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No te mueras nunca, Audrey

Cada vez que queremos huir de la nostalgia, regresa Audrey Hepburn y vuelve a atraparnos...

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La nostalgia será un error, cierto. Y sólo mirar adelante tiene sentido. Pero el caso es que despierta uno este domingo dispuesto a la catarsis necesaria y  lo primero que escucha es la voz de Audrey Hepburn recién salida de la ducha cantando Moon River.

 Ya lo ha señalado este bloguero en otras ocasiones, es una de las escenas de más ternura que recuerda en la otra vida que era el celuloide. Ella allí, en albornoz, sentada en la escalerilla de incendios de un bloque de Manhattan, abrazada a una guitarra mentras encandilaba al universo con su cara de ángel, si es que los ángeles tuvieran sexo. Ella allí y el Duende joven aquí, tan lejos de cualquier paraíso, en el insignificante Madrid de la época, casi imberbe, estudiando ese coñazo inmisericorde que se llamaba Derecho Procesal mientras perseguía la sombra huidiza de las muchachas en flor. Qué injusticia. Para qué carajo quería uno el derecho procesal cuando lo que necesitaba era salir con ella.

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La inmortal Audrey anunciaba que EL PAÍS regalará durante los domingos que haga falta las mejores películas de nuestra época, las indispensables, las que, entre otras cosas, nos hacen pensar en los momentos de debilidad que no todo cualquier tiempo pasado fue peor. Hepburn, Peppard, Blake Edwards, Henry Mancini, Desayuno con diamantes. El desayuno del bloguero no llega a tanto. Un café, unas tostadas y unas cuantas ilusiones.

Entre ellas, la de desembarazarse definitivamente de cualquier compromiso sentimental con el pasado. Tirar por la borda todo lo que ya no puede ser. Pero va la SER y para arreglarlo lanza a Plácido Domingo cantando Maitechu mía, una de las grabaciones contenidas en el doble CD de melodías eternas que no debemos dejar de comprar.

Joder con la modernidad. No las tiene todas consigo, y al cabo casi recela tanto como este bloguero de lo que está por llegar. Tanta apología del futuro para acabar sujetándonos con los lazos de siempre. ¿No será otra milonga?…

Por si acaso, please, Audrey, no te mueras nunca.

El día de los laicos inocentes

La matanza de los Santos Inocentes según Daniele da Volterra

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28 de diciembre. Elvirita, que era una chica soñadora, se preguntaba si quedan inocentes.

Mientras aún de mañana oscura se desayunaba con un café, repasaba  la prensa digital. Y leía en EL MUNDO una noticia tragicómica que podría llevar la firma de Berlanga o a de Almodóvar: el rey Melchor de la Cabalgata de Reyes de Sevilla dimite por la denuncia de abusos sexuales que interpone su propia hija

Y Elvirita confirma que  España no necesita ya de las inocentadas. El esperpento, grotesco o siniestro según se mire, se ha adueñado ya de su realidad diaria.

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En la casa de Elvirita las inocentadas eran de lo más inocentes. Tal día como hoy llegaba el ABC y titulaba, por ejemplo, que el Real Madrid iba a construir su nuevo estadio en el Parque del Retiro, mientras que una emisora de radio aseguraba que la Rioja cambiaría sus bodegas por plantas para embotellar Coca-Cola. Así, como si tal cosa. Y la víctima de la inocentada, después de sorprenderse, se caía del guindo y sonreía.

Como sonreía su padre, hombre poco dado a bromas, cuando, al regreso de la oficina, se encontraba con un voluminoso regalo envuelto en papel periódico. Ceremoniosamente, se sentaba a desatar el paquete para seguir el paripé. Debajo de una primera hoja encontraba otra, y luego otra, y luego otra, y otra encerrando una última pelota de papel impreso. Y al final, ¡oh sorpresa!, nada.

Momento en que la chiquillada que veía el tinglado de la doméstica farsa por la puerta entreabierta, irrumpía en el salón y coreaba la cantinela del día.

