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Espiados como somos

La imagen y el slogan lo dicen todo. Pero el mérito es del grafista que la firma. Gracias por el préstamo, amigo

La imagen y el slogan lo dicen todo. Pero el mérito es del grafista que la firma. Gracias por el préstamo, amigo

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La globalización de la información genera obsesiones y ansiedades que a veces rozan la histeria. El caso WikiLeaks, el reciente rebote de los aliados de Estados Unidos al enterarse de que el Gran Hermano les espiaba y la sospecha generalizada de que la todopoderosa CIA conoce hasta la marca de los calzoncillos que usamos los españoles han escamado sobremanera a Homper. Ahora nuestro amigo no sólo es un hombre perplejo, sino cabreado. Dice que el espionaje se ha puesto de moda de tal manera que hasta él es víctima de los Philby de nueva generación.

-A mí me han espiado para tratar de venderme un implante capilar- dijo solemnemente la última vez que te lo encontraste.

Por un momento pensabas que le había entrado un puntito de locura. Pero cuando adivinó que estabas a punto de reaccionar con una sonrisa, como diciendo no digas tonterías Homper, te enseñó el documento que confirmaba su sospecha. Se trataba de una carta de la compañía Sanson´s Hair en la que de una forma muy elegante venían a decirle que su coronilla se había despejado de cabello por una alopecia que sus revolucionaria cirugía de implantes podría repoblar fácilmente, devolviéndole la apostura que los años le habían desarbolado.

-Todo por el módico precio- subrayó Homper en un tono que no ocultaba su irritación- de cuatro mil euros. Y avalado por esta fotografía que no se cómo carajo han podido obtener.

La fotografía que Homper te enseñó era ciertamente insólita. Uno guarda fotografías suyas de todas las edades y en casi todas las posturas, pero no recuerda ninguna que haya sido tomada desde un punto de vista zenital. La de Homper era justamente una instantánea disparada por una cámara instalada en el techo de un ascensor y mostraba, efectivamente, a un caballero al que, como dicen los actores, se le veía el cartón. El hombre, vestido elegantemente con un traje a rayas, parecía mirar un retrato enmarcado que tenía en sus manos, y estaba rodeado por otras personas agrupadas estrechamente a su alrededor. Se podía distinguir entre ellas un casco de motorista, una gorra de repartidor de pizzas, varias melenas femeninas, las cabelleras y hombreras de dos hombres más bien trajeados y una cresta punki. Alrededor de la cabeza del supuesto Homper, los espías de Sanson´s Hair habían trazado con un rotulador blanco un círculo, pero ningún otro rasgo significativo podía demostrar que semejante claro capilar le perteneciera a él, y no a otro.

-¿Y cómo sabes que esa calva es la tuya?- preguntaste.

Homper se sacó entonces un bolígrafo el bolsillo interior de su chaqueta y apuntó con él  a lo que sostenía en sus manos. Entonces te diste cuenta de que el cuadro era un retrato de mujer.

-Por ella –dijo tras exhalar un suspiro- Si la conocieras…

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Cherchez la femme…Homper te explicó que el retrato enmarcado que llevaba en las manos y que se adivinaba en la foto traidora era de Dolores, una mujer casi treinta años más joven que él que conoció en una bombonería donde trabajaba como dependienta. No era una mujer cualquiera, no. Algo debía de tener de especial para que a él, curado ya de los melindres del corazón y cercano a la misoginia, le hubiera calado tan hondo. El caso es que desde entonces cada vez que tenía un compromiso social lo solucionaba regalando bombones, lo que le había llevado a trenzar una relación digamos que amistosa, o ligeramente más que amistosa, con ella.

-Imagínate, cuando me descubra esta tonsura que yo ni me podía imaginar –dijo evidentemente apesadumbrado.

Entonces comprendiste que su alarma no venía de ser espiado y acosado por una clínica de implantes capilares desaprensiva, sino de haberse dado cuenta de que aunque el frontal de su cabeza, sus sienes y su nuca lucían buen pelo y él en modo alguno se sentía calvo, le espantaba que Dolores llegara a descubrir la desnudez de su coronilla.

