Publicaciones Etiquetadas 'Candeleda'

Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

1

Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

2

Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

3

Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

4

No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

De perros, roedores y cambio climático

Entre la película de Polanski y la muerte de un perro llamado Bob, al Duende le dio un ataque de ternura con los animales...

1

No son demasiado severas estas últimas noches de noviembre. Más se llama así porque sólo es medio mastina, y siempre duerme al aire libre, pero a estas alturas del otoño solía arregostarse bajo el tejadillo de la entrada de la casa. Esta noche pasada, no. El termómetro marcaba a las ocho de la mañana siete grados, poco frío como para no aguantarlo al raso sobre la hierba.

-Buenos días, Más – la saludó el bloguero mientras le ofrecía dos galletas rancias.

La perra, bien educada, le devolvió la cortesía moviendo el rabo, como es de rigor.

Todo parece indicar que el cambio climático, a pesar de lo que decía el primo de Rajoy, no es una broma. Ayer escuchó este duende que el tráfico marítimo en todo el mundo aumenta desde hace siete meses. Ese dato se toma como una buena noticia económica, pues habla de fletes de mercancías que viajan de aquí para allá. A pesar de que en España el consumo está bajo mínimos, se supone que hay alguien en algún lugar del planeta que está dispuesto a comprarlas. Como la economía es una cadena, uno de los escasos optimistas que pontifican por la radio se aventuró a predecir ayer que eppur si muove y tal. Aunque la prima de riesgo, las bolsas y las desastrosas noticias del empleo sigan diciendo lo contrario.

A pesar de todo la nave va, como diría Fellini, y hasta ahí la buena noticia. La mala es que aunque el tráfico marítimo ha aumentado, por el Mediterráneo cada día navegan menos buques. ¿Por qué? La temperatura de la tierra ha aumentado en casi dos grados desde hace un siglo, el Ártico se deshiela, y los barcos pasan por el mítico Paso del Noroeste,  antes imposible, como Pedro por su casa. Asia y América quedan mucho más cerca por esa ruta que por el mare nostrum, pero los pobres osos polares  cada día cuentan con  menos hielo a su alrededor.

2

Por todos los santos, la nieve en los altos, dice el refrán. Y añade: por san Andrés, la nieve en los pies.

En el valle del Tiétar a seiscientos metros de altitud es muy raro ver la nieve en los pies. Quince años ya por estos pagos y el bloguero no la habrá visto más de cinco veces. Otra cosa es que el macizo central de Gredos sí luciera ya un manto blanco. Eso, con las grullas volando en escuadra recortadas sobre un cielo limpio y las montañas nevadas al fondo, sí que es una fotografía típica de estas fechas cuando uno se aproxima desde Oropesa a Candeleda Este otoño no. Ha llovido lo suyo, pero no ha hecho frío, de tal modo que al pico Almanzor  sólo se le ven las cejas blancas. Y gracias. El primo de Rajoy dirá lo que quiera, pero los científicos, la escasa nieve y el termómetro interior de la perra Más mantienen otra tesis que parece más creíble.

3

Dar dos galletas revenidas a la fiel perra guardiana de la casa no parece un rasgo de generosidad extrema, pero el Duende lo hacía con cariño, influído sin duda por el recuerdo de Bob de c´as Barber , aquel perro amable y sabio que desde su isla de Mallorca dejaba aquí huellas de su fina sensibilidad mediterránea. Curiosamente ha concitado la noticia de su muerte más comentarios en este blog que si hubiera mentado a Steve Jobs, a Amy Winehouse o a cualquiera de esos otros cadáveres exquisitos que la parca nos ha dejado en los últimos meses. Se acuerda el Duende de un slogan del Citroën Diane que hizo fortuna cuando él trabajaba en publicidad: para gente encantadora. Este blog debe de ser para gente de ese tipo, gente con una cierta ternura para adivinar en ciertas criaturas menores, como un simple perro, valores mayores.

4

Hablando de valores mayores y menores, si es que se puede simplificar así la cuestión, proclama este duende su admiración por todos los creadores que saben hacer tragedia o comedia de los pequeños sucesos de la vida. Valen el idealismo de Don Quijote,  la duda de Hamlet o la miseria de El avaro. Impresionan y dan qué pensar. Pero quizás estamos en el siglo de las meditaciones colaterales, o del juego de abordar los temas más profundos con personajes o anécdotas aparentemente insignificantes. Un modelo de esta falsa ligereza es la última película de Polanski, Un dios salvaje, donde un modesto hamster cobra un protagonismo trascendental. A su alrededor, personajes, miserias humanas, paradojas, sarcasmos. Estampas de la vida misma trazadas con pinceladas cinematográficas sueltas, precisas y frescas. Magistrales. Véanla como si no fuera una película importante y les parecerá bastante mejor.

Justo al día siguiente el bloguero paseaba por el Retiro cuando se detuvo a ver a una ardilla juguetona. La ardilla le observó, se aproximó a él. El Duende amagó ofrecerle comida con la mano hueca y el roedor le trepó por la pierna  como si esta fuera un avellano. Hace bastantes años soltaron ardillas en el parque. Hace menos años desparecieron, quizás exterminadas por la incuria ciudadana. Ahora las ardillas saltan, trepan y corretean de nuevo por entre los árboles del Retiro aparentemente sanas y felices. Y, a lo que se ve, más confiadas que nunca. El Duende se acordó del pequeño drama que desata el hamster de la película de Polanski y se alegró de que la ardilla quisiera amistarle. Cambia el clima, pero al menos en algunos detalles parece que vamos tomando aprecio por la naturaleza.

Cantando bajo la lluvia de otoño

El bloguero fue tan feliz cantando bajo la lluvia como Gene Kelly, Debie Reynolds o Donald O´Connor...

1

-Nos gusta el otoño porque es nuestra estación –se dice el bloguero.

Le recuerda a uno que estamos en el otoño de la vida. Y se felicita porque al fin haya llegado la húmeda estación, como si no fuera lógico que ya casi vencido octubre tengamos que abrir los paraguas. Creíamos que España estaba condenada a un verano eterno, pero al fin el anticiclón se largó y permitió que se presentara el primer temporal. Setenta y siete litros por metro cuadrado en una noche. La garganta de Santa María era el domingo un ridículo hilito de agua que avergonzaba a Candeleda, posiblemente uno de los pueblos que peor administra el llanto de las nubes. Ayer lunes en cambio era una torrentera furiosa. Daba gloria verla. Como fue delicioso dormir arrebujado entre las sábanas mientras tamborileaba la lluvia en el tejado su deliciosa canción de cuna. Otro regalo del cielo.

