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Un crepúsculo divino

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Escucha Homper en una tertulia radiofónica una frase que le da qué pensar. La dice Joaquín Leguina, y no es mala pulla contra los que por huir de las creencias tradicionales acaban comulgando con ruedas de molino.

-Dejamos de creer en Dios y acabamos creyendo en cualquier cosa.

La frase se puede entender de mil maneras. Pero el Hombre Perplejo, poco instruído, la refiere a las dudas propias de su edad y de su condición. El Dios que le contaron se fue diluyendo en él por hacer caso a la razón. Pero emprendió el camino de la razón y, o ésta no era demasiado clara, o él era medio tonto, y no daba para seguir progresando por esa vía. Se pone en almoneda al Dios creador del cielo y de la tierra y unos sabios que dicen entender mucho de astronomía, de física cuántica y de otras materias abstrusas nos lo cambian por el Big-Bang. Ahora lo último es el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios . No está, pero se la espera en ese túnel de 28 kilómetros socavado en la frontera entre Francia y Suiza para que colisionen entre sí los hadrones. Con lo bien que quedaba Dios apareciéndosele a Moisés/Charlton Heston en el monte Sinaí y ahora encarnándose en partícula por un túnel donde otros hadrones viajan a toda leche y se estrellan entre sí como conductores de autopista borrachos. A partir de el momento en que aparezca el famoso bosón –vaya nombre- será como el Gran Houdini, pero en plan cósmico.

-Qué empanada, Señor, qué empanada-suspira Homper- Con lo señorial que quedabas tú con largas barbas en las viñetas de la Historia Sagrada…Tampoco lo entendíamos mucho, pero más creíble que lo de la partícula sí que resultabas.

Ahora a Dios ni siquiera se le pone imagen. ¿Quién es capaz de pintarle barbas a una partícula?

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Imagina Homper que, si es verdad el Creador es omnisciente, debería saber cómo tenemos que entenderle. Y se queda estupefacto –perplejo, como indica su nombre- de que por no complicarse la vida él le haga responsable únicamente de todo lo que le parece bueno, y nunca de los males, horrores e injusticias que se ven por el mundo. A Dios,como al Rey, conviene no comprometerle mucho.

-Además –aclara- Dios tiene muy buen gusto. Lo se porque cuando veo algo bello y me emociono siento como que vuelo. Y dado que los hombres no tenemos alas debe de ser uno de sus milagros.

Homper se las apaña para encontrar al Sumo Hacedor en muchas cosas sin importancia o en pequeños instantes mágicos. Hay un pedazo de Dios en una tortilla de patata, otro en una ventana mudéjar, otro en Audrey Hepburn recién duchada cantando Moon river, otro pedazo en un polvorón, otro en una rosa, otro en un silencio, otro en el aroma del espliego, otro en el roce del pie con la sábana recién mudada, otro en la novela que nunca escribirá, otro en el momento de domirse, otro en un gin-tonic después de haber hecho deporte una tarde de verano, otro en el beso de un nieto a su abuelo,otro en un bolero bailado bien apretado a una mujer en la verbena de pueblo de una noche de verano, otro en el recuerdo infantil de la leche condensada deslizándose por el gaznate, muchos en la música de Bach, y más aún, desparramados por ahí, en multitud de paisajes. En mares, montañas, desiertos. En las cataratas del Iguazú. O en esa bravía playa del Cantábrico por donde pasea una fascinante dama con dos perritos. Esas vivencias hacen de su alma una guitarra, y en ella una mano maestra dibuja misteriosos arpegios que le reconcilian on la idea del mago supremo.

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El último destello de presunta divinidad fue esta semana, en el inicio del invierno, cuando las noches son puñados de diamantes desparramados sobre terciopelo oscuro y los días amanecen glaseados de blanca escarcha. Al atardecer, se veía por el suroeste un cielo nítidamente azul condecorado por el cuerno de la luna creciente y, por debajo, de él una banda de luz crepuscular de color rosado, casi púrpura.

-Mañana hará mucho frío –le decían cuando era niño y el cielo pintaba así.

Confiesa Homper que ahora le daba igual el frío. En ese momento de soledad gozosa, alguien le decía por teléfono que donde estaba, a muchos kilómetros de distancia, veía un cuadro igual y, sin buscarlo, también sentía un momento especial. Ambos convergían sus miradas en ese punto del gigantesco espacio al que los científicos aún no son capaces de encontrar límite. Y Homper no quiso ponerse trascendente o cursilón, y menos aún buscarle cinco pies al gato, pero no se imaginaba que el bosón de Higgs, con todo lo que se espera de él, fuera capaz de inventar un sencillo momento tan delicioso y emocionante como éste.

- Si no es cosa de Dios –concluyó- hay por ahí un poeta genial que ha adoptado ese seudónimo.

