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El señor viento, que tanto se llevó…

Está la primavera tan caprichosa que no ves el momento en que el barómetro se asiente y diga, sin más, buen tiempo...

Está la primavera tan caprichosa que no ves el momento en que el barómetro se asiente y diga, sin más, buen tiempo…

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Los Reyes Magos fueron pródigos contigo, y te trajeron una estación meteorológica. Te conocen: saben que eres  mayor, hijo de tu tiempo, como si presintieras que tu supervivencia está ligada a la cosecha, y discípulo de campo del tío Jacinto, que venteaba las demudaciones atmosféricas mirando el poniente e interpretando otros signos de la naturaleza.

-Los sapos barruntan lluvia- te informó en su día- Y las hormigas voladoras también.

Había mucha sabiduría de la tierra bajo la boina del tío Jacinto. En verano añadía a su aliño indumentario un bledo, que colgaba de una de sus orejas por creer que así no se le acercaban los mosquitos. Desde entonces te has preguntado muchas veces por qué dice nuestra lengua castellana eso de “me importa un bledo”. El bledo es una planta modestísima, que se da en cualquier terreno, pero al menos sirve para ahuyentar insectos, y seguramente habrá muchísimas otras especies en la taxonomía de Linneo que nos puedan importar mucho menos que él.

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Como todo cacharrito moderno, el panel de la estación, plantado sobre el alféizar de tu ventana, ofrece muchos números y datos, depende del botoncito que pulses. Pero entre tu natural aversión a la tecnología y que anoche el viento era aterrador, fuiste incapaz de atinar con el del anemómetro, de tal manera que echaste de menos ese borriquillo que venden en las tiendas de souvenirs para turistas como barómetro elemental.

-Si el burro mueve la cola, es que hace viento –indican sus someras instrucciones.

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Con burrito barómetro o sin él, con estación digital o sin ella, y sin saber si las ráfagas de viento eran de 90 o de 120 kilómetros por hora, no es agradable dormir a solas en el campo escuchando el rugir de la naturaleza mientras se arrodillan los árboles más orgullosos y ruedan las macetas y la sillas por el jardín. Guardas cierta devoción literaria por el viento, porque en dos de tus primera lecturas –Cumbres borrascosas de la Bronte y la magnífica Posada de Jamaica de Daphne du Maurier – lo sentías en la cara, y te parecía poético, sugerente  y revitalizador. Pero cuando se desata furioso, caramba, acojona, vaya que si acojona. Por si fuera poco, y quizás para sacarle más partido a la emoción que te brindan esta noche los elementos, tiras de biblioteca y te llevas a la cama La habitación cerrada y otros cuentos de terror,  de H.P. Lovecraft, que en su ya añeja edición de Alianza Editorial lucía en portada el rostro de un reptil perfectamente encorbatado, como si fuera un banquero o un político.

Te suministras tan a gusto una pequeña dosis de  placentero terror con la inventiva del genial escritor norteamericano y, justo antes de apagar la luz, observas que por las paredes de tu habitación repta torpemente un reptil de verdad. Es una de las salamanquesas que ya forman parte de la familia. No le tienes miedo. Sabes que en verano te ayudará a librarte de insectos picajosos, y que ella y sus parientes siempre han  respetado la intimidad de tu sueño. Pero este tiene sus caprichos. Entre Lovecraft y la salamanquesa, acabas soñando que un reptil con corbata y llevando una cartera de ejecutivo se te presenta junto a tu cama para cumplir una doble misión policial. Por una parte, inspeccionar que pagas correctamente tus impuestos. Y por otra, reprocharte que hayas decidido abandonar motu proprio la medicación que mitigaba tus dolores de espalda. Tú lo has hecho para conocer realmente si estás para entrar en talleres y que intervenga la cirugía sedativa. Pero no contabas con el viento, ni con la literatura de terror, ni con el poderoso influjo de la imaginación, desatada anoche como la furia de Eolo. Al final, nunca sabes con quién te acabas acostando.

