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Casi todo es tan “deja vu” como los Goya

Si te gusta el cine, seguro que a la misma hora que se entregan los Goya hay alguna cadena que emita una película...

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Sostiene Homper que una de las ventajas de los años es que te permite desmarcarte de lo políticamente correcto sin que la conciencia te torture demasiado.

-Por ejemplo-sostiene mientras se fuma un puro de chocolate- Puedes confesar que la moda te importa un bledo. Que te aburren hasta la saciedad las pasarelas, las

  • Cibeles  o la Fashion Weeks
  • , que ya no se cómo se llaman. Que el noventa por ciento los suplementos dominicales de los periódicos pueden tirarse directamente al cubo de la basura, sección feria de vanidades. Que lo que vale la pena de ARCO cabría en el hall del Prado, sin tener que andar kilómetros y kilómetros para ver boutades de colores y composiciones de aire frito. Y que lo peor del cine no fue el landismo ni las películas de Juan de Orduña, o de Sylvester Stallone, quién las pillara. Sino ese estomagante espectáculo de sonrisas, lágrimas, lentejuelas, gilipolleces y descarado autobombo en que se han convertido las galas cinematográficas.

    Y en su  anatema no hace distingos.

    -Me aburren tanto le ceremonia de los Oscar y Billy Cristal como la de los Goya con el gracioso de turno que imponen las televisiones para vender mejor.

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    Al Hombre Perplejo le dejó muy sorprendido que una mujer de pueblo como Doña María supiera poner al cine en su sitio.

    -¿Sabe usted que cuando Rhett Butler besa a Escarlata en Lo que el viento se llevó al Clark Gable le olía el aliento?

    -No me diga.

    -Pues sí. Se conoce que tenía  una muela mu picada, pero como la Vivien Leigh era mu buena artista  lo disimuló mu requetebién. El cine es mentirijillas. Y eso es lo que me gusta a mí del cine, que pa verdades y dolores ya tenemos la vida misma.

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    Según Homper el argumento de Doña María está lleno de razón: cuando destripas el cine, este pierda su encanto. Los que ella llama artistas, según el lenguaje de su época (ahora son actores o actrices) son muy interesantes cuando no son ellos, sino su personaje. Luego los conoces en un bar o en la cena en casa de un amigo y resulta que están obsesionados porque les han puesto una multa de circulación. Y hasta se atreven a hablarte de su colesterol, como si en lugar de ser inmortales fueran del comercio.

    -Un desastre, doña María, usted da en el clavo. Del artista, lo único que hay que conocer es su arte.

    -¡Ya ve usted!…Cuando una piensa que a George Clooney también `puede que le abandone el desodorante!…

    Esa es la  realidad aplastante. Como otra que aún lo es más, y que comparten Homper y la doña con todos los que ya tienen unos años. Pones la tele, se abre el telediario y ya sólo por la cara del presentador puedes ir recitando la noticia. Vas a una junta de accionistas y presientes las palabras del Botín de turno. Entrevistan a un ministro y te imaginas ce por be lo que va a decir de la crisis. ¿Quién no es capaz de adivinar el discurso del rey? No digamos nada de los niños de San Ildefonso, de la homilía del cura, de la proclama del sindicalista, del elogio al amigo o al pariente que ahora se ha incrustado en las bodas y funerales, de la rueda de prensa del entrenador de fútbol, como si cualquier partido fuera un consejo de ministros. Todo parece ya visto y oído, qué aburrimiento, la noche lela que nos espera: doy las gracias a mi madre, pero este Goya no es mío, sino del equipo, porque detrás de una película hay un puñado de trabajadores (aquí añadirán trabajadoras) que…

     Dejá vu, repiensa Homper. Pero como ya estoy en el desguace,  me importa un comino lo que digan los demás. Así que cogeré el mando de la tele y en lugar de inyectarme empalaguina en vena, buscaré una cadena que ponga una película.

    -En el peor de los casos- concluye- sólo será eso: una película.

     

        

    Injubilables felices

    ...Como Angelillo, que no es este, pero podría serlo, aunque él sea más de montaña que de mar.