-¡Inocente!, ¡inocente!…

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A Elvirita el episodio de la matanza de los Santos Inocentes le sobrecogió cuando se lo contaron. La monja desplegaba uno de aquellos lienzos de hule estampados con la Historia Sagrada en viñetas y señalaba con su puntero de goma las fechorías del rey celoso. Jolines, qué malo era Herodes, qué crueles aquellos soldados que degollaban a las criaturitas y qué sufrimiento el de aquellas madres que se arrastraban a los pies de los malvados solicitando clemencia. Ni siquiera se explica ahora Elvirita cómo al odioso infanticida aún se le ponen castillos en los nacimientos.

Tampoco sabe cómo aquella tragedia derivó en la tonta comedia de las bromas. La tradición de los belenes navideños vino de Nápoles con Carlos III, la de los regalos en la fiesta de Reyes data del siglo XIX –y la de las uvas de la suerte, de una cosecha excedentaria en la segunda década del pasado. Pero nadie sabe cómo se inventó la broma a costa de los Santos Inocentes, y además Elvirita piensa que  hoy ésta ha degenerado en  gamberreada. Cacas de cartón piedra, matasuegras, máscaras de monstruos, pica pica-pica y otras chorradas  que venden en los tenderetes de la Plaza Mayor. El engaño ingenioso, la burla inteligente y divertida ha caído en desuso.

-España ya no está para inocentadas –se dice mientras llega a la cola de la oficina del INEM.

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Sin embargo Elvirita se pregunta cómo es posible que los políticos profesionales vayan de inocentes. El lunes 27 escucha en la SER una voz vieja y cavernosa que le resulta familiar. Es la de Santiago Carrillo, que critica a Zapatero por haber ganado las elecciones prometiendo una política de izquierdas para acabar  poniendo una práctica unas reformas de derechas. Elvirita se lo comenta a su madre

-Sorprendente, ¿no?… Los viejos rockeros de la izquierda se resisten a aceptar que el mundo avanza sobre las ruedas del capitalismo. Qué ingenuidad… Que lo creyera Zapatero, que no sabía de la misa la media cuando llegó a presidente, lo podría entender, pero que Carrillo aún siga creyendo en la utopía socialista…

-Yo también creía, no vayas a pensar-dice la madre-Pero ahora que gobierna la utopía y ya ti también te toca el paro, tú verás.

-Ya ves madre –sonríe Elvirita para desdramatizar-  Son los nuevos Santos Inocentes.

-De santos, nada –corta la anciana- Querrás decir laicos inocentes, que es lo que se lleva.

Silencio.

-Aunque quizás la inocencia- matiza a continuación- no sea lo que más le cuadre al personaje, qué quieres que te diga…

En el nombre de Matilde

Ha llegado la niña y no se ha quejado nada de que el día anterior bromease con su nombre

No se sabe cuándo y por qué los nombres se posan en el cerebro del escritor.

Llegan de improviso, a veces asoman en una conversación, otras los escucha uno por la calle. Algunos nombres son los de un personaje o personajillo que en un plisplás se ha hecho popular por la tele,  otros corresponden al agente del último call center que se atrevió a quebrar nuestra siesta, especialmente el viernes por la tarde, a primera hora. Maldición, quién habrá decidido que hay que llamar a los consumidores sobre todo el viernes por la tarde. ¿No tienen nada mejor que hacer? Pobres: luego coge el bloguero el teléfono, escucha la abnegada voz anónima y la despide con cajas destempladas. Seguramente estas voces serán inocentes, como casi todo el mundo, porque el culpable de todo es el sistema. Pues eso, maldigamos al sistema que permite a los call center ser tan coñazos vendiendo telefonía, suministros de gas y energía, seguros y televisiones de pago. De vez en cuando, por aquello de despistar, deberían llamar preguntando al consumidor por su salud.

-¿Está usted bien?- podrían decir para que les cogiéramos cariño- Pues nada, Iberdrola sólo llamaba para interesarse por salud.

Pero nada, no llaman así, y así no hay manera de quererles.

