Posts Tagged 'Ava Gardner'

Memorias de un bellaco

"Miente como un bellaco quien diga que hemos hecho recortes sociales"...

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-La escritura es la vida –se dijo Julio-Lo he leído siempre, creo que hasta Jorge Semprún tituló así uno de sus libros.

Porque Julio, como buena parte de los que tienen el gusto de escribir, pensaba que era ya la hora de completar una novela. La gente cree que sólo es escritor el que escribe novelas. Así que él decidió escribir la suya, presentarla a algún premio y ganarlo para consolidar su biografía.

-¿Qué hizo Hemingway?-razonaba-Novelar su vida. Es verdad que yo no he estado de corresponsal en ninguna guerra, ni he cazado en África,  ni he subido al Kilimanjaro, ni he vivido los Sanfermines, ni he pescado en el Caribe, ni he conocido a Ava Gardner. Pero yo también tengo cosas que contar, caramba…

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Julio sólo era un funcionario. Estuvo a punto de escribir: puto funcionario. Pero se frenó en las primeras líneas. Luego, si acaso, cuando se caliente el relato…Sólo era, escribió, un modesto funcionario. Obviamente había alentado sueños e ilusiones. Cambiar el mundo, hacer una familia, emprender un viaje de aventura…Pero en los últimos años todo se le había venido abajo.

Su mujer había sido despedida de su trabajo. Su hijo mayo también. La niña se había quedado embarazada y había perdido el cheque bebé por no haberlo concebido diez meses antes de que el gobierno suprimiera este premio. Su hermana había entregado el piso que creía haber comprado al banco que le concedió la hipoteca. No lo podía pagar., y así esperaba  saldar su deuda. Pero el banco la perseguía, porque no se conformaba con eso. Los buitres siempre quieren más.

Luego miró a sus bolsillos. Le habían congelado el sueldo. Le habían subido los impuestos. Le habían alargado el tiempo de cotización para poder jubilarse. Cada vez que paraba en una gasolinera imaginaba que la manguera era un lanzallamas que le iba a freír según llenaba el depósito de su moto. A la compañía eléctrica que le suministraba la energía le gustaba electrocutarle cada dos meses con una factura que ponía los pelos de punta. O gasearle, porque ahora también suministraba el gas.

-Y no te descuides, pequeño-creyó escuchar de boca de uno de los barandas de la energía- Porque aún podemos darle un par de vueltas más a tu escroto…

Le dio un escalofrío.

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Finalmente pensó en su anciana madre impedida, sentada en su silla de ruedas mientras veía pasar su vida con la sempiterna mirada de alienadita inocente. Como muchos otros, esperaba que se pusiera en marcha ese Plan de Dependencia que no terminaba de llegar.

-¿Y qué escribiría Hemingway con este bagaje?- se preguntó.

Quiso ser optimista, y recordó que sus compañeras Virginia y Pepa, nivel dieciocho, se habían casado gracias  la legalización del matrimonio homosexual. Pero en conjunto le parecía una vida tan agobiante y oscura que  cuando terminó la novela no se atrevió a titularla.

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Tuvo que ser el presidente el que, esta vez también, saliera en su ayuda. No otra cosa había sido su mandato de siete años: sólo servir a los más desfavorecidos, ampliar sus derechos sociales y repartirles los beneficios del estado del bienestar. Sembrar felicidad, en suma. Últimamente parecía ligeramente deprimido por la contumacia de las encuestas. Pero estaba en campaña, y con ondear de las banderas y el clamor de los pelotas y los palmeros se vino arriba.

-Miente como un bellaco quien diga que hemos hecho recortes- dijo en el mitin del día.

Y Julio, que lo escuchó por la radio, suspiró. Ya sabía que su novela habría de titularse Memorias de un bellaco.

El nefasto día en que murió Liz Taylor

A Homper le gustaba sobre todo aquella Elizabeth Taylor anterior a Cleopatra. Parecía más cercana y asequible que la gran estrella en que se convirtió luego...

1

De repente, a su edad, Homper había descubierto las tertulias. No tenía demasiada experiencia en tertulias. Siempre había sido un hombre inquieto, culo de mal asiento, ir de aquí para allá, hocicando en terrenos distintos, entreteniéndose en ver cómo la vida se trenza o se desfleca. Muchas labores y aficiones diferentes, aunque todas propias de su sexo y condición.

-Nada humano me es ajeno –dijo el primer día de tertulia en plan solemne, así como para marcar estilo.

Sus amigos le miraron tan estupefactos como solía quedarse Homper por casi todo. No se le esperaba sentencia semejante. Homper se apercibió  de ello y se avergonzó profundamente de haber sido tan poco original.

-Hoy voy a pedir Calisaydijo en la tertulia de ayer. Y sus amigos le volvieron a mirar con los ojos como platos.

