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La crisis de Eny (Cuento para Diván el Terrible)

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Hasta una esclava del consumismo puede hacer frente a la crisis...

Lo último había sido querer emular el labio de Michelle Pfeiffer. El cirujano plástico se pasó de silicona, y en vez de un morrito voluptuoso modeló lo que el resto de los mortales interpretaba como un guardabarros labial. Pero  Eny -se negaba a ser llamada Eenedina-estaba encantada. Al fin y al cabo había consumido y gastado dinero, que era como afirmaba su personalidad.

-No entraré en el cielo-se decía-si antes no me aseguran que allí está el Corte Inglés.

Eny era la consumista por excelencia. Pero aunque estaba muy bien de dinero y nadie controlaba sus gastos se sentía condicionada por la crisis económica. Iba a las tiendas de siempre y ya no coincidía con las amigas de toda la vida. Fuera por necesidad o por mimetismo, la gimnasia del consumismo, tan placentera por sí sola, se estaba pasando de moda. Más se perdió en Cuba, decía su suegro. Pero ella lo encontraba insoportable.

-Creo que esta crisis va a acabar afectando a mi identidad-le confesaba al espejo mientras perfilaba con el lápiz el amplio perímetro de sus labios.

A los pocos días notó además una cierta rigidez en sus brazos. No salir a la calle con el bolso del que extraía a dos por tres la cartera, no tirar de la Visa, no pasear por Serrano con bolsas repletas de out let -así habían apijado el nombre de las rebajas- absolutamente inútiles, le estaban  precipitando el anquilosamiento de los huesos. Ya se lo había avisado Fifita, que era de las que competía en esbeltez y en pechugas con su hija de veinte años.

-Lo malo de la crisis es que acabaremos por no salir a la calle, y seremos víctimas de la osteoporosis.

Frunció sus labios -no sin esfuerzo- en un gesto de firmeza y se conjuró a sí misma que la crisis no haría mella en su personalidad. Primero, inventarió las compras de los últimos años que no había usado para nada. El cortador de chocolate de acero sueco, el kimono de la Casa de Té de la Luna de Agosto, la caja de quemadores de sándalo, el Manual de Cocina Desaborida de Ferrán Fabía, el abrigo de visón sintético copia del que llevaba Angélica Jolie en El intercambio, dos trajes tipo sota de bastos de Agatha, el frasco de sales del Salzkamergütt, el cuchillo musical con seis melodías distintas para cortar la tarta con la música adecuada a cada celebración, varios móviles en su paquete de presentación, la Historia de los papas del padre Apeles, un juego de doce posavasos con cromos de mariposas, un sintetizador de ajo y hasta un consolador con sonido que, en las vibraciones finales, dejaba escuchar la Marcha Radetzky para precipitar el orgasmo a todo ritmo. Todas estas compras fueron distribuídas en distintas bolsas con las que, durante varios días, Eny se echó a la  calle para no perder ni el hábito ni el ejercicio que había conformado su personalidad. Hasta la crisis, había sido una consumista. Ahora sería una contraconsumista, pero sin osteoporosis.

El proceso consistiría en parar a gente por la calle y regalarles todo aquello que había acumulado en casa sin saber por qué ni para qué. Y no fue nada fácil. La gente se quedaba aturdida, y desconfiaba  de que aquello no fuera un happening para uno de esos programas televisivos que ridiculizaban al personal. Y de repente Eny, que en su vida había ligado dos frases seguidas para razonar, tuvo que hacer acopio de toda su imaginación para persuadirles de que aceptaran lo que no era sino un regalo.

-Jesús, qué fatiga-se quejó ante el espejo cuando ya llevaba un mes de liquidaciones callejeras.

Fue una tarea ardua. Que finalmente remató colocando a una ancianita la Historia del Papado del padre Apeles. Lo cual tuvo especial mérito, porque la pobre mujer estaba al borde de la ceguera. Y eso le hizo ver a Eny que algo había cambiado en su personalidad: ya no era  una señora pija y consumista, sino una espléndida vendedora. Una contadora de milongas que, cuando amainara la crisis, podría  dedicarse a camelar a la gente vendiendo fondos de inversión como los de Madozz, para provocar así otra crisis económica que le arreglara su identidad en permanente crisis….

Revolutionary Rollo

El rollo de la vida, la angustia de vivir...

El rollo de la vida, la angustia de vivir...

No es que la película sea un rollo en sí mismo, que también lo puede ser. Es que va del rollo de la vida. O sea, según se mire. Y la película de Sam Mendes por la que avizoran un oscar para Cate Winslet es, sobre todo, un sinvivir.

-Es que son vida mu vacías-dijo nuestra vieja amiga doña María después de verla con las amigas- Con dos hijos que tienen, un buen trabajo que le ofrecen, lo bonitos que son su casa y su coche y se les  va en poblemáticas. Con esos mimbres, cualquiera de mi bloque se hace un cesto la mar de feliz, te digo.

Doña María mantiene que casi todo el mundo que conoce tiene más motivos para el desánimo que la pareja protagonista. Y sin en cambio, como subraya, saca pecho, tira para delante y al mal tiempo buena cara. La diferencia, dice, es que por la parte de España tenemos las vidas más llenas.

-Estos de la peli no hablan de Dios, ni de los niños, ni van al psicólogo, con lo atacaos de los nervios que están. Ni hacen deporte, ni hacen colecciones de dedales, o de cajitas de té, o de fascículos de la Transición…¡Si ni siquiera van al Corte Inglés de allí!

