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A Zapatero le folla el discurso

Zapatero quiere firmar acuerdos para apoyar el turismo con Rusia. Pero palabra que su discurso sonó a otra cosa...

Zapatero quiere firmar acuerdos para apoyar el turismo con Rusia. Pero palabra que su discurso sonó a otra cosa...

La FLIR (Federación de Libertinos  Impenitentes de Rusia) no daba crédito a la traductora simultánea. Pero cuando se convenció de  que Tatiana Goncharova, filóloga y lingüista, quería decir lo que decía, y que sólo había traducido fielmente el palabro del presidente Zapatero, se manifestó alborozada en la Plaza Roja de Moscú, y allí mismo convocó a sus simpatizantes para improvisar un botellón que acabó en bacanal.

En Barajas, los viajeros que esperaban la llamada para embarcar en el vuelo a la capital rusa, se precipitaron a la farmacia del aeropuerto y agotaron la existencia de preservativos.

Mientras tanto, en el remoto pueblecito de Tinmouth, condado de Rutland, estado de Vermont (USA), a la infatigable tía Clota, que seguía las noticias de España por el Canal Internacional se le cayeron las gafas cuando escuchó del siempre impecable verbo del presidente español ante el presidente Netvedev la necesidad de un “acuerdo para follar” con Rusia.

-Con lo pulcro y redicho que es  este chico -le preguntaba al  perplejo Homper- ¿Tanto le han afectado los últimos acontecimientos?

Homper le quitó importancia. ¿Quién no ha caído alguna vez en un lapsus linguae sonrojante?

- De apoyar a follar no hay tanta distancia fonética, tía -le explicaba- Y en cualquier despiste se puede pasar de un verbo a otro. Pero al presidente se ve que ahora le acucian los problemas,  está nerviosillo, y por una vez no ha dicho el discurso perfecto.

-Ya lo entiendo -la tía Clota, siempre tan buena y comprensiva- Vi en el telediario que está la cosa imposible…Más ruina, más paro, los del PNV que complican la vida y hasta esos sindicatos, siempre tan dóciles, que le ahora le enseñan los dientes al gobierno- y se quedó pensativa- Oye, Hom…Donde dijo que quería tacatá…¿no estaría queriendo decir que teme ser tacatado?

A Homper le dejó estupefacto el aventurado y sutil análisis de su anciana tía. Camilo José Cela dejó dicho una vez que no es lo mismo estar durmiendo que estar dormido, como tampoco lo es estar jodiendo que estar jodido. Y para la tía Clota, Zapatero empieza  a sufrir el segundo de los supuestos.

Rafa Nadal, el hijo deseado

nadal1-¿Y por qué no te casaste?-le reprochaba la tía Clota a Homper-Yo lo hice demasiado tarde, pero tú podías haber tenido un hijo como Rafa Nadal.

Homper, para variar, se quedó perplejo por la regañina de su anciana tía. Desde que el jardinero le había instalado un Skype en su ordenador y hablaba cara a cara con él, la tía Clota se había desmelenado. Largaba de todo y por cualquier motivo. Ayer lo que reflejaba su rostro y tremolaba en sus palabras era la emoción por el nuevo triunfo del tenista mallorquín.

-¿Por qué, sobrino, por qué?

Homper no supo qué decirle. En realidad, se había pasado la vida trabajando lo necesario para sobrevivir y observando a su alrededor. De ahí su condición de hombre permanentemente perplejo. Amó a varias mujeres, pero cuando estaba apunto de sellar el idilio surcaba su pensamiento un motivo nuevo y, como la fuga musical, se evadía a nuevos territorios de la imaginación. Nunca se casó. Y, como la tía Clota, tampoco nunca había tenido un hijo.

-Yo no pude-insistía la tía Clota- El pobre tío Oscar aún lo intentó, pero mi cuerpo ya no respondió…Y no me voy a reprimir más, necesito decirle a Rafa Nadal que le quiero como al hijo que no pude tener.

La tía Clota contó que se presentaron en su casita de Tinmouth sus amigas Thelma y Edwina con un pastel de manzana para la merienda y las bolsas de punto. No dieron ni uno ni probaron bocado, porque la final de Melbourne fue sencillamente apasionante. Thelma era de Federer, Clota, como es normal, de Nadal, y Edwina, neutral. Pero al final, cuando vieron el llanto del suizo y escucharon las palabras de consuelo del campeón español -a gentleman, gentleman y medio- las tres se abrazaron emocionadas vitoreando al mallorquín.

-Edwina aún confesaba que le gustaría mantener con él uno de esos idilios imposibles como el de Vivien Leigh en La primavera romana de la señora Stone-precisó Clota-¡Es tan españolamente guapo el puñetero!….Pero Thelma y yo le vemos más como el hijo deseado. Tan bien educado, tan bueno, tan tierno, tan humilde, tan abrazable…

Y a continuación desplegó ante la cámara del Skype un tapiz de petit point que le había empezado a tejer con sus propias manos el día que Rafa Nadal ganó en Wimbledon. La mitad de la izquierda, tejida en el cañamazo siguiendo una fotografía, reproducía el rostro del gran campeón. La de la derecha, la silueta de una casa junto a un rótulo que decía Clota´s House. Tinmouth, Rutland County, Vermont (USA). Y, sirviendo de base y escrita en letra tipo Times, esta leyenda: A RAFA NADAL, HIJO PREDILECTO DE ESTA CASA.

-Te lo mandaré por paquete postal-le suplicó con la voz entrecortada-Y tú se lo harás llegar, ¿verdad? Porque yo no se cómo hacerme con sus señas…

Homper, una vez más, se quedó pasmado. Y se prometió a sí mismo no descansar hasta que Rafa no se enterase de que, para una anciana residente Nueva Inglaterra, como para media España, e incluso para él -que era ya un solterón en grado de tasajo-el joven campeón era el hijo maravilloso que todos deseaban tener.

Un respeto a los Reyes Magos

Que las Cabalgatas respeten la dignidad de los Magos...

Que las Cabalgatas respeten la dignidad de los Magos...

