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La honorabilidad del conejo

No tienes claro si los múltiples conejos de la Casa de Campo son buenos o malos mara el medio ambiente...

No tienes claro si los  conejos de la Casa de Campo son buenos o malos para el medio ambiente…

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Al poco de morir Elías Querejeta escuchaste por la radio una entrevista grabada hace algún tiempo, en la que se repasaba su vida y su carrera como productor de cine. Hay famosos estomagantes y otros que van por ahí con aire de ser cualquier hombre: ni por lo que cuenta ni por cómo lo hacen parecen elegidos del destino, sino seres humanos que lo mismo podrían haber ganado un Oscar que tener una tienda de bicicletas o un carrito de helados.

Al productor vasco se le ha de agradecer también esto. Fue una figura fundamental para el cine español, pero en modo alguno el prototipo del productor soberbio y aplastante tipo Szelnik  o Jack Warner. Además reunía la condición de ex futbolista, cosa que admiras mucho, y jugador de la Real Sociedad, que aunque sólo fuera porque probablemente se hizo en la playa de La Conchaqué gozada, jugar allí- envidias más. Un día metió un gol al Madrid de Di Stéfano, y este incluso le felicitó por ello.

-Ché, pibe, bonito gol-dijo el fenómeno en uno de esos alardes de elocuencia que le caracterizan.

Metió un gol al Madrid, y por eso le admirarás siempre más incluso que por haber producido La caza, película que dirigió Carlos Saura y que  originalmente se tituló La caza del conejo.

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-¿Pero tú estás loco titulándola así? –le reprocharon los censores franquistas cuando examinaron la ficha de la película- ¿Tú sabes de lo que estás hablando?

Lo recordaba entre risas Querejeta. El creía ingenuamente que se trataba de un roedor, la pieza de caza básica para cualquier cazador, pero para los hurones del pecado y de la incorrección en el cine un conejo no podía más que un sexo femenino. Vade retro, Satanás. Así que eliminaron la palabra maligna y pusieron su alma en paz.

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Te reías tu también mientras dabas un larguísimo paseo esta mañana por la Casa de Campo. En este magnífico parque por el que los madrileños deberíamos estar eternamente agradecidos han proliferado de tal manera los conejos que, de ser cierta la visión de los torquemadas de antaño, tú estarías irremisiblemente condenado al fuego eterno. Aunque sólo fuera por mirón.

-Padre –le tendrías que confesar al padre Bonete-Me acuso de haber visto cientos de vaginas correteando por la Casa de Campo.

-¡Pero hijo!…¿Y no podrías haber evitando tan horrendo pecado?

-Difícil, padre. Si es que se le cruzan a uno por donde pisa…

Pobres conejos. Tan inocentes que eran cuando sólo eran roedores, figuritas de chocolate o personajes de los tebeos y de los cuentos.

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Los jardineros y los horticultores denigran a los conejos por devastadores. Pero estos animalitos son la base de la alimentación de buena parte de la fauna  española. Sin conejos no podrían sobrevivir ni los linces ni las águilas imperiales. O sea, que en este particular, como en tantas cuestiones medioambientales, no se sabe si es mejor la abundancia o la escasez de conejos.

A ti personalmente te hace gracia verlos corretear a tu alrededor como si fueran personajillos de una película de Disney, y lejos de esa metáfora cuartelera que los asocia con el sexo. Más mancha  precisamente el sexo en la Casa de Campo, donde es fácil ver toallitas higiénicas y kleenex usados que  no hablan `precisamente del cuidado de las putas ni de sus clientes por el parque público donde se desfogan. Nadie se mete con ellos, así que harían bien en  poner de moda lo que una buena amiga, dueña de perros, sugería al respecto.

-Si a nosotros nos obligan a recoger las cacas de perros con una bolsita de plástico…¿por qué no imponer también un putibag donde se recojan los desechos de un servicio de prostitución?

Todo sea por el medio ambiente. Y, de paso, por salvar la honorabilidad del conejo.

 

Domingo de desahogo

Empiezas recordando los tres milímetros, te recreas en los ocho kilómetros y cuando quieres darte cuenta  te estás desahogando en el más allá...