2

-Las nueces saben a otoño –decía la madre del bloguero.

El Duendecillo entonces creía que el otoño era cosa de viejos, sin darse cuenta de que a él también le gustaba el olor a tierra mojada, y el rebrotar del pasto, y la aparición milagrosa de ese enorme champiñón blanco que nace como por ensalmo, y el descubrir entre las hojas amarillas el fruto del nogal o del castaño. En realidad no fue nunca joven, pues hasta cuando idealizaba el amor se imaginaba paseando con su princesa de turno por un nebuloso paisaje de Turner, y no bailando con ella Un rayo de sol, oh, oh oh, que era lo propio de los jóvenes. Pasó de niño directamente a viejo. Y, como su madre, amó siempre la lluvia, las hojas secas con las que ella componía collages, el sabor de la nuez y el indescriptible aroma que le dejaban en el hueco de la mano las castañas asadas.

-Gracias, Señor, por haber inventado el otoño –rezaba sin pensarlo mientras pisaba los primeros charcos después del verano.

No era muy de niños pensar así, pero ya les digo que era un viejo prematuro.

3

-Los abuelos sólo servimos para que se nos recuerde-advierte Homper- Así que aprovecha el otoño, que es nuestra estación, para que tus nietas tengan algo por lo que recordarte.

El Duende recordaba a su abuelo encendiendo la pipa con la prosopopeya de un general inglés retirado que hubiera ganado mil batallas, aunque su abuelo Pablo ni fue militar ni rompió nunca un plato. Se hundía en su sillón junto al brasero y leía novelas policíacas envueltas en humo de tabaco. El abuelo Pablo presumía de que, cuando era joven, cortó una flor de un balazo de pistola para ofrecérsela a una dama, lo cual no encajaba nada con su pacifismo, pero hablaba de su romanticismo. El abuelo Pablo era hombre de pocas palabras. Aparte de repetir a menudo que el cisne cuando muere canta, el Duende sólo recuerda lo que le dijo un día que le llevó al cine Principe Alfonso y vieron juntos El niño y el unicornio. En la película trabajaba Diana Dors, que era una rubia platino curvilínea de espectacular y opulenta pechera, y también salía un  chaval y un chivo con un solo cuerno. El abuelo Pablo podía haber comentado algo de la película, que era una comedia, o de la rubia, pero sólo dijo lo justo.

-No creas, los unicornios no existen.

A pesar de sus pocas palabras llega el otoño, que también es algo abuelo, y el Duende lo recuerda.

4

Cuando se presentó el primer chaparrón del otoño el Duende paseaba por el monte con su hija Isabel y sus nietas mayores. La nieta Marina está en la edad de preguntarlo todo, y su abuelo en la de responder. Junto al camino había un roble despellejado y a su lado un ramo de flores y los restos de un parabrisas roto, y el Duende cometió la imprudencia de decir que aquello recordaba un accidente. ¿Y quién coducía? Un joven. ¿Y qué le pasó? Hubo que mentir y decirle que sólo sufrió heridas. ¿Y por qué? Porque iba demasiado deprisa. ¿Y por qué? Porque seguramente había bebido alcohol. ¿Y eso es malo? Si. ¿Y por qué?….¿Y por qué si sabía que era malo bebió?…

Aquel chaparrón fue una bendición. Hubo que suspender el interrogatorio y refugiarse bajo el tejadillo de una majada.

-Quedaos aquí mientras yo voy corriendo a por el coche-dijo la madre de las niñas.

Y allí se quedó el abuelo con las niñas, rodeados de ovejas mientras veían llover y él pensaba cómo entretener la espera.

5

Fue una suerte que las niñas estuvieran preparando ya el Auto de Navidad, y que quisieran ensayar ante su abuelo el villancico que en él les toca cantar. Y fue más suerte todavía que, como ocurre a menudo, se supieran más la música que la letra, y que mientras en una estrofa decían Soy una pobre gitana / que vengo de Egipto aquí / Y al niño Jesús le traigo / Un gallo quiquiriquí  en la siguiente cantaban  Yo soy un pobre pasiego / que viene de Egipto aquí / y al niño Jesús le traigo / una cesta de castañas.

Y fue un alivio. Pues comoquiera que,  en su papel de abuelo, el Duende pensara lo absurdo de un pasiego en Egipto, y lo raro de que se fuera hasta allí para llevar castañas al Mesías, planteó a las niñas la necesidad de revisar la letra. Y así, mientras llovía y llovía y la madre no venía, pasaron los minutos ensayando nuevas rimas que pudieran ser más verosímiles. Y como las niñas estaban dispuestas a demostrar a su abuelo que iban a ser las estrellas del auto, repitieron la cantinela una y otra vez hasta que por fin, después de numerosos intentos, se llegó a la conclusión de que el pasiego no venía de Egipto, sino de la montaña, lo cual era mucho más lógico y, sobre todo, pegaba con las castañas.

Y así pasó más de media hora, hasta que la madre regresó con el coche. Y gracias a eso las nietas guardarán la estampa de un abuelo que un día les puso a ensayar villancicos mientras llovía y las ovejas les miraban pasmadas. Porque los abuelos pueden no legar relojes, cuadros, libros, fincas u otras riquezas, pero tienen la obligación de  dejar recuerdos, y ojalá sea este  uno tan grato como el que uno tiene del mejor musical de todos los tiempos, Cantando bajo la lluvia.

Bomberos del alma

A veces el Duende debería llevar un retén de bomberos en el bolsillo del alma...

1

“Tengo sesenta y cinco años, una operación de apendicitis, tres de fontanería inferior, un cráneo al que se le ve el cartón y la manía de deslomarme los  fines de semana con la hoz, la azada y la podadera para ordenar la naturaleza que me rodea …Y a veces me pregunto: ¿qué hace un madrileño como yo  en esos afanes impropias de mi edad? No se… Será que pienso que hay que salirse de lo convencional”.

El Duende parafrasea a su modo un anuncio de la tele en el que un anciano que parece solitario y aventurero  se decide a comprar un exótico producto congelado de La Sirena. Al Duende hace ya tiempo que no le interesa nada la publicidad, pero lo cortés no quita lo valiente, y a veces reconoce que algunos anuncios son inteligentes y están bien traídos. El Duende, como el del anuncio, es un hombre que no sabe explicarse la mayoría de los porqués de su vida. Por eso admira a los que tienen respuesta para todos ellos y son positivos, están encantados de haberse conocido, dicen obviedades llenas de verdad, siempre saben lo que tienen que hacer y encima lo  hacen. Son felices, o al menos lo aparentan, y aún podrán serlo más.  De ellos, supone, será el reino de los cielos. Un reino, por cierto, que  él tampoco tiene nada claro.

