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No te mueras nunca, Audrey

Cada vez que queremos huir de la nostalgia, regresa Audrey Hepburn y vuelve a atraparnos...

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La nostalgia será un error, cierto. Y sólo mirar adelante tiene sentido. Pero el caso es que despierta uno este domingo dispuesto a la catarsis necesaria y  lo primero que escucha es la voz de Audrey Hepburn recién salida de la ducha cantando Moon River.

 Ya lo ha señalado este bloguero en otras ocasiones, es una de las escenas de más ternura que recuerda en la otra vida que era el celuloide. Ella allí, en albornoz, sentada en la escalerilla de incendios de un bloque de Manhattan, abrazada a una guitarra mentras encandilaba al universo con su cara de ángel, si es que los ángeles tuvieran sexo. Ella allí y el Duende joven aquí, tan lejos de cualquier paraíso, en el insignificante Madrid de la época, casi imberbe, estudiando ese coñazo inmisericorde que se llamaba Derecho Procesal mientras perseguía la sombra huidiza de las muchachas en flor. Qué injusticia. Para qué carajo quería uno el derecho procesal cuando lo que necesitaba era salir con ella.

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La inmortal Audrey anunciaba que EL PAÍS regalará durante los domingos que haga falta las mejores películas de nuestra época, las indispensables, las que, entre otras cosas, nos hacen pensar en los momentos de debilidad que no todo cualquier tiempo pasado fue peor. Hepburn, Peppard, Blake Edwards, Henry Mancini, Desayuno con diamantes. El desayuno del bloguero no llega a tanto. Un café, unas tostadas y unas cuantas ilusiones.

Entre ellas, la de desembarazarse definitivamente de cualquier compromiso sentimental con el pasado. Tirar por la borda todo lo que ya no puede ser. Pero va la SER y para arreglarlo lanza a Plácido Domingo cantando Maitechu mía, una de las grabaciones contenidas en el doble CD de melodías eternas que no debemos dejar de comprar.

Joder con la modernidad. No las tiene todas consigo, y al cabo casi recela tanto como este bloguero de lo que está por llegar. Tanta apología del futuro para acabar sujetándonos con los lazos de siempre. ¿No será otra milonga?…

Por si acaso, please, Audrey, no te mueras nunca.

Películas pequeñas

Para hacer una crítica de una película, pequeña o grande, no hace falta hacer un alarde de erudición1

De vez en cuando los críticos de cine descubren una película pequeña. No se trata de un cortometraje, ni de cine para niños. Tampoco de un filme necesariamente de producción barata, por más que en la mayoría de los casos así sea. Llaman así a las películas sin pretensiones, amables, fáciles de ver y de entender. De las que no buscan hacer filosofía ni revoluciones, arreglar el mundo o contribuir a la náusea universal fustigando nuestras conciencias. A lo sumo, fina ironía y sátira que se queda en cosquillas.

No suelen firmarlas cineastas de renombre, y raramente actúan en ellas actores oscarizables. Nos cuentan la vida de un guardagujas, los amores de una peluquera o la vida en un aburrido pueblo de Gales o en un cuartelillo de la Guardia Civil.. Salen actores gordos, ancianos que cultivan sus flores y hortalizas con verdadero mimo, señoras cocinando salchichas, trenes de cercanías,  niños que tiran piedras al río, conflictos de portería y demás cuadros costumbristas que, por puro contraste con el mundo que podemos ver diariamente a través de los medios, provocan la sonrisa y despiertan la ternura. Tras muchas de esas películas pequeñas  hay talentos notables, y generalmente bastante más sensibilidad que la que necesitan Oliver Stone  o James Cameron para arrasar con sus superproducciones.

Es bueno interpretar igual nuestros días. Cada despertar viene a ser una película, y últimamente al bloguero no le alivian más que las películas pequeñas.

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Ayer se encontró en el supermercado a Homper, que metía en su carrito dos cartuchos de Filipinos.

-Nunca imaginé que una simple rosquillita de galleta bañada en chocolate me pudiera suponer tanto- se excusa como si aún fuera un niño.

El Hombre Perplejo es un alter ego disciplinado. Sostiene que lo que ve y escucha cada día del mundo alrededor  la hace sentirse en el epicentro de un cataclismo,  y que sólo busca sus particulares películas pequeñas para seguir manteniendo la afición a la supervivencia.

-A Dios me lo escondieron entre brumas. A la patria me la borraron. La política y la economía, a las que adorábamos como si fueran el becerro de oro, se derrumban tal que un castillo de naipes. Al amor me lo ha bastardeado el egoísmo de este ser humano que se cree el rey del mambo. Ya sabes, tantos derechos le han hecho perder el oremus. Y ahora, con lo de Grecia, hasta la democracia parece haberse vuelto gilipollas.

El día le ha deparado, amen de otras malas noticias, un insulto a la dignidad llamado Txapote y el referéndum de Papandreu, una buena solución para que el pueblo griego pegue patadas a la desvergüenza  de sus políticos en el culo del resto de Europa.

-Ya ves –concluye a la manera de Groucho Marx- Cuanto más conozco a la especie humana, más necesito la droga de mis Filipinos.

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El bloguero agradece tanto las películas pequeñas como las críticas pequeñas. Sobre la función de la crítica se han escrito muchos libros,  pero ahora que se redimensiona todo, bueno sería que los plumillas que se ocupan de este menester  recordaran que una de sus funciones es guiar al ignorante.

El bloguero reconoce que una de sus  contadas claudicaciones al sadomasoquismo es leer las críticas de cine en EL PAÍS. A excepción del valiente Carlos Boyero no hay ni uno solo de su equipo de críticos que desperdicie la película más tonta para dejar un poso de su sabiduría en un ensayo que se adentra en muchos laberintos sin aclarar al final si la película es buena o mala, divertida o aburrida, para frívolos o para torturados, para verla en compañía de de niños o mejor con  gerentes de pompas fúnebres. Desesperantes. El marqués de Betanzos, que fue quien inventó el neologismo de eruditos a la Googleta, les diría  ahora a estos cátedros eruditos a la claqueta.

Afortunadamente hay en la red otros críticos sin pretensiones que hacen de la síntesis y la claridad su norma. Busquen la web de El cine según Atticus y descubrirán con Pepe García Berdoy muchas películas, grandes o pequeñas, comentadas con sensibilidad y con criterio. Another year y Criadas y señoras han sido dos de sus últimas recomendaciones más que atinadas. En tiempos de zozobra, nada como zambullirse en la fábrica de sueños sabiendo que el sueño va a ser de nuestro gusto. Fuera, en la vida de verdad, hace demasiado frío.

 

El vaso de Nerón y otras joyas de nuestra cultura

De las extravagancias de Nerón cualquier escritor audaz puede hacer un best seller...

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Una arqueóloga descubre entre las piedras sillares de un viejo molino un pequeño cofre que contiene un vaso de vidrio y en su interior un parche para ojos tuertos. El vaso lleva grabado la letra N, mientras que en la cinta del parche se adivinan las iniciales A.M. C. El extraño hallazgo excita la curiosidad de Genarina, que en realidad buscaba en la zona  restos iberos. Genaranina está obsesionada por la incidencia de los fenómenos paranormales en el curso de la historia, de manera que se pone a a investigar y después de dos décadas tirando del hilo llega a la conclusión de que el vaso, que por la calidad de su vidrio se puede datar en el siglo I de nuestra era, es el que usaba Nerón para guardar sus lágrimas. Desde Quo Vadis, efectivamente, toda la humanidad sabe que el emperador, aunque fuera cruel, también era llorica.