Nunca saldrá de dudas, pero al menos cree que pasa ratos maravillosos.

Homper no entiende nada de nada

No cree que se deba hablar de "la nefasta manía de pensar", pero Homper piensa que deberíamos renunciar a pretender entenderlo todo...

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Homo sapiens. Homo ignorans. ¿La curiosidad es la madre de la ciencia? ¿De verdad que la razón lo explica todo?…Medita estas cuestiones nuestro amigo Homper mientras afila la punta de su lápiz con un sacapuntas. Cuando termina la operación, acerca el ingenio a sus labios y lo besa.

-No sabes lo que me gusta entenderte.

Le llena de satisfacción que una concavidad acoja la punta del lápiz, y que una cuchilla de acero afilada  afeite la madera alrededor de la mina con sólo girar aquel. Qué bien inventado está esto, piensa. Y qué gratificante entender el funcionamiento del sacapuntas.

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Porque en estos tiempos e exaltación desmesurada del hombre y de culto a la razón como clave de su superioridad, se pretende que la pobre especie humana lo entienda todo. Llevamos tres años de crisis, y aún a veces, cuando los especialistas recuerdan sus causas, Homper no sabe por  qué las trapacerías de cuatro granujas que hicieron quebrar a Lehman Brothers y de unos buitres que quisieron abusar de los que necesitaban casa en Estados Unidos explican el estado de postración del planeta.

-Un día nos cuentan que la culpa es de la prima de riesgo. Otro, de Grecia. Otro, de Portugal o de Irlanda. Ahora de Italia. Dicen que Bélgica está a caer, y que luego iremos nosotros. Se caen las Cajas de Ahorros. Se descubre ahora que tenemos dieciocho administraciones especialistas en el despilfarro. Resulta que la responsabilidad es de los que nos acostumbramos al estado de bienestar. Y entretanto, con los mismos recursos naturales, la misma fuerza bruta y las mismas capacidades humanas, ni las mejores cabezas saben qué hay que hacer para producir más, crear empleo y devolver la confianza.

Homper volvió a besar el lápiz y el sacapuntas.

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Pero pretenden que sigamos creyéndonos homo sapiens. En su noble afán de divulgación,ONDA CERO incluye a veces en su programación píldoras científicas, y ese día Homper se sorprende escuchando la enésima explicación del Acelerador de Partículas. Parece ser la madre del cordero de la física cuántica, un invento que, si funciona, resolverá todos los problemas de energía que arrastramos, y además recreará las mismas condiciones físicas en las que surgió el Big Ban. O sea, que puede reproducir el fenómeno de la creación del mundo, como si ya no tuviéramos  bastantes problemas en este. Y consiste en un túnel circular de 29 kilómetros por el que lanzan partículas para que choquen entre sí. Las partículas dan 11.000 vueltas al túnel por segundo, y se supone que deben chocar entre sí con alguna que venga en dirección contraria. Si chocan, se descomponen en otras micropartículas.

-Y parece que, si eso ocurre, se organiza la de Dios -piensa Homper- Y nunca mejor dicho.

¿Y cómo lanzan las partículas? ¿Con catapulta? ¿Con compresores de aire? ¿Con pistolitas de agua? ¿Y por donde se abre el túnel circular para que metan las partículas que han de chocar entre sí? ¿Y qué haremos con ese otro mundo que puede recrear el nuevo Big Ban? ¿Esperaremos a que vengan otra vez  cuatro canallas a hundirlo sin que volvamos a entender nada de nada?…

Homper contempla   con cariño  su lápiz y su sacapuntas, tan sencillos y eficaces ellos, tan fáciles de explicar y entender. Y pone bálsamo a su ignorante perplejidad mirando a la luna llena. Tampoco sabe muy bien cómo se mantiene ahí, pero luce bonita, y además le invita a soñar.

De la esférica dificultad de las albóndigas y otras cuestiones

Lo fácil que le salieron a Dios (o a la física) las esferas y lo difícil que es conseguir la redondez de las albóndigas...

Entretanto, pensamientos.

Olvida uno a menudo que un blog es como el escaparate donde se exhiben las prostitutitas de Ámsterdam: en alguna medida estás expuesto a las miradas del caminante. Interesas si tu punto de vista conecta con el suyo. Y si poca gente va a Bretaña, menos aún coincidirá con el matiz de las observaciones que apuntaste. Quizá convenga guardar el resto de los recuerdos de viaje para más adelante. Quizás.

