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El Duende sí tiene quien le escriba

En este cenobio lleba cincuenta y dos años Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, un monje que escuchaba la radio...

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De mi consideración y respeto D. Luis y a la vez muy querido amigo, admirado como persona y artista y lo que es más, mucho más, carísimo hermano en Nuestro Señor Jesucristo.

Ya es noticia que uno le escriban. No que reciba envíos de bancos, compañías telefónicas, eléctricas, gasísticas, supermercados, pizzerías, restaurantes chinos y tarjetas de cerrajero, sino una carta escrita  probablemente en una Hispano Olivetti de los años cuarenta. Con una cruz en el encabezamiento, y el membrete de la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia). Tres caras de folio a un espacio: esa es la segunda sorpresa. En esta época en que ya nadie manda cartas, el Duende sí tiene quien le escriba.

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Cuando nació el Duende –ya piensa que lo de la radio le sobra al pseudónimo- pensaba que todas sus ocurrencias hertzianas lanzadas al espacio durante casi un cuarto de siglo eran juguetes a los que dio cuerda y escaparon de su voz sin saber a dónde llegarían.

Nadie emite un mensaje universal que sea interpretado de igual forma por quienes lo reciben. La misma boutade que a este le puede hacer reir, a aquél puede que le haga llorar. Unos la considerarán inteligente, otros zafia e inoportuna. Para determinadas personas, puede ser humor. A otras quizás les parezca más dañino que un tumor. El bloguero cree que en algunos momentos habrá resultado, como poco, irreverente. Pero, sorprendentemente, para Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, que ingresó hace cincuenta y dos años en la Trapa, ni las impostaciones de Juan Pablo II y de Benedicto XVI son pecados de lesa religión. Más aún, hasta la burda caricatura de la clase de tropa eclesial le merece consideración. Su papel de P.Bonete me encantaba –escribe el monje- y me reía mucho, son dos grandísimos artistas los Sres. Javier Capitány Ud.

Al artista jubilado sólo se le ocurre apostillar: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo, V, 3-10)

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Un día, Julián García Candau, un veterano columnista deportivo de los no muchos que saben escribir con gusto, le dijo al Duende que había un paisano suyo que le seguía en la radio, y que suspiraba por unas fotografías suyas dedicadas. No era un paisano cualquiera: era un monje.

- Mi ilusión desde muy niño era casarme –dice en su carta el cenobita- tener una digna esposa y unos hijos, poseer una familia , un hogar, no en vano tuve una novia desde los 21, y luego reñí y tuve otra, desde los 21 a los 24, edad en la que me metí en la Trapa con una fuerte vocación, pues cuánto me costó dejar la novia y cuánto me lloró día tras día para que no me fuese, es lo que más me costó dejar…

El Duende le escribió, le mandó las fotos, y pidió su oración para que Dios le perdonara  las travesuras radiofónicas que pudieran  ofenderle. Fray Mª Vicente no sólo rezó por esas intenciones, sino que aquella Navidad envíó a la casa del Duende unos bricks de leche de las vacas abaciales y una caja de bombones de la Trapa.

Nunca imaginó aquel bromista radiofónico que su semilla pudiera caer en tierra tan fértil.

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Fray Mª Vicente es un fraile muy terrenal. Confiesa que aparte de las novias el fútbol es la única afición que yo he tenido en mi vida. Aunque luego matiza: también el circo, (por sus payasos).

 Pero todo lo dejó por el amor a Cristo, pues créame que sin Cristo en mi vida ya no sabría vivir, El lo es todo para mí, aunque me gustaba antes muchísimo oir la radio o transistor que me regalaron del cual gozaba mucho oyendo a Ud. y a D. Javier Capitán “El gran carnaval”, donde me moría de risa en mi celda y luego también me gustaba mucho oirles a los dos a las 8 de la mañana antes de empezar el parte, lo maravillosamente bien que imitaban a todos los personajes, recuerdo que Ud. imitaba al Caudillo Franco, que vamos, era el Caudillo mismo.

Muy terrenal, como les decía. En aquel cruce de cartas de la década pasada, aunque es natural del mismo pueblo castellonense de García Candáu, se declaraba hincha del Athletic de Bilbao. El bloguero le recordaba entonces su triste suerte de simpatizante del Atlético de Madrid, a lo que el buen monje le recordó que todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria.  O sea que hasta los del Aleti, que tanto pecan de ira y de escepticismo en este valle de lágrimas, podrán sentarse a la diestra del Jefe.

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Cincuenta y dos años levantándose a las cuatro de la madrugada, rezando, trabajando en la huerta, haciendo chocolate, encuadernando, cantando laudes, vísperas, salves, angelus… Aislado del mundo, pero escuchando la radio. Ni una palabra en su carta de palabras como crisis, Europa, prima de riesgo, paro, depresión, pesimismo. Les deseo con todo mi corazón y con todo mi cariño tanto a Ud. como a toda su querida familia unas felices, alegres y santas Pascuas de Navidad y que el Niño Dios nos conceda un venturoso y fecundo Año Nuevo 2012 y nos mande sus dones y gracias santificadoras para que redunde en nuestra santidad.

La carta es un dechado de caótica ternura. Como de otro tiempo, como de otro mundo. Y confiesa Fray Vicente que espera contestación, porque de verdad, D. Luis, que me han encantado sus cartas, sobre todo la más larga, no me canso de leerla, porque yo también aprecio y valoro en usted…Ojos que no ven, corazón que exagera.

Pero bienvenido Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, para recordarle al Duende que hay vida más allá de la crisis y Navidad más acá de El Corte Inglés, quizás donde nos recuerden que no sólo de pan debería vivir el hombre. Y más aún en estos tiempos en que cuesta tanto ganarlo.

 

Trapiello y las largas noches de noviembre

Este hombre es capaz de hacer literatura de una lenteja. Qué pena que uno lo haya descubierto tan tarde, y que dude de que le de tiempo a leer todos sus libros...

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Las noches de noviembre deben de ser demasiado largas. La última de ellas se acostó el Duende con la cabeza despiezada como un puzzle y luego se metió en tantos líos que acabó su sueño sufriendo por un cocodrilo, como luego se verá. Demasiado largas las noches de noviembre.

Y lo dice después de tantos días sin saber por donde hundir el bisturí de la pluma. No obstante le habían ocurrido esta semana cosas interesantes, sobre todo si se tiene en cuenta el vuelo alicorto de su dietario actual. Desde hace tiempo, por ejemplo, le carcome una inquietud: ¿qué hacer con ese legado paterno de papeles, cartas, documentos, artículos y hasta poemas amarillos por el tiempo que este mismo ha ido depositando en sus manos? ¿Tienen algún interés más allá del que pueda despertar en él? ¿Se puede considerar uno buen hijo si entrega al fuego la memoria escrita de sus padres veinte años antes de que esta acabe en un contenedor de papeles, esperemos  al menos que reciclables? Sus padres: muy decentes, muy dignos, muy discretos, muy queridos por sus hijos, muy considerados por los que les conocieron. Pero al cabo tan parcos de gloria como todos los que no traspasamos el umbral de las enciclopedias. Y detrás, la legión de devoradores de futuro. Lo imponen los tiempos, y lo secundan entusiastas los sabelotodos actuales, los políticos, los gurúes de la comunicación y hasta las escuelas de negocios: sólo importa el futuro. El presente se está yendo antes de acabar esta frase, y el pobre pasado ni siquiera es políticamente correcto. Tonto el que vuelva la vista atrás.

Problema al canto. ¿Qué hace uno con su almoneda particular, cuando, pese a la urgencia de futuro, tiene en ella sus afectos?

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Mantienen algunos amigos del Duende que sus hijos aún se interesan por las raíces de su familia. Sobre todo si esta ha aportado algo más que un buen nombre y una sangre limpia. Pero son los menos. De repente, los cuadros de los antepasados y el tesoro literario que nos han legado encuadernado con guardas de papel de aguas y lomos de cuero labrados y estampados en oro han dejado de tener sentido, y sólo esperan su momento para ir a parar al Rastro o a la Cuesta de Moyano.

-Si tú no eres nadie- parecen lamentarse en su silencio-nosotros tampoco somos nada.

