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Música para que no nos duela tanto España

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste un concierto inolvidable que te dio qué pensar...

El Palacio de la Mosquera de Arenas de san Pedro, donde disfrutaste de un concierto inolvidable que te dio qué pensar…

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Otra de las ventajas la libertad condicional de la que goza tu salud es que te sientes menos Unamuno. A Unamuno le dolía España, una expresión crítica que has hecho tuya muchas veces. Ahora lo que te duele prioritariamente es algo tan vulgar como la espalda. Como contrapartida, ves la vida a través de un cristal de color mucho más amable que el del don Miguel. España no sólo no te duele, pues dejas a un lado sus vicios y defectos seculares, sino que te interesa, te sorprende, te entretiene, te divierte, te enamora, te apasiona. Y te mantiene vivo. Al fin y al cabo es la fábrica y el escenario de todo lo que te gusta. El campo, el mar, el cielo, la noche, la puesta de sol, la luna, el aire fresco, los ríos, las montañas, el amor, los amigos, la siesta, el café con porras, y hasta la banda de música que pasa por la calle tocando Paquito el chocolatero. Resulta que casi todo eso lo has descubierto en el país donde naciste y donde vives, que probablemente no es el mejor, ni el más noble, ni el más heroico, ni el más glorioso, como pretenden las proclamas patrioteras y corean casi todos los himnos nacionales. Pero es el tuyo. Piensas que ahora que la vida te enseña lo que vale un peine es la hora de agradecérselo, no de flagelarse y de dolerse por ello.

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La reflexión viene a cuento de que el pasado sábado tu prima Belén, arenense ilustre y jardinera infatigable, te invitó a un concierto en el Palacio de la Mosquera, construido en el siglo XVIII por el infante Don Luis de Borbón, hermano de Carlos III y aspirante potencial al trono de España. Según algunas cartas que se conservan del ilustradísimo rey, don Luis era su hermano más querido, pero por si acaso se le ocurría enredar en la sucesión, fue obligado a casarse con una plebeya –lo que ya le impediría sentarse en el trono regio- y amablemente desterrado en Arenas de san Pedro, tan lejos de la corte entonces como ahora puede estarlo Sebastopol.

De todos estos datos, como de que en aquel palacio pintaran Paret y el mismísimo Goya y compusiera algunas de sus mejores obras Luigi Boccherini, no tenías la menor idea cuando pasabas allí tus veranos impúberes. Para ti Arenas significaba bañarte en el Charco Verde, hundir tu rostro hasta las orejas en sabrosas rajas de sandía, pasear por las tardes con la chiquillada veraneante por el umbroso camino que lleva al Santuario de san Pedro, beber la exquisita leche helá que servía el señor Paco en su pista de baile –un rectángulo de tierra que se regaba para contener la polvareda iluminado en la noche por una sola bombilla- y escuchar el griterío de las mujeres cuando los mozos corrían la capea hasta la plaza del pueblo. Allí se instalaba el consabido tablao de la época, qué peligro. Una o dos veces por verano paraban cerca unos titiriteros de esos que tocaban la trompeta para que una cabra sumisa se subiera a una escalera portátil. No eran precisamente artistas del Circo Barnum, pero actuaban por la noche y gratis, y esa primera licencia nocturna para un niño de entonces convertía al numerito de la cabra en un fascinante espectáculo. Luego llegaba la Feria de Agosto, cuando en la plaza del Castillo de don Álvaro de Luna se compraban y vendían por la mañana pollinos y ovejas y, por la noche, se abrían las casetas que te tentaban con pirulíes, martillos de caramelo, flautines de caña, caballitos de cartón y motoristas y cornetas de hojalata. Algún pequeño regalo caía, porque el 25 de agosto era tu santo. Poco más. Los niños entonces pintabais poco, y gastabais menos. Si no había nada que feriarse, siempre quedaban restos de madera de pino en los aserraderos para, con sólo dos clavos en la cruceta, fabricaros espadas y jugar a ser mosqueteros.

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La música que te sonaba en aquel Arenas de san Pedro era el canto de las chicharras y la de la gaitilla, un grupo de saxo, clarinete, bombo y tambor que tocaba pasodobles, boleros, y foxtrots para que el personal se agarrase y se trenzara en amores si habían suerte. Recuerdas particularmente un baile en uno de los últimos veranos, una chiquita morena y agitanada de sonrisa blanquísima y cara guapa como de modelo de lata de aceitunas. Era la hija de un torero ya retirado que había alternado nada menos con Manolete. Con un par de miradas comprendiste que ya no eras tan niño. Te sacudiste la timidez, diste un paso al frente, la sacaste a bailar y fuiste feliz mientras duró la pieza, que no fue poco. Luego la orquestina empezó a tocar La raspa y La conga de Jalisco, las parejas se separaron y aquel amor incipiente se desmadejó para siempre. Al día siguiente sólo te quedaba de ella el perfume que su colonia había dejado en la hombrera de tu camisa, que te resististe a echar a lavar por guardar su memoria. Cinco días después el aroma de la colonia permanecía, pero la imagen de su cara, que te había parecido la de una diosa y que hubieras conservado en un relicario sentimental, se había desdibujado en tu recuerdo.