2

Partamos de la base de que airear estas cosas no le gusta al bloguero. ¿Y qué le importa a los demás lo que pasa por su mente? Pero hay días en que ni le tientan las noticias ni le apetece demasiado la ficción pura. Días o momentos, que el alma del Duende es como el filo de una sierra, un sube y baja constante, y a lo largo de las veinticuatro horas pasa del nirvana al infierno sin apenas darse cuenta. Despierta y a menudo se pregunta por el sentido de su vida. Luego juega con sus nietas  y se lo encuentra. Se van todos, se queda solo en el campo mirando la puesta del sol. Y cuando todo es quietud y la noche parece querer llegar en paz, algo se enciende en el valle. Es un incendio.

Lo peor no es este otro infierno de las llamas que devoran en un instante lo que la naturaleza y el hombre tardan tantos años y esfuerzo en crear. Lo peor es que ha sido la obra de un pirómano que este mismo fin de semana ya lo había intentado tres o cuatro veces en el término municipal de Candeleda. Como para terminar de animarle, vaya. Pirómanos. Maltratadores que apuñalan y matan a sus parejas. Terroristas e encubridores de los mismos. Cacos financieros e incompetentes que están arruinando la esperanza de muchos. Cínicos. Majaderos. Y uno, incapaz de sujetar esa marea que nos inunda, siente que está de sobra.

Se acuerda de la lucidez de Groucho Marx, que, como el Duende, no podría ser político.

-Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Y, hastiado de que hay que seguir conviviendo con ella, está a punto de imitar a Dylan pidiendo al mundo que se pare, porque quiere bajarse.

3

“Tengo sesenta y cinco años, buena salud, gente a mi alrededor que me aprecia,  como caliente todos los días, también me alimento de letras y de música y, aunque no lo parezca, me río a menudo.  Sólo tengo la funesta manía de pensar de cuando en cuando, y casi me da vergüenza decirlo”.

Sin embargo a veces, como el del anuncio, el Duende descubre cosas nuevas que le animan. Por ejemplo,  anoche soplaba viento del noroeste, y parecía imposible dominar aquel fuego endemoniado sin aviones ni helicópteros. Pero los bomberos forestales, qué merito el suyo, lo habían controlado a la una de la madrugada, y él pudo dormir tranquilo porque también le habían apagado su fuego interior.

-Cuanto más conozco a la especie humana –rectificando, que es gerundio- más hay que amar a los bomberos- pensó.

El lunes amaneció fresco y luminoso. Las rosas del jardín lucían como las mejillas coloreadas de la Blancanieves de Walt Disney. Y el bloguero deseaba sobre todo rematar este `post para salir a cortar las rosas secas,  recoger los huevos del gallinero, barrer las primeras hojas caedizas del otoño que se avecina y ponerse a luchar contra las zarzas. Activo como el viejo del anuncio, que va de surfista,  pero menos sofisticado. Menos mal que  contra la funesta manía de pensar se levanta la dichosa costumbre de vivir.

 

El sosiego irresponsable

Veía el mundo desde tal distancia y de forma tan irresponsable, que hasta la vida de la Duquesa de Alba le importaba un comino...

1

Se acuerda de vez en cuando el bloguero de su compulsiva  manía de escribir en este blog. Sobre lo que fuera. Le vino cuando se le acabó el micrófono y se dio cuenta de que a pesar de las muchas tonterías contadas no había dicho casi nada.

-O te lanzas tú motu propio o te silenciarán para siempre- le advirtió su conciencia

Y raro, muy raro era el día en que no se ponía en el ordenador y plasmaba lo que se le pasaba por la cabeza.

No sabe por qué a medida que se le aproximaba la jubilación sintió que se adueñaba de él  algo de lo que nunca había tenido noticias: el sosiego. Era algo  que desconocía hasta entonces  y que atemperó su furor bloguero. Nunca pasa nada, se titula una novela de Eduardo Mallea que descansaba en los anaqueles de la la librería de su casa paterna. Nunca pasa nada. Leyó la novela en su primerísimo juventud y no recuerda ni personajes ni pellizco alguno de su argumento. Sólo se le grabó la sencillez y verdad de su título. Se parece al no somos nadie con el que se despachaban antes los entierros.

Todos los días pueden ser un gran día, y cualquiera tiene razones para creerse el eje del mundo. Aunque la realidad es que no hay nada más prescindible y que interese menos  que lo se le agita  a uno en la coctelera interior. Cuando uno lo asume definitivamente, llega el sosiego. Amanece, pasa el día, suceden muchas cosas, anochece. Pero tu alma no ha sufrido ni experimentado sobresaltos ni ansiedades, sino que parece barnizada de conformismo amable.

Es el sosiego.

2

Naturalmente que se han seguido resgistrando muchos sucesos dignos de blog. No es inmune el bloguero a la agitación del mundo árabe, ni a la visita de la señora Merkel, ni al ennoblecimiento súbito del admirado Vicente del Bosque. Aún más. ¿Cómo no hubiera  escrito hace unos meses un post sobre la tragicomedia  de las gallinas por las que tanto suspiraban sus nietas? Por san Antón, gallinita pon. Y las criaturas iban cumpliendo: dos, tres, hasta cinco o seis huevos por jornada. Pero a un par de ellas les mató su ambición. Por respeto al hermano zorro, que también se tiene que ganar la vida, habitan las ponedoras en un gallinero con un pequeño terreno acotado por un alambre de cuadrícula. Lo suyo es que picoteen en su finquita, pero un par de ellas aspiraron a más, metieron el pescuezo por una de esas cuadrículas para afanarse alguna lombricilla extra y pagaron cara su osadía. Dicen los lugareños que sería un tejón la alimaña que de dos bocados certeros las decapitó. Y tuvo que calmar el bloguero el llanto de las las atónitas niñas contándole que la naturaleza impone sus leyes, y que unos tienen que morir para que otras especies sobrevivan.

