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Trapiello y las largas noches de noviembre

Este hombre es capaz de hacer literatura de una lenteja. Qué pena que uno lo haya descubierto tan tarde, y que dude de que le de tiempo a leer todos sus libros...

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Las noches de noviembre deben de ser demasiado largas. La última de ellas se acostó el Duende con la cabeza despiezada como un puzzle y luego se metió en tantos líos que acabó su sueño sufriendo por un cocodrilo, como luego se verá. Demasiado largas las noches de noviembre.

Y lo dice después de tantos días sin saber por donde hundir el bisturí de la pluma. No obstante le habían ocurrido esta semana cosas interesantes, sobre todo si se tiene en cuenta el vuelo alicorto de su dietario actual. Desde hace tiempo, por ejemplo, le carcome una inquietud: ¿qué hacer con ese legado paterno de papeles, cartas, documentos, artículos y hasta poemas amarillos por el tiempo que este mismo ha ido depositando en sus manos? ¿Tienen algún interés más allá del que pueda despertar en él? ¿Se puede considerar uno buen hijo si entrega al fuego la memoria escrita de sus padres veinte años antes de que esta acabe en un contenedor de papeles, esperemos  al menos que reciclables? Sus padres: muy decentes, muy dignos, muy discretos, muy queridos por sus hijos, muy considerados por los que les conocieron. Pero al cabo tan parcos de gloria como todos los que no traspasamos el umbral de las enciclopedias. Y detrás, la legión de devoradores de futuro. Lo imponen los tiempos, y lo secundan entusiastas los sabelotodos actuales, los políticos, los gurúes de la comunicación y hasta las escuelas de negocios: sólo importa el futuro. El presente se está yendo antes de acabar esta frase, y el pobre pasado ni siquiera es políticamente correcto. Tonto el que vuelva la vista atrás.

Problema al canto. ¿Qué hace uno con su almoneda particular, cuando, pese a la urgencia de futuro, tiene en ella sus afectos?

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Mantienen algunos amigos del Duende que sus hijos aún se interesan por las raíces de su familia. Sobre todo si esta ha aportado algo más que un buen nombre y una sangre limpia. Pero son los menos. De repente, los cuadros de los antepasados y el tesoro literario que nos han legado encuadernado con guardas de papel de aguas y lomos de cuero labrados y estampados en oro han dejado de tener sentido, y sólo esperan su momento para ir a parar al Rastro o a la Cuesta de Moyano.

-Si tú no eres nadie- parecen lamentarse en su silencio-nosotros tampoco somos nada.

La alerta por lo que ya suponía vino esta vez de ese clarividente observador e infatigable anotador que es Andrés Trapiello. Cuanto más lo lee este duende, más le asombra. Recuerda el escritor y poeta que buena parte del arsenal de su gran ensayo Las armas y las letras, que a este bloguero se le antoja indispensable para su generación, lo ha ido encontrando en libros, documentos y epistolarios de hombres y mujeres ilustres cuyos herederos tuvieron que sacar la escoba y barrer cualquier pasado no  amparado en el banco o en el registro de la propiedad.

Nuevos tiempos. ¿Qué pinta un legajo de papeles color sepia o una primera edición de los Episodios nacionales  en esa casa que IKEA nos presenta como una maravillosa república independiente de ochenta metros cuadrados?

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Le quemaban al Duende en particular unas cartas  que el poeta Gabriel Celaya se había cruzado con su padre después de la guerra. Ambos habían compartido el primer premio en un concurso de poesía que organizó el Lyceum Club  de Madrid. El fallo del premio tuvo lugar el 13 de julio de 1936, justo el día en que asesinaron a Calvo-Sotelo. Al ya reconocido Celaya le dieron las 500 pesetas del premio, al padre del Duende, un novel sin publicaciones, sólo el accesit honorífico. No pudo recibirlo porque la ceremonia de entrega estaba prevista para el 18 de julio…¿Adivinan las causas?

