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Sobre la marcha

 El niño aquél no acababa de entender qué era la fe. La fe, le enseñaban, es creer en Dios. ¿Y cómo es Dios? -preguntaba el chiquillo. No tiene cara ni cuerpo, nadie sabe donde está, aunque está en todas partes -le decían- pero es lo más importante. Es el creador de todo, y  el dueño de nuestros destinos, ¿lo entiendes?. Tienes que creer en El. ¿Y cómo voy a creer, si no le veo? -replicaba el niño, inocente. Tampoco en una lata de melocotones en almíbar ves los melocotones, y sin embargo sabes que están allí. Vale, pensó el niño. En adelante, cuando le preguntaban cómo se imaginaba a Dios, respondía  que como los melocotones en almíbar.

Sospecho que muchos de los que revolotean por este blog están entre el niño de los melocotones y el unamuniano creo en Dios porque lo necesito. O, dicho de otra forma, si no hubiera Dios, habría que inventarlo. De tiempo inmemorial viene la controversia entre la fe y la razón, pero mira por donde la razón matemática ha venido a echar una mano a aquélla, y de paso a llenar las alforjas de Michael Heller, un filósofo y matemático, profesor de la facultad de Teología de Cracovia, que acaba de embolsarse 1.069.000 € en forma de premio otorgado por la Fundación Templeton de Nueva York. Al parecer ha demostrado que con fórmulas matemáticas se puede llegar a concluir que Dios no es ninguna broma.

Al leer la noticia, el Duende saltó de gozo. En parte por ver reforzado el argumentario del padre Bonete. Sin que salga de aquí, diremos que al mosén nunca le dejaron del todo convencido las cinco famosas vías con las que santo Tomás de Aquino pretendía demostrar la existencia de la divinidad. Parece mentira que fuera tan docto y asentara tales simplezas - dicen que llegó a afirmar en una ocasión Pero el júbilo duendal fue pronto ensombrecido por las dudas. Si él fue siempre de letras, y no llegó siquiera a entender ni la ecuación de segundo grado ni la demostración del teorema de Pitágoras, ¿cómo iba a llegar a Dios a través de las matemáticas?

La respuesta, como tantas veces, la hallado en los boleros. Caminemos, tal vez nos veremos después…, cantaban melancólicos los incombustibles Panchos. Pues eso: hagamos la marcha propuesta y, si no nos vemos con Dios sobre la marcha,  al menos nos veremos entre nosotros. Por contrastar, entre otras cosas, si los amigos de este blog responde a la imagen que uno se ha forjado de ellos a través de sus comentarios.

Le cuenta Candil al Duende que muchos esperaban su confirmación para cerrar sus planes. Pues por él, adelante, 19 de abril en primera y única convocatoria. Sólo se atreve a sugerir al guía que el camino sea asequible para una mayoría, o al menos gradual en el esfuerzo, de forma que el que flojee pueda retirarse y esperar o regresar tranquilamente al punto de partida.

Claro que, si llegar a la meta es cuestión de fe, bastará con llevarse una calculadora. Después de haber ascendido a Dios, como ha hecho el profesor Heller, lo de subir a la Pedriza seguro que es pan comido.

Señor, ¿qué hacemos con las sorpresas del roscón?

 Pasado el tiempo de jolgorios, el Duende se adentra hoy en teologías delicadas. Para empezar ha llegado a la conclusión de que uno de los grandes inconvenientes de ser Dios es que hay acreditar sabiduría absoluta. No es moco de pavo.

A continuación vendría la gran cuestión, el arcano por antonomasia, la prueba definitiva de que esa abstracción tan maravillosa que es ese  ens a se, no ab alio  (padre José María Unzueta dixit) es una verdad, y no una patraña. Atención, teólogos, pensadores y filósofos, que aquí os queremos ver. Si existe Dios, y éste posee la sabiduría absoluta…¿sabe qué carajo hay que hacer con la legión de sorpresas de roscón de Reyes que se van acumulando en los cajones a lo largo de una vida?

Hubo un tiempo en que estas figuritas que señalan caprichosamente al comprador del próximo roscón eran de cristal, y tenían cierto encanto. También entonces España era más pobretona, y se consumían menos roscones. Pero de un tiempo a esta parte reina en estas fechas el furor rosconero. Los obradores y reposterías de prestigio se estiran en grandes colas de consumidores ávidos e inasequibles al desaliento, como si fueran clientes adictos a la lotería de La Bruja de Sort o a la de Doña Manolita. O como si el kilo de esa codiciada pieza no lo cobraran a precio de cojón de mico, que es por el que los  reposteros despabilados han decidido tasar esta pieza de bollería. Reyecitos, vikingos, piezas de nacimiento, focas, sirenas,  vacas, patitos,  caballitos de mar, mariquitas, tortugas, tigres, hadas, gnomos, ranitas, burros, enanos, guerreros, robots, magos…Cada uno de su padre y de su madre.