Por contraste con ese pequeño drama, se ha vivido en Candeleda este fin de semana un magno acontecimiento que a cualquier pueblo llano que se precie le haría levitar. Algún audaz empresario organizó para el sábado 5 de febrero de 2011 una corrida de toros, y a ella se decía que iba a acudir la Duquesa de Alba. Se aseguraba que había reservado habitaciones en unos coquetones bungalows recientemente inaugurados en las faldas del Almanzor y con una vista imperial sobre el Valle del Tiétar. Estamos viviendo un islote de primavera en el invierno, y con este lujo de temperatura, paisaje y eventos de sociedad la fiebre bloguera obligaba a hacer guardia a la puerta del hotel y revelar en exclusiva para los lectores si la duquesa venía con novio o sin novio, si desayuna café o te, y si llevaba esclava de colorines en el tobillo de sus elegantes piernas, como acostumbra. Pero evidentemente uno ya no es lo que era. Los años, la jubilación y, por ende, el sosiego irresponsable. La insigne Cayetana Fitz James Stuart compartiendo pueblo, vista y durmiendo sólo a cuatrocientos metros del Duende y éste sin ir a la pelu y pasando de todo. Nadie sabe ya ya a dónde vamos a llegar con tanta degeneración.

Mozart en Candeleda

La Iglesia Parroquial donde se escuchó a Mozart, según versión del pintor local Juanra

La Iglesia Parroquial donde se escuchó a Mozart, según versión del pintor local Jua.Ra

Aunque su autor no es santo de la devoción de la crítica, probablemente la película que mejor refleja lo que debió de ser la pasión de Cristo es la que filmó  Mel Gibson. Tan fiel fue a lo que significa la palabra pasión/padecimiento, que sus escenas de extrema violencia suscitaron el rechazo del mismísimo Vaticano, al que por lo visto le horrorizaba ver en carne viva que el fundador de su Iglesia hubiera sufrido tanto. Quizás era un contraste demasiado evidente con la vida muelle que hoy tiene que llevar la alta curia.

No eran estos los únicos detalles de respeto de Gibson por el relato evangélico. En la película, que en España no fue doblada y se estrenó con subtítulos, los judíos hablaban arameo, y los soldados romanos latín clásico. El Duende creía que latín era lo que le enseñaba el padre Cayo, un robusto marianista que recitaba los versos de la Eneida con la voz estentórea de un sargento de cuchara. A pesar del su entusiasmo, la pronunciación del bueno del padre Cayo distaba de la correcta. Según le aclaró años después al Duende un catedrático, la c latina no se decía en la antigua Roma como nuestra ch, sino como nuestra q. A tenor de esta regla, el sanctus de la misa no debe sonar gloria in exchelsis Deo, sino gloria in exquelsis Deo.

 Ese detalle lo observaban escrupulosamente los romanos de la película de Gibson y lo ignoramos olímpicamente todos los que cantamos música sacra en coros. Con la sorprendente excepción del Coro Polifónico de Candeleda, que anoche inició las celebraciones de la Semana Santa con un concierto de un nivel que este menda no podía siquiera sospechar.  El mismo pueblo que va de rondalla  y se desgañita en las capeas o gritando al toro de fuego se convierte en un milagro de sensibilidad  cantando con exquisita dicción no sólo seis comprometidos números del Réquiem de Mozart, sino piezas de auténtica orfebrería polifónica. Desde el Ave María  del padre Tomás Luis de Victoria a un motete delicadísimo de Christopher Tye, compositor inglés del siglo XVI que, desde luego, el Duende desconocía.

El prodigio se debe en buena medida a José Antonio Muñoz, un músico de Huete,  provincia de Cuenca,  que ha recalado por la zona. Nadie sabe con qué trabajo y qué dotes de persuasión ha conseguido inocular en la gente del lugar su amor a la música. El Duende confiesa que escuchar a Nines -la carnicera con la que normalmente trata de chuletitas y carrilleras-cantando el Lacrimosa del Réquiem mozartiano en vísperas de la pasión de Cristo, hace más por su devoción que muchos de esos desfiles procesionales que embriagan a multitudes. Todo colabora: mientras sonaba esa música coral, contemplaba el magnífico retablo de cerámica talaverana del siglo XVI que es la joya de la Iglesia Parroquial. Artesanía popular y música sublime cantada por los mismos que uno se encuentra por las calles del pueblo. Esos hilvanes acaban cosiendo muchos desgarros del alma, y ayudan alguna luz en las tinieblas.

 Entretanto, de cumbre en cumbre, Zapatero pasea su orgullo porque España se ha sentado en la codiciada mesa del G-20. Es un punto de vista. Otra medida del progreso es ver que Mozart y compañía se puedan presentar en Candeleda y cosechar tantas ovaciones como Bisbal. Como diría el tío Jacinto, que fue guarda jurado por estos pagos, Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo…

Touriño y los dimitidos felices

Una dimisión a tiempo puede ser la puerta de la felicidad

Una dimisión a tiempo puede ser la puerta de la felicidad

Ayer Homper volvió a ser el Hombre Perplejo gracias a la tía Clota.

-Pobre Touriño –se lamentaba ella-¿Sabes si tiene algo que hacer?…

Homper la tranquilizó. Emilio Pérez Touriño no ha sido una personalidad política arrolladora, pero es economista y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, y ha publicado incluso numerosos estudios.

-Volverá a la cátedra, supongo-le respondió Hom.

-El hombre estará triste, pobre. ¿Sabes si hace el Damero Maldito, o colecciona sellos?…El marido de Edwina, que también tuvo que dimitir en su compañía, ha conseguido criar una variedad de rosas pintonas muy premiadas en los concursos, y Bob, el que tenía la gasolinera de Tinmouth, cocina pizzas para el Ejército de Salvación. ¿Sabes?…Es importante que los dimitidos, como los jubiletas, se impongan labores que les mantengan la curiosidad y les permitan sentirse vivos.

A Homper le extrañó sobremanera que a la anciana tía Clota le preocupara la suerte de una persona tan anodina como Touriño. Pero ella le razonó que era parte de la terapia que se aplicaba para no convertirse en un bicho raro.

-Los viejos nos vamos obsesionando con nosotros mismos a medida que cumplimos años, y acabamos siendo unos egoístas de tomo y lomo. Yo los martes de cada semana me propongo pensar en alguien que me traiga sin cuidado, para contrarrestar esa tendencia. Y le vi tan educado, tan elegante al reconocer su derrota electoral, que he decidido dedicarle el día…¿Sabes si pesca, o si monta en bicicleta?…

Homper le dijo que no se obsesionara por el dimisionario, que tampoco la cátedra le dejará tiempo para tanto. Entonces ella amplió su jornada de meditación a Bermejo.

