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No mueras por salir en la tele

Pobre Stephanie Parker. No sabía que hay vida más allá de la tele...

Pobre Stephanie Parker. No sabía que hay vida más allá de la tele...

Que te conozcan por la calle, que te salude gente a la que nunca has visto,  que te ofrezcan siempre la mejor mesa en el restaurante, que no te cobre el taxista la carrera, que los camareros te pongan gratis una tapa extra. O que te entronicen en el hogar de una admiradora instalándote sobre el microondas.

-He enmarcado en plata Meneses la foto de Arturo Fernández y la he puesto ahí -decía Doña María- porque tiene una mirada que es para derretirse…

Lo que no derrita el microondas, que lo funda la mirada de un ídolo. Aunque hay amores que fraguan con sólo escuchar una voz, es mucho más fácil conquistar cuando tienes buena presencia. Lo decía el actor Manuel Alexandre.

-A mí con esta pinta no me veían de galán, que era el sueño de los actores de entonces. Y me convertí en secundario.

Es menos lucido, pero al final, si vives mucho, te acaban queriendo y considerando buen actor. Sobre todo si eres conocido. Por eso hoy todos los que aspiran a la popularidad  quieren salir en la tele. Porque  esa ventanita que a menudo nos parece tan zafia y tan hortera, en realidad  es la puerta que abre todas las puertas. Hay quien mata por asomar la cabecita en la pequeña pantalla. Pero, sorprendentemente, también hay quien muere por dejar de salir en ella, como la desdichada Stephanie Parker, que se acaba de suicidar al saber que prescindían de ella en una teleserie inglesa.

La noticia, cómo no, le dejó sorprendido a Homper. Y se filtró en la conversación habitual con la inefable tía Clota.

-¡Qué espanto! -comentó ésta mientras hacía un solitario- Y tan joven…Quizás creía que no hay vida más allá de la tele…

Luego le preguntó a su sobrino si eso podría pasar en España. Y Homper le dijo que no, porque en nuestro país, aparte de dos cadenas públicas, no se cuántas autonómicas, cinco o seis privadas en abierto y algunas más de pago, hay más de mil pequeñas televisiones municipales. Y Doña María prefiere escuchar antes  los cotilleos del barrio que  las reuniones del G-20.

-Ya ves -le dice Homper a su tía-  Uno cree que por asomarse a la pequeña pantalla es Dios, y resulta que la libertad de televisiones ha llenado nuestro mundo de diosecillos que no son nadie.

Y cuenta el caso del Duende, que hace unas semanas fue invitado a un programa de TVE 1 como autor del villancico de las Muñecas de FAMOSA y ni siquiera en su Coro Vía Magna, donde cantan casi sesenta y entienden mucho de joyas musicales, le comentaron que le habían visto. Un oprobio para su autoestima

-Santo cielo, qué frustración -comentó la anciana sin levantar la vista de sus naipes- Así que la tele tampoco es ya lo que era…

Pepín Blanco será un buen ministro de Fomento

Si uno es lo que parece, será un excelente ministro de Fomento...

Si uno es lo que parece, será un excelente ministro de Fomento...

-¿Sería tan amable de ayudarme a salir de casa?-le dijo la vecina a Homper.

No fue tan trágico el caso como el de aquel anciano que murió de un infarto tratando de abrir un frasco de salsa de tomate para sus espaguetis. Aquel suceso le hizo reflexionar a Homper sobre las dificultades que tienen los mayores para desenvolverse cuando van fallando las fuerzas. Esta vez no era tan grave: la vecina, que rondaría los ochenta y cinco años, sólo llevaba un rato forcejeando con la puerta del edificio. La pieza de hierro fundido pesaba demasiado para ella. Y, por si fuera poco, el muelle que aseguraba el cierre automático ejercía una presión invencible para las fuerzas disminuidas de los viejos.

-Viejos, somos viejos y nada más -se quejaba amargamente la pobre señora- Menos consolarnos llamándonos tercera edad y más sensibilidad para facilitarnos la vida.

Es una de esas cosas que según Doña María, a estas alturas de la película también ya al borde de la ancianidad, decía que estaban hechas de espaldas al pueblo. O sea, sin contar con todos los que no son como los que crean las normas.

-Una tragedia, hijo -le confirmaba la tía Clota a su siempre perplejo sobrino- Yo también apuntaría dos nuevos delitos sociales contra la ancianidad. Ayer, al cortarme las uñas, noté que así como mi mano derecha aún conserva fuerzas para cortar las uñas de la izquierda, la mano izquierda no puede cortar ya las de la derecha.  Cada vez me cuesta más  apretar el cortaúñas, Hom…

Como no hay mal que por bien no venga, a su amiga Edwina, que es  zurda, le ha empezado a pasar lo mismo.

-Así que hemos quedado en tomar el te juntas cada vez que tengamos que cortarnos las uñas…Ella me hará a mí la mano derecha y yo le cortaré las uñas de su mano izquierda. Eso sí -se rió con malicia-, tendremos que morirnos al mismo tiempo…

El segundo delito es el packaging -así lo decía ella- de las bombillas.

 -¿Cómo es posible que para sacar una miserable bombilla para la lamparita de mi mesilla de noche de su blister tenga que pedírselo al propio ferretero? ¿Cómo no caen en la cuenta de que esos envases son imposibles para los viejos?…

Estaba visiblemente crispada. Pero como a la tía Clota le preocupa que sus anotaciones críticas le hagan parecer una cascarrabias,  quiso demostrar que también le interesa lo que le interesa a la mayoría.

 -Pues…¿sabes que no me parece tan mal el nuevo gobierno de Zapatero?-dejó caer inopinadamente- Ya ves, ese Pepín Blanco lo hará muy bien de ministro de Fomento… Tiene cara de castor, y los castores, que hay muchos por aquí, son excelentes ingenieros. Hacen túneles, presas, senderos…

Naturalmente, Homper, haciendo honor a su nombre, se quedó una vez más haciendo la muestra del Hombre Perplejo.

