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Un no famoso en el Rastrillo

El espanto de tener que pasar por famoso sin serlo...Tierra, trágame.

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-¿Es usted famoso?-le preguntaron una vez al Duende en el Rastrillo de Oviedo.

Y el interpelado dijo para sí la frase típica de los personajes de Pulgarcito cuando se cruzaban por la calle con su sastre.

-Tierra, trágame.

(No se sabe por qué, siendo tan pobres, los héroes de tebeo de entonces vestían de sastre. Tampoco se entiende que los sastres trabajaran para ellos, pues por lo visto, nunca cobraban).

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No era famoso entonces ni lo ha sido nunca. Lo que hoy se entiende por fama  sólo viene de la televisión, que da el carnet de famoso a quien lo merece y, muy a menudo, a quien no  reúne más mérito que el de ocupar la pantalla. Pero la radio genera una relación muy estrecha  y cálida. Había personas que valoraban lo que en ella largaba el Duende, y consideraban que si les gustaba a  ellas, tenía que llegar a todo el mundo.

Es lo que le `pasó a Cristina Palau, aquella distinguida amiga que colaboraba en el Rastrillo y necesitaba una cara conocida para vender camisetas. Las intenciones eran buenas, a pesar de que el Duende trató de persuadirla de que no era el hombre más indicado.

-La radio no la ve nadie.

Y tanto. Su cara era tan poco conocida y estaba el hombre tan poco animado que sólo pudo vender diez camisetas. Debiendo soportar, además, la humillante pregunta  de un bobalicón.

-Oiga, ¿es usted famoso?

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Ahora el presunto famoso de entonces ya no es ni duende de la radio, que a efectos de fama  tampoco era mucho. Pero tiene amigos mantenedores del Rastrillo que le sobrevaloran, y aún le piden que acuda a animar al personal.

-Verán…-dijo tratando de presentarse cuando le dieron el micrófono- No se si saben que yo…

Es su sacrificio del año. No por lo que aporta en términos monetarios a la noble causa, sino por lo que le abruma tener que regresar desde el pasado. Por lo que sufre cuando le plantan  ante una parroquia  que espera glamour y que sólo ve a un señor mayor haciendo cosas extrañas.

-¿Y en qué radio estás ahora?-le pregunta  al concluir el numerito alguno que fue su oyente.

No se puede quejar. Peor  hubiera sido que le volvieran a preguntar eso tan horrible de si era un famoso.

Lehman, Hirst y otros elementos de pesadilla

Homper -siempre el Hombre Perplejo- se preguntó aquella noche cómo se combate el insomnio. Homper era de siempre un excelente dormidor. De sueño corto, pero intenso, rara era la noche  que tardaba en conciliarlo. Cuando ésto ocurría, y siguiendo la receta clásica que aparecía hasta en los tebeos de su infancia, abría la majada imaginaria y hacía que las ovejitas saltaran la consabida valla.

Durante un rato contaba las lanosas, hasta que se daba cuenta de que eran todas iguales, y el ritual resultaba aburrido. Entonces se imaginaba que saltaban los futbolistas de sus cromos. Cuando ya había saltado toda la colección y seguía sin dormirse, cambiaba los personajes. Y hacía comparecer a las artistas de cine que le gustaban. Para añadirle encanto al ejercicio final, éstas saltaban ligeritas de ropa, casi desnudas. Entonces el proceso resultaba más estimulante. Tampoco se dormía  Homper así, pero el despertador corría y él, aún desvelado, lo pasaba muchísimo mejor.

Hacía mucho tiempo que Homper no rozaba el insomnio, pero de repente se presentó esta noche. Demasiados ingredientes explosivos en esa ensaladilla rusa que es el menú nuestro de cada día: crisis económica, incertidumbre política, procupación social, proyectos atascados, dudas sobre el futuro…En La interpretación de los sueños -un libro apasionante que Homper había devorado en su primera juventud- Freud describe que éstos se forma como una especie de olla podrida compuesta de materiales muy diversos. Puede haber un factor psíquico dominante, como, por ejemplo, una obsesión o una ansiedad que forma parte de nuestra personalidad. Pero éste se adoba luego con un suceso reciente, algún problema en el trabajo, el protagonismo de un viejo amigo que no veíamos desde hacía treinta años y que ayer nos encontramos en la calle de Barquillo, algún turbio deseo del subconsciente y hasta un uñero que nos lleva molestando varios días. Todo se puede revolver y presentarse en un plato indigesto para el sueño. Una mancha de mora con otra mora se quita. Quizás ceda el insomnio y uno acabe en una pesadilla.