El caso es que, de una forma u otra, los nombres aparecen, penetran en nuestro cerebro, buscan un rincón y luego quizá se echan a dormir. Y un día, no se sabe cómo. despiertan y toman presencia en la vida del inventor de cuentos.  Construye uno sus pequeños mundos en forma de historias, casi siempre protagonizadas por gentes. Y hay que darles un nombre.

Pero lo que es  la casualidad, la última fabulilla de este blog era una variación sobre el actualísimo tema de Pepito, el concavenator de Cuenca. Tocaba en el fondo el asunto de los parecidos entre las personas y otras criaturas vivas, y de cómo una persona atractiva puede recordar lejanamente a un monstruo y ser, sin embargo, una criatura adorable. Así que saltó el nombre de Matilde, sin más antecedentes que una amiga de la madre del Duende que se llamaba Matilde Benlliure, sobrina del escultor Mariano Benlliure, gran mujer y persona admirable, esposa que fue del gran arquitecto Luis Feduchi. También tiene el Duende una sobrina de bellísimos ojos que fue la pequeña de su casa y aún es conocida como la pobre Matildita, aunque ahora es una feliz madre de tres hijos y nada pobre, por cierto. Hay otras matildes en la gran historia –la emperatriz Matilde- o en la historia costumbrista de la radio, como Matilde Conesa, Matilde Vilariño y aquel entrañable producto de ambas que fue el serial Matilde, Perico y Periquín (Cadena SER, década de los cincuenta del pasado siglo) de la televisión y de la publicidad (las matildes de Telefónica que popularizó José Luis López Vázquez).

No había, se insiste, más matildes para el abajo firmante. Primero nació la de mentira, la mujer del paleontólogo, y apenas unas horas después Matilde Figuerola-Ferretti y Freyre, un bebé redondito, (quizás una bebá para la ministra Aído), una niña sana que mama y duerme como los ángeles, que llora como un rebuznito lejano de  Platero y que dormida en su cuna es la imagen de la paz perfecta. Caprichosa coincidencia. El refranero dice que no hay quinto malo. La recién nacida es la quinta nieta de este bloguero, por lo que vale complacer a la ministra mentada y decir que tampoco hay quinta mala. Que Dios la guarde. A la niña y, ya que estamos tan sensibles, también a la ministra.

Talese, José Luis Sampedro y las memorias de un vago

Siempre acaba encontrando uno un maestro que le enseña el camino. Aunque sea faltando...

Los blogueros son demasiado vagos, pero siempre hará falta un buen periodista que salga a la calle a escuchar a la gente.

No lo dice este Duende, lo dice uno que, según cuenta el suplemento cultural de EL PAÍS, es el padre del nuevo periodismo junto a Tom Wolfe. Se llama Gay Talese, ni puñetera idea de quién era. Aparece en las fotos del reportaje tan dandy retro como el propio autor de La hoguera de las vanidades, aunque menos refinado que éste, que siempre luce en las fotos vestido como si fuera un hermano del gran Gatsby. Del tal Talese, repite humildemente este vago, ni noticia hasta el domingo pasado. Un dato más de su incultura enciclopédica, y de ese prurito de los suplementos culturales en hacer monumentos a héroes desconocidos por la mayoría. Si escribieran de lo que le es familiar al resto de los mortales, perderían el discreto encanto de la progresía. Todos estos suplementos, como sus propios periódicos, cojean de algún pie. Y éste no es menos sesgado que otros. Pero uno cree haberle tomado la medida, y lo utiliza como referencia para triangular en el mapa ideológico y cartografiar la realidad. Más o menos.

Sin embargo, qué diablos, le ha molestado al Duende que un dandy con sombrero y traje de chaleco, chaleco de solapas, le llame vago. Vago y ciego, y sordo. Según él los periodistas investigan y curiosean, mientras que los blogueros vienen a ser algo así como periodistas de salón, sirenas varadas, jinetes estáticos, centinelas de nada. La verdad está en la calle, pero sólo para que tipos tan listos como Talese la observen, la atrapen con su fino instinto y nos la cuenten.

