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Cuando el viento sopla…de espaldas al pueblo

Viento sobre los arboles

A pesar de sus desmanes, el viento también tiene su aquél...

El Marcelino está aventao- decían en el pueblo de doña María cuando alguno estaba chifleta. El viento, dicen, vuelve loca a la gente. Se entiende perfectamente cuando ésta vive permanentemente batida por la furia de Eolo. Y sin embargo es otro fenómeno de la naturaleza que le pone al Duende contra la mayoría. Algo le gusta.

Se identificó con   Luis Buñuel cuando  en  Mi último suspiro, sus memorias,  reconocía que le gustaban el frío y la lluvia. (Por cierto, ¿por qué no emigró entonces a Inglaterra en lugar de establecerse en Méjico?). Demos por descontado que también le emocionara la nieve, sueño blanco que perseguimos todos los nacidos de Burgos para abajo. Pero lo de disfrutar cuando el cielo se pone arisco es un poco “snob” y antisistemático.

Si al Duende le seduce el mal tiempo es precisamente porque la gente huye  de él. Calles vacías, parques desiertos, campos solitarios. No totalmente. Por una calle, por una alameda, por un sendero de cualquier monte, dos caminando  abrazados bajo un paraguas. Así es más bonito. Quizás sin viento como el de este fin de semana. Para no ser ráfagas huracanadas de película, de novelón como La posada de Jamaica -¡qué gozo cuando uno, casi imberbe, pillaba unas anginas con un libro como éste!- o de paisaje romántico, hay que reconocer que se puso algo pelma.

Dijo una vez por la radio que le gustaba el viento y su amiga doña María se le quejó.

-Se ve que no vives en un piso como el mío- protestaba airada.

Y le contó las poblemáticas del viento en el piso trece del bloque Los Arándanos. Penetraba tanto  por las cajas de los tambores de las persianas, que la doña desmontaba la tapa y aprovechaba para guardar dentro la chacina de la matanza y los quesos de oveja que se traía del pueblo.

-Algo tapan –le dijo-Y tanto los chorizos y los quesos se curan estupendamente. Eso sí, no podemos  subir la persiana. Y deja un perfume no mu delicao pa un dormitorio. Por eso sólo utilizamos de fresquera el de las nenas, que como ya se han marchado a vivir con sus parejas…

Qué talento para hacer de la necesidad virtud. A lo que no ha encontrado solución es al frío que entra por la rejilla de ventilación del gas de la cocina en días como estos.

-Están hechas de espaldas al pueblo- se queja con cierta razón- Porque si las tapas con un cartón te puedes morir intoxicá, pero si no, te pués quedar arrecía.

Y sugiere que antes de proyectar estos sistemas de aireación de espaldas al pueblo, los arquitectos, constructores, gasistas y munícipes responsables del invento se pongan a cocinar en su piso del Bloque los Arándanos un día de viento del más frío invierno. Aventá, parece que está también ella. Cualquier día exigirá también que se pueda abrir un brick de leche sin derramar ni una gota, o un CD de El Fary al primer intento. Como si el progreso fuera siempre para facilitarnos la vida…

La luz de la luciérnaga

CourelFueron sesenta kilómetros como fuera del mundo. Su coche era un sherpa. Eso sí, en la provincia de Lugo, dentro de un parque que según los pocos carteles avistados se llama Ancares-Courel. Vueltas y más vueltas, pasar de un valle a otro, verde sobre verde, el brezo morado tintando los riscos más altos. Nadie. Kilómetros de túneles umbríos formados por las ramas de los árboles más frondosos que uno puede recordar. A menudo, chorreones de agua filtrándose por las laderas de bosques espesos de castaños, arces, abedules, fresnos, robles. De vez en cuando, en alguna aldea perdida –Secedas, Sobredo-alguna vaca. Unos pocos tejados de lanchas de pizarra indican que aún vive alguien por ahí. Pero no se ve a nadie. Tan sólo alguna ardilla.

 -No había visto árboles con cara desde que dejé de mirar las ilustraciones de los cuentos infantiles-pensaba Homper, más perplejo que nunca.