Eran malos tiempos `para la lírica, pero de aquel certamen poético nació entre los dos concursantes una cierta amistad. Y como entonces se escribían cartas, fueron varias las que en los años cuarenta se cruzaron entrambos hablando de poesía, de las cosas de la vida, de la mar y de los peces de colores. Curiosamente, y a pesar de que Celaya era comunista, ni una sola palabra de política. Llámenle prudencia o miedo. Celaya no es Lorca, pero sus cartas tienen interés documental para cualquier estudioso de la literatura  española de aquella época. Y al Duende se le abrió un claro en el cielo oscuro pensando que el archivo de Trapiello podría ser el mejor destino para ellas. Esa fue  la gatera por la que escapó su mala conciencia por librarse del pasado.

Tampoco Trapiello, con ser a juicio de este lector un ejemplo deslumbrante de talento y de trabajo, es Ken Follet o, más cerca aún, Pérez Reverte.  El Duende dio con su teléfono, le llamó, le dejó su recado en el contestador y a los pocos recibió su respuesta.

-Gracias por acordarte de mí. Me interesa mucho, ¿Nos vemos en casa?

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Ni aún en sus mejores años de radio se creyó este bloguero al otro lado de vitrina ideal que separa a la gente notable del resto de los contribuyentes. Sigue por tanto manteniendo, además de un espíritu de cotilla porteril, un cierto sentido reverencial por los que unge la fama, ya sean estrellas de cine, futbolistas, políticos o inventores. El respeto del paleto. Más aún quizás por los escritores, pues al cabo de más de seis décadas de dudas y naufragios cree que ese sería su destino en la próxima reencarnación.

Algo de fascinación tiene el asomarse al escritorio y la biblioteca de los que le guían a uno el pensamiento. Con esa curiosidad acudió el Duende a la cita, esperando encontrar, entre el obligado ordenador del plumista moderno y sus  libros, carpetas, mapas, planos, cuadros, lápices, plumas y otros objetos de escritorio, algún icono que le ilumine en los momentos de cerrazón. En el sancta sanctorum de Trapiello hay un busto de Galdós y tres imágenes más de sus principales referentes: Dickens, Stendhal y Tolstoi. Al visitante le reconfortó especialmente descubrir entre tanta sabiduría alguna muestra más elocuente de sus afinidades electivas. Y la encontró: en uno de sus anaqueles vio un diminuto autobús rojo del London Transport como el que el propio bloguero guarda en su pequeño despacho/palomar.

Qué guiño tan simpático, qué consuelo, qué coincidencia. ¿Será Rilke, el que acuñó la idea de infancia como patria, otro de los lazarillos de Trapiello?

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Días antes el bloguero se había embarcado en  Las inclemencias del tiempo, tomo nº 10 de esa experiencia única en la literatura española actual que es Salón de pasos perdidos, un diario que debe de ir ya por más de cinco mil páginas en el que Trapiello hace literatura de lo que le pasa, de lo que piensa y todas y cada una de las pequeñas cosas en las que deberíamos reparar los demás para exprimir el zumo inagotable de la vida. Y, por aquello de alimentar el venero de libros dedicados que algún día irán a parar a las librerías de viejo, sobre los que tanto ironiza el autor, buscaba afanosamente Días y noches, su novela que mejor complementa la reciente lectura de Las armas y las letras. La buscó el Duende en La casa del libro, en FNAC, en El Corte Inglés y, la mañana misma de la cita, en Antonio Machado. No la encontró en ninguna de estas librerías, pero en la última, oh casualidad,  tuvo la suerte de dar con el propio autor que huroneaba novedades editoriales, y que además de pedir por favor un adelanto de media hora en la cita vespertina se la regalaría después debidamente dedicada de su puño y letra.

-Quizás tus descendientes encuentren algún día  este mismo libro en Moyano o en el Rastro-le advirtió serenamente el Duende.