Ya lo sospechaba el Duende. Vaguea, eso es evidente. En el medio del camino de nuestra vida, que decía Dante, uno cree que ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Vamos a suponer que estamos en esa mitad de la vida de escritor de pildoritas, que esto será una moda que pase, que uno se fatigará y un día imprimirá todos los posts sólo para consolarse pensando que ha escrito tanto como un escritor.

-Hasta aquí –le dijo un día José Luis Sampedro abriendo la palma de su mano a la altura de su cadera- me llegaban los folios de Octubre, octubre cuando los puse en el suelo uno encima de otro.

El Duende le miraba asombrado. Coincidía con él en la SER, donde no callaba sus discrepancias con el sistema, y donde amistaba con las denuncias de espaldas al pueblo que hacía doña María.  Aquel hombre vitalista, rebelde y simpatiquísimo, entonces herido por la muerte reciente de su primera mujer, vivía solo, en un piso alto de la calle Andrés Mellado esquina a Cea Bermúdez, y escribía a mano. Desde su ventana se veían las cumbres nevadas de Guadarrama. Una o dos veces por semana tomaba un Llorente para ir a comer con su hija, que vivía en Pozuelo. Era la vida de un escritor que amaba su segundo oficio más que la economía, de la que tanto sabe y a la que nunca se cansó de lanzar reproches. Sanpedro, qué gran tipo. A él nunca le podrán llamar vago, como le llaman ahora al que entonces le visitaba con indisimulada admiración.

Más ironía, le acusan el mismo día que sube andando a la Bola del Mundo, una de las cimas de aquella sierra que el viejo maestro aún verá desde su casa. Camino de la Barranca, camino Ortiz, Camino de la Tubería…Le acompañan Belén Agosti y Begoña Ortúzar dos aguerridas mujeres que ni resoplan cuando los senderistas pierden el camino y coronan cumbre pisando piornos y manchones de nieve. Espléndido día, grandiosas vistas, preciosa marcha.  Es la ruta completa que, dos años atrás, tantearon bajo una lluvia implacable los lectores convocados por el Duende para conocerse y, tal vez, destruir el tinglado de su farsa. A todos se les recuerda en el camino: a Adela, Bob de Ca´s Barber, Wallace, Angelus Pompaelonensis, el Candil de la Sierra, Camiseta, Julián 29, Palinuro y señora…Todos caminaron también por este blog hasta que se dieron cuenta de que el abajo firmante es un vago. Y de que, a pesar de lo apasionante de la actualidad y de la vida misma, no sabe casi nunca de qué escribir.

Elena Salgado y el determinismo

Determinismo o no, fue estar hablando de ella y a continuación encontrársela paseando por el Retiro como cualquier ciudadana...

Determinismo o no, fue estar hablando de ella y a continuación encontrársela paseando por el Retiro como cualquier ciudadana...

Una de las primeras travesuras del Duende adolescente era rebautizar a la gente con el nombre que, según él, pedía su cara. A algunas cosas y personas les cuadra más una palabra o un nombre que otro, e incluso que el que les impusieron. El acomodador del cine Colón tenía cara de llamarse Trifón, la pipera del Teatro Beatriz, Alfonsa, y un portero de balonmano de su cole –bastante mayor que él, por cierto- pedía el nombre de Arrosio. Y con Arrosio quedó en su registro particular aunque luego se apellidase Seseña.

El colegio quedaba ya muy atrás, y nunca más supo el Duende de este último hasta que un día de 1973 se metió en el cine y vio un entretenido thriller de Darío Argento titulado Cuatro moscas sobre un terciopelo gris. En esta película italiana aparecía un detective llamado precisamente Arrosio. En la misma butaca del cine, y antes de que, desgraciadamente, lo liquidara el asesino, el Duende se preguntaba: ¿y qué habrá sido de mi Arrosio del cole que nunca más he vuelto a ver? De momento, estaba vivo. Y nada más salir del cine, confundido entre el gentío de la calle Fuencarral, el Duende lo vio paseando tan campante. Allí acudía a su cita con el destino o con la casualidad el amigo Seseña, alias Arrosio. No sabe el Duende cómo le llamarían a este fenómeno los parapsicólogos. Premonición, determinismo, vaya usted a saber. Pero el fenómeno existe, vaya si existe.