La alerta por lo que ya suponía vino esta vez de ese clarividente observador e infatigable anotador que es Andrés Trapiello. Cuanto más lo lee este duende, más le asombra. Recuerda el escritor y poeta que buena parte del arsenal de su gran ensayo Las armas y las letras, que a este bloguero se le antoja indispensable para su generación, lo ha ido encontrando en libros, documentos y epistolarios de hombres y mujeres ilustres cuyos herederos tuvieron que sacar la escoba y barrer cualquier pasado no  amparado en el banco o en el registro de la propiedad.

Nuevos tiempos. ¿Qué pinta un legajo de papeles color sepia o una primera edición de los Episodios nacionales  en esa casa que IKEA nos presenta como una maravillosa república independiente de ochenta metros cuadrados?

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Le quemaban al Duende en particular unas cartas  que el poeta Gabriel Celaya se había cruzado con su padre después de la guerra. Ambos habían compartido el primer premio en un concurso de poesía que organizó el Lyceum Club  de Madrid. El fallo del premio tuvo lugar el 13 de julio de 1936, justo el día en que asesinaron a Calvo-Sotelo. Al ya reconocido Celaya le dieron las 500 pesetas del premio, al padre del Duende, un novel sin publicaciones, sólo el accesit honorífico. No pudo recibirlo porque la ceremonia de entrega estaba prevista para el 18 de julio…¿Adivinan las causas?

Eran malos tiempos `para la lírica, pero de aquel certamen poético nació entre los dos concursantes una cierta amistad. Y como entonces se escribían cartas, fueron varias las que en los años cuarenta se cruzaron entrambos hablando de poesía, de las cosas de la vida, de la mar y de los peces de colores. Curiosamente, y a pesar de que Celaya era comunista, ni una sola palabra de política. Llámenle prudencia o miedo. Celaya no es Lorca, pero sus cartas tienen interés documental para cualquier estudioso de la literatura  española de aquella época. Y al Duende se le abrió un claro en el cielo oscuro pensando que el archivo de Trapiello podría ser el mejor destino para ellas. Esa fue  la gatera por la que escapó su mala conciencia por librarse del pasado.

Tampoco Trapiello, con ser a juicio de este lector un ejemplo deslumbrante de talento y de trabajo, es Ken Follet o, más cerca aún, Pérez Reverte.  El Duende dio con su teléfono, le llamó, le dejó su recado en el contestador y a los pocos recibió su respuesta.

-Gracias por acordarte de mí. Me interesa mucho, ¿Nos vemos en casa?

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Ni aún en sus mejores años de radio se creyó este bloguero al otro lado de vitrina ideal que separa a la gente notable del resto de los contribuyentes. Sigue por tanto manteniendo, además de un espíritu de cotilla porteril, un cierto sentido reverencial por los que unge la fama, ya sean estrellas de cine, futbolistas, políticos o inventores. El respeto del paleto. Más aún quizás por los escritores, pues al cabo de más de seis décadas de dudas y naufragios cree que ese sería su destino en la próxima reencarnación.

Algo de fascinación tiene el asomarse al escritorio y la biblioteca de los que le guían a uno el pensamiento. Con esa curiosidad acudió el Duende a la cita, esperando encontrar, entre el obligado ordenador del plumista moderno y sus  libros, carpetas, mapas, planos, cuadros, lápices, plumas y otros objetos de escritorio, algún icono que le ilumine en los momentos de cerrazón. En el sancta sanctorum de Trapiello hay un busto de Galdós y tres imágenes más de sus principales referentes: Dickens, Stendhal y Tolstoi. Al visitante le reconfortó especialmente descubrir entre tanta sabiduría alguna muestra más elocuente de sus afinidades electivas. Y la encontró: en uno de sus anaqueles vio un diminuto autobús rojo del London Transport como el que el propio bloguero guarda en su pequeño despacho/palomar.

Qué guiño tan simpático, qué consuelo, qué coincidencia. ¿Será Rilke, el que acuñó la idea de infancia como patria, otro de los lazarillos de Trapiello?

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Días antes el bloguero se había embarcado en  Las inclemencias del tiempo, tomo nº 10 de esa experiencia única en la literatura española actual que es Salón de pasos perdidos, un diario que debe de ir ya por más de cinco mil páginas en el que Trapiello hace literatura de lo que le pasa, de lo que piensa y todas y cada una de las pequeñas cosas en las que deberíamos reparar los demás para exprimir el zumo inagotable de la vida. Y, por aquello de alimentar el venero de libros dedicados que algún día irán a parar a las librerías de viejo, sobre los que tanto ironiza el autor, buscaba afanosamente Días y noches, su novela que mejor complementa la reciente lectura de Las armas y las letras. La buscó el Duende en La casa del libro, en FNAC, en El Corte Inglés y, la mañana misma de la cita, en Antonio Machado. No la encontró en ninguna de estas librerías, pero en la última, oh casualidad,  tuvo la suerte de dar con el propio autor que huroneaba novedades editoriales, y que además de pedir por favor un adelanto de media hora en la cita vespertina se la regalaría después debidamente dedicada de su puño y letra.

-Quizás tus descendientes encuentren algún día  este mismo libro en Moyano o en el Rastro-le advirtió serenamente el Duende.

No le debió de importar al autor, consideraría que el impacto del pasado es legítimo que se vaya difuminando en las nuevas generaciones. Cogió su estilográfica y con letra pulcra, pequeña y picuda escribió: A Luis Figuerola-Ferretti, con la amistad de Andrés Trapiello. Al dedicado le sobrevino un ataque súbito de vanidad. ¿Cabrá tanto en los pasos perdidos de Trapiello como para que recoja este momento? Fue una hora larga de conversación apasionante. Cómo tendrá tiempo para hablar de algo, con lo que escribe este hombre, pensaba el duende vulgaris. Se mezclaba la avidez del lector reverencial con la emoción curiosa de otro observador que recorrería otros pasos perdidos tan atinados como los de su  nuevo amigo. Luego, por la noche, varios sueños con imágenes de este otoño de Candeleda que, desde su casa, entre castaños, liquidámbares, cerezos, arces y robles que van del rojo cinabrio al amarillo, parece un cuadro de Eliseo Meifrén. Sueños de color mezclados con otros más turbulentos que culminaban en lo más inexplicable de sus últimas aventuras oníricas. Con grave riesgo, porque no es fácil, el Duende mataba al final de la noche a un cocodrilo pisándole la cabeza, que ya tiene mérito. El saurio se resistía, pero a base de pisar fuerte acababa muriendo.

La del alba sería cuando despertó el bloguero. Las noches de noviembre son, efectivamente, tan largas que hasta cabe en ellas la sinrazón de un cocodrilo. Y al soñador le mordía no el cocodrilo, sino la curiosidad de saber por qué este absurdo había aparecido en el sueño del lector curioso que posiblemente se había entretejido la tarde anterior.

Más aún, le picaba una pregunta  que desde aquí  se atreve a plantear a su autor de referencia. Oye, Andrés, ¿cómo enjaretarías tú a un cocodrilo en tus pasos perdidos sin que estos pierdan definitivamente el sano juicio?

Feliz lo que queda de año

Feliz lo que queda de año a los que uno no felicitó a tiempo. Como estos buenos amigos que le abrieron las puertas de su pequeño paraíso...

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No le han llegado a este bloguero más christmas que los de un banco y la de la compañía Telefónica. Alarmante: ni siquiera Isidoro Álvarez, que es de los pocos que le felicita por su santo y sabe que el Luis de su nombre no es de Gonzaga (20 de junio), sino de aquel rey de Francia que se celebra el 25 de agosto, le ha enviado su mensaje estas Navidades. Su teléfono móvil también descansó: nada de estrellitas, ni de deseos de cuento, ni de cursiladas de receta. Apenas tres o cuatro felicitaciones no firmadas, de algunos que parecían quererle mucho y que se creían de sobra conocidos por su número de teléfono. Desgraciadamente no les pudo contestar. Lo cual hace aún más indispensable el mensaje elemental: firmen los SMS si desean asegurar su respuesta.

O sea, menos felicitaciones que otros años. ¿La crisis? ¿O una moda que pasó? Quizás una combinación de ambas cosas. 2010 marcará por bastante tiempo el fin del esplendor de lo superfluo. Puede que la gente analice incluso el coste de estos pequeños detalles. Puede que nos hayamos dado cuenta de que la suerte no mejora ni empeora porque te dejen de felicitar. Y lo seguro es que se ha contagiado como un virus instantáneo. Inconscientemente ni hemos felicitado tanto, ni nos han felicitado tanto ni, ¡oh sorpresa!, nos hemos reprochado nada por ello. Se ha encajado el fin de este ritual del excceso como la cosa más natural.

