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No te mueras nunca, Audrey

Cada vez que queremos huir de la nostalgia, regresa Audrey Hepburn y vuelve a atraparnos...

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La nostalgia será un error, cierto. Y sólo mirar adelante tiene sentido. Pero el caso es que despierta uno este domingo dispuesto a la catarsis necesaria y  lo primero que escucha es la voz de Audrey Hepburn recién salida de la ducha cantando Moon River.

 Ya lo ha señalado este bloguero en otras ocasiones, es una de las escenas de más ternura que recuerda en la otra vida que era el celuloide. Ella allí, en albornoz, sentada en la escalerilla de incendios de un bloque de Manhattan, abrazada a una guitarra mentras encandilaba al universo con su cara de ángel, si es que los ángeles tuvieran sexo. Ella allí y el Duende joven aquí, tan lejos de cualquier paraíso, en el insignificante Madrid de la época, casi imberbe, estudiando ese coñazo inmisericorde que se llamaba Derecho Procesal mientras perseguía la sombra huidiza de las muchachas en flor. Qué injusticia. Para qué carajo quería uno el derecho procesal cuando lo que necesitaba era salir con ella.

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La inmortal Audrey anunciaba que EL PAÍS regalará durante los domingos que haga falta las mejores películas de nuestra época, las indispensables, las que, entre otras cosas, nos hacen pensar en los momentos de debilidad que no todo cualquier tiempo pasado fue peor. Hepburn, Peppard, Blake Edwards, Henry Mancini, Desayuno con diamantes. El desayuno del bloguero no llega a tanto. Un café, unas tostadas y unas cuantas ilusiones.

Entre ellas, la de desembarazarse definitivamente de cualquier compromiso sentimental con el pasado. Tirar por la borda todo lo que ya no puede ser. Pero va la SER y para arreglarlo lanza a Plácido Domingo cantando Maitechu mía, una de las grabaciones contenidas en el doble CD de melodías eternas que no debemos dejar de comprar.

Joder con la modernidad. No las tiene todas consigo, y al cabo casi recela tanto como este bloguero de lo que está por llegar. Tanta apología del futuro para acabar sujetándonos con los lazos de siempre. ¿No será otra milonga?…

Por si acaso, please, Audrey, no te mueras nunca.

Un crepúsculo divino

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Escucha Homper en una tertulia radiofónica una frase que le da qué pensar. La dice Joaquín Leguina, y no es mala pulla contra los que por huir de las creencias tradicionales acaban comulgando con ruedas de molino.

-Dejamos de creer en Dios y acabamos creyendo en cualquier cosa.

La frase se puede entender de mil maneras. Pero el Hombre Perplejo, poco instruído, la refiere a las dudas propias de su edad y de su condición. El Dios que le contaron se fue diluyendo en él por hacer caso a la razón. Pero emprendió el camino de la razón y, o ésta no era demasiado clara, o él era medio tonto, y no daba para seguir progresando por esa vía. Se pone en almoneda al Dios creador del cielo y de la tierra y unos sabios que dicen entender mucho de astronomía, de física cuántica y de otras materias abstrusas nos lo cambian por el Big-Bang. Ahora lo último es el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios . No está, pero se la espera en ese túnel de 28 kilómetros socavado en la frontera entre Francia y Suiza para que colisionen entre sí los hadrones. Con lo bien que quedaba Dios apareciéndosele a Moisés/Charlton Heston en el monte Sinaí y ahora encarnándose en partícula por un túnel donde otros hadrones viajan a toda leche y se estrellan entre sí como conductores de autopista borrachos. A partir de el momento en que aparezca el famoso bosón –vaya nombre- será como el Gran Houdini, pero en plan cósmico.

-Qué empanada, Señor, qué empanada-suspira Homper- Con lo señorial que quedabas tú con largas barbas en las viñetas de la Historia Sagrada…Tampoco lo entendíamos mucho, pero más creíble que lo de la partícula sí que resultabas.

Ahora a Dios ni siquiera se le pone imagen. ¿Quién es capaz de pintarle barbas a una partícula?

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Imagina Homper que, si es verdad el Creador es omnisciente, debería saber cómo tenemos que entenderle. Y se queda estupefacto –perplejo, como indica su nombre- de que por no complicarse la vida él le haga responsable únicamente de todo lo que le parece bueno, y nunca de los males, horrores e injusticias que se ven por el mundo. A Dios,como al Rey, conviene no comprometerle mucho.

-Además –aclara- Dios tiene muy buen gusto. Lo se porque cuando veo algo bello y me emociono siento como que vuelo. Y dado que los hombres no tenemos alas debe de ser uno de sus milagros.

Homper se las apaña para encontrar al Sumo Hacedor en muchas cosas sin importancia o en pequeños instantes mágicos. Hay un pedazo de Dios en una tortilla de patata, otro en una ventana mudéjar, otro en Audrey Hepburn recién duchada cantando Moon river, otro pedazo en un polvorón, otro en una rosa, otro en un silencio, otro en el aroma del espliego, otro en el roce del pie con la sábana recién mudada, otro en la novela que nunca escribirá, otro en el momento de domirse, otro en un gin-tonic después de haber hecho deporte una tarde de verano, otro en el beso de un nieto a su abuelo,otro en un bolero bailado bien apretado a una mujer en la verbena de pueblo de una noche de verano, otro en el recuerdo infantil de la leche condensada deslizándose por el gaznate, muchos en la música de Bach, y más aún, desparramados por ahí, en multitud de paisajes. En mares, montañas, desiertos. En las cataratas del Iguazú. O en esa bravía playa del Cantábrico por donde pasea una fascinante dama con dos perritos. Esas vivencias hacen de su alma una guitarra, y en ella una mano maestra dibuja misteriosos arpegios que le reconcilian on la idea del mago supremo.

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El último destello de presunta divinidad fue esta semana, en el inicio del invierno, cuando las noches son puñados de diamantes desparramados sobre terciopelo oscuro y los días amanecen glaseados de blanca escarcha. Al atardecer, se veía por el suroeste un cielo nítidamente azul condecorado por el cuerno de la luna creciente y, por debajo, de él una banda de luz crepuscular de color rosado, casi púrpura.

-Mañana hará mucho frío –le decían cuando era niño y el cielo pintaba así.

Confiesa Homper que ahora le daba igual el frío. En ese momento de soledad gozosa, alguien le decía por teléfono que donde estaba, a muchos kilómetros de distancia, veía un cuadro igual y, sin buscarlo, también sentía un momento especial. Ambos convergían sus miradas en ese punto del gigantesco espacio al que los científicos aún no son capaces de encontrar límite. Y Homper no quiso ponerse trascendente o cursilón, y menos aún buscarle cinco pies al gato, pero no se imaginaba que el bosón de Higgs, con todo lo que se espera de él, fuera capaz de inventar un sencillo momento tan delicioso y emocionante como éste.

- Si no es cosa de Dios –concluyó- hay por ahí un poeta genial que ha adoptado ese seudónimo.

Nunca saldrá de dudas, pero al menos cree que pasa ratos maravillosos.

Primas de riesgo y nietas de alivio

El Duende espera que sus nietas también consideren algún día que lo más importante de su vida fue aprender a leer...

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Oye hablar uno ahora de la prima de riesgo y se echa a temblar. Pero qué distinta era la cosa entonces, cuando una prima de riesgo sólo podía ser una chica maciza y repintada, con melena larga, un jersey de punto bien ajustado y una de esas minifaldas con las que Mary Quant perturbaba a la juventud de la década de los sesenta del pasado siglo. Mini pool y mini falda, o sea, mucha pechera y generoso muslamen. Cuanto más se reducía la ropa de ellas más se agrandaba la tentación. Qué peligro.

-Es una prima segunda a la que yo no conocía- dijo su amigo Luis- Pero está buenísima.