El viernes en la COPE, Curro Meloso recitaba una Oda en defensa de Elena Salgado. Curro Meloso, como casi todas las caricaturas duenderas, es un poeta fracasado, Cordobés antiguo de traje negro a rayas, sombrero y patillones, quiso escribir el Romancero Gitano y el Poema del Cante Jondo antes de descubrir que, para su desgracia, se le había adelantado Federico García Lorca. A partir de entonces probó toda suerte de musas,  y concurrió de su mano a numerosos concursos, certámenes de poesía y juegos florales sin que una sola flor o un miserable accesit reconociera sus méritos. Harto ya de ninguneos, y consciente de que todos los poemas que había deseado escribir estaban mejor escritos por otros, se inspiró en lo único que podía ser original: la defensa de los políticos. Así es como cada viernes Curro Meloso elige un político en la picota y le dedica una oda, y así fue cómo la semana de pasión de la Vicepresidenta Económica se alivió con la oda que le dedicó Meloso.

El mismo viernes volvió a salir el nombre de la Vicepresidenta en un almuerzo entre amigos, algunos de los cuales la conocían. Se habló de su papelón, de su competencia/incompetencia, de la imagen que proyecta y de su carácter. Casi todos los comensales coincidían en que es de ese tipo de personas valiosas que, quizás por su timidez,  confunden simpatía con vulgaridad. El propio Duende aportó sus impresiones, que venían de sus tiempos en la cadena SER. Allí aparecía cualquier alto cargo del gobierno del PSOE para ser entrevistado, y  al verte sentado en la misma mesa que Iñaki Gabilondo te imaginaba de los suyos. La hoy Vicepresidenta fue sin embargo siempre comedida en su cordialidad. Correcta, pero fría y distante, como si su imagen de ejecutiva solvente le impidiera sonreir y demostrar su sentido del humor. Elena Salgado, tan lejos en el album de sus recuerdos, y tan presente estos días en la vida de todos los españoles.

Los caprichos del destino. Al día siguiente, sábado luminoso, el Duende se dio de bruces con ella mientras corría por el Retiro.  Ya es difícil para cualquiera identificar a los conocidos muy superficialmente cuando te los encuentras fuera del lugar donde los has visto siempre. No digamos nada si se trata de una personalidad pública que los cuenta por millares y que no se caracteriza precisamente por su efusividad. Sin embargo, en honor a la verdad, el Duende debe confesar que Elena Salgado en atuendo deportivo se acercó a él, se detuvo, le plantó dos besos y le preguntó qué tal estaba antes de continuar su saludable paseo por el precioso parque madrileño.

Al Duende, naturalmente, le temblaban las piernas. No es que la rubia le impresionara tanto como su admirada Naomi Watts, ni que temiera que la Vicepresidenta hubiera escuchado en la radio la sospechosa oda que le tributó Curro Meloso. Es que simplemente constataba que hay que tener ojo con las premoniciones, porque a veces las carga el diablo.

Otros gordos de Navidad

Hay otros gordos que, felizmente, tocan...

Hay otros gordos que, felizmente, tocan...

Fue un día de la Lotería de Navidad, o sea un día espléndido de hace no menos de veinte años. El brandy de tal nombre patrocinaba el sorteo en la SER, que, como todas las emisoras, considera que la cantinela de los Niños de san Ildefonso es esencial. Todas las radios cultivan esta costumbre, que en la opinión del que suscribe, completa las tres horas más aburridas del año. Sólo hay otro momento más absurdo, igualmente retransmitido por todas las emisoras, que es la retransmisión de los encierros de San Fermín. Pero las audiencias mandan.