Echaste la camisa al cesto de la ropa sucia y te fuiste con la música otra parte.

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La otra noche no te dolía nada España, sino todo lo contrario. La causa era otra música que escuchabas en el restaurado Palacio de la Mosquera. No era la de las chicharras ni la de de la gaitilla, sino la de Pragma Música, un dúo de violonchelo y contrabajo que ante una atenta concurrencia interpretaban a Mozart, a Boccherini, a Rossini y a un tal Domenico Dragonetti, otro pequeño genio de la época que Irene Mateos y Miguel Franco han rescatado del olvido. Irene Mateos, que a ti te pareció tan virtuosa como Yo-Yo Ma o Jacqueline Du Pré, es, además hija de la villa. Simplemente emocionante: mientras los dos ejecutantes demostraban que la Ilustración no pasó de largo por Arenas, tú reconstruías tu memoria y, por matizar el discurso crítico que hoy estigmatiza a España, a sus políticos y a la propia autoestima nacional, concluías que a pesar de los errores, bajezas y corrupciones que desnudó la crisis no todo se ha hecho tan mal. Políticos fueron los que impulsaron la restauración de La Mosquera, que era una ruina cuando tú veraneabas allí. Y políticos supones que serían los que poco a poco han contribuido a que el mismo pueblo cuyo fervor musical más expresivo era cantar Catalina la torera –canción de rondalla muy coreada en las celebraciones populares- también aprecie hoy el regalo impagable que siempre nos trae la música clásica.

 

Invierno con mirlo y Montoro asomando las garras

También el honrado invierno tiene su encanto, a veces en forma de pájaro...

También el honrado invierno tiene su encanto, a veces en forma de pájaro…

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Te has retirado al campo, donde por primera vez te recibe el señor invierno. Supones que arriba, en las crestas del Almanzor, habrá nevado, pero en tu cota de los setecientos lo que ha caído es una manta de agua que se ha llevado por delante las hojas que aún se resistían en las ramas de los árboles. Adios, otoño, adiós. Llueve incesante, pero mansamente.

Agua bendita, al contrario de lo que ha caído en otras partes de España, que era agua cabreada, iracunda, como queriendo decir: ya que, a lo que se ve desde arriba, tenéis tan poca estima por lo que es vuestro país, o nación, o patria, llamadlo como queráis, allá va un temporal para ponerlo un poco más patas arriba. Los temporales no tienen ideología, pero a veces, son el quinto o sexto jinetillo del Apocalipsis. Afortunadamente en tu contornada se han portado. En lugar de estacazo y tentetieso el plomo del cielo se ha desleído en eso, en una suave, pero espesa y persistente manta de agua de las que calan la tierra y alimentan los acuíferos.

-Nieblas meonas –escuchaste hoy en el pueblo- Estas son las buenas.

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Porque al parecer el día de Nochebuena se pasaron de meonas.  En Madrigal de la Vera, en Candeleda y en Arenas cayeron por más doscientos litros por metro cuadrado, tres cuartas partes de lo que puede llover en Lorca en todo un año. Te duele que el temporal haya sido una pesadilla para los que perdieron su casa, su coche o alguna cabeza de ganado lejos de tu aquí, pero esta salutación mojada del invierno te encanta. Mientras escribes estas líneas junto al fuego tomas una taza de té y, siguiendo  el ritual de todas tus Navidades, escuchas el Mesías de Haendel y al fondo, el tamborileo de los goterones que resbalan del tejado. Estas esperando la llegada de tu familia, pero entretanto disfrutas tanto del momento que te empieza a preocupar. Piensas que de un momento a otro descenderá por el tubo de la chimenea Montoro disfrazado de Papá Noel, y querrá cobrarte el IMOFEI.

-¿Y eso qué es lo que es? –le preguntarás ingenuamente.

-¡Pardillo!- te dirá  frotándose las manos con cara de Mr. Scrooge y relamiéndose de gusto como si aún le quedaran en la barbilla restos de la sopa de almendra de la cena de Navidad- El novísimo Impuesto sobre Momentos Felices Imprevistos. ¿O es que crees que yo me toco los cojones?…

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El invierno muestra la honradez del campo, desnudo como queda de todas las hojas de los caducifolios y con el pasto agrisado por las heladas. La frialdad. Todas las otras estaciones son más gratas con él, pero así y todo aguanta el tipo sin engañar a nadie (la primavera y el otoño disfrazan incluso a la tierra más feúcha, que acaba dando el pego gracias a su maquillaje). Aún pintan de distintos verdes los pinos, los olivos, las encinas y, sobre todo, los madroños y los cítricos. Por cierto, te preguntas por qué no convertimos al naranjo y al madroño, tan coquetos en esta época gracias a sus  frutos de color vivo, en el árbol de Navidad autóctono, ahora que tanto se lucha por la marca España.

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Un día  como hoy hay bien poco que hacer en el campo, sobre todo a tu edad, demasiado avanzada para calzarte las katiuskas y patear los charcos. Travesuras inocentes de otros tiempos. Sólo escribes, escuchas música y  de vez en cuando te asomas a la ventana para ver a un mirlo picoteando las aceitunas.

