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VERANO III. De los titiriteros a Shostakovich

Aquellos títeres de verano no tenían ni el glamour ni el encanto que tenían los de la película Lilí…

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De repente una noche de verano aparecían los títeres.

Aquel aprendiz de contribuyente creía que los títeres tenían más lustre. Quizás había visto ya la película Lilí, y esperaba a la encantadora Leslie Caron bailando con Reinaldo, que era un títere humanizado, cosas del cine. Ay Lilí, ay Lilí, ailó, era lo que cantaban y luego repetíamos a coro después de ver la película..

Era una película muy cursi, pero bonita, de las que se quedan grabadas en la memoria. Al día siguiente de verla, el Duende se quería casar con la artista, o sea, con Leslie Caron, cosa que le pasaba cada vez que la heroína era guapa y le gustaba. Nunca se casó con ninguna. Ni con Leslie Caron, ni con Pier Angeli, ni con Audrey Hepburn, su favorita. Ni siquiera con Encarnita Fuentes, que era la protagonita de Recluta con niño, una de las películas más maravillosas de aquellas infancias. En la película, Encarnita hacía de ciega, lo que le añadía a su encanto aún más ternura. Además la actriz era española, como de Salamanca, lo que a priori le situaba más asequible. Pero nada, no la conoció personalmente, no dio con ella, no tuvo ocasión de declararse. Estaba de Dios que las artistas de cine no eran para él.

Aunque hablábamos de los títeres. ¿Quién puede imaginarse lo que era una función de títeres en aquel paraíso para las chicharras que era Arenas de san Pedro en 1953?

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Los títeres eran en la casa de Román. El Duende nunca supo quién era Román, sólo que este tenía una casa algo más aparente que las de entonces con una torre y un jardín muy simple:unos geranios flanqueando y una pista de tierra donde se celebraba la función. Allí, bajo la luz de una única bombilla un titiritero tocaba la trompeta y otro jaleaba a una cabra para que se subiera a un taburete. Eso eran los títeres. Sin Leslie Caron, ni muñecos humanizados, ni princesas, ni fantasías, ni nada que recordara a eso que después se llamó glamour. Los veía el Duende en una silla de paja de esas que usan las viejas de los pueblos para coser a la puerta de su casa. Como en tantas cosas en la vida, era mucho más la ilusión que la realidad. En realidad, los títeres sólo servían para que a los niños les dejaran trasnochar.

Unos cuantos veranos después apareció por allí Daja Tarto, nombre artístico de un tal Tortajada Ese sí que era un artistazo. Llevaba incluso un frac abrillantado por el uso, rompía bombillas y se comía sus añicos como si fueran cañamones fritos. Era el único fakir que el Duende conoció en su vida, pero en lugar de vestir como Gandhi se trajeaba como un gentleman venido a menos. Un toque de distinción. Por cierto, si las bombillas que se comía eran Osram quizás no supiera que su fabricante también enrevesó su apellido. Osram al revés es Marso, probablemente con acento en la ó, como el marido de Concha Velasco que en paz descanse.

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Qué locas noches de verano. Se acordaba de ellas el Duende mientras en la iglesia de Soto de Luiña, una pequeña aldea asturiana, escuchaba al cuarteto Arché interpretando el Cuarteto de los pájaros de Haydn y, más sorprendente todavía en un programa que uno hubiera presumido facilón, un cuarteto –precioso, por cierto- de Shostakovich, que no es precisamente José Luis Perales. El clero no siempre es partidario de la música clásica en las iglesias. A veces prefiere el guitarreo y los desafines en mi bemol mayor de las beatas, pero se equivoca, porque un buen concierto, aparte de envolverte en esa oración universal que es la inspiración de los genios, te ofrece el tiempo para estudiar detenidamente cada una de las imágenes, retablos, pinturas y símbolos que adornan los templos. Incluso puede proyectar las almas a las alturas, y dejarlas a las puertas del cielo. No es mala ayuda para quien busca la fe. Quizás por eso el público escuchó al cuarteto Arché con una devoción y un respeto imponentes.

El bloguero, además, reflexionaba y comparaba con aquellas lejanas noches de titiriteros. Cuánto han cambiado España, cuánto la sensibilidad popular. Cuánto él mismo, observador de veranos, y cuánto sus propios gustos. Ahora en este país casi todo es sombrío, pero en algunos aspectos podría decirse – y perdón por la provocación- que estamos mejor que nunca.

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba – germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.


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