Alguien de la agencia de publicidad de Espléndido conocía al Duende, que entonces no era ni duende ni ná de ná. Le sentaron al lado de Iñaki Gabilondo para que, entre tabla y tabla, y en los contados minutos en los que el presentador calla, dejara caer sus comentarios. Pellizcos, bocadillos, chascarrillos, chorradicas. Tópico tras tópico. A pesar de todo, al ya famoso presentador le debieron de convencer, porque luego le ofreció al Duende su primer contrato radiofónico. Al final de la jornada todos decíamos lo de siempre: la mejor lotería es el trabajo. Quién nos iba a decir que en 2008 eso está más cerca de la verdad que de la frase hecha.

Como es sabido el Duende tiene una prima lotera, a la que desea que reparta el Gordo. Y, aunque jamás cató uno, comprende y justifica la alegría de los premios. Pero no puede resistir lo que los medios de información han hecho de este día. Año tras año los mismos lugares comunes. La administración que lo repartió, la peña que lo compró, el inevitable bar donde corren ríos de cava, la señora que ayudará a sus hijos, la pareja que pagará su hipoteca, los novios que se casarán a lo grande. Y la cantinela de los Niños de San Ildefonso al fondo. Casi prefiere aguantar al completo una ronda de la tuna.

Es probable que no le toque el Gordo. Y lógico: si nunca le cayó una desgracia…¿por qué iba esperar tanta gracia? Aparte de que el premio ya le fue comunicado dos días antes. Su amigo, el gran Félix, pasará las vacaciones en los Pirineos con su mujer, sus hijos y el nieto incluído. Y hasta se pondrá los eskíes. Los médicos le han dicho que ha vencido a la enfermedad. Velay por qué tiene tan poca importancia que el Gordo se olvide de uno.

Sin Calvo-Sotelo, menos Duende

Todos los que han seguido al Duende desde su paso por la SER saben los motivos por los que le debía estar tan agradecido a Leopoldo Calvo-Sotelo (así, con guión, que no se sabe por qué se tiende a suprimir ahora en los apellidos compuestos). El caso es que aquel presidente de gobierno que después de la labia de Felipe González y el gracejo malvado de Alfonso Guerra, tan fácilmente imitables, aparecía como la dignidad marmórea inasequible a la caricatura, propició algunos de los chispazos más hilarantes de la larga colaboración entre Javier Capitán y el Duende. Primero haciendo un dúo de expresidentes con Adolfo Suárez, luego con un pintoresco representante que promocionaba al aparentemente severo Calvo-Sotelo como humorista. Qué buenos ratos pasamos con el Poldo Mix.

Está muy feo echarle de menos sólo por la punta que le sacamos en la radio. Sin embargo lo bueno de la caricatura es que te obliga a fijarte en el personaje y garrarte a sus flecos amables. Dejando a un lado sus rasgos más fácilmente parodiables, uno estudia su biografía y los breves contactos que tuvo con él no puede evitar el respeto y hasta el afecto. El Duende le escribió dos o tres ocasiones. Siempre respondía con un tarjetón escrito a mano, y con detalles que individualizaban el mensaje. Es decir, que se tomaba la molestia de recordar a quién se estaba dirigiendo para no hablar con simple cortesía formularia.

En una de mis misivas le pedía disculpas por un exceso que no se si fue de los imitadores o de Julio César Iglesias, tan amigo de poner en riesgo el temple de su entrevistado con una humorada no siempre oportuna. Acababa de salir Leopoldo bis en una de las viñetas matinales que hacíamos hace unos años. Y a continuación había preparada una entrevista con Calvo-Sotelo, el de verdad. Evidentemente, éste había escuchado la parodia y, ni corto ni perezoso, Julio, para abrir boca, le preguntó qué le parecía. Como toda caricatura -contestó el ex presidente con su sorna habitual- evidentemente exageradaPero si tiene usted tan buena imitación, no se para qué quiere el original. No fue nuestro mejor día en la radio. Pese a la buena educación y a la tolerancia para la ironía de don Leopoldo, el hielo se cortaba. Julio, como su tocayo Aparicio, tuvo que hacer faena de aliño.