Velay otra muestra de la honradez del invierno: sin ramas tras las que camuflarse, se ve nítidamente el plumaje negro brillante de este pájaro tan vulgar rematado por el llamativo contraste de su pico amarillo vivo, y te parece casi un ave aristocrática. En la sobriedad, la adustez y, a la postre, la honradez del paisaje invernal de un día frío y lluvioso, cualquier pequeño detalle de vida  animal se te antoja un prodigio de la naturaleza que merece ser guardado en el album de tus cromos favoritos. No se lo cuenten a Montoro, vaya a ser que se saque otro impuesto por observar al mirlo o deleitarse con el vuelo en escuadra de las grullas.  Otro regalo  por cierto, para no despericiar, que nos hace por estos pagos el honradísimo invierno.

 

La medicina del alma

La foto es un churro, pero la "instalación" tiene su aquel...

La foto es un churro, pero la “instalación” tiene su aquel…

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Viste en un ABC reciente que en algún lugar han inaugurado un busto en honor de Mingote. Recuerdas vagamente la foto de familia y autoridades que suele recoger este tipo de actos. Junto al busto aparecen todos los que lo admiraron con cara de circunstancias. Quizás sea por lo mismo que te ha llamado la atención a ti, y es que la presunta obra de arte no se parece en nada al original. Suele pasar. Nos asombran el Moisés de Miguel Angel y el Éxtasis Bernini por la asombrosa fidelidad de sus rasgos, pero lo cierto es  que nadie había visto la cara ni tiene la fotografía  de Moisés ni de santa Teresa para comparar. O sea, que el retrato de los personajes no deja de ser un suponer.

A Mingote le van a dedicar ahora una estatua en El Retiro. Ya han convocado un concurso: Dios nos coja confesados. Más valdría que le dedicaran una placa en la que se plasmara uno de los dibujos con los que se autorretrató. Sólo unas líneas de su lápiz serían para el gran público bastante más identificables y, sobre todo, más emotivas, que lo que probablemente elegirá el jurado municipalista. Basta cotejar la estatuaria conmemorativa que jalona las calles de las ciudades y pueblos de España. ¿No son sus mejores esculturas las de aquellos a los que nunca conocimos de carne y hueso?

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A tu tío Federico Larrarte le dedicaron cuando murió uno de esos recuerdos de bronce en los jardines de Arenas de san Pedro que llevan su nombre, pero tú pasaste por allí y comprobaste que aquel bajorrelieve podía ser él o cualquier otro tío. Mejor hubiera sido sólo la leyenda: al doctor Federico Larrarte, que atendió a tantos arenenses sin cobrarles una peseta. El tío Federico Larrate siendo poco tío –estaba casado con una prima segunda de tu madre, que era la  que daba las mejores comidas y meriendas de la familia- era un gran tío. Lo suyo eran los niños, aunque no sabes si a eso hay que llamarle puericultor, como se decía entonces, o pediatra, como prefieren decir ahora. De modo que tu primera noción de un galeno se fraguó sobre la imagen de un señor sonriente, muy pulcro, elegante y simpático vestido con camisa a rayas y cuello de celuloide blanco que iba a tu casa cuando te dolía la garganta o eructabas esencias de huevo duro.

-Este niño en cama, que no vaya el colegio –decía después de auscultarte y de palparte la tripa- Y de dieta, arroz blanco, jamón de York y yogur.

Entonces te daba un cachetito en el moflete, para restarle importancia al asunto, metía el estetoscopio en su maletín de mano y se despedía.

Eran tres de tus manjares favoritos, así que tú le quedabas muy agradecido, porque te sanaba, te libraba del colegio, le daba alegrías a tu paladar imberbe y encima, en verano, hasta te llevaba de excursión en su Renault 4/4  por las carreteras de Arenas.

El tío Federico se distinguía además por su voz, que tú, en una precoz ínfula de greguerista ramoniano, asociaste a la del bocadillo de jamón, como si los bocatas de jamón hablaran. No sabías por qué, pero estabas convencido de que el tío Federico tenía voz de esa delicia, sin precisar si el jamón era de Avilés, de Teruel o de Montánchez, porque entonces lo de ibérico pata negra no entraba en tus cabales. Otra de las peculiaridades del tío Federico es que exhalaba un perfume inconfundible, el de una colonia que no oliste nunca en ninguna otra persona, y que grabó tu memoria olfativa para siempre. También lucía  en el dorso de una mano  uno de esos grandes lunares que la edad desparrama por la piel humana.

-¿Qué es eso?- le preguntaste un día.

-Un caramelo –te respondió sin darle importancia.

Tú, como buen niño, no entendías el sentido del humor. Pero te quedaste con la idea del caramelo para redondear la imagen del hombre que te ayudó a crecer. Todo positivo, todo amable. Un mal día el tío Federico se murió, y tú mojaste la  pluma en la tinta de los recuerdos para escribir El retorno del tío Federico, una semblanza imaginaria en la que resucitaba para seguir vigilando la salud de sus pacientes. Supones que aquellas cuartillas pecarían de sensibleras, pero a su hijo Adolfo, que heredó el maletín y luego te ayudaría a criar a tus hijos, le emocionaron mucho.