Usted es un chozno, con perdón

Siempre es un gusto descubrir esas palabras poco usadas que nos ofrece el Diccionario

Siempre es un gusto descubrir esas palabras poco usadas que nos ofrece el Diccionario

Entre todas las máximas filosóficas, ninguna hizo presa en el Duende como la que humildemente nos enseñó Sócrates: solo se que nada se. Qué angustia sentir las limitaciones de nuestro conocimiento.

-El sinvivir de la cultura -que decía nuestra amiga doña María-, que nunca sabes dónde empieza y dónde acaba. Te crees mu versá porque sabes que Quevedo, además de plaza, era un escritor importante y te se olvida que Francis Rivera y los huevos de Lucio, con perdón, también son cultura.

Doña María, que es de una sinceridad explosiva, confunde en este caso churras con merinas, pero pone sin quererlo el acento en la confusión de la cultura. Los que, como el Duende, quieren ser rigurosos con los valores del espíritu, sufren mucho. Sienten que hoy día atrapar el saber y jerarquizar sus componentes es tan imposible como vaciar la bañera con un cesto. El mismo informativo que dedica tres minutos a convencernos de la importancia científica de Darwin, puede conceder cinco a la noticia de que la oreja de Van Gogh no se la automutiló éste, como nos enseñaron, sino fue arrancada en una pelea con Cezanne. Poca cosa al lado de lo que se llevaron Paco Camino, José Tomás y el mencionado Rivera. Los dos primeros se han sentido ofendidos de que les metan a los tres en el mismo saco artístico, y han devuelto su Medalla de Oro de las Bellas Artes, graciosamente concedida por un gobierno más bien antitaurino.

-Se conoce que les ha molestao-advierte la perspicaz María-Y es que la sonrisa de Fran y lo que oculta su taleguilla puen ser dos joyas, y lucen mucho en el HOLA, pero no son lo mismo.

Como la elasticidad del saber es infinita y a uno le desasosiega ese concepto, busca paz y saber en los diccionarios, que al menos tienen la virtud de acotar lo que es de ley conocer. El Duende tiene un amigo que cuando no tiene mejor lectura para el cuarto de baño se lleva el diccionario y se entretiene buscando esas palabras que duermen un plácido desuso. Y cada vez que descubre una se siente feliz. Una nueva palabra que amplía tu vocabulario es como un suave laxante para el habla. El otro día, a lo tonto a lo tonto, descubrió que él era un chozno. Nunca había escuchado o leído esa palabra. ¿Cómo era posible haber vivido tanto tiempo sin saber lo que significa?

Bueno, pues si lee esto, sepa que usted también lo es: chozno o chozna. Y no se ofenda sin haber desentrañado antes el misterio de lo que quiere decir. Puede que tenga la suerte de conocerlo ya por ser un buen hablador. Pero si no, se lo desvelará, gratis, ese tesoro de la lengua que es el Diccionario de la RAE.

Revolutionary Rollo

El rollo de la vida, la angustia de vivir...

El rollo de la vida, la angustia de vivir...

No es que la película sea un rollo en sí mismo, que también lo puede ser. Es que va del rollo de la vida. O sea, según se mire. Y la película de Sam Mendes por la que avizoran un oscar para Cate Winslet es, sobre todo, un sinvivir.

-Es que son vida mu vacías-dijo nuestra vieja amiga doña María después de verla con las amigas- Con dos hijos que tienen, un buen trabajo que le ofrecen, lo bonitos que son su casa y su coche y se les  va en poblemáticas. Con esos mimbres, cualquiera de mi bloque se hace un cesto la mar de feliz, te digo.

Doña María mantiene que casi todo el mundo que conoce tiene más motivos para el desánimo que la pareja protagonista. Y sin en cambio, como subraya, saca pecho, tira para delante y al mal tiempo buena cara. La diferencia, dice, es que por la parte de España tenemos las vidas más llenas.

-Estos de la peli no hablan de Dios, ni de los niños, ni van al psicólogo, con lo atacaos de los nervios que están. Ni hacen deporte, ni hacen colecciones de dedales, o de cajitas de té, o de fascículos de la Transición…¡Si ni siquiera van al Corte Inglés de allí!

O sea, el desamor,  la angustia de vivir, la náusea sartriana. El cine dibujó con maestría el sueño americano en múltiples comedias costumbristas. Pero de cuando en cuando tira de bisturí y disecciona con crudeza el alma del americano medio. Recuerda el espectador American beauty, Las horas, aquellas secuencias familiares de Broubake Mountains, el vendedor de coches de Fargo. Hubo un cine feliz de Frank Capra, pero ahora hay  muchas películas que orillan el almíbar y oscilan entre el manifiesto por el desasosiego y la pura cabronada. Como Revolutionary Road -que, por cierto, es el nombre de la calle donde vive la pareja protagonista- son elegantes, estéticas, y perfectas desde el punto de vista técnico.

-Hija, ¡pero te deja tan mal cuerpo!…-concluye doña María.

Cate Winslet es una mujer mona, pero vulgarcita. Sus cejas oscuras deslucen junto a una melenita rubia del frasco, y le dan un punto de dureza en la expresión que no le facilita los matices. Sin embargo, sin que uno alcance a saber por qué, ha subido al altar de las actrices prestigiosas que ya ocupaba Meriel Streep. Ganará el Oscar por esta película, pero Revolutionary Road no dejará de ser por ello un Revolutionary Rollo. El rollo ingrato de la vida misma

El rostro del mendigo del Metro

Quizás hubiera sido más caritativo mirarle al rostro que darle una moneda...

Quizás hubiera sido más caritativo mirarle al rostro que darle una moneda...

Se lo había a escuchado Homper a aquella mujer que hablaba en la radio de las pequeñas poblemáticas cotidianas. Esto está hecho de espaldas al pueblo, decía doña María. Se acordó de ella en el metro cuando se le acercó un mendigo pidiendo, intentó extraer alguna moneda de ese pequeño bolsillo del pantalón que los sastres llamaban cerillero y comprobó que algún genio de la confección había decidido rediseñarlo para hacerlo más estrecho y más incómodo. O sea, más modelno.

