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El Duende de Verano (y 11) Un anfitrión de lujo

Fue una gran suerte ver Edimburgo desde la bonita casa de un buen amigo...

1. La moneda perdida

La última jornada del paseo por Escocia debe empezar por un aviso a viajeros. Dentro de poco será indispensable incorporar a los objetos que un conductor lleva normalmente en la guantera unas largas pinzas y un imán. Ya verán por qué.

El tres de agosto de 2011 a las las 16´45 aproximadamente dos personajes de esos que, según el libro de estilo de muchos periódicos, pueden llamarse ya ancianos, se bajaron de un coche ante la barrera de salida del aeropuerto de Edimburgo. Con el motor en marcha, y sin cerrar las puertas del  vehículo, ambos se pusieron en cuclillas y empezaron a buscar desesperadamente algo en esos espacios imposibles que quedan bajo las alfombrillas o entre los carriles de los asientos y la palanca del cambio de un automóvil. Lamentablemente, sus dedos no alcanzaban el tesoro perdido. Y éste no era otro que una moneda de una libra que se le escapó de la mano a uno de los dos ancianos cuando la sacó del bolsillo.

-La cagaste, Burt Lancaster –pensó el Duende sintiéndose culpable

Una libra es lo que ahora pide la maquinita de la barrera de salida del aeropuerto de la capital escocesa para dejar salir al incauto que ha tenido la amabilidad de acompañar a su amigo en su propio coche. No es mucho dinero, pero hay que tenerlo en forma de moneda. Y si no la llevas encima, o la llevas, pero se te cae en los fondos del coche y careces de unas pinzas o de un imán, puedes armar  un incómodo atasco como el que padecieron los coches que venían detrás.

En estos momentos trágicos los británicos demuestran más paciencia y comprensión que los españoles. Pero cuando los dos ancianos llevan tres minutos metiendo mano en cuclillas a los bajos del coche sin dar con la única moneda de libra que tenían, y bloqueando el paso a los coches que vienen detrás,  acaban comportándose como todo hijo de vecino. Tocan la bocina, levantan los brazos y te increpan en escocés. El Duende no entendía las imprecaciones, pero las imaginaba. Y pasó un rato horroroso, especialmente por su amigo amable, hasta que, alargando todo lo que pudo los dedos índices y pulgar de su mano derecha, y a riesgo de despellejárselos,  consiguió rescatar el óbolo resbaladizo.

-Qué gilipollez –se dijo- Pasar un mal rato por una libra que, además, estás dispuesto a pagar. Todo por otra nueva ocurrencia que hace aún más odiosos a los aeropuertos.

Ni un día sin que la modernidad nos complique la vida.Se supone que ya habrán incorporado el nuevo sacacuartos a muchos de los aeropuertos epañoles. Y que pronto lo veremos incluso en esos tan útiles que construyeron  en Ciudad Real y León para que no vuele casi nadie y, de paso, se agrande el déficit público. Como diría quien yo me sé, otro invento más de espaldas al pueblo. ¿Tantos fielatos hay que pagar por el progreso?

2. Una ciudad deliciosa, problemas aparte

No es esta bobada la única que incomoda la vida al turista en Edimburgo. La capital escocesa, aún con su pésimo clima, tiene muchos atractivos. Entre los cuales el bloguero incluye el aburrimiento que probablemente soportan los que en ella viven. Qué extraño, encontrarle encanto al aburrimientro: la edad (del bloguero) produce esas rarezas. Le venden a uno Nueva York o Londres como los avisperos del arte, la moda, los negocios y la vida fashion  y cool y el imperio del hedonismo. Y entonces siente deseos desesperados de ser vecino de Soria  o de Lugo. Lejos de este menda el mundanal ruido.

Que no se alarme nadie, Edimburgo también tiene sus zonas de hormigueo comercial por donde procesionan millones de turistas con su botellita de agua y su cámara de fotos. No cita el Duende la mochila porque resulta que él también se la echa a la espalda en estos viajes. La Royal Mile es como la Oxford Street londinense o la madrileña calle Fuencarral, pero con mucho kilt abarrotando las tiendas de souvenirs. Por cierto, que cuando el bloguero se empezaba a fijar en las muchachas en flor, éstas se ponían los domingos falditas escocesas cuidadosamente cerradas por un gran imperdible forrado de cuero. Lo cual que las tiendas para turistas de Edimburgo le traían recuerdos felices de sus amadas de otro tiempo, alguna de las cuales igual desfilaba en esa muchedumbre que baja constantemente desde el Castillo hasta  Holyrood. Viva la marabunta. Salvada esta nota que confirma el principio de que ningún lugar hermoso lo sigue siendo cuando es invadido abusivamente por la especie humana,  desde las calles estrechas y tétricas de la vieja ciudad hasta los barrios que en el siglo XVIII nacieron al norte para que los edimburgueses poderosos huyeran del lumpen y del puterío, es un placer andar esta ciudad como si tú fueras el único observador que pasea por sus calles. En esas zonas quizás haya menos tiendas, pero más misterio y más novela de la vida

