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Tiempo de Braulios, tiempo de costuras…

Carlos Herrera ironizaba en Onda Cero sobre el alcance de la última medida propuesta por el gobierno para animar la economía. Según él, no es fácil crear trescientos cincuenta mil puestos de trabajo reformando la casa. O sea, llamar al Braulio de turno, encargarle un trabajito y pensar que así vamos a salir de la crisis…Y el Duende lamentaba lo de la crisis, por España, más que nada. Pero no dejaba de sentir un cierto orgullo de paternidad por Braulio, su entrañable chapuzas, en tiempos compañero de micrófono del mismo perspicaz periodista que ahora le eleva a la antonomasia. Quíén te ha visto y quién te ve, amigo Braulio.

No es la primera vez que le recuerdan sus camaradas de antaño. También le invoca alguna vez José Ramón de la Morena, que habla de deportes en El larguero con una jerga cheli muy del gusto del mago el tornillo rosca-chapa. La radio no la ve nadie, y las palabras sin imagen duran menos en la memoria que las migas que dejaba Pulgarcito en el camino para no perderse por el bosque. Pero sorprendentemente, algunos rasgos de las caricaturas que pasaron aún permanecen. Hace unas noches decía  José Ramón que los kilos de más que ha echado Ronaldinho en Italia son porque está grueso de los nervios, como Doña María

Escuchándolo a solas en casa,  el Duende taciturno se sonreía por lo bajini.

Vanitas vanitatis de un lado, la cosa tiene su enjundia para la reflexión. Tanto demonizar el ladrillo y ahora volvemos a descubrir que da igual éste que el hormigón, el panderete, la mampostería, el encofrado, el talochado, el acuchillado, el gotelé o reponer el fuminaya –precioso nombre de significado nebuloso-de la cisterna del inodoro. Tanto dan, que nos dan lo mismo. Eso sí, con tal de que se mueva el dinero y algo quede en las exhaustas arcas de nuestro estado de bienestar. Es tiempo de Braulios.

Hemos pasado de ser los reyes del mambo de la economía a ajustar, remendar y dar la vuelta a los abrigos de nuestro devaluado becerro de oro. Quizás no sea casual que la novela del momento se llama El tiempo entre costuras, de María Dueñas. No la ha leído el Duende, pero se la recomiendan por todas partes, y quizás venga bien para probar las puntadas que se pueden  hacer para vestir a esta España en pelotas. De momento, ya anda uno buscando por el barrio a un Braulio que venga a su casa para la delicada chapucilla de colgarle un soporte para la bici y un armario metálico en la pared de garaje. No es mucho curro, cierto, ni hace falta más que unos brazos robustos y un taladrador con una broca capaz de agujerear el hormigón. Pero de momento, cuando lo comenta en el bar de al lado, repleto de braulios en paro, éstos le miran como si estuviera chiflado.

Y no sabe qué cara pondrían si además dijera que necesita una factura con IVA.

El perverso FMI

Don pro Buenafé le enseñó a mirar la vida desde la utopía. Y el alumno acabo superando al maestro...

Don Probo Buenafé le enseñó a mirar la vida desde la utopía. Y el alumno acabo superando al maestro...

Algunos desaprensivos de los medios le llamaban el Ludópata, por su afición al riesgo. Otros, como Carlos Herrera, el Fenómeno. Luis María Ansón – al que, sin embargo, le gusta de cuando en cuando babear con alguna de sus ministras, como González Sinde- aprovechaba para dejar constancia de su saber de historia y le apodaba Zapatero I, el de las mercedes. El  sin embargo pasaba por encima de ironías, de dimes y de diretes. Y continuaba su camino bajo los dictados de don Probo Buenafé, que fuera antaño su profesor de Teoría del Talante y del Humanismo Aplicado.

-Ten cuidado, hijo-le advirtió un día éste mientras paseaban juntos por el campo- ¡vas a pisar esa boñiga!…

-¿Boñiga?-se atrevió a corregirle José Luis mientras le miraba con sus ojitos azules más seráfico que  nunca-¡Pastel nutriente de origen vacuno que enriquece a nuestra madre tierra!…

Y don Probo, claro, tuvo que darle matrícula de honor.