No le debió de importar al autor, consideraría que el impacto del pasado es legítimo que se vaya difuminando en las nuevas generaciones. Cogió su estilográfica y con letra pulcra, pequeña y picuda escribió: A Luis Figuerola-Ferretti, con la amistad de Andrés Trapiello. Al dedicado le sobrevino un ataque súbito de vanidad. ¿Cabrá tanto en los pasos perdidos de Trapiello como para que recoja este momento? Fue una hora larga de conversación apasionante. Cómo tendrá tiempo para hablar de algo, con lo que escribe este hombre, pensaba el duende vulgaris. Se mezclaba la avidez del lector reverencial con la emoción curiosa de otro observador que recorrería otros pasos perdidos tan atinados como los de su  nuevo amigo. Luego, por la noche, varios sueños con imágenes de este otoño de Candeleda que, desde su casa, entre castaños, liquidámbares, cerezos, arces y robles que van del rojo cinabrio al amarillo, parece un cuadro de Eliseo Meifrén. Sueños de color mezclados con otros más turbulentos que culminaban en lo más inexplicable de sus últimas aventuras oníricas. Con grave riesgo, porque no es fácil, el Duende mataba al final de la noche a un cocodrilo pisándole la cabeza, que ya tiene mérito. El saurio se resistía, pero a base de pisar fuerte acababa muriendo.

La del alba sería cuando despertó el bloguero. Las noches de noviembre son, efectivamente, tan largas que hasta cabe en ellas la sinrazón de un cocodrilo. Y al soñador le mordía no el cocodrilo, sino la curiosidad de saber por qué este absurdo había aparecido en el sueño del lector curioso que posiblemente se había entretejido la tarde anterior.

Más aún, le picaba una pregunta  que desde aquí  se atreve a plantear a su autor de referencia. Oye, Andrés, ¿cómo enjaretarías tú a un cocodrilo en tus pasos perdidos sin que estos pierdan definitivamente el sano juicio?

El hombre que dejaba escapar los aviones

Homper necesita aviones de papel para volar a su antojo...

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Cuando Homper vio La cantante calva de Ionesco, descubrió que el teatro del absurdo tiene muchos visos de realidad. Se acodó de la famosa sentencia de Oscar Wilde, tantas veces aplicada cuando el observador se queda pasmado admirando un instante glorioso del atardecer, una formación geológica caprichosa o un paisaje sobrecogedor: la naturaleza imita al arte.

-Está claro –se dijo- la naturaleza imita al arte y el absurdo se posesiona muchas veces de la realidad.

Lo pensó después de presenciar una de tantas secuencias estúpidas que suceden en la vida de cualquiera. A la sazón, en un marco tan poco sugerente como ese lugar de pasos perdidos en que se han convertido los agotadores aeropuertos modernos.

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El protagonista del suceso fue un viajante atormentado por algunas cuestiones básicas. ¿Cuántas horas de su vida habría pasado en ese penoso trance de esperar un avión? ¿Cuántos kilómetros acabaría peregrinando por los aeropuertos? ¿Cuánto dinero deberían de haberle reembolsado las compañías aéreas por sus impuntualidades horarias? ¿Cuánta adrenalina  había segregado por ellas? Acumulándolas todas…¿podría haber cumplido alguno de sus grandes sueños? ¿Estudiar música, por ejemplo? ¿Tocar el violín? ¿Aprender física cuántica? ¿Dominar los misterios del Sudoku? ¿Escribir una versión moderna de Á la recherche du temps perdu? ¿O montar pacientemente, pieza a pieza, esa maqueta del buque Juan Sebastián Elcano que dormía resignadamente en un anaquel de su habitación?

-Es la medida de eternidad más tonta que conozco-pensó mientras despachaba uno de esos carísimos sándwiches con sabor a química saludable que distingue a la gastronomía aeroportuaria-Los aeropuertos son el limbo de los viajeros del siglo XXI…

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El día que acuñó ese pensamiento su despiste habitual le dio otro disgusto suplementario. Por necesidades de trabajo, viajaba todos los miércoles al mismo destino en el avión de la dos de la tarde. No había adelantado su reloj el fin de semana del cambio horario de primavera, y el primer miércoles después de este, al solicitar su tarjeta de embarque, una amable señorita uniformada le dio amablemente la muy desagradable sorpresa.

-Señor, llega usted tarde. Su vuelo acaba de despegar…

Efectivamente, se le puso primero cara de limbo. Pero poco a poco la expresión de su rostro mutó a indignación consigo mismo. No era para menos. Imaginó que salía del aeropuerto cojeando y dejando tras de sí un reguero de sangre. Qué cabreo, santo Dios: no le maltrataba la aviación comercial lo suficientemente mal como para que encima él mismo tomase una pistola cargada y se disparase en el pie.

