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Nociones de ética con ZP al fondo

Antes lo podía todo. Ahora no se sabe si podrá aguantar el irresistible cariño de los suyos...

1

Quien bien te quiere te hará llorar, pensó Adelina mientras repasaba los ejercicios de sus alumnos. Ética, les tenía que enseñar ética. Cómo se comía eso en la sociedad actual. Miraba de reojo el telediario y veía a su antiguo amigo José Luis ojeroso y en ese papel, tan difícil de interpretar, de esfinge inasequible al desaliento. Pobre, él cree que su temple de estadista debe estar por encima del bien y del mal. Del mal en este caso. Pobre, él cree que lo seres humanos somos químicamente puros.

El montón de ejercicios corregidos la desalentaba. A tenor de ellos era evidente que las nuevas generaciones podían pasar de la ética. Apagó el televisor y puso la radio. Aún era lo bastante capaz para corregir ejercicios y escuchar al mismo tiempo lo que los políticos críticos y los líderes de opinión decían del que fue su compañero en la facultad.

-Zapatero es un cadáver político que se niega a ser enterrado-dejó caer uno citando a Luis María Ansón.

No era partidario el tal Luis María, como el cura aquél del chiste que tampoco era partidario del pecado. Pero lo malo es que luego asomaron partidarios de verdad, conspicuos compañeros de viaje que ahora marcaban distancias. Nombres como Barreda, Fernández Vara, Pachi López. Y Joaquín Leguina, que le atizaba inmisericorde como si  nunca hubiera tenido que ver nada con el cadáver.

Y tuvo que recurrir a la sabiduría refranera de su abuela. Quien bien te quiere te hará llorar.

2

Su amiga  Dolores estaba enamorada de él, le veía el más guapo de la promoción. Y encantador.

-Siempre te dice lo que quieres escuchar. Y con esa caída de ojos de Bambi indefenso…-suspiraba- Qué ternura.

Tampoco era para tanto, creía Adelina. Ella también salió con él, y siempre recordó que le dejó desconcertada. El chico tenía buena planta, y trataba de ser encantador a toda costa. Pero treinta y dos años después aún no sabía si sus ojos claros y su sonrisa forzada ocultaban a un malvado disfrazado de redentorista laico o a un Forest Gump con muy buena labia.

Nos parábamos a tirar piedras en el río y él me decía con palabras preciosas que quería cambiar el mundo, recordaba Adelina. Eso sí, acababa empalagando, y ella no podía ocultar que siempre le pareció un cursi.

3

Sus alumnos seguramente no sabían lo que significaba la palabra cursi. Y tampoco aportaban nada deslumbrante respecto a la actitud del ciudadano ante el poder, que era el tema de los ejercicios que corregía. Sólo una alumna llamada María Eugenia se había atrevido a escribir algo que Adelina subrayó con su lápiz rojo: el ciudadano y el político deben ser críticos con el poder incluso cuando éste gobierna con la opinión pública a su favor.

Hizo un alto, suspiró. Bebió un sorbo de su taza de café y desvió su atención por unos instantes hacia las tertulias que vomitaba la radio matinal. Al cadáver ansoniano no lo podían enterrar, pero los analistas habían sacado sus escalpelos y lo despedazaban sin piedad.

-Caray con los forenses…-se dijo- ¡Si son los mismos que  babeaban cuando le veían como el híbrido perfecto entre Gandhi y el Ché!...

4

Se acordó del coro de las ministras adoradoras del estadista alicaído. De sus artistas oportunistas y aduladores. De los plumistas especialistas en hagiografía. De los palmeros que jaleaban las extravagancias y los brindis al sol del figura. De los políticos que ponían su partido a los pies del nuevo mesías por un plato de lentejas. Con chorizo, por supuesto. De los chantajistas, de los pelotas y de los cínicos que antes hacían la ola al líder y ahora se desmarcaban de él como de un apestado.

-Qué voluble y miserable es a veces la condición humana- pensó recordando a su amigo de juventud.