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    Botín tiene 76 años, pero es feliz levantándose a las 6´30 de la mañana y reuniendo a directivos de altos bonus cuando aún no les ha dado tiempo de quitarse las legañas. A Tomás Fuertes, presidente de El Pozo, lo que más le apasiona es estar al pie del cañón. ¿Querrá decir que se pondrá el mono y los guantes y bajará a la fábrica a embuchar charcutería, que es lo suyo? Amancio Ortega, 76 años, dice que seguirá trabajando hasta el final. Nadie sabe cuánto vale su minuto de actividad. Teresa Rivero, 75 años, es presidenta del Rayo Vallecano, equipo de fútbol cuya plantilla lleva varios meses sin cobrar por la mala cabeza de la familia Ruiz Mateos. Reconoce que está mayorcita, no que su familia es incorregible, pero afirma estar encantada con sus ocupaciones. Plácido Domingo, 70 años, ya avisó desde el palco del Real que seguiría cantando mientras le quedaran fuerzas. Mejor que cante, porque hablando se pone un poquito cursi. “Podría vivir sin trabajar”- dice Francisco Ibáñez, el creador de Mortadela y Filemón- “pero la vida sería demasiado aburrida”.

    En el último dominical del periódico El Mundo se han juntado cien injubilables felices y nos cuentan su porqué. También los hay sin cara conocida: Celso González, un ganadero que prefiere cuidar sus animales que pagar a alguien por ello, Mª del Carmen Rodríguez, dueña de una zapatería, Juana López, carnicera, Lourdes Soriano, monja. Podría interpretarse como un reportaje pagado por el gobierno para ir acostumbrarnos a la idea de que jubilarnos más tarde es prolongar ese estado de felicidad que parece dar el trabajo. No subraya lo fundamental, lo que de verdad explica por qué no quieren retirarse. Y es que todos trabajan o en su empresa mercantil o en su empresa vital, que otros llamarán su ego. Qué curioso: los albañiles y jornaleros por cuenta ajena no aparecen en la lista, ¿por qué será?

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    Tampoco aparece Ángel Serratosa,  80 años cumplidos justamente ayer, natural de Ronda, casado felizmente con la prima Carolina, más conocida como Chita, y residente en Barcelona. Padre feliz  de siete hijos, abuelo y bisabuelo de incontables criaturas, se jubiló después de una larga carrera en la empresa Tassada y Beltrán, y desde entonce es  activista puntual en Intermón. Como tantos jubilados que no salen en los papeles sigue en activo, aunque un proyectito de agua potable en un país subdesarrollado de la ONG en la que colabora sea menos vistoso que los dividendos de Botín o las tiendas que abre a diario el dueño del imperio ZARA.

    Angel hace honor a su nombre, y no lleva alas porque las alas se planchan mal, no hay quien les marque la raya, y él es extremadamente pulcro y presumido. A su padre le fusilaron en Ronda cuando la memoria histórica se empezaba a escribir con sangre. Pasa de puntillas por esa cruel espina que se clavó en su niñez, y no se le conoce una expresión de odio ni tampoco una secuela que haya sesgado su natural bonhomie. A veces llega a irritar, porque no critica nunca  a nadie. En sus ratos libres  pasea,  pinta, lee y va a exposiciones. Un experto en felicidad diría que su biografía es un éxito, pero ni siquiera él está libre de imperfecciones. Lleva más de medio siglo en Barcelona, y es tan políticamente correcto que hace lo posible por hablar el catalán.

    -Ziz plau –le dice al kiosquero con su lengua rondeña un poquito zopaz- ¿E que me donaría La Vanguardia?

    Es su máximo logro en la lengua de Espríu. Bienaventurados los que tienen buenas intenciones.

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    Una de las grandes satisfacciones de Angelillo, como se le conoce en familia, es haber rehabilitado la massía que heredó su mujer en la Pobla de Lillet. Por ahí aparece de vez en cuando este bloguero y pasa unos días inolvidables con sus primos y con parte de su numerosísima tribu, porque en la casona de piedra no cabemos todos.  Ahí tiene su fuente el Llobregat, desde ahí se ve el impresionante peñasco de Pedraforca y se avistan al norte las lejanas crestas de los Pirineos. Cerros, valles, aire puro, montañas nevadas al fondo. Uno se acuerda de  cuando se quedaba embobado mirando la ilustración de la caja de lápices de colores Alpino, con aquel cervatillo triscando por paisajes como el de la Pobla. Angelillo y la prima Chita han repartido mucho oxígeno entre el personal que los conoce.

