Disimulaba mal en clase sus flatulencias, y tenía el culo notablemente gordo y alto. Pero era un buen profesor de literatura, y gracias a él, entre otros, el Duende empezó a tomar gusto por la escritura. Eso servía para decirle a Teresita o a Pilarín lo que callaba cuando estaba con ellas: eres como una rosa, tienes ojos de cielo, tu risa es como los rápidos del río, la playa donde van a morir mis suspiros. Qué romanticismo adolescente tan barato. La culpa era de la literatura.
A las chicas iba a parar la que le enseñaba al Duende don Augusto Barinaga. Antes, entre eructo y eructo cortésmente silenciado, aquel profe mandaba muchas redacciones, y daba a los alumnos la receta: se lee mucho de los mejores escritores, todo lo que se pueda, se pasa por el colador chino de tu personalidad y a poco que te esmeres escribes algo tuyo. No será maravilloso, pero será tuyo. Tampoco los genios de la literatura hacen filigranas todos los días.
Medio siglo después, de esos polvos vinieron estos lodos. ¿Quién se resiste a escribir? Hoy ha sabido el Duende que hasta Loquillo –un tipo al que, por cierto, cada día respeta más- está acabando su segunda novela. Don Augusto Barinaga citaba mucho la avidez lectora de Menéndez Pelayo, mágnum cognazum, a cuya obra el Ministerio de Educación de la época habían decidido que dedicaran el Duende y sus compañeros su último curso del colegio.
-¡Pensar en morirme cuando aún me queda tanto por leer!- suspiraba el insigne polígrafo santanderino. (A propósito: ¿por qué se emplea tanto el eufemismo insigne cuando se quiere decir plúmbeo?)
El Duende también se morirá con tanta lectura pendiente que no se atreve a escribir libro alguno, para no quitarse tiempo y además ahorrarle la tarea de leerlo a los amantes de los libros buenos. Falta mucho alimento para procesar por el colador chino. Y sin embargo le tienta la idea. Le gusta imaginarse así, impreso en una bonita letra, en un papel verjurado agradable al tacto, encuadernado en tela en tamaño cuarto y con el lomo cosido. Aunque no sepa de qué escribir.
Así que en el duermevela de la siesta, el Duende soñó que ella –ella es ella- entraba en una librería y en uno de los anaqueles, entre Madame Bovary y Cien años de soledad , daba con un libro del Duende titulado Fantasma. No traicionaba su título, pues el contenido era tan espectral que no había dejado ni el rastro de una sola letra sobre las páginas del libro. Ella no tardó ni un minuto en leerlo de principio a fin, lo depositó después en el mismo lugar de donde lo había cogido y salió de la librería con una sonrisa compartida por el Duende, que la observaba en la distancia. Este sentía al fin el deber cumplido. El libro decía tan poco como muchos otros, pero la lectora estaba encantada de que llevara su firma, mientras que a él le llenaba de satisfacción figurar entre Flaubert y García Márquez sin haberle hecho perder a nadie ni un euro ni un minuto más de eso tan precioso llamado tiempo.


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