Adelina le concedió un 9 a María Eugenia y dio por terminada la corrección de los ejercicios. A continuación se puso a trabajar en su tesis doctoral, en la que trataba de la pleitesía ante el poder y del efecto untuoso y paralizante que este ejerce incluso en las sociedades más avanzadas. Casualmente, en los campos que aún rodeaban el bloque de apartamentos donde vivía pastaban las ovejas. Y hasta los oídos de Adelina llegaban unos balidos que le parecían más expresivos que nunca.

La engañosa primavera

No te dejes engañar si te despierta el canto del ruiseñor...

1

Hacía tiempo que Homper no se impresionaba por naderías así, pero hoy le ha despertado un ruiseñor, y eso no es cosa de todos los días. El canto del ruiseñor, como el de las esquilas del ganado saliendo al campo al amanecer, son variantes de su particular magdalena de Proust. Sensaciones que vivió en el campo de niño, vuelven ahora en forma de recuerdos. Y los recuerdos se convierten en un soplo que aviva su curiosidad y su interés por la vida natural que nos rodea. Se dice que no es posible que pueda caer en el tópico, jura y perjura que nunca jamás hubiera incurrido en semejante cursilada, pero no tiene más remedio que  reconocerlo: ha vuelto la primavera.

Y lo peor es que, una vez más le ha sorprendido. Nunca se acaba de convencer de que, cuando caduque su esplendor, más dura será la caída. La primavera es bellísima, peo cuánto engaña la muy traidora.

2

Nada es igual que hace tan sólo un mes, cuando por sus pagos habituales la naturaleza se mostraba escuálida y triste. Mira por la ventana y, como en los teatrillos de juguete donde hacía sus funciones sobre la mesa del comedor, los verdes se han ido superponiendo en distintos planos. Son  forillos de clorofila pura. El paisaje se abullona, y gana en profundidad y misterio. En esta fronda puede aparecer una princesa que perdió ayer su diadema mientras paseaba recogiendo flores. El árbol que en invierno era simplemente un adusto mojón es ahora un templo de ramaje que quizás se llene de gnomos. A la vuelta de ese recodo del camino quién sabe si asomará Bambi. Cuando uno mira al manzano florecido, piensa que Garcilaso de la Vega está ahí, componiendo una égloga. Le dan ganas de pedirle un favor.

-Dedícale unos versos de mi parte a esa mujer a la que quiero decirle tanto, y tan sentido, que no se cómo decírselo.

3

También se imagina a un hombre ceñudo y con la cabellera revuelta paseando por entre los helechos mientras marca con sus manos un compás de tres por cuatro.

-Don Luis-le dice- se  usted siente conmigo a desayunar unas tostaditas  de aceite mientras vemos el campo, que está tan bonito.

Pero la invitación es inútil, ni vuelve la cabeza. No oye prácticamente nada, está sordo. Es Beethoven, y sabe que su destino hoy es componer su  Sinfonía Pastoral.

Se aleja, se pierde en la floresta, se desvanece. Otro trazo más de lo efímero y engañoso de la primavera.

Homper la recibe con esperanza.La desazón general le tiene el alma  trillada, y el hombre confiesa que necesitaba esponjarse de oxígeno, aire libre,  y fantasía. Aunque es consciente de que esta estación es de poco  fiar. Lamentablemente, enseguida llegará el terrible  verano de la España interior, que a golpe de calores y de fríos implacables fabricó tantos místicos y guerreros. Carpe diem, Homper. Pronto,  a la primavera se le pasará su poder de seducción, y todo verdor perecerá.

Cambio de aires 6/Siguiendo a Gauguin

Lo mejor de los pueblos bonitos es que en algún instante de algún día de algún año puedes verlos sin la marabunta de los turistas. ¡La suerte es dar con el momento!...

