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Cosas gratas que hacer para empezar el día

Sería curioso un estudio sobre qué es lo primero que se le pasa al individuo por la cabeza cuando empieza su jornada. ¿Un recuerdo, un propósito, un repaso de la agenda, un  suspiro de resignación, una esperanza, la percepción de un dolor?. Hubo un tiempo en que el Duende rezaba, pues así le educaron en el colegio. Lo primero al despertar, decían los padres marianistas, encomendar el alma a Dios.  Uno se acostaba con Dios, con  la Virgen y con el Espíritu Santo y se levantaba con ellos. Aunque, no se sabe por qué,  luego le acostumbraron a que, por la mañana, rezara el Bendita sea tu pureza, una oración que pocos conocerán ya en esta España laica. Dios y la Santísima Trinidad eran de todas la horas, pero la Virgen parece ser que era más matinal. Iba más con la atmósfera limpia, transparente y luminosa que, al menos por el Valle del Tiétar se han vivido estos días de Semana Santa.

No recuerda el bloguero qué fue primero esta vez. El viernes santo había revivido una experiencia singular, tan sencilla e inocente como repleta de emociones y de sensaciones de infancia. Había sido invitado por sus amigos Ramón y Ana a comer en la casa de una finca que es como lo fue el Monte el Rincón, el solar de su niñez. O sea, en lugar del sur de Avila , el norte de Cáceres, pero el mismo encinar, la misma dehesa y el mismo valle del Tiétar tan sólo diez o doce kilómetros más abajo. Y sobre todo, la misma vista de  Gredos, con el pico Almanzor ahora más a la derecha del observador. El Almanzor regio, imponente, recortado con sus  cejas y sus guedejas blancas de nieve contra el cielo azulísimo depurado por un vientecillo fresco del norte. El campo de estas dehesas ganaderas es cuando ha brotado el pasto de primavera particularmente manso y amable. Todo caminar por él en esta época es una pura delicia, pero Ramón quiso añadirle un encanto más. Enganchó uno de sus caballos a un moderno carricoche de cuatro ruedas con suspensión y freno hidráulico y, como si fuéramos los invitados de otro siglo,  nos paseó por un camino como el que evocaban el poema de Machado: Yo voy soñando, caminos de la tarde/Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas/¿A dónde el camino irá? A decir verdad, las encinas, recién lavadas por unas lluvias como no se recuerda igual, no estaban polvorientas, sino lustrosas. Pero  la tarde se hilvananaba con otros versos del poema: Y el camino que serpea y levemente blanquea/ se enturbia y desaparece… No desapareció esta vez. Al revés, reaparecía. Pasear por la dehesa en coche de caballos a un trotecillo ligero  sin ser observados más que por las vacas que pastaban y las cigüeñas que por allí picoteaban le retrotraían a la sencilla felicidad de otro tiempo, y daban  a este viaje a los sentidos un valor muy especial en el placerómetro del Duende.

Y si  embargo, no fue este recuerdo lo primero que llamó su atención a la mañana siguiente. Ni tampoco la oración, o la obsesión por cumplir un compromiso, o un dolor de cuello por haber dormido mal. La mente es caprichosa. Y los auriculares que uno se pone para escuchar el MP3 también. Harto de que se le escapen los modelos muy variados que ha ido comprado el Duende para escuchar música, estrenaba unos de silicona que, a decir del vendedor, eran los que mejor se ajustaban a su peculiar pabellón auricular. Iba a desayunarse escuchando, quizás para evocar el grato paseo de la tarde anterior, la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Leches. O, mejor dicho, café con leche, que fue donde cayó el dichoso auricular de último diseño. El hombre propone y la tecnología dispone.

Y eso fue lo primero que uno hizo en la bonita y también soleada mañana del sábado santo de 2010. Sacar del fondo de la taza de café con leche un auricular de silicona y tratar de salvarlo de la ruina por accidente. Hay otros empeños más espirituales y nobles para empezar una mañana como esa, pero no se debe olvidar que uno, ay, es un pequeño juguete del destino.

El caso de los meteorólogos asesinados

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

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El informe de la policía era tan escueto como elocuente. En el curso de veinticuatro horas habían sido asesinados tres meteorólogos y dos meteorólogas. Todos ellos prestaban sus servicios en otras tantas emisoras de televisión. Ellos habían sido muertos con un cuchillo jamonero, ellas estranguladas. Algún conspicuo Poirot avanzó la primera tesis: estábamos ante el típico caso de un asesino en serie.

2

Ulises Mann había conocido a Alfonsina en un viaje, y se enamoró de ella apenas la vio perfilada contra la superficie del Lago de Como. Era una mujer muy guapa. Por entonces Ulises se llamaba Avelino García, y era un empleado de Telefónica sin demasiadas aspiraciones ni refinamientos. Pero el amor es lo que tiene. Al poco de regresar, él se atrevió a llamarla para salir. Alfonsina se reveló como una mujer culta y exigente, incapaz de enamorarse de cualquiera. Para atraerla,  Avelino estudió y leyó todo lo que no había estudiado y leído en su juventud, e incluso tomó clases de buenas maneras. La muerte sin hijos de la única  hermana de su madre le deparó una sustanciosa herencia que facilitó su puesta a punto final. Contrató un entrenador personal, eliminó algunas lorzas en el gimnasio, depuró su silueta y renovó su fondo de armario. También se compró un Morgan con el que en la primavera se iban a las terrazas de los pueblos de la sierra a ver anochecer. Ella era tan clásica que tomaba una granadina y él, por no ser menos, un vermut. Pronto se distinguieron como una pareja  singular con un cierto halo de romanticismo decadente.