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Homper te arrastró hasta el ascensor donde, a su juicio, habían tomado la fotografía que probaba el espionaje de Sanson´s Hair. Se trataba de un edificio de oficinas de la zona Azca ocupado en la mayoría de sus pisos por una empresa de seguros donde trabajaba su amigo Bartolomé, un aficionado a la pintura hiperrealista que había volcado a un lienzo la fotografía de su admirada Dolores. Homper había ido a recoger el retrato de su musa a la duodécima planta y tanto a la subida como a la bajada había utilizado el ascensor número 3, una máquina Schindler cuyas paredes y techo estaban recubiertas por espejos.

-Es indignante – exclamó en voz alta señalando al espejo del techo, que reflejaba su crispación- Haré que el personal de seguridad lo desmonte y nos muestre la cámara oculta.

-Pero ¿de qué cámara oculta hablas?…¿No te das cuenta de que cualquiera de los que subían contigo en el ascensor podía haber apuntado la cámara de su teléfono móvil al techo para fotografiar disimuladamente tu coronilla?

Homper frenó en seco su berrinche y se quedó pensativo. Entonces recordó aquel día en que se le ocurrió llamar a Dolores desde el cuarto de baño sin darse cuenta de que había activado la videollamada, y de que su musa estaba punto de verle en la muy poco honorable postura de despachar con el señor Roca asuntos mayores. Menos mal que se dio cuenta a tiempo. Pero ni siquiera eso le armó de precauciones contra esta sociedad de la tecnología que se empeña en saberlo todo de todos, y que fabrica, como si fueran chuches, artilugios que nos espían solos y exponen nuestras vergüenzas a la mirada pública.

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-Habrá que actuar siempre como si volara un dron sobre nuestras cabezas –admitió Homper con preocupada resignación- Y procurando evitar que nuestra intimidad nos comprometa…Pero, hablando de otra cosa- añadió llevándose la mano a la coronilla-¿tú aceptarías la oferta de Sanson´s Hair?…

Le dijiste que en tu opinión ese miedo de los hombres a la calvicie es cosa de otro tiempo. Que según las mujeres inteligentes que conoces no es tan importante el pelo como la sesera, y aducen que calvos eminentes como Sean Connery o Ed Harris no han necesitado de implantes ni bisoñés para conquistar corazones femeninos.

-Además, esta es una sociedad de espejos múltiples en los que se refleja todo. Algunos visionarios pretenden hacernos creer que un implante o un retoque estético nos va a convertir en otro mucho más guapo, pero…¿merece la pena abandonar tu imagen de toda la vida si ésta no ofende?…Además, no olvides que nos espían: lo acabaremos sabiendo todo.

Homper te ha acabado haciendo caso. Ha mandado a los de Sanson´s Hair a hacer puñetas. Y no sólo eso. Comoquiera que debía operarse de cataratas y que aprovechando la intervención, que cubre su seguro, el oculista le dijo que podría implantarle unas lentillas que eliminarían de por vida sus gafas progresivas por el módico precio de tres mil euros, se sintió reforzado en su autoestima y rechazó amablemente la oferta.

-Les he dicho que verlo todo perfectamente a todas horas tampoco es tan agradable, con la de cosas horrorosas que hay en la vida. Prefiero seguir llevando las gafas, quitármelas de vez en cuando para descansar y gastarme ese dinero en un viaje a un lugar maravilloso que quizás pagado esas lentillas no vería nunca. Ni bien ni mal.

Homper terminó su historia contándote que lo que le dejó perplejo esta vez fue San Petersburgo.

-Lo recorrí  con Dolores de la mano –dijo emocionado- Y me pareció la ciudad más  más hermosa del mundo.

Y añade que se sintió feliz, y que no le importaba demasiado sentirse espiado, porque en todo caso verían  en él al auténtico Homper. Es decir, a un hombre tal cual fue siempre  sólo transformado por el amor de una mujer.

Conductas inapropiadas

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A medida que cumple años Homper ha perdido expresión facial. Ha visto tantas cosas asombrosas que en realidad es una boca abierta en torno a la cual se distingue a un ciudadano. Ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni elegante ni hortera, ni crítico ni complaciente, ni alegre ni triste. Es un hombre perplejo del montón.

-¿Pero se ha enterado usted de la última?- le dice la frutera mientras le pesa unas peras conferencia. Por cierto, que cómo no habrán encontrado mejor nombre para bautizar a esta clase de peras.