Empiezas recordando los tres milímetros, te recreas en los ocho kilómetros y cuando quieres darte cuenta te estás desahogando en el más allá…

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Te quedaste dormido en los tres milímetros, y no has escrito más desde entonces. Te columpiabas entre dudas, como te pasa a menudo. No sabías si celebrar la  noticia o disimularla. para no pecar de triunfalismo, que es algo que te espanta. Te acordaste quizás de aquel gobierno que derrochaba optimismo para luego, digámoslo claro, tener que envainársela y decir digo donde antes dijo Diego. Tan fresco, que de lo dicho nada, que estábamos a puntos de entrar en la Champions League de la economía pero ahora resulta que estamos arruinados. El bocerismo imperante.

Mejor ser prudente, ¿no? Así que has administrado los tres milímetros con cautela, intentando desencallar de tu cuarto ciclo de quimioterapia y probar que puedes seguir incorporándote a la normalidad.

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Entretanto el gallo del  invierno parece haberse despojado de sus espolones, y ha llegado un fin de semana plácido que invitaba a pasear. Una buena amiga te anima a ello, tú no sabes lo que aguantarás con esta especie de caparazón de tortuga Ninja que te encorseta y que después de proteger tus dorsales y ajustarse a tus lumbares cae en una especie de viserilla respingona  como la de algunos quelonios. A veces se te engancha esta en el borde de un mueble o, si pasas muy cerca, acaba barriendo el paquete de arroz de una góndola de supermercado. Dios, qué bochorno, qué mal rato- piensas entonces. Pero te arriesgas.

-Es que estoy muy animado por lo de los tres milímetros-le dirás al personal que repare en tu ortopédica minusvalía.

Y seguirás andando por Madrid Río, y te adentrarás en la Casa de Campo, por donde en esa hora temprana sólo pasean y rondan en bicileta los que les quitan las legañas a la mañana, y rodearás el Lago, y luego harás un alto en una castiza cafetería vecina de una churrería y probarás estómago con una mediana café de café con leche y una porra de tamaño francamente deshonesto recién frita. La cafetería es de un gallego que se parece a Saza con veinte kilos de más, y te ofrece gratuitamente a una escena de un sainete de Arniches. Mientras una clienta madurita moja un churro lamentándose de que los árbitros perdonaran ayer al Madrid un penalti de libro y otro cliente responde llamándole  antimadridista,  el barman que se parece a Saza anima a un tercer  personaje que por lo visto no tiene  novia a que vaya a un baile para singles que se organiza todas las tardes en un local de la Plaza de la Ópera.

-No veas lo guapas que se ponen ellas –cuenta- ¡Y sólo suenan piezas pa bailar agarro, y no esas gilipolleces de música discoteca!  Yo estaba harto de  mi mujer y ahora estoy casao con ésta- añade mientras señala con la cabeza a una joven mulata que friega los vasos y sonríe al sentirse aludida. A esta no le importa que no le llamen por su nombre. También le podía haberle llamado aquí, que es otro giro muy castizo y sainetero.

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Te das una ducha de costumbrismo madrileño a esas horas de la mañana, te has enjaretado un segundo desayuno no precisamente ligero, y luego volverás a casa, y revisarás el programa Endomondo de tu teléfono móvil que mide tus paseos. Y descubrirás que, entre unas cosas y otras, has recorrido con tu corsé ocho kilómetros. De tres milímetros pasas a ocho kilómetros, y sin apenas acusar el esfuerzo. Y has disfrutado: el paseo, el aire tibio y el sol discreto,  los patos del Manzanares, la Casa de Campo, el sainete del café. Sin que además las intemperancias de tu tubo digestivo pasen factura. Estás a punto de proclamarte M.F.P.M. O sea, algo que parece un sueño en estos tiempos de desánimo: Moderadamente Feliz Por unos Momentos.