-¿Y qué hace el ministro que dimitió la semana pasada, si ha terminado la temporada de caza?…Dile que lea a Galdós, que es muy entretenido. O a Patricia Highsmith, que es apasionante…Sobre todo, que no le de tiempo a pensar que metió la pata…

Homper tuvo que falsear su agenda –a decir verdad, no demasiado cargada- para excusarse. No podía dedicar su jornada a llamar a todos los dimisionarios conocidos para transmitirles la preocupación de la tía Clota.Y le contó el ejemplo de Joaquín Almunia, un político honrado, competente y simpático que perdió unas elecciones, dimitió y ahora es feliz como Comisario en la Unión Europea.

-Vive tan relajado –le explicó a la tía- que el sábado pasado acudió a la inauguración del Museo de la Casa de las Flores en Candeleda. Sorprendente, ¿no?…Un hombre tan importante en Europa dedicando unas horas de su sábado a ver juguetes de hojalata en un pueblo…

La anécdota acabó reforzando el sermón piadoso de la tía Clota. Antes de dar por cerrada la sesión de Skype, le insistió a su sobrino para que localizara a Touriño y le contara que Aaron, un hermano de su difunto marido que fue prejubilado en Texaco, amaestró a su hamster a ritmo de su armónica.

-Yo no lo ví, pero dicen que cuando tocaba Oh Susana! el hamster marcaba unos pasos de baile…

Se despidieron. Y luego, por la noche, la tía Clota no podía conciliar el sueño atormentada por las dudas. Dudaba si Touriño tendría hamster, si el presidente dimitido tocaría la armónica o si el animalito, gallego él, preferiría bailar la muñeira.

Cuando lo pequeño es lo más grande

Algunas cosas pequeñas nos pueden parecer grandes...

Algunas cosas pequeñas nos pueden parecer grandes...

Nunca sabe uno qué importa más, si lo que pasa o lo que nos pasa. A veces nos pasa algo pequeño, acaso insignificante para la mayoría. Y para nosotros eso es lo grande, lo verdaderamente importante.

Estaba el Duende encantado porque al fin Paco Gil había abierto su Casa de las Flores de Candeleda al Museo del Juguete de Hojalata, y exponía en ella su propia infancia, Una infancia de hojalata. Fue un acto simpático, con encanto, como es esa casa convertida ahora en una versión lúdica de la de Hansel y Gretel, pero sin bruja. En ese cuento la casa era de caramelo, de chocolate, de golosinas. Aquí la ilusión es el juguete de hojalata, tan bonito, tan ingenuo, enhebrado con los sueños de un tiempo en el que un botón de ancla o la caja de hojalata de Laxen Busto o de las agujas de la Voz de su Amo, con el perrito escuchando el gramófono, eran un tesoro para un niño.

-Los he cedido para que los vea más gente-le comentó el Duende a Homper- ¿Qué sentido tiene guardar algo que te parece bonito si no puedes compartirlo con los demás?

-Bien pensado- dijo Homper- Además así no tienes que limpiarles el polvo.

En este caso el que se quedó perplejo fue el Duende. Incluso admitiendo que quitando el polvo de estos juguetes delicadísimos había arrancado la cola de un caballito o el la figurita del Espíritu del Éxtasis de un Rolls Royce que se habían enganchado en la gamuza. Un desastre.

En la inauguración intervino Javier Capitán, y estuvo sembrado. Es capaz de aplicar la enjundia de sus personajes a los juguetes de hojalata, a la física cuántica o al Código de Hamurabbi, y siempre logra sorprender. También acudió Raimundo Payá, uno de los herederos de la firma que para los amantes de los viejos juguetes de hojalata es casi un mito. Raimundo sueña con restaurar la fábrica de sus mayores, pero de momento se entretiene escribiendo en revistas especializadas y brujuleando por Internet. Le preguntó al Duende por Clota, esa anciana que de vez en cuando asoma por este blog.

-¿Dónde está?-se preguntaba-¿Cómo no ha venido, con la curioidad que tengo por conocerla?

Todos vemos el mundo desde nuestro particular punto de vista. El Duende y Paco pensaban que este fin de semana el mundo era un juguete de hojalata, pero la tía Clota estaba en otra cosa. Por ejemplo, hace un ratito le llamó Icíar, una compañera de estudios que vive en el País Vasco desde cuarenta años y no era feliz.

-¡Clota!-le gritaba por teléfono- ¡Que a lo mejor nos quitamos de encima al PNV!

-Caramba -respondió la tía-Pensaba que llamabas para decirme que ya ha florecido la mimosa.

Todo era verdad. Unas elecciones, un pequeño museo de juguetes de hojalata y la mimosa estallando en amarillo, precursora de la primavera. Pero es legítimo que a veces lo pequeño, siendo una ilusión tan nuestra, nos parezca lo más grande del mundo.

Todos damos la lata

imagen12El Duende se confiesa al modo clásico.

-Me acuso, padre de dar la vara de forma inmisericorde con lo que me obsesiona. Desproporcionadamente, reconozco. Me acuso de estar volcado en el Museo del Juguete de Hojalata.

Museo según la enciclopedia es un edificio o lugar destinado para el estudio de las ciencias, letras humanas y artes liberales, primera acepción. Y, en segunda, lugar en que se guardan objetos notables pertenecientes a las ciencias y artes, como pinturas, esculturas, medallas, máquinas, armas, etc. Parecía, en principio, pretencioso para esta causa, pero no. Entra en el etcétera.

Debería de ocupar su mente en otras cosas, pero velay que el próximo sábado su amigo Paco Gil y él inauguran en la Casa de las Flores de Candelada un pequeño museo cuyo principal contenido son los juguetes. Juguetes de otro tiempo, juguetes de hojalata. Y más juguetes que se siguen fabricando por el mundo con el mismo espíritu ingenuo e incluso con la misma matricería. Y dale que dale, no piensan en otra cosa.

-Me acuso, padre, de dar la lata, la barrila, la brasa, la paliza a todo el que pase a su lado con este monotema. Ponga penitencia.

Pero el cura ha sido indulgente. ¿Dar la paliza con tu tema? Eso es el pan nuestro de cada día. Este periódico, esta tele y esta radio lo dan con la corrupción del PP. Estos otros con la intolerable cacería de Bermejo. Aquellos con la incompetencia del gobierno para atajar la crisis. Aquellos otros con la obsesión de la oposición por distraer sus problemas internos aventando los pequeños deslices del gobierno. Los empresarios, con su lucha por el crédito y sus problemas laborales. Los jueces se quejan de la situación que les lleva a la huelga. Los cineastas lloran por su industria ruinosa. Los ecologistas por el desprendimiento de una gigantesca placa de hielo en la Antártida. Los hoteleros por el descenso de turismo.  Aquél con su handicap de golf, ésta con sus dolores de espalda. Cada loco con su tema. Y mi prima Tere con los discos verdes, que duran demasiado poco para  cruzar tranquilitos sin que nos arrollen los coches.