-Coño-se dijo irritado ante aquella mirada espantosa-¡Otra cosa más de espaldas al pueblo!

El pordiosero era un quemado que extendía para pedir un par de muñones. Apenas le quedaban manos. Su mirada causaba espanto, porque era la de un rostro deformado por el fuego. El desdichado debía de haber ardido como las criaturas de Los crímenes del museo de cera, una de aquellas joyas del cine de terror que protagonizaba el gran Vincent Price y que tanto impresionó a  un Homper imberbe cuando la vio.

-Y sin poder sacar una moneda de este puñetero bolsillo…- refunfuñó entre dientes mientras buscaba afanosamente en el cerillero.

La situación era tan embarazosa para Homper como desalentadora para el mendigo. El bolsillo era a tal punto estrecho, que sólo permitía que cupieran en él los dedos índice y anular de la mano derecha. Se llegaba a tocar las monedas, pero era imposible atraparlas. Ante la mirada estupefacta del mendigo, Homper dobló la pierna derecha y la subió para presionar con la parte superior del muslo la columnita de monedas. Así ésta podría ascender levemente y sus dos dedos, a modo de pinzas, conseguirían coger un euro para salir del paso.

Homper lo intentó denodadamente una y otra vez. Ante el asombro de los viajeros que le rodeaban, se contorsionó como si  una pulga  bailase el rock en su ingle. Pero su gimnasia caritativa fue un fracaso: no recuperaría las monedas hasta que no se quitara los pantalones y los sacudiera boca abajo. El mendigo se percató de ello y siguió su camino. Homper pintó un gesto de contrariedad, recompuso su dignidad estatuaria -la  que lucen casi todos los viajeros en metro- y continuó su viaje como si allí no hubiera pasado nada.

Cuando sin darse cuenta se metió las manos en los bolsillos del abrigo, sus dedos detectaron inopinadamente una moneda escondida en el fondillo. Era el euro que había necesitado para no defraudar al mendigo. Entretanto, el pobre monstruo, quizás decepcionado por la escasa recaudación en el vagón,  volvía a pasar ante él pidiendo limosna. Homper no tuvo que repetir esta vez el penoso número contorsionista para darle una moneda. Pero lo hizo avergonzado, depositándola en los muñones y sin atreverse a mirar aquel horrible rostro deformado por las llamas.

-Gracias-se escuchó con dificultad de los labios del mendigo.

A Homper le quedó un amargo resquemor. Aunque tarde, se había dado cuenta de que lo que verdaderamente hubiera agradecido aquel desdichado no era una moneda, sino que alguien le mirase a la cara.

Meditación sobre el edredón

Ideal para estas noches…
Ideal para estas noches...

La Tatianita vino muy contenta del cole. Aquel día la profe explicó la teoría de que la función crea el órgano, y lo había entendido todo. Se lo contaba orgullosa a su madre, que es doña María, gladiadora del hogar, gruesa de los nervios y doctora en gramática parda. Pero ésta, ceño fruncido y brazos en jarras, la escuchaba con evidente escepticismo.

-Mira, hija, la ciencia dice muchas tontunas – argumentaba- Mi hermana Rosaura dice que si eso fuera cierto, después de tantos siglos esforzándonos para llegar a remeter las sábanas del lado contrario de la cama, nuestras rodillas deberían doblar al revés, como las de las cigüeñas.

Menos mal que no se registró la mutación. Imagínense qué oprobio para el joven Ministerio de Igualdad.

Doña María es poco darwiniana porque ignora que para esa evolución de la anatomía femenina hubieran hecho falta millones de años. Y, afortunadamente incluso antes de que, gracias a Bibiana Aído, los hombres nos hubiéramos lanzado como locos a hacer camas, alguien inventó el edredón e interrumpió la evolución de la rodilla femenina.

El Duende prefiere las camas tradicionales, con sábanas, mantas y colcha. Sin embargo cuando llegan noches tan frías como las de esta última semana se reconcilia con el edredón. Es cierto que en la latitud de la capital de España este cobertor abriga de más desde abril a septiembre. Pero qué delicia arrebujarse en él cuando la luz de las estrellas se congela.

-Es como dormir abrazada por un galán de ensueño-matiza Jocelyn, la íntima de doña María.

El marqués de Betanzos, que es hombre muy viajado y de vasta cultura, mantiene la teoría que el auténtico edredón (feather down: la pluma de la parte baja del cuerpo del pato, dicen que es su etimología) es tan útil en invierno como en verano. Actúa como un aislante que mantiene la temperatura del cuerpo. Pero doña María dice que es otro camelo de la ciencia. Lo probó durmiendo con edredón una noche de agosto en los madriles y casi le da un soponcio.

Todas estas reflexiones venían a la cabeza del Duende la noche del pasado jueves, cuando se tenía que meter en la cama gélida en una casa aislada en el campo. Cuánto echó de menos el frailero. Y cuánto cuesta acomodar los pies en la cama cuando el sobrepeso de tres mantas de lana te aplasta los empeines. Logró entrar en calor, y dormirse. Y, puesto que la humanidad había dormido así, con los empeines forzados, durante siglos, soñó que la función había creado un pie nuevo. De manera que al despertarse del largo sueño, ya no volvía a andar sobre las plantas , como los homínidos de siempre. Sino de puntillas, como las bailarinas. Y así, en plan Ana Paulova, salió a la calle ante la mirada estupefacta de los transeúntes. Hasta que se topó con Darwin y éste le despertó advirtiéndole de que, entre la teoría y el sueño, estaba haciendo el ridículo.

Cien mil millones de estrellas

Si nuestras estrellas fueran guisantes, llenarían el Bernabéu…
Si nuestras estrellas fueran guisantes, llenarian el Bernabéu...