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Pero al cruzar de vuelta a casa el Puente de Segovia das un salto atrás en el tiempo y vuelves a aquel día de la mitad de tu vida en que lo cruzaste desde el sur de Madrid hasta el centro de la capital con tres o cuatro mil madrileños más que corrían la primera Maratón Popular de Madrid.  Fue en abril de de 1980, si la memoria no te falla. Madrid tenía entonces un alcalde de izquierdas, un alcalde peculiar, bueno según sus corifeos y malísimo según sus compañeros de partido, siempre de mirada gacha y huidiza, siempre vestido de traje cruzado de color gris. Le llamaban el viejo profesor, porque profesor era de Filosofía del Derecho y maestro en la simulación política. Tanto despachaba bandos en latín como le bizqueaba el rijo cuando le entregaba un premio a Susana Estrada y esta aprovechaba el evento para sacarse una teta en público. Tiempos de apertura, de movida, en los que Madrid empezaba a organizar estas fiestas deportivas populares. Tú no habías hecho deporte en serio en tu vida, porque eras malísimo para el fútbol, que era lo que más te gustaba, y lo demás no te interesaba. Sin embargo te habías propuesto acabar la carrera para demostrarte  tenacidad y capacidad de sufrimiento, y subir así varios peldaños en tu autoestima. Te entrenaste a conciencia, y te  juntaste con un grupo de amigos,  te acomodaste  desde la  salida  a un  cómodo trote cochinero y así coronaste los 42 Kilómetros y 195 metros que cubrió el soldado Filípides desde la llanura de Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria de Atenas sobre Esparta.

-Nenikamen –dicen que dijo el soldado griego antes de expirar como un héroe.

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Nenikamen, o sea, vencimos.

Te acuerdas  de tus jóvenes treinta y tres años, y del amigo que te acompañó buena `parte de la prueba y  que luego, por la noche, te invitaría a cenar a su casa para celebrar la hazaña con otros vencedores. Era de Valladolid, pelirrojo y de carácter apacible y generoso, hombre de letras y finísimo abogado, con ese don privilegiado que es la imperturbabilidad en la sonrisa, como si se supiera elegido de los dioses para disfrutar de los amables sorbos que también sirve la vida y apañárselas para ser feliz y reflejar al exterior la imagen de un alma en plenitud. Te acuerdas de él con mucho cariño y, al mismo tiempo, con mucha pena, `porque entonces quedasteis más o menos igualados, pero él se te ha adelantado ahora en llegar a la última meta y te ha dejado derrotado y triste.

Se llamaba Antonio Alonso-Lasheras, un caballero, un amigo, un compañero siempre grato para andar por la vida. Recuerdas cuando hace apenas un mes le fuiste a ver al hospital, tú con puñalito en el pulmón y él con el suyo donde se lo clavó el destino. Nunca imaginaste que la próxima carrera juntos la haríais ya más allá de las nubes. Recuerdas las palabras de Corintios: muerte, ¿dónde está tu victoria?…Y las de Felipides: hemos vencido. Pues se vence en el maratón de la vida cuando dejas a tu paso, como Antonio, sonrisas, lágrimas y una profunda huella que exhala ternura y bohnomía.

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-Cómo te lías, hermano- te dices a tí mismo- Empiezas en los tres milímetros, te recreas en los ocho kilómetros y llegas a la eternidad.

Para qué negarlo. Te lías, de acuerdo, te pierdes en vericuetos sentimentales y nunca se sabe po dónde vas a salir de tus andanzas. Pero  cómo te desahogas.

La página que nunca termina de pasar

Algunas páginas de nuestra historia pesan tanto que parece imposible pasarlas de una puñetera vez...

Cada vez que el Duende pasea por la Casa de Campo se acuerda de su amigo Antoñito, que fue el primer compañero de pupitre con el que le sentaron en el colegio. Antoñito era de Cádiz, y don Pedro, el profesor, decía que hablaba con lengua de trapo. Fue la primera vez que el Duende escuchó esa expresión, lengua de trapo. Y le hizo gracia. Tanta como le hacía Antoñito, que vestía un jersey rojo en la época en la que la mayoría íbamos de gris o de marrón. A estos tonos la madre del bloguero  les decía “sufridos”, por lo bien que aguantaban los deshonores del desgaste. Con aquellos jerseys y pantalones sufridos parecíamos gorriones, cuando lo que apetece de niño es ser jilguero, también llamado sietecolores. El Duende odiaba el marrón, mucha España pobretona, dolorida y triste entonces, vestía así. Cuando ahora ve la serie Amar en tiempos revueltos siempre piensa que el estilista se ha pasado de optimista.

