidad.

Se lo diré el martes, cuando acuda al merecido homenaje que le va tributar MARCA por el medio siglo de su proeza. Al igual que el niño de Amelie, perdí con los años a mi ciclista de juguete, mi Bahamontes de cabecera. Pero como compensación habré podido saludar al hombre que hace medio siglo se convirtió en el primer mito de nuestro ciclismo.

La Velo Solex

¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?...

¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?...

De vez en cuando aparece una pavesa  del pasado y nos recuerda que el tiempo vuela. Suele ser un flash amable, porque la memoria es selectiva, y borra fácilmente las huellas tristes.  Hace unos días el Duende evocaba cómo a los diecisiete años dio en la mesa de trabajo de compañero Pepe Cruz Novillo con  un juguete ya imposible de encontrar en las jugueterías.  Era el autobús de hojalata de RICO, amarillo y rojo, tan patriótico, tan sencillo, tan bonito. A esas alturas de la vida, se había convertido casi en una antigüedad. Fue verlo y emprender lo que Marcel Proust describía tan minuciosamente después de morder la magdalena famosa. O sea, la búsqueda del tiempo perdido.

El Duende tiró de él con un cordel invisible que arrastraba una ristra de juguetes ya fuera del mercado. Otros amigos suyos miran a otro tipo de juguetes. Manuel Gasset, por ejemplo, pertinaz conservador de todo brillo crepuscular, mima con esmero un precioso Morris Minor de mitad del siglo pasado. Es de color verde, coqueto y proporcionado, fiel representante de una estética donde el utilitarismo todavía convivía las formas clásicas de las berlinas. Se abrían sus puertas y de él podía salir David Niven, Trevor Howard o James Mason, galanes ingleses de la época. Hoy el que sale -y sólo en ocasiones solemnes, como bodas y bautizos- es Manuel. Peina y viste más o menos como aquellos, porque sigue mirándose en los escaparates de Saville Row, pero se ve que es actual porque ahora lleva en su coche joyita un GPS. Renovarse o morir.

Este puente Manuel y Tatala, su encantadora y más que santa esposa, le habían invitado al Duende a  su bonita casa de San Sebastián. Oficialmente el pretexto era disfrutar de unos días que el INM pronosticaba soleados y tranquilos. La realidad es que Manuel quería pasar a Francia y rescatar ese ciclomotor prehistórico cuidadosamente restaurado por un manitas en Bayona. Como el Duende  también tiene el MNI  (Mastes en Nostalgias Inútiles), aceptó de buen grado.

Esta bicicleta con motor que transmite su potencia a la rueda delantera es negra, y  tiene una estética parecida a la de las hormigas voladoras. En realidad se asimila más a aquella motocicleta con la que los héroes del Alcázar de Toledo molían la harina para hacer el pan que a otras míticas, como las  de Easy rider o aquella otra con la que se fugaba Steve Mac Queen en La gran evasión. Pero las motos antiguas, como los juguetes, quedan en el corazón por los recuerdos que traen del pasado. Y el Duende no olvida la envidia que le daba otro amigo de los veranos de la infancia, también llamado Manuel -más bien Manolón- propietario de una Velo Solex en la que iba de Madrid a Arenas de San Pedro. Tardaba cinco horas por la carretera Alcorcón-Plasencia , y viajaba, naturalmente, sin casco, porque no era obligatorio, y no había mayor placer para el motorista que sentir el golpe de aire en la cara y respirar así  la libertad.

Claro que entonces éramos más que jóvenes. Y a ver quién le explica a Manuel Gasset que, a la velocidad de su flamante Velo Solex, es difícil volver atrás por el túnel del tiempo.

Bermejo o el arte de callarse y hablar a tiempo

mariano-fernandez-bermejo-ministro-de-justiciapreview1Lo malo del poderoso es que impresiona tanto a su alrededor, que nadie se atreve a denunciar sus excesos

-¿Por qué nadie le paró los pies a este ministro?-le preguntaba la tía Clota a su sobrino.