-Todos hablamos de lo nuestro hasta aburrir a las cabras -le dijo el cura al Duende con la absolución final- Así que no te aflijas, hijo si, en lugar de dar la lata, tú nos cuentas lo que fue tu Paraíso de hojalata…

Una dama entre hoyancos

Poyales del Hoyo

Poyales del Hoyo

(Foto de Joyanco)

Soledad es una distinguida dama malagueña de ojos azules y porte de heroína de cuento de Chejov. Buscaba su refugio en el campo. Soledad se crió en la vega de Antequera, pero ha ido a dar por lo que al sur de Avila llaman las vegas del Hoyo. El Hoyo es la forma coloquial con la que los paisanos hablan de Poyales del Hoyo, un pueblín tranquilo y guapo aún no masacrado por los desmanes urbanísticos, que queda entre Arenas de San Pedro y Candeleda. Poyales se queja desde tiempo inmemorial de ser un pueblo sin término municipal. Toda la tierra que se extiende a sus haldas se reparte entre Arenas, cabeza de partido, y Candelada. A cambio, sale en algunos escritos de Pío Baroja, que en su novela La dama errante describe minuciosamente un viaje en caballerías por lo que hoy es el trazado de la comarcal Alcorcón-Plasencia. El impío don Pío, como le llamaban los observadores del antiguo Indice de los libros prohibidos, mencionaba las alcantarillas a cielo abierto de Poyales que, como en tantos pueblos con arroyos serranos, corrían por entonces sin el menor complejo contaminante. No se preguntaba en cambio el gentilicio de los lugareños. ¿Poyalenses? ¿Poyaleros? ¿Hoyeros?

-Hoyancos-aclara Soledad al Duende.

Velay, para esto sirve un blog. No te acostarás sin saber una cosa más, que decían las abuelas. Y hasta ayer no sabía el Duende que los nacidos en Poyales del Hoyo eran hoyancos. El patronímico debe pronunciarse con hache aspirada, como se habla en esta tierra, que modela una especie de extremeño-toledano peculiar. Algo así como un castellano levemente glaseado de sonidos lejanamente andaluces. Se escribirá hoyancos, pero se pronuncia joyancos. Lo cual al Duende le remite al pueblo de Julio César Iglesias, zamorano de Fermoselle, quien públicamente confesó en antena que a sus paisanos les llamaban foyacos o follacos, que malsuenan igual. Hay que ver lo que mandan determinados instintos, con lo fermoso que podría resultar el gentilicio de Julio.

Soledad es lectora de este blog, y en la conversación terminológica se le filtra la curiosidad por la aparición de Homper, del que sospecha que es un trasunto del Duende. Le cuenta éste que está entre el uno, su circunstancia y la teoría de las matriuskas literarias: el que escribe va sacando de sí criaturas que, por no dar pistas, alumbran otros hijos que, a su vez, prolongan la descendencia con la esperanza de camuflarse del todo. Homper es, sobre todo, el hombre perplejo. Y ya que va el día de gentilicios, su pregunta es cómo se llamarán los de Jódar, los de La Mamola, los de Guarromán, los de Cabezón de la Sal y los de una aldea asturiana por la que pasó este verano que se llama Las Puercas.

En todo caso el topónimo no condiciona el carácter. Nadie podría imaginar si no que el alma sensible del gran Federico García Lorca también bebió de un pueblo que se llamaba Asquerosa, donde su familia poseía tierras y él pasó muchas temporadas. Hoy Asquerosa se llama Villarrubia o Valderrubia, pero por los pueblos que han cambiado de nombre ya se preguntará otro día nuestro gestor de perplejidades. Y si es alrededor de un café con porras recién hechas, como en la mañana de ayer con Soledad, mejor. Lo recomienda el adagio latino: primum vivere, deinde filosofare.

Reivindicación del higo

(Foto de JCuerva)

Homper hubiera querido ser de pueblo. El que nacía en un pueblo en la España de la posguerra quizás tuviera menos oportunidades de hacer carrera que el urbanita, pero al menos tenía muy claras sus referencias. Aquí el ayuntamiento, allá la torre de la iglesia, más allá el prado de la tía Tomasa, en el pilón de la plaza el burro del tío Culomelón abrevando. Arriba el cielo, con el sol y las estrellas, abajo el camino, el río, la siembra, el huerto. Si trabajabas, sobrevivías.¿Y en la ciudad? Si la aventura salía mal, vuelta al pueblo. Era mejor y más entrañable ser de pueblo.

Además, los pamplonicas o los de Salamanca estaban orgullosos de su ciudad, pero a los madrileños les parecía que ser de la capital era como no ser de ningún sitio. Tan grande, tan embarullada, tan desparramada. Luego se puso de moda y alguien sentenció que Madrid me mataba, no se sabe si de un colocón, de quedarse sin respiración al ver el precio de la vida o de un ataque de nervios en cualquier atasco. A Homper sin embargo le seguía molando más pensar que tras guardar el tractor y lavarse para vestirse de bonito, en el pueblo quedaba la alameda. Por ella se podía pasear abrazando a la moza mientras se escuchaba el murmullo del río y del viento en las hojas de los álamos.

Pero en último lugar, como argumento definitivo, estaba el hecho de que en Madrid no era posible encontrar una higuera cuellodama y coger de sus ramas un higo en sazón para comérselo allí mismo. Sin pelarlo siquiera, que es más saludable para el tráfico intestinal.

Homper se lo recomienda vivamente. Un higo maduro robado directamente a su higuera madre es uno de los bocados más deliciosos del paraíso, y un argumento de peso que abona el buen tino de su inventor. Es el fruto perfecto: sabroso, nutritivo, fácil de comer y no demasiado caro. Pese a ello, en su pueblo de adopción, que es Candeleda, donde hay higueras por millares, no hay manera de que lo sirvan de postre en los restaurantes. Parece que mola más la tarta al whisky de Comtessa. Qué ninguneo al exquisito higo.

Reividiquemos su gloria: coman higos. No está muy claro de si se los debemos a Dios o al big bang, pero en tanto aclaramos las dudas, disfrutemos del placer de esta fruta maravillosa que, a pesar del deleite que produce, no es pecado mortal.