Nos contaban de niños que, antes de morir, el hombre ve pasar como en una película rápida toda su vida. Nadie ha escrito ese guión, pero cabe suponer que será abrumador. Imagínense: todo lo bueno y todo lo malo. Un resumen de las obras por las que seremos recompensados, pero también de las fechorías que emborronan nuestra hoja de servicios. Las fotos con los seres queridos, las postales de los viajes, los gozos, las sombras. Y, quizás lo peor: la lista inacabable de asuntos pendientes que ya nunca podremos llevar a cabo. Qué fatigas, Señor.

Doña María, que como saben los lectores de este blog es una ama de casa gruesa de los nervios, dice que ya ha vivido pesadillas que anticipan ese momento. A menudo, sueña que ha muerto, y que el juez supremo, antes de condenarla por glotona y, sobre todo, por mentirosa, hace pasar ante sus ojos  una cinta transportadora que, desde el túnel del tiempo, trae todos y cada uno de los platos que ha ido engullendo a lo largo de su vida. Dejando aparte su etapa de lactante, teniendo en cuenta sus años y que tiene la mala costumbre de hacer dos comidas diarias a razón de primero, segundo y postre, pasan de cien mil los platos que levantan su dedo acusador contra ella. Ella se defiende argumentando que desde hace muchos años hace dieta mediterránea, toma leche desnatada y engaña sus cafés con sacarina. Pero ni por esas. Cuando despierta y vuelve a mirarse al espejo, se ve más bien como gruesa de los sueños.

Las grandes cifras siempre causan vértigo. Lo producen las de la macroeconomía, que asoman a diario en las noticias, las  de los parados, las del déficit público, las de las pérdidas empresariales. También, en el sentido contrario, las de las obscenas ganancias de los grandes ejecutivos, a los que el antiliberalismo piadoso quiere ponerles coto. Pero mucho más otros datos aún más escandalosos. En 1996 la FAO arrancó de las grandes potencias un compromiso en la lucha contra el hambre que no se cumple. Hoy hay ochocientos cuarenta y tres millones de hambrientos, veintitrés más que en aquella fecha. Y, para mayor inri, todos sabemos que nada menos que seis millones de niños mueren al año por malnutrición. A ver qué nuevo orden mundial acaba con esa lacra de una puñetera vez.

Homper -el Hombre Perplejo- no salía de su asombro  cuando su amigo Paco le vaciló con otros datos que relativizan aún más la importancia de cualquier problema personal de los bien alimentados. Paco Colomer es astrónomo, y le contó el otro día que sólo en nuestra galaxia  hay cien mil millones de estrellas.

-Vamos, venga ya-le replicó Homper-¿Y cómo visualizas ese disparate?

Paco le contó que, reduciendo el cálculo a ejemplos inteligibles, había llegado a la conclusión de que, si las estrellas fueran del tamaño de un guisante, todas juntas llenarían un estanque del tamaño del Estadio Santiago Bernabéu. Y a qué negarlo, sintió un cierto alivio. Pensó que, confundido nuestro insignificante planeta entre cien mil millones de guisantes, a lo mejor se disimula la espantosa responsabilidad del hombre contemporáneo por consentir  el hambre en la Tierra.

*V

A Homper le gusta el AVE

El vaso medio lleno. A pesar de lo que le gustaban aquellos trenes de su niñez Homper se quedó perplejo la primera vez que viajó en el AVE. Qué rapidez sin vértigo, qué comodidad sin alardes, cuántas ventajas sobre los pobres aviones, tan perjudicados por la obsesión de la seguridad y el gigantismo de los aeropuertos.

Tenían su encanto los trenes de la época, cierto. Aquel señorío rodante que te prestaba eventualmente la criticada RENFE, y que te permitía viajar en un compartimento con asientos de capitoné y redecilla de reposacabezas. Invitaban a sentirse uno protagonista de novela interesante, o, como poco, de thriller cinematográfico (Extraños en un tren, de Hitchcock, y El tren de John Frankenheimer son para él las películas de trenes favoritas)  Era como la habitación de un hotel lanzada a explorar el paisaje, que desfilaba infatigable, cromo a cromo, anunciado por los postes del teléfono o de la luz y al compás del metrónomo que marcaba implacable el tracatrá del caballo de hierro. Muchas veces, el compartimento lo completaba una familia.. Si quedaban asientos libres, te entretenías hablando con los demás viajeros. A menudo viajantes de comercio, curas ensotanados o policías secretos, lo cual daba más emoción al viaje. Alguno te  llegaba a contar que llevaba pistola,  y, si se hacía tu amigo, hasta ofrecía su tortilla.

-¿Ustedes gustan?

A Homper le sorprendía que le dijeran que lo educado era decir no. Pero lo debía de decir con tan poca fe que a menudo acababa probando de la oferta.

-Buen apetito, el peque.

En aquellos tiempos los trenes eran de carbonilla, y a los niños -ahora enanos- se les llamaba peques.

El vaso medio lleno, insiste Homper. Parecía un capricho modernoso de Felipe González, pero ahora, gracias al AVE,  viaja en tren después de no haberlo pisado durante lustros. Hasta la poblemática del WC de espaldas al pueblo, tan denunciada por doña María, parece en vías de solución. Ya se sabe, en los trenes, como en los aviones,  sólo hay una cabina para que se alivien los viajeros. Y si, a la tradicional mala puntería  del macho se le agrega el bamboleo del vagón en marcha, el efecto es como el de un aspersor o, con todos los respetos, como el del hisopo del señor obispo, pero en cochino. Más estable y, en consecuencia, menos propicio a estos desvaríos, la propia doña  María asegura que ahora el WC del AVE presenta normalmente menos problemas al respetive.

Lo dicho, que la modernidad avanza, y a veces con manifiestos progresos como el que ahora aporta el AVE. Homper  ha recuperado en él el placer de viajar en tren, leyendo plácidamente, observando el paisaje, analizando las caras de los viajeros, y lucubrando sobre sus vidas. Contando, como de niño, los postes de teléfono entre pueblo y pueblo. E imaginando dónde paran esos múltiples caminos que uno va dejando al paso meteórico del tren. Confiesa que le gustaría andarlos  hasta el final, pura curiosidad. Pero se teme que, por mucho tiempo que nos ahorre el AVE, quizás es algo tarde para recorrerlo todo.