O sea, el desamor,  la angustia de vivir, la náusea sartriana. El cine dibujó con maestría el sueño americano en múltiples comedias costumbristas. Pero de cuando en cuando tira de bisturí y disecciona con crudeza el alma del americano medio. Recuerda el espectador American beauty, Las horas, aquellas secuencias familiares de Broubake Mountains, el vendedor de coches de Fargo. Hubo un cine feliz de Frank Capra, pero ahora hay  muchas películas que orillan el almíbar y oscilan entre el manifiesto por el desasosiego y la pura cabronada. Como Revolutionary Road -que, por cierto, es el nombre de la calle donde vive la pareja protagonista- son elegantes, estéticas, y perfectas desde el punto de vista técnico.

-Hija, ¡pero te deja tan mal cuerpo!…-concluye doña María.

Cate Winslet es una mujer mona, pero vulgarcita. Sus cejas oscuras deslucen junto a una melenita rubia del frasco, y le dan un punto de dureza en la expresión que no le facilita los matices. Sin embargo, sin que uno alcance a saber por qué, ha subido al altar de las actrices prestigiosas que ya ocupaba Meriel Streep. Ganará el Oscar por esta película, pero Revolutionary Road no dejará de ser por ello un Revolutionary Rollo. El rollo ingrato de la vida misma

Beethoven con polvorones

La crisis empezaba a hacer mella a su alrededor. Algunos amigos ya sabían lo que es madrugar para hacer cola en las listas del paro. Y aunque él procuraba seguir la máxima de necesitar pocas cosas -y las necesarias, necesitarlas muy poco- no conseguía sustraerse al ambiente de decaimiento general.

De repente se confiaba en que el Mesías, más que nacer para redimir nuestros pecados, redimiera este año las cuenta de resultados. Y aunque milagrosamente aún no era Navidad en el Corte Inglés, los supermercados ya se habían llenado de productos típicamente navideños.

-No todo van a ser malas noticias-se dijo Homper mientras llenaba la cesta de la compra- Ahora, puedes prescindir de esa filfa que se vendía como Surtido navideño.

Homper se sorprendía de que el Defensor del Pueblo no recibiera cada año miles de quejas por los variados horrores confiteros que se perpetran en nombre de la Navidad. Con lo ricos que son los turrones y los polvorones de siempre. Pero ni eso se libra del perpetuo afán del hombre por innovarlo todo. Bill Gates se empeñó en dar otra vuelta de tuerca al negocio y para sustituir al Windows XP impuso el Vista, que más que facilitarnos la la vida a los megatorpes nos la quiere hacer imposible. Los obradores de polvorones quisieron mejorar el tradicional estepeño, harina, manteca, almendra y ajonjolí, y lo han estropeado agregando sabores y vistiéndolos como si fueran vedettes del Folies Bergére. Pasen y vean, mantecados y polvorones de limón, de chocolate, de coco. Envueltos en fucsia, en plata, en oro y en lamé. Pues no señor, Homper es miembro de la SAPOTOV (Sociedad de Amantes de los Polvorones de Toda la Vida). Y a mucha honra: los experimentos, como recomendaba Eugenio D´Ors, con gaseosa.

Pero ahora, en los supermercados, puedes elegirlos uno a uno, y hacer tu propio surtido al gusto. De tal manera que Homper salió de la compra encantado de evitar los rellenos, las delicias, las marquesitas y otras golosinas intrusas que horterizan la Navidad. Dio la casualidad, además de que de repente llegaran a sus oídos los acordes de la Sonata a Kreutzer de Beethoven. Venían de una ventana de la casa vecina. Ya lo había notado otras veces, debía de vivir en ella un pianista-o una pianista:hay oídos que detectan el sexo del ejecutante por la calidad de las pulsaciones. Qué maravilla, se decía, algún día me quedaré a escuchar la pieza completa.

Y aquel día que tenía tiempo y que estaba tan contento por su elección se sentó en un banco al sol, posó su bolsa de la compra,  y se detuvo a escuchar el piano mágico de Beethoven interpretado por el pianista sin nombre mientras lentamente degustaba el primer polvorón de la temporada. Ni el fragor del tráfico urbano enturbiaba ese insólito, pero delicioso momento de solaz.

Quiso la casualidad que cuando el finale presto de la delicadísima sonata destila sus últimas notas, el bacalao congelado que junto con otros productos básicos acompañaba a los polvorones empezara a gotear. Lo cual sirvió de despertador a la conciencia de Homper. Mal que le pesara, estaba perplejo esta vez de haber caído en el insolidario pecado de vivir un rato de felicidad cuando tantos, en tantos sitios, lo están pasando tan mal.

Un encuentro en el Museo del Prado

No es el Duende un ciudadano eresionado, neologismo que quiere decir lesionado en su capacidad laboral por un ERE. En realidad ya no sabía si trabajaba o no, pues lo que consideraban como prestación laboral era lo único que en su vida logró sin esfuerzo alguno.  Además, tampoco era fijo en plantilla alguna, como no fuera en ese organigrama tan flexible que marca la ley de la oferta y la demanda. Sus jefes son ésta y el Dios dirá. No tiene queja de ellos.