Luis.G.G., hoy un honorable abogado en ejercicio, era entonces una manada de búfalos concentrado el cuerpo de un fornido jugador de rugby. Como a Terencio, tampoco nada humano le era ajeno, pero lo menos ajeno de todo le era justamente aquello, que a poco que se desmandara se convertía en estampida. Recibió a la prima segunda con una alegría inusitada, como si se hubieran esperado el uno al otro toda una vida. Ella venía a Madrid a estudiar, como hacía  entonces las chicas bien de provincias. Algo estudiaría, pero los fines de semana se refugiaban en las oscuridades de lo que entonces se llamaban bôites y él le aplicaba el saber del pulpo para recuperar en una noche todo el tiempo perdido durante tantos años de no conocerse.

-Se va a dejar las gafas en el escote –avisó una amiga de la prima, que era la que hacía pareja con el Duende aquella tarde.

La pasión, que le cegaba al primo.

La amiga de la prima era otra cosa, y por eso iba de pareja del Duende, que no sabía qué hacer cuando se veía en un antro de aquellos y no le gustaba lo suficiente la chica como para bailar con ella. Además, se sentía carabina. Mientras los primos, inmisericordes, se metían mano, y hasta las gafas, la amiga, que era hija de un coronel, le contaba cómo era su vida en Lérida, bastante aburrida por cierto. La prima de León tenía riesgo, entonces alguna también se quedaba embarazada. Pero a la amiga el único riesgo que uno le veía era el aburrimiento. Como además no se parecían en nada a Audrey Hepburn, el Duende sólo quería escapar de ella y de aquella cueva oscura para ventearse en el aire fresco y libre de la noche.

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Se sorprende a menudo el Duende repasando la mutación de las palabras por el abuso de las mismas. Nadie que no fuera economista  sabía  hasta hace poco qué era una prima de riesgo. Pero ahora el Duende se despierta a las siete de la mañana y lo primero que escucha son noticias de la prima de riesgo. La prima de riesgo nos persigue.

Podían contar que ha posado en Interviú como Terelu Campos, que se ha inyectado mármol en polvo para quedarse con cara de biscuit como  Nicole Kidman o que estrenará un tanguita con sabor a cereza la noche de San Silvestre. Pero todo lo que podía ser una fantasía más o menos sugerente se convierte en una puñalada a la moral patria. Esta prima y este riesgo nada tienen que ver con las del refrán (ya se sabe: a la prima, se le arrima). La crisis que nadie entiende pero de la que todos hablan, ha hecho que la prima de riesgo de España se salga de madre, que todos seamos más pobres y que el futuro nos espere con la guadaña más afilada que nunca. El Duende se ha olvidado las primas con curvas provocadoras y ya le ha puesto  a esta cara de malvada. Ahora la prima de riesgo es como Judith Anderson, aquella pérfida con nariz de rapaz, verruga y moño que hacía de señora Danvers enRebeca.

-Jesús, qué prima más insoportable –se dice mientras ventila la habitación antes de hacerse la cama.

Nunca mejor dicho.

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¿Habrá también nietas de riesgo? –se pregunta el Duende mientras se sienta al lado de su querida Marina. Si se va a generalizar la costumbre de acompañar a la palabra que designa a un familiar una característica o un adjetivo, esta niña es ahora más que nunca una nieta no de riesgo, sino de ilusión o así.

-Abuelo, ya se leer –le anunció el otro día con la voz trémula y febril. La niña era prisionera de unas feroces anginas.

No ha sido nada precoz, porque va a un colegio de esos que considera que cada cosa a su tiempo, y que no hay que precipitarse. Modernidades. El abuelo de Marina aprendió a leer a los cuatro años. A esta misma edad su nieta, como cualquier niño de hoy, sabía manejar el mando de la tele, del DVD, el I Pad, o como se escriba, y, cómo no, el móvil. Pero ha tenido que esperar a los seis para sentir la emoción de decir las palabras escritas. También cambia la pedagogía.

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La criatura no estaba para celebraciones. En realidad era su abuelo el que lo estaba, pues se acordaba de las anginas que padeció en su infancia, y de lo mucho que leyó a cuenta de ellas en la cama, y le emocionaba pensar que ahora su nieta iba a entrar en el maravilloso mundo de Andersen, de los hermanos Grimm o de Perrault con sólo seguir el camino que dejan las letras.

-Ya verás qué bonito cuando leas los cuentos-le dijo mientras acariciaba sus mejillas calientes,

Tampoco estaba Marina para historias, porque la modorra le cerraba los párpados. Pero como quería mostrar sus habilidades, hizo un esfuerzo y, conteniendo el moqueo, consiguió leer los primeros versos de su vida que alguien le había escrito en su cuaderno:

LA NIÑA MARINA / HOY TIENE ANGINAS/QUE SE VA A CURAR/ CON MEDICINAS

Los leyó lenta, muy lentamente, y con los previsibles titubeos. Pero al acabar sonrió.

El autor no era precisamente García Lorca, sino un tipo feliz de ver que la niña manejaba ya la llave mágica de las palabras. Menos mal, porque puede que tengamos que seguir soportando a esas  primas de riesgo que nos tienen el alma en vilo. Mas para compensar tanta zozobra, tambien aparecerán cada día nietas   de alivio,  niños  y niñas que acaban   de descubrir el encanto  de la lectura y que a partir de ese momento podrán emocionarse como nosotros con el ensueño de la literatura.

 

El nefasto día en que murió Liz Taylor

A Homper le gustaba sobre todo aquella Elizabeth Taylor anterior a Cleopatra. Parecía más cercana y asequible que la gran estrella en que se convirtió luego...

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De repente, a su edad, Homper había descubierto las tertulias. No tenía demasiada experiencia en tertulias. Siempre había sido un hombre inquieto, culo de mal asiento, ir de aquí para allá, hocicando en terrenos distintos, entreteniéndose en ver cómo la vida se trenza o se desfleca. Muchas labores y aficiones diferentes, aunque todas propias de su sexo y condición.

-Nada humano me es ajeno –dijo el primer día de tertulia en plan solemne, así como para marcar estilo.

Sus amigos le miraron tan estupefactos como solía quedarse Homper por casi todo. No se le esperaba sentencia semejante. Homper se apercibió  de ello y se avergonzó profundamente de haber sido tan poco original.

-Hoy voy a pedir Calisaydijo en la tertulia de ayer. Y sus amigos le volvieron a mirar con los ojos como platos.

-¿Por qué se te ocurre semejante cosa?-le preguntó Dionisio- ¿Conoces a alguien que conozca a alguien que conozca a alguien que tome Calisay?

-Lo tomé una vez hace cuarenta años y me pareció el licor más detestable que he probado nunca-Homper se puso muy serio- Y quiero estar verdaderamente triste para brindar en memoria de Elizabeth Taylor.

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En las tertulias se dicen muchos lugares comunes, pero hay que enunciarlos con clase y buena dicción. Dionisio, por ejemplo, estuvo muy afinado cuando después del primer sorbo de su café dejó caer algo verdaderamente original y trascendente.

-Hollywood ya no es lo que era.

Pedro, otro tertuliano que había sido un destacado financiero y tenía muy buena cabeza, lo ratificó. Recordó que hacía tan sólo dos o tres semanas había muerto Jane Russell, una de sus debilidades eróticas más turbadoras.

-Una apoteosis de curvas –matizó- ¿Sabéis lo que dijo Bob Hope a propósito de sus encantos? Pues dijo que la inteligencia de un hombre se notaba cuando era capaz de hablar de Jane Russell sin mover las manos. Eso es lo que dijo.

Gerardo terció recordando que la que estaba verdaderamente buena de Los caballeros las prefieren rubias no era Jane Russell, sino Marily Monroe, a lo que Arturo, otro tertuliano, apostilló otra frase para la historia.