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También te lamentabas por la parte de primavera que se llevaba el viento.

-Qué pena –pensabas- Sus ráfagas habrán  resecado el tempero que habían preparado las lluvias.

Afortunadamente el día amaneció calmo. Fresco y plomizo de nubes como si fuera una mañana de noviembre, pero tranquilo. Ya no ruge el cielo, no se cimbrean los árboles ni vuelan las ramas y las hojas arrancadas cuando apenas acababan de brotar. Además hasta empieza a llover mansamente, para reponer quizás la humedad perdida. La tierra, como afirmó solemnemente en Copenhague el preclaro presidente Zapatero, sólo es del viento, pero este, que tanto se llevó otras veces, no ha barrido por el momento tus esperanzas de primavera.

 

Cuando el viento sopla…de espaldas al pueblo

Viento sobre los arboles

A pesar de sus desmanes, el viento también tiene su aquél...

El Marcelino está aventao- decían en el pueblo de doña María cuando alguno estaba chifleta. El viento, dicen, vuelve loca a la gente. Se entiende perfectamente cuando ésta vive permanentemente batida por la furia de Eolo. Y sin embargo es otro fenómeno de la naturaleza que le pone al Duende contra la mayoría. Algo le gusta.

Se identificó con   Luis Buñuel cuando  en  Mi último suspiro, sus memorias,  reconocía que le gustaban el frío y la lluvia. (Por cierto, ¿por qué no emigró entonces a Inglaterra en lugar de establecerse en Méjico?). Demos por descontado que también le emocionara la nieve, sueño blanco que perseguimos todos los nacidos de Burgos para abajo. Pero lo de disfrutar cuando el cielo se pone arisco es un poco “snob” y antisistemático.

Si al Duende le seduce el mal tiempo es precisamente porque la gente huye  de él. Calles vacías, parques desiertos, campos solitarios. No totalmente. Por una calle, por una alameda, por un sendero de cualquier monte, dos caminando  abrazados bajo un paraguas. Así es más bonito. Quizás sin viento como el de este fin de semana. Para no ser ráfagas huracanadas de película, de novelón como La posada de Jamaica -¡qué gozo cuando uno, casi imberbe, pillaba unas anginas con un libro como éste!- o de paisaje romántico, hay que reconocer que se puso algo pelma.

Dijo una vez por la radio que le gustaba el viento y su amiga doña María se le quejó.

-Se ve que no vives en un piso como el mío- protestaba airada.

Y le contó las poblemáticas del viento en el piso trece del bloque Los Arándanos. Penetraba tanto  por las cajas de los tambores de las persianas, que la doña desmontaba la tapa y aprovechaba para guardar dentro la chacina de la matanza y los quesos de oveja que se traía del pueblo.

-Algo tapan –le dijo-Y tanto los chorizos y los quesos se curan estupendamente. Eso sí, no podemos  subir la persiana. Y deja un perfume no mu delicao pa un dormitorio. Por eso sólo utilizamos de fresquera el de las nenas, que como ya se han marchado a vivir con sus parejas…

Qué talento para hacer de la necesidad virtud. A lo que no ha encontrado solución es al frío que entra por la rejilla de ventilación del gas de la cocina en días como estos.

-Están hechas de espaldas al pueblo- se queja con cierta razón- Porque si las tapas con un cartón te puedes morir intoxicá, pero si no, te pués quedar arrecía.