-Muchas gracias- te dijo por teléfono con la voz temblorosa. Era la única vez en su vida que te llamó él, porque siempre eras tú o tu mujer la que le llamaba para atender a los niños.

Ese recuerdo te estimula. Pensabas que los médicos, tan familiarizados al cabo con las glorias y miserias de la vida y de la muerte, no deben de ser propicios  a la emoción. Sin embargo muchos años después repites en cierto modo la experiencia con otro médico y te das cuenta de lo contrario. Les cuesta, probablemente están educados para la frialdad y la templanza, pero, como cada quisque, tienen su corazoncito.

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Que la fuerza te acompañe, decía Darth Vader. Pero luego te acompaña o no, según le da. A Constantino Romero, que era quien daba voz al tal Darth, le ha acompañado sólo hasta los 65 años, dos menos de los que tú has cumplido con largueza. Sigue el desfile…

Eso quiere decir que estás en edad de riesgo, y que nada agradeces tanto como ese médico amigo que, saltándose el severo protocolo y la burocracia que hoy exige la medicina, pública o privada, te ofrece su teléfono móvil y te atiende a cualquier hora del día y de la noche. Se habla mucho de los progresos de la moderna medicina, pero a ti te nacieron en la época de los médicos de cabecera, cuando Mahoma aún iba a la montaña, y no era esta la que tenía que acudir al hospital o al ambulatorio para revisar sus debilidades. O sea, que echabas de menos al médico cercano. En más de cuarenta años de cotizante de la Seguridad Social ni siquiera recibiste la visita de ninguno de sus galenos.

-Con la de trabajo que tendrán- pensabas-¿Cómo les voy a llamar por una simple vomitera?

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La fuerza de Darth Vader quebró con tu puñetera neoplasia y dejó de acompañarte, pero como no hay mal que por bien no venga fue entonces cuando perdiste el pudor y solicitaste la ayuda de esos médicos que, dentro o fuera de tu seguro eran tus amigos. A tu otorrino de confianza, Paco Isasa, a quien no veías desde el colegio, te lo reencontraste veinte años después trotando a tu lado entre la nube de corredores que corríais la Maratón de Madrid, y desde entonces lo llamas sin reparo alguno cuando lo necesitas. Vitín L. Barrantes, que es dermatólogo, te hace encantado la ITV de la carrocería, y te anima cariñosísimo con la autoridad añadida de haber superado su propio susto y ser un hombre feliz. El cirujano Vicente F. Nespral te arregló en su día la fontanería interior (e inferior), y es tan eléctrico atajando tus males como poniéndote en contacto con el especialista que haga falta. José Antonio Serra, que es geriatra, está abierto hasta al amanecer `para examinar tus vergüenzas y despacharte recetas adobadas con sentido del humor.

-Lo del reconstituyente  me parece bien. Lo de la muñeca hinchable –dice sin perder un ápice de su ironía- excesivo.

Y finalmente tienes a Quico L.I., que es psiquiatra,  que lleva años luchando denodadamente contra su propio bichito  y que coincide contigo en el campo los fines de semana. Tal vez por eso se ha convertido en tu mentor y supervisor, como si él fuera el prior y tú el misacantano tumoral. Qué cosas.

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A Quico le debías un detalle, pero no es hombre fácil de regalar, pues él bebe Coca-Cola en lugar de vino, y además se ha comprado ya todos los caprichos más o menos útiles que normalmente apetecemos los hombres. Así que decidiste que más que un regalo le cuadraba un homenaje. Podías haberle encargado un busto, con el riesgo de que al artista de turno le saliera un engendro como aquel del pobre Mingote que se cita en este post, y además no tenías presupuesto Tiraste de imaginación y entonces se te ocurrió una instalación, que ese neologismo mágico con el que los artistas modernos presentan sus creaciones o sus camelos, que pueden ir desde una docena de latas de tomates ensartadas por un alambre en torno a la escafandra de un buzo –qué genial- hasta tres escarabajos peloteros disecados sobre un tablero de parchís. Asombroso, sobre todo si los escarabajos van pintados de turquesa y oro y el título de la instalación es Tres lanceros bengalíes.

 

-No te pongas estupendo- sentiste que te decía entonces Pepito Grillo- y no te comas el coco. Que Quico es más sencillo de lo que tú piensas.

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Entonces pensaste en lo mismo que probablemente te hubiera gustado a ti, un modesto juguete de hojalata y un mensaje ad hoc, como queriendo decir que lo importante no es el valor del objeto en sí, sino su significado. Pillaste una ambulancia de los años sesenta, una caricatura suya, una foto de Gredos como marco de vuestros encuentros, y con la ayuda de tu sobrina Alicia y tu sobrino Ramón instalaste, y valga en palabro, todo esto en una caja de madera cerrada por una tapa de cristal. Lo demás fue leer el soneto en medio de un pequeño festejo entre amigos. El soneto, titulado La ambulancia de Quico, dice así

¿Por qué será que Quico, o don Francisco,

doctor en los problemas de la mente

siempre te atiende, amigo y diligente,

te duela tu locura o tu menisco?