-A ver qué se le ocurre, doctora –dijo el hombrecillo cuando se tendió en el diván de la psicóloga- A ver cómo me convence usted de que no soy el viajante más desdichado y el más gilipollas del mundo.

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Además de los consejos de la psicóloga, él mismo se aplicó otras terapias de urgencia. Imanes en la puerta de la nevera sujetando recordatorios. Postit amarillos sobre su mesa de trabajo. Rotuladores luminiscentes para hacer más llamativos sus avisos. Chinchetas de colores pinchando notas urgentes en el panel de corcho del pasillo. Y un firme propósito de la enmienda: recuerda al levantarte las obligaciones del día y a qué hora debes cumplirlas. Recuerda que debes recordarlo. Recuerda que debes recordar que luego se te olvida recordar.

La escena del hombrecillo atormentado le hizo sonreir a Homper, pero confiaba en que la trama de aquella comedia profundizara en el absurdo hasta el delirio. No le defraudó. A la semana siguiente el viajante debía tomar un vuelo a las 11’ 30 de la mañana. Puso el despertador a las siete, pero el subconsciente vigilante le despertó a las 6´30. én el taxi tempranero. se acordó de su abuelo, que cuando viajaba en tren se presentaba en la estación dos horas antes de la hora de salida.

-Elemental, muchacho –le decía- Es indispensable presenciar la formación del convoy.

“La formación del convoy”, se repetía el viajante sonriendo. Qué antiguo el abuelo, pero qué sabio. Aquella mañana trataría de seguir escrupulosamente sus pasos. Antes se proveyó de ayudas para apacentar la espera: su libro, su MP3 para escuchar la radio y su música favorita, el periódico del día y un pequeño block de notas por si en el entretanto debía  apuntar algo nuevo.

Llegó al aeropuerto una hora y tres cuartos antes del embarque. Era lógico: aquella mañana se había puesto pantalones con tirantes. Los tirantes tenían seis presillas metálicas, y para pasar el control policial debería abrir las presillas y luego cerrarlas al fin de no presentarse en el avión con los pantalones caídos. Elemental, como decía el abuelo. El control, la caminata hasta la puerta K 93, y, en la pequeña pantalla de Salidas, la sorpresa que ya no es, desdichadamente, ninguna sorpresa para los viajeros habituales de avión: delayed. Nueva hora de salida: 12, 05.

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El hombrecillo  desahogó su frustración con las dos encantadoras empleadas uniformadas que debían chequear las tarjetas de embarque.

-Buenos días –les dijo educadamente mientras con el gesto señalaba a la pantalla- ¿Qué nos cuenta hoy la compañía para justificar el retraso?…¿Falta de visibilidad? ¿Control logístico? ¿Causas técnicas?…¿Migrañas de los controladores?…

-No señor –respondió la que parecía más veterana- Es que no ha llegado aún el avión que debe cubrir ese vuelo.

-¿Tardará mucho en hacerlo?…

-No le puedo decir…Tiene que llegar de Gerona, pero no sabemos si ha despegado.

-¿Cree que con los Episodios nacionales de Galdós tendré bastante para la espera?

-¿Cómo dice?-preguntó la empleada, inmune a cualquier tipo de ironía.

-Quiero decir que si la espera va para rato.

-¡Oh si!-contestó luciendo la más amable de sus sonrisas- Siéntese ahí y lea lo que quiera, le va a dar tiempo…

El pobre viajante  refunfuñó visiblemente enfadado. Después advirtió que su cólera no sólo era inútil sino, que caía sobre dos trabajadoras que no tenían la culpa de nada, y les pidió disculpas por ello.

-Lo siento –les dijo- Se que ustedes son el pararrayos de la furia de los viajeros…Pero es que estoy hasta la coronilla de la falta de respeto de la aviación comercial y de su compañía  por mí y por todos los que tenemos que viajar.