Durante años, el concejal Filomeno, de Izquierda Unida, había criticado la Cabalgata de los Reyes Magos. Le parecía, en primer lugar, innecesariamente monárquica, en segundo lugar anacrónica, en tercer demasiado cara para el erario público y finalmente poco solidaria con los más necesitados. La Cabalgata discurría por la zona más céntrica de la ciudad, donde justamente se ubicaban las viviendas más caras. Y mientras los ricos podían ver a los Magos desde sus terrazas y balcones, aprovechando incluso el acontecimiento para abrir salones y hacer relaciones públicas con sus amigotes, las clases humildes pugnaban entre el gentío por hacerse un hueco en la calle, abrir su escalera portátil y encaramar a sus críos a tan inestable observatorio. Muchos eran  los llamados a los fastos del acontecimiento, pero pocos los elegidos que acababan viéndolo en condiciones.

-Qué claudicación intolerable-comentó la primera vez que uno de sus correligionarios aceptó el dudoso privilegio de encarnar a Baltasar.

La tradición decía que el partido del alcalde elegía la persona que encarnaría a Melchor, el segundo partido en número de concejales la que haría el papel de Gaspar e Izquierda Unida se encargaba de designar al rey negro. Aunque Filomeno era, como es lógico, agnóstico, africanista, partidario del Frente Polisario, devoto de Martin Luther King y simpatizante de Obama, como pedagogo de profesión no se mostraba partidario de prolongar la ingenuidad de los niños con un ritual que además tenía sus raíces en lo que contaban los Evangelios. Además, él no había superado la frustración que las huellas del engaño y la simulación habían dejado en su personalidad. A los siete años descubrió con sólo fijarse en la pechuga banca que asomaba por el cuello de la túnica del Baltasar de su pueblo que éste en realidad era Vitillo, el alguacil, indecorosamente embetunado. Y años después padeció un trauma aún más grave cuando, creyendo haberse ligado a una sueca tipo Anita Ekberg comprobó al tacto que en realidad se estaba enrollando con un travelo que de día repartía butano y de noche hacía servicios especiales. Así que este año que, por fin, le había caído en suerte el discutible honor de ser él el rey negro, se comportó con coherencia y le ofreció a Ambrosio Bongueme su puesto.

-Ambrosio, ¿no decías que te hacía tanta ilusión ser rey mago?…Pues ea, aquí tienes la oportunidad. Y sin tener que teñirte ni nada…Porque hay que ser coherente, y si Baltasar era negro, lo lógico es que sea encarnado por uno como tú.

En realidad, ese cinco de enero el concejal Filomeno había sido invitado a una montería a la que iba a asistir Marianín, el ministro de Justicia, al que le quería pedir un favor. Y temía no regresar a tiempo para la cabalgata. Además, así podría cumplirse uno de los sueños más largamente acariciados por el pobre Ambrosio.

Ambrosio Bongueme era un médico guineano huído de la tiranía de Teodoro Obiang. Deslumbrado, como todo el tercer mundo, por la prosperidad de Europa, se había ganado la vida en España como jardinero, camarero, paseador de perros, enfermero de de ancianos impedidos y últimamente como secretario in péctore de Filomeno, al que servía como conductor, recadero, pinche de cocina eventual y chapuzante cuando se obstruía el bote sifónico del cuarto de baño o había que montar un mueble de IKEA. Bongueme no aspiraba a ejercer su profesión, no, porque no pedía tanto a la vida. Se limitaba a soñar que algún día demostraría que un negro puede ser mejor que un blanco. Además, estaba muy ilusionado porque le habían dicho que cuando los Reyes Magos visitan los hogares la noche del cinco al seis de enero, solían encontrarse una bandeja con roscón, turrones, y otras golosinas, y el hombre estaba canino. Así que se tomó muy en serio su papel, y durante una semana estuvo ensayando sonrisas, modales mayestáticos y lanzamientos de caramelos. La tarde decisiva, Ambrosio se probó el disfraz, se miró al espejo y se sintió tan identificado con Baltasar que pidió a Dori, la secretaria de Filomeno, que le hiciera una foto de recuerdo para mostrar a sus descendientes la altísima dignidad a la que había llegado. En esas estaba, cuando sonó el móvil de Dori. Fue una conversación breve, en la que ella sólo emitió monosílabos y un tranquilo, jefe, no te preocupes para cerrar la conversación.

-Lo siento, Ambrosio-le dijo al rey Baltasar después de colgar- Pero el ministro se ha descolgado de la montería, y además al final de la cabalgata hay una recepción a la que tiene interés en asistir el jefe, porque van los patrocinadores y Vanessita, su hija, está moviendo el currículum…Ya sabes, otro año será.

La cabalgata de aquel año mostró al rey negro más deslucido que se recuerda. Unas barbas postizas impresentables, un embetunado que no engañaba a nadie, un turbante improvisado con un foulard de Loewe y la cortina del despacho del concejal a modo de costrosa capa. Además, mientras Melchor y Gaspar cabalgaban sobre camellos, Filomeno tuvo que conformarse con un jaco que le prestó un policía municipal. Mientras tanto, por los arrabales de la ciudad, Ambrosio Bongueme, repartía caramelos a manos llenas mientras proclamaba a voz en cuello desde el camello robado que él era el auténtico rey Baltasar, y que no hay que creer en los Reyes Magos cuando quienes los representan no les respetan como se merecen.

Año nuevo junto al alcornoque más viejo

Qué pequeño se ve uno junto a ese coloso que es el tiempo...

Qué pequeño se ve uno junto a ese coloso que es el tiempo...

Fíjate -le decían a aquel pobre niño el día de Nochevieja- Hoy verás por la calle a un hombre con trescientos sesenta y cinco narices, trescientos sesenta y cinco bocas, trescientas sesenta y cinco ojos…

Y así de todo. Trescientos sesenta y cinco manos, pies, brazos, cabezas…Y el chico era tan ingenuo que se lo creía. El Año Viejo era un anciano monstruoso y multiorgánico que salía a la calle para despedirse. Pero qué casualidad, cuando los hermanos mayores señalaban a una esquina y gritaban mírale, ahí está, y él volvía la cabeza para echarle un ojo, el monstruo se había escondido. No había manera de verle, imposible…Tampoco al Año Nuevo, que era un bebé tierno y sonrosado. Ni al Ratoncito Pérez. Puaff, puaff…Uno empezaba a sospechar que en la mitología de los niños había gato encerrado.