Los que se cagan en la res pública

Urinarios públicos en Amsterdam

Urinarios públicos en Amsterdam

(Foto de Tinkerbells)

Van unas feministas catalanas y reclaman el derecho a aliviarse en la vía pública cuando sientan la necesidad. No es la propuesta más honrosa de quien lucha por la igualdad de sexos. Incluso se puede catalogar en el capítulo de necedades diversas de los que no saben si arreglar el mundo o convertirse en bufones itinerantes allí donde van. Pero conviene analizar su puntito razonable, que a lo mejor lo tiene.

Doña María, tan realista ella, le ha comentado al Duende que ni tanto que queme al santo ni tan poco que no le alumbre. Se puede trabajar en otros frentes para que el sexo masculino no siga siendo primado por las leyes y la costumbre. Pero eso no quita la manifiesta insolencia y desprecio por la salubridad y el decoro públicos con los que los hombres aprovechan la mayor funcionalidad de su fontanería para hacer pis donde les peta.

Los taxistas abren la portezuela, disimulan mirando al horizonte con cara de poeta y en cualquier rincón urbano mean sin el menor remordimiento. Entre otras cosas, porque hacerlo como mandan las ordenanzas son treinta céntimos (urinario público) o un euro y veinte céntimos, precio del cafelito que da derecho a entrar en el WC del consabido bar. Café que, por cierto, es además muy diurético, con lo que alimenta el círculo vicioso. Los ancianos, algo más vergonzantes, aprovechan los arbustos de los parques y la  indulgencia que siempre provoca la mayoría de edad. Los jóvenes mal educados, que quizás no conocieron el viejo delito de escándalo público, ni se molestan en buscar tapujos u oscuridades. Cuando les aprieta la vejiga, sacan su grifo y que salga el sol por Antequera.

Aparte de la incuria ciudadana, el pretexto es que no es fácil resolver esa necesidad fisiológica cuando te sobreviene en la calle. Siendo mujer o aún hombre. Ni incluso pagando. Hace treinta años había urinarios públicos gratuitos atendidos por empleados. Como no hay manera de que el personal respete lo que es de todos, se convirtieron en nido de guarrerías y delincuencias de todo tipo, y acabaron por desaparecer. Supone doña María que una encargada de urinarios tampoco sería ahora el orgullo de los sindicatos. Pero frente a eso opone su pesqui y su gramática parda. Boberías -dice- Lo mismo que ahora a los porteros se les llama empleados de fincas urbanas, se les busca otro nombre más lustroso. Tiene razón. Si en lugar de empleados de urinarios son miembros del VIDU (Cuerpo de Vigilantes de Deyecciones Urbanas) ya no es lo mismo. Qué buena idea para crear nuevos puestos de trabajo. Incluso para dar acogida en ellos a todos esos caraduras de la Diputación de Almería que, bajo el socorrido título de asesores, han confesado ganar un sueldo por no hacer nada. Lo que es otra forma de cagarse en la ciudadanía.

Homper, nuestro Hombre Perplejo, también se ha quedado pasmado ante esta nueva muestra de desfachatez, aunque mantiene que se podría evitar con algo tan sencillo como la buena educación. Casi nada. Eso, como demuestra el increíble video que está difundiendo nuestra amiga Alfonsina, sí que  es una quimera.

La estatura de Paul Newman

Tendrán que hacer con la de Paul Newman otra cara como las de Mount Rushmore - piensa Homper. Ha visto Homper esas caras, como las hemos visto todos, en muchas películas. Cuatro enormes rostros tallados en las rocas, que corresponden a Washington, Jefferson, F. Rooswelt y Lincoln. Se supone que era grande el mérito de los así representados, pero…¿y el de los canteros que los esculpieron? No han pasado a la historia, aunque los dueños de esos rostros sí lo hicieron. Fueron políticos. Y a pesar de eso, pásmense, héroes de la joven nación estadounidense.

Los americanos son así, tienen sus héroes y están encantados con ellos. Hasta John Wayne, vaquero eterno apodado el Duke, sobrevive en una estatua ecuestre en el pueblo donde nació. Wayne era alto, y en sus western crepusculares claramente barrigón. El caballo le quedaba canijo, como de juguete (casi todos los caballos de las películas del oeste lo son, fíjense), pero aunque en Europa nos cargaba por ser de derechas y amigo de los boinas verdes, en el país del tío Sam era considerado como un símbolo. Y allá -o más allá- le tienen, inmortal en su estatua, como si de un emperador romano se tratara.

Había sin embargo en Wayne un pelo de gañanía y unos andares de chusquero que le impedirían ascender hasta el Olimpo. Se entiende que los dioses, además de sabios, inteligentes y bellos, deben irradiar bondad y nobleza, y de entre todos los astros del cine nadie se pudo comparar en este aspecto con Paul Newman. Sus azules ajos hacían derretirse a las mujeres. Su sonrisa, directamente, las desmayaba. Homper mismo ha tenido que hacer esta noche de SAMUR psicológico a distancia: alguien le había dicho que en el popular bloque de Los Arándanos su muy querida doña María cerraba un sobre destinado al Señor Juez conteniendo un lacónico mensaje. Señor juez, por la presente le comunico que servidora se dispone a suicidarse ingiriendo un cotail de Fairy con barbitúricos, pues con todos los respetos pa mi Manolo, la vida sin Paul Newman no tiene sentido. Se despide de usted suya afetísima suicida y servidora, María, gladiadora del hogar y gruesa de los nervios. No se precipite, María-le dijo Homper. Si usted se había enamorado de él sin verle jamás, ahora aún sentirá más intensamente. Porque vamos a tener Paul Newman hasta en la sopa.

No en la sopa, pero sí en una salsa con su rostro impreso en la etiqueta está desde hace tiempo el inolvidable actor. Como es sabido, creó una salsa que en Estados Unidos se vende como churros, y el dinero lo destinó a fines sociales. Por eso, y por sus excelencias como actor, nos caía bien incluso a los hombres. Sólo en Camino de perdición le recuerda uno de villano, pero su físico desparramaba tanta nobleza que costaba creer que sus víctimas no merecieran morir asesinadas.