En el caso del Duende, todos acaban en el cajón de los horrores, donde uno ha ido acumulando los regalos que doña María llamaría suntuarios, y que pretenden ser un recuerdo, un homenaje o un testimonio de gratitud por este o aquel programa de radio que hicimos allí. Una metopa de esta universidad, una bandejita de plata (de la gata) donde consta que fuimos pregonero de unas fiestas, una placa de bronce, una reproducción en pequeña escala y en estilo más que relamido de la estatua emblemática de la ciudad, un pisapapeles de metacrilato… Horror inútil tras horror más inútil todavía. Ahí reposarán  años, hasta que un día nos de un ataque, cojamos un taxi y pidamos que recorra toda la ciudad con las ventanillas abiertas para ir tirando por ellas, sin que se note que somos iconoclastas hipocondríacos, todas las bobadas insignes que la gente y las instituciones se empeñan en regalar aunque nadie sepa qué hacer con ellas.

Por qué y para qué se hacen estas cosas. Y cuál es la responsabilidad que ante ellas compete al consumidor responsable.   Ay, Señor, qué sinvivir más tonto. Ilumínanos, tú que lo sabes todo. Y ya que eres todopoderoso, convence a los reposteros de que inventen otra cosa, o  muéstranos si no el camino para que tanta sorpresa de roscón horrenda y estúpida no nos haga enloquecer.

El arcano de la guinda

 Se habla de todo, se escribe acerca de cualquier materia, se hacen estudios -científicos, políticos, económicos, sociológicos, semiológicos, antropológicos y lo que te rondaré morena- sobre todas las parcela de la realidad. De vez en cuando una universidad, generalmente norteamericana, descubre que la fertilidad de la lubina de criadero aumenta los años bisiestos. Dato en apariencia irrelevante, pero que a alguien le da pie para elaborar una teoría y aspirar al premio Nobel. O sea, se acaba sabiendo lo necesario y lo innecesario. Pero aún así sigue habiendo arcanos inexplicables.

Recuerda el Duende que en su colegio estudiaron la figura del padre Feijóo, autor de escritos tan singulares como los que se refería al arte cisoria (arte de cortar) o el de la vara adivinatoria o zahoríes. No son materias de interés prioritario, evidentemente.  A nadie se le había ocurrido hasta entonces descender a estas minúsculos detalles de nuestra civilización. ¿Fue antes el huevo o la gallina? Creo que  durante la Segunda República, en el Congreso se sometió a votación la existencia de Dios. La sabiduría popular aún no tiene claro si el caracol es carne o pescado. En el siglo XIX un sesudo comité de científicos debatió sobre el grado de temperatura que llega a alcanzar el infierno.

Y aún habrá  más incógnitas que queden por despejar.

Pero  hoy el Duende quiere interesarse por la guinda. Esa pequeña fruta tan cursi que queda olvidada al final de tarta. La que se presenta engalanando a las anguilas de mazapán, la que pone glamour a los cócteles. La que sigue dando una nota de color en la copa de cristal cuando el helado se ha despedido. ¿Sabemos de alguien que se las tome?  Si no es así, ¿qué pintan  en el plato o en la copa? ¿Actúan como excitante de la líbido? ¿Pagan IVA?

Cuánta carnaza para el comentarista. Pues nada, ni una palabra más. Al Duende se le caen los párpados de sueño. Así que le hacemos caso a Zoupon y, si no es molestia, se dignen explicar por qué, sin servir para nada, la guinda, roja o verde, glaseada o al natural, sobrevive al paso del tiempo.

También vale pensar que el absurdo es precisamente una guinda.

Te y simpatía

London

(Foto de RunCentral)

Durante buena parte de su vida el Duende quiso ser británico. De repente alguien le comió el coco y le vendió la milonga de que Londres era la capital del mundo, y Gran Bretaña el eje de la política, la cultura, la ciencia, la economía y el origen del refinamiento y del buen gusto occidental. Dickens, Stevenson, Chesterton, Conan Doyle, Wodehouse, Richmal Crompton y otras malas compañías de los libros y del cine tuvieron la culpa.