Se amosca, frunce el ceño, se encoge de hombres, hace una mueca de disgusto y a otra cosa, mariposa. El día que no salta un escándalo financiero o un choriceo político es uno de faldas en la CIA. El día que el mundo no contiene el aliento por la tormenta perfecta sobre Nueva York, se paraliza España por la Huelga General o porque un jugador vasco seleccionado para jugar con España no se atreve a decir el nombdre del país al que representa y habla de “la cosa”

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Homper se atrevería a diagnosticar que lo de Susaeta es, primero, una gilipollez, y luego una cobardía. Una cobardía comprensible quizás, si se tiene en cuenta que él es jugador del Athletic de Bilbao, buque insignia del nacionalismo vasco, donde a sus ídolos Javi Martínez y Fernando Llorente, que se han atrevido a pensar que hay vida futbolística y profesional más allá del Euskalerría, les llamaban españoles para insultarlos. Susaeta es vasco y buen jugador, pero no tonto. Aunque tampoco lo bastante listo como para darse cuenta de que, yendo a jugar con el equipo de España, no le iban a preguntar en Panamá qué siente como miembro de un grupo de coros y danzas.

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-Ni el buenazo de Del Bosque ha sabido encontrar excusas para el muchacho- le comentaba Homper al peluquero. Y es raro, porque él es un hombre de buena labia, y podía haber utilizado lo de conducta inapropiada.

Tiene razón. Se sospecha que el Duque de Palma había guindado varios millones de forma un tanto irregular, y su granujada fue calificada de conducta inapropiada. Y como los eufemismos hacen fortuna y traspasan fronteras, ahora resulta que del general Petraeus, que al parecer se había liado con su biógrafa, se viene a decir lo mismo. El hombre pertenece a una familia de rancio abolengo en la carrera de las armas, y además no tiene cara de sátiro, ni siquiera de milico, sino más bien de predicador o de investigador científico. Tal vez por eso merezca mejor trato, y la prensa no pone el acento en su adulterio, sino que le echa una manita y vuelve a sacar lo de la “conducta inapropiada”. O sea, que uno puede darse una alegría para el cuerpo con un fruto prohibido y no adulterar, sino mantener una conducta inapropiada.

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Homper ve con alivio cómo el buenismo del lenguaje va relevando sus culpas y disfrazando sus pecados. Pensaba que la conducta inapropiada era sorber la sopa, saltarse un paso de cebra con el coche, tirarse un pedo en un acto académico o ponerse a hablar por el móvil en voz alta en el transcurso de un funeral. Pero ahora tiene margen de actuación: él se tiene por buen ciudadano, y procurará mantener la compostura. Pero quién sabe, cualquier día se harta, como media España, y comete un error de expresión o un desmán. Da igual una metedura de pata sonada, como la de Susaeta, que un delito, asaltar un banco con la cara tapada por una media de lycra y un trabuco de bazar chino o acosar sexualmente a la estanquera blandiendo un calabacín como arma agresora. Podrá en tododos esos casos parecer un delincuente,un gamberro o, como mínimo, un tonto. Pero visto lo visto, también tiene derecho a que su comportamiento sólo sea considerado conducta inapropiada.

El vaso de Nerón y otras joyas de nuestra cultura

De las extravagancias de Nerón cualquier escritor audaz puede hacer un best seller...

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Una arqueóloga descubre entre las piedras sillares de un viejo molino un pequeño cofre que contiene un vaso de vidrio y en su interior un parche para ojos tuertos. El vaso lleva grabado la letra N, mientras que en la cinta del parche se adivinan las iniciales A.M. C. El extraño hallazgo excita la curiosidad de Genarina, que en realidad buscaba en la zona  restos iberos. Genaranina está obsesionada por la incidencia de los fenómenos paranormales en el curso de la historia, de manera que se pone a a investigar y después de dos décadas tirando del hilo llega a la conclusión de que el vaso, que por la calidad de su vidrio se puede datar en el siglo I de nuestra era, es el que usaba Nerón para guardar sus lágrimas. Desde Quo Vadis, efectivamente, toda la humanidad sabe que el emperador, aunque fuera cruel, también era llorica.

