
Miradores en los tejados de las viejas casas de Cádiz, donde se asomaban para ver regresar los barcos...
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Conoció Cádiz este bloguero de la mano de su amigo Félix, que le enseñó orgulloso los territorios felices de su niñez. Y él le explicó una de las peculiaridades arquitectónicas de las antiguas casas de la Tacita de Plata.
-Mira-le dijo señalando una especie de garita circular que corona los tejados más vetustos de la ciudad- Ahí se asomaban los gaditanos de antaño para otear el horizonte y ver si llegaban los barcos que esperaban.
Ha esperado el Duende meses para escribir estas líneas. Y en ese tiempo, en el duermevela que precede al sueño y donde uno se balancea entre la realidad y la ficción, se ha visto varias veces subiendo de dos en dos los escalones que conducían a uno de esos miradores gaditanos para escudriñar el mar.
Normalmente el horizonte está nebuloso, ocultando entre sus brumas sueños y esperanzas. Pero no lo puede evitar, siempre espera que cuando despeje la niebla aparezca en lontananza una figura que le devuelva la alegría. De pronto se dibuja en la grisura la silueta de un barco. Y poco a poco se puede distinguir una figura menuda que saluda desde el castillo de proa y sonríe. Ha valido la pena. Es Félix, vestido como esos marineritos que cantaba Alberti en sus poemas de juventud. Es el amigo, que regresa al puerto que le vio nacer.
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Marinerito. Félix fue siempre un hombre pequeño y enjuto que añoraba discretamente la claridad salada de su infancia gaditana. Andaluz intermitente, según le llevaba el destino del norte al sur, genio risueño y zumbón, gran corazón constante en el tic-tac de vivir y, sobre todo, dejar vivir.
Tranquilo, pausado, viendo pasar el tiempo antes que anticipándose a él.
-La prisa no va con el señorío-pensaba.- Y el señorío no va con la prisa.
Debió de escuchar aquello de que la vida es un valle de lágrimas que nos contaban en el colegio como quien oye llover. Porque la alegría y la bonhomie le llenaban el alma.
-La guasa que tiene el niño- le jaleaban en Cádiz.
Todo tranquilo, con elegancia natural, sin descomponer la figura. La placidez le llenaba el alma. Quizás pensaba que no vale la pena vivir si la ansiedad te destempla y arruga tu dignidad.
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Legendaria, para los que le conocimos, era esa anécdota que de él se contó tantas veces. Si non é vera, é ben trovata.
Tenía Félix mucho apego a las sábanas. O no desmesurado amor al esfuerzo, por decirlo de otra manera. También tenía la suerte de haber nacido en una familia de posibles y, sobre todo, aficionada al buen vivir. Para eso disponían en casa de una servidumbre fiel y abnegada que tenía como principal obsesión la felicidad de los niños de la casa. Y el príncipe heredero de ese amor doméstico era Félix, Felisín para algunos, el señorito Félix en boca de la Tata y Pepa.
Pepa, una guapa moza antaño, era el ama de los fogones y el hada de la sartén. Y la Tata, que era bajita gorda y feúca como una cría de rinoceronte, pero entrañable, se cuidaba del niño tal que si en ello le fuera la vida. Al niño le había salido ya bigote cuando, por aquello del horario de las clases en la universidad, tocaba despertarle en horas para él inusualmente tempranas.
-Señorito, que son las ocho –le anunciaba la doncella, cumplidora.
Se cuenta que el hombre abría un ojillo, se estiraba perezosamente y después sacaba a pasear un pie para que la Tata, diligentemente preparada al efecto, le enfundara un calcetín. No permitiera Dios que el niño se llevara el sobresalto de tocar con un solo dedo el frío suelo.
-Tata –fue la respuesta de nuestro amigo- Si me llamas a las ocho, no me digas señorito. Y si me dices señorito, no me llames a las ocho.
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No menos fama tenía la generosidad de la familia, que a medida que crecía Félix iba acogiendo en su casa amigos. Este bloguero fue uno de ellos. Se conocieron en la Facultad de Derecho. Ambos admiraban más a Gila que a Justiniano. Y los dos pasaron en aquellas aulas más tiempo riendo chistes y parodiando catedráticos que tomando apuntes.
Así se forjó la amistad más confortable y grata que el Duende ha hecho a lo largo de su vida. Un día el Duende entró en la casa de Félix, donde a partir de entonces siempre hubo un plato y una cama para él. No había otro lugar mejor para dejarse caer sin tener que dar más explicaciones.
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La mar es muy grande, y no pide permiso para rebasar fronteras. El mar de Cádiz se desparrama. Inopinadamente, sin darse cuenta, se convierte en el Cantábrico sin dejar de ser el mismo. Eran los dos amigos ya padres cuando el Duende tentó a Félix para que pasara el verano a su lado. En una casina del monte, cerca de una playa asturiana.
Te fuiste, marinerito/ en una noche lunada/. Tan alegre, tan bonito/ cantando a la mar salada- deecía Rafael Alberti en su Elegía del niño marinero.
La mar de Cádiz es la mar de Asturias. Mientras los hijos de los viejos amigos jugaban juntos con la pala y el cubo y hacían castillos de arena, la playa de San Pedro de Ribera se llenaba de la sal de Félix. Su desparpajo y su donaire peinaba las olas del bravo mar, que parecían romper más contentas. La mar de Asturias, que era la mar de Cádiz, se devanó aquellos años en las mareas más felices que recuerdan los veraneantes del lugar.
Y un poco más arriba, en el monte, Félix y Begoña se hicieron una casa para ellos, para sus hijos y para sus nietos. Y naturalmente, también para sus amigos.
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En esa casa cerca del mar pasó el Duende los últimos días del último verano de Félix, que aunque ya estaba herido de muerte trataba de mantener la guasa y el señorío. Y a esa playa ha regresado este verano. Se escuchaba allí el fragor de las olas. Pero por encima de ellas resonaba en el recuerdo la voz del marinerito de Cádiz.
-¡Quillo, qué gracia tiene el jodío!- le coreaba la brisa.
Como la mar de Cádiz es la de Asturias, el Duende intentó repetir lo del duermevela: escudriñar el horizonte y ver dibujarse sobre las brumas la silueta del amigo que regresa. Hoy hace justo un año que Félix murió. No es fácil que se embarque de vuelta hoy mismo, pues da la casualidad de que es martes y 13, y Félix, como buen andaluz, hacía de la superstición una religión.
Y sin embargo el Duende tiene la percepción de que Félix no sólo ha regresado, sino que en realidad no se fue nunca. No lo podía asegurar hasta ahora, porque en las casas de aquí no hay miradores como los de las casas de Cádiz y no le fue posible otear el horizonte. Pero se ha mirado en propia bodega del alma y ha constatado que su aliento navega con él.
Querido marinerito de Cádiz, amigo inolvidable, viento de vida y de alegría que alimenta nuestras velas. Sigue navegando tranquilo con los tuyos. Que a la Parca le haremos la pedorreta que recomienda Corintios: plantarse en jarras ante ella y decirle en tono chulesco. Oye, Muerte, ¿dónde está tu victoria?



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