Pero a lo que iba, que pasea por la Casa de Campo y vuelve a su memoria Antoñito, que pertenecía a una familia aristocrática y acomodada. El 13 de junio, invitaba a a sus amigos a ese maravilloso bosque que rodea a Madrid por el oeste. Aparecía a la salida del cole un chófer con una furgoneta cargada con bolsones de pipas y patatas fritas, botellas de gaseosa y de orange -¡qué antiguo que da esto: aún no había asomado la Coca-Cola!-, cargaba a la pandilla y la dejaba en el campo. Una gozada de tarde. Aún se podían ver en el parque madrileño las trincheras de la Guerra Civil, y de vez en cuando alguien encontraba un obús por explotar, o unos casquillos de bala. Luego taparon las trincheras. O no. De vez en cuando se escarba y reaparecen. Qué espanto, ahora que ya no somos niños y sabemos lo que escondía aquella  guerra.

El padre de Antoñito era un falangista distinguido.  El Duende no era amigo del falangista, además ni sabía lo que significaba eso, sino de su hijo, que también le invitaba los jueves a ver la tele en su casa, porque en la del Duende no había llegado aún ese invento. El propio Antoñito sería luego un hombre de inequívocas derechas. No importa nada, sus vidas son muy distintas y ya apenas se ven. Pero cuando lo hacen hablan de otras cosas, se ríen juntos y se reconocen un recíproco afecto. El Duende le recuerda las excursiones a la Casa de Campo y él evoca al gato de la casa el Duende, que salía a parar la pelota como Ramallets cuando jugaban al fútbol por el pasillo.

Sin embargo el Duende está preocupado. Un amigo retoño del falangismo y un colegio marianista donde ambos recibieron educación religiosa. Lagarto, lagarto. En una de las dos Españas que, al decir de Machado, ha de helarnos el corazón, estamos marcados. O por lo menos eso se deduce de los medios que tan sabiamente manejan los que quieren la justicia a su medida. Por culpa de los chorizos de Gürtel, de los excesos del juez Garzón y de la incalificable conducta de unos delincuentes con alzacuello, en España parece que el único peligro son los falangistas criminales y los curas pederastas. Por las noches, el Duende sufre pesadillas. Sueña que todos los curas de su colegio le persiguen con la botonadura de la sotana abierta y babeando por los colmillos como macacos verriondos. Intenta  escapar angustiado, huye en la oscuridad, ve una luz al final del camino. Pero cuando llega allí se encuentra a Antoñito, tan gracioso, tan simpático y tan buen amigo, convertido ahora en un matón con camisa azul, el haz y las flechas bordados en rojo ayer y un pistolón al cinto.

-¡Ostras, Pedrín! –es todo lo que se le ocurre decir- ¿Pero no había quedado atrás todo eso?…

Menos mal que Pedro Almodóvar y los suyos han dicho que esta vez no pasarán. Pensar que muchos ingenuos creíamos que nuestros fantasmas  se habían disipado,  y que la página más penosa de nuestra historia había pasado definitivamente…

Dudas y OFBC (Oportunidades de Felicidad de Bajo Coste)

Además del amanecer y el anochecer, hay muchas otras OFPC a lo largo de días como éstos...

Se pregunta el bloguero qué hacer con esa nube de dudas que a veces, al despertar, encuentra en su pensamiento.

El pensamiento está en la cabeza, supone. Y de repente, en su perpetua confusión, se imagina como un personaje de comic que abre los ojos por la mañana, se sienta al borde de la cama y dedica unos minutos a eso que se llama repasar la agenda, desgraciada o afortunadamente vacía.

Y el grafismo de una interrogación se le clava en la frente, como si ésta fuera un corcho y debieran figurar en él los asuntos pendientes: en un postit, Familia, a saber, llamadas de control para saber qué rumbo toman estas vacaciones hijos, nietas, hermanos. En otro, Amigos, interesarse especialmente por los que están enfermos. En otro, Orden Personal, de cuerpo y alma. Este es el más caótico. En postit aparte Sección Romántica: recuerdos, ensoñaciones, ilusiones, pero también lamento y  flagelo por no amar, amar poco o no saber amar.  ¿Cómo va a afrontar uno un nuevo día sin  peinar esa zona del alma? Más papeles, este dedicado a Deberes Esenciales. El primero, cumplir con el blog, que se queja de que su mantenedor afloja, está disipado, se repite, vacila, aburre, carece de interés. Jo, qué compromiso y qué mérito el de los que saben atrapar la atención de los demás escribiendo. Un último papelito, fundamental: OFBC.  Es decir, Oportunidades de Felicidad  de Bajo Coste.