Por otra parte, el parche de ojo resulta ser el de Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli. La coincidencia  parece un absurdo, pero Genarina sigue estudiando el caso y un día comprende que Nerón, arrepentido de haberse portado tan mal con los cristianos de Roma, fue abducido por las fuerzas del bien residentes en Paramia, una estrella situada a tres millones de años luz, y realizó un viaje astral de quince siglos para entrar en contacto con esta afamada tuerta, a la sazón amante de Antonio Pérez y muy cercana al rey Felipe II. La princesa había ofrecido al rey prudente los servicios de un Nerón reconvertido para hacer una Contrarreforma en toda la regla, con el rigor y la severidad que exigía la herejía luterana. Una labor para la que el desalmado emperador romano, que sólo tendría que cambiar la dirección de su innata vesania, era el baranda indicado. El papa y el católico rey de las Españas se encomendaron a Dios y dieron el visto bueno, porque, como subraya el propio libro, “el fin hay veces que justifica los medios”.

Pero la CIA, que desde hace diez años ha rehabilitado en secreto la máquina del tiempo de H. G.Wells, media en el asunto. Tiene reservada para la intrépida pareja la misión de infiltrarlos en La Meca  y generar desde allí una célula de activistas que acabará con Al Quaeda. El hombre clave es su agente Brad Trochows, educado a los pechos de la Stasi y más tarde de de Putin  y vendido a los a yankis por un duplex en la Quinta Avenida, un paquete de acciones de Walt Disney Produccions y la colección de bragas de Mae West que ha cedido generosamente para el soborno el rijoso millonario Alistair Sobornes. (A cambio, todo hay que decirlo, éste obtendrá la licencia de explotar una mina de diamantes en la Libia de Gadaffi, a punto de caer). Sin embargo, cuando Brad inicia el conjuro utilizando el vaso de Nerón, un inoportuno estornudo le provoca un movimiento brusco, el vaso cae y la joya arqueológoca queda rota en mil pedazos, dando al traste con la operación.

La solapa del libro advierte que es “el nuevo fenómeno editorial de la novela de historia-ficción, un original e inteligente recorrido por las zonas más oscuras de la historia de la humanidad trenzada con una apasionante trama de intrigas, espionaje y misteriosos asesinatos ”, y asegura que ahí se desvelan las claves del amor lésbico que se sospecha que mantuvo Cleopatra con la cocinera de Marco Antonio, de la emboscada que acabó con Viriato, del asesinato de Rasputín y de la extraña muerte de Michael Jackson, aparte de apuntar pistas solventes para resolver el viejo problema de la cuadratura del círculo y de la piedra filosofal. Todo por sólo veinticuatro euros.

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El vaso de Nerón, que así se llama la novela, está firmada por Adriana Nevol, pseudónimo de Petra Gómez, periodista muy de izquierdas que pasó diez años de corresponsal en Moscú y veinte años predicando el marxismo-leninismo hasta que comprendió que la cosa ya no vendía un clavel, y que la mayoría de sus coleguis ponían un dedo al azar en el calendario de la historia, elegían un personaje más o menos conocido, investigaban en todo aquello que nadie había investigado nunca y que parecía poco probable que fuera investigado y se ponían a escribir una novela histórica que el público recibía con entusiasmo.

-Porque desengáñate, Petra-le dijo la ejecutiva de su editorial-La literatura pura es como agua que se escurre entre los dedos. Y la gente quiere aprender, aunque sólo sean tonterías.

La editorial apostó fuerte por El vaso de Nerón,  y hasta produjo un spot para la tele en la línea de esos trailers de películas de Hollywood que mezclan mitos, historia, verdad, ficción, churras, merinas, sinfonía de efectos especiales, algún guaperas como Johny Depp y Angélica Jolie y luego arrasan en taquilla.

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Al siempre susceptible Homper también le impresiona la manga ancha  con que ahora se cocina  la cultura que nos invade. Digamos que de este vale todo espiga como positivo el “algo queda”. Del famoso fenómeno El código Da Vinci él no entendió casi nada, y más bien le pareció una patraña o, como dice el castizo, una paja mental. Pero evidentemente sale a la palestra Leonardo y el supuesto misterio de su Última Cena.

-Menos da una piedra-se dice.