Los árboles de ese lugar son tan añosos que cuentan su historia en el tronco. Y acaban mostrando un rostro expresivo, como los del bosque de Pulgarcito o los de El señor de los anillos. No dan miedo, sí admiración -qué artista es la naturaleza- y respeto.

-Y este castaño ya estaba aquí cuando las Cortes de Cádiz- piensa el viajero-Como para que luego venga un imbécil y fulmine la leyenda con una colilla encendida…

La luz limpia y transparente de un soleado día del verano norteño. 21º. Recuerdos piadosos para todos los familiares y amigos que padecen el sartenazo canicular en la España cálida. Y más rabia al escuchar la nueva sangría del verano. En Burgos, bestial atentado de ETA Y en la sierra de Gredos, más familiar para Homper y, lamentablemente, mucho más seca que la del Parque de Ancares-Courel, otro incendio provocado que arrasa de momento tres mil hectáreas.

Homper no quiere sino evadirse. Pero, en el agua del pozo de sus dudas sistemáticas, ve el reflejo de un anciano barbudo cuya cabeza se recorta sobre un triángulo.

-¡Cáspita!-medita el misterioso personaje mientras se rasca la barba-Y lo crié a mi imagen y semejanza…¿Pero era yo tan imbécil?

Por la noche, a la puerta de la casa de piedra del siglo XVIII donde su amigo Manuel Gasset acoge a Homper, una humilde luciérnaga quiere competir en brillo con la media luna. También hacía muchos años que no veía un bichito así. Entonces recuerda la preocupación del Creador y, parafraseando a Groucho Marx, proclama solemnemente.

 -Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a las luciérnagas.

Rajoy, Gallardón y otras melonadas que vienen a cuento

El melón de ZapateroEstaba decidido a politizar algo este blog, palabra. A melonada de Zapatero le sucedía otra de Rajoy, o al menos eso piensan la mayoría de los analistas. Alberto Ruiz Gallardón, cinco mayorías absolutas y el líder mejor valorado de su partido, queda fuera de las listas electorales. Parece otra melonada, ¿no?

Se excusa la ortodoxia pepera en que esa melonada se debe a su vez a la melonada del alcalde de Madrid, que, erre que erre, quería estar en las listas, lo que no está previsto en los estatutos del partido. Nadie reconoce sus melonadas. El ala derecha quiere que todo el partido sea como ella, y los que no piensan así son unos melones. El ala moderada piensa que para ganar no hay que seducir a los convencidos, sino a los dudosos que vegetan en la tibieza, y si los de la derecha pata negra no se dan cuenta de ello es que los melones son ellos. Los votantes acabamos votando o no. Si no votamos a nuestros afines porque sus gestores son melones manifiestos, somos unos melones, pues anteponemos gestores a principios. Y si  los votamos, somos más melones todavía, pues estamos favoreciendo a los supermelones del partido adverso.

La democracia es un melonar, y lo peor es que la cata de los que de verdad valen dura cuatro años. Quería hablar de esa poblemática, insisto. Pero el Duende propone y Dios dispone. En ésta que se puso a montar una lámpara de pie, una de esas minimalistas e hipertiróidicas lámparas de pie que venden ahora las grandes superficies. Y después de desembalarla sembrando su modesto palomar de plásticos, papeles de burbuja, pedazos de cinta de embalaje, cartones diversos  y copos de poliestileno expandido, después de leer cuidadosamente las extensísimas instrucciones, de iniciar su montaje y de comprobar que la lámpara de pie quedaba más jorobada que Quasimodo, y casi enroscada sobre sí misma, ha advertido que al kit le falta una pieza esencial: un tramo de acero que daría al soporte la altura necesaria para poder leer debajo de la luz sin tener que arrodillarse . Qué alegrías nos manda el Señor. Mañana a agavillar las piezas, embutirlas como se pueda en un envase de cartón que, como es lógico, ha habido que serrar y descuartizar para poder abrirlo, cargar  con una base de mármol que pesa un huevo de tiranosauro y largarse con el ticket de compras a los aledaños de la provincia de Burgos para ver que se hace con ese proyecto de lámpara de pie.