Como buena parte de los españoles, el Duende creía que el british de referencia es un tipo sosegado, elegante, culto, buen conversador, amante de los perros, que viste de tweed o de traje de raya diplomática, que saca a pasear al perro por el parque y que luego se sienta junto a la chimenea y carga la pipa mientras saborea una caliente taza de té y lee el Times. A cambio del orgullo, que consagra como nada su famosa Enciclopedia Británica -donde se ningunea cualquier destello del genio humano que no sea anglosajón- ofrecía como mayor aportación a la filosofía su famosa flema, que en los tiempos del imperio aún les llevaba a lamentarse de que el Continente siguiera aislado de nuestra querida Gran Bretaña. Eran el ombligo del universo.

Algunos británicos del pasado siglo -casualmente de los más célebres- pusieron mar de por medio y buscaron otros horizontes. James Joyce, Aldous Huxley,Robert Graves, Charlie Chaplin, Alfred Hitchcock, Cary Grant, John Lennon. Y es que para quien puede elegir, algo falla en ese paraíso verde. El caso es que a pesar de disfrutar un alto nivel de desarrollo, acaban a menudo aplastados por factores tan poco sofisticados como la escasez de sol, el exagerado pragmatismo de las normas sociales, el insostenible nivel de los precios y la despiadada competitividad que hoy padece cualquier profesional en una potencia económica. Un hijo del Duende que inició allí una carrera prometedora, lió un día en el petate su excelente bagaje intelectual y regresó a España. Había ido a la orgullosa Inglaterra para aprender, pero la lección aprendida no era la esperada. Según él los británicos están chiflados, y han perdido el auténtico sentido de la vida. Prefiero ser pobre en Córdoba -sentenció- que un pringao middle class en Manchester. Tanto gasto en idiomas para acabar siendo un Séneca. Y con lo cerca que queda el Guadalquivir.

Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente. Que lo que antes llamábamos el british way of life sea un bluff, y perdón por tanto anglicismo, no quita para reconocer que en algunos detalles sigan siendo insuperables. Por ejemplo, en el té, que, a pesar de su creciente desapego filobritánico, le sigue gustando mucho al Duende. Prefiere sobre todo la mezcla habitual que ellos usan -generalmente el llamado breakfast tea- y, no tanto, las exóticas que ahora se han puesto de moda en España. Observa escrupulosamente el modo de prepararlo: calentando antes la tetera -de porcelana o, como mínimo, de cerámica o barro- poniendo las hojas de te en su interior para que se esponjen y liberen su fragancia. Y, finalmente, llenando la tetera con agua hirviendo. Y le encantan las pastas, scones, y plumcakes que suelen acompañarlo. Un excelente bebedizo que, en el desayuno, en la merienda o entre horas, tonifica el cuerpo, anima el espíritu y sienta mejor que el café.

Siempre que se haga según los cánones, claro. Porque el te en los bares y cafeterías de España se maltrata, y, como diría doña María, se hace de espaldas al pueblo. Materia prima pobretona, a menudo ya seca, teteras de acero inoxidable -que Dios confunda- agua calentorra, sin haber roto a hervir siquiera. Es una pena, porque los campos de golf, que también son invento británico, se hacen aquí muy bien y como churros, y eso que cuestan millonadas. Con lo baratito que resultaría disfrutar de te y simpatía. Pero lo primero nunca se produjo aquí, y lo segundo, ay, se nos está diluyendo en esto que llamamos la aldea global.

El café ya no es lo que era

Cafe

(Foto de nasebaer’s, con algunos derechos reservados)

El café es una infusión exquisita para algunos. Distinguen: el de Colombia, el de Brasil, el de Costa Rica, el africano, el turco. Para el Duende sólo una costumbre y un tolerado estimulante. Cuando trabajaba para la marca Bonka se tuvo que empapar en la historia del café, por aquello de no tocar de oído. Parece que fueron unas cabras las que, ramoneando en unas matas, encontraron en sus frutos tiernos un motivo para ser más felices. El cabrero se apercibió de lo contentas que triscaban después de probar aquellos granos, así que siguió su ejemplo y pasó la bola. Hasta la fecha. Si el Duende fuera el Dios omnisciente que le contaban en el colegio, uno de los datos que le gustaría registrar es el del número de tazas de café que la humanidad ha tomado desde las cabras a esta parte. Hay que ser mucho Dios para que la cifra te quepa en la cabeza.