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Desde que Alfonsina confesó que Homero y Thomas Mann eran sus autores favoritos, Avelino no paró hasta que consiguió mudar por completo su identidad. Un día le reveló a Alfonsina que en realidad se llamaba Ulises Mann, y que había tenido que adoptar el nombre falso de Avelino García porque durante una etapa de su vida fue agente del CESID, y su patronímico era demasiado sofisticado para pasar inadvertido. Entretanto, y puesto que se daba cuenta de que, aunque evidentemente le caía bien a Alfonsina ella no parecía estar del todo enamorada, fue urdiendo un golpe de efecto que necesariamente le abriría los ojos y le permitiría descubrir al hombre de su vida. A Alfonsina, además de la literatura,  le fascinaba el mar, las flores la música clásica, y de ella en particular el piano de Beethoven, y más concretamente la sonata Claro de Luna. Avelino tomó nota.

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Alfonsina fue invitada a un viaje sorpresa con final feliz. La tarjeta especificaba que se trataba de un destino con mar, un largo espigón y un faro, que siempre queda muy romántico. Ella esperaba VeneciaAlejandría, Rodas o algún pueblecito de Cornualles, que pega mucho en estas aventuras románticas. Pero el destino le hizo volar a Alicante, , donde le esperaba un chófer con librea que la llevó hasta Denia. Allí Alfonsina, vestida para la ocasión con una preciosa pamela y un traje de tules vaporosos, vio en el espigón donde fue depositada un puntito blanco al pie del faro, y entre el puntito y ella, a un cuarteto de cuerda que tocaba  la conocida canción popular francesa Au clair de la lune, mon ami Pierrot . El puntito blanco era un hombre elegantemente vestido de tal color y con sombrero de Panamá, que avanzaba hacia ella con un ramo de rosas rojas en las manos y una sonrisa seráfica –toda arreglada por el más caro especialista maxilofacial-en los labios.

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Avelino García/Ulises Mann había oído campanas, pero no sabía exactamente donde. Confundió a Thomas Mann con Thomas Wolf, y se había vestido como el famoso escritor norteamericano. Y tan identificado estaba con Ulises, que había escuchado cantos de sirena y también le habían despistado. Cuando en la casa Hazen se negaron a llevar un Steinway de cola al espigón del faro de Denia para que lo tocara Daniel Baremböhm, como, en su ignorancia, él pretendía, se dirigió al primer grupo musical que encontró por la calle y les contrató para que se apostaran en el espigón y, a la aparición de una bella dama, interpretaran el famoso tema del Claro de Luna. No sería lo mismo sin el piano, pero menos daría una piedra. Los músicos, a la sazón ucranianos, entendieron  regular el mensaje, y pidieron que se lo silbara. A Avelino/Ulises la primera luna musical que le vino a la memoria fue la del famoso tema de Au clair de la lune. Así lo silbó y así lo hizo suyo el bien intencionado cuarteto de cuerda. Y en realidad todo habría quedado muy bien, y probablemente, habría conseguido su objetivo de no ser por un pequeño detalle que arruinó los planes del animoso enamorado.

6

En aquel verano de 2009 se estaban dando unas temperaturas  altísimas mantenidas semana tras semana. Los hombres y las mujeres del tiempo de las distintas televisiones, no obstante, siempre prometían que dentro de dos días se produciría un alivio térmico. Concretamente en la semana del 15 al 22 de agosto, y según sus pronósticos, deberían haber bajado los termómetros el martes y el jueves. Pero no sólo no bajaron, sino que subieron, lo cual perjudicó gravemente los planes de Avelino/Ulises. Pues a medida que  Alfonsina avanzaba hacia el hombre vestido como Tom Wolf y veía el ramo de rosas prematuramente rojas  a los inexplicables acordes de Au clair de la lune -disparates que, hasta cierto punto, le hacían gracia y le hacían sentirse protagonista de una comedia  surrealista- descubrió un pequeño detalle que desinfló sus románticas buenas intenciones. Un churretón de sudor de color ala de cuervo se había deslizado por la patilla del hombre que la amaba, y, sin que él se diera cuenta, maculaba su impecable camisa blanca y la solapa de su elegante americana.

7

A pesar de todo, ella hizo un esfuerzo y le besó en la mejilla como una amiga. Pero no fue capaz de ser tan excelente actriz como probablemente requería aquella puesta en escena.

-Me da igual que seas Avelino que Ulises, espía o empleado de Telefónica, culto o inculto- le dijo a su pretendiente en un arranque de sinceridad- Pero nunca podría enamorarme de un hombre que disfrace sus canas…

Se acordaba Alfonsina del patético profesor Von Aschembach destiñéndose ante el bello muchacho Taszio en Muerte en Venecia. Y pensaba que el  sombrero de Panamá del bueno de Ulises Mann cubría sobre todo una notable empanada mental.