Hasta cierto punto, se han portado muy generosamente con él. No tanto en la oferta de trabajo como ahora en la de tiempos libres. En la agenda de este día tenía sesión con Javier Capitán de nueve a diez menos cuarto. Como la próxima comparecencia obligada era a las doce y media, se permitió uno de esos pequeños lujos que siempre añoran los sobreocupados, y que sistemáticamente olvidan cuando les llega el asueto. Como si fuera un turista japonés después de ponerse feo en el buffet libre del hotel, se dirigió al Museo del Prado -sin botella de agua mineral en las manos-y adquirió un ticket para ver la exposición El retrato en el Renacimiento.

Carece este duende de adjetivos para añadir algo nuevo a lo mucho que enriquecen estas visitas casuales  a los templos del arte. Lo delicioso es caer por ahí y dejarse arrastrar sin prisas por el flujo de belleza, que unas veces se remansa en consideraciones sobre el buen gusto y otras en pensamientos que van más allá. Hoy le dio por agradecer a Rafael, a Tiziano, a Bronzino, a Ghirlandaio, a Durero, a Pantoja de la Cruz y a Sofonisba Anguissola  y a todos los representados en esta exposición lo muchísimo que trabajaron por legar al futuro esas joyas de las que hoy disfrutaba como simple observador. No siempre pica tan alto. A menudo, viajando por esas carreteras perdidas, uno ve un puente añejo o una simple pared de piedra maravillosamente construída  y también da las gracias a la mano anónima que allí trabajó. Bien mirado, hay estética en casi todo.

La segunda reflexión era más prosaica. Pensaba en lo poco que hubieran cundido esos ocho euros en el Corte Inglés, donde, por contra, sí hubiera encontrado a mucha más gente conocida con la que compartir impresiones. En museo sólo dio el Duende con Feli, una buena amiga de tiempo atrás, que, como  farmacéutica de formación, sabe de recetas para esquivar los navajazos del destino. Una de ellas es fugarse de vez en cuando al Prado y olvidarse de todo lo demás. Ella es también la que aseguró lo que mi doña María adoptó como dogma de fe, y es que la mujer que no ha hecho régimen en esta vida forzosamente irá al infierno. Tan alta filosofía en el templo donde habita la belleza. Para que luego digan que no aprovecha uno las mañanas…

El día de santa Ana

(Foto de Cosmovision)

En esta España laica nos inventamos más patronos que santos y santas hay. Ayer, 27 de julio, resulta que era el día de los abuelos. Gracia que han alcanzado san Joaquín y santa Ana, padres que fueron de la Virgen. Era por tanto el día del Duende, abuelo por dos y que pronto lo será por cuatro. No le felicitaron sus nietas porque, aún con su buena voluntad y sus derechitos humanos, todavía no alcanzan el privilegio de ser criaturas de Isidoro Álvarez, e ignoran que en días como el de ayer hay que festejar a los abuelitos, decirles poesías, regalarles un dibujo de una palomita y, para ponerle laguinda, un buen cheque-regalo del Corte Inglés que incremente el consumo y alimente la recuperación de nuestra lánguida economía. Cuánto les queda a lasmuy inocentespara aprender a ser ciudadanas ejemplares.

El Duende no siguió el rito consumista, por miserable y por objetor de conciencia. Pero sí cumplió con algunas de las Anas conocidas. El Duende lleva a unas cuantas en el listín del móvil. Unas primas, otras amigas, unas serias, otras no tanto. A ellas, lógico, les felicita la onomástica, que es algo que en estas generaciones se celebraba bastante más que el cumpleaños. El Duende pertenece a ese género de mortales que no sabe hablar por teléfono. Le cuesta ser amable, y no digamos entrañable. Por eso, en ocasiones festivas se transforma para sorprender de otra forma.

-¿Doña Ana Fulánez? -pregunta- Le habla Jorge Casadell, director de Comunicación y Relaciones Públicas de Lencería Clemente, su cuerpo resplandeciente.

Por el momento, silencio al otro lado del teléfono.

-Mire usted -continúa la voz atildada y untuosa, como corresponde al cargo y al apellido- Ha tenido la fortuna de ser seleccionada entre un grupo realmente escogido de damas de nuestra sociedad para recibir como regalo por su onomástica un lote de productos de nuestra marca de la línea Top Charme consistente en un conjunto de sujetador, braguita, liguero, medias,  salto de cama y picardías, completado todo ello por un par de pantuflas de tacón forradas en raso y con borlón de marabú tipo Zsa Zsa Gabor.

Aquí alguna se mosqueó y le mandó al Duende a hacer puñetas, pero las demás tomaron el número y agradecieron la felicitación, al margen de prometer que aceptarían encantadas el regalo de Lencería Clemente.

Nadie es `perfecto, y el Duende no pudo llegar a todas sus Anas con esta impostura. Una de las más bellas es Ana Arámbarri, amiga de verdad en tiempos difíciles, y hoy diseñadora de joyas de gran éxito. Otra de las más admiradas es Ana Vidal-Abarca, a la que ya dedicó en su día un post. ¿Les dirá alguien que en día como ayer el Duende las recordaba con  inmenso cariño?

Y finalmente quedaba su prima Ana María Figuerola-Ferretti. Una historia tan digna de admiración que se merece un post aparte. Léanla, que a lo mejor les trae suerte.

Zapatero asunto a los cielos

(Foto de Izarbeltza)

Tanto en el Palacio de la Moncloa como en la sede de Ferraz reinaba el estupor y la confusión. Sin saber cómo ni por qué, el presidente Zapatero había sido asunto a los cielos.

 -¡Milagro laico! -clamaba la vicepresidenta por los pasillos enmoquetados presa de una gran excitación- Estábamos despachando asuntos de la desaceleración cuando bajaron el cielo un ángel y una ángela, se apostaron a ambos lados del sillón presidencial y, prendiendo a nuestro líder por las axilas, lo elevaron a las alturas en olor de santidad.

 En el gabinete ministerial y en el Comité Federal del PSOE  debatían el alcance del asunto con enorme procupación. Se tenían pruebas más que sobradas de la  sensibilidad y bondad casi sobrenaturales de este hombre. La máxima ignaciana nada humano me es ajeno resplandecía en su rostro que, si los más perversos asimilaban al de Mister Bean, las gentes de bien identificaban con el del Niño Jesús de Praga. El presidente, modestamente, rechazaba cualquier similitud con la Virgen, los santos y los ángeles, que eran a quienes normalmente les pasaban cosas cómo esas. El se encogía de hombros, sonreía como un jefe de planta del Corte  Inglés, abría las manos igual que el sacerdote en el  Dominis vobiscum, y se limitaba a repetir una vez más la clave de lo que la divina providencia debían de haber interpretado como virtud.

 -Diálogo, amigos. Talante, sólo talante.

 El suceso rompía los esquemas del gobierno y del partido en un momento clave en el que se trataba de separar definitivamente al césar y a Dios. En un principio se atribuyó  el milagro a los buenos oficios del Embajador de España ante la Santa Sede, Paco Vázquez, conspicuo católico y firme defensor de un socialismo  cristiano. Paco a veces se pasaba algún pueblo. Luego se barajó la posibilidad de que fuera una intriga más del Presidente del Congreso José Bono, amigo de monjas, de curas rurales y, sobre todo de obispos. Sin embargo fue éste quien, apeló a sus profundos conocimientos teológicos y a su pragmatismo castellano manchego para señalar al responsable de tan insólito hecho extraordinario.

 -Me sobrejstimáijs, compañerojs -aclaró- Ejsto de convertir a un laico ilujstre como nuestro presidente en un asunto a lojs  cielojs,  sólo puede ser cosa de Diojs.

 Si consternación era lo que reinaba en la tierra -qué contratiempo, ser asunto a los cielos ahora que iban a poner a la Iglesia en su sitio- no era menor el pasmo del cielo. ¿A qué viene esto, Señor?-clamaban no sin cierta indignación contenida las almas de los justos y de las justas. Y dijo el Señor apuntando a la santa de Avila: cherchez la femme.

 Parece, sí es cierto, que fue la Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, la que impresionada por los gestos de Zapatero, y para cortar de raíz el sarpullido laicista de la España que él gobernaba, había solicitado la asunción del presidente. Señor -expuso para argumentar su petición- Ha mostrado ser sensible con todos los humillados y ofendidos. Ha fundado una Alianza de Civilizaciones. Y no descansará hasta que el mundo entero sea la película de Utopía Productios que él tiene en la cabeza. Dios se rascaba las barbas: no parecía tenerlo muy claro.

  Además-añadió la santa- Ten en cuenta que hace un par de días se ha entrevistado con Ingrid Betancourt y le ha  regalado una biografía mía. Podía haberle ofrecido un libro de Manuel Rivas, de Suso del Toro o un poemario de Gamoneada, que son sus autores de cabecera, pero le ha interesado más mi vida…¿No es portentoso, Señor?

 A todas éstas Dios le había hecho pasar al recién asunto para explicarle que El no era el único responsable del ídem. Zapatero, sin perder la sonrisa beatífica, le saludó con impecable estilo al tiempo que, cortesía por cortesía, entregaba a Santa Teresa un ejemplar de la biografía de Ingrid Betancourt.

 -Y ahora, Señor -dijo  con su limpia mirada azul y con la correcta dicción que le caracteriza- si no le sirve de molestia, tenga a bien recolocarme en Moncloa, que aún me queda por arreglar algún tema con su Iglesia.

 Y el asunto tocó tierra y volvió  por donde solía.

Sobre el deber de escribir sólo lo necesario

(Foto de K!T)

El sabio Engibert subió a lo más alto del monte Karijuzn y  se asomó al abismo. Desde ahí, decía la leyenda, la caída era tan larga que cuando los huesos daban en el suelo habían crecido las uñas hasta enroscarse como matasuegras. O sea, en el descenso  pasabas hambre, sed, dormías, sentías apetito sexual, te desesperabas, deseabas morir y cuando superabas todas esas vicisitudes aún seguías cayendo. No obstante, Engibert cerró los ojos, dio un salto al frente y se precipitó al vacío.

 ¿Por qué había tomado Engibert tal decisión? Porque había cometido el crimen de escribir algo cuando en realidad no tenía nada de qué escribir. Por aquellos años, el clima ya había cambiado tres veces, se habían domesticado las emisiones de CO2, se había zurcido el agujero de ozono, los osos polares campaban por sus respetos por  el Ártico y ya no era primavera en el Corte Inglés más que cuando era primavera fuera del Corte Inglés. O sea, en primavera. Sin embargo un nuevo peligro acechaba al planeta. Desaparecida la era de la informática y de los soportes inverosímiles para la letra escrita, capas y capas de papeles escritos por todos los que no teniendo etiqueta de escritores se obstinan en escribir habían terminado por velar la luz del sol, alterando la función clorofílica de las plantas y, a partir de ahí y de la desesperación de los herbívoros, buena parte de la cadena alimentaria. Muchas especies de vertebrados e invertebrados habían desaparecido. Sólo sobrevivía, tan fresco, un omnívoro intelectual llamado Luis María Ansón, que como tiene que leerlo todo para seguir siendo Luis María Ansón, no se resignaba a desaparecer.

