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El pequeño teatro de la primavera

El macho de la oropéndola es un actor destacado en ese pequeño teatro que es la primavera...

Recuerda el Duende aquel teatrillo de cartón con el que jugaban sus hermanas mayores cuando eran niñas. Un escenario imponente, de estilo belle epoque, con sus bastidores de los que colgaban los decorados, sus escenas románticas, castillos, bosques. Sus personajes, `princesas, reyes y héroes de guardarropía que había que manejar con destreza para que el ojo inocente de los espectadores, que eran los hermanos pequeños, no se apercibiera del tinglado de la antigua farsa. Todo era mentira en aquel montaje, pero mentira hermosa, en buena parte por la sensación de profundidad. El pequeño espectáculo era más fascinante que los cuentos o los tebeos no sólo porque te permitía inventar la historia, sino porque te ofrecía una perspectiva y visualizabas, superponiendo distintos decorados, la magia de la imitación de la vida. Era como si lo viéramos de verdad, pero de mentira. Y eso nos parecía aún más encantador.

Todo eso se le ocurre al Duende porque amanece envuelto en primavera. Como en el teatrillo de juguete, la perspectiva se ha llenado de decorados verdes en distintos planos. Los castaños, los robles, los fresnos y los frutales le reproducen otra escena mágica, aunque en este caso no haya más personaje que el espectador ni más elenco que los perros que le acompañan y los pájaros que vienen a dar su fe de vida..

En ese jardín natural, tan efímero, que es en la primera mitad de mayo cualquier pedazo de tierra donde crezcan cuatro árboles y tres matojos, ha pasado, fugaz, una oropéndola macho, que es el ave más vistosa de las que por aquí paran. Amarilla y negra, como un taxi de Barcelona que volase. No sólo pasó, cantó Y su trino, rebotando en las ramas y en el follaje adquiere una calidad de sonido muy especial, que no se percibe de los sonidos de la naturaleza ni en el rigor del invierno ni en la extrema sequedad del verano. No es eco, porque todo está mullido a su alrededor. Pero, sobre el manto de silencio que rodea este momento singular,  sí cabe hablar de un efecto delicado que  reverbera en el ambiente con la misma sutileza que los aromas naturales. Es, por decirlo de alguna manera, un perfume para el oído.

Además, entre sábado y domingo llovieron cincuenta y siete litros de agua. La tierra está amorosa, decía en días así el inolvidable tío Jacinto, uno de los maestros de campo que guiaron a este duende. No es de extrañar. La oropéndola también lo está. Y hasta los corazones de piedra pómez  seguro que se vuelven sensibles y mullidos cuando asisten a esta función tan especial del pequeño teatro de la primavera.

Ciudades felices

Obras en Madrid, según la pintora Elena Méndez

Obras en Madrid, según la pintora Elena Méndez

Hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas, dice el perplejo Homper que dijo Bernard Shaw. Da igual quien lo dijera, porque la frase estaba bien traída. Como si, en lugar de estadísticas, decimos encuestas. O como, si en lugar de encuestas, hablamos de percepciones.

-Ya ves, tía-le comenta a la tía Clota a través del Skype- Según la revista Forbes vivo en una de las diez ciudades más felices del mundo. Y yo sin darme cuenta.

Según la prestigiosa revista norteamericana Madrid está en la lista privilegiada de las ciudades más felices del planeta, encabezada por Río de Janeiro. La clave de esa percepción es que desde que Fred Astaire y Ginger Rogers rodaron Bailando a Río y desde que la tele universalizó la postal de los carnavales brasileiros, el imaginario colectivo asocia la capital del Brasil con la samba, el empelote, la plástica de las mulatas sonrientes y el vive como quieras, fundamentalmente de juerga y sin dar ni golpe. Sólo Río, Sydney, Barcelona y Amsterdam superan a Madrid en felicidad.

-¿Y crees que Barcelona es más feliz que Madrid por las fotos  de esas cosas que hacen en los alrededores de La Boquería?- pregunta la tía Clota con indisimulada ironía.

Las reprodujo El País, no se sabe si dentro o fuera de su libro de estilo, Homper se quedó perplejo al verlas y luego dieron la vuelta al mundo en Internet. Gente fornicando en la calle  a plena luz del día sin ley ni ordenanza municipal que les advierta de que, aunque ellos estén felices, a la mayoría de la gente les puede molestar que conviertan el espacio público en una casa de putas.

-No se, tía –responde Homper avegonzado. Ya sabes, vive como quieras…Además, todo es relativo. Madrid está insoportable, reventado en obras. No sabes cómo llegar ya a ningún sitio, porque se han puesto a cortar y reformar todas las calles y aceras al mismo tiempo. Polvo, atascos,  la crisis y un calor más que africano. Eso sí, por la noche tinto de verano en las terrazas y, si pasa el de Forbes,  estamos encantados.

Son percepciones, insisten. Como lo de los brotes verdes de la economía. Debe de ser la edad, pero a Homper, por el contrario, esta imagen de desorden y caos bajo el azote de un verano exagerado y la cataplasma de la memez buenista le deprime. En el Retiro, como en casi todo el bosque nacional, muchos árboles desesperados hace ya tiempo que tiraron la hoja. No pueden con ella, como tampoco miles de tiendas de este Madrid tan alegre y confiado pueden mantener su negocio y cierran sus puertas. Pero somos felices.