¿Por qué no hay nieve ni rayos ni pedrisco

que frenen su atención hacia el paciente?

¿Por qué cura su optimismo impenitente

Hasta el mal más dañino y levantisco?…

La respuesta no está sólo en su ciencia,

sino en algo de aún más importancia.

Buen galeno, acude con urgencia

y para atajar cual sea tu dolencia

te acoge en su mágica ambulancia

y te inyecta cariño en abundancia.

La instalación no es para que figure en el Reina Sofía, y el soneto no hace sombra a los de Quevedo. Pero con ellos no hablaba un artista, sino sólo un amigo agradecido que mejora día a día gracias a la medicina del alma.

La chica del Austin

...Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai

…Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai lleno de buenos deseos

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Tú no controlas. Es imposible que sigas el devenir de toda la gente que has ido conociendo a lo largo de tu vida, de aquellos amigos de la infancia con los que jugaste, tus compañeros de colegio, tus colegas en la mili, en la Universidad, en el trabajo, de las chicas a las que admiraste o con las que saliste Digamos que a todos los has ido filtrando por el colador chino de la memoria. Unos se escurrieron sin dejar rastro y otros se quedaron agazapados en el cedazo de tus recuerdos, y se convirtieron en materia de tu inconsciente. Porque resulta que tú no crees ser más que tú, una isla, pero nadie es una isla absoluta, y todos mantenemos, aún sin saberlo, un punto de contacto con alguien.

A veces ese alguien reaparece inesperadamente.

-¿Don Luis Figuerola-Ferretti?-preguntan por el telefonillo-Traemos un envío para usted.

Hace falta ser un auténtico sabueso del Madrid arrabalero para descubrir tu palomar en ese barrio dédalo donde vives. Pero el mensaje debe de estar guiado por el radar del cariño, y aunque a esas horas tardías de un viernes de Dolores nunca se espera ya reparto alguno, te han dejado en casa un bonsái bien guapo con un mensaje lleno de buenos deseos para tu curación. Lo firma una chiquilla –ya no tanto- a la que en cincuenta años no habrás visto más de dos o tres horas, una en Madrid, otra en un Rastrillo de Oviedo, ciudad en la que reside y desde la que se ha movilizado por ese imperativo categórico  de  nostalgia amable que impone la recherche du temp perdu.

-Riégalo, recórtale las puntas y cuídalo con cariño. Te ayudará a curarte- dice el tarjetón.

Añade un beso y la firma de Cristina Palau.

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No era precisamente un hotel sofisticado del Club Mediterranée, sino más bien una colonia de veraneo popular en medio de un pinar a los pies de Gredos, en  Arenas de san Pedro. Las pequeñas casas se alineaban en forma de U formando una especie de patio de cortijo, en medio del cual crecían seis enormes plátanos que sombreaban los juegos de la chavalería, y que permitía a ésta, cuando ya picaba la pubertad, trepar a las ramas y tallar en su corteza a punta de navaja los amores del verano. Juan y Teresa, decía una inscripción con un corazón atravesado por una flecha. Alvarito y Carmen, decía otra. Mariví y Chiqui, indicaba otra. Y otra, y otra, y otra. Los viejos árboles, tan frondosos, no sabían si llorar las cicatrices por el dolor que les marcaba la piel o por la ilusión que albergaban en su ramaje.

-Juventud, divino tesoro-silbaba el viento entre las ramas de los plátanos poblados de púberes rampantes.

Veraneaban en aquella colonia varias familias  fijas desde hacía años. Entre otras, la tuya propia. Pero crees que fue en julio de 1960 cuando apareció por primera vez por allí un Austin verde del año 1950 cargado de novedades

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El Austin era de Antonio Palau, un inquieto leonés de La Bañeza que había inventado un método fotosilábico para iniciar a los niños en la lectura, un genio de la pedagogía. Antonio estaba casado con Loli, y tenía cinco hijos: Toñín, Mariví, Cristina. Montse y Mónica. Salvo Toñín, que jugaba al fútbol en los partidos de por las tardes, y Mariví, melena rubia de muchacha en flor, los hijos del maestro Palau te quedaban muy pequeños, incluida Cristina, que era de la edad de tu hermana la menor.

Pero los años igualan. Me dio siglo después la amiga de tu hermana, es la señora que te envía el bonsái para que te repongas pronto. Ella también tiene lo suyo: desde hace tiempo sufre demasiado por la vida, sin más razones que la propia sinrazón que es muchas veces la existencia.

-Yo tampoco estoy bien -te dice- Pero me ha impresionado saber que estás como estás, porque en aquellos veranos de Arenas yo ya admiraba tus imitaciones. Y quería animarte.

No sabes qué partido le podría sacar una niña de entonces a una caricatura de Franco, que no era precisamente gracioso como los payasos de la Tele. Tampoco tienes claro en qué medida, do ut des, puedes ayudarle ahora a que queme los demonios que le rondan y se anime, y se libere finalmente de su depresión. Así que sólo te has atrevido a decirle que muchas gracias, que el bonsái te ha emocionado por lo que significa. Y que por un momento, al verlo tan verde, has creído que volvía el Austin modelo 1950 en el que la conociste, que también era verde.