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El 11 de febrero de 2010 Homper se quedó estupefacto porque, al encontrarse con su amigo Alberto, con el que compartió pupitre en el colegio, este le dio un gran abrazo.

-¡Feliz lo que queda de año!-le dijo.

Homper, cómo no, también se sorprendió por esa felicitación tardía. Quedaban casi once meses completos, lo cual, según Alberto, justificaba apelar aún a esa unidad de tiempo que se compone de doce. Él, taxidermista de profesión, estaba disecando una cabra montés el 31 de diciembre. Los animales disecados que llenan su estudio tienen el tiempo embalsado, explicó. Y no parecen dar la menor importancia a la oportunidad de las fechas clave.

-Además-añadió- Ni me di un respiro ni creí tu vida fuera a mejorar demasiado por felicitarte en ese preciso momento, ¿comprendes?. Así que te felicito ahora, porque más vale tarde que nunca…

Homper pensó que su amigo tenía la razón. Y emprendió un poco más feliz que antes del encuentro con su amigo el taxidermista los casi once meses que le quedaban del año.

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Siempre comete uno en estos casos olvidos imperdonables. Suscribe este todo lo que contribuye a simplificar el exceso de las Navidades y el Año Nuevo. Que felicite, celebre y regale el que quiera y pueda, pero sin atormentarse  por no haber sido esos días ni Teresa de Calcuta ni el Corte Inglés, que es para muchos el maná de felicidad facilona de nuestro tiempo.

Así y todo, uno es consciente de que dejó sin enviar felicitaciones a personas que de verdad se las habían ganado. Por ejemplo, a aquellos amigos de amigos que, sin conocerle, le abrieron las puertas de su hospitalidad en un lugar donde todo respiraba felicidad. Por ejemplo, a Christian y Priscilla de Bronac, señores de un paraíso de la naturaleza en Plouay, en el corazón del sur de la Bretaña francesa. En la deliciosa longére que la pareja se arregló hace unos años, rodeada de los bosques más frondosos que uno ha conocido, se alojó el bloguero durante cinco días, compartiendo con ellos y sus hijos esos placeres que raramente disfruta el turista: pasear, conversar, cocinar juntos y dejar pasar el tiempo en el silencio sólo roto por el viento que mecía la copa de aquellos inmensos árboles. Cuando el viajero llegó a su propiedad, el joven abuelo montaba un fantástico columpio para sus nietos, tarea que para un manazas como el que suscribe sería un infierno. Todo un símbolo: la felicidad hay que trabajársela en todos los frentes.

Tan importante como desear ésta a quien no la tiene, es desear que la conserve a quien parece disfrutarla ya con largueza, como los amigos de Bronac. Este malqueda está seguro de que en el panorama de Christian, Priscilla y su descendencia no todo será de color de rosa. Pero el resultante que exportan su sonrisa y su actitud es de paz, alegría de vivir y gusto por compartirla con los demás. Que Dios se la conserve y, a ser posible, se la mejore en este 2011. Por ejemplo, haciendo que en agosto llueva al menos lo necesario para que en sus bosques de cuento nazcan a tiempo esos cèpes y cantarelas que este verano no pudimos encontrar. Toda felicidad es mejorable, y a estas alturas de enero aún es tiempo de echarla el lazo.

Por todo eso, y siguiendo el ejemplo del amigo de Homper, para los de Bronac y para todos los que no felicitamos en su día,  feliz lo que queda de año 2011.

El tirano Cacerolo hará huelga

Hay contradicciones que sólo puede salvar la máscara de un gran actor...

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-Espero que lo comprendas -dijo el empresario a Lucila mientras hacía anillos con el humo de su veguero- El martes doce filas vacías, el miércoles catorce, el jueves medio teatro. Y el fin de semana ni siquiera nos sirvió para pagar la nómina y los decorados. Un desastre.

-¿Y yo lo hacía tan mal?-preguntó temblorosa la joven.

-No, claro que no.  Tus gritos de ¡muerte al tirano! y ¡el pueblo unido jamás será vencido! eran de lo más emocionantes. A mí mismo, que soy perro viejo, se me desgarraba el alma escuchándote. Pero ya entenderás que una muchedumbre puede representarse sobre el escenario con quince figurantes o con setenta, que eran los que teníamos al estrenarse la obra.

-¿Y a todos los despidió igual? –preguntó Lucila conteniendo los sollozos.

-No, de ninguna manera –respondió el empresario- La procesión va por dentro…Y bajo esta apariencia de gerente del negocio teatral hay un hombre con el corazón destrozado..¡Tener que despedir a una actriz de talento como tú…¡Puta crisis!

El empresario dejó el veguero en el cenicero, y se puso serio con la mirada perdida. De repente suspiró,  se tapó la cara con las manos e hincó los codos en la mesa. Se hizo un minuto de silencio en el que Lucila no sabía si llorar por el negro futuro que le esperaba o por la suerte incierta de su patrono.

-No se preocupe, lo entiendo, yo…

No pudo rematar su frase, porque el empresario rompió a llorar como un niño que encuentra su hamster muerto al amanecer.

-No sigas, pequeña, no sigas- dijo el inconsolable empresario- Nunca me lo podré perdonar, te lo juro…

Y mientras con el dorso de su mano derecha  trataba de secar  sus lagrimones, con la izquierda abrió un cajón de su escritorio, extrajo el finiquito y  lo plantó ante la maravillosa actriz.

Lucila simuló la mejor de sus sonrisas y firmó.

-Adios….¡Y suerte a pesar de todo!-fue lo último que dijo.

La prometedora actriz salió del despacho con el paso leve y silencioso de un humilde gorrión. Detrás, desparramado en llanto sobre su mesa, quedaba la estampa de un empresario literalmente hundido en la miseria y el fracaso.

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La obra el El tirano Cacerolo, de Teodor Gamm, situaba en un país de ficción llamado Pitanza la lucha del pueblo contra un rey que controla el negocio del gas  y que, naturalmente, está encantado de que su pueblo cocine en las cacerolas de siempre.

Cacerolo, rey absolutista donde los haya, se entera a través de sus servicios secretos de que un inquieto ingeniero llamado Maximino ha inventado la olla exprés, y le encarcela bajo la pintoresca acusación de haber participado en la conspiración judeo-masónica y en el Contubernio de Munich. El tirano incauta el invento, pero no sabe que el prototipo estaba en poder de Gertrudis, la amada del inventor, la cual, invita secretamente a las pobres gentes  de Pitanza a un conejo con tomate guisado entiempo record en la mágica olla. Cuando la Guardia Real se persona para intervenir la olla y el conejo, las hordas hambrientas  se rebelan y desarman a los pretorianos de Cacerolo, les dan a probar el conejo y les convencen de las ventajas de la democracia y el progreso frente al gobierno de la tiranía. Entonces forman todos una sola legión para arrasar el palacio del rey, dar muerte al tirano y liberar a Maximino, que a partir de entonces será el símbolo de la lucha de la justicia contra el obscurantismo y la caspa de todo lo que huele a conservador.

-Es la leche-dijo el empresario al leerla- Va a ser un bombazo.

El tirano Cacerolo tenía  algo del Banderas de Valle Inclán, de El enemigo del pueblo de Ibsen, algo de Brecht, algo del teatro populista de Lauro Olmo y algo del teatro pánico de Fernando Arrabal. Algo incluso del propio Teodoro Gamm. Pero tenía mucho más del Ministerio de Cultura, del Centro Nacional de Nuevos Talentos, de la Comunidad, del Ayuntamiento, de la AIIP (Agencia Impulsora de Iniciativas Progresistas), de Magefesa, de Gas Natural –la filantropía de ver cómo aplaudían a los que le estaban quitando negocio con las ollas exprés quedaba compensada por la tranquilidad de saber que Cacerolo era sólo una ficción- y, cómo no, de IBERIA y de EL CORTE INGLÉS, que suelen patrocinarlo todo. Pero a pesar de que la crítica la aplaudió y de que el público vibraba con su mensaje y su vigorosa puesta en escena, no fue inmune a la crisis. Poco a poco se empezaron a ver claros el teatro, la taquilla se resintió y, en consecuencia, la rebelión de Pitanza fue mermando sus efectivos.