-Paciencia, sobrino- dice la tía- Sólo es feliz el que quiere serlo, y el que no se consuela es porque no quiere.

Homper sueña con ver nubes en el horizonte. Y para no caer en el pesimismo, que vende tan poco, se recuerda a sí mismo que al final siempre acaba lloviendo.

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“El Iniestín”, en los altares*

Iniesta* Publicado en MARCA  8-5-09

Hay que cambiar algo para que nada cambie. En las alturas  también dijeron  la famosa frase de “El gatopardo”, y la suerte de los campeones le ha dado al Barcelona lo que antaño reservaba al Madrid. La divina Providencia, tradicionalmente merengona, ha decidido no poner todos los huevos en la misma cesta, y desplaza este año sus favores al Barça. Al fin y al cabo ganaría igual tanto sin esos árbitros que acuden en socorro del vencedor,  como sin que se le encojan los grandes cuando se enfrentan a él.

 En el descuento, y con uno menos, el Barça ganó al Chelsea con esa chispa de fe, de raza y de genio que asistía al Madrid de las grandes noches europeas. Ahora al Barça, si se le atascan las toberas de su talento, también le sonríe la suerte: un disparo a gol en todo el partido y un gol que vale por dos y por una final.  Había que pasar la inveterada chorra del Madrid al Barcelona para que nada cambie. Es decir, para que siga ganando el mejor aún en su peor partido.

 Todos vimos la euforia que prendió en la hinchada culé en Stamford Bridge. E imaginamos lo que habrá sido otra vez la Rambla de Canaletas. Pero mucho más divertido y emocionante es recrear, como en el sueño de una de aquellas entrañables películas en blanco y negro del gran Berlanga, la noche en Fuentealbilla. Fuentealbilla, sí: ¿aún no lo conocen? Es el pueblecito de Albacete donde nació el héroe de la noche,  el príncipe del fútbol español. Un tal Andrés Iniesta.

 Se lo imagina uno, sí. Mete el gol el príncipe y el alcalde, desde el balcón del Ayuntamiento, lanza varios cohetes. A continuación se reclama a la Banda Municipal y al Coro Polifónico de Fuentealbilla y, sobre  la marcha, sin ensayar apenas, se les invita a recorrer el pueblo al frente de la corporación cantando Andrés…¡Tú eres el más grandes!…/ Andrés…¡Tú eres el mejor!  (es el pasodoble de Marcial Lalanda, adaptado a las circunstancias). A continuación se convoca un pleno de urgencia en la Casa Consistorial  y se le declara  hijo predilecto del municipio, fuentealbillero de oro, Quijote universal, embajador del queso, del gazpacho, de las migas y de los duelos y quebrantos manchegos. Y como remate, se insta al cura a que, sobre la marcha, declare a Andresín santo. Así, sin más, y sin pedirle permiso al Vaticano. ¿No es santo  Casillas? Pues más santo es Andrés Iniesta, que supera el milagro de que el Barça no tire a gol en noventa minutos marcando un golazo en el noventa y dos. A milagro, milagrazo.

Pero hay más. Al tío Tiburcio, que es alfarero y escultor de santos de iglesia populares, no se le ha pasado por alto la cara de bueno del Andresito. Le recuerda a aquel Niño Jesús de Praga sonriente, que hace años, cuando España era tan católica, estaba entronizado en muchos de nuestros hogares. También sabe que ahora hay creyentes con una estatuilla de San Pancracio en su mesa de trabajo, o encima del televisor: trae buena suerte, y trabajo si no lo tienes. Y así, ni corto ni perezoso, inflamado de fe tras ver el milagro de este paisano ejemplar que es el Andrés, ha diseñado la estatua de un santo que tiene su carita, viste túnica azulgrana y tras la cabeza, en lugar de un halo, luce un balón resplandeciente.

 La va a bautizar con un nombre popular, de santo pequeñito y entrañable, como de andar por casa. Le va a llamar “el Iniestín” (como a la Virgen de Covadonga le dicen “la Santina”). Y está convencido de que en pocos años todos tendremos un Iniestín. Tiene razón el tío Tiburcio, porque está claro que a este santo humilde, que hace maravillas, todos lo necesitamos para que nos vuelva a alegrar  la vida con milagros como el de anteanoche.

Una coincidencia con Dalí (2)

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Al pobre Duende se le cortó la respiración al comprobar lo que pierden las leyendas en las distancias cortas.

Dalí ya era una caricatura de la propia caricatura exitosa que había sido siempre. Además de sus famosos bigotes engominados y una melena rala, lucía una especie de batín de terciopelo adamascado de color morado, un colorista pantalón de seda, unas babuchas, un bastón y, a modo de compañía,  un travelo horroroso  que respondía con nombre de mujer.

Le presentaron el Duende a Dalí sin que el nombre de aquel joven apocado le dijera nada. El Duende se sonrió. Recordaba el telegrama que, firmado por el presunto genio desde Barcelona, le había mandado el 15 de diciembre de 1951 a su padre, Luis Figuerola-Ferretti  Pena, a la sazón crítico de arte, que sin duda le había defendido en alguna de sus polémicas exhibiciones. El telegrama decía así: ANTE INICUA CAMPAÑA PRENSA IGNORANTE CON RAQUITISMO MENTAL TAN INCAPAZ DE COMPRENDER TUS SUTILEZAS TECTÓNICAS COMO MI MISTICISMO SURREALISTA TE ENVÍO CON UN ABRAZO UN MENSAJE MUNDIAL DE ADHESIÓN Y AMISTAD INVITÁNDOTE  A GRITAR CONMIGO ¡VIVA FIGUERAS!

