El niño aquél no acababa de entender qué era la fe. La fe, le enseñaban, es creer en Dios. ¿Y cómo es Dios? -preguntaba el chiquillo. No tiene cara ni cuerpo, nadie sabe donde está, aunque está en todas partes -le decían- pero es lo más importante. Es el creador de todo, y el dueño de nuestros destinos, ¿lo entiendes?. Tienes que creer en El. ¿Y cómo voy a creer, si no le veo? -replicaba el niño, inocente. Tampoco en una lata de melocotones en almíbar ves los melocotones, y sin embargo sabes que están allí. Vale, pensó el niño. En adelante, cuando le preguntaban cómo se imaginaba a Dios, respondía que como los melocotones en almíbar.
Sospecho que muchos de los que revolotean por este blog están entre el niño de los melocotones y el unamuniano creo en Dios porque lo necesito. O, dicho de otra forma, si no hubiera Dios, habría que inventarlo. De tiempo inmemorial viene la controversia entre la fe y la razón, pero mira por donde la razón matemática ha venido a echar una mano a aquélla, y de paso a llenar las alforjas de Michael Heller, un filósofo y matemático, profesor de la facultad de Teología de Cracovia, que acaba de embolsarse 1.069.000 € en forma de premio otorgado por la Fundación Templeton de Nueva York. Al parecer ha demostrado que con fórmulas matemáticas se puede llegar a concluir que Dios no es ninguna broma.
Al leer la noticia, el Duende saltó de gozo. En parte por ver reforzado el argumentario del padre Bonete. Sin que salga de aquí, diremos que al mosén nunca le dejaron del todo convencido las cinco famosas vías con las que santo Tomás de Aquino pretendía demostrar la existencia de la divinidad. Parece mentira que fuera tan docto y asentara tales simplezas - dicen que llegó a afirmar en una ocasión Pero el júbilo duendal fue pronto ensombrecido por las dudas. Si él fue siempre de letras, y no llegó siquiera a entender ni la ecuación de segundo grado ni la demostración del teorema de Pitágoras, ¿cómo iba a llegar a Dios a través de las matemáticas?
La respuesta, como tantas veces, la hallado en los boleros. Caminemos, tal vez nos veremos después…, cantaban melancólicos los incombustibles Panchos. Pues eso: hagamos la marcha propuesta y, si no nos vemos con Dios sobre la marcha, al menos nos veremos entre nosotros. Por contrastar, entre otras cosas, si los amigos de este blog responde a la imagen que uno se ha forjado de ellos a través de sus comentarios.
Le cuenta Candil al Duende que muchos esperaban su confirmación para cerrar sus planes. Pues por él, adelante, 19 de abril en primera y única convocatoria. Sólo se atreve a sugerir al guía que el camino sea asequible para una mayoría, o al menos gradual en el esfuerzo, de forma que el que flojee pueda retirarse y esperar o regresar tranquilamente al punto de partida.
Claro que, si llegar a la meta es cuestión de fe, bastará con llevarse una calculadora. Después de haber ascendido a Dios, como ha hecho el profesor Heller, lo de subir a la Pedriza seguro que es pan comido.
Pasado el tiempo de jolgorios, el Duende se adentra hoy en teologías delicadas. Para empezar ha llegado a la conclusión de que uno de los grandes inconvenientes de ser Dios es que hay acreditar sabiduría absoluta. No es moco de pavo.

Le hizo reir primero, y luego llorar, y siempre soñar. Era el Duende un chavalillo y Fernando Fernán Gómez una estrella del fútbol llamada Paulovsky que metía los goles con el culo. Era El fenómeno, y luego un cadete de marina guasón en Botón de ancla, y un pobre hombre en Nadie lo sabrá, y un perverso de pacotilla en El malvado Carabel y un recién casado encantado con su birrioso pisito en Esa pareja feliz, y un don Mendo delirante en La venganza de don Mendo De repente aquel que los ignorantes tomábamos como un pintoresco actor de comedia se iba convirtiendo en un gran actor dramático. Y más que eso, en un magnífico director de cine. Y más que eso, en un formidable escritor. Y aun más, en una voz de referencia . Y más que eso, en un humanista.


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