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El elefante

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Apenas se despierta Homper comprueba algo que le impone la estupefacción nuestra de cada día. Ahora resulta que, a su edad es un inmaduro, un frívolo y  un aprovechategui. Según algunos líderes de opinión de los que parlotean por la radio, el pueblo no debe  confundir las churras con las merinas, y cometer la ligereza de utilizar la cadera real rota para socavar a las instituciones, o sea, la Corona. Homper se considera parte del pueblo, y la presunción casi le ofende.

Así que una vez peinadas las greñas del bien dormir y tapadas las arrugas de su pijama con un batín que parece heredado de David Niven, o sea, una vez presentable, se pone firme ante el espejo, inclina respetuosamente la cabeza y reafirma su acatamiento al orden establecido.

-Dios salve al Rey –proclama- Y, a ser posible, le aficione al ajedrez.

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¿Han asesinado a Dumbo? ¿Han resucitado a la República setenta y cinco años después de su nacimiento? ¿Hemos descubierto los españoles al Robespierre que latía dentro de nuestros corazones?

Otra cuestión: ¿son las redes sociales y los periódicos digitales la voz más autorizada que hay que tener en cuenta?

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Dicho lo cual, considera Homper que lo cortés no debe quitar lo valiente. Y que admirando al Rey Juan Carlos porque parecía muy torpe y resultó bastante listo en el momento más decisivo de nuestra vida política, y creyendo firmemente que ha sido, quizás es, y aún podría ser el jefe de Estado más útil y menos costoso que nos inventemos, se atreve a decir que con la edad el monarca, como quizás nos pase a todos,  está hasta los mismísimos de casi todo: de la crisis, de su familia, de sus aburridísimas –por muy bien pagadas que sean- obligaciones, de los políticos, de la prensa, de sus inacabables alifafes y de la coña marinera en que últimamente se ha convertido su casa.

Y de vez en cuando, hastiado y pasota, pierde hasta los papeles más importantes.

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Alguien tendrá que recordarle, como si fuera un niño, Señor, eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca. Alguien podría sugerirle que hay otras formas de divertirse menos comprometidas que liquidar al representante del reino animal más querido, y que hay otras vidas incluso más apasionantes que las de los ricos. Si el Rey pierde a veces los papeles, alguien de responsabilidad tiene que recogérselos y ponérselos en orden. Porque la Monarquía tiene que ser una solución, no otro problema más.

El pueblo es –somos-  muy simple. Y de la misma manera que no entenderá los recortes hasta que éstos empiecen a dar frutos, tampoco entiende que matar un elefante sea lo mejor que se puede hacer en este momento para aliviar los males de la patria.

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Por lo demás, Homper prefiere recordar a Dumbo, a la vieja elefanta de la Casa de Fieras del Retiro, al venerable artista de tantos circos, al elefante de aquel papel higiénico que parecía papel Kraft, qué valor limpiarse el culete con esa lija disimulada, o al estupendo Coronel de El libro de la selva. Fueron los elefantes de su vida. Lo siente mucho por ese otro abatido en Botswana, como por todos los que caen víctimas de la vanidad superlativa de los cazadores de elite, pero no quería ser vecindona murmuradora y cruel y contribuir con sus críticas a la demagogia.

Es más, Homper intentará hacer caso de los gurúes de la meditación trascendente y, mientras no capee el temporal, no volverá a pensar más en elefantes.

Parecidos y caricaturas

A todas las mujeres les gustaría parecerse a Ava Gardner. Y a todos los hombres ser calcos de Paul Newman. Se ciñe a  esos cánones el Duende  por ser los más expresivos para la gente de su generación. Además, guapa por guapa y guapo por guapo, uno cree muy superiores a Ava y a Paul que Angelica Jolie o Johny Dep, espejos de las chicas y chicos de ahora. Pero la idea está clara: todos queremos vernos más guapos de lo que en realidad somos.

Lo aprendió el Duende desde el primer momento en que su inventiva empezó a a anotar y revelar parecidos razonables de las gentes de su alrededor. Si el epígono citado era notablemente bello, la reacción siempre era favorable. Si era considerado feo o fea, cabreo al canto. La gente suele ceñirse al resultante general, sin tener en cuenta que un guapo puede parecerse a un feo y viceversa. Por ejemplo, el  Muñeco Diabólico podría ser la caricatura del presidente del Congreso José Bono, y eso no desdice de la apostura del ilustre prócer

 Estos ejercicios de trasposición de personalidades eran muy habituales en la casa del Duende. Un día su madre le identificó con Manolo Gómez Bur, un cómico que habitualmente salía mal parado en sus papeles. Lo asimiló perfectamente, porque era verdad. Sin embargo tiene un amigo cuyo rostro es la clara inspiración de Shrek y no se ha atrevido a decírselo. Cuando era niño, encantado de su conclusión, advirtió a una parienta suya  que su niño se parecía al Pinocho de Walt Disney y se llevó un soplamocos de la madre ofendida. Y eso que se refería al muñeco de Gepetto antes de que le creciera la nariz, por mentiroso. Pero ni por esas: su hijo no podía ser comparado con la criatura de un carpintero. Qué vanidad.