Y sugiere que antes de proyectar estos sistemas de aireación de espaldas al pueblo, los arquitectos, constructores, gasistas y munícipes responsables del invento se pongan a cocinar en su piso del Bloque los Arándanos un día de viento del más frío invierno. Aventá, parece que está también ella. Cualquier día exigirá también que se pueda abrir un brick de leche sin derramar ni una gota, o un CD de El Fary al primer intento. Como si el progreso fuera siempre para facilitarnos la vida…

Abetos, madroños y naranjos

Arbol de Navidad en Madrid

(Foto de Daquella Manera, con algunos derechos reservados)

Sugiere algún amigo de este blog que todos, aún los más críticos, somos hijos del colonialismo cultural. A veces sin darnos cuenta, como cuando nos ponemos la americana o la rebeca. ¿Por qué no la chaqueta o el jersey de punto abierto, que era lo que en realidad se echaba encima la malograda esposa invisible del acaudalado señor De Winter? Entre la descripción de Daphne du Maurier, el suspense de Hitchcock y en encanto bobalicón de Joan Fontaine nos lo colaron impunemente. El caso es que ardió Manderley y las chicas españolas no volvieron a cubrir sus hombros con la chaquetita de punto, sino con la rebeca. Colonialismo inocente ese, por cierto. Más ofende que nos haya conquistado el sandwich cuando el conde de Sandwich lo que en realidad se inventó para aplacar la gazuza de sus cacerías era algo tan conocido por estos pagos como el bocadillo. Será que comiendo esa palabra, aunque se engorde igual, se parece más fino.

El Duende, tan puntilloso él generalmente, fustiga las modas importadas innecesariamente. Pero si uno mira atrás se da cuenta de que todo, desde el lenguaje hasta los hábitos de vida se han impregnado siempre de costumbres extrañas. Y no siempre para mal, ni mucho menos. En SU primera empresa, el Duende trabajaba aún los sábados por la mañana. En el lenguaje popular, el sábado libre se decía sábado inglés. Algo bueno pues aprendimos de la pérfida Albión, como desde la derrota de la Armada Invencible denominábamos a la Gran Bretaña.

Bueno para la decoración o malo para nuestros bosques, contra lo que ya no vale oponerse es contra el árbol de Navidad. No tiene nada que ver con raíz cristiana de la pascua que nos contaron de niños. Pero desde Navidades blancas -primero la famosísima canción de Irving Berlin y luego la película que protagonizaron Bing Crosby y Dany Kaye- su encanto parece irresistible. Tan incrustado está en nuestra cultura doméstica, que a una maestra contumaz cristiana le oyó el Duende entronizarlo en la natividad que describe san Marcos para que sus alumnos no lo vieran como un simple adorno caprichoso. Según ella, y probablemente para santificar la tradición pagana, del árbol sacó san José la madera para hacerle la cuna Jesús. Difícil que lo encontrara en los aledaños de Belén, pero si non é vero é miracolosamente trovato…

Le magnetiza al Duende el otoño porque pinta éste el crepúsculo de la vida vegetal en colores maravillosos. Viene de ver en los bosques asturianos y leoneses cuadros naturales que serían impagables si se subastaran en Sothebys. Desde la misma ventana del cuarto donde escribe se divisa un Madrid otoñal parapetado tras los ocres, amarillos, rojizos y verdes de distintas tonalidades que le ofrecen chopos, plátanos, liquidámbares, pinos, cipreses, cedros, olmos y cianamomos de un parque que espera plácidamente la caída de la hoja.

Llegará el invierno con sus barbas blancas y sólo permanecerán vestidos los de hoja perenne. Algunos de ellos, como el perfumado naranjo y el bravo madroño, con la propina excepcional de un fruto que pronto será de vivos colores. Está muy bien que hoy reproduzcamos en plástico el tannembaun o el christmas tree, porque así no deforestamos y, pese a ello, nos sentimos como en un cuento de Dickens. Pero el naranjo y el madroño no necesitan en esta época ni un adorno, porque se llenan de bolas rojas o naranjas y se ponen preciosos. Podíamos habernos fijado en ellos antes para que los copiaran los chinos. Así, en lugar de ser colonizados por la estética del norte, podríamos sorprender a todo el mundo con la gracia natural que tienen en España nuestros auténticos árboles de Navidad.


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