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Al cabo, el culpable del desastre  había sido el calor. Avelino, ya otra vez definitivamente Avelino, se vengó de manera implacable de los meteorólogos que habían arruinado su proyecto. Fue localizando uno a uno a los meteorólogos de las cinco emisoras que le habían engañado con sadismo, premeditación y alevosía –eso declaró ante el juez instructor- y ejecutándoles sin piedad. Y consiguió que su defensa se apuntalara con la misma tesis que un crimen pasional: alguien indignado que reacciona violentamente ante la certeza de que ha sido engañado.

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Desde la cárcel, escribió muchas cartas a Alfonsina. Mejor cada vez, porque aprovechó la condena para leer muchos y buenos autores, y  conseguir así estar a la altura de su amada. También  le prometió que si en el entretanto  no encontraba al hombre de su vida, la próxima vez que  se vieran quedarían en el estanque del Retiro,  un mar en pequeño que no exigía desplazamiento alguno y le daba cierto encanto naïf a la cita. Él iría con una simple camisa, unos chinos y la Sonata Claro de Luna en el MP3.  También luciría .el cabello natural que le quedara por entonces.

Yo quiero un paisaje con burros

Cuánto más bonito es un paisaje con burros que sin ellos...Sueña a veces el Duende que es multimillonario. A lo bestia: estratosféricamente mega-rico, insultantemente poderoso. La sabiduría popular lo dice: pagando, san Pedro canta. Y ante tantas posibilidades de disfrutar de la vida como ofrece el club de los Bill Gates, Warren Buffet, y Amancio Ortega, se le plantea  al hombre el problema de jerarquizar los caprichos. Con lo poco acostumbrado que está al dinero.

Quién sabe por donde empezar. ¿Emprender una expedición a la Antártida con el mago Tamariz al cuidado de los perros y los trineos? ¿Contratar un crucero de lujo hasta el Perito Moreno exclusivamente para sus amigos inclyendo además a Cristine Scottt-Thomas y Naomi Watts? ¿Comprar un ático en Ile de Saint Louis y llenarlo de libros, instrumentos de astronomía antiguos y juguetes de hojalata comprados a los mejores coleccionistas? ¿Construir una sala de conciertos junto a su cuarto de baño y crear el Festival de Música para el WC ennobleciendo así eso tan poco honorable que es aliviarse? Qué placer, qué categoría: sentarse a despachar con el Sr. Roca mientras al lado la Filarmónica de Berlín interpreta la Obertura 1812 de Tchaikowsky o    La cabalgata de las valkirias de Wagner, músicas incidentales muy apropiadas para la ocasión. Ah, se le olvidaba, otro capricho aún más rebuscado y exquisito: remontar el curso del Nilo hasta sus fuentes tomando gin tonics  en unas andas con aire acondicionado que son llevadas por Cristiano Ronaldo y Kaká vestidos a la federica. Tampoco es que sean sueños tan extravagantes. Lo que ocurre es que a los ricos de siempre les falta imaginación, y siguen la misma receta de lujos y de placeres prohibitivos. Qué falta de personalidad.

Sin embargo el sueño de esta noche fue mucho más pobretón. El Duende sólo llegaba a millonario normalito que compra un buen cuadro en una sala de subastas. El problema de elección esta vez surgía en torno a dos lienzos. Uno de ellos era un óleo  de Camille Pissaro que representaba un paisaje con un camino blanquecino flanqueado por sendas hileras de chopos. El otro, un lienzo de las mismas medidas y parecida coloración de Darío de Regoyos,  ofrecía un panorama muy similar. Donde el francés ponía chopos, Regoyos habían pintado quizás robles y castaños. Había otra gran diferencia. Por el camino del pintor vasco iba un hombre llevando del ramal a un borriquillo. El Duende se quedaba con el segundo cuadro. No porque fuera mejor pintado, ni más asequible. Sino porque era un paisaje animado. Nunca entendería a los que, en la misma tesitura, eligen lo primero.

Es terrible cruzarse media España en un viaje y comprobar, por ejemplo que en el inmenso solar que media entre Madrid y el pueblo turolense de Alcañiz uno no ha visto ni un burro. El campo de hoy que no se ha vendido a los polígonos industriales es un puro desierto de vida animal. Tampoco vio el Duende ninguna otra caballería. Es más, ni siquiera una vaca, o una cabra, o una oveja. Eso sí, muchas alquerías ruinosas, majadas semiderruidas, casas que antaño fueron ocupadas por labriegos y que hoy sólo alojan fantasmas del pasado. En lo alto de un risco del Maestrazgo, en una carretera jalonada por preciosas iglesias mudéjares, sí alcanzó a distinguir a un buitre. ¿De qué se alimentará la criatura?

Otro más de los muchos problemas que asedian a los sabios arregladores del mundo. Además de cambiar el modelo económico, combatir el cambio climático y otros marrones, problema nº 325: cómo reanimar el campo en un país que, como España, tiene tanto y, sin embargo, se ha olvidado del mismo.

La quimera de la igualdad entre sexos

¿es que  la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

La tía Clota está indignada: ¿es que la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

El último mensaje de la tía Clota le había dejado a Homper aún más perplejo de lo acostumbrado.

-¿Qué pasa en España?-preguntaba-No decían que hay una ministra de la Igualdad? ¿Y a qué se dedica?

Homper le contestó que a las buenas intenciones: a depurar las desigualdades entre los hombres y las mujeres que la legislación democrática aún no ha conseguido superar.