Por otra parte, el parche de ojo resulta ser el de Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli. La coincidencia  parece un absurdo, pero Genarina sigue estudiando el caso y un día comprende que Nerón, arrepentido de haberse portado tan mal con los cristianos de Roma, fue abducido por las fuerzas del bien residentes en Paramia, una estrella situada a tres millones de años luz, y realizó un viaje astral de quince siglos para entrar en contacto con esta afamada tuerta, a la sazón amante de Antonio Pérez y muy cercana al rey Felipe II. La princesa había ofrecido al rey prudente los servicios de un Nerón reconvertido para hacer una Contrarreforma en toda la regla, con el rigor y la severidad que exigía la herejía luterana. Una labor para la que el desalmado emperador romano, que sólo tendría que cambiar la dirección de su innata vesania, era el baranda indicado. El papa y el católico rey de las Españas se encomendaron a Dios y dieron el visto bueno, porque, como subraya el propio libro, “el fin hay veces que justifica los medios”.

Pero la CIA, que desde hace diez años ha rehabilitado en secreto la máquina del tiempo de H. G.Wells, media en el asunto. Tiene reservada para la intrépida pareja la misión de infiltrarlos en La Meca  y generar desde allí una célula de activistas que acabará con Al Quaeda. El hombre clave es su agente Brad Trochows, educado a los pechos de la Stasi y más tarde de de Putin  y vendido a los a yankis por un duplex en la Quinta Avenida, un paquete de acciones de Walt Disney Produccions y la colección de bragas de Mae West que ha cedido generosamente para el soborno el rijoso millonario Alistair Sobornes. (A cambio, todo hay que decirlo, éste obtendrá la licencia de explotar una mina de diamantes en la Libia de Gadaffi, a punto de caer). Sin embargo, cuando Brad inicia el conjuro utilizando el vaso de Nerón, un inoportuno estornudo le provoca un movimiento brusco, el vaso cae y la joya arqueológoca queda rota en mil pedazos, dando al traste con la operación.

La solapa del libro advierte que es “el nuevo fenómeno editorial de la novela de historia-ficción, un original e inteligente recorrido por las zonas más oscuras de la historia de la humanidad trenzada con una apasionante trama de intrigas, espionaje y misteriosos asesinatos ”, y asegura que ahí se desvelan las claves del amor lésbico que se sospecha que mantuvo Cleopatra con la cocinera de Marco Antonio, de la emboscada que acabó con Viriato, del asesinato de Rasputín y de la extraña muerte de Michael Jackson, aparte de apuntar pistas solventes para resolver el viejo problema de la cuadratura del círculo y de la piedra filosofal. Todo por sólo veinticuatro euros.

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El vaso de Nerón, que así se llama la novela, está firmada por Adriana Nevol, pseudónimo de Petra Gómez, periodista muy de izquierdas que pasó diez años de corresponsal en Moscú y veinte años predicando el marxismo-leninismo hasta que comprendió que la cosa ya no vendía un clavel, y que la mayoría de sus coleguis ponían un dedo al azar en el calendario de la historia, elegían un personaje más o menos conocido, investigaban en todo aquello que nadie había investigado nunca y que parecía poco probable que fuera investigado y se ponían a escribir una novela histórica que el público recibía con entusiasmo.

-Porque desengáñate, Petra-le dijo la ejecutiva de su editorial-La literatura pura es como agua que se escurre entre los dedos. Y la gente quiere aprender, aunque sólo sean tonterías.

La editorial apostó fuerte por El vaso de Nerón,  y hasta produjo un spot para la tele en la línea de esos trailers de películas de Hollywood que mezclan mitos, historia, verdad, ficción, churras, merinas, sinfonía de efectos especiales, algún guaperas como Johny Depp y Angélica Jolie y luego arrasan en taquilla.

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Al siempre susceptible Homper también le impresiona la manga ancha  con que ahora se cocina  la cultura que nos invade. Digamos que de este vale todo espiga como positivo el “algo queda”. Del famoso fenómeno El código Da Vinci él no entendió casi nada, y más bien le pareció una patraña o, como dice el castizo, una paja mental. Pero evidentemente sale a la palestra Leonardo y el supuesto misterio de su Última Cena.

-Menos da una piedra-se dice.

Y la transversalidad como método, que tanto vale para la educación como para la divulgación o la creación literaria O sea, empezar hablando del parche del ojo de la Princesa de Éboli y acabar, no se sabe cómo, en la lucha contra el terrorismo islamista. Amplitud de miras, curiosidad, imaginación y audacia sin límites para encontrar un hilo conductor más o menos verosímil y saltar sin barreras de un asunto a otro. El resto debería ser calidad. Pero más probablemente es promoción o pura suerte.

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Preocupado de que su estupefacción permanente acabe arrojando un saldo negativo o pesimista de su visión de las cosas, Homper se permite recomendar dos nombres de escritores que, lejos de la frivolidad voluntarista de Petra Gómez (perdón: de Adriana Nevol) hacen de sus escritos un viaje cultural siempre instructivo y a menudo fascinante.

Uno es Antonio Muñoz Molina, que hasta en sus artículos de crítica literaria –léase La fiesta interrumpida en el suplemento cultural de EL PAÍS de este último sábado- entretiene, deleita y enseña. Otro es Andrés Trapiello, un verdadero superdotado que tanto escribe poesía y gana premios de novela  como es capaz de elaborar en Las armas y las letras un magnífico ensayo histórico sobre nuestra guerra civil. No la cuenta él, la cuentan los periodistas y escritores, muchos de ellos desconocidos para el gran público, cuyos trabajos ha glosado con la curiosidad y el rigor de un auténtico erudito. Cuántos mitos destruye su investigación, y qué sorpresas se lleva uno leyéndolo con detenimiento. Homper ha encontrado con este libro mucho más placer que con muchos best-sellers. Pero tampoco se dejen llevar por sus consejos. Hay que descontar que, además de Hombre Perplejo, es algo rarito…

 

Tristeza, balcón y gato

No le busquemos demasiados pies al gato...

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Mientras Obama se mosqueaba con la vieja Europa y la regañaba por no saber cómo combatir la crisis, algunos se entretenían analizando una foto de la ministra Carmen Chacón con la piernas cruzadas.

Presuntamente cruzadas, debe añadir este bloguero. Según algunos observadores maliciosos,EL PAÍS había trucado la foto, jugando con las piernas de la ministra para que parecieran otra cosa que lo que en realidad son. No se sabe si para favorecer su imagen o para fastidiarla y agradar a Pérez Rubalcaba, que le disputó la candidatura del PSOE y ahora es el favorito del periódico.

El Duende, alertado por un confidencial que denunciaba que ahí había busilis,  pasó un buen rato ante  la foto. Se acordaba de una extraña corbata de seda estampada que durante años se exhibió en el escaparate de una tienda de la calle Alcalá, junto al Teatro AlcázarEn el estampado de la corbata, bastante fea por cierto, se veía a una dama mirándose ante un espejo. Y a su lado, un letrero: “No es lo que parece”. El Duende se la quedaba mirando un rato y de repente, por no se sabe qué macabro efecto óptico, la dama ante el espejo se transformaba en una calavera. El Duende en este caso vio las piernas de la ministra algo forzadas por el deseo, tan femenino, de lucir lo mejor posible. Pero no advirtió nada raro en la foto.