Un amigo de Homper, más bajito que él, pero bastante más importante, asegura que en un ascensor de San Francisco coincidió con Newman, se puso a su lado y se quedó encantado al ver que le superaba en algún centímetro. Dará igual: desde la tierra  todos los del Olimpo parecen igual de altos. Aunque éste, por ser del mismo país donde esculpen a sus glorias en las montañas, merecería la misma grandilocuencia monumental aquí en la tierra como en el cielo.  Newman  del lado derecho, Newman de frente, Newman del lado izquierdo. Talladas en piedra y para la eternidad. Tres versiones como las de Mount Rushmore de un tipo más bien bajito que supo alcanzar la estatura de los dioses

¿Qué te vas a poner para la boda?

Le cuenta doña María al Duende que eso de la igualdad entre el hombre y la mujer es mu correlativo. En su jerga, quiere decir que regulín regulán, unas veces más y otras menos, y se apoya en el ejemplo de Meli, una vecina del bloque los Arándanos que se queja de que mientras los hombres llevan generaciones solucionando el problema de qué ponerse en las bodas con un traje oscuro del que nadie comenta nada, ellas tienen que desvivirse por aparentar que estrenan uno cada vez. Otra injusticia, otro sinvivir, otra poblemática más de de espaldas al pueblo y, mayormente, a la mujer.

Da la casualidad de que Meli trabaja como señora de la limpieza en el complejo de Moncloa, como llaman los periodistas al conjunto al palacio presidencial y los edificios anejos. Entre sus compañeras de trabajo causa asombro el fondo de armario de la principal impulsora de la igualdad, que es la vicepresidenta María

Fernández de la Vega... ¿vestida de Dña Maria?

Fernández de la Vega... ¿vestida de Dña María?

Teresa Fernández de la Vega. Ellas han hecho circular la leyenda de que bajo sus oficinas existe un túnel secreto que perforaron en la guerra civil para el asedio de Madrid que ha sido acondicionado como armario ropero de la vice. Ya ves si tiene fondo su armario pa que pueda estrenar un modelito cada vez que da una rueda de prensa. La vice tiene fama de trabajadora discreta y eficaz, y probablemente lo sea. Pero a Meli y a doña María no se les escapa que es, además muy coqueta. Tanto como profundo es su fondo de armario, donde deben de caber un número de  modelitos al  que las gladiadoras del hogar corrientes y molientes difícilmente podrán aspirar.

Así las cosas…¿cómo van a lucir igual todas las mujeres, si la más importante de las españolas parece que estrena un modelo cada día? Podía neutralizar esa injusticia la señora de la Vega insistiendo en que sus aliños indumentarios son  servidumbres del cargo, y difundiendo el mensaje de que las distancias entre el hombre y la mujer se acortarán cuando las doñasmarías pasen y puedan ponerse un único traje suntuario sin ser  objeto de comentarios malignos. Pero nadie dice eso, y tanto a Meli como a doña María se les presenta un otoño picudo. Ya ves -se quejan al Duende- Estamos en crisis, cuatro bodas a la vista y el armario de servidoras con menos fondo que una caja de bombones. ¿A qué espera Zapatero para ayudarnos a mantener la buena imagen de la mujer española?

Lo que nos faltaba. Un Cheque Model guay con cargo al déficit público  para que Meli, María y compañía se acerquen, al menos por el forro, al ideal igualitario que persigue nuestro gobierno. Y aún así, ellos en su traje oscuro reventón no ocultarán su tripa cervecera, mientras que ellas seguirán haciendo régimen por lucir buen tipo. ¡Ay, Señor, cuán largo es el camino de la igualdad!…

Un encuentro en el Museo del Prado

No es el Duende un ciudadano eresionado, neologismo que quiere decir lesionado en su capacidad laboral por un ERE. En realidad ya no sabía si trabajaba o no, pues lo que consideraban como prestación laboral era lo único que en su vida logró sin esfuerzo alguno.  Además, tampoco era fijo en plantilla alguna, como no fuera en ese organigrama tan flexible que marca la ley de la oferta y la demanda. Sus jefes son ésta y el Dios dirá. No tiene queja de ellos.

Hasta cierto punto, se han portado muy generosamente con él. No tanto en la oferta de trabajo como ahora en la de tiempos libres. En la agenda de este día tenía sesión con Javier Capitán de nueve a diez menos cuarto. Como la próxima comparecencia obligada era a las doce y media, se permitió uno de esos pequeños lujos que siempre añoran los sobreocupados, y que sistemáticamente olvidan cuando les llega el asueto. Como si fuera un turista japonés después de ponerse feo en el buffet libre del hotel, se dirigió al Museo del Prado -sin botella de agua mineral en las manos-y adquirió un ticket para ver la exposición El retrato en el Renacimiento.

Carece este duende de adjetivos para añadir algo nuevo a lo mucho que enriquecen estas visitas casuales  a los templos del arte. Lo delicioso es caer por ahí y dejarse arrastrar sin prisas por el flujo de belleza, que unas veces se remansa en consideraciones sobre el buen gusto y otras en pensamientos que van más allá. Hoy le dio por agradecer a Rafael, a Tiziano, a Bronzino, a Ghirlandaio, a Durero, a Pantoja de la Cruz y a Sofonisba Anguissola  y a todos los representados en esta exposición lo muchísimo que trabajaron por legar al futuro esas joyas de las que hoy disfrutaba como simple observador. No siempre pica tan alto. A menudo, viajando por esas carreteras perdidas, uno ve un puente añejo o una simple pared de piedra maravillosamente construída  y también da las gracias a la mano anónima que allí trabajó. Bien mirado, hay estética en casi todo.