Y ocuparse a cambio de otros temas de actualidad. Por ejemplo, Stephen Hawking ha descartado la posibilidad de que fuera Dios el creador del mundo. La física puede con todo. Es capaz de haber creado este planeta que, desde las distancias siderales, luce como una perfecta canica azul. Y, con ella, también de explicar las distintas maravillas, fenómenos, disparates y horrores que se registran en ellas. La física, el Big Ban o el evolucionismo son a la postre los responsables de las grandes cadenas montañosas, los vastos desiertos, los mares infatigables. Pero también del Salto del Angel de Venezuela, del asombroso Ayer´s Rock australiano, que uno sólo ha visitado a través del National Geographic Magazine, de las Cataratas Victoria y del Tajo de Ronda. Como cantaba Louis Armstrong, What a wonderful World…

Se asomó a este tajo el viajero una noche de luna llena, desde la balconada del hotel donde se hospedó el poeta Rainer María Rilke en su viaje por España. Qué inspiración la que el vate debió pescar allí. Y qué imaginación la del creador, sea el que propone la Biblia o polifacética física, de potencial hiperbólico como se puede entender. En algunas cosas a los presuntos creadores se les fue la mano: de una parte les nacieron las medusas, los puercos espines y las moscas cojoneras, seres más bien prescindibles. De otra,  el dolor de dedo meñique del pie golpeado contra la pata de la cama, la sensación opresiva del domingo por la noche, los libros de instrucciones en doce idiomas, la depresión, los cuadros que siempre se acaban venciendo de un lado cuando se les cuelga en el salón, las colas en las oficinas de empleo y seres como Kiko Matamoros. Hasta el Dios que niega Hawking y deseamos los cristianos suscribiría lo que dijo Ortega cuando la  segunda República empezó a desvariar: no es esto, no es esto ( a propósito, a uno le enseñaron a acentuar el esto, pero el corrector automático me lo enmienda : ¿es ésto o  es esto?).

Estaba obsesionado este duende con la perfección de las esferas y la redondez del planeta cuando se puso a cocinar uno de sus platos favoritos, las caseras albóndigas de toda la vida. Pero, demonios, qué difícil es  manufacturar una albóndiga. Amigas bien intencionadas a las que recurre en estos casos (hola, amiga, perdona, ¿cómo consigues tú que las albóndigas te salgan redondas?) le hablaron de moldearlas en hueveras de plástico: se espolvorea el hueco con harina, se le rellena de carne picada, se cierra la huevera, se la agita como para mezclar un dry martini y luego, cuando las sacas, las achatas por los polos. Al menda se le ocurrió que a lo mejor tampoco quedaban mal intentándolo con el instrumento para hacer bolas de helado. Pero con tanta sabiduría como hay, y mayormente en Internet, espera lluvia de iniciativas al respecto. El mundo no se sabe si tiene arreglo, pero, volvamos o no a hablar de Bretaña, la esfereidad de las albóndigas no debe ocupar un segundo más de nuestro precioso tiempo.

Ponga un Mondrian en su vida

Hay esquemas de pensamiento que no solucionan nada, pero alivian la existencia. Y ver la vida con la óptica de Mondrian es una de ellas...

Por qué complicarnos la existencia si la podemos ver como un cuadro de Mondrian.

El Duende coleccionaba juguete de hojalata de otros tiempos. Cuando reunió los treinta primeros,  los puso de perfil sobre tres cuadrados  de papel de un metro de lado y elaboró tres plantillas que un carpintero convirtió en estanterías de huecos rectangulares, adaptados a la medida de cada juguete.  La base de unos era el lado más corto, la de otros, uno de los lados largos. Cuando las estanterías se llenaron de juguetes antigüitos, tan ingenuos y coloristas, le habían alegrado la pared. Y al mismo tiempo le ofrecían una falsilla para el  pensamiento de un día cualquiera.

Este observador admira profundamente a aquéllos que saben razonar. Él nunca hilvanó bien las ideas, y bien que le ha pesado. “La vida es pura coherencia, y el destino es  de aquellos que saben interpretarla a la luz de la lógica”, le dijo uno de sus maestros. Por eso admira tanto esas mentes ordenadas que inventan maquinitas, y le da igual que sean para rizar pestañas o para acelerar partículas y reproducirnos el Big Ban.

Él no supo nunca de lógica ni de coherencia.  Minuto a minuto, segundo a segundo, saltaba de un asunto a otro con la viveza irresponsable de una pulga de playa.  El motorista con su chica, vestida, por cierto, como Virginia Woolf, en el sidecar, le simbolizaba el amor. El teniente a caballo con uniforme alfonsino, la cara bonita (si la hay) de la guerra. La pequeña sillita con un diminuto muñeco de cartón que parecía el hermanito de Pascual Duarte, la infancia, la inocencia. El portaaviones España, en el que giraban dos avioncitos alrededor de dos ejes verticales, el mar. La tartana le llevaba al campo. El Bugatti en el que, por cierto, no murió estrangulada Isadora Duncan, la pasión por los viajes y la aventura. El taxi rojo y negro, como eran antiguamente los de Madrid, la jungla de asfalto. La cornetilla era la llamada de la música. El maravilloso autobús de dos pisos de Rico, con personajes de todo tipo silueteados en sus ventanas, la humanidad entera. Y aquel pajarito al que se le daba cuerda y saltaba como un gorrión, podía ser incluso la divinidad. Es verdad que en la ortodoxia cristiana el Espíritu Santo se encarnaba en una paloma, pero al fin y al cabo el hermano gorrión también era ave, y, al cabo, criatura de Dios. Los de pensamiento saltarín siempre tienen una imaginación muy elástica.