Así avanza la civilización: donde menos se espera, salta la cabra. Y con cualquier pretexto, se toma un café. Delicia o rito, para el Duende – en ocasiones tragaldabas, siempre goloso pero no lo que se dice un gourmet- el café es más que nada una costumbre. Contra el gusto general en España, odia el torrefacto, quizás porque estaba de moda cuando le despabilaba en sus tétricas noches de estudiante previas a un examen. Caían las horas tan inexorables como los párpados de puro sueño, y el Derecho Civil, de Federico de Castro, famoso hueso del claustro de profesores de la Universidad Complutense, esperaba abierto entre sus codos, como diciendo, anda, atrévete a aprenderme en lo que queda de tiempo hasta el examen, que te vas a enterar de quién es don Federico. Y se enteró, porque le cateó dos veces. El Duende cree que no vivirá noches tan parecidas a las del condenado angustiado esperando la visita del verdugo. Al alba, al alba, como cantaba Aute, aquel café torrefacto negro cual cucaracha le sabía sencillamente a muerte.

Se reconcilió luego con el café por la literatura, el cine y los viajes. No es lo mismo tomarlo en un café de Viena o de Ámsterdam -imprescindible uno de estilo art deco muy cerca del Rijksmuseum cuyo nombre ahora no recuerdo- o incluso en el Iruña de Pamplona o en Gijón de Madrid, que en la aséptica cafetería de suelo de mármol reluciente de la séptima planta del centro comercial que es la meca de nuestros días. Si ya no hay ambiente, ni tertulia, ni literatura, si no hay unos novios arrullándose, o un escritor buscando a la musa en el velador de mármol, o un opositor concentrado en sus apuntes, o una dama distinguida esperando al espía para pasarle un mensaje secreto, o un camarero añejo que te cuente historias de toreros, de artistas o de putas, el Duende piensa que el café no tiene mayor interés. Y no digamos si te lo sirven templadito o más bien tirando a frío, como pasa ahora en tantos establecimientos.

Porque esa es otra. Se baja el Duende de la moto aterido por la fresca matinal. Se mete la primera cafetería y pide un café con leche para entonar el cuerpo. Se lo acerca a los labios con toda clase de cautelas y al primer sorbo ya está helado. Perdone usted -se disculpa el jefe-, pero es que ahora con tanta variante en los desayunos de oficinistas nos vuelven locos. Café caliente con leche fría, mitad caliente mitad templada, descafeinado con fría, descafeinado con caliente, capuchino, descafeinado de máquina, cortado, bombón, americano, mediana…¿Quién se acuerda ya de que el café con leche era uno, y siempre echando bombas? El lujo de la oferta variada, de la libertad de elección y del cambio de costumbres. Poco es ya lo que era: a la tortilla de patata la deconstruyen, lanzan el helado de fabada y cualquier día hacen compota de callos a la madrileña. Aquí no cabe el que inventen ellos de Unamuno, porque lo inventamos nosotros. Aunque el Duende piense que el café con leche estaba mucho mejor bien caliente y, por supuesto, con porras crujientes.

La voz de Dios

Fernando Fernán Gomez Le hizo reir primero, y luego llorar, y siempre soñar. Era el Duende un chavalillo y Fernando Fernán Gómez una estrella del fútbol llamada Paulovsky que metía los goles con el culo. Era El fenómeno, y luego un cadete de marina guasón en Botón de ancla, y un pobre hombre en Nadie lo sabrá, y un perverso de pacotilla en El malvado Carabel y un recién casado encantado con su birrioso pisito en Esa pareja feliz, y un don Mendo delirante en La venganza de don Mendo De repente aquel que los ignorantes tomábamos como un pintoresco actor de comedia se iba convirtiendo en un gran actor dramático. Y más que eso, en un magnífico director de cine. Y más que eso, en un formidable escritor. Y aun más, en una voz de referencia . Y más que eso, en un humanista.

Y sin embargo se me grabaron de él, como gran enseñanza para aprender a vivir, unas sencillas líneas de su libro El tiempo amarillo. Relata en él su infancia en un modesto piso de la calle Alvarez de Castro de Madrid. Ahí vivía con su madre y su abuela, que le cuidaba mientras Carola, actriz de profesión, salía de gira. Pero era una casa interior, y Fernandito soñaba con ver la calle. Un día mejoraron de fortuna, y pudieron alquilar un exterior. Y al niño del pelo de color panoja se le esponjó el alma: al fin podía asomarse al balcón y ver a gente paseando, el tranvía, el carrito del lechero, el afilador. Un alimento precioso para un talento como el suyo. Y una meditación para los que buscan la medida de la felicidad.

