Posts Tagged 'Clarín Publicidad'

El paraíso recobrado

Algunos libros perdidos vuelven porque en realidad nunca se fueron...

Algunos libros perdidos vuelven porque en realidad nunca se fueron…

1

Te da un poco de pudor confesarlo cuarenta y cuatro años más tarde, aunque te alivia sospechar que en estos tiempos de desvergüenza general pasará por un pecado menor. El caso es que cuanto eras un joven publicitario birlaste a la agencia donde trabajabas unas cuantas horas para escribir un libro. En aquella agencia –hoy la gente creería que era un balneario-, llegabas, saludabas a tus compañeros, leías la prensa, bajabas a desayunar a la cafetería Villa Río y después si no te reclamaban las Muñecas de Famosa, la Tónica Finley el Fino La Ina y los Juguetes Rico ponías un folio en el carrito de tu Olivetti y tecleabas furiosamente como si tuvieras algo importantísimo que legar a la humanidad. En realidad sólo querías escribir algo, aunque no tuvieras puñetera idea de qué hacerlo. Te hacía ilusión ser algún día escritor, y no había manera de que agavillaras asuntos para componer una novela. Sueños siempre pendientes.

Desde hacía años habías comprado cuando podías juguetes de hojalata antiguos. Eras tan simple que te gustaban, al punto de que te parecían casi obras de arte. Acumulabas entonces veinticinco. A falta de inspiración más ambiciosa, pusiste cada día uno de esos juguetes ante tus ojos, les inventabas una vida, trenzabas esta con alguno de tus recuerdos y así salieron veinticinco cuentos un tanto surrealistas que luego ilustraste con tus propias manos y encuadernaste en piel verde. Otro ejemplar lo ilustraron con bastante más arte los grandes dibujantes y grafistas que coincidían contigo en CLARÍN PUBLICIDAD, que era como se llamaba la agencia.

Ya habías plantado algún árbol. Poco después nacería tu primer hijo. De modo que así creías completar la tríada de buenos propósitos del hombrecillo de tu tiempo. Paraíso de hojalata resultó un libro de edición manual absolutamente prescindible que sólo tiró dos ejemplares.

Además de escribir estas inutilidades también trabajabas en lo de los anuncios, conste.

2

Pasaron los años y un día te diste cuenta de que el más tuyo de estos ejemplares, el ilustrado por ti mismo, había desaparecido. Los libros vuelan. Casualmente son los más apreciados los que abren sus páginas y a veces se alejan de sus anaqueles para no volver jamás. Libro prestado, dicen, libro perdido. Tu padre contaba con rabia y tristeza cómo después de haber comprado uno de los primeros ejemplares del Romancero gitano consiguió localizar a Federico García Lorca, que le recibió en su casa de Madrid, se lo dedicó de puño y letra y se estiró generosamente ilustrando sus guardas con algunos de sus característicos dibujos. Lo que ahora sería una joya bibliográfica desapareció de su biblioteca, sin que nunca llegara a saber cómo. ¿Lo prestó? ¿Se lo guindaron? ¿Lo dejó olvidado en un tranvía? Puede que el culpable fuera su mala cabeza, como la tuya de hoy. O puede que fuera otra travesura del destino, amigo de hacer ocultismo con las personas y con los objetos que más valoramos. Hoy los ves, mañana ya no están. El azar cleptómano no suele cebarse en las insignificancias inútiles que nos rodean, sino que elige sobre todo lo que lleva consigo algún latido de tu corazón.

3

Desde que te sacaron la tarjeta amarilla tratas de localizar y ordenar papeles, fotos y escritos que sirvan en cierto modo para recomponer trazos de ti mismo. A veces te sirven para recrear buenos ratos, e incluso para sonreír. Cómo se escurre por el sumidero de la memoria lo que no documentaste a su tiempo, caramba. Sin embargo, cuando creías que aquél paraíso que guardaba toda tu ingenuidad esperaba donde siempre…¡oh sorpresa!, te diste cuenta de que el libro había volado como los vencejos que ves desde tu ventana. Lo diste por cierto durante muchísimo tiempo

Era un error, no había volado. Simplemente ocurría que estabas con la cabeza a pájaros. Después de meses una larga búsqueda preguntando a familia, amigos y conocidos a los que podrías habérselo prestado, tras repasar numerosas veces todos los rincones de tu palomar y de la casa de Candeleda, justo el día que en que recibías las peores noticias de tu dichosa neoplasia, reparaste en que tu Paraíso de Hojalata descansaba en la solera de la librería que custodia el respaldo de tu sillón. Allí estaba, con su piel verde y sus cantoneras arañados por el uso y empalidecidas por el tiempo. Allí te había visto pasar durante años sin que advirtieras que seguía contigo.

4

Es lo bueno de ser algo ciclotímico. Estabas sensiblemente preocupado, cabreado con el mundo, cuando el encuentro inesperado con tu querido libro cambió el signo de aquel día nefasto. Abriste sus páginas, leíste algunos de sus fragmentos, te recreaste en aquellas ilustraciones tan infantiles, pero que conservaban vivos todos sus colores. Sonreíste.

Tenía razón Miguel Hernández en sus Nanas de la cebolla. Desperté de ser niño –le confiesa a su retoño, para recomendarle a continuación- Nunca despiertes…

Buen consejo. Aún estás a tiempo de seguir dormido, que la madurez trae muchos disgustos.