-El poder nos ciega a todos. Hasta que se pasó, e incluso los suyos empezaron a fallarle.

La tía Clota le guardaba una cierta simpatía a Mariano Fernández Bermejo. Más que nada, porque es de pueblo, como ella, y aún en los años en que nació el hoy ex ministro eso de ser de pueblo y llegar tan alto era un meritazo. Además, una vez que fue de excursión a la Villa de Mombeltrán con unos amigos y pararon en la gasolinera de Arenas de san Pedro, ella tuvo que hacer uso del cuarto de baño y lo encontró limpísimo.

-Buena señal, y más en España -puntualizó la tía- Pero claro, la cacería, lo de no tener licencia, cenar con ese juez…¡Matar ciervos cuando a tu presidente aún le llaman Bambi…

Bendita ingenuidad.

La tía Clota sabe que el hoy  ex ministro es hijo del dueño de la gasolinera de Arenas de san Pedro, y que el señor Fernández estaba en las antípodas ideológicas de su hijo. Porque la sangre izquierdista le viene de su abuelo materno, don Emiliano Bermejo, dueño del Colegio del Carmen, un edificio con mucho encanto y un gran jardín que fue derribado por la piqueta para albergar unos horribles bloques de viviendas.

-Pero ya ves, tía. Legalizaba o ilegalizaba ANV, a conveniencia del Gobierno. Comprometía a Montesquieu a dos por tres. Y como era mordaz y daba caña a la derechona le jaleaban. Uno deslumbrado por el poder y otros porque no quieren ver…

-Pues acabo de escuchar a Victoria Prego, que tiene muy buen criterio, y dice que es un hombre muy inteligente y de gran preparación…

-Y simpático -añadió Homper-Que me lo ha dicho un amigo que le conoció en su juventud.

También le contó el amigo que el ex ministro tiene una hermana que se llama Pepita y era de las más guapas de Arenas de san Pedro. De cara muy bien dibujada, piel muy blanca  y silueta perfectamente proporcionada, tenía el aire delicado de un retrato de Madrazo o de una heroína de Chejov. Al contrario que su hermano, parecía tan discreta y tímida que el amigo no se atrevió a decirle que le gustaba, por si se asustaba. Tampoco se lo recordó cuando la encontró cuarenta años después, casada y profesora de matemáticas en un instituto de Valladolid.

-Lo que es no hablar a tiempo-concluyó tía Clota-Si alguien lo hubiera hecho, el ministro a lo mejor había salvado la silla, y tu amigo quizás hubiera acabado con Pepita.

Quién lo sabe. Pero es tan difícil saber callarse o hablar a tiempo…

Las montañas azules y otras verdades relativas

Desde  Arenas de san Pedro, el Duende miraba a la sierra de Gredos en verano y veía las montañas azules. Luego ingresó en aquella cárcel educada que era el colegio, vino don Pedro, un marianista dentón y con una nuez prominente como el torreón de los Galayos y mandó pintar en la clase de dibujo un paisaje. Aquel niño inocente pintó una cordillera de azul y su compañero Javier Camuñas le corrigió.

 -Están mal. Los montes son marrones.

 El Duende se defendió tímidamente. Los montes, de cerca, pueden ser marrones, grises, pardos, verdes, según la época y la latitud del planeta donde se alcen. Pero de lejos son azules, como apuntó el capitán sir Richard Burton cuando se empeñó  en demostrar que el Nilo tenía sus fuentes en las montañas de Etiopía. Hace unos diez o quince años se estrenó una buena película sobre este tema que se llamaba Las montañas azules, y aquella coincidencia de puntos de vista apasionó al Duende por el asunto y el personaje de este aventurero.