En su disparatado estilo, le faltó añadir un si sale con barbas, san Antón, y si no, la Purísima Concepción, o algo por el estilo.

Porque Dalí estaba, o hacía creer que lo estaba, como una cabra. En medio de sus infinitas boutades la de que hablen de uno, aunque sea bien no es la más disparatada. Y si no, miren la que entre creyentes, agnósticos, ateos o mediopensionistas hemos armado por un anuncio en los autobuses municipales en el que nunca hubiéramos reparado si no hubiera sido por el eco que le han prestado los medios.

¿Probablemente no existe Dios?…¿Existe y está contigo?…No se entiende cómo han entrado al trapo Rouco y los creyentes. Algo tan íntimo, tan subjetivo, tan poco manipulable como son las creencias…¿queda afectado por lo que diga un anuncio?

Sólo se buscaba el ruido de un autobús. Y probablemente ni hubiéramos hablado de ello si no es por la ingenuidad de los que hacemos el eco a los pícaros que, como Dalí en su rollo, tanto partido sacan del escándalo.

Vivan las madres y los bebés de agosto

Embarazada

Embarazada

(Foto de Dennster)

¿Hasta qué punto es presentable colonizar la atención de los demás con asuntos propios?¿No pecamos de egoísmo los blogueros? ¿No sería más lógico escribir posts a la carta, según el gusto que alternativamente vayan marcando los lectores?

Apunta estas cuestiones el Duende desde un lugar de la naturaleza tan retirado, tranquilo y agradable para la vista que casi forzosamente se olvida del resto del mundo. Está pasando en el Mas del Puig, una masía perdida en la cordillera prepirenaica del norte de Barcelona. Desde aquí sólo se divisan olas de montañas cubiertas de pinos negros y valles donde abundan los robles, los nogales, los avellanos y los fresnos. Hacia el sur, imponente, más allá del antiguo pueblo minero de la Pobla de Lillet, se yergue el Pedraforca, una inmensa mole de piedra que marca el punto más alto de la contornada. En lugar de la horca que sugiere su nombre, uno hablaría de una inmensa muela erosionada en su mitad. A sus pies hay una placa dedicada al izard, que en catalán significa rebeco. Es el orgullo de la fauna local.

No un rebeco, sino una cierva y su bambi fue lo primero que ha visto moverse el Duende cuando asomó por la ventana esta mañana. Ramoneaban apaciblemente en el pasto. Es siete de agosto, pero la hierba aún está verde en estos pagos. Por el fondo del valle se escucha el tímido correr del agua. Es un torrente tributario del joven Llobregat, nacido unos kilómetros más al norte. Al margen de ese tímido rumor, se escucha sólo el graznido de un cuervo. El resto es silencio, porque aunque el sol ya despunta por la cresta de saliente aquí no se ha levantado nadie.

En estas condiciones uno tiende a ser egoísta. Anoche, cuando gran parte de España se cocía y en Zuera y Honrubia se chamuscaban – ya verán cómo empiezan a salir ahora los pirómanos acomplejados que no quieren ser menos que el Nerón de ayer-, aquí el termómetro marcaba quince grados. Demasiado contraste. Así que por solidaridad uno tuvo que acordarse de quienes deben de estar pasando la fatiga de ser madre en verano. Ahora que, gracias a la ciencia, hasta los hombres podemos parir, está uno más obligado a rendir homenaje a las bravas madres de agosto. ¡Parir con estas calores!…En ese afán han coincidido dos sobrinas del Duende y su nuera Sara, que lleva en sus entrañas a la primera hija de Juan, el jefe de mantenimiento de este blog. Que salga bien. Si el amor al hijo es proporcional al sofoco de su nacimiento, esta chiquilla, Camila, va a ser muy bien querida.

Pero no se preocupen si le ven en la piel una mancha helicoidal. Es muy posible que la niña traiga el antojo de un ventilador.

Reinventando a Dios

Los caminos del Señor son inescrutables. Todo lo contrario que los  de las rapaces de los negocios, que son perfectamente escrutables. Basta otear por dónde viene la pasta y ponerse a trabajar para que la caja funcione. No hace falta fe en Dios, sino sólo fe en el éxito.

 Esto no es eso lo único que ha concluido el Duende de su visita al Monestir de San Benet de Bages, un precioso enclave en el Bergadá catalán, al norte de la provincia de Barcelona. Pero tampoco es lo menos importante Ahí, en un frondoso valle se alzaba a principios del pasado siglo  un monasterio románico cuyas primeras piedras datan del siglo XI. Primero dependiente de Roma, luego noviciado de los monjes de Montserrat y finalmente residencia de éstos cuando la ancianidad les retiraba del culto, fe adquirido en 1907 por la familia del pintor modernista Ramón Casas. Como sólo `pueden y deben hacer los ricos cuando consiguen algo así, la familia Casas invirtió mucho dinero en su restauración, convirtiendo buena parte de la fábrica en una magnífica residencia de verano. Ahí el afamado pintor, entonces en la cumbre de su carrera, reunió una variada colección de cuadros, cerámicas, muebles, cristalerías y todo ese equipaje de buen gusto que acompaña  los estetas cuando, además, andan sobrados de tesorería.