Y la transversalidad como método, que tanto vale para la educación como para la divulgación o la creación literaria O sea, empezar hablando del parche del ojo de la Princesa de Éboli y acabar, no se sabe cómo, en la lucha contra el terrorismo islamista. Amplitud de miras, curiosidad, imaginación y audacia sin límites para encontrar un hilo conductor más o menos verosímil y saltar sin barreras de un asunto a otro. El resto debería ser calidad. Pero más probablemente es promoción o pura suerte.

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Preocupado de que su estupefacción permanente acabe arrojando un saldo negativo o pesimista de su visión de las cosas, Homper se permite recomendar dos nombres de escritores que, lejos de la frivolidad voluntarista de Petra Gómez (perdón: de Adriana Nevol) hacen de sus escritos un viaje cultural siempre instructivo y a menudo fascinante.

Uno es Antonio Muñoz Molina, que hasta en sus artículos de crítica literaria –léase La fiesta interrumpida en el suplemento cultural de EL PAÍS de este último sábado- entretiene, deleita y enseña. Otro es Andrés Trapiello, un verdadero superdotado que tanto escribe poesía y gana premios de novela  como es capaz de elaborar en Las armas y las letras un magnífico ensayo histórico sobre nuestra guerra civil. No la cuenta él, la cuentan los periodistas y escritores, muchos de ellos desconocidos para el gran público, cuyos trabajos ha glosado con la curiosidad y el rigor de un auténtico erudito. Cuántos mitos destruye su investigación, y qué sorpresas se lleva uno leyéndolo con detenimiento. Homper ha encontrado con este libro mucho más placer que con muchos best-sellers. Pero tampoco se dejen llevar por sus consejos. Hay que descontar que, además de Hombre Perplejo, es algo rarito…

 

El fenómeno de la Feria del Libro

Cualquier parecido entre esta historia y la realidad es pura coincidencia

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Según dos o tres críticos expertos en causas perdidas, Sergio Onday era el mejor escritor de la última generación. Su novela corta El abrecartas  sin filo les había dejado sin aliento.

Con una prosa sencilla, directa y limpia, la historia narraba la desazón de Mónica Blaz, una tuberculosa internada en el mismo hospital donde se desarrolla La montaña mágica de Thomas Mann. Un día Mónica recibe como regalo para aliviar su aburrimiento una novela titulada Desazón, impresa en cuadernillos que, como en tantos libros entonces, estaban sin abrir. Para ese menester sólo dispone de un abrecartas  sin filo. Mónica quiere rasgar las hojas para leer el libro, pero sus débiles manos son incapaces de accionar ese instrumento frustrado, y su timidez natural le impide solicitar ayuda al personal del hospital. Les estoy pidiendo que curen mis pulmones –escribirá en su diario-¿Cómo voy a distraerles rogándoles que me rasguen las páginas de una novela?

Primero desesperada y luego resignada, Mónica, cambia de pasatiempo. En lugar de emplear sus energías en tratar de rasgar las hojas de Desazón, se distraerá escribiendo. Y poco a poco, a una página por día, va contando en un cuaderno su propia historia, mientras la novela regalada permanece intacta en su mesilla. Hasta que una tarde el médico que le gira visita se apercibe de ello, se  ofrece a rasgar las hojas con una pequeña navaja que saca del bolsillo de su chaleco y le devuelve el libro apto para ser leído. Cuando el médico se despide y Mónica  se encuentra a solas con la novela abierta por su primera página, descubrirá asombrada que está empezando a leer exactamente la misma historia que ella estaba escribiendo.

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-Mis asesores mantienen que la novela es original-le dijo el director de la editorial al leerla- Y que además tienes todas las cualidades de un buen escritor. Pero para vender hace falta intriga, tensión, sexo, violencia y adobarlo todo con temas de actualidad…Qué se yo, léete a los best-seller, fíjate en sus temas y trabaja un poco en lugar de escribir chorradas de tuberculosos, que eso ya está pasado de moda…

A Sergio Onday le molestó sobremanera el mercantilismo de su editor. Pero más aún le dolió que pusiera en duda sus capacidades. Así que en menos de un año puso en las librerías La sangre de Malco, una historia complejísima en la que un agente del Mosad y una espía de la CIA llamada Alba Gómez –hay que innovar también en los nombres de las espías-, aparte de fornicar dos o tres veces por capítulo y en lugares tan pintorescos como la antorcha de la Estatua de la Libertad o en la cámara que guarda la momia de Lenin, desmontan una conspiración en la que los chiitas y Walt Disney –previamente descongelado, abducido por habitantes malignos de otro planeta y convertido en enemigo del capitalismo- conspiran para acabar con la civilización occidental.