-Lo cortés no quita lo valiente, Gerardo. Es verdad que Marilyn estaba buena, pero Jane Russell estaba buenísima.

Todos los tertulianos rieron. Pero a Homper le resultó imposible, porque acababa de degustar el Calisay y el paladar le exigió cara de naúsea.

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La tesis de Homper es que otras guapas, como Maureen O´Hara, podían haber sido camareras de esas que sirven corderos asados en un mesón castellano. Gene Tierney, belleza incomparable, era su farmacéutica favorita. Eleanor Parker, Grace Kelly o Deborah Kerr pedían ser princesas imperiales o hadas. Según él, Sandra Dee, Debie Reynolds y Leslie Caron nacieron criaturas de cajita de música: se abría la tapa, sonaba el Danubio Azul y giraban pizpiretas luciendo sus maravillosas caderas enfundadas en tutú. Cyd Charisse marcó el canon de las piernas perfectas. Ava Gardner, el esplendor de la carnalidad. Rita Hayworth le disputaba a la O´Hara el reinado de la pelirrojía, pero añadía el plus de lo pecaminoso del que Maureen carecía. Virginia Mayo, Lana Turner y hasta Kim Novak simbolizaban el erotismo cursi.

-Pero luego estaban las que uno quería que fueran sus primas o sus vecinas de arriba: Vivian Leigh, Pier Angeli, Natalie Wood, Jean Simmons. Y la primera Elizabeth Taylor.

Por encima de todas reinaba para Homper  la imponderable Audrey Hepburn. Pero no podía olvidar los ojos (¿de verdad violeta?)de aquella chica judía de Ivanhoe que le enamoró cuando era un párvulo inocente.

-Luego, a medida que engordó y cuajó en gran diva, también se hizo más cursi- dijo mientras apuraba el castigo de la copa de Calisay- Pero es lamentable: ya no quedan estrellas de la época dorada de Hollywood.

Los compañeros de tertulia coincidieron en un suspiro de nostalgia.

-Bueno –precisó Dionisio- Para ser justos, queda el viejo Kirk Douglas, pero no es lo mismo.

-No es lo mismo, no-subrayaron  a media voz los tertulianos.

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La nostalgia, más que un error, es una desgracia. Y las desgracias nunca vienen solas. Rafael puso sobre el velador un ejemplar de EL MUNDO y apuntó a la última noticia de su portada.

-Practicar sexo o deporte de modo esporádico eleva el riesgo de infarto-leyó en voz alta.

Silencio y gestos de preocupación.

-Lo que nos faltaba para mirar al futuro con optimismo- concluyó Homper mientras se levantaba de la mesa y se ponía la gabardina.

Hay días que deberían haberse borrado del calendario antes del amanecer.

De nada, señora Chacón

Inaudito:la actual ministra de Defensa nos da las gracias a todos los que hicimos esa cosa tan arcaica que llamábamos mili...

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Disciplina: virtud castrense que alcanza su máxima expresión cuando la razón aconseja lo contrario de lo que ordena el mando. Francisco Franco.

Menos mal que aquel mensaje tenía autor egregio. Al menos así se le consideraba entonces entre los militares. Aquel apotegma figuraba en uno de los múltiples rótulos que jalonaban los paseos del campamento de El Robledo, en La Granja de San Ildefonso, donde el titular de este blog cumplía su mili. La mili de los universitarios de entonces se llamaba IPS (Instrucción Premilitar Superior), y era una mili tan huera y aburrida como la otra, pero más señorita. Formaba, es un decir, oficiales y suboficiales de unos universitarios que sólo habían tratado con soldaditos de goma o recortables.

Por la tarde, el jardín del campamento se llenaba de novias bastante guapas. La mayoría traía merienda para su amor, y con la tortilla, los sandwiches y el termo de gazpacho pasaban de guapas a  irresistibles.

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-¡Margarita se llama mi amor!-cantaban (cantábamos) los caballero cadetes marcando el paso.

Una mili con novia es otra cosa. Y no sólo por la merienda, sino por sus cartas, que hacían del cartero el personaje más importante de la compañía. Pero entonces el amor del bloguero no se llamaba Margarita, ni Pilar, ni Mari Carmen. No había chica,  de manera que no recibía ni cartas ni merienda ni consuelo cuando con el fin de semana llegaba el reposo del guerrero. En realidad la mili le parecía un destierro, una cárcel, una mierda. Estalló entonces la Guerra de los seis días, que el ejército de Moshe Dayán ganó como si fuera una partida de tabas, y el duende recluta sospechó que con la preparación del Robledo no llegaba más que a la guerra de Gila.

-Al que me pierda un casquillo-decía el capitán en las prácticas de tiro-le capo.

Tiraban los miembros de la 31 Compañía de Infantería algo así como diez o doce balas de mosquetón a lo largo del verano. Y no se podía perder un casquillo, porque aquello desequilibraba el presupuesto del Ministerio del Ejército (lo de Defensa vino con la democracia). Recibían lecciones de armamento, y de táctica. Muy interesantes. Un compañero de la tienda también aprendió a hacer pis fuera sin salir de la tienda. Sacaba el cerrojo del mosquetón, introducía la punta de la minga por el cañón y por un pequeño agujero en el murete de cemento circular que sustentaba la lona asomaba la mira del arma al exterior y le cambiaba el agua al canario. La milicia aguza el ingenio.

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-La mili es no hacer nada a toda leche-definió otro compañero que estudiaba filosofía.

Y sin embargo, decían los teóricos, formaba patriotas. El mayor consuelo de tan épico empeño es que el no hacer nada a toda leche te deslomaba,  y por la noche caías rendido sobre el polvoriento saco de paja que hacía las veces de colchón. Antes de dormirse, el bloguero miraba por el ventanuco que había en el techo de la lona una estrella que titilaba. Se imaginaba que era una novia como Audrey Hepburn que estaba al caer.

No cayó. Aquella mili sólo le sirvió ser para sargento en un carro de combate durante cuatro meses, y para hacer una guerra de mentirijillas como figurante en la película Patton. Por eso se ha quedado pasmado de que hoy la ministra Chacón, celebrando los diez años del final de la mili, le haya agradecido a él y a todos los que la hicieron su contribución a la formación de este ejército profesional  tan competente y tan majo que tenemos.

-De nada, ministra. Lo hicimos sin querer.

No entiende nada, pero al menos está contento de que ni le pidan nuevos impuestos, ni le prohíban nada nuevo ni le exijan volver al campamento a terminar la mili. Pesadilla que, cuarenta y seis años después de licenciado, aún le ronda por las noches.

Vuelva a amar a 110 kilómetros/hora

Una limitación de velocidad puede ser una magnífica oportunidad1

Guapo, rico y distinguido, Polín (nacido Policarpo) no concebía otra cosa que vivir a toda velocidad. Así que una vez cumplidos los años reglamentarios para sacarse el carnet de conducir, apuró al máximo el par motor de todos y cada uno de los coches que papá ponía a  su disposición y lo pasó pipa.

-¿Te vienes a merendar al Escorial?-le decía a Pilu (nacida Pilar, de ahí Piluca y de ahí Pilu) a la salida de la Facultad.

Y Pilu no sabía decir que no. Polín erea alto, de cabello castaño y de ojos verdes. Se daba un aire con James Dean y lucía gafas Ray Ban. Además, en los guateques sacaba la guitarra y cantaba cosas de los Brother Four, de Gilbert Becaud y de Domenico Modugno. Pilu no sabía resistirse.

Aunque una vez en el coche, Polín pisaba a fondo el acelerador, cambiaba de velocidad diez veces por minuto aproximadamente, ponía la vista en la carretera y no decía palabra hasta que llegaba al Escorial, a La Granja o incluso, a un asador de Tordesillas donde hacían un cordero estupendo y siempre le recibían como tanto le gustaba.