Y, lamentablemente, la había.

Desapareció el monstruo y uno entendió rápidamente que el día 1 de enero es exactamente igual que el 31 de diciembre anterior, pero con más resaca, más legañas y más deseos de dormir la mona. No había cambiado nada alrededor, y nuestras vidas eran las mismas, porque aunque corren los años casi nunca pasa nada, y lo que sucede en el transcurso de doce campanadas es un pasar discreto que no llama la atención. Años más tarde, en su primer viaje a Londres, el Duende se llegó a la colina por donde alguien marcó en el suelo la línea del meridiano de Greenwich, y creyendo que iba a hacer historia plantó un pie en el este y otro en el oeste. Ni un sístole arrebatado en el corazón ni una cosquillita especial en la entrepierna. Como cuando en la frontera de Tuy pisó al mismo tiempo Portugal y España. Nos marcamos artificialmente cortes mágicos en la realidad, como si fuera posible pasar de sapo a príncipe en un pispás o vernos listos, altos y ricos por un viaje astral a otro lugar del mundo donde todo lo soñado es posible. Y luego resulta que no. Ya lo advertía Segismundo encadenado: la vida es sueño, pero los sueños, sueños son.

Todo eso le rondaba al Duende momentos antes de las doce campanadas de Nochevieja. No era producto del desencanto, sino de la maceración de conocimientos y de pensamientos que es privilegio de la edad. Por eso, lejos de los petardos y los fuegos de artificio, saltó de un año a otro con los que quizás podrían considerarse sus amigos más tranquilos, Ramón y Ana de Miguel y José Pedro y Teresa Sebastián de Erice. Les habían acogido los primeros en su casa de campo extremeña, en medio de un encinar cuyo silencio sólo se rompe en estas fechas por el lejano grito de las grullas que hibernan en la contornada. Tanto Ramón como Jose Pedro son diplomáticos, y los cuatro se han pasado media vida viajando. Y tienen claro lo que Paul Éluard consagró en uno de los versos más citados: hay otros mundos, pero están en éste. A una edad, uno lleva ya para siempre su propio mundo en la mochila del alma.

Al día siguiente dieron un paseo y se retrataron junto al que según algunos es el alcornoque más grande de España, justo en la raya de Castilla la Mancha con Extremadura. Ahí, al pie de un majadal, mutilado por los años y por el abandono de todos, se yergue este coloso varias veces centenario. Él nos volvió a recordar que el tiempo es relativo, y que, aunque sigamos acariciando la quimera, tampoco es seguro que 2009 traiga la felicidad absoluta. Así y todo, feliz lo que sea al que nos lea.

INEM hasta en los nacimientos

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La prima Alicia vivía como una pepa, y afortunadamente no había tenido necesidad de trabajar nunca. Hasta que giró levemente la veleta de la fortuna, y tuvo que hacerse cargo de una floristería familiar.

También le apremiaba la presión social. Ella hubiera sido feliz cumpliendo las funciones de una respetable dama burguesa: el esposo, los hijos y la casa. Pero hasta las más tradicionales de sus amigas habían abandonado el estereotipo para trabajar fuera del hogar. Empezaba a estar de moda el verbo realizarse. Y al parecer, el ser humano no se realiza si no proyecta su acción personal más allá del ámbito familiar. La prima Alicia sacó pronto sus propias conclusiones sobre la dureza de lo que es trabajar en un establecimiento comercial.

-Pues dirán lo que quieran-sentenció -Pero a mí lo único que se me realizan son los pies.

Desde ese momento el Duende siempre ha admirado a cualquiera que tiene que pasar su larga jornada de trabajo yendo de aquí para allá, de la caja a la trastienda, del escaparate al teléfono, subiendo a una escalera para sacar un objeto de lo alto de una estantería o manipulando el toldo, atendiendo a un pelmazo o abriendo todo el muestrario a esa señora implacable tan minuciosa para elegir sus compras. Todo de pie, y casi siempre con una sonrisa en los labios.

Más genéricamente podría subrayar su admiración por el pequeño comercio, una de las primeras víctimas de la crisis. Por eso aplaude aún más su esfuerzo por agradar en Navidad. El Ayuntamiento de Madrid se ha esforzado este año por vender el slogan de Madrid, la ciudad de la Navidad, y difunde en todos los medios el programa de fiestas, actuaciones y el itinerario de belenes y nacimientos públicos. Pero sin entrar en un museo o en una iglesia, el curioso puede pasear y disfrutar viendo escaparates. Suena a diversión antigua, pero tampoco es mala solución para tiempos caninos.

Y al menos en la capital -como, supongo, en toda España- hay pequeños comercios que merecen un aplauso por su gracia y su originalidad. El Duende se ha parado ante muchos escaparates disfrutando como un niño. Pero ninguno tan entrañable e ingenioso como el de una pequeña cristalería de la calle Padilla, a la altura de los números 35 -37. Ahí, en poco más de un metro cuadrado han montado un nacimiento sencillamente encantador. No le falta de nada: ni castillo de Herodes iluminado, ni molino con las aspas girando, ni río con agua corriente, ni sentido de la perspectiva y de la proporción en las figuritas, más pequeñas las lejanas que descienden desde una procelosa montaña en dirección al portal.

Pero, sobre todo, no le falta sentido del humor. Porque, si bien el portal es el centro de atención, uno puede observar a su lado otra cueva encendida donde, sorprendentemente, se ha acumulado una gran cola de los que en otros nacimientos van a ver al Niño. ¿El motivo?…Alguien atiende al público en esta cueva, y encima de ella hay un rótulo que dice INEM. Ya hay INEM hasta en el nacimiento, por si el Niño no alcanza al milagro que vamos a necesitar para colocar a tanto parado.

El pequeño comercio, querida prima Alicia, además de realizar los pies aguza el ingenio.

Meditación sobre el edredón

Ideal para estas noches…
Ideal para estas noches...

La Tatianita vino muy contenta del cole. Aquel día la profe explicó la teoría de que la función crea el órgano, y lo había entendido todo. Se lo contaba orgullosa a su madre, que es doña María, gladiadora del hogar, gruesa de los nervios y doctora en gramática parda. Pero ésta, ceño fruncido y brazos en jarras, la escuchaba con evidente escepticismo.