A partir de entonces, su vida fue tirar para adelante viendo siempre la botella no medio llena, sino completamente llena. Y antes muerto que sin risa. O al menos sin la sonrisita de Bambi. Pero aquella tarde de septiembre fue demasiado. Mientras su sentido de estado y su compromiso con los más necesitados le tenía en Copenhague esperando que el COI derramara el cuerdo de la abundancia sobre Madrid 2016, el Fondo Monetario Internacional se atrevía a a anunciar el fin de la crisis. Con esta cruel apostilla: para todas las economías poderosas salvo España, que tardará al menos un año más en salir del bache y seguirá generando más desempleo. Qué bofetada para el abanderado del buenismo. ¡Qué desaire para el líder del optimismo antropológico!

Aquella noche el presidente no durmió bien. Soñó que estaba en el Palacio de Oriente, que alguien le abría las puertas del gran balcón que da a la plaza y que allí una multitud  enfervorizada le aclamaba diciendo cosas como prietas las filas, demos una lección al mundo, y si ellos tienen ONU, Fondo Monetario, Banco Central Europeo y esas cosas,  nosotros tenemos lo que nos da la gana.

-Españoles –sonó a través de la megafonía su voz aflautada y vacilante- ¡Ladran, luego cabalgamos!…Hagamos oídos sordos a los desafectos a nuestro régimen…

Entre sueños, creyó escuchar en su propia voz, que no era su voz, expresiones arcaicas, como los politicastros que, al socaire del comunismo…la Conspiración Judeo-Masónicay el Contubernio de Munich.

Y al despertar sudoroso y preso de la angustia pensó que, como ha ocurrido tantas veces con los grandes taumaturgos, el mundo estaba contra él. Y lamentó que don Probo, que ya criaba malvas, no pudiera resucitar para reeducar a la humanidad entera, rescatarla de su grave error y llevarla al terreno de su maravillosa  y única verdad.

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Los Pepitos Grillos domésticos

Miramos al horizonte profundo y el alma se esponja. Da igual que sea en el campo, en el mar o en la ciudad. Sólo hace falta distancia y perspectiva: la fantasía pone el resto. En el ápice del verano, el sol le despunta al Duende por detrás de la cúpula de San Francisco el Grande. Y siguiendo su rastro, muy frecuentemente se le amanecen también caras amables, algunas muy guapas, ¿por qué no?, y le hacen un guiño de complicidad. Adelante, majo, el papel en blanco es un desafío aterrador, pero aunque no se te ocurra nada la inspiración te sorprenderá escribiendo.

Y es verdad: pone uno dos líneas, levanta la mirada hacia la línea del horizonte y, como poco, además de la fachada el Madrid imperial sorprende el vuelo del algún pájaro que puede llamar la atención al urbanita. El Duende tiene censados mirlos, naturalmente, urracas, nada extraño, cacatúas verdes, que ya se han hecho avifauna propia, palomas -ratas voladoras las llama Carlos Herrera, pobrecillas- abubilllas y hasta azulones, que probablemente vienen de la no lejana Casa de Campo.

Uno se las arregla para que, ya dentro de casa, la mirada cercana no le de demasiados disgustos. Los años depuran y nos llevan inconscientemente al minimalismo. Sin embargo, aunque estemos en la edad de quitarnos de encima muebles, trastos y objetos decorativos superfluos, aún guarda uno algunos iconos de los que cuelga recuerdos o vivencias imprescindibles. Posamos la mirada sobre ellos con cierto cariño. Pero de repente, coño, damos un respingo. Y en lugar de una sonrisa, el objeto en el que hemos reparado nos devuelve una acusación insoportable. Es uno de los Pepitos Grillos domésticos, que en lugar de dar la vara a Pinocho nos acusa a nosotros de no hacerle caso, de no aprovecharle y, en suma, de ser unos majaderos.

El Duende padece a un pequeño canalla llamado MP3 o IPOD que le insulta cada vez que, buscando otra cosa, abre el cajón donde guarda prisión. Sabe que no puede entenderse con él, y no está dispuesto a ir en el metro fingiendo que escucha su música cuando aún no ha sido capaz de grabar en sus tripas una sola canción. Qué desperdicio. Entre el menaje de su pequeña cocina también hay algún ingenio moderno que se le resiste y que, por tanto se ha convertido en un flagelo de su mala conciencia.