 En esas circunstancias, Engibert, consciente de que escribía casi todos los días sin razón aparente para hacerlo, había decidido quitarse de en medio. No podía superar la culpa que sentiría si alguien -seguramente Luis María Ansón- leyera lo suyo, frente a cosas mucho más importantes que nadie lee nunca. Había leído antes de un muy docto filósofo que la mayor obra de caridad que uno puede hacer a la humanidad es no escribir más de lo estrictamente necesario.

 Y cuando, aún en caída libre, Engibert se dio cuenta de que moría por haber escrito más de lo necesario y que, sin embargo, nadie sabría la auténtica razón, advirtió que en realidad sí tenía algo que decir. Quería haber aclarado que esta vez, excepcionalmente, escribiría para aclarar por qué no escribía. Aunque sabía que, llegado al final del trayecto, nunca más podría escribir.

 Algún escéptico podría creer que esto es una milonga, y que Engibert no es de verdad. Pero si lo inventó el escritor de esta historia …¿cómo no iba a ser real? Tan real como que el Duende esta noche estaba muy cansado, y, simplemente, no quería quedar mal con los que, sin razón o no, leen incluso lo que nunca  debió ser escrito.

 

La música gozosa de Nigel Kennedy

¿Música, ruido, empatía? No se sabe muy bien qué busca el público que va a un concierto. De entrada hay que recordar que esta palabra registra dos acepciones musicales. En la que se refiere a función, nunca, hasta hace unos treinta años, se aplicó a otro tipo de música que no fuera la clásica. Uno recuerda singularmente el primer cartel que rompió la tradición, porque le llamó mucho la atención. Anunciaba Concierto de rock y amor, y lo ilustraba una fotografía de Miguel Ríos llevando a un bebé a cuestas. Desde esta propuesta ligeramente pretenciosa a esta parte, aquí hasta el que hace sonar la carraca dice que hace conciertos. No desesperen, algún día lo verán, como si fuera una diva exclusiva de Emi o de Hispavox: Esmeralda Clamores en concierto.

Cree el Duende haber leído alguna vez de un músico eminente que despreciaba el rock., reduciéndolo a un repertorio de ruidos de mal gusto. Muy audaz debe de ser, pues de lo que no hay duda es de que este tipo de música ya tiene una larga historia, y arrastra multitudes. Ante fenómenos así, los que ya tenemos una cierta edad debemos ser prudentes. Cuando uno observa que la tarde de un sábado El Corte Inglés está a tope de gente y lo que más aborrece precisamente es pasar la tarde allí, lo correcto es pensar que el rarito es él, y no los demás. Y cuando abre el frigorífico, sale de los yogures el Chikilicuatre cantando y más que un premio lo considera una pesadilla, lo cabal es autoconvencerse de que ya habita en la marginalidad total.

El Duende hubiera agradecido que la música pop se pudiera escuchar a la cuarta parte de volumen que uno soporta en auditorios, discotecas o salas de concierto. Pero no, desgraciadamente el exceso de decibelios parece que es tan importante para ella como el contrapunto para Bach. Muy frecuentemente nos paramos en un disco y a nuestro alrededor varios coches atruenan con bakalao, música techno o no se sabe qué clase de tortura para los tímpanos. Luego se habla del alcohol o la droga, pero ¿hay quien haya calculado el efecto destructor de los decibelios en el cerebro de los jóvenes?

Cuando el Duende se lamentaba del divorcio entre la música pop con la clásica, ha tenido la suerte de descubrir a un genio llamado Nigel Kennedy, que hace una semana tocaba en el Auditorio de Madrid con la Orquesta de Cámara de España el Concierto nº 4 para violín y orquesta de Mozart y el único que para este instrumento escribió Beethoven. Kennedy sale a escena vestido de rockero, peinado de punki y con una gestualidad más propia de hincha del Aston Vila –equipo del que es forofo-que de un virtuoso del violín. El hombre se mueve sin cesar, ensaya torpes pasos de baile, saluda al público enfervorizado, lanza besos, baja al patio de butacas y vacila con el público. Y, entre medias, aprovechando las cadencias –espacios que los compositores clásicos dejaban para la improvisación y el lucimiento del solista- reinterpreta a Mozart en clave de jazz o al genio de Böhn como si fuera Elton John. Kennedy fue alumno predilecto de Yehudi Menuhin, a quien el Duende alcanzó a escuchar en directo interpretando el de Beethoven. Pero, aupado en su virtuosismo, se toma la música de los clásicos con tan entusiasmo y desenfado que magnetiza incluso al público tan estirado que llena los conciertos de los abonos caros.

No se cuándo volverá por aquí, pero si pueden, no se pierdan a Nigel Kennedy. Es para cerrar los ojos y volar o para abrirlos y divertirse. Es música de siempre interpretada por un genio de nuestro tiempo. Música y empatía que invita, nada más y nada menos, a sentirse feliz malgré tout..

¿Es necesario lo innecesario?

Cementerio trastos

(Foto de basda)

No se cuántos pequeños cementerios tiene el Duende en su casa. Quizás los mismos que muchos de los amigos de su blog guardan en la suya propia.