El honor de ser pregonero

(Foto de Juanele)

Para hacer el pregón de unas fiestas -le aconsejaron una vez al Duende- mejor ser el hombre de la tónica que Demóstenes. Demóstenes era, según la tradición, un maestro en la oratoria, que es algo teóricamente muy apreciable a la hora de pregonar. El hombre de la tónica en cambio era un actor francés cuyo nombre ahora no se recuerda, pero que en una época fue considerado popular. Unas veces, porque otras se le diría simplemente famoso. Y famoso, lo que se considera famoso de verdad, es sólo el que sale en la tele. Corolario final: da igual en calidad de qué salgas por la pequeña pantalla. Si la gente identifica tu careto serás la sensación del pueblo, y al menos una o dos niñas te señalarán alborozadas como al mono de la casa de fieras.

-Mira, mama -no mamá- ¡Un famoso!

Eso al parecer prestigia a las fiestas populares.

Suele oponer este argumentario el Duende siempre que han reclamado de él el favor – preséntese como honor, por no faltar al prestigio de la muy honorable villa de turno-de ser pregonero de las fiestas de una ciudad, villa, pueblo, aldea, villorrio o pedanía, que en todas las garitas se ha hecho guardia ya a estas alturas. Pero que si quieres arroz, Catalina. Si el edil de turno te conoce y confía en ti, presume que todo el pueblo lo hace. Sin embargo el personal se pasa el día pastoreando cabras, o cultivando espárragos, o bordando mantelerías, o labrando las higueras con el tractor. Y cuando vuelven a casa o al bar, prefieren ver la tele, que es lo que les distrae más. Veinte años de radio no dan la popularidad a nadie. La pedanía de El Raso, un barrio de Candeleda, escuchó del Duende el pregón de las fiestas del Apóstol Santiago como quien escucha a un loquito a las puertas del mercado. ¿Eso qué es lo que es?-que diría Carlos Herrera con su acento almeriense. Una oreja, sólo una oreja, de Jesús Vázquez que se hubiera asomado al micrófono, habría tenido más éxito. Y no digamos nada si aparece una uña de Casillas, una papada de Isabel Pantoja o una teta de Belén Esteban.

No sabe el Duende en su perspicacia si se habrá notado que no le gusta nada dar pregones. Como suele predicar cada vez que le piden ser duende sin poder hacerse el invisible, y careciendo de la popularidad del hombre de la tónica, sólo lo haría o por mucho cariño o por mucho dinero. Espero que esta vez al menos quede claro su inmenso afecto por el Raso, un lugar que aunque sólo fuera por su castro celta, tan hermosamente plantado en las laderas de Gredos,  bien merece una visita. Aunque sea pasadas las fiestas, y el viajero se pierda esos pregones de famosos que no dicen demasiado.

Buitres en Candeleda

Cuando la ley es tonta, ¿merece el respeto del pueblo soberano?

  El Tribunal Supremo confirma la prescripción del delito que cometieron los primos comúnmente conocidos como los Albertos. Pero no por ello el delito de los magnates se borra, como no deja de ser una estafa la sufrida por los socios engañados. La sentencia de indulto es producto de una interpretación de los plazos de prescripción del delito favorable a los encausados. Alguien antepuso la letra al espíritu de la ley: alguien cometió una terrible tontería judicial.

 La chorizada es chorizada un mes antes o un mes después. Pero aunque es difícil que los Albertos reembolsen el dinero estafado a sus socios motu propri, aún hay otras tonterías legales cuyos efectos nocivos pueden evitarse sin que dejen en ridículo a la justicia. O, más aún, a la pura lógica.

 Por ejemplo, la urbanización que trata de construir cuatrocientos chalets en una zona llamada Navalpilón, del pueblo de Candeleda, tan querido por el Duende. Un proyecto que, aunque puede ser legal, quizás acabe siendo el mayor disparate que, en nombre de la libertad de mercado y del espejismo del mal llamado desarrollo puede  cometer esta villa abulense.

 Al Duende la mala noticia le sorprende con poca información del asunto y menos de lo que las leyes juegan en él. Reconoce que no conoce la maraña de normas, planes de ordenación del territorio y competencias que afectan al proyecto. Tampoco entiende de procedimientos administrativos. Ni de coordinación entre las administraciones locales y autonómicas. Ni de cómo un grupo de despabilados puede valerse de la ignorancia de unos ediles o de la connivencia de otros para dar un pelotazo con todas las de la ley y, de paso, marbellizar un entorno que sólo se queda unos metros por debajo del Parque Regional de Gredos. Cuatrocientos chalets adosados ( o acosados, como dice doña María, o quizás acosadores) en ese lugar es un horror y una barbaridad. Y si ese es el modelo de desarrollo turístico que  se quiere para Candeleda -por cierto, un pueblo de 5.000 habitantes que  sigue vertiendo sus aguas residuales al Tiétar, porque aún no cuenta con depuradora- apaga y vámonos. La propia Confederación Hidrográfica del Tajo, que ha concedido la correspondiente autorización para que la nueva urbanización beba del Arroyo Castañarejo podría  ser más exigente en este punto, porque las aguas bajan sucias. Y nunca mejor dicho.

 Lógicamente, no todos los candeledanos están contra el proyecto. Algunos creen que es lo que el pueblo necesita, como si Candeleda -cuyo término municipal es multimillonario en metros cuadrados- careciera de espacio para otra construcción  más razonable. Pero hay que entenderlo: es muy goloso comprar terrenos a  euro y medio el metro cuadrado y conseguir que una mano inocente que sólo persigue el progreso del pueblo los recalifique después. Todo dentro de la ley, parece. Aunque en este caso, como en de Urbanor, o la ley sea tonta, o nos toma por tontos.

 El Duende confiesa que le encantaría que alguien revisara a fondo ese proyecto. Más que nada porque, cuando va por allí y levanta la mirada hacia el pico Almanzor aún ve a menudo volar a las rapaces. Y estas inocentes aves quizá se batan en retirada cuando vean que unos buitres, que no son ni el negro ni el leonado, les disputan el territorio de lo que podría haber sido un paraíso natural.