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Cuando el empresario teatral decía para sí mismo “antes muerto que fallarle a los sponsors” quizás estaba queriendo decir “todo por la pasta”. Pero él era un hombre  cien por cien de teatro, y aunque le dolía, sabía que en ocasiones el fin justifica los medios.

-No lo creerás, compañero-le dijo al primer rebelde de Pitanza al que tuvo que despedir- Pero aceptando este despido estás haciendo un gran servicio a la cultura.

Y con palabras hermosas como éstas fue convenciendo a los jóvenes actores que hacían de chusma y  reduciendo la población de hambrientos desde los setenta con que se estrenó la obra a los catorce que quedaron tras la marcha de Lucila.

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Lo cortés no quitaba lo valiente.

-Naturalmente –respondió cuando un reportero de la tele con una cámara le preguntó si su compañía se sumaría a la Huelga General del 29 de septiembre- la Reforma Laboral de este gobierno que se dice de izquierdas es sencillamente intolerable. Y yo quiero ser un creador de cultura, no un exterminador.

Después de la frase  de oro de Miguel Ríos (“Los políticos responden ante la ciudadanía, no ante el FMI”) fue de lo más jaleado por los asistentes al acto de adhesión a la huelga. Sólo Lucila, la última actriz que había dejado su obra, la que casi le pidió perdón por ser despedida del elenco de El tirano Cacerolo, se le acercó para disentirle.

-¿Cómo consiguió convencernos de que el nuestro era un sacrificio necesario, si ahora está predicando lo contrario?-le espetó a la cara.

-Cariño-dijo el empresario-Yo soy ante todo un hombre de teatro. Y he hecho de todo: he sido desde maquinista a regidor, de traspunte a escenógrafo, de meritorio a empresario…¿Sabes quién es Teodor Gamm?… Pues sí,  es mi seudónimo. El autor de Cacerolo, esa magnífica obra que ha movido a los “sponsors” y a la crítica, soy yo mismo, porque a mí no se me escapa nada. Yo me lo guiso y yo me lo como.

-Pero…¿cómo pudo librarse de tantos  ingenuos  sin que ninguno  le rompiera la cara?-gritó Lucila agarrándole de las solapas y acercándole a su rostro crispado.

Se hizo un silencio y una gran expectación, como si aquel tenso diálogo perteneciera en sí mismo a un montaje teatral.

-Oye, nenita –susurró el empresario marcando mucho cada sílaba mientras trataba de acercar sus labios a los de la actriz rebelde- Ya te he dicho que he hecho de todo en el teatro. Pero, `por encima de ello, soy esencialmente un mag-ní-fi-co  ac-tor.

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Ver Madrid con otros ojos

Un poco más a la izquierda, se descubre la cúpula y la esbelta torre neomudéjar de la Iglesia de la Santa Cruz, una estampa en la que probablemente no muchos madrileños han reparado...

Darle una vuelta a lo que ves todos los días, o mirar de otra forma lo que se te pone ante los ojos. Según Homper – el Hombre Perplejo, el que aún es capaz de sorprenderse por cualquier cosa- esa es una buena receta para  no ser machacado por la rutina. Lo proponía a sus compañeros de tertulia  ateneísta, que contaban sus planes de verano. Aunque nunca está demasiado seguro de casi nada, esta vez se sentía en condiciones de dictar sentencia.

-Los que estamos de vuelta de todo despreciamos la visión del turista –dijo- Creemos que el buen viajero es el que vive los sitios que visita como un natural del lugar. Pero tan paleto es viajar coleccionando sólo postales como no descubrir los tesoros de tu ciudad sólo porque están en la agenda obligada de los viajes organizados.

O sea, que de vez en cuando está bien ser turista en tu propia ciudad. Lo descubrió el día en que tuvo que pasear por Madrid a  Nora, la peluquera de la tía Clota. La quiero como si fuera una hija, sobrino- le había advertido ésta– Así que tú, que tienes tiempo y eres  un encanto cuando quieres, serás su guía ideal. Hazme el favor…

Homper refunfuñó. Recordó luego que, siendo nacido y vecino de Madrid desde siempre, no había puesto los pies en el Palacio Real y en ese rincón entrañable que es el vecino Convento de la Encarnación hasta después de cumplir los cuarenta. De manera que en el corto espacio de una semana hizo de tripas corazón y se convirtió en el cicerone de Nora, una americana de Nueva Inglaterra pecosa y pelirroja, de piel blanquísima y elegantes andares, que reunía datos tan contradictorios como ser una enamorada de la literatura española del Siglo de Oro y coleccionar dedales decorados como souvenir de los lugares que visitaba. Se sorprendió de lo agradable que es observar las crestas  monumentales de los edificios del centro desde esos autobuses londinenses descubiertos que ahora hacen el sightseeng tour de la capital, aunque fuera sentado entre una madurita peluquera de Vermont –por cierto, no fea- y una legión de japoneses y japonesas que lo fotografiaban todo compulsivamente.

-Tuve que pasar por el Corte Inglésconfesó avergonzado a sus tertulianos ateneístas-, que es donde por fin encontramos un dedal de porcelana decorado con una diminuta Puerta de Alcalá. Pero no hay mal que por bien no venga. Subimos a la cafetería y desde la última planta de ese edificio de Callao, que domina el oeste y el norte de la capital, con todos los edificios y parques de su Cornisa Imperial, descubrí otro Madrid que nunca había sospechado. Y ya veis, estaba allí, esperándonos a los que no sabemos lo que tenemos…

Nora le demostró además que todas las ciudades guardan fotos singulares en las que nunca reparan los que allí viven. Una mañana, después de recorrer la Plaza de la Paja, la del Conde de Barajas y la Plaza Mayor, se sentaron en una pequeña terraza de la Plaza de Santa Cruz. Desde su silla metálica, Homper veía la silueta de Nora enmarcada por una de las torres de aguja del Palacio de  Santa Cruz y por la cúpula y la torre neomudéjar de la iglesia vecina que lleva el mismo nombre. Y de repente sintió que estaba en otra ciudad que nada tenía que ver con ese poblachón manchego lleno de subsecretarios, como despectivamente definió Cela a Madrid.  En esa ciudad donde llevaba viviendo toda su vida y que ahora empezaba a conocer gracias a la mirada cómplice de una peluquera norteamericana que, vaya por Dios, cada minuto se iba pareciendo más a una actriz del Hollywood de la época dorada, no lo tenía muy claro: quizás Mauereen O´Hara, quizás Eleanor Parker.

Nora tomó el avión de regreso el domingo 27 de junio de 2010. Por la noche, acodado en el balcón de su palomar, Homper veía la fachada occidental de Madrid a la luz de la luna cuando a las doce en punto, desde tres barrios distantes, fueron lanzados sendos castillos de fuegos artificiales. Casi simultáneamente, al cuadro de fondo se añadieron los rayos y relámpagos de una lejana tormenta de verano. Homper suspiró: le sobrecogía ver que el viejo, el feo y denostado Madrid, fuera capaz de esa estampa de tan  singular belleza. Aunque sospechaba que el recuerdo de la turista de Vermont que coleccionaba dedales y leía a Quevedo no era del todo ajeno al momento.

Encuentro estimulante con Javier Reverte

No todos los grandes escritores tienen interés al margen de su obra. Pero Javier M. Reverte sí.

Un ajuste de cuentas con J.S. Bach, finalmente no del todo asesinado. Un pleito en ciernes con un vecino de aquellos que el vulgo llamaría tocapelotas. Un reencuentro con la pandi de la adolescencia, en la que nos preguntábamos directamente por los nietos sin saber siquiera a ciencia cierta cuántos hijos tenía cada quisque. El fiasco de ver perder a España ante esos tíos tan opacos y aburridos que, según Harry Lime, el villano de El tercer hombre, sólo han aportado a la civilización el queso con agujeritos y el reloj de cuco Una contusión en el tobillo con el esquinazo de la cama por quererla hacer precipitadamente, magna putada de dolor inolvidable. Labores de  abuelo/canguro, inevitables por otra  parte. Los pocos compromisos profesionales que le quedan. Un cocktail en el Ritz al que le invitaron los amigos de Terras Gauda, criadores de un excelente vino del Rosal y otros asuntos personales ocuparon la semana de este bloguero. El caso es que, por fas o por nefas,  apenas salió a pasear con el cazamariposas de asuntos varios, elemental para su afán de duende. Y así le ha lucido el pelo.