Desayunó muchos años en la cafetería Villa Río, Paseo de la Castellana 132, justo debajo de la oficina donde tuvo el Duende su primer trabajo, diez pesetas café con leche y croissant. Y un día, aprovechando que acababa de ver la película Cinco tenedores, dirigida por él, superó su timidez y se presentó. Enhorabuena, me ha gustado mucho -le dijo. No se engañe -le respondió educadamente sin apearle del usted- era un trabajo de los que llamamos alimenticios. Para poder seguir desayunando aquí…

Fue el Duende feliz divagando entre los personajes, las obras y las películas en las que ponía su sello Fernando Fernán Gómez. Desde El Lazarillo de Tormes al apicultor de El espíritu de la colmena, desde El enemigo del pueblo al vividor de Belle epoque, desde el canalla de Pim pam fuego al entrañable maestro lapidado por su propio alumno cuando el camión lo lleva hacia el pelotón de fusilamiento. Era en La lengua de las mariposas Pocas veces un simple juego de miradas entre el niño y el viejo profesor que encarnaba Fernando ilustrarán mejor la crueldad humana. Inolvidable el gesto de incomprensión en el rostro del gran actor ido.

Supone el Duende que, como intelectual riguroso, andaba Fernando cerca del agnosticismo más puro. Pero, actor, escritor y hombre de cine y de teatro al cabo, no se resistiría a esta escena final de la comedia de su propia vida. Va el pelirrojo barbudo y se encuentra con otro barbudo venerable a las puertas del cielo. ¡Anda!-dice Fernando. Tú eres el tío que yo interpretaba en la película Así en la tierra como en el cielo. Sí -le responde Dios-Los gestos de bondad y los raptos de ira estaban bien conseguidos. Pero te voy a ser sincero, yo nunca tuve una voz tan convincente como la tuya.

Pesadillas por Navidad

Santa Claus

Me asegura el Duende que en el mes de febrero soñó algo singular que, sin poder definirse como pesadilla, tenía algo de ello. Se veía en un paisaje bellísimo, con árboles frutales ofreciendo delicias a un grupo de rubias y estilizadas figuras mitológicas de vestidas sólo de etéreos cendales. Ahí estaban Paris con su manzana, y las tres gracias, y sobrevolando, Cupido. Era el famoso cuadro de La Primavera, de Sandro Boticcelli. Con una extraña peculiaridad. La figura central, aunque luciendo un palmito parecido al de la Venus original, era mucho menos esbelta y elegante. No era Venus, sino Isidoro Álvarez que, vestido a modo de seductora heralda del amor y el goce, desplegaba un gallardete en el que se leía: ¡Ya es primavera en el Corte Inglés!

Lo peor es que, con leves variantes, el sueño se repitió a mediados de octubre. En este caso era abducido hasta un pesebre de Murillo donde el Mesías, con esa sonrisita pánfila con que le representan los misterios tradicionales, era ya talludito y estaba llamativamente gordo. En realidad no era el niño Jesús, sino otra vez Isidoro Alvarez anunciando lo imaginable: ¡Ya es Navidad en el Corte Inglés!. En ambos casos el Duende se despertó sudando y sobresaltado, y durante algunos días tuvo que visitar el gabinete de su psiquiatra.

Qué sinvivir, la sociedad de consumo. No acabamos el arqueo de la ruina veraniega y la vuelta al cole y ya viene Halloween. Y aún no hemos destruido la siniestra calabaza colonizadora cuando se anuncia la conspiración en torno a la gran fiesta de la cristiandad. Todos se ponen de acuerdo en madrugarla: alcaldes que encienden las luces, anunciantes que desentierran villancicos, tiendas que se engalanan de Navidad por todos los santos, bazares chinos que se inundan de arbolitos luminiscentes cada vez más exóticos, proveedores de regalos que avanzan muestrarios, periódicos que regalan nacimientos por entregas, restaurantes que anticipan sus reservas para las cenas de empresas, comercios que apartan juguetes para los peques, revistas que dan en primicia lo que los famosos cenarán en Nochebuena. Jesús, cuánto empalago en tu nombre, y cada año antes. Que papá Dios nos coja confesados.