Entonces leyó una magnífica biógrafa suya firmada por Edward Rice, altamente recomendable para todos aquellos que, al contrario que el capitán, sean, como este bloguero, viajeros teóricos, de secano o de libro. O sea, que se limitan a volar con la imaginación. Ahora acaba de salir otro libro que se llama precisamente El coleccionista de mundos, de Ilija Trojanow. Novela la vida del capitán, si es que personaje tan culto, vigoroso, intrépido y de tal exuberancia creadora cabe en la cabeza de un escritor. No la ha leído el Duende, pero ha se tirado el farol de regalárselo a su amiga Beatriz, que, a su manera, también colecciona mundos, exteriores e interiores. Se iba de viaje a Salta y a Bariloche, por donde no fue nuestro héroe porque seguramente no tenía tiempo para esquiar.

En el fondo uno admira a los que saben recomendar libros, y se siente a menudo tentado por la vanidad de hacerlo sin más razones que el puro olfato. Cree ver montañas azules donde, a lo mejor, sólo hay peñascos de  granito. Le hubiera gustado revisar el debate con su compañero de colegio, pero no volvió verle nunca desde los tiempos de escuela, y hace unos meses se enteró de que había muerto de cáncer. Quizá él lo vea ahora todo más claro, mucho más allá de las lejanas montañas azules.

Por no acabar en clave nostálgica debo mencionar a otra amiga estupenda que lee mucho y sabe recomendar libros. Se llama Aurora, es corresponsal en Berlín, y el otro día, ante una librería, señaló uno que lleva por título algo así como Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.

-Te lo recomiendo -le dijo al Duende- Es una novela magnífica y muy amena.

 ¿Reflexión objetiva? ¿Denuncia? ¿Reproche elegantemente disfrazado? En esta ocasión no está uno tan seguro como la primera vez que advirtió que las montañas son azules.

Verano del 52

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Si uno volviera a ser niño y tuviera que elegir su veraneo favorito elegiría el que describe Gerald Durrell en Mi familia y otros animales. No sabe el Duende si es éste un libro para todas las edades o si cuando lo leyó, hará veinte o veinticinco años, aún latía mucha infancia bajo su aparente madurez. El caso es que lo recuerda como uno de los más apasionantes y divertidos de su biblioteca particular. Hubiera dado oro por atravesar marcha atrás el túnel del tiempo, reencarnarse en Geraldito y repetir la inolvidable aventura de viajar en los años veinte del pasado siglo desde su Inglaterra natal a la isla de Corfú. El libro, por lo demás, no tiene desperdicio: es la descripción con muy fino humor de una pintoresca familia británica, una crónica de viajes retrospectiva minuciosa y amenísima, y la narración del fascinante proceso de descubrir de la naturaleza por parte de un chaval despierto y capaz de asombrarse por casi todo. Durrell habla del mar Egeo, de algún paisano que creo que se llama Spyros, de burros, ratones, sapos, lagartos, lagartijas y peces, pero lo hace con tal genio y gracia que las criaturitas acaban siendo tan fascinantes como Ana Karenina o el comisario Maigret.

El Duende no llegaban en barco a su paraíso estival, sino en el directo, un autocar que hacía el trayecto Madrid-Arenas de san Pedro por la misma carretera que Pío Baroja siguió para escribir su novela La dama errante. El directo, normalmente cargado de paisanos y paisanas, cestos y hasta gallinas era infiel a su apodo, pues paraba en casi todos los pueblos. Y el viaje se hacía tan interminable como el de Durrell. Sorprendentemente uno no recuerda el calor, pero es fácil imaginar lo insoportable que se nos haría ahora un viaje así en un viejo autobús de línea renqueante con las ventanas abiertas como toda refrigeración. Una vez, al cruzar el puente sobre el Guadarrama que estaba en obras, el conductor detuvo el vehículo.

-Se bajen los viajeros -dijo en el mejor de los tonos posibles- Y, si no les sirve de molestia, lo pasen a pie, que la empresa no responde.

Todo lo compensaba, sin embargo, llegar a la casa de señor Paco, que era el casero. El señor Paco León era el guardia civil encargado de vigilar la cárcel, porque entonces en España aún había malvados y se les condenaba, qué cosas. Pero además tenía un hotelito de tres pisos. En el bajo vivia su familia y mantenían un bar con pista de baile y pikú. El del medio lo ocupaba la familia del Duende a la que se sumaban la tía Toly y el primo Juan. Y el alto estaba alquilado a otros veraneantes.