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La novela, interesantísima, mezcla con esa maestría que sólo alcanzan los magos del best seller intriga, espionaje, política y ciencia ficción, e interconecta problemas y personajes actuales como el narcotráfico, la esteticienne de Berlusconi,  la mafia rusa, una red de obispos ludópatas que se juegan las custodias a las cartas, las relaciones entre Paco el Pocero y el implante capilar de Bono, las profecías de Nostradamus, las bragas de Belén Esteban, el sabotaje a los pozos de petróleo de BP y el idilio secreto, para consternación de la ONU, entre Ahmadineyad y la Duquesa de Alba, que ha dejado a su novio actual por poco marchoso. En el último capítulo Bin Laden avisa de que sus agentes secretos tienen minados el Museo del Prado, el MOMA, el Ermitage y la Basílica de San Pedro, que serán destruidos si no se le entrega en mano la receta secreta de la Coca-Cola y se le deposita en un barco especialmente habilitado para ello en aguas del Índico diez mil jamones de Jabugo indultados por el Corán. La ratificación del acuerdo ha de hacerse entre su hermano gemelo y la reina Isabel de Inglaterra, como jefa de estado más veterana de Occidente, y tendrá lugar en el balcón donde asoma el Papamoscas de la Catedral de Burgos. Pero una maniobra maestra de Alba Gómez y su colega del Mosad –que no podemos adelantar por no destripar el best seller – disfrazados ambos de intrépidos canónigos, da un giro imprevisto al argumento. Las cosas cambian,  se salva el mundo y La sangre de Malco acaba batiendo todos los records de ventas de libros conocidos hasta el momento.

Por cierto, el título hace referencia al incauto que, según el Evangelio de san Juan, desorejó san Pedro cuando las turbas pretendieron asaltar al Maestro en el Huerto de los Olivos. Enhebrar ese pasaje en el relato le costó lo suyo, pero Sergio Onday ya sabía que, aunque estamos en un mundo descreído y más bien laico, cualquier toque bíblico vende mucho, y purifica los réditos del pelotazo editorial.

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Para ese logro, Sergio tuvo que pasar una última y dolorosísima prueba. Tuvo que aceptar la tortura de ir tres tardes a firmar ejemplares del novelón en la caseta que la editorial había instalado en la Feria del Libro de Madrid. Como en todos los verdaderos éxitos editoriales, el boca a boca tardaba en calar, y la primera tarde fue un bochorno para el autor. Instalado en esa especie de microondas que es una caseta al sol furioso del junio madrileño, Sergio se vio igual que, cuarenta años atrás, había visto él a los animales salvajes de la cercana y ya desaparecida Casa de Fieras. La multitud pasaba ante aquel infeliz cabizbajo y de mirada perdida y le contemplaba extrañada, como si se tratara de uno de aquellos dromedarios o elefantes aburridos que habitaban en el primitivo zoológico del Retiro. Ni un solo lector compró un ejemplar o le pidió una firma.

La segunda tarde no fue mucho más halagadora. A la hora de ostracismo penoso, que él aliviaba siguiendo las evoluciones de un moscardón muy aficionado, al parecer, a las letras, sufrió un golpe de calor del que tuvieron que asistirle los del SAMUR. Una vez repuesto, sólo cuatro personas se le acercaron. La primera le preguntó si sabía donde firmaba Antonio Gala, la segunda si sabía dónde firmaba Alfonso Ussía, la tercera si dónde quedaba la caseta de Arturo Pérez Reverte y la cuarta si no le servía de molestia indicarle dónde quedaba el urinario más próximo.