-Mira, hija, la ciencia dice muchas tontunas – argumentaba- Mi hermana Rosaura dice que si eso fuera cierto, después de tantos siglos esforzándonos para llegar a remeter las sábanas del lado contrario de la cama, nuestras rodillas deberían doblar al revés, como las de las cigüeñas.

Menos mal que no se registró la mutación. Imagínense qué oprobio para el joven Ministerio de Igualdad.

Doña María es poco darwiniana porque ignora que para esa evolución de la anatomía femenina hubieran hecho falta millones de años. Y, afortunadamente incluso antes de que, gracias a Bibiana Aído, los hombres nos hubiéramos lanzado como locos a hacer camas, alguien inventó el edredón e interrumpió la evolución de la rodilla femenina.

El Duende prefiere las camas tradicionales, con sábanas, mantas y colcha. Sin embargo cuando llegan noches tan frías como las de esta última semana se reconcilia con el edredón. Es cierto que en la latitud de la capital de España este cobertor abriga de más desde abril a septiembre. Pero qué delicia arrebujarse en él cuando la luz de las estrellas se congela.

-Es como dormir abrazada por un galán de ensueño-matiza Jocelyn, la íntima de doña María.

El marqués de Betanzos, que es hombre muy viajado y de vasta cultura, mantiene la teoría que el auténtico edredón (feather down: la pluma de la parte baja del cuerpo del pato, dicen que es su etimología) es tan útil en invierno como en verano. Actúa como un aislante que mantiene la temperatura del cuerpo. Pero doña María dice que es otro camelo de la ciencia. Lo probó durmiendo con edredón una noche de agosto en los madriles y casi le da un soponcio.

Todas estas reflexiones venían a la cabeza del Duende la noche del pasado jueves, cuando se tenía que meter en la cama gélida en una casa aislada en el campo. Cuánto echó de menos el frailero. Y cuánto cuesta acomodar los pies en la cama cuando el sobrepeso de tres mantas de lana te aplasta los empeines. Logró entrar en calor, y dormirse. Y, puesto que la humanidad había dormido así, con los empeines forzados, durante siglos, soñó que la función había creado un pie nuevo. De manera que al despertarse del largo sueño, ya no volvía a andar sobre las plantas , como los homínidos de siempre. Sino de puntillas, como las bailarinas. Y así, en plan Ana Paulova, salió a la calle ante la mirada estupefacta de los transeúntes. Hasta que se topó con Darwin y éste le despertó advirtiéndole de que, entre la teoría y el sueño, estaba haciendo el ridículo.

¿Será que Trujillo también es Euskal Herría?

Aquel anciano artista de la piedra estaba mosqueado. Años atrás había labrado a cincel un escudo en granito que debía rematar una de las esquinas de la torre cuadrangular de la iglesia. La iglesia románico-gótica, nada menos que del siglo XIII, era una maravilla que invitaba a creer en Dios y en los angelitos. Pero el maestro cantero no estaba para salmodias ni devociones cuando se lo encargaron. Las instrucciones que le habían dejado no estaban muy claras. Lo único que sí tenía claro es que si no entregaba su obra a tiempo, no la cobraría.

-Tiene que estar para el mes de noviembre- le apremió el arquitecto restaurador-Sin falta. Y si no, atente a las consecuencias.

El tiempo se le echó encima sin haber despejado sus dudas. De modo que aunque pensaba que quedaría mejor un escudo nobiliario o del obispo de la diócesis, decidió labrar el escudo del Atlético de Bilbao, que era el que mejor conocía y el del equipo de sus amores. Cuando lo tuvo listo, y sin esperar ni a la bendición episcopal ni al visto bueno del arquitecto restaurador ni a Cristo que lo fundó, lo recibió en el ángulo de la torre reservado al efecto. Era la fecha limite ‘para la entrega. Y desde entonces se puede admirar su obra en la torre de Santa María la Mayor de la ciudad de Trujillo.

Curiosidad heráldica en la torre de Sta.Maria la Mayor de Trujillo

Curiosidad heráldica en la torre de Sta.María la Mayor de Trujillo

-Y ahora estoy acojonado- le contaba a Homper resoplando.

Pues puede ser. La semana pasada, la plantilla del Athletic de Bilbao (ahora con hache) encabezaba una carta a la opinión pública firmada por una larga lista de futbolistas vascos en la que decía que ellos no jugarían en la selección de Euzkadi, como pretende el PNV, sino en la de Euskal Herría. Macario no tenía la menor idea de lo que significaba Euskal Herría, pero alguien le explicó que era, más o menos, el ámbito en el que se proyectaba la cultura vasca. Él tenía muy claro que lo que él hacía, además de cantería fina, era cultura. Y que el Athletic era de Bilbao, o sea, mayormente vasco.

-Así que por esa regla de tres, me da a mí que van a querer que Trujillo también sea Euskal Herría.

Homper le contó a Macario que él también estaba perplejo. Los nacionalistas vascos, tan encantados de haberse conocido, tan orgullosos de su RH negativo, de la singularidad de su lengua y tan deseosos de desengancharse de España, cada vez amplían más las fronteras de su utopía. Y cuando les interesa un futbolista de la Rioja, por ejemplo, que queda cerca, lo hacen vasco.

-No lo entiendo-dijo Homper.

-Yo tampoco -decía Macario- Y encima van y se pelean entre ellos: Euzkadi o Euskal Herría…¿Y a mí que me dice eso? Mi problema es que, sin saberlo, yo les di motivos para que ahora reclamen Trujillo…¿Es Trujillo Euzkadi? ¿Es Euskal Herría?…

Y ya en plena empanada mental anticipó que entre unos le están haciendo…

-Un pichoak liúa.

No será una expresión vascuence muy académica. Pero, aunque Homper sigue perplejo, la entiende perfectamente.

¡

Cómo arreglar el mundo en tres horas

Aquella mañana Homper, después de haber dormido profundamente, despertó feliz. Nunca había sabido de sus poderes taumatúrgicos, pero resulta el sueño que acababa de tener demostraba justo lo contrario.

