Quedaba Del Nido un poco grotesco con el sombrero de botella de Tío Pepe. El hombre se justificó. Ante el Rey o el Príncipe, dice el protocolo, todos descubiertos. El Príncipe es poco estirado, y aceptó el sombrero como el amuleto que, según el presidente del Sevilla, le trae buena suerte. La misma suerte que le faltó al Atlético de Madrid. Pero el presidente Cerezo no se puede quejar. Aunque no se consiguió el doblete, la Europa League tampoco es mala cosecha para un equipo que en enero estuvo a punto de irse al garete.
Hubiera sido un espejismo. No hay mal que por bien no venga. Con tantos años de ayuno para los atléticos, todos querían prolongar el sueño. Pero hay que reconocer que el doblete hubiera sido un espejismo peligroso. Imagínense el cálculo de los sabios: si con las altas de Asenjo, Tiago y Salvio y las bajas de Heitinga y de Sinama, que casi equilibran lo invertido en aquéllos, hemos conseguido un título…¿cuánto más podremos racanear ganando la Copa del Rey? Lo dicho, que una derrota a tiempo puede ser, a la larga, más beneficiosa que una victoria.
Nunca, perdiendo, ganó tanto el Atlético de Madrid. Dice Amado de la Torre, el Pepito Grillo rojiblanco, que muchos de sus vecinos, y algunos de ellos del Madrid, le llamaron al móvil tras el pitido final. ¡Oye, tío, que estamos viendo lo del Nou Camp y casi se nos saltan las lágrimas!…¡Eso no es una afición!…¡Eso es un milagro!…Se cuenta que a Plácido Domingo le han llegado a tributar ovaciones de cuarenta minutos después de algunas de sus actuaciones. Pero seamos sinceros, el Aleti de hoy, aún jugando dignamente, no dio el do de pecho como nuestro gran tenor. El Atlético, simplemente, puso el miércoles lo mejor que tiene descubriendo, para compensar, lo mucho que aún le falta. No ganó porque, así como en Hamburgo hubo algo de suerte y, jugando peor, se metió el gol necesario, en el Nou Camp ese plus de fortuna cambió de barrio. Pese a ello, y al esfuerzo del viaje, y pese a la pasta que en ello se habrán dejado, miles y miles de seguidores rojiblancos permanecieron en las gradas aclamando a los jugadores como si el Kun, Forlán y compañía fueran Julio César y sus legiones regresando a Roma tras vencer en las Galias. Hasta al recio Ujfalusi se le humedecían los ojos contemplando ese brote de fervor rojiblanco. Y el bueno de Amado, contagiado por el potencial sentimental que arrastra el Aleti de sus amores, suspiraba: ¡Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo!
“Mi patria es mi equipo. Y mi equipo es el Atlético de Madrid” Curiosa contradicción: la patria ha pasado de moda, y lo de cantar un himno y agitar banderas en su nombre es casi “políticamente incorrecto”. Pero el fútbol se ha convertido en su sustituto. Se puede entender mejor en el caso del Barça, porque juega de maravilla, gana muchos títulos y, además, bien se ha encargado su presidente de que sea “más que un club”. Pero lo asombroso es que el Atleti, con su fútbol limitado y sin más rollos identitarios que la lírica de Joaquín Sabina, atesore un depósito de ilusión capaz de hacer levitar a multitudes. La masa no filosofa, pero buena parte de ella, siente como el bueno de Amado. Que su otra patria es el Aleti , y que, pase lo que pase, siempre agitará la bandera rojiblanca.
Ojalá que no devalúen ese oro en barras que es el sentimiento atlético. Quizás suene a ironía amarga, pero no haber ganado la Copa el Rey puede ser una gran victoria. Sobre todo si los barandas del club se convencen de que el Atlético de Madrid merece el esfuerzo de comprar lo necesario para hacer un equipo aún mejor que su fantástica afición. Lo demás sí será perder de verdad.
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