Pensó que a veces nos empeñamos en buscar cinco pies al gato a casi todo.

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El día de un hombre jubilado se llena con experiencias variadas. Por ejemplo, con paseos, gestiones en la calle, conversaciones llamadas telefónicas, apretar los tornillos a la butaquita giratoria de IKEA en la que se sienta para escribir, pequeñas compras para la supervivencia, recuerdos que van y vienen y observaciones varias. También con noticias que a veces son buenas y, más frecuentemente, malas. Aparte de la bronca de Obama y de las piernas de la ministra Chacón, el día de ayer le sorprendió al Duende con una noticia tremenda. Unos amigos que habían sufrido la muerte de una nieta hace tan sólo cuatro cuatro meses, perdían en accidente de coche a otro nieto que estaba estrenando la juventud.

-Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa- dijo Woody Allen, probablemente en una ocasión como esta.

Dolor, indignación, confusión, tristeza. Vana curiosidad: ¿quién le explica a uno todos los trágicos porqués que nos va planteando la vida?

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Para momentos así, el Duende tiene un remedio impagable. Es sólo un balcón. Mejor dicho, algo más: es un horizonte panorámico, un paisaje que tiene historia y que probablemente alienta muchas pequeñas historias de los que ahí viven. Oxígeno para el alma aturdida. El horizonte abarca desde  los edificios históricos del viejo Madrid hasta su pequeño palomar, con el Manzanares de por medio, mucho arbolado y un pinar  que se extiende a sus pies.

-¿Y por qué pasan estas cosas?-suspira asomándose al balcón.

Se acodaba ayer en su barandilla y miraba el panorama mientras por dentro seguía hurgando en sus porqués. Creyó que las lágrimas le iban a nublar la vista, pero pudo distinguir entre los pinos a un gato negro  que retozaba con un papel que volaba al soplo del viento. Cuando el minino se cansó, se tumbó a dormitar entre la pinaza y la hierba seca. Cuánta paz ajena a cualquier dolor respiraba el momento. Entonces el Duende se acordó de Morito, el gato negro que ya vivía en la casa de sus padres cuando él nació. Morito ronroneaba junto al fogón de leña, y luego se estiraba y afilaba sus garras en las patas de la mesa de la cocina. Era muy manso, muy bueno, y se dejaba acariciar con el mismo mimo con el que ahora repasa uno sus recuerdos de la infancia.

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Caía la tarde. El gato negro del parque  seguía sesteando en la última mancha de sol mientras cruzaba volando una de esas bandadas de cacatúas verdes que ya se han hecho madrileñas. Y de repente la mirada hacía de ungüento: la vista le consolaba, el gato le distraía, la memoria le sonreía. Y aunque la trágica noticia le pesaba en el alma, sentía un cierto alivio. Quizás haya que aceptar con naturalidad que la carne de la vida se meche de amargura. Y respetando el sufrimiento ajeno, puede que  no haya más remedio que contemplarlo como la foto de la Chacón, sin sacar cinco `pies al gato del destino que nos entretiene.

(*) Hay quien busca “tres pies al gato”. Incluso parece que el propio Quijoteutiliza esta expresión. Pero huroneando en internet constatamos queSebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana mantiene que llo correcto y lógico  es hablar de cinco. Y lo legitima en verso: El normal, cuatro presenta/ Tres, si le falta una sola/ Y cinco si, quien la cuenta,/ toma por pata la cola

Otro 18 de julio

¿Les sigue doliendo tanto a los alemanes la 2ª Guerra Mundial como nos duele aún a los españoles nuestra guerra, que queda más lejana?

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Inflamado de patriotismo, Dalmacio se vistió con su viejo uniforme de sargento de infantería, metió la pernera de los pantalones abombachados por dentro de las botas, se caló el gorro cuartelero con el borlón colgante, ciñó su correaje y sacó de la funda de pistola su Astra reglamentaria.

-Por Dios y por España –murmuró mientras la cargaba de balas – Ya está bien de asistir impávidos a la destrucción de la patria. Se va a enterar ese rojazo de lo que es un soldado de la 2ª Bandera de Castilla.

Se miró al espejo mientras retorcía la punta de sus bigotes, montó el arma y apuntó al frente, como si él mismo fuera el vecino al que tenía que matar.

-¡Viva Franco! –gritó- ¡Arriba España!…Muere, cabrón, por comunista y por masón.

Y simuló con la boca los tiros que pensaba descerrajar al enemigo que esperaba tras la puerta.

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Al otro lado, Miguel repasaba los cargos  contra el faccioso que vivía enfrente. Era monárquico confeso, perteneció a una familia de terratenientes que mangoneaban en la cooperativa de aceite de un pueblo de Jaén, iba a misa, se puso a defender al cura en una de las quemas de iglesias y por si fuera poco se proclamaba simpatizante de la CEDA.

-Es un traidor a laRepública. Así que si no se lo apiola la Brigada del Amanecer haremos justicia nosotros-dijo mientras abría el arcón donde guardaba el equipo con el que se hizo la última foto de campaña. A saber, el mono, el correaje, las alpargatas, la gorra, el mosquetón Mauser con la bayoneta.

-Eso de la bayoneta calada acojona mucho- farfulló- Además le diré que al párroco de mi pueblo le torearon y le estoquearon con un bayonetazo en todo lo alto, porque el volapié con la espada se hace muy difícil con  los curas, carajo.

Sacó un viejo disco de pizarra de su funda de papel  y lo puso en el plato del pikú. El disco empezó a girar.  Con mucho cuidado el miliciano posó el brazo de la aguja sobre  su borde y tras el sonido de unos chisporroteos empezaron a escucharse por el altavoz los acordes de La Internacional. Miguel se anudó al cuello un pañuelo de la CNT, colgó el fusil de uno de sus hombros,  levantó el puño de la mano derecha y al grito de viva la República y muerte a los fascistas abrió la puerta de su casa dispuesto a llevar a cabo la histórica misión de liquidar al vecino de enfrente.

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Los dos ancianos se encontraron en el descansillo y se dieron los buenos días. Dalmacio salía en ese momento del ascensor, y  traía bajo el brazo el ABC y EL PAÍS.

-Tome –dijo ofreciendo este último periódico a su vecino- Hoy se lo regalo yo con mucho gusto.

-¿Por ser el setenta y cinco aniversario del inicio del golpe de estado de los suyos?…

-Del Alzamiento –corrigió Dalmacio con una sonrisa- No, no. Le seré sincero: se lo subo como hago todos los días, porque yo soy madrugador y buen vecino. Pero hoy acabo de darme cuenta de que se me ha olvidado comprar el brick de leche.

-Anda, la leche, tiene gracia.

-Ya sabe –explicó Dalmacio bajando la mirada-  Desde que murió Agustina no me acostumbro a la idea de que he de hacer la compra yo solo, y se me ha olvidado que se me acabó la leche.

-La buena leche, querrá decir-matizó Miguel.

-Ya, comprendo-admitió el viejo soldado conteniendo una risa- El caso es que no me apetece un pimiento salir ahora para  poder desayunar mientras leo el ABC, como acostumbro. Así que, si le sobra,  le cambio un brick de leche por su periódico, que hoy vendrá con mucha memoria histórica de esa que tanto les gusta a ustedes…

-No me joda, Dalmacio, no me joda…-dijo Miguel con sorna mientras reabría la puerta de su casa para dejar su periódico.

Se hizo un silencio y los dos veteranos se miraron frente a frente. Dalmacio estaba delgado como un sarmiento. Mantenía su bigote con las guías en punta, pero estaba completamente calvo y llevaba unas gafas de culo de vaso que a Miguel le recordaron las que llevaba el general Mola. Miguel conservaba en cambio todo el pelo, blanco como el frente de Teruel de aquel endemoniado invierno donde se le congelaron los tres dedos que le faltaban en un pie.

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-¿Sabe lo que le digo?-dijo el viejo miliciano- Que me han mandado unas perrunillas de mi pueblo se me van a enranciar como no las despabile pronto. ¿Me deja que le invite yo a desayunar?

Dalmacio se quedó estupefacto.

-Es café de puchero, naturalmente-precisó Miguel- Como el que hacíamos en el frente.

Dalmacio vaciló. Jamás había traspasado el umbral de la puerta del vecino deln4º A. Ni aún cuando murió Manuela, la compañera de Miguel, que salio de casa para enterrarse en el cementerio civil a finales de los años noventa. Pero ese era un día muy especial, había dormido mal, con pesadillas. Soñó que revivía el glorioso alzamiento, y que él, que era un hombre pacífico, tenía que vestirse de guerrero y matar rojos. Por cojones. Luego se desveló, puso la radio y donde no recreaban como en un serial el 18 de julio de 1936 recordaban el aniversario de lo que él creyó que era una cruzada contra el mal y luego resultó ser una burrada y una carnicería, como todas las guerras.

-Se lo agradezco, Miguel. No sabe la pena que me da desayunar solo- dijo mientras atacaba la primera perrunilla con su dentadura desguarnecida y observaba los carteles de guerra y la reproducción del Guernica que ilustraban el comedor de su vecino.

-No me lo agradezca. Esta noche soñé que me volvía a poner el mono de miliciano para liquidarle a usted, que era el faccioso que me quedaba más cerca. Además, a mí también me da por culo la soledad.

-Vaya, qué coincidencia-dijo Dalmacio-Ahora sólo nos matamos cuando padecemos pesadillas, y no por tener ideas distintas…

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Se liaron a hablar de esas cosas raras que eran los ideales. Y con los ideales, también de las equivocaciones. Y, de las equivocaciones, las heridas que dejaron estas. Y de las heridas pasaron al  rencor, y luego del rencor, a la amargura. Y de la amargura, el desasosiego permanente de aquella guerra que había empezado hacía setenta y cinco años y que, aunque los que la hicieron la daban por concluida seguía alimentando eso que ahora se llama siempre  el debate político. Político tenía que ser el dichoso debate, como si no hubiera otros problemas que solucionar.

-¿Y si no leemos los periódicos de este 18 de julio?-sugirió Dalmacio.

-¿Y si damos por bien perdidos los dos euros y cuarenta céntimos que me han costado?-dijo Dalmacio mientras tiraba el ABC y EL PAIS a la papelera.

Y los vecinos se comprometieron a no leer más periódicos ni ver o escuchar más informativos del 18 de julio hasta que este día dejara de ser un tormento en su memoria. Y aunque no hay pruebas de que a partir de entonces los que antaño fueran enemigos mortales pasaran a ser amigos forever, parece que luego del desayuno compartieron unos chupitos de aguardiente del pueblo de Dalmacio, y luego a la tarde vieron juntos en el DVD de Miguel La diligencia de John Ford, que era otro monumento al valor y a la hombría,  y Éxtasis, que era una película de esa época ominosa en la que aparecía Hedy Lamarr  bañándose en las aguas completamente desnuda. Pues afortunadamente, y pásmese el lector,  todavía hay algunas cosas en las que  la que los españoles de distintas ideologías  suelen coincidir sin mayores problemas.

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Lo que aún no ha contado Wikileaks

Los líderes políticos se preguntan, con cierta razón, si la libertad de expresión y la libertad de filtración no se estarán pasando...

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Qué triste vivir atormentado por la sombra de una sospecha, por el remordimiento, por el sentimiento de culpabilidad. Qué insufrible salir a la calle y tener la sensación de que todo el mundo está leyendo en el fondo de tu alma y conoce los secretos que más quieres ocultar. Qué tortura ver en cualquier  ciudadano con el que te cruzas a un juez togado que te mira fríamente mientras frunce el ceño y con cara  de calamar impasible lee su sentencia.

-Culpable. Se le condena a…

Nadie, ni los gatos de la calle, tan discretos y respetuosos, parece observar el principio de presunción de inocencia. Qué dura la vida de quien tiene que hacer doble vida.

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Un agudo acotador de la actualidad disfrazado en plan Mortadelo como castaño de Indias lo hubiera constatado aquella mañana. Al igual que cualquier otro día, se podía ver a oficinistas diligentes vestidos de oficinistas diligentes que atravesaban el parque para dirigirse a su trabajo.  También a algunos buscones discretos que esperaban en lo más umbrío del jardín su encuentro con el amor oscuro. Y, cómo no, a los practicantes de “jogging”. Corrían en todas las direcciones.

Pero al ojo crítico no le pasaron inadvertidas dos figuras que avanzaban en dirección contraria. Ella era una chica  rubia que  vestía un chándal verde y corría como una gacela. Él, como tantos diplomáticos, era de los de trote cochinero: el chándal de Armani, eso sí. Pero sólo para mantener la forma sin aburrirse tanto como los colegas que pagan un gimnasio carísimo y hacen kilómetros  sobre una monótona cinta rodante.

Ambos se iban a cruzar, pero cuando se encontraron sus miradas, ralentizaron el paso. Y, sin  conseguir disimular el por qué, cambiaron su rumbo y tomaron direcciones opuestas.

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Fue el oprobioso complejo de culpa. Si, a tenor de los últimos acontecimientos, impregnaba éste a toda la sociedad, que veía caer a otro mito -la única flor y nata que le quedaba ya a aquel país tan venido a menos- cómo no iba  a pesar sobre ellos, que al fin y al cabo eran atletas.

Ella, además, al igual que la otra gran protagonista de la Operación Galgo, también se llamaba Marta. Y aún no había tenido tiempo de pasar por la peluquería y cambiar el tinte de su cabello por otro menos llamativo. Recordó horrorizada el final de la noche en que conoció a aquel apuesto diplomático norteamericano. No es que se gustaran al primer golpe de vista. Es que se emborracharon juntos, se olvidaron de sus respectivas vidas, se acostaron en la misma cama  y ya al amanecer, antes del último envite  de la pasión, esnifaron una rayita de coca.

-¡Qué espanto!-pensó Marta- Se sabrá todo…Y acabarán desposeyéndome de la medalla que gané en la Carrera por el Corazón Sano que organizamos en la urba…

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Pero más graves aún eran los motivos que angustiaban a Edgar Templeton, diplomático, y espía. Vivía sin vivir en él desde que saltó Wikileaks porque,  aunque había arrancado secretos de alto valor estratégico sobre los narcos colombianos, los nuevos ricos del petróleo rusos, las mafias chinas y el preocupante nuclear de Irán y de Corea del Norte, lo que más le inquietaba aún no había visto la luz.

-Con todas mis informadoras tuve la precaución de acostarme a oscuras-pensó.

Pero el encuentro con aquella dichosa Marta fue distinto. Con las demás  sólo servía al Departamento de Estado y al placer carnal. Con Marta había sentido además algo parecido al amor, y se había desinhibido sin tomar las debidas precauciones.

-Qué disparate-pensó mientras se abría la bragueta y se acercaba a la taza del retrete- Lo hicimos a plena luz, y ella lo vio. Me moriré de vergüenza…

Escudriñó todos los rincones de aquel cuarto de baño, buscando cámaras ocultas. Se temía que la bomba podía estallar de forma inminente. Pensaba que cualquier día de éstos, la filtración llegaría a EL PAÍS, y todo el mundo acabaría sabiendo que Edgard Templeton además de espía era agente doble.

Aún más: también se sabría que aquel hombre tan serio y competente, aquel diplomático ejemplar que tanto había arriesgado por la seguridad de Occidente, se había tatuado en el miembro viril la imagen de Hello Kitty.

Talese, José Luis Sampedro y las memorias de un vago

Siempre acaba encontrando uno un maestro que le enseña el camino. Aunque sea faltando...

Los blogueros son demasiado vagos, pero siempre hará falta un buen periodista que salga a la calle a escuchar a la gente.

No lo dice este Duende, lo dice uno que, según cuenta el suplemento cultural de EL PAÍS, es el padre del nuevo periodismo junto a Tom Wolfe. Se llama Gay Talese, ni puñetera idea de quién era. Aparece en las fotos del reportaje tan dandy retro como el propio autor de La hoguera de las vanidades, aunque menos refinado que éste, que siempre luce en las fotos vestido como si fuera un hermano del gran Gatsby. Del tal Talese, repite humildemente este vago, ni noticia hasta el domingo pasado. Un dato más de su incultura enciclopédica, y de ese prurito de los suplementos culturales en hacer monumentos a héroes desconocidos por la mayoría. Si escribieran de lo que le es familiar al resto de los mortales, perderían el discreto encanto de la progresía. Todos estos suplementos, como sus propios periódicos, cojean de algún pie. Y éste no es menos sesgado que otros. Pero uno cree haberle tomado la medida, y lo utiliza como referencia para triangular en el mapa ideológico y cartografiar la realidad. Más o menos.

Sin embargo, qué diablos, le ha molestado al Duende que un dandy con sombrero y traje de chaleco, chaleco de solapas, le llame vago. Vago y ciego, y sordo. Según él los periodistas investigan y curiosean, mientras que los blogueros vienen a ser algo así como periodistas de salón, sirenas varadas, jinetes estáticos, centinelas de nada. La verdad está en la calle, pero sólo para que tipos tan listos como Talese la observen, la atrapen con su fino instinto y nos la cuenten.

Ya lo sospechaba el Duende. Vaguea, eso es evidente. En el medio del camino de nuestra vida, que decía Dante, uno cree que ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Vamos a suponer que estamos en esa mitad de la vida de escritor de pildoritas, que esto será una moda que pase, que uno se fatigará y un día imprimirá todos los posts sólo para consolarse pensando que ha escrito tanto como un escritor.

-Hasta aquí –le dijo un día José Luis Sampedro abriendo la palma de su mano a la altura de su cadera- me llegaban los folios de Octubre, octubre cuando los puse en el suelo uno encima de otro.

El Duende le miraba asombrado. Coincidía con él en la SER, donde no callaba sus discrepancias con el sistema, y donde amistaba con las denuncias de espaldas al pueblo que hacía doña María.  Aquel hombre vitalista, rebelde y simpatiquísimo, entonces herido por la muerte reciente de su primera mujer, vivía solo, en un piso alto de la calle Andrés Mellado esquina a Cea Bermúdez, y escribía a mano. Desde su ventana se veían las cumbres nevadas de Guadarrama. Una o dos veces por semana tomaba un Llorente para ir a comer con su hija, que vivía en Pozuelo. Era la vida de un escritor que amaba su segundo oficio más que la economía, de la que tanto sabe y a la que nunca se cansó de lanzar reproches. Sanpedro, qué gran tipo. A él nunca le podrán llamar vago, como le llaman ahora al que entonces le visitaba con indisimulada admiración.

Más ironía, le acusan el mismo día que sube andando a la Bola del Mundo, una de las cimas de aquella sierra que el viejo maestro aún verá desde su casa. Camino de la Barranca, camino Ortiz, Camino de la Tubería…Le acompañan Belén Agosti y Begoña Ortúzar dos aguerridas mujeres que ni resoplan cuando los senderistas pierden el camino y coronan cumbre pisando piornos y manchones de nieve. Espléndido día, grandiosas vistas, preciosa marcha.  Es la ruta completa que, dos años atrás, tantearon bajo una lluvia implacable los lectores convocados por el Duende para conocerse y, tal vez, destruir el tinglado de su farsa. A todos se les recuerda en el camino: a Adela, Bob de Ca´s Barber, Wallace, Angelus Pompaelonensis, el Candil de la Sierra, Camiseta, Julián 29, Palinuro y señora…Todos caminaron también por este blog hasta que se dieron cuenta de que el abajo firmante es un vago. Y de que, a pesar de lo apasionante de la actualidad y de la vida misma, no sabe casi nunca de qué escribir.

La pu.. verdad

¿Quién le pone el cascabel a ese gato tan escurridizo que es la prostitución?...

¿Quién le pone el cascabel a ese gato tan escurridizo que es la prostitución?...

Antes, Esperanza Aguirre había roto el fuego diciendo que hay que quitarse la máscara de la hipocresía y regular la prostitución. Pero hoy Homper se ha quedado estupefacto leyendo que el vicepresidente Rubalcaba se ha atrevido a decir que casi habría que prohibirla..

-¿Te imaginas, tía? El mismo que en algún momento de su vida puede que  haya gritado eso de prohibido prohibir,  ahora habla como si fuera…

-Un hombre de orden-interrumpe la tía Clota- Dilo, no te muerdas la lengua, sobrino: un hombre de orden, que al fin y al cabo es lo que se espera de un ministro del Interior. Claro, que después de aquellas fotos del mercado de la Boquería no me extraña. Toda la vida hubo prostitución, pero no es agradable que en esta sociedad tan bonita que creemos vivir nos muestren tan crudamente el trabajo de las pilinguis

A Homper también le sorprende el pudoroso eufemismo de la tía Clota, que disfraza de pilinguis lo que ahora casi todo el mundo dice putas. Aprendió el vocablo en una obra de teatro de Alfonso Paso, y le hizo gracia. Aunque ahora la gente no se anda con rodeos, y tenga la puta en la boca tal que si el viejo oficio  fuera tan digno de pronunciar como el de maestra nacional.

-La verdad es que Rubalcaba puede tener razón.

-Puede –farfulla la tía Clota- Pero si le das a la mujer libertad para abortar…¿cómo vas a prohibir que use su cuerpo para ganarse la vida, aunque sea tan malamente? Además, una pilingui acaba con una erección, pero no con un fetito…La verdad, Hom…¡Qué difícil debe de ser poner leyes a todo esto!…

La verdad es que Homper tampoco lo tiene nada claro. La verdad es que es una ignominia la prostitución. Tan verdad como que habrá hombres que no habrán hecho más amor que el que pagaron de su bolsillo. También es verdad que aunque la inmensa mayoría de las profesionales lo son por necesidad, y a menudo esclavizadas por el proxeneta de turno, habrá putas de lujo encantadas con su oficio. La verdad es que las fotos de la Boquería eran un asco. Aunque fueran para denunciar lo asqueroso que es la prostitución callejera.

-La verdad es que lo que da más asco es que los que denuncian lo asqueroso del oficio se forren luego con los anuncios de las putas.

-¿De las pilinguis, quieres decir?- subraya con malicia la tía Clota- habría que prohibirlos.

La verdad es que la liarían. Y los periódicos volverían a denunciar a un gobierno que lo quiere regular todo, ahoga las fuentes de financiación de la prensa y machaca la libertad de expresión…

-Sobre todo –matiza la tía Clota- si no hace lo que manda el editorial de turno y les niegan una TDT de pago, ¿no?…

La verdad es que no existe la verdad. Lo diga Juan de Mairena, Agamenón, el porquero, EL PAÍS o la muy cáustica y resabiada tía Clota.

Ciudades felices

Obras en Madrid, según la pintora Elena Méndez

Obras en Madrid, según la pintora Elena Méndez

Hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas, dice el perplejo Homper que dijo Bernard Shaw. Da igual quien lo dijera, porque la frase estaba bien traída. Como si, en lugar de estadísticas, decimos encuestas. O como, si en lugar de encuestas, hablamos de percepciones.

-Ya ves, tía-le comenta a la tía Clota a través del Skype- Según la revista Forbes vivo en una de las diez ciudades más felices del mundo. Y yo sin darme cuenta.

Según la prestigiosa revista norteamericana Madrid está en la lista privilegiada de las ciudades más felices del planeta, encabezada por Río de Janeiro. La clave de esa percepción es que desde que Fred Astaire y Ginger Rogers rodaron Bailando a Río y desde que la tele universalizó la postal de los carnavales brasileiros, el imaginario colectivo asocia la capital del Brasil con la samba, el empelote, la plástica de las mulatas sonrientes y el vive como quieras, fundamentalmente de juerga y sin dar ni golpe. Sólo Río, Sydney, Barcelona y Amsterdam superan a Madrid en felicidad.

-¿Y crees que Barcelona es más feliz que Madrid por las fotos  de esas cosas que hacen en los alrededores de La Boquería?- pregunta la tía Clota con indisimulada ironía.

Las reprodujo El País, no se sabe si dentro o fuera de su libro de estilo, Homper se quedó perplejo al verlas y luego dieron la vuelta al mundo en Internet. Gente fornicando en la calle  a plena luz del día sin ley ni ordenanza municipal que les advierta de que, aunque ellos estén felices, a la mayoría de la gente les puede molestar que conviertan el espacio público en una casa de putas.

-No se, tía –responde Homper avegonzado. Ya sabes, vive como quieras…Además, todo es relativo. Madrid está insoportable, reventado en obras. No sabes cómo llegar ya a ningún sitio, porque se han puesto a cortar y reformar todas las calles y aceras al mismo tiempo. Polvo, atascos,  la crisis y un calor más que africano. Eso sí, por la noche tinto de verano en las terrazas y, si pasa el de Forbes,  estamos encantados.

Son percepciones, insisten. Como lo de los brotes verdes de la economía. Debe de ser la edad, pero a Homper, por el contrario, esta imagen de desorden y caos bajo el azote de un verano exagerado y la cataplasma de la memez buenista le deprime. En el Retiro, como en casi todo el bosque nacional, muchos árboles desesperados hace ya tiempo que tiraron la hoja. No pueden con ella, como tampoco miles de tiendas de este Madrid tan alegre y confiado pueden mantener su negocio y cierran sus puertas. Pero somos felices.

-Paciencia, sobrino- dice la tía- Sólo es feliz el que quiere serlo, y el que no se consuela es porque no quiere.

Homper sueña con ver nubes en el horizonte. Y para no caer en el pesimismo, que vende tan poco, se recuerda a sí mismo que al final siempre acaba lloviendo.

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Los trajes de Camps, del máximo interés

¿Cómo podemos conciliar el sueño si no sabemos dónde están las facturas de los trajes de Camps?...

¿Cómo podemos conciliar el sueño si no sabemos dónde están las facturas de los trajes de Camps?...

-¿Es que ya no saben priorizar el interés de la noticia?-se preguntaba aquel empresario de los medios de comunicación- ¿Dónde están los profesores de periodismo? ¿Y la agudeza del director?

Presumía tanto de ojo crítico como de elegancia indumentaria. El titular del periódico EL PAÍS que provocaba su reflexión decía así: El PP asume que Camps no tiene facturas y se las exige a la tienda. Debajo, el cuerpo de texto hablaba de sastres, trajes regalados, presuntos sobornos, presuntas mentiras, facturas que no aparecen, un presidente en apuros, sospechas de financiaciones irregulares y contradicciones de un partido cuyo líder no encuentra su rumbo.

Es cierto que  pasaban otras cosas. Paul Krugman recordaba que España no es la ni la Arcadia feliz ni el país de Jauja. En El Salvador las urnas daban el poder a Mauricio Funes, y con él a la antigua guerrilla. Los obispos acudían a los linces para denunciar que sus crías gozarán de más protección que la que la reforma de la legislación sobre el aborto dará al feto humano. Zapatero y Chaves acordaban liquidar la deuda histórica, que para el resto de los españoles es, además, un arcano histórico. Y también se leía en un rinconcito del rotativo que el nuestro es el país de la UE que más empleo destruye. O sea, que noticias había. Aunque la más importante era que no se encontraban unas facturas para justificar 12.00 euros de trajes.

-Verdaderamente intolerable -se decía aquel dandy de los medios- Se habla de trajes  y ni siquiera se cuenta si las telas son franelas, ojos de perdiz, fil a fil, alpacas, espiguillas o rayas diplomáticas. Qué falta de rigor y de criterio. ¿Se le aclara a acaso al lector si los trajes son cruzados? ¿Si llevan chaleco? ¿Si los pantalones son de pinzas y con vuelta?.

Aquel paladín de la ortodoxia no paraba en sus críticas.

-¿Y si Camps se hubiera hecho trajes marrones? -se preguntaba alarmado- ¿Cómo se puede omitir ese detalle?…¡Señores míos, eso hay que decirlo!…

Ya no hay decencia, ni criterio, ni respeto por la noticia, ni deontología profesional. Se habla de sastres, de los presuntos sobornos a un presidente al que dicen que le regalan  trajes y ni siquiera se investiga el color de éstos.

-Y eso sí sería grave-concluyó- ¿Mira que si Camps ha claudicado al marrón, cuando todo el mundo sabe que un hombre elegante jamás puede llevar un terno de ese color?

Lo dicho. Qué falta de olfato periodístico, qué crisis de valores.

Celos de Esther Ferrer

¿No puede ser todo el mundo artista del "performance"...?

¿No puede ser todo el mundo artista del "performance"...?

Tía Clota o la  hermosa aventura de seguir aprendiendo cuando la vejez nos intenta doblar la cerviz.

-No te escandalices, sobrino-le advirtió a las primeras de cambio apenas se conectaron con el Skype – Me he dado cuenta de que soy una artista..

Homper se quedó más perplejo que nunca. Mientras la anciana tía hablaba, le mostraba un montaje fotográfico  en el que ella estaba sentada en un taburete, vestida tan sólo con unas bragas negras, un sostén cuyas cazoletas eran dos Donut  y un tricornio de guardia civil en la cabeza. En el regazo sostenía una vistosa caja de Membrillo de Puente Genil, y, sobre éste, una pecera con dos peces de colores. A su lado, su amiga Thelma, disfrazada de Hércules Poirot y con un gato en brazos, trataba de contener al minino que lanzaba una mirada asesina a los peces, mientras que  Edwina, enfundada en una camiseta con la imagen del Che Guevara, se ventilaba   las axilas con un abanico.

-Las caras las fotografió Thelma-precisó la tía- Edwina, que dibuja muy bien, estampó nuestros rostros en una cartulina y, con collages y el lápiz hizo el resto. Pero la idea es mía.

Homper no sabía qué decirle.

-No se por qué te quedas así-se revolvió la tía adivinando el estupor de su sobrino- ¡Somos artistas del performance!

Nuestro Hombre Perplejo creyó  por un momento que a su anciana tía le apuntaba ya la demencia senil.

-Hijo- insistió ella-¿No has estado en ARCO? ¿No sigues las nuevas tendencias del arte? ¿No sabes quién es Esther Ferrer?

Homper se acababa de enterar de que esta artista donostiarra afincada en París, sólo unos años menor que tía Clota, fue Premio Nacional de Artes Plásticas. Ahora los artistas de vanguardia no pintan ni esculpen: hacen composiciones e instalaciones. La que más se ha difundido estos días, por ser la estrella del stand que el periódico EL PAÍS presentaba en ARCO, muestra a la artista sentada en una silla con la cara triste, los pechos al aire y un perrito de peluche a modo de sombrero sobre su cabeza. Esther es coherente con su excentricidad estética. No se relaciona con nadie, no ve la televisión ni lee la prensa, apenas sale de casa y consume lo mínimo para sobrevivir. Cualquier observador diría que lo suyo son sólo mamarrachadas, y se preguntaría quién es el genio que hizo de ella un fenómeno artístico.

-Dime algo, Hom -volvió a la carga – ¿Qué tiene esta mujer que no tengamos nosotras?

 Homper no quiso desengañar a la pobre tía Clota. No se atrevió a recordarle que cualquier icono cultural de nuestro tiempo es, sobre todo, manipulación.  

 

 

El retorcido colmillo de Woody Allen

Más vale caer en gracia que ser gracioso, comentó Homper cuando vio Vicky Cristina Barcelona, esa película con título de telegrama que Woody Allen ha dedicado a sus ciudades españolas favoritas. Podía haber añadido a Oviedo, que también asoma en el filme, pero quizás las autoridades del Principado no han sido tan pródigas como las catalanas. El cine ha descubierto el mismo chollo que los organizadores de la Vuelta Ciclista a España. Los directores pueden idear un plan de rodaje y subastar luego sus exteriores: ya habrá un munícipe o un presidente autonómico naíf que ceda al glamour de Hollywood y afloje la mosca para apuntarse el tanto de mecenas de las artes y rey del marketing turístico. La mosca, por cierto, cayó esta vez en un pastel gracioso, ma non troppo, especialmente para los que querían aprovechar que el Pisuerga pasa por Barcelona y vender al mundo entero el mensaje nacionalista catalán. En principio, el capricho de Allen parecía un regalo. Pero o los productores progres y filocatalanistas -por ahí aparece Roures, el mismo que con Mediapro y la Sexta le ha birlado el novio al grupo Prisa- no se leyeron el guión o el bueno de Woody tiene más mala leche que la que apunta sus visajes de gnomo despistado. Suerte que aquí ha caído en gracia.

Porque la polémica comedieta de Allen-Bardem-Penélope-Scarlett, todos venden lo suyo, es un regalo envenenado. La crítica adversa (casualmente capitaneada por El País) habla de colección de postales turísticas sin el talento y la profundidad de otras entregas del prolífico cineasta, y algo de razón tiene. Sin embargo no se regodea en lo más hilarante de la película, que es el supuesto Master en Identidad Catalana que una de las guapas protagonistas quiere obtener en la ciudad condal. Y eso…-pregunta alguien- ¿para qué sirve? Ese es el momento en el que el público se ríe más.

Homper es un admirador incondicional de Woody Allen. Le considera, quizá, el talento más preclaro del cine actual. Es un tipo inteligente, curioso, sutil, mordaz como el vitriolo y de una amoralidad tan divertida que te pervierte con un caramelo de anís. En esta comedia presenta el menage á trois, lesbianismo incluído, como si se tratara de una inocente partida de tres en raya, e ironiza a modo con el camelo como componente esencial del arte contemporáneo. La neurosis, las contradicciones y el disloque de los personajes son los habituales en sus historias, pero da la sensación que esta vez su afán de cachondeo va más lejos. Homper es hoy más Hombre Perplejo que nunca…¿Cómo no se habrán dado cuenta los productores de que el genio se descojona de los delirios catalanistas?

Unos días después de ver la película, una amiga le dijo a Homper que cada día se parece más a Woody Allen. Quizás en las gafas, en el tipo de alopecia, en los gestos de las manos y en la capacidad de pasar del culo a las témporas o de la gimnasia a la magnesia en sólo cuarenta y ocho fotogramas. Pero Homper envidia ese talento para disfrazar la caricatura despiadada con sonrisas. Y otra cosa más: los estupendos pantalones que siempre viste este jaimito, con cintura alta, pinzas y caja holgada, como mandan los cánones clásicos. ¿Dónde los encuentra? Pongan los títulos de crédito en times, por blanco sobre fondo negro, escuchen idealmente una rancia canción de Al Jolson con cuarteto de jazz al fondo y, colorín colorado, este nuevo post sobre Woody Allen se ha acabado.

Esperando al carbonero

 Preocupa al Duende que cada vez pasa más de los periódicos, tan necesarios antes en el desayuno como lo era el café. Ambos le son `prescindibles ahora, si bien ha de confesar que casi más aquéllos. El café aún no lo sirve internet, mientras que lo sustancial de la prensa se picotea en una pasada por la red. Cuando lo hace, ya ha escuchado el Duende los informativos de la radio que resumen la jornada. Así que con esa ventaja, juega apostando consigo mismo cómo serán los titulares de los periódicos que leería si se acercara al kiosco. El vaso medio lleno o medio vacío. El color del cristal con que se mira. Pregunto, como Jardiel acerca de las once mil vírgenes: ¿pero de verdad hubo alguna vez algún periódico o cualquier otro medio de verdad objetivo e independiente? No juzgues y no serás juzgado: el mismo Duende duda de que él lo sea.

Todos leemos o escuchamos para encontrar a alguien que nos de la razón. Uno era adicto a la información desde que España despertó de su larga siesta, hubo algo de libertad de prensa y en lugar del general Franco habló el equipo médico habitual. Esa afición está bien, no hay nada criticable en ello. A la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía  le parecerá incluso recomendable. Lo malo es pensar lo que le hubiera enriquecido a una esa lectura aplicada  a otra materia. Lo que se llevaron, por ejemplo, el caso Matesa, la Platajunta, la llamada Operación RocaSofico, el yerno de Franco, el Watergate, la bomba de Palomares, las caras de Bélmez, la muerte de Paquirri, la descomposición de la vieja Yugoeslavia y el papa Clemente del Palmar de Troya. ¿Cuántas líneas dedicará a esos acontecimientos o personajes el gran libro de la historia?. Nunca fue tan volátil todo lo que es permanente, ni tan meteórico lo que siempre fue efímero. Valdría más leerse un resumen de prensa de cada década y dedicarse a lo que siempre se dice haber leído y nunca se leyó. El Duende tiene en espera los Episodios Nacionales, la segunda mitad del Ulises y Rayuela, entre otras muchas lagunas. En cambio, y consciente de que tempus fugit y de que ni los calzoncillos de Beckham ni las bravuconadas de Chávez serán nada mañana, compensa esas deficiencias llevando a menudo al cuarto de baño la Enciclopedia Británica. Siempre le acusaron de lentitud en ciertos trances, pero no todo el mundo sabe que esa obra es muy entretenida, refresca el inglés y sus tomos, magníficamente encuadernados e impresos en papel biblia, quedan perfectamente abiertos sin necesidad de sujetarlos por la página que se lee. Por lo demás, todo lleva su tiempo.

En el resumen de esta primera década del siglo veintiuno estará, sin duda, la alarma que está provocando el agotamiento de las materias primas y el cambio climático. Sobre esto, dos botones de muestra, de distinto color, obviamente. El viernes, se si en ONDA CERO o en PUNTO RADIO- un tertuliano se burlaba del reciclaje de papel, porque, según él, el aumento del consumo de esta materia prima se neutraliza plantando más árboles. Ayer, en EL PAÍS, avanzaban algunos inquietantes datos contrastados: la temperatura media del Mediterráneo ya ha aumentado medio grado, y el nivel de sus aguas, ocho centímetros. Los conservadores alarman sobre la economía. Los progresistas, cambian ese prosaico jinete del moderno Apocalipsis por el del cambio climático. Un sinvivir.

Y entre un desasosiego u otro, aprovechando que no se si gracias a o por culpa de ese cambio estábamos a diecinueve grados, el Duende y su nieta colgaban de un cerezo una casita nido que les trajeron los Reyes. Dentro pusieron trigo y salvado, porque cualquier día de éstos aparecerá el carbonero, un pequeño pájaro de color azul y amarillo que es el más madrugador de los que anidan alrededor de la casa. Y no quisieran que el encantador pajarillo perdiera la costumbre de  criar aqui por un quítame allá esa desidia medioambiental. ¿O va a saber el carbonero que en España incumplimos en un treinta y cinco por ciento el Protocolo de Kioto?

Las melonadas de Zapatero

El melón de Zapatero

(Foto de Ricardo Alvarez)

Sensacional: el presidente de gobierno se deja entrevistar a fondo y no por el director de EL PAÍS. Los tiempos cambian.

Más sensacional todavía: en esa larguísima entrevista, Zapatero asegura que toma el melón con sal por costumbre familiar. Su abuelo el capitán Lozano, natural de Alange, provincia de Badajoz lo comía así. Lo que más llama la atención es la razón aducida:  dice que era  un sustitutivo del melón con jamón, plato exquisito que quedaba fuera del alcance de las familias modestas. Uno no sabe, pero diría que por entonces no se tomaba ese plato en España. Sospecha incluso que probablemente extrañaría, pues  la mezcla de sabores salado y dulce no era a la sazón lo habitual.

Lo del melón con sal es la anécdota de la entrevista. Sin embargo,  las tertulias radiofónicas la convirtieron en la comidilla del día. Estupefacto le deja al Duende la ignorancia  de algunos de los tertulianos. ZP puede decir y hacer alguna tontería, pero lo de echar sal al melón es probablemente la más acertada de sus decisiones, pues así mejora incluso el melón pepináceo. Se puede añadirle aún más sabor con gotitas de limón. Harían bien en decírselo al presidente Zapatero.

Pero insisto, no es más que una anécdota. La entrevista revela asuntos más importantes. Sorprende conocer algunos  de ellos a dos meses de las elecciones. Y sobre todo,  por boca de un presidente que se hartó de repetir el slogan de que no merecemos un gobierno que  nos mienta. Tanta ingenuidad -decir que no negociaba con ETA entonces y desdecirse  ahora-  hace pensar que entre los asesores de ZP se ha infiltrado algún estratega del PP

Ha habido otros errores de cálculo, despistes o patinazos. No será por incompetencia ni por bellaquería,  sino por  el natural buenista y roussoniano del Presidente. Como la paloma de Alberti, se equivocó Zapatero, se equivocaba. Creyó que los terroristas estaban dispuestos a ser gente de paz, y ahora cree  que la sal en el melón hace olvidar al jamón. Bienaventurados los que tienen buena fe. Pero qué pena que no se quedara en lo último. Se habrían evitado otras melonadas mayores que tal vez acaben pasando factura.

Más milagros, que es Navidad

 Observa con alivio y preocupación el Duende que el último post, subido el día de Navidad, ha cosechado veinticuatro comentarios. El alivio es que el propio diario EL PAÍS -como se sabe, perfecto hasta en su versión digital- confiesa que en estos días festivos su noticia más visitada sólo ha conseguido unas doce mil entradas, cuando normalmente pasa de las doscientas mil. Uno en proporción consigue una más alta tasa de fidelidad. La preocupación viene de que le ronda el fantasma de la molicie. De repente, por unos días, se podía pasar sin escribir. Divinamente.

 Más correcto sería decir que no le quedaba otro remedio: ha cocinado, ha servido mesas, ha hecho de taxista, ha corrido por el Retiro -desierto a las ocho y media de la mañana de Navidad- ha hecho las visitas propias de estas fechas, ha cumplido con la radio y con la Carcajoda, ha atendido sus llamadas, ha cantado villancicos con sus nietas. Y hasta ha ido al cine, para ver la última película de Ang Lee, que es Deseo, peligro. Se podría añadir y algo tostón, pero esto no estaba previsto por su director. La película, bella y provocadora, pero innecesariamente larga, encierra un mensaje de lo más políticamente incorrecto. La vecina de butaca, que debe de ser de armas tomar, lo definía sin perderse en matices: lo de siempre, las mujeres tontas y los hombres unos cabrones. Hay grados, caramba. Por perverso que pueda llegar a ser el Duende, nunca le llegaría a la suela de los zapatos al canalla del protagonista.

Regresa el Duende pasada la una de la madrugada y no puede irse a la cama sin dejar testimonio de dos singulares éxitos. Uno lo certifica su cuñado Mariano, hombre de temple serio y adusto, y  de tan pocas palabras que, según malas lenguas, cuando se casó utilizó el código Morse. Tal vez porque brindaron juntos por la Navidad, y con el tiempo ambos respiran más sensibleros, no sólo reconoció que leía los delirios del Duende. Sino que, de natural parco en elogios,  incluso dejó caer alguna alabanza. No estábamos hechos a resistir emociones de ese calibre.

Otra sorpresa se la ha dado Aurelio Baró, un vicesobrino vallisoletano al que no veía desde hace aproximadamente  treinta años. Le había recomendado el blog su hermana María, que es funcionaria de la Seguridad Social y está casada con un magistrado de  altas responsabilidades. Para que luego digan que el Duende es un cantamañanas.

Hablando de cantar…Pasmado nos dejó el Duende superando la prueba de ver por la tele a Raphael  cantando Llegó Navidad, un villancico multinacional aún más abyecto y con una letra todavía peor que el de Las muñecas de Famosa. El Duende admira la casta de Raphael, la frescura que aún conserva su voz,  la seguridad en sí mismo y el coraje con el que últimamente toreó su trasplante de riñón. Pero lo cortés no quita lo valiente. La supervivencia de este tipo de pasteles con gran orquesta y coro de duduás al fondo es, por repetido y empalagoso, el más asombroso, inexplicable e insuperable milagro de la Navidad.     

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