-Don Polín, qué alegría volver a verle. ¿Su mesa de siempre?

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Por las manos de Polín pasó un 600 preparado que era de lo más. Y luego un Renault Daphine Gordini al que pronto llamaron el coche de las viudas, por lo potente que era su motor y lo juguetona que era su estabilidad. Y luego un Mini Cooper, y un SEAT 124, que a mediados de los sesenta arrasó entre los chicos bien con posibles. Hasta que, visto que Polín cumplía como retoño de oro, había acabado su carrera, obtenido un master en Inglaterra y se `perfilaba como digno sucesor de Papá en la poltrona presidencial de La Espléndida, Compañía de Seguros,  éste le regaló el descapotable que marcaba el top del pijerío: un Morgan de color verde inglés.

-Eso sí, hijo-precisó don Policarpo padre por justificar el detallito-Que la velocidad no te haga perder los papeles. No olvides que eres un hombre responsable.

A partir de entonces a Pilu, le sucedió Bego. Y a Bego le sucedió Eva. Y a Eva, Bea. Y a Bea, Greta, y a Greta, Ivette, que era francesa. Y a Ivette, Yolanda, y a Yolanda Chipi, y a Chipi, Nora, que era una modelo norteamericana. Y a Nora, Belinda, colombiana y heredera de un imperio cafetero. Y a Belinda, Beluca, que era de muy buena familia de Santander. Toda prestaron su palmito para componer una postal cinematográfico donde lo más romántico era el momento en el que Polín paraba su Morgan, se bajaba, recibía a su chica con un beso y le abría la portezuela quitándose su gorra de tweed irlandés.

-Señora-decía con una sonrisa de galán ofreciéndole  el asiento tapizado en cuero- Póngase cómoda.

Era todo lo que decía. Una vez al volante, Polín recordaba que la velocidad es una expresión de poderío social. No van despacio más que los viajantes de comercio y los taxistas –decía su amigo y compañero de cacerías Josito. Algunas de sus acompañantes, que habían visto la película de Stanley Donen Dos en la carretera, esperaban aventuras fascinantes y divertidas como las de Albert Finney y Audrey Hepburn. Pero para Polín la única emoción de la vida era huir en coche hacia no se sabe dónde para no hacer nada. Pero, eso sí, con una mujer guapa a su lado y a toda velocidad.

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Polín creía que había sido feliz hasta que a los cincuenta años, después de miles de kilómetros tumbando la aguja, dos matrimonios fracasados y de que La Espléndida hubiera sido comprada por una multinacional norteamericana, cambió de opinión.

-Te sigo viendo estupendo –le dijo entre risas Veronique,  uno de sus antiguos ligues que reencontró en un cocktail- ¿Te acuerdas de cuando fuimos a Ávila?.

-¡Ah sí!-sonrió forzadamente-Gracias a ti que te pusiste pesadísima y me hiciste mirar a los lados me di cuenta de que hay unas muralla bastante antiguas, ¿no?

En la misma fiesta Polín se pasó de copas y se sinceró con ella.

-Creía que molaba eso de ir deprisa, como Pancho López. Creía que era guapo, rico, distinguido y feliz. Pero ya ves,´no acerté en el amor. Y además murió papá, vendimos La espléndida y los americanos me han puesto de patitas en la calle. Creía que era feliz, pero en realidad soy un gilipollas.

Afortunadamente aquella noche volvió a casa en taxi.

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Harto de la velocidad y del cambio de marchas, y de aburrirse no teniendo poltrona presidencial, sino sólo millones, aparcó para siempre sus deportivos y se compró un coche con cambio automático. Poco a poco, y a medida que conducía cada vez más despacio, observó que le dejaban de llover las multas. Y que se fijaba en el paisaje. Es más: hasta hablaba en los viajes.

-¿Verdad que este puente podría ser un escenario de Dos en la carretera?-le comentó a Veronique- Va la pareja, saca la cesta de picnic y se tumban junto al río a merendar mientras ven pasar al agua bajo el puente…

Ella se echó a reír.

-C´est pas la même chose que autrefois!- pensó.

No le contó que durante años, al acabar su clase de restauración, y después de quitarse barnices y pinturas de las manos, salía a fumarse un cigarrillo al balcón y al escuchar a lo lejos el rugido del motor del Morgan agitaba los brazos para llamar su atención. Aunque el taller estaba en un primero, y ella era una chica más que atractiva, y chillaba a todo pulmón Polín, Polín (en realidad sonaba Polén, Polén) el piloto de la gorra de tweed jamás levantó la mirada de la carretera.

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El día en el que el gobierno de la nación, en su loable afán de ahorrar energía y, de paso, seguir protegiendo nuestra seguridad, rebajó el límite de velocidad máxima en las carreteras a 110 kilómetros por hora, Polín tuvo que hacer el paripé ante sus amigos del club de golf.

-Otra cabronada más-dijo solemnemente mientras pateaba la primera bola-No se a dónde vamos a llegar.

Pero en el fondo, estaba encantado. Ahora emprendía una nueva vida mucho más sosegada. Y empezaba a apreciar todo lo que la urgencia, la velocidad y el afán de emulación le habían negado hasta ahora.

-¿Vamos a Cuenca?- le propuso a Veronique una mañana dulce y soleada del mes de marzo.

A ciento diez por hora, y con el cambio automático, Polín creyó que era el momento de extender el brazo a su derecha. Quería saber si a la reaparecida Veronique le gustaba el paisaje que veían, o hablar del amor y de otras cosas, mientras hacían manitas como los novios antiguos.

Así lo hizo, y la cosa funcionó, puesto que ahora Polén y Veronique se consideran bastante felices.

Y lo seguirán siendo hasta que el gobierno considere que, aparte de un residuo de ñoñería romántica impropia de un estado progresista, lo de hacer manitas con el coche en marcha, incluso a menos de 110 km/h,  atenta gravemente contra la seguridad vial.

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Un buen día para soñar

Aprovechemos lo que Blake Edwards nos ha dejado para ser felices por un ratito...

Frío. A una semana del solsticio de invierno, lo que tarda en amanecer.

Se despierta uno después de haber tenido un sueño feliz. Le costó retirarse el edredón de ternura que le cubría por una noche, pero el bloguero pertenece a esa parte del género humano que no sabe estar en la cama más allá de lo que pide Morfeo. Y eso que respiraba ternura.

Hace tiempo que se ocultó la media luna, y en la oscura noche invernal, las luces de Madrid parecen sólo las de un pueblote grande: un inmenso dinosaurio que duerme. Cómo podrá albergar tanto dolor y tanta locura, con lo pacífico que se deja ver. Pero el bloguero hoy quiere ser positivo, optimista, decía, prolongando el espíritu inocente del sueño que ha quedado atrás. Y lo primero que hace es encender la luz zenital que ilumina al niño de su nacimiento. No es por nada, pero el contraste entre luces y sombras de su portal no lo mejora ni Caravaggio. Está imaginándose un día bonito, que es un adjetivo trasnochado y un poco cursi, pero muy expresivo. Quiere creer que todo lo que pasará este 17 de diciembre será bonito. Qué contradicción, después de procesar la última noticia que escuchó por la radio antes de cerrar los ojos, la muerte de Blake Edwards.