A continuación se quitó su chaquetón color mostaza de Dijon, se puso los auriculares de su  MP3 en los oídos y se sentó en la segunda fila de asientos que daban la cara al puesto de embarque. No quería perder de vista ni la pantalla ni a las empleadas uniformadas, de modo que tuvo buen cuidado de sentarse en un lugar bien visible para ellas. Después abrió su periódico y conecto su MP3 para intentar evadirse.

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Parece ser que se evadió demasiado. Mientras en su MP3 sonaba su música favorita, dio buena cuenta del periódico del día y de medio capítulo de su libro. La música era arrebatadora, y el libro que se traía entre manos era sencillamente apasionante. Tanto, que el hombrecillo furibundo no advirtió que el avión procedente de Gerona había aterrizado, y después de ser debidamente limpiado y repostado, había despegado nuevamente rumbo a San Sebastián.

Eso es lo que le dijeron las amables empleadas uniformadas cuando, cansado de no saber nada de su destino, se levantó a preguntar por el vuelo retrasado.

-Oh, señor…Salió hace veinte minutos…

Se quedó helado.

Parece ser que el avión partió medio vacío. El hombrecillo asegura que entre página y página  levantó la vista y no vio ninguna cola ante la puerta de embarque. También asegura que no escuchó ningún aviso, cosa normal si se tiene en cuenta que ahora se ahorran en los aeropuertos las llamadas por megafonía, y  que, aunque estas se hubieran producido, él, raptado por su música favorita, no la hubiera oído.

-Perdón –dijo el viajante a las señoritas uniformadas- ¿No se acuerdan de que yo les pregunté hace una hora si había  mucho retraso?…

-Sí, claro…Usted, el del chaquetón mostaza….Claro que m acuerdo…Se sentó ahí a leer mientras llegaba el avión…

-¿Y no se les ocurrió levantar la mirada cuado vieron que ésta iba a despegar de nuevo y faltaba un pasajero?…Estaba en esa silla….

-¡Imposible! –se excusaron sin perder la sonrisa- ¡Si tuviéramos que acordarnos de todos los que se nos vienen a quejar!…

No se quedó precisamente contento con la respuesta de las amables empleadas. Pero si en esos momentos hubiera tenido la pistola a mano, no les habría disparado a ellas, ni tan siquiera a su propio pie. Sino directamente a la sien de su maldita cabeza, porque ahora ni siquiera podía alegar el despiste horario. Simplemente, había dejado escapar el avión delante de sus narices por leer y escuchar música en lugar de estar pendiente del avión. O porque la lectura y la música le seducían más que viajar apretado como una gallina ponedora cuando a los amos de los cielos le sale de las narices.

Volvió a casa después de haber perdido una deliciosa mañana en el aeropuerto.

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Como cine verité, real tal que  la vida misma, o como teatro del absurdo, la cosa tenía su gracia. La naturaleza imita al arte, y la vida misma acaba reproduciendo a veces lo que los maestros del disparate convierten en comedia.  Cuando Homper vio esta escena, desde el distanciamiento del espectador no pudo menos que reírse  a mandíbula batiente. Je, qué paradoja, el hombre con prisas que quiere viajar en avión para llegar pronto y, desalentado por la impuntualidad,  se desentiende de él, lo pierde inconscientemente y luego se tira de los pelos al ver que ha echado por tierra una cita importante.

¿Importante?

-Qué capullo-pensó-Eso le podía haber pasado a un personaje de Jacques Tati. Pero…¿cómo es posible que le pueda suceder alguien con la cabeza en su sitio?

Y dibujó una sonrisa que no se desvaneció hasta que, al llegar a casa y abrir el armario del hall,  advirtió que lo que colgaba en la percha era un chaquetón de color mostaza, como el del  viajante frustrado del aeropuerto. Entonces Homper, haciendo honor a su nombre, se quedó más perplejo que  nunca. Porque, qué contrariedad, comprendió que el gran majadero, el viajero estúpido que dejaba escapar los aviones no había sido otro que él mismo.

Reyes magos, pero no ilógicos

¿Cómo se conciben unos Reyes Magos sin camellos?

¿Cómo se conciben unos Reyes Magos sin camellos?