    Un día paseaba con ellos por el monte y Angelillo se plantó ante un enorme pino negro.

    -Mira qué ejemplar- dijo con evidente orgullo- Es el mejor de este monte.

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    Quiso este duende entonces escribirle un poema de esos pretenciosos que hablan de la realidad y el símbolo, la aguja impasible que, en el frío del invierno o bajo el sol abrasador de agosto, sigue cosiendo el cielo y la tierra, la realidad y el sueño, el ser y el deber ser, la materialidad y la inmortalidad del alma. El gran  pino negro de la Pobla, directo desde las raíces de la tierra hasta hacerle cosquillas con las ramas de su punta al mismísimo Dios. Un trasunto arbóreo del Angelillo.

    Quiso escribirlo y dedicárselo a este buen hombre que, aún no saliendo entre los injubilables de la lista de El Mundo, tampoco quiere dejar de trabajar. Aunque sólo sea  en el noble afán de hacer la vida más amable a los demás. Así que hoy lo escribe este bloguero no en verso, sino en prosa deshilvanada, con el simple deseo de felicitarle por ser un ochentón aún tieso, sonriente y positivo, bien planchado  y exportador de felicidad.

    Sobre la suerte del pollo, del toro y de José Tomás

    (Foto de Wino 2007)

    Señor pollo de granja: ante la necesidad de someter su destino a la mayor gloria de la especie humana, que para eso es superior, ésta le da la posibilidad de elegir entre una vida canalla y desgraciada como la que sus semejantes han vivido tradicionalmente, o una vidorra en la que va a darle gusto al cuerpo cuanto quiera a cambio de un cuarto de hora final francamente doloroso. En este caso, y como compensación moral si con su muerte contribuye al arte, su nombre será recordado por el público, y  su cabeza, disecada por un taxidermista y con una chapita donde figuran su nombre y los datos de su martirio, figurará a modo de trofeo o adorno en algún bar de los muchos que acogen a los llamados aficionados.

     Se imagina uno al ministro Fernández Bermejo, notario mayor del reino de este gobierno humanista y del talante universal, ofreciendo alternativas como ésta a las otras especies animales. Es decir a todas las que, habitualmente olvidadas por los antitaurinos, no merecen, al cabo mucho mejor suerte  que los toros de lidia que canonizaron el pasado jueves a José Tomás.

     Toros sí, toros no, eterna polémica. La dignidad de la vida en cualquiera de sus expresiones frente a la belleza de eso que llamamos arte. El planeta taurino levitando por el fenómeno del diestro de Galapagar mientras plumas tan lúcidas y bien consideradas como la de Manuel Vicent no deben de atreverse a soltar sus habituales andanadas antitaurinas. Ahora, que hasta Europa parece reconocer nuestra fiesta nacional…

     Es experto el Duende en sumergirse en las polémicas nadando mientras guarda la ropa. No lo hace por estrategia de supervivencia, sino porque es primo hermano de Hamlet. En este caso dudaría si elegir ser un Victorino Martín, una ternera de Ávila un cordero pascual, una oca del Perigord, o una de esas centollas o langostas que, por cierto, aún chillan mientras son hervidas vivas. Nunca fue un entusiasta del cochinillo, pero lo aceptaba hasta que en una visita a Segovia, el maestro José María nos explicó a los chicos de la radio que para tal manjar la víctima debía ser inmolada a la semana de vida. Desde entonces, cada vez que en el escaparate de Botín o de esas carnicerías a la antigua ve  expuesta una de estas criaturitas, retira la mirada avergonzado.

     Tampoco es una gran aficionado a los toros. Lo fue en su juventud, cuando leía las críticas de Antonio Díaz-Cañabate,  un excelente autor costumbrista, y hasta que el aburrimiento le acabó echando de las plazas. Ahora sólo le divierte la atmósfera de la fiesta: la plástica del espectáculo, la hermosura de la bestia, el argot taurino, el topicazo del lenguaje de los aficionados, la inutilidad de las polémicas que genera, el fenómeno de la ira o del éxtasis colectivo…Detalles para observar y de los que tomar nota.