No quedan muchos cineastas de esos a  los que no hay que interpretar, Dichoso cine aquel que se entendía todo, que gustaba, que emocionaba, que te hacía reir o llorar. Uno se va haciendo viejo, y ha perdido el interés por cine de diseño: efectos digitales, personajes sucios, diálogos malsonantes, historias disparatadas, violencia, casquería y regüeldo contra lo que antes llamábamos buen gusto. (Supone el bloguero que el buen gusto es un concepto tan caduco como el adjetivo bonito).   Apareció en los años sesenta del pasado siglo Blake Ewards, rodó un buen número de películas de casi todos los géneros y en todos cumplió con buena nota. Emocionante y dramático en Días de vino y rosas. Desternillante en La pantera rosa y, sobre todo, en El guateque. Entretenido y brillante en comedias como La gran carrera o Darling Lily. Elegante, sensible y seductor en esa perla que es Desayuno con diamantes.

Pero este post sólo pretendía ser un soplo de sentimentalismo sencillo y asequible. Una píldora de ternura en un día helador. Una oportunidad para ese rescoldo de corazón que todos llevamos dentro, y que pide aire cuando se acerca la Navidad. Busquen a aquel ángel con cuello de cisne que se llamó Audrey Hepburn cantando Moon River en Breakfast at Tiffany´s y tengan, gracias también a Blake Edwards,  un día feliz.

Doña María escribe a Leyre Pajín

Si podemos elegir los apellidos…¿por qué no otras cosas más necesarias para la felicidad?

Querida ministra del respetibe

Haber si nos dejamos de tonterías. Por la presente le pido, o mallormente le exijo, que como ahora se va a poder elegir los apellidos para que los hombres no nos sigan aplastando y  la cosa esa de la igualdad, meta en la reforma las siguientes cosas muy importantes también.

1. Quiero se alta, guapa, lista, rubia, rica y tener un chófer como Arturo Fernández. Mejor, como Arturo Fernández con quince años menos.

2. Quiero que mis hijos sean tan guapos como Cayetano y Fran Rivera, que mis nenas se parezcan a Autrey Hembur y a Grace Kelly, que en paz descansen, pero qué elegantes eran, y que tengan tan buenos sueldos como Fernando Alonso y  la Ana Patricia Botín.

3. Pa mí misma quiero dejar de ser gruesa de los nervios, y pa mi Manolo, que se le quite la tripilla cervecera y que deje de roncar asín como de rechinar los dientes cuando duerme, que molesta mucho.

4. También me peta de haber nacío en Cornualles, que está en la parte de Inglaterra, y que es más fino que el pueblo donde nací.

5. Puesto que su gobierno es mayormente maravilloso y por pedir a nadie meten en la cárcel, le pido también que haga igualdá sexual entre el hombre y la mujer, con el ojeto de que a ellos les rebaje las ganitas y a nosotras nos facilite el gustito. ¡Igualdá ansoluta en los orgasmos!…¡Justicia, ya!

6. Ya metidas en juerga, haga que las mujeres como serbidora seamos cultas, finas y alfabetizás totalmente, y que seamos indemnizás con cargo al déficit del Estao por los muchos años de oprovio, machaque y desigualdá, que no vea cómo tengo los pies y las cerbicales de tantos años de trajín doméstico, y usté lo entenderá al ser también ministra de Sanidá.

Que Dios o quien sea guarde a usté muchos años. Suya afetísima y segura serbidora, con perdón por la expresión, pero es que una es mu antigua y de pocas culturas

María Fernández Rodríguez

Gladiadora de Hogar

P.S.- Si por lo menos me consigue usté una portería o cualquier empleo pa mis hijos en paro, también bale.

La emocionante historia de la dinosauria Matilde

Interesante observación. Esta historia demuestra que un hombre puede enemaorarse de una mujer que guarde un parecido con algo tan lejano como un dinosaurio...

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No lo he dicho en mi cátedra, porque hubiera parecido una observación boba y, desde luego, poco académica –se podía leer en una de las últimas anotaciones de su diario-, pero es evidente que la sorprendente similitud de algunas personas con la morfología de algunos animales reales o con criaturas de ficción popularizadas por el cine no implica ninguna identificación con la especie de referencia, como tampoco ninguna descalificación moral de dicha persona. Se puede ser bello y ser un bellaco, y, por el contrario, ser un Quasimodo y tener un gran corazón. Y a continuación Diógenes Causín, paleontólogo y catedrático de Paleontología, citaba una ristra de ejemplos de personas de distinto perfil perfectamente identificables, a su juicio, con animales o extraños andróginos que justificaban su teoría. Las políticas Isabel Tocino y Soraya Saenz de Santamaría parecen dibujos de Walt Disney: la primera se parece a Flor, la mofeta de Bambi. La segunda un pez (hembra) coqueto salido de la pluma de alguno de los dibujantes del estudio. La vicepresidenta Fernández de la Vega, con su peculiar peinado en forma de casco, se asemeja extraordinariamente a esos pollitos de buitres, con su pedazo de cáscara de huevo aún en la cabeza, que pintan los tebeos infantiles. El expresidente Pujol ha sido reconocido como inspirador del Yeoda de La Guerra de las Galaxias, de la misma manera que el sindicalista Méndez guarda un razonable parecido con unos guerreros- osos melenudos, muy feroces, que intervienen también en dicha película. El futbolista Ronaldinho tiene la misma dentadura que una piraña, el expresidente Fraga está emparentado con el rinoceronte, el ministro de Fomento Blanco recuerda a las ardillas, castores y otros mustélidos, y cualquier observador de la historia que tenga en la memoria al general Franco con gorrillo cuartelero, panza enfajada y botas altas, recibiendo a Hitler en la estación de Hendaya, vería en su perfil y en sus movimientos los rasgos de una gallina.

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En la penúltima entrada de su diario,  el paleontólogo Diógenes Causín se deshacía en elogios hacia su esposa Matilde, fallecida tan sólo un año antes que él. Fue una mujer delicada, sensible, que supo amarme a pesar de que un científico ama más la investigación y la ciencia que ninguna otra cosa, y es incapaz de responder al encanto de una mujer si en ese momento le está tentando el microscopio. Debo  ponderar, además de sus virtudes, su hermosura,  pues siendo una mujer alta, delgada y angulosa, de mirada de áspid y andares de de bailarina de ballet, atesoraba un singular atractivo.  Ella, tan fantasiosa, lo idealizaba al máximo. Se definía a sí misma, con cierta gracia, como un cruce entre Audrey Hepburn y Cruella de Vil. Todos debemos de tener un referente de nuestro aspecto físico en alguien o en algo, pero yo jamás me atreví a destruir la imagen de sí misma que se había construído, aunque sabía a ciencia cierta que había otro ejemplo real mucho más próximo a su figura.

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La última anotación de Causín se alejaba de consideraciones frívolas, y hacía una llamada urgente a sus colaboradores para que descubrieran un hallazgo que iba a revolucionar la paleontología. Yo no lo hubiera podido hacer en vida de Matilde, sin borrar la evidencia, y ella jamás me lo habría perdonado si no lo hubiera hecho. Por eso encargo a mis colaboradores y a cualquier amante de la paleontología lector de este diario que excaven con sumo cuidado en este lugar exacto, vean, se asombren y saquen nuevas conclusiones sobre las derivas que puede tomar a veces la teoría del evolucionismo. A continuación reproducía unas coordenadas, y adjuntaba un recorte de un mapa de la serranía de Teruel y una serie de referencias topográficas exactas para que el equipo de excavación diera con lo que sin duda era el hallazgo más asombroso de la historia de la paleontología moderna.

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El tesoro que había descubierto el profesor Diógenes Causín dejaba en nada al Concavenatur corcovatus Pepito que meses antes habían desenterrado en la serranía de Cuenca. El fósil del Concavenator coquetus Matilde era una dinosauria perfectamente conservada, al punto de que en su estructura se podían adivinar no sólo alguno rasgos sospechosamente andróginos, sino la gracilidad de unos movimientos que, la ciencia lo adivina todo, podían parecerse a los de una bailarina de ballet.