-¿Qué han hecho los años con mi cabeza?-me preguntaba Homper desesperado-Yo, que gané en tiempos mi oposición de secretario de ayuntamiento. Yo, un hombre tan ordenado que sabía donde guardaba hasta las ballenas del cuello de mis camisas. Yo, que metía el recordatorio de la primera comunión de mi prima Adela en un tomo de los Episodios Nacionales y registraba en la memoria si era en la batalla de los Arapiles o en Napoleón en Chamartín. Yo, que me acordaba de la fecha de la Conspiración de la Pólvora y de la batalla de las Navas de Tolosa y recitaba de corrido las alineaciones del Oviedo y el Las Palmas en la temporada de 1961…

Adivinaba el Duende que el lamento obedecía a una nueva fechoría de las neuronas cerebrales. La última perplejidad de Homper, nada halagüeña, por cierto, fe provocada por su buen sentido ciudadano. Quiso deshacerse de una de esas antenas cornadas que se ponían antaño a los viejos televisores, otro trasto más que rondaba por casa, y se dirigió paseando al Punto Limpio más cercano. Al salir de casa llovía mansamente, por lo que llevó el paraguas. A mitad de camino, dejó de llover. Estos enclaves que ha instalado el Ayuntamiento de Madrid serán muy limpios, pero están lejos. Homper no obstante se llegó hasta él y cumplió su objetivo. Mejor dicho, creyó cumplirlo. Se dio cuenta de que no lo hizo del todo bien cuando volvió a chispear. Entonces advirtió perplejo que, mientras en sus manos aún llevaba la antena, había abandonado el paraguas en el punto limpio.

-Despistes tontos -le dije para consolarle- Pequeñas averías de la edad. A todos nos pasa…Según los neurólogos, nada importante…

-No, si a mí no me importaba perder el paraguas -replicó- Pero es que estoy perdiendo el sentido de la lógica…¡Yo, que era puro cartesianismo!…

Había algo en su tono que presagiaba un dolor mayor. Y cuando esperaba que de un momento a otro me contara un drama provocado por sus ausencias mentales, me relató, cómo no, otro cuento de Reyes que empezaba como La divina comedia.

-Nel mezzo dil cammin di la nostra vita…-declamó solemne-…Yo tuve que abordar mis primeras navidades en solitario. Siempre ponía nacimiento, pero ahora apenas tenía sitio en casa. Compré el misterio, un pastor con tres ovejas y, para que ocuparan menos sitio, tres reyes magos de a pie, en actitud orante. Así le canté villancicos tres años. Pero al cuarto caí en que unos reyes magos sin camellos son como tres paisanos cualesquiera. Había montado el belén sobre un diminuto velador de cincuenta centímetros de diámetro. Era prácticamente una montaña de papel kraft embadurnada de engrudo sobre el que había sacudido musgo viejo, una Galilea perfecta. En el hueco de la base de la montaña, con una luz zenital, el pesebre. Y por delante de éste, apenas un palmo de terreno cubierto por la mejor arena del desierto, que es el pan rallado, con los magos de infantería y el pastor con su ganado. No puede ser, no puede ser, me decía. Por coherencia con la tradición, necesito unos reyes magos con camello…Pero ¿dónde los meto? Me lancé a la Plaza Mayor y encontré unos diminutos…Y pensé que, encima de la montaña, silueteados sobre una luz crepuscular que podía instalar tras ésta, quedarían sencillamente espléndidos. Y así fue: los compré, los clavé en su sitio y creí que ya había triunfado. Hasta que….

Se hizo un silencio plomizo que, después de unos titubeos, él mismo rompió.

-Hasta que caí en la cuenta de que no podían estar al mismo tiempo cabalgando por el horizonte y postrados a los pies del Niño. Es ilógico. Eran magos, pero seguro que no tanto.

-¿Y qué, y qué?-pregunté angustiado.

-Nada, he tenido que retirar los reyes de a pie hasta el seis de enero, que sustituirán a los nuevos…Y entretanto, a ver donde pongo a los cesantes y cómo relleno el claro que se me ha quedado ante el portal…Un sinvivir, ya te digo…¡Y que a un hombre tan racional como yo se le escapen estos detalles!