     Pero lo cortés no quita lo valiente. Y para muestra de sus contradicciones ante el asunto, dos botones del Duende. Uno, la lidia del toro le parece una barbaridad. Dos, lo que hizo José Tomás el jueves es tan obra de arte como un ballet de Nijinsky y, desde su punto de vista, mucho más bello y meritorio.

     Tal vez la clave está en olvidar la superioridad de la especie humana. Y en no aceptar que este privilegio que nos da la razón se convierte automáticamente en una despiadada crueldad para con las demás.

     

    Calcetines traicioneros

    Calcetines Uno de los villanos del comic y del cine a los que más ha envidiado el Duende es a Lex Luthor, el gran enemigo de Superman. No por su capacidad para poner en jaque al superhéroe, ni por sus inmensas riquezas. Sino porque, según confesaba en la primera película de la serie -sin duda la mejor- todos los días estrenaba calcetines. Algo que hace años, en la España austera y pobretona de la posguerra, era privilegio y tradición del Domingo de Ramos.

    Si el Duende fuera multimillonario, incluso tan abominable como Luthor, no se dedicaría a hostigar a Superman con la kryptonita (por cierto, qué ridículo queda cuando su musculatura se desinfla, el paquete se jibariza y la braga náutica roja se le afloja). Tampoco tendría yates, ni jet particular, ni Rolls, ni casoplón en Marbella o en las islas Vírgenes. Pero estrenaría todos los días calcetines. Eso sí, siempre que el mayordomo desprendiera la etiqueta o cortara la antipática costura que les une. Trabajitos imbéciles, ni uno más, que bastante tenemos con la cruzada que es abrir un CD o librar al turrón de Jijona de su camisa de fuerza.

    Los calcetines son unos de esos pequeños traidores que, con el pretexto de parecer insignificantes y pasar casi siempre inadvertidos, nos pueden amargar la vida. Se la amargaron al ex director del Banco Mundial Paul Wolfowitz, cuando aún en el cargo se descalzó para entrar en una mezquita y el fotógrafo captó unos tomatones en sus calcetines impropios no ya de un financiero de su alcurnia, sino de un director de sucursal de la Caja de Ahorros en la isla de Perejil. Qué bochorno: ¿se imaginan a Botín o los Albertos en semejante trance? Pocos días después de esta indiscreta instantánea, a Mariano Rajoy le jugaron otra mala pasada. Un paparazzi de cintura para abajo le sorprendió con los esa calva exagerada en el talón que presagia el agujero calcetinero. Imagínense: todo un señor registrador de la propiedad y representante de la derecha pulcra y atildada arrastrando esas miserias. Doña María ya lo diagnosticó hace tiempo: los calcetines se hacen de espaldas al pueblo, porque hasta el que asó la manteca sabe que su herida mortal se produce a la altura del borde del zapato. Los fabricantes son conscientes de ello -mantiene la doña-pero sinencambio los siguen haciendo con el refuerzo por debajo de ese nivel con el ojeto de forrarse aún a riesgo de dejar a Wolfowitz, a Rajoy y al Duende en ese ridículo espantoso que es un hombre con tomates en los calcetines.

    No se en qué medida contribuye esta prenda al esplendor del PIB, pero dada la crisis del zurcido -ya no hay huevos para tan abnegada tarea- y la extrema sensibilidad de este gobierno, no entiendo cómo ZP no legisla al respecto o, al menos, subvenciona el decoro de los que no podemos ser Lex Luthor. Entretanto, al Duende le tortura la posibilidad de que, en cualquier momento, una aventura amorosa con Naomi Watts fracase por un calcetín traicionero que muestra sus vergüenzas en el momento de la verdad. Y qué decir de ese absurdo, ese arcano sin respuesta, esa náusea sartriana que le sobreviene cuando la lavadora fagocita misteriosamente a un calcetín y deja sola a su pareja.

    ¿Por qué se siguen fabricando calcetines de espaldas al pueblo? ¿Qué carajo se hace con un calcetín viudo? Demasiado reto para el pensamiento moderno. Al Gore, con los pies en el suelo, no mira sin embargo a sus talones, sino al tomate del ozono que está precipitando el cambio climático. El progreso impone agujeros que nos los zurce ni Dios.


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