También planeaba sobre él ese sol obstinado que a veces abrasa sus ilusiones: no te empeñes, colega, nunca pasa nada, y seguramente ya has dicho y escrito todo lo que tenías que escribir. O sea, el fantasma de la nada existencial, la náusea sartriana, el eco de la pregunta angustiosa que uno se hace cuando abre la gatera de su blog y mira dentro: ¿hay alguien ahí? Lo comentaba con Wallace, un viejo amigo que solía visitar este diván de psicoanalista barato y que se personó en el concierto de marras. Tarde o temprano todos acabamos encogiéndonos de hombros y pasando. Nunca pasa nada.

Y sin embargo pasó. Deambulaba el Duende por el aeropuerto de Bilbao cuando apoyado en un velador y ante una copa de vino blanco vio un rostro que le era vagamente familiar. Aquello de ¿dónde di con  este hombre alguna vez? Lo había visto en las contraportadas de muchos libros y en directo, presentando sus novedades literarias en los estudios de la SER, RNE y, muy recientemente, en la COPE. Y de repente se cayó del guindo. Aquel hombre de cabello cano revuelto, ojos claros y machadiano torpe aliño indumentario que me reconocía era uno de sus ídolos literarios. O más que eso, un maître á penser y, sobre todo, un maître á vivre, que dicen los franceses.

El duende que escribía poesías a su madre por el día de la ídem había querido ser después sucesivamente escritor como Salgari , Julio Verne, Agatha Christie, Charles Dickens. Joseph Conrad o García Márquez. También quedó deslumbrado en su día por Gerald Brenan, más próximo al hombre del aeropuerto. Pero desde su reciente madurez, cosa de ayer mismo, sólo soñaba aunar la escritura de la imaginación con la de la vida misma, viajes y pluma. O sea, lo que hace Javier Martínez Reverte, más conocido como Reverte el bueno. Leyó el bloguero su  muy famosa y vendida Trilogía de África y quedó literalmente fascinado por ese modelo de libros que unen documento y novela, aventura e historia, épica y lírica y subyugan como ninguna otra cosa al lector curioso. Comprendió entonces el Duende que eso era exactamente lo que hubiera querido hacer y escribir.

-No conozcas jamás a un creador en persona-le recomendaron a uno hace tiempo- Porque todo lo mejor de él lo ha volcado ya en su obra, y luego no tienen el menor interés.

Suele ser cierto. Con excepciones. Javier Reverte es  natural y simpático. Tan modesto, que si le dicen a uno que es representante de chuches, se lo cree. Le invitó a una copa, le llevó de Barajas a Madrid en el coche con chófer que su editorial pone a su disposición, y habló más de otros libros que de los suyos. Por ejemplo, del titulado Soldado de poca fortuna que escribió un tal Jesús  Martínez Tessier, casualmente su padre, que después de perder la Guerra Civil como soldado republicano perdió la Segunda Guerra Mundial como soldado de la División Azul.

Además, al contrario que otros revertes de mucho pisto, Javier es humano. Cuando el Duende le tarareó Se ha cortao el pelooooo, ¡la novia de Reverteee!…él continuó la copla dedicada a su homónimo más famoso, el torero sevillano Antonio Reverte, que inventó el quite de la revertina. Tan accesible y básico parece este gran escritor que vive cerca de un Corte Inglés y le gusta el fútbol. Aunque, qué lástima, sea del Real Madrid. Pero es humano al cabo, insisto,  y como buen conocedor de las flaquezas del prójimo no se molestará que el menda le recuerde que quedó en regalarle no un libro suyo, sino el de su padre, ese luchador que vivió del periodismo porque, después de haber perdido dos guerras, estaba claro que no podría ganarse la vida como soldado. Así se lo contó a este escribidor Javier Reverte, o sea, Reverte el bueno. Y así lo hace constar en un post cuyo verdadero sentido se puede resumir parafraseando otra copla: Me debes un libroooo/No te lo perdono….

“Il pericolo” de Renato Carosone

Hay que reconocer que después de las noticias del domingo, con dos mujeres muertas a manos de sus maridos, escuchar que "il pericolo número uno" es "la dona" canta un poco...

Hablar de la mjujer como "il pericolo número uno" no es lo más políticamente correcto en estos momentos...

Le habían enseñado al Duende que en los guateques debía de  ser educado, y no bailar sólo con las guapas. Pero el Duende de joven era timidito y alicorto, y a las chicas guapas siempre había otro más echado para adelante que las sacaba antes. Así que él no se acercó a Anita por educado, sino porque era la única que quedaba sentada y mirando con ojos de ópalo al centro de la pista  mientras sonreía fingidamente.

-¿Bailas?

-Sí, gracias-dijo ella mostrando sus dos paletos blanquísimos.

En el pikú sonaba ¡Oh torero!, de Renato Carosone

Anita no era fea, pero sí gorda y algo dentona. Y además apenas sabía aquellas nociones básicas de agarrado –dos pasitos para un lado y un paso para el otro, girando de cuando en cuando y arrimando lo que se pueda- con el que los jóvenes de entonces se iniciaban en el baile. El Duende se agarró castamente a  Anita, la movíó con delicadeza y la dirigió como pudo. Uno, dos, uno dos-le susurraba a la oreja, no demasiado cerca, no fuera a creer…Y durante el resto de su vida, Anita , que se había transformado en una chica guapa  de grandes ojos oscuros para luego casarse y tener hijos y nietos, siempre le agradeció los servicios prestados.

-Nunca olvidaré que fuiste tú con el Torero de Carosone el que me enseñaste a bailar-  le ha repetido al Duende cada vez se ha  encontrado a las vueltas de la vida.

Sin embargo Carosone murió hace unos años. Y había desaparecido por completo de la memoria musical hasta que esa máquina de éxito llamado El Corte Inglés ha rescatado una de sus canciones más bobas para recordarnos que Ya es primavera, cosa que no se creen más que los meteorólogos y, por  obligación, la gente de la moda.

Por cierto, piensa el Duende que no estuvieron sus publicitarios muy inspirados, como tampoco muy fino el Observatorio de Igualdad del ministerio del mismo nombre. Porque ver por la tele a unas modelos muy guapas y elegantes mientras suena Il pericolo número uno, la dona, justo el mismo fin de semana en que dos bárbaros habían matado a sus esposas antes de suicidarse ellos mismos, daba mucho que pensar. Aunque no hayan  pensado en ello ni los genios publicitarios del Corte Inglés ni doña Bibiana Aído.

Que il pericolo en tiempos de Carosone fuera la dona, sonaba a broma pícara: el machismo latía en la cultura de la época. Pero en estos tiempos en que ella sólo merece discriminación positiva y en que se sobreentiende que la llamada violencia de género es siempre masculina, la afirmación es, digamos, arriesgada y de dudoso gusto. Il perícolo numero uno es que estos son asuntos que hieren muchas sensibilidades, y que las feministas extremas no se caracterizan precisamente por su sentido del humor. Pudiendo haber tirado de Picolísima serenata, Mambo italiano o del mismísimo Torero con el que Anita aprendió a bailar…¿por qué usaron tan mal a Renato Carosone?

Relativamente importantes

Y uno, hormiguita en la calle, acabadiendo, como mucho, relativamente importante...

Y uno, hormiguita en el asfalto, se da cuenta de que sólo es relativamente importante...

Se sorprende a menudo Homper de lo relativo y elástico que es en sí mismo el término relatividad. Relatividad –más bien relativismo zapateril- en política es la excusa perfecta para jugar con la ley y la costumbre según convenga, como si éstas fueran plastilina normativa. Algo con lo que, por su edad y por su formación, no está nada de acuerdo la tía Clota.

-Desengáñate, sobrino-le decía en una de sus conversaciones transatlánticas la  mujer nacida en Granada y hoy ciudadana estadounidense- Con las cosas de comer no se juega. Lo de quitar importancia a lo que nos enseñaron que era importante descoloca mucho a la gente…

No se ha asilvestrado tanto Homper. Su relativismo  le sirve para achicar, primero, los problemas y putaditas que plantea la vida. Y luego para ponerle bridas al ego. Uno tiene a considerarse el eje del mundo y a sobredimensionarse hasta que deja de verse en el espejo y amplía perspectivas.