Pero el Pepito Grillo más irritante es un una cosa llamada BROTHER MFC-2400C , y que pasa por ser impresora, fax y fotocopiadora. Tras dos meses enchiquerado en su envase como si fuera un temible Victorino, el aparato fue instalado y -horror- configurado (o formateado: no se qué es más espantoso). Debe de ser un buen invento, pero tan caprichoso y sofisticado que deja de funcionar a dos por tres. Se desconfigura, se desformatea, saca de sus casillas al Duende y, a la postre, como el Pepito Grillo más exquisitamente cabrón, le acusa de idiota y se ríe de él.

Hoy soñaba el Duende con otro post más poético. Pero no pudiendo soportar más infamias, tuvo la debilidad de apelar al servicio técnico. Tras una hora de teléfono le diagnosticaron el último infarto del aparato: se había acabado el cartucho del cyan… Tócate las narices, y Braulio sin informar.

Así que mañana el Duende olvidará a los diabólicos Pepitos Grillos domésticos y sólo mirará al horizonte. A lo mejor asoma el rostro de Naomi Watts.

Setién que pensar lo que dicen

 Ay, qué inoportunidad. Vive uno la madurez, intentando hacer caso a ese eminente pensador que es Luis Aragonés, que insiste en no confundir churras con merinas. Desea no meterse en jardines, no subirse al púlpito y dogmatizar, no perderse en polémicas que atizan viejas hogueras de intolerancia o, simplemente, de prejuicios irracionales.  Cumpliendo, eso sí,  con el deber de mantener el criterio, pero apuntando con la veleta a donde no suelen fijarse los grandes de la comunicación, que van poniendo los temas sobre el tapete y, como el tapete es verde, allá vamos a pastarlo como dóciles borreguitos. Hablando de las pequeñas cosas en las que no reparan ni Ansón, ni Cebrián, ni  Luis del Olmo, ni Gabilondo, ni Herrera, ni Enric Sopena, ni Jiménez Losantos. Y como para muestra bastan unos botones, velay la retahíla de las últimas chorradicas que desfilaron por el blog: la silueta de la Vespa, el drama de los calzoncillos absurdos, las interpretaciones del viejo higrómetro del fraile, la luz de los candiles, el simbolismo de los cochecitos de hojalata, los huevos duros de los hermanos Marx y la risoterapia. Aquí les querría ver a los santones de nuestro periodismo.

 Ay qué inoportunidad, que ya estaba en otros negociados, y de repente viene un chispazo de la actualidad y le retrotrae al Duende a su pasado de creativo publicitario, cuando tenía que parecer ingeniosillo a toda costa, y escribía titulares de anuncios que a nadie le importaban un pito, pero que creía que eran tan importantes como los pensamientos de Descartes  o de Ortega. Era  un simple jornalero de la pu, pero, como en esa profesión se ataban entonces los perros con longanizas, hacías un spot y te creías Fellini,  Almodóvar o Tarantino, o sea, el ombligo del mundo, como casi todos los cineastas. Y jugabas con la sinécdoque, o con el retruécano o con la aliteración  o con cualquier otra broma de lenguaje y decías: mecáchis, qué creativo soy.

Ay qué pena, caer en la vulgaridad, pero me lo ponen a huevo. Como a ZP, al que de vez en cuando la diosa fortuna le sonríe para que se deje de hablar de sus propias meteduras de pata y pongamos la lupa en las de los demás. Confiesa que ha mentido y al día siguiente entre Gallardón, Aguirre y  Rajoy la opinión pública pasa página. Dice digo a ANV y Batasuna donde antes decía Diego y corren en su socorro los señores prelados  a echarle el salvavidas.

Tienen todos los derechos, y, naturalmente, el de la libertad de expresión. Pero, predicando en nombre del Evangelio, es fácil encontrar en éste argumentos que hubieran aconsejado una mayor prudencia en sus documentos.

Por ejemplo, aquello de al César lo que es del César, y a Dios o que de Dios.

Por ejemplo, no hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti.

Por ejemplo, no busques la paja en el ojo ajeno si no ves la viga en el propio.

Así que por eso, y recordando a ciertos obispos especialmente indulgentes con el terrorismo etarra, aunque el Duende detesta que este blog sea un frontón ideológico y ya se le ha pasado la edad de las ocurrencias, no puede evitar el juego de palabras.
Setién que dar cuenta de que de vez en cuando hacen pis fuera del tiesto. Y Setién que pensar mejor lo que dicen. Porque, aunque vista de morado, hasta un obispo puede parecer un sepulcro blanqueado.