 Hoy el  monasterio es lo que podríamos definir como un pretexto cultural.  Lo que, en una comunidad autónoma cuyo gobierno respira progresismo y espíritu nacionalista, quiere decir que es un pretexto para inocular al turista la moralina imperante. Unas encantadoras guías explican de viva voz rincones como el delicioso claustro – con un jardín interior cuidadosamente asilvestrado- o una bellísima galería revestida de azulejos antiguos, que a través de amplios arco se asoma al jardín. El resto corre a cargo de los efectos especiales. Según se atraviesan las variadas estancias del recorrido, mágicas proyecciones y muy cuidadas ambientaciones musicales nos explican los cuadros de Casas, y la historia del monasterio benedictino en una Cataluña de guerras y conquistas donde els segadors buenos se alzan contra las tropas borbónicas, tan malas ellas.

 A estos ámbitos culturales hay que dotarles del contenido suficiente para que justifiquen el autobús de turistas. Botiga, cafetería, hotel, restaurante… Pero eso no llena el vacío del objeto principal de esta  visita, que es la de un templo. Su retablo fue desmontado por el propio Ramón Casas para decorar con sus piezas las numerosas habitaciones de su mansión. Y ahora está tan ayuno de imágenes religiosas, que la ingeniería de luz y sonido ha tenido que improvisar a un monje fantasmal que durante unos minutos oficia una consagración en latín. Puede ser una aparición, un truco tipo David Copperfield o una ingeniosa proyección, pero hay que reconocer que está logrado.

 Lo que no se sabe es si hubiera resultado más eficaz conservar el monasterio como lo que fue, un lugar de culto. para los creyentes. Quizá disguste a los gobiernos actuales, y el laicismo emergente no estará muy de acuerdo con ello. Pero mantener esta tramoya mentirosilla acabará dando la razón a Unamuno cuando decía que si no hubiera Dios habría que inventarlo. Aunque sólo par atraer turistas, y acabar con montajes que, a fuer de políticamente correctos, acaban produciendo vergüenza ajena.

El valle de Arán y la claridad del instante

El primo Juan Manuel, que en paz descanse, se había construido una casa entre los pinares de Arenas de san Pedro, frente al macizo de Gredos que corona el pico de la Mira. Allí, el arquitecto José Luis Fernández del Amo, que ya había creado un estilo propio en los muchos pueblos diseñados para el Instituto Nacional de Colonización  -un organismo cuyo solo nombre provocaría ahora un infarto en Moncloa- levantó un edificio que ofrecía, sobre todo, vistas. No es el pino resinero el árbol favorito del Duende, pero hay que reconocer que en multitud,  a lo lejos, y cubriendo de verde la inmensa mole rocosa  que en su día pintara Goya, componía una  hermosa  postal. Los desmadres urbanísticos  aún no habían destrozado el pueblo, y  además el primo se debía a sus raíces, que arraigaban en la zona. Quizás por eso, y por su muy británico sentido de la ironía, de vez en cuando miraba el horizonte desde su jardín y proclamaba feliz: Yo he viajado por casi todo el mundo, y os aseguro que no he visto muchos sitios más bonitos que Arenas de san Pedro.

 Recuerda el Duende con cierta ternura esta osadía, tan disculpable como todo exceso que nace del cariño. También nuestros hijos nos suelen parecer los más guapos. Lo recuerda porque atendiendo a la invitación de su buen amigo Santiago lió el petate el jueves y se vino a hilvanar senderos por el Valle de Arán. Escribe estas líneas, de mañana,  ante la balconada de una típica casa aranesa. Es de piedra y madera,  cubierta por un tejado de pizarra levemente curvado hacia fuera para escupir la nieve. Frente a la casa de Garós, en el fondo de la zona más oriental del valle, un monte tupido de árboles va graduando la intensidad de los verdes de abajo arriba. A medida que asciende la empinada ladera, los abedules, las hayas, los fresnos y los nogales van cediendo al tono más oscuro de las coníferas.  Silencio. Sólo rasgado por el viento meciendo las copas de los árboles y por el trinar de los pájaros.

 Al encanto germinal de estas primeras horas de la mañana se suman los recuerdos de las rutas  de ayer y anteayer. Ascenso por la cuenca del Aiguamog  hasta el circo de Colombers  y amable paseata desde el Plan de Beret hasta el pueblo abandonado de Montgarry. Según los conocedores del lugar, ha tenido el Duende la inmensa suerte de dar con el momento más glorioso de la primavera del valle. Es el primer golpe de calor después de dos meses de nieve y lluvias. Los cursos de agua fluyen desbordantes por el deshielo precipitado. A menos de un kilómetro de su nacimiento, en el Llobató, el Garona, que luego nos pone los cuernos con Francia, baja poderoso y barroco. La naturaleza está como para inspirar a Dios si le falla la memoria y quiere probar con otro paraíso. El verdor exultante  hace miles de guiños en forma de flores silvestres: botones azules, árnicas amarillas, campanillas moradas, torviscos purpurados, violetas, lirios, ranúnculos blancos…No es cultura del Duende, sino de Asunción Sobredo, la mujer de Santiago, que es bióloga y de botánica sabe la tira. En estas, cruza el sendero un rebeco y se pierde en la espesura dando saltos. Uno quiere vivir, sobre todo, para ver cosas así. Más horizontes que los que le hacían suspirar al primo Juan Manuel.