Dice doña María que acabaremos colgando del árbol de Navidad los bikinis, las chancletas de colores, los cubitos y las palas de los niños y esos moldes en forma de estrellita para flanes de arena que lucen mucho en el abeto. Sería una versión utilitarista del arte povera con fines suntuarios. Y una manera de optimizar esfuerzos y recursos. Al ciudadano le tienen -le tenemos-frito, con tanta necesidad de vender para animar la economía. Y así poder seguir comprando, para que otros puedan seguir forrándose, y nosotros sigamos siendo el burro que nunca atrapa la zanahoria, porque cuelga de un palo tramposo que nos pone la felicidad al alcance teórico de nuestro morro, y siempre viaja unos centímetros por delante de la dentellada. El hombre que no compra no sólo es un paria, sino que además es insolidario, tócate las narices. Lo último no es ya acumular todo lo posible en casa, sino sacar a Santa Claus a trepar por la fachada. Mejor desde el verano, para que llegue a la gran noche entrenado.

El Duende pondrá el nacimiento con su nieta, cantará villancicos con su coro y con la familia, y no le hará feos al turrón ni a los polvorones. A ser posible por Nochebuena, no antes. Y también escribirá a los Reyes Magos. No para pedirles que le traigan nada, sino para que se lleven algo de las muchas inutilidades con que le ha regalado la sociedad del despilfarro.

Pero no le hagan caso, está algo mayor y últimamente la demencia senil le provoca pesadillas antisistema.

Beatus ille

Balarrasa

El Duende recuerda una película que impactó mucho a los niños de su generación. Se llamaba Balarrasa, de José Antonio Nieves Conde. La estrella era un joven Fernando Fernán Gómez, que encarnaba a un crápula convertido después en sacerdote. Empieza el film como pecador impecable y acaba su vida como misionero en Alaska, entregando su vida Dios en medio de una tormenta de nieve. La película parecía concebida para ser proyectada en el cine de un colegio religioso. Era emocionante, ejemplar, y encerraba un impactante mensaje: hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por cien justos que perseveran…

En las secuencias iniciales de Balarrasa, unos milicianos fusilan a un grupo de sacerdotes a orillas del mar. De los muros de aquel colegio donde veíamos la película, pendían retratos de antiguos alumnos muertos en la guerra. Una expresiva vidriera en la estética de la época les presentaba ofreciendo sus vidas a la Virgen del Pilar, con palmas del martirio incluídas. Sus nombres rodeaban esa vidriera. Los marianistas tenían razones para denigrar la guerra, pero sin embargo nunca nos hablaron de ella. El Duende se acaba de enterar ahora de que cuatro compañeros suyos sufrieron la misma suerte que aquellos curas de Balarrasa fusilados en la playa. Los padres marianistas, de los que tanto se quejaba el Duende entonces, se quedaban con el mensaje esencial de la película, y no hurgaban en las heridas de nuestra historia que tanto nos desprestigian. No se si sería sensibilidad o pragmatismo, pero muchos que nos educamos allí pensamos que eran detalles de una buena pedagogía.

Pertenece el Duende a lo que doña María llama católicos porsi. Por si fuera verdad todo lo que le contaron sus educadores. Su fe se parece a la de Unamuno: creo en Dios porque lo necesito. Pero tan lastrado por sus limitaciones intelectuales como la gladiadora del hogar de Los Arándanos, se abona a veces a juicios simplistas. Por ejemplo, mantiene que la Iglesia es como una obra de teatro donde la tesis y el argumento son maravillosos, pero falla a veces con los actores y la puesta en escena. Dice Roma que lo suyo son sólo los negocios de Dios, pero, para empezar, tiene status político.

Pues bien, no hacía falta ni sentido de la política para que la beatificación de ayer se hubiera extendido también a otros mártires de la fe. Por ejemplo, los sacerdotes fusilados por no plegarse a los que se habían rebelado contra un gobierno constitucional. ¿No merecían también un beatus ille? Se han escuchado las palabras paz, piedad y perdón, y eso incluye generosidad de miras. Muchos católicos a machamartillo, y otros más escépticos, hubieran deseado que esa lista incluyera a todos los eclesiásticos víctimas de cualquier intolerancia en aquel trienio negro. Y no hubiera sido rendirse a la memoria histórica unilateral que pretenden algunos, sino aplicar naturalmente el mensaje de Cristo.

Claro que, si los designios de Dios son inescrutables, cómo no lo van a ser los de su Iglesia, tan humana -y por tanto tan imperfecta- como este irreverente Duende.

Por cierto, aviso final a navegantes. Recuerden que hablamos de paz, piedad y perdón. Si hay comentarios, que sean para enterrar definitivamente el hacha de esta guerra interminable.

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