En la primera parte de la noche soñó que había curado la depresión que afligía al mundo. Los ratios económicos cambiaron de cara. España crecía al infinito por ciento. El PIB estaba por las nubes, la inflación y el déficit exterior prácticamente a cero, los precios de la vivienda y de la cesta de la compra se habían moderado y puesto al alcance de las familias modestas. El petróleo había bajado tanto que los coches -ahora equipados con un motor que en lugar de CO2 emitía un combinado de oxígeno del Mont Blanc con perfume de rosas- volvían a circular. Definitivamente, la industria del motor había recuperado el pulso.

Y no sólo eso. Esa parte del sueño arreglaba también la crisis del ladrillo y, por ende, la de la vivienda. Al llamado Pocero Bueno, que va por ahí prometiendo construir pisos y venderlos con un margen de beneficio de sólo un tres por ciento, le habían salido competidores. El Pocero Buenísimo rebajaría el margen de los suyos al dos, el Pocero Solidario se conformaría con el uno, el Pocero Ejemplar los ofrecía al precio de coste. Y el Pocero Santo mejoraba la oferta del anterior amueblando la casa gratis, y regalando una semana de vacaciones en Marina d´Or junto con una caja de yemas de Santa Teresa y un par de botellas de Quina Santa Catalina, para que no hubiera dudas de su santidad.

En el segundo tramo del sueño desaparecía las colas del INEM. Todo el mundo trabajaba en lo que le gustaba, y además sin tener que pedir aumento de sueldo, porque los empresarios, antes negreros y sacamantecas, eran ahora justos, y se anticipaban a retribuir a cada cual según sus méritos. Gracias a las gestiones de Homper, los banqueros irresponsables y codiciosos que se habían forrado con las subprimes habían devuelto sus ganancias. Y también los sindicatos, viendo que ya no tenían razón de ser, dejaron de enredar para dedicarse a sociedades recreativas o asistenciales. Los sindicatos no devolverían el pastón que se han llevado de los presupuestos públicos durante años, pero al menos no nos costarían más.

En el tercer del sueño, asistió a otro hecho histórico. El era diputado del Congreso, y tras una magistral defensa de su proyecto de ley, había conseguido lo que muchos españoles consideraban esencial para mejorar España. Es decir, la reforma de la Ley Electoral.. Señoríajs -decía el presidente José Bono- Queda aprobada aprobada por unanimidad la la Ley de Defensa contra lajs Minoríajs Chantajijstas. Algunos juristas de prestigio sugirieron que no era el nombre más adecuado para ese texto legal, para ya se sabe cómo es Bono.

Así, de una tacada y en una sola noche, Homper se quedó perplejo de sus fantásticos superpoderes. En algún momento llegó a dudar de ellos, pero se convenció de lo contrario recordando que Zapatero y los miembros del G-20 -a razón de siete minutos cada uno- querían arreglar el mundo en tres horas. Bastante menos, al cabo, de lo que había durado su sueño.

Por cierto, éste, además, le había salido gratis a contribuyente.

Paco Ibáñez canta a Zapatero

No era Homper un cristiano ejemplar ni un creyente a machamartillo. Pero estaba tan emocionado por el clamor de que Zapatero sea invitado a la Cumbre de Washington que aquella noche, antes de apagar la luz, se hincó de rodillas a los pies de su cama y mirando a la imagen del Niño Jesús de Praga que velaba sus sueños rezó como en su lejana infancia.

Jesusito de mi vida/ tú eres niño como y/ por eso te quiero tanto/ te ofrezco mi corazón/…¡Y te pido que a Zapatero/ le inviten a Washington!

Apagó la luz, se metió entre las sábanas y en los pocos minutos de vigilia antes de dormirse se preguntó perplejo cómo era posible que el presidente más de izquierdas que jamás conoció España suspirase por ser uno de los fundadores del nuevo capitalismo. Ni los Clicks de FAMOBIL, ni el disfraz de Batman, ni el Escalextric ni el último videojuego. Joseluisín quería ser parte del Cheminova del G 20, y demostrar que, así como era capaz de resucitar a los muertos, también lo sería de redimir al odioso becerro de oro herido por sus propios errores y torpezas.

Patriotismo obliga. Homper no sabía que, aunque el presidente cuestione el capitalismo, era consciente de que éste era el motor que movía el mundo. Lo sabía desde que, se le apareció Barbancio de Trebujena, apologeta del laicismo y de la revolución del proletariado, pero autor del opúsculo Cómo ser de izquierdas sin dejar de vivir como Dios, o la cuadratura del círculo. Barbancio no se anduvo por las ramas, y estuvo elocuente.

-Déjate de leches, José Luis. Con las cosas de comer no se juega. Así que trágate tu antiamericanismo y hazte un hueco en Washington para iluminar al memo de Bush, que no tiene ni puñetera idea de economía. Hazlo por España, por el progreso, sí, por la salvación del mundo.

Homper cayó rendido por el sueño. Y soñó, ¡oh sorpresa!, que en el Estado Vaticano, entre el fru frú de la vestiduras cardenalicias y las estancias perfumadas de santidad, cundía el nerviosismo. Se había convocado reunión de P-20, organización que agrupaba a los mandatarios paganos más importantes del mundo. Y Benedicto XVI, en un ataque de cuernos por no haber sido invitado, había ordenado que se pusiera en marcha la maquinaria diplomática para enmendar la afrenta.

Hasta la flemática Guardia Suiza, y los mismos ángeles de los cuadros de los Museos Vaticanos y del techo de la Capilla Sixtina se alborotaban por complacer al jefe. En lo más profundo del sueño, Homper escuchó una música que ambientaba aquella visión cuasicelestial. No era un Gloria de Vivaldi ni el Exsultate jubilate de Mozart, como cabía esperarse de la ocasión. Sino la voz de engrudo de Paco Ibáñez cantando algo revelador que despejó definitivamente la perplejidad de Homper.