Cementerios de pequeños receptores de radio que le regalaron en alguna presentación, cementerios de auriculares que guardó del AVE y de los aviones, cementerios de bolígrafos secos, de pilas descargadas, de gomas, clips, de diskettes, de CD rayados, de deuvedés que han perdido su carcasa, de lápices mochos, de calcetines que nadie zurce y que uno conserva porque espera, iluso, que algún día también resuciten los calcetines muertos.

Cementerios de corbatas demodés, de libros que nadie leerá, de blocks con apenas cuatro páginas garabateadas, de agendas de bolsillo, con nombres de amigos que a lo peor ya no viven, y números de teléfono lapidarios que ya ni están de servicio.

Cementerios de fotos sepia, de fotos tontas, de fotos con gente de la que uno ni se acuerda. Cementerios de botones, de imperdibles, de alfileres, de chinchetas, de pins. De dónde carajo habrán venido tantos pins.

Cementerios de bolsas de plástico, que se acumulan prensadas para evitar que vuelen y siembren los campos de desolación. Un amigo le confesó al Duende que imaginaba el fin del mundo como un páramo despoblado donde la única señal de vida era el viento transportando bolsas vacías del Corte Inglés. Pactaron matarse recíprocamente en cuanto aparecieran los ángeles trompeteros que, según dicen, han de anunciar la consumación de los siglos.

Cementerios de folletos turísticos. De rutas maravillosas, de circuitos tentadores, de lugares de ensueño, del ocio imaginado y sin embargo aherrojado e un oscuro cajón. Pobre ocio, él no sabe que en el Duende toda acción es pura teoría.

A veces uno despierta con espíritu regeneracionista. Si no su yo, desea liquidar su circunstancia, y hacer borrón y cuenta nueva. Y entonces quiere engavillar todos sus objetos y tirarlos por la ventana.

Pero, maldita sea, si los tira todos, le multarán. Y si los deja en el portal, no será justo el día de recogida de trastos gratis por parte del Ayuntamiento. Así que sigue conservando sus pequeños cementerios de inutilidades. Y en medio de tanto absurdo, se consuela pensando que, gracias a que muchos acumulamos hasta lo innecesario, alguien tal vez puede llevarse a la boca el mínimo necesario.

El acerolo, el almendro y la mimosa

Sequa en el ro Tinto
(Foto de R. Durán)

La primavera ha venido, nadie sabe como ha sido, escribió Machado. Lo decía tal vez desde Soria, que es bastante más tardía que Córdoba o que mi pueblo de asueto, Candeleda, que está en la llamada Andalucía de Ávila. (Entre paréntesis, se pasó la moda de las pegatinas con slogans turísticos en la trasera de los coches, pero, entre la ironía cazurra, la cursilería y lo pretencioso, los había inolvidables: Sepúlveda, la costa del cordero. Santiago de Compostela, donde la lluvia es arte. Torrevieja, blanca de sal  morena de soles… ¡Cuánto Gustavo Adolfo Bécquer suelto!.Casi prefería aquél tan lírico de No me toques el pito, que me irrito).

El invierno no se ha ido, pero la primavera asoma, coqueta, casi desde que se traspuso el nuevo año. A lo mejor es otro capricho más del cambio climático. La lucha contra el cambio climático ya se ha convertido en bandera del ciudadano responsable. Sin embargo aún no le  ha colgado nadie al adversario político ni la preocupante mutación atmosférica ni la sequía. Nadie es culpable de ésta, al menos directamente. Y como no sirve de arma arrojadiza, no sale en los papeles todo lo que debiera. Pertenece a ese género de peligros subyacentes que, como la aluminosis de los edificios, sólo despunta cuando es causa de catátrofe o cuando no hay nada con qué llenar un minuto de telediario. Al pueblecito, asustarle lo justo, mandan los manuales de campaña electoral.

Al contrario que el buen político, cuyo deber patriótico es el optimismo, el Duende piensa que cualquier alarmismo en este punto es bueno, pues la gente sólo consume menos agua cuando le ve las orejas al lobo. En 1992 Madrid vivió una gran sequía. La agencia de publicidad del Duende recibió el encargo de comunicar una campaña de ahorro. No asustó, simplemente informó. Y con sólo recordar el gasto descomunal y las reservas reales se consiguió rebajar el consumo en un  diez por ciento. Mientras no llueva, esto es lo que hay -cerraba un slogan sobre la imagen casi dramática del embalse de Pedrezuela  a un tercio de su nivel habitual. A alto staff del Canal de Isabel II le costó ser tan realista, pero quizás no sea casualidad que, a partir de entonces, los periódicos y muchos informativos de TV dan cuenta diaria en unos pequeños gráficos de nuestras reservas de agua. Si se comunica el estado de la tesorería de la Seguridad Social, ¿por qué no la despensa del agua, que es aún más necesaria?