No se abundará en cualquier cosa que venga sobradamente explicada y ponderada en las guías. A este viajero, por el contrario, le sorprendió la cantidad de pordioseros que  se apostan en sus calles. Algo que choca en un país que, como todos los del Reino Unido y hasta la irrupción de esta crisis salvaje, había hecho del estado de bienestar una auténtica bicoca. Le contaron al Duende que aquí, aparte de la enseñanza, la sanidad y del subsidio de desempleo, se subvenciona el transporte y se ofrece vivienda por cuenta del erario publico a estudiantes y parados. A juzgar por la cantidad de limosneros –muchos de ellos completamente beodos-que invaden las calles de Edimburgo, es evidente que los presupuestos se han quedado cortos.

Un fleco más de la crisis afea aún más las calles de esta bonita ciudad. Parece ser que, por economizar, el servicio de recogida de basuras municipal sólo trabaja  dos días por semana. No obstante lo cual, como ocurre aquí, la gente sigue depositando sus desechos diarias en esos grandes cubos dispuestos en las calles, que  luego son asaltados, saqueados y asquerosamente desperdigados  por las voraces gaviotas del vecino Fith of Forth. Para que luego nos quejemos en Madrid de los restos del botellón. La conclusión: qué difícil es gobernar una ciudad. Aunque sea pequeña y presuntamente civilizada, como Edimburgo.

3. El perro del Cónsul

El personaje que despedía al Duende en el aeropuerto y que compartió con él la afanosa búsqueda de la libra perdida había sido su anfitrión en Edimburgo. Después de ocho días en pequeños hoteles donde el viajero  debía estudiar cuidadosamente cómo colocar su maleta para dejar libre el acceso a la cama, la generosidad de sus amigos Javier y Mercedes le procuró dos noches en una habitación cuadradas de techos altísimos en la que casi cabría la carpa de un pequeño circo.

La casa del Cónsul de España es un noble edificio de principios del siglo XIX situada en una de esas plazas ovaladas con un frondoso parque en el centro al que sólo tienen acceso los vecinos de las viviendas de la plaza. La casa tiene cuatro pisos y enormes ventanales desde los que sólo se divisa un Edimburgo elegante, tranquilo y muy verde. Lo más destacable de la residencia no es su arquitectura, ni la exquisitez de elementos como la barandilla de la escalera, del entarimado, de las chimeneas  y del suelo de cerámica de la época, que hay que preservar por tratarse de un inmueble catalogado y protegido. Lo verdaderamente notable, a juicio de este observador, es que en el cuarto de baño principal hasta un prostático puede pasar un ratito feliz. Por encima de la cisterna del WC se abre un ventanal con un panorama tan espectacular que da pena que hacer pis dure tan poco. Nunca encontró el Duende tal lujo de vistas en lo que normalmente es el lugar más discreto de una vivienda.

Sostiene el Cónsul que hay destinos más apasionantes que Edimburgo para un diplomático, y probablemente discrepe con la teoría del aburrimiento que acaba de enunciar este  bloguero. Pero entre su trabajo, que no es poco, el golf, su pasión por los libros y su actividad como traductor, que ya ha volcado en varias publicaciones, da la sensación de dar por bueno esta etapa de sosiego en su carrera. Javier y Mercedes trataron a su huésped con cariño y generosidad, le llevaron de exposiciones y le invitaron a cenar en uno de los restaurantes más de moda en la ciudad.

Por la tarde, a la vuelta de su trabajo, el Cónsul sacaba a pasear a su perro. Y en uno de esos paseos dio con su huésped, que regresaba a casa después de patear la ciudad.

-¿Y cómo no lo paseas por ese maravilloso parque? –le preguntó el Duende señalando al precioso recinto verde protegido por una verja- ¿No tienes la llave?

-Sí, claro. Pero no está permitido pasear con perros.

Curioso. Todo el mundo sabe que en el Reino Unido hay cementerios para perros con mausoleos y lápidas que en nada envidian a los de los héroes. Pero en estos parques privados no se les deja pasar. Todo lo contrario que en el pub vecino, donde el Cónsul y el Duende entraron a tomar una cerveza. A ellos les sirvieron un gin tonic y media pinta de cerveza. Al perro le recibieron con caricias y allí mismo, sobre la moqueta, le pusieron un cuenco con agua. Estos británicos, tan románticos para unas cosas y tan pragmáticos para tantas otras, son difíciles de entender.