-Digamos que es un desideratum, tía-contestó Homper-Los buenos propósitos concentrados en una especie de brindis al sol del gobierno Zapatero. Igual que la Alianza de Civilizaciones…Son como el azafrán  que ponemos en el arroz: no cambian el punto, pero lo dejan más bonito.

-Pues hijo, no lo entiendo-Hay discriminaciones tontas que a mí como mujer me molestan y que serían bastante fáciles de evitar…

La tía Clota sigue por Internet muchos programas de TV españoles. Admira Cine de barrio, y considera que al cirujano facial de Carmen Sevilla le debían  de dar el Premio Nacional de Restauración. Pero no resiste ciertos anuncios que pasan en éste y otros programas que concentran en la mujer los  más feos oprobios de la edad.

-¿Es que los hombres españoles son inmunes a los achaques de los años?-preguntó airada.

Homper le replicó que ya tenía algún amigo operado de cataratas y varios con problemas de sordera.

-Sí, hijo,sí -admitió tía Clota- Pero no es lo mismo eso que la incontinencia de orina o que se te caiga la dentadura por picar una croqueta en un cocktail. ¿O crees que a Beethoven y a Goya les gustaría que se supiera que se contaran esas cosas de ellos?

Repasó otras bajezas de la condición masculina que raramente se airean. Reconociendo que su marido Oscar, que en gloria esté, pase a ser un granjero de Vermont, también dejaba los aledaños de la taza del retrete sembrado de gotitas cada vez que iba a cambiarle el agua al canario.

-Yo aguantando y limpiando, y nunca le dije nada…-refunfuñó-…Para que ahora los anunciantes españoles me hagan sospechosa de hacerme pipí mientras tomo el te con las amigas….¿Dónde está la igualdad?

-La respuesta está en el viento- le dijo silbando la famosa canción de Joan Báez-Pero no te preocupes, seguro que de un momento a otro Bibiana Aída toma cartas en el asunto.

Se quedó perplejo Homper de lo aguda que era tía Clota en sus observaciones. Y lo cierto es que la primera vez que visitó el cuarto de baño tras esta conversación, se esmeró en apuntar bien para no esparramar la amarillenta quintaesencia de la desigualdad.

El amor a la luz de una bombilla halógena

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mia, siempre nos quedará la luna...

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mía, siempre nos quedará la luna...

Sus tarjetas de visita decían simplemente: Alejo Faber, Escritor Romántico. Sólo había maquillado levemente su verdadero apellido porque Fabra le emparentaba con Fabra y Coats, hilaturas. Y, peor aún, con un presidente de diputación, lo cual  sonaba aún menos lírico. Alejo Faber había sido un hombre serio y se había ganado la vida con cierta comodidad. Pero llegado a una edad,  sólo disfrutaba enamorando por escrito. Lo de menos era la recompensa al final de la conquista. Lo de más era el placer de convertir a la mujer que le miraba con cara inocente en una heroína romántica.

-Tú te crees una simple funcionaria nivel 20-le dijo a Polita, adscrita al Servicio Nacional del Trigo en el Ministerio de Agricultura- Pero Ingres hubiera hecho con tu cara su retrato más poderoso.Y, de haberte conocido,  Beethoven hubiera cambiado su Para Elisa por Para Polita.

Alejo intentó convencerla para que cambiara su nombre por el de Alba, Lía, Silvia o Virginia, que le inspiraban mucho más. Pero ella argumentó que llevaba cincuenta y dos años llamándose Polita sin que los hombres se hubieran arrugado por tal circunstancia.

-Tuve muchos que me cortejaban-le confesó una tarde tomando una horchata en la terraza del Café Gijón- La mala suerte es que el que verdaderamente me gustó,  un oficial de la marina, fue un amor a distancia. Y se estropeó definitivamente porque en el último viaje salió del armario y se enamoró de un maquinista del barco…

-Dentro de un par de horas-replicó Alejo al despedirse-mi inspiración te enseñará que el destino te había reservado para mí. Abre tu correo en dos horas y yo te haré olvidar ese desengaño. Te  convenceré de que Ana Karenina, Margarita Gautier y Madame Bovary a tu lado son unas zafias sin clase…¡Viva el romanticismo!

No había caído Alejo en que al pequeño plafón que iluminaba su mesa de trabajo se le había fundido la bombilla. Ni que era tan complicado cambiarla. Lo que en la maravillosa bombilla de Edison parecía tan sencillo como enroscar, era ahora enhebrar en los invisibles agujeros del casquillo dos delicadas clavijas de alambre, que, al no atinar a la primera, se doblaban y hacían imposible el machihembrado que traería la luz y, con ella, la inspiración.

Alejo lo intentó una y otra vez. A riesgo tortícolis en grado tres  o de caerse desde lo alto de la escalera, logró pegar su cuello al techo para intentar ver por el rabillo del ojo y encajar así la dichosa bombilla. No tuvo éxito. Para más complicación -las cosas modernas- no podía cogerla directamente con los dedos, porque le habían advertido que se estropeaba. Y así estuvo, tanteando a ciegas y corrigiendo continuamente con unos pequeños alicates los alambres que se deformaban a cada intento, hasta que en una de estas la fortuna quiso que al fin las clavijas encajaran en su sitio.