Del cumpleaños de Mingote y otros milagros

Bendita esclavitud de la que esperamos disfrutar muchos años más...

Bendita esclavitud de la que esperamos disfrutar muchos años más...

La noticia del sábado es que Antonio Mingote cumplía noventa años. Antonio es un señor español de origen aragonés, pero nacido en Sitges, de los que de verdad saben de la vida. Bonancible, sereno, humilde, de una ironía tan fina como el filo de una navaja albaceteña que, sin embargo, no hiere, aún pasea por el Retiro . Cuando el Duende inició sus travesuras en Clarín Publicidad aquella empresa presumía de haberlo tenido en su plantilla (también trabajaron allí  Borau y Cruz Novillo: sin duda no era una agencia vulgar). Muchos años más tarde lo conoció personalmente, a él y a Isabel, su mujer, Isabel, una mujer guapísima y elegantísima que le da cuerda. Cuando veía esta Navidad el spot de un perfume de Loewe donde aparecen hombres movidos como los juguetes de hojalata antiguos, el Duende imaginaba a Isabelita dando vueltas todas las mañanas a la llave invisible que el buenazo de Antonio lleva a la espalda. Él es más tranquilo, y seguramente, se quedaría en casa más tiempo. Pero Isabelita es carpe diem con encanto, y no le deja renunciar a lo mucho que la vida le ha devuelto a Antonio. Él se deja llevar y sonríe con resignación.

El más original y discreto académico de la Lengua es un encanto de persona. Ha dibujado todo, ha escrito, ha pintado –el Duende descubrió asombrado en una sala de subastas un falso Van Gogh que llevaba la firma de un Antonio Mingote jovencísimo- y hasta en  la película La colmena, aquella obra maestra de Cela que Mario Camus plasmó tan dignamente en el cine, hacía de cliente de una casa de citas. Afortunadamente el guión no exigía el desnudo, lo cual a la tía Clota le tranquilizó.

-No sabes la angustia que sentí cuando pensaba que un hombre tan elegante como él iba a enseñar sus calzoncillos, como los actores de ahora-le contaba a Homper en su llamada de la semana-Pero sigue siendo el de siempre, me alegro…

La tía Clota dijo también que es una pena que desapareciera el perrito de Xaudaró, que también le hacía mucha gracia. Y las películas de Harold Lloyd y de Buster Keaton. No es que esté contra el humor actual, es que no lo entiende, y por eso sigue idolatrando a Antonio Mingote.

-Me encantaría que fuera muy feliz en su aniversario-dijo.

-Si, tía-respondió Homper sin demasiada convicción mientras recortaba del periódico un anuncio por palabras en el que ofertaban una vieja máquina de hacer cigarrillos.

-Te noto distraído-le reprochó la tía Clota-¿Es que para tí cumplir años no significa nada?…

-No mucho, tía. Lo veo como un trámite biológico. Uno va haciéndose mayor y acumula años, y ya está. No tiene más trascendencia. Es como cuando adviertes que te han crecido las uñas. Bueno, pues te las cortas y ya está. Hasta el próximo año.

-Qué poco romántico, sobrino-rezongó la tía-El último día de mi cumpleaños, soñé que, al despertar, estaba al pie de mi cama a un ángel guapísimo uniformado como un camarero del Ritz…Imagínate, por ejemplo, a Paul Newman. No le hacen falta ni alas.

-Si, tía.

-Empujando con una mano, el carrito del desayuno: su café, su zumo, sus panes especiales, sus mermeladas exquisitas…Un termo con chocolate y roscón, que fuera de temporada aún me sabe mejor.

-¿Todo eso?

-Y en la otra mano-seguía la tía Clota-una pequeña cesta redonda envuelta en papel transparente y rematada por un lazo precioso conteniendo cinco pares de medias, un perfumador y una caja de esas deliciosas Moscovitas que hacen en Oviedo, y que son mi debilidad…

-¿Estaba el ángel en su sano juicio?-preguntaba Homper mientras miraba de reojo las esquelas del día.

-Pues sí me lo pareció, sobrino-replicó la tía Clota mosqueada-Además, te diré que se arrodilló, y me pidió que le mostrara una pierna para probarme la talla de las medias…Me dijo que me quedaban estupendamente, que tenía unas piernas tan bellas como las de Cyd Charisse y que había venido a felicitarme para demostrarme que no hay que cerrar nunca las puertas a la sorpresa.

Homper estaba de morros y se empeñó en chafarla, pero ella dijo que seguía soñando, y aún no sabía cómo acabaría la historia. Y la cosa es que, pese a su escepticismo, el sueño de tía Clota prendió en él. Y el día de su cumpleaños también soñó lo mismo, salvo que el ángel que se le aparecía era un híbrido de Fraga y de Fernández de la Vega, y los calcetines de esos con elástico flojo que acaban engullidos por los zapatos. Y una vez más, Homper se quedó perplejo comprobando que, hasta en sueños, Dios premia a los buenos como Mingote y la tía Clota y castiga a los que, sorprendiéndose de casi todo, no creen que la vida aún puede darte sorpresas casi milagrosas…

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba – germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.


Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,245,019 hits

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 276 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: