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La vida puede ser maravillosa


"Carpe pajaritum", podríamos decir. Porque si te metes en profundidades...

"Carpe pajaritum", podríamos decir. Porque si te metes en profundidades...

Cuántos amaneceres y atardeceres podría prestarle el Duende a los estetas. Y no necesitaría más que los de esta otoñada. Ayer tarde, sin ir más lejos. Ven, Escarlata, guapa, mira hacia poniente y vuelve a soltar tu frase: a Dios pongo por testigo…Era verdad. Qué brasas tan maravillosas las que parecía haber dejado el sol al acostarse tras la sierra de Gredos. ¿Quién puede comprar eso? Y estaba allí, gratis, a disposición de cualquiera que se parase y orientara su mirada al último resplandor de un hermoso día.

Y, dicho esto, cuántas amarguras, cuántas preocupaciones y cuántas penas. Un nuevo amigo  visitado por la enfermedad innombrable aquí, otro más despedido a la vuelta de la esquina, aquella buena amiga con depresión, ésta de cabeza porque su hijo se le escapa de las manos e inicia un camino de final imprevisible…El impacto que acusa la conciencia del Duende no siempre es proporcional a la importancia de lo que lo provoca. En el mismo fin de semana en que  se clamaba en forma multitudinaria por el derecho a la vida –qué tranquilidad no ser diputado para no votar ese proyecto de Ley del Aborto por fidelidad a la disciplina de partido-, un reportaje del periódico dominical le astilla sus escrúpulos de buen ciudadano. No es que arda el subsuelo de las Tablas de Daimiel porque la avidez de desarrollo ha secado las fuentes de lo que antaño fue laguna, que ya es preocupante. Es que ha leído en EL MUNDO que miles de caballos a lo que sus dueños no pueden o no quieren ya mantener desfallecen de hambre. Es la sequía más la crisis. Las fotos de estos pobres animales escuálidos, algunos de ellos agonizantes y ya picoteados por alguna rapaz impaciente, le atormentan, por insólitas, tanto o más que las de esas víctimas de los talibanes suicidas que hacen estallar bombas. Qué sensiblero e injusto es el ego. Puede que el día en que el mundo conoció el estallido de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, a alguien conocido le preocupara más un uñero en el dedo gordo de su mano derecha.

La vida puede ser maravillosa, decía Andrés Montes como muletilla que sonaba a insustancial. Quizás se lo creyera, pero se ha muerto a los veinte días de ir a esa escombrera donde desgraciadamente cada día se encuentran más parados.  El Duende agradece ser ciclotímico fugaz, o funámbulo por el filo de la vida que es como el filo de la sierra. En el pico más alto, se alimenta de atardeceres, de nietas, de dulce de membrillo, de algunos recuerdos y del humilde carbonero, un pajarillo precioso que ayer trinaba –vaya usted a saber por qué- como si fuera primavera. En la sima, se duele por cualquier cosa, se desespera porque en su cajón cada día aparecen más calcetines desparejados  o `porque, una vez más, le han cortado  el agua a mitad de ducha. Cuando la sima es más profunda de lo habitual, también se preocupa por el día de mañana, palabra.

La vida puede ser maravillosa. O una mierda, según se mire. El Duende no puede dejar de verla así, como un intermitente que salta del rosa al negro, las veinticuatro horas del día. Y entonces agradece mucho no ser Schopenhauer, sino un superficial que se desliza por el devenir como una pastilla de jabón ya gastada, que se escurre, se va diluyendo y cualquier día se va definitivamente por el sumidero. Pero eso sí, sin darle importancia. ¡Viva la superficialidad!

…Y, para desengrasar, chocolate

Tableta de chocolate

(Foto de pablokdc)

No sabe el Duende por qué le gusta tanto el chocolate. Quizás porque fuera la golosina por excelencia en la España de posguerra, sobre todo si se hacía con azúcar refinada y no dejaba en los molares la desagradable sensación de que masticabas tierra. Cierto que en otro post se trató del tema, pero si dicen que todos los escritores  reescriben siempre su único libro, qué no va a hacer un chatarrero de observaciones. Pues eso: volver hoy sobre uno de esos placeres que la Iglesia de Roma nunca catalogó como pecado, por más que  le de a uno tantas satisfacciones como algunos de los que prohíbe el sexto mandamiento.

  Chocolate, chocolate, qué delicia. En las noches de orgía, el aprendiz de Duende, en lugar de soñar que perdía en la topografía rubia y exuberante del cuerpo de Anita Ekberg  o de Sofía Loren, que eran las tentaciones de la época, imaginaba que se podía despachar a solas una tableta de chocolate y almendra de Elgorriaga. Desgraciadamente, la ración de la merienda -pan con mantequilla y chocolate, era la oficial de su casa- era una onza, medida que, además de al chocolate, sólo ha visto aplicarse al oro. Y es que, en la escala de valores de entonces, el chocolate servía para calibrar la riqueza y, por ende, la felicidad. Uno lo asociaba al oro de Moscú, creía que  el tío Gilito acumulaba, sobre todo, chocolate y que algunas de las habitaciones del suntuoso palacio de los March en la calle de Lista estaba literalmente llena de chocolatinas, bombones y tabletas. Por cierto, este fin de semana un reportaje de EL MUNDO que firma Esteban Urreiztieta atribuía a un sicario del magnate mallorquín el asesinato del presunto amante de su esposa,  un joven apellidado Garau, que murió de dieciséis puñaladas en 1916. Y el Duende inocente, pensando que el mayor delito del financiero mallorquín sería acumular chocolate sin repartirlo con los chiquillos del barrio.  Además, una prima suya -del Duende, no de March ni del asesinado- llamada Pili, fue durante una breve etapa dependienta de una bombonería. Y desde entonces, la miró siempre de otra manera, como a una santa que hubiera estado en contacto con Dios, aunque la esencia de Dios fuera sólo cacao y azúcar. La imaginación infantil.

 Se ignora cómo era el chocolate de la casita que sedujo a  Hansel y Gretel, pero el canon chocolatero del Duende habla de un chocolate negro, con un máximo del 80% de cacao. Por encima de  ese porcentaje uno siente la boca como si hubiera engullido alquitrán. Le gusta tanto el chocolate que le sobran sus maridajes, aunque los soporta bien, y los agradece incluso, cuando son con frutos secos  y trufa oscura o praliné de café. No comparte en cambio el entusiasmo por el famoso After Eight, porque le sabe a relleno de pasta de dientes, y cree que la mayoría de las fórmulas sofisticadas que ha probado en las bombonerías de última generación no hacen sino estropear una delicatesse que estaba muy bien inventada.

 Forest Gump decía, no sin razón, que la vida es una caja de bombones, y a saber qué  depara el que tú eliges. El Duende se levanta todos los días implorando que no le toque el de licor, que es, a su juicio la mayor perversión  y la más desagradable sorpresa que puede ocultar una delicia.  Woody Allen metió en su infierno particular al inventor de los muebles de metacrilato, y el Duende añadiría al sádico que  profanó el chocolate  mezclándolo con marraskino, anisette o licor de café. Puaff, puaff…

 Pero no quiere extenderse en más atrocidades, porque llevaba muchos post en plan cursi o de pretendida trascendencia bucólico-sentimental. Y hoy, pásmense, traía a colación el chocolate, más que nada, para desengrasar…¿Lo entienden? 

Zapatero, entre el biscuit y la gloria

Jose Luis Rodriguez Zapatero

Va a ser verdad que es un Cristo agnóstico, o un Gandhi que en lugar de yogur y cañamones se alimentó de cecina, o el neoignaciano laico impaciente, o Merlín el encantador, o el padre Damián de Molokai redivivo y rebozado en mayo del 68, o el gran Houdini, o la versión moderna del buen samaritano, o un Harry Potter asistente social.

Va a ser cierto que lleva dentro la panacea de todos los males, el secreto de la piedra filosofal, la quintaesencia de la bondad humana, el poder de fascinación del flautista de Hamelin, el germen de la Utopía futura. De otra manera no se entiende que alguien con tan excelentes condiciones para haber sido director de comunicación de una gran empresa, presidente de una cadena hotelera, embajador -aunque necesitara mejorar su inglés-, catedrático de Teoría de las Ideas Justas (entiéndase como se quiera), profesor de arte dramático y declamación, psicólogo para autoestimas decaídas y poeta ganador de juegos florales haya caído en eso tan vulgar que es la política. No se le conoce ningún puesto ejecutivo antes de ser secretario general de su propio partido. Ni siquiera jefe de ventas de un concesionario de Renault. Pero ahora es el presidente del gobierno, que encarna el poder ejecutivo. O sea, es el mandamás. Y, a tenor de los últimos debates, parece que va a seguir siéndolo.

El último elogio se lo ha escuchado el Duende a Lucía Méndez, subdirectora de EL MUNDO. Según ella el presidente Zapatero es, además de referente de virtudes cívicas y sociales, modelo de telegenia, buen orador y portavoz universal del humanismo pata negra. Y, por añadidura, guapo. Esto no se lo habían dicho ni a Adolfo Suárez, que fue buen mozo, ni Felipe González, con sus morritos tan sensuales, ni a Leopoldo Calvo Sotelo, la dignidad de la esfinge que tan bien caricaturizó Peridis. Tampoco se lo habían llamado a José María Aznar, a pesar del morbo que a algunas de sus fans les inspira su cabellera de madelman. Nadie ha levantado la voz llamándole a Lucía feminista por el piropo. Si piropeas a una chica ahora eres un machista, y lo de machista es malo. Pero en cambio lo de feminista tiene connotaciones sociales muy positivas, aunque la fémina considere en este caso lo mismo que los hombres apreciábamos antes en la hembra y ahora nos guardamos por si las flyes. Diga usted que María Teresa Fernández de la Vega es una hermosura de mujer y verá cómo se mosquea el patio. Bueno, quizás tampoco hay que pasarse en el elogio.

Porque hoy éste queda para la figura del presidente Zapatero. Alguien le rebautizó como Bambi cuando apareció en la escena política. Unos dicen que fue Raúl del Pozo, otros que Alfonso Guerra, y Javier Capitán sostiene que fue el Duende impostando la voz de aquél en una jornada de Gran Carnaval. El caso es que, fuera quien fuera su bautista, el inocente cervatillo se esfumó, y aún sin perder la mirada de criatura de Walt Disney se ha resabiado lo suficiente como para levantar sospechas en la otra media España que no le jalea con entusiasmo.

Rajoy, por supuesto, no será menos imperfecto. Pero su falta de telegenia, su mirada extraviada y hasta esa ese que se le deshilacha en la boca juegan en su favor. Con mejor o peor tino, y posiblemente con la misma dosis de demagogia, si convence será a pesar de su falta de encanto. De ese encanto empalagoso que le sobra Zapatero, un político mucho más difícil de batir que lo que en principio sugería su relamida estampa de príncipe de cuento o de figurita de biscuit.

Caradura lex, sed lex

Los AlbertosCree recordar el Duende que fue otro veintitrés de febrero, fecha que ha dado mucho juego en la última historia de nuestra querida España. El gobierno de Felipe González anunció entonces que expropiaba Rumasa. En la lucha entre el huevo o el fuero, ganó el deseo de quedarse con aquél, aún a costa de burlar a éste. Parece que había razones económicas y sociales suficientes, pues el señor Ruiz Mateos no era un escrupuloso cumplidor de sus deberes, pero el método fue, según cualquier jurista, una chapuza que denigraba al derecho. De hecho, la expropiación se impuso por el voto de calidad del entonces presidente del Tribunal Constitucional, Manuel García Pelayo, un catedrático de enorme prestigio que cedió a la presión agobiante del ejecutivo para decantar la decisión del lado que, digámoslo así, convenía a los intereses generales. El buen hombre lo pagó con creces. Consciente de haber sido la pieza clave de una de esas frecuentes pedorretas que la política hace al derecho, dicen que vivió el resto de sus días en Venezuela amargado por el recuerdo de aquel veintitrés de febrero.

De entonces a esta parte, son frecuentes las collejas que la razón práctica asesta a la ley. Una de las pocas cosas que aprendió el Duende en su paso por la Facultad de Derecho es que éste se asienta en el principio de separación de poderes que enunció Montesquieu. Por una parte el legislativo, por otra el ejecutivo. Y a distancia de ambos, el judicial. Mientras no se pase, claro. Pas se la toucher avec papier de fumer, debería haber sido el complemento reglamentario para los jueces. O, dicho de otra forma, independientes sí, pero sin pasarse.

Porque de la misma manera que el ejecutivo se hace el don Tancredo cuando hay que ejecutar una sentencia incómoda -recordemos cómo silbó Aznar cuando el Tribunal Constitucional ordenó ejecutar la sentencia que declaraba ilegal el cierre por la cadena SER de once emisoras de Antena 3- el poder judicial a veces interpreta la letra o el espíritu de la ley según le peta.

Todo el mundo sabía lo que tapaba ANV, pero antes no había pruebas, y ahora curiosamente las hay. Y fue flagrante el delito de estafa que cometieron los dos Albertos de la gabardina blanca en el llamado caso Urbanor. Pero como son quienes son, aún ha sido posible encontrar un hueco en la interpretación de cuándo empieza y concluye el plazo de prescripción de su granujería para echarles una mano y librarles de la cárcel. Gran día ayer para esta pareja de ilustres empresarios. Menos bueno para el resto de los justiciables. El editorial del periódico EL MUNDO de hoy lo destaca con sarcasmo retorciendo un viejo principio del derecho romano: In dubio, pro rico, dice parafraseando aquella máxima que recomienda sentenciar a favor del reo cuando no está clara la prueba.

Y es que la justicia, como diría una vez más mi amiga doña María, también es mu correlativa. Temblaba el Duende cuando, tiernecito aprendiz de picapleitos, oía de sus maestros otra máxima de Justiniano que consagraba el riguroso, pero inexorable peso de la ley. Dura lex, sed lex, proclamaba solemne su profesor de Derecho Romano. Debió de escuchar mal. Perdida la edad de la inocencia, ahora está convencido de que lo que en realidad le querían decir es caradura lex, sed lex.

Los Reyes Magos ya cabalgan por internet

Reyes Magos

(Foto de Kainita)

Se va a tener que ir preparando el Duende. En los dos últimos años le llamaban de EL MUNDO y le encargaban un artículo para ser publicado el día de Reyes. Será por la parte de niño que aún hay en él, incapaz de madurar. Nunca fue monárquico entusiasta, pero sí defensor del reino de la ilusión. Y no comparen, el hombrecillo con barbas y nariz de borrachín venido del norte contra tres magos errantes que tuvieron el detalle de mirar las estrellas y visitar antes al Mesías. Habrá que recordarlo: Navidad es natividad, nacimiento. Y que se sepa no rindieron pleitesía al nacido ni Santa Claus -apócope de Saint Nicholas- ni el reno, ni Isidoro Álvarez, que tiene que jugar a dos barajas: con los Reyes y con el bon hôme Noel, como le dicen en Francia. Allá cada cual. En Duende en particular está con los Reyes.

Tal y como está el patio, ya anticipa el Duende por donde vendrán los ataques a los Reyes Magos. A partir del pintoresco dato de que los meteorismos de una vaca lanzan a la atmósfera tanto C02 como el emitido por un coche en doscientos kilómetros -parece mentira, pero dicen que está científicamente probado- los santaclausistas argumentarán que el largo viaje de los tres camellos es un sopapo al espíritu de Kioto. Los camellos deben de ser más tragones que las vacas, y por tanto también emitirán más gases nocivos. Reforzarán esta crítica recordando además que el reno se alimenta básicamente de líquenes, sin duda menos flatulentos que la dieta del camello. Qué villanía, cuestionar el ecologismo de los camellos. A esta infamia se sumará otra puramente política. Mientras las monarquías están en retroceso, el poder unipersonal de Santa Claus se asimila cada vez más al del vehemente coronel Chávez, a estas horas probable presidente vitalicio de la República Bolivariana de Venezuela. Ambos visten de rojo, están orondos, y pretenden aplicar su particular revolución. La del locuaz don Hugo, de signo socialista, la del santa, capitalista. Sólo le falta a éste tomarse la revancha que le tiene guardada a don Juan Carlos y espetar a los tres reyes de Oriente: ¿Y por qué no os calláis vosotros, que lleváis veinte siglos mangoneando?

Bueno, pues no le va a hacer falta al Duende exprimirse el cacumen. El llamado duende del Duende ya se le ha adelantado, y le ha pasado un bien elaborado y divertido repertorio de razones para pararle los pies a Papá Noël y devolver a los Reyes Magos de Oriente el prestigio y la adhesión popular que nunca debieron perder. El argumentario ya está colgado en la red. Pinchen la dirección adjunta y apúntense a mantener una tradición que aún nos sigue quitando el sueño la noche del cinco de enero. Si no, sus hijos y nietos se lo perderán.

Carcajodido, pero contento

Capi y Duende No es que sea un carca y esté jodido -fastidiado diría el Duende, que trata de ser bien hablado. Ni que se ría uno mientras fornica, o viceversa. El Duende tiene por norma no hablar de intimidades. Lo que pasa es que hoy toca la Carcajoda, y este invento, que se asoma primero en la edición digital de EL MUNDO, al fin ha llegado a este blog. Habilidades de Juan, ingeniero en la distancia, pues tiene su puesto de trabajo en Düsseldorf. La cosa es que el Duende lo graba., y luego se olvida de ello. Y no lo había escuchado, montado como Dios manda y con las músicas y efectos que incorpora el técnico de sonido que es el Capi -este hombre vale para todo- hasta hoy.

Y aquí, en la soledad de su cuarto de trabajo, el Duende se ha carcajeado. Y se ha quedado contentísimo.

No tendrá la difusión de la radio, de acuerdo. No es Mahoma el que va a la montaña, sino la montaña -el visitante del blog, que es más importante- la que tiene que ir a Mahoma. Clikear por internet es algo más lioso que sintonizar el dial y esperar a que hablen o pongan música. Pero todo tiene su compensación: el oyente de internet recibe un producto más auténtico, fresco y espontáneo.

En el pequeño estudio donde nos reunimos por las mañanas y, como las gallinitas, ponemos dos o tres huevos, no nos ve nadie. Ahí no dependemos de una emisora que tiene sus dueños o sus gestores, y que deben pastorear a los suyos por prados apacibles, y no por cañadas oscuras. Tal vez pondrían caras raras al escucharnos. Pero no importa, porque no están. Ahí inventamos sobre la marcha. Porque no hace falta que sea vero, sino ben trovato. Y aunque no haya existido nunca un tal don Probo Alegre, titular de la cátedra de Teoría del talante y de utopías aplicadas de la que fue alumno distinguido el presidente Zapatero, y nadie tenga la partida de nacimiento de Roque Bonilla, de Potota Ansona y del becario Macario, especialista en deportes, estos personajes no son mentira. Como decía el novelista, esta historia es real, porque la imaginamos y le pusimos voz.

Corra la idem. Que sus pariente y amigos entren también y se lleven un sorbete de actualidad variada y ligera, sin sofocones ni otros duelos o quebrantos. Una vez al día, en la página de EL MUNDO, en el blog del Capi o en este suyo dejen volar la imaginación y sonrían. Si no carcajodidos, quédense al menos contentos.

Carcajodas sin malicia

La Carcojada

Apunte estos neologismos, que son auténticas perlas: Cagallero. Noble o hidalgo que cabalga con el vientre descompuesto. Putano: gas que comercia con su cuerpo. Culapso: transcurso de tiempo durante el cual el culo no se ha usado para nada. Intetar: procurar coger los pechos de la novia con el pretexto de que se es huérfano y la vida ha sido muy dura con uno. No raya el ingenio del Duende tan alto como para ser autor de estas ocurrencias. Proceden del Diccionario de Coll, de donde, por cierto, se ha tomado prestada la carcajoda que desde hoy se puede escuchar entrando en la edición digital de EL MUNDO. Vuelve la viñeta sonora, la pincelada de humor matinal que durante años el Capi y el Duende dejaban en RNE. Vuelve con el visto bueno, supongo, del creador de la palabra.