El Duende de verano (8) Una boda en Escocia

Hasta esta iglesia de Pertshire se llegó el bloguero por asistir a la boda de una sobrina muy querida

1. Los hijo de la globalización

Manda uno a sus hijos a estudiar en el extranjero y sigue pretendiendo que se casen con gente de su barrio. No cae en que los ligues de esta generación ya no se llaman Piluca o Josete, como antaño, sino Wolfgang o Silvie, o Lang, o Christopher, o Yannis, o  Kathe, o Solomon, o Brigitte, o Johannes. Son los posibles novios o novias de la globalización, y así pasa lo que pasa. La nieta mayor de este bloguero, es un ejemplo, tiene un apellido griego, un padrino escocés y una madrina alemana. Su padrino es el profesor MacCrorie, con el que anduvo por las Tierras Altas sin entender muy claramente lo que decía en su cerrado inglés scotch.

-¿Sabes que está Sabina en Saint Adrews?-le dijo apenas se encontraron en el aeropuerto de Edimburgo. Saint Andrews es la ciudad en cuya universidad  imparte sus enseñanzas el profesor Mac Crorie, famosa también por ser la cuna del golf.

-Buen músico –le respondió el Duende un tanto sorprendido porque el profesor siguiera a nuestro cantautor y su presencia allí le llamara la atención

- ¿Pero conoces sus canciones?

Daba igual la pregunta.  Rod MacCrorie tampoco le entendía nada, aunque , como él, trataba de disimular lo que a menudo era un diálogo de besugos. Su respuesta siempre era un ¡oh! de sorpresa y una sonrisa. -No tenía ni idea de que Sabina jugara al golf –aclaró entonces el Duende- Es más, en España nadie se lo imaginaría. Como va de ácrata, jamás se podría esperar que viniera a un sitio tan especial como Saint Andrews a practicar el deporte favorito de Esperanza Aguirre, que seguramente será una de sus bestias negras. Rod volvió a sonreir. -¡Oh!, ¿yes?… Ha venido con su novio – farfulló en su peculiar inglés de Glasgow. ¿Con su novio?…El Duende no le daba crédito. Ahora resultaba que, además de ser adicto al golf  Sabina tenía no novia, como siempre se le ha de presumir, sino novio. Eso sí que era el notición del verano: Joaquín Sabina se  había llegado hasta el norte de Escocia  para salir del armario. Y le habían dado las dos, y las tres, y las cuatro y las cinco y las seis, y desnudos al amanecer les sorprendió la luna a él y a un jayán con aspecto de cabo gastador, que era su amor hasta entonces inconfeso. Claro, no podía fugarse con él a Valderrama  o a Pedreña porque ahí le cazaría un paparazzi y echaría por tierra su leyenda canalla de golfo, libertino y mujeriego. Tenía que escapar a Saint Andrews, donde el profesor MacCrorie, acostumbrado a otras referencias como Elton John,  consideraba de lo más normal que una estrella de la música “pop” jugase al golf con su pareja del mismo sexo. Qué poca vergüenza.

Y así de  confundido estaba el Duende cuando un rayo de lucidez iluminó su mente. Y recordó entonces que estamos en un mundo globalizado. Y que que además de un apellido griego y un padrino escocés, su nieta Marina tiene una madrina alemana, casualmente llamada Sabine, que en boca del profesor MacCrorie tanto podía ser la guapa moza tedesca de la que su hija se hizo amiga cuando ambas coincidieron en la London School of Economics, donde también estudió su actual marido, como nuestro egregio cantautor de cuya virilidad resulta casi ofensivo dudar.

Jesús, qué alivio. No es que esté uno contra la internacionalización de la familia ni mucho menos contra los mestizajes. Es que nos educaron así de paletos y pequeñoburgueses. Y por tradición conservadora, piensa uno que lo suyo es que sus hijos se acaben emparejando o nombrando padrinos y madrinas entre gente cercana. Y si no, entre  los Martínez o los Echeveste, que eran de su barrio, de su colegio o feligreses de su misma parroquia. Más vale mal conocido que bueno por conocer. ¿O no?

2. Lo que duran las bodas de ahora

Las primeras bodas a las que asistió el Duende, entre la ceremonia y la fiesta,  duraban tres o cuatro horas.  Ahora pone uno el contador cuando empieza a acicalarse en casa y lo detiene cuando se quita el traje para meterse en la cama y no han pasado menos de diez. Desplazamiento al lugar del casorio, ceremonia, traslado al lugar de celebración, primeras copas, aperitivo. Generalmente larguísimo.

