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Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba – germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.

Buñuelos con apetito desordenado

 Como tantos españoles de su tiempo, el Duende recibió una educación religiosa. Ni que decir tiene que se lo creía todo. Dado que desde el principio le contaban que el hombre es un animal racional, procuraba analizar las verdades difíciles que a veces impone la fe a la luz de su inteligencia. No sería ésta muy larga, pero era lógica. Y sobre todo curiosa. Se fijaba, por ejemplo en lo que querían decir las palabras. Especialmente las que definían o adjetivaban muchas de las inquietudes del alma.

Hablo de la tentación, hijos -padre Bonete dixit. Cuántos conceptos nebulosos y cuántas palabras a mi modo de ver inadecuadas en torno a este espinoso tema. Recuerdo aquéllos libros que preparaban para el sacramento de la penitencia: propósito de la enmienda, dolor de corazón, decir los pecados al confesor, contrición perfecta…EL Duende se arrodillaba ante el confesionario del padre Cayo y, preocupado, se llevaba la mano al pecho. Qué horror, el corazón le latía tan pancho, y no le dolía nada. ¿Merecería a pesar de ello el perdón divino?

Peor era aún cuando desmenuzaba la diagnosis de pecado que facilitaban, a modo de guía, los piadosos libros de religión. Vayamos al sexo, que es lo que interesará todos. En el catálogo de horrores, junto a miradas lascivas y tocamientos libidinosos, se hablaba de posturas torpes. Yo miraba a Anita, una niña gorda que tropezaba en la comba cuando hacía doubles, y pensaba pobrecilla, qué torpeza, y lo peor es que no sabe que está pecando.

Además de las posturas, también prevenían los manuales contra los apetitos desordenados. Y aquí el Duende se rebelaba: ¿qué le importaba a Dios el orden de los platos en la mesa? Según eso, los maragatos, que empiezan por los garbanzos y rematan con la sopa su famoso cocido, eran todos pecadores. Menos mal que la mente va evolucionando. Ahora al Duende los apetitos no le asustan., y aunque conviva con algunos de los que los guardianes de su conciencia llamaban desordenados, cultiva muchos otros perfectamente ordenados.

Ejemplos de apetitos ordenados, todos ellos inocuos. Hay momentos en el que el cuerpo apetente del Duende pide bocadillo. No un manjar exquisito, no, sino precisamente un bocata, porque el organismo es así de caprichoso y tal hora, tal lugar o tal situación, está ordenada a ese apetito. Hay otros marcados por el síndrome de abstinencia del café con porras, y sólo esas porras, calientes y crujientitas esponjando el café con leche por el gaznate abajo pueden llenar ese momento de placer. En verano manda  para merendar el apetito de Cola Cao frío con galletas maría, y aunque las haya mejores, han de ser esas, las de la clase maría. Hay horas para desmandarse y morder apasionadamente un bloque de buen jamón cocido.  En otras debilidades más espartanas se echa de menos el huevo duro. Y cuando en las mantequerías de postín se exhibían esos monumentales quesos Emmental  partidos por la mitad -eran los años del hambre- el Duende soñaba en traspasar el escaparate y comérselo todo. Dentro de un orden, claro.

Hoy, día de Todos los Santos, solemos recordar a nuestros muertos. La edad es tan sabia que, a medida que tienes más boletos para su rifa, le vas perdiendo miedo y respeto a  la parca. De tal manera que al Duende, lejos de la melancolía, le invaden sobre todo recuerdos dulces de los que ya no están con él. Será deformatio patris Bonetensis, pero es invocar la memoria de su madre y volver a paladear aquellos buñuelos de crema que tal día como hoy preparaba. Colmaban un apetito más que ordenado- sólo se tocaba a tres o cuatro, problemas de la familia numerosa- pero sabían tan ricos y amorosos que gustaban como el más placentero de los pecados. Menos mal que la misericordia de Dios es infinita, porque hoy, en memoria de su madre, piensa engullir buñuelos de santo con apetito desordenado.


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