Escuchaba  este duende hace unos días a Gustavo Torner contando por RNE cómo se gestó y nació el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Fue una experiencia singular nacida del mecenazgo de Fernando Zóbel, del empuje del propio Gustavo y de Gerardo Rueda y del buen sentido de un alcalde que no entendía una palabra de arte, pero que supo valorar la iniciativa y facilitar la compra de las Casas Colgadas para albergar la colección. Entre ellos y los Saura –Antonio con sus cuadros y Carlos con su película Pippermint frappé, que tanto nos epataba a los jóvenes de entonces- descubrieron Cuenca para el mundo. Hoy Cuenca está en la agenda de muchos que buscan dónde perderse un fin de semana mezclando lo trascendente con lo deleitoso. Placer para el cuerpo y oxígeno para el espíritu. Mejor, y más bonita, en otoño. Una ciudad o un pueblo con artistas en su censo deja más huella en el visitante

Pont-Aven es un pueblito de Bretaña con quince famosas casas antiguas y catorce molinos de agua. Un capricho de piedra, río y profusión de flores adornando el paseo entre los molinos y las calles de casitas bretonas, un pequeño puerto fluvial y un paraíso boscoso a su alrededor. El Zóbel de Pont-Aven fue nada menos el fogoso Paul Gauguin, a cuyo reclamo acudieron muchos otros pintores. Hoy el arte allí sólo es una excusa. Las múltiples galerías que salpican el pequeño pueblo exhiben los mismos cuadros prêt á porter que  los artistas callejeros venden en cualquier ciudad del mundo: paisajitos ñoños y relamidos, quizás apreciados por el turista, pero inexplicables en un lugar donde pintó quien quizás fue el más vigoroso de los impresionistas. También en Salzburgo venden unos bombones muy cursis envueltos con la imagen de Mozart. Todo por la pasta. Aunque los artistas así explotados hoy pasaran en su tiempo un hambre canina.

El otro cebo para el consumo de esta villa son  las famosas galettes bretonas, unas pastas deliciosas que reponen en michelines lo que el lugar se lleva en suspiros. A este viajero no le gustan tanto las galettes como las cajas de hojalata retro donde se venden. Se acordaba de su madre, que guardó toda su vida los botones en una cajita de té chino decorada con unos chinos horrorosos. Cuánto le hubiera gustado a ella una caja de Pont-Aven. Para compensar esta frustración retroactiva, el Duende ha descubierto que una de sus nietas, Olivia, tiene cara de niña de caja de galletas antigua. Quizás haya que parafrasear a Forest Gump y decir que la vida es una caja de galletas.

Pero con Gauguin, con los molinos y las galettes, Pont-Aven  en agosto se acaba convirtiendo en una avispero de turistas. Así que el viajero huyó del bullicio para hacer una randonnée de nueve kilómetros hasta Port Manec´h, siguiendo la costa de la ría del Aven hasta el mar. Es más o menos como un paseo por la orilla de  la Costa de los Pinos mallorquina, con sus calas y su contraste entre el verde de la vegetación y el azul de las aguas. Pero la diferencia es que  en Bretaña paseas a veintiun grados, y que el bosque es una frondosa mezcla de robles, hayas y pinos monumentales por el que en cualquier momento te puedes encontrar a un gnomo o al mismísimo Bambi. Qué placer, pasear por un bosque así viendo veleros y sintiendo en el rostro el beso de yodo y sal que venía de la mar.

La jornada acabó en un puertecillo que la guía menciona de refilón, y que, siendo encantador, no merecía la atención de los japoneses. Se llama Doëlan, un pueblín bellísimo dividido en dos barrios por una profunda y estrecha ensenada donde duermen muchos barquitos. Se cenó en un chiringuito frente al faro dorado aún por el  poniente. Cree el viajero que casi todos eran franceses, o sea, que no llega allí la marabunta de turistas. Todavía quedan en cualquier parte perlas por descubrir.

Esos micrófonos abiertos…

Es inexplicable que los políticos aún no sepan que siempre hay algún micrófono inoportunamente abierto para amargarte la vida...

La hoja de servicios  al partido de Pochoto Morón era sencillamente impecable.

Tenía fama de corrupto, prevaricador, manipulador de votos, conseguidor de licencias de construcción ilegales,  borrachuzo, esnifador de pimienta con almendra molida y acosador de secretarias. Y malas lenguas decían que había sido sorprendido en un local donde una tigresa ataviada con lencería gótica le flagelaba  mientras él, desnudo y con un collar de perro al cuello, se comía un hígado de cerdo crudo y luego leía, de rodillas y en voz alta, las obras completas de Karmele Merchante.