La definición que inventaba el maestro para carcajoda -la digo de memoria- no gustará mucho a las feministas, pero tampoco está exenta de gracia: dícese de la risotada del amante cuando en la coyunda ella revela que es la primera vez. La carcajoda de EL MUNDO no será tan procaz. Se conformaría con lograr la risa o la sonrisa que agrada, pero que también puede fastidiar.

Pero sólo poquito.

Coll era un humorista muy completo, puesto que además de actor, guionista y novelista inventaba palabras. Como el tertuliano aquel de La colmena de Camilo Jose Cela, pero más originales y divertidas. Nunca se sabrá si el surrealismo deslumbrante que habitaba bajo la chistera y el bombín que simbolizaban al dúo genial era de José Luis o de Luis Sánchez Polack. Quizá éste acumuló más simpatías populares, pues era un loco maravilloso en estado puro del que nunca se escuchó nada amargo. A Coll en cambio se le avinagró el humor con los años. Se enfadó con mucha gente, y parecía que el mundo había dejado de caerle bien. Se quejaba de los cuentachistes y, supongo, también de los imitadores. O sea, de los que transitamos con cazamariposas por los arrabales del ingenio.

A propósito, el Duende nunca se ha considerado un humorista. Mejor dicho: no sabe lo que es eso. Repara en las cosas que le hacen gracia y trata de capturarlas, reelaborarlas y jugar con ellas. Algunos de los malabarismos verbales de Coll le fascinaban. Hace unas semanas, jugando a ser él y a enriquecer el Ñiccionario que pretenden editar Javier Capitán y el Ciudadano García, acuñó un nuevo término del que está orgulloso: Ozonopiño: diente que se le ha caído al ozono por el agujero de la capa. Aquí todos tratamos de aprender de los maestros. Uno acaba siendo sólo una ensaladilla rusa de buenos humores ajenos.

Podrán saber algo más de estas carcajodas en el un post de hace tiempo. Se titulaba Vamos a divertirnos. Esperamos no defraudar. Ni a los lectores de este blog ni al inefable, y nunca suficientemente valorado, Jose Luis Coll.

Lea el post anterior con buenos ojos

El post anterior era un artículo que nunca le publicaron al Duende. No es el único, claro. Pero uno, que no es un dechado de perspicacia, se dio cuenta de que más que políticamente incorrecto, era incómodo. Aludía a las esquelas como esa badila que remueve el cisco de un brasero lamentable en nuestra historia reciente. ¿No hay muchos periódicos que podían haberla manejado con más mesura?

Lo mandó a dos periódicos, y ambos lo lanzaron a la papelera. Uno de ellos se excusó con el peregrino argumento de que hablaba demasiado de la competencia, como si lo que uno sugiere de ella fuera precisamente elogioso. Al margen de la opinión del autor sobre la memoria histórica, el Duende advirtió que criticar estas esquelas -que habrán dejado una fortuna en las cuentas de publicidad- es como subrayar la inmensa hipocresía que encubren los anuncios de putiferio. Qué pocos periódicos les hacen ascos.

No le gustaría al Duende que el post anterior levantara la polémica del ombligo de Ibarreche. Si se lee con ojos serenos, coincidirán en que hay tema para comentarios con sólo repasar las muchas esquelas pintorescas o incluso divertidas que uno recuerda. Pero si, a pesar del deseo del Duende de provocar más sonrisas que urticarias, se quiere destilar opinión sobre el espinoso tema de fondo, ruego al lector que se fije sólo en último párrafo, que juega con los versos de John Donne. Aquel que ve el vaso medio lleno, y recuerda que, si las esquelas fueran campanas, hoy deberían repicar. Paz y buen humor, por favor.


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