Se inclina por una de éstas. Se levanta, desayuna, se asoma a la ventana. Inopinadamente –parece que el invierno no se retiraba nunca- ha amanecido un día de primavera como los de entonces. Entonces era el territorio de la infancia. No había felicidad comparable a la de dejar Madrid  para ir al campo. No había placer mayor que bajarse del coche y echar a correr por entre las gallinas y las ovejas, saludar a los caballos que pastaban, acercarse al arroyo y ver si habían subido las bogas a desovar, buscar galápagos, ver parir a la vaca, escuchar el crotoreo de la cigüeña que anidaba, desde tiempo inmemorial, en lo alto del cedro del jardín y tumbarse luego en la hierba verde a ver el vuelo de los vencejos y de los tordos. Añádase a ello el aroma de las mimosas y de los lilos, el sesteo bajo el sol de primavera, y el rumor lejano, al atardecer, de las esquilas y cencerros del ganado volviendo a la majada. Dios, qué música.

Aún hoy, en cualquier afuera de cualquier ciudad y en cualquier campo de cualquier pueblo de España hay oportunidades parecidas al alcance de todos. Ver, respirar hondo, escuchar y, de propina, soñar. Además, en una iglesia de Madrid la Orquesta Barroca de Helsinki y el Coro de la Capilla Real de Madrid ofrecen cantatas de Bach gratis. Como habrá en otros lugares conciertos, actuaciones, exposiciones o, simplemente, paisajes por los que vale la pena salir de casa. Como decía su viejo y sabio amigo Pepe Pérez Gállego cuando bebía agua del manantial, las mejores cosas de la vida  no se pagan con dinero.

Y casi punto final. El bloguero no desterrará al cabo sus dudas ni sus dolores íntimos. Pero tiene muy claro que días como éste no abundan. Así que echa la firma al post y se larga a correr por la Casa de Campo. Feliz semana a quien lea este blog y sepa disfrutar de la OFBC que tenga más a mano.

Carta a Jorge Manrique

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A pesar de todo, no estoy de acuerdo en que cualquier tiempo pasado fue mejor...

Querido maestro

Antes que nada debo decirte que fuiste uno de los primeros escritores que admiré. Las Coplas a la muerte de tu padre se nos grababan a casi todos los escolares de mi época. Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte…Las recitábamos de memoria.

En cierta manera, se me pegó el espíritu que derramaban sus versos. Quizás recuerdo demasiado. He caído en la tentación del exhibicionismo que proporciona ese invento llamado Internet: ya sabes, es como el diván del psicólogo. Tengo amigas como Cristina y Bibi que se dedican a escuchar a la gente y a ayudarla así, pero según sus normas, la terapia no funciona cuando el que se tumba en el diván es conocido. Por eso creo que he acabado en el rollo este de la red. Un lío. Me hubiera sido mucho más agradable una psicología entre gente conocida.

Recuerda mi alma dormida…Demasiado, a lo que se ve por los que aún se asoman por aquí. Recuerdo, sí. Y me critican por ello, puede que con razón.  El pasado suele tener mala prensa. Es de gente medrosa y por lo general triste.  Sin embargo es el único pavimento que uno conoce, y por el que transita con cierta seguridad. El presente no llega a ser: pasa bajo nuestros pies como una alfombra en cinta transportadora. ¿El futuro? ¡Oh!…Hubo un tiempo que soñaba con él, pero me ha hecho tantas pedorretas y está tan desgastado por la verborrea de los políticos, del lenguaje empresarial, de la publicidad y de las escuela de negocios que no me merece demasiada consideración. Además, ahora que valoramos tanto el espíritu democrático…¿Has visto algo más tiránico que futuro? ¿Ha consultado alguna vez algo  a alguien? Se presenta cuando quiere y hace lo que le sale de las narices. Lo de mitificarlo y levitar cuando se le menciona me parece recurso de cantautor con guitarra de cuerdas rotas y seso vacío. Yo soporto el futuro porque no me queda más remedio. A pesar de eso, procuro no llevarme mal con él.