 Qué lástima de tan poco tiempo para tan hermoso valle. Por consejo del amigo Santiago, que es refinado y culto, se ha dejado guiar el Duende por la exquisita prosa del Viaje al Pirineo de Lérida de Camilo José Cela. Qué lectura tan deleitosa, caramba. Pero al poco de iniciar este post, le ha sorprendido una estrofa  de un libro abierto sobre la misma mesa del despacho donde escribe. Es de Versos i proses de la Vall D´Arán, de Pere Benavent, publicado en Barcelona en1958. Dice así:

                                               Oh prats florits!, magnífica ventura

                                              d´aquesta tofa de vellut fragant

                                              polícrom esplendor, nuesa pura,

                                             perqué l´ocell del viure no es detura

                                             en el clar branquilló d´aquest instant?

 Le falta al Duende entender palabras como tofa y branquilló, pero cree interpretar lo fundamental, y está de acuerdo. Al pasear por sitios así, y en momentos como éste, uno se pregunta por qué el ruiseñor de la vida no se detiene en la claridad de un instante tan gozoso como el que acaba de vivir.         

De discos rojos, pendones y putones

Peatones por Madrid 

(Foto de CesarAstudillo

Me dice el Duende que desde que se mueve por Madrid en Vespa se siente mejor ciudadano. Sus razones son varias: contamina menos y ocupa menos espacio en las calzadas que lo haría con el coche, disminuye el riesgo de sufrir atascos y, por ende, el de un stress que castigue sus coronarias. Quizás por estar más cerca de peatón, procura ser más delicado con él, respetando en lo posible los pasos de cebra. Esto entraña sus riesgos, pues al automóvil que marcha detrás le suele sorprender tanta consideración. Esperemos que no lleguen a arrollarle por exceso de cortesía.

Al margen de estos y otros peligros, la moto permite además optimizar  el tiempo, y obtener mejor provecho a los discos rojos. Con los guantes puestos, el motorista más avezado no será capaz ni de hacer albondiguillas ni usar el teléfono móvil, dos de los deportes favoritos de los automovilistas cuando detienen su coche. Así las cosas, se dedica normalmente a observar. Observa las esquinas, las casas, los balcones, las tiendas. En un disco hay que levantar la vista y alzarla a los penachos de los edificios, pues si voláramos descubriríamos en el paisaje urbano de Madrid gran parte de la interesante arquitectura y la monumentalidad a los que el el cineasta Alex de la Iglesia ha sabido sacar tanto partido en sus películas El día de la bestia y La comunidad. Madrid, sin llegar a ciudades como París, Bruselas o Barcelona, aún conserva muestras de arquitectura civil de otro tiempo interesantes, y, a menudo, en calles de poca importancia uno descubre casas singulares, con gracia o encanto especial que no figuran en ningún libro.

La otra gran distracción es observar el paisanaje que cruza la calle. El Duende, si puede, los fija a todos y, sobre la marcha, les dota de una biografía imaginada. Este tiene cara de venir de registrar en la oficina de patentes un modelo de rompehuevos pasados por agua que  no desperdicia nada. Esta es una empleada en una peletería, seguro. Este es un guiri de la parte de Alemania. Este es un jubilado de Agromán que va a la peluquería. Aquel que cruza en sentido contrario es cura, aunque no lleve clergyman ni sotana. Uno de cada diez peatones tiene cara de perro, y tres de cada diez damas rubias bien parecidas se han pasado de Botox. No todo es malo: en su censo de transeúntes particular el Duende ha anotado que decrece el número de peatones varones que se toca sus vegüenzas sin vergüenza alguna, como si una invisible señorita Rottermeyer les susurrara al oído que no es fino. Eso hace unos años era un espectáculo callejero relativamente corriente. Como lo del gargajo del escupidor impenitente, afortunadamente en retroceso.

Hace un par de tardes, cruzando el anchísimo paso de cebra que separa la Estación de Atocha del Museo Antropológico, el Duende se fijó en una hembra digamos que cuarentona llamativamente maquillada, escote que presentaba en el escaparate un busto generoso, melenón ensortijado, grandes pendientes, chupa de cuero, vaqueros más ceñidos que la propia piel y zapatos de tacón de finísima aguja. Cualquiera hubiera dicho que se trataba de una cualificada chica de vida alegre, pero era tan estridente su palmito que al Duende le asaltaron dos expresiones sustitutivas de enigmático significado. Aquella viandante podría ser una santa, pero parecía un pendón desorejado o un putón verbenero.

Y en eso que el disco se puso verde. Y el Duende siguió viaje dando vueltas en la cabeza a esas travesuras de nuestra idioma. Y aún esta hora de la noche le cuesta conciliar el sueño pensando quién habrá desorejado un pendon alguna vez y por qué ir de verbena emputece aún más a la servidora del amor. Misterios que espero me aclaren los muy doctos lectores del blog para así poder descansar con la seguridad de que este post ha ensanchado aún más nuestra inagotable curiosidad.