Érase una vez un lobito bueno/ al que maltrataban todos los corderos/Había también un príncipe malo/ una bruja hermosa y un pirata honrado/ Todas estas cosas había una vez/ cuando yo soñaba un mundo al revés…

La coronilla de Ibarreche

Una de las cosas que más perplejidad le causó en su día a Homper -el Hombre Perplejo, no lo olviden- fue un ascensor del Banco Santander donde por primera vez pudo verse al completo. No fue la suya una visión tan desalentadora como la del retrato de Dorian Gray, pero tampoco precisamente agradable. Los bancos siempre deben mostrar su opulencia en cualquier detalle. Y aquel ascensor no se conformaba con espejos en las cuatro paredes, que tanto alivian el gesto de bobo serio que indefectiblemente pone el viajante de Schindler, Otis Zardoya o Thyssen. Aquel ascensor lucía además un espejo en el techo que reflejaba en sus paredes la primera visión cenital del visitante.

-Horror-exclamó Homper-¡Me apunta una coronilla como la de Ibarreche!

El lendakari Ibarreche es el más alto representante del pueblo vasco. Eso no es incompatible con su aspecto de fraile figurante en El nombre de la rosa. En esa cabeza, lo que empezó siendo una digna tonsura monacal se va convirtiendo en un casquete polar que día a día gana paralelos hacia el sur. Sin embargo, la coronilla de Ibarreche es selectiva. Se supone que, a más superficie de la misma, mayor sensibilidad para el hartazgo. Y no es exactamente así.

El Lendakari está hasta la coronilla de España, el estado, la Constitución, el Tribunal Constitucional y la rigidez de esta democracia que no permite el ejercicio del derecho de autodeterminación. Pero sin embargo no parece que su coronilla extensiva llegue a percibir los excesos del nacionalismo que dan alas a ETA. Estos siempre le sorprenden como si él hiciera todo lo posible por evitar los desmanes terroristas. Si no, algún día declararía tajantemente que también está hasta la coronilla de ETA y sus marcas blancas, le den o le quiten votos y poder en el gobierno autonómico, los ayuntamientos y las diputaciones.

Otro alopécico vergonzante como Anasagasti descubrió que los etarras eran terroristas el día que su anciana madre casi se chamusca en un autobús urbano que incendió la llamada kale borroka. Hasta entonces quizá confundía a los cachorros de ETA con los boy scouts. Y Homper tampoco lo entiende. Cuántas coronillas, tan despejadas o más que la suya, y sin embargo tan insensibles para lo que no les interesa.

Homper hace tiempo que no ha vuelto por aquel ascensor delator. Y aún sin ese testimonio visual se ha dado cuenta de que con su calvicie también avanzan los límites de su paciencia. Por eso hoy puede afirmar con absoluta seguridad que está hasta la coronilla de todos los tontos, cínicos, hipócritas y engañabobos que cuando les convienen disfrazan la suya bajo la chapela.

-Ya se que no sirve de nada decirlo-aclara Homper-Pero en días tan aciagos como hoy, al menos desahoga…

Reivindicación del higo

(Foto de JCuerva)

Homper hubiera querido ser de pueblo. El que nacía en un pueblo en la España de la posguerra quizás tuviera menos oportunidades de hacer carrera que el urbanita, pero al menos tenía muy claras sus referencias. Aquí el ayuntamiento, allá la torre de la iglesia, más allá el prado de la tía Tomasa, en el pilón de la plaza el burro del tío Culomelón abrevando. Arriba el cielo, con el sol y las estrellas, abajo el camino, el río, la siembra, el huerto. Si trabajabas, sobrevivías.¿Y en la ciudad? Si la aventura salía mal, vuelta al pueblo. Era mejor y más entrañable ser de pueblo.

Además, los pamplonicas o los de Salamanca estaban orgullosos de su ciudad, pero a los madrileños les parecía que ser de la capital era como no ser de ningún sitio. Tan grande, tan embarullada, tan desparramada. Luego se puso de moda y alguien sentenció que Madrid me mataba, no se sabe si de un colocón, de quedarse sin respiración al ver el precio de la vida o de un ataque de nervios en cualquier atasco. A Homper sin embargo le seguía molando más pensar que tras guardar el tractor y lavarse para vestirse de bonito, en el pueblo quedaba la alameda. Por ella se podía pasear abrazando a la moza mientras se escuchaba el murmullo del río y del viento en las hojas de los álamos.

Pero en último lugar, como argumento definitivo, estaba el hecho de que en Madrid no era posible encontrar una higuera cuellodama y coger de sus ramas un higo en sazón para comérselo allí mismo. Sin pelarlo siquiera, que es más saludable para el tráfico intestinal.

Homper se lo recomienda vivamente. Un higo maduro robado directamente a su higuera madre es uno de los bocados más deliciosos del paraíso, y un argumento de peso que abona el buen tino de su inventor. Es el fruto perfecto: sabroso, nutritivo, fácil de comer y no demasiado caro. Pese a ello, en su pueblo de adopción, que es Candeleda, donde hay higueras por millares, no hay manera de que lo sirvan de postre en los restaurantes. Parece que mola más la tarta al whisky de Comtessa. Qué ninguneo al exquisito higo.

Reividiquemos su gloria: coman higos. No está muy claro de si se los debemos a Dios o al big bang, pero en tanto aclaramos las dudas, disfrutemos del placer de esta fruta maravillosa que, a pesar del deleite que produce, no es pecado mortal.

Sexo, Revilla y citas de Gala

Fiel a su condición de hombre perplejo, se pregunta Homper a menudo cómo es posible que en este blog se hable tanto de Freud y tan poco de sexo. ¿Pues no decía don Sigmundo el del diván -se pregunta- que el sexo condiciona todas nuestras conductas? Le explica el Duende que él es hijo de la generación del pudor, que otros exageran y llaman sencillamente represión. Cuando él se cocía como el pan en el horno, el sexo tal vez se practicaba poco. Y fuera del matrimonio, casi siempre en las casas de citas. Algunos mantienen que eso no es cierto, y que se disfrutaba tan fervorosamente como ahora. Pero si eso es verdad, se aireaba mucho menos.