Cuando bajó de la escalera, Alejo estaba jadeando y al borde del ataque de nervios. Se tomó un ansiolítico, se sentó en el sillón, se secó con un pañuelo el sudor que le coría por el rostro y se abanicó con el periódico. De repente se acordó de su reto, y miró el reloj. Sólo le quedaban cinco minutos para cumplir su promesa. Se precipitó al ordenador.

Seis minutos después una Polita ilusionada abría su correo electrónico. Lo que leyó del escritor romántico le dejó literalmente muda. Querida Polita -decía el correo-Si no asoman esta noche las estrellas, es porque tienen miedo de palidecer frente a tus ojos. Eres una criatura maravillosa, pero…¡y lo putas que son las bombillas halógenas!

Buscando a Beethoven desesperadamente

¿En qué rincón de Radio Clásica de RNE se habrá escondido Beethoven?

¿En qué rincón de Radio Clásica de RNE se habrá escondido Beethoven?

Clod Monter -nacido Clodoveo Montero- no iba a actuar esta vez por cuenta de ningún cliente. Esta vez buscaría por interés propio.

No se trataba de dar con una mujer raptada, con una hija perdida,  o con un socio infiel que se fugó llevando bajo el brazo un maletín lleno de dólares. Tampoco había que buscar al espía, al chantajista, al ladrón de planos de centrales nucleares o de fórmulas mágicas, al traficante de armas o al canalla que le quería guindar la novia.

Era algo mucho más personal. Clod se alejaba de la imagen del investigador astuto, pero tosco en sus gustos personales. Desde hacía años, a  la una  de la madrugada, y después de ordenar sus carpetas con las investigaciones en curso y de repasar la agenda, se lustraba los zapatos con los que habría de echarse a la calle al día siguiente, se desvestía, se ponía el pijama, se metía en la cama y, tras abrir el libro que estaba leyendo, conectaba su aparato de radio. Invariablemente anclado, por cierto, en el dial de lo que siempre había sido Radio Clásica de Radio Nacional de España.

-No puedo conciliar el sueño sin escuchar música clásica, muñeca -le dijo en plan Bogart a aquella clienta ninfómana que, desgraciadamente, no se parecía en nada a Lauren Bacall.

Envuelto en la atmósfera mágica que recreaban los grandes de la música, Clod se embarcaba en la novela o imaginaba encuentros en un faro con algunas de las mujeres fascinantes que había conocido en su laga vida profesional. La música clásica le daba lo que la vida le escatimaba. Romanticismo, pasión y aventura.

Hasta que hubo un relevo y, por ese afán tan inquietante de cambiar lo que está bien, alguien transformó lo que antes era música clásica pura en una mezcla de música atonal, dodecafónica, étnica, folklórica, experimental y, a menudo, chirriante hasta la desesperación.

-No sé por qué le siguen llamando Radio Clásica-se decía- Tendrían que llamarla, más bien, Radio Música Alternativa.

Desde hacía muchos meses Clod Monter no dormía de puro desasosiego. No es que persiguiera a delincuentes o a gente peligrosa. Es que, a la una y media de la noche, buscaba a Beethoven y a los demás clásicos desesperadamente y  no les encontraba.

Beethoven con polvorones

La crisis empezaba a hacer mella a su alrededor. Algunos amigos ya sabían lo que es madrugar para hacer cola en las listas del paro. Y aunque él procuraba seguir la máxima de necesitar pocas cosas -y las necesarias, necesitarlas muy poco- no conseguía sustraerse al ambiente de decaimiento general.

De repente se confiaba en que el Mesías, más que nacer para redimir nuestros pecados, redimiera este año las cuenta de resultados. Y aunque milagrosamente aún no era Navidad en el Corte Inglés, los supermercados ya se habían llenado de productos típicamente navideños.

-No todo van a ser malas noticias-se dijo Homper mientras llenaba la cesta de la compra- Ahora, puedes prescindir de esa filfa que se vendía como Surtido navideño.

Homper se sorprendía de que el Defensor del Pueblo no recibiera cada año miles de quejas por los variados horrores confiteros que se perpetran en nombre de la Navidad. Con lo ricos que son los turrones y los polvorones de siempre. Pero ni eso se libra del perpetuo afán del hombre por innovarlo todo. Bill Gates se empeñó en dar otra vuelta de tuerca al negocio y para sustituir al Windows XP impuso el Vista, que más que facilitarnos la la vida a los megatorpes nos la quiere hacer imposible. Los obradores de polvorones quisieron mejorar el tradicional estepeño, harina, manteca, almendra y ajonjolí, y lo han estropeado agregando sabores y vistiéndolos como si fueran vedettes del Folies Bergére. Pasen y vean, mantecados y polvorones de limón, de chocolate, de coco. Envueltos en fucsia, en plata, en oro y en lamé. Pues no señor, Homper es miembro de la SAPOTOV (Sociedad de Amantes de los Polvorones de Toda la Vida). Y a mucha honra: los experimentos, como recomendaba Eugenio D´Ors, con gaseosa.

Pero ahora, en los supermercados, puedes elegirlos uno a uno, y hacer tu propio surtido al gusto. De tal manera que Homper salió de la compra encantado de evitar los rellenos, las delicias, las marquesitas y otras golosinas intrusas que horterizan la Navidad. Dio la casualidad, además de que de repente llegaran a sus oídos los acordes de la Sonata a Kreutzer de Beethoven. Venían de una ventana de la casa vecina. Ya lo había notado otras veces, debía de vivir en ella un pianista-o una pianista:hay oídos que detectan el sexo del ejecutante por la calidad de las pulsaciones. Qué maravilla, se decía, algún día me quedaré a escuchar la pieza completa.