Eso tampoco quiere decir que esté de acuerdo con el más famoso de los versos de tus coplas. Cómo, a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado fue mejor…Si somos serios, hay que reconocer todo lo contrario. Que a pesar de todas las miserias, los peligros y los desafueros del mundo actual, cualquier tiempo pasado fue muchísimo peor. Eso sí, si nacías en una familia donde comías caliente, si tenías  cerca un parque para jugar a las chapas con tus amigos, si te sobraban cinco pesetas para ir al cine y, además no te enterabas de lo que pasaba por ahí, eras feliz. Había mucha mierda. Pero quizás ni la veíamos ni nos llegaba su hedor.

Dos notas de esta semana para demostrarte que no soy tan pesimista. El jueves actué en la convención de una empresa japonesa que celebraba veinte años de su llegada a España. Fíjate qué contradicción, yo aquí tan coñazo y aún hay quien me contrata para alegrar esos actos. Una parte importante de las ponencias fue para mostrar los programas sociales de la firma. Entre ellos, quizás el más impactante, su obsesión por la integración de los discapacitados. Un chaval llamado Pablo –también un chico Down, como el asombroso Pablo Pineda de la película Yo también- aplaudía a rabiar cuando dos compañeros de trabajo con enfermedades degenerativas que les mantienen en sillas de ruedas eran premiados por los proyectos que han desarrollado para aplicar la tecnología de la casa a  facilitar la vida de muchos impedidos. Yo me acordaba de las voces del niño del segundo de la casa donde nací, que se escuchaban por el patio. Las oí durante muchos años. Era un muchachito con una cabeza monstruosa, sin ojos, lo que entonces se llamaba, sin mucha delicadeza, un subnormal. Las escuché hasta que murió. Pensé lo terrible que ha sido la vida de los discapacitados y de sus familias hasta que la  sensibilidad social al menos les ha mirado. No, Jorge Manrique, no tienes razón. No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor.

La otra –si no, no sería yo escribiendo- es una nadería importante: el descubrimiento de las rosquillas más deliciosas que he tomado en mi vida. Las sirven en una cafetería de la calle Alfonso XI de Madrid, frente a la COPE. Maravillosas. Y, al contrario que las porras y los churros, mantienen su sabor y su textura incólumes para ser, a lo largo de la mañana, un desayuno  perfecto para golosos. Un amigo mío suele decir que la mayor felicidad de este mundo está en lo que rodea a un agujero. Debe de referirse a estas rosquillas. ¿O no?…

Nuestra vida son los ríos que van a dar a la mar…Yo ahora, de momento,  me conformo con ir a correr a la Casa de Campo, que está vestida de otoño. Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando…Y uno en el centro de esa rosquilla, que es la existencia, buscando dónde morder para endulzarse los días y hacerle guiños al pelmazo del futuro.

En fin, querido maestro. Espero que no te mosqueen mis observaciones a tu obra más señera. Es mi oficio, al cabo uno no es más que un espíritu travieso que te respeta y te admira.

Tuyo afectísimo

El Duende de la radio

Días de zarzuela y rosas

(Foto de La Sombra del Viento)

España ya no es lo que era. Compra el Duende en un pequeño colmado barrial donde aún es posible llevarse el pan, un brick de leche, y un par de berenjenas sin tirar de chequera -no se sabe cuánto durará este chollo, al paso que vamos- y se encuentra a Daniel  vestido  de camisa blanca, chalequillo, parpusa y pañuelo al cuello. Daniel es el dueño de la tienda, y la parpusa es la gorra de los chulos madrileños. Se supone que en cualquier otra comunidad autónoma  la incluirían entre los llamados hechos diferenciales, pero tampoco es tan diferente. Y además en Madrid lo diferencial es que estas cosas nos tienen sin cuidado: no se conoce a más de diez madrileños que sepan explicar por qué nuestra bandera es roja con estrellas blancas ni, mucho menos, cantar una sola palabra de nuestro himno. Y tan frescos.