Los tiempos cambian, pero los módulos de pensamiento permanecen. Ya no se ciñe uno sólo a los gustos de la infancia, pero cavila mientras pasea y va repasando asuntos, personas queridas, amores y afectos, pequeños placeres, sueños posibles o imposibles, recados -el cortaúñas que debía comprar ayer- sensaciones intensas, aspiraciones, dolores, desengaños, preocupaciones, preguntas y, sobre todo, dudas. Todo se le aparece en cualquier momento de cualquier día. Y tan rápida, tan vertiginosamente, que rozan la instantaneidad.  Como la de sus estanterías  de los juguetes, que ofrecían tantos estímulos en un solo golpe de vista. Como las visiones múltiples agolpadas en los cuadros cubistas. Como los numerosos espacios ordenados y limpios que pintaba Mondrian.

Hoy, en uno de esos, gravitaba algo muy triste de índole personal. En el de al lado asomaba el sombrío panorama de nuestra querida España.  Pero en el siguiente, por fortuna, lucía la luna llena de mayo. Y el Duende tuvo que agradecer no ser coherente ni lógico, sino pulga saltarina capaz de entretenerse y olvidar con cualquier nadería.

La irresistible seducción de las cerezas

CerezasEl teólogo hacía tiempo que había archivado las grandes cuestiones de su disciplina. En realidad el argumento más sólido que al final de su carrera le convencía de la existencia de Dios era  muy liviano.

-Chico-le confesaba a un compañero de tertulia en el Ateneo mientras hacía anillos con el humo de su pipa- Yo lo tengo muy claro. Ni el Big Ban ni el evolucionismo podrán explicar jamás lo requetebuena que está Pepita, la estanquera. ¿Tú crees que una explosión, por mucho que se expanda,   puede convertirse en algo tan maravilloso?

Aunque nunca les contaría este argumento a sus alumnos, era el que más le convencía de la existencia de un Deus ex machina. Así que despejada la piedra angular de su credo, le gustaba andarse por las ramas  y aclarar otras dudas. Por ejemplo, no entendía cómo el árbol de la ciencia del bien y del mal del que habla el Génesis podría dar manzanas. Si respondía fielmente a su nombre, sus frutos deberían ser bondades y maldades. Pero no, sólo dio manzanas, o al menos una manzana. Vino la serpiente, se la ofreció a Eva, ésta la mordió y luego se armó la que se armó. Cuántos imprevistos nos había reservado el dichoso Dios.

Y no entendía, además, que la serpiente y Eva se fijaran en la manzana si en el Paraíso Terrenal, como es de imaginar, había cerezos. El teólogo ya se había maravillado cuando en el mes de abril se acercó al valle de los cerezos y los vio en flor. Pero ahora vivía uno de los momentos más gratos que puede ofrecer la naturaleza, que es el de coger las cerezas del árbol llevárselas a la boca y comerlas. Las cerezas. Tan bonitas, tan brillantes, tan jugosas, tan limpias, tan deliciosas. Y sin pedir cuchillo ni tenedor. Lo que se dice un placer.

-Es mi fruta favorita –pensó- Y no entiendo cómo Eva sucumbió a la manzana cuando incluso la más sabrosa es mucho menos tentadora que una cereza en sazón.

Le pareció tan convincente su teoría que olvidó preparar la clase del día siguiente  y se puso a llenar una cesta de cerezas. Se había pasado la vida escudriñando los grandes misterios de Dios y el amor divino y ahora, en la madurez, advertía que  había descuidado eso tan importante  que es el amor humano Así que terminó de llenar la cesta, se metió en el coche, puso rumbo a la ciudad y se presentó en el estanco de Pepita.

-Se que este numerito no es propio de un teólogo-dijo sin siquiera dar las buenas tardes-Pero vengo a ofrecer la mejor fruta de la creación a la mujer más hermosa que hay sobre la faz de la tierra.

Un señor que compraba Cohibas no daba crédito a  lo que veía y escuchaba. Pepita probó una cereza y le sonrió al teólogo de una manera muy especial. Éste suspiró feliz. Su fe no le daba la seguridad absoluta, pero muy probablemente la sonrisa de Pepita llevaba la misma malicia que propició el primer mordisco del Paraíso Terrenal.


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