Pero el almario del Duende es a veces muy escrupuloso. Y, no pudiendo acallar su mala conciencia le escribió disculpándose por el rato incómodo que le habían hecho pasar. Utilizó para ello una frase un poco afectada, algo así como me encocora que a usted le pueda haber sentado mal la imitación. A lo que él contestó: me encocora que te encocore, y que no encocore a quien debería encocorar.

Hoy el Duende siente muy suyas las famosas palabras de John Donne: nadie es una isla, lo que le pasa a otro también te afecta a ti, la muerte de todo hombre te disminuye. Don Leopoldo, tan maltratado en su día por la suerte política y por un pueblo que no repara en los matices, se va quizás sin el afecto que España le debía. Y se lleva una de las cuerdas del violín que más le gustaba tocar a uno. Lo que decía el poeta, que al final las campanas acaban doblando por todos, y que al mosaico de las ilusiones radiofónicas del Duende se le van cayendo teselas irreemplazables.

Nuestra adorable Jocelyn

Entre los recientes comentaristas del blog ha descubierto el Duende a Joce. Joce  es el apócope de Jocelyn, la íntima amiga de doña María, cuya novelesca historia es todo un ejemplo de superación. Los curiosos podrán conocer sus peripecias -no siempre ejemplares- en el capítulo 8 de Las poblemáticas de doña María, pero quizás aún haya quien la recuerde de sus intervenciones en Hoy por hoy. Jocelyn entraba de cuando en cuando por teléfono,  y era el pasmo de Iñaki Gabilondo. ¿Quién es? -le preguntaba al Duende- ¿De dónde has sacado a esta chica tan graciosa?. Por cierto, viéndole ahora como severo observador de la realidad en la 4, nadie diría que este hombre  se reía a mandíbula batiente escuchando a las dos vecindonas de Los Arándanos. Qué pena que Aznar le cambiara el metabolismo.

 Jocelyn era un ejemplo puro de radio  natural, tan fresca y espontánea como la persona que le daba vida. No se trataba de una actriz ni de una periodista, sino de una pipiola recién graduada en Ciencias de la Información  que buscaba trabajo como creativa en la agencia del Duende, donde pronto se integró y se entendió  las mil maravillas con todos. El guión era tan  sencillo como llegar a la oficina a las nueve, echar un vistazo a los periódicos, y decirle a Joce: doña María cuenta contigo para hablar de la poblemática  de las carreras de las medias. No hacía falta más, porque a la chica le sobraba desparpajo. El Duende se subía a la Vespa y diez minutos después estaba en la SER tan pancho. Ya le sacarían las castañas del fuego María y la simpar Jocelyn

 La verdadera identidad de las voces de la radio es siempre un reto para el oyente. Nadie escuchando a aquella criatura tan simpática y divertida podría imaginar el drama que había vivido de niña. Inés -que así se llamaba en realidad- era la hija del comandante Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980. También lo es de Ana Vidal-Abarca, una auténtica heroína civil que, al menos para el Duende, está en el apartado de mujeres admirables sólo un poco por detrás de Santa Teresa, Agustina de Aragón o Manuela Malasaña. Y aún no sabe uno si es peor haber luchado contra el miedo y la insensibilidad que provocaba el terrorismo entonces que contra el gabacho invasor. Porque en 1808 se levantó el pueblo en armas, pero cuando esos canallas que algunos llaman gudaris mataron al padre de Inés, había que contemporizar. Han tenido que pasar veintiocho años para que un tribunal prohíba que un parque infantil lleve el nombre del asesino. Hay que ser  santo para resistir con dignidad tanto dolor e incomprensión.

 Fuera la mano de esa madre estupenda, o de ese Dios que dicen que tuerce los renglones para escribir recto, el caso es que Inés ha resultado ser una de las mujeres más alegres y felices que uno conoce. Aún en la agencia, ocultaba discretamente su llanto cada vez que la ETA reabría su herida infantil con un nuevo atentado. Pero su carácter -de casta le viene al galgo- podía con todo. Después de haberse casado con un tipo cabal y de haber criado tres recentales que parecen la defensa del Alavés, hoy es creativa free lance a tiempo parcial, y amiga generosa y entusiasta  mañana, tarde y noche. Su alegría y su contagioso deseo de disfrutar la vida son un bálsamo para los pusilánimes, y un fracaso para los terroristas que mataron a Chus Velasco.

