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Un postit con amigas de la facultad

Cristina Alberdi Don José María Naharro llegaba tarde a la clase en un SEAT 1.500 de color verde botella, que en la época era un gran coche. Vestía siempre de traje gris y camisa blanca impecablemente cerrada al cuello por un elegante nudo de corbata. Se sentaba en el estrado, doblaba una rodilla, se estiraba el calcetín, repetía la maniobra en la otra pierna, fruncía el ceño y, sin levantar la mirada más allá de las primeras filas del aula de la Facultad de Derecho comenzaba pausadamente y en voz apenas perceptible su lección de Economía Política. Gracias a él aprendió el Duende que la alternativa entre cañones o mantequilla es importantísima, y que mientras la de ataúdes es el mejor ejemplo de demanda rígida, porque la muerte no falla, la de la moda es demanda elástica, porque depende de muchos factores variables. No se quedó con mucho más.

O sí: ahora que lo recuerda, también atrapó la gestualidad del profesor, su timbre de voz y la cadencia de su discurso. Gracias a eso debutó como su imitador en la Fiesta del Rollo, una parodia del claustro de profesores de Derecho que se celebraba en el aula magna el día de santo Tomás de Aquino . Y gracias a eso, muchos de sus compañeros de aquella promoción de 1968 le recuerdan y le celebran cada vez que se lo encuentran.

Ignorante enciclopédico, el Duende es, justo decirlo, un riguroso cultivador de la anécdota. Se morirá sin dar lecciones, pero sin embargo habrá dejado muchos postit con sus chorradicas en la memoria de multitud de amigos y compañeros que acumuló sin apenas darse cuenta.

Uno de ellos, que es una, le llamó ayer para invitarle a una copa con otras compañeras. Era Cristina Alberdi, abogada matrimonialista, ex ministra de Asuntos Sociales, desengañada de ciertos aspectos de la política, mujer valerosa y llena de vida a la que ni la reciente muerte de su marido ha hecho perder la sonrisa. Era de las más simpáticas y gamberras de la clase. La acompañaban Paloma Abarca, hoy profesora de Derecho Civil y entonces alumna en la que se perdían tantas miradas masculinas, y Carmen Fernández de Bobadilla, que además de tener bufete propio es o ha sido diputada en el Colegio de Abogados de Madrid. Y el Duende con un expediente académico más bien penoso. Daba igual, porque no era una pandilla de colegas de la facultad. También estaba María del Valle Jover, que es activista en Manos Unidas.

Había jamón de ibérico, sandwiches de Embassy, cava brut de calidad, surtido de recuerdos de juventud y conversaciones que fluían por meandros amables evitando la nostalgia, el desencanto y la alarma que tanto cunde a nuestra edad. Afortunadamente, la música, el cine o el senderismo, que nuestra amiga Cristina practica habitualmente, ocuparon mucho más espacio que Zapatero y Rajoy, apenas mencionados una vez. ¿Y qué es de tu vida?, le preguntaban al Duende. Pues mi vida es un blog. ¿Y qué pones ahí? Pues algo así como los postit que uno va dejando en su mesa de trabajo o en la puerta de la nevera. Solo que en lugar de recordar el teléfono del fontanero o la cita con el director del banco, se centran en momentos como los que un duende mirón puede disfrutar al atardecer de un 13 de febrero.

El café ya no es lo que era

Cafe

(Foto de nasebaer’s, con algunos derechos reservados)

El café es una infusión exquisita para algunos. Distinguen: el de Colombia, el de Brasil, el de Costa Rica, el africano, el turco. Para el Duende sólo una costumbre y un tolerado estimulante. Cuando trabajaba para la marca Bonka se tuvo que empapar en la historia del café, por aquello de no tocar de oído. Parece que fueron unas cabras las que, ramoneando en unas matas, encontraron en sus frutos tiernos un motivo para ser más felices. El cabrero se apercibió de lo contentas que triscaban después de probar aquellos granos, así que siguió su ejemplo y pasó la bola. Hasta la fecha. Si el Duende fuera el Dios omnisciente que le contaban en el colegio, uno de los datos que le gustaría registrar es el del número de tazas de café que la humanidad ha tomado desde las cabras a esta parte. Hay que ser mucho Dios para que la cifra te quepa en la cabeza.

Así avanza la civilización: donde menos se espera, salta la cabra. Y con cualquier pretexto, se toma un café. Delicia o rito, para el Duende – en ocasiones tragaldabas, siempre goloso pero no lo que se dice un gourmet- el café es más que nada una costumbre. Contra el gusto general en España, odia el torrefacto, quizás porque estaba de moda cuando le despabilaba en sus tétricas noches de estudiante previas a un examen. Caían las horas tan inexorables como los párpados de puro sueño, y el Derecho Civil, de Federico de Castro, famoso hueso del claustro de profesores de la Universidad Complutense, esperaba abierto entre sus codos, como diciendo, anda, atrévete a aprenderme en lo que queda de tiempo hasta el examen, que te vas a enterar de quién es don Federico. Y se enteró, porque le cateó dos veces. El Duende cree que no vivirá noches tan parecidas a las del condenado angustiado esperando la visita del verdugo. Al alba, al alba, como cantaba Aute, aquel café torrefacto negro cual cucaracha le sabía sencillamente a muerte.

Se reconcilió luego con el café por la literatura, el cine y los viajes. No es lo mismo tomarlo en un café de Viena o de Ámsterdam -imprescindible uno de estilo art deco muy cerca del Rijksmuseum cuyo nombre ahora no recuerdo- o incluso en el Iruña de Pamplona o en Gijón de Madrid, que en la aséptica cafetería de suelo de mármol reluciente de la séptima planta del centro comercial que es la meca de nuestros días. Si ya no hay ambiente, ni tertulia, ni literatura, si no hay unos novios arrullándose, o un escritor buscando a la musa en el velador de mármol, o un opositor concentrado en sus apuntes, o una dama distinguida esperando al espía para pasarle un mensaje secreto, o un camarero añejo que te cuente historias de toreros, de artistas o de putas, el Duende piensa que el café no tiene mayor interés. Y no digamos si te lo sirven templadito o más bien tirando a frío, como pasa ahora en tantos establecimientos.

Porque esa es otra. Se baja el Duende de la moto aterido por la fresca matinal. Se mete la primera cafetería y pide un café con leche para entonar el cuerpo. Se lo acerca a los labios con toda clase de cautelas y al primer sorbo ya está helado. Perdone usted -se disculpa el jefe-, pero es que ahora con tanta variante en los desayunos de oficinistas nos vuelven locos. Café caliente con leche fría, mitad caliente mitad templada, descafeinado con fría, descafeinado con caliente, capuchino, descafeinado de máquina, cortado, bombón, americano, mediana…¿Quién se acuerda ya de que el café con leche era uno, y siempre echando bombas? El lujo de la oferta variada, de la libertad de elección y del cambio de costumbres. Poco es ya lo que era: a la tortilla de patata la deconstruyen, lanzan el helado de fabada y cualquier día hacen compota de callos a la madrileña. Aquí no cabe el que inventen ellos de Unamuno, porque lo inventamos nosotros. Aunque el Duende piense que el café con leche estaba mucho mejor bien caliente y, por supuesto, con porras crujientes.


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