-Ah, ahhhhh….-gritaba al borde del orgasmo..

Con sus casi dos metros de altura y sus ciento treinta kilos de peso, las orgías de Pochoto dejaban en nada las de Tiberio y el Marqués de Sade. Era lo que una castiza llamaría un prenda. Pero ningún juez le había podido hincar el diente jamás. Y además ganaba elecciones.

-Es un perfecto canalla-reconocían en el Comité Central del partido- Lo malo es que todos los partidos necesitamos alguien así para que haga el trabajo sucio.

El trabajo sucio le obligaba a ser  además arrogante, chulo y mal educado en el parlamento o en las comparecencias públicas. Y cuanto más sarcásticas y corrosivas eran sus pullas a los adversarios políticos y más ordinarias sus palabras, más votos ganaba.

-¡Dales caña!-le gritaban- Pochoto, Morón, ¡el gobierno es un cabrón!

Pero todo el mundo comete un error. Un día, más difícil todavía, largó una de las soflamas más apocalípticas y demagógicas de su carrera. Henchido de rabia, vomitó su mejor repertorio de denuestos e insultos a los que criticaban a su partido y convocó una cacerolada contra el gobierno. La atronadora división de opiniones convirtió el hemiciclo  en una escandalera. Pochoto, emocionado al aquel espectáculo,  se tapó la cara con las manos y, mientras se enjugaba el sudor de la frente con un pañuelo, pareció decir algo a un compañero de partido a micrófono cerrado.

¿Cerrado?…Eso creía él. Una mano invisible lo había activado de nuevo.

-No se cómo he podido hacer este discurso –se escuchó decir al bellaco ganavotos- Ayer vi otra vez Bambi con mis hijitas y aún no he podido superar la secuencia en que los cazadores matan a mamá cierva…

Qué vergüenza, qué oprobio para el partido. Aquellas palabras impresentables provocaron el rechazo radical de sus votantes. Y fueron, al cabo,  la tumba política de Pochoto Morón.

El perverso FMI

Don pro Buenafé le enseñó a mirar la vida desde la utopía. Y el alumno acabo superando al maestro...

Don Probo Buenafé le enseñó a mirar la vida desde la utopía. Y el alumno acabo superando al maestro...

Algunos desaprensivos de los medios le llamaban el Ludópata, por su afición al riesgo. Otros, como Carlos Herrera, el Fenómeno. Luis María Ansón – al que, sin embargo, le gusta de cuando en cuando babear con alguna de sus ministras, como González Sinde- aprovechaba para dejar constancia de su saber de historia y le apodaba Zapatero I, el de las mercedes. El  sin embargo pasaba por encima de ironías, de dimes y de diretes. Y continuaba su camino bajo los dictados de don Probo Buenafé, que fuera antaño su profesor de Teoría del Talante y del Humanismo Aplicado.

-Ten cuidado, hijo-le advirtió un día éste mientras paseaban juntos por el campo- ¡vas a pisar esa boñiga!…

-¿Boñiga?-se atrevió a corregirle José Luis mientras le miraba con sus ojitos azules más seráfico que  nunca-¡Pastel nutriente de origen vacuno que enriquece a nuestra madre tierra!…

Y don Probo, claro, tuvo que darle matrícula de honor.

A partir de entonces, su vida fue tirar para adelante viendo siempre la botella no medio llena, sino completamente llena. Y antes muerto que sin risa. O al menos sin la sonrisita de Bambi. Pero aquella tarde de septiembre fue demasiado. Mientras su sentido de estado y su compromiso con los más necesitados le tenía en Copenhague esperando que el COI derramara el cuerdo de la abundancia sobre Madrid 2016, el Fondo Monetario Internacional se atrevía a a anunciar el fin de la crisis. Con esta cruel apostilla: para todas las economías poderosas salvo España, que tardará al menos un año más en salir del bache y seguirá generando más desempleo. Qué bofetada para el abanderado del buenismo. ¡Qué desaire para el líder del optimismo antropológico!