-Pero qué poca cosa parecemos desde aquí…

Lo pensaba mientras desayunaba hoy en buena compañía desde un observatorio para él insólito, y que sin embargo debe de ser muy popular, la cafetería del Corte Inglés. Está en la planta 9 del edificio de Callao, y como la terraza que hay en lo alto del Círculo de Bellas Artes, nos enseña vistas muy enriquecedoras de Madrid. La primera es el peinado de la capital, adornado por estatuarias y arquitecturas fascinantes que, a ras de suelo, son difíciles de apreciar. La segunda es lo diminuto, lo casi insignificante que es uno desde la altura.

-No hay que relativizar lo importante, tía –precisa Homper- Pero te aseguro que a vista de pájaro, y confundidos entre el enjambre de la gran ciudad, no significamos casi nada.

E imagina un primer plano de su coronilla, ya ampliamente tonsurada por el tiempo. Y, a partir de ella, un zoom atrás que le muestra paseando por las calles de Madrid, como hace a menudo. Y un Madrid a vista de pájaro, con todos sus fénix, y sus guerreros romanos, y su cuadrigas, y sus ángeles, que coronan los edificios más notables de la capital. Y una España a vista de satélite. Y y una tierra a vista de la luna. Y un sistema solar  a vista de otra galaxia.  Y todas las galaxias a vista de…

Y a pesar de que, como le enseñaron en el cole, Homper sabe que “todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria”, comprime su gigantesco ego en una funda de lentillas y se convence de que, si hay algo relativo,  por insignificante, es lo que al cabo representa uno mismo en la inmensidad del cosmos.

Los pequeños imponderables

¿A quién no le llueven los imponderables?...

Fue comparable, en su opinión, al día en que se despidió para siempre de Elvirita. Había quedado con su compañera de oposición para fugarse juntos a  pasar el fin de semana a Salamanca,  y dio la mala suerte de que cuando salía con su maleta  una avería y la ausencia de vecinos que oyeran sus gritos le dejaron encerrado siete horas en el ascensor. Se desataron sus nervios, se estropeó el fin de semana, se frustró la fuga, naufragó aquel idilio secreto. La cosa sucedió hace más de cuarenta años. Los imponderables de la vida misma.

-Fue una de las primeras veces que me quedé estupefacto comprobando hasta qué punto el destino depende de chorradas- confesó Homper- Pero lo de hoy…

Lo de hoy, según le contó al Duende mientras tomaban café, fue así. Se iba a cocinar unas ensalada de judías verdes templadas con gulas. Había preparado las judías en juliana con un cuchillo sueco de los que cortan con sólo su peso, y no había pasado nada. Pero, ay, hervidas las judías y puestas sobre una fuente, no le quedaba más que abrir una pequeña bandejita de gulas ya guisadas, calentarlas en su aceite en una sartén y volcarlas sobre el verde lecho. Nada más y nada menos. En una esquinita de la tapa de plástico termosellada, je, había una lengüeta con un ominoso letrerito: abrefácil.

-Abremierda- rezongó Homper mientras mostraba  indignado su mano izquierda vendada- Primero tiré de la lengüeta, como recomienda el envase. Imposible que aquello se abriera. Luego, desesperado, tuve que utilizar el cuchillo como la madre de Norman Bates…Y no asesiné a Janet Leigh en la ducha, pero me acabé cortando un tendón…Las judías con gulas se regaron con sangre, un bodegón de Pinazo vistoso, pero muy macabro. Y pasé dos horas en urgencias…

Homper  volvió a exhibir su mano vendada mientras su gesto afectaba frustración..

-Ya ves, amigo –suspiró- Aquella misma tarde había quedado a tomar café con Elvirita…No la había vuelto a ver, se que enviudó, que  es una abuelita  a punto de jubilarse y que conserva un cierto encanto otoñal. Lo tenía todo planeado: al cabo de un ratito, después de lamentar que el ascensor me gastara aquella mala pasada, iba a coger sus manos entre las mías… En mi época lo llamábamos hacer manitas. Pero…¿se puede hacer manitas con las manos vendadas?…

El Duende lo entendió. Comprendió que la vida está llena de  pequeños imponderables. La tarde anterior había reunido a sus hermanos para visitar la tumba de sus padres y merendar después un chocolate con roscón. No lo hacen nunca, pero se le ocurrió que aquel era el domingo apropiado. Del palomar del Duende a la Sacramental de san Isidro sólo hay un agradable paseo por el parque que les separa. No tendría la pasión del reencuentro con Elvirita, pero aquel grupo caminando con un ramo de siemprevivas sería una de esas  curiosas secuencias de Woody Allen donde se habla mucho y, entre bromas y veras, tanto se toca la muerte como las rebajas o el abrefácil de los envases modernos.

-Tampoco salió el plan –se lamentó el Duende- Antes de que llegaran se me ocurrió llamar al cementerio,  y me dijeron que desde hace un mes los camposantos en Madrid se cierran a las  tres. El caso es que merendamos tan ricamente, hablamos de lo divino y lo humano…Pero me dejaron las  acusadoras siemprevivas en casa con el encargo de que las llevara yo y que excusara su ausencia, porque ellos viven lejos y no tienen tiempo para volver al cementerio. Ya ves el plan, amigo Homper…

El Duende pagó los cafés, se levantó y sacó de debajo del velador una bolsa de El Corte Inglés por la que asomaba el ramo de siemprevivas.

-Siemprevivas, siempremuertas. –masculló- No las puedo soportar ni un minuto más en casa…¿Me acompañas? Es un agradable paseo…

Y por el parque de San Isidro, en aquel soleado y frío lunes de enero, fueron vistos dos señores de abrigo y sombrero caminando hacia el cementerio. Uno iba con una mano vendada, y el otro con un ramo de siemprevivas. Aunque, como el resto de los mortales, sólo llevaban sus particulares imponderables.

La nieve sugerente

Tras los copos se ve mucho más que un paisaje nevado...

Nevaba en Madrid.

Había poca gente en la calle y en las tiendas, pese a ser el primer día de las rebajas. Glorioius day para la sociedad de consumo. En vacas gordas, claro, que ahora andan magras. Aún a pesar de los esfuerzos del Corte Inglés, ya les digo, la ciudad metida en casa. Qué haríamos los madrileños si en lugar vivir en el sur de Europa nos hubieran puesto Madrid donde el blanco meteoro –qué cursilada, para no repetir otra vez la hermosa palabra que es nieve- fuera lo habitual en invierno.

Se imaginaba el Duende a todos los que no estaban en la calle alrededor de ese calor ya olvidado del brasero. Invento borrado de la memoria: hace poco mencionó la palabra badila entre  gente que no cumpliría ya los cuarenta y no sabían a qué se refería. Badila: utensilio de metal en forma de pala pequeña para remover las brasas. Perteneciente o relativo, añadiríase, a aquellos inviernos en los que el grajo siempre  volaba bajo. Dios, qué frío hacía en la niñez que le tocó vivir al Duende.

Nació en una casa antigua de grandes balcones y techos altos. Heladora. Sólo había una salamandra en el hall y un par de braseros por toda calefacción. Aquel frío unió mucho a la familia. Apenas se comía o se cenaba, se enfilaba el pasillo, se hacía un alto en el hall para calentarse la espalda en la salamandra y se corría después a coger un buen sitio en la camilla. Todos juntos alrededor del brasero, arropados por las faldas que guardaban el calor del cisco, escuchaban a Gila o al Zorro por la radio, mientras el abuelo Pablo consumía ceremoniosamente la última pipa antes de retirarse  a la cama.

Cómo se olvidan las pequeñas miserias de los tiempos que luego creemos que fueron más felices. Ayer mismo José Pedro Sebastián de Erice, un amigo del Duende que por ser hijo de diplomático y diplomático él mismo, viajó desde niño, recordaba un viaje  a Ginebra en un Citroën Once Ligero. Era  el cinco de enero de 1953 o 1954. Resulta chocante recordar que entonces un buen automóvil como aquel modelo que popularizó el general De Gaulle carecía de calefacción. Forrados de abrigos,  bufandas, gorros y manoplas de lana, envueltos en mantas. Así viajaban los intrépidos viajeros invernales de la época. Ah, y con un termo de café con leche caliente y una bayeta a mano para desempañar continuamente el parabrisas. Postales antiguas que hoy se antojan entrañables.