 Daniel está hoy contento, porque canta en una función benéfica y va a poder demostrar su arte. Es que en realidad yo soy barítono -puntualiza- Pero la vida no me ha dejado ser artista, ya ve usted…Y mientras le despacha al Duende, se estira con aquella famosa romanza del maestro Serrano:

                                                 Junto al Puente de la Peña,

                                                  la otra tarde la encontré…

                                                  Y su guante, chiquitito,

                                                  me cayó a los pies

 En éstas entra en el colmado el señor Celedonio, que se jubiló de sargento de la Policía Municipal hace años. Celedonio es viudo y vive solo, pero tiene nietas a las que lleva a ver los desfiles de la escuadra de coraceros del cuerpo, tan vistosa, con los guardias a caballo luciendo sus cascos de plumero y sus lanzas. También pasea por la Casa de Campo y busca setas, cardillos y hasta espárragos silvestres. Celedonio es adusto en sus modales, y habla como si fuera un telegrama. Llega a la tienda con tres churros enhebrados en un junco,  al estilo antiguo. Así aparece todos los días.  Pero, hoy, sorprendentemente,  en la mano lleva también un diminuto ramo de flores anudado por un lazo. Por un momento, el colmado respira la fragancia de las flores. Celedonio advierte en un pispás que Daniel viste de artista, y lo considera. Pero eso no altera su flema de policía jubileta, por lo que  hace su pedido con  su habitual laconismo castrense. Buenos días, Plácido Domingo.  Tres pimientos, paquete arroz, pan y MARCA. ¿Se debe?… El tendero barítono le vacila con fina ironía. ¿Y las flores, también son de la Casa de Campo?…Celedonio baja los ojos y farfulla entre dientes. No. Son rosas de pitiminí, una joya de la botánica…

 Celedonio se despide, se  da la vuelta y se va. Daniel le mira, sonríe al Duende y, haciendo un gesto hacia el viejo policía, dice un vamos que vamos. Hasta que otra parroquiana apunta un nuevo dato. Son de la mercera, te  lo digo yo…Se les ha visto paseando juntos, le lleva los churros todas las mañanas, y siempre ha presumido en el barrio de un  rosal mu especial que crece en su patio.

 España ya no es lo que era. Un comerciante de ultramarinos que canta romanzas y un viejo policía desarmado por un ramillete de rosas de pitiminí. Si don Pelayo levantara la cabeza…

 

 

Los Pepitos Grillos domésticos

Miramos al horizonte profundo y el alma se esponja. Da igual que sea en el campo, en el mar o en la ciudad. Sólo hace falta distancia y perspectiva: la fantasía pone el resto. En el ápice del verano, el sol le despunta al Duende por detrás de la cúpula de San Francisco el Grande. Y siguiendo su rastro, muy frecuentemente se le amanecen también caras amables, algunas muy guapas, ¿por qué no?, y le hacen un guiño de complicidad. Adelante, majo, el papel en blanco es un desafío aterrador, pero aunque no se te ocurra nada la inspiración te sorprenderá escribiendo.

Y es verdad: pone uno dos líneas, levanta la mirada hacia la línea del horizonte y, como poco, además de la fachada el Madrid imperial sorprende el vuelo del algún pájaro que puede llamar la atención al urbanita. El Duende tiene censados mirlos, naturalmente, urracas, nada extraño, cacatúas verdes, que ya se han hecho avifauna propia, palomas -ratas voladoras las llama Carlos Herrera, pobrecillas- abubilllas y hasta azulones, que probablemente vienen de la no lejana Casa de Campo.

Uno se las arregla para que, ya dentro de casa, la mirada cercana no le de demasiados disgustos. Los años depuran y nos llevan inconscientemente al minimalismo. Sin embargo, aunque estemos en la edad de quitarnos de encima muebles, trastos y objetos decorativos superfluos, aún guarda uno algunos iconos de los que cuelga recuerdos o vivencias imprescindibles. Posamos la mirada sobre ellos con cierto cariño. Pero de repente, coño, damos un respingo. Y en lugar de una sonrisa, el objeto en el que hemos reparado nos devuelve una acusación insoportable. Es uno de los Pepitos Grillos domésticos, que en lugar de dar la vara a Pinocho nos acusa a nosotros de no hacerle caso, de no aprovecharle y, en suma, de ser unos majaderos.

El Duende padece a un pequeño canalla llamado MP3 o IPOD que le insulta cada vez que, buscando otra cosa, abre el cajón donde guarda prisión. Sabe que no puede entenderse con él, y no está dispuesto a ir en el metro fingiendo que escucha su música cuando aún no ha sido capaz de grabar en sus tripas una sola canción. Qué desperdicio. Entre el menaje de su pequeña cocina también hay algún ingenio moderno que se le resiste y que, por tanto se ha convertido en un flagelo de su mala conciencia.