Y aquel día que tenía tiempo y que estaba tan contento por su elección se sentó en un banco al sol, posó su bolsa de la compra,  y se detuvo a escuchar el piano mágico de Beethoven interpretado por el pianista sin nombre mientras lentamente degustaba el primer polvorón de la temporada. Ni el fragor del tráfico urbano enturbiaba ese insólito, pero delicioso momento de solaz.

Quiso la casualidad que cuando el finale presto de la delicadísima sonata destila sus últimas notas, el bacalao congelado que junto con otros productos básicos acompañaba a los polvorones empezara a gotear. Lo cual sirvió de despertador a la conciencia de Homper. Mal que le pesara, estaba perplejo esta vez de haber caído en el insolidario pecado de vivir un rato de felicidad cuando tantos, en tantos sitios, lo están pasando tan mal.

Todos podemos ser un poco Dudamel

Una pareja se entrega a un tórrido amor. En el culmen del orgasmo ella, fuera de sí, se retuerce y entre suspiros da rienda suelta a su ciega pasión: ¡Dios!…¡Dios!- exclama. ¡Vos podés llamarme Ricardo! -responde el caballero quitándose importancia.

El chiste, bueno o malo, sería políticamente incorrecto contado por un español. Pero en boca de un porteño tiene toda la gracia. Con todo, lo insólito es que no se escuchó tomando unas cañas o en la cola de las taquillas de un estadio de fútbol, sino en el ensayo semanal del coro Vía Magna, que, por cierto, se prepara con entusiasmo para cantar La Creación de Franz Joseph Haydn. Qué contraste, ¿no?

El chiste, claro, no era de una soprano ni de un tenor, sino de su director, Oscar Gershenssohn, un vehemente argentino que por su sensibilidad, su sentido del humor y hasta por su aspecto parece un calco de sus paisanos les Luthiers. Oscar suma a ello otras constantes del estereotipo con el que aquí imaginamos a los argentinos: pasión por el fútbol -Boca Juniors y, mucho me temo, Real Madrid son para él tan importantes como Bach o Beethoven- notable adicción al sexo, fascinación por el psicoanális y una irónica visión de la misión de su gloriosa patria en el mundo. Aún hay otro rasgo que matiza su peculiar personalidad, y es que Gershenssohn es judío woodyalleniano, lo cual le permite trufar sus ensayos de comentarios divertidos y de profunda cultura bíblica con apenas unos compases de por medio. El Duende puede certificar que entre cuarenta y cincuenta ciudadanos de ambos sexos, muchos de ellos jóvenes y algunos en la edad madura, sacrifican dos horas y media en el inicio del fin de semana para aprender y, de paso, divertirse haciendo música con él.

Su historia viene a cuento ahora que los premios Príncipes de Asturias acaban de reconocer el mérito de Juan Antonio Abréu, el impulsor del Sistema de Orquestas Jóvenes de Venezuela. Esta experiencia única, que ha conseguido llevar a la música clásica a muchos adolescentes sin recursos que probablemente se habrían convertido en delincuentes, ha generado un fenómeno llamado Gustavo Dudamel, presunto candidato, dicen, a dirigir la Orquesta Sinfónica titular en el Teatro Real. La música aprendida con rigor, pero también con el encanto que distingue a los grandes docentes, ha obrado lo que parece aún más imposible en el país dirigido por un milico mesiánico como Chávez.

Al Duende sin embargo no le parece menor la terapia que, en otros niveles, y salvando las distancias, administra Gershenssohn con su Via Magna. En su coro, y junto con el Duende, se reúnen gentes de muy distintas procedencias que pagan por cantar y ser simples ladrillos de esas catedrales sonoras que son las obras corales de los grandes compositores. Se puede ver en él, entre muchos otros, a una secretaria de Estado, a un astrónomo, a una funcionaria y a un empresario de Tomelloso. Este último, Antonio Morales Úbeda tiene estudios de guitarra, violín y piano, y además dirige su propio coro en la manchega ciudad donde el novelesco policía Plinio investigaba sus crímenes. Pero todos los viernes se pone al volante de su coche y hace cuatrocientos kilómetros en solitario para asistir al ensayo y cantar en perfecto alemán a Haydn. Qué lección.

Como se ve, todos estamos a tiempo de ser algo dudameles, y vivir en nosotros ese efecto maravilloso que nos permite sentirnos felices. Basta escuchar a los grandes genios con detenimiento, y buscar después a uno de esos abréus u óscares anónimos capaces de pastorear nuestras inquietudes y convertirlas pacientemente en ese milagro llamado música.

¿Quién jubila al jubilador de Fernando Argenta?

Dijo unas palabras, no muchas, y dejó hablar a la música.