Solemos decir que no nos merecemos la clase política que tenemos, pero el Duende sostiene que son la perfecta representación matemática de lo que somos. Es verdad que ellos hacen melonadas, pero…¿qué me dicen de quien fabrica y embala una lámpara de pie incapaz de tenerse de pie?

Covarrubias, qué buen pretexto

Covarrubias

Enfilaba el sábado la carretera de Burgos y el Duende no aclaraba sus dudas. No sabía para qué podrían requerirle en el Pretexto Covarrubias, un encuentro cultural patrocinado por la Caja de Burgos que reunía en esta encantadora villa burgalesa a un panel de nombres como Mario Vargas Llosa, el profesor Blecua, Angela Vallvey, Oscar Esquivias, Enrique Iglesias, Humberto López Morales, Alberto Corazón, Antonio Giménez Rico, Miguel Angel Gozalo y a este este imprevisto invitado. Su papel no era más que una intervención en los postres de un almuerzo, pero después de haber escuchado a Vargas Llosa, tan claro en sus sólidas ideas y tan elegante en su oratoria, la verdad es que al Duende no le llegaba la camisa al cuerpo. Jesús, qué responsabilidad.

No es fácil quedar bien cuando uno viene precedido por figuras como el gran novelista peruano. El Duende gastó buena parte de su tiempo en explicar que no acababa de explicarse qué pintaba allí. De todos los oradores se podía decir qué eran exactamente. Unos escritores, otros académicos, otros cineastas, otros diseñadores, otros periodistas. ¿Se imaginan un programa que, detrás del nombre del conferenciante, ponga duende de la radio? No me atreví a decirlo, así que en el guión figuraba como escritor y periodista. Tuve que defenderlo; escribir ha escrito algo, publicar en los periódicos ha publicado -les dije. Pero no se engañen, nadie le conocerá por ello, porque, a base de haber encarnado tantas imposturas, ha acabado siendo hombre sin identidad. Así dicho no tiene ninguna gracia, pero lo cierto es que lo adornó con ejemplos de cómo se puede simular tantas personalidades sin personalidad propia, y tanto Mario como la mayoría de los asistentes lo pasaron bien. Al final de su intervención el Duende ya comprendía cuál era su rol en el Pretexto Covarrubias y en cualquier otro encuentro cultural al que sea invitado. Será como el sorbete que aligera el banquete parnasiano, o como el bombón que alegra el café final. Eso sí, mejor que no lo detallen en el programa.

Por lo demás, es un privilegio recorrer las tierras que riega el Arlanzón al despuntar el otoño. Me encanta Covarrubias, con su entrañable Colegiata y esas imponentes ruinas de San Pedro de Arlanza siete kilómetros río arriba. No hace falta desenredar esa maraña de reyes, nobles, obispos, fueros, cartas y fechas con que los guías le aturden a uno y que luego la memoria no sabe ordenar. Las piedras silenciosas, tan sugerentes aunque sólo sean ruinas, dicen mucho más con su silencio. Le llenan a uno los pulmones del alma.

El Pretexto fue pretexto, además, para visitar la Cartuja de Miraflores y la Exposición del Octavo Centenario del Cantar del Mío Cid en Burgos. La belleza del retablo de Siloé y el enterramiento de alabastro que uno vio en la Cartuja le dejaron literalmente pasmado, pero quizá no tanto como cuando, la noche anterior, en el Torreón de Fernán González se le presentó uno de los invitados al Pretexto y le dijo: mi nombre es Javier, y no sólo sigo Elduendedelaradio sino que dejo en él comentarios. Era difícil encontrarme uno cara cara, pero se dio el milagro. Y hoy firma un comentario como Pretexto Covarrubias. Que cunda el ejemplo. Comenten, por favor, comenten mucho y así hallaré otro pretexto. Esta vez, para hablar de lo buena gente que son mis lectores.


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