Homper, que tiene un hijo con aspiraciones de artista, se fue a la cama con la obsesión de que un fenómeno llamado Damien Hirst ha conseguido subastar su obra El becerro de oro en Sotheby´s por trece millones de euros. Más que lo que han cotizado Jeff Koons y Lucien Freud -el nieto de don Sigmundo-, que eran hasta ahora los artistas vivos más rentables. El becerro en cuestión es una bestia de verdad con pezuñas y cuernos de oro conservado dentro de una urna  llena de formol. La obra de arte ideal para exhibirse en el hall de cualquier piso del bloque los Arándanos. A este datos se añaden otros no menos reseñables. Por ejemplo, el hundimiento de Lehman Brothers y de las bolsas, la cara de una amiga muy querida por Homper que le invita a cenar de cuando en cuando, el viaje de Zapatero Turquía para celebrar con Erdogan el final del Ramadán, el Circo del Sol -del que le hablaban ayer en un correo electrónico- y la preocupación porque algunas de las primeras albóndigas que cocinó en su vida le habían salido no del todo redondas, sino más bien cuadradas. Qué desasosiego.

Total, que el insomnio de Homper derivó en pesadilla. Y durante tres horas vio un cuadro que sólo el pincel calenturiento del Bosco o de Dalí sería capaz de recrear. Mientras su hijo artista pilotaba por el espacio cósmico un diplodocus con el espinazo de oro, dos funámbulos en monociclo cruzaban el orbe celestial  haciendo juegos malabares con  los euros, medias lunas turcas y albóndigas de distintas formas geométricas que les lanzaba desde un trapecio la amiga guapa del sueño. Homper lo pasaba mal. Qué lío, cuánta tensión, qué inquietud. Pero miraba al suelo y encontraba el bálsamo tranquilizante. Allí, al pie de pista, un Zapatero sonriente abría sus brazos dispuesto a acoger en cualquier resbalón de la Alianza de Civilizaciones, al tiempo que Solbes nos tranquilizaba a todos asegurando que nuestro sistema financiero es seguro. Además atrapaba al vuelo varias albóndigas caídas y comprobaba que, afortunadamente, eran redondas. La amiga guapa le lanzaba un beso a Homper, y aunque el hijo artista no colocó el diplodocus ni en el Rastrillo la pesadilla llegó a su final.

Una hora después se ha transcrito tal y como el Hombre Perplejo la contó.

Noche de impudor

(Foto de pablodf)

Oviedo es una ciudad con mucho encanto y trasfondo literario, pero allí pasó el Duende una de las tardes más amargas de su vida. Una amiga de la infancia  que se había erigido en alma mater del Rastrillo local le lió para que colaborase en la justa causa de recaudar fondos para los niños sin hogar. Había que reproducir frente al público las mismas travesuras que entonces sólo ensayaba ante el micrófono. O sea, hacer el bufón  para entretener al personal y poderle endosar más fácilmente unas camisetas o una papeleta para la rifa de un viaje a Disneylandia a precio de cojón de mico.

  Nunca le ha gustado al Duende el vis a vis con el público, pero aquella jornada fue especialmente negra. Casi peor que otra en la que, por exigencia de la editorial de Las poblemáticas de doña María, tuvo que meterse en una de esas casetas de la Feria del Libro y sufrir tres horas de sauna mientras la gente pasaba de largo mirándole como si fuera un mono enjaulado. Tampoco en el Rastrillo de Oviedo sabían demasiado de aquel presunto famoso que, sin duda con buena intención, les habían prometido. No era tan famoso.

 Cristina, que así se llamaba la amiga, incurría en un error muy frecuente en los seguidores  del  Duende, que es confundir la familiaridad de una voz radiofónica con la popularidad prácticamente masiva que  da la televisión. La radio puede ser más intimista, y sus voces incluso más amigas que las que hablan desde aquélla. Pero vivimos en una civilización de imágenes, y la radio no la ve nadie. Un mes de tupé y matraca de Chikilicuatre en la pequeña pantalla  suman cien veces más fervor popular que veinte años de duendadas, por muy divertidas que le parezcan a sus incondicionales.

 Ese miedo al ridículo – qué  penoso le resultaba al Duende  tener que legitimarse como miembro de esa especie que llaman los famosos- asoma en cierta manera cuando uno de sus posts  rebasa su papel de Peepeng Tom  y, en lugar de mirar hacia fuera, mira hacia su interior. Esta noche debería haber reparado en esa Lady Godiva que es la luna, tan seductora siempre. Y tan socorrida, por cierto: cuando no te quede  ni una miasma de lírica, juega con la luna rielando en cualquier charco y parecerás  poeta.

 Pero no estaba la noche para delirios. Un dolor muy profundo que aflige a uno de sus mejores amigos le obliga a mirarse dentro y a contener el llanto. Aunque el Duende aborrece el impudor de airear sentimientos propios, hoy tiene que superar el miedo al ridículo y contar, lisa y llanamente, que no está para  bromas. Ni lo estará  hasta que su amigo Félix, siempre tan entrañable, tan gracioso y tan bien educado, se recupere  y pida perdón a la luna por no haberle contado aún el último de sus incomparables chistes.

 

 


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