Entre la gente de la radio hay gente de discurso y gente de pinceladas sueltas. Academia versus lenguaje de la calle. Fernando Argenta estaba entre los segundos, y, salvando las distancias, el Duende estima que también lo estaba él. Pretéritos imperfectos. Ambos se desmadejaban a mitad de frase, metían la gamba, bromeaban, se reían, a veces provocaban al personal. Pero el repertorio que asomaba por la chistera al compás de su varita mágica -más propiamente batuta- de Argenta era de otro calado que el de mi alter ego. No es lo mismo el sonido de los políticos, o de Braulio, o del padre Bonete o de la misma doña María, que la voz de Bach, Beethoven y Brahms. En la nebulosa en la que uno vislumbra su fe, no puede imaginar el cielo sin la música. Si algún día asoma por ahí y luego resulta que Dios no tiene oído, el Duende pedirá billete para el infierno. Aunque le condenen a escuchar al Chikilicuatre y a los del Río por los siglos de los siglos.

Siguió el Duende la despedida de Clásicos Populares con silencio, emoción y empatía por los que no quisieron pronunciar la palabra adios. El sublime allegretto de la Séptima de Beethoven, el adagio de Samuel Barber, el Ave Verum de Mozart, el tercer tiempo de la Tercera Sinfonía de Brahms -hay un post del Duende dedicado a este tema- un aria de la Pasión según san Mateo, el dúo más famoso de La Verbena de la Paloma, el tercer tiempo de la Novena -reenganchado después de que se interrumpiera misteriosamente en el fraseo más lírico de este tema…Sonaron interrumpidamente hasta el final. Sobran adjetivos. Si no lo escucharon la tarde del adiós, háganlo cuando puedan y entenderán por qué los creadores de estas joyas musicales consiguieron ser primero clásicos y, gracias a Fernando, también populares.

Debe confesar el Duende -y apela a los seguidores de Argenta para calmar su curiosidad- que no identificó dos piezas de la ofrenda musical de despedida. Una, la primera aria de ópera que sonó en el programa. Dos, la que lo cerró: una composición contemporánea que combinaba una preciosa voz femenina con los coros de una misa en latín. Algo muy sentido debía de cantar la solista, que probablemente -pura intuición- lo hacía en hebreo.

Por lo demás, la hora se fue en suspiros y reflexiones. Una sobre la estolidez de quienes acuñan una asignatura que se llama Educación para la Ciudadanía y no hacen nada por salvar en la radio y en la televisión públicas algo tan formativo para la sensibilidad y el entendimiento como lo que hacía Argenta. Y por cuatro perras. La otra recordaba el viejo adagio de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. No le pega a Fernando eso de gran hombre. Tiene muchos defectos. Sin ir más lejos, es del Madrid, lo que al Duende le rompe todos los esquemas. Sin embargo no hubiera llegado tan lejos nuestro amigo sin tener a su lado a una mujer como Toñi. Lo importante no es que ella sea también una gran amante de la música y la mejor crítica de los programas de su marido. Sino que está tan enamorada de éste que ve en él la chispa de Mozart, el romanticismo de Beethoven, la hondura de Bach y la sensibilidad de Carlos Kleiber multiplicados por cuatro. Y todo ello envasado en un body que convierte a George Clooney en un pitufo. Va a tener razón Pascal: el corazón tiene razones que la razón desconoce. Lo que no desconoce la razón es que la de Fernando Argenta es una jubilación que debería acabar jubilando al jubilador.

La música gozosa de Nigel Kennedy

¿Música, ruido, empatía? No se sabe muy bien qué busca el público que va a un concierto. De entrada hay que recordar que esta palabra registra dos acepciones musicales. En la que se refiere a función, nunca, hasta hace unos treinta años, se aplicó a otro tipo de música que no fuera la clásica. Uno recuerda singularmente el primer cartel que rompió la tradición, porque le llamó mucho la atención. Anunciaba Concierto de rock y amor, y lo ilustraba una fotografía de Miguel Ríos llevando a un bebé a cuestas. Desde esta propuesta ligeramente pretenciosa a esta parte, aquí hasta el que hace sonar la carraca dice que hace conciertos. No desesperen, algún día lo verán, como si fuera una diva exclusiva de Emi o de Hispavox: Esmeralda Clamores en concierto.

Cree el Duende haber leído alguna vez de un músico eminente que despreciaba el rock., reduciéndolo a un repertorio de ruidos de mal gusto. Muy audaz debe de ser, pues de lo que no hay duda es de que este tipo de música ya tiene una larga historia, y arrastra multitudes. Ante fenómenos así, los que ya tenemos una cierta edad debemos ser prudentes. Cuando uno observa que la tarde de un sábado El Corte Inglés está a tope de gente y lo que más aborrece precisamente es pasar la tarde allí, lo correcto es pensar que el rarito es él, y no los demás. Y cuando abre el frigorífico, sale de los yogures el Chikilicuatre cantando y más que un premio lo considera una pesadilla, lo cabal es autoconvencerse de que ya habita en la marginalidad total.

El Duende hubiera agradecido que la música pop se pudiera escuchar a la cuarta parte de volumen que uno soporta en auditorios, discotecas o salas de concierto. Pero no, desgraciadamente el exceso de decibelios parece que es tan importante para ella como el contrapunto para Bach. Muy frecuentemente nos paramos en un disco y a nuestro alrededor varios coches atruenan con bakalao, música techno o no se sabe qué clase de tortura para los tímpanos. Luego se habla del alcohol o la droga, pero ¿hay quien haya calculado el efecto destructor de los decibelios en el cerebro de los jóvenes?