Más pequeños paraísos

Olivetti Roja

 (Foto de The Tourist)

No está tan seguro el Duende de que les guíe a los políticos solamente el afán de poder. O se lo va a creer ingenuamente, al menos por esta noche, porque bastante caña les estamos dando últimamente. Algunos lo explican fatal, pero la parte sana del animal político es que se siente capaz de transformar la realidad a su alrededor. Muchos la empeoran, desgraciadamente, pero las buenas intenciones, como el valor al soldado, se le supone. Los demás tenemos un hijo, plantamos un árbol o escribimos un libro. Cuando se acuñó esta  trilogía aún no había nacido internet ni existían los blogs. Ahora, un comentario como los que los lectores ofrecen al Duende también sirve de pequeño libro. Augusto Monterroso escribía cuentos mucho más breves

Dos de los amigos recientes del Duende que no se conforman con cualquier cosa son Paco Gil y Jesús Solís. A uno le conoció hará un año, y al segundo lo encontró a finales de enero en el feliz cumpleaños del Candil de la Sierra. No se conocen entre sí, pero son vidas paralelas, de esas que envidia el Duende por concretarse en resultados. Ambos son de edad parecida, esa que Ágatha Christie en sus novelas definía como la mediana edad. Paco, del que ya hablamos en una ocasión es de Candeleda, provincia de Ávila, y Jesús de Peñafiel, en Valladolid. Paco es hijo de un maestro, se hizo matemático, fundó un colegio en Madrid, y es un apasionado divulgador de las bellezas de su región, alimentando con ellas varias páginas web y poniendo en marcha algunas iniciativas turísticas y culturales muy interesantes. Jesús nació de una familia muy modesta, y sólo pudo estudiar el bachillerato elemental. Se puso a trabajar a los catorce años, se trasladó a Barcelona y a base de tesón e ingenio, y después de haber creado veinte empresas se ha retirado en su pueblo, donde guarda como un tesoro una impresionante colección de libros, incunables y manuscritos antiguos. También tiene una bodega muy singular de la Ribera del Duero, pero su pasión es la bibliofilia, en la que ha encontrado largamente el saber que tanto echaba de menos. En realidad ya ha transformado tanto su realidad que ahora se puede permitir el lujo de dedicarse a leer, a pasear con su perro por los pinares de Peñafiel y a cocinar, por cierto, con mano maestra. Se basta con el rabillo del ojo para vigilar esa bodega que es, además, otro hobby.

El Duende siempre ha admirado a la gente con iniciativa y que sabe crear cosas. Cosas que se ven, que se tocan, que funcionan y que, a su vez, generan vida a su alrededor. Él es de estirpe contemplativa, divagadora, funámbula siempre en el cable de la duda, pelín apocada. Un desperdicio para el PIB. Cuando tenía veinticinco años lo único notable que había hecho es una pequeña colección de juguetes de hojalata, y un librillo de cuentos inspirados por ellos e ilustrados de su propia mano. Los tecleó en una vieja Olivetti. Su mérito es que lo hizo en su totalidad en horas de trabajo, y nadie a su alrededor se percató de ello.

Ahora Paco Gil ha tenido la humorada de teclear otra vez los cuentos en su ordenador, escanear las ilustraciones -es un ejemplar único- y subirlos a este blog por si alguien quiere conocer otros pájaros de la cabeza del Duende que aún no habían revoloteado por aquí. El libro se tituló Paraíso de hojalata, aunque el auténtico paraíso es haber encontrado a estas alturas de la vida tantos amigos que hacen de su espíritu inquieto y creador un excelente argumento para relacionarse con los demás.

Y otro  día hablará el Duende de Wallace 97 y de Julián 29. Han leído estas historias y les han gustado. Es lo malo, cualquier día el Duende se siente como Max Estrella y se nos pone estupendo. 

(Podéis ver el Paraíso de hojalata pinchando en la imagen de la moto de hojalata, en la esquina superior derecha de este blog)

La vara del fraile y la luz del Candil

  Hace muchos años, cuando la Orquesta Nacional tocaba en el Palacio de la Música de Madrid, se estrenaba una obra compuesta por un fraile. Él mismo la dirigía, y cuando con su barba y su vestidura talar subió al podium, y tras saludar se hizo el silencio y estiró la batuta para dar entrada a los primeros compases, una voz desde la platea gritó: ¡buen tiempo! Pasaron unos minutos hasta que se acallaron las risas y pudo empezar la música.

La voz del guasón evocaba el viejo barómetro de cartón en el que un fraile con un brazo móvil señala con un puntero una columna. En ésta,  de arriba abajo, figuran ocho pronósticos del tiempo atmosférico. Lluvia, Nuboso, Variable, Despejado… Siempre le hizo al Duende mucha gracia este primitivo barómetro del fraile que aún se puede encontrar en algunas ópticas o tiendas de aparatos de medición. Así que lo compró, lo maquilló levemente y se lo regaló a su amigo Miguel Ángel Fernández, alias el Candil de la sierra de nuestro blog, un  vitalista barcelonés que tras ser futbolista del Español,  próspero ejecutivo de una empresa de telefonía, y bastantes cosas más sufrió un infarto y fue intervenido en su corazón.

 Algo además de las válvulas pertinentes le implantaron entonces: Miguel Angel pensó que aquel jamacuco era un aviso del destino, y decidió cambiar radicalmente de vida abandonando la gran ciudad y buscando la tranquilidad del campo. Por entonces ya era el hombre afable y cariñoso, pero le debieron añadir caballos a su motor, pues desde aquel suceso se ha convertido en un obsesivo acumulador de afecto y de amistades. El maquillaje del barómetro aludía  precisamente a esto. El fraile, en lugar de pronosticar las variaciones de la atmósfera, auguraba  Amigos de siempre, Amigos del colegio, Amigos de Barcelona, Amigos de la radio, Amigos de Zarauz, Amigos diversos, Amigos recientes, Más amigos…Miguel Ángel cumplía cincuenta y cuatro años, y haga sol, frío, llueva o nieve, en su horizonte vital siempre habrá amigos.

