
Homper -siempre el Hombre Perplejo- se preguntó aquella noche cómo se combate el insomnio. Homper era de siempre un excelente dormidor. De sueño corto, pero intenso, rara era la noche que tardaba en conciliarlo. Cuando ésto ocurría, y siguiendo la receta clásica que aparecía hasta en los tebeos de su infancia, abría la majada imaginaria y hacía que las ovejitas saltaran la consabida valla.
Durante un rato contaba las lanosas, hasta que se daba cuenta de que eran todas iguales, y el ritual resultaba aburrido. Entonces se imaginaba que saltaban los futbolistas de sus cromos. Cuando ya había saltado toda la colección y seguía sin dormirse, cambiaba los personajes. Y hacía comparecer a las artistas de cine que le gustaban. Para añadirle encanto al ejercicio final, éstas saltaban ligeritas de ropa, casi desnudas. Entonces el proceso resultaba más estimulante. Tampoco se dormía Homper así, pero el despertador corría y él, aún desvelado, lo pasaba muchísimo mejor.
Hacía mucho tiempo que Homper no rozaba el insomnio, pero de repente se presentó esta noche. Demasiados ingredientes explosivos en esa ensaladilla rusa que es el menú nuestro de cada día: crisis económica, incertidumbre política, procupación social, proyectos atascados, dudas sobre el futuro…En La interpretación de los sueños -un libro apasionante que Homper había devorado en su primera juventud- Freud describe que éstos se forma como una especie de olla podrida compuesta de materiales muy diversos. Puede haber un factor psíquico dominante, como, por ejemplo, una obsesión o una ansiedad que forma parte de nuestra personalidad. Pero éste se adoba luego con un suceso reciente, algún problema en el trabajo, el protagonismo de un viejo amigo que no veíamos desde hacía treinta años y que ayer nos encontramos en la calle de Barquillo, algún turbio deseo del subconsciente y hasta un uñero que nos lleva molestando varios días. Todo se puede revolver y presentarse en un plato indigesto para el sueño. Una mancha de mora con otra mora se quita. Quizás ceda el insomnio y uno acabe en una pesadilla.
Homper, que tiene un hijo con aspiraciones de artista, se fue a la cama con la obsesión de que un fenómeno llamado Damien Hirst ha conseguido subastar su obra El becerro de oro en Sotheby´s por trece millones de euros. Más que lo que han cotizado Jeff Koons y Lucien Freud -el nieto de don Sigmundo-, que eran hasta ahora los artistas vivos más rentables. El becerro en cuestión es una bestia de verdad con pezuñas y cuernos de oro conservado dentro de una urna llena de formol. La obra de arte ideal para exhibirse en el hall de cualquier piso del bloque los Arándanos. A este datos se añaden otros no menos reseñables. Por ejemplo, el hundimiento de Lehman Brothers y de las bolsas, la cara de una amiga muy querida por Homper que le invita a cenar de cuando en cuando, el viaje de Zapatero a Turquía para celebrar con Erdogan el final del Ramadán, el Circo del Sol -del que le hablaban ayer en un correo electrónico- y la preocupación porque algunas de las primeras albóndigas que cocinó en su vida le habían salido no del todo redondas, sino más bien cuadradas. Qué desasosiego.
Total, que el insomnio de Homper derivó en pesadilla. Y durante tres horas vio un cuadro que sólo el pincel calenturiento del Bosco o de Dalí sería capaz de recrear. Mientras su hijo artista pilotaba por el espacio cósmico un diplodocus con el espinazo de oro, dos funámbulos en monociclo cruzaban el orbe celestial haciendo juegos malabares con los euros, medias lunas turcas y albóndigas de distintas formas geométricas que les lanzaba desde un trapecio la amiga guapa del sueño. Homper lo pasaba mal. Qué lío, cuánta tensión, qué inquietud. Pero miraba al suelo y encontraba el bálsamo tranquilizante. Allí, al pie de pista, un Zapatero sonriente abría sus brazos dispuesto a acoger en cualquier resbalón de la Alianza de Civilizaciones, al tiempo que Solbes nos tranquilizaba a todos asegurando que nuestro sistema financiero es seguro. Además atrapaba al vuelo varias albóndigas caídas y comprobaba que, afortunadamente, eran redondas. La amiga guapa le lanzaba un beso a Homper, y aunque el hijo artista no colocó el diplodocus ni en el Rastrillo la pesadilla llegó a su final.
Una hora después se ha transcrito tal y como el Hombre Perplejo la contó.
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