Cuando el Duende se lamentaba del divorcio entre la música pop con la clásica, ha tenido la suerte de descubrir a un genio llamado Nigel Kennedy, que hace una semana tocaba en el Auditorio de Madrid con la Orquesta de Cámara de España el Concierto nº 4 para violín y orquesta de Mozart y el único que para este instrumento escribió Beethoven. Kennedy sale a escena vestido de rockero, peinado de punki y con una gestualidad más propia de hincha del Aston Vila –equipo del que es forofo-que de un virtuoso del violín. El hombre se mueve sin cesar, ensaya torpes pasos de baile, saluda al público enfervorizado, lanza besos, baja al patio de butacas y vacila con el público. Y, entre medias, aprovechando las cadencias –espacios que los compositores clásicos dejaban para la improvisación y el lucimiento del solista- reinterpreta a Mozart en clave de jazz o al genio de Böhn como si fuera Elton John. Kennedy fue alumno predilecto de Yehudi Menuhin, a quien el Duende alcanzó a escuchar en directo interpretando el de Beethoven. Pero, aupado en su virtuosismo, se toma la música de los clásicos con tan entusiasmo y desenfado que magnetiza incluso al público tan estirado que llena los conciertos de los abonos caros.

No se cuándo volverá por aquí, pero si pueden, no se pierdan a Nigel Kennedy. Es para cerrar los ojos y volar o para abrirlos y divertirse. Es música de siempre interpretada por un genio de nuestro tiempo. Música y empatía que invita, nada más y nada menos, a sentirse feliz malgré tout..

Descansa en paz, Tutankamón

Tutankamon

Le contó doña María al Duende que una de las incógnitas más emocionantes de su catolicismo porsi -por si es verdad lo que me enseñaron, aclara ella- es el dogma la resurrección de los muertos. Le inquietaba en qué edad y estado del cuerpo habrá de reencarnarse. La verdad -confesó- preferiría que el Señor me viera de mocita, porque antes de morir, además de gruesa, seguro que no voy a estar guapa. Toda la razón. No hay más que ver la mala cara con que nos ha llegado Tutankamón, y eso que era semidiós y que debió de gastarse un pastón en el estucado post mortem.

No mucho más firme en sus convicciones que la gentil señora, el Duende se pregunta a menudo cómo es posible que en estos tiempos racionalistas y de creciente escepticismo se le siga dando tanta importancia al cuerpo humano. No al cuerpo vivo, claro, que es lógico cuidar y mostrarlo aseado. Sino al muerto. Se pone de manifiesto en las catástrofes con pérdidas humanas. Los familiares de las víctimas luchan lo indecible por recuperar algo de sus restos, como si cualquier parte mínima e irreconocible de un cuerpo fuera depósito de su entera personalidad. Se ve en la búsqueda de los enterramientos innominados de la guerra civil, como si la memoria necesitara el soporte de un hueso para sobrevivir.

Uno comparte las buenas intenciones de tal iniciativa, pero desde que vio restos de sus antepasados y constató lo poquito en lo que nos quedamos, pasa de necrofilias. Ningún cadáver es persona, verdad de Perogrullo que muchos no comparten. Algunos incluso reprochan a la familia del fusilado más famoso de la guerra civil que hayan negado su permiso para localizar sus huesos en barranco de Víznar. ¿Acaso esperan que éstos reciten el Romancero gitano con el encanto y la gracia de Federico García Lorca? Tanto si se es creyente como si se es agnóstico se entiende mal el fetichismo por los muertos. Lo que vale de ellos fue, y sólo podrá seguir siéndolo en la dignidad de su recuerdo, no el relicario donde se albergue una taba de su osamenta.

Además de la exacerbación del símbolo, el Duende piensa que a esa sobrevaloración del cuerpo muerto contribuye mucho el esplendor de la llamada medicina legal. Gracias a los avances de sus análisis, un pellizco de la momia de Tutankamón nos cuenta ahora qué enfermedades padeció, de qué murió, en qué época, lo que había merendado aquella tarde y si era hincha del Atlético Tebano o del Menfis F.C. Por razones parecidas se conservan por ahí el cerebro de Einstein, algún despiece de Beethoven y hasta el pene de Napoleón, como si en ellos radicara el secreto de su talento o de su megalomanía. Gerald Brennan cuenta en su biografía de san Juan de la Cruz cómo a su muerte se troceó y fue repartida en mínimas partes una de sus piernas. Si uno piensa que eso puede transmitirle la gracia santificante o la inspiración del autor del Cántico espiritual no es que tenga la fe del creyente, sino la sinrazón del ignorante.

Por uno u otro motivo, parece que está moda desvelar impúdicamente el sueño de los muertos. Feo, feo. No sabe el Duende qué interés científico puede seguir despertando la momia del pobre Tutankamón para seguir hurgando en ella. A él le fascinó la historia de su descubrimiento por Howard Carter, magníficamente contada por C.W.Ceram en uno de esos libros que uno devora en su juventud: Dioses, tumbas, sabios se llamaba. Supimos mucho del faraón niño y su época gracias al estudio de lo que se halló en su tumba. Y quizás aún se pueda conocer más desmenuzando sus restos, pero al romántico ya no le interesa tanto detalle. El legendario Egipto está enterrado en la historia, y sus muertos ya ni siquiera son arma arrojadiza con fines políticos, como otros que desdichadamente lloramos aquí. Conservemos el mito. Y a ver si dejamos descansar en paz a la momia de Tutankamón, que ya vale.


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