Pero el Pepito Grillo más irritante es un una cosa llamada BROTHER MFC-2400C , y que pasa por ser impresora, fax y fotocopiadora. Tras dos meses enchiquerado en su envase como si fuera un temible Victorino, el aparato fue instalado y -horror- configurado (o formateado: no se qué es más espantoso). Debe de ser un buen invento, pero tan caprichoso y sofisticado que deja de funcionar a dos por tres. Se desconfigura, se desformatea, saca de sus casillas al Duende y, a la postre, como el Pepito Grillo más exquisitamente cabrón, le acusa de idiota y se ríe de él.

Hoy soñaba el Duende con otro post más poético. Pero no pudiendo soportar más infamias, tuvo la debilidad de apelar al servicio técnico. Tras una hora de teléfono le diagnosticaron el último infarto del aparato: se había acabado el cartucho del cyan… Tócate las narices, y Braulio sin informar.

Así que mañana el Duende olvidará a los diabólicos Pepitos Grillos domésticos y sólo mirará al horizonte. A lo mejor asoma el rostro de Naomi Watts.

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba – germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.

Otro beguin the beguine

OndaMadrid En la casa donde se crió el Duende había un viejo arcón de madera labrada de color negro. Era un mueble de un estilo que he visto en caseríos vascos o navarros, grandote y severo, pero muy útil. Servía para guardar vestidos y cortinas que iba quedando en desuso, pero que merecía la pena conservar. Allí, entre otras prendas y bolas de naftalina, descansaban esperando mejor oportunidad el abrigo del abuelo al que aún no se le había dado la vuelta, aquella estola de astrakán que tanto les gustaba a las hermanas para disfrazarse de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses y el smoking de cuando el padre no había desarrollado la curva de la felicidad.

Entonces los mi edad medían su importancia y su felicidad en agujeros del cinturón, que además se abrochaba muy por encima de donde se entalla ahora. La barriga era un signo de distinción de gerifaltes, de ministros, de capitalistas de pro y de generales con mando en plaza. Destinos que, salvo raras excepciones, ya no copan mis contemporáneos, sino gente mucho más joven y en general menos gruesa. El padre del Duende sólo fue un modesto funcionario, pero en sus mejores años no desdecía de la orondez de los opulentos. Superados los setenta años era sin embargo un hombre de peso normal. La barriga le había dicho adiós, no así la lucidez ni el criterio. Llegó a la jubilación por cumplir la edad reglamentaria, y se dedicó a disfrutar de ella, pero no le mandaron al arcón de la naftalina donde ahora dormía el disfraz del Duende.

A éste le ofrecieron un micrófono en Onda Madrid, la radio de la Comunidad de Madrid y ha aceptado encantado el reto. Ninguna imposición, ninguna indicación, salvo que siga intentando las travesuras que, con Iñaki Gabilondo, con Julio César Iglesias, con Olga Viza, con Carlos Herrera, con Antonio Jiménez y, por supuesto, con Javier Capitán, le hicieron reconocible en el dial. Tú vienes de lunes a viernes al programa de Curro Castillo y cuentas lo que te da la gana, le dijeron. Y allí estará hasta que el destino disponga otra cosa.

Pueden escucharle en el 101. 5 y en el 106 de FM en la Comunidad de Madrid, pero me dicen que se recibe también en buena parte de Castilla la Mancha y Castilla y León. A través de internet, como es natural, llega a cualquier parte del mundo. Basta entrar en esta web y pinchar en “escuchar en directo”.

No hubiera comunicado la noticia si no fuera porque desde que se estrenó este blog han sido insistentes las muestras de interés de muchos de sus lectores por una posible vuelta a la radio. Y hubiera sido una descortesía no responderles. Aún siendo locuaz, nunca fue el Duende partidario de dar cuartos de más al pregonero. Su madre se quejaba: hijo, me ha dicho la farmacéutica que hablas por la radio…El Duende callaba porque pensaba que ella lo que de verdad esperaba de él era que se convirtiera en hombre de provecho. Las cosas de la época.

Ahora lo cuenta porque, como en la película de Garci que logró el primer Oscar para España -alguna culpa tendría Cole Porter- se trata de beguin the beguine. Volver a empezar, qué nervios, y yo con estos pelos…Confiemos en que las neuronas cerebrales no se le hayan acorchado. Lo del olor a naftalina de su disfraz de Duende, se irá en tres paseos por la Casa de Campo.


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