Muchos de ellos fuimos convocados en su Posada de la Lola de Buera, provincia de Huesca, para un encuentro de esos que tanto se aprecian en España. Cocinar, comer,  beber, cantar, bailar y reírse fueron las ocupaciones básicas del fin de semana. Algunos de los llamados no se conocían de nada, pero la cordialidad del anfitrión hacía de mágico hilván para unirlos a todos en el deseo de corresponder a este exuberante exportador de humanidad que tanto disfruta con los amigos. El Duende, siempre escurridizo para ver paisajes nuevos, se escaqueó del programa y emprendió una larga carrera-caminata-marcha que le llevó por esos maravillosos parajes en los que se divisa al norte la sierra de Guara y, al fondo, algunas crestas del Pirineo nevado. Día glorioso de sol para disfrutar la intensa, paradisíaca soledad de estos campos de pan llevar: barrancos y laderas donde crecen almendros, olivos, encinas… Sus pasos le llevaron al santuario de santa María de Dulcis, una virgen que desde el siglo XVI cura tan enfermedades tan curiosas como el garrotín, viejo nombre de la difteria. Y finalmente a Colungo, otro pequeño pueblo encaramado en un cerro donde menos de cien habitantes tratan de mantener en pie las viejas nobles casonas que ya nadie habita. El desierto demográfico de nuestro campo, tan obsesivo para el Duende.

Antes, en el huerto de olivos que rodea al santuario, el Duende apuntó por curiosidad los nombres de las variedades de olivas que se dan por estos pagos. Royal, Negral, Alía, Alquezara, Gordal, Cerruda, Alquezrana, Neral, Piga, Arbequina, Blancal, Panseñera, Verdeña y Empeltre. Cuántos nombres que embellecen la jerga del campo. Casi tantos como los amigos de este Candil, al que Dios dé candela muchos años más.  

Un concierto de Navidad con mucho Angel

 Era bajito, vestía siempre traje oscuro con camisa de cuello de celuloide, corbata de lazo, y bombín, y se llamaba don Angel Martín Pompey. Gustaba de tocar sin dejar de fumar, siempre con el cigarrillo encendido entre los labios. Y como el humo cegaba sus ojos, leía sus partituras con éstos tan cerrados que casi parecía dormido. Entraba en la sala de canto, abría el piano, estiraba los dedos apoyándolos en los extremos del teclado y, sin más, tras una introducción del tema, decía ¡arriba todos! y nos arrancábamos como Dios nos daba a entender. Tengo un arbolito/ quén lo regará/ con agua de los cielos/ ¡cuándo lloverá….Se cantaban, o así, canciones populares regionales, coros de zarzuela o romancillos de los que grabó el propio Federico García Lorca. De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía/ que van al río, que van al río…Algunos los escucharía después dignamente interpretados nada menos que por Victoria de los Ángeles: Al paño fino en la tienda/ al paño fino en la tienda/ una mancha le cayó…Aunque lo que más alborozaba a aquella partida de pequeños analfabetos musicales eran sin duda los estribillos de enigmático significado: Una y una dos/ dos y una son tres/ dale a la palanca, mete la palanca, quita la palanca Andrés. O este otro: machácala chácala Pedro, machácala chácala Juan/ Qué palabritas vienen, qué palabritas van.

 Aquel personaje que sólo veíamos como un pianista de salón del Oeste  resultó ser un músico más que notable. Muchos años después recibió la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, y el Duende se enteró entonces de que se había iniciado a la música de la mano de un hombre culto y refinado, autor de oratorios, zarzuelas, conciertos e incluso sinfonías al que no le dábamos la menor importancia. Tan poco se valoraba la música y la educación musical entonces. Un gran músico para apacentar un rato a un gallinero de mozalbetes que pasaron por un colegio prestigioso sin saber ni lo que era la clave de sol.

En la casa del Duende se escuchaba el Concierto de la Noche de RNE en un gran receptor Philips instalado junto a la camilla. Bajo las faldas de ésta calentaba un brasero, que entonces era un tesoro. Un día de prosperidad -no hubo muchos- el padre se presentó en casa con un pikú, y tres o cuatro discos negros. El Duende no sabía ni quién era Juan Sebastián Bach ni donde quedaba el Brandemburgo que bautizaba aquéllos conciertos del vinilo. Pero se los aprendió de memoria, y los silbaba por los pasillos. El Duende recuerda con emoción la primera vez que escuchó a la ONE en una matinée dominical del  Monumental Cinema de Madrid. Por fín veía en directo el nacimiento de esos sonidos que integran una orquesta. Por fin descubría las tripas de la música clásica. No había Auditorio Nacional, el Teatro Real, como los Nuevos Ministerios, era una de esas obras de reforma que al igual que la Sagrada Familia de Barcelona, uno cree que no acabará nunca. El Duende se resignó entonces. El privilegio de hacer música era una quimera.