Pero antes de la tercera y última tarde, ocurrió una de esas extraordinarias conjunciones astrales que le funcionan a todo el mundo, menos a Leire PajínLuis María Ansón le había dedicado a Sergio Onday una de esas encendidas cartas abiertas con las que pontifica desde su periódico amigo, Juan Cruz había elogiado con inusitado entusiasmo la novela en Babelia, el ministro Pepín Blanco, a la sazón, la gran esperanza del mismo color para salvar a su partido, confesó que era su lectura de cabecera para aliviar el stress de poder, Almudena GrandesBoris Yzaguirre no tuvieron inconveniente en reconocer que la novela les ponía, monseñor Rouco amenazado con excomulgar a los lectores de semejante aberración, el director  de la Alianza de Civilizaciones había lamentado en nota de prensa una publicación que podía herir la sensibilidad de los pueblos árabes y, finalmente, un apasionante reportaje televisivo titulado Cuando la Roja no juega revelaba que en las mesillas de noche de XaviCasillas, Fernado Torres y Villa, concentrados ya para el Mundial de Sudáfrica, destacaba un ejemplar de La sangre de Malco.

Se agotó la edición de la novela. Se agotaron también treinta ediciones más. Y antes de que Sergio Onday fuera internado en una clínica por el  agotamiento propio del autor con síndrome de éxito, la editorial le arrancó un compromiso al que él sólo tuvo que añadir unos cuantos ceros.

-Lo que quieras, lo que pidas- le rogó el director-Pero escribe otro libro para volver a firmar con nosotros en la Feria del Libro del año que viene.

-De acuerdo –musitó con voz débil antes de que se lo llevaran los camilleros- Siempre que me dejéis escribir lo que quiera y editarlo a mi gusto.

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El fenómeno de la Feria del Libro del año siguiente, fue, naturalmente, Sergio Onday, convertido ahora en el Stieg Larsson español. Y para cumplir su compromiso, se presentó en la caseta de su editorial el día previsto, no sin penetrar varias veces una cola inacabable que se enroscaba en torno al perímetro de la feria como una gigantesca rueda de churros. Le esperaban ya miles, decenas de miles de lectores ávidos de su firma.

El libro especialmente editado para la ocasión era un misterio. Se había empezado a propalar la especie de que Onday iba a sorprender con algo excepcional, y eso había aumentado aún más la expectación. Intuitivo para darse cuenta de que su destreza de best seller debía adobarse con guiños dirigidos a la crítica más ilustrada, aprovechó el redescubrimiento de una escritora como Carmen Laforet y de su famosa novela Nada para inspirar el título de su nuevo libro. Este sería, efectivamente, Otra nada.

En la caseta, las columnas de libros que esperaban su firma se amontonaban dejando sólo el hueco preciso para que se sentaran el escritor, su fisioterapeuta y su agente editorial. Sergio Onday fue recibido entre salvas de aplausos. Saludó, se sentó, se arremangó su camisa, tomó  una pluma estilográfica y sin dejar de sonreir abrió el primer ejemplar de Otra nada que le presentaron y comenzó su ardua tarea. Para Natalia –escribió en la dedicatoria- a la que espero sorprender con este nuevo libro que le dedico con tanto cariño…

-Muchas gracias-dijo con lacónica cortesía mientras entregaba el libro a la primera afortunada de la cola.

Nadie de entre sus miles de fans allí congregados se había percatado de que los ejemplares de Otra nada que firmaba Sergio tenían una peculiaridad  característica de las ediciones antiguas. Estaban  impresos en cuadernillos sin abrir plegados en cuarto, como había sido capricho de su autor. Cuadernillos intonsos, como, con más propiedad, dicen los encuadernadores y como contaba él en aquella  su primera novela que no le quisieron publicar.

A pesar de ello, la gran mayoría de los compradores se retiraron encantados de su compra. El libro apenas les interesaba, pero estaban convencidos de que la firma de Onday era en sí mismo un documento de inmenso valor. Los pocos audaces que se aventuraron a abrir los cuadernillos con un abrecartas –esta vez afilado- tampoco se vieron defraudados. Aunque las páginas aparecían en blanco, sin una sola letra impresa, y  aparte del título y de la dedicatoria manuscrita  no había en ellas nada que leer, el libro respondía a lo prometido por su autor. Incapaz de fallar a los que le habían encumbrado, Sergio Onday acababa de añadir otra nada más a la historia de la literatura.


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