Pero esa es una de las ventajas del blog en agosto, que puedes irte de la lengua -o de la pluma- y olvidarte de las represalias, porque no se entararán  los aludidos. Por ejemplo, Soraya Sáenz de Santamaría es como esos pececitos/pececitas coquetas que aparecen en las películas de dibujos animados. Y es que la imaginería de los estudios ha dado mucho juego. Su compañera de partido Isabel Tocino tenía el mismo perfil que Flor, la graciosa mofeta de Bambi. Y a Pepín Blanco es fácil encontrarle alter ego en los múltiples roedores (castores, ardillas, ratones, etc) que proliferan en estas películas para niños.

Hay otros aún más evidentes: Obama y Hamilton, Carrillo y el chimpancé bailarín de El libro de la selva, Zapatero y Míster Bean. Pero en este último caso es más fácil distinguirlos, porque uno de los dos piensa más lo que dice.

Un cielo de dibujos animados

El libro de la selva

 Según muchos El libro de la selva, que ahora cumple no se cuántos años, es la película más lograda de Walt Disney. Fue al parecer la última en la que el mago dejó su propia impronta. A lo mejor es por eso precisamente, o por lo romántico del relato original de Kipling, o por el encanto de su banda de sonido, o por la gracia con la que bailan los animales, o por la ternura de Balloo. El Duende tuvo el placer de tratar a éste, a los monos y a los elefantes de la película hace más de un cuarto de siglo. La agencia de publicidad para la que trabajaba consiguió los derechos para el plátano de Canarias, que todos los años sacaba a concurso su campaña de publicidad, una de las más sustanciosas de la época. Al Duende le tocó platanear la letra de las canciones. Así nació aquello de el plátano es…sensacional/ tan sano y fácil de pelar / tan rico y lleno de vitalidad… /¡Caramba!…/ ¡Qué bueno que está!…/ no hay ninguna otra fruta igual/…Y a mí me gusta una bestialidad… Entonces iba Balloo y le apostillaba a Mowgli: para no quedarte enano…¡Tú tomar mucho platano! Y Mowgli, más razonable que el oso, le corregía: plátano, Balloo, plátano.

 Los dibujos animados son mucho menos susceptibles que los humanos. Cuando aún no se había fallado el concurso y se rumoreaba que El libro de la selva  había causado un gran impacto, en algún  periódico canario alertaban de que la campaña del plátano pretendía africanizar las islas Canarias con una publicidad selvática. Cuánto idiota hay por el mundo. La cosa es que ganamos el concurso, no sin que una vez en marcha algún docente puntilloso -que pensaba que Balloo debería expresarse como Lázaro Carreter-  nos acusara de convertir en llana la esdrújula de plátano. Demasiado escrupuloso, ¿no? Los únicos que hubieran tenido derecho a protestar por algo hubieran sido los afectados por la acondroplasia, que es el nombre científico de lo que conocemos por enanismo. Pero entonces aún no era frecuente tanta sensibilidad por este problema, y, aún ahora, quizás se han resignado a entender el empleo del enano como pequeño, y sin ánimus injuriandi alguno.

El caso es que la campaña fue un éxito paralelo al de la película. Hubo que salvar sin embargo un grave problema familiar: mi hija Isabel, una ricura de niña rubia de apenas tres años, rompió a llorar desesperadamente cuando Balloo muere en el film. Afortunadamente resucita tres minutos después, con lo que volvió a ser feliz y todos nos congratulamos de ello.

Aquello confirmó lo que ya sospechaba cuando a una sociedad  limitada que fundé le di el nombre de Peter Pan, el niño que no quería ser mayor. Y es que la utopía, o el cielo, es un mundo de dibujos animados. Mal se concilia eso con la fama que la progresía  le ha colgado a Walt Disney, pero por muy carca que fuera éste no  me digan si no es maravilloso un paraíso donde los niños vuelan y los osos que bailan salsa son inmortales.


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