En la casa de al lado vivían dos gemelas que se llamaban Isabel y Pilarín, y un niño más pequeño que se llamaba Felisín. No había Cristianes, ni Sorayas, ni Vanessas entonces. Si había suerte nos invitaban a bañarnos en albercas para riego que había en las fincas vecinas. Si sólo había fuerzas -porque coches no había-nos estirábamos hasta el río Cuevas, que pasa por el pueblo, o hasta el Pelayo. Ahí había una poza natural de color esmeralda que ofrecía un baño de príncipes. Le llamaba el Charco Verde. Junto con Valen y Toñi, n dos de los hijos del señor Paco y la señora Mercedes, íbamos a los aserraderos de pinos y cogíamos listones sobrantes para construirnos puñales y espadas de madera. Por la mañana, dábamos vuelta al manubrio de la heladera del señor Paco para fabricar la leche helada. Creo que echábamos horas, pero al final nos lo premiaban con un vasito de aquella ambrosía de dioses, deliciosa y refrescante. Eso sí, era el vaso más pequeño, de diez céntimos. Por la tarde regábamos la pista terriza para preparar el baile. Por el pikú sonaban las hermanas Fleta, La Cumparsita, España Cañí y puede que Gloria Lasso y Luis Mariano. En uno de esos veranos el primo Juan, que ya era un mozo y tenía una nuez prominente, se echó novia.

-Mira, el Juan ye le muerde la oreja a la Maribel-comentaba la Merce mientras les veía bailar agarraditos.

No escuchaba el rumor de las olas, como Gerald Durrell, sino el insistente cantar de las chicharras, que era el animalito que teníamos más a mano. Aquello no era Saint Tropez ni Costa de los Pinos, ni el Duende navegaba en más barcos que los que moldeaba con la navajilla en cortezas de los pinos resineros. No era un veraneo literario, ni propio de la beautifull people, pero era un tiempo feliz. Quizás porque, cuando despertaba por la mañana, sólo había que pensar en jugar, y además tenía toda la vida por delante.

Huyendo del fantasma de Josef Fritzl

Hace tiempo que el Duende se pregunta cómo  no viviendo precisamente los mejores años de su vida mira al futuro con aplomo, e incluso con una cierta dosis de optimismo. Podría ser ese kaleidoscopio feliz con el que Zapatero invita a ver su utopía, pero el voluntarismo seguramente no basta.   La razón es más bien una especie de esquizofrenia benigna que le permite ser y no ser él mismo, y adoptar sucesivamente personalidades múltiples, según convenga.

 Tanto le abruma ser él mismo que hasta hubo una época que decidió cambiar de nombre. Corrían los últimos años de la década de los cincuenta y, quizás porque el Athletic de Bilbao -entonces obligado a llamarse Atlético- vivía  su etapa  más gloriosa, lo vasco estaba de moda entre los chavales. El Duende se sabía de memoria la alineación más habitual del equipo del Bocho, y aún la puede recitar: Carmelo. Orúe, Garay, Canito. Mauri, Maguregui. Arteche, Uribe Arieta, Merodio (o Marcaida) y Gainza.  La delantera era la sucesora del quinteto más añorado por los buenos aficionados de San Mamés, que estaba compuesto por Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y  el mismo Gaínza. Pero, en su obsesión por la arqueología de lo inútil, el Duende se sabía hasta la línea de ataque del Athletic de antes de la guerra, que la integraban Lafuente, Iraragorri, Bata (o Unamuno), Chirri y Gorostiza. Héroes a rayas eran para él. Y eso que sólo les conocía de los cromos.