Le dijiste que escribirías de esto en tu blog, y no le vas a fallar. Así que el viejo Austin, que ya entonces era casi una antigüedad y por eso te gustaba tanto, llega, se detiene, se abren sus puertas y de él se baja Cristina. Tras ella, un inmenso cargamento de ternura que cambia tu desazón por esperanza. Qué suerte que vuelvan también las amiguitas de la infancia.

Boccherini se salva de los tigres

Frente al edificio donde se celebraba el concierto había un par de tigres como este, pero cenaron su dieta normal…

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Frente al edificio del Centro Cultural Josefina Carabias se podía ver una pareja de enormes tigres que esperaban paseando de un lado a otro de su pequeña jaula su turno para el numerito de las fieras. La villa de Arenas de San Pedro ofrecía eL pasado sábado alternativas. Los niños y los adultos con espíritu de Ramón Gómez de la Serna seguramente elegirían la función de un circo ambulante que paraba en la noble villa abulense. A sólo unos pasos de los malabaristas, los clowns, los augustos y las fieras, los amantes de la música clásica tendrían la oportunidad de asistir al concierto que cerraba el IV Festival Boccherini, en el que el conjunto La Ritirata iba a interpretar más de una docena de piezas de músicos italianos en la Corte Española. Entre ellas, naturalmente, el célebre pasacalle de la Música nocturna delle strade di Madrid. Sí, claro, ese que interpretaban al final de Master and Comander los dos oficiales de la marina británica. Otros tiempos, otros gustos.

Antes del concierto, y después de leer al público una breve biografía del grupo ejecutante, este bloquero, que hacía las veces de presentador, cedió el micrófono a Josetxu Obregón, director artístico y cellista del grupo. Josetxu es un joven mocetón bilbaíno con un currículo brillante, y una técnica y un gusto musical exquisitos. Tampoco le falta el sentido del humor.

-Estamos encantados de tocar en este festival –dijo con una gran naturalidad- Pero si no les gusta nuestra actuación nos pueden echar a los tigres, que les quedan muy cerca.

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El bloguero se acordaba de que en los pueblos españoles como la Arenas de san Pedro que conoció de niño lo de los tigres era un lujo inalcanzable. A los toreros malos lo tradicional era echarlos al pilón. También recordaba el griterío de las mujeres del pueblo en las capeas de las fiestas de agosto. Allí no se tiraban cabras por el campanario de la iglesia, como en otros pueblos, ni se alanceaban toros como en Tordesillas, pero sí recuerda que en una verbena en el interior del recinto del Castillo se lanzó desde las almenas a un pollo por el que peleaban los mozos del lugar. En aquellos tiempos un pollo era el sueño de Carpanta, y un premio importante. Pobre pollo, a saber qué final tan cruel le esperaría..

Afortunadamente la actuación de la Ritirata fue impecable, el concierto fue un éxito, y los músicos no sólo no fueron arrojados a los tigres, sino que recibieron aplausos y bravos. Y comprobaron que aunque pintan bastos para los espíritus sensibles –para todos, más bien- aún sopla un hálito que mantiene viva la llama de la cultura.

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Visto que este duende vuelve a aparecer tímidamente en los medios ya está haciendo hueco en su apretadísima agenda para los importantísimos encargos que en poco tiempo le van a llover. Presentador de los Juegos Florales de Valdenabos de Arriba, pregonero de la Makro Karrera de Sakos de Uzkarrandieta, miembro del jurado de Miss Villalejos, mantenedor de las Justas del Membrillo en Celemín del Segorbial, tertuliano de honor del casino de Capamulas, etc. Todos serán para para presumir, seguro, y no rechazará ninguno. Pero este de haber sido presentador del Festival de Boccherini en el pueblo de sus ancestros y en un momento de tanta penuria económica y de decaimiento de la moral colectiva le llena de particular orgullo.

Porque no todo va tan mal, caramba. Ahí, en esa villa abulense un par de mujeres llamadas Carina e Isabel han agitado la memoria del compositor italiano y de su mecenas, el Infante Don Luis, para movilizar al Ayuntamiento y a siete comerciantes del lugar y financiar un fin de semana musical que daría lustre y prestigio allí donde se celebrara. Sorprendentemente, dos conciertos a precios popularísimos -el ya comentado y el del Cuarteto Armónico, también estpendo, que actuó el viernes- una conferencia y la organización de una cena de clausura en el elegantísimo Palacio de la Mosquera fueron posibles con un presupuesto que debe de equivaler a lo que se gasta cualquier futbolista del Madrid o del Barça en una noche de cubatas.

La conclusión es que aún en tiempos de crisis habrá cultura mientras sobreviva la sensibilidad y haya gente ilusionada por hacerla accesible al pueblo. Porque este sabe apreciarla, y no echaría los músicos a los tigres aunque estos estuvieran tan cerca de Boccherini como lo estuvieron el pasado sábado.