Una modesta proposición para producir más jamones

(Foto de Bernt Rostadt)

Moratinos/desatinos, dice o terror das ondas progresistas cuando valora los efectos de nuestra política exterior sobre los intereses comerciales de España. El Duende, compréndanlo, tiene que escuchar de todo. Mas no todo puede resultar tan nefasto cuando China y Estados Unido han dado el placet a nuestro jamón. Parafraseando al famoso refrán, podríamos decir sin embargo no hay bien que por mal no venga Ya lo ha advertido el locuaz Carlos Herrera, tan sobrado de sus capacidades que, con la misma solvencia con la que fustiga al gobierno vende sin cortarse un pelo sus deliciosos productos de La alacena de Carlos Herrera (por cierto, 129 € paletila de ibérico de 5 k., y regalo de un salchichón y dos o tres botellitas: envíos telefónicos llamando a un 902. De nada, Carlos, viva el corporativismo). Decía nuestro amigo que en cuanto despabilen estas dos gigantescas trituradoras que son los americanos y los chinos, se nos va a acabar el chollo del jamón. Menos a él, claro, que ya se habrá hecho multimillonario. El pensamiento que nos queda a la clase de tropa va de soi: otra vez la miel en los labios. ¡Ahora que nos podíamos permitir ese lujo!…

Porque no lo reflejará el informe PISA, que tiene en cuenta sólo los factores básicos e la educación. Pero otro de los puntos que ha dejado en nada la llamada cultura del esfuerzo recomendada nuevamente por los expertos es que el jamón tampoco es lo que era. Ya no es sólo manjar de privilegiados: la mayoría de nuestros niños lo catan como si tal cosa. Por pura pedagogía habría que recordar datos de antaño: una familia rural vivía todo un año de la matanza de un par de cerdos. A menudo, por estirar la chicha con la que condimentar la olla, trocaban los jamones, que era bocado de ricos, por gran cantidad de lorzas de tocino. En los escaparates de las tascas, se mostraban bocatas con el pan entreabierto y el jamón como una enorme lengua afuera que hacía bucle, pues la abundancia de esa exquisitez es lo que tentaba al transeúnte. Cuando una cosas gustaba mucho se decía que estaba jamón. Y si alguien pedía un imposible se le respondía: ¡y un jamón con chorreras! Aclaración, chorreras de esa grasa que va destilando el preciado pernil cuando, allá en la casa del pueblo, se terminaba de curar colgado de una viga de castaño o en los aledaños de la chimenea. Otras voces, otros ámbitos.

Y otros tiempos. Antes sólo distinguíamos entre el de York, el dulce y el serrano. El Duende, clase media, ni había oído hablar del ibérico pata negra, ni de Cumbres Mayores, ni de la Sierra de Aracena, pues no era de por allí, ni del recebo. Un cuñado del Duende, consciente de la seguridad que da en la vida haberlo comido desde chico, educó a sus hijos llamando jamón a la mortadela. Con lo que, aparte de ahorrarse un pico, los niños creían vivir en el mejor de los mundos. Más dura fue la caída del guindo, claro, cuando advirtieron que no es oro todo lo que cuenta el papi. Pero también lo será para muchos. ¿Habrá cerdos para todos?

A pesar de que ahora el pueblo llano ya ha tenido acceso a otras delicias como el caviar, el foie o los percebes, suele decir el Duende que nada es comparable al mejor jamón pata negra. Los gourmets se obstinan en precisar: son cosas distintas. Y uno insiste: serán distintas, pero el jamón de ibérico y bellota es el no va más. En la apoteosis de la del éxito del primer gobierno socialista, y cuando ningún empeño parecía imposible en ese triunfalista baño de modernidad que nos trajeron la Expo, el AVE y los Juegos Olímpicos del 92 el inefable Narçis Serra (Javier Capitán) recurrió al ingenio de Braulio para implementar -palabro muy apropiado para estas milongas-un proyecto de nueva especia porcina que multiplicara sus extremidades. Y Braulio revisó sus conocimientos de zoogenética y propuso el Cerdo del 92, un cruce de una cerda ibérica pata negra con el ciempiés, que así procrearía cerditos multipátidos capaces de incrementar ad libitum nuestra producción jamonera. Más milagros hace posibles la ciencia actual. El plan era genial, como casi todas los de Braulio, pero lleva su tiempo. A estas alturas, la cerda de la experiencia piloto después de superar varios ataques de cosquillas ya parece seducida por el insecto. Sólo le queda averiguar donde queda entre cien pies ese importante apéndice cuyo tamaño, dicen, nunca importa.