-¿Por qué se te ocurre semejante cosa?-le preguntó Dionisio- ¿Conoces a alguien que conozca a alguien que conozca a alguien que tome Calisay?

-Lo tomé una vez hace cuarenta años y me pareció el licor más detestable que he probado nunca-Homper se puso muy serio- Y quiero estar verdaderamente triste para brindar en memoria de Elizabeth Taylor.

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En las tertulias se dicen muchos lugares comunes, pero hay que enunciarlos con clase y buena dicción. Dionisio, por ejemplo, estuvo muy afinado cuando después del primer sorbo de su café dejó caer algo verdaderamente original y trascendente.

-Hollywood ya no es lo que era.

Pedro, otro tertuliano que había sido un destacado financiero y tenía muy buena cabeza, lo ratificó. Recordó que hacía tan sólo dos o tres semanas había muerto Jane Russell, una de sus debilidades eróticas más turbadoras.

-Una apoteosis de curvas –matizó- ¿Sabéis lo que dijo Bob Hope a propósito de sus encantos? Pues dijo que la inteligencia de un hombre se notaba cuando era capaz de hablar de Jane Russell sin mover las manos. Eso es lo que dijo.

Gerardo terció recordando que la que estaba verdaderamente buena de Los caballeros las prefieren rubias no era Jane Russell, sino Marily Monroe, a lo que Arturo, otro tertuliano, apostilló otra frase para la historia.

-Lo cortés no quita lo valiente, Gerardo. Es verdad que Marilyn estaba buena, pero Jane Russell estaba buenísima.

Todos los tertulianos rieron. Pero a Homper le resultó imposible, porque acababa de degustar el Calisay y el paladar le exigió cara de naúsea.

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La tesis de Homper es que otras guapas, como Maureen O´Hara, podían haber sido camareras de esas que sirven corderos asados en un mesón castellano. Gene Tierney, belleza incomparable, era su farmacéutica favorita. Eleanor Parker, Grace Kelly o Deborah Kerr pedían ser princesas imperiales o hadas. Según él, Sandra Dee, Debie Reynolds y Leslie Caron nacieron criaturas de cajita de música: se abría la tapa, sonaba el Danubio Azul y giraban pizpiretas luciendo sus maravillosas caderas enfundadas en tutú. Cyd Charisse marcó el canon de las piernas perfectas. Ava Gardner, el esplendor de la carnalidad. Rita Hayworth le disputaba a la O´Hara el reinado de la pelirrojía, pero añadía el plus de lo pecaminoso del que Maureen carecía. Virginia Mayo, Lana Turner y hasta Kim Novak simbolizaban el erotismo cursi.

-Pero luego estaban las que uno quería que fueran sus primas o sus vecinas de arriba: Vivian Leigh, Pier Angeli, Natalie Wood, Jean Simmons. Y la primera Elizabeth Taylor.

Por encima de todas reinaba para Homper  la imponderable Audrey Hepburn. Pero no podía olvidar los ojos (¿de verdad violeta?)de aquella chica judía de Ivanhoe que le enamoró cuando era un párvulo inocente.

-Luego, a medida que engordó y cuajó en gran diva, también se hizo más cursi- dijo mientras apuraba el castigo de la copa de Calisay- Pero es lamentable: ya no quedan estrellas de la época dorada de Hollywood.

Los compañeros de tertulia coincidieron en un suspiro de nostalgia.

-Bueno –precisó Dionisio- Para ser justos, queda el viejo Kirk Douglas, pero no es lo mismo.

-No es lo mismo, no-subrayaron  a media voz los tertulianos.

4

La nostalgia, más que un error, es una desgracia. Y las desgracias nunca vienen solas. Rafael puso sobre el velador un ejemplar de EL MUNDO y apuntó a la última noticia de su portada.

-Practicar sexo o deporte de modo esporádico eleva el riesgo de infarto-leyó en voz alta.

Silencio y gestos de preocupación.

-Lo que nos faltaba para mirar al futuro con optimismo- concluyó Homper mientras se levantaba de la mesa y se ponía la gabardina.

Hay días que deberían haberse borrado del calendario antes del amanecer.

Terapia con la Pantoja y otros famosos

Al lado de los dolores del alma de algunos famosos, Homper se convenció de que sus dolencias eran filfa...

Al lado de los dolores del alma de algunos famosos, Homper se convenció de que sus dolencias eran filfa...

La perplejidad de Homper fue esta vez  fue saber  que padecía una rotura microfibrilar de tercio medio de vasto externo. Le sorprendió en primer lugar  tener un vasto dentro de la pierna. Eso no salía en aquel morboso hombre por dentro, esa especie de cuerpo humano desollado que le enseñaron en la clase de ciencias naturales para introducirle en la anatomía. Aquel monstruo, bien intencionado en su truculenta mudez, anticipaba el arte de Francis Bacon y daba alguna repugnancia, pero -insistía Homper- ni mentaba al vasto. Enseñaba las vergüenzas viscerales y las cuadernas de nuestra arquitectura, bastante grimosa, por cierto.