No era el único suceso del que podía tratar hoy el blog. Pero entiendo tan bien al pobre Homper…

Esperando al carbonero

 Preocupa al Duende que cada vez pasa más de los periódicos, tan necesarios antes en el desayuno como lo era el café. Ambos le son `prescindibles ahora, si bien ha de confesar que casi más aquéllos. El café aún no lo sirve internet, mientras que lo sustancial de la prensa se picotea en una pasada por la red. Cuando lo hace, ya ha escuchado el Duende los informativos de la radio que resumen la jornada. Así que con esa ventaja, juega apostando consigo mismo cómo serán los titulares de los periódicos que leería si se acercara al kiosco. El vaso medio lleno o medio vacío. El color del cristal con que se mira. Pregunto, como Jardiel acerca de las once mil vírgenes: ¿pero de verdad hubo alguna vez algún periódico o cualquier otro medio de verdad objetivo e independiente? No juzgues y no serás juzgado: el mismo Duende duda de que él lo sea.

Todos leemos o escuchamos para encontrar a alguien que nos de la razón. Uno era adicto a la información desde que España despertó de su larga siesta, hubo algo de libertad de prensa y en lugar del general Franco habló el equipo médico habitual. Esa afición está bien, no hay nada criticable en ello. A la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía  le parecerá incluso recomendable. Lo malo es pensar lo que le hubiera enriquecido a una esa lectura aplicada  a otra materia. Lo que se llevaron, por ejemplo, el caso Matesa, la Platajunta, la llamada Operación RocaSofico, el yerno de Franco, el Watergate, la bomba de Palomares, las caras de Bélmez, la muerte de Paquirri, la descomposición de la vieja Yugoeslavia y el papa Clemente del Palmar de Troya. ¿Cuántas líneas dedicará a esos acontecimientos o personajes el gran libro de la historia?. Nunca fue tan volátil todo lo que es permanente, ni tan meteórico lo que siempre fue efímero. Valdría más leerse un resumen de prensa de cada década y dedicarse a lo que siempre se dice haber leído y nunca se leyó. El Duende tiene en espera los Episodios Nacionales, la segunda mitad del Ulises y Rayuela, entre otras muchas lagunas. En cambio, y consciente de que tempus fugit y de que ni los calzoncillos de Beckham ni las bravuconadas de Chávez serán nada mañana, compensa esas deficiencias llevando a menudo al cuarto de baño la Enciclopedia Británica. Siempre le acusaron de lentitud en ciertos trances, pero no todo el mundo sabe que esa obra es muy entretenida, refresca el inglés y sus tomos, magníficamente encuadernados e impresos en papel biblia, quedan perfectamente abiertos sin necesidad de sujetarlos por la página que se lee. Por lo demás, todo lleva su tiempo.

En el resumen de esta primera década del siglo veintiuno estará, sin duda, la alarma que está provocando el agotamiento de las materias primas y el cambio climático. Sobre esto, dos botones de muestra, de distinto color, obviamente. El viernes, se si en ONDA CERO o en PUNTO RADIO- un tertuliano se burlaba del reciclaje de papel, porque, según él, el aumento del consumo de esta materia prima se neutraliza plantando más árboles. Ayer, en EL PAÍS, avanzaban algunos inquietantes datos contrastados: la temperatura media del Mediterráneo ya ha aumentado medio grado, y el nivel de sus aguas, ocho centímetros. Los conservadores alarman sobre la economía. Los progresistas, cambian ese prosaico jinete del moderno Apocalipsis por el del cambio climático. Un sinvivir.

Y entre un desasosiego u otro, aprovechando que no se si gracias a o por culpa de ese cambio estábamos a diecinueve grados, el Duende y su nieta colgaban de un cerezo una casita nido que les trajeron los Reyes. Dentro pusieron trigo y salvado, porque cualquier día de éstos aparecerá el carbonero, un pequeño pájaro de color azul y amarillo que es el más madrugador de los que anidan alrededor de la casa. Y no quisieran que el encantador pajarillo perdiera la costumbre de  criar aqui por un quítame allá esa desidia medioambiental. ¿O va a saber el carbonero que en España incumplimos en un treinta y cinco por ciento el Protocolo de Kioto?


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