Verano 14. Un interludio de Boccherini

El Festival Boccherini se celebrará en Arenas de san Pedro los días 28 y 29 de septiembre de 2012. Una conferencia a cargo Paloma Olmedo sobre “Boccherini y el Infante Don Luis”, dos conciertos, una Cena Dieciochesca en el palacio de la Mosquera y una Excursión al Monasterio de Yuste integran el programa. Los precios son popularísimos. Y este Duende es el encargado de presentarlo…

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Viajar en soledad no sólo te le lleva a los lugares que espontáneamente te pide el cuerpo. Esa es la ventaja de no tener que dar explicaciones a nadie: te permite también asomarte a las regiones del alma a las que te puede invitar un recuerdo, un pensamiento, un nombre que ves en un cartel, una noticia, una llamada de teléfono.

En pleno horno veraniego al bloguero le sorprendió una llamada de Carina Ferrer Sauermann, canaria de origen alemán residente en Arenas de San Pedro. Estas mezclas de orígenes distintos y distantes, que diría Leopoldo Calvo-Sotelo, enraizadas donde menos se espera, siempre le han interesado al bloguero. Cree que con fenómenos migratorios semejantes se forjaron los Estados Unidos, primera potencia mundial a pesar de todo, y quizás por la riqueza que aportan los mestizajes. Carina apareció por esos pagos por una cuestión de amor. Al que sería su marido, un hijo de Arenas al que el valor y otras virtudes se le suponían, se lo rifaban las lugareñas y las señoritas de Madrid, mayormente cuando le veían pasear con su uniforme de piloto militar. Ahora Carina alimenta en Arenas otros amores. Tiene hijas y nietas que paran por ahí, en una de las pocas casas tradicionales del pueblo antiguo que permite ver por sus ventanas únicamente lo mejor de la villa: el pico de la Mira al fondo, el paisaje de roca y pinos de la sierra de Gredos, el Palacio de la Mosquera en el lado opuesto del valle y la torre renacentista que remata la iglesia parroquial de la Asunción, edificada sobre una base gótica. También tiene otra pasión que es también una dedicación de muchas horas. Se llama Boccherini.

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-¿Te gustaría ser el presentador del Festival Boccherini?-le dijo por teléfono a este bloguero errante.

Carina es la presidenta de la Asociación Boccherini de Arenas de San Pedro. Si la presencia de una canaria hija de alemana en un pueblo del sur de Ávila puede resultar curiosa, no digamos lo sorprendente que debió de ser en el siglo XVIII la de un compositor italiano nacido en Lucca que vino a España siguiendo a una soprano y se enroló en la corte de don Luis de Borbón, que también –oh casualidad- eligió este lugar para establecerse. Cherchez la femme y el temor de Carlos III por las posibles aspiraciones al trono de los descendientes de su hermano y se encontrará respuesta a lo que a priori parece un cierto enigma. Ahora que se escriben tantas novelas históricas, aquí hay una muy palaciega de amor, de celos, de recelos reales, de viajes y de sueños de cortes paralelas. Y todo con el protagonismo de figuras humanistas como las de Don Luis y la de Boccherini, que compuso precisamente en Arenas su famoso Quinteto que convirtió la Música nocturna para las calles de Madrid en una de las piezas dieciochescas más recordadas por el personal. ¿Verdad que promete?

Como promete, incluso en tiempos de vacas no ya flacas, sino medio anoréxicas, el Festival por el que tanto trabaja la amiga Carina.

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Al final, como la Torre de la Iglesia de la Asunción, como el anclaje de Boccherini en Arenas, como Carina o como este mismo bloguero, todos somos depósito de los siglos y fruto de los mestizajes.

-¿Y por qué me invitan a presentar ese festival? –se preguntaba el Duende- ¿Y qué pinto yo allí?…

Porque él es aficionado a la música clásica, cierto, pero no un especialista. Y amante de la historia, cierto, pero nada ilustrado. Y algo así como periodista o comunicador, pero sin cara televisiva, que es lo que vende. Y además veraneó muchos años de su infancia en Arenas, seguro, pero como tantos otros. Y fue pregonero de sus fiestas cuando realmente se le escuchaba en la radio, aunque ya quizás nadie se acuerde del pregón. ¿Bastan esos títulos para hablar del gran Boccherini con un mínimo de solvencia?

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En esas dudas estaba cuando se le ocurrió bucear en su linaje y recordar que un cuarto de sí mismo procede de un contemporáneo de Don Luis y de Boccherini que sin duda convivió con ellos en el Palacio de la Mosquera. Pues sucede que él lleva el apellido Lletget en cuarto lugar, y es chozno de don Diego Lletget y Maixer, que según unos libros fue sotaayudante de la furriera en la corte de don Luis de Borbón. Este hombre casó con una arenense, fue padre de don Diego Lletget y Pérez del Olmo, catedrático de Farmacia, y murió en la villa de la Triste Condesa probablemente después de haber servido al autor del famoso Minuetto y de la Ritirata más de un aperitivo, pues aquel cargo tan rimbombante debía de ser algo así como jefe de intendencia o, como mínimo, sommelier de palacio. Menos prosapia da una piedra.

Para más curiosidad enrevesada Lletget y Maixer era un catalán de pura cepa. ¿Qué hacía en siglo XVIII un catalán por Arenas de San Pedro? Item más: ¿por qué se llamaba Lletget, que en catalán significa literalmente Feíto, siendo así que en la familia, aunque no constan misses de belleza reconocida ni Apolos notorios tampoco éramos tan horrorosos? Misterios de la vida misma, y de algunos países tan ricos en sociología variada como es España.