Con agua o sin ella, el milagro de la primavera corre a presentar sus primicias cual si fuera un diseñador de la Pasarela Cibeles. El Duende, que es un voyeur verde -interprétenlo en el sentido ecologista del término- ya ha avistado la flor del almendro, la de la mimosa y, este año, las hojas de un acerolo que alguien le regaló y que plantó en el monte con la esperanza de que fuera valiente, medrase y recuperase en su fruto un viejo sabor de infancia. El Duende no lo cata desde 1955. Pero no lo olvida, porque la memoria de los gustos y los olores es la más fiel. Ya ha estallado el aroma y el vistoso amarillo de la flor de la mimosa, capaz de transformar a un árbol áspero y feo en una especie de jaula de oro para criaturas de un cuento de Andersen. El otro día, en el restaurante de la Posada de la Lola, leyó el Duende un jocoso grafitti  enmarcado junto al triángulo más famoso de nuestros logotipos comerciales. Decía así: La primavera dice que está hasta las pelotas del Corte Inglés. Está en su derecho, porque abusan de ella. Pero que no nos falle a los demás. Que, pese al cambio de clima, podamos decir que ha venido, aunque nadie sepa como ha sido.

Nuestra cena de empresa

 No podíamos resistirlo más. Nuestra autoestima no estaba preparada para tan severo castigo. Doscientas mil cenas de empresa el último fin de semana en Madrid, leímos en los periódicos, y nosotros sin salir de casa. A lo sumo una  tortilla francesa y una ensalada. Uno se consuela pensando que es el precio de la independencia, el coste de la libertad,  de haber elegido otra alternativa, del no tener ni amo ni reina. Pero es demasiado. Incluso desde el palomar observamos, a lo lejos, la imagen totémica de estos tiempos: un centro comercial de El Corte Inglés.

Como a los israelitas el becerro de oro, su resplandor nos deslumbró. Y quisimos ser mortales como los demás. Corrientes y molientes, pero con nuestra cena de empresa.

 Así que el Duende y yo nos hemos preparado una espléndida cena compuesta por un exquisito puré de coliflor con queso griego, rabo de toro con patatas fritas y pastel ruso con fresas del bosque. El Duende no había frito un huevo hasta bien talludito, pero rompió a cocinar y presume de pasar de Parabere y, pese a ello, dar muy buena medida en carnes guisadas, arroces caseros de verduras y pescados en salsa. Vino reserva de Rioja del 2000. No es nada aristocrático en sus gustos: prefiere la cuchara a la vianda fina y ligera. Nunca podrá invitar a cenar a princesas, pues ya se sabe que los de sangre azul evitan los guisos por no caer en el riesgo de los regüeldos. En vista de lo cual, y por aquello de parecer algo más que una minipyme (el Duende y yo), invitamos a mis sobrino Ramón y su mujer. El Duende y yo tenemos dos sobrinos ramones, ambos casados.  Si uno se come un fraile por los pies, el otro lo acompañaría con patatas. Vino el más desganado, que está casado con una chica llamada Bea, rubia y de ojos azules. Se comportó dignamente, aunque había almorzado unas carrilleras de ibérico. Es lo que tiene no acordarse del colesterol.

Cenamos divinamente, nos reímos, contemplamos el pequeño nacimiento del Duende.  En lugar de la estrella de oriente, luce al fondo de éste el Palacio de Oriente iluminado. Nos intercambiamos regalos. Y acabamos tarde. Y uno con los deberes sin hacer.

A lo que sólo se me ocurrió contar que nosotros, para no ser menos que nadie,  también celebramos nuestra humilde cena de empresa. Se que no es nada estimulante, y que hoy en poco podrá sorprender el Duende. Bueno, no desesperen. Si alguien quiere sacar algo positivo, estamos dispuestos a contar la receta.

Buenas noches   

Un slogan original

Le hacen una entrevista al Duende para uno de esos reportajes nostálgicos que rememoran la España de estos últimos treinta años. Ya se sabe, la publicidad de la época, y en ese capítulo, cómo no, las infatigables muñecas de FAMOSA que se dirigen al portal/ para hacer llegar al niño/ su cariño y su amistad. Fue el Duende, confesémoslo paladinamente, quien perpetró ese crimen de lesa sintaxis. Si Lázaro Carreter hubiera tenido los dardos a mano, nos habríamos enterado. Pero da igual, peor fue el Naranjito, y la Ruperta, y el premio de la Eurovisión que ganó Salomé, y el tupé de Manolo Escobar, y todos somos teselas del mismo mosaico de recuerdos. Grandeza y miseria del Duende, que no sabe ya si encargar la leyenda de lo único que recordarán de él cuando se haya largado con las bromas otra parte. HIC JACET AUTOR VILLANCICAE FAMOSAE MUÑECARUM. En latín, aunque sea macarrónico, queda mucho más noble (por cierto, Ángelus Pompaelonensis, puedes corregirlo).

La cosa es que entre col y col cuelan una pregunta comprometida. ¿Y qué slogans le han impresionado a usted? Y el Duende contesta que lo malo de ser publicitario es que distingues entre la verdad y el slogan, que sólo es eso, un broche que se puso de moda cuando la publicidad o la propaganda eran más ingenuas. Ahora crea sensaciones, o sea, no dice nada, pero lo dice muy bonito. Tan bonito, que si coges el mismo spot y le cambias la marca final te sirve para un operador de telefonía, para una marca de coches, para una de relojes, para un cosmético, para una consejería de servicios sociales de la comunidad autónoma correspondiente, para un canal de televisión o para un centro comercial. Si está la Preysler y vemos bombones dorados en pirámide sabemos que es Ferrero Rocher. Si saliera un toro con un par, sabríamos que era Osborne, que ahora iría directamente al matadero. Si viéramos un perro escuchando una vieja gramola sería La Voz de su Amo, cuyas cajitas de agujas para el pikú, son, por cierto, piezas de colección. Pero estos tres ejemplos son historia. Ahora la publicidad mola más si no se entiende y no se identifica, porque los creatas guay no se conforman con ser publicitarios, y aspiran a ser directamente genios. Eso es lo malo, que todos acaban imitándose, y se alejan de un consumidor que retiene sólo lo justito. O sea, las curvas de la botella de Coca-Cola, el logotipo del triángulo verde de El Corte Inglés, el calvo de la Lotería -cómo no, prejubilado- el abrazo del turrón que vuelve a casa por Navidad y, por qué no decirlo, las muy cristianas muñecas del villancico. Ay, que se le saltan las lágrimas al Duende pensando que ni Frank Capra lo hacía tan bonito.