Aquella noche el presidente no durmió bien. Soñó que estaba en el Palacio de Oriente, que alguien le abría las puertas del gran balcón que da a la plaza y que allí una multitud  enfervorizada le aclamaba diciendo cosas como prietas las filas, demos una lección al mundo, y si ellos tienen ONU, Fondo Monetario, Banco Central Europeo y esas cosas,  nosotros tenemos lo que nos da la gana.

-Españoles –sonó a través de la megafonía su voz aflautada y vacilante- ¡Ladran, luego cabalgamos!…Hagamos oídos sordos a los desafectos a nuestro régimen…

Entre sueños, creyó escuchar en su propia voz, que no era su voz, expresiones arcaicas, como los politicastros que, al socaire del comunismo…la Conspiración Judeo-Masónicay el Contubernio de Munich.

Y al despertar sudoroso y preso de la angustia pensó que, como ha ocurrido tantas veces con los grandes taumaturgos, el mundo estaba contra él. Y lamentó que don Probo, que ya criaba malvas, no pudiera resucitar para reeducar a la humanidad entera, rescatarla de su grave error y llevarla al terreno de su maravillosa  y única verdad.

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Bermejo o el arte de callarse y hablar a tiempo

mariano-fernandez-bermejo-ministro-de-justiciapreview1Lo malo del poderoso es que impresiona tanto a su alrededor, que nadie se atreve a denunciar sus excesos

-¿Por qué nadie le paró los pies a este ministro?-le preguntaba la tía Clota a su sobrino.

-El poder nos ciega a todos. Hasta que se pasó, e incluso los suyos empezaron a fallarle.

La tía Clota le guardaba una cierta simpatía a Mariano Fernández Bermejo. Más que nada, porque es de pueblo, como ella, y aún en los años en que nació el hoy ex ministro eso de ser de pueblo y llegar tan alto era un meritazo. Además, una vez que fue de excursión a la Villa de Mombeltrán con unos amigos y pararon en la gasolinera de Arenas de san Pedro, ella tuvo que hacer uso del cuarto de baño y lo encontró limpísimo.

-Buena señal, y más en España -puntualizó la tía- Pero claro, la cacería, lo de no tener licencia, cenar con ese juez…¡Matar ciervos cuando a tu presidente aún le llaman Bambi…

Bendita ingenuidad.

La tía Clota sabe que el hoy  ex ministro es hijo del dueño de la gasolinera de Arenas de san Pedro, y que el señor Fernández estaba en las antípodas ideológicas de su hijo. Porque la sangre izquierdista le viene de su abuelo materno, don Emiliano Bermejo, dueño del Colegio del Carmen, un edificio con mucho encanto y un gran jardín que fue derribado por la piqueta para albergar unos horribles bloques de viviendas.

-Pero ya ves, tía. Legalizaba o ilegalizaba ANV, a conveniencia del Gobierno. Comprometía a Montesquieu a dos por tres. Y como era mordaz y daba caña a la derechona le jaleaban. Uno deslumbrado por el poder y otros porque no quieren ver…

-Pues acabo de escuchar a Victoria Prego, que tiene muy buen criterio, y dice que es un hombre muy inteligente y de gran preparación…

-Y simpático -añadió Homper-Que me lo ha dicho un amigo que le conoció en su juventud.

También le contó el amigo que el ex ministro tiene una hermana que se llama Pepita y era de las más guapas de Arenas de san Pedro. De cara muy bien dibujada, piel muy blanca  y silueta perfectamente proporcionada, tenía el aire delicado de un retrato de Madrazo o de una heroína de Chejov. Al contrario que su hermano, parecía tan discreta y tímida que el amigo no se atrevió a decirle que le gustaba, por si se asustaba. Tampoco se lo recordó cuando la encontró cuarenta años después, casada y profesora de matemáticas en un instituto de Valladolid.

-Lo que es no hablar a tiempo-concluyó tía Clota-Si alguien lo hubiera hecho, el ministro a lo mejor había salvado la silla, y tu amigo quizás hubiera acabado con Pepita.

