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Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

Calderón de la traca (Publicado en MARCA)

Dimitido. A estos presidentes, se les da la mano y se toman hasta el codo...

Dimitido. A estos presidentes, se les da la mano y se toman hasta el codo...

Prócer de gran vocación populista que, volcado en el mundo del deporte y el espectáculo, dio fama, glamour y aureola de felicidad a todo aquello que fue objeto de su atención. Criado en el seno de una familia numerosa de la burguesía palentina  y abogado de profesión, fue un hombre de gran elegancia y encanto personal que  alcanzó su mayor notoriedad pública como presidente del Real Madrid Club de Fútbol. Gran aficionado a los toros, no cortó muchas orejas como empresario de las Ventas, pero tuvo que lidiar con una de las situaciones más esperpénticas que se recuerdan en la directiva del Madrid, donde fue empitonado por Asamblea, toro bragado, tuerto y corniveleto que derrotaba peligrosamente y que, haciendo caso omiso del engaño, le desgarró la taleguilla dejando sus vergüenzas al aire. Sólo el quite al alimón de Barcenilla y Nanín, sus peones de confianza, pudo salvarle del lance…

Como dice la tradición italiana “si non é vero e ben trovato“. Así se imagina Homper, (acrónimo del Hombre Perplejo) lo que algún día  dirá la Wilkipedia de Ramón Calderón, el hombre que ni los atléticos podemos dejar de tener presente en un día como hoy. Homper, como su propio nombre indica, es el hombre perplejo. Y no por lo que pasa en el club del Calderón, don Vicente, sino por la que está cayendo en el Madrid del Calderón, don Ramón.

Fíjense que, como atléticos convictos, deberíamos de estar llorando hoy por la cuarta derrota en el 2009 del otrora llamado “Glorioso”.

Advierta el lector que lo que procedía tras el enésimo repaso de uno de los equipos grandes -sin duda el más en este momento- era rasgarnos las vestiduras, flagelarnos y hacer una nueva muesca en el revólver que acabará con nuestra autoestima.

Coincidan con el abajo firmante en que deberíamos estar haciendo vudú a Maradona, ese amigo que ha aconsejado a su yerno que nos ponga los cuernos con el Inter.

Piensen que quizás nuestro deber sería hincar las rodillas ante la Virgen de Lourdes e implorarla con la mayor devoción que  nunca: virgencita, virgencita, que Seitaridis y Maniche, que Perea y Pernía, que Heitinga y Luis García no nos hagan aún peor de lo que somos.

Estarán de acuerdo en que normalmente habríamos llenado la bañera de agua caliente, nos hubiéramos sumergido en ella y, con la dignidad de Sócrates, nos habríamos abierto las venas con el bono-bus aceptando el destino fatalista que nos persigue.

Pero no: como dice el refrán -vaya suerte que tiene Cerezo- otros vendrán que bueno te harán. Lo del Calderón del Manzanares tiene tela. Pero anda que lo del Calderón de Concha Espina

Perplejo le deja a Homper que el afán de medrar trastorne a los que sólo quieren ser gente honrada, al punto de ignorar que se están metiendo en un trapicheo indecente. Perplejo le dejan esos pretorianos de la directiva que en la rueda de prensa de anteayer ponían cara de mascarones de proa por simular respaldo al elegante cordero pascual de los ojos azules. Perplejo, más perplejo y  requeteperplejo le tiene a uno que en esa ingeniería compromisaria se haya filtrado un socio del Atleti. Hasta puede tener su gracia, pero que de verdad desearíamos es ganar al Madrid en el terreno de juego, y sin trampas. Perplejidad le causa también la sospechosa sordina que al caso han aplicado algunos  medios expertos en detectar escándalos. Y perplejo le deja, por último, que un jurista quiera emular la de Santa Gadea, y jure por su honor que no mató al rey Sancho, digo a la dignidad del honrado socio madridista. Este don Ramón, que ya ha metido patas variadas, tiene las ínfulas de un personaje de Calderón de la Barca. Pero si Dios no lo remedia se quedará en Calderón de la Traca.


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