Pero ¿qué slogan le hace cambiar a uno? Cuando no hay que decir casi nada, se abona uno al El valor de las ideas del Banco Santander. Puede parecer el clásico slogan de recurso, el que se pone cuando no hay nada que decir. Pero en este caso será escrupulosamente certero si confirma que este banco tiene al menos dos ideas de gran valor. La primera, forrarse todos los años. Y la segunda, duplicar el forre del año anterior. Más aún le irrita al Duende el predicado de un miniqueso de bola que se anuncia antes de los partidos fútbol televisados como El queso oficial del Real Madrid. ¿Cómo es la oficialidad de un queso? ¿No lo podemos tomar los del Atleti? ¿De verdad que esa chorrada vende algo?

En medio de la vaguedad de la mayoría de los slogans -casi todos valen para casi todo- y de la endeblez de otros muchos, le produce cierta ternura al Duende el sencillo mensaje escuchado en una persistente campaña radiofónica de una fábrica de alfombras que, con una marca tan poco sofisticada como Los Fernández, se atreve a decir de ellos: ¡Son muy amables! Pues bravo por los Fernández. Porque en un país donde la amabilidad es virtud en declive -raro es que todavía no la consideren casposa- y donde a veces pides un pincho de tortilla y el camarero te mira como si le hubieras faltado a su madre, recordar que quien quiere vender algo debe, ante todo, sonreir es no sólo inteligente. Sino, sorpréndase, también original. Y ahora mando al Duende a por una alfombra para que todos los días se ponga a mis pies y me ceda el paso.

¿Aimez-vous Brahms?

Johannes Brahms

Era una historia triste en blanco y negro, un amor imposible de una dama otoñal por un joven espigado con cierto aire neurótico. Ella era Ingrid Bergman, y al joven lo encarnaba Anthony Perkins, que entonces hacía suspirar a las jovencitas. Partía de una novela de Françoise Sagan, y lo llevó al cine Anatole Litvak, pero al Duende lo que más le gustó de la película era Brahms, que aparecía en el título, en un concierto al que asistían los protagonistas y en la banda musical persistente, basada en el tema del tercer tiempo de su tercera sinfonía. Al Duende la película no le hizo vibrar, cierto, le dejó un regusto como el del plátano, que es sabor agradable, aunque menos que lo que promete su bonita piel. Pero guarda en su retina el plano final de Ingrid Bergman desmaquillándo ante el espejo su rostro mientras el piano subraya su desencanto con la melancolía de esos sutiles acordes del compositor hamburgués. El Duende no aprendió a amar a la Sagan, ni a Litvak, ni a Ingrid Bergman, que sólo le enamoró en Stromboli, pero sí a Brahms, como preguntaba el título.

Brahms era entonces plato fuerte en la programación de la ONE, que en aquella época, con el Teatro Real aún cerrado y el Auditorio Nacional ni siquiera en proyecto, tocaba en el Palacio de la Música de Madrid los viernes y sábados y en el Monumental Cinema los domingos. Este era el concierto al que íbamos los melómanos de precaria hacienda. Brahms era para el aficionado madrileño lo que Wagner para el adicto al Palau de la Música y al Liceo. Decían en Barcelona con cierta sorna que en los auditorios de Madrid aparte del obligado luminoso de salida de emergencias para incendios debería de haber otro con salida para caso de Brahms. Pero el Duende nunca utilizó esa salida. Era entonces un tierno jovencito con afán de cultivarse, sabía cómo sonaban Bach y Beethoven, y le faltaba la tercera B de la trilogía sublime para presumir de criterio musical. Inicialmente le costó tanto como abrir la pesada puerta de hierro de una catedral, pero una vez que penetró en el templo de sonidos del barbudo compositor se convirtió en un fervoroso devoto suyo.

Por eso cuando escucha el mismo tema de Aimez vous Brahms en un spot de el Corte Inglés siente como que desafina. Recuerda con humor la leyenda urbana -recogida por doña María en su biografía- de una mujer que cuenta a sus amigas cómo quiere ser enterrada: ni tumba, ni nicho, sino que me incineren y echen mis cenizas por las toberas del aire acondicionado del Corte Inglés, para que se esparzan por el único sitio donde de verdad he sido feliz.

Así se ponen sus grandes centros comerciales los fines de semana. Tanta gente entregada a la felicidad del consumo en el centro comercial que utiliza a Brahms mientras unos pocos raritos escuchan su música. Es otra alternativa, pero tiene su encanto, y hay que probarlo. Este nombre es sólo un monosílabo, poderoso y denso, pero sugiere algo tan elegante, sutil y poético como esa hoja amarilla que, después de balancearse en el aire, se posa delicadamente para alfombrar el otoño. A Ingrid Bergman le sonó regular, pero a otros Brahms nos sigue pareciendo música celestial.

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