 El Duende decidió entonces que su apellido catalán debía  ser cambiado por uno vasco. Como los de los leones eran demasiado conocidos, se fijó en los de dos pelotaris del frontón Madrid que le hicieron gracia: Salsamendi y Echegoyen. Lo de Salsamendi le pareció más propio de un cocinero, y él aspiraba a ser gloria del deporte. Así que se quedó con Echegoyen, a lo que, en un exceso de autoestima impropio de él, añadió el sobrenombre de el magnífico. Con tal seudónimo firmaba sus escritos de entonces: crónicas de fútbol en el mural de la clase, algún articulillo en la revista del colegio y otro mural veraniego que mantenía con sus amigos de Arenas de San Pedro. Gran parte de estos no le consideran ahora nada magnífico, pero le siguen llamando Echegoyen cuando se lo encuentran.

 El habla es otro de los disfraces que ha usado el Duende para camuflarse. No domina ninguna lengua ni jerga, pero imita su pronunciación, su cadencia y su ritmo. Y tiene amigos con los que sólo habla catalán (medio inventado), andalú  de  señorito jerezano,  o alemán macarrónico. Con otro, Angel Gortázar,  mantenía conversaciones hablando  al revés – es decir, pronunciando las palabras como si se leyeran de derecha a izquierda. Y con su siempre fiel Félix Bragado, cascaban ambos la voz y se pasaban los veranos en Asturias conversando como dos viejos excombatienes tertulianos de la Gran Peña. Últimamente ya no lo hacen: se han dado cuenta de que los años pasan y, como recordaba Oscar  Wilde, la naturaleza acaba imitando a la ficción.

 Esto de llevar un tiovivo de personalidades en el cerebro desconcierta a muchos, y suele acabar mosqueando a la persona que comparte tu vida. Pero mientras que no asome por ahí alguien como el abominabe Josef Fritzl, se puede aguantar. Qué excremento humano.  Asusta pensar que todos somos de su misma especie. Y que el espíritu mutante del Duende, en lugar de un  Braulio o una doña María, pudiera alumbrar  un espanto como el llamado monstruo de Amstetten. Oración final:Virgencita,  Virgencita, que me quede  como estoy.

 

 

El ocaso de Charlton Heston

Charloton Heston

Teresita era una prima del Duende bastante más que adorable. En la pandilla había varios que habían llegado a esta misma conclusión. Su risa blanca y compacta como la del cuarzo, y el puntito de gracia en el habla que aún le quedaba de su Jerez natal alegraban lo mejor del verano. El resto lo ponían la fiebre de la primera juventud, el Dúo Dinámico, Adamo, Pat Boone y Ricky Nelson sonando en el pikú, algo de sangría, un cuerno de la luna arrastrando el telón de la noche y la emoción sin igual del estar de vacaciones y de que, agotados los vinilos, aún quedaba el canto de los grillos y de los alacranes cebolleros. Si Teresa rondaba cerca, no había mayor felicidad que tumbarse en el pasto seco -en los veraneos de la España interior de entonces apenas había césped- y esperar a las estrellas fugaces para desear aún más cercanía. Las debilidades humanas. Una pena que aquella criatura llena de encantos tuviera un defecto: estar enamorada de Charlton Heston.

Los años no fueron generosos con este galán desaparecido que arrasó en España. En la década de los sesenta. Charlton parecía hecho a placas, como el Guggenheim o como las esculturas de Amadeo Gabino, y fue magnífico mientras la edad respetó su cuerpo de atleta. En realidad no se sabía si era un hombre, el caballo de Troya en acero, o uno de esos monumentos al trabajo que entonces erigían los países del este. A las niñas les impresionaban sus ojos y su sonrisa limpísima, a los chicos nos acomplejaban sus pectorales, sus bíceps y su mandíbula, que en cualquier momento podría triturar incluso la Sierra de Guadarrama. Había otros galanes más elegantes, como Gary Cooper, Gregory Peck o incluso Paul Newman, que ya empezaba a provocar desmayos. Pero a diferencia de aquellos, que no rodaron en España, Charlton Heston había sido sorprendido paseando por los alrededores del Hotel Castellana Hilton de Madrid cuando vino hacer El Cid. O sea, que era carne mortal, lo cual excitaba más a las fans. Quizás por ello la prima Teresa lo proclamó patrimonio de la humanidad, aunque la humanidad fueran sólo las chiquillas que veraneaban en Arenas de san Pedro. Luego pasó lo que pasó: la misma noche que Charlton Heston acababa de morir, ardieron muchas hectáreas de pinar en la noble villa abulense. Una plaga tan bíblica como los grandes éxitos del ídolo definitivamente caído.

La última vez que lo vio el Duende en el cine fue en Bowling for Columbine, de Michael Moore, un muy premiado documental sobre la paranoia de las armas en Estados Unidos. Su secuencia más celebrada era una entrevista con el viejo héroe, convertido ahora en el estandarte de los que defienden el derecho a tener armas para la defensa personal. Al Duende la postura Heston le pareció tan disparatada como cruel el acoso de Michael Moore. El audaz director ya no se enfrentaba a un héroe enloquecido, sino a un anciano con claros síntomas de Alzheimer. Qué falta de respeto con Moisés, con Ben Hur, con el Cid y con la prima Teresa. El Duende le hubiera pedido disculpas.

Y, de paso, le hubiera preguntado si á él también se le rozaban los cuellos de las camisas con la misma facilidad que al menda. Que uno puede no ser ni la mitad de macho que lo era el difunto Charlton. Pero, aún sin  ese cogote  de coloso que envidiaba el pérfido Mesala  en su cuadriga tuneada para derrotar a Ben Hur, de verdad que no es normal la cantidad de camisas que desecha por culpa de unos cuellos que se deshilachan a las primeras de cambio. Un engaño, otra cosa más de espaldas alpueblo. Como el delirio armamentista que, a la vejez viruelas, emborronó la gloria del héroe de la prima Teresa.

El poyaque de Bermejo

Enano de jardin

(Foto de Juergen Kurlvink)

Antes de destacar como fiscal estricto y ministro lenguaraz, Mariano Fernández Bermejo ya era lo que se dice un hombre del pueblo. Nació en Arenas de San Pedro, en una familia acomodada de cinco hermanos. Su padre simpatizaba con la Falange, y puso una gasolinera que hacía muy buena caja. Mucho antes, su abuelo materno, un docente republicano que esquivó el franquismo como pudo, había fundado un colegio. El Duende pasó muchos veranos en Arenas de San Pedro, y recuerda aquel Colegio del Carmen, instalado en un edificio cuadradote de corte decimonónico y rodeado de un gran jardín. Estaba en la cuesta de Lourdes, a la salida del pueblo en dirección a Ávila. Fantasmas del pasado. Arenas es uno de los pueblos que más ha maltratado su propio patrimonio arquitectónico, por lo que hoy en ese solar se levantan horribles pisos. También recuerda el Duende al abuelo, siempre vestido de negro y con corbata. Y, sobre todo, a una de sus hermanas, Pepita, de piel fina y blanca, cara guapa y delicada figura. Parecía una dama de un retrato de Madrazo. En una etapa, el Duende la miró con interés preferente, luego ella se casó y acabó de profesora de matemáticas en Valladolid. Las cosas. Además de estos apuntes el hoy ministro de justicia fue bajista con los Cirros, jugador de fútbol-me temo que simpatizante del Real Madrid- y cazador de pelo y pluma. Se supone que tenía buena puntería.

Tanto con la guitarra como con el balón al hoy ministro de Justicia se le veía que era un tipo simpático y con desparpajo. Después lo ha demostrado largamente. Por ejemplo, hace poco argumentaba que no se había ilegalizado antes a ANV porque eso tocaba a la médula de la democracia, que es el derecho de representación. Se podría haber opuesto que muchos de los que querían ese derecho hacían apología del terrorismo, y así también tocaban a otro derecho fundamental como es el derecho a la vida que le arrebataron a las víctimas de ETA. Pero Mariano era extremo izquierda, como Gento, y una de sus habilidades es el regate en corto, amagar por un lado y escapar por el otro. Antes no había pruebas para proceder, ahora sí. Una finta jurídica. Por eso, tan agudo y casticista como normalmente se produce, extraña que no haya salido el ministro al paso de las críticas que ha levantado la reforma de su piso con lo que Braulio, siempre tan preciso en sus chapuzas, denomina el plus de poyaque. Algo que hubiéramos entendido todos los españoles.

El plus de poyaque es el que todo hijo de vecino asume cuando se lanza a una obra de reforma en casa. Poyaque tenemos que cambiar el suelo de la cocina, la alicatamos toda y renovamos los muebles. Poyaque hay que tirar el baño, aprovechamos y le hacemos una sauna. Poyaque hay que instalar el riego automático en la terraza nos estiramos un poco y le ponemos un surtidor con tritón y una barbacoa sustentada en enanitos policromados de piedra artificial. Cuando el particular ve a lo que subido el plus de poyaque normalmente se lleva las manos a la cabeza. Pero en este caso, aunque haya ascendido a casi un cuarto de millón de euros, no ha sido así. El inmueble es de Patrimonio Nacional y, como bien ha recordado Zapatero, aparte de ser un deber mantenerlo, todo queda en casa.

Poyaque nos lo ha aclarado el presidente, sólo queda recordarle a Bermejo que otra vez no se acoquine y de la cara. El que esté libre de poyaque, que tire la primera piedra. Además, con una hacienda pública tan generosa como tenemos…¿qué es una raya más para un tigre?

El Duende, marcado

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No le va a restar atención a este blog, pero siguiendo los pasos de Julio César Iglesias el Duende va a colaborar en MARCA. Es un orgullo y una satisfacción, como se suele decir en estos casos. No sabe qué es una chicane, ni quién encabeza el gran slam, ni quién juega en los Raptors de Chicago. Sólo conoce algo de fútbol, y es a través del Atleti, ahora que este deporte y mi equipo parecen no ser del todo incompatibles… Aún así parece que su firma encaja junto a otras que, como Javier Martínez Reverte, Chencho Arias, o Jiménez Arnáu, buscan dar otro aire al veterano periódico. Se trata de un artículo libre con el deporte al fondo, lo cual le da al Duende mucho margen para tratar de casi todo. Con deportividad, eso sí.

Desde que en 1958 fundaran el periódico mural en Arenas de san Pedro, apenas había sido requerido el Duende por las redacciones. Un desperdicio. Y eso que aquello era periodismo total: entre Juanito Serrada, hoy día abogado del estado y abuelo de varios nietos, y el Duende escribían todas las secciones. A mano, naturalmente. Luego las clavaban con chincheta en un tablex, y éste en el tronco de en un enorme plátano, en cuya corteza se dibujaban varios corazones flechados con las iniciales de las niñas que nos gustaban . Alrededor, se extendían grandes pinares. Un gigantesco coro de chicharras cantaba infatigable en las horas de calor. Eran nuestra claque. Pasábamos las vacaciones entre una alberca llena con agua de pozo y aquel inmenso plátano que sirvió de atril a nuestro periodismo alevín. Escribíamos algo parecido a un tebeo. Las chicas se acercaban al mural, lo leían y luego trepaban por las ramas, donde nosotros las cortejábamos. Aquello tenía más vida que el árbol donde Italo Calvino colocó a su barón rampante Nacieron allí algunos de esos tiernos noviazgos que morían en septiembre.

Desde entonces el Duende no ha tenido sección propia en ningún periódico. Y le hace ilusión, porque el deporte sólo hará de pretexto para seguir siendo un Puck, y hacerle guiños y cucamonas al lector. Escribirá los jueves, siempre que la información de la Champions no necesite su espacio. Pase la bola. Otros como Cappa, Valdano o Clemente saben mucho más del tema, pero no sólo de fútbol vive el hombre. Hay que buscarle sus cosquillas, y demostrar que nada, ni el sacrosanto deporte rey, empeora cuando se ve a través del prisma del humor.


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