El caso es que por aquello del temor a las llamas del infierno o al soplamocos del confesor, las pulsiones del erotismo se pasean desde entonces muy discretamente por uno y su circunstancia. Después de más de medio siglo de desinhibición relativa, al Duende le encanta recordar que el sexo, como decía Parménides, sólo debe ser desenfrenado e hiperbólico dentro de la alcoba. La cita es absolutamente inventada, y su autor no tiene ni idea de si Parménides echó polvo alguno a lo largo de su vida. Entiendan sin embargo los amables lectores que hacer filosofía del sexo sin apoyarse en un clásico es como ligar una salsa española sin ajo y aceite, motivo por el cual la licencia es disculpable. Tan disculpable como el histrionismo de Revilla contando en el programa de Buenafuente el desprecintado de su virginidad o los subterfugios perfumados de Antonio Gala para abordar el espinoso asunto de la sexualidad de sus heroínas, tras las que probablemente late la suya propia. Qué tormento. Se lo imagina uno como el idilio de un tocino de cielo con un erizo de mar.

Antonio Gala ha salido de la Baltasara para promocionar Los papeles de agua, con el que probablemente no le darán el Premio Cervantes ni tampoco el de la Crítica. Es presumible que se la refanfinfle, si es que en él cabe expresión tan grosera, porque a Antonio, aunque le niegue el pan y la sal la Academia, es idolatrado por el pueblo, al que ha sabido venderle muchos libros emulsionando historia de España con suspiros y sollozos á la maniére de Corín Tellado. El presume de ser besado como un santo, y de recibir a diario no menos de cien cartas de admiradores y admiradoras que le expresan su cariño y solicitan su consejo. Gala, a fuer de irse convirtiendo en la caricatura de su propia caricatura, se le ha hecho tan entrañable al Duende que hasta le perdona su engolamiento y su narcisismo. Dicen de él que es, a un tiempo, encantador y el rey de la mala leche. Empalaga, desde luego, o empagala, que tanto da. Pero es culto, refinado, entretenido y educado, aunque a Homper, que es algo cateto, le gustaría escuchar alguna vez de sus labios aquello tan prosaico de la jodienda no tiene enmienda.

Y es que la poblemática del sexo es tan abstrusa y poliédrica -toma del frasco, Carrasco- que ni las lumbreras de nuestro pensamiento saben cómo administrar ese fenómeno que tanto nos excita, nos embelesa y, por qué negarlo, a veces nos complica la vida. Anda, Antonio, a ver si te aclaras y nos lo cuentas antes de que dejes de creer en el amor.

Hope llora el pan nuestro de cada día

(Foto de luluidigom)

Lo primero que hizo fue cambiarse el nombre en el Registro Civil.

Le daba igual la grafía o el sonido de su patronímico, lo importante para él era el concepto. A estas alturas de la vida -tan larga ya para él, y entendiendo cada día menos de todo lo que veía- creía que no podía llamarse otra cosa que el Hombre Perplejo. Como era consciente de que resultaba extraño, probó con las iniciales. HP era la marca de una salsa inglesa (Houses of Parliement) que le gustaba mucho, cierto. Pero también la abreviatura de hijo de puta. Entonces contrajo las dos primeras sílabas de cada palabra y bordó Hope. Aún recordaba a un cómico estadounidense bastante bobalicón que se llamaba Bob Hope. Pero el nombre le gustaba. Al fin y al cabo hope en inglés es esperanza, y él confiaba en que sus denuncias hicieran reaccionar a la humanidad confundida.

Comenzó su labor con un ideario planteado en forma de interrogante. La pregunta del filósofo -escribió- invita al pensamiento. Y el pensamiento cambia el mundo. No de forma abrupta, sino poco a poco. Un pensamiento acertado engancha a otro, este convence al de más allá, este le baja del guindo a un tercero. Y razonando así, en pequeñas dosis, el mundo, como un policía municipal brutote cuando cae en el error de pasarse en la multa con un pobre motorista, se rasca la mollera, enarca una ceja, tuerce el morro y rectifica.

Hope era consciente que por cuestión de jerarquía debería empezar sus reflexiones por alguno de los grandes temas que preocupaban al mundo. La crisis económica, la lucha por la igualdad de sexos, los derechos de los inmigrantes, la nariz de la princesa…Pero aquel día pasó por un pueblo cualquiera de los muchos que hay en España, y se detuvo en él para comprar pan. Albergaba la ilusión de que fuera tan bueno como eran en su infancia todos los panes que se hacían en cualquier pueblo. Pero el pan era tan seco, tan insípido y tan insustancial como los de cualquier tahona de chinos.

Es verdad que no sólo de pan vive el hombre, y menos en estos tiempos de tanto progreso y tanto rollo de I más D (Hope, por cierto, no sabía dar con el signo del mas en el teclado del ordenador prestado). Pero la reflexión, para empezar, tampoco estaba tan mal. ¿Por qué cuando se avanza en el bienestar se tienden a olvidar las cosas que, en la España pobretona, se hacían tan requetebién y sabían tan ricas?

Y recordaba aquellas madrugadas de verano en el horno del Tumba, al que llamaban así por el enharinado permanente de su rostro, blanco como un cadáver. Paraban Hope y su pandilla allí para comprar el pan antes de ascender al pico de la Mira. Caía la primera barra antes de salir de la panadería. Eran tan delicioso aquel pan candeal de miga prieta recién cocida que no estaba seguro de que nada se le pudiera comparar. Ni el tonteo con aquella chica tan mona a la que le dabas la mano para ayudarle por las trochas, ni la siesta al sol sobre la hierba al borde de los regatos de agua limpia y helada que escurrían de los neveros, ni el gusto de la tortilla de excursión, ni la vista bíblica de media España que se divisaba desde lo alto. Todo sabía a poco al lado del pan candeal reciente.

El Hombre Perplejo se relamía con aquel recuerdo. Y lamentaba que el progreso agilipollado se haya llevado por delante el placer de tomar un pan como seguramente Dios manda.

Where Christ gave the three voices

(Foto de Jose Antonio Dastis)

El guiri le preguntó al conserje del hotel donde quedaba aquella iglesia románica tan bellísima que recomendaba su guía.

-¡Uf!-respondió el empleado torciendo el gesto- where Christ gave the three voices.

Y al Duende que lo escuchaba se le plantearon dos dudas razonables. Una, la de si el guiri entendería al conserje. Otra de carácter bíblico: ¿dónde dio Cristo las famosas tres voces? Y una tercera imposible de contestar. Si el Señor dio tres voces por cada templo escondido, ¿cuántas voces se escucharon en el mapa arquitectónico de nuestro país?

