Siempre es difícil contestar a la pregunta esa tan tontorrona de qué es lo que más te gustaría hacer en esta vida. Se supone que quien lo plantea quiere codificar en simples respuestas el secreto de la felicidad terrena. Teniendo en cuenta que las células del cuerpo humano se renuevan cada siete años habrán pasado por el cerebro del Duende no menos de ocho modelos de felicidad distintos. Así, sucesivamente, ser bombero, torero, Robinson Crusoe, delantero centro del Atlético de Madrid, casarse con Audrey Hepburn, dirigir a la Filarmónica de Berlín en la Novena de Beethoven y meterse en el túnel del tiempo para recuperar el mucho perdido. Empeños todos inverosímiles. Sin embargo, uno de los más recurrentes en las últimas décadas lo encontró viajando en tren al levantar la vista del libro que se traía entre manos.
Como no podía ser de otra forma, en aquel momento desvió su atención de las letras al paisaje. Apoyó la frente en la ventanilla -ya no es que sea peligroso asomarse al exterior, como advertía antes el letrero del tren, es que es imposible- y se entretuvo en imaginar, uno por uno, a dónde van a parar esos miles de caminos que se ven en cualquier recorrido. Como en el poema de Machado, blanquean, levemente serpean, se enturbian y desaparecen. ¿A dónde el camino irá?, se preguntaba don Antonio. Probablemente van a la felicidad. Nunca nos constará, porque no podremos recorrerlos todos. Y tal vez jamás daremos con aquélla, pero no será porque no nos espere, sino porque seguramente nos detenemos antes de tiempo.
Desde entonces, como don Alonso de Quijano, comparte el Duende la tesis de que es preferible el camino a la posada. Y sin que azucen las coronarias, ni el colesterol ni la la amenaza de la tripilla cervecera, se enamora de cualquier camino. Sobre el terreno o sobre el papel. Tanto se pierde en el monte como en los libros de viajes o en los mapas y planos que almacena cual si, iluso de él, pudiera recorrerlos a peón. Este fin de semana anduvo el sábado por tierras de Segovia, machadeando un camino entre encinas y sabinares que une Requijada con Arahuetes, dos aldeas tan pequeñas que ni tienen bar. A la espalda del caminante, la cordillera Carpetovetónica por su vertiente norte. A lo lejos, en un cerro, la muy noble villa de Pedraza. Por aquí se ha asentado una amiga de este blog. No quiere que se sepa, así que difundan la especie de que donde se ha hecho la casa Begoña es en Torrevieja, que es menos literario pero mucho más popular que estas aldeas de pan llevar.
A propósito. Ha llegado a la conclusión el Duende que hay entre los lectores del blog otros inquietos buscadores de felicidad. A pedal o pinrel. Le suena que José Ramón, Julián 29, Wallace, Gervasio, quizás Zoupon, no se si Ángelus, la infatigable Lola, puede que Macu, o muchos otros que olvido…son de los que no se están quietos, y comparten la pasión de caminar. Y pensó que, ahora que asoma la primavera, quizás sería divertido convocar una caminata sabatina por alguna cañada real o algún sendero de la zona centro. Quedar, presentarse con una credencial de imperdible, como en los congresos, con el nombre habitual del comentarista. Y sin más que un bocata, una cantimplora y buen ánimo, echarse a andar. Puede ser un plan.
Más que nada, por si es verdad que la felicidad nos espera a la vuelta de la primera curva. Se admiten sugerencias…



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