-Qué espanto-se decía-Pensar que Brigitte Bardot y Ava Gardner también están rellenas de

esa casquería tan poco fina…

Y luego le sorprendió saber que a su edad. y después de haber corrido maratones cuando era algo menos maduro, se hubiera hecho una lesión típica de futbolista. En cierta medida le hacía cierta  ilusión, pues esa sentirse como el niño Torres o como Casillas, que, de haberse casado en su día, hasta podrían ser casi sus nietos. Al pobre Homper simplemente le dolía cara exterior del muslo derecho. Así lo creía, aunque ya les digo que era el vasto.

-Nunca te acostarás sin saber una cosa más-le decía al traumatólogo- ¿Y por qué ahora, si cuando hacía mucho más ejercicio nunca me dolía nada?

-Pues ya conoce el dicho: si a partir de los sesenta te despiertas por la mañana y no te duele nada, es que probablemente estás muerto.

Cuántos mortales queremos sentirnos vivos usando y abusando de la sanidad. Viendo la legión de tullidos que concurrían en el consultorio, Homper  se preguntaba estupefacto si tendríamos tantos alifafes de pagar su cura con nuestro bolsillo. La cosa es que, aún siendo astronómico el presupuesto público para este placebo, no hay manera de que las salas de espera incluyan publicaciones del día. Las hay de caza, de pesca y, sobre todo, prensa y papel couché del corazón, pero todas retrasadas. Debí serpararme de mi marido a los treinta días, confiesa Concha Velasco hablando de ese gentleman llamado Paco Marsó. La valentía y serenidad de Cayetana son admirables, dice Carmen Tello de su amiga la Duquesa de Alba, últimamente pachucha. Que sea valiente y diga lo que dije yo un día en un plató -le reprocha Mayte Zaldívar a Isabel Pantoja-: que Julián Muñoz me ha sido infiel.

-Jeús, cuánto sufrimiento-pensó Homper.

Y se quedó perplejo imaginando que quizás esas revistas estan ahí para que, comparándolos con los del alma, minimicemos los dolores del cuerpo y ahorremos dinero a la exhausta hacienda pública.

Parecidos y caricaturas

A todas las mujeres les gustaría parecerse a Ava Gardner. Y a todos los hombres ser calcos de Paul Newman. Se ciñe a  esos cánones el Duende  por ser los más expresivos para la gente de su generación. Además, guapa por guapa y guapo por guapo, uno cree muy superiores a Ava y a Paul que Angelica Jolie o Johny Dep, espejos de las chicas y chicos de ahora. Pero la idea está clara: todos queremos vernos más guapos de lo que en realidad somos.

Lo aprendió el Duende desde el primer momento en que su inventiva empezó a a anotar y revelar parecidos razonables de las gentes de su alrededor. Si el epígono citado era notablemente bello, la reacción siempre era favorable. Si era considerado feo o fea, cabreo al canto. La gente suele ceñirse al resultante general, sin tener en cuenta que un guapo puede parecerse a un feo y viceversa. Por ejemplo, el  Muñeco Diabólico podría ser la caricatura del presidente del Congreso José Bono, y eso no desdice de la apostura del ilustre prócer

 Estos ejercicios de trasposición de personalidades eran muy habituales en la casa del Duende. Un día su madre le identificó con Manolo Gómez Bur, un cómico que habitualmente salía mal parado en sus papeles. Lo asimiló perfectamente, porque era verdad. Sin embargo tiene un amigo cuyo rostro es la clara inspiración de Shrek y no se ha atrevido a decírselo. Cuando era niño, encantado de su conclusión, advirtió a una parienta suya  que su niño se parecía al Pinocho de Walt Disney y se llevó un soplamocos de la madre ofendida. Y eso que se refería al muñeco de Gepetto antes de que le creciera la nariz, por mentiroso. Pero ni por esas: su hijo no podía ser comparado con la criatura de un carpintero. Qué vanidad.

Pero esa es una de las ventajas del blog en agosto, que puedes irte de la lengua -o de la pluma- y olvidarte de las represalias, porque no se entararán  los aludidos. Por ejemplo, Soraya Sáenz de Santamaría es como esos pececitos/pececitas coquetas que aparecen en las películas de dibujos animados. Y es que la imaginería de los estudios ha dado mucho juego. Su compañera de partido Isabel Tocino tenía el mismo perfil que Flor, la graciosa mofeta de Bambi. Y a Pepín Blanco es fácil encontrarle alter ego en los múltiples roedores (castores, ardillas, ratones, etc) que proliferan en estas películas para niños.

Hay otros aún más evidentes: Obama y Hamilton, Carrillo y el chimpancé bailarín de El libro de la selva, Zapatero y Míster Bean. Pero en este último caso es más fácil distinguirlos, porque uno de los dos piensa más lo que dice.


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