Nevaba el siete de enero en Madrid. Y se dio el Duende el lujo de contemplar la tarde a través de la nieve racheada que le daban al paisaje urbano el encanto de otros tiempos. Se dejó llevar por la deliciosa pereza de no hacer nada. Solo mirar e imaginar. Se acordaba del misterioso Rosebud que musitan los labios del Ciudadano Kane moribundo, mientras cae de sus manos una bola de cristal con nieve. Rosebud era el nombre del trineo en el que se deslizaba de  niño. Los sentimientos, que siempre aparecen tras los visillos intermitentes de los copos blancos.

Un regalo que no necesita el odioso paquete

Aunque parezca bien empaquetado, el regalo es un momento musical. Escúchenlo: es un regalo de Reyes.

El se creía Duende, y, como tal,  inmune a las miserias de la condición humana. Algo perfecto, quizás lo más deseable en la noche de Reyes.

Pensaba que el tiempo no le corría, que poseía el don de la ubicuidad, que llevaría la agenda perfecta, y que en ella funcionaban, impecables, el amorómetro, el afectómetro y el regalómetro. Primero medía el orden del cariño que pedía imperiosamente regalo. Y luego, con el regalómetro no sólo diagnosticaba el más apropiado a cada uno de sus elegidos, sino que repasaba sus ventajas: a saber, es bello, es intenso, lo puede decir todo, o al menos insinúa esa intención, exhala un cierto perfume trascendente, no ocupa espacio en casa y además no necesita paquete.

El dichoso paquete. Recordaba el Duende que en su tiempo, o al menos en su casa, el paquete era el ceremonial. Su padre, con disciplina prusiana, era el gran maestro de ceremonias. Los niños en fila delante de las puertas cerradas del salón, de menor a mayor. Él era el segundo de una fila de seis. Abría él primero las puertas, asomaba la cabeza al interior de la cámara del tesoro por cuya chimenea se suponía que habían entrado los Reyes Magos para depositar sus regalos, volvía a mirar a la fila de chiquillos expectantes,

-No se, no se- musitaba afectando desengaño- No se si han traído lo que pedíais…

Y finalmente encendía la luz, descorría las cortinas y allí,  abría paso a los niños y,  entre globos y caramelos, éstos encontraban los sueños al natural y sin envoltura.

Pero hace tiempo que vivimos la edad del oro del paquete. Lo puso de moda la estética de otras navidades que ya son las nuestras: paquetes con lazos y adornos brillantes al pie del abeto.  El paquete es la cobertura de la ilusión, y la ilusión, dicen, lo es todo en el regalo. Mientras se abre el paquete pervive el sueño, y se retrasa la decepción. Crees que te ofrecen la vida eterna, la panacea universal, el bálsamo de Fierabrás o la purga de Benito, aunque al final  en el paquete sólo venga un artículo de El Corte Inglés.

Pero qué coñazo es hacer paquetes. Y qué difícil cortar el papel de regalo a la medida del objeto que hay que velar. Los papeles no dan de sí o doblan mal. El celo se te queda pegado donde no debe. El floripondio se desprende. Y al final, el paquete queda tan chapucero que en lugar de valorar al regalo, lo devalúa al primer golpe de vista. Qué desesperación.

En esa estaba el Duende, cuando ya avanzada la noche, le sorprendieron Melchor Gaspar y Baltasar.

-¿Y tú qué haces despierto a a estas horas? –le preguntaron.

-Paquetes, señores….Tengo tantos a quienes regalar, y tan poco de regalo, que sólo puedo ofrecer buenas intenciones en forma de paquete. Pero hacer un paquete es la cosa más odiosa que conozco…

Dijo Melchor que él le pasaba lo mismo. Discutió con Gaspar y Baltasar si era tan difícil o más que tratar de quitar la camisa de fuerza a las barras de turrón de Gijona, otra prueba inicua que se nos pide a los humanos en Navidad. Pero al final, se apiadaron del Duende en su zozobra y así, como por arte de bilirlibirloque, se sacaron de la manga un regalo sustitutorio que  nunca necesitará paquete.

-Regala un momento musical-le recomendaron los Reyes.

Y el Duende ha elegido uno maravilloso que él ofrece como regalo de Reyes a todos sus amigos del blog. Es una de sus perlas musicales favoritas. No es del compositor más famoso, ni es una pieza pegadiza. Se trata de una de las Variaciones Enigma de Edgard Elgar, la titulada Nimrod. Escúchenla con atención: su delicadeza no le resta intensidad, sino todo lo contrario.

Y, sobe todo, entiéndanlo: ¡no necesita paquete!

¿Quién será esa que me saluda en la playa?

Nada tan obsesionante cómo tratar de averiguar quién es ese o esa que nos saluda en la playa y que seguramente conocemos de alguna otra parte...

Nada tan obsesionante cómo tratar de averiguar quién es ese o esa que nos saluda en la playa y que seguramente conocemos de alguna otra parte...

Quería aprovechar sus vacaciones de verano para pensar. Sólo para pensar y darle vueltas al sentido de su vida.

Nunca lo confesaría. Diría lo que la mayoría de los mortales: que su deseo era descansar, estar con la familia, leer mucho y pasear. Pero en realidad mentía. Sólo quería reflexionar: ¿tiene sentido lo que hago? ¿Afronto cada día como debía hacerlo? ¿Me porto bien con la humanidad? ¿Debo cambiar? Mientras no resolvía estas cuestiones fundamentales, caminaba kilómetros y kilómetros.

Como la playa era larga y milagrosamente aún virgen de hormigón y de bañistas con transistor o juego de palas, de vez en cuando se detenía y hablaba en alto. Tomaba una caracola en sus manos, la miraba fijamente y, como si fuera la calavera del bufón Yorick, ensayaba las pautas básicas de su tragedia personal.

-Ser…o no ser –declamaba creyéndose Lawrence Olivier-¿Reconciliarme con mi condición de criatura del Corte Inglés o, por el contrario, desmenuzar mi alma en el rallador de zanahorias hasta encontrar la razón de mi existencia?

En esas estaba cuando se cruzó por la orilla de la playa con alguien que le saludaba. Era una mujer de mediana edad, hermosa melena al viento y esbelta silueta que le sonreía como si le conociera mucho. Él respondió tímidamente, y cuando le sobrepasó, la siguió con la mirada esperando dar con su nombre. Pero ella caminaba decididamente, seguramente para endurecer sus bonitos muslos, y ya casi se confundía con el rizo blanco de las olas al romper. Se fundió en la lejanía.

-¿Quién es? –le preguntaba al mar desesperado-¿Por qué me saluda?…¿De qué me resulta familiar ese rostro?

Y aunque de verdad se había propuesto reflexionar sobre la razón de su vida, se pasó el resto de sus vacaciones lucubrando sobre la identidad de aquella sirena que le saludaba todos los días en su paseo al amor de la brisa marina. Qué dilema, qué arcano, qué tortura. Eso sí que era la angustia misma. No sospechaba siquiera que todos somos otros fuera de nuestro entorno habitual. Y que aquella mujer encantadora era la misma que, con una bata blanca y un instrumental de última generación, se había citado con él una vez al mes durante un año para, a cambio de unos cuantos miles de euros, habilitarle una sonrisa de galán.

La misma sonrisa que ahora, al ponerse el personal  playero y confundirse con esa subespecie sin identidad que es el bañista, ya no sabía a quién dedicaba.

Suicidio aplazado

Felices cámaras aquellas en las que aparecía el pajarito y sonaba un "click"...

Felices cámaras aquellas en las que aparecía el pajarito y sonaba un "click"...

Por suicidio inmediato, vendo cámara digital SAMSUNG L73.  El Hombre Desesperado- había intentado una y otra vez entender las instrucciones de manejo de aquel ingenio que, a decir de su hijo, era lo más fácil de manejar del mundo. Imposible.

Para empezar, el manual de instrucciones  decía Leia com atençao este manual antes de usar a nova câmera. El Hombre Desesperado no creía en la unidad ibérica, que ahora ronda en el pensamiento de algunos politólogos ilustres. Por tanto le molestaba que una cámara japonesa se adelantara a los acontecimientos y eligiera el portugués como idioma oficial de sus explicaciones. A decir verdad, entendía casi todas las palabras. Pero le cabreaba que una cámara japonesa comprada en el Corte Inglés le hablara en portugués. Y además no entendía lo que querían decir. Era dramático: todo, desde la explicación de lo que era ese aparato a las instrucciones de uso, le parecía tan rematadamente mal expuesto y peor escrito que no entendía ningún manual.