Adios a María Antonia Valls

 Algunos han, hemos, dejado RNE. Pero una de las voces que durante años nos acompañaron -con Carlos Herrera, con Antonio Jiménez, con Nieves Herrero, con Julio César Iglesias- lo ha hecho para siempre. Hoy tiene que llorar el Duende su muerte, y puede que algunos de los que empezaron con el Duende a partir de la radio la recuerden de inmediato, pues tenía un timbre inconfundible.

Estoy hablando de María Antonia Valls, una periodista inquieta y cercana, capaz de mezclarse con la calle y de interpretar con gracia y ternura el sentir de la mayoría. Fue novelista y reportera en distintos medios y, durante años, colaboradora en varias tertulias de la radio pública, siempre curiosa y con originales acotaciones que ponían un punto de ingenuidad a veces chocante entre tanta ironía guadaña como a menudo brilla en estos foros. Generalista amable y con mucho tino para el costumbrismo, igual hablaba de cine, teatro arte como de ópera o literatura, y siempre desmenuzando la crítica en obleas bienhumoradas fácilmente asimilables por los oyentes.

 Pero además de buena periodista era una mujer de carácter abierto y sencillo, y una excelente amiga. No sabría decir el Duende si tanto de él como de doña María y del padre Bonete, a quienes de verdad profesaba un gran cariño. Y eso se nota: ella hablaba para que se lucieran. Quizás no todos supimos devolverle el mismo trato.

Y siempre le quedará al Duende y a su carro de títeres un poso de amargura en esta despedida prematura. Pues por mala salud, o cambios necesarios en los programas, o por disparidad de criterios con los jefes,  o por fas o por nefas, María Antonia perdió sitio en la que fuera nuestra radio, y la dejó antes de que el ERE y el fin de una era -perdónese el juego de palabras- nos pusiera a los demás en la misma condición. Digamos que la suerte no fue después  demasiado gentil con ella. Dejó Madrid para vivir su última etapa en su Alicante natal, donde poco a poco fue languideciendo. Finalmente el mundo hostil pudo con ella. Qué pena que el Duende forme parte de ese mundo. Él sabe que esas campanas que doblan por nuestra amiga Maria Antonia también  lo hacen por todos nosotros.  

Otro beguin the beguine

OndaMadrid En la casa donde se crió el Duende había un viejo arcón de madera labrada de color negro. Era un mueble de un estilo que he visto en caseríos vascos o navarros, grandote y severo, pero muy útil. Servía para guardar vestidos y cortinas que iba quedando en desuso, pero que merecía la pena conservar. Allí, entre otras prendas y bolas de naftalina, descansaban esperando mejor oportunidad el abrigo del abuelo al que aún no se le había dado la vuelta, aquella estola de astrakán que tanto les gustaba a las hermanas para disfrazarse de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses y el smoking de cuando el padre no había desarrollado la curva de la felicidad.

Entonces los mi edad medían su importancia y su felicidad en agujeros del cinturón, que además se abrochaba muy por encima de donde se entalla ahora. La barriga era un signo de distinción de gerifaltes, de ministros, de capitalistas de pro y de generales con mando en plaza. Destinos que, salvo raras excepciones, ya no copan mis contemporáneos, sino gente mucho más joven y en general menos gruesa. El padre del Duende sólo fue un modesto funcionario, pero en sus mejores años no desdecía de la orondez de los opulentos. Superados los setenta años era sin embargo un hombre de peso normal. La barriga le había dicho adiós, no así la lucidez ni el criterio. Llegó a la jubilación por cumplir la edad reglamentaria, y se dedicó a disfrutar de ella, pero no le mandaron al arcón de la naftalina donde ahora dormía el disfraz del Duende.

A éste le ofrecieron un micrófono en Onda Madrid, la radio de la Comunidad de Madrid y ha aceptado encantado el reto. Ninguna imposición, ninguna indicación, salvo que siga intentando las travesuras que, con Iñaki Gabilondo, con Julio César Iglesias, con Olga Viza, con Carlos Herrera, con Antonio Jiménez y, por supuesto, con Javier Capitán, le hicieron reconocible en el dial. Tú vienes de lunes a viernes al programa de Curro Castillo y cuentas lo que te da la gana, le dijeron. Y allí estará hasta que el destino disponga otra cosa.