Habrá que suponer que el empleado del hotel quería decir que la iglesia estaba lejos. Y seguramente tendría razón. Como poco estaría en un lugar recóndito, escondido, singularmente hermoso, y desde luego especial. Lo podrá contrastar cualquier viajero curioso: a medida que va uno descubriendo España, más asombro le causa seguir encontrando maravillas en las que algo tiene que ver la fe. Son rincones sorprendentes donde hace siglos algún hombre de Dios determinó levantar un templo. Y para ello eligió un risco, el fondo de un valle umbrío, un alcor sobre la limpia meseta castellana, un acantilado contra el que se estrellan las olas del mar, un prado manso, un bosque espeso, la orilla de un río caudaloso, un cigarral, un vergel o un campo sencillo y limpio de olivos y amapolas. Lugares con ese algo más que pellizca el alma.

Cualquier estudioso de la arquitectura puede ser feliz visitando los centenares -quizás miles- de iglesias perdidas que salpican nuestra tierra. Disfrutará en románico, gótico, mozárabe, mudéjar, barroco, neoclásico o en muchos otros estilos que nuestro amigo José Ramón podría contar al detalle. Pero nada en opinión del Duende es comparable a la emoción de descubrir el sitio donde se erigieron y la fuerza que impulsó a levantar allí, piedra a piedra, algo que la mirada actual, tan escéptica, es incapaz de comprender.

El último pasmo de esta clase lo ha vivido el Duende en el diminuto pueblo de Beget, unos kilómetros al oeste de Camprodon, adonde se llega por una carretera estrecha y tortuosa que en apenas doce kilómetros desciende casi quinientos metros. Ahí, en el fondo de un valle de asombrosa frondosidad, se alza Sant Cristófor, una perla del románico en el que luce la Majestat, una talla de madera del siglo XII que presenta un Cristo vestido. Fue salvada por los palleses del lugar de unos milicianos de la CNT que la quisieron quemar en la guerra. Y hoy recibe a los visitantes incrustada en un retablo barroco policromado que corona San Cristóbal.

-Ya ves donde me vine a dar las tres voces-parece insinuar el Cristo en su hieratismo-Podrás creer o no creer en mí, pero…¿verdad que valía la pena llegar hasta aquí?

Por el Día del Orgullo de los sin Orgullo

Orgullo Gay Madrid

Aquella mañana Gregorio Samsa se despertó buscando sus antenas y sus hélitros. No los encontró, palpaba otra cosa que en nada tenía que ver con la cucaracha esperada.. Haciendo memoria,  Samsa cayó en la cuenta de que Franz Kafka había muerto en 1924, y que estábamos en 2008. La metamorfosis no podía ser la misma. Había escuchado por la radio la voz de un vejete que se  llamaba Miguel Ligero cantando Hoy las ciencias adelantan…¡que es una barbaridad!. Y vaya si adelantaban. vivíamos una era en que el hombre, harto ya del sentimiento de culpabilidad judeo-cristiana que le había afligido durante generaciones, había decidido amarse a  sí mismo diez veces más que al prójimo ese al que, según los mandamientos de la ley de Dios, debería de amar como a sí mismo. Gregorio Samsa quiso besarse para empezar el día, pero no pudo. No es que no le llegaran los labios, es que carecía de ellos. Ahora era sólo un ombligo. Humano, eso sí, pero, aislado del resto del cuerpo.  El pobre Gregorio se echó a llorar, echando de menos los días en que despertaba cucaracha. La cucaracha al menos era una criatura independiente. No muy agradable, cierto, ni muy apreciada socialmente. Pero bastante más digna que ese agujerito que, como decía Gila, sólo sirve para que en él se refugie la pelusa de la camiseta…Gregorio Samsa, replegado sobre sí mismo, como buen ombligo, elevó sus plegarias para que le concedieran el privilegio de volver a despertarse cucaracha. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 Ombliguismo, mal del siglo. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre, como dice el refrán. Se pasaban cuando, por culpa del pecado original o vaya usted a saber por qué, nos colgaron el sambenito de que el hombre es el principio de todos los males. Pero de ahí  a que todo el mundo saque pecho creyendo que lo suyo es lo fetén, va a un abismo. Todos somos criaturas de Dios y herederos de su gloria, nos enseñaban en el colegio. Pero sin pavonearse, por favor, que empezamos a estar hartos de los que nacen epicentros. El resto de la humanidad  no tiene por qué girar alrededor de ellos.

 Los cocineros de relumbrón copan la actualidad como si fueran los Aristóteles de la modernidad. Los camioneros paran España porque sólo ellos son víctimas de la subida del petróleo. Los terroristas etarras que desfilan por la Audiencia Nacional siguen considerándose víctimas y proclamando su orgullo de gudaris  vascos. La ministra de Igualdad está tan convencida de su nuevo evangelio que no se recata en considerar memos por igual a todos los que no piensan como ella. Zapatero, encantado del haberse conocido, cierra el 37 Congreso del PSOE prometiendo que no va a cambiar. Porque nadie, ni siquiera Bush al despedirse, se arrepiente de sus errores. No me arrepiento de nada, es otra de las frases tópicas del ombliguismo del pobre Samsa. Nadie. Todo el mundo tiene que sentirse orgulloso de lo que es. Y si es homosexual, y tiene vocación de prima donna, puede tomar el centro de Madrid, universalizar su exhibicionismo y dar la murga hasta que se canse, porque nadie se atreverá a criticarle por ello. Viva el  Día del Orgullo Gay y todos los orgullos habidos y por haber.

 ¿Por qué esta esta odiosa palabra tiene tan buena acogida? Lee el Duende en el diccionario: orgullo. Exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles. Eso de sobreestimarse, más que virtud, debería de ser defecto. Aunque quizás olvidemos lo de nacer de causas nobles, si tal se considera mirarse al espejo y sentirse el ombligo del mundo.

 Pues no va a ser uno menos que nadie. Mañana mismo se lanza el Duende a la calle y  exige el Día del Orgullo de los sin Orgullo.

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