 Muerte, ¿dónde está tu aguijón?…Infierno…¿dónde tu victoria?  Esta cita   de Corintios  se incluye en el Réquiem Alemán de Brahms  que el Duende canta este fin de semana. Y al ensayarlo con sus compañeros de coro, se acordaba de  la invencible sonrisa de Inés. Ese sol de  chiquilla que para doña María, más de Manolo Escobar que de  Brahms, siempre será la adorable Jocelyn.      

Caradura lex, sed lex

Los AlbertosCree recordar el Duende que fue otro veintitrés de febrero, fecha que ha dado mucho juego en la última historia de nuestra querida España. El gobierno de Felipe González anunció entonces que expropiaba Rumasa. En la lucha entre el huevo o el fuero, ganó el deseo de quedarse con aquél, aún a costa de burlar a éste. Parece que había razones económicas y sociales suficientes, pues el señor Ruiz Mateos no era un escrupuloso cumplidor de sus deberes, pero el método fue, según cualquier jurista, una chapuza que denigraba al derecho. De hecho, la expropiación se impuso por el voto de calidad del entonces presidente del Tribunal Constitucional, Manuel García Pelayo, un catedrático de enorme prestigio que cedió a la presión agobiante del ejecutivo para decantar la decisión del lado que, digámoslo así, convenía a los intereses generales. El buen hombre lo pagó con creces. Consciente de haber sido la pieza clave de una de esas frecuentes pedorretas que la política hace al derecho, dicen que vivió el resto de sus días en Venezuela amargado por el recuerdo de aquel veintitrés de febrero.

De entonces a esta parte, son frecuentes las collejas que la razón práctica asesta a la ley. Una de las pocas cosas que aprendió el Duende en su paso por la Facultad de Derecho es que éste se asienta en el principio de separación de poderes que enunció Montesquieu. Por una parte el legislativo, por otra el ejecutivo. Y a distancia de ambos, el judicial. Mientras no se pase, claro. Pas se la toucher avec papier de fumer, debería haber sido el complemento reglamentario para los jueces. O, dicho de otra forma, independientes sí, pero sin pasarse.

Porque de la misma manera que el ejecutivo se hace el don Tancredo cuando hay que ejecutar una sentencia incómoda -recordemos cómo silbó Aznar cuando el Tribunal Constitucional ordenó ejecutar la sentencia que declaraba ilegal el cierre por la cadena SER de once emisoras de Antena 3- el poder judicial a veces interpreta la letra o el espíritu de la ley según le peta.

Todo el mundo sabía lo que tapaba ANV, pero antes no había pruebas, y ahora curiosamente las hay. Y fue flagrante el delito de estafa que cometieron los dos Albertos de la gabardina blanca en el llamado caso Urbanor. Pero como son quienes son, aún ha sido posible encontrar un hueco en la interpretación de cuándo empieza y concluye el plazo de prescripción de su granujería para echarles una mano y librarles de la cárcel. Gran día ayer para esta pareja de ilustres empresarios. Menos bueno para el resto de los justiciables. El editorial del periódico EL MUNDO de hoy lo destaca con sarcasmo retorciendo un viejo principio del derecho romano: In dubio, pro rico, dice parafraseando aquella máxima que recomienda sentenciar a favor del reo cuando no está clara la prueba.

Y es que la justicia, como diría una vez más mi amiga doña María, también es mu correlativa. Temblaba el Duende cuando, tiernecito aprendiz de picapleitos, oía de sus maestros otra máxima de Justiniano que consagraba el riguroso, pero inexorable peso de la ley. Dura lex, sed lex, proclamaba solemne su profesor de Derecho Romano. Debió de escuchar mal. Perdida la edad de la inocencia, ahora está convencido de que lo que en realidad le querían decir es caradura lex, sed lex.


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