Pueden escucharle en el 101. 5 y en el 106 de FM en la Comunidad de Madrid, pero me dicen que se recibe también en buena parte de Castilla la Mancha y Castilla y León. A través de internet, como es natural, llega a cualquier parte del mundo. Basta entrar en esta web y pinchar en “escuchar en directo”.

No hubiera comunicado la noticia si no fuera porque desde que se estrenó este blog han sido insistentes las muestras de interés de muchos de sus lectores por una posible vuelta a la radio. Y hubiera sido una descortesía no responderles. Aún siendo locuaz, nunca fue el Duende partidario de dar cuartos de más al pregonero. Su madre se quejaba: hijo, me ha dicho la farmacéutica que hablas por la radio…El Duende callaba porque pensaba que ella lo que de verdad esperaba de él era que se convirtiera en hombre de provecho. Las cosas de la época.

Ahora lo cuenta porque, como en la película de Garci que logró el primer Oscar para España -alguna culpa tendría Cole Porter- se trata de beguin the beguine. Volver a empezar, qué nervios, y yo con estos pelos…Confiemos en que las neuronas cerebrales no se le hayan acorchado. Lo del olor a naftalina de su disfraz de Duende, se irá en tres paseos por la Casa de Campo.

El cabrón y el consentidor

Lo primero no es un exceso verbal propio. Utiliza el Duende este sonoro epíteto porque cita su fuente: así han llamado hace unos minutos Carlos Herrera y Antonio Martínez Barbeito al canalla urbano que agredió a una joven ecuatoriana en un vagón de metro. Reconozco que desbordan el libro de estilo de este blog, pero no es el Duende quién para corregir a los maestros del micrófono.

Lo curioso sin embargo es que, como se ha visto en televisión, el protagonista no estaba solo. Aparte de la víctima, viajaba en ese vagón semivacío otro ciudadano que miraba al infinito, y grababa la escena una videocámara, prima hermana del Gran Hermano. De Orwell a esta parte este ojo vigilante tiene muy mala prensa, y seguramente comete abusos sobre la intimidad de los ciudadanos. Pero hay que reconocer que si no fuera por él, ni el Solitario hubiera sido detenido ni el tiparraco del metro de Barcelona merecería ahora el reproche social.

Las videocámaras son odiosas. Se han convertido en aquel ojo implacable que en las ilustraciones de los antiguos manuales de Historia Sagrada perseguía a Caín después de que éste matara a Abel con una quijada de burro. Aunque el ojo ha desaparecido de la iconografía moderna, desdichadamente los caínes están ahí, en cualquier esquina, en la puerta de una discoteca o en un vagón de metro. El Gran Hermano los ha captado últimamente entre la llamada kale borroka, entrando en un cajero, matando a una indigente en Barcelona, apaleando a un detenido en una comisaría de pueblo o cebándose cobardemente en una chiquilla de dieciséis años tan acoquinada que ni siquiera se atreve a pedir socorro. A lo mejor resulta que lo odioso del Gran Hermano no es él, sino nosotros.

Porque lo más aterrador de la escena no es el ataque del bárbaro, sino la imagen del otro viajero que ante un atropello tan evidente mantiene impasible el ademán. Vaya usted a saber, pensaría, a lo mejor es un happening de unos actores, una pantomima, un truquito de uno de estos programas de televisión provocadores. Todo argumento vale para justificar la indiferencia, léase cobardía, a ver si por un gesto de buen ciudadano le cae a uno un guantazo. El Duende se pone en la piel del viajero de piedra, y probablemente piense que el miedo es libre, y que eso, al contrario que otras pendencias, no va con él. También recurrirá a que el mundo capitalista es una putada, ser inmigrante, un peligro, toda violencia es reprochable, y a que hay que estar contra la intolerancia y contra cualquier abuso de fuerza, especialmente si es contra una mujer. Pensará en suma que esta sociedad es una vergüenza, un asco. Aunque la culpa no sea mía, que sólo viajaba en metro y precisamente me bajaba en la próxima para asistir a una manifestación contra la guerra.

Malditas videocámaras, que más que ver nuestra mitad de ángeles, se fija sobre todo en nuestro lado demoníaco. Mal haya el puñetero Gran Hermano, que no sólo retrató al cabrón, sino también al consentidor.


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