Quién lo sabe. Pero es tan difícil saber callarse o hablar a tiempo…

Parecidos no del todo razonables

(Foto de Cjelli)

Uno de los problemas que tiene el Duende para ser querido por todos es que formula muchas de sus observaciones en voz alta. En su espíritu travieso y su deseo de desmarcarse de lo convencional, suele recurrir a imágenes, comparaciones y ejemplos que él considera ocurrentes, y que no siempre son  bien interpretados por todos. Buena culpa la tiene su familia. En casa su casa era corriente jugar a aquello de ¿a quién se parece fulanito? Con variantes tales como si el tío Enrique fuera animal, ¿qué animal sería? Otras veces las trasposiciones se hacían con objetos, o incluso con sensaciones O, viendo acercarse a alguien con un rostro muy peculiar, alguno planteaba una afirmación valiente que busca confirmaciones, como por ejemplo ¿verdad que ese tío tiene cara de llamarse Agapito?¿A que el tío Federico tiene voz de bocadillo de jamón?

El juego parece estúpido, pero pone en juego valores como la imaginación, la semiología inventada que sugieren ciertas palabras,  la fantasía y el conocimiento del lenguaje y de la iconografía clásica. Hay gente que tiene cara esdrújula, aunque no lleve el acento dibujado en la frente. El Duende veía en el rostro de su primer profesor de Derecho Político, don Carlos Ruiz del Castillo a un vértice geodésico, aunque estos monolitos sean en general poco expresivos. Otras comparaciones son más simples. El inefable José Bono tiene la misma mirada y mofletes del Muñeco Diabólico. Jordi Pujol es idéntico al monstruito que sale del pecho de Terminator. Isabel Tocino está diseñada con el mismo perfil tierno y pelín cursi  de la mofeta Flor, y en el mismo elenco de Bambi encontramos a un buhíto joven que se parece mucho a Chiqui Benegas. Lo de comparar al presidente Zapatero con mister Bean no tiene mérito: más sutil sería decir que, si fuera vegetal, sería lirio. La Vicepresidenta de la Vega, y que no se me enfade, es como un polluelo de rapaz de esos que pintan los tebeos saliendo del huevo y con un pedazo de cáscara en la cabeza.  Fraga, con todos los respetos, siempre tuvo una cierta mirada de rinoceronte, y si hubiera sido música sonaría como la Cabalgata de las Walkirias.  Y, por no abrumar con más ejemplos, el ex portero madridista Buyo era talmente la maqueta de Arnold Schwarzeneger.

En su ingenuidad, el Duende siempre creyó que todo el mundo apreciaría el lado bueno de estas observaciones, pero un día le dijo a una pariente suya que su niño se parecía a Pinocho-antes de mentir, precisó- y recibió a cambio una bofetada. Se había quedado sólo con el lado negativo: mi hijo no es un muñeco, replicó airada. No había reparado en la cara de sorpresa ingenua y en la ternura que respira la criatura del viejo Gepetto en la película de Walt Disney. Qué cortedad de miras.

A una buena amiga menudita, de apariencia frágil y cara de biscuit, muy favorecida ella, que aún siendo abuela desafía al tiempo luciendo un tipito quinceañero, le dijo un día el Duende que era como Almendrita, la protagonista de un cuento que contaba la radio en los años cincuenta. Almendrita nació en el cáliz de una flor, y allí dormía, tierna y grácil, como la Campanilla de Peter Pan. Además de atractiva, la buena amiga es parca en palabras, de modo que nunca supo el Duende si lo entendió como halago o, simplemente, como estupidez inoportuna.

Pero el mayor ejemplo de fracaso de esta pretendida poética de la fantasía comparativa es el que sufrió con una compañera de trabajo a la que, comparó con la cerillera de Andersen. La Cerillera es uno de los más tristes cuentos de Navidad jamás escritos, pero también de los más bellos. Eso al menos pensaba el Duende cuando lo leyó de niño en una preciosa edición de la Colección Araluce, encuadernada en tela con estampaciones en oro y delicadas ilustraciones en papel couché. Es la historia de un pobre niña que vende cerillas  en una esquina de las calles nevadas de Copenhague la noche de San Silvestre. Nadie le compra, y la chiquilla, aterida de frío, intenta calentarse con sus cerillas que, al encenderse, iluminan el cuadro mágico de un hogar caliente, con una mesa cubierta de manjares y golosinas y un abeto adornado con muchos juguetes. La maravilla se desvanece con la llama apagada, y cuando la tercera cerilla con su estampa mágica se consume,  la vida de la desdichada niña se ha consumido con ella. Al Duende la cerillera, aún con su expresión desvalida, le parecía hermosa y fascinante, y veía  la historia como la quintaesencia del romanticismo. Así se lo hizo saber a su compañera de trabajo, pero ésta volvió la cara ofendida. Prefería imaginarse como Susan Sarandon.