Con todo, lo más sorprendente de aquel legado que el abnegado profesor había ocultado venía en una caja de acero, perfectamente aislada de la humedad, que apareció junto al fósil. Cuando, con gran pompa y circunstancia, las autoridades científicas procedieron a abrir la caja, sólo encontraron en su interior una nota firmada por el privilegiado paleontólogo que primero dio con el descubrimiento para luego volverlo a ocultar bajo tierra.

La nota decía: He amado mucho a la ciencia, pero, aunque ella no lo viera así, amé mucho más a mi esposa Matilde. Por eso no le pude confesar que, aunque se creyera una mezcla de Audrey Hepburn y  Cruella de Vil, en realidad se parecía mucho más a esta maravillosa dinosauria que me he apresurado a bautizar con su nombre. Su coquetería femenina no hubiera entendido la similitud. No me importó: preferí esperar a la muerte de ambos para que el mundo conozca mi hallazgo.  El poeta Artur Rimbaud escribió: “par delicatesse, j´ai perdu ma vie”. Yo podría decir igualmente que por delicadeza he perdido, tal vez, un  premio Nobel, pero no la perdí a ella, que siguió amándome hasta el final. Lo cual me permite morir tranquilo y con la sensación de haber cumplido todos mis deberes como científico y, sobre todo, como persona.

Sueños de un editor frustrado

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

La cosa es que la prima, que había sido siempre una mujer tímida y calladita, toda una vida dedicada a trabajar por los demás, con el mal dormir que dan los años se levantaba por la noche y se ponía a escribir. Nada pretencioso: reflexiones, pequeños poemas, pinceladas sueltas de su imaginación, cuentos mínimos y aleluyas piadosas al estilo de Las florecillas de San Francisco. Porque la prima, ya les digo, que de joven pintaba como para ennoviarse con ella, a fuerza de discreta plegó su alma sobre sí misma, se hizo asistente social y casi dio en la santidad.

El Duende, veinte años más joven, convivió con ella en la finca familiar que comprara el bisabuelo. Y comoquiera que aún siendo el más pequeño de su generación, era el único que escribía por afición,  fue el depositario de los escritos de la prima.

-A ver que te parecen –le dijo al entregárselos reflejando en su gesto la  esperanza en ser autora.

Los escritos de la prima eran justamente lo esperable de una prima de aquel tiempo. Respiraban ilusión y destilaban –oh sorpresa-el espíritu sensible de una mujer, que, contra todo lo que parecía, también se había enamorado alguna vez. El Duende convenció al resto de sus primos y a sus numerosos sobrinos de que aquellas páginas merecían un libro que, sin duda, a ella le encantaría recibir como regalo inesperado.

-Es muy fácil-se aventuró-Ahora en Internet hay webs como www.bubok.com que te permiten hacer tú mismo ediciones digitales cortitas y por cuatro perras.

Nunca lo dijera. Qué maldición, el hágaselo usted mismo, como el IKEA de las editoriales. Con María, que era la sobrina favorita, el Duende trabajó en la selección y corrección de los textos. E incluso escribió un prólogo en el que, cómo no, aparecía Audrey Hepburn y algunas otras de sus obsesiones recurrentes. Esta es la prueba:

Cuando yo era un niño, mi prima era una moza menuda, pero con una sonrisa coqueta y un par de esos encantos femeninos que a ningún chaval le pasan inadvertidos. Nunca entendí que Gregory Peck, por ejemplo, no apareciera un día por El Rincón a llevársela de paseo en la Vespa de Vacaciones en Roma. Sin embargo ella era demasiado tímida para estas aventuras. Y además, seguramente hubiera sido incapaz de quitarle el novio a Audrey Hepburn. Gracias a estas páginas que siguen uno sabe que, además de ser una magnífica persona, Mary pastoreaba las mismas ilusiones que cualquier jovencita de su tiempo. Entre que a Gregory seguramente se le averió la Vespa, y que ella pronto desvió su mirada hacia las necesidades de los demás, nos hemos perdido el gran sueño de la prima Mary.

Una tarde, María y el Duende se embarcaron en esa tarea tan fácil que es la autoedición en Internet. Ja. Claves, contraseñas, correo de vuelta, menúes que dicen que se abren y no se abren, pestañas abstrusas, infinitos campos por rellenar, lenguaje de  informáticos, mensajes ininteligibles para neuronas cerebrales talluditas, como ya son las suyas. Desesperación.  Fueron varias horas de este cálido verano para acabar rendidos como patatas al vapor. Y, constantemente, volver a releer el texto que se quiso, y no se pudo, subir a aquella web para que fuera convertido en libro.

Naturalmente, no se consiguió. El único logro del Duende fue advertir que, para el mucho cariño que tenía a la prima Mary, quizás el prólogo se había quedado cortito en el elogio. Así, pensó que además de a Gregory Peck en su Vespa, debía de haber incluído en la lista de pretendientes a Gary Cooper en su caballo de sheriff, a Charlton Heston en su cuadriga de Ben-Hur, a Steve Mac Queen en su moto de La gran evasión y a Robert Redford en su avioneta de Memorias de Africa.

Puede que aún lo haga. Sobre todo si algún alma alma caritativa o alguna mano joven despabilada se ofrece para ayudarle en esta tarea tan fácil que, según dicen, es la autoedición en Internet.

Farrah Fawcet y Michael Jackson: “sic transit”…

Desde aquí, dice la tía Clota que se percibe menos lo efímero de la gloria terrenal...(foto de FREDERIC ALVAREZ)

Desde aquí, dice la tía Clota que se percibe menos lo efímero de la gloria terrenal...(foto de FREDERIC ALVAREZ)

Dice la tía Clota que Jerome, el hijo de Thelma, se ha negado a abrir la tienda de la gasolinera  de Tinmouth, Rutland County, Vermont (USA). Trabaja, o trabajaba ahí, No es otra consecuencia más de la virulenta crisis económica. Según interpreta Homper, el cartel que ha colgado en la puerta equivale a ese cerrado por defunción que antiguamente se colocaba en los pequeños comercios.

-Ha sido demasiado, sobrino-le aclaraba –En una misma semana mueren Farrah Fawcett y Michael Jackson. Y no sabes lo que eso puede significar para este pobre chico.

La tía Clota dice que Jerome no es precisamente un chico normal. Un chico, para la tía Clota, puede ser un hombre que no es de su edad. Y Jerome, que ya ha cumplido los cincuenta y pesa ciento veinte kilos, se ha distinguido siempre por esa vehemencia inocente que a veces distingue a los hijos del tío Sam. Quiso ser, sucesivamente, globetrotter, pastor evangelista, angel del infierno, pintor en Marruecos y novelista. La única novela que presentó a las editoriales se llamaba El guardián entre la cebada, que era exactamente igual que El guardián entre el centeno salvo el cambio de cereal, que a su juicio dotaba a su obra de una intención crítica muy digna de elogio. Los editores, tan cortos de miras, se la tiraron a la cabeza. En vista de lo cual Jerome se encerró en el garaje de la casa de sus padres y se pasó dos años tratando de inventar el sándwich del siglo, que era un sándwich de una pasta que fundía el sabor del hot dog con el de la Coca-Cola, y que debía ser servido envuelta en una servilleta con las barras y estrellas. Tampoco se encontró a sí mismo en este intento y abandonó sus experimentos. Luego se casó con una negra de Missouri, que le abandonó aduciendo que le engañaba: Jerome se iba a pescar y jamás traía ningún salmón. De nada sirvió que alegase en el tribunal que siempre iba a pescar fuera de temporada. La esposa de color de ébano le despidió de mala manera, porque estaba probado que le engañaba. De repente se vio solo, desesperado, y se hizo fetichista. Por las noches de verano, cuando ya había cerrado la tienda de la gasolinera, último puerto donde ancló su alma errática, miraba las estrellas y después de contar las cincuenta primeras, que reservaba para la bandera de su patria, sólo veía las caras de esas estrellas que redimen a los mortales de sus miserias.

