Recuerda el Duende aquel teatrillo de cartón con el que jugaban sus hermanas mayores cuando eran niñas. Un escenario imponente, de estilo belle epoque, con sus bastidores de los que colgaban los decorados, sus escenas románticas, castillos, bosques. Sus personajes, `princesas, reyes y héroes de guardarropía que había que manejar con destreza para que el ojo inocente de los espectadores, que eran los hermanos pequeños, no se apercibiera del tinglado de la antigua farsa. Todo era mentira en aquel montaje, pero mentira hermosa, en buena parte por la sensación de profundidad. El pequeño espectáculo era más fascinante que los cuentos o los tebeos no sólo porque te permitía inventar la historia, sino porque te ofrecía una perspectiva y visualizabas, superponiendo distintos decorados, la magia de la imitación de la vida. Era como si lo viéramos de verdad, pero de mentira. Y eso nos parecía aún más encantador.
Todo eso se le ocurre al Duende porque amanece envuelto en primavera. Como en el teatrillo de juguete, la perspectiva se ha llenado de decorados verdes en distintos planos. Los castaños, los robles, los fresnos y los frutales le reproducen otra escena mágica, aunque en este caso no haya más personaje que el espectador ni más elenco que los perros que le acompañan y los pájaros que vienen a dar su fe de vida..
En ese jardín natural, tan efímero, que es en la primera mitad de mayo cualquier pedazo de tierra donde crezcan cuatro árboles y tres matojos, ha pasado, fugaz, una oropéndola macho, que es el ave más vistosa de las que por aquí paran. Amarilla y negra, como un taxi de Barcelona que volase. No sólo pasó, cantó Y su trino, rebotando en las ramas y en el follaje adquiere una calidad de sonido muy especial, que no se percibe de los sonidos de la naturaleza ni en el rigor del invierno ni en la extrema sequedad del verano. No es eco, porque todo está mullido a su alrededor. Pero, sobre el manto de silencio que rodea este momento singular, sí cabe hablar de un efecto delicado que reverbera en el ambiente con la misma sutileza que los aromas naturales. Es, por decirlo de alguna manera, un perfume para el oído.
Además, entre sábado y domingo llovieron cincuenta y siete litros de agua. La tierra está amorosa, decía en días así el inolvidable tío Jacinto, uno de los maestros de campo que guiaron a este duende. No es de extrañar. La oropéndola también lo está. Y hasta los corazones de piedra pómez seguro que se vuelven sensibles y mullidos cuando asisten a esta función tan especial del pequeño teatro de la primavera.


* Publicado en MARCA 8-5-09





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