Falta de visión o de sentido del humor: la madre del Duende, que descansa en paz -como la cerillera de Andersen- decía de su propio hijo que era idéntico a Manolo Gómez Bur. Al Duende le hubiera gustado más ser como Steve Mac Queen, pero su madre conocía muy bien a su hijo. Además,  bien pensado, Manolo era bastante más gracioso. Qué mala suerte que se pareciera al Duende.

…¡Y Fraga le hizo llorar!

 Nadie lo hubiera dicho. Nadie hubiera tan siquiera pensado que ese político con aire de matriculín, verbo infalible, ambición incalculable y tics de repelente niño Vicente guardara en algún rincón de su alma una lágrima para tal ocasión.  Foto de Tatiana SapateiroImprevisible aquélla, la lágrima, y menos esperable aún ésta. La mayoría podríamos entender que Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, llorase presentando el libro que glosa la vida de una actriz, un poeta, una pianista o una princesa, porque sensible a estas materias sí que ha demostrado ser. Pero no lo de ayer. No podíamos imaginar semejante rapto de ternura por un político – Manuel Fraga-  al que sólo el tiempo ha borrado sus famosos prontos de sargento furriel. En un tiempo la calle era suya, y el Estado le cabía en la cabeza. Ahora también gimotea cuando recuerda sus servicios a la patria, y probablemente cuando cuenta Bambi a sus nietos. Llora el viejo brigadier curtido en mil batallas y aguerrido capitán que aún se apresta a asaltar la posición más inexpugnable. Ojos que no lloran, corazón que no sienten.

La cosa es que desde que la madre de Boabdil el Chico afease el llanto de su hijo por abandonar Granada con el rabo entre las piernas, lo de llorar estaba muy mal visto en el hombre. Parece que sólo se podía llorar como mujer, qué fastidio.  Lo cual hizo sufrir mucho al Duende, pues también lloró con Bambi, y con la muerte en directo de aquélla serenísima niña llamada Omaira, que quedó atrapada en una ciéanaga tras la explosión  furibunda del volcán Nevado Ruiz, y viendo una película para jóvenes titulada El club de los poetas muertos, y cuando, haciendo la mili llegó el cartero a la compañía con una carta para Angel García de su novia. El pobre Angelito, que había pedido permiso ese día para examinarse en Madrid, acababa de morir atropellado a las puertas del campamento cuando se dirigía al autobús que le iba a llevar junto a ella, la misma que ahora no tendría respuesta a su carta. Y por eso lloraba el Duende, pensando los dos corazones rotos y en la carta que nadie leería.

Había un personaje femenino de Jardiel Poncela que en Usted tiene ojos de mujer fatal invitaba desde la escena a la terapia lacrimal. ¡Llore, llore usted!- gritaba como una loquita iluminada-Es cierto que se caen las pestañas, pero…¡sienta estupendamente! Sin embargo los hombres de la generación del Duende estábamos educados para no llorar, porque eso era de nenazas.  Gary Cooper, Humphrey Bogart, Clark Gable y el Guerrero del Antifaz jamás lloraban. Pero el sentimiento es como es, y el lacrimal trabaja cuando menos te lo esperas. El Duende debe confesar que hace unos años pasaba por la Cibeles en la hora más populosa del día cuando, junto a la verja del Cuartel General del Ejército, vio a un viejecito menudo con boina y trazas de pastor serrano aireando entre el gentío apresurado su valiosa mercancía. ¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete! Nadie le miraba, nadie le escuchaba, nadie hacía por él. Porque Madrid ya empezaba a ser la novia de Europa, la lanzadera de la economía nacional, la ciudad de ferias y congresos, meca de yupies y del pelotazo, salón del automóvil de lujo, cuna de la modernidad y templo eterno de la movida. Malos tiempos para la lírica de la manzanilla. Le dio tanta pena al Duende aquél incomprendido, le inspiró tanta ternura que  le compró dos ramilletes de la aromática planta con los que se fue caminando por Recoletos arriba. Y cuando se quiso dar cuenta lloraba. No como mujer, sino como un gilipollas. O al menos eso pensaba entonces, que no recordaba la rima aquélla de Bécquer: ¡Ya ves que soy un hombre y también lloro!