Aquí el Duende ya daría por terminada la boda, al fin y al cabo no se casaban los hijos del jede del estado, ni de una familia real, ni tan siquiera los archiduques de Pomerania, y tampoco hay que epatar a nadie. Pero no, ahora la categoría de las bodas parece medirse en horas, y para qué aliviar cuando podemos alargar la cosa para que la gente se de cuenta de que aquí no se escatima nada. Así que después de dos horas de pie, sentamos a los invitados, y les ofrecemos una cena, no menos de dos horas. Y luego discursos, muchos discursos. En las bodas de antes hablaba mayormente  San Pablo a través de su famosa Epístola a los Corintios. Y, como mucho, el cura. Ahora hablan los corintios, el cura, el concejal por lo civil, el padre, el padrino, los amigos de ella, los amigos del novio, las amigas de la novia , los del equipo rugby de él, y unos Pitufos vestidos de principitos y princesitas que son los sobrinos de ella. Afortunadamente no en todas las bodas aparece la Tuna para darle más realce a la celebración.

Y Homper, el Hombre Perplejo,  ha enunciado así esta otra paradoja de nuestro tiempo: cuanto más  se alargan las bodas, porque mucha gente vive de ellas, más se abrevian los matrimonios, porque los cónyuges aguantan mucho menos. A ver quién ata esa mosca por el rabo.

3. La boda de Natalie y Johannes

Cuando la boda a la que uno tiene que asistir es en Escocia, es verdad que al invitado le toma mucho más tiempo que las ocho o diez horas de una boda convencional. Pero no hay mal que por bien no venga. Para un señor de edad, como empieza a ser el bloguero, una boda normal puede ser magnus cognazus. Pero una boda en Escocia es la oportunidad ideal para montarse este agradable viaje sobre el que ha girado su verano. El día de la boda de Natalie, inglesa hija de madre española, con Johannes, novio alemán, fue además un día limpio, fresco y, sobre todo, soleado, primer detalle de lujo en esas húmedas latitudes. La iglesia, el monasterio de St Mary´s de Kinnoull era un monumento. Los novios llegaron en carruaje. La novia, y buena parte de las invitadas, estaban muy guapas. Había varios invitados escoceses luciendo su kilt. Y casi todos los invitados ingleses vestían chaqué, como es costumbre allí. A partir de Cuatro bodas y un funeral todos sabemos, además, que lo verdaderamente chic es conciliar la severidad de este atuendo, siempre negro en España y gris en el Reino Unido, con una corbata o un chaleco de colores chillones. Había cuatro pequeñas maiden bride (¿se dice así?) que llevaban la cola a la novia. Suele ser muy cursi, pero en este caso no se puede criticar, porque tres de ellas eran nietas del bloguero.

En la iglesia al Duende no le sorprendió que aparecieran sobre los bancos de los invitados los textos de las lecturas y las letras de los himnos y salmos que incluía la ceremonia. Le sorprendió que todos, británicos y alemanes, los cantaban vehementemente, sin esa vergüenza con que los españoles, aún los más creyentes, arrastran la voz con la boca chica en las celebraciones religiosas. Luego hubo cocktail en la casa de la novia. Sobre el césped había una carpa, bajo la que un grupo de jazz tocaba  jazz y música de Cole Porter. Los niños y las maien bride correteaban por la hierba, daban volteretas y jugaban al croket mientras los invitados departían entre sí en inglés, en alemán o en español. Mucha gasa en los sombreros y los tocados de las señoras y las chicas jóvenes, algunas de ellas francamente atractivas y sabiamente escotadas. Antes de la cena, en otra carpa, pasaron unas bandejas de jamón ibérico y de Rioja Contino.

Al Duende le sentaron luego entre una dama británica y otra alemana. Ambas le sacaban una cuarta de estatura, pero sentados los tres se notaba menos. Consiguió conversar con ellas a ratos en francés a ratos en inglés, y de vez en cuando hasta se tiraba el pegote de chapurrear palabros en alemán. La  dama alemana también canta en un coro, y eso une mucho. A los postres, discursos, muchos discursos: en alemán y en inglés. Primer baile de los esposos sin guardar el protocolo del vals ni nada que pueda recordar la ineptitud de los jóvenes de ahora para el baile agarrado. Tres o cuatro piezas nostálgicas para complacer a los más añejos y luego, como en todos las bodas, atronadores decibelios discotequeros , marcha y barra libre hasta el alba.

El exceso se ha universalizado, aunque el Duende, que ya se lo conoce, se retirase en cuanto el personal empezó a desmelenarse. Lo que se apuntaba antes, que no hay mal que por bien no venga. Bodas así pueden parecer largas, fatigosas y hasta un poco caras. Pero si tienes en cuenta que te sirven para viajar, hacer turismo y aprender idiomas, hay que reconocer que la de Natalie y Johannes fue una suerte. Pues que vivan los novios, ea.


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