 

 

La sobrina del poeta Muñoz Rojas

Empezaba a declinar la tarde esplendorosa del domingo 4 de mayo cuando se recibió una llamada en teléfono del Duende, que apuraba el puente en el sitio de Pedrojuan. La voz amiga era la de Soledad, una dama malagueña de porte distinguido y ojos claros cuyo rostro parece un retrato de Manet o, como mínimo, de Rosales o Ramón Casas. Soledad es profesora de inglés, esposa, madre, abuela y conquistadora de espacios de felicidad. Pertenece a una familia malagueña de abolengo, y se crió en un precioso cortijo de la vega de Antequera rodeada de olivares, piedras antiguas, fuentes, y plantas aromáticas. Más que un monumento nacional, aquello es un monumento sensorial. Si naces ahí y no te desbordan los sentidos, es que te parieron equino, que de eso, y de la más pura sangre española, también abunda por esos pagos. Ahora se propone crear otro pequeño paraíso propio a la falda de Gredos, donde el monte se empieza a juntar con la dehesa del valle del Tiétar

Soledad dice que no tiene dinero, como todos, pero por suerte ha ido disfrutando de todo lo que no hay dinero para pagar. Por tener, ni le ha faltado un poeta de cámara, y no precisamente un mindundi, pues es sobrina predilecta del gran José Antonio Muñoz Rojas, auténtica gloria de viva de nuestra poesía y otra más de las debilidades del que suscribe. Muy exquisita la dama amiga, dice que ya no abundan hombres que digan versos. José Antonio se los dice hasta en inglés, pues tradujo los de otros poetas mientras escribía los suyos propios. Por algunos de ellos, recopilados en su delicioso poemario Objetos perdidos, ganó el Premio Nacional de Poesía. El tío José Antonio pasa con largueza de los noventa años, pero su vida no corre peligro. Si es verdad que los viejos rockeros nunca mueren, con lo que gritan, ya me dirán por qué van a morir los viejos poetas como él, con lo sutil y delicado que es su canto. Se abre su libro de Sonetos a Rosa por cualquier página y se escucha como un ruiseñor enamorado inasequible al crepúsculo del tiempo. Hay que engancharse a la poesía para sobrevolar nuestras miserias.

Soledad se presentó en el feudo del Duende y familia cansada de patear su nuevo paraíso y de marcar con estacas lo que será su próximo coto de felicidad. El Duende le ofreció un te con perrunillas, un bocata de chorizo, un refresco. Los recursos habituales. Pero ella lo rechazó todo, y sólo se alimentó del olor de los jazmines, de la vista dorada por el atardecer, del agua de la fuente y de una hora de conversación sin hablar de política ni de la crisis de las hipotecas subprime.

Se bebía los vasos de agua de maniantal con la misma emoción que si fueran los versos de su tío. Como avisó Paul Éluard, sabe que hay otros mundos, pero están en éste. Eso sí, Soledad advirtió al Duende que, aunque lee todos los post de este blog y está muy de acuerdo con ellos, jamás hace comentarios. No tendrá valor…

El acerolo, el almendro y la mimosa

Sequa en el ro Tinto
(Foto de R. Durán)

La primavera ha venido, nadie sabe como ha sido, escribió Machado. Lo decía tal vez desde Soria, que es bastante más tardía que Córdoba o que mi pueblo de asueto, Candeleda, que está en la llamada Andalucía de Ávila. (Entre paréntesis, se pasó la moda de las pegatinas con slogans turísticos en la trasera de los coches, pero, entre la ironía cazurra, la cursilería y lo pretencioso, los había inolvidables: Sepúlveda, la costa del cordero. Santiago de Compostela, donde la lluvia es arte. Torrevieja, blanca de sal  morena de soles… ¡Cuánto Gustavo Adolfo Bécquer suelto!.Casi prefería aquél tan lírico de No me toques el pito, que me irrito).

El invierno no se ha ido, pero la primavera asoma, coqueta, casi desde que se traspuso el nuevo año. A lo mejor es otro capricho más del cambio climático. La lucha contra el cambio climático ya se ha convertido en bandera del ciudadano responsable. Sin embargo aún no le  ha colgado nadie al adversario político ni la preocupante mutación atmosférica ni la sequía. Nadie es culpable de ésta, al menos directamente. Y como no sirve de arma arrojadiza, no sale en los papeles todo lo que debiera. Pertenece a ese género de peligros subyacentes que, como la aluminosis de los edificios, sólo despunta cuando es causa de catátrofe o cuando no hay nada con qué llenar un minuto de telediario. Al pueblecito, asustarle lo justo, mandan los manuales de campaña electoral.

Al contrario que el buen político, cuyo deber patriótico es el optimismo, el Duende piensa que cualquier alarmismo en este punto es bueno, pues la gente sólo consume menos agua cuando le ve las orejas al lobo. En 1992 Madrid vivió una gran sequía. La agencia de publicidad del Duende recibió el encargo de comunicar una campaña de ahorro. No asustó, simplemente informó. Y con sólo recordar el gasto descomunal y las reservas reales se consiguió rebajar el consumo en un  diez por ciento. Mientras no llueva, esto es lo que hay -cerraba un slogan sobre la imagen casi dramática del embalse de Pedrezuela  a un tercio de su nivel habitual. A alto staff del Canal de Isabel II le costó ser tan realista, pero quizás no sea casualidad que, a partir de entonces, los periódicos y muchos informativos de TV dan cuenta diaria en unos pequeños gráficos de nuestras reservas de agua. Si se comunica el estado de la tesorería de la Seguridad Social, ¿por qué no la despensa del agua, que es aún más necesaria?

Con agua o sin ella, el milagro de la primavera corre a presentar sus primicias cual si fuera un diseñador de la Pasarela Cibeles. El Duende, que es un voyeur verde -interprétenlo en el sentido ecologista del término- ya ha avistado la flor del almendro, la de la mimosa y, este año, las hojas de un acerolo que alguien le regaló y que plantó en el monte con la esperanza de que fuera valiente, medrase y recuperase en su fruto un viejo sabor de infancia. El Duende no lo cata desde 1955. Pero no lo olvida, porque la memoria de los gustos y los olores es la más fiel. Ya ha estallado el aroma y el vistoso amarillo de la flor de la mimosa, capaz de transformar a un árbol áspero y feo en una especie de jaula de oro para criaturas de un cuento de Andersen. El otro día, en el restaurante de la Posada de la Lola, leyó el Duende un jocoso grafitti  enmarcado junto al triángulo más famoso de nuestros logotipos comerciales. Decía así: La primavera dice que está hasta las pelotas del Corte Inglés. Está en su derecho, porque abusan de ella. Pero que no nos falle a los demás. Que, pese al cambio de clima, podamos decir que ha venido, aunque nadie sepa como ha sido.

Página siguiente »


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 799,460 hits

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.