Anotó en su Moleskine de puño y letra: no puedo seguir viviendo en un mundo para el que soy tan inútil. No aguanto ni un minuto más sentirme el más gilipollas del planeta. Quiero desaparecer, que es una de las pocas cosas para la que no necesito manual de instrucciones.

En la redacción de su improvisado testamento, una luz le iluminó. Pensó que a pesar de su baja autoestima, su muerte no debería ser en balde. Así que, dominando por un momento su obcecación, tomó la pluma y añadió: si a pesar del suicidio inmediato, Dios me indulta  y me concede la gracia de sentarme a su lado, le convenceré de que incluya en su lista de condenados sin remisión posible a todos los redactores de instrucciones de los aparatos modernos. A todos.

Se consoló pensando que al menos esos sutiles malvados arderían en las calderas de Pedro Botero con las almas de todos los villanos que en el mundo han sido, desde NerónGilles de Rais hasta el inventor de los muebles de metacrilato y el compositor de  Macarena. Y a continuación se dirigió al botiquín para coger la caja de barbitúricos.

No pudo ingerirlos. Una semana antes su lupa se había hecho pedazos al estrellarse contra el suelo de la cocina. Y su vista, ya fatigada quizás por  haber visto tantas muestras de la estolidez humana, no alcanzaba a leer las diminutas letras del prospecto. Editores de prospectos de fármacos  en letra microscópica, anotó en su testamento como adenda: otros que deben ser arrojados al fuego eterno.

Así que, incapaz de saber cuántos barbitúricos necesitaba para despedirse de la vida sin excesos, reprimió la ira de haber perdido las fotos de su último viaje –un desastre más en su vida- y decidió aplazar el suicidio para mejor  ocasión.

La crisis de Eny (Cuento para Diván el Terrible)

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Hasta una esclava del consumismo puede hacer frente a la crisis...

Lo último había sido querer emular el labio de Michelle Pfeiffer. El cirujano plástico se pasó de silicona, y en vez de un morrito voluptuoso modeló lo que el resto de los mortales interpretaba como un guardabarros labial. Pero  Eny -se negaba a ser llamada Eenedina-estaba encantada. Al fin y al cabo había consumido y gastado dinero, que era como afirmaba su personalidad.

-No entraré en el cielo-se decía-si antes no me aseguran que allí está el Corte Inglés.

Eny era la consumista por excelencia. Pero aunque estaba muy bien de dinero y nadie controlaba sus gastos se sentía condicionada por la crisis económica. Iba a las tiendas de siempre y ya no coincidía con las amigas de toda la vida. Fuera por necesidad o por mimetismo, la gimnasia del consumismo, tan placentera por sí sola, se estaba pasando de moda. Más se perdió en Cuba, decía su suegro. Pero ella lo encontraba insoportable.

-Creo que esta crisis va a acabar afectando a mi identidad-le confesaba al espejo mientras perfilaba con el lápiz el amplio perímetro de sus labios.

A los pocos días notó además una cierta rigidez en sus brazos. No salir a la calle con el bolso del que extraía a dos por tres la cartera, no tirar de la Visa, no pasear por Serrano con bolsas repletas de out let -así habían apijado el nombre de las rebajas- absolutamente inútiles, le estaban  precipitando el anquilosamiento de los huesos. Ya se lo había avisado Fifita, que era de las que competía en esbeltez y en pechugas con su hija de veinte años.

-Lo malo de la crisis es que acabaremos por no salir a la calle, y seremos víctimas de la osteoporosis.

Frunció sus labios -no sin esfuerzo- en un gesto de firmeza y se conjuró a sí misma que la crisis no haría mella en su personalidad. Primero, inventarió las compras de los últimos años que no había usado para nada. El cortador de chocolate de acero sueco, el kimono de la Casa de Té de la Luna de Agosto, la caja de quemadores de sándalo, el Manual de Cocina Desaborida de Ferrán Fabía, el abrigo de visón sintético copia del que llevaba Angélica Jolie en El intercambio, dos trajes tipo sota de bastos de Agatha, el frasco de sales del Salzkamergütt, el cuchillo musical con seis melodías distintas para cortar la tarta con la música adecuada a cada celebración, varios móviles en su paquete de presentación, la Historia de los papas del padre Apeles, un juego de doce posavasos con cromos de mariposas, un sintetizador de ajo y hasta un consolador con sonido que, en las vibraciones finales, dejaba escuchar la Marcha Radetzky para precipitar el orgasmo a todo ritmo. Todas estas compras fueron distribuídas en distintas bolsas con las que, durante varios días, Eny se echó a la  calle para no perder ni el hábito ni el ejercicio que había conformado su personalidad. Hasta la crisis, había sido una consumista. Ahora sería una contraconsumista, pero sin osteoporosis.

El proceso consistiría en parar a gente por la calle y regalarles todo aquello que había acumulado en casa sin saber por qué ni para qué. Y no fue nada fácil. La gente se quedaba aturdida, y desconfiaba  de que aquello no fuera un happening para uno de esos programas televisivos que ridiculizaban al personal. Y de repente Eny, que en su vida había ligado dos frases seguidas para razonar, tuvo que hacer acopio de toda su imaginación para persuadirles de que aceptaran lo que no era sino un regalo.

-Jesús, qué fatiga-se quejó ante el espejo cuando ya llevaba un mes de liquidaciones callejeras.

Fue una tarea ardua. Que finalmente remató colocando a una ancianita la Historia del Papado del padre Apeles. Lo cual tuvo especial mérito, porque la pobre mujer estaba al borde de la ceguera. Y eso le hizo ver a Eny que algo había cambiado en su personalidad: ya no era  una señora pija y consumista, sino una espléndida vendedora. Una contadora de milongas que, cuando amainara la crisis, podría  dedicarse a camelar a la gente vendiendo fondos de inversión como los de Madozz, para provocar así otra crisis económica que le arreglara su identidad en permanente crisis….

Revolutionary Rollo

El rollo de la vida, la angustia de vivir...

El rollo de la vida, la angustia de vivir...

No es que la película sea un rollo en sí mismo, que también lo puede ser. Es que va del rollo de la vida. O sea, según se mire. Y la película de Sam Mendes por la que avizoran un oscar para Cate Winslet es, sobre todo, un sinvivir.

-Es que son vida mu vacías-dijo nuestra vieja amiga doña María después de verla con las amigas- Con dos hijos que tienen, un buen trabajo que le ofrecen, lo bonitos que son su casa y su coche y se les  va en poblemáticas. Con esos mimbres, cualquiera de mi bloque se hace un cesto la mar de feliz, te digo.

Doña María mantiene que casi todo el mundo que conoce tiene más motivos para el desánimo que la pareja protagonista. Y sin en cambio, como subraya, saca pecho, tira para delante y al mal tiempo buena cara. La diferencia, dice, es que por la parte de España tenemos las vidas más llenas.

-Estos de la peli no hablan de Dios, ni de los niños, ni van al psicólogo, con lo atacaos de los nervios que están. Ni hacen deporte, ni hacen colecciones de dedales, o de cajitas de té, o de fascículos de la Transición…¡Si ni siquiera van al Corte Inglés de allí!

O sea, el desamor,  la angustia de vivir, la náusea sartriana. El cine dibujó con maestría el sueño americano en múltiples comedias costumbristas. Pero de cuando en cuando tira de bisturí y disecciona con crudeza el alma del americano medio. Recuerda el espectador American beauty, Las horas, aquellas secuencias familiares de Broubake Mountains, el vendedor de coches de Fargo. Hubo un cine feliz de Frank Capra, pero ahora hay  muchas películas que orillan el almíbar y oscilan entre el manifiesto por el desasosiego y la pura cabronada. Como Revolutionary Road -que, por cierto, es el nombre de la calle donde vive la pareja protagonista- son elegantes, estéticas, y perfectas desde el punto de vista técnico.

-Hija, ¡pero te deja tan mal cuerpo!…-concluye doña María.

Cate Winslet es una mujer mona, pero vulgarcita. Sus cejas oscuras deslucen junto a una melenita rubia del frasco, y le dan un punto de dureza en la expresión que no le facilita los matices. Sin embargo, sin que uno alcance a saber por qué, ha subido al altar de las actrices prestigiosas que ya ocupaba Meriel Streep. Ganará el Oscar por esta película, pero Revolutionary Road no dejará de ser por ello un Revolutionary Rollo. El rollo ingrato de la vida misma

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