La segunda reflexión era más prosaica. Pensaba en lo poco que hubieran cundido esos ocho euros en el Corte Inglés, donde, por contra, sí hubiera encontrado a mucha más gente conocida con la que compartir impresiones. En museo sólo dio el Duende con Feli, una buena amiga de tiempo atrás, que, como  farmacéutica de formación, sabe de recetas para esquivar los navajazos del destino. Una de ellas es fugarse de vez en cuando al Prado y olvidarse de todo lo demás. Ella es también la que aseguró lo que mi doña María adoptó como dogma de fe, y es que la mujer que no ha hecho régimen en esta vida forzosamente irá al infierno. Tan alta filosofía en el templo donde habita la belleza. Para que luego digan que no aprovecha uno las mañanas…

La voz del domingo por la tarde

Vicente Marco

Vicente Marco

Era el hombre del domingo por la tarde. Algunos de ellos se hacía adorable, otras no tanto. Sobre todo cuando daba paso a Pepe Bermejo, y éste, desde el Metropolitano resumía el mal partido del Atleti con notable displicencia. Al Duende siempre le parecía que en Carrusel Deportivo también se le trataba mejor al Madrid, porque ganaba más partidos que el equipo de enfrente. Porca miseria. Entonces la SER, ya era cadena, pero no escuchábamos tanto la SER como Radio Madrid. Apenas se cuidaba el lenguaje empresarial, y las emisoras de radio no buscaban tanto impresionar por su tamaño como por su cercanía. Radio Madrid quedaba a un paseo de casa, en la Gran Vía. Y sus voces de referencia eran todas amigas de verdad. Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Matilde Conesa, Boby Deglané, Joaquín Peláez…Y Vicente Marco.

A Pedro Pablo Ayuso, que era algo así como el Gary Cooper de las ondas, no le vio el Duende en vida más que una vez. Resultó que tenía barriga, como cualquier funcionario de la época. A Boby Deglané le vio más veces, porque veraneaba en el pueblo de su mujer, que era Arenas de san Pedro. Los chiquillos de entonces adorábamos a Irma, su hija, a la que sólo volvió a ver el Duende una vez desde entonces. Juana Ginzo -ya visualizada por un pequeño papel cinematográfico en Los ladrones somos gente honrada, con Pepe Isbert, José Luis Ozores y Antonio Garisa- le encajó tal cual la abocetaba, solo que resultó ser más rojilla de lo que daba por las ondas. A Joaquín Peláez se lo encontró en el vetusto ascensor de Gran Vía 32, cuando hacía sus primeros pinitos en aquella radio, que ya era claramente la SER. De entonces data su convicción de que no hay que ponerle cara a la voz que te subyuga, porque siempre es mucho peor que la ilusión. Y al muy admirado Vicente Marco, que se inventó Carrusel Deportivo le saludó varias veces, cuando, ya retirado asomaba por la radio como parte viva de su historia.

Era un hombre menudo, de voz ya algo tenue, discreto, educadísimo, siempre sonriente y amable. Le dijo el Duende entonces que era la voz de sus domingos por la tarde, cuando en la monotonía de lluvia, merienda de pan con mantequilla y deberes escolares uno buscaba en el gol de Escudero o en el regate de Enrique Collar la única alegría que por ahí daban gratis. El sueño de la radio, tan inocente entonces  que para acuñar el nombre del primer gran programa de deportes acudía a un carrusel  como aquel de caballitos que plantaban en los solares de Moncloa, delante  de la cervecería El laurel de Baco.

Es tramposa tradición la de escribir la necrológica de una persona notable ad majorem gloriam del abajo firmante. También el Duende es carne mortal, y reconoce su pecado de vanidad. Pero debe confesar que  guarda como uno de los mejores recuerdos de su vida radiofónica el afectuoso apretón de manos que le dio Vicente Marco cuando se lo presentaron. Mi señora y yo escuchamos a doña María desde casa -le dijo el veterano radiofonista- y nos divierte mucho…No la abandone nunca.

El caso es que doña María montaba sobre uno de los caballitos del carrusel y éste se ha detenido con la muerte de don Vicente. Desde la grupa de madera pintada en vivos colores, y enjugando una lagrimita que le emborrona la sombra de los ojos, ve cómo el tiempo se nos escurre entre los dedos, y recuerda con cariño aquellas tardes de domingo en que aquella voz amistosa, todo equilibrio y señorío, anunciaba la victoria del Atleti.

La “poblemática” del señor barón

 

Hay aristócratas para todo. Cuando Berlanga presentó  en su Escopeta Nacional a aquel marqués de Leguineche que coleccionaba pelos de pubis femeninos, no inventaba nada. Muchos años después cayó en las manos del Duende  un libro presuntamente autobiográfico de un señor llamado Ricardo Soriano. Este caballero, marqués de Ivanrey, un aventurero inquieto, rico y vividor, fue al final de sus días uno de los descubridores e impulsores de Marbella. Y con la misma naturalidad con la que, a través de la pluma de la periodista Ana María Mata relata sus iniciativas turísticas y empresariales, no tiene el menor recato en confesar que él era el creador y propietario de esa pintoresca colección. No se deduce de sus palabras que le pareciera nada excepcional, sino tan normalita como la de un filatélico o un numismático. Hay aristócratas que , efectivamente, parecen de otra pasta que el resto de los mortales.

 No pertenece a esa clase el barón de Cap Llentrisca, amigo del Duende y comentarista eventual de este blog. Quizás `por no poder probar  el origen de su baronía, o por pertenecer a la nobleza del reino de Redonda, como ya apuntamos en su día, el caso es que, conservando algunos rasgos de la más rancia aristocracia europea, sintoniza con el pueblo en la apreciación de algunos problemas que podrían ser denunciados por doña María. Ha seguido las chácharas de esta buena mujer durante años, pues la escuchaba a través de la radio de su Jaguar mientras su mecánico -que no chófer ni conductor- llamado Vidal  le llevaba a su despacho cada mañana. Pues bien: según le confesó a este Duende, el barón estaba estupefacto de que la sagaz crítica  de las pequeñas miserias humanas no hubiera denunciado el problema que refirió a continuación.