-Pobrecillo-comentaba la tía Clota- Aún está en esa edad en la que crees que los ídolos populares te hacen mejor…Y claro, perder en una misma semana a una belleza como Farrah y a un artista como Michael Jackson…

A Homper le sorprendió la crudeza del análisis de la tía Clota. Recordó que a él también se le abrió el mundo bajo sus pies cuando murieron Pier Angeli y Audrey Hepburn.

-¿Sabes?-desvió la conversación-Me fui de viaje a ver unos amigos que viven en un pueblecito del sur de Francia …Me llamó la atención lo entrañable que era la plaza de su pueblo, y el interés con el que observaban a una pareja de mirlos que han anidado a sólo tres metros de su ventana…

-Eso es otra cosa –subrayó la tía Clota- Ver pasar la vida no es lo mismo que lamentar que sic transit gloria mundi.

Y se despidió porque, según dijo, el brownie que tenía en el horno se le estaba pasando.

Ser amada en tiempos revueltos

_SARA_CasanovasAnota el Duende: una de las chicas de Amar en tiempos revueltos ha sido atacada por uno de sus admiradores que se sentía humillado por su silencio.

Amor insensato. Amor frustrado que se traduce en agresividad irracional. Antes se usaba el vitriolo y se desfiguraba la cara del amado o la amada. O yo o nadie, se convencía el criminal. Ahora la humanidad se suele andar con menos sofisticaciones. Los llamados violentos de género tiran de pistola o de cuchillo jamonero y arreglan sus problemas a lo Quentin Tarantino: la letra de tu desamor, si es con sangre se entiende mejor. El agresor de Sara Casanovas, que así se llama la actriz, era original, y quería asaetearla con una ballesta. Nunca te acostarás sin saber de un chiflado más.

¿Es de género esa violencia? ¿Y qué pasa cuando atacante y atacado pertenecen al mismo género? ¿Por qué se ha abandonado lo de crimen pasional? ¿No es más exacto?

La cosa es que Sara Casanovas  se había hecho famosa en esa aclamada serie que ofrece TVE1 en la sobremesa y que se llama Amar en tiempos revueltos, un Sautier Casaseca menos meloso, más costumbrista y con guiños políticos adecuados al momento. El Duende la ve a medio párpado si no ha empezado la película del Oeste de Telemadrid. Esta película es de lo mejor de la tele, pero a veces se retrasa demasiado a efectos de siesta, y otras veces son los combativos sindicatos los que se la cargan. Como si Telemadrid fuera la única causa que merece movilizaciones.

A la serie de Sara le han caído muchos premios, pese a sus defectos en la ambientación y en el estilismo. El Duende advierte, cuando menos,  de que en la España de la posguerra no se desayunaba zumo de naranja ni en las casas burguesas, critica que los bancos del Retiro que han salido en varios de sus capítulos no corresponden a esos años,  y subraya que las blusas, las cortinas y las colchas cantan demasiado a fibras artificiales. Pero no nos vayamos por las ramas. Por debajo del suceso, había un amor frustrado como el que tantas veces surge en el espectador por su actriz favorita.

Y recuerda que él también le escribió a Audrey Hepburn después de ver Vacaciones en Roma. No se atrevió a pedirle que se casara con él, porque les separaban demasiados años. Pero sí que acusara recibo y que le enviara una foto dedicada. Había sabido que en una ocasión Charlot recibió una carta que, en lugar de señas, llevaba dibujado un bombín, un bigotón, un paraguas y unos zapatos abotinados combados por el uso. Ni corto ni perezoso,  el Duende recortó del anuncio de la película la Vespa en la que viajaban Audrey y Gregory Peck, la pegó en el sobre, y escribió a mano: Audrey Hepburn, Hollywood, ESTADOS UNIDOS, la franqueó y la puso en el buzón. Una de tres: o su inglés no fue lo suficientemente expresivo, o el cartero era tonto o la amada no era tan dulce y comprensiva como pintaba su rostro.

Y es  que cómo son las actrices. Qué difícil  para ellas ser amadas en tiempos revueltos,  sobre todo si el amante es un ballestero loco. Pero qué fáciles es mantener la ilusión de  su enamorado cuando éste, lejos de matar, está dispuesto a morir por su amor.

NOTA DE LA REDACCIÓN. Pese a que pueda parecerlo, el inspirador de la última frase de este post no es Zapatero.

Desayuno sin diamantes

No paraba de sorprenderse Homper. Quizás se tomaba su nombre demasiado en serio, como si le predestinara para abrir los ojos, otear el horizonte y ver todos los días algo que le llevara a rascarse la mollera y asombrarse . Hombre perplejo, Homper, dime qué te preguntas hoy y te diré si filosofas. Sobre lo divino y lo humano, sobre las grandes cuestiones y las pequeñeces, sobre las hojas caídas en el otoño o sobre las causas de la crisis económica.

Y aquel día se preguntó qué sirvieron en el famoso Desayuno con diamantes.

Su amiga Chapita, tan coqueta y seductora, ni se lo había planteado. Desde hacía unos días vivía sin vivir en sí, porque en los medios se había anunciado a bombo y platillo que por fin Tiffany´s abría tienda en Madrid. Dios, cómo habremos podido vivir tantos años sin esa sofisticada joyería que Truman Capote y Audrey Heburn universalizaron. No es que Chapita necesitara demasiados aditamentos para hacer notar su poderío y su encanto, porque lo tenía todo. Por fuera y por dentro de su cuerpo, donde algún escultor de la silicona ya había dejado pruebas de su destreza. A las doce de la mañana de cualquier día el Audi conducido por Vidal, su mecánico -antiguamente chófer- se detendría ante el lujoso local de la calle de Ortega y Gasset, ya saben, el del hombre (y la mujer) son el hombre (y la mujer) y su circunstancia. Por cierto, que el pensador desde el más allá se preguntaba cómo él, el más profundo y sesudo filósofo de nuestro pasado siglo veinte sólo era para la mayoría la calle más pija de la capital.

-Tiene cojones-se quejaba a Platón- Tantos estudios en Alemania, tanta meditación, tantos años de El espectador y tanta Rebelión de las masas para que luego me acaben confundiendo con una marca de lujo.

Mucho me temo que sí, se decía Homper al ver salir a Chapita con la famosa caja azul de Tiffany´s. Ella la sacó de la bolsita y se la mostró apenas se reconocieron, se besaron y se fueron a desayunar a una cafetería cercana. Porque él, tan fetichista, nunca volvería a estar tan cerca de de emular al mito cinematográfico.

-Te invito a un desayuno…¿con diamantes?- le vaciló imitando la voz del doblador de George Peppard.

Ella se rió, y antes incluso de probar el café aclaró que la cajita azul no contenía el famoso diamantón amarillo de múltiples facetas coronado por ese pajarito azul moñudo, tan cursi, que es la joya de las joyas. Ni el famoso collar que lucía la impar Holy Golightly en la película, y que, por cierto, se expone en el escaparate de la tienda. Sino unos pendientes de apenas tres mil euros que, eso sí, se probó sin dejar de sacudir su rubia melena a diestra y siniestra y alargando sus morritos. Y no es que los pendientes fueran feos, se decía Homper, sino que en la mesa de al lado desayunaba Ana, aquella mujer de ojos claros a la que conoció veinte años atrás y que también diseñaba joyas más sencillas como las que esa misma mañana lucía su maravilloso cuello: un collar de plata que engastaba cuentas de vidrios erosionados por el vaivén de las olas y turquesas recogidas en las playas de Almería.