Hé ahí el sedimento de los siglos y el mestizaje, la misma historia de la Torre de la Iglesia de Arenas, de la estirpe de Carina y de la de este presentador del Festival Boccherini, para servirles. Sin negar que él también se llama Lletget, que significa feíto, puede asegurarles que tanto la historia de Don Luis de Borbón, de Boccherini, y del palacio de la Mosquera, como el Festival de Música que el último fin de semana de septiembre se celebrará en recuerdo suyo quedarán muy requetebonitos. Hay planes mejores, pero probablemente no tan dieciochescos y mucho más caros.

VERANO III. De los titiriteros a Shostakovich

Aquellos títeres de verano no tenían ni el glamour ni el encanto que tenían los de la película Lilí…

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De repente una noche de verano aparecían los títeres.

Aquel aprendiz de contribuyente creía que los títeres tenían más lustre. Quizás había visto ya la película Lilí, y esperaba a la encantadora Leslie Caron bailando con Reinaldo, que era un títere humanizado, cosas del cine. Ay Lilí, ay Lilí, ailó, era lo que cantaban y luego repetíamos a coro después de ver la película..

Era una película muy cursi, pero bonita, de las que se quedan grabadas en la memoria. Al día siguiente de verla, el Duende se quería casar con la artista, o sea, con Leslie Caron, cosa que le pasaba cada vez que la heroína era guapa y le gustaba. Nunca se casó con ninguna. Ni con Leslie Caron, ni con Pier Angeli, ni con Audrey Hepburn, su favorita. Ni siquiera con Encarnita Fuentes, que era la protagonita de Recluta con niño, una de las películas más maravillosas de aquellas infancias. En la película, Encarnita hacía de ciega, lo que le añadía a su encanto aún más ternura. Además la actriz era española, como de Salamanca, lo que a priori le situaba más asequible. Pero nada, no la conoció personalmente, no dio con ella, no tuvo ocasión de declararse. Estaba de Dios que las artistas de cine no eran para él.

Aunque hablábamos de los títeres. ¿Quién puede imaginarse lo que era una función de títeres en aquel paraíso para las chicharras que era Arenas de san Pedro en 1953?

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Los títeres eran en la casa de Román. El Duende nunca supo quién era Román, sólo que este tenía una casa algo más aparente que las de entonces con una torre y un jardín muy simple:unos geranios flanqueando y una pista de tierra donde se celebraba la función. Allí, bajo la luz de una única bombilla un titiritero tocaba la trompeta y otro jaleaba a una cabra para que se subiera a un taburete. Eso eran los títeres. Sin Leslie Caron, ni muñecos humanizados, ni princesas, ni fantasías, ni nada que recordara a eso que después se llamó glamour. Los veía el Duende en una silla de paja de esas que usan las viejas de los pueblos para coser a la puerta de su casa. Como en tantas cosas en la vida, era mucho más la ilusión que la realidad. En realidad, los títeres sólo servían para que a los niños les dejaran trasnochar.

Unos cuantos veranos después apareció por allí Daja Tarto, nombre artístico de un tal Tortajada Ese sí que era un artistazo. Llevaba incluso un frac abrillantado por el uso, rompía bombillas y se comía sus añicos como si fueran cañamones fritos. Era el único fakir que el Duende conoció en su vida, pero en lugar de vestir como Gandhi se trajeaba como un gentleman venido a menos. Un toque de distinción. Por cierto, si las bombillas que se comía eran Osram quizás no supiera que su fabricante también enrevesó su apellido. Osram al revés es Marso, probablemente con acento en la ó, como el marido de Concha Velasco que en paz descanse.

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Qué locas noches de verano. Se acordaba de ellas el Duende mientras en la iglesia de Soto de Luiña, una pequeña aldea asturiana, escuchaba al cuarteto Arché interpretando el Cuarteto de los pájaros de Haydn y, más sorprendente todavía en un programa que uno hubiera presumido facilón, un cuarteto –precioso, por cierto- de Shostakovich, que no es precisamente José Luis Perales. El clero no siempre es partidario de la música clásica en las iglesias. A veces prefiere el guitarreo y los desafines en mi bemol mayor de las beatas, pero se equivoca, porque un buen concierto, aparte de envolverte en esa oración universal que es la inspiración de los genios, te ofrece el tiempo para estudiar detenidamente cada una de las imágenes, retablos, pinturas y símbolos que adornan los templos. Incluso puede proyectar las almas a las alturas, y dejarlas a las puertas del cielo. No es mala ayuda para quien busca la fe. Quizás por eso el público escuchó al cuarteto Arché con una devoción y un respeto imponentes.

El bloguero, además, reflexionaba y comparaba con aquellas lejanas noches de titiriteros. Cuánto han cambiado España, cuánto la sensibilidad popular. Cuánto él mismo, observador de veranos, y cuánto sus propios gustos. Ahora en este país casi todo es sombrío, pero en algunos aspectos podría decirse – y perdón por la provocación- que estamos mejor que nunca.


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