Y se consoló como tantos de su generación. Pandilla veraniega, noche de luna, a ver si  hacemos manitas con Pepita, amigo despabilado que acompañaba a la guitarra, rancheras, Duo Dinámico, los  Brother Four, Paul Anka,  Charles Aznavour, María Dolores Pradera y los Gemelos, Boby Darin, Ricky Nelson, Gloria Lasso, Adamo…Y el inevitable Clavelitos que nos marcó a todos.

Espinita clavada hasta que alguien le dijo que, si es difícil dominar un instrumento, no es imposible sacar partido a la voz si la juntas con otras. La mayoría de ellas tampoco sabe lo que es una negra, una corchea o una semifusa. Pero con buen oído y memoria musical, buena mano directora,  ensayo y mucha ilusión se consiguen resultados que sorprenden a quien nunca supo música. Mañana, a las ocho y media de la tarde en la Iglesia de Los Jerónimos, es el concierto del año para el Duende y sus compañeros  de coro. Junto con una orquesta de jóvenes profesores cantan fragmentos del Oratorio de Navidad de Bach y del Mesías de Haendel, y luego un repertorio de villancicos españoles que, maravillosamente orquestados, suenan a música celestial. No es el sonido del Orfeón Donostiarra, ni el  del coro de Saint Martín on the Fields. Pero para un modesto aficionado, sentirse en él es tocar el cielo. Donde, por cierto, al igual que Clarence-el angelito de segunda clase de Qué bello es vivir, otro Angel- Martín Pompey, se asoma al balcón por ver si estos frutos tardíos de su enseñanza le ganan las alas y sube en el escalafón.    

El milagro de santa Lucía

Luca, velas en la cabeza

Estaba el Duende invitado a cenar entre amigos. Parejas de su edad, más o menos. Todos muy elegantes, y la casa que les acogía engalanada para recibir la Navidad como es tradicional en Europa. Los anfitriones eran José y Nuria. Los dos son abogados, y él además empresario y primo segundo del Duende. Lo primero explica parcialmente su prosperidad, que es notable. Lo segundo no sirve para nada, pero justifica su aparición aquí. De repente se apagaron las luces, y al otro lado de la puerta sonó una música apropiada. Se abrió ésta y entró desfilando lentamente al compás del villancico una niñita  que ceñía en su cabeza una corona de velas encendidas. Era la noche de santa Lucía, que en Suecia es el pórtico de las fiestas navideñas. La niña reconoció entre los invitados a una pareja que la miraban embobada. Eran sus abuelos, que seguramente recibían así su primer y más emocionante regalo de Navidad. Tanto el padre de José como el del Duende nacieron en Barcelona, y pertenecían a una familia catalana de varias generaciones. Pero el padre de José era un marino inquieto y emprendedor. Empezó a buscar fortuna en América y acabó casándose con una sueca. José es alto, de buen porte, pelo ya casi blanco y exquisitos modales, y ha heredado de su sangre escandinava un cierto espíritu de  elfo benéfico que le impulsa a administrar su generosidad sutilmente, con la delicadeza y la imaginación propia de los gnomos y otras criaturas feéricas. Todos los años se las apaña para montar una fiesta que significa algo muy especial para alguien que no se lo espera. Así mantiene una tradición y, de paso, reparte dos maravillosas sorpresas: a la niña, que convierte en el ángel de la noche, y a unos abuelos que necesitaban una alegría así para aliviar un momento delicado.

El ángel y sus sorprendidos abuelos se abrazaron alborozados. Para que el cuento sea completo, en estos casos aparte de sonrisas suele asomar alguna lagrimilla. El Duende no las vió, pero apuesta a que las hubo. La ilusión no es patrimonio exclusivo de Santa Claus, San Nicolás, Father Christmas o los Reyes Magos. Como muestran Nuria y José, todos podemos ser espíritus amables, al estilo nórdico o al de Socuéllamos, que tratándose de cariño y sensibilidad nadie mira la denominación de origen. Al pie del árbol, invisible, el propio Duende descubría el regalo que este elfo medio sueco le ha dejado. Sus padres, primos hermanos, siguieron caminos distintos. Ellos coincidieron en la Facultad de Derecho  en los años sesenta del pasado siglo. Como a sus padres, también sus carreras les separaban, pero ahora  José, que es rico en amigos, ha descubierto que aunque conserva primos en América el más afín y cercano es este duende de difícil catalogación. El regalo es su afecto, inesperado a estas alturas de la película.

Ambos están empatados a nietas, hablan a menudo de ese premio tardío que la vida te trae cuando empieza a declinar, y que vuelve a encender en el hombre la llama de la ilusión y la fe en el futuro. A los dos se les ocurrió que lo mejor que podían hacer por ellas en este tiempo era montarles un gran nacimiento. El de José ocupa cuatro metros cuadrados, es más clásico, montañas de corcho y profusión de musgo. El del Duende, más pequeño y fiel a la estética de Belén, con cordilleras de papel kraft arrugado y embadurnado de engrudo, al que rocía de tierra y de esas hierbecillas medio secas que escapan de la única plancha de musgo añejo que aún conserva. La arena del desierto, con pan rallado, mejor aún que el serrín, sobre todo si no hay ratones en el portal, como dice un villancico malicioso. Ambos, José y el Duende comparten el mismo modelo de reyes magos, a camello y con pajes. Y, quizás como homenaje a su común origen, también incluyen a un caganer. El meu es millor, precisó entre risas el Duende. Será el milagro de santa Lucía: tantos años sin verse y ahora que pasan de los sesenta resulta que son los dos como niños.


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