Cuando se sentaba ante el ordenador, tenía por costumbre encogerse de hombros cerrar los ojos y esperar a la inspiración. Pero ese día en lugar de la inspiración sintió un dolor de cuello espantoso. Un dolor espontáneo muy punzante, de esos que se te prenden del cuerpo caprichosamente, como los murciélagos, y no te permiten pensar en nada más. El compromiso es el compromiso, de manera que el Duende no lo dudó y sin pensárselo dos voces llamó a su amigo Fulgencio Dalmer, prestamista de ideas.
-Fulgencio –le dijo- Tengo un dolor de cuello horroroso. Me tiene tan obseso que soy incapaz de que se me asome la musa. Así que si no te sirve de molestia te pediría que me prestes una idea para el post de hoy. Te quedaré muy agradecido.
Fulgencio Dalmer era un escritor compulsivo que escribía un mínimo de veinticinco folios al día. Era tan exuberante en la creación de imágenes y personajes que dejaba muchas ideas colgando. Como no sabía qué hacer con ellas, las guardaba en el congelador hasta que se las pedían los que las necesitaban.
-¿Te interesa el caso de Didier de Morentin? Es una idea magnífica.
Y como el Duende no conocía la base de datos, Fulgencio le explicó que Didier de Morentin fue un sacamantecas de la Guyena del siglo XVIII tan cuellicorto que, después de ser condenado a muerte por haber matado a catorce niños de su aldea, no pudo ser guillotinado.
-El verdugo se negó a ejecutarlo –explicó Fulgencio- Argumentaba que no había espacio para que la cuchilla de la guillotina separase limpiamente la cabeza del cuello del criminal, y no estaba dispuesto a que su inmaculada hoja de servicios quedara mancillada por una chapuza.
El Duende ponderó mucho la originalidad de la idea, pero excusó su utilización.
-No sé, Fulgencio…Con este dolor de cuello me da mal rollo tirar de Morentin…¿No tienes otra?
Fulgencio Dalmés acudió a su archivo y entresacó una ficha.
-Esta también te puede valer-dijo- Habla de un león de la sabana africana que se ha quedado impotente y ha caído en una profunda depresión. Ya sabes, hay que buscarle un nuevo sentido para su vida…¿Te gusta?
El Duende meditó su respuesta.
-¿Y qué se puede hacer con un león impotente?-preguntó antes de mojase.
-Hombre, en un extremo, puedes hacer de él la bestia más feroz y sádica que uno es capaz de imaginar. En el otro extremo, puedes convertirle en un león ONG. Eso ya es asunto de tu incumbencia.
El Duende se quedó con el león impotente y, como no sabía qué hacer con él, se lo llevó de turismo a Venecia. Allí el león paseó por la Plaza de san Marcos, admiró al colega alado que vigila la laguna desde lo alto del obelisco y después se dirigió al palacio Ducal , donde topó con otras fauces que siglos atrás hicieron leyenda.
-Estamos ante la famosa Boca di Leone –escuchó decir a una guía de turismo-, un buzón donde cualquier veneciano podía depositar una denuncia anónima contra la persona que le pareciera.
Una de los turistas que rodeaba a la guía era un tipo calvo, con gafas y un enorme bigotón. Tomaba nota de todo, y parecía literalmente fascinado por el gran servicio social que prestó en su tiempo aquella Boca delatora. Cuando reparó en que junto ella, y también con la boca abierta, había un león de verdad que le miraba embobado y que tenía la pinta de estar a la espera de mejor destino, no lo dudó ni un instante.
-¿Qué le agradaría trabajar en Barcelona?- le preguntó el señor del bigotón.
El león impotente pensó que se trataba de una oferta para trabajar en un circo. No era lo mismo que ser el rey de la sabana, pero quizás le ayudaría a recuperar su autoestima. Sin embargo, cuando llegó a Barcelona le plantaron en un cubículo que sólo daba a la calle por un diminuto ventanuco. Ahí debía permanecer día y noche, con su boca abierta para cumplir su cometido. Igual que se hacía en la Serenísima República de Venecia, debía recibir en su boca la denuncia de cualquier catalán contra cualquier otro que cometiera el terrible delito de rotular su comercio en una lengua que no fuera la vernácula.
-¡Osti, tú, Carod!- esuchó decir una de las autoridades el día que le inauguraron como buzón- ¡Quina gran idea! ¡Aixó si que es una boca!…
El león impotente podía convertirse en una pieza más de una máquina estúpida que castigaba de manera injusta a quien sólo ejercía un derecho constitucional. Pero aunque, como el del Porrompompero, él ni entendía ni sabía de leyes, un día se hartó de su innoble trabajo, y de un bocado se comió la mano que quería acusar a la dueña de Lencería Marceditas por no haber rotulado su tienda como ordenaba la Generalitat.
-¡Anticatalán!.-le dijeron cuando le despidieron-¡So facha!…¡Españolista!
Pero aquel mismo día olfateó a una leona en celo que trabajaba en un circo acampado en los arrabales de la ciudad, y lanzó un poderoso rugido. Ahora ya no era un león impotente, sino un león libre, feliz y con la autoestima en lo más alto.
A Fulgencio Dalmer, el prestamista de ideas, no le pareció mal final para su historia.




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