 Ocurrió que aquella mañana Vidal libraba, por lo que el señor barón tuvo que ponerse al volante. A mitad de camino, aparcó el coche, sacó su teléfono móvil del bolsillo y marcó un número. Necesitaba hablar por teléfono con Mrs. Gladys Summerbee, subdirectora de la famosa joyería  Tiffany´s, de Nueva York y encargada de confirmarle que el collar de diamantes que pensaba regalar a la baronesa por su aniversario -no digamos cuántos años, no la jodamos- estaba listo y le sería enviado por mensajero a su despacho, previo burofax confirmando la transferencia de su importe.  También ocurrió que, a mitad de conversación, el aparato, un terminal extraplano de última generación, se le resbaló y fue a parar a ese espacio inalcanzable que media entre el asiento del conductor y la caja de cambios. Lo cual ocasionó, primero, que el señor barón se desollara la mano al desafiar la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos intentando atrapar con la yema de sus dedos, empeño imposible. Segundo, que la llamada le costara casi tanto como el collar, pues él no podía colgar, y, por otra parte, no quería decirle a Mrs. Summerbee que colgara ella para no parecer un roña o un mal educado. Y tercero, que, de vuelta a casa y recuperado el ingenio con una de esas largas tijeras prensiles que se utilizan en la cocina, le entrara  un ataque de nervios pensando que una gilipollez como el pésimo diseño interior de su coche le hubiera hecho casi perder la mano y, desde luego, tantas horas de su valioso tiempo. ¡No sólo es de espaldas al pueblo -se lamentó airado- sino también de mí!

 Doña María mantiene que el señor barón tiene toda la razón. Y además añade que los nuevos coches ofrecen cantidad de chorradas innecesarias sin haber resuelto cosas muy sencillas. Por ejemplo, distribuir por igual el calor y el frío entre asientos delanteros y traseros y conseguir que los que viajan atrás  no tengan que desgañitarse a voces para que les entiendan el piloto y el copiloto. ¿Un nuevo diseño acústico del techo? ¿Una instalación de micrófonos interiores?…Pues que se estrujan las meninges los del Salón del Automóvil, que aunque doña María ya no es lo que era el barón de Cap Llentrisca está dispuesto a tomarle el relevo.

 

 

Mon ami Scott de Martinville

 Aún recuerda el Duende la primera vez que supo de Edison. Quizás en el cole, tal vez en unos tebeos de la época que inoculaban saberes del Readers Digest en viñetas ilustradas. Los había catolicones que miraban a lo trascendente -Vidas ejemplares, fundamentalmente las de los santos- o las que se centraban en la ciencia y la cultura, que se titulaban Vidas ilustres. En una de ésta aparecía la figura de Thomas Alva Edison: lo recuerda con el pelo blanco, su corbata de la época, acodado en una mesa en la que destacaba el altavoz de su célebre fonógrafo. El otro altavoz célebre de las infancias de color sepia era el de La voz de su amo, pero ahí en lugar de un inventor señero aparecía un perrito sentado seducido por la música. El Duende aún conserva, como una preciada joya, una cajita de hojalata en la que se vendían las agujas que necesitaban los pikúes para reproducir las grabaciones.

Le contaron una vez al Duende que todas las ondas sonoras emitidas sobreviven en el espacio. Imagínense la ensaladilla rusa de sonidos, el caos, el desmadre de voces y ruidos en los oídos de la divina Providencia. Los discursos de Cicerón, de Diógenes, de Hitler, las explosiones de Guy Fawkes en el parlamento inglés y los reventones del Vesubio que sepultaron Pompeya, el estruendo gozoso de las cataratas Victoria sorprendiendo al capitán Richard Burton, la jura de santa Gadea, la primera sonatina improvisada al piano por el pequeño Amadeus,  Federico García Lorca  recitando alguno de sus Sonetos del amor oscuro, el La-la-la de Massiel, los clarines que anunciaron el último tercio del toro Islero que apuñaló a Manolete, los mamporros de Manolo el del bombo, el ¡se sienten, coño!, los meteorismos de Napoleón -y de las vacas, que por lo visto son peligrosamente pedorras- y hasta los delirios de La verbena de la Moncloa, todos juntos y revueltos violando de forma inmisericorde el silencio astral. Qué espanto, menos mal que tenemos una capacidad auditiva limitada. 

Todo eso, claro, era teoría. En realidad las vibraciones sonoras se escapaban hasta que en 1878 vino Edison con su cazamariposas mágico y pudo registrarlas para el futuro.  Claro, que unos llevan la fama y otros cardan la lana. En esta obsesiva sociedad del conocimiento todo se investiga, y, a ser posible, se revisa. Acabaremos enmendando la plana a todo lo que nos contaron como historia, porque siempre hay algún curioso que huronea y no para hasta que le da una vuelta a la verdad oficial. Qué sinvivir. Ahora la Lawrence Berkeley National Laboratory, de California, le ha quitado a Thomas Edison su más preciada medalla.  Ha descubierto que no fue él, sino un tal Eduard-León Scott de Martinville  que ya en 1860 logró grabar por primera vez un sonido. Lo escuchó el Duende el viernes por la tarde en la radio.  Scott de Martinville fue un personaje inquieto, tipógrafo, investigador, escritor y ensayista, y dio con un aparato que llamó fonoautógrafo capaz de registrar el que, al menos por el momento, es el primer sonido grabado de la historia. Entre una maraña de chisporroteos se adivina a una voz femenina que susurra la conocida canción Au clair de la luna, mon ami Pierrot.

 Qué sorpresón para los sabios. Qué ternura, que un testimonio así cante al claro de luna y a la amistad. Pero, al mismo tiempo, qué falta de seriedad. ¿Se imaginan que de un humanista, pensador y escritor con la densidad del Duende sólo quedara Las muñecas de Famosa/ se dirigen al portal…? Bueno, pues no se engañen: así será, y eso si hay mucha suerte. Lo dice doña María, todo es mu correlativo. Sobre todo la historia, que,  además de mudadiza y tramposa, tiene predilección por la frivolidad.

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