Porque, afortunadamente, las cosas cambian. Ahora ya no gustan tanto los que van de lijas del 9, y  la ternura masculina  también  cotiza. A lo mejor las lágrimas de Gallardón nos recuerdan que, además de una buena cabeza, este hombre tiene corazón.   

Gallinas en libertad

(Foto cortesía de Davichi, con algunos derechos reservados)

Gallina

 

Lo que avanza la civilización, para que luego se diga que vamos a peor. Estaba el Duende dando de cenar a Marina un huevo frito con arroz cuando reparó en el envase de donde procedía el manjar. Pazo de Vilane -rezaba el rótulo comercial- 6 huevos de gallinas criadas en libertad. Y seguía: nuestras gallinas se crían al aire libre, y completan su dieta a voluntad en los extensos campos del Pazo. Conmovido por la noticia, trató de convencer a su nieta para que acabara el plato. Primero le explicó que el huevo venía de una gallina feliz, y que esos huevo eran privilegio de princesas, pero como si nada. Luego acudió al clásico truquito de los bocados penitenciales: este por Mamá, que tiene que ser profesora de universidad y gladiadora del hogar al mismo tiempo. Este por Papá, que trabaja tanto y además es del Aleti. Este por Zapatero, para que se le arregle lo de los trenecitos de Cataluña. Este por Rajoy, para que se le pase el cabreo…Pero la niña, erre que erre, no quería más. Tanta libertad gallinácea y tanta pedagogía para que aquel huevo que debía costar un ídem acabara en el estómago del Duende.No sabe uno si una gallina aprecia su libertad. Ni si, de ser cierto, es tan buen argumento comercial para el consumidor, con la vida tan perra que viven otras criaturas. Me consta que aunque las tierras del Pazo de Vilane son especialmente golosas para las gallinas, el huevo resultante no es tan diferente a cualquier otro bien frito. Más bien pienso que el mensaje comercial explota la creciente sensibilización hacia los animales. La cosa viene de Francisco de Asís, que empezó hablando del hermano lobo. Luego llegó Walt Disney, se inventó a Mickey Mouse y a Bambi y nos hizo llorar a varias generaciones cuando dejó al cervatillo huérfano de madre. Entretanto la humanidad conocía el holocausto judío, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, hambrunas bíblicas e incontables atrocidades. Homo homini lupus, nos recordaba Hobbes. Hoy no somos mucho mejores, pero gracias a los ecologistas, a los Estudios Pixar y a que Rajoy no tiene ningún primo zoólogo, nos vamos regenerando. Al final nos sentiremos personajes de Frank Capra, y redimiremos nuestra mala conciencia amando a los animales casi como a nosotros mismos.

Se defiende la causa de las ballenas, de las focas, de los zorros, de los lobos, de los linces, de los toros de lidia. (¿Por qué no de las ocas del Perigord?). Por una colonia de mariposas se desvió el trazado del AVE. Y si no se soluciona el problema de la carroña para los buitres -que desde las vacas locas están a dieta- acabaremos llevándoles al Mac Donald con cargo al presupuesto de Solbes. Aún hay más síntomas: desde que el Duende vió Babe, el cerdito valiente ha dejado de tomar cochinillo. A ver cómo le cuenta a Marina que mientras las gallinas de sus huevos campan en libertad, los lechoncillos nacen con los días contados.

Claro, que peor será cuando le tenga que explicar que millones de niños como ella pasan hambre.


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