Y mientras Chapita largaba y largaba sobre lo ideal de la muerte que era la llegada de Tiffany´s a Madrid, a Homper se le iban los ojos a Ana viendo en ella a la mismísima Audrey Hepburn. Y se sorprendía del chollo de los emperadores del lujo con la bendita ingenuidad de sus clientas, cuando está claro que la única joya es esa mujer que sabe lucir con gracia y elegancia hasta una piedrecilla del arroyo, y hace bueno aquello de la mona vestida de seda que mona se queda.

Un consejo de Enrique Dans

Enrique DansSe presenta la nueva programación de Mobuzz TV. Mobuzz TV es una televisión en la red. Espera el Duende no meter la pata. No es que no domine las nuevas tecnologías, es que además no sabe usar su lenguaje con propiedad. ¿Sabe todo el mundo que la red por excelencia es internet? Dentro de la programación de esta nueva televisión, que hasta ahora difundía básicamente noticias tecnológicas e información en formatos de cinco minutos, se estrenaba hoy el No Ticiario, un informativo de aquella manera que presentan Javier Capitán y Miriam Reyes. En este informativo surrealista, que dura ocho minutos y subirá a la red a primera hora de la tarde de lunes a viernes, interviene uno que se parece al Duende.
A la fiesta de presentación acuden muchos compañeros de RNE. Al Duende le agradan muy especialmente las presencias de Mónica Saiz y Paloma Arranz, dos de las piezas clave de aquellos tiempos de buena radio que el público conoce poco. Mónica le cuenta que su hijo Sergio, apenas tres años, que asomaba todos los días en el interfaz de su ordenador su cara de peluche bonachón, ha sufrido una dolencia en las vértebras, y tiene que soportar un collarín. Está mejor, pero ella lo ha pasado mal, y cuando Mónica lo pasa mal toda aquélla peña que gravitaba en torno a Olga Viza no lo puede pasar bien. Mónica querida, que la dolencia pase pronto y Sergio vuelva a hacer las travesuras propias de su edad. Besos cariñosos de todos los duendes.

El Duende besa a Mónica y a Paloma todo lo apasionadamente que permiten las circunstancias, pero agradece emocionado la presencia de José María de Juana, a quien no veía desde hace tiempo. José María de Juana se jubiló hace ya más de un año, y está feliz. Bajo su barba casi blanca sigue luciendo unos juveniles coloretes más propios de defensa del Alavés que de un hombre de su edad. Esto es lo que el Duende aprecia hoy muy especialmente: su edad. Por primera vez desde que frecuenta este entorno de alta tecnología, hay alguien que le supera en años. Qué inyección de moral, Josemari. Internet, ay, es rabiosamente joven, y no eres nadie en internet si además de joven no manejas las sofisticadas herramientas virtuales que exige este invento. El Duende ya domina el sacapuntas, el exprimidor y el cortaúñas con soltura. Cualquier año de éstos comprende el E-Mule instalado en su ordenata y se baja Arianne, una de las pocas películas de Audrey Hepburn que nunca vio y que persigue desde su estreno.

En el cocktail también está presente Enrique Dans, autor de uno de los blogs más visitados en la red. Enrique, que es biólogo, se sumergió en este mundo virtual y cayó atrapado en sus encantos. Ahora enseña sus secretos en el Instituto de Empresa de Madrid. Con su labor de difusión, en la red y en las aulas, acumula cada día más y más lectores para su blog. Maestro -le pregunta el Duende- ¿Qué he de hacer para seguir tu ejemplo?. Y el maestro le contesta que no hay recetas apriorísticas. Y que escriba de lo que quiera. Algo muy tuyo, insiste.Mobuzz.tv

A la salida, con un viento del norte que acuchilla la cara, el Duende regresa dando un largo paseo al lugar donde había dejado su Vespa. Delicioso andar nocturno por el Madrid de los Austrias, siguiendo el trazado de lo que en el foro llaman la Cornisa Imperial. Para saber cuánta distancia cubre a pie, el Duende se acerca a los planos de las paradas de los autobuses y busca una medida. Pero desgraciadamente no la encuentra. Los planos de metro y de autobús, reflejan el trazado de las líneas de transporte sobre las calles, pero no hay escala de referencia para que transeúnte sepa lo que anda. O sea, que como diría doña María, también los planos se hacen de espaldas al pueblo.

Una observación muy propia del Duende, como sugería el maestro Enrique Dans. Aunque con la que cae a cuatro día de las elecciones, no sea de las que vayan a precipitar un aluvión de visitas.

El placer de caminar

 Siempre es difícil contestar a la pregunta esa tan tontorrona de qué es lo que más te gustaría hacer en esta vida. Se supone que quien lo plantea quiere codificar en simples respuestas el secreto de la felicidad terrena. Teniendo en cuenta que las células del cuerpo humano se renuevan cada siete años habrán pasado por el cerebro del Duende no menos de ocho modelos de felicidad distintos. Así, sucesivamente, ser bombero, torero, Robinson Crusoe, delantero centro del Atlético de Madrid, casarse con Audrey Hepburn, dirigir a la Filarmónica de Berlín en la  Novena de Beethoven y meterse en el túnel del tiempo para recuperar el mucho perdido. Empeños todos inverosímiles. Sin embargo, uno de los más recurrentes en las últimas décadas lo encontró viajando en tren al levantar la vista del libro que se traía entre manos.

Como no podía ser de otra forma, en aquel momento desvió su atención de las letras  al paisaje. Apoyó la frente en la ventanilla -ya no es que sea peligroso asomarse al exterior, como advertía antes el letrero del tren, es que es imposible- y se entretuvo en imaginar, uno por uno, a dónde van a parar esos miles de caminos que se ven en cualquier recorrido. Como en el poema de Machado, blanquean, levemente serpean, se enturbian y desaparecen. ¿A dónde el camino irá?, se preguntaba don Antonio. Probablemente van a la felicidad. Nunca nos constará, porque no podremos recorrerlos todos. Y tal vez jamás  daremos con aquélla, pero no será porque no nos espere, sino porque seguramente nos detenemos antes de tiempo.

Desde entonces, como don Alonso de Quijano, comparte el Duende la tesis de que es preferible el camino a la posada. Y sin que azucen las coronarias, ni el colesterol ni la la amenaza de la tripilla cervecera, se enamora de cualquier camino. Sobre el terreno o sobre el papel. Tanto se pierde en el monte como en los libros de viajes o en los mapas y planos que almacena cual si, iluso de él, pudiera recorrerlos a peón. Este fin de semana anduvo el sábado por tierras de Segovia, machadeando un camino entre encinas y sabinares que une Requijada con Arahuetes, dos aldeas tan pequeñas que ni tienen bar.  A la espalda del caminante, la cordillera Carpetovetónica por su vertiente norte. A lo lejos, en un cerro, la muy noble villa de Pedraza. Por aquí se ha asentado una amiga de este blog. No quiere que se sepa, así que difundan la especie de que donde se ha hecho la casa Begoña es en Torrevieja, que es menos literario pero mucho más popular que estas aldeas de pan llevar.

A propósito. Ha llegado a la conclusión el Duende que hay entre los lectores del blog otros inquietos buscadores de felicidad. A pedal o pinrel. Le suena que José Ramón, Julián 29, Wallace, Gervasio, quizás Zoupon, no se si Ángelus, la infatigable Lola, puede que Macu, o muchos otros que olvido…son de los que no se están quietos, y comparten la pasión de caminar. Y pensó que, ahora que asoma la primavera, quizás sería divertido convocar una caminata sabatina por alguna cañada real o algún sendero de la zona centro. Quedar, presentarse con una credencial de imperdible, como en los congresos, con el nombre habitual del comentarista. Y sin más que un bocata, una cantimplora y buen ánimo, echarse a andar. Puede ser un plan.

Más que nada, por si es verdad